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La relación falsa entre dos vecinos puede ser la solución a todos sus problemas... Pero también el principio de algo inesperado Sage Byrd ha vivido en el pueblecito costero de Spunes, Oregón, toda su vida. Ha aprendido a amar su pequeño mundo, con los animales inadaptados que recoge en su granja de aficionada y sus amistades con los habitantes del pueblo. Pero cuando su relación termina tras cinco años y su ex (el chico de oro del pueblo) se compromete con otra de un día para otro, Sage siente que necesita una victoria, algo que haga que todo el mundo deje de sentir pena por ella... y que ponga a Ian en su sitio. El Festival de Spunes, la competición que se celebra en el pueblo cada verano, es la oportunidad perfecta para conseguirla. Lo único que necesita es un compañero. Fisher Lange era un chef de renombre en la ciudad de Nueva York hasta que la muerte de su hermana lo dejó descolocado, deprimido y a cargo de su sobrina adolescente, Indy. Cuando pierde su estrella Michelín, junto con su pasión por cocinar, su jefa lo manda a Spunes para que Indy y él desconecten durante el verano, y de paso trabaje como consultor en el restaurante que planea abrir allí. Pero cuando los conflictos con los vecinos amenazan su última oportunidad para redimirse y un beso con su nueva vecina, Sage, hace que se disparen los rumores sobre los dos, tal vez una alianza estratégica sea la mejor forma de darle la vuelta a la tortilla.
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Seitenzahl: 505
Veröffentlichungsjahr: 2026
Este es para mí, que estuve sentada en la oscuridad frente a una pantalla brillante y soñé con esto exactamente. Con elegir siempre la valentía por encima de la perfección.
Vale, y también es un poco para James Acaster en ese episodio de The Great British Bake Off en el que pronunció la frase con la que más se identificaría cualquier espíritu creativo: «Me puse a hacerlo. Tuve una crisis nerviosa. ¡Buen provecho!».
Querido lector:
Aunque la historia que tienes en las manos rebosa amor, ternura y sentido del humor, también contiene temas más sensibles y complejos que equilibran la balanza. Me parece importante que mis libros sean representativos de una cuestión en concreto: el hecho de que, a veces, la vida interrumpe nuestros planes sin tenerlos muy en cuenta. Además, incluso cuando logramos llevar a cabo aquellos que hemos ideado con más mimo, el éxito puede quemarnos, porque lo único que sentimos con cada objetivo cumplido es más presión, y nos olvidamos de saborear lo bueno. Estos temas, que encontraréis en el libro, pueden desencadenar reacciones emocionales:
—Duelo.
—Muerte de un ser querido (solo se menciona).
—Burnout profesional.
—Lesiones corporales (solo se mencionan).
Como siempre, espero haber tocado estos temas con precisión, respeto y cuidado. Espero que el viaje de Fisher y Sage os haga sentir comprendidos también a vosotros.
«Word to the Trees», de whatever mike
«Backward Directions», de Abby Sage
«I Wanna Get Better», de Bleachers
«Call It Dreaming», de Iron & Wine
«Wide Open Spaces», de The Chicks
«Cool About It», de boygenius
«Butterflies», de Kacey Musgraves
«Love You for a Long Time», de Maggie Rogers
«Northern Sky», de Nick Drake
«Judy You Hung the Moon», de HARBOUR
«Eat Your Young», de Hozier
«Girl Like You», de bestfriend
«Wildest Dreams», de Taylor Swift
«Dog Days Are Over», de Florence + The Machine
«Walk», de Griff
«My My My! (Acoustic)», de Troye Sivan
«peace», de Taylor Swift
«Wildflowers», de Tom Petty
«Heart of Gold», de Ilsey Juber (con Bon Iver)
«State of Grace (Acoustic Version, Taylor’s Version)», de Taylor Swift
«Missing You», de Stephen Sanchez, Ashe
«Stupid Cupid (Acoustic Version)», de Jenna Raine
«Boom Clap», de Lennon & Maisy
«I Believe in a Thing Called Love», de Branches
«Lover (First Dance Remix)», de Taylor Swift
«Vienna», de Billy Joel
«The Book of Love», de Magnetic Fields
Sage
—Bueno, no se puede negar que es… inesperado —digo.
Y tampoco se puede negar que es fálico, ni que mide al menos quince metros de alto. La punta abovedada sobresale justo por la parte trasera de la azotea y se recorta con orgullo contra el cielo de principios de verano.
Wren, mi mejor amiga (y mi persona preferida en el mundo entero, excepto por su hijo, que es tan maduro como ella), que está a mi lado, apenas logra contener una carcajada.
—¿Cómo han hecho para levantarla tan rápido? —pregunta, y luego, incapaz de aguantarse más, suelta un resoplido—. Dios mío, los chistes se escriben solos.
—¿No tuviste a Sam a los dieciséis años? Yo diría que sabes perfectamente cómo funcionan —la chincho. Pone los ojos en blanco durante un milisegundo, pero enseguida estallamos de nuevo en carcajadas, mientras nos acurrucamos la una contra la otra hasta que nuestros hombros se chocan.
—Señoritas, veo que ya habéis visto nuestra nueva… elevación —dice Athena Cirillo, con los labios apretados para, también ella, contener una carcajada—. Quitaron los andamios de esa última parte ayer. —Avanza por el camino del parque para observar la construcción, tan boquiabierta como nosotras. Su melena ondulada, blanca como la nieve, ondea al viento.
—Buenos días, Col —le digo al grifón de Bruselas que lleva debajo del brazo. El perrito me mira y parpadea con esos ojos pequeños, redondos y acuosos.
—¿Sabes lo que es? —le pregunta Wren a Athena, señalando el edificio con la cabeza. Siempre se puede contar con que la dueña de la librería esté enterada de todos los chismorreos. En este pueblecito, es nuestra particular diosa del conocimiento.
Athena se vuelve hacia la vieja nave industrial y niega con la cabeza.
—Lo único que sé es que su licencia es de zona comercial o de restauración —contesta.
Wren y yo respondemos con un murmullo pensativo y volvemos a observar con curiosidad las nuevas vistas. El viejo edificio de ladrillo que hay frente al parque litoral lleva cerrado muchos años. Al menos, yo no lo he visto en funcionamiento en mi vida. En algún momento fue absorbido por nuestro municipio, Spunes, en Oregón, donde solo se ha utilizado como una especie de centro comunitario. Más o menos. Delante tiene un patio cubierto que ofrece un poco de sombra para el mercado de productos ecológicos que se celebra dos veces por semana, y el interior se utiliza como almacén para el pueblo, para guardar cosas como las pancartas y las decoraciones de Navidad.
O así era antes, hasta que dejó de serlo. Hace unos meses vaciaron el edificio entero y lo dejaron todo encima del césped, en distintos montones bien ordenados. Y la obra empezó unas pocas semanas después.
—Supongo que será para restauración —añade Athena—. Un espacio comercial funcionaría mejor con otras tiendas alrededor, y este sitio es más bien solitario; creo que lo más probable es que pongan un restaurante. Sea como sea, Martha ha montado en cólera. Y esto no la va a calmar, precisamente… —Señala la estructura mientras mueve el brazo de arriba abajo y suspira, cansada—. Eeeen fin. Me voy a abrir la librería. Que tengáis un buen día, señoritas. No os metáis en líos.
Nos despedimos, y luego nos volvemos de nuevo hacia el edificio para seguir observándolo en silencio.
