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"Rómulo histórico" constituye un ensayo de interpretación de la personalidad histórica de Rómulo Betancourt en la génesis e instauración de la democracia moderna en Venezuela. El propósito expreso de su autor no es el de componer una biografía personal, sino el de contribuir al conocimiento de la personalidad sociopolítica de Rómulo Betancourt, cuya significación –sostiene– será mejor apreciada al enfocársela en el largo período histórico. Germán Carrera Damas se propuso poner de relieve el rasgo que considera más expresivo de la personalidad histórica de Betancourt, a quien no vacila en denominar padre de la democracia moderna en Venezuela o –como prefiere llamarla– de la democracia a la venezolana. Este rasgo consiste en haber reunido, en el curso de una vida de militancia democrática y de creatividad ideológica, las potencias intelectuales y espirituales requeridas para sintetizar, en el suyo, el pensamiento de quienes –en el país y en el exilio, en Venezuela y en Hispanoamérica– buscaron el camino hacia la libertad, búsqueda en la que persistió hasta llegar a formular las bases doctrinarias y los criterios estratégicos y organizativos necesarios para la fundación de la república liberal democrática en Venezuela.
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Veröffentlichungsjahr: 2017
El presente ensayo de interpretación de la personalidad histórica de Rómulo Betancourt en la génesis e instauración de la democracia moderna en Venezuela se apoya en un extenso borrador estructurado. Consciente el autor de la significación del tema tratado, pidió a la entidad patrocinadora de la obra, la Fundación Rómulo Betancourt, que pusiera ese borrador en su página Web, con el propósito de que los interesados pudieran conocerlo y, si lo tenían a bien, formularan observaciones críticas e hicieran aportes. El objetivo de esta decisión, oportunamente notificado, fue fortalecer el ensayo que debía intentar lo que en la presente obra se hace. Gracias a la generosa iniciativa del profesor Luis Lauriño, se formaron grupos de estudio del borrador, integrados por los siguientes estudiosos de la Historia, las Ciencias Sociales y la Literatura (además de Ciencias Políticas, Ciencias Económicas, Ciencias Jurídicas e Ingeniería): Carlos Balladares, Ronald Balza, Pedro Benítez, Rita Bitar, Alejandro Cáceres, Ysrael Camero, Teodoro Campos, Luis Gómez Calcaño, Daniel González, María Soledad Hernández, Luis Lauriño, José Alberto Olivar, Ana Virginia París, Miguel Prepo, María Teresa Romero, David Ruiz Chataing, Gustavo Saturno, Mariana Suárez, Tito Lacruz, Andrés Trujillo, María Claudia Perera y Roberto Patiño.
La espléndida cosecha de observaciones y aportes resultante del objetivo estudio crítico realizado por estos 23 investigadores fue estudiada por el autor del borrador y debatida con los autores en dos prolongadas sesiones críticas. No vacilo en calificar esta experiencia como un enriquecedor intercambio intelectual que ha contribuido, de manera altamente considerable, al afinamiento conceptual de la obra que ahora me atrevo a proponer. Quiero dejar constancia de mi agradecimiento a los generosos colegas mencionados, como también a la Fundación Rómulo Betancourt. Mención especial debo hacer de mi agradecimiento a Virginia Betancourt, quien leyó el borrador del presente ensayo y lo favoreció con fecundas observaciones y sugerencias.
El lector de la presente obra advertirá que se trata de un ensayo en cuya elaboración casi se ha prescindido del aparato crítico. Esto se corresponde con el deseo de no sobrecargar el texto; y con la decisión de poner a provecho la circunstancia de que el lector puede consultar, por vía electrónica, el aparato crítico minuciosamente recogido en el extenso borrador.
El presente ensayo crítico no es un resumen ni una glosa del extenso borrador, enriquecido por la operación crítica reseñada en la primera advertencia; borrador que permanecerá en la página Web de la Fundación Rómulo Betancourt. Tampoco se conforma con su estructura. El presente ensayo crítico es una respuesta al propósito anunciado en el subtítulo del ensayo, consistente en ofrecer una versión sistemática de la significación de La personalidad histórica de Rómulo Betancourt en la génesis e instauración de la democracia moderna en Venezuela.
La presente obra –tanto el borrador estructurado, publicado en la red, como este ensayo– ha sido patrocinada por la Fundación Rómulo Betancourt, partiendo de un plan propuesto por el autor y aprobado sin enmiendas por la Directiva de la Fundación. Dicho plan ha sido realizado por su autor gozando de plena y absoluta autonomía, incluida la apreciación de las observaciones críticas y las contribuciones por él solicitadas u ofrecidas espontáneamente.
