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«Y estas señales acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en nuevas lenguas, tomarán serpientes en sus manos, y si beben algo mortífero, no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos, ¡y sanarán!» Marcos 16:17-18 Para Dennis Covington, lo que comenzó como un simple encargo periodístico –cubrir el juicio de un predicador de Alabama condenado por tratar de matar a su mujer con serpientes venenosas– se acabaría convirtiendo en un viaje a un mundo extraño, misterioso e irresistible: el mundo de los manipuladores de serpientes, donde la gente bebe estricnina, habla en lenguas desconocidas, impone las manos a los enfermos y, según afirman algunos, resucitan a los muertos. Con el corazón de los Apalaches como escenario de fondo, entre predicadores alcohólicos y exconvictos, misas oficiadas en sótanos de moteles abandonados y viejas gasolineras reconvertidas, punteos de guitarra eléctrica, panderetas, carreteras secundarias y espíritus atrapados en botellas de colores, Salvación en Sand Mountain es la cautivadora y escalofriante investigación que llevó a cabo Covington sobre la naturaleza, el poder y los extremos de la fe. Un regreso a casa en el que estuvo casi a punto de perder la cordura. La obra fue finalista del National Book Award en 1995. «Uno de los mejores libros sobre el sur -y sobre la naturaleza de la fe- que se van a publicar en décadas.» Boston Sunday Globe «Salvación en Sand Mountain te removerá hasta la médula. Hará que te hagas preguntas que nunca se te habían ocurrido y que conozcas gente que ni siquiera imaginabas que existía. Dennis Covington es el periodista más valiente que conozco. O quizá el más loco.» Fannie Flagg, autora de Tomates verdes fritos «Hipnótico… Con un esmero que raya en lo reverencial, Covington logra que la historia de los manipuladores de serpientes parezca un recorrido no solo fascinante sino, además, casi comprensible. Y si eso no es un milagro, nada lo es.» Newsweek «Covington se adentró en un lugar que a la mayoría nos aterrorizaría y, guiado por su instinto, su fe y su corazón, escribió un libro sin igual sobre el intento de un ser humano de entender quién es.» Washington Post
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Seitenzahl: 328
Veröffentlichungsjahr: 2022
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DENNIS COVINGTON (1948) nació en Birmingham, Alabama, una ciudad industrial fundada tras la Guerra de Secesión. Ni tuvo que arar detrás de una mula, ni recoger algodón, ni sacrificar cerdos, pero leyó con fruición a Faulkner, a O’Connor y a Welty, y cazó muchas serpientes con su amigo Beaver en Village Creek, debajo del puente de la calle 80. Se graduó en Virginia y asistió al Taller de Escritura de la Universidad de Iowa bajo la tutela de Raymond Carver y John Cheever.
Lo único que sabía decir en español era «Soy periodista. Por favor, no dispare» cuando, desesperado por los sucesivos rechazos de la editoriales y con intención de alejarse por un tiempo de un matrimonio cada vez más asediado por las drogas, el alcohol y las infidelidades (tal y como relataría en su devastador libro de memorias Cleaving: The Story of a Marriage), inició el primero de sus doce viajes a El Salvador como corresponsal de un pequeño periódico de Birmingham durante los convulsos años de la Guerra Civil. Allí, en primera línea de fuego, bajo el tableteo de las metralletas, conoció el miedo y dejó de beber. Pero se hizo adicto al peligro. Esa misma adicción, junto a una sed insaciable de éxtasis en experiencias religiosas, le hizo entrar en contacto, esta vez como corresponsal del New York Times, con los manipuladores de serpientes del reverendo Summerford, experiencia que originaría la personalísima travesía espiritual que le llevaría a indagar en sus orígenes y quedar finalista del prestigioso National Book Award en 1995.
Actualmente reside en las altas llanuras del oeste de Texas, entre campos de algodón, armadillos y matojos rodantes. Continúa impartiendo clases de escritura creativa en la High Tech de Lubbock, pero sabe muy bien que la búsqueda aún no ha terminado. Es molecularmente incapaz de mantenerse alejado del epicentro de las tormentas.
Título original:
Salvation on Sand Mountain: Snake Handling andRedemption in Southern Appalachia
Addison Wesley Publishing Company, Inc. 1994Primera edición Dirty Works: Octubre 2018
© Dennis Covington, 1999
© 1995 de las fotografías: Jim Neel & Melissa Springer
© 2018 de la traducción: Tomás González Cobos
© de esta edición: Dirty Works S.L.
Asturias, 33 - 08012 Barcelona
www.dirtyworkseditorial.com
Se han publicado partes de esta obra en The New York Times,The Chattanooga Review y National Geographic Explorer.
El epígrafe es un fragmento de «Aspectos de lo grotesco en la literatura sureña», de Misterio y maneras, Flannery O’Connor, en traducción de Esther Navío, Ediciones Encuentro, Madrid, 2007.
