Sarah - Graciela Tassano - E-Book

Sarah E-Book

Graciela Tassano

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Beschreibung

"Sarah es una niña irlandesa que llega a la Argentina empujada por el hambre, que le impide a ella y a su familia quedarse en su tierra.  Este camino, que han hecho tantos desde Europa a América, no será uno más. Porque Sarah no se parece en nada a cualquiera de los niños que pudieron correr su misma suerte. Es un ser elegido.   Pero esa bendición correrá con la persistente e inagotable persecución del mal. A lo largo de estas páginas conoceremos ese viaje que la trae a estas tierras, así como escenas de infancia y juventud que nos irán revelando en detalle esta dura y extraordinaria vida en pleno siglo XIX.   En el primer capítulo asistimos a su nacimiento: 'La noche se había enfrentado con la destructiva tormenta. En la cabaña, una incipiente mecha encendida luchaba contra las ráfagas de viento que amenazaron con extinguirla'. Así será su historia: una eterna lucha entre tormenta y luz.   ¿Cuántas veces nos encontramos preguntándonos cómo es posible que exista tanta maldad? Incluso cómo puede ocurrir que el mal se ensañe con ciertas personas que, aún en su nobleza, son tratadas con injusticia por el destino. Graciela Tassano nos da una respuesta, y esa respuesta está atravesada por elementos sobrenaturales y fantásticos que no nos permitirán dejar en pausa esta lectura" (Victoria Mora).   ¿Puede un alma pura resistir el asedio del mal más oscuro? Sarah, la nueva novela de Graciela Tassano, nos sumerge en un relato que combina drama histórico, elementos sobrenaturales y un viaje emocional que marcará al lector.  En medio de la crudeza del siglo XIX, Sarah no solo enfrenta el hambre y el desarraigo: debe luchar contra fuerzas que trascienden lo humano, porque su bondad la convierte en un faro irresistible para las sombras. Desde su nacimiento en una noche de tormenta, su vida se convierte en un campo de batalla donde ángeles y espectros caminan entre mortales, y donde el mal persiste en querer quebrarla.  Este libro no es solo una historia; es un desafío a nuestras propias preguntas sobre el bien, el mal y el poder de la resiliencia. Una novela que atrapa desde la primera página y nos lleva al límite entre lo terrenal y lo trascendente, recordándonos que incluso en la tormenta más oscura, la luz siempre lucha por permanecer.  Si buscas una lectura que emocione, intrigue y te haga reflexionar sobre el poder de la bondad frente a las adversidades, Sarah es para vos. 

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Seitenzahl: 331

Veröffentlichungsjahr: 2025

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SarahGRACIELA TASSANO

Sarah

© de los textos: Graciela Tassano, 2024

© de esta edición: Editorial Tequisté, 2025

Corrección: M. Fernanda Karageorgiu

Diseño gráfico y editorial: Alejandro Arrojo

1ª edición: febrero de 2025

ISBN: 978-987-8958-88-0

Editorial Tequisté:

[email protected]

www.tequiste.com

@tequiste

WP: +54 9 11 6154 5552

Se ha hecho el depósito que marca la ley 11.723

No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su tratamiento informático, ni su distribución o transmisión de forma alguna, ya sea electrónica, mecánica, auditiva, digital, por fotocopia u otros medios, sin el permiso previo por escrito de su autor o el titular de los dere

LIBRO DE EDICIÓN ARGENTINA

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Tassano, Graciela

Sarah / Graciela Tassano. - 1a ed. - Pilar : Tequisté. TXT, 2025.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-8958-94-1

1. Novelas Fantásticas. 2. Literatura Argentina. 3. Narrativa Argentina Contemporánea. I. Título.

CDD A863

Con dedicación y cariño, a mis hijosy a todos aquellos que han acompañadomi viaje como escritora.