«Tengo confianza plena en que llegaremos a ser gobierno. No importa el tiempo que se requiera para alcanzar el poder, pero lo cierto es que lo tendremos algún día en nuestras manos. Y entonces será hora de realizar todo esto que es hoy un mundo de sueños y de anhelos. Rómulo Betancourt a Gabriel del Mazo, 9 de marzo de 1945. Rómulo Betancourt. Antología Política. Vol. III, pp. 301-302»
«(...) Soy un creyente obstinado de la virtualidad de las ideas democráticas, y estoy convencido de que volverán a encarnar en gobiernos nacidos de la voluntad colectiva. Rómulo Betancourt a Eduardo Santos, 14 de agosto de 1955. Ibidem, vol. VI, p. 425»
«(...) Lo que nosotros decimos, y con quien lo decimos, es objeto de interés, no porque seamos muy inteligentes, sino porque constituimos una posibilidad real de gobierno, porque somos efectivamente la única gente que va a gobernar, en Venezuela, por supuesto(...) Rómulo Betancourt a Gonzalo Barrios, 7 de diciembre de 1955. Ibidem, p. 343»
«(...) Lo mismo pienso con respecto a tu compadre (¿?). Este, en su soledad meditativa, piensa, seguramente, en el futuro. Sabe como deberá actuar, lo que va a hacer, mucho más, infinitamente más, de lo poco que hizo antes, por las condiciones peculiares en que entonces actuaba. Y prefiere que se citen sus palabras, sus expresiones públicas, y no sus hechos no publicados. Y no porque se arrepiente de ellos, sino porque los va a hacer mañana con magnitud mayor, y quiere mantenerse en una penumbra propicia. Acaso no sea esa la opinión «profesoral». Pero, no será acaso que se refugia en el pasado, por falta de futuro? Rómulo Betancourt a Juan Bosch, 30 de diciembre de 1955. Ibidem, p. 429»
Lo que sigue es un pretencioso intento de prefigurar lo que de Rómulo Betancourt podría ser percibido por un venezolano dentro de cinco a diez décadas, si su curiosidad llegara a sobrepasar el capítulo, o solo las páginas, que quizás ocuparían la vida y la obra de este personaje, en una lejana y algo desprevenida Historia General de Venezuela –o Historia extensa de Venezuela, como se ha vuelto de moda el denominar tal modalidad historiográfica–. Esto sea dicho preservando la convicción del autor de que se trata de una personalidad histórica cuya significación es y será, más y mejor apreciada, al enfocársela en el largo período histórico. Esto sea dicho, también, a sabiendas de que, plantado en el pensamiento histórico del venezolano, de este frondoso árbol que es la personalidad histórica de Rómulo Betancourt se irán desprendiendo hojas y ramas, dejando al descubierto el robusto tronco del que no vacilo en denominar Padre de la democracia moderna en Venezuela; o, si se le prefiere, de la democracia a la venezolana.
En ambos casos quedaría puesto de relieve el rasgo que considero más expresivo del vasto significado de esa personalidad histórica. Consiste en haber reunido, en el curso de una vida de tenaz militancia democrática, y de fecunda creatividad ideológica, las potencias intelectuales y espirituales requeridas para sintetizar, en el suyo, el pensamiento y los sacrificios de quienes, en el país y en el exilio, en Venezuela y en toda Hispanoamérica, buscaron el camino hacia la libertad luchando contra el despotismo; y persistió en ello hasta llegar a formular las bases doctrinarias y los criterios estratégicos de los instrumentos organizativos necesarios para la fundación de la República liberal democrática en Venezuela, enmarcada en la que definió como la Revolución democrática o Revolución evolutiva.
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La decisión de acercarme a la personalidad histórica de Rómulo Betancourt, atendiendo al honroso encargo que me hiciera la Fundación Rómulo Betancourt, me puso en un camino historiográfico sembrado de estimulantes dificultades. Brotaron aun antes de emprender la marcha, pues tuve que enfrentar dos cuestiones previas. La primera consistió en despejar el denso follaje formado por el debate acerca de la significación política –e incluso la de su personalidad psicológica e intelectual– del personaje a estudiar. Nada de gratuito hay en esto, pues no parece que en la vida política de Rómulo Betancourt haya habido un momento cuando no despertara reacciones, frecuentemente entusiastas, no menos frecuentemente adversas. La segunda dificultad suscita la larga explicación siguiente.
La tarea que emprendo consistirá en un esfuerzo de conocimiento que deberá partir del descubrimiento de la personalidad, espiritual e intelectual, de Rómulo Betancourt, vista como la base de su trayectoria histórica. Para ello es necesario atravesar estratos de personalidad por él expresamente formados. Uno corresponde a Rómulo Betancourt como se vio a sí mismo; y esto a lo largo de su evolución como una personalidad orgánicamente vinculada con su aspiración y actuación de líder político. Otro estrato corresponde a cómo quiso verse a sí mismo, y a cómo quiso ser visto. Otro, aún, al que se propuso ser, ajustándose a un modelo cuya definición le llevó tiempo, invertido en la operación espiritual e intelectual sintetizada en la expresión vencerse a sí mismo; aspiración común a las personalidades sobresalientes por su ambición de realizar grandes obras.
Para ello tuvo que superar etapas. Una, inicial, que él mismo calificó de romántica, podría denominarse la etapa Santos Luzardo, hermanada con una inclinación garibaldina que se manifestó recurrente. Le siguió la etapa de fervoroso militante comunista, con su vertiente, al cabo predominante, de creatividad crítica. Para culminar, la etapa del revolucionario democrático. Esta última admite el señalamiento de cuando menos dos fases. Una, primaria, en la que le fue necesario conciliar los vestigios de la etapa precedente con los condicionamientos surgidos del desempeño del Poder Público. La otra fase, culminante, en la cual le fue necesario intentar conciliar su conciencia de genuino demócrata militante con los requerimientos de la consolidación y defensa de la democracia, enfrentando amenazas que conjugaron la rancia herencia militarista caudillesca, vigente socialmente, con la resaca del socialismo autoritario original, revestido del que pronto quedó patentado como el fidelismo; modalidad del autocrático leninismo-estalinismo adoptada, como cobertura seudoideológica, por la vulgar dictadura caribeña cubana.
Mas, el estudio de la personalidad histórica de Rómulo Betancourt suscita también una cuestión de método que me luce fundamental: ¿debe apreciarse esa personalidad en función del teatro de su acción, tal como él lo vio, o tal como hoy sabemos que era; ciertamente conociéndolo mejor ahora de lo que él mismo pudo conocerlo, dados los medios de información de que dispuso y el condicionamiento ideológico que rigió su visión, asumida expresamente o vigentes sus vestigios? En caso de que tomásemos esta última vía, ¿la valoración de sus ideas y actuaciones tendría que considerar, de manera circunstanciada, lo real existente, si bien correlacionándolo con lo real por él percibido? Ni lo intentaré, por prudencia, pues me acecharían dos vicios metodológicos: el de modernismo y el denominado de la historia si; esa que se nutre de los ha debido y los si hubiera.