—Hum —musito. Noto una chispita de emoción al valorar la posibilidad de que abran un restaurante nuevo. Recuerdo mi colección de revistas de comida y le doy vueltas a todos esos platos tan elaborados que me encantaría recrear, aunque lo más probable es que no llegue a hacerlo nunca. Aun así, noto un cosquilleo en los dedos solo de pensar en probar «algo» nuevo. Lo que sea. Y no sé por qué, pero lo único que ahora mismo me viene a la mente es berenjena a la parmesana.
Ladeamos la cabeza a la vez.
—Efectivamente: «hum» —responde Wren.
Yo soy la primera en perder la compostura. Una risa ronca me trepa por la garganta y las dos acabamos desternillándonos otra vez.
—No, pero, en serio —dice Wren cuando nos calmamos un poco mientras se seca una lágrima de la risa—. ¿Cómo narices se las han arreglado para que les aprueben la construcción del palacio del falo? —Señala la erecta estructura—. O’Doyle no lo consentiría jamás.
—¿No consentiría jamás el qué?
Damos un respingo al unísono y nos enderezamos de inmediato. La señora Martha O’Doyle, de Forrajes y Ultramarinos O’Doyle, una tienda que vende de todo, desde pienso para gallinas hasta artículos deportivos, aparece poco a poco en nuestro campo de visión. Agarro a Wren de la muñeca con todas mis fuerzas justo cuando ella levanta la vista.
—Meridian —canturrea la autoproclamada dictadora conservacionista del pueblo a modo de saludo, a la vez que mira a mi amiga con los ojos entornados. Se la tienen jurada desde que O’Doyle presentó una demanda contra las decoraciones navideñas exteriores de la panadería hace dos años, y todo porque la estampa de inspiración élfica no se ajustaba a sus gustos clásicos.
—O’Doyle —la imita Wren.
Se oye la ocarina de un spaghetti western. Intervengo antes de que alguna de las dos mujeres desafíe a la otra a un duelo al mediodía.
—Estábamos hablando de que jamás permitirías que uno de los edificios de Spunes fuese tan… —He de morderme el interior de la mejilla para no reírme—. Monstruoso. —Ahora mismo, lo mejor será que no nos pasemos de la raya, sobre todo porque todos sabemos que tiene este edificio entre ceja y ceja desde que lo compraron. No es ningún secreto que ha intentado parar la obra presentando quejas estúpidas al condado, y todo porque se trata de un enigma en el que ella no ha podido intervenir.
Las profundas arrugas que tiene alrededor de los labios se le marcan todavía más.
—¿A qué narices te refieres? —Pero, entonces, se gira lentamente hacia la nueva erección. Le doy un codazo a Wren: es nuestra oportunidad para escapar. No miramos atrás hasta que hemos puesto una distancia segura de por medio. Le echo un vistazo a O’Doyle y veo que mueve la cabeza arriba y abajo al contemplar el añadido cilíndrico, y abre y cierra la boca, horrorizada.
—Dios mío, está apoplética —digo, a punto de estallar de la risa.
Wren tira de mí de golpe para detenerme.
—Vamos a ver. Ayer le preguntaste a Sam si le había «asaltado la pesadumbre» y ahora me vienes con esas. Voy a tener que pedirte que dejes de canalizar ese espíritu victoriano y que empieces a encarnar la energía de una mujer moderna que aún no ha cumplido los treinta y está en la flor de la vida. Que en este pueblo no quedamos muchas.
—Tú ya tienes treinta y uno, mi buena amiga. —En realidad son treinta y dos, pero ella siempre hace como que se le olvida y yo soy así de comprensiva. Arrugo la nariz como pidiéndole disculpas de broma y ella baja la cabeza y me fulmina con la mirada—. Está bien, lo admito. Se me ha ido un poco la olla al investigar datos curiosos del festival. Pero ya que no quieres hacerlo conmigo, estoy decidida a darle uso a mi recién hallada lengua vernácula. —Me encojo de hombros.
Ella se ríe y niega con la cabeza.
—Dudo mucho que en la sección de trivia se incluya algo sobre el argot de la época.
—¡Qué disparate! ¡No puedes saberlo con certeza! Siempre está centrado en la época de los fundadores e intentan cambiar las preguntas cada año.
Suelta un suspiro y me mira con una expresión comprensiva.
—¿Seguro que ninguno de tus hermanos quiere participar contigo? ¿Se lo has preguntado a los tres?
—No, no quieren, y tampoco quiero participar con ninguno de mis hermanos. Eso me parece todavía más humillante. —Le dedico una mirada socarrona—. ¿Estás segura de que tú no quieres? ¿Segura del todo?
Hace una mueca.
—Soy alérgica a competir. Y mi madre me necesita en la panadería. Y, hablando de mi madre… —Hace un gesto triste y desamparado y se muerde el labio inferior. El pánico empieza a palpitar bajo mis costillas.
—¿Qué pasa? ¿Está bien?
—¿Qué? ¡Ay, Dios! Sage, perdona. Sí, mi madre está perfectamente. No… No es eso. —Me coge del codo para tranquilizarme y yo exhalo despacio, mientras me calmo después de ese arrebato de terror.
Creo que, cuando pierdes a tus padres siendo joven, como nos pasó a mis hermanos y a mí, hay una parte de ti que está siempre… en guardia. Como si lo más conveniente fuese estar siempre preparado para el siguiente golpe.
—Es solo que Ian vino ayer con Cassidy a la panadería —me explica.
Disfrazo mi expresión con una sonrisa de indiferencia y me la dejo puesta sin apartar la vista de ella.
—¿Y qué esperabas? En el pueblo solo hay una panadería, Wren. Sabía que irían a pedírtela a ti. —Me encojo ligeramente de hombros, aunque con cierta rigidez—. Y aunque hubiera una docena. Savvy’s seguiría siendo la mejor.
—Mi madre ya les ha dicho que no se la piensa hacer —contesta.
Suelto un gemido.
—¡Wren! ¡No! No será verdad, ¿no?
—Bueno, no usó esas palabras. Pero sí que se excusó para ir a la trastienda y poder llamar a Cassidy «mosquita muerta» y «zorra traicionera» en privado. Luego, al salir, le preguntó a Ian si se estaba quedando calvo y empezó a mencionar todas las cosas que debería mirarse; lo que le obsesionó de forma evidente. Y luego les dijo que no tenía disponibilidad.
Me río con cierta amargura.
—No te creo. Savannah Meridian es una santa. —No le he oído decir ni un «Maldita sea» en toda mi vida.
—¡Exacto! Y esa es la razón por la que no va a cambiar de opinión —declara alegremente.
—Wren, hace casi un año que rompimos. ¿Cómo te sentirías si te dijera que no voy a volver a hablarle a Ellis?
Hace un puchero e inclina la cabeza a la vez que se atusa los rizos de color caramelo.
—Creo que la cosa cambia un poco si tenemos en cuenta que Ellis es tu hermano. —Se pone seria—. Y no me dejó después de más de cinco años sin apenas darme explicación alguna solo para empezar a salir con una de mis amigas justo después. Ni tampoco le propuso matrimonio a la supuesta amiga en menos de un año. —Aparta la vista y añade—: Tanto Ellis como yo somos culpables de que nuestro matrimonio fracasara.
Suelto un resoplido. Estoy tentada de decirle que, en ese caso, tanto Ellis como ella podrían tratar de repararlo, pero me contengo y vuelvo al tema de conversación que nos ocupa: el fracaso de mi vida amorosa.
