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¿Cómo contar treinta años de vida, treinta años de trabajo alrededor del mundo con el pretexto de aliviar el sufrimiento de los demás? ¿Qué te llevas contigo a casa? Abres la maleta y salen momentos que insisten en ser contados, que quieren encontrar su lugar en el presente. Este libro es su lugar, el lugar en donde pueden encontrar un equilibrio con mis días de ahora, con los grandes afectos y las pequeñas cosas sin importancia de las que ahora me ocupo.
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Veröffentlichungsjahr: 2025
Titolo
Diritto d'autore
Contenido
Introducción
Carabinero Zappalá
Mussolini
William
La muerte de Svetlana Dragovic
Oscuridad
El circo de Benemérito
Juana Martín
Leonora
Volviendo a casa
Copertina
Contenido
Start
Luisa Teresa Cremonese
Ilustraciones de Claudia Maltese
Título | Ritos de Paso
Autora | Luisa Teresa Cremonese
Edición en español |Patricio Mena Vásconez
ISBN | 9791224027829
© 2025. Todos los derechos reservados por la autora.
Esta obra ha sido publicada directamente por la autora a través de la plataforma de autoedición Youcanprint, y la autora es la única titular de todos los derechos sobre la misma. Por lo tanto, ninguna parte de este libro puede ser reproducida sin el consentimiento previo de la autora.
Introducción
Carabinero Zappalá
Mussolini
William
La muerte de Svetlana Dragovic
Oscuridad
El circo de Benemérito
Juana Martín
Leonora
Volviendo a casa
¿Cómo contar treinta años de vida, treinta años de trabajo alrededor del mundo con el pretexto de aliviar el sufrimiento de los demás? Esos sufrimientos que nos invaden y actúan como un veneno si dejamos que nos invadan, si los hacemos nuestros sin haberlos experimentado. Con los años he aprendido a respetar los sufrimientos de los demás sin pretender sentir lo que ellos sentían. Lo cotidiano, los simples gestos de supervivencia —como comer, dormir, cuidar de uno mismo— se convirtieron en el medio para tender puentes entre el dolor pasado y la vida que aún nos espera.
Esta ha sido y es nuestra tarea en el mundo humanitario: permitir que las personas recuperen la tranquilizadora repetitividad de los pequeños actos cotidianos, sin miedo ni amenazas. Y aunque el dolor y las heridas nos acompañen a todos para siempre, el instinto nos empuja a la supervivencia, y con la supervivencia surge la voluntad de vivir, a pesar de todo. Esto podemos, y debemos, compartirlo.
Cuando pienso en estos treinta años me veo en un equilibrio precario, siento que he caminado por una línea muy fina. La adrenalina de trabajar en situaciones de emergencia, la fuerza emocional de acoger a personas en apuros y poder ofrecerles cobijo, una respuesta o ayuda, la fatiga de luchar con sistemas a veces obtusos, a veces hostiles, se matizaban con mis intentos de construir una vida normal, una familia, a mi alrededor. Al final, fue la familia la que se adaptó a la emergencia, a los viajes, a los cambios.
Luego, se acaba el tiempo de trabajo y se vuelve a casa. Para mí —para muchos— el hogar es la vuelta a una normalidad olvidada, alejada, que tal vez ya no existe, al menos como la recordamos, que atrae y asusta al mismo tiempo. Me doy cuenta de que muchas de las cosas que he vivido, que me han pasado en estos treinta años, están fuera de lugar aquí, no tienen nada que ver, no se conocen, no interesan. Esta experiencia vivida es pesada, reclama espacio. Así que hay una urgencia, casi una necesidad de dar testimonio, de dar a conocer lo que uno ha visto, lo que una ha vivido, que no ha sido solo un sueño, una pesadilla o una fantasía. Pero no se encuentran oídos atentos, ni miradas empáticas, ni simples gestos que te digan que hay alguien que comparte lo que sientes.
A veces cierro los ojos y veo un rostro, una escena, un lugar, un instante. Algunos de estos rostros, escenas, lugares e instantes he decidido contarlos, haciendo pequeños retratos y respetando al máximo mi memoria de cómo sucedieron las cosas.
Confío al papel estas imágenes, estos momentos que insisten en ser contados, esperando que me dejen en paz, que me den un respiro cuando cierre los ojos, y que encuentren un equilibrio con mis días de ahora, con los grandes afectos y las pequeñas cosas sin importancia de las que ahora me ocupo.
El viaje fue devastador. Los autobuses y los camiones de carga, algunos de los más viejos y destartalados que he visto, se averiaron incontables veces. Un número incalculable de capas de pintura cubren sus colores originales, los golpes, arañazos y partes de la carrocería sustituidas durante sus largas vidas y adaptadas lo mejor que se pudo. Los camiones lucen un número impresionante de pegatinas, banderas y objetos adheridos al chasis, las paredes, los laterales de la cabina, las ventanillas. Jesús te ama, Deisy te quiero, El Jaguar de la selva, Cruz Azul Campeón, son algunas de las inscripciones más populares en los parabrisas.