Esta última posibilidad de enfoque suscita una cuestión de nada fácil apreciación. El hecho de que Rómulo Betancourt sobresalga por su preparación intelectual y científica –de autodidacta, pero con vocación universitaria frustrada–; preparación perceptible en el tratamiento que dio a problemas complejos, de naturaleza económica y política, ¿se deberá sobre todo a lo limitados que fueron, en esos terrenos, otros políticos contemporáneos también sobresalientes?
En todo caso, la prudencia recomienda tener presente que en sus frecuentes declaraciones sobre su personalidad y sus principios, Rómulo Betancourt parece someter a prueba el malicioso precepto que reza: «Dime quién eres y sabré quién no eres. Dime quién no eres y sabré quién eres». La prueba consistiría en la calibración del sentido ético que se esforzó en darle y preservarle a su personalidad, edificada a base de tenacidad, voluntad y lucidez; asumiendo con entereza las duras circunstancias vitales, y enrostrando las reacciones despertadas por sus juicios frecuentemente iconoclastas.
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Las circunstancias vitales de Rómulo Betancourt, vistas en su mayor amplitud, revelan una sucesión de instancias cuyas características de urgencia, grado de dificultad y potencial trascendencia, sobrepasan, con creces, las enfrentadas por los demás hombres públicos venezolanos republicanos que actuaron a partir de 1830. Esto sea dicho a sabiendas de que al hacerlo se obvian circunstancias históricas que resultan de muy aventurada comparación. Valga, sin embargo, una sumaria enunciación de esas circunstancias.
Entre las muchas dificultades que genera la conformación historiográfica de una personalidad histórica, una de las más arduas es la de correlacionar la naturaleza, necesariamente sintética, de esa construcción historiográfica, con la evolución vital del personaje. Si optáramos por la solución de sentido común, y correlacionáramos las fases o estadios de la personalidad histórica de Rómulo Betancourt con las etapas de su ciclo vital, incurriríamos en el riesgo de contrariar la perspectiva de continuidad que pareciera ser recomendada por el desenvolvimiento de la historicidad de la personalidad estudiada. ¿Cabría confiar en que, para eludir ese riesgo, bastaría con fijar puntos de referencia, cronológicos o vitales, en la actuación histórica del personaje? A la superación de este escollo metódico tiende la siguiente caracterización de instancias. Advirtiendo que ellas se hallan atravesadas por constantes, en las cuales se asienta, precisamente, la condición de histórica de la personalidad estudiada.
La instancia representada por el complejo de propósitos y determinaciones que es dable agrupar en el concepto usual de vencerse a sí mismo, sitúa a Rómulo Betancourt en una plataforma de partida, de su personalidad histórica, que puede calificarse de precaria, en cuanto a situación vivencial y a recursos; y de comprometida, por su condición de exiliado, colindante en aquellos tiempos con la de paria. Pero cabe reconocer la coincidencia –si no algo más orgánico– entre esta determinación personal y el código formativo del buen militante comunista; uno de cuyos preceptos básicos consistía, según propia proclamación, en la superación del sentimentalismo pequeñoburgués.
La instancia que denomino decantación ideológica significó inicialmente el reconocimiento de la necesidad de esforzarse por recorrer críticamente, en tiempo perentorio y acicateado por la ansiedad de una formación intelectual actualizada, un tortuoso camino. Este lo condujo, desde el estado de conciencia política elemental, regida por la antinomia entre dictadura y libertad, hacia la concepción de la democracia como el antídoto contra la dictadura y el despotismo, y la garantía de la libertad; todo ello atravesando por las seductoras solicitaciones del humanismo marxista y rechazando la perversión leninista-estalinista de esa variante del humanismo esencial. La actitud intelectual correspondiente a esta instancia se consolidó, como una constante, ante la necesidad de captar la significación de los grandes acontecimientos ideológico-políticos que jalonaron la existencia histórica de Rómulo Betancourt.
La instancia que merece ser caracterizada como de formulación de una teoría de la democracia moderna en Venezuela o a la venezolana, representó el más alto reto que se puso la osadía creativa de Rómulo Betancourt, tanto por el lastre del pasado sociohistórico venezolano que fue necesario echar por la borda, como por el esfuerzo ideológico de superar su bagaje de condicionamiento ideológico marxista básico. Pero, sobre todo, por el coraje intelectual requerido para proponer la resultante ideológica de ese esfuerzo como la orientación llamada, por razones sociohistóricas, a predominar en la vida política venezolana; sin descartar la proyección de esa resultante hacia otros escenarios.
La instancia que consistió en formular la estrategia, diseñar las tácticas y formar los instrumentos sociales, para el despliegue y triunfo de la proposición política e ideológica liberal democrática, significó arbitrar los modos requeridos para coadyuvar a que la dinámica histórica de continuidad y ruptura llevase a que fuerzas atávicas contribuyesen a la apertura de vías que acarreasen la ruptura, creadora y perdurable, con el pasado representado por la práctica reiterada de esas mismas fuerzas. Para ello fue necesario conjugar, de manera recurrente, los modos tradicionales de acceso al Poder Público, con la modernización de los modos de organización sociopolítica; y luego la preservación de lo así instaurado con procedimientos represivos en buena parte tradicionales.
