Rutas de cambio - Paolo Scotton - E-Book

Rutas de cambio E-Book

Paolo Scotton

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Beschreibung

La historia está repleta de sucesos, pero son muy pocos los que se convierten en acontecimientos capaces de modificar el curso del tiempo, de dar comienzo a un cambio que marca una época. ¿Se convertirá la pandemia en uno de ellos? ¿Dejará su huella en la historia de la humanidad? ¿Alentará energías de renovación? Y, si lo hará, ¿se tratará de novedades beneficiosas? El reciente pasado nos ha entregado la herramienta necesaria para convertir nuestra vivencia en experiencia productiva. Para generar una nueva sabiduría práctica capaz de orientar este camino lleno de incógnitas. Nos ha dado el privilegio de ser espectadores de nuestra propia vida, ofreciéndonos unas gafas para curar la presbicia de nuestra ajetreada y distraída cotidianidad, y la miopía del cortoplacismo que rige nuestras acciones. En otras palabras, nos ha donado el lujo indispensable de la reflexión. Este libro es un viaje que parte de un replanteamiento crítico de nuestro tiempo y pone rumbo hacia un futuro diferente, abriéndose paso entre dudas, preguntas, ansiedades y esperanzas. Un viaje hacia un porvenir al que se llega pasando a través de cinco caminos que cuestionan nuestra forma rutinaria de mirar la política, la educación, el trabajo, la movilidad y las relaciones sociales, y que reivindica nuestro derecho a imaginar sociedades y culturas que se pregunten por el sentido vital de la existencia.

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Seitenzahl: 155

Veröffentlichungsjahr: 2021

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COLECCIÓN: Horizontes Educación

Título: Rutas de cambio. 5 vías para construir la sociedad del futuro

Este libro se enmarca en el proyecto de investigación PJUPNA1931 «Educación holística para la ciudadanía activa».

Primera edición (papel): junio de 2021

Primera edición (epub): julio de 2020

© Paolo Scotton

© de esta edición:

Ediciones OCTAEDRO, S.L.

C. Bailén, 5 – 08010 Barcelona

Tel.: 93 246 40 02

[email protected]

www.octaedro.com

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

ISBN (papel): 978-84-18819-32-2

ISBN (epub): 978-84-18819-33-9

Diseño y realización: Octaedro Editorial

Prólogo

Hemos sido necios, pero no hay razón para seguir siendo necios para siempre.

BERTRAND RUSSELL,

Elogio de la ociosidad

Había, en los años setenta del siglo pasado, un extraño doctor que peregrinaba por la península italiana predicando la necesidad de cerrar los manicomios. Quería liberar de aquellos lugares infernales a unas personas que la sociedad condenaba conscientemente a una vida de locura y a quienes excluía de la vida pública. Individuos a los que se arrebataba cualquier tipo de dignidad. Todo esto la sociedad lo hacía por el simple hecho de no entender una realidad que consideraba anormal, por el hecho de tener miedo a unas personas indefensas e incapaces de valerse por sí mismas. Ese iluminado psiquiatra, al que la historia de los derechos civiles terminó dando la razón mientras sus coetáneos no lo hacían, solía repetir una frase que con los años se hizo muy popular: «Mirado de cerca, nadie es normal».

Hace unos meses escuchábamos sin descanso el mantra de la inminente llegada de una nueva normalidad. Nos informaban de la importancia de estar preparados para esta próxima etapa de nuestra vida. Una etapa con una fecha de nacimiento segura, que hasta se fijó por ley, pero cuya fecha de caducidad se ha ido postergando continuamente. En el momento histórico tan particular que nos ha tocado vivir, de tantas cosas que nos dejaban en una constante incertidumbre, este estado de espera incesante destacaba por la oscuridad de su significado y por la inefabilidad de su contenido.

Sin embargo, pese a la imprecisión conceptual que comparte con gran parte de las palabras que marcan el debate público, la deseada normalidad ha ido llenando las páginas de los periódicos, dictando la agenda de los telediarios y sustanciando nuestras conversaciones privadas y públicas.

