Rosa Krüger (n.e.) - Rafael Sánchez Mazas - E-Book

Rosa Krüger (n.e.) E-Book

Rafael Sánchez Mazas

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Beschreibung

Rosa Krüger es una historia de amor, la de Teodoro Castells, un joven catalán del Valle de Arán que en su camino hacia la aventura europea reconoce en una muchacha alsaciana al amor ideal. Es por lo tanto la historia de un encuentro, fugaz pero trascendental, que cambiará el sentido de su vida. Una búsqueda de lo que solo una vez se ve o entreve pero que seduce, y un recorrido, una travesía de amor y crecimiento. Teodoro es, como Dante, un peregrino de amor que dedica su vida a una ilusión tan sólo atisbada. Rosa Krüger está construida con artificio, pero el resultado es de una gran eficacia narrativa, como cabía esperar de una novela escrita para entretenerse y entretener a los refugiados —Rafael Sánchez Mazas escribió esta novela asilado en la embajada de Chile en Madrid durante la guerra civil española, tratando de anular el tiempo a través de la creación de un mundo imaginario— y en la que el amor espiritualizado como motivo central, la combinación de aventura exterior e interior y la interpolación de múltiples historias y personajes en la trama central son algunos de los rasgos más característicos de este clásico de la literatura contemporánea española.

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Seitenzahl: 433

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Rafael Sánchez Mazas

Rosa Krüger

© Herederos de Rafael Sánchez Mazas

© Ediciones Encuentro S.A., Madrid 2005, y la presente, 2024

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

Fotocomposición: Encuentro-Madrid

ISBN: 978-84-1339-194-6

ISBN EPUB: 978-84-1339-527-2

Depósito Legal: M-11407-2024

Printed in Spain

Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:

Redacción de Ediciones Encuentro

Conde de Aranda 20, Bajo B - 28001 Madrid - Tel. 915322607

www.edicionesencuentro.com

Rosa Krüger es el borrador de una novela que Rafael escribió durante la guerra, estando refugiado en la embajada de Chile en Madrid, para distraerse y distraer a sus compañeros de cautiverio, que esperaban todas las noches con impaciencia la hora en que venía a leerles los capítulos que iba escribiendo como una novela por entregas. Aquella hora de lectura les hacía olvidar momentáneamente la tragedia que estaba viviendo España.

Una vez terminada la guerra, Rafael pensó varias veces en rehacer esta novela, pero después de haber publicado en revistas algún capítulo suelto, se olvidó de ella y nunca llevó a cabo su corrección.

En el manuscrito que queda, que es el que publicamos hoy, faltan un capítulo o dos, que probablemente dejaría olvidados en casa de algún amigo al que se los hubiera estado leyendo.

Me he resistido hasta ahora a publicar el texto tal y como está, ya que Rafael no lo hizo en vida, pero ante la perspectiva de su definitiva desaparición y la angustia de pensar que no alcanzarían nunca a ver la luz unos personajes que habían llegado a serme tan familiares, he tomado la decisión de darla al público sin ninguna modificación.

Me hago, pues, totalmente responsable de la presente edición, confiando en que Rafael me perdonaría este atrevimiento.

Liliana Ferlosio

Madrid, febrero 1984

Rosa Krüger (1936-1937)

I, CLÍO

[1. La Posada de los Alpes]

En aquel tiempo, fui yo a Italia por la primera vez. A la entrada del Mont-Cenis había tanta nieve, que hubimos de quedarnos en una posada de los Alpes durante cinco días. No pudo pasar el Roma-Express y la compañía nos hizo montar en autobuses que tampoco lograron franquear la montaña.

Ardía en la cocina un gran fuego de troncos de abeto, que avivábamos con ramas de abedul. Una lámpara de bronce italiano, parecida a las de Lucena, iluminaba la mesa de roble con sus cuatro llamas de aceite.

Una mujer había dejado en una copa de cristal la rosa de Niza, que había traído en la cintura con un ramo de tamarindo.

Después de cenar, hacia las once, Teodoro Castells hizo sacar champagne para los dos. Este buen comerciante catalán, compañero mío de viaje, parecía más bien un caballero de la Baja Alemania. Se parecía mucho al autorretrato de Durero que hay en el Prado, vestido a la moda de Venecia. Sus facciones eran regulares y nobles, sus ojos entre grises y azules, su barba corta, rubia, de forma cuadrada. Me atrajeron desde el primer instante su porte natural y distinguido, su elegancia simple y la ágil simpatía de todos sus gestos. Había venido a mi lado casi todo el viaje, primero en tren y luego en autobús, leyendo aquella historia de los Tres Hombres Rojos y el Hijo del Diablo o los Bastardos de Bluthaupt. Vi que, de vez en cuando, al leer, sonreía como si recordara alguna cosa, con aquel folletín cargado de pueriles misterios.

Teodoro habló y habló conmigo durante aquellas cinco noches hasta el amanecer y me contó la historia de su vida, como antiguamente se usaba. Voy a entresacar del diálogo las cosas que él me dijo, conservando, en lo que yo pueda, la unidad del relato.

Cuando acabó de hablar, se agotaron el vino y el aceite, se marchitó la rosa y se apagó el fuego.

Afuera se oían ya los cascabeles de los negros caballos, que piafaban sobre la nieve y las voces y látigos de los postillones. Uno de ellos, silbaba al aire frío una canción de Schubert.

[2. La Val d’Arán y Carlomagno]

—Yo, señor mío —dijo Teodoro— he nacido en el Alto Pirineo de Aneo y Arán y en el Hostal de la Bonaygua, que está arriba, en el puerto, como a dos mil metros de altura. Nuestra familia tuvo aquella posada casi trescientos años. Por allí pasaron un día guardias walonas de Luis XIV cuando el príncipe de Condé vino a dar el asalto a los muros de Lérida con una banda de veinticuatro violines. Pero el país nostre viene del cronicón del Carlomagno y de los Doce Pares. Allí como recuerda la canción:

Enllitada en un llit d’herba,

ha obirat, magna i superba,

la gran maça de Rotllan.

La del mall de Rotllan ha sido la primera historia de mi niñez.

Después me contaron la de la bruja de Viu de Llevata, la de la dama del Pallars y el plato de truchas, la del pastor que se salvó cuando ya iba a vender el alma al diablo, la de Arnaldo de Sou y la egua fiada, la de la filadora de hilo de oro, la del halcón mágico y el caballero endemoniado.

—Sinyor pare —decía yo— mi conte la història d’aquell galfó.

—Teodoret —decía el meu pare— un falcó se diu, un falcó se diu...

Me parece que todavía veo y oigo a mi padre, diciéndome esto dentro de mí mismo. Yo he salido a él. Soñaba siempre con su buen emperador Carlomagno y el tiempo del reialme. Cuando andados los años, vinieron a nuestra cocina durante la ofensiva de los mariscales de Francia, desertores de Verdún, de l’Argona y del camino de las Damas, el meu pare decía:

—Tot això non val res i no val res. Aquelles guerres del temps de Carles el Gran, del temps d’Aquis la Gran, aquelles arenguerres. Tot això non val res i no val res.