La instancia consistente en el diseño e institucionalización de la República liberal democrática significó asumir la responsabilidad histórica de impulsar la reformulación el Proyecto Nacional, sentando las bases sociopolíticas conducentes a la liquidación de la República liberal autocrática, vigente desde 1830, una vez rota la República de Colombia, alias Gran Colombia. La realización básica y perdurable de esta hazaña histórica, personificada en Rómulo Betancourt, significó la emergencia del estadista, representada por los trascendentales ordenamientos constitucionales de 1947 y 1961.
La instancia representada por la formulación de la doctrina orientadora de la aspiración democrática moderna, en función de la proyección ideológica y política de la Segunda Guerra Mundial, atendió lúcidamente a la ubicación de Venezuela en el gran frente de lucha de las democracias contra el fascismo. Propuesta y promovida con la determinación de estimular la lucha de los venezolanos, y la de los latinoamericanos en general, por la consolidación de la soberanía nacional; por la instauración de regímenes democráticos mediante el rescate de la soberanía popular; y por la procuración del bienestar social, ello significó llevar a cabo una labor de filigrana ideológica, desenvuelto en un clima sociopolítico en el cual confluían los factores tradicionales de poder, los efectos del imperialismo petrolero y las solicitaciones del autocrático seudosocialismo estalinista. La prosecución de este empeño creador alcanzó en la postguerra altos niveles de complejidad, representada de manera aguda por las repercusiones de la Guerra Fría.
Parece posible concluir que al cerrarse parcialmente esta última fase, a raíz de los acontecimientos del 24 de noviembre de 1948, la personalidad histórica de Rómulo Betancourt, entendida como la conformación de los componentes básicos y perdurables de esa personalidad, se había completado; pero, en realidad tomó un curso de intenso reajuste, exigido por el cambio de escenario, tanto nacional como internacional.
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La reanudación, en 1959, de la etapa fundacional de la República liberal democrática, que fuera parcialmente interrumpida el 24 de noviembre de 1948, se manifestó, en Rómulo Betancourt, como la culminación de un proceso de reflexión, ajuste y consolidación respecto de lo adelantado en el lapso 1945-1948. Esa culminación estuvo representada por la formulación y puesta en ejecución de la estrategia de retorno al poder.
El exilio de diez años, su tercero, que siguió a la pérdida del poder, estuvo caracterizado, para Rómulo Betancourt, por cuatro incesantes luchas. Una, especialmente ardua, consistió en un esfuerzo constante por restaurar el partido –vivido como su partido–, tanto en el interior del país como en el exilio, rescatando y consolidando, para ello, su condición de presidente y líder. La segunda lucha consistió en persuadir a la opinión política de los países americanos, comenzando por los Estados Unidos de América, de su genuina superación del comunismo, como militancia política y como desviación ideológica del humanismo marxista. La tercera lucha consistió en aprender a desenvolverse en el ámbito de un fenómeno universal de novedosos rasgos –la implacable Guerra Fría–, diseñando para ello una nueva política ante el capitalismo y los Estados Unidos de América, que resultase convincente incluso para algunos líderes radicalizados de su propio partido. La cuarta lucha consistió en preservar y consolidar la fe en la democracia, apercibiéndose con ello, ideológica y políticamente, para enfrentar la coalición del militarismo tradicional y sectores desorientados de la izquierda. Es decir, la alianza subversiva establecida entre los supervivientes del militarismo –en sus dos versiones, la tradicional y la declarativamente revolucionaria– y los agentes de la intervención castro-comunista, llevada hasta la invasión. En suma, un cruento proceso en el que también parece posible advertir instancias.
La instancia representada por la superación de las repercusiones de la Guerra Fría en Venezuela fue quizás la más dura prueba política e ideológica a que se vio sometido el surgente estadista exiliado Rómulo Betancourt, en el lapso de 1948 a 1958, y aun después de asumir la Presidencia constitucional el 13 de febrero de 1959. El atenuar, si no disipar del todo, en algunas mentes y gobiernos, en esas circunstancias, la sospecha de que se era una suerte de comunista irredento; pero procurarlo manteniendo la autonomía crítica ante el imperialismo mudado en colonialismo, y reclamando para América Latina la justa retribución, en tiempos de paz, de su alta contribución en los de guerra, exigió destreza político-diplomática y perspicaz interpretación de los tiempos.
La instancia representada por la reinstauración de la República liberal democrática, a partir de 1958-1959, significó ajustar considerablemente, tanto en lo ideológico como en lo procedimental, la democracia a la venezolana; en consonancia con los momentos de mayor tensión en la Guerra Fría. Obligó a velar porque la institucionalidad democrática pudiese capear, padeciendo el menor daño posible, las aguas agitadas por quienes cayeron cautivos del espejismo fidelista.
La última instancia de la personalidad histórica de Rómulo Betancourt estuvo representada por la reafirmación heroica de su concepción democrática del desempeño del Poder Público, correspondiéndose con la demostración dada el 22 de octubre de 1945, en los términos del Decreto N.º 9, de la Junta Revolucionaria de Gobierno, en virtud del cual quedaron inhabilitados sus integrantes, civiles y militares, para postularse en las elecciones presidenciales previstas. El exilio voluntario que se impuso, una vez entregado el poder a su sucesor, el Dr. Raúl Leoni, decisión obviamente generadora de controversia y de suspicacia, significó su consagración como el estadista responsable merecedor de ser considerado Padre de la democracia moderna en Venezuela.