Ahora parece que, por fin, se abre un camino nuevo que, en realidad, no es otra cosa que la posibilidad de recuperar nuestras antiguas costumbres de vivir libremente y con más ligereza, de volver a respirar el aire fresco y puro que acompaña el repetido y siempre nuevo despertar de la naturaleza. Ser parte, una vez más, del ciclo de la vida del cual hemos estado separados durante todo un año, segregados y distanciados de todo cuanto nos rodeaba, sufriendo el mismo duelo que Ceres sufrió por el rapto de su hija Proserpina. Después de mucho tiempo, al fin, parece que podremos vivir una «vida nueva», volver a trazar nuestros caminos y proyectar nuestro andar por el mundo pensando en el futuro.

Es entonces, en estas circunstancias, cuando ya no queremos detenernos a pensar en qué podremos o no podremos hacer, en qué podremos o no podremos esperar hacer una vez olvidada por completo la angustia derivada de la larga alarma social y sanitaria. Ya estamos cerca de volver a nuestra vida de antes. Pero… ¿seguimos queriendo lo mismo que antes? Salimos de un largo invierno para entrar en otra primavera. Entonces, quizás nos podría resultar interesante pararnos y reflexionar, pensar si el camino que hemos recorrido en el pasado ha sido el más adecuado o si, por el contrario, nos gustaría que el futuro que nos espera sea distinto de lo que ya hemos vivido. Preguntarnos, en otras palabras, en qué dirección queremos dirigir ahora a nuestro andar, ya que hemos aprendido que todavía es posible cambiar nuestro rumbo y nuestra existencia, aun cuando pensamos que no hay otro camino posible.

En un mundo dominado por una especie animal, el Homo sapiens, tan arraigada a sus milenarios usos y abusos, es realista pensar que las cosas que han ido cambiando como consecuencia de la pandemia, y que a raíz de ella seguirán cambiando en el próximo futuro, serán muchas menos de las que permanecerán exactamente igual a como que eran antes. Entonces, hablar de una diferente normalidad, como se ha hecho durante mucho tiempo, o de un nuevo mundo, no sería otra cosa que hablar, de forma redundante, de lo que ya ha habido y que ya hay.

Ya nos hemos dado cuenta de ello en los últimos meses: aparte de empezar a considerar normal un hecho tan insólito como el de que nosotros mismos y las personas que nos rodean lleven mascarilla, que estemos un poco más distanciados, que dicha distancia se intente mantener en todos los encuentros, que a la vuelta presencial al trabajo se eviten la zonas comunes o que las pantagruélicas cenas en los buffets libres hayan tenido que posponerse…, pues a pesar de todo esto, las cosas han parecido seguir casi exactamente iguales o, cuando menos, nos hemos ido acostumbrando a ellas.

Es cierto que estos cambios han podidos ser enormes, y podrán seguir siéndolo, para aquellas personas que se sienten perdidas cuando se les mueve del lado derecho al lado izquierdo del lavabo el vaso donde ponen el cepillo con el que cada noche y cada mañana se lavan los dientes. En todo caso, a todas aquellas personas que todavía están en su sano juicio, que entienden que poner el cepillo a la derecha o a la izquierda no conlleva un cambio real en el hecho de lavarse los dientes cada noche y cada mañana, la novedad les parece insustancial.

De la misma forma, parece que lo que tenía que ser la nueva normalidad, al igual que casi toda operación de marketing y propaganda política, ha sido, sencillamente, una tomadura de pelo más, tanto respecto a la excepcionalidad de la pandemia como a la vida que todos llevábamos antes de ella: «¡Compra este nuevo móvil, y usa todas tus viejasapps como nunca lo habías hecho!».

No obstante, a pesar de su inofensivo conservadurismo, a la par de todas las operaciones de marketing y propaganda política, también detrás de este mantra se ha escondido y se sigue escondiendo el peligro de la trampa. En este caso, se ha tratado de la exacerbación y del fortalecimiento de aquellas líneas de tendencia histórica que marcan desde hace años nuestras relaciones políticas, sociales, culturales y económicas.