Traducción: Tomás González Cobos (con la ayuda salvadora de Ione Harris, Tracy Rucinski, Javier Lucini y Dennis Covington)
Diseño de cubierta: Nacho Reig
Ilustración: © Antonio Jesús Moreno «El Ciento»
Maquetación: Marga Suárez
Correcciones: Marta Velasco Merino
ISBN: 978-84-19288-13-4
Producción del ePub: booqlab
En memoria deSAM S. COVINGTONmi padre
Agradecimientos
Prólogo
1- En busca de señales milagrosas
2- El juicio
3- Ovejas sin pastor
4- Bajo la pérgola de matorrales
5- Jolo
6- Raíces
7- Serpientes
8- Salvación en Sand Mountain
9- Historias de guerra
10- El círculo ampliado: Elvis Presley Saylor
11- La boda
Epílogo
Álbum de fotos
Estoy especialmente agradecido a Don Fehr, mi director editorial, que concibió este proyecto y lo condujo hasta su finalización; a Vicki Covington, que le robó tiempo a su libro para ayudarme con el mío; y a los artistas Jim Neel y Melissa Springer, que compartieron este viaje conmigo y cuyas fotografías aparecen aquí dentro.
Gracias también a Rosalie Siegel, Paul Haskins, Bill Leonard, Ashley Covington, Laura Covington, Jeanie y Bunky Wolaver, Kat y Jack Marsh, Edna Covington, Cathy Jennings, Maxine Resnick, Judy Katz, Joey Kennedy, Katye Tipton, Walter y Eva Ruth Sisk, Cheryl Simonetti, William Hull, Tim Kelley, Dale Chambliss, Tom Camp, Danny Covington, y a Yvonne Crumpler y el equipo de la Colección Sureña en la Biblioteca Pública de Birmingham. Me siento especialmente en deuda con el trabajo de David Hackett Fischer, Wayne Flynt, Harold Bloom, Thomas Burton, Robert H. Mount, Robert Dunnavant, Jr., y David Kimbrough.
En algunos casos no basta con dar gracias. Que lluevan bendiciones sobre Carl Porter, mi amigo y mentor espiritual; y sobre Carolyn Porter, Charles y Aline McGlocklin, J.L. Dyal, Elvis Presley Saylor, Cecil y Carolyn Esslinder, Gracie McAllister, Bobbie Sue Thompson, Bill Pelfrey, Daisy Parker, Dewey Chafin, Billy y Joyce Summerford, Punkin Brown, Allen Williams, Darlene Collins Summerford, y sobre todos los demás cuya fe ilumina estas páginas.
Este descenso a su interior será, a la vez, un descenso a su región. Será un descenso a través de la oscuridad de lo familiar hasta un mundo donde, como el ciego de los evangelios cuando recupera la vista, ve a los hombres como si fueran árboles, pero que andan.
FLANNERY O’CONNOR, Misterio y maneras
Esta mañana, cuando volvía de comprobar el buzón, me preguntó una vecina si había terminado el nuevo libro.
–Aún no –le dije. No tuve el valor de decirle que ni siquiera lo había empezado.
–Es que quería saber si ha puesto algo de los árboles atrapaespíritus –me preguntó.
¿Árboles atrapa-espíritus?
Me explicó lo que eran: árboles sin hojas plantados en patios rurales para adornarlos con botellas de cristal coloreadas. Entonces me acordé de que los había visto antes. Pensé que solo eran decorativos. Pero mi vecina me dijo que había un propósito en los árboles atrapa-espíritus. Si tienes espíritus malvados, los metes en botellas encajadas en las ramas de un árbol del jardín. Cuanto más colorida la botella, mejor, supongo. Los espíritus malvados se quedan atrapados en las botellas y no pueden hacer daño. Eso es lo que hacen los sureños del mundo rural con los espíritus malvados.
La razón por la que yo no sabía gran cosa de los árboles atrapaespíritus es que soy un chico de ciudad. Nací en Birmingham, una ciudad industrial fundada después de la Guerra de Secesión, y sigo viviendo allí. Mi padre también nació en Birmingham, en 1912, así que él tampoco sabía mucho de árboles atrapa-espíritus. Tenía once hermanos, trabajó para una siderúrgica la mayor parte de su vida y al final murió de enfisema.
Me hice adulto leyendo a los grandes de la ficción sureña como Faulkner, O’Connor, Welty y Warren, pero su Sur no era un mundo que yo conociera de primera mano. Yo nunca tuve que arar detrás de una mula ni recoger algodón o sacrificar a un cerdo. Y cuando visitaba a primos lejanos en el campo, me recordaban lo poco que sabía yo sobre la vida de verdad. Para ellos, yo era un señorito de ciudad. Llevaba pantalones con pinzas en lugar de un peto.
Sin embargo, la primera obra de ficción que escribí se situaba en el campo. Mi primer cuento publicado se llamaba, curiosamente, «Salvación en Sand Mountain».
El hecho es que hace veinticinco años yo nunca había estado en Sand Mountain, pero sacaba el material de la rica literatura sureña, cuya textura nunca había experimentado en persona. Con el tiempo, los escenarios y los personajes de mis obras de ficción comenzaron a parecerse más y más a los del mundo que yo conocía íntimamente, la Ciudad. Empecé a escribir sobre parejas urbanas, con o sin niños, y sobre los dilemas menores a los que se enfrentaban. Me parecía una ficción más honesta, pero me faltaba algo. Los relatos podían haberse situado perfectamente en Portland o Des Moines. Empecé a preguntarme si seguía siendo un escritor sureño. Empecé a preguntarme si todavía existía un Sur.