[3. El Hostal y la Verge d’Artiga]

El hostal era grande y había sido mayor en otro tiempo. Estaba formado por un edificio largo y antiguo, a trechos de una planta y a trechos de dos con cuadras que de niño se me hacían inmensas, gran cocina y bastantes habitaciones. ¿Cómo vendrían a parar a una de ellas aquella cornucopia de París y aquel reloj de música de Alemania, que tanto influyeron en mi vida? Luego yo quise ir a los países de donde aquellas cosas habían venido.

Teníamos también una capilla medio arruinada de la Verge d’Artiga. En una mayólica del muro se veía su imagen y al pie los goigs:

Princessa Immaculada

al vostre emparo acudim.

¡Siau la nostra advocad,

Verge d’Artiga de Lin!

¡Si oyerais la música! Y, perdonadme que os diga de vos, es la costumbre del país. ¡Si oyerais vos aquella música! Cuando se cantaba a tres voces, camino del Santuario, que está ya en el camino de Benasque, parecía que toda la humanidad dolorosa subía, por su valle de lágrimas, a pedir consuelo a la Señora.

[4. La familia, los ríos, los animales, los huéspedes de la Bonaygua]

Éramos seis hermanos y una hermana, Coloma. El mayor, Marquillos, bueno, grande y fuerte, salió de cortas luces y el meu pare, según consienten las costumbres viejas de la val, hizo hereu a Jan Blau. Le llamaban así, Juan el Azul, pues tenía los ojos aún más azules que los míos y le gustaba siempre vestirse de pana turquí, un poco clara y plateada como su mirar. Para el oso, para el isard, para el jabalí, para la garza, para el lobo no vi nunca mejor fusil entre Garona y Noguera, los dos ríos aquellos que dice el refrán:

Noguera per Alós,

tot joguinós;

Garona per Aran,

tot rondinant.

Yo era el hijo pequeño y hacía de mozo de mulas en casa de mi padre. Echaba el pienso a las reatas, ayudaba a descargar los bastos, llevaba y traía cubos de agua. En las cuadras teníamos tres buenos machos, una egua fina y dos cavalls. Por el hostal pasaban arrieros, algunos cazadores, contrabandistas, cortadores y aserradores de árboles, tratantes en bestias de recría, viajantes, quincalleros y, de tiempo en tiempo, tal cual señor curioso. Cuando cerraban el puerto las nieves, bajábamos a vivir a la casa de Valencia de Aneo, hasta entrada la primavera. Poseíamos allá abajo alguna hacienda de huertos, bordas y pradillos.

[5. Las historias en la cocina]

Se contaban historias junto al fuego y yo me perecía por oírlas. Se me transformaba de noche todo aquello que oía de día en sueños fantásticos y disparatados, llenos de maravilla y de terror. Resultaba que dormido y despierto en todo veía o imaginaba yo relatos fabulosos y aunque a mi padre le gustaban también, creo fuese siempre de otro modo y menos que a mí, pues mientras él aguardaba que viniesen para recrearse en oírlos, yo enloquecía por irlos a vivir y a buscar.

Si oía crujir una viga a las altas horas, si aullaban los perros afuera, si en un rincón, junto al hogar, había un viajero silencioso, si era noche de rayos y llamaban a grandes golpes, si el lobo rondaba el hostal, si llegaba un propio del valle con alguna carta, si sentía quejarse en su alcoba a una mujer joven, yo solía ponerme a esperar, con todo mi ingenuo estupor, que, por fin, delante de mis ojos, empezara una verdadera novela, donde se me podría abrir —¡quién lo dudaba!— el extraordinario e infalible camino de mi vida. Y hasta me quise convencer a mí mismo de que un asnillo muy malo, que mi padre trajo de Esterri, el cual se llamaba Astoret, estaba encantado o era el mismísimo demonio, como el cavall o Comtel’Arnau.

[6. Los tres narradores]

Teníamos en casa un tío hermano de mi padre, que vino casi de criado. Luego, mi padre se fue haciendo bueno con él; bebían juntos y el tío Felipet no trabajaba. El primer año no se atrevía a hablar apenas. Los mayores le miraban mal y él andaba triste, vergonzoso y huido. Cuando no le hacían trabajar solía pasarse largos ratos mirando y remirando unas viejas, grandes y medio rotas cartas del mar, que eran restos de un atlas inglés. A veces, al arrimo de huéspedes trasnochadores, se quedaba en el escaño hasta las altas horas y se le veía dar vueltas y revueltas a estos mapas a la luz del candil o de la teiera. Un invierno el tío Felipet estuvo a morir. Mi padre se ablandó y cuando le vio en convalecencia, se puso a beber y a hablar con él como hermano. Entonces el tío Felipet se soltó a contar sus grandes historias y no trabajó más que en hacer algún cesto de mimbre, si quería, o en alguna compostura mecánica.

Los tres grandes amigos que yo tuve en aquella época de mi vida fueron el tío Felipet, Pepet el porronaire y Don Rodrigo. ¡Pensar que en algún tiempo estuvieron los tres en nuestra cocina poblándola de historias!

Don Rodrigo llevaba ya dos meses viviendo en la casa. Pepet había subido de la Pobla de Segur y tuvo que quedarse varios días por el temporal y el tío Felipet estaba entonces en lo mejor de lo mejor.

[7. El tío Felipet]

Era este tío Felipet, entre diversas cosas raras, francés y aun marino de guerra francés. Cuando tenía trece o catorce años robó un tarro de miel de las alforjas de un cura joven de Valartias, que criaba la más hermosa miel del valle. Mi abuelo le dio una paliza fenomenal, gritándole que nuestra gente, los Castells, llevábamos trescientos años de ser una familia honrada y tener el hostal sin robar, queriendo perder mejor que hacer pensar que se robaba y poniendo tanto de sopa, tanto de pan, tanto de vino, tanto de carnero, dos truchas a tanto, tanto de cebada, tanto de avena, tanto de dos clavos de herrar a tanto; como os digo, le dio el abuelo Roig tal paliza que le dejó medio muerto y cuando le vio que ya se tenía de pie, le echó de casa con un pan, una bota de vino, otra de aceite, unas alforjas, dos pañuelos, un par de botas viejas y una onza de oro. La abuela le puso en las manos a escondidas un bolsín de seda verde, antiguo, con anillas, donde sonaban algunos medios duros y un par de calcetines blancos, gordos, de abrigo. El tío Felipet se metió en Francia burlando a los gendarmes de Pont-du-Roi, tiró para Toulouse porque siempre oía hablar de Toulouse como de una gran cosa; se juntó por el camino real con unos arrieros y en alguna posada topó con un cierto marino rosellonés, que hablaba de Tolón y de Bonaparte, de fragatas y de cañones, lo cual le bastó para irse a Tolón, sin saber más. Allí se hizo pillete de playa, grumete de patache y de bergantín, gaviero de un velero de alto bordo, el «Trois Maries» y un día, entrando en leva voluntario, marinero en las flotas de guerra de Francia. Se reenganchó y fue marinero de primera, artificiero y llegó a contramaestre. Para los cuarenta años había sido tripulante en todos los tipos de navíos de guerra y había navegado los sietes mares, de Suez a Panamá, del Tonkín al Dahomey, de Islandia a Terranova, de Madagascar a las Islas de Pomotú, de la Martinica y Haiti al Bósforo de Constantinopla donde precisamente estaba guardando el pañol de pólvora, con el teniente de navío Viand, ¡con el teniente de navío Viand! —¿sabéis lo que quiere decir esto?—, con un hombre que escribía muchas historias de países y se había puesto de nombre Pedro Loti.