Así, hemos visto crecer el teletrabajo como fuente de ahorro para las empresas, hemos visto disminuir la cercanía física y afectiva de nuestras relaciones con aquellas personas que no pertenecen a nuestro círculo de amistades o a nuestro entorno familiar, hemos visto que la virtualidad ganaba cada vez más espacio en comparación con la presencialidad, hemos visto dispararse las compras en línea, hemos visto crecer el peso del capital financiero, hemos visto aumentar las desigualdades en la redistribución de la riqueza, a través de la concentración del dinero en manos de unos pocos…

O, quizás, no nos hemos dado cuenta de ninguna de estas cosas. No porque no hayan pasado o porque no pasen, sino porque nuestros ojos, ya desde hace tiempo acostumbrados a ellas, no son capaces de detectar ningún cambio relevante en la que sigue y seguirá siendo la normal trayectoria anormal de nuestro destino, personal y colectivo.

En este contexto en el que estamos inmersos, es decir, en la cotidianidad tan costumbrista a la que nos conformamos a pesar de la excepcionalidad de los tiempos que estamos viviendo, este libro desea ofrecer a quien lo lea la posibilidad de una actividad lujosa y, sin embargo, esencial: quiere ofrecer el lujo de la reflexión acerca de lo que hay. De esta forma, tal vez, podremos llegar a entender hacia dónde estamos yendo, antes de abrazar de forma incondicional ese futuro por venir que se hace cada día más cercano, pero que resulta ser un espejo dañado del pasado que ya fue.

Entonces, las rutas trazadas en estas páginas abren el camino a un futuro diferente y conscientemente elegido, a un tiempo nuevo, que es todo lo contrario de otro tiempo más, de una época igual a todas las que anteriormente han marcado nuestra vida antes de la pandemia. Pues en estas páginas se comparten algunas reflexiones acerca de las relaciones, en apariencia más obvias y comunes, que hemos tenido y tenemos con todo lo que nos rodea y con todas las cosas y las personas con las que seguiremos teniendo relación: el trabajo y el tiempo libre, la escuela y las vacaciones, la soledad y las amistades, los familiares y los desconocidos…

Todas las personas, en estos largos meses, hemos vivido la experiencia del confinamiento y, claramente, hemos estado en relación, directa o indirectamente, con la pandemia mundial. En este período hemos entendido que, aunque nos falte de todo, hay algo que muy difícilmente podremos perder del todo. Este algo es nuestra imaginación, la única cosa que, cuando todo se bloqueó de repente a nuestro alrededor, no dejó de funcionar ni un minuto y nos permitió sobrellevar con relativa tranquilidad nuestras existencias bajo circunstancias adversas.

Si nuestra imaginación es algo tan poderoso que nos permite seguir soñando siempre, si nuestro pensamiento se ha revelado como la única cosa, de todo lo que tenemos, capaz de superar confines angostos, de no tenernos atados ni siquiera cuando estemos en la cárcel, y si de esto queremos aprender una lección para el futuro, hemos de dar a nuestra imaginación y a nuestro pensamiento el lugar que deben tener en el mundo. Entonces, en lugar de seguir pasivamente el rumbo anestesiado de la antigua senda, nos preguntaremos cuál es la nueva realidad que, juntos, esperamos construir, cuál es la otra idea de futuro que esperamos que nos entibie el ánimo y nos reconforte el corazón.

En otras palabras, podemos pensar, por fin, en un mundo que, cuando lo miremos de cerca, nos parezca menos anormal, menos injusto y menos absurdo que la normalidad en la que hemos vivido y hacia la cual nos estamos encaminando otra vez.

Esta obra va dedicada a todas aquellas personas que, durante el largo y excepcional confinamiento que hemos atravesado, en algún momento se han sentido solas, tristes, perdidas. Sea por la ausencia de un ser querido, por la distancia de los afectos o, simplemente, por la dificultad de hallar paz y sosiego durante una etapa tan confusa e imprevisible.