—Y tú eres mi amiga más querida. —Hago una mueca—. La única, si lo pienso bien, lo que me acabaría convirtiendo en «la otra» en esa hipotética historia, así que creo que la analogía estaba condenada al fracaso desde el principio. —Cojo un envoltorio de helado que hay en el suelo y lo tiro en la papelera—. Estoy bien, Wren, de verdad. Lo último que quiero es que Sav y tú perdáis clientes por mi culpa, cuando yo estoy perfectamente. —Me aseguro de mirarla a los ojos antes de continuar—. Tú deberías saber mejor que nadie que toda historia tiene siempre dos versiones. Y este pueblo es demasiado pequeño para que todo el mundo dé la mía por buena… Sobre todo porque Ian no se va a ir a ningún sitio. Su padre es el alcalde, por Dios.
Nos sentamos en nuestro banco preferido, en una punta del parque, el mismo en el que siempre quedábamos desde que Sam era un bebé. Yo solo tenía doce años cuando nació, pero a veces lo cuidaba para echarles una mano. Lo llevaba de paseo en su carrito el fin de semana, o después de clase, cuando a Wren le tocaba trabajar en Savvy’s. Les cobraba cero dólares por hora, así que era la única niñera que Ellis y Wren se podían permitir en aquel entonces. Y, pese a que nos separaban cuatro años y a que estábamos en momentos vitales radicalmente distintos, nos hicimos las mejores amigas y construimos esa clase de amistad que ni siquiera un divorcio puede arruinar.
Además, entonces, todo el que tuvo la posibilidad de ayudarlos, lo hizo. Y así fue como aprendí que, si la unión hace la fuerza, el pueblo de Spunes siempre encontrará la forma de ir a una.
Nos quedamos un rato sentadas en un cómodo silencio, mientras observamos juntas las olas, en la distancia, y las gaviotas que graznan al surcar los aires. Me cojo el pelo con la mano y retuerzo los mechones para recogerlos en un moño. Me gusta que el sol me caliente la piel, aunque casi siento cómo me salen todavía más pecas. Unos mechones de pelo se me escapan de entre los dedos, y, antes de que pueda apartarlos, me azotan la cara. Cierro los ojos y suelto un murmullo de felicidad.
El inicio del verano en el noroeste del Pacífico es mi momento favorito del año, sobre todo aquí, en este viejo pueblo sobre los acantilados, donde el aire es fresco y salobre. La mayoría de los días, el sol acaba por disipar las nubes antes de que llegue la tarde, pero la brisa marina suele ser lo bastante fresca como para que no terminemos muy pegajosos. Cuando abro los ojos, sigo con la mirada la valla de troncos gruesos que rodea el parque y continúa por los senderos que llegan hasta donde alcanza la vista, antes de curvarse y adentrarse en la arboleda de secuoyas que separa la calle Mayor de las casas de los acantilados.
Y me quedo mirando a Wren, incrédula, al darme cuenta de que me observa otra vez con cara de pena.
—¿Qué pasa? —le digo riéndome.
Ella estudia mi rostro.
—Es que no me parece justo —protesta.
«Ah». Así que seguimos ancladas en el tema de mi ex.
Suspiro con una sonrisa y alzo la barbilla.
—A mí me gusta pensar que sí lo es. De todos modos, estar con él fue conformarme —admito. Veo que esboza una sonrisa de orgullo por el rabillo del ojo—. Así que hacedle el maldito pastel, Wren. Si los Carver están implicados, os dará buena publicidad.
—Ya veremos —contesta obstinada—. De todos modos, como se acerca el festival, las ventas no nos preocupan mucho. —Me dedica una sonrisa tensa y echa un vistazo a su móvil—. Debo abrir la panadería. ¿Te vienes? Tengo un pedazo de pastel de coco y chocolate blanco preparado para ti.
—No puedo. Tengo que ir a la tienda de O’Doyle a por más pienso y luego a preparar la casa de los Andersen. Los inquilinos nuevos llegan hoy.
Wren pone los ojos en blanco.
—Que los Andersen contraten a una agencia inmobiliaria, como hacen los demás propietarios de alojamientos vacacionales.
—Solo pasan medio año fuera, y las agencias quieren contratos para un año entero —le explico—. Además, su casa solo está a un campo de fútbol de distancia de la mía.
Literalmente. Durante el verano de mis trece años medí el prado que separa nuestras casas y lo comprobé. Fue un año muy poco emocionante.
—Otra cosa que no me gusta —replica Wren a la vez que me señala con el dedo—. ¿Y si el tipo que ha alquilado la casa todo el verano es un bicho raro? En las afueras del pueblo estáis solo vosotros dos. Y ¿por qué la ha alquilado el verano entero? El festival no es hasta agosto. No tiene ningún sentido. Los turistas vienen en agosto.
En los condados vecinos hay otros pueblos que ofrecen atractivos turísticos válidos para varias estaciones del año. En la bahía de Yoos las playas son un poco más cálidas, y si te vas hacia el interior encuentras propiedades mucho más grandes y encantadoras, rodeadas de granjas de árboles de Navidad y viñedos. Y el pueblo de al lado, Gandon, es muchísimo más pintoresco y agradable para pasear.
Casi todo Spunes está construido sobre una cuesta muy empinada que solo se suaviza un poco al llegar a los acantilados que se erigen sobre el agua, lo que significa que hasta el paseo más relajado acaba siendo bastante parecido a hacer senderismo. El puerto principal es demasiado pequeño para los barcos pesqueros de gran escala, pero lo bastante grande para estar lleno de barcos pequeños. La celebración del Cuatro de Julio del condado vecino es demasiado grande como para competir con ella, y en el mes de junio todavía contamos con ese tiempo plomizo y nuboso tan típico de Oregón. Lo único que nos queda es agosto: un mes en el que este lugarcito construido sobre una base de fracasos se convierte, contra todo pronóstico, en el sitio más seco de la zona, y es cuando la mayoría de nuestros negocios sacan los beneficios que les mantienen todo el año.
—Como hemos discutido ad nauseam, amiga mía, no tengo ni la menor idea —le digo a Wren—. Pero a mí no me importa limpiar la casa un par de veces al mes ni echarle un vistazo en verano mientras estoy de vacaciones. —Me levanto del banco y le doy un abrazo para acallar sus protestas—. Va, no llegues tarde.
—Sí, sí. Nos vemos mañana. —Se despide con un gesto de la mano.
Le lanzo un beso antes de irme en la dirección opuesta. Paso por delante de las tiendas que conozco como la palma de mi mano y saludo a las personas que me encuentro, a las que conozco todavía mejor. En la calle Mayor cuelga una pancarta que anuncia:
El festival de Spunes celebra su 150 aniversario
No hay superficie que no esté llena de panfletos y carteles con fotos de los pasados veranos: fotos del Mirador de los Fundadores lleno de canoas, del parque a rebosar de puestos y de visitantes apretujados. En la tienda de O’Doyle hay una pared entera dedicada a los laberintos que pequeños grupos de gente vienen a dibujar en la playa cada año. Con un rastrillo, trazan senderos sobre la arena de formas curvas e intrincadas en los que la gente da largos paseos meditativos. La mayoría de las fotos son del festival mismo, con las carreras de canoas, la feria, los concursos de cocina… Y cómo olvidar la parte de la pared dedicada a los ganadores de cada año, que veo nada más entrar. Son las fotos más grandes y están enmarcadas, así que es imposible no fijarse en ellas.
Al poner un saco de pienso sobre el mostrador, Ian y Cassidy me sonríen triunfalmente desde la foto de los campeones del año pasado. A su lado hay imágenes de dos años seguidos de él con mi hermano mediano, Silas, de cuando todavía eran inseparables. Luego hay un retrato con su padre, el alcalde, Ian Carver sénior, de seis años antes de aquello. Ian lleva ganando este festival desde los dieciocho años. Este año será su décima victoria consecutiva.