Por consiguiente, el desarrollo de mi intento de comprensión de la personalidad histórica de Rómulo Betancourt consistirá en una presentación, desagregada temáticamente, de los elementos que el lector podrá compaginar en función de esta sumaria caracterización de instancias; y de la correlación que las vincula históricamente. Pero en el entendido de que la diferencia fundamental entre los dos grandes períodos de esa personalidad histórica consiste en que el primero puede ser definido como el de la conformación de una personalidad orientada a ser histórica; y el segundo como el del replanteamiento, realista y pragmático, de los valores fundamentales acuñados en el primero; observándose entre ambos períodos una no siempre voluntaria ni controlada relación de continuidad y ruptura.
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Pretendo haber dejado establecido que el propósito de esta obra es contribuir al conocimiento de la personalidad histórica de Rómulo Betancourt. No es, por consiguiente, el de componer su biografía, ni personal ni política. Hacer esto último reclamaría un enfoque muy distanciado, y quizás no menos diferenciado, del aquí adoptado. Ambos enfoques –aunque en muchos e importantes aspectos resulten interrelacionados–, plantean problemas metódicos de carácter específico[1]. El enfoque adoptado en el presente ensayo quizás podría ser considerado, también, como uno que compromete a intentar resolver cuestiones metódicas mayores, si bien de diferente orden.
Una, y la más general y esencial de esas cuestiones, es determinar en qué puede consistir la vida histórica de un personaje, y por consiguiente el sustento de su personalidad histórica, si entendemos por esta última la que lo recomienda a la atención no ya de sus coetáneos –como podría hacerlo la primera– sino de sus sobrevivientes, históricamente considerados-. La otra cuestión consiste en la espinosa diferenciación entre lo histórico y lo cotidiano, atendiendo, sin embargo, al entrelazamiento básico entre ambos órdenes de hechos, acontecimientos y aspiraciones, concluyentes todos en actitudes y resoluciones.
No solo no culminan allí las estimulantes cuestiones metódicas, sino que del juego de ellas resulta la de más ardua resolución. Consiste en la determinación de la historicidad del personaje, detectada partiendo de su ubicación en el tiempo histórico; es decir en la correlación orgánica entre las que son, para el historiador, convencionales demarcaciones cronológicas, denominadas pasado, presente y futuro; demarcaciones que, para subrayar su continuidad, he intentado caracterizar como instancias. ¿Cabría suponer que una personalidad histórica debe expresar la vigencia de esa condición a lo largo de su tiempo histórico? Si así fuese, es obvio que el historiador podría desenvolverse con probable acierto en lo concerniente a las dos primeras demarcaciones, es decir pasado y presente. ¿Pero qué en lo concerniente al último estadio, es decir al futuro? Responder a esta pregunta sería aventurarse en el terreno de la perduración histórica; lo que suscitaría, cuando menos, la necesidad de determinar cuánto de los dos primeros estadios perdurará en el último, superando la condición de un recuerdo o antecedente más o menos impreciso; y no de una sobredeterminación que podría resultar incómodamente alusiva a una suerte de providencialismo.
Saliéndome de las generalizaciones, y contrayéndome al hombre cuya personalidad histórica trato de esbozar, me encuentro con un problema mayor. Consiste en que ese hombre se consideró –podemos decir que desde muy temprano y por siempre– un hombre histórico. Y en apoyo de este aserto abundan no solo los indicios –como los que corren en los epígrafes– sino también en los testimonios, y aun en las pruebas aportadas por el personaje estudiado. En efecto, Rómulo Betancourt no solo practicó un documentismo puntilloso, sino que también mostró celo en trazar las grandes líneas que deberían guiar a los historiadores en la valoración de su personalidad y obra. Pero llegó a más: su presencia histórica revela un interés primero y primario por la biografía, como género histórico; y se cerró con muestras de preocupación sobre la comprensión del papel del individuo en la historia. En efecto, en una nota crítica fechada en el 20 de junio de 1931, intitulada «Dos libros de Picón Salas», al referirse al significado de la Nación en la Historia de Venezuela, dio prueba de la cruda visión marxista de quien apenas cumplía 23 años: «¿(...) La nación –lo único fundamental para quienes, por consecuencia a un método, no podemos ver en la historia sólo biografía, sin negar por eso el papel creador del grande hombre– se lanzó siempre a los campamentos respondiendo a las necesidades de clase vagamente intuidos. Pero a necesidades de clase (...)»[2]. Un mes después, el 24 de julio, sentenció:
«(...) El fenómeno que se conoce en psicología experimental con el nombre de «desdoblamiento de la personalidad», se observa también y con mayor profundidad aún, en el campo de la biografía. Sólo que no es la acción misma del grande hombre la que se desdobla, por cuanto en ella todo es sencillez, naturalidad, retorno al hombre esencial, para expresarnos con palabras de Emerson [Ralph Waldo]. Son las generaciones posteriores a su actuación las que, falseando esa unidad primitiva, van creando al lado de la personalidad auténtica otra que en nada se le parece, que a veces llega hasta a oponérsele. Este último caso es el de Bolívar (...)[3].»
Me esforzaré porque no sea también este el caso de Rómulo Betancourt; si bien, lo reitero, no me propongo escribir su biografía sino estudiar su personalidad histórica, situándola en una doble perspectiva. En primer lugar, trazando la evolución de su pensamiento, y el desarrollo de su acción vital y política. En segundo lugar, correlacionando ambas corrientes, por considerarlas simultáneas –tanto en su gestación como en su expresión– con el fin de delinear los rasgos de la personalidad histórica. Esto, en el entendido de que el hacerlo requerirá correlacionar constantes y variantes, ubicándolas en una dinámica de continuidad y ruptura.
No pecaré de exceso al proyectar las reflexiones precoces de Rómulo Betancourt en su postrera preocupación, ya mencionada, por el papel del individuo en la historia. Como no parecerá desmesurada mi inquietud por la circunstancia de que me las veo con un personaje que pretendió escribir su personalidad histórica, al mismo tiempo que la edificaba, viviéndola.
