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Escrita mientras estaba refugiado en la embajada de Chile en Madrid durante la guerra civil española y publicada póstumamente por su mujer, Liliana Ferlosio, en 1984, Rosa Krüger es una obra maestra de Rafael Sánchez Mazas. Sin embargo, en el relato no aparece la menor sombra de la realidad brutal de aquellos momentos. Pensada a imitación de Las mil y una noches, en la que el relato y la intriga consiguieron que Scherezade escapara a su fatal destino, o a lo Decamenrón, narrado como evasión de unso refugiados de la epidemia de peste de la Florencia de mediados del siglo XIV, la novela trataba de superar las terribles circunstancias, de anular el tiempo a través de la creación de un mundo imaginario. Rosa Krüger es una historia de amor, la de Teodoro Castells, un joven catalán del Valle de Arán que en su camino hacia la aventura europea reconoce en una muchacha alsaciana al amor ideal. Es por lo tanto la historia de un encuentro, fugaz pero trascendental, que cambiará el sentido de su vida y de un deslumbramiento ante la visión del amor cristiano que hace mejor al hombre. Rosa Krüger es también la novela de la fe: fe en el amor ideal, encarnado en una muchacha jubilosa y católica, norte y guía del protagonista. Y en consecuencia, se produce el rencuentro feliz, como no podía ser de otro modo, porque Rosa Krüger relata el cumplimiento de un destino, la consecución de lo que era ya un impulso natural por ascender.
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Seitenzahl: 456
Veröffentlichungsjahr: 2010
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Literatura 54
A los lectores
Esta colección está dirigida a aquellos lectores curiosos y atrevidos que anhelen encontrar una historia hermosa, un drama que revele algo de nosotros mismos o una percepción más aguda del misterio del hombre y del universo. Siempre he pensado que quien abre un libro espera que se le revele algo más sobre el mundo y sobre su posición en él. De otro modo sería incomprensible que siguiésemos acercándonos a los libros cuando la lectura es uno de los gestos del hombre más gratuitos e innecesarios.
Una buena pieza literaria, decía la americana Flannery O’Connor, lo es porque tras su lectura notamos que nos ha sucedido algo. Sucede algo cuando un texto recrea nuestro ánimo y nuestro entendimiento de lectores. La colección Creación Literaria de Ediciones Encuentro persigue ofrecer obras que permitan sentir con mayor urgencia el anhelo de un significado y la necesidad de la belleza; piezas teatrales, poemas o narraciones a través de los cuales apreciemos que la razón se abre y el afecto se conmueve. Al mismo tiempo rescata textos en los que Cristo, término de la razón y cumplimiento del afecto, despliega su belleza y su potencia.
Guadalupe Arbona Abascal Directora de la colección Creación Literaria
Rafael Sánchez Mazas
Rosa Krüger
© 2005 Herederos de Rafael Sánchez Mazas
© 2005 Ediciones Encuentro, S. A., Madrid
Colección dirigida por Guadalupe Arbona Abascal
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El proceso creador de una novela tiene siempre su pequeña o gran historia; unas veces, las más, ésta permanece en la intimidad del autor, otras, por el contrario, trasciende a los lectores. La de Rosa Krüger tiene un cierto sabor agridulce.
Rafael Sánchez Mazas escribió esta novela refugiado en la embajada de Chile en Madrid durante la guerra civil española. Sin embargo, en el relato no aparece la menor sombra de la realidad brutal de aquellos momentos. Pensada a imitación de Las mil y una noches, en la que el relato y la intriga consiguieron que Scherezade escapara a su fatal destino, o a lo Decamerón, narrado como evasión de unos refugiados de la epidemia de peste de la Florencia de mediados del siglo XIV, la novela trataba de superar las terribles circunstancias, de anular el tiempo a través de la creación de un mundo imaginario.
Así como el tío Felipet, Pepet el porronaire o Don Rodrigo, fascinantes narradores orales del Alto Pirineo, pueblan el Hostal de la Bonaygua y la mente del protagonista, Teodoro Castells, de historias fantásticas, de igual manera Sánchez Mazas ocupaba la dependencia de la embajada y la mente de los refugiados con fabulosos relatos, haciéndoles olvidar momentáneamente la contienda y las pésimas condiciones de su refugio. Sitiados por la guerra, tal como el temporal aislaba el Hostal, esperaban todas las noches con impaciencia la hora en que vendría a leerles los fragmentos que había escrito durante el día.
A pesar de la concreta localización geográfica, e incluso temporal (años veinte y treinta), la novela comienza con un impreciso «En aquel tiempo» que, acompañado de otros elementos, prepara al lector para la evasión retrospectiva. La continuación de este inicio es a su vez arcaizante (e italianizante): «fui yo a Italia por la primera vez». Es como si la novela participara de la extraterritorialidad conferida a su autor por la embajada de Chile.
El primer episodio sitúa al lector en un escenario propicio a la confidencia —una posada en los Alpes sitiada por la nieve, una cocina con un gran fuego— y distintos elementos actúan de retroceso en el tiempo y disponen al lector para el paso de la realidad a la fantasía. Teodoro Castells es comparado físicamente con el autorretrato de Durero vestido a la moda veneciana, por lo que cambian los ropajes, cambia el decorado. Y aunque en un principio se habla del Roma-Express y de autobuses, el episodio finaliza con el sonido de «los cascabeles de los negros caballos, que piafaban sobre la nieve y las voces y látigos de los postillones. Uno de ellos, silbaba al aire frío una canción de Schubert». Incluso el «vos», costumbre del país, actúa de manera arcaizante, medievalizante.
Todo ello nos prepara para escuchar las confidencias del protagonista, una historia que en realidad pudo ocurrir en cualquier tiempo. Este retroceso es necesario para iniciar un viaje espacio temporal que comienza en el mundo tenebroso, mágico y sensual del Hostal de la Bonaygua.
Se distingue así Rosa Krüger de la mayor parte de las novelas elaboradas o publicadas durante el período de la guerra civil española. Tanto en la zona nacional como en la republicana, los relatos se centraron en la realidad del conflicto. Significativo es también el hecho de que Sánchez Mazas constituya además una excepción entre los llamados «escritores refugiados», ya que un considerable número de ellos dejó cumplido testimonio de su experiencia. Jacinto Miquelarena (El otro mundo), Samuel Ros (Meses de esperanza y lentejas) o Wenceslao Fernández Florez (Una isla en el mar rojo) son ejemplos suficientes. Este tipo de relatos llegó a constituir casi un subgénero.
Del mismo modo y por las mismas razones se diferencia de otros escritores afines a él en estética e ideología (Agustín de Foxá o, de nuevo, Jacinto Miquelarena), que durante la contienda cultivaron la literatura de propaganda como arma de combate. Bien es verdad que desde Burgos o Salamanca, capitales del bando nacional, se escribía bajo la responsabilidad del «ya liberado», es decir, en otras circunstancias, con otras intenciones y para otro público. Aun así, no deja de sorprender viniendo de uno de los escritores más influyentes en José Antonio Primo de Rivera y en la Falange, inspirador y creador de su retórica y simbología.
Terminada la guerra, Sánchez Mazas pensó varias veces en rehacer esta novela, revisó y reescribió algunos capítulos, incluso llegó a publicar alguno en revistas, pero nunca llevó a cabo su definitiva corrección y publicación. «Su melodía no sería escuchada en nuestro ronco tiempo», solía excusarse ante los amigos que en diversas ocasiones escucharon al autor la lectura de varios episodios. De esta manera se convirtió en la novela secreta de Sánchez Mazas, que, aunque inédita e inacabada, era citada con frecuencia como obra maestra.
En los años cincuenta, abandonada ya su activa vida política y refugiado en su tarea de escritor («Me quise reservar para este momento la gran vida de la imaginación»), escribió y publicó otros relatos, de parecida melodía, pero nunca volvió sobre Rosa Krüger.
La novela vio por fin la luz en 1984 —pasados dieciocho años de la muerte del autor y casi medio siglo después de que fuera escrita— gracias a la generosidad de Liliana Ferlosio, su mujer, y al empeño de Andrés Trapiello, en cuya editorial Trieste fue publicada. En 1996 sería reeditada por Ediciones del Bronce, sello editorial de Barcelona para una novela de exaltados elogios a los catalanes y verdaderamente apreciada y elogiada por un buen número de escritores del país (Juan Perucho, Pere Gimferrer, Carlos Pujol...).
Es curioso el hecho de que Rafael Sánchez Mazas, después de su refugio en la embajada de Chile, acabara encarcelado precisamente en Cataluña, uno de los principales lugares hacia los que gravita la novela, y casi fusilado en la frontera francesa en una peripecia más truculenta y novelesca que cualquiera de las del relato, ya que consiguió escapar y esconderse en un bosque cercano hasta la llegada de las tropas nacionales. Estos hechos son hoy de sobra conocidos al haber sido recreados literariamente en la novela Soldados de Salamina (2001), de Javier Cercas, llevada al cine por David Trueba en 2003.
Rosa Krüger es una historia de amor, la de Teodoro Castells, un joven catalán del Valle de Arán que en su camino hacia la aventura europea reconoce en una muchacha alsaciana al amor ideal. Es por lo tanto la historia de un encuentro, fugaz pero trascendental, que cambiará el sentido de su vida (Rosa Krüger se convierte en la medida de todas las cosas), y de un deslumbramiento, deslumbramiento ante la visión del amor cristiano que hace mejor al hombre. Es también la historia de una búsqueda (de la búsqueda de lo que sólo una vez hemos visto o entrevisto pero nos ha seducido) y de un reencuentro que sólo es posible tras el aprendizaje y el perfeccionamiento. Y es la historia de un recorrido, de una travesía de amor y crecimiento. Teodoro es un peregrino de amor («O voi che por la via d’amor passate», escribe Dante transformando las palabras del profeta Jeremías) que, loco de amor (es la historia de una locura), dedica su vida a una ilusión tan sólo atisbada.
Rosa Krüger es también la novela de la fe: fe en el amor ideal, encarnado en una muchacha jubilosa y católica, norte y guía del protagonista. Y en consecuencia, se produce el reencuentro feliz, como no podía ser de otro modo, porque Rosa Krüger relata el cumplimiento de un destino, la consecución de lo que era ya un impulso natural por ascender. Teodoro es un hombre predispuesto.
Y tras haber completado su destino, Teodoro Castells, en primera persona, como testigo de su propia vida, como discípulo, apóstol del amor ideal, transmite su personal evangelio. Él mismo desentraña el sentido de su vida revelando las claves que permiten al lector moverse a través del laberinto narrativo y entender la coherencia estética y alegórica de la obra: «Una ilusión demasiado fuerte había ya prendido en mí y a ella he dedicado mi vida entera. Sobre todas las cosas esta pura y fuerte ilusión estuvo en mí y por ella fui algo y fui mejor. Parecerá que por ella yo viví como fuera de la realidad y cometí algunos errores. Mi vida no fue ya hasta hoy más que como una vida simbólica en peregrinación hacia este nombre: Rosa Krüger».
En realidad, Rosa Krüger es en muchos de sus aspectos una moderna novela bizantina. En ella el ímpetu creativo del autor se ha ceñido al modelo de la novela helenística, es decir, al modelo clásico de epopeya amorosa en prosa. Y a esta estructura va incorporando múltiples temas y motivos de la historia de la literatura amorosa, convirtiendo Rosa Krüger en una novela de una gran riqueza intertextual, en un sugestivo diálogo con la tradición literaria.
La estructura y el argumento de la novela bizantina o novela amorosa de aventuras responde a un esquema común: conocimiento de los amantes-separación-reencuentro. Dos jóvenes amantes, que desean casarse, encuentran graves obstáculos que se lo impiden y se ven forzados a la separación. Tras un largo viaje salpicado de numerosas aventuras, se produce el reencuentro y la realización de sus anhelos tras comprobar que su amor se ha visto fortalecido a través de tantas pruebas.
El amor espiritualizado como motivo central, el carácter ejemplar de los personajes, la combinación de aventura exterior e interior, la interpolación de múltiples historias y personajes en la trama central y la estructura concatenada son algunos de los rasgos más característicos del género.
Pero el aspecto más destacado y el que unifica los distintos elementos compositivos de este tipo de relatos es la perspectiva simbólica, el significado trascendente de la estructura narrativa y de cada uno de los motivos argumentales. Significado que universaliza y transforma el valor de las diversas aventuras convirtiendo el viaje en una peregrinación de aprendizaje y purificación. Trayectoria de perfeccionamiento que podemos seguir no sólo en los protagonistas sino también a través de la galería de personajes y situaciones de las historias intercaladas. El mismo amor o incluso el marco geográfico recorren esta línea ascendente.
A su vez, la peregrinación se convierte en una alegoría de la vida humana, regida por la providencia y el libre albedrío, que llevada del impulso hacia Dios asciende en su recorrido. Son novelas, por lo tanto, que ofrecen, conforme al propósito trazado de ejemplaridad, una visión cristiana del amor y de la existencia humana.
Rosa Krüger está construida con este mismo andamiaje. Cada uno de los elementos del relato, más allá de su eficacia narrativa, de su capacidad referencial o intertextual propia y de su significado autónomo, ha sido concebido para alcanzar un sentido superior y trascendente, completándose y adquiriendo su pleno significado, al engarzarse en la cadena simbólica de la peregrinación o viaje. De esta manera la peripecia vital y geográfica de Teodoro Castells (además de entretener al lector y de acrecentar el interés retardando y dificultando el desenlace) conforma su personal travesía de perfeccionamiento impulsado por la visión del amor ideal cristiano y presidido por su búsqueda. Cada uno de los lugares, personajes (aleccionadores o decepcionantes) o vicisitudes (físicas o espirituales) supone un aprendizaje y formación necesarios para el logro del ideal. Es el mismo Teodoro, que ha alcanzado ya el entendimiento de su propia vida, el que desvela el sentido de su recorrido reflexionando sobre los momentos cruciales de su historia. Sobre todo, al ser la suya esencialmente una historia de amor, se detiene a analizar las distintas pasiones amorosas que representan los personajes femeninos, a través de los cuales se estructura gran parte del profundo simbolismo de la novela (lo que inevitablemente recuerda las ficciones novelescas de Eugenio d’Ors):
«Había para mí cuatro grados en las cuatro mujeres que habían dejado impresión en mi vida: Coloma era la invitación trágica y embriagadora a un pecado infame; Ángela era el pecado latente bajo las apariencias de virtud, pero el pecado porque había negación del espíritu en mi entrega a las apariencias, en mi engaño y en su pasión carnal; Persephone era en cierto modo lo contrario, bajo la invitación malsana al pecado, bajo la tentación culpable, acababa por ser la renuncia al pecado y el arrepentimiento; Rosa Krüger era la gloriosa plenitud del amor, como virtud, era la carne transfigurada por el espíritu, la criatura corpórea, la rosa humana, a través de cuya contemplación yo veía relacionarse la tierra con el cielo. Lo que el mundo podía tener para mí de divino es lo que se iluminaba con la ilusión, con el amor, con el nombre de Rosa Krüger».
Y es en el encuentro final de Teodoro con Rosa Krüger en Estrasburgo donde se revela y completa el sentido último de la novela: el triunfo de la idea cristiana, universal y europea del amor sobre los mitos paganos. Es la confirmación de un anhelo verdadero, es la victoria del amor cristiano que perfecciona al hombre, encarnado en Rosa Krüger:
«El amor vale, Teodoro, si para esta vida y para la otra nos hace mejores. Y si no no es un verdadero amor. Si no me hubieras gustado yo no te hubiera nunca dicho que sí. Soy una muchacha cualquiera, una mujer de carne y hueso. Pero aunque me gustaras yo no me hubiera enamorado de ti si no te hubiera oído que por mí, por haberme visto una vez, habías querido ser mejor y habías dejado de pecar».
El hemisferio angélico (La Virgen de la Artiga, Rosa Krüger) vence al diabólico (Pepet, Coloma). Distinción bipolar del universo sobre la que se asienta la estructura de contrastes de la novela: la ilusión poética (Rosa) frente a la atracción carnal despojada de toda espiritualidad elevada (Ángela), la economía subordinada a la moral (Escuela de Girard) frente a la moral subordinada a la economía (Escuela de los Clemente), la religiosidad utilitaria y la caridad mezquina (Ángela) frente a la caridad verdadera (Girard)...
La lucha entre el bien y el mal reaparecerá en el personaje de Persephone, que significativamente lleva el nombre de la diosa que pasaba seis meses en el Olimpo con su madre Deméter y otros seis con su esposo Hades, dios del infierno.
Siguiendo esta distinción bipolar (que expresa las ideas del escritor francés Maurice Barrès, cuyas influencias literarias e ideológicas son evidentes en la novela) no hay lugar para el relativismo religioso de Henry Girard. Sin embargo, este personaje, padre y maestro de Teodoro, tiene una importancia central en el relato. Por un lado, muestra explícitamente la ya conocida admiración del autor por el pensamiento de Charles Maurras, escritor y político nacionalista francés, creador en 1899 del movimiento Action Française. No obstante su admiración, Sánchez Mazas no compartió nunca con Maurras su adhesión al catolicismo desprovista de fe, que es el mismo error (subsanado en la ficción) que Teodoro ve en Girard. A su vez, a través de Girard, se comprende la actitud de Sánchez Mazas frente al mito, frente al caudal grecolatino. El triunfo sobre el mito está muy lejos de la ruptura. El mito antiguo es el sustrato imprescindible y el antecedente de la civilización occidental (de ahí su presencia y peso en el relato). El mito es superado, en ningún momento negado. Es Venus, la diosa del amor hermoso, convertida en la Virgen María.
Esta evolución o superación puede seguirse en la novela bizantina. Lo que en Teágenes y Cariclea, de Heliodoro, modelo clásico y universal del género, eran dioses (Apolo, El Sol, Artemis, Isis, Luna), en Persiles y Sigismunda, de Cervantes, por citar el modelo español más conocido (y el más próximo a Rosa Krüger), se cristianiza adquiriendo un nuevo sentido; con lo que el término del viaje y peregrinar de los protagonistas pasa de Etiopía a Roma, ciudad donde los héroes contraen matrimonio. De Venus a la Virgen, de Etiopía a Roma, como en la Historia de Peter Krigg de Brandt y Rosa de Maguncia, el relato alegórico que casi al final de la novela Teodoro refiere a Rosa, y en el que sin duda Sánchez Mazas indica al lector la clave genérica y el modelo literario de su obra.
A lo ya expuesto debemos añadir un elemento específico de complejidad, ya que Rosa Krüger posee distintos niveles simbólicos y de significación que se van desarrollando a lo largo del relato. Así, en un proceso metafórico plural, el peregrinaje de Teodoro Castells es a su vez un viaje en el tiempo, desde la semioscuridad a la luz, a través de las edades históricas del hombre.
En las notas de trabajo que se conservan, el autor aclara suficientemente cada una de las etapas de este recorrido temporal: era de los monstruos antediluvianos (Pepet), los grandes periplos (tío Felipet), la edad de la técnica (Provenza)...
Lo que interesa subrayar, sin embargo, es que en los distintos niveles, del biográfico al alegórico, del particular al universal, hay un mismo hecho central, que narrativamente manifiesta su importancia en la repetición al principio y al final de la novela (único con una localización temporal exacta: el siete de septiembre, la fiesta de la Natividad de la Virgen María, de 1921): la aparición de Rosa Krüger en el andén de la «gare» de Toulouse, la reconciliación de la tierra con el cielo por la mujer que aplasta a la serpiente. Episodio crucial en la vida de Teodoro, hecho fundamental en la vida del hombre y acontecimiento capital en la historia de la Humanidad. En todos los casos hay un antes y un después. Y de esta manera, el deslumbramiento, la búsqueda, la fe, el crecimiento, la consecución del ideal, el destino no sólo es el de Teodoro, es también el del género humano.
El periplo del protagonista, además de un viaje en el tiempo, es también un simbólico recorrido europeo (Alto Pirineo de Aneo y Arán, Toulouse, Provenza, Arlés, Extremadura, Roma, Florencia, Bolonia, Venecia, Milán, París, Sicilia, Bayona...) hasta llegar finalmente a Estrasburgo, corazón de Europa. Y en este recorrido, el autor continúa la tradición inaugurada por la narrativa bizantina del barroco español, en la que se da una reacción nacionalista y realista: frente a las zonas desconocidas, los países y regiones incógnitas y el gusto por situaciones exóticas de los modelos helenísticos, España se convierte en lugar de paso obligado de los héroes y la «peregrinatio» pasa a ser básicamente europea (España, Francia, Alemania, Italia). Ahora bien, frente a los modelos españoles, no es Roma la meta final, sino Estrasburgo. Y es evidente que no se puede deslindar la topografía de la novela de su valor simbólico. Rosa Krüger es pues una novela abiertamente europeísta donde la capital alsaciana adquiere la categoría de símbolo europeo y católico, exponente de una Europa «fresca y antiquísima», de una cultura y una civilización siempre defendidas por el autor. Y en este viaje hacia el centro de Europa el relato va trazando un mapa con divisiones premodernas. Es decir, no interesa tanto la división en estados nacionales como la división menor en culturas, subrayando los signos fraternos: catalanes, provenzales, alsacianos; hasta llegar al centro de unión de los componentes culturales romances y germánicos, que se combinan en la novela. De hecho, no hay referencias a Carlos V, clásica alusión española de europeísmo, sino a Carlomagno, creador del imperio romano de Occidente, aglutinado bajo una sola creencia: el cristianismo. También es significativo que la novela parta de la denominada Marca Hispánica, región del imperio franco que tenía carácter de territorio avanzado de frontera frente a los musulmanes establecidos en España. Carlomagno fue el artífice de esta región, origen de la futura Cataluña. No es de extrañar que «la del mall de Rotllan» sea la primera historia de la niñez de Teodoro.
Rosa Krüger es una novela cosmopolita en la que el escenario geográfico se amplía frente al localismo de Pequeñas memorias de Tarín y de La vida nueva de Pedrito de Andía. Es evidente que en ella Rafael Sánchez Mazas se abre al mundo exterior, desprendiéndose de su niñez bilbaína, del claustro materno (las relaciones con su madre se han descrito con frecuencia en términos edípicos), de la geografía vascongada (marco recurrente en su obra narrativa) y del narrador adolescente (Tarín o Pedrito de Andía), a través del cual trata de recuperar el paraíso perdido de la infancia. Ahora, si bien es verdad que se desprende del entorno bilbaíno, otros lugares de la geografía biográfica del autor vienen a ocupar su lugar. Es el caso de Cataluña y de Extremadura.
Diversos testimonios coinciden en la estrecha relación de Sánchez Mazas con Cataluña, tierra que visitaría con frecuencia desde que, en el verano de 1919, Eduardo Aunós, amigo íntimo y compañero en los Agustinos de El Escorial, le llevara por unas semanas al Valle de Arán, donde escribió Las Estancias del Monte Pirineo, dedicadas precisamente a Aunós:
Bajábamos del aquilino condado de Caneján. Tantas vueltas tiene el camino como pueblos la Vall d’Arán.
Respecto a Extremadura, de donde procedía su familia paterna, constituirá su paisaje de madurez, tal como el de su infancia fue el bilbaíno. Sin embargo, las relaciones de Sánchez Mazas con esta rama familiar parece ser que fueron siempre difíciles, lo que posiblemente influiría a la hora de crear a los personajes de la familia Clemente.
Pero la relación con Extremadura cambiará favorablemente en el momento en el que empiece a pasar largas temporadas en la casona de Coria, propiedad que había pertenecido a los duques de Alba y luego al Doctor Camisón, médico de Alfonso XII y hermanastro del abuelo del autor, y que Sánchez Mazas heredará en 1940 de una tía paterna. Desde entonces esta tierra cobrará importancia en su vida y en su obra.
Siguiendo con la comparación de Rosa Krüger y otras novelas del autor, en lo tocante al narrador hay que subrayar que, a pesar de la madurez de Teodoro frente a la menor edad de Tarín y Pedrito, en Rosa Krüger se mantiene uno de los rasgos esenciales de la obra narrativa de Sánchez Mazas: el narrador protagonista que relata en primera persona un período de su vida y al cual se adapta el punto de vista y el desarrollo del relato, favoreciendo así el análisis psicológico y el tono confidencial. Aquí las diferencias hay que establecerlas con la novela bizantina, aunque no tajantemente como se verá, tradicionalmente narrada desde la omnisciencia e iniciada in media res.
Teodoro Castells refiere desde sus orígenes (como los pícaros) su propia vida, como algunos de lospersonajes de la novela bizantina contaban su historia y sus diversas peripecias personales al compañero de posada o de viaje: «Teodoro habló y habló conmigo durante aquellas cinco noches hasta el amanecer y me contó la historia de su vida, como antiguamente se usaba. Voy a entresacar del diálogo las cosas que él me dijo, conservando, en lo que yo pueda, la unidad del relato».
Tras este guiño narrativo se instala el «yo» y permanece a lo largo de toda la novela, haciéndonos olvidar al intermediario. Teodoro nos habla ya directamente. Es el «yo» del testimonio individual, el del creyente y el del poeta amoroso.
Y es un «yo» de origen humilde (nueva nota realista) frente a la aristocracia de los protagonistas de la novela bizantina. La nobleza de Teodoro es de otro tipo (recordemos la superposición de modelos y motivos literarios con la que se construye Rosa Krüger), es la «gentileza» de los poetas del llamado «dolce stil novo», es la nobleza del espíritu que radica en la virtud individual sin la cual no hay amor. Al cor gentil ripara sempre amore, canta Guinizelli, uno de los principales iniciadores del nuevo estilo. Y es el amor a Rosa Krüger, que obra benéficamente, el que, como a Dante, le separa de la fila de los hombres vulgares. De igual manera, la amada, como Beatriz, es la «angélica criatura», un ángel enviado de Dios, una luz, una estrella, que provoca en el hombre el deseo de perfección espiritual.
Además de la notable influencia de Dante (de Sánchez Mazas se decía que sabía más del autor de la Vita Nuova —a quien, por cierto, se parecía físicamente— que los propios italianos) y de su concepción de la amada y del amor, otros modelos literarios (Cervantes, Shakespeare, Goethe, Maurice Barres, Eugenio d’Ors...) van sumándose y entrelazándose en el relato, que a su vez está salpicado de múltiples referencias culturales. Rosa Krüger es una novela culturalista. Encontramos alusiones, explícitas o implícitas, en los rasgos estructurales de la novela, en muchos de los temas y motivos argumentales, en la expresiones, estilos y voces narrativas, e incluso, conscientes o inconscientes, en la forma de la prosa, de la evocación, de la descripción. Referencias que matizan y enriquecen la caracterización de los distintos personajes, la descripción de situaciones o lugares en los que se desarrolla la acción. Así, el tío Felipet «era como un cuervo maravilloso de los cuentos de Andersen», Pepet «era flaco y desgarbado, con el rostro huesudo y escurrido, la barbilla prominente como los Estuardos y los Austrias», y Coloma, medio dormida, «como una Ariadna abandonada». Y en Provenza, donde Teodoro comienza a hacer un cesto alto, como el humilde campesino Vicente, cuyo amor por Mireya cantó el escritor provenzal Federico Mistral, el cielo amoroso no es otro que el de Laura del Petrarca.
Todas estas menciones, más allá de ser meramente un rasgo estilístico o un diálogo del autor con su propio acervo cultural, conforman un sistema que colabora con los significados de la novela, construyendo a su vez una línea de recorrido, en el espacio y en el tiempo, un peregrinaje cultural europeo cuya solidez se basa en la tradición clásica occidental.
Todo ello revela la importancia de la intertextualidad en el proceso de construcción de la novela, que exige una recepción lectora competente y atenta para alcanzar el nivel de lectura de máxima significación.
Ante este entramado aparentemente complejo, es preciso subrayar uno de los grandes aciertos de Rosa Krüger: la seductora fluidez con la que discurre el relato. Rosa Krüger está construida con artificio, pero el resultado es de una gran eficacia narrativa, como cabía esperar de una novela escrita para entretenerse y entretener a los refugiados y en la que el difícil arte de narrar historias tiene un papel protagonista.
El relato, que se mueve entre el realismo y el romanticismo, la sensualidad y el culturalismo, la introspección y la aventura, mantiene en todo momento el interés por la trayectoria del protagonista. Y pese a lo que el lector haya podido suponer tras desentrañar el sentido simbólico, los personajes del relato no son seres transparentes que se agotan en el símbolo sino personajes bien encarnados y en muchos casos inolvidables: el joven Teodoro, dispuesto a vivir su propia novela y cuyo relato hace que su búsqueda no nos resulte ajena; la arisca y sensual Coloma; el tío Felipet, rico de historias y fantasías marinas; Pepet, cargado de arcanos y graves secretos; la terrenal Ángela; el exacto y delicado Girard y su grupo de amigos; y Rosa, tan empeñada en ser real y mostrar sus espinas.
Puede también que el lector esté tentado de suponer que la religiosidad del autor es más cultural y retórica que real. Sea el propio autor el que lo disuada:
A Miguel de Unamuno
XV
Delante de la Cruz, los ojos míos, quédenseme, Señor, así mirando y, sin ellos quererlo, estén llorando porque pecaron mucho y están fríos.
Y estos labios, que dicen mis desvíos, quédenseme, Señor, así cantando y, sin ellos quererlo, estén rezando porque pecaron mucho y son impíos.
Y así, con la mirada en Vos prendida, y así, con la palabra prisionera, como la carne a vuestra cruz asida,
quédeseme, Señor, el alma entera, y así clavada en vuestra cruz mi vida, Señor, así, cuando queráis, me muera.
Rafael Sánchez Mazas
A todo ello hay que añadir que en Rosa Krüger muestra con creces Sánchez Mazas sus dotes de prosista. Su estilo está construido con elementos sencillos. Tampoco se complica en la sintaxis, que resuelve de manera elegante con construcciones suavemente arcaizantes. En todo caso, la complicación viene dada por la tendencia a la extensión arrolladora de la oración y del párrafo, consecuencia de su inclinación a meterse en construcciones no progresivas, en descripciones y comparaciones enumerativas de mucha riqueza. El autor aprecia el detalle («En los números gordos no hay ningún secreto. Todo el secreto, Teodoret, acuérdate bien de esto, está en las fracciones»), deteniéndose en afluentes del curso principal que se desarrollan y cobran vida propia. En realidad, el preciosismo de Sánchez Mazas es más temático que estilístico.
Al igual que en otros relatos del autor, los rasgos lingüísticos tienen una gran importancia en la caracterización de los personajes. Y no sólo como elementos que indican la tierra a la que pertenecen o que subrayan a lo largo del recorrido europeo la hermandad idiomática de las familias de Europa, sino, mucho más allá, en una novela polifónica en la que sobresale la oralidad y en la que se precisan cada una de las voces, tonos o estilos narrativos, el habla es expresión exacta del alma de cada personaje.
De nuevo Rosa Krüger muestra la recurrencia. Temas, motivos, recursos o técnicas narrativas aparecen y reaparecen a lo largo de la obra del autor: el tema amoroso, el narrador autodiegético, la combinación de aventura exterior e interior, el detenimiento en el análisis psicológico, la concreta localización geográfica y temporal, el sentido simbólico bajo la ficción novelesca, son los más destacados. En realidad, no podemos hablar de distintas etapas de su producción que no sean confirmación y consolidación, depuración y afianzamiento de lo ya sentado por su literatura. Sánchez Mazas, ajeno, aunque no por completo, a rupturas y vanguardias, se siente cómodo y satisfecho, tanto temática como estilísticamente, y desde un principio, en el territorio narrativo delimitado por él mismo. Y aunque no hay en Sánchez Mazas un desarrollo suficiente a lo largo de numerosas obras como para enunciar una teoría, sí podemos afirmar que tanto en Rosa Krüger como en La vida nueva de Pedrito de Andía (de nuevo una historia de amor en la que la consecución del ideal se produce tras el crecimiento y el aprendizaje), el autor se mantiene fiel a una concepción de novela. Aquella en la que, sin olvidar el principal propósito de entretener, se ofrece al lector un modelo de vida a través de personajes ejemplares que narran su propia experiencia del amor cristiano.
Ahora bien, acaso haya que preguntarse, vistos los derroteros de la novela, y sabiendo que la propuesta del autor no supuso un cambio de rumbo literario, si la belleza de Rosa Krüger nos atrae por lo que tiene de gesto fuera del tiempo (ya no se escribe ni posiblemente se escribirá así), de gesto desesperadamente romántico por recuperar lo ya ido (y no solo literariamente), por lo que tiene de homenaje, de elegía por el viejo arte de narrar. Juzgue el lector la validez de este empeño, de este poema narrativo que el autor no quiso publicar. Juzgue el lector, en definitiva, la vigencia de su bella melodía.
Mónica Carbajosa
(Rosa Krüger es el borrador de una novela que Rafael escribió durante la guerra, estando refugiado en la embajada de Chile en Madrid, para distraerse y distraer a sus compañeros de cautiverio, que esperaban todas las noches con impaciencia la hora en que venía a leerles los capítulos que iba escribiendo como una novela por entregas. Aquella hora de lectura les hacía olvidar momentáneamente la tragedia que estaba viviendo España.
Una vez terminada la guerra, Rafael pensó varias veces en rehacer esta novela, pero después de haber publicado en revistas algún capítulo suelto, se olvidó de ella y nunca llevó a cabo su corrección.
En el manuscrito que queda, que es el que publicamos hoy, faltan un capítulo o dos, que probablemente dejaría olvidados en casa de algún amigo al que se los hubiera estado leyendo.
Me he resistido hasta ahora a publicar el texto tal y como está, ya que Rafael no lo hizo en vida, pero ante la perspectiva de su definitiva desaparición y la angustia de pensar que no alcanzarían nunca a ver la luz unos personajes que habían llegado a serme tan familiares, he tomado la decisión de darla al público sin ninguna modificación.
Me hago, pues, totalmente responsable de la presente edición, confiando en que Rafael me perdonaría este atrevimiento.
Liliana Ferlosio Madrid, febrero, 1984)
[1. La Posada de los Alpes]
En aquel tiempo, fui yo a Italia por la primera vez. A la entrada del Mont-Cenis había tanta nieve, que hubimos de quedarnos en una posada de los Alpes durante cinco días. No pudo pasar el Roma-Express y la compañía nos hizo montar en autobuses que tampoco lograron franquear la montaña.
Ardía en la cocina un gran fuego de troncos de abeto, que avivábamos con ramas de abedul. Una lámpara de bronce italiano, parecida a las de Lucena, iluminaba la mesa de roble con sus cuatro llamas de aceite.
Una mujer había dejado en una copa de cristal la rosa de Niza, que había traído en la cintura con un ramo de tamarindo.
Después de cenar, hacia las once, Teodoro Castells hizo sacar champagne para los dos. Este buen comerciante catalán, compañero mío de viaje, parecía más bien un caballero de la Baja Alemania. Se parecía mucho al autorretrato de Durero que hay en el Prado, vestido a la moda de Venecia. Sus facciones eran regulares y nobles, sus ojos entre grises y azules, su barba corta, rubia, de forma cuadrada. Me atrajeron desde el primer instante su porte natural y distinguido, su elegancia simple y la ágil simpatía de todos sus gestos. Había venido a mi lado casi todo el viaje, primero en tren y luego en autobús, leyendo aquella historia de los Tres Hombres Rojos y el Hijo del Diablo o los Bastardos de Bluthaupt. Vi que, de vez en cuando, al leer, sonreía como si recordara alguna cosa, con aquel folletín cargado de pueriles misterios.
Teodoro habló y habló conmigo durante aquellas cinco noches hasta el amanecer y me contó la historia de su vida, como antiguamente se usaba. Voy a entresacar del diálogo las cosas que él me dijo, conservando, en lo que yo pueda, la unidad del relato.
Cuando acabó de hablar, se agotaron el vino y el aceite, se marchitó la rosa y se apagó el fuego.
Afuera se oían ya los cascabeles de los negros caballos, que piafaban sobre la nieve y las voces y látigos de los postillones. Uno de ellos, silbaba al aire frío una canción de Schubert.
[2. La Val d’Arán y Carlomagno]
—Yo, señor mío —dijo Teodoro— he nacido en el Alto Pirineo de Aneo y Arán y en el Hostal de la Bonaygua, que está arriba, en el puerto, como a dos mil metros de altura. Nuestra familia tuvo aquella posada casi trescientos años. Por allí pasaron un día guardias walonas de Luis XIV cuando el príncipe de Condé vino a dar el asalto a los muros de Lérida con una banda de veinticuatro violines. Pero el paísnostre viene del cronicón del Carlomagno y de los Doce Pares. Allí como recuerda la canción:
Enllitada en un llit d’herba, ha obirat, magna i superba, la gran maga de Rotllan.
La del mall de Rotllan ha sido la primera historia de mi niñez.
Después me contaron la de la bruja de Viu de Llevata, la de la dama del Pallars y el plato de truchas, la del pastor que se salvó cuando ya iba a vender el alma al diablo, la de Arnaldo de Sou y laegua fiada, la de la filadora de hilo de oro, la del halcón mágico y el caballero endemoniado.
—Sinyor pare —decía yo— mi conte la historia d’aquell galfó.
—Teodoret —decía el meu pare— un falcó se diu, un falcó se diu...
Me parece que todavía veo y oigo a mi padre, diciéndome esto dentro de mí mismo. Yo he salido a él. Soñaba siempre con su buen Emperador Carlomagno y el tiempo del reialme. Cuando andados los años, vinieron a nuestra cocina durante la ofensiva de los mariscales de Francia, desertores de Verdún, de l’Argona y del camino de las Damas, el meu pare decía:
—Tot això non val res i no val res. Aquelles guerres del temps de Carles el Gran, del temps d’Aquis la Gran, aquelles arenguerres. Tot això non val res i no val res.
[3. El Hostal y la Verge d’Artiga]
El hostal era grande y había sido mayor en otro tiempo. Estaba formado por un edificio largo y antiguo, a trechos de una planta y a trechos de dos con cuadras que de niño se me hacían inmensas, gran cocina y bastantes habitaciones. ¿Cómo vendrían a parar a una de ellas aquella cornucopia de París y aquel reloj de música de Alemania, que tanto influyeron en mi vida? Luego yo quise ir a los países de donde aquellas cosas habían venido.
Teníamos también una capilla medio arruinada de la Verge d’Artiga. En una mayólica del muro se veía su imagen y al pie los goigs:
Princessa Immaculada al vostre emparo acudim. ¡Siau la nostra advocad, Verge d’Artiga de Lin!
¡Si oyerais la música! Y, perdonadme que os diga devos, es la costumbre del país. ¡Si oyerais vos aquella música! Cuando se cantaba a tres voces, camino del Santuario, que está ya en el camino de Benasque, parecía que toda la humanidad dolorosa subía, por su valle de lágrimas, a pedir consuelo a la Señora.
[4. La familia, los ríos, los animales, los huéspedes de la Bonaygua]
Éramos seis hermanos y una hermana, Coloma. El mayor, Marquillos, bueno, grande y fuerte, salió de cortas luces y el meu pare, según consienten las costumbres viejas de la val, hizo hereu a Jan Blau. Le llamaban así, Juan el Azul, pues tenía los ojos aún más azules que los míos y le gustaba siempre vestirse de pana turquí, un poco clara y plateada como su mirar. Para el oso, para el isard, para el jabalí, para la garza, para el lobo no vi nunca mejor fusil entre Garona y Noguera, los dos ríos aquellos que dice el refrán:
Noguera per Alós, tot joguinós; Garona per Aran, tot rondinant.
Yo era el hijo pequeño y hacía de mozo de mulas en casa de mi padre. Echaba el pienso a las reatas, ayudaba a descargar los bastos, llevaba y traía cubos de agua. En las cuadras teníamos tres buenos machos, una egua fina y dos cavalls. Por el hostal pasaban arrieros, algunos cazadores, contrabandistas, cortadores y aserradores de árboles, tratantes en bestias de recría, viajantes, quincalleros y, de tiempo en tiempo, tal cual señor curioso. Cuando cerraban el puerto las nieves, bajábamos a vivir a la casa de Valencia de Aneo, hasta entrada la primavera. Poseíamos allá abajo alguna hacienda de huertos, bordas y pradillos.
[5. Las historias en la cocina]
Se contaban historias junto al fuego y yo me perecía por oírlas. Se me transformaba de noche todo aquello que oía de día en sueños fantásticos y disparatados, llenos de maravilla y de terror. Resultaba que dormido y despierto en todo veía o imaginaba yo relatos fabulosos y aunque a mi padre le gustaban también, creo fuese siempre de otro modo y menos que a mí, pues mientras él aguardaba que viniesen para recrearse en oírlos, yo enloquecía por irlos a vivir y a buscar.
Si oía crujir una viga a las altas horas, si aullaban los perros afuera, si en un rincón, junto al hogar, había un viajero silencioso, si era noche de rayos y llamaban a grandes golpes, si el lobo rondaba el hostal, si llegaba un propio del valle con alguna carta, si sentía quejarse en su alcoba a una mujer joven, yo solía ponerme a esperar, con todo mi ingenuo estupor, que, por fin, delante de mis ojos, empezara una verdadera novela, donde se me podría abrir —¡quién lo dudaba!— el extraordinario e infalible camino de mi vida. Y hasta me quise convencer a mí mismo de que un asnillo muy malo, que mi padre trajo de Esterri, el cual se llamaba Astoret, estaba encantado o era el mismísimo demonio, como el cavall o Comte l’Arnau.
[6. Los tres narradores]
Teníamos en casa un tío hermano de mi padre, que vino casi de criado. Luego, mi padre se fue haciendo bueno con él; bebían juntos y el tío Felipet no trabajaba. El primer año no se atrevía a hablar apenas. Los mayores le miraban mal y él andaba triste, vergonzoso y huido. Cuando no le hacían trabajar solía pasarse largos ratos mirando y remirando unas viejas, grandes y medio rotas cartas del mar, que eran restos de un atlas inglés. A veces, al arrimo de huéspedes trasnochadores, se quedaba en el escaño hasta las altas horas y se le veía dar vueltas y revueltas a estos mapas a la luz del candil o de la teiera. Un invierno el tío Felipet estuvo a morir. Mi padre se ablandó y cuando le vio en convalecencia, se puso a beber y a hablar con él como hermano. Entonces el tío Felipet se soltó a contar sus grandes historias y no trabajó más que en hacer algún cesto de mimbre, si quería, o en alguna compostura mecánica.
Los tres grandes amigos que yo tuve en aquella época de mi vida fueron el tío Felipet, Pepet el porronaire y Don Rodrigo. ¡Pensar que en algún tiempo estuvieron los tres en nuestra cocina poblándola de historias!
Don Rodrigo llevaba ya dos meses viviendo en la casa. Pepet había subido de la Pobla de Segur y tuvo que quedarse varios días por el temporal y el tío Felipet estaba entonces en lo mejor de lo mejor.
[7. El tío Felipet]
Era este tío Felipet, entre diversas cosas raras, francés y aun marino de guerra francés. Cuando tenía trece o catorce años robó un tarro de miel de las alforjas de un cura joven de Valartias, que criaba la más hermosa miel del valle. Mi abuelo le dio una paliza fenomenal, gritándole que nuestra gente, los Castells, llevábamos trescientos años de ser una familia honrada y tener el hostal sin robar, queriendo perder mejor que hacer pensar que se robaba y poniendo tanto de sopa, tanto de pan, tanto de vino, tanto de carnero, dos truchas a tanto, tanto de cebada, tanto de avena, tanto de dos clavos de herrar a tanto; como os digo, le dio el abuelo Roig tal paliza que le dejó medio muerto y cuando le vio que ya se tenía de pie, le echó de casa con un pan, una bota de vino, otra de aceite, unas alforjas, dos pañuelos, un par de botas viejas y una onza de oro. La abuela le puso en las manos a escondidas un bolsín de seda verde, antiguo, con anillas, donde sonaban algunos medios duros y un par de calcetines blancos, gordos, de abrigo. El tío Felipet se metió en Francia burlando a los gendarmes de Pont-du-Roi, tiró para Toulouse porque siempre oía hablar de Toulouse como de una gran cosa; se juntó por el camino real con unos arrieros y en alguna posada topó con un cierto marino rosellonés, que hablaba de Tolón y de Bonaparte, de fragatas y de cañones, lo cual le bastó para irse a Tolón, sin saber más. Allí se hizo pillete de playa, grumete de patache y de bergantín, gaviero de un velero de alto bordo, el «Trois Maries» y un día, entrando en leva voluntario, marinero en las flotas de guerra de Francia. Se reenganchó y fue marinero de primera, artificiero y llegó a contramaestre. Para los cuarenta años había sido tripulante en todos los tipos de navíos de guerra y había navegado los sietes mares, de Suez a Panamá, del Tonkín al Dahomey, de Islandia a Terranova, de Madagascar a las Islas de Pomotú, de la Martinica y Haiti al Bósforo de Constantinopla donde precisamente estaba guardando el pañol de pólvora, con el teniente de navío Viand, ¡con el teniente de navío Viand! —¿sabéis lo que quiere decir esto?—, con un hombre que escribía muchas historias de países y se había puesto de nombre Pedro Loti.
Llevaba ya con este Viand, desde los días del «Javelote» del Bidasoa, que era una cáscara de nuez, un cañonero de juguete anclado frente a Hendaya.
Pues ya veis vos, el tío Felipet se escapaba los domingos a bailar a España, al son del tamboril y del silbote, con las mozas de Fuenterrabía, vestido de marinerito francés, luciendo el pompón rojo en la gorra. Pero a peor vida se daba por San Juan de Luz, Biarritz, Bayona y otros pueblos de Francia donde tomó el gusto al ajenjo y al juego. En malhora conoció aquel país. Volvió a él ya maduro, porque le tiraba, a pasar unas vacaciones y a gastarse los luises que se había ganado en el Tonkín jugándose la piel y se casó. Verge d’Artiga me val!, con una cascarota de Zibour, con una gitana vasco-francesa, lo último de lo último, una zorra de playa, que había ido a buscar a las garitas a los carabineros guapos de España, a los carabineros andaluces y cartageneros de habla melosa, meñique de uña larga y lunar de pelo. Con aquella Chulotte Baticul —según se llama o la llamaban— se casó el pobre tío Felipet —¡Verge d’Artiga!— un catalán del Alto Pirineo, un montañés de la Val d’Aran, un hombre loco por las historias que acababan bien, por las buenas canciones, por los buenos amigos, el buen vino y el corazón en la mano.
El destino de algunos de nuestra casa ha sido el de ir por el mundo de historia en historia, como de rama en rama. El tío Felipet volvió al nido herido de ala, como un cuervo mojado, aterido, con la carne como si fuese vieja de cien años, endurecida en todos los vientos. Luego, he leído yo historias, además de las muchas oídas, y ahora comprendo que el tío Felipet era como un cuervo maravilloso de los cuentos de Andersen, como un cuervo de monte, de tierra adentro, que se metiese a pájaro de mar y fuese posado en las gavias, bajo bonanzas y galernas de todos los cielos.
[8. Pepet «el porronaire», su género y estilo narrativo]
A los quince o dieciséis años, había empezado Pepet el porronaire a venir con su mulo cargado de bolas de cristal envueltas en paja, a los pueblos del valle, subiendo de los pueblos de pla. En el hostal se le acogía siempre con mucha fiesta porque era simpático Pepet, no sólo por su natural condición sino por haberse lanzado él sólo, huérfano de padre y madre desde la niñez, a un comercio que exigía fatigas y responsabilidades impropias de su edad.
Empezó primero a vender en comisión y después por su cuenta y tuvo como socios capitalistas a mi padre, al dueño de una serrería de Isil y a otras personalidades del contorno.
Pepet había visto que en las cocinas de montaña se oían con placer historias y que los narradores hallaban buenas caras, algunos tragos de convite y el mejor sitio junto al fuego.
Al principio se limitaba a oír embobado. El tío Felipet antes de soltarse a lanzar públicamente sus grandes relatos del mar, anduvo más de un año contándonos algo a Pepet y a mí por los rincones o a la puerta de la cuadra. Éramos como sus discípulos secretos. Al cabo de esta buena temporada de aprendizaje con él, yo no digo que pensara Pepet ni siquiera descalzar al maestro, pero calculó que podía superar, desde luego, las historias corrientes de los cazadores, pescadores, aserradores y contrabandistas. Empezó a traer a la alta montaña historias del pla y aun de Lérida, de Tarragona, de Zaragoza y hasta de Barcelona, Marsella y Toulouse.
Se reveló Pepet con historias tremendas. Refería partos monstruosos de uniones entre perro y mujer, grandes aberraciones sexuales como sodomía y bestialidad pastoril, casos espantables de monjas poseídas y embarazadas por demonios en conventos de Vich, de Urgel, de Jaca o de Figueras, secuestros y emparedamientos de pubilles por los herederos presuntos, amores incestuosos entre hermano y hermana o hija y padre, apariciones de fantasmas y ánimas en pena que venían a revelar el secreto del crimen, adulterios recién cometidos con o sin desenlace de duelos a muerte, envenenamientos perpetrados por viejas celosas y ricas en la persona de maridos jóvenes y despreocupados, extremos ya increíbles de pornografía que ilustraban el barrio chino de Barcelona, misterios tenebrosos e intrigas de las logias masónicas y largas retahílas de asesinatos de romance de ciegos, con versiones compuestas por él de procesos conocidos y célebres como el del Huerto del Francés, el de Cecilia Aznar, el de Coll y doña Nieves Hermida, el de Don Nilo, el del Capitán Sánchez y otros así.
Desde el principio se vio que el estilo de Pepet era muy bueno. Empezaba por sugerir que llegaba al hostal cargado con un peso imponente de secretos graves. Enseguida se revelaba el implacable estilo de Pepet, que, a pesar de todo, era un muchacho bueno como el pan. Según iban perfilándose en su relato los desgarradores infortunios o los casos nefandos de inmoralidad, la alegría de Pepet iba tomando cuerpo hasta llegar a un júbilo delirante, que frisaba ya en lo satánico. En cambio, cuando sus historias iban discurriendo por casualidad rara hacia desenlaces normales, morales y felices, el acento de Pepet declinaba y se desvanecía hasta nublarse en una melancolía nostálgica.
Cuando se fijó y se cuajó este sabio y despiadado estilo dejó turulatas a las gentes y venció, puede decirse, en toda la línea a cuantos narradores celebraba el Alto Pirineo.
Después de oírle a él, ¿quién se atrevía ya a contar un contrabando de caballos, un rayo y un incendio en el monte de hayas, una cacería de osos, un robo en despoblado o una violación de doncella a la vuelta de las fiestas mayores? Hasta el mismo tío Felipet, en el fondo ingenuo y poético narrador de odiseas marinas, se quedaba admirado y aún más que admirado, asustado, estupefacto del alumno que le había salido.
Poco a poco, Pepet fue afirmando su personalidad indiscutible y cualquier cosa que contara era terrible, misteriosa y divina. Hablaba ya de un mundo tenebroso, arcano y embriagador, que él había creado y del que los simples mortales sólo por obra y gracia de él teníamos alguna noticia. Me ha tocado luego tener alguna experiencia de los narradores de fábulas y cuentos. He comprendido que Pepet no era otra cosa sino un embustero patético, desinteresado y fabuloso, que no mentía para lucro propio ni daño ajeno sino por imperiosa necesidad artística y anhelo inconfesado de inmortalidad. Últimamente se había aligerado y agigantado su estilo. Ganaba en novedad y poesía lo que perdía en verosimilitud y crudeza.
Era este Pepet muy alto, flaco y desgarbado, con el rostro huesudo y escurrido, la barbilla prominente como los Estuardos y los Austrias, los labios finos, la nariz descarada, grande y respingona, la piel enrojecida siempre de frío. Tenía ojuelos muy juntos, amarillentos y con manchas, vivos como dos ojos de animal, bajo los cabellos que traía sobre la frente y muy embrollados. «Parece que sales del infierno», le solía decir mi padre. Sacaba una voz amplia y autorizada para su edad, accionaba como un doctor con el dedo tieso en la mano esquelética y hacía silencios muy graves, adelantando la barbilla y cabeceando lentamente como aquel que se dice a sí propio: «¡Qué cosas, Santo Cristo, qué cosas!».
[9. Los relatos del mar]
—Vengo —dijo una de las últimas noches que yo le oí— de Lérida y otras poblaciones donde he podido ver y oír a personas muy enteradas. Es asunto, sí, que se quiere tener muy secreto, pero desde hace meses, y aun años, vengo yo descubriéndolo todo, casi desde que yo era pequeño, y así os traigo esta noche mucho que contar. Y ya sabéis a mí cuánto me gusta teneros al corriente de lo que pasa por esos mundos, pero esta vez ando con miedo, porque el caso que voy a referir es gravísimo y siempre es mucha responsabilidad hablar de la honra de la gente, sobre todo para mí, que soy tanconsiderado y respetuoso y, además, un buen cristiano, que se tienta mucho la ropa antes de hablar de religión y cosas de curas.
Molt bé! Los que han estado en Lérida deben haber oído algo de aquel jardín, que está sobre el Segre, y del que se hicieron en tiempos muchos romances. Aquella es una torre antigua que llaman del cavaller de Nàpols aunque ese cavaller era del mismo Lérida, señor de cuna, de raza de paers y más de lo que ahora puedan parecer un Pons y Ruvira, un Muntades, un Raventós Vilaregut y otros que lucen y relucen. No se sabe por qué le pusieron ese nombre de cavaller de Nàpols pero se sabe, sí, que era un hombre muy bien vestido ¡caray!, siempre de frac, levitas, buen sombrero de tubo, bastón, la flor a la solapa, guantes blancos, corbatas vistosas, bota de charol, cadena y reloj de oro, anillos muy buenos. Se dejaba una barbeta negra de franchute y bigotes para arriba, en punta. Era tieso, flaco, hacía muchas ceremonias, usaba aguas de olor. Era raro ¡eh!, ¡vaya!, no es por decir, era raro aquél y siempre iba muy solo. Subió en globo una vez, desde el mismo Lérida y cayó sin hacerse daño, tuvo suerte, en Arenys de Mar. Hacía viajes largos y no decía donde iba, aunque se cree que a París y Barcelona. Gastaba, tenía coche, leía muchos libros malos de brujas, demonios, espíritus y cosas así y el capellà de su parroquia solía decir: «No me gusta, no me gusta éste». Misas no oía nunca, ni siquiera en la fiesta mayor. Andaba con muchas queridas, gastaba en una noche mil durets con las bailarinas de la Rambla y a una casada de Lérida le regaló una pulsera que valía miles y miles. Se llamaba el Lluch y Minguella y de nombre Francesc.