En un ensayo de 1990 publicado en la revista Time, Hodding Carter III nos dice que no. «El Sur como tal», escribe, «una tierra mítica en perpetua regeneración con una personalidad característica, ya no existe». Me hubiera gustado que Carter hubiera oído el sermón del evangelizador Bob Stanley en una iglesia de manipulación de serpientes en Kingston, Georgia, en junio: «¡Difundid la buena nueva! ¡Salimos de la granja! ¡Bajamos de las montañas! Empezamos como un chorrito, pero pronto seremos un arroyo. Y los arroyos se unen para formar un riachuelo, y los riachuelos se unen para formar un gran río poderoso, ¡y creceremos y nos precipitaremos juntos hacia el mar!».
Para entonces había pasado con los manipuladores de serpientes el tiempo suficiente para saber que el Hermano1 Bob Stanley hablaba de un Sur que residía en la sangre, una región del corazón. Escuchad. La peculiaridad de la experiencia sureña no terminó cuando el gorgojo se comió la cosecha de algodón2. No dejamos de ser un país aparte cuando Burger King llegó a la ciudad sureña de Meridian. Somos un pueblo tan peculiar ahora como antes, y el hecho de que nuestra cultura esté bajo asedio nos ha obligado a ser todavía más peculiares que antes. La manipulación de serpientes, por ejemplo, no se originó en las montañas. Comenzó cuando la gente bajó de las montañas para descubrir que estaban rodeados por una cultura hostil y espiritualmente muerta. Por todas las zonas de la frontera con el mundo moderno –en lugares como Newport (Tennessee) y Sand Mountain (Alabama)–, la gente se replegó. Se atrincheraron. Cuando sus recursos propios fallaron, invocaron al Espíritu Santo. Pusieron sus manos en el fuego. Bebieron veneno. Agarraron las serpientes.
Y lo siguen haciendo. El Sur no ha desaparecido. Si acaso, es todavía más sureño, como en un esfuerzo a la desesperada por salvarse. Y el Sur que aún sobrevive durará más que el que lo precedió. Será más duro y duradero que lo que había antes. ¿Por qué? Porque ha sobrevivido al fuego. Y no me refiero solo al movimiento por los derechos civiles, aunque ciertamente podríamos empezar por ahí. Me refiero a un incendio prolongado, de combustión lenta, a la guerra civil original y a la industrialización que engendró. Me refiero a la colonización del Sur por los emprendedores norteños. Me refiero a la migración a las ciudades, a la epidemia de cólera, a las inundaciones. Me refiero a las guerras a las que se envió a sureños en números desproporcionados durante el siglo XX, a la pobreza que sufrieron. Me refiero a nuestra caída en desgracia. Me refiero al desprecio y el ridículo con el que el país ha abrumado a los sureños blancos pobres, el único grupo étnico de Estados Unidos al que no se le permite tener una historia. Me refiero a la Ciudad, y no a Atlanta. Me refiero a Birmingham.
En el campo, los sureños meten a los espíritus malvados en botellas de colores colgadas de los árboles. Pero permitidme que os cuente lo que hacemos con los espíritus malvados en la Ciudad. Empezamos con el carbón, que un grupo de nuestros antepasados masculinos sacó de la tierra dejándose la vida. Lo calentamos hasta que emite gases venenosos y se convierte en coque, más duro y negro. Luego utilizamos ese coque en el fuego. Lo utilizamos en los altos hornos. Estos hornos son inmensos, con forma de bulbo y cubiertos de óxido. Estoy seguro de que no os gustaría que hubiera uno en vuestro barrio. Llenamos el horno con piedra caliza, mineral de hierro y cualquier espíritu malvado que encontramos por ahí. El mineral de hierro se funde en el fuego alimentado con coque. Las impurezas se pegan a la caliza y forman una escoria que flota sobre el metal fundido. Lo que se queda en el fondo es puro y está a una temperatura altísima. En cierto momento, abrimos un agujero en la base del horno y el hierro fundido cae en cascada, como una cinta roja tan luminosa que apenas se puede mirar. Cuando yo era pequeño, podías ir al viaducto que hay encima de los altos hornos de Sloss, en el centro de Birmingham, y contemplar el río de hierro fundido que corría por el suelo, incandescente, inexorable y tan imprevisible que una noche saltó una chispa mientras Ross Keener, un amigo de mi padre, estaba asomado a la barandilla del viaducto, y le dejó ciego de un ojo.
Ese es el Sur al que me refiero.
Birmingham, verano de 1993
1 Al igual que otras comunidades religiosas, los manipuladores de serpientes utilizan los términos «hermano» y «hermana» para referirse a otros miembros de la congregación con los que no hay parentesco, y recurren también al tratamiento de «tío» y «tía», por lo general para fieles de edad más avanzada. Aunque en español no es lo habitual, he mantenido en la traducción la mayúscula para estos términos por fidelidad al original. (N. del T.)
2 A finales del siglo XIX y principios del XX, el gorgojo del algodón, un coleóptero, devastó las cosechas de dicha planta en el Sur estadounidense, dejando un profundo impacto en su economía. (N. del T.)
«Una noche en el este de Tennessee, un predicador que manipulaba serpientes vino y nos dijo:
–Chicos, ¿tenéis serpientes en ese coche?
Le dijimos que no.
–¿Cómo? ¿Me estáis diciendo que no tenéis ninguna serpiente de cascabel en el coche?
–No, señor.
–¿Qué es lo que os pasa? –dijo, abriendo los ojos de par en par–. ¿Estáis locos?»