Por todo ello resulta pertinente invocar lo dicho para justificar mi decisión de colocar en segundo plano la visión de sí mismo, para la historia, que tuvo el cuidado de componer, de la manera y por los medios aquí estudiados. Así mismo, para explicar por qué he intentado acercarme a esa personalidad valiéndome, sobre todo, de sus cartas y textos políticos circunstanciales. Creo que esta aproximación, por parecerme la más directa, me permitirá ensayar una conjugación –que espero resulte reveladora, de sus motivaciones y aspiraciones– con sus actuaciones políticas; y con las repercusiones que estas, a su vez, tuvieron en la personalidad de quien las expuso y realizó mientras abrigaba, en este sentido, una firme convicción, según declaró al diario La Esfera, de Caracas, el 11 de febrero de 1936, al momento de regresar de su primer exilio: «No soy hombre del pasado sino del presente y el futuro»[4].
No debo dejar pasar dos aspectos de la explicación de mi preferencia por las fuentes que menciono. En primer lugar, esa preferencia derivó de que valoro altamente, en el estudio de una personalidad histórica, el reino de su pensamiento; y no igualmente el grado de atingencia entre este y las realizaciones del personaje. ¿Ilustran los pensamientos errados sobre la significación de los acertados? Pretendo que lo primero ofrece la posibilidad de captar la personalidad histórica en su crisol, formado por el intelecto combinado con el sentido ético y la responsabilidad moral. Las realizaciones dejan de pertenecerle íntimamente al hombre histórico; se vuelven asunto de la sociedad, y por lo mismo resultan dotadas de autonómica imperfección. ¿No es esa la esencia del mensaje del de Galilea? En segundo lugar, todas las fuentes empleadas y citadas son de curso corriente. ¿Pretendo comprobar que el documento es o no pródigo según sea de afinada la pregunta que se le haga?
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Dada la concepción metodológica del presente ensayo, es pertinente advertir al lector de tres particularidades del mismo. Una consiste en que, deliberadamente, se incurre en repeticiones, en aras de la pertinencia demostrativa y para no someter al lector a tener que cotejar, o correlacionar, textos gráficamente separados, pero vinculados en su capacidad probatoria, y por lo mismo traídos a justificada colación en diferentes pasajes del discurso. La segunda particularidad consiste en que, partiendo de una inicial y sumaria globalización de las cuestiones fundamentales que merecieron la atención del político y estadista, expuesta en la parte I de esta obra, las mismas cuestiones son seguidas en su evolución a lo largo de las diversas etapas demarcadas en la vida histórica de Rómulo Betancourt; acentuando sobre todo las líneas de continuidad y ruptura en la concepción y tratamiento político de tales cuestiones. Valgan como ejemplos las siguientes: cuestión agraria, inversión extranjera e imperialismo. La tercera, y fundamental particularidad, es que la experiencia de la instauración de la República liberal democrática, en sus dos etapas, es desarrollada como un todo en la parte XI del presente estudio; lo que ha permitido subrayar o complementar significados más y mejor perceptibles al ser vistos en la totalidad del proceso del que son parte. El autor considera que no cabría admitir solución de continuidad entre esas etapas sin dañar el sentido básico de un proceso histórico, que si bien estuvo, como un todo, caracterizado por la dialéctica de continuidad y ruptura, lo fue con claro predominio de la primera.
A las enunciadas particularidades les siguen dos explicaciones: el mensaje de que es portador este ensayo será más asequible al lector ya iniciado en el conocimiento de este período de la historia contemporánea de Venezuela y del personaje histórico estudiado. En algunas ocasiones el autor formula interrogantes que abren espacio para sugerencias interpretativas, a cargo de sentido crítico del lector.
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No me resigno a cerrar este corto ensayo introductorio sin aventurarme a realizar una breve incursión en la otra personalidad de Rómulo Betancourt. Me refiero a la personalidad hecha de una firme sencillez espiritual y una tenaz y alerta sensibilidad; esta última de la que, muy joven, él quiso desprenderse, para dirigir todas su energía y facultades hacia el liderazgo político, el dirigente teórico y el estadista que desde muy temprano decidió llegar a ser. Pero solo consiguió eclipsar esa personalidad, y esto como una hazaña, cual correspondía a su densa condición humana ingenuamente demostrada en trances de aflicción como en momentos de complacencia.
Cuando al dar ejemplo de alternabilidad republicana, en febrero de 1964 no solo entregó el poder a un sucesor democráticamente electo, sino que decidió no volver a ser Presidente de Venezuela y dedicarse a poner en orden sus recuerdos y a estudiar la que había sido su obra sociopolítica, cesó el eclipse, los rasgos de personalidad contrariados retomaron el espacio del que habían sido relegados, revelando con ello la soledad de Rómulo Betancourt. Ella nada tuvo que ver con aislamiento; tampoco con verse privado de fieles compañeros, de genuinos amigos o de audiencia. Vivió la soledad de quien estuvo permanentemente acompañado, primero por los muy consecuentes compañeros y amigos a quienes llamaba Hermanitos; luego por un partido que él había concebido y creado, y el cual dirigió en la gran tarea de fundar la República liberal democrática. Sin embargo, anduvo en su prolongada vida histórica viviendo la soledad de aquel cuyo espíritu crítico y sentido de responsabilidad para con la obra emprendida le prohibían la quietud. Pero supo hallarse en paz consigo mismo, como lo manifestó, con la apropiada sencillez, cuando, cumplida su tarea, pudo quitarse la armadura del guerrero.