Observo cómo avanzan despacio, con esfuerzo, por los baches y vados de una carretera apenas trazada, una franja blanca en la selva tropical espesa de palmeras, lianas y frondosidad perenne. De vez en cuando resoplan, echan humo o emiten gemidos siniestros. Los observo con aprensión: ¿y si uno de estos mamotretos se empantana ahora? ¿Y si se funde el motor, se parte un eje o falla la caja de cambios? ¿Y si se pincha un neumático, si no hay aceite ni agua? ¿Tendremos suficiente combustible para el viaje que nos espera?
Los dos días del viaje se han convertido en cinco. El calor es insoportable y el sol implacable azota los techos de los vehículos, convirtiéndolos en hornos. La humedad hace que el aire sea irrespirable, los movimientos fatigosos, las palabras pesadas. Enjambres de insectos nos asaltan, o mejor dicho, especialmente a mí, la más pálida del grupo, obligándome a llevar siempre manga larga y a mantener el borde inferior del pantalón metido dentro de los calcetines, en un intento de limitar el acceso de mosquitos y otros bichos a mi piel. La cazadora vaquera que llevo es una armadura protectora, pero también un traje despiadado que me pesa y convierte el calor en una auténtica tortura.
Aunque avanzamos con exasperante lentitud, el destino está cada vez más cerca. Metro tras metro, resoplido tras resoplido, chirrido tras chirrido. En cada curva, en cada bache, espero ver algo parecido a un puesto fronterizo. Y mientras tanto, la jungla que nos rodea sigue existiendo, indiferente a nuestro avance. La jungla vive con sus ruidos, los gritos de los pájaros, los chillidos de los monos, las voces indistinguibles de mil animales diferentes, de los árboles, de la tierra viva, a las que añade sin cuidado las de nuestra caravana, engulléndonos.
Mi coche, un todoterreno blanco con el símbolo institucional y una antena gigante de radiocomunicación, abre el convoy. A continuación vienen tres autobuses repletos de gente, mujeres y hombres de todas las edades, los más jóvenes de apenas seis meses, los mayores de al menos noventa años. Luego vienen cinco camiones cargados hasta los topes. Contienen todo lo necesario para construir una aldea desde cero y vivir en ella hasta que puedan establecerse suministros regulares. El destino no tiene nada que ofrecer a los viajeros.
Las ciento cincuenta personas a las que acompaño no se quejan. Ni una palabra, ni una petición. Ni siquiera los más pequeños se hacen oír. Reina entre ellos un silencio total, como si un hechizo malévolo les hubiera quitado la lengua. O se preparan, en ese silencio sagrado, para un cambio radical de vida, que todos saben, desde el mayor al menor, será durísimo, y que muchos de ellos pagarán con la vida. Estoicamente soportan esas condiciones extremas. Miran hacia delante, no miran atrás, nunca. Disciplinados y concentrados. No así los conductores de autobuses y camiones. Ya la noche anterior los había oído refunfuñar, los había visto lanzar miradas poco amistosas en mi dirección, y ahora no sé muy bien qué esperar.
Por fin llegamos. La frontera: dos postes con una cuerda anudada entre ellos. Más allá de la cuerda, el otro estado, la misma selva. La cuerda corta nuestro camino, dividiendo precariamente el lado de aquí, donde estamos, y el lado de allá, donde deben ir las personas a las que acompaño. Nos encontramos en un claro, un pequeño espacio abierto del que la jungla se ha retirado. No hay nadie. No hay nada más. No hay funcionarios de la oficina de migración ni policías. En realidad, ni siquiera hay una choza donde pudieran alojarse. Eso no me lo han dicho. Miro a mi alrededor, como si una mirada más atenta pudiera revelar lo que no hay. Estamos nosotros, los tres autobuses, los cinco camiones y el bosque que nos rodea. Nada más.
Me muero de sed, me he quedado sin agua, pero allí no hay absolutamente nada que la calme. Salgo del coche. La gente baja de los autobuses, en silencio, y se sienta bajo la sombra poco accesible de los altos cocoteros a los lados de la carretera. Ni siquiera se oye a los niños. Todos están agotados. Seguro que también tienen hambre y les falta agua. Alguien viene a ofrecerme una cerveza en lata. La lata está demasiado caliente.
Camino hacia la cuerda, paso por encima de ella y busco los coches de mis colegas al otro lado. Deberíamos habernos encontrado aquí, ellos saben de nuestro retraso. No veo a nadie. Cojo mi radio y enciendo la antena. Mike Romeo, Mike Romeo a la base. No hay ni la apariencia de una conexión. Mike Romeo a base. Me sudan las palmas de las manos. La radio sigue en silencio. ¿Qué hago ahora?