La primera vez que fui a una misa de manipuladores de serpientes, ni siquiera sacaron serpientes. Fue en Scottsboro, en Alabama, en marzo de 1992, en la Iglesia de Jesús con las Señales Milagrosas. Yo había ido a la iglesia invitado por una mujer, miembro de la iglesia, que había conocido mientras cubría el juicio de su predicador, el reverendo Glenn Summerford, a quien habían condenado a noventa y nueve años de cárcel por intentar matar a su mujer con serpientes de cascabel.
La iglesia estaba en una estrecha extensión de asfalto denominada Woods Cove Road, no muy lejos del hospital del condado de Jackson. Recuerdo que era una tarde fresca. El cielo era del color de los albaricoques y acababa de salir una delgada luna creciente color de plata. Aún no se veía ninguna estrella.
Después de cruzar varias vías férreas al otro lado del hospital, vi las luces de la iglesia en la distancia, pero a medida que me acercaba comencé a preguntarme si allí había realmente una iglesia. De hecho, se trataba de una gasolinera y una tienda rural reconvertidas, con una fachada de conglomerado y un campanario en miniatura. En el cartel escrito a mano aparecía el nombre del predicador de tres formas distintas: Glenn, Glen y Glyn. Fuera había media docena de coches aparcados y, aun con las ventanillas de mi coche subidas, podía sentir el ritmo de la música.
Nunca había oído una música similar, un cruce entre el Ejército de Salvación y rock psicodélico: panderetas, guitarra eléctrica, batería, platillos y unas voces que oscilaban de una nota a la siguiente como si a los que cantaban los estuvieran serrando por la mitad. «No me… No me moveré. No me… No me moveré. Como un árbol plantado en el a-agua, oh… ¡No me moveré!».
Hay momentos en los que te encuentras en el umbral de una nueva experiencia y no tienes elección al respecto. O te adentras en la experiencia o te alejas, pero sabes que, con independencia de lo que hagas, habrás alterado tu vida de forma permanente. De una u otra manera, habrá consecuencias.
Yo elegí entrar.
Había alrededor de una docena de hombres y mujeres dando palmas y zapateando. Tenían el típico aspecto ajado, con facciones angulosas, de la gente de los montes Apalaches y conocía a algunos por el juicio. Reconocí la cabeza calva y la barba blanca y rala de Tío Ully Lynn3, con quien había hablado en la sala de los testigos durante un descanso. Parecía vestido con el mismo peto viejo y en sus ojos azul claro residía la misma mirada serena y misteriosa del juicio.
–¿Qué se siente al agarrar una serpiente? –le había preguntado entonces.
–No es fácil explicarlo –me había dicho Tío Ully–. Te encuentras en un estado de devoción. No puedes pensar en nada más. El Espíritu te dice lo que tienes que hacer.
–¿Pero por qué a alguna gente le muerden?
Pensó durante un minuto.
–En esos casos –dijo–, alguien debe de haber malinterpretado al Espíritu.
Decían que, en su juventud, Tío Ully había sido uno de los cantantes de góspel más importantes de Sand Mountain, pero yo entonces no lo sabía. Tampoco sabía entonces que un año después Tío Ully estaría muerto, carcomido por una infección gangrenosa que no tuvo nada que ver con las serpientes. Cuando murió, Tío Ully todavía ingresaba dinero por las canciones que había escrito para su pariente Loretta Lynn, pero esa historia tampoco la conocería hasta después de su muerte. Lo único que sabía esa primera noche era que Tío Ully era manipulador de serpientes y que, teniendo en cuenta que a diferencia de otros él seguía vivo, era un buen intérprete del Espíritu.
Detrás del meneo de la cabeza calva de Tío Ully reconocí a la Hermana Bobbie Sue Thompson, la mujer que me invitó a la misa. Me sonrió e hizo un gesto para que me acercara con ella a la parte delantera de la iglesia, desde donde por lo visto dirigía los cánticos. A su lado había una mujer con una camiseta con un estampado de serpiente. No me sabía las letras de las canciones, pero al parecer daba igual. Cantamos piezas corales, sobre todo: I Saw the Light [«Vi la luz»], Wading through Deep Water [«Caminando en aguas profundas»] y Will the Circle Be Unbroken [«No se romperá el círculo»]. El guitarrista, un gnomo pelirrojo llamado Cecil, tocaba sorprendentemente bien. De pie, junto a él, me encontraba en una posición idónea para echar un buen vistazo a la iglesia.
Dicen que, antes del juicio de Glenn Summerford, acudían a la Iglesia de Jesús con las Señales Milagrosas cerca de cien personas cualquiera de las tres noches a la semana que había misa. Es un misterio cómo podía entrar toda aquella gente en un santuario tan diminuto. La iglesia no tenía más de una docena de bancos y el suelo de linóleo estaba abollado como la cresta de una ola. Las paredes blancas estaban desnudas salvo por los cuadros de Jesucristo y un tapiz de la Última Cena. El único calor procedía de un calefactor eléctrico en el centro de la sala. Había unos baños en un pasillo de la parte trasera.
Cuando los cánticos se detuvieron, un hombre bajito y nervudo con bigote y el pelo repeinado se dirigió al púlpito. Llevaba una Biblia en una mano y una caja plana de madera para serpientes en la otra. Vestía una camisa oscura al estilo del Oeste y pantalones con una hebilla en la que se veía una imagen de Jesucristo. No era la típica estampa del esteta apacible con acondicionador en el pelo. Era más bien el carpintero judío con los ojos desorbitados que había expulsado a los mercaderes del templo.