Contenido

I Entre el fuego y el agua

II Cosechando amigos

III La peste

I VNiños perdidos

V Se pierde y se gana

VI La marejada

VII El remanso

VIII Buenos amigos

IX Charles Hamilton

X La peor noticia

XI En tierra firme

XII El orfanato

XIII Ángel cómplice

XIV Ecuaciones sorprendentes

XV Los hijos del malo

XVI La carta

XVII Entre seres etéreos

XVIII Negro paraíso

XIX El poder de la libélula

XX Ruth Mayorga

XXI María López

XXII Jaque perpetuo a la reina

XXIII Don Lisandro Herrera: Rojo sangre

XXIV Cumpleaños feliz

XXV Lola Escudero

XXVI Epílogo de amor

XXVII Bendito escapulario

XXVIII El infierno

XXIX El guardián del amor

XXX Cara o seca

XXXI Los muertos vivos

XXXII Orfandad

XXXIII Ronald Newbery

XXXIV Lazos familiares

XXXV El éxodo

XXXVI Acorralada

XXXVII Entre disfraces y candombes

XXXVIII Rumbo a la libertad

XXXIX Las pezuñas del diablo

XL Volver a empezar

XLI Renacer en el amor

XLII Hogar, dulce hogar

XLIII La punta del ovillo

XLIV Vencer a la muerte

I

Entre el fuego y el agua

Irlanda, 1842

La noche se había enfrentado con la destructiva tormenta. En el interior de la cabaña, una pequeña mecha encendida luchaba contra las ráfagas de viento que amenazaban con extinguirla.

Jason, el joven padre, observó a sus dos hijos mientras se frotaba las manos heladas.

Elodie caminaba tratando de resistir la dolencia. Se recostó sobre un jergón y, entre jadeos, pidió trapos y agua. Los relámpagos intermitentes que iluminaban la vivienda acompañaban las contracciones y sus destellos revelaban las partículas de polvo que flotaban suavemente sobre los platos con migajas en la mesa. Se cumplía el tiempo; las nueve lunas habían protegido la gestación y, a pesar a su delgadez, el embarazo había llegado a término.

Jean refrescó el rostro de su madre con lienzos. En cambio, el pequeño Daniel esperaba bajo la mesa, abrazando sus rodillas para ocultar entre ellas el temor. Parecía ajeno, pero en realidad sentía tristeza al ver a su madre enferma.

Jason se había dispuesto a colaborar en el parto. Transpiró a pesar del frío. Arremangó su camisa y, con manos temblorosas, recibió a la criatura. El grito de Elodie había recorrido la aldea silenciado por el estruendoso rayo que se precipitó sobre la cabaña.

Entre el cielo y la tierra, entre el fuego y el agua, nacía la pequeña Sarah Johns.

II

Cosechando amigos

Altamar, 1848

La madera crujía. Intentaban dormir, pero el sollozo del mar que acompañaba las penurias lo hacía imposible. El movimiento era constante. Todos se bamboleaban como si estuvieran sobre una gran mecedora.

Sarah dormía sobre el regazo de su madre. Elodie intentaba tranquilizarse cerrando los ojos. Sus brazos envolventes sostenían a la niña como lo más valioso. Había perdido el único sustento para alimentar a su familia y, en busca de una nueva vida, se encontraba en esa nave acompañada de cientos de inmigrantes.

Elodie era una campesina irlandesa. Sus ojos verdes reflejaban cansancio. La piel rosada del rostro lucía reseca y marcada por el tiempo. La ondulada cabellera cobriza daba cuenta de la ausencia de cuidados. De figura delgada, tenía un oscuro y triste atuendo. El vestido, de lienzo color marfil, que en buenos tiempos había destacado su silueta, ahora, pardo y deshilachado, acentuaba la descarnada pobreza que la sentenciaba. Cada tanto, abría los ojos sobresaltada. Miraba alrededor y, con impaciencia, buscaba a su esposo al que todas las noches perdía de vista. Pese a ello, centraba su preocupación solo en la niña: corría sus bucles despeinados y la mecía con ternura.

Sarah era muy pequeña para sus seis años. Tenía la carita redonda y los pómulos pecosos. Era pelirroja como su madre. Aunque andrajosa, cautivaba a todos.

Cada mañana, con el primer rayo de luz, en medio de aquel escenario gris, Sarah amanecía vivaracha y risueña. El frío era muy crudo y la humedad de sus ropas calaba los huesos; no había peor lugar que la bodega.