Llevaba ya con este Viand, desde los días del «Javelote» del Bidasoa, que era una cáscara de nuez, un cañonero de juguete anclado frente a Hendaya.

Pues ya veis vos, el tío Felipet se escapaba los domingos a bailar a España, al son del tamboril y del silbote, con las mozas de Fuenterrabía, vestido de marinerito francés, luciendo el pompón rojo en la gorra. Pero a peor vida se daba por San Juan de Luz, Biarritz, Bayona y otros pueblos de Francia donde tomó el gusto al ajenjo y al juego. En malhora conoció aquel país. Volvió a él ya maduro, porque le tiraba, a pasar unas vacaciones y a gastarse los luises que se había ganado en el Tonkín jugándose la piel y se casó. Verge d’Artiga me val!, con una cascarota de Zibour, con una gitana vasco-francesa, lo último de lo último, una zorra de playa, que había ido a buscar a las garitas a los carabineros guapos de España, a los carabineros andaluces y cartageneros de habla melosa, meñique de uña larga y lunar de pelo. Con aquella Chulotte Baticul —según se llama o la llamaban— se casó el pobre tío Felipet —¡Verge d’Artiga!— un catalán del Alto Pirineo, un montañés de la Val d’Aran, un hombre loco por las historias que acababan bien, por las buenas canciones, por los buenos amigos, el buen vino y el corazón en la mano.

El destino de algunos de nuestra casa ha sido el de ir por el mundo de historia en historia, como de rama en rama. El tío Felipet volvió al nido herido de ala, como un cuervo mojado, aterido, con la carne como si fuese vieja de cien años, endurecida en todos los vientos. Luego, he leído yo historias, además de las muchas oídas, y ahora comprendo que el tío Felipet era como un cuervo maravilloso de los cuentos de Andersen, como un cuervo de monte, de tierra adentro, que se metiese a pájaro de mar y fuese posado en las gavias, bajo bonanzas y galernas de todos los cielos.

[8. Pepet «el porronaire», su género y estilo narrativo]

A los quince o dieciséis años, había empezado Pepet el porronaire a venir con su mulo cargado de bolas de cristal envueltas en paja, a los pueblos del valle, subiendo de los pueblos de pla. En el hostal se le acogía siempre con mucha fiesta porque era simpático Pepet, no sólo por su natural condición sino por haberse lanzado él sólo, huérfano de padre y madre desde la niñez, a un comercio que exigía fatigas y responsabilidades impropias de su edad.

Empezó primero a vender en comisión y después por su cuenta y tuvo como socios capitalistas a mi padre, al dueño de una serrería de Isil y a otras personalidades del contorno.

Pepet había visto que en las cocinas de montaña se oían con placer historias y que los narradores hallaban buenas caras, algunos tragos de convite y el mejor sitio junto al fuego.

Al principio se limitaba a oír embobado. El tío Felipet antes de soltarse a lanzar públicamente sus grandes relatos del mar, anduvo más de un año contándonos algo a Pepet y a mí por los rincones o a la puerta de la cuadra. Éramos como sus discípulos secretos. Al cabo de esta buena temporada de aprendizaje con él, yo no digo que pensara Pepet ni siquiera descalzar al maestro, pero calculó que podía superar, desde luego, las historias corrientes de los cazadores, pescadores, aserradores y contrabandistas. Empezó a traer a la alta montaña historias del pla y aun de Lérida, de Tarragona, de Zaragoza y hasta de Barcelona, Marsella y Toulouse.

Se reveló Pepet con historias tremendas. Refería partos monstruosos de uniones entre perro y mujer, grandes aberraciones sexuales como sodomía y bestialidad pastoril, casos espantables de monjas poseídas y embarazadas por demonios en conventos de Vich, de Urgel, de Jaca o de Figueras, secuestros y emparedamientos de pubilles por los herederos presuntos, amores incestuosos entre hermano y hermana o hija y padre, apariciones de fantasmas y ánimas en pena que venían a revelar el secreto del crimen, adulterios recién cometidos con o sin desenlace de duelos a muerte, envenenamientos perpetrados por viejas celosas y ricas en la persona de maridos jóvenes y despreocupados, extremos ya increíbles de pornografía que ilustraban el barrio chino de Barcelona, misterios tenebrosos e intrigas de las logias masónicas y largas retahílas de asesinatos de romance de ciegos, con versiones compuestas por él de procesos conocidos y célebres como el del Huerto del Francés, el de Cecilia Aznar, el de Coll y doña Nieves Hermida, el de Don Nilo, el del Capitán Sánchez y otros así.

Desde el principio se vio que el estilo de Pepet era muy bueno. Empezaba por sugerir que llegaba al hostal cargado con un peso imponente de secretos graves. Enseguida se revelaba el implacable estilo de Pepet, que, a pesar de todo, era un muchacho bueno como el pan. Según iban perfilándose en su relato los desgarradores infortunios o los casos nefandos de inmoralidad, la alegría de Pepet iba tomando cuerpo hasta llegar a un júbilo delirante, que frisaba ya en lo satánico. En cambio, cuando sus historias iban discurriendo por casualidad rara hacia desenlaces normales, morales y felices, el acento de Pepet declinaba y se desvanecía hasta nublarse en una melancolía nostálgica.

Cuando se fijó y se cuajó este sabio y despiadado estilo dejó turulatas a las gentes y venció, puede decirse, en toda la línea a cuantos narradores celebraba el Alto Pirineo.

Después de oírle a él, ¿quién se atrevía ya a contar un contrabando de caballos, un rayo y un incendio en el monte de hayas, una cacería de osos, un robo en despoblado o una violación de doncella a la vuelta de las fiestas mayores? Hasta el mismo tío Felipet, en el fondo ingenuo y poético narrador de odiseas marinas, se quedaba admirado y aún más que admirado, asustado, estupefacto del alumno que le había salido.