–No soy predicador –se disculpó el hombre. Le faltaban los dientes delanteros de abajo. Después me enteré de que se llamaba J.L.–. Tampoco soy ayudante del predicador. Solo estoy intentando que la iglesia siga abierta.
–Amén –dijo la Hermana Bobbie Sue.
J.L. colocó con cautela la caja de la serpiente en el altar y hubo un silencio incómodo mientras depositaba la Biblia en el púlpito y pasaba lentamente las páginas. Tenía unos dedos cuadrados y las uñas oscuras; manos de obrero. Era un soldador con problemas de corazón que soñaba con tener su propio ganado e inseminarlo artificialmente, según me enteré luego.
–Jesucristo, ayúdale –dijo la Hermana Bobbie Sue.
–El texto va a ser Juan, capítulo tres, versículo dieciséis –dijo al fin J.L.
Leyó con la voz entrecortada, con un dedo en el libro y el entrecejo fruncido. Ya entonces sentí algo curioso con relación a aquel lugar. Cuando hay un silencio y quietud total en un templo como la Iglesia de Jesús con las Señales Milagrosas, hasta en esos momentos se genera una sensación de movimiento, como si del techo colgara una bombilla que se balanceara al extremo de una cadena, aunque no había nada parecido. Será un espejismo, pensé. Algo que no es realidad.
–«Porque de tal manera amó Dios al mundo» –leyó J.L.– «que ha dado a Su hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna»4.
–Amén –dijo la Hermana Bobbie Sue.
–Bendito sea Su dulce nombre –dijo la mujer con la camiseta del estampado de serpiente.
J.L. alzó la mirada, reflexionando sobre lo que iba a decir.
–Dios amó tanto al mundo –dijo. Y después–: Oremos.
Seguramente fue el sermón más corto de la historia. Pero no pareció importarle a nadie. Todos se acercaron a la parte delantera, las mujeres con vestidos hasta los tobillos, cuellos de encaje y estampados de flores, los hombres con vaqueros, petos o pantalones de poliéster. Se arrodillaron en el altar improvisado y comenzaron a rezar en voz alta, cada uno una oración distinta. La voz de J.L. se elevó por encima de las demás durante un compás.
–Oh, señor, quédate con nosotros ahora, protégenos en Tu misericordia y, Dios amado, bendice esta nuestra pequeña iglesia, amén, y hazla tuya…
Entonces se alzó otra voz para acompañarle, se unió a la suya y se separó, y cada voz formó un hilo distinto que al mismo tiempo se entretejía con las otras en una especie de canción; subían, bajaban, se reunían y se dispersaban, y por encima de todas, como un contrapunto, fluía la voz de la madre de Glenn Summerford, Tía Annie Mance. Estaba rezando por su hijo, en la cárcel por un delito que según ella no había cometido, y su voz se unía en un dueto con el ruego de otra mujer por sus hijos perdidos, que vivían en la ciudad, en pecado, y justo por debajo de las mujeres estaban la voz áspera de saltamontes de Tío Ully y la voz blues de la Hermana Bobbie Sue. Y por debajo de todas las voces humanas estaba el incesante cascabel de la serpiente en la caja de madera.
Nadie pidió el fin de la oración. Las voces sencillamente decayeron en un ritmo sincronizado que se fue apagando gradualmente, sosegándose en volumen y tono. Los sonidos de la serpiente de cascabel seguían constantes mientras las voces se desensamblaban, pero en última instancia incluso la serpiente quedó en silencio, y la oración concluyó con amenes que fueron apilándose, cada uno encima del anterior, como los finales semisuspirados de un canon.
Salí de mi primera misa en la Iglesia de Jesús con las Señales Milagrosas y me pregunté dónde se había ido el tiempo. Eran casi las diez. La luna creciente había desaparecido detrás de Sand Mountain. Habían brotado las estrellas, brillantes como el hielo.
Varios hombres se reunieron en el aparcamiento. Estaban hablando sobre cómo era todo antes de la detención de Glenn, cuando la iglesia se llenaba de familias del condado de Jackson.
–Volverán –dijo Cecil, el guitarrista, y me dio una palmada en el brazo–. Y tú también volverás.
Crecí en una iglesia metodista, pero supongo que sería un tipo raro de metodismo. Era una pequeña congregación en East Lake, un barrio urbano residencial de Birmingham, y de vez en cuando venía un predicador de lo que considerábamos las zonas rurales, de un lugar como East Gadsden, una pequeña población que se desarrolló en torno a una fábrica a los pies de los Apalaches, o de Arab, en la parte alta de Brindley Mountain.
A veces estos predicadores parecían un poco fuera de lugar en nuestro vecindario tranquilo y sobrio, donde las familias de tenderos, fontaneros y oficinistas aspiraban a una respetabilidad de clase media. Los predicadores trataban de animar las misas gritando hasta quedarse roncos. A veces recurrían a tácticas más atrevidas. En mitad del sermón, por ejemplo, al Hermano Jack Dillard, mi favorito, le arrebataba el Espíritu de tal manera que corría hasta el piano y empezaba a aporrear las teclas. Ni siquiera sabía tocar el piano, pero no parecía importar.