Navegaban sobre una nave vieja y desvencijada que había sido usada para el transporte de esclavos. En ella muchos hombres habían padecido las peores torturas que la carne humana pudiera soportar. Los tripulantes contaban sobre la existencia de fantasmas: almas en pena que sin consuelo quedaron pululando en niveles terrenales. El estado de la embarcación no había mejorado. Los pocos compartimentos para descansar resultaban verdaderas prisiones. Los olores desagradables penetraban con intensidad.

Sarah buscó con prisa a su amigo de viaje, Henry, que despertaba llorando de hambre. Era el único hijo de los Morgan. La madre no le prestaba atención. Rara vez se los veía juntos. Fría y distante, miraba de mal modo a Sarah, quien percibía en esa mujer un extraño poder maléfico. En cambio, el padre de Henry era amable.

Tomados de las manos buscaron un rincón para jugar. Pero no daba igual cualquiera, encontraron uno en el que las termitas habían dejado huecos ideales para armar el pasatiempo. El objetivo era colocar las canicas propias en el hoyo. Debían empujarlas con un dedo, pudiendo tocar otras, incluso las del oponente. Ganaba quien embocaba todas antes. Sarah se acomodaba en el piso de la bodega, sin temerle a los roedores que querían apropiarse de su juego.

Gracioso fue el día que enfrentó a Perkins, así llamaban a un ratón que veían a diario. Podían distinguirlo porque a su orejita derecha le faltaba la punta. De pelaje gris y hocico rosado, poseía patas delanteras muy diestras con las que tomaba cualquier elemento que le resultaba interesante y, como un coleccionista, ocultaba en su guarida un botín de objetos variados.

Perkins, incómodo por la invasión de los niños en sus circuitos diarios, decidió impresionarlos. Olfateó y desplegó los bigotes. Creyó que podía asustarlos. Pero, con ellos, no funcionó. Sin resignarse, se había convertido en el ball-boys de cada partida. Eso, hasta que distinguió el objeto más atractivo que había visto. Perfecto en su forma y color radiante. No pudo contenerse y se lanzó sobre él; un ejemplar digno de su colección.

El roedor le había quitado a Henry su canica más valiosa, una verdadera gema. Nada contentos, ambos niños persiguieron a Perkins en su recorrido por la bodega y por la cubierta; él vivaz se les escabullía.

Entonces, pensaron un plan. En una de las tantas visitas al comedor para pedir alimento, robaron un pedazo de queso que Sarah guardó en su bolsillo. Sería el anzuelo para negociar con el ladrón. Una y otra vez intentaron la persecución, hasta que descubrieron el escondite.

El ratoncito, sin aliento, se ocultó en su cueva. No eran los perros esta vez. Ahora, también los humanos se divertían siguiéndolo, y lo habían descubierto. Pero su olfato no le permitió idear otro plan. Alucinado por aquel exquisito aroma, se entregó a sus enemigos.

Fue un justo intercambio. Sarah le quitó la canica y, a cambio, le ofreció un banquete. Aquel trozo de gruyere selló la amistad con Perkins. A partir de entonces, el juego fue de a tres. Con el tiempo, y prácticas reiteradas, lograron de su mascota un excelente artista en piruetas.

Perkins se sentía muy a gusto con sus nuevos amigos, a pesar de los entrenamientos que le imponían y resultaban agotadores: horas saltando cada vez más lejos para obtener una migaja de gruyere; insistentes recorridos en laberintos y túneles por trocitos de pan seco; mucha energía para hacer girar un cilindro por un bocado de manzana; y, el más difícil y aterrador, la cuerda floja, eso sí merecía un buen pedazo de queso. Feliz y bien alimentado, había olvidado su pasada época de coleccionista.

Sarah y Henry se divertían en su compañía. Podían pasar horas juntos sin advertir el triste escenario que los rodeaba.

Después de los campeonatos de canicas, solían buscar a los marineros, quienes les daban panes. Ya estaban duros y casi cultivaban la primera cepa de hongos, pero, acostumbrados a comer solo patatas, aquello era un manjar. Después, corrían por la cubierta hasta que algún tripulante les advertía que se detuvieran con un enérgico ¡ALTO! y negociaba con ellos algún dulce a cambio de barrer.