Poco a poco, Pepet fue afirmando su personalidad indiscutible y cualquier cosa que contara era terrible, misteriosa y divina. Hablaba ya de un mundo tenebroso, arcano y embriagador, que él había creado y del que los simples mortales sólo por obra y gracia de él teníamos alguna noticia. Me ha tocado luego tener alguna experiencia de los narradores de fábulas y cuentos. He comprendido que Pepet no era otra cosa sino un embustero patético, desinteresado y fabuloso, que no mentía para lucro propio ni daño ajeno sino por imperiosa necesidad artística y anhelo inconfesado de inmortalidad. Últimamente se había aligerado y agigantado su estilo. Ganaba en novedad y poesía lo que perdía en verosimilitud y crudeza.

Era este Pepet muy alto, flaco y desgarbado, con el rostro huesudo y escurrido, la barbilla prominente como los Estuardos y los Austrias, los labios finos, la nariz descarada, grande y respingona, la piel enrojecida siempre de frío. Tenía ojuelos muy juntos, amarillentos y con manchas, vivos como dos ojos de animal, bajo los cabellos que traía sobre la frente y muy embrollados. «Parece que sales del infierno», le solía decir mi padre. Sacaba una voz amplia y autorizada para su edad, accionaba como un doctor con el dedo tieso en la mano esquelética y hacía silencios muy graves, adelantando la barbilla y cabeceando lentamente como aquel que se dice a sí propio: «¡Qué cosas, Santo Cristo, qué cosas!».

[9. Los relatos del mar]

—Vengo —dijo una de las últimas noches que yo le oí— de Lérida y otras poblaciones donde he podido ver y oír a personas muy enteradas. Es asunto, sí, que se quiere tener muy secreto, pero desde hace meses, y aun años, vengo yo descubriéndolo todo, casi desde que yo era pequeño, y así os traigo esta noche mucho que contar. Y ya sabéis a mí cuánto me gusta teneros al corriente de lo que pasa por esos mundos, pero esta vez ando con miedo, porque el caso que voy a referir es gravísimo y siempre es mucha responsabilidad hablar de la honra de la gente, sobre todo para mí, que soy tan considerado y respetuoso y, además, un buen cristiano, que se tienta mucho la ropa antes de hablar de religión y cosas de curas.

Molt bé! Los que han estado en Lérida deben haber oído algo de aquel jardín, que está sobre el Segre, y del que se hicieron en tiempos muchos romances. Aquella es una torre antigua que llaman del cavaller de Nàpols aunque ese cavaller era del mismo Lérida, señor de cuna, de raza de paers y más de lo que ahora puedan parecer un Pons y Ruvira, un Muntades, un Raventós Vilaregut y otros que lucen y relucen. No se sabe por qué le pusieron ese nombre de cavaller de Nàpols pero se sabe, sí, que era un hombre muy bien vestido ¡caray!, siempre de frac, levitas, buen sombrero de tubo, bastón, la flor a la solapa, guantes blancos, corbatas vistosas, bota de charol, cadena y reloj de oro, anillos muy buenos. Se dejaba una barbeta negra de franchute y bigotes para arriba, en punta. Era tieso, flaco, hacía muchas ceremonias, usaba aguas de olor. Era raro ¡eh!, ¡vaya!, no es por decir, era raro aquél y siempre iba muy solo. Subió en globo una vez, desde el mismo Lérida y cayó sin hacerse daño, tuvo suerte, en Arenys de Mar. Hacía viajes largos y no decía dónde iba, aunque se cree que a París y Barcelona. Gastaba, tenía coche, leía muchos libros malos de brujas, demonios, espíritus y cosas así y el capellà de su parroquia solía decir: «No me gusta, no me gusta éste». Misas no oía nunca, ni siquiera en la fiesta mayor. Andaba con muchas queridas, gastaba en una noche mil durets con las bailarinas de la Rambla y a una casada de Lérida le regaló una pulsera que valía miles y miles. Se llamaba el Lluch y Minguella y de nombre Francesc.

Una vez, vino de viaje con una mujer alta, blanca, roja de pelo, artista del «Liceo» decían, cantante de ópera. ¡Qué mujer, Dios Santo! ¡Qué cintura delgada! ¡Qué ojos grandes como una ternera! ¡Qué rica boca como un clavel fresco! ¡Qué pechos firmes! ¡Qué caderas redondas! ¡Qué curvas del cielo!

Era rara, tan rara como él y en el jardín le llevaba de comer a hormigas, a escarabajos y alacranes. Lloraba por nada y cantaba, tocando el arpa, a la orilla del estanque, bajo los sauces llorones para entretener a los cisnes. Solía andar con todo el pelo suelto, en tirabuzones, como una niña y hacía mucha caridad por mano de una doncella de confianza pues no podía ver una desgracia. Pero tampoco puso nunca jamás el pie en la iglesia. Un padre jesuita la quiso ver pero ella no le recibió.

Cuando ella desapareció dijeron muchas cosas. Algunos sospechaban que él la había matado con un revólver pequeño, de aire comprimido, como las carabinas de tiro al blanco.

Yo he querido en esto averiguarlo todo, porque me gusta puntualizar los hechos, sustanciar lo ocurrido, saber a qué atenerme y que todos estemos bien seguros del caso.

Habréis de saber que yo tengo un amigo antiguo, muy de fiar, un maestro zapatero, el señor Arnaldet, un hombre pequeño, listo, de gafas muy gordas, leído —¡cuando yo era un ninet me hacía tantas fiestas!—, un hombre de bien, que está en un carrer, al darrera de la catedral de abajo, en el porche del número siete y es como os digo persona entendida, de juicio, con quien los canónigos hacen mucha conversación porque es hombre que va a los sermones y tiene mucha nariz para teologías, latines y cosetes de misa. Estaba éste el otro día leyendo un gran libro con láminas en colores, que se llamaba La reina de la noche y cuando yo pasé a saludarle me dijo: «Aquello que solemos hablar siempre nosotros, Pepet, es mucho más que esto».

La mujer del señor Arnaldet, la Roya, era hermana de un hortolà que tenía en la torre el cavaller aquel, Lluch y Minguella. Pero ella ¡chist!, no quiere contar porque los canónigos y capellanes de la Seu se arrufen si se toca este punto y una vez arrufats no mandan botas y zapatos a echar palas y medias suelas al señor Arnaldet. Pero el marido es el marido y entre ellos no puede haber secretos. Cuando eran jóvenes ella empezó decirle algo, pero no quería soltarlo todo. Pero luego, después de cenar, él le decía muchas noches: «Apa, Roya, cuenta aquello del cavaller». Y ella ¡qué remedio tenía! El señor Arnaldet, desde hace un año, me fue poniendo a mí al corriente de todo, cuando volvieron a sospecharse nuevos sucesos en la torre pero con la prohibició i paraula de no contar ni tanto así en Lérida y a diez leguas a la redonda.