La sencillez espiritual y la alerta sensibilidad hallaron espacio en la correspondencia con su hija Virginia Betancourt Valverde, depositada en su Archivo; y dejó muestras elocuentes. Haciendo balance íntimo, le escribió el 16 de abril, de 1964, a los pocos días de haberle entregado el poder, legal y legítimamente, a su Hermanito sucesor Raúl Leoni: «Estoy sereno y con alegría interior (...)». Siendo juez de su más preciado atributo, en la misma carta, se refirió a dos almuerzos con gentes del New York Times y de Life: «(...) Esta gente quiere que yo escriba lo que a ellos les interesa. Y por unos cuantos miles de dólares, ni que fueran millones de dólares, vendo yo mi pensamiento y mi ideario. La frase es campanuda, pero tu sabes que responde a una actitud mía de siempre (...)». Si bien el 22 del inmediato junio, desde Berkeley, escribió también a su hija Virginia: «(...) no quiero ni puedo trabajar de balde. Tengo que pensar en hacerme de una reserva de dinero, pequeña pero reserva, para no vivir bajo apremios económicos (...)».
En su trayectoria de líder, dirigente y orientador, enfrentando situaciones frecuentemente extremas, Rómulo Betancourt sobrellevó, con firmeza de carácter y entereza de ánimo, momentos que sacudieron su espiritualidad y su conciencia hasta en los más altos niveles. Renunció a amistades que creyó consolidadas, fue conmovido por pérdidas que incrementaron su soledad en todos los planos, supo ser implacable con quienes traicionaron su confianza, su generosidad estuvo pronta a manifestarse. Es poblada la gama de sus severos juicios sobre personalidades. A la vez que expresó profundo pesar en la ocasión de pérdidas irreparables. El 22 de abril de 1964, desde Nueva York, escribió a su hija Virginia: «(...) La visita a la tumba de Kennedy [presidente John Fitzgerald] me produjo mucha emoción. Medí la magnitud de esa pérdida, y para mí la ausencia definitiva de un hombre con quien compartí ideas y aspiraciones de bien para las gentes. La barrera del idioma no fue obstáculo para esa vinculación (...)».
También dejó brotar su sensibilidad, en modo que linda con la ingenuidad, refiriéndose a una comida poco feliz y a un para él hallazgo culinario: «(...) Me desquité en Kioto, comiendo un delicioso plato japonés, –el tempura–. Son varios pescados y mariscos, fritos y envueltos en el más sofisticado de los empanados, unas especies de hilos cristalinos, que estallan entre los dientes (...)».
Me detengo. Corro el riesgo de invadir el reino de los biógrafos.
Caracas, agosto de 2010
Acercarse al estudio de la personalidad histórica de Rómulo Betancourt impone encarar requerimientos, metódicos y criteriológicos, orientados a ubicar esa personalidad histórica en la conjunción de específicas coordenadas crono-espaciales; y en correlación con el juego de actores sociales entonces –y quizás tampoco ahora– no del todo bien definidos o caracterizados. Esto, en medio de una trama de factores de condicionamiento sociopolítico e ideológico inmersos, a su vez, en una dinámica de acelerada evolución histórica internacional, con repercusiones acentuadas en lo nacional.
Tales consideraciones me llevaron a componer esta suerte de glosario, ajustado, en su mayor parte, a la acepción de los conceptos que lo componen, de uso regular en la Venezuela de los tiempos en que se desenvolvió la personalidad histórica de Rómulo Betancourt. No a la acepción manejada hoy por las ciencias sociales. Obviamente, para este fin he intentado recoger el pensamiento de Rómulo Betancourt, expresado en sus documentos y en su copiosa correspondencia.
El primer cuidado ha sido puesto en ubicar la vida histórica de Rómulo Betancourt en función de coordenadas. La primera puede ser enunciada como el tiempo histórico, entendiendo por tal la resultante de la evolución de la instauración de la República hasta el momento cuando comenzó a asomarse la presencia histórica de Rómulo Betancourt, con sus primeros pasos, no ya como integrante de la denominada Generación del 28 ni como novicio militante político, sino como emergente líder tenazmente orientado hacia el ejercicio del Poder Público, lo cual alcanzaría a partir del 18 de octubre de 1945. Esto ocurrió cuando dejó de ser uno de los estudiantes en rebeldía contra el régimen despótico de la dictadura liberal regionalista, personificada por el Gral. Juan Vicente Gómez Chacón; cambio de condición marcado por haber redactado el denominado Plan de Barranquilla, fechado en el 22 de marzo de 1931; puesto a la consideración de sus llamados Hermanitos, como expresión primaria de su determinación de liderazgo.
La otra coordenada puede ser enunciada como el espacio sociohistórico, entendido como un cuadro en el cual confluyeron tres grandes aportes de conocimiento y de vivencia. Todos valorados teniendo en cuenta las dificultades políticas y técnicas que impedían el acceso expedito a la información.
El aporte básico de esta coordenada está representado por la Venezuela que Rómulo Betancourt vio y vivió antes de acceder al desempeño del Poder Público. Es decir, el cuadro de la sociedad venezolana tal como se desprende de la visión registrada por Rómulo Betancourt, en dos momentos altamente significativos en su formación política: el cuadro parcial e inmediato que llevó al exilio cuando cumplía veinte años; y el que exploró vehementemente a partir de su retorno del exilio –que fue, en propiedad, su virtual llegada a Venezuela–, en febrero de 1936. Esta visión se vio ratificada por la inferida del estudio crítico del Programa de Febrero, propuesto por el presidente Gral. Eleazar López Contreras el 21 de febrero de 1936; el Plan Trienal Político-Administrativo, propuesto en abril de 1938; y los programas de las organizaciones políticas surgentes. Estos documentos suplieron, al listar lo que había por hacer, la falta de información estadística confiable, puesto que la ofrecida durante la dictadura gomecista no lo era; y no había fuentes alternas. El Programa de Febrero, formulado en las postrimerías de la dictadura liberal regionalista, tuvo el propósito de rescatar la República liberal autocrática, mediante programas reformistas en lo social y lo económico, que encubriesen el propósito de mantener secuestrada la soberanía popular y controlada la formación del Poder Público.