Me beso las puntas de los dedos y, como hago siempre, acaricio una foto de hace décadas de mi padre y de mi madre, del año que ganaron.
Después de meterme el cambio en el bolsillo y despedirme, dejo caer el saco de pienso en la camioneta y luego me dejo caer yo, dispuesta a volver a casa mientras mi mente da vueltas y vueltas, como desde hace meses.
Por mucho que en su momento me pillara desprevenida, no tengo celos de Cassidy por estar con Ian. Si lo quiere, es todo suyo. Mejor ella que yo.
Lo que sí que me crispa los nervios es que, a pesar de que sigo diciendo eso de «mejor ella que yo», también pienso que ella es mejor que yo. Es médica, de una familia de médicos y abogados y generaciones y generaciones de personas que o bien se van de Spunes para hacer todo tipo de cosas grandes e importantes o lo hacen para ir a recoger sus títulos y vuelven por obligación o por una especie de concesión. En plan: «Bueno, es que tenía que estar cerca de mi madre de todos modos, ¡y los colegios de tal y cual condado (siempre uno de los vecinos) son excelentes!». Como si le hicieran un favor a alguien por… quedarse.
No es el caso de mi familia. Y, sobre todo, no es el mío.
Así que, en realidad, no son Ian y Cassidy los que me molestan. Ya no siento esos celos que se te clavan en las entrañas. Lo que me pasa es que este pueblo es tan mío como de Ian. Me uní al comité que empezó a preparar el festival de este verano hace dos años. ¡Dos! Durante los años anteriores, he enviado artículos a los principales periódicos de la zona para dar a conocer los eventos. Me he dedicado a hacerle publicidad al festival y he creado las redes sociales para dichos actos. He enseñado a otra gente a utilizar esas cuentas para sus negocios, gente que, por otra parte, era extraordinariamente reacia a recurrir a las nuevas tecnologías antes de que yo les echara una mano. He sido yo quien ha conseguido que se haya convertido en una atracción turística mucho más popular en la última década.
¡Maldita sea!, ¡si hasta les he dado puntos extra a mis estudiantes de primero antes de final de curso si se apuntaban como voluntarios! Aunque he apostado por su honor y les he dado los puntos por adelantado, así que a saber si alguno cumple o no con su palabra.
Creo que lo que me gustaría lograr es una pequeña victoria. Aunque no consiga ganarle a Ian, solo quiero que me tengan en cuenta. Quiero ser alguien que valga la pena considerar.
Además, creo que empiezo a hartarme de que la gente vaya con pies de plomo a mi alrededor. Ya me cansaba cuando estaba con Ian. Estaba harta de sentir que yo era la chica más afortunada del mundo y que todos lo sabían. Como si fuese maravilloso que el mismísimo Ian Carver se dignara a estar conmigo, la trágica y patética huerfanita del pueblo. La chica sencilla y del montón que tras madurar se convirtió en una mujer feliz y cómoda en su propia piel. Qué suerte la mía.
Francamente, me hace sentir como una pringada, y estoy hasta las narices. Hasta las narices de que me miren con pena, y eso si es que me miran. Quiero…, quiero saber qué se siente cuando se gana, y no creo que sea pedir demasiado.
Nunca he tenido grandes aspiraciones en esta vida. Sueños, sí, pero todos se han reducido a cosas muy sencillas. Por lo que a mí respecta, se han hecho realidad. Yo quiero ser feliz. Y, en el fondo, lo soy. Me gusta enseñar y trabajar con niños. Tengo la suerte de tener clases pequeñas y también ayuda el hecho de que he conocido a todos mis alumnos desde siempre, y también a la mayoría de los miembros de sus familias. No tengo hipoteca porque la casa la pagó el seguro de vida de nuestros padres y compré a mis hermanos su parte al cumplir los dieciocho. Aunque el premio de diez mil dólares no me vendría nada mal, mis facturas no están fuera de mi alcance y puedo disfrutar de vacaciones en verano. Amo a mis animales y adoro mi jardín. Me encanta mi casa, mi pueblo y mi gente.
Y sí. Quisiera encontrar a alguien adecuado para mí, pero me niego a que no tener un compañero me impida disfrutar de la vida. Simplemente, sería bonito compartirla con quien me aprecie y me quiera como soy.
Entro con la camioneta por el camino de gravilla y, al llegar, sonrío al ver mi casa. Tiene dos plantas, aunque es bastante pequeña, con un humilde porche en la parte delantera y mi queridísima galería, que recorre toda la parte trasera. El año pasado gané lo suficiente en el mercado de productos ecológicos para pintarla toda de blanco, lo que la hace destacar sobre los árboles que se ven en la distancia.
Pero se me borra la sonrisa cuando veo a mi lobera irlandesa cruzar el prado desde la casa de los Andersen y saltar sin esfuerzo la valla que separa mi terreno del de ellos.
—¡Sable! —la regaño, tratando de transmitir con esas dos sílabas toda la contrariedad posible. Al oírme, se detiene y se vuelve hacia mí, mientras menea las orejas caídas. Y entonces agacha la cabeza y corretea por el prado, tratando de llegar al porche—. ¡Sable, te estoy viendo! —le advierto, pero no sirve de nada.
Nina Andersen ya le tiene bastante miedo. Si se entera de que sabe saltar la valla, va a querer rehacerla.
Para cuando he aparcado y he descargado el pienso de la camioneta, la chucha del tamaño de un poni ya está despatarrada en el porche delantero, con la cabeza apoyada en el primer escalón. La viva imagen de la inocencia.
La miro con una ceja enarcada y suspiro, cansada. Ella resopla a modo de respuesta.
—Sí, claro. Encima vas a ser tú la que esté harta de mí. —Pero me río. No puedo evitarlo.
El resto del día pasa en un abrir y cerrar de ojos. Meto la llave de los Andersen en su caja de seguridad en cuanto compruebo que todo está tal y como me pidieron. Y, a pesar de lo nerviosa que está Wren, resulta que a mí me parece agradable tener vecinos durante todo el verano en lugar de que la casa esté vacía tanto en junio como en julio. Y tampoco tendré que explicar cosas de mí ni de mis animales un montón de veces a los recién llegados. No tendré encuentros incómodos en el establo que está en el borde de nuestras propiedades.
Me pongo la parte de arriba del bikini y unos vaqueros cortos para disfrutar de la luz del sol, aunque me echo una bata sobre los hombros para ser un poco cuidadosa con la piel. Recojo los huevos que han puesto las gallinas y le doy grano y le acaricio el morro a Bud, mi caballo Clydesdale. Mientras Sable aterroriza a los gansos sin darse cuenta, yo subo el volumen de los auriculares al máximo y me dedico a cuidar el jardín y al resto de mis tareas. Ocupo mi cuerpo y mi mente hasta que ya no queda espacio para nada que no sean las pequeñas alegrías del momento presente, acompañada en todo momento por mi gigantesca perra, que brinca a mi lado, y de la cascarrabias de mi gata de tres patas, que aparece atravesando el prado. Sinpatica le da un golpecito a Sable en el morro, por si acaso, y luego se adueña de un hueco en el porche, bajo los rayos del sol.
No necesito nada más para sentir que estoy en mi lugar feliz. Mi lugar en el mundo.
La vida es bella, y, aunque esté sola, entre la gente que quiero y las mascotas que no hago más que adoptar, rara vez me pesa la soledad.
Después de cenar, me pinto las uñas en la galería para relajarme. Cuando por fin la oscuridad cubre nuestra pequeña colina, siento un cansancio de lo más agradable, y me acuesto satisfecha.