Este libro se dirige a aquellas personas que todavía no logran perfilar con claridad el horizonte de su propio destino y siguen sintiéndose perdidas. Ojalá este libro las ayude a soñar con los ojos abiertos, a soñar despiertas.

La tarea de convertir estos sueños en realidad, como descubriremos juntos a lo largo de este libro, es una tarea a la que tenemos que dedicarnos cada una y cada uno de nosotros sin excusas, por más que algunos cambios fundamentales correspondan en gran medida a quienes, por su cargo político, ostentan hoy en día el poder de tomar decisiones de gran calado para el futuro colectivo.

1. Camino a la normalidad

—¿Cómo anda usted, buen hombre?

—pregunta el ciego al tullido.

Y el tullido responde al ciego:

—Como usted ve, amigo…

JOSÉ ORTEGA Y GASSET,

Ensimismamiento y alteración

Normas y normalidades

Ludwig Wittgenstein, padre de la filosofía analítica, afirmaba que la finalidad de la filosofía consiste en clarificar los conceptos que expresamos a través de nuestro lenguaje. Muchas veces, en nuestras conversaciones cotidianas, utilizamos palabras que nos cuesta definir con precisión y que lo que hacen es disfrazar nuestro pensamiento y hacerlo más confuso. Todos entendemos de qué hablamos cuando hablamos de una cerveza: si entramos en un bar y pedimos al camarero que nos ponga una cerveza, estamos seguros de que nos traerá sin falta lo que le hemos pedido. Sin embargo, si al mismo camarero le pedimos que nos ponga una buena cerveza, es probable que nos mire titubeante y que nos solicite más detalles sobre qué tipo de cerveza nos gusta más, ya que podría dudar de que su idea de qué es una buena cerveza sea efectivamente igual a la nuestra. Entonces, solo una vez aclarado qué quiere decir para nosotros que una cerveza es buena, nos servirá nuestra buena cerveza. No cabe duda: Wittgenstein estaría muy orgulloso de nuestro camarero.

Lo mismo que ocurre con la cerveza, ocurre con la palabra normalidad, ya que este término no identifica nada en concreto, sino que posee un número de significados tan amplio como el número de personas que pronuncia esta palabra en un contexto dado. Para una persona puede ser «normal» ir a la peluquería cada semana, mientras que para otra la «normalidad» es no ir nunca. ¿Cómo puede la «normalidad» ser tan diferente? Seguimos, entonces, el consejo de Wittgenstein, y el ejemplo de nuestro camarero filósofo, y analizamos más detenidamente de qué hablamos cuando hablamos de normalidad.

La palabra normalidad lleva dentro de sí una palabra más breve, norma, que solemos asociar al mundo de las leyes. De hecho, aunque a veces se nos olvide, cuando hablamos de normalidad estamos hablando de lo que tiene propiamente la característica de adecuarse a la norma, es decir, lo que tiene ese carácter tan puntilloso y tedioso de respetar siempre lo que nos mandan hacer, de ir siempre allí donde todo el mundo va.

A partir de este primer acercamiento, podemos afirmar que la normalidad es lo que dictan las normas, mientras que la anormalidad es lo que va en contra de esas mismas normas. No obstante, si pensamos en nuestra reciente experiencia durante la pandemia, nos damos cuenta de que esa línea roja que solemos marcar entre normalidad y anormalidad es bastante más sutil de lo que parece.

Podemos preguntarnos, por ejemplo, si nos parecen normales las normas que hemos cumplido durante tantos meses, o si nos parece normal la forma en la que se han hecho respetar esas normas. Veremos, entonces, que nuestra aceptación de la reciente realidad tiene rasgos profundamente anormales, y que esta primera definición de normalidad se nos queda algo corta.

En gran parte de los países del mundo, durante los momentos más convulsos de la reacción ante la propagación del virus, la respuesta de los gobernantes ha sido la proclamación de estados de alarma o de excepción. Desde un punto de vista legal, lo que estos tipos de estado permiten hacer es suspender algunas normas y derechos e imponer otros, de modo repentino y drástico. La normalidad de las normas, así pues, cambia de un día para otro, mientras que nuestra idea de lo que es normal sigue siendo la misma.

El fin principal de este tipo de medida es permitir que el sistema estatal, aunque sobrevengan condiciones excepcionales, siga funcionando y garantizando el cumplimiento de su función fundamental con relativa normalidad, es decir, siga conservándose vivo y siga conservando con vida a su ciudadanía.

En 2020, tras haber dormido durante 369 años, nos hemos despertado con el susurro de una voz, la del filósofo Thomas Hobbes, que nos decía al oído: «El fin del Estado es, particularmente, la seguridad». Las democracias de todo el mundo, de repente, han vuelto a redescubrir cuál era su prioridad, su profunda razón de ser.

En esos momentos se ha manifestado como una revelación un hecho que muchas veces olvidamos: nuestras normas sociales no son tales por ser consideradas normales en la opinión de la mayoría, sino por ser impuestas por parte de quien manda, según criterios que se presumen racionales, con el objetivo de lograr un determinado objetivo que no siempre concuerda con la voluntad de la mayoría. Las normas, entonces, pueden ser totalmente anormales y, al mismo tiempo, perfectamente legales. Sin embargo, esta anormalidad de las normas tiene un coste elevado, y es que el respeto de estas no puede darse, es evidente, con normalidad.

Más o menos

Por esta razón, durante los estados de alarma hemos vivido en muchas ocasiones bajo estados policiales, plagados de multas y sanciones. Hasta hemos considerado que el incumplimiento de esas normas anormales era un acto de desobediencia, punible con la cárcel. Entretanto, los medios de comunicación se han encargado de difundir una retórica ingenuamente astuta acerca de la conciencia y responsabilidad de la ciudadanía. De hecho, durante los primeros meses de la pandemia, a la ciudadanía no se le pidió que se comportara racionalmente y con conciencia, pensando en el interés general, sino que se le ordenó que respetara lo que se le imponía, sin la más mínima posibilidad de expresar su disconformidad.

Muchas naciones en el mundo han actuado como un padre autoritario con un niño rebelde. Sin dar razones, sin a veces ni siquiera entender el porqué del castigo, y castigarlo duramente porque sí, porque, ante la duda…

Claramente, el mecanismo de norma-sanción es un mecanismo automático y común a todo tipo de ley. No obstante, la severidad con la que se pone en acción no depende tanto de la norma en sí como del nivel de vigencia que esta tiene entre la sociedad.

El filósofo Ortega y Gasset nos lo enseña cuando afirma que, en el caso de las normas sociales, menos es más. Es decir, cuanto más inferior es la coacción con la que se hacen respetar las normas, cuanto menos duras son sus sanciones, más fuerte es su vigencia social y su aceptación entre la población. Y, al contrario, más es menos. En otras palabras, si respetamos las normas solo porque de otra forma somos duramente sancionados, ello significa que esas normas son extremadamente efímeras, menos sedimentadas en nuestro ánimo, y que es muy probable que desaparezcan una vez que desaparezca la sanción. Este parece ser el caso de todo lo que está directa o indirectamente relacionado con la realidad establecida por la pandemia.

Entonces, si las normas más eficaces y más eficientes son las que menos nos cuesta respetar, hasta el punto de que las cumplimos sin necesidad de una sanción, ¿es preferible una sociedad con normas rígidamente establecidas y que prevén un duro sistema de sanciones, o una sociedad sin normas tan estrictas e impuestas a través de un severo sistema de multas y represiones?

Probablemente, la reciente crisis, más que ayudarnos a contestar a estas preguntas casi irresolubles, nos invita a replantearnos la manera como nuestras sociedades, que se proclaman democráticas, deberían diseñar y establecer sus normas y vivir acorde a ellas. Esta crisis que estamos a punto de superar nos empuja a cuestionarnos las bases más profundas de nuestra convivencia civil y la manera en la que nos relacionamos con las instituciones públicas.

Diálogo democrático