El Hermano Dillard creía en la obediencia al Espíritu y animaba a aquellos tenderos y comerciantes a que hicieran lo mismo, aunque no recuerdo haber visto que ninguno siguiera su ejemplo. Obviamente, todos los adolescentes fuimos «salvados» por la gracia divina en aquella iglesia mientras estaba el Hermano Dillard, algunos de nosotros en múltiples ocasiones. El récord lo ostentaba una chica que se llamaba Frances Fuller, que nunca dejaba escapar una oportunidad para arrojarse al altar. A veces le daba un ataque a mitad de camino y alguien iba corriendo a la cocina a por una cuchara para ponérsela en la boca a Frances. El coro continuaba cantando All to Jesus I Surrender [«A Jesús me entrego del todo»] y recuerdo que mi padre agarraba con más fuerza el respaldo del banco que tenía delante hasta que levantaban a Frances y la llevaban de vuelta a su sitio.
Con todo, lo que verdaderamente nos preocupaba era el corazón del Hermano Dillard. Años más tarde le mató. Nos preocupaba porque, cuando predicaba, se ponía a sudar de tal forma que tenía que sacar un pañuelo y secarse la frente, las mejillas y el cuello. Era una costumbre tan familiar que no nos distraía en absoluto de su sermón, ni siquiera el domingo cuando, en lugar de sacar su pañuelo, extrajo por error un peine del bolsillo y comenzó a peinarse el pelo mientras gritaba: «Cuando aún éramos pecadores, ¡Él murió por nosotros!».
Aquellos días estaban repletos de inocencia desesperada y de una luz espiritual que después echaría de menos. Éramos una iglesia pequeña y cándida, siempre vulnerables ante una buena historia sentimental. Por ejemplo, un misionero que financiábamos entonces estaba en Rodesia del Sur. Años más tarde descubrimos que aquel misionero tenía una plantación bastante importante de caucho en la que los aldeanos trabajaban por una miseria. Los jóvenes vivían en unos barracones de la plantación y el propietario organizaba lecturas informales de la Biblia con ellos por la noche. Ese era el motivo por el que recibía el título de misionero y cada mes le mandábamos una parte importante de nuestro presupuesto para misiones extranjeras.
Y también estaba Dr. Doctorin. Dr. Doctorin se presentó en 1958, en un momento en el que los periódicos estaban llenos de noticias de la guerra civil del Líbano, con fotografías de los marines estadounidenses desembarcando en Beirut. Había mucha preocupación tanto por nuestros soldados como por los pobres libaneses. Nos consideramos afortunados cuando Dr. Doctorin se presentó en nuestra iglesia un domingo por la noche para llevar a cabo una ceremonia improvisada de avivamiento5. No pudo elegir mejor el momento. Dr. Doctorin nos contó que acababa de volver de Beirut e hicimos una enorme colecta para él. Recuerdo que lloraba cuando le trajimos las cestas rebosantes.
Fue la última vez que vimos a Dr. Doctorin y no fue hasta muchos años después cuando comencé a preguntarme si realmente era doctor, si su nombre era Dr. Doctorin y si era de verdad de Beirut.
No siempre acertábamos al juzgar a la gente y sus intenciones, pero teníamos una fe sencilla e infantil, algo que Jesús habría visto con buenos ojos. Y si algo me enseñó mi experiencia en aquella iglesia fue a acostumbrarme a efusiones extrañas del Espíritu y a contemplar con ternura a los timadores y a las voces que claman en el desierto6, por muy raros o sospechosos que fueran sus mensajes. Creo que también me puso en contacto con una parte primigenia y temeraria de mí mismo que quizá no habría descubierto de otra manera; se habría quedado arrinconada en algún lugar de mi memoria celular, una herencia cultural que de no ser así habría ignorado. Como veis, al crecer en East Lake, donde la gente se esforzaba tanto por huir de su pasado humilde, yo me hice adulto sin saber mucho de mi historia familiar. En lo que a nosotros respectaba, los Covington solo se remontaban dos generaciones, hasta nuestros abuelos. Mi abuelo materno había sido un detective ferroviario que había muerto de sífilis. El padre de mi padre también había trabajado en trenes, como empleado de correos. Después me enteré de que los Covington no habían vivido siempre en Birmingham, sino que en algún momento nosotros también habíamos bajado de las montañas, y aquellos predicadores sudorosos de ojos desorbitados de mi infancia estaban emparentados conmigo de una forma que nunca había esperado ni apreciado por completo. Retrospectivamente, creo que mi educación religiosa me había señalado siempre el camino hacia un encuentro final con la gente que manipulaba serpientes.
Pese a no haber visto serpientes, mi primer contacto con la iglesia de manipuladores de serpientes había sido emocionante y perturbador. Volví a Birmingham aquella noche en un estado de exaltación y confusión, como si las pupilas de mis ojos espirituales se hubieran dilatado. La sensación era incómoda, pero no del todo desagradable. Quería experimentar más, fuera lo que fuera. Y, por supuesto, sentía que tenía que ver lo que hacían con las serpientes.
Fue la noche siguiente, en mi segunda visita a la Iglesia de Jesús con las Señales Milagrosas, cuando sacaron las serpientes. El Hermano Carl Porter había ido a la iglesia de su pueblo, en Kingston, Georgia, para difundir el mensaje. El Hermano Carl, un camionero jubilado cuyo alias de Banda Ciudadana era «Sneaky Snake» [Serpiente Furtiva], tenía aspecto de barbero, o de ser el tío favorito de alguien. Era un hombre modesto que rondaría los cincuenta años, con una nariz un poco chata en la punta. Tenía los ojos juntos y el pelo fino. No había nada en su apariencia que delatara una capacidad singular detrás del púlpito. Al verle por la calle, nunca habrías sospechado que el Espíritu Divino le visitaba con frecuencia o que manipulaba serpientes.