Si me entero de que los inquilinos han llegado es solo porque Sable empieza a gimotear en mitad de la noche. Justo antes de oír el ruido ensordecedor de unas sirenas y ver las luces de un coche de policía y uno de bomberos que pasan a toda velocidad junto a mi casa y dejan una nube de polvo a su paso.
Fisher
¿Alguna vez has estado inmerso en algo tan bueno que has querido detener el tiempo? Una película o un libro, por ejemplo, o incluso unas vacaciones tan increíbles que no querías que terminasen jamás. Y te entraban ganas de apretar el botón de «pausa» y posponer lo inevitable.
Un ingenuo le dijo una vez a un entrevistador que esa era la sensación que pretendía capturar con sus platos. Quería que cada una de sus creaciones fuera tan absolutamente extraordinaria que la gente tuviera que dejar de comer. Quería regalar éxtasis culinario. Que los comensales ansiaran más comida incluso antes de habérsela terminado.
Y resulta que…
Y resulta que ese ingenuo soy yo, lo que me parece bastante irónico, si tenemos en cuenta que ahora mismo no veo la hora de que termine este viaje por carretera.
—Puede que bajar de nivel sea bueno para ti —comenta mi sobrina, Indy, desde el asiento trasero—. Quizá la comida grasienta te sirva para expandir tus horizontes.
Aunque el comentario no desprende mucho desdén adolescente, me lo tomo como la trampa que es. Sabe que hasta hace tres meses era el chef de un restaurante con tres estrellas Michelin, tanto como sabe que no me han encomendado esta tarea para «expandir» mis habilidades. Es muy consciente de que esto ha sido una cura de humildad de las que hacen historia. Pero también es probable que se esté poniendo más nerviosa cuanto más nos acercamos al que va a ser nuestro hogar este verano.
—¿Qué concepto vas a ofrecer en el nuevo restaurante? —pregunta—. ¿Potajes con guarnición de ignorancia?
¡Santo Dios! Llevamos casi siete agotadores días de camino. Pensaba que a los dos nos vendría mejor viajar en coche que en avión, no solo porque así podría traerme todos mis utensilios conmigo, sino porque tendríamos tiempo para reconectar. La terapeuta a la que frecuentamos desde hace un mes me recomendó que le dejase llevar la voz cantante a ella durante un tiempo, que le siguiera el rollo, que permitiera que se abriera conmigo… El problema es que ella sigue anclada al mismo punto, así que no he podido lograrlo. Se puso los auriculares en Nueva York y, salvo para cargarlos, para tirarme alguna pulla o para comunicarme en momentos sospechosamente inoportunos que teníamos que parar para que fuese al baño, no se los ha quitado en todo el viaje. He tratado de darle conversación incontables veces, y lo único que he obtenido como respuesta han sido unas pocas sílabas. Y al cabo de un tiempo… he tirado la toalla, sin más.
Me he pasado el resto del viaje en una especie de ensimismamiento autoinducido. Me han entrado ganas de dejar que se me nublara la vista, de descentrarme de lo que ocurría y emborronar los detalles que me rodeaban, mientras me movía de forma mecánica. Es un truco que desarrollé cuando me echaban la bronca en mis primeros días en cocinas de primer nivel. Así te enterabas de lo más esencial, porque te lo decían a grito pelado, pero te ahorrabas el dolor emocional. Intentaba «llegar» mientras evitaba la ansiedad en el presente.
Ahora que salta a la vista que estamos muy cerca, su ira está a punto de desbordarse. Sin embargo, por mucho que no quiera desalentarla, ahora que por fin está dispuesta a hablar conmigo, no me parece que darle la razón vaya a ser muy productivo.
—Creo que ambos deberíamos tratar de recordar que viajamos por el país y no hacia atrás en el tiempo —le contesto—. No estaría mal que fuésemos un poco optimistas. —No me lo creo ni yo, y se nota. Ella resopla y me fulmina con la mirada a través del retrovisor, así que insisto—: Quizá Spunes no sea tan malo ni tan pequeño como pensamos. Archer me dijo que en los noventa hubo un deportista olímpico de aquí. Subió al podio y todo. —Como dato curioso puede parecer un poco aburrido, pero últimamente me da la sensación de que a Indy le interesa la capacidad de generar excelencia que pueda tener un lugar.
—¿Por qué? —pregunta—. O sea, ¿en qué deporte ganó la medalla?
—En carreras de larga distancia, creo.
Ella suelta una carcajada de satisfacción.
—Ves la ironía, ¿no? Hasta sus propios habitantes quieren salir corriendo lo más lejos posible. —Y tras esa frase, Indy se vuelve a poner los auriculares y se acomoda junto a la ventanilla.
Ahora sí que la veo, sí. En fin… supongo que he metido la pata. Suspiro y miro las indicaciones en el móvil. Aún nos faltan más de ocho horas para llegar a Spunes, lo que significa que eso ocurrirá después de la medianoche. En otras circunstancias, buscaría un hotel para pernoctar, pero creo que ha quedado claro que los dos estamos agotados y, de todos modos, hoy ya está a nuestra disposición la casa que nos ha alquilado mi jefa.
Vuelvo a salir a la autopista y, por defecto, mi mente vaga por los últimos años, en una búsqueda constante del momento en el que todo empezó a torcerse. Reconstruyo los aciertos y desaciertos que desembocaron en lo que sucedió hace tres meses, cuando, tras una década y media de ajetreo entre los fogones, perdí mi trabajo.
A veces pienso que todo empezó con aquella mala reseña de cinco años atrás, tras la que decidí no volver a casa por Navidad porque me había llegado el rumor de que cierto bloguero gastronómico tenía intención de ir a Tuétano, y todo para que acabase escribiendo que mis carrilleras de ternera «estaban poco inspiradas».
Quizá algo se rompió mientras estuve de baja por mononucleosis hace dos años y volví a una cocina que funcionaba claramente mejor sin mí.
Tal vez soportar ese nivel de intensidad durante tanto tiempo, en el que cada instante es crucial y cada detalle es primordial, era sencillamente insostenible.
Fuera lo que fuese, sigo arrastrándome por todos esos recuerdos, porque creo que ahora lo que me toca es reflexionar. Intento volver a sentir algo, ya sea anhelo por retomar mi carrera o ira porque haya llegado a su fin…, aunque siempre acabo con las manos vacías. Siento las trazas de la vergüenza, la ligera amargura de la humillación, pero no encuentro gran cosa sobre la que construir.
Lo único que sé con certeza es que casi todo eso dejó de importarme después del accidente de tráfico de mi hermana, hace tres años.
Un accidente. Una palabra que suena de lo más inofensiva, si se tiene en cuenta que describe un suceso que borró la existencia de una persona y cambió la trayectoria de las vidas de todos sus seres queridos. Durante un recado cualquiera en un día cualquiera, o un insignificante momento de descuido, o una distracción o… No sé qué fue. Ojalá lo supiera. Tampoco sé por qué me gustaría saberlo. No cambiaría nada. Nada que importe, al menos. No haría que el guardarraíl hubiese estado más cerca ni evitaría que Freya hubiera caído por aquel terraplén. No me la devolvería, ni cambiaría el hecho de que, después de escaparse de casa de mis padres hace dos meses, mi sobrina huérfana y adolescente esté ahora mismo sentada en el asiento trasero de mi coche, enfadada con el mundo, con razón, y enfadada conmigo, también con razón.
Trato de mantener mis pensamientos a raya al contemplar los colores verdes y dorados del paisaje que me rodea y al meditar sobre el restaurante. Mi nueva misión.