Un aporte, en gran parte determinante, de la formación política del personaje histórico que estudiamos, está representado por la América Latina que vio y vivió Rómulo Betancourt durante sus tres primeros exilios; reconociéndole especial significación al primero de ellos, transcurrido entre 1928 y 1936, por cuanto en la vivencia-visión que adquirió de un escenario sociopolítico amplio y diverso se insertó su visión primaria y limitada de Venezuela. Con esta última contrastaban la vivida directamente en el Caribe y América Central; y la conocida mediante los precarios medios de información de que pudo disponer. En suma, supo de sociedades que se debatían entre los factores condicionantes del pasado decimonónico, la contienda entre dictadura y libertad, y el atractivo de nuevas proposiciones ideológico-políticas derivadas, todas, del socialismo; y este, a su vez, derivado del originario humanismo marxista en el que también él se iniciaba.
Un aporte, determinante, estuvo representado por el escenario internacional respecto del cual se desenvolvió Rómulo Betancourt. Es una de las constantes más reveladoras de su evolución, desde su formación primaria hasta su ocaso como político activo. Fue persistente su esfuerzo, frecuentemente de visionario, por captar la marcha de la sociedad venezolana, correlacionándola con vastos escenarios políticos, económicos e ideológicos. En síntesis, esta preocupación estuvo dominada por la percepción crítica de dos antagonismos básicos: el de democracia vs. totalitarismo, en función de la Segunda Guerra Mundial; y el de mundo libre vs. comunismo, durante la Guerra Fría. Cabe resaltar el hecho de que le tocó interpretar el papel de Venezuela en esos dos momentos culminantes del siglo XX; y fijar posición política activa respecto de ellos.
Los actores sociales, que no estaban entonces bien definidos –y quizás tampoco lo estén ahora del todo– fueron caracterizados genéricamente, durante la porción primaria, y quizás la más determinante, de la vida histórica de Rómulo Betancourt. Pero lo fueron más como resultantes de la realidad social directamente percibida, y de valoraciones sociopolíticas entonces debatidas, que de estimaciones estadísticas; menos aún de mediciones razonablemente confiables. En este elenco son globalmente identificables los siguientes actores:
Los pueblos, percibidos como los habitantes históricamente asentados, esparcidos en vastos espacios rudimentarios, y desasistidos de los beneficios básicos de la cultura y la civilización modernas; privados, salvo muy contadas excepciones, de participación social, cultural y política organizada y significativa; agobiados por la precariedad ambiental, la desnutrición y la malnutrición, los vicios y la enfermedad; y abrumados por creencias socioculturales fundadas en esquemas interpretativos cargados de desconfianza en la aptitud y las posibilidades de esos pueblos para rescatarse de tal carga de atraso.
Burguesías incipientes y viciadas, asentadas en núcleos urbanos estancados y deteriorados. Eran herederas universales del poder colonial, agazapadas, por lo general, en sus privilegios de extorsionadores de sus pueblos respectivos, al amparo de la República liberal autocrática; como secuela, remedo o resabio, en conjunto, de la monarquía colonial absoluta incrustada en los modos sociales; al igual que en los procedimientos gubernativos de esa República y acentuados en su fase terminal la dictadura liberal regionalista.
Caudillos y dictadores, parapetados tras las formas constitucionales de la República liberal autocrática, sucesora de la tal monarquía absoluta, selectivamente demolida al ser edificada la República de Colombia, alias Gran Colombia, a partir de 1819-1821. La expresión más acabada de esta situación era la dictadura liberal, militarista, y en el caso de Venezuela también regionalista, afincada en el secuestro de la soberanía popular y valida de la perversa asociación conceptual entre independencia y libertad; utilizada como coartada para oprimir, impunemente, a los respectivos pueblos privados de libertad, so pretexto de defender la independencia de Estados usurpados de hecho por caudillos y dictadores.
Juventudes, estudiantes e intelectuales inconformes, en los que se advertía la impronta de la rebeldía contra la dictadura y la reivindicación de la libertad, envueltas ambas actitudes en la desorientación ideológica y la precariedad formativa, en lo concerniente a las corrientes ideológicas de la modernidad.
Los factores de condicionamiento sociopolítico, en cierto grado determinantes del estado general de la sociedad venezolana en la que se desenvolvió –en acto y en potencia– la primera etapa de la vida política de Rómulo Betancourt, admiten el ser clasificados como los que habían regido esa sociedad en el relativo largo período histórico; y los de reciente inserción en el curso histórico de la sociedad. Entre los primeros cabe mencionar el legado psicosocial del pasado monárquico colonial; la perduración social de la esclavitud, trocada en peonaje; el latifundismo, disimulado en la economía de hacienda; el colonialismo mental, disfrazado de actualización informativa; el obtuso regionalismo y el caudillismo, disfrazados de personalismo republicano. Entre los segundos factores condicionantes destacan: el prepotente militarismo tradicional, el penetrante imperialismo moderno –real e ideologizado–, y el efecto distorsionador de la comprensión de la realidad, derivado de la adopción acrítica de novedosas proposiciones ideológicas. Reunidos, estos factores arrojaban un balance no ya de estancamiento sino de un atraso que llegó a ser considerado como poco menos que insuperable.
La erradicación del legado del pasado monárquico