No obstante, para la congregación de la Iglesia de Jesús con las Señales Milagrosas, el Hermano Carl era efectivamente un hombre especial. Desde la detención de Summerford, había procurado sustituirle siempre que le era posible. Era sin duda una posición incómoda para él, ahora que Glenn estaba preso, pero supongo que el Hermano Carl consideraba que sus responsabilidades eran una especie de misión.
Aquella noche, el Hermano Carl estaba acompañado de su mujer, Carolyn, y de otros miembros de su iglesia en Kingston, incluida Tía Daisy Parker, una mujer de aspecto severo con un temperamento imprevisible. Tras aproximadamente una hora de cánticos y oraciones, Tía Daisy se puso en pie de un salto y comenzó a profetizar.
–¡Llegará el día –dijo– en que las tripas de la tierra se abran, y algunos serán liberados y algunos devorados!
Entonces comenzó a desfilar. Daisy tenía el pelo canoso recogido en un moño en la nuca. Era delgada, de hombros algo encorvados, y los brazos se balanceaban en el aire mientras desfilaba.
–Y, ¡oh Señor!, algunos saldrán de la cárcel e irán a parar al corazón de Dios, que es donde pertenecen.
El resto de la congregación dijo amén.
–¡Oh, la tierra va a temblar! –dijo–. Arrancará de la pared las cadenas que le apresan. Y el cielo se volverá rojo como la sangre. Habrá humo y confusión por todos lados cuando Dios envíe a su oscuro mensajero sobre los tejados y libere al prisionero de su letargo.
Yo estaba sentado en medio de la congregación, observando a Tía Daisy con creciente consternación. Rezaba para que no viniera en mi dirección. En cualquier otro contexto, la habría tachado de lunática. Pero entonces me di cuenta de que el resto de la congregación no solo parecía consentirla, sino que la comprendían. Estaba profetizando una fuga milagrosa de Glen Summerford y, en aquel momento, tuve la impresión de que aquella revelación se contagió de golpe a toda la congregación.
–Y no hay nada que el mundo pueda hacer para evitarlo –dijo Daisy–. El mundo no tendrá ningún poder que lo pare.
Estaba de pie, cerca del altar, y señaló con el dedo hacia el centro de la congregación, a algún adversario anónimo e invisible.
–No tendrán ningún poder que lo pare.
Y al decir eso, se desvaneció y cayó sobre la primera bancada. ¡Amén! Entonces fue cuando el Hermano Carl se puso en pie para predicar. Tenía una mano en el bolsillo y sonrió hacia Tía Daisy mientras ella se levantaba hasta quedar sentada en el banco. Después me enteré de que el Hermano Carl era como un hijo para ella y que él se tomaba muy en serio aquellas profecías. Sin embargo, en aquel momento pensé que estaba tratando de distanciarse del arrebato de Tía Daisy.
–Hace calor aquí, ¿verdad? –dijo Carl.
Todos rieron. Todos se habían dado cuenta, salvo yo, de que no estaba hablando de la temperatura. Entonces pensé que Carl Porter no era un hombre al que el papel de predicador le hubiera llegado como un talento natural ni confortable. Se acercó dubitativo al púlpito, como un tejón que acabara de asomar la cabeza de su madriguera y no estuviera del todo cómodo con lo que ve. Llevaba una arrugada camisa de vestir blanca, con el cuello abierto, y pantalones de poliéster. Las gafas se le habían deslizado hasta la parte baja de la nariz. Más adelante vería un lado más ostentoso en Carl, pero aquella noche iba vestido con sencillez y comenzó su sermón como si el Señor no quisiera que dijera nada en concreto. Entonces abrió la Biblia.
–Echemos un vistazo aquí, en el segundo capítulo del libro de los Hechos –dijo–. «Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos juntos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso que llenó toda la casa donde estaban sentados, y se les aparecieron lenguas como de fuego que, repartiéndose, se posaron sobre cada uno de ellos. Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba habilidad para expresarse».
Cerró la Biblia, la miró durante un segundo, la sostuvo, la volvió a mirar y dijo:
–El Espíritu Santo no vino hasta que no estuvieron todos juntos. –Entonces se giró hacia nosotros–. Eso es lo que dice la Palabra de Dios, y, queridos, la Palabra de Dios expresa lo que quiere decir y quiere decir lo que expresa.
Hubo un coro de amenes entre los parroquianos y Cecil, el guitarrista, dio un punteo a su guitarra eléctrica.
–Se reunieron todos juntos –continuó el Hermano Carl–, ¿y sabéis qué? Este libro no se escribió solo para los apóstoles. No fue algo que ocurrió solo para los apóstoles. Cuando el Espíritu Santo bajó con lenguas de fuego y empezaron a hablar en la lengua desconocida, Dios no estaba pensando en que fueran solo los apóstoles quienes lo hicieran.
Y en ese momento hizo una mueca, como si se hubiera clavado algo al apoyar el pie. Se agachó a un lado del púlpito y volvió a erguirse asintiendo con la cabeza.
–Jesús envió al Espíritu Santo para nosotros –dijo, y golpeó el púlpito con la palma de la mano–. Ya sabéis que algunos se quedan sentados a esperar que venga el Espíritu Santo. Pero ya vino, ¡en Pentecostés! ¡Y ha estado viniendo desde entonces! Lo siento ahora mismo en mí. Uaaaá. Me sube desde los pies hasta la cabeza. Me encanta cuando me llega al pelo.