Así pues, dicen, que aunque él y ella, el cavaller y la dama, se querían con locura, no se veían jamás a la luz del sol, ni se encontraban si no era de noche, con todo apagado. Cada uno estaba de una parte del jardín, ella de la parte de aquí y él de la parte de allá: ella por la fachada principal donde están las rosas y el estanque del surtidor; él por la fachada de atrás donde está el laberinto de bojes y la estatua de la mujer desnuda.

Ella comía arriba, en las habitaciones que dan a la terraza. Y él comía abajo, en la biblioteca.

Sólo en la sombra de la noche se juntaban a gozar su pecado, que era terrible. Ella cantaba a veces arriba con una voz triste, como de ángel, que partía el corazón de oírla y le vieron a él un día que oyéndola cantar lloró.

Andaba aquel hermano de la Roya, aquel buen hortolà, que el señor Cucufat se llamaba, siempre todo ojos y todo oídos, tras aquel grandísimo misterio y yo sé que oyó muchas cosas que no pueden contarse.

Y una noche, en la alcoba de abajo, donde ellos se juntaban, que era toda de seda azul y terciopelo negro con flecos de oro, oyó que él le decía a ella:

—Eulalia, amor mío, hermana mía, ya sabes que si una vez sola me ves, te mato.

Y ella le contestó:

—Francesc, Francesc de mi vida, Francesc de mi alma, sólo una vez de niña te vi, la única vez en mi vida. Entraste de noche en mi alcoba, cinco años después, sin saber quién yo era, cuando creías encontrar a otra. Luego nos quisimos con locura, Francesc, hermano mío. Si este destino tan horrible pero tan amoroso nos unió de este modo, ¿por qué me haces sufrir así? ¿Por qué vivo sin verte, luz de mis ojos?

Y él contestó:

—Por verte, hermana Eulalia, media vida daría. Pero si te veo y me ves sucederán terribles desgracias y acaso los dos moriremos.

Eran germans de pare i mare y él, dice la Roya, sabía de sacar la suerte mirando a las estrellas con un catalejo muy largo, que tenía en el terrado; sabía de hierbas mágicas para bebedizos, de rayas de manos, de echaduras de cartas, de encantos con agujas y estatuas de cera, de adivinaciones mirando en copas de agua limpia o con clara de huevo, de hacer dar vueltas a las mesas, hablar con espíritus y otras artes aparte del demonio.

Ella, la dama Eulalia, oyéndole decir a él aquellas palabras terribles, resiste y resiste unos días, pero le quita el sueño aquel deseo y la mujer, pues ya se sabe, con mucho resiste y resiste, cuando quiere un gusto, cuando quiere un gusto pues tiene aquel gusto aunque la maten.

Era una noche oscura de mayo, con algunas centellas lejos, como claridades eléctricas, allá por la parte de Tarragona y como el calor era pesado dice que estaban ellos con las ventanas abiertas y, como siempre, con todas las luces apagadas.

Aquel buen hortolà, el hermano de la Roya, que se llamaba el señor Cucufat, andaba como siempre por el jardín y se arrimaba a aquella cámara del piso bajo, donde ellos estaban, para oír suspiros, besos y cosetes aixi pues, aunque no veía, con eso se contentaba.

Pero aquella noche no oía nada este buen hombre y pensó si dormirían cansados ya. El jardín olía un poco a muerto. Se oía el cuco, así, a lo lejos, de vez en cuando: «cucú...». Y más lejos muchos grillos: «cri... cri... cri... cri...». En el estanque de la hondonada, donde entones había cisnes y carpas, hacían los sapos: «glin glon».

En esto, aquel buen hortolà Cucufat, ve entre las persianas una luz, una luz que se mueve y a ella, la dama Eulalia, alta, blanca, hermosísima, con el cabello casi rojo, suelto en bucles, un peinador abierto de encajes sobre la camisa, sujeta con lazos azules, de donde los pechos casi se salían, un collar de brillantes al cuello... ¡Qué cosas vio el honrado Cucufat aquella noche! Ve, amigos míos, que ella, con un candelabro de oro en las manos, va hacia el lecho de él, que está dormido: y ve que le descubre las sábanas de holanda y las colchas de seda y flores y se pone a mirar con amor... Y aseguraba, amigos míos, el señor Cucufat, a quien Dios tenga en su santa gloria, que el cuerpo del cavaller aquel se vio desnudo y era tot daurat, tot daurat, todo dorado, sin tanto así de vello que casi relucía y era muy hermoso.

Pero, en esto, a la dama Eulalia se le cae —Mare de Deu! Mare de Deu!— una gota de cera sobre el cuerpo de él, justo, justo, en tal parte del muslo, y él da un alarido furioso, como una voz del mismo Satanás y se levanta en pie, como un loco, como un demonio del infierno y debajo de la almohada saca una pistola pequeña de nácar y plata y va entonces y mientras ella un instante levanta los brazos y se queda paralizada de terror, le dispara un tiro sin ruido por debajo del pecho izquierdo y ella cae a los pies de la cama sin decir un ¡ay!

El señor Cucufat, que estaba para morir de miedo, vio que unas sombras negras y unas llamas rojas se movían en los espejos.

A la mañana siguiente, baja el señor Cucufat como siempre temprano y se encuentra al señor Francesc que le dice:

—Cucufat: vamos a llevar a la estatua que hay en medio del laberint del jardí, a un cuarto de abajo, que quiero yo lavar ese mármol con un agua que lo dejará blanco como una rosa y pulido como un cristal.

Cucufat entonces le dice que no se podrá los dos solos. Y él que sí se podrá. Y van y podían, como por arte de magia, con la estatua, que pesaba doscientas arrobas y más. La entraron a un salón de espejos que pegaba con el cuarto donde ellos dormían. Don Francesc dijo enseguida a Cucufat: «Sal... sal...».

Dicen que aquel cavaller de Nàpols, aquel hombre extraordinario de Satanás, que tenía tantas artes aparte para hacer brujerías y prodigios, se quedó con ventanas y puertas bien cerradas y hasta el anochecer y Cucufat, pegado el oído, estaba fuera, casi no se atrevía a respirar, unas veces el miedo le helaba la sangre, otras veces ardía de curiosidad hasta consumirse por dentro porque sabía que algo grande, espantoso y magnífico iba allí a suceder. Apenas se había puesto el sol, a Cucufat se le pusieron los pelos de punta porque empezó a oír una voz triste como de ángel, que cantaba y cantaba, al son de una música como de órgano. Y dijo Cucufat que a veces tenía que hacerse fuerza y restregarse los ojos para no caer como en sueños. La voz cantaba algo como eso que sabe San Pau el de sorpe, eso: Oh Mari, oh Mari. Era una voz del otro mundo.