Entonces, Sarah cantaba y atraía la atención de los presentes. En ocasiones lograba cambiarles la expresión de algunos rostros, así compartían cánticos esperanzados. Henry, como un gran pirata, empuñaba una espada imaginaria y salvaba a la princesita cantante. Trepaba en los mástiles y, demostrando sus habilidades de marinero, arriesgaba piruetas. Ambos disfrutaban sin miedos. Juntos se animaban a todo. Al descender los niños, los marineros de origen irlandés sacaban de los bolsillos brillantes armónicas y, al ritmo de su música, Sarah y Henry, poseídos por la danza de sus orígenes, bailaban con tal ligereza que era imposible seguirles el paso. Esta alegría contagiosa provocaba en los espectadores cierta fantasía: los pasajeros se sentían, por un rato, protagonistas de una aventura y no mendigos, presos de una vida miserable.

III

La peste

La fatalidad alcanzó altamar. Un irlandés de aspecto débil y extrema delgadez se desplomó en la cubierta. Pálido, yacía frente a un grupo de pasajeros que pronto se alejaron exclamando… ¡La peste!

Sarah, asustada, lloraba mientras corría hacia los brazos de su madre, que ignoraba lo sucedido. Ni siquiera la presencia de su amigo pudo tranquilizarla. Temblaba como la luna en el mar.

—¡Está muerto! Mami, ¿está muerto?

—¡¿Quién hija?!

—¡El hombre, mami! ¡Yo lo vi!

Elodie la abrazó mientras miraba alrededor en busca de una respuesta. Un grupo de curiosos se amontonó frente al cadáver. Se escucharon gritos, algunos corrían, otros solo murmuraban. Los pasajeros ubicados en primera clase fueron aislados por la tripulación, quienes los condujeron a sus aposentos.

Los viajeros de tercera, en medio de la desolación, comenzaban a preocuparse. Aquella aventura transatlántica perdía el color de la esperanza para teñirse en un oscuro lamento.

El tifus se apoderó del barco como la niebla del mar. Ya estaba instalado entre ellos; muchos serían sus víctimas.

Henry, que miraba con inquietud el rostro de Sarah, había permanecido junto a ella. Elodie abrazó a ambos niños y los llevó hacia el comedor para recibir la caridad de algún bocado. Le recordó a cada primavera, cuando agotada la reserva de alimentos, salía a mendigar en Dublín con su caldero en mano y la compañía de sus hijos. También allí era la única manera de alimentarse.

Los pasajeros de tercera clase no podían permanecer en el comedor, los alimentos escaseaban. Un trozo de pan y alguna fruta resultaban una delicia.

Fue al salir de la cocina que Elodie le preguntó a Sarah:

—¿Has visto a tu padre?

Sarah negó con un gesto. El suceso de la cubierta la había dejado sin habla y con un nudo en el estómago; sin apetito, entregó su ración a Henry.

De pronto, en la entrada del comedor, una discusión confusa se desató entre un caballero y Jason, quien, con tono alterado y vulgar, trataba de excusarse. Elodie reconoció la voz de su esposo y su triste estado. Lo tomó del brazo y lo condujo hacia la cubierta para interrogarlo:

—Jason, ¿de dónde sacas la bebida? Mírate. Apestas. ¿Dónde has estado? Te necesitamos junto a nosotras.

—Mujer… ¡Por Dios! Siempre estuve aquí. —Su tono era alto y hostil.

—¡Shhh! —Ella, avergonzada, intentaba evitar que Sarah escuchara la conversación—. ¿Dónde? ¡Nunca estuviste a nuestro lado! Desde anoche te estoy buscando. ¡Es tanta la gente que hay en la bodega! Es peligroso dejar a la niña allí. Debemos estar muy atentos hasta llegar a algún sitio. Piensa en nuestra hija, nos necesita. Debemos cuidarla. Aquí suceden cosas extrañas. Recién, un hombre cayó muerto frente a Sarah, ¡por Dios! ¡Pobrecita! ¡Está aterrada!