Salió de detrás del púlpito con la Biblia abierta en una mano.
–Queridos, el Espíritu Santo está aquí mismo, para mí, para vosotros. Pero os voy a decir una cosa, será mejor que estemos juntos si queremos que el Espíritu Santo venga a nosotros, porque el Espíritu Santo no va a venir a un grupo de personas que no estén juntas. –«Amén. Alabado sea Dios», respondió la congregación–. Este Dios que alabamos es un Dios vivo. –«Amén»–. Dios no es un viejo de barba blanca que se sienta en un rincón del cielo. Es un espíritu. –«Amén. Alabado sea Dios»–. Es un espíritu. No tiene cuerpo. El único cuerpo que tiene somos nosotros. –«Amén. Alabado sea Dios»–. Y cuando nacemos de nuevo, ¡nacemos en el cuerpo de Dios!
La mayor parte de la congregación estaba ya en pie, dando palmas, zapateando. El Hermano Carl sacó un pañuelo y se secó la frente. Entonces se quitó las gafas y se las limpió con el pañuelo.
–¡Uf! –dijo cuando se apagó el estruendo–. Estoy contento de ser Suyo, ¿vosotros no? –«Amén. Alabado sea Dios»–. Y estoy contento de que Él sea mío, ¿vosotros no? No me gustaría que fuera de otra forma. No me gustaría tener otro Dios. No, señor. Quiero el de verdad. Y os voy a decir una cosa, esto es de verdad. –Dobló las gafas y se las puso en un bolsillo de la camisa–. Creo que no me habéis oído. ¡He dicho que esto es de verdad!
Los que no estaban ya de pie se levantaron de un salto, con las manos en alto, soltando amenes y alabanzas a Dios.
El Hermano Carl abrió de nuevo su Biblia, pero no se refirió a ella esta vez.
–Fue después de que Le crucificaran –dijo– y las mujeres fueron a la tumba. No Le encontraron allí. Se había ido. Pero un hombre vestido de blanco dijo que se había elevado y se les aparecería más tarde, según había anunciado Él. Y sabéis lo que dijo, ¿no?
«Amén». Todos sabían lo que había dicho.
–Dijo: «Y estas señales acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en nuevas lenguas, tomarán serpientes en sus manos, y si beben algo mortífero, no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos, ¡y sanarán!».
Un trabajador del aserradero que se llamaba Willie Southard caminó por el pasillo central, hacia delante y hacia atrás, dando palmas como un metrónomo y alabando el nombre de Jesús.
–Después –dijo el Hermano Carl–, Jesús subió al cielo, donde se sentó a la diestra de Dios. Y sabéis lo que quiere decir eso para los creyentes, ¿no? Quiere decir: «Los discípulos salieron en todas direcciones a proclamar el mensaje. Y el Señor mismo los ayudaba y confirmaba el mensaje acompañándolo con señales milagrosas». Amén.
Dejó la Biblia en el púlpito con un gesto triunfal. Echó una mirada penetrante a la caja de madera con la serpiente, que esperaba en el banco que servía de altar. Era una caja plana, de junturas elegantes, pintada de color café. La parte superior tenía bisagras, mitad rejilla y mitad madera, y las esquinas estaban reforzadas con broches decorativos. El Hermano Carl se inclinó y dio un golpecito en la rejilla. El cascabeleo seco que salió de la caja pareció satisfacerle. Pensé que ese era el momento en que tomaría una serpiente, pero no fue así. Saltó alrededor un poco más mientras Cecil improvisaba con la guitarra. Entonces el Hermano Carl dio un paso titubeante y estuvo a punto de tropezar, pero se enderezó en el último segundo. Se estremeció. Tembló. Alabó y gritó y alabó. Cecil se lanzó a cantar a pleno pulmón una canción que la congregación también cantó, y luego otra.
Estábamos cantando Prayer Bells from Heaven [«Campanas celestiales de oración»] cuando el Hermano Carl abrió por fin la portezuela de la caja de madera y sacó una cascabel de cañaveral. Era gruesa y pálida, de un gris amarillento. Tras sostenerla a la luz, se la pasó a Willie Southard y sacó una víbora cobriza que casi había terminado de mudar de piel.
La víbora era de color bronce y dorada a la luz de la iglesia. El Hermano Carl la sostuvo, observándola con una mirada a medio camino entre la sospecha y el remordimiento. La serpiente probó el aire con la lengua. El Hermano Carl puso su pulgar delante de la cabeza de la serpiente, para que la serpiente lo tocara con la lengua. Después acercó la cara a la de la serpiente. Por un instante, parecieron observarse, hasta que la serpiente retrocedió y volvió a rastrear el aire con la lengua. El Hermano Carl dejó que la serpiente bajara por su costado y la levantó de nuevo. Esta vez la sostuvo en alto, por encima de la cabeza, extendida en parte sobre su antebrazo y el resto sobre las puntas de sus dedos. Era como si exhibiera una hermosa cadena de oro, una pieza elegante de filigrana. Mientras la serpiente se deslizaba lentamente entre los dedos del Hermano Carl, caían al suelo pedazos de su piel. Daba la impresión de que la serpiente estaba en un proceso de reinventarse, como si se forjara un nuevo ser a partir del antiguo.