¿No dice la gente que las cosas importantes siempre llegan de tres en tres? ¿O se refieren solo a las desgracias? Sea como fuere, me encaja. Hace tres meses, me despidieron. Hace dos meses, Indy apareció en la puerta de mi casa y, hace un mes, cuando volvía de mi paseo de autocompasión diario por Central Park, me encontré a tres personas en mi salón…
La primera en la que me fijé fue en mi antigua jefa, que me miraba con una amabilidad que me sacaba de quicio. Carlie Visconti es la aterradora y dura matriarca de una familia medio francesa-medio italiana, de profesionales del sector de la restauración, muchos de los cuales están considerados miembros de la realeza culinaria… y, en ese momento, me miraba casi sin disimular su preocupación, aunque su restaurante hubiera perdido una de sus estrellas por mi culpa.
A su lado estaba mi antiguo sous-chef, Archer, al que acababan de ascender a chef.
—Hola, chef —me saludó, asintiendo una única vez.
Y enfrente de los dos se hallaba Indy arrellanada en una silla, con el ceño fruncido y cara de aburrimiento.
—No he venido a hablar de la reseña ni de la estrella ni de nada de eso —anunció Carlie.
—¿Entonces para qué…?
—Parece mentira que dejaras que ese cabrón te hiciera perder los nervios, Fisher —añadió, con los rasgos y la voz teñidos de frustración. Era lo mismo que me había dicho mil veces. Lo que yo me había repetido otras tantas veces—. Roth es un capullo miserable al que se le da genial escribir esas reseñas negativas y dramáticas de mierda, y lo hace porque es lo que vende. Aunque, entre tanta queja, se las arregló para reconocer que tienes talento.
—Pensaba que no habías venido a hablar de eso —contesté de forma inexpresiva.
—Y no lo estoy haciendo —replicó.
Señalé a mi alrededor.
—Entonces, ¿qué hacemos aquí, Carl?
—Estamos aquí porque me ha llamado tu madre.
—¡Santo Dios! —Solté un gemido y una carcajada amarga al tiempo que tiraba las llaves sobre la encimera—. Tengo treinta y un años, Carlie. ¿Qué hace mi madre llamando a mi jefa? —Archer se miró el zapato, que de repente le parecía muy interesante.
—Me gusta más pensar que soy tu socia, y no tu jefa. Colaborábamos de una forma más cercana que eso, ¿no crees? —contestó un poco dolida.
Yo tragué saliva y también clavé la mirada en mis pies. No podía —y sigo sin poder— arrepentirme del arrebato que provocó mi despido, aunque las consecuencias que tuvo bien merecerían mi arrepentimiento. Fue Richard Roth quien se me acercó mientras yo cenaba tranquilamente, quien pensó que podría bromear conmigo acerca de cómo había denigrado tanto mi carrera como el duro trabajo de mi personal. Se había ganado a pulso ese tartazo en la cara.
Y supongo que yo también me merecía que me despidieran por ello.
—Es evidente que tu madre no tenía ni idea de que ya no trabajas en el restaurante, Fisher —continuó—. Vas a tener que poner las cartas sobre la mesa en algún momento.
—Carlie… —empecé a decir. Me estremecí al notar el dolor que me embargaba la voz. Odio haberla decepcionado a ella también.
El trabajo se había convertido para mí en una especie de familia, hasta que el «incidente» la dejó sin mucho margen de maniobra. Porque tampoco es que ella quisiera despedirme. Cuando mis padres e Indy venían de visita durante las vacaciones y los festivos, unirse a la celebración de la familia de Carlie era siempre la opción perfecta para que todo fuese más llevadero. Mamá y ella forjaron cierta amistad, y me gustaba pensar que eran amigas. En ese momento, en cambio, tuve sentimientos encontrados.
—Como parece que estás en fase de negación —continuó Carlie—, porque ni siquiera hablas con las personas a las que les importas, te lo voy a decir bien claro: no estás bien. Y es evidente que Indy tampoco.
Indy se incorporó indignada.
—¿Por qué me metéis a mí en esto?
Miré a Carlie mientras negaba con la cabeza.
—Mejor dejemos a Indy fuera de este asunto —le pedí. Tal vez a mí no me importara la recapitulación constante de mi propio declive, pero no creía que en ese momento fuese productivo hacerle a ella lo mismo. Ya se había escapado de casa de mis padres por tercera vez en tres años, así que no quería presionarla demasiado y arriesgarme a darle razones para hacerlo de nuevo. Carlie apretó los labios y se peinó con los dedos el mechón canoso, a la vez que pensaba cómo abordar el tema de otro modo.
—Deja que te haga una pregunta —dijo tras unos segundos de silencio—. ¿Quieres recuperarlo?
Estuve a punto de responder con un comentario sarcástico. «¿Recuperar qué, exactamente? ¿Mi dignidad, mi trabajo, la estrella que perdí, mi vida tal y como la conocía…?». Pero me contuve, porque sabía que se refería… a todo.
—Pues claro que quiero —contesté con voz ronca. Crucé el salón pesadamente hasta la única silla que quedaba vacía y me dejé caer sobre ella.
Carlie exhaló un largo suspiro y miró a Archer antes de lanzar su propuesta. Me recordó, en primer lugar, una de las inversiones en las que llevaba metida casi un año: un restaurante en la costa de Oregón. Me sentí un poco avergonzado al darme cuenta de que, a pesar de que ella se había pasado una década apoyándome incansablemente tanto en mi trabajo como en mi vida personal, yo había estado tan ensimismado en mis propios asuntos que no le había prestado mucha atención a los suyos, salvo cuando se entrelazaban con los míos.
Me contó que habían sufrido retrasos en casi cada paso que habían dado, que en el pueblo le ponían problemas y que necesitaba un representante allí para poder llevarlo a cabo. Me dijo que había mandado a Frankie, un jefe de obra con el que habíamos trabajado en varios proyectos en Nueva York, el mismo que había supervisado la obra de Tuétano, y que su objetivo era acabar la que estaba en marcha.
—Y ¿yo qué pinto en esto? —pregunté intrigado—. ¿Y Archer?
Este se aclaró la garganta.
—Yo quiero el trabajo —me dijo—. Quiero ser el chef de ese restaurante cuando esté terminado. Spunes no está muy lejos de mi casa.
Nunca dejará de fascinarme que la gente siga llamando «casa» al sitio donde se crio.
—Pero de momento lo necesito aquí —intervino Carlie—. Si no, me quedo sin chef. A ti no puedo readmitirte todavía; no hasta que se calmen las cosas.
Disimulé una mueca y esperé a que terminase su explicación.
—Ayúdame con el Entre Estrellas —me pidió—. Crea una carta, como la que hiciste cuando empezamos con Tuétano. Entérate de lo que se necesita en esa zona, de lo que la gente quiere, y de qué funcionará para esa experiencia inmersiva. Haz todas esas cosas artísticas y atmosféricas que se te dan tan bien. —Se inclinó hacia delante y me miró con severidad—. Demuéstrame que tienes la cabeza en su sitio y te dejaré volver a Tuétano, cuando hayas terminado. Me da igual que me pongan de vuelta y media. Trabajaremos juntos y recuperaremos esa estrella, y hasta ganaremos otra más si quieres.
Fue como echarle gasolina al fuego: aquellas palabras encendieron una chispa que me devolvió la vida. Una llamita que, aunque centelleaba con debilidad, ahí estaba. La idea de un regreso triunfal sí era algo que podía marcarme como objetivo, aunque lo único que me motivase fuese el orgullo o la vanidad.
Indy, que estaba en la silla de mi derecha, resopló y levantó la vista de su móvil.
—¿Me estás diciendo que he conseguido largarme de un pueblo de mierda y tú me vas a llevar a otro? —protestó—. En fin. —Se levantó, se fue a la habitación de invitados y cerró de un portazo.
—Lo estoy intentando, Carl —le aseguré al ver su mirada de preocupación. Aunque también me sentía como si respirara a través de una pajita al tiempo que corría cuesta arriba todo el rato—. No sé por qué quiere estar aquí ni por qué narices quiere vivir conmigo, pero parece que eso es lo que desea, así que… lo estoy intentando. —Me encogí de hombros.
—Pues a mí me parece obvio —opinó Archer, ganándose una mirada penetrante de Carlie y otra mía—. Veamos, chef: eres una leyenda, y lo sabes. Y ella ha visto cómo te has abierto paso aquí, ¿no? Seguro que eres su héroe, de un modo u otro.
Eso me parece ridículo, y creo que Indy estaría de acuerdo conmigo. Quizá era cierto cuando éramos las antiguas versiones de nosotros mismos, pero ya no lo es.
Entiendo por qué quería alejarse de su casa, al menos, y la única conclusión que puedo sacar es que estaba lo bastante desesperada por largarse como para venir hasta aquí. Imagino que, sin Freya, ese «pueblo de mierda» de Nebraska perdió el poco atractivo que tenía.
—Y ¿no te importa no tener nada que ver con la nueva carta? —le pregunté a Archer. Creo que con él tengo una relación tan cercana como con cualquiera, lo que no es decir demasiado. Pero el tipo es un gran chef y se merece su propia cocina.
—Lo único que quiero es cocinar. Ya me conoces —contestó como si nada—. Una vez esté allí, tendré libertad para hacer lo que quiera, pero confío en que al menos me dejes las cosas bien montadas —añadió con una sonrisa chulesca. «Bien», pensé yo. Si quieres dirigir un restaurante con éxito necesitas tener ego.
Carlie se puso en pie y se colgó el bolso del hombro.
—Piénsatelo si quieres, pero estoy segura de que te vendría bien, Fisher. Al menos, podrías desconectar y recargar energías. Sería maravilloso, tanto para ti como para Indy.
Recargar energías.
Pensar en volver a pisar una cocina aún me provoca una angustia palpable, y también rechazo hacia mí mismo. Estoy harto de esta cosa que no consigo nombrar ni sacudirme de encima. Pero creo que es primordial que me centre, sobre todo ahora que la felicidad de otra persona puede verse afectada por la mía. Sin embargo, como nada de lo que había hecho parecía funcionar, supe que tenía que aceptarlo.
—Tendré que volver cuando termine el verano —les recordé a mis invitados, que ya se dirigían a la puerta—. Porque Indy empieza el instituto en otoño.
Más tarde, me aseguré de darle las gracias a Carlie por su inquebrantable fe en mí y por querer darme otra oportunidad. Acepté una recomendación suya de una terapeuta con la que Indy y yo empezamos a tener sesiones semanales por videollamada y, en general, he hecho todo lo posible por mantenernos a flote desde entonces.
Los minutos y los kilómetros se van alargando, al compás de los suaves sonidos de la camioneta y, al final, también de los suaves ronquidos de Indy.
Cuando los faros alumbran por fin el cartel de bienvenida del pueblo, es exactamente medianoche. Se lee:
Spunes, Oregón(Que no se confunda con Forks, Washington)
Me alegro de que Indy no esté despierta para verlo.
Cuando llegamos a la casa de alquiler, la luna brilla en mitad de un cielo neblinoso entre azul y negro, pero estoy demasiado agotado como para descargar nada que no sea mi propio cuerpo o para fijarme en los detalles. Soñoliento, introduzco el código de la caja de seguridad para entrar. Indy y yo subimos pesadamente las escaleras y nos metemos en los primeros dormitorios que encontramos. Ella cierra de un portazo y yo me quito los zapatos a patadas y me derrumbo en la cama.
Fisher
—¡Fisher!
Me pongo a dar manotazos al lado de mi oreja, mientras trato de librarme de esa voz que me sisea en el oído, e intento acurrucarme en la cama.
—¡Fisher, despierta! ¡Por favor!
A la vez que recupero poco a poco la conciencia, empiezo a distinguir el rostro de mi sobrina en la habitación casi a oscuras.
—¿Qué pasa? —El brillo de un monitor que hay en la esquina arroja un resplandor azul sobre ella. Intento espabilarme un poco y entender lo que ocurre—. ¿Qué, Indy?
—Hay algo en la casa —susurra. Está aterrorizada; le tiembla la voz. Oigo un golpe sordo y otro metálico en la planta de abajo, seguidos de un gruñido grave y áspero—. ¡¿Crees que puede ser un oso?! —pregunta, y su pánico catapulta el mío al instante, porque ¿cómo narices voy yo a saberlo? Aunque esta casa está en la parte más campestre de un pueblo que tiene un tamaño minúsculo, de todos modos no contaba con que hubiera tantos putos osos como para que se nos colaran dentro de la vivienda. De donde yo vengo, los únicos depredadores de verdad son las personas.
«Mierda», pienso. Todavía no conozco la casa, y mucho menos la fauna salvaje de la zona. Ni siquiera me he molestado en cambiarme antes de quedarme dormido como un tronco.
Más ruido. Una especie de siseo amortiguado.
El corazón se me acelera hasta galopar y oigo el zumbido de la sangre en los oídos, pero salgo de la cama y miro a mi alrededor, buscando algo que se asemeje a un arma. Indy me clava las uñas en el brazo.
—¡Diosmíodiosmíodiosmío! ¡¿Eso era una voz?! —gime con voz aguda.
«Joder, ¡no lo sé!», quiero chillarle. «¡Pues igual sí!». De repente, ni siquiera me oigo pensar por encima del rugido de mi propia adrenalina, y, encima, mi mente todavía intenta entender lo que pasa. Todas esas sustancias químicas se mezclan hasta alcanzar un punto álgido. Hay algo o alguien aquí dentro. Indy está muerta de miedo. Sabe —sabemos, por experiencia— que pueden pasar (y que pasan) cosas malas en cualquier momento. Y yo sé que ahora mismo es mi trabajo demostrarle que todo irá bien, que puede confiar en mí y que haré que todo se resuelva. Que nos mantendremos a salvo. Me abalanzo sobre la mesita de noche, donde tengo el móvil, para llamar a los servicios de emergencia. Mientras expongo los hechos con tono contenido, me sobreviene una calma espeluznante.
—¡Quédate aquí! —le ordeno al colgar. Ella asiente, temblorosa.
Reviso de la forma más silenciosa posible las otras habitaciones de la planta hasta que encuentro un viejo bate de béisbol y una esterilla de yoga enrollada. Tendré que apañarme con eso.
El ruido es cada vez más alto, como si lo que sea que hay abajo estuviera removiéndolo todo, buscando algo. ¡Dios! Sé que los allanamientos de morada existen, pero ¿alguna vez había habido alguno aquí? ¿Nos tenía que pasar a nosotros y solo unas horas después de llegar? ¡Qué suerte!
Intento pensar, pero es como si mi cerebro estuviese tratando de moverse en un mar de gelatina. «Dios, no pienses en gelatina». Sacudo la cabeza para apartar el pensamiento. «La gelatina te hace pensar en el funeral. En aquella cosa gelatinosa en forma de pastel y la cara empolvada de la directora de tu antiguo instituto cuando te preguntó si lo habías cocinado tú».
Se oye esa especie de rugido otra vez.
No puede ser una persona. Tiene que ser algún tipo de animal que revuelve en la despensa. Los sonidos que emite son… ¿rítmicos? Tiene que ser una bestia. Solo debo bajar ahí y hacer mucho ruido, asustarlo antes de que se atreva a contemplar la posibilidad de subir a la planta superior. Quizá…, no sea más que un mapache o una zarigüeya. Puede que no se trate de un animal enorme y/o mortífero. ¡Joder! No puedo seguir pensando en esto. Tengo que ser un hombre y ocuparme de esto de una puta vez.
«Haz ruido. Monta un escándalo. Tiene más miedo él de ti que tú de él, ¡maldita sea!».
Echo un vistazo a Indy otra vez. Tiene las mejillas llenas de lágrimas. De repente, la determinación me vuelve de acero.
Salgo del rellano, y el escalón de madera cruje bajo mi peso. Oigo otro golpe sordo y más ruidos, como si arrastraran algo.
Esto me recuerda a ese momento en las películas de terror en el que un idiota va de puntillas por el pasillo embrujado donde hay algún tipo de monstruo agazapado, que lo espera a la vuelta de la esquina.
«Haz ruido. Monta un escándalo. ¡Tiene más miedo él de ti que tú de él!», coreo de nuevo para mis adentros.
Además, esto incluso podría tender un puente entre Indy y yo. Es mi oportunidad de demostrarle que podemos superar las dificultades que se nos presenten. De demostrarle que sí, que sé que su madre ya no está y que hasta ahora no había estado a su lado… Que sí, que todo esto da un miedo de cojones, pero que incluso cuando algo es desconocido y aterrador podemos afrontarlo juntos y salir adelante. «Haz ruido. Monta un escándalo. Tiene más miedo él de ti que tú de él». Voy a demostrarle que puede contar conmigo. Que, aunque la vida le haya robado a su madre, aunque como tío no haya estado a la altura, ahora estoy decidido y comprometido a mantenerla sana y salva.
Respiro hondo y bajo los últimos escalones. Doblo la esquina para entrar en la cocina soltando un bramido mientras blando el bate, preparado para lo que me espera.
Pero mi grito de guerra encuentra una muerte patética. Toda mi energía se deshincha.
Tardo unos instantes en comprender la escena que tengo ante mis ojos. «La cosa» está medio encallada en la esquina de lo que parece un delantal y medio subida en una bolsa de plástico. Da vueltas y golpes contra un paquete de veinticuatro latas de refresco que está en el suelo de la despensa y luego intenta cambiar de dirección, zumba y se choca con el marco de la puerta. Vuelve a girar hacia el lado equivocado y se golpea con unas cajas que supongo que ha volcado en su expedición.
—¡¿Fisher?! —grita Indy—. Fisher, ¡¿qué es?!
Un escalón más en mi decadencia, eso es lo que es.
¿Es esto tocar fondo? Sé que, si contemplo uno a uno los acontecimientos de los últimos años, no lo parece. Pero si empiezo con la muerte de Freya y voy recogiendo cada putada que me ha pasado desde entonces y me la guardo en los bolsillos, como si fueran piedras, para que me hundan más y más en este abismo, entonces… ¿quizá sí? Es una idea optimista, por extraño que parezca.
—Ven a verlo tú misma —contesto, porque es mejor verlo que contarlo. Y entonces recuerdo que ya he llamado a emergencias—. Mierda. ¡Oye, tráeme el móvil!
Baja las escaleras con piernas temblorosas y me pasa el móvil antes de quedarse mirando «la cosa». Gime, suspira y cierra los puños al tiempo que mira al techo.
—¿A quién se le ocurre programar una aspiradora a las cuatro de la madrugada?
Niego con la cabeza en silencio, avergonzado y molesto. Intento volver a llamar a emergencias.
Quizá sí, esto sea tocar fondo. Aquí, justo por encima del nivel del mar, en una casa de alquiler, en un pueblo dejado de la mano de Dios, mientras miras un robot aspirador. Quizá, tras esto, las cosas solo puedan ir a mejor.
—¿Cuál es su emergencia?
—Hola, esto… Acabo de llamar para informar de que había entrado un ladrón o algún animal a nuestra casa. Pues resulta que no es eso —digo—. No es ninguno de los dos. —Intento reírme, pero entonces veo las luces a través de la ventana y maldigo entre dientes. Quiero llorar. Patalear. Darle un puñetazo a algo—. No importa, ya han llegado. —Cuelgo y corro a abrir la puerta.
Todo está oscuro, salvo por la luz del porche, pero vislumbro a un agente que sale del coche. Por detrás llega un camión de bomberos haciendo sonar la sirena. Contengo el impulso de gemir otra vez.
—Lo siento, agente. —Levanto las palmas de las manos y salgo al porche, tratando de aclararlo todo lo antes posible—. Escuche, no ha pasado nada. Solo ha habido… Ha habido un malentendido; lo siento mucho. Voy a pasar el verano aquí y anoche llegué muy tarde, y supongo que los dueños tenían el aspirador programado para las cuatro de la madrugada y le juro por Dios que esa cosa hace un ruido que parece de animal. Le pido disculpas por las molestias y…
El policía da un paso hacia la luz y me mira ladeando la cabeza.
—Tengo que echar un vistazo de todos modos, señor. Es el protocolo. —Se pone recto con las piernas separadas y apoya las manos en el cinturón de servicio. Entorna los ojos y me observa de arriba abajo, como si estuviera calculando si podría conmigo llegado el momento. Tengo que esforzarme para no poner los ojos en blanco. Mido un metro noventa y cinco y debo de pesar diez kilos más que él, pero, aun así, ahora mismo soy lo menos amenazante que se podría echar a la cara. Me estoy recuperando de una profunda crisis existencial desencadenada por un robot aspirador.
—De verdad, todo está bien, señor —insisto. En ese momento Indy aparece tras de mí.
—Le dice la verdad, agente —interviene—. El propietario de esta casa tiene el aspirador programado a una hora absurda —añade, con ese tono entre cortante y taciturno del que solo son capaces los adolescentes. La miro conmovido; esa pequeña muestra de solidaridad me sabe a esperanza. Puede que esto por fin nos saque a Indy y a mí de este punto muerto del que no parecemos capaces de salir.
El policía —el agente Carver, según pone en la placa de su uniforme— pone unos ojos como platos al ver la cara que se me ha puesto tras el apoyo de Indy. No disimulo la sonrisa de esperanza lo bastante rápido.
—¿Cree que esto es una broma? —me pregunta.
Niego con la cabeza y gesticulo con las manos a toda prisa.
—No, no, ¡qué va! Lo siento.
—Porque ¿sabe qué pasa, señor? —continúa con un gesto desdeñoso—. Podría estar diciéndome que todo va bien bajo coerción. Podrían ser ustedes dos rehenes. Esa es la razón por la que debo echar un vistazo. —Indy se ríe y le doy un codazo.
—Claro, sí. Por supuesto. —Me paso una mano por la cara y me froto un ojo.
—¿Qué pasa? —pregunta otro hombre mientras sube al porche. Este es bombero. Veo que hay más personas que salen del camión tras él.
—Una aspiradora rabiosa, al parecer —contesta el agente Carver. Aprieto los dientes, ansioso por dar por terminada toda esta situación para poder regodearme en la miseria en privado.
Un tercer hombre sube al porche, mientras los demás se quedan junto a los vehículos. Los tres me están juzgando, es evidente. El último bombero en unirse a la fiesta me mira con los ojos muy abiertos, con una expresión sarcástica a más no poder, y levanta un hacha, supongo que con la intención de salvarme de mi enemigo robótico.