Jason pidió perdón a su esposa entre llantos y temblores. No podía afrontar con entereza los días que les habían tocado vivir. Debieron dejar la aldea huyendo de la hambruna que aquejaba a Irlanda. Fueron víctimas de la plaga que afectó los cultivos. Varios fueron los intentos de recuperar las cosechas; esfuerzos vanos. Jason no dejaba de maldecir. Para colmo de males, las tierras no eran propias y les exigían el pago del arrendamiento. Aquellos terratenientes habían dejado morir a muchísima gente, sin hacer nada por socorrerlos.

Treinta días atrás, habían zarpado del puerto de Cork. Allí debieron dejar a dos de sus hijos. Jean era el mayor, el más conciliador y responsable, y siempre justificaba la razón de que las cosas sucedieran de una u otra manera. Aseguró a sus padres que recuperaría la cosecha el año entrante. Daniel, el menor y más insolente, en cambio, les reprochó lo que había sucedido. Pese a ello, prometió cuidar a la abuela, una anciana que había acumulado experiencia en el trabajo de la tierra y de los cultivos.

Fue muy duro despedirse de ellos. El dinero no alcanzó para el pasaje de toda la familia. Siendo los mayores y habiendo aprendido a trabajar la tierra, no tuvieron alternativa. Aquella despedida en el muelle fue muy dolorosa, tal vez no volverían a verse.

La tarde cálida permitía la estadía en cubierta. Era el lugar preferido de los niños. Con frecuencia podían ver a los marineros jugando pulseadas. También los naipes y la cerveza eran refugio para algunos. Pero el juego que entusiasmaba a los tripulantes era “El pozo de ratas”: los perros debían atrapar roedores, el ganador era el que más apresaba. Perkins odiaba las risas de los marineros que alentaban la persecución. Entonces, su pequeño corazón bombeaba agitado, mientras su agudo olfato registraba la dirección y cercanía de los perros. Las ratas se habían convertido en una plaga, de alguna manera debían controlar su propagación. Pero el morbo manifiesto divertía a algunos y angustiaba a otros, como era el caso de los niños que temían por la suerte de su compañero de juegos.

Sin embargo, aquella tarde, reinó el desánimo.

Doris, viuda madre de seis niños, vio a Elodie discutir con su esposo. Estuvo pendiente de ellos, hasta que decidida, se acercó:

—Yo lo vi, toda la noche con la señorita Emily… —dijo en voz baja señalando a Jason.

Elodie, quien parecía no querer confirmar lo que sospechaba, siseó con displicencia a la mujer.

—¡Abrazados y besándose descaradamente! Con Emily, Emily Thompson, esa prostituta… Los he visto más de una vez, querida señora.

—¡Usted está equivocada, mi señora! ¡Ocúpese de sus asuntos! —dijo Jason y se alejó haciéndose el ofendido.

Elodie miró fijamente a la mujer, negando con la cabeza. Solo dijo:

—Es un pobre hombre.

—Un sinvergüenza —dobló la señora Doris quien, finalmente, decidió virar la conversación.

—¡¿Se enteró de que ya son tres?! —dijo, persignándose.

—¿Tres qué? —repuso Elodie mientras vigilaba a Sarah, que se alejaba, jugando con Henry.

—¡Las víctimas de la peste! Dicen que se está propagando, que cuidemos a los niños. —Sus manos temblaban de frío—. Tengo seis críos, dos están brotados y con temperatura. Necesito ayuda, pero nadie me escucha. El capitán me pidió que los separe del resto y me prohíben llevarlos a la enfermería. ¿Qué haré? ¿Quién me ayudará? Necesito agua y mantas para abrigarlos. —Con un repentino llanto, se alejó dejando tras de sí tan solo preocupación.

Elodie cerró sus ojos suplicando piedad. Suspiró acongojada y buscó a Sarah:

—¡Saraaahh! —la llamó, mirando a su alrededor.

De inmediato se acercó a un marinero que barría la cubierta y le preguntó por los niños. El joven sostuvo haberlos visto hacía un momento. Habían desaparecido del lugar.

IV

Niños perdidos

Sarah, ya más tranquila, entre juegos y risas se alejó con Henry. Buscaba la muñeca de trapo, la que su abuela le había hecho con tanto cariño. Era negra, de ojos café y boca carmín; la cabellera de lana tenía tintes diversos. Sarah la adoraba. Junto a ella había tenido mil y una aventuras. La tiraba por los aires y la Negra trepaba a los árboles. Si jugaba a la mamá, ella era su bebé. En cambio, si era maestra, la Negra estaba ahí, sentadita, aprendiendo todo lo que Sarah enseñaba. Eran inseparables.

Fue entonces, que los tres —Sarah, Henry y la Negra— volvieron a la cubierta, pero Elodie ya no estaba. Sin preocuparse, entre saltos y bromas, se perdieron.

Un pasillo distribuía algunos aposentos de la tripulación. Jugando, los niños se escondían en las entradas, para volver a salir, ocultándose en otra. Fue en la puerta entreabierta de un alojamiento, que advirtieron la presencia de su mascota. Con el fin de atrapar al ratón, entraron descuidados y la puerta se cerró.

Allí encontraron al que creyeron un pasajero. Estaba inmerso en un sueño profundo. Se trataba de un marinero de aspecto muy peculiar, lo afectaba una cruel enfermedad: acromegalia; un verdadero monstruo de talla colosal. La nariz era gigante y su mentón partido; la cabeza tenía un tamaño pocas veces visto.

Asustado, pero a tiempo, Henry tapó la boca de Sarah cuando estaba a punto de gritar, evitando así que despertara el marinero. La niña temblaba, y sus mejillas se habían cubierto de lágrimas que les salían a borbotones. Tan fuerte apretaba entre los brazos a la muñeca, que las costuras parecían a punto de estallar. Henry, en silencio, intentó en vano abrir la puerta. Entonces, corrió a Sarah del lado de la cama para buscar un escondite apropiado, pero el espacio era muy pequeño, sobre todo considerando a quien lo ocupaba. No fue posible. No había dónde esconderse. Se abrazaron en un rincón y cerrando los ojos desearon desaparecer como por arte de magia.

El capitán dio la voz de alerta debido a la extraña desaparición de dos niños. Los buscaban en lo alto y en la cubierta, en la bodega, en la popa y en la proa. Pero era inútil, no aparecían.

Elodie y Janson habían recorrido los rincones en donde Sarah solía jugar. También los padres del niño registraron el barco, pero nada.

—¿Dónde se habrán metido estos sinvergüenzas? —murmuraba la señora Morgan con total despreocupación.

—¡Busquemos en el agua! —sugirió, dramático, un marinero que los había visto jugar en la cubierta.

—¡No, por Dios! —dijo Elodie—. Sarah no se aleja tanto tiempo de mi lado. Es temerosa con los desconocidos. Debe estar cerca.

El barco estaba lleno de extraños. Miles de pasajeros, familias completas como ellos. Sus cuerpos débiles los mostraban apáticos. Para algunos, daba igual morir ante ellos que encontrar el más preciado botín de oro. Nada los movilizaba, tampoco el llanto estremecedor de una madre buscando a su hija.

Entre tanto, en su compartimento el marinero comenzó a desperezarse. Su turno estaba por comenzar, debía continuar con el trabajo. De pronto, miró extrañado. Notó algo. Percibió en el aire una presencia que lo alertó. Pero ¿qué veía?, ¿niños?, ¿cómo habían llegado a allí? No podía salir del asombro.

No necesitó levantar su voz, poderosa resonó:

—¿Qué hacen aquí, ladronzuelos? Los llevaré junto al capitán para que los encierre en un calabozo.

Ambos niños rompieron en llanto. El marinero los tomó de las orejas. Sarah pataleaba intentando escapar. Henry movía su cabeza negando toda acusación.

Los condujo directamente al despacho del capitán. Al no encontrarlo, los presentó ante su contramaestre, quien esbozando una sonrisa le dijo:

—¡Has encontrado a estas dos sabandijas! ¡Por fin!

—¿De qué se nos acusa, señor? —increpó Henry.

—Jovencitos… sus padres, ¡qué digo sus padres!, ¡toda la tripulación, incluyendo al capitán, está buscándolos desde hace largo rato! ¿Dónde demonios estaban? ¿No saben que en este barco hay peligros y que no es conveniente que se alejen? —Luego consultó al marinero—: Maestre, ¿dónde los encontró?