Cucufat echó a andar hacia Lérida aterrado. No se atrevía ni a dormir en la torre. A poco de hacerse de noche empezó a descargar, en tres o cuatro leguas a la redonda, aquella famosa tormenta que se recuerda siempre y es la mayor que se ha conocido en el campo de Lérida. Se destrozaron muchos huertos, salió el río de madre, hubo muchas inundaciones e incendios, toda la fruta se perdió. Los torrentes de agua y los rayos caían como una venganza del cielo y el señor Cucufat corría por las escaleras de casa de su hermana gritando: «Dios nos asista... Es castigo de Dios... Vamos a morir todos... Rezad a la Virgen y a los santos... Es castigo de Dios».

El agua no subió hasta la torre del cavaller que está puesta en un alto, pero un rayo que entró por la chimenea y se estrelló en los sótanos dejó la casa convertida por dentro en cenizas aunque por fuera parecía que ni la hubiese tocado. Y dentro, sólo quedó ilesa, en el salón de espejos, que se volvieron negros, la maldita estatua desnuda de mármol blanco, que había lavado el caballero. Y allí estaba como una flor, limpia y pulida, pero más que blanca, tenía como un color de carne de mujer y en los cabellos como algunos tonos rojizos. El caballero y el cadáver de la dama Eulalia habían desaparecido.

Murieron aquella noche muchas personas, malparieron muchas mujeres fetos monstruosos, unos cubiertos de pelo, otros de manchas en forma de ojos, otros con cabezas de animal, otros con un cuerno en la frente, otros sin manos, y sin pies como trompos de juego. Se empañaron cientos de espejos, se pararon relojes, se embotaron filos de espadas y cuchillos, se pudrió la carne del matadero, se oyeron grandes alaridos por los aires y luego durante muchos días la luna de color de sangre tuvo cercos de un resplandor verdoso y violeta.

Pasaron meses, un día vino el administrador, Ricard, y trasladaron a su sitio la estatua con seis hombres. Empezaron a hacer obra en la torre y los albañiles dejaron de trabajar porque al caer la tarde oían suspiros. Al fin acabaron. Pasaron años y al señor Cucufat, viejo, le recogió la Roya hasta que murió y así lo fue contando todo antes de morir. Vivía yo entonces en Lérida con mi pobre padre y mi pobre madre, que vendían pajaritos de barro, ocells para los ninets,canteretes, botijos, porrons de juguete y de veras, pitos de vidrio y algo de cacauets, almendras, nueces y avellanas y ya oía yo hablar de aquel jardín del cavaller con la torre quemada y la estatua desnuda: y lo poco que oía de esta historia no me dejaba dormir muchas noches.

Alguna vez el administrador mandaba a Cucufat por mayo a cortar rosas al jardín, que ya nunca se abría porque la señora de aquel administrador, doña Cristeta, era penitenta y muy amiga del capellà don Alfons Peris y Dalmau y quería mandarle flors i més flors para el altar de las filles de Maria. Cucufat, cuando era muy viejo, confesó a la Roya que cuando iba no podía mirar a la estatua, porque por una parte le daba miedo y por otra parte le enamoraba, le llenaba de malos pensamientos, más que una mujer viva y hermosa.

Molt be! Yo no he querido soltar prenda hasta hoy y llevo meses y meses, como os he dicho, averiguando, porque han vuelto a suceder cosas de un aspecto molt misteriós, molt misteriós, y no sabemos cómo acabarán.

Primerament, el guardia civil José Corconte, de la Comandancia de Lérida, ha visto entrar en aquel jardín muchas personas, al atardecer de los sábados, por una puerta verde pequeña, que da al camino del río. Iban en grupos sueltos de dos o tres personas, como tapándose y eran caballeros y señoras casadas, algunas bellas como la Pepita Ardigó, señoritas y algunos señores curas. Le dijeron al guardia que tenían permiso y tarjeta del administrador Ricard y que la misma doña Cristeta iba porque se trataba de unas reuniones religiosas al aire libre, y el guardia Corconte dijo: «Está bien y está bien».

Pero, antes, un hijo de la Roya y el zapatero Arnaldet, un xiquet curiós, más listo que Cardona, molt maco, que algo había oído de estas historias, escuchando en casa detrás de la puerta, solía desde hace tiempo saltar las tapias para cazar nidos, coger fresas y frutas que allí hay y también tenía metidos allí un corderito y gallinas que había robado.

Este xiquet acabó por contar en casa, hace unos meses, lo que había visto, porque estaba tan asustado que se despertaba por las noches despavorido. Una tarde de sábado, vio a un caballero de sombrero de copa y levita, con una espada, un ramo de olivo y guantes rojos, que estaba en la plazoleta del laberint. Este señor, que las pocas personas informadas pensamos ha de ser el mismo cavaller, trazó varios signos y círculos en el aire con la espada: al norte, al oriente, al sur y al poniente. Luego se quedó mirando al sol, que ya se ponía y con el ramo hizo otros signos.

Quemó varias hierbas al pie de la estatua y eran, dice el xiquet, de olor a botica. Luego dijo palabras terribles en un habla que nadie sabe porque no era latín de la misa, ni català, ni castellà, ni francès. Después empezó a salir de la estatua un perfume suave, suave, como de mujer y dice que el mármol se volvía más sonrosado y los cabellos más rojos, mientras le daba la última luz del sol. El xiquet, dice que el olor era como el de las bailarinas del café del parque de Lérida, cuando hay varietés en el verano. Y después, dice el xiquet, que empezaron a correr lágrimas así, como puños, por la cara de mármol. Y el caballero también lloraba.

Pero todavía pasó mucho más. El caballero se arrodilló ante la estatua y con la boca llegaba a lo alto del pedestal. Cree el xiquet, que el caballero besaba aquellos pies desnudos del mármol, que están sobre una concha marina. Luego, el caballero se puso en pie y tocó el pecho de la estatua con una varita negra de virtudes... Pues la estatua empezó entonces a cantar, primero suave, suave, despacio, luego más alto... con aquella voz triste, como un ángel... Y según iba cantando más alto y más alto se soltaba del pedestal y se iba levantando en los aires... Habían salido las estrellas. Y cantaba, cantaba aquel canto triste, alto ya, alto, pero lejísimos... luego fue bajando, bajando, cantaba suavemente y al fin todo quedó en silencio. El xiquet huyó.

Pocos días después, el guardia civil José Corconte, vio a las altas horas, cuando vigilaban aquel camino por el atraco al notario de Balaguer, luces en las cámaras aquellas del piso bajo. Yo no tuve duda de que era el cavaller que había vuelto; y así estaban las cosas a fines de mayo.

Molt bé! Entonces, un pare mercedari, el Pare Julio de Monistrol vino muy misteriosamente de Roma y Barcelona y se instaló en el Palau del Bisbe y recibía algunas visitas que solía llamar muy tapadamente por medio de los confesores y fueron algunos, la Roya, doña Cristeta, el xiquet, la mujer del magistrado Llauradó y otras mujeres. Llamó además a varios sacerdotes. Y yo, hablando con varias personas, que no puedo nombrar, he llegado a saber que el asunto es gravísimo, que preocupa al papa de Roma, pues se está formando, nada menos, una religión nueva, muy importante y ¡quién sabe cómo acabará!, porque están comprometidos muchos caballeros principales, señoras muy hermosas, viejas ricas, pubilles heredadas y hasta dice, capellàs molt savis y canonics y dignitats de la Seu, aunque yo no lo creo esto último.

Y parece que con mucho secreto hay mucha gente importante que está con ellos por toda Cataluña, Aragón y hasta Francia y el extranjero y las Américas.

Creen algunos que se reúnen las noches de los sábados y la estatua, aquella maldita robadora de amor, que a todos les encandila, se vuelve mujer, es decir, la dama Eulalia, o también otros dicen si han encontrado una doncella hechizada, que se llama Madamisela Lucrecia y es la que les sirve para muchas herejías y ceremonias. Ahora estamos averiguando acerca de las sesiones diabólicas y masónicas que allí se celebran porque todo esto es cosa de logias, brujas, magia y herejía con lo que llaman misa negra sobre el cuerpo de la mujer desnuda y cosas que por ahora me prohíben contar hasta que se pongan en claro y estén bien demostradas y comprobadas por testimonios.

[10. Historia del Mercader de Marsella]

¿Inventaba Pepet estas historias? ¿Las sacaba de libros acaso? ¿Poseía alguna fuente oculta? Los últimos relatos que le oí estaban más y más mezclados de temas y motivos que tiempo después, al entrarme afición por la lectura, encontré yo dispersos en letras de molde. El éxito de Pepet era rotundo porque había excitado y removido la malsana curiosidad de su coro de oyentes. Cuando, años después, yo me fui, el tío Felipet iba quedando desbancado y oscurecido por Pepel porronaire.

Ya no nos deslumbraba, como en aquellas noches inolvidables de su primera época, al explicarnos el ciclón esquivado por el canal de las Bahamas; el paso de la barra de Bilbao con el velero «Trois Maries» firme en la noche de naufragios, bajo la galerna de agosto, hasta la última bordada, hasta la última virada de vida o muerte frente a las escolleras; la invernada polar de los exploradores en la Nueva Zembla, en un país de auroras boreales, vacas marinas, cisnes, osos blancos y zorros blancos; el gran viaje de amor de los atunes, truncado por las almadrabas y su rumbo desde el mar de sargazo a los senos azules de Grecia y el mar Negro; la vuelta al mundo a vela en la fragata escuela de los guardias marinas; la remota, legendaria proeza de los vascos, primeros arponeros del mundo, con las descomunales ballenas; los yates blancos, cuyas anclas conocen las escalas secretas de los amoríos y el matrimonio morganático de los eternos príncipes de Gales; el fin desconocido del infortunado La Perouse, perdido allá en los mares de Oceanía, cerca de Vanikoro; la fortuna de Bougainville, entre flores gigantes y perfumadas de Tahití o en las islas felices de Sotavento; la peripecia rara, de gentes antiguas de Dieppe o de Venecia, que acaso arribaron a las Indias Occidentales mucho antes de Colón; los cientos o miles de botellas, que el «Hirondelle», mandado por su Alteza Real el príncipe de Mónaco, iba sembrando por lo ancho del mar, sobre las olas, para rectificar las cartas de las corrientes; las rutas furtivas de negreros y piratas, las islas a trasmano de corsarios, bucaneros y filibusteros; las costas que los bajeles turcos del Gran Señor corrían para abastecer de odaliscas los serrallos de la Sublime Puerta; el oscuro heroísmo del misionero, solo de por vida con los leprosos hawaianos de Molokai; las proezas ingeniosas y esforzadas del capitán francés entre los reyezuelos negros; los proyectos del ferrocarril por el paso de Bering y del túnel bajo la Mancha, que harían ir a Nueva York y a Londres desde París sin bajar de los trenes; el encuentro de otoño de las lanchas pesqueras de Belle-Isle o de Courcarneu con los bancos fosforescentes de sardina que bajan de los mares del Norte; las entradas por estuarios tropicales de lotos, donde se veía venir a un alto navío sagrado, de marfil y de oro, a un extraño monarca adolescente, sentado en un trono de cristal, vestido de seda violeta, ceñida la pálida frente por una enorme tiara de pedrería; las flotas negras de carbón que uno se cruza por el Báltico —negras las velas y los cascos, negros los hombres— y las flotas blancas del bacalao, blancas de sal y nieve, en Islandia y en Terranova y allí la lucha inveterada entre los ingleses de San Pedro y los franceses de San Juan; las singladuras lentas, accidentadas o felices, por la baja de los grandes alisios y ciclones, que ciñe de hemisferio a hemisferio las vueltas del mundo y el régimen de los monzones y de los tifones, bajo la Cruz del Sur, a la vista de otras estrellas y donde parece ya otra la rosa de los vientos; el jacinto blanco que una primavera floreció de manera fantástica en las aguas de Saint John’s River y no dejó hacerse a la mar a los grandes navíos; los moluscos, que en la carrera de los barcos de hierro, pueden reducir la velocidad de 22 nudos a 15... Así volvían y volvían a volver estos temas del mar siempre iguales, siempre diversos, siempre antiguos y siempre recientes como las mismas olas... Y tampoco podían faltar en la boca inagotable del tío Felipet los recuerdos galantes de mulatas en la Martinica o en Haití, de fumaderos de opio en Saigón y en Cantón, de rubias, pomposas y fáciles comadres de Holanda y Dinamarca, de italianas fatales y lascivas, de noches encantadas del Bósforo o de Río de Janeiro, de rumbas y danzones en la Habana, de farras en kilombos argentinos, de borracheras memorables en tabernas de Liverpool y Rotterdam, de juergas en los cafetines de tablas de Palermo, de Málaga y de Argel, de orgías en los clásicos burdeles bordeleses del retorno a la patria.

En medio del estrépito fenomenal —decía una vez— bailaban los cuatro pilotines con cuatro filles, al son del acordeón, ensayaba una giga el comodoro con un papagayo en el hombro, cantaba el cocinero a voz en cuello acompañándose de un plato y una cuchara y ya no se tenía de pie cuando en un silencio de la música cesó la barahúnda y se oyó claramente una voz de niño, que era el grumete, un muchacho sin padres de Saint Pol de León, que en un rincón, dormido, medio en sueños, decía sus oraciones de la noche: «Je vous salue Marie pleine de grâce...». Hubierais visto a todo el lupanar emocionado. Las mujeres querían besarlo. Yo cogí en brazos al chiquillo como una madre, le di un biberón de ginebra y lo eché en una cama bien arropado. ¡Pobre criatura! Se nos murió aquel año de pústula maligna, en aguas de Pondichéry, donde le velábamos, cadáver, un artillero viejo y yo, que, sin querer, recordándome de aquella noche de Burdeos le rezaba así de vez en cuando: «Je vous salue Marie pleine de grâce...». Pero no me podía recordar entera toda el Ave María. Apestaba el cadáver en la noche de fuego. Era un barco pequeño de forma de puro, un torpedero nuevo, el «Audacieux», de 150 toneladas, con veinte hombres de tripulación, armado de cuatro tubos lanzadores, cuatro cañones revólver, seis ametralladoras. Era su primer viaje de altura y le cantábamos siempre la canción, con letras alusivas a la vida de a bordo: «Il était un petit navire...». A la madrugada echamos el cadáver al mar.

Una de las manías del tío Felipet era la de enseñarnos a Pepet y a mí, que no habíamos visto nunca el mar, las características de los barcos de su tiempo en las flotas de guerra de Francia, que estarían ya, para entonces, desguazados o hundidos.

Aun nos quiso meter en la memoria sus parecidos y diferencias con tipos de navíos de otros países y así nos preguntaba qué relación había entre tal o cual tipo salido de los arsenales franceses y el español «Rigel», el alemán «Irene» o el italiano «Morosini». Pero Pepet no quiso o no consiguió nunca aprenderse ni un solo barco.

—¡Pero hombre Pepet —le solía decir el tío, doliéndose mucho— ni siquiera el «Jean Bart»!

¡Ni siquiera el «Jean Bart»! ¡Estás perdido, noi!

Era este famoso «Jean Bart» el barco en que primero había navegado, como marinero de guerra, y le guardaba, más que cariño, idolatría. La cinta de la gorra deshilachada, con los aros del nombre ennegrecidos, la llevó siempre en su cartera de pobre, puesta sobre su corazón, como el rizo de pelo de una novia única, como el recuerdo de un eterno amor.

«Jean Bart», en aquel tiempo —solía decir— no había más que uno, ni después se vio otro. Fue el más hermoso barco de Francia y el más hermoso nombre de Francia porque Jean Bart, había sido en lo antiguo, el primer hombre de mar, de la marina francesa y del mundo.

Aún le oigo preguntarme por enésima vez —¡y nunca se cansaba de escucharlas!— aquellas características famosas del famoso barco, que yo siempre acababa por equivocar en alguna cifra.

—Bien, bien, Teodoret —me decía— ese «Davout» y ese «Lalande» no están mal sabidos. Pero, ¿a que te has olvidado del «Jean Bart»? Vamos a ver, vamos a ver...

—Pues de eslora —decía yo— tenía 107 metros, de manga 13, de puntal 9, desplazaba 4.000... 4.102...

—Arría, arría, sobrino, que vas mal... Así no vamos a ninguna parte: 107 metros de eslora, 13 de manga, 9 de puntal... ¿Crees que con esas cifras te puedes presentar en ningún sitio? Los que no son hombres de mar, los que no han visto un barco, ni un arsenal, ni un dique, ni una sala de galibos en su vida creen que saben mucho en cuanto se saben los metros de las medidas de un navío. Y eso no es saber nada. En los números gordos no hay ningún secreto. Todo el secreto, Teodoret, acuérdate bien de esto, está en las fracciones. Si me dices 107,70 de eslora, 13,28 de manga, 5,60 de puntal, entonces vamos viento en popa... Y yo te diré, ¿por qué el «Jean Bart», andaba sus 19 nudos mucho mejor que el «Colbert» que era del mismo tipo y no bailaba el rigodón en el golfo de Juan? Pues por esos 28 centímetros de manga, que tenía sobre la manga del «Colbert» y le hacían cuando tenía mar de banda, mucho más marinero. Y así es también en la vida, Teodoret, el número no tiene secretos; todo está en las fracciones, porque vivir, Teodoro, es navegar y el que no navega, pues no vive. Hay que navegar siempre con algo, con el cuerpo, con el corazón, con la imaginación, con la memoria... Y uno se puede emborrachar. También hay que estar borracho de algo para navegar bien, Teodoret, borracho de algo: de vino, de ambición de gloria, de gusto del combate, de ansias de mar y de nuevas escalas, de amor a las mujeres, borracho de algo, Teodoret, pero sin perder el gobierno ni la brújula. Yo los perdí, sobrino, y ya ves... En los metros, ten en cuenta los centímetros, en los grados, los segundos, en las millas, las brazas... Todo está en nada, Teodoret... En un latido del corazón, como en un destello de faro está decidido todo el rumbo de nuestra vida... Ya ves, un destello, otro destello, uno blanco, otro verde... seis segundos y medio de intervalo... Pif... Paf... Y un día de tormenta dices... «Eh, ya estamos en casa. Es el faro de Antibes». O dices: «Ya estamos en Europa... Es el faro de Finisterre».

A través de esos nombres familiares de los navíos —el «Jean Bart», el «Tourville», el «Suffren», el «Dugay-Trouin», el «Davout»— en muchos de los cuales había navegado, fue aprendiendo el tío Felipet, con los ocios largos del mar, los grandes fastos de la marina de Francia, que se prolongaban en las vidas y hazañas de almirantes y capitanes de su tiempo, a cuyas órdenes muchas veces había servido.

Así el repertorio de sus relatos se volvía inagotable como el mismo mar. Daba la impresión de que su larga y desbaratada existencia no había sido vana, porque si en verdad había vuelto al hogar como un náufrago desvalido, con el destino roto, también es verdad que había vuelto rico y extraordinario de memorias, de historias y de fantasías. Y no sólo salían de su boca los múltiples recuerdos de las navegaciones y escalas o las anécdotas del servicio a bordo, sino también, guisadas a su manera, las grandes páginas de la guerra marítima, la noche infausta y memorable de Trafalgar, la proeza de Dugay-Trouin ante Río de Janeiro y el rescate de la ciudad en sacas de cruzados portugueses de oro, o los críticos días de Fachoda en que los marinos de Francia navegaban por el Extremo Oriente, con pliegos sellados, pronto ya el zafarrancho de combate, preparados al primer aviso para abrir el fuego contra los barcos de Su Graciosa Majestad Británica.

Pero sobre las narraciones históricas y geográficas del mar, aún me llamaban a mí más la atención y me gustaban sobremanera unas cuantas fábulas, cuentos y leyendas que él sabía, donde se hablaba de monstruos, hadas, encantos y sirenas y sucedían unas veces en el Báltico tenebroso poblado de demonios y otras en el azul Mediterráneo con largas peripecias divertidas de encantamiento y amor, otras en los mares de la India y en las costas de Persia o de la Arabia con genios y prodigios como el cuento de Simbad el Marino.

Una noche estaba el tío Felipet de muy buen humor. Don Rodrigo le había convidado y festejado como nunca, dándole muchas bromas cariñosas acerca de su vivir pasado. Junto al fuego, había una gran rueda de gente y en el puerto habían caído las primeras nieves. Parece que se bebía y oía más a gusto y Don Rodrigo le pidió que contase algún cuento alegre, picante y fantástico de aquellos buenos que sabía. Y el tío Felipet entonces dijo así:

[11. Historias de Mi-Georges]