Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
El poder político, la manipulación y las traiciones convierten a Buenos Aires, el lugar donde la historia transcurre, en un lugar letal. La joven abogada e influencer de casos criminales Lucía Thomas desaparece sin dejar rastro. Su cautiverio se entrelaza con un oscuro rompecabezas de muertes que se repiten con el mismo patrón: hombres que caen desde edificios en construcción. La investigación conecta a Nova Cruz, ex perfiladora criminal señalada injustamente años atrás, y al detective Vicente Cernadas, su antiguo compañero y amante, con un nuevo entramado donde nada es casualidad y la verdad amenaza con arrastrarlos a todos. Mientras los medios devoran el caso y la opinión pública condena antes de tiempo, secretos de familia, amistades rotas y obsesiones ocultas ponen en jaque la delgada línea entre víctima y victimario.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 309
Veröffentlichungsjahr: 2026
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
www.editorialelateneo.com.ar
/editorialelateneo
@editorialelateneo
A mi abuela, que a partir de ahora me leerá desde arriba.
A mis hijas, Juana y Ámbar, la recién llegada.
A mi marido, sostén inquebrantable.
A mi madre, soporte en este caos.
A todas aquellas personas
que ofrecieron su ayuda desde su experiencia profesional
en la resolución de este caso.
Tenemos a grandes profesionales del crimen en nuestro país.
Recorrió con las yemas de los dedos la superficie rugosa. Ante el desconcierto avasallante, se aferró a eso, lo único que tenía a mano en aquella ceguera forzada. En sus tímpanos podía sentir cómo se clavaba el ruido pulsátil de sus latidos e interfería su pensamiento.
No sabía dónde se encontraba ni cómo había llegado hasta allí. Lo último que recordaba era estar caminando sola por entre las calles desoladas de la periferia de Palermo Soho, viendo cómo el sol se ponía entre los dos edificios de enfrente, generando un efecto highlight que solo se podía admirar en esa época otoñal.
Por unos instantes, regresó mentalmente a su viaje a Madrid. Había ido con Iván, antes de comenzar con lo que sería el proyecto del principio de su familia, pero que, sin saberlo, terminaría siendo el fin. De hecho, creían que había vuelto embarazada de allí. Y si fue así, como había venido se habría ido.
Ahora mismo su última manifestación de gratitud se le hacía que fuera aquel atardecer sencillo e imponente antes de su captura.
Acto seguido, chasqueó la lengua luego de recordar la cantidad de peleas que habían tenido, sobre todo cuando la sexta fertilización in vitro no había tenido éxito e Iván comenzaba a plantar bandera. Se lo recriminó y en este momento deseaba no haberle dicho las cosas que habían salido de su boca, comandadas por el más profundo dolor y, sobre todo, por la incertidumbre, pues, a juzgar por su presente, podían llegar a ser parte de los recuerdos que él tendría de ella. Qué ironía haber deseado desaparecer tantas veces… y ahora confirmar la tan trillada frase: “Ten cuidado con lo que desees”.
Lejos de llorar, utilizó la bronca para recorrer con más ahínco el lugar. No parecía un espacio demasiado grande.
El olor a podredumbre la mareó. Una mezcla de humedades de siglos atrás, orín y animales muertos.
Trató de contener lo que le intentó volver a su garganta.
¿Quién la querría presa? ¿Lejos de todo y de todos? ¿Ausente del día a día? Enemigos le sobraban. Y más después de haber desenmascarado lo que inescrupulosos empresarios habían escondido durante años.
Dedicarse al derecho penal tenía la contracara más dura de todas en el mundo judicial. Y, si empezaba a desandar su nueva carrera como influencer en la materia, las posibilidades subían como un carrito de montaña rusa llegando a la cresta.
Fuera cual fuese el caso, Lucía Thomas no se dejaría estar y le daría pelea a lo que se le interpusiera adelante, para volver a casa, junto a Iván, cuanto antes.
El ritmo cardíaco se le empezó a acelerar. Sentía los latidos cada vez más fuertes en la sien, como tambores prontos a explotar. A pesar de todo, siguió palpando el espacio. Si sus cálculos no fallaban, daría con algo de luz en algún momento.
Un objeto duro la frenó. Parecía una caja de madera de medio metro. Una mesa de noche, tal vez. Siguió recorriéndola hasta dar con un cajón. Dentro de él halló una pequeña linterna. Su percepción había estado acertada. Era un espacio chico y abandonado. No había ventanas, solo una puerta de hierro por la que parecía que durante el día se podría colar algo de luz, en caso de no encontrarse bajo tierra. Se le erizó la piel de la nuca de solo pensarlo. Sin embargo y pese a la neblina mental, algo en ella albergaba la esperanza del sobreviviente.
La linterna daba suficiente luz como para alumbrar todo un sector de la habitación. Así que, a poco de caminar unos pasos en dirección a lo que ya había visto, giró y se encontró con una escena espeluznante en la pared, a sus espaldas.
Una cruz religiosa se encontraba colgando, pero no era Cristo quien pendía allí, preso de mil estatuillas a lo largo del tiempo, con sus estigmas en manos y pies. Era una criatura diferente, parecía mitológica, con rasgos más bien vinculados al infierno que al cielo.
Aquel montaje surrealista le daba una nueva pista. Había visto de cerca casos así, personas que adoraban a diferentes personajes creados para dominar a ciertas masas. Horrores que se habían llevado a cabo por creencias de esta índole. ¿Qué tendría que ver ella con eso? Pensó en los casos que recordaba, ninguno incluía este tipo de deidad. Eran otras cosas, magia negra, mayormente, adoración a seres de carne y hueso que pregonaban ciertos saberes de otros planos.
Que estuviera allí significaba que podía ser considerada importante. Y a lo importante no se lo mata, se dijo para tranquilizarse, aunque también podía ser todo lo contrario, que estuviera allí ofrecida en bandeja de plata como un sacrificio.
Decidió sentarse para recobrar la compostura y recuperar su respiración habitual. Su fortaleza espiritual jamás le habría permitido derrumbarse; después de todo, no por nada había llegado a ser quien era como profesional.
En una esquina de la habitación, con la espalda apoyada sobre el frío cemento de la pared, permitió que una lágrima brotase de sus ojos. El karma actuaba rápido cuando se trataba de ella, no así de sus enemigos, por mucho que lo esperara a lo largo de los años. La ironía de estar ahora privada de la libertad con todo lo que había sucedido esas últimas semanas le hacía estallar la cabeza de bronca y de risa, en partes esquizofrénicamente iguales.
¿Quién la buscaría? Las preguntas que surgían en su mente se contestaban solas, y las respuestas eran suficientes para hacerle sentir un purgatorio en vida.
Que la uña estuviera en forma de serrucho era su límite. Uno autoimpuesto para evitar el dolor del pellejo.
Nova Cruz era muchas cosas y una de ellas, la que más resaltaba estos últimos meses, era la de una mujer premenopáusica silenciosamente desbordada. Algo que se traducía en moverse como uno de esos robots nuevos que parecen humanos y que la procesión fuese por dentro. El daño colateral de todo aquello era que sus manos jamás resultaban ilesas.
Pasó por el baño de la universidad a arreglarse un poco y a pintarse los labios. No porque quisiera, sino porque la voz interna de su madre la había amedrentado tanto que lo hacía en automático, como aquellos monos que los científicos mantienen como rehenes para estudiarlos y todos los días esperan su banana.
El nuevo corte de pelo no le favorecía, pero era práctico, corto por detrás de las orejas y con la cara despejada. El color lo llevaba siempre igual, desde sus treinta. Un caoba al que, por momentos, se atrevía a darle algún reflejo más dorado, aunque luego siempre volvía, a salvo, a lo conocido.
Ingresó al aula 301 tomando una bocanada de aire tal que oficiara de recambio energético y se colocó el sutil aunque poderoso disfraz de la doctora Cruz, ex perfiladora criminal devenida docente universitaria. Una de las pocas del país.
Segundos después, luego de un escueto y firme saludo, encendió el proyector que se empeñaba en seguir utilizando a pesar de los avances tecnológicos y comenzó, como si fuera el sonido de páginas ajadas, el áspero e inquieto susurro de sus diapositivas, dándole lugar una a la siguiente, y a otra más… Con dicha cadencia, su clase fluía, entre preguntas e imágenes, más imágenes y respuestas.
Pero esta vez se traía algo entre manos, algo para lo que este nuevo grupo, carne tierna recién llegada, serviría para el cañón.
—¿De quién es esta mirada? —soltó al borde de la increpación.
Enseguida, varios levantaron la mano, aunque una muchacha se anticipó y lo dijo en voz alta. Le venía cayendo bien, un poco porque se veía reflejada a sí misma en su juventud, época, a años luz del presente, en la que todavía se reconocía cándida.
—Bundy, profesora.
—¿Me recordaría su nombre? Señorita… —Lo sabía, pero le gustaba hacerles morder el polvo.
—Luna.
—Completo, por favor, con su apellido.
—Luna es mi apellido. Me llamo Zoé. Zoé Luna.
Se acordaba de su apellido. A su costado oscuro y hasta infantil le gustaba la idea de burlarse de los alumnos en público, aunque en ese momento, además, ciertamente se le había hecho una laguna mental con el nombre de pila de la chica. Poco esfuerzo, estos padres, pensó. Posiblemente serían de esa camada de hippies que buscaban resaltar a sus hijos con el exotismo de un relax fingido. Como los que les ponían nombres que se usaban para otras cosas, tales como Selva, Delfín y hasta Río. Zoé, ¿qué significaría Zoé? ¿El sonido de un oboe? Una sarta de idioteces que no soportaba. Menos ahora, menos estos días, en los que percibía que se estaba sumergiendo en una nueva mala racha; y, cuando eso sucedía, un manto oscuro se cernía sobre ella, que siempre sentía como el más sombrío de toda su existencia. Aunque cuando, pasaba y en retrospectiva, nunca fuera para tanto.
—¿Y estos ojos, señorita Luna? —La miró fijo, aunque la luz que irradiaba la lámpara del proyector la encandilaba.
—Dahmer.
—¿Y estos?
—Murano.
—¿Y estos? —A esa altura, el tumulto de miradas confundidas de los demás intentaba meter presión sin éxito alguno.
Zoé Luna titubeó. Nunca antes había visto esa mirada y eso que ya había cursado Criminología I. Comenzó un bailoteo inseguro con los ojos, que provocó un arqueo en la boca de Cruz.
—Esta es Milena Quaglini. ¿La conocen? —Pronunció el nombre con un acento que estaba lejos de lo porteña de pura cepa que era.
Se escuchó un oleaje de negativas en diferentes tipos de murmullos y, sumado a esto, los semblantes de la mayoría devolvieron pura incertidumbre.
—No tiene ojos de loca, ¿no es cierto? —soltó con su acostumbrada soberbia, dirigiéndose puntualmente a Luna. Esta reaccionó negando con la cabeza—. Tal vez eso se deba a que, quizás, no lo estuviera.
Luego de un silencio dramático ejecutado a la perfección, siguió pasando algunas diapositivas más.
—Estas fueron sus tres víctimas. Quaglini cometió sus asesinatos luego de ser ella misma víctima de malos tratos por parte de estos tres… señores —completó después de una pausa en la que tragó saliva.
—Acá dice que se transformó en una especie de justiciera de pedófilos y violadores —dijo, con tono aguerrido, uno que se sentaba por el fondo y siempre tenía la laptop abierta.
—Así no vale, Álvarez. —Automáticamente toda la clase se distendió. En algunos momentos le gustaba saberse titiritera de aquellos grupos; en otros, confraternizaba. Había algo asociado a su sed de justicia que la empujaba a seguir siendo profesora a pesar de la paga casi indigna. Por su sangre corría el compromiso de educar a los perfiladores del mañana, esos que llegarían a encontrar y reconocer a los culpables. Porque, además, aunque intentara mentirse a sí misma, culpables abundarían y esto solo iría in crescendo.
—Quaglini fue una de las pocas asesinas en serie italianas. —Hizo en el aire el gesto de montoncito con los dedos, ese que solían hacer las abuelas italianas cuando se enojaban, lo que a más de uno le provocó risa.
—Porque se enojan mucho, son pocas, profe. Exteriorizan enseguida —dijo una muchacha a la que no tenía en el radar, pero que estaba segura de haber visto antes.
Asintió en el aire.
—Es posible. —Apagó el proyector y se dirigió al pizarrón—. Pero también esa podría ser la inflexión. La ira que un día se destapa y no encuentra cauce.
Desde hacía ya algún tiempo, Nova Cruz venía notando que su vida había caído en un letargo asociado a las cosas que hacía de forma automática. Y una de ellas era dar esa clase. Así que en ese instante decidió cambiar el rumbo del futuro, al menos desde un ángulo que pudiera controlar, y viró el curso pedagógico de aquel grupo.
—Milena Quaglini será su proyecto de este cuatrimestre.
Todos se miraron extrañados. Aquella cátedra estaba específicamente orientada a comprender los primeros pasos de la perfilación criminal y ahora parecía reducirse a una sola asesina, que hasta poca culpa parecía tener. Un perfil vago, si se quiere. Aburrido, sin demasiada sazón, se quejaron los alumnos.
—Ustedes tienen mucho Hollywood encima. Esta es la vida real. Milenas abundan; Ted Bundys, no tanto. Seguiremos viendo a los demás, no se preocupen. Pero el trabajo final será sobre ella y es mi última palabra.
Ya cruzando el estacionamiento desierto que la llevaría a la estación del subte, el sobresalto la tomó por completo cuando escuchó que alguien le chistaba.
Frenó en seco y los recuerdos la atormentaron como solían hacerlo cuando la agarraban con la guardia baja. La última vez había sido una semana antes, en la ducha, cuando se apagó la caldera y comenzó a salir el agua fría de golpe.
Inmediatamente recordó aquel chorro helado abofeteando su rostro, mientras su marido la sostenía con fuerza. Le había quedado doliendo por días, pero al menos no le había dejado marcas, de las que se veían a la luz, claro está.
Cuando recobró el aliento, notó que Zoé Luna caminaba hacia ella a ritmo acelerado, lo que provocaba que su flequillo de cabello negro finito se volara con el viento. Suspiró aliviada.
—Disculpe, profesora Cruz. Me quedé pensando en algo…
—Dígame, Luna. —Se rearmó en su papel.
—Esta tal Milena ¿pasó de ser una víctima a ser una asesina? —Nova se quedó detenida, esperando que fuera al punto—. ¿Alguna vez fue públicamente una víctima? ¿Se sabía lo que le sucedía? ¿O simplemente se volvió víctima y victimaria en el mismo acto?
La jovencita por momentos la dejaba atónita. No sabía si era por su inteligencia o por su sabiduría. A pesar de que aún tenía cara de nena, cosa que, intuía, le duraría por muchos años más, abría la boca y daba cátedra. Aun así, Nova salió del apuro indicándole que aquella se trataba de una pregunta digna de ser respondida en su trabajo práctico final. Notó que la frustración se apoderaba de Luna en el momento en que bajó la mirada y una mueca de disgusto que no intentó disimular salió a la luz.
—Okey. Que tenga buenas noches, profe.
Ni buenas ni noches tenía últimamente Nova Cruz. Porque las buenas hacía años que no acudían a su dirección postal y, cuando la luna regía, ella se camuflaba en la oscuridad a fuerza de psicofármacos para que no dolieran los fantasmas que la abucheaban de forma sistemática cada vez que intentaba cerrar los ojos.
Hoy, el reducido aire que Cruz respiraba era pura y exclusivamente para dejar su legado, uno tan fuerte como el que casi le había sido arrebatado años antes, el simple y consistente legado de mantener viva la llama de la justicia.
Aquella mañana de mayo extremadamente fría y atípica, Lucía Thomas se sentó vencida a los pies de la cama dejando caer sus brazos a ambos costados.
Su ritmo solía ser otro, aunque tuviera tiempo de sobra, ella corría. Un buen psicoanalista le habría preguntado hacia dónde o de qué quería escapar. Pero aquel día necesitaba frenar. Un poco porque la última pelea con Iván había sido distinta, y eso finalmente la había hecho repensar las cosas. Otro poco, porque estaba bastante segura de su intuición y esta le venía dictando al oído cosas que no quería escuchar.
Además de ejercer como joven abogada, había sabido aprovechar las bonanzas del mundo digital y se había convertido en una suerte de influencer de casos penales famosos de aquí y de todo el mundo. Por supuesto, el factor belleza no quedaba fuera de la ecuación y la suya solía dejar sin aliento a quien se le cruzara.
La isla impoluta de su cocina fue lo último que vieron sus ojos antes de girar hacia el ascensor. En otra vida, probablemente habría estado atiborrada de pequeños vasos y comida tirada por fuera de los platos. Con un suspiro, se arregló el cabello rubio finamente planchado y se pasó el dedo índice por debajo de sus labios borgoña, a fin de corregir una imperfección del maquillaje que solo ella veía.
Ya en la calle, la asaltaron pensamientos del caso en el que trabajaba actualmente, la resolución de un asesinato de poca monta.
Su labor la apasionaba y la demolía por partes iguales, pero nada parecía indicar que algún día dejaría de realizarlo. Todos los martes por la noche aparecía en sus redes sociales en vivo para hablar de algún caso y sus seguidores crecían exponencialmente. Desde luego, nunca faltaban los comentarios sexuales fuera de lugar, e incluso era posible que esos fueran más que los que realmente estaban interesados en algo parecido a la justicia. A pesar de esto, su marido no parecía inmutarse. Sabía que ese era el precio de estar casado con alguien tan deslumbrante y lo había aceptado desde que él mismo, al verla por primera vez, había tenido que reaprender a respirar.
Se habían conocido en Santa Teresa, Costa Rica. Ella estaba de vacaciones con amigas y él, por trabajo, aunque se había escapado el fin de semana desde San José a la zona de las playas del Pacífico. Hasta aquel día, su permanencia allí se suponía indefinida, puesto que la empresa lo había enviado para poner algo de orden. Llevaba cuatro meses cuando decidió regresar detrás de ella, y al poco tiempo se estaban casando. La inversión a ciegas parecía que había salido bien hasta que la frustración se apoderó de ellos.
Eran jóvenes para la media esperada por la sociedad. De hecho, fueron los primeros en casarse de sus respectivos grupos de amigos y, por dicho motivo, no faltaron, de ambas partes, las charlas preguntando una y otra vez si estaban seguros de una decisión de tal envergadura. Es que lo que nadie más veía, en aquel entonces, era que lo suyo rayaba en la magia, si es que tal cosa existía. Eran de aquellos destinados a encontrarse y permanecer juntos por toda la eternidad. Y sí que venían lográndolo con honores. Sobre todo, a juzgar por el duro desafío que les había tocado vivir, el de desear algo con todas sus fuerzas y que no les fuera concedido y las consecuencias que eso podría traer en el matrimonio y en cada uno de ellos por separado.
¿A que no sabés quién está viniendo a la Argentina?
Su agente, Martín Suárez, le había mandado un mensaje que recién leyó en el taxi. A pesar de tener una situación económica tal como para que en el estacionamiento hubiera dos camionetas con su apellido, no le gustaba manejar por el centro y el microcentro porteño, así que optaba por una forma más práctica de moverse. De esta manera, podía también leer, contestar mails y hacer llamadas sin problema.
Nora Donovan.
Lucía conocía a la detective Donovan a raíz de uno de los casos más emblemáticos de sus martes de vivo en redes sociales. Al parecer, años atrás, en los Estados Unidos, alguien había hecho pasar por un martirio a una joven, haciéndole creer que en diez días moriría, y justamente Donovan había llevado el caso adelante.
—Necesito que me coordines una entrevista. Esto es oro en polvo —respondió ella por audio. Si bien su agente había aparecido en su vida en el momento en que ya había alcanzado un gran éxito, también oficiaba de guardián de sus intereses. No solo le conseguía los mejores canjes y trabajos con marcas, sino que le hacía contactos importantes con personas que iban más allá del mundo virtual, y eso era lo que a ella más le importaba. Hoy, la excusa era aparecer en vivo y alimentar a miles de personas que, con el típico costado morboso que todo ser humano posee, degustaban casos dignos de películas de ficción.
Dalo por hecho.
Le causaba gracia que Martín casi no hiciera uso de los audios y prefiriera escribir los mensajes. Seguramente era un poco la ley de la naturaleza, la energía femenina tenía mucho para decir, mientras que el perfil masculino siempre era más pragmático, resolvía, no se enroscaba. Algo así como su marido cuando tenían que decidir algo importante o planificar vacaciones.
Pasó la mañana en su oficina sin grandes complicaciones, mientras repasaba los detalles de un caso que trabajaba en equipo en el buffet al cual pertenecía y en el que la valoraban mucho.
Las malas lenguas decían que el jefe algún día intentaría algo con ella o que el hecho de que su padre también hubiera sido abogado la había ayudado a ingresar y destacarse. Pero lo cierto era que Lucía Thomas sabía que lo que tenía de femme fatale también lo tenía de impecable profesional. Disfrutaba de que no se le escapara nada. Y, a contracara de eso, el costo era alto.
A lo largo de la jornada, en repetidas ocasiones su mente fantaseó con el momento en que viera a Nora Donovan en vivo. Podría generar los más diversos contenidos, pódcast, videos y hasta algo escrito, todo de una misma entrevista. Se relamió sin querer, de forma primitiva.
A eso de la una salió a almorzar algo rápido y, una vez que se sentó en el bar de enfrente, una dulce y letal nostalgia la atrapó. The Cure sonaba bajito, pero lo suficiente como para que se oyera “Lovesong”.
Una conexión invisible la unía a su padre, que desde hacía poco ya no estaba en este plano, y esa, específicamente, era escuchar “Lovesong” mientras manejaba, sola, su coche.
Es que ella pertenecía a la camada de los ochenta y había nacido exactamente un mes después de que se lanzara aquel tema. Su padre solía jactarse, contando la historia, una y otra vez, de cómo bailaba con ella a upa en medio de la sala, hasta que finalmente lograba dormirla.
—Siempre tuviste oído, desde que saliste de la panza. —Sus palabras aún hacían eco. Además, se lo decía a todos, hasta el ferretero de la calle Blanco Encalada sabía que The Cure era algo especial entre ellos dos.
Sus padres se habían separado cuando era demasiado pequeña como para recordarlos juntos, más allá de alguna que otra fotografía que atesoraba de tiempos mejores, en su mundo ilusorio.
Como bálsamo le quedaba que había llegado a hacerlo sentir orgulloso de sus logros: del matrimonio que había sabido formar, de la carrera forjada y, sobre todo, por ser de buena madera, como decía él. Lamentaba profundamente no haber podido darle nietos, ya que este punto era el único que parecía venir atrasado en su vida.
Perder a su padre había sido, sin duda, la caída más grande de su vida, sobre todo porque nunca terminaba de tocar fondo. Como cuando uno arroja una piedra al río manso y logra hacer sapito. Era despertar en la mañana y, en caso de sortear que alguna reminiscencia tocase a las puertas de su nuca, seguramente en el transcurso del día otra cosa lo haría. Un aroma, una imagen, hasta algo que por la calle le recordaba a su Albertito querido.
Su marido solía bromear diciéndole que tenía un Edipo no resuelto. Ella sabía que no era así, que era incluso mejor, ya que si bien su padre, como casi todos, había sido su héroe cuando niña, más tarde la cosa había evolucionado favorablemente, porque de entre los escombros de la demolición que acarrea el darse cuenta, en la adultez, de que nuestros progenitores son de carne y hueso, y que de vez en cuando también se equivocan, ella había podido rescatar partes enteras.
—Cayó como una bolsa de papas.
—¿A qué hora?
—Y… alrededor de la una. Justo salíamos a almorzar con los muchachos.
El oficial les tomó los datos hasta tanto llegara el resto del equipo. A los pocos minutos la cuadra estaba cerrada al paso, los forenses se hacían presentes y el grupo de obreros del edificio de siete pisos a poco de terminar se perdían su almuerzo por haber oficiado de testigos oculares de la caída.
—El tipo cayó hace media hora. Murió en el acto. Uno de los albañiles lo quiso revivir, pero sin demasiada técnica, ¿viste? Tocaron, pisaron, es un quilombo.
Vicente Cernadas rodeó el cuerpo inerte que todavía yacía en la vereda con los ojos abiertos y un charco de sangre que se abría camino por debajo del torso. Sangre que probablemente salía de la región occipital, pero que buscaba desviar la atención hacia otras partes.
—Este sería un caso digno de Cruz.
—¿Vos decís?
—Era la única, Uruguayo. —La historia era larga, al fiscal Silva le decían Uruguayo a pesar de haber nacido en la Argentina porque había tenido una infancia itinerante entre ambos países, producto de haber sido hijo de padre argentino y madre oriental.
—Sí, la única en tu vida, pollerudo.
Aun luego de ser agredido de manera gratuita por el fiscal de turno, casualmente su amigo, uno de esos que por momentos parecía más villano que a su favor, Cernadas se mantuvo inmóvil. Un poco porque hacía treinta años que trabajaba de esto y seguía sin perder la sensación de sorpresa ante cada caso y otro poco porque sabía que Bruno Silva tenía razón.
A los cincuenta minutos recién estaban cubriendo el cuerpo con una lona negra. Iba a ser un día largo y, por consiguiente, el detective Cernadas confirmó que se trataba de una pésima semana para haber decidido dejar de fumar.
—¿Cómo estás tan seguro? —lo abordó Silva al rato de estar viajando juntos en el auto rumbo al edificio de la Policía Científica.
—¿De qué cosa? —Cernadas aprovechó a echarle un rápido vistazo a su teléfono.
—De que sería un caso para Cruz, de que se trata de un homicidio. Para mí, el tipo se tiró, fin de la historia.
—Para ser fiscal, sos bastante vago, vos, ¿eh? ¿Conocés la tercera ley de Newton? —El fiscal y viejo amigo comenzó a balbucear una negativa con la cabeza, mientras se reía en silencio, y Cernadas, luego de aclararse la voz por cuarta vez en aquel viaje, soltó su hipótesis—: La aceleración es directamente proporcional a la fuerza. Cuanto más fuerte te empujen, más rápido te vas a mover. El tipo era delgado. Es imposible que se haya estallado así el cráneo por tirarse solo. Ya te lo firmo, pero esperá que a lo sumo en un día o dos el forense te lo va a confirmar.
Haber dedicado toda su vida a resolver crímenes, dejar de lado la idea de una familia y ver a su hija de diecisiete años tan poco que le costaba reconocerla con sus cambios de look tenía un costado positivo, y ese era que Vicente Cernadas se había convertido en el mejor investigador de homicidios del país y de toda Latinoamérica. Sobre todo, desde que Cruz había salido del mapa. A menudo coqueteaban con él desde España y eso que los españoles solían ser muy buenos también en todo lo relacionado con la criminalística, pero Vicente Cernadas tenía una inteligencia muy llamativa: veía más allá con el solo hecho de observar la escena de un crimen. Y poco tenía que ver con ecos de algún secreto ancestral, sino con su forma impecable de trabajar y de comprometerse con cada caso.
Nunca había sido amante de los lujos. A pesar de ganar bien en su puesto, siempre se había ajustado a lo necesario. Gozaba de un departamento propio de dos ambientes en Colegiales y un auto de 2017 al que lavaba poco y nada. No le gustaban las citas, era un lobo solitario y la última relación en la que había creído había sido veinte años atrás, con su ex compañera Nova Cruz, a quien ahora mismo no veía tanto, porque, por temas personales de público conocimiento, la habían retirado antes de tiempo. Ni siquiera su ex mujer, madre de su hija, quien había quedado embarazada tan pronto que no les había dado tiempo a enamorarse antes, había podido hacerle sentir lo mismo que Cruz.
Ellos sí que habían sabido ser una dupla extraordinaria en todos los sentidos. Nova le aportaba aquello de lo que él carecía y él creía haberle devuelto el mismo favor.
Se miró al espejo del baño de la oficina. La barba de varios días, negra con algunos atisbos blancos, lo hacía lucir como un indigente, de no ser porque su ropa estaba finamente planchada gracias a Rosa, la señora que le llevaba adelante su casa debido a su falta de ganas.
Tampoco era que tuviera todo el tiempo del mundo.
Su trabajo era lo único para lo que tenía ojos y así había sido siempre, aunque por breves períodos hubiera intentado modificarlo.
Vicente Cernadas había nacido para resolver crímenes, y su fuerza en los últimos años se había visto debilitada a falta de su compañera Nova Cruz, con quien, además de tener en común la pasión por los crímenes, había compartido la intimidad más profunda, entre sábanas.
Ahora mismo no solo debía preocuparse por no tenerla, sino porque este nuevo caso se parecía demasiado al que, en el año 2008, la había derribado.
La cabeza de Ricardo asomándose por el ventiluz de la cocina fue la antesala al desastre.
—Cagaste, Nova.
—Ricardo, últimamente sos el portador oficial de las malas noticias en mi vida.
—Y… hay que rehacer todo. —Chasqueó la lengua.
Además de ser a quien llamaba cuando su conocimiento sobre las reparaciones domésticas se veía excedido, Ricardo había sido el primer amor de Nova, de esos que, en la adolescencia, son tan inocentes como pudorosos. Se habían conocido en el club del barrio. El padre de Ricardo tenía la concesión del buffet. Claro que, en aquella época, primó el hecho de que, para su madre, Ricardo no fuera suficiente para ella. Bien que ahora era él quien corría cuando las papas quemaban.
Nova guardaba algo de remordimiento hacia su madre por este tema en particular, además de todo lo otro. Aunque era consciente de que ella misma lo habría dejado tarde o temprano, saber que la decisión había salido desde una jerarquía más elevada la perturbaba.
Por lo pronto, ahora un gasto más se sumaba a un departamento en el que poco quería invertir. No veía la hora de venderlo, aunque esa idea luchara cuerpo a cuerpo con el hecho de que eso recién sucedería una vez que su madre hubiese muerto.
—¿Cuánto me va a costar el chiste?
Ricardo miró al cielo buscando respuestas, mientras se limpiaba la grasa de las manos con un trapo que él mismo había llevado.
—Calculá que entre ciento veinte y ciento treinta lucas.
Nova miró a su madre, que a esa altura entendía poco y nada de las cosas, y, por una fracción de segundo, sopesó la idea de dejarlo así, goteando. Total, si la vieja ni siquiera la notaba a ella, mucho menos iba a notar una mancha de humedad en la pared.
—Dale, hacelo —arremetió, vencida ante la idea de una fogosa rebeldía que, una vez más, era extinguida por el recuerdo de las gélidas aguas maternas.
También, darle trabajo a Ricardo era una forma de resarcirlo, como un “perdoname por haberte dicho que no al compromiso aquella tarde en el patio del club, tomá estos miles por el caño”.
Una vez que él se fue, acostó a su madre, le dio algunas indicaciones a la enfermera de la noche y, a los pocos segundos, le estaba haciendo señas a un taxi en la inhóspita oscuridad de aquel ya casi viernes helado.
Había algo estupendo en la psiquis de los seres humanos, y ese era el bailoteo de la neurosis entre la culpa y la coherencia.
A menudo se encontraba pensando en cuestiones poco aceptables, socialmente hablando, pero, a su vez, luego se sentía mal y trabajaba para tapar su accionar mental. Como cada vez que fantaseaba con los arreglos que haría en su chalet de Olivos cuando contara con la plata del departamento de Arenales, aunque bien podría haberlo llamado Humedales, una vez que este estuviera vendido.
El informativo de fondo repetía las noticias del pasado día. Uno que había recibido poca atención de su parte, excepto por algún que otro “scrolleo” de celular en los que se había enterado, básicamente, de que no había sucedido nada que fuera de su competencia.
Los jueves sí que le resultaban pesados. Entre la universidad y la visita a casa de su madre, eran los días más apasionantes y, en contrapartida, más temidos de la semana.
Se miró el anular y el cansancio no le permitió ni siquiera probar. No había podido sacarse el anillo desde que había ganado unos cuantos kilos por primera vez en su vida y, de algún modo, la habían vuelto presa de una decisión que ni siquiera había salido de su tripa, sino que, más bien, había sido comandada por el miedo al abandono y que, ahora mismo, la sujetaba fuerte a un pasado que deseaba fervientemente resetear por completo.
Una vez por semana, al menos, trataba de quitárselo con jabón. Incluso lo había intentado con vaselina, pero la alianza se rehusaba a irse, como si estuviera dando una declaración pública de procesos internos inconclusos, hasta de reprimenda, “ahora, jorobate”,podía escuchar la voz de su madre cuando todavía se encontraba en su sano juicio. “Ahora, jorobate, usala hasta que la muerte te la separe, para recordar que tomás decisiones de miércoles”. La vieja jamás diría la palabra mierda, aunque su moral fuera tan incoherente como su pensamiento.
Otilia, su mejor amiga, le había recomendado que se la hiciera cortar en algún lugar y, de hecho, hasta sabía bien en dónde. Sus amigos forenses tranquilamente podían darle con la tenaza y liberarla en cuestión de segundos, pero trataba de no ir allí, pues hacerlo suponía regresar a un sitio de su vida del que había sido desplazada porque no habían creído en su palabra.
Si hubiese sido por ella, se la habría sacado antes de que Javier muriera. Incluso después del primer golpe que le había propinado, según él, apenas un suave zamarreo. La cosa estaba terminada hacía rato, solo faltaba ponerlo en palabras. Pero, luego, sus abogados le recomendaron dejársela puesta por un tiempo, sobre todo, de cara a la prensa, para no levantar ninguna sospecha más.
Finalmente, decidió hacer como que no existía y siguió con sus quehaceres. Levantó de la mesa dos tazas y las llevó a la pileta de la cocina. Luego de despegarles los saquitos de té del fondo, las lavó así nomás y se preparó uno nuevo. Mientras tanto, en la televisión, uno de sus amigos del noticiero relataba el asalto a un chofer de colectivo que había sucedido unos días atrás.
“Que sigan refritando noticias viejas es bueno”, pensó como por inercia, aunque eso fuera en desmedro de su profesión. Sabía que la misma pasión que le provocaba encontrar al culpable de un crimen y entender por qué lo había cometido se chocaba a diario con una ética común, de la que algunas veces se hacía eco. Era como el residente de cirugía que no deseaba que ningún transeúnte fuera atropellado hasta arañar la muerte, pero, si llegaba un cuerpo a medio aliento, no iba a ofrecer resistencia a abrirlo de cabo a rabo.
Ella tampoco quería, en efecto, que nadie fuese asesinado, pero, si sucedía, no descansaba hasta dar con el responsable. Eso al menos en su vida pasada, cuando tenía realmente incidencia en atrapar a los malos. Ahora mismo, su labor se enfocaba en formar a los que lo harían en el futuro, y se le hacía que nunca tan bien como si lo hubiese hecho ella misma.
Por momentos, deseaba dar el paso y dedicarse a resolverlos por su cuenta, de una forma privada, pero sabía que meterse en eso era lidiar con personas muchas veces poco fiables. Lo cierto era que a Nova Cruz le habían arrancado el alma en el año 2008, cuando le quitaron lo que más quería.
El gato de la vecina apareció de golpe en el ventanal de su living. No hacía falta ni que maullara para hacerse entender, el muy soberbio. La miraba con aires de superioridad y ella sucumbía cada vez. También lo insultaba por lo alto, pero así parecían entenderse, bien tóxico el vínculo espejo con el tipo. Justo cuando estaba por abrirle para hacerlo pasar y así terminar su noche con algo de compañía, recordó que se le había muerto el teléfono a media mañana, así que lo enchufó en la mesada de la cocina y esperó a que se encendiera para conectarse con el mundo.
Poco tardó en arremolinarse el tintineo de mensajes, mails y notificaciones estúpidas que no le importaban en lo más mínimo y ni siquiera sabía por qué estaban allí, haciéndole perder el tiempo.
Vita, volvió a pasar.