Rápida, la niña elaboró una idea que echó a volar.

—¡Él nos raptó! ¡Fue el ogro! Nos atrapó y nos encerró. Seguramente iba a devorarnos, pero no lo hizo porque le parecimos escuálidos. —La imaginación de Sarah tenía alcances inusitados. Sabía que, si decía la verdad, no iban a creerles.

—¡Niña! ¡No mientas! —dijo el marinero, indignado—. Señor —explicó con recelo—, cuando desperté de mi siesta ya estaban allí.

—¡¿En su aposento, marinero?!

El contramaestre dudaba de ambas versiones. Entonces, todos se echaron a hablar. El marinero trataba de demostrar lo que realmente había ocurrido. Sarah y Henry, llorando, tironeaban las manos del gran hombre para zafar de tal enredo.

Por fin, se acercó el capitán un tanto desconcertado. El alboroto lo había disgustado por completo. Su asombro fue mayor al ver a los niños y supuso que eran los que tanto habían buscado. Entre argumentos contradictorios, el capitán se mostró dudoso y preocupado. Las circunstancias condenaron al marinero, quien fue demorado y encerrado en un calabozo.

Luego, los niños regresaron con sus padres y todo volvió a la calma.

V

Se pierde y se gana

Entre el azul y el violeta, el sol dejaba el horizonte y las estrellas ganaban la gala del anochecer. El mar, como un espejo, mostraba el camino hacia una luna menguante.

En tanto, en la bodega, los lamentos se apoderaban de la temida oscuridad. Algunas voces, casi extinguidas por la debilidad, completaban la escena, cuyo acto final era la muerte. Parecía el infierno. Aquella noche murieron una decena de personas. La peste corría y acababa con todo a su paso.

Entre cajones y bultos, Sarah no se desprendió de su madre. Sosteniendo la muñeca, quedó rendida en sus brazos. Soñó que un ser encantador la mecía. Se veía jugando con él. De la mano recorrían la embarcación. Sarah estaba feliz. Luego de la difícil jornada, aquel sueño era como un remanso que dibujaba una sonrisa en su rostro. Pero, de pronto, comenzó a gritar y a llorar. Elodie, preocupada, apoyó los labios sobre la frente y la abrazó con fuerza calmándola:

—Shhh niña, duerme tranquila ya, shhh.

—¡Mami, era él! ¡Mami, el ogro vendrá a buscarme!

—¡Ssshhh! Duerme ya, ha sido solo un mal sueño. Nadie vendrá a buscarte.

Sarah lloraba acongojada. No podía olvidar la cara de aquel hombre. Se había dado cuenta de que estaba preso debido a sus falsas acusaciones y que, si salía del calabozo, iría tras ella y Henry.

Al día siguiente, la niebla alertó a la tripulación. Casi no podía apreciarse el alba; bajas nubes habían provocado un descenso de la visibilidad.

—¡Maestre vigía!, ¡al palo mayor! Use el catalejo e informe de la situación. Marineros, ¡refuercen la vigilancia en el puente de mando y comuniquen las condiciones!

—Señor, tenemos un problema, el experto en navegación para estos días de niebla es el maestre Charles.

El marinero encerrado en el calabozo había agudizado sus sentidos debido a la extraña enfermedad que padecía. Poseía una desarrollada capacidad visual que, entre otros beneficios, le permitía anticiparse a las consecuencias de cambios espaciales. Además, nadie como él sabía cortar las olas evitando el balanceo infernal, por eso su habilidad era de gran valor.

—Entonces que se prepare para trabajar.

—¡No es posible, señor! —insistió el marinero algo impaciente.

—Pero... ¿por qué? —agregó el capitán con tono alterado

—Está en el calabozo, señor.

—Caramba, es verdad. ¿Qué haremos ahora?

—Señor, es una emergencia. El barco ya tiene demasiados problemas para que, encima, corra más riesgos.

—Sí, claro, hablaré con él de inmediato. Debe haber otra manera de condenar su conducta; azotes, le daré treinta azotes. ¡Sí! ¡Treinta azotes! Pero será después, ahora lo necesitamos.

Sarah escuchó el injusto comentario del capitán. Estaba escondida tras los barrotes de la escalera que conducían a la bodega. “¡Treinta azotes!”, palabras que habían retumbado en su cabecita como una sentencia propia. Bajó de prisa y buscó a Henry a quien descubrió pálido y adormecido.

—¡Despierta, holgazán! ¡Debes escuchar esto! ¡Treinta azotes! Le darán treinta azotes al pobre gigante.

—¿A quién? —respondió el niño entre jadeos y temblores.

Preocupada por su amigo, Sarah le preguntó:

—¿Qué te sucede Henry? ¡Henry! —Mientras lo sacudía, el pequeño se desvaneció frente a ella, estaba inconsciente.

De inmediato, el padre del niño quitó a Sarah del medio y lo llevó a la enfermería.

Sarah corrió a los brazos de su madre, olvidando el asunto del marinero. Buscó la muñeca para sentirse más protegida, pero ya no estaba allí; no la encontró. Su madre sostenía la debilidad del hambre. Casi desfalleciente, cobijó a su niña y buscó a Jason, a quien había perdido de vista. Pero, esta vez ahí estaba, en un rincón. Dormía entre cajones rodeado de muchas otras personas extrañas.

Horas más tarde, Charles recuperaba la libertad sin la sentencia de los azotes; el testimonio de unos pasajeros, que habían visto a los niños cuando entraron a su apartamento, lo declaraba inocente.

Mientras tanto, la niebla no cedía. La presencia del gigante era imperiosa para evitar una colisión. El marinero se dirigió desde cubierta al puente de mando.

Cuando la niebla se disipó, Charles recordó la travesura de aquellos pequeños y se propuso encontrarlos para aclarar los hechos. Pero al pasar junto a la enfermería vio al niño tendido, tieso, lo que le provocó tal espanto que su mente se nubló y ya no pudo pensar. Abatido, entró a su camarote y al ver la muñeca de Sarah abandonada en el piso, lloró.

Con dolor, bronca e indignación, fue en búsqueda de los superiores. Sin pedir permiso, ingresó como una tromba, a la oficina del capitán:

—¡Señor, yace muerto un niño en la enfermería! Son muchos los enfermos. Cientos de hombres, mujeres y niños morirán antes de llegar a tierra por esta maldita peste. ¿No hay forma de detenerla? ¿Cómo podemos hacer para que no se propague más?

—Lo lamento, marinero. Su preocupación es mía también. No tenemos fórmulas mágicas. He ordenado ventilar los aposentos y limpiar con vinagre; al menos así, desinfectaremos y evitaremos el rápido contagio.

—Parece la mano del mismo demonio —agregó Charles, desalentado.

Cuando el marinero se retiró del despacho, fue hasta la cocina donde, con mucho disimulo, robó comida. Se sentía comprometido con aquellos niños que tal vez, no por casualidad, se habían cruzado con él; se aseguraría que la pequeña no tuviera el mismo destino que el amigo. Entonces, le pidió ayuda a un compañero a quien dio indicaciones precisas: debía llevar a la niña los alimentos y la muñeca.

La describió con lujo de detalles:

—Verás, es tan pequeña como hermosa. Su cabello, muy despeinado, es rojo como el fuego. De rostro angelical sembrado por miles de pecas que delinean sus labios. Sus ojos: dos zafiros. No podrás confundirla.

—¡Cuánta poesía! Si no fuera tan niña, pensaría que te has enamorado.

Dándole un empujón amistoso, Charles alentó a su amigo a buscarla. Fue sencillo dar con ella. Tratando de que el resto de los pasajeros no lo notara, el marinero entregó a Elodie la muñeca y los alimentos. Ella, aunque estaba asombrada, le regaló una sonrisa al muchacho y luego arrulló a la Negra con los brazos de Sarah.

Pero venía acompañado de un plato amargo y muy duro. Fue en ese momento que el doctor dio cuenta a sus padres de la fatalidad que arrastró a Henry a la muerte.

—¡No es verdad! —gritó el padre.

La madre no emitió sonido alguno. Solo miró a Sarah y esbozó una leve sonrisa: sus ojos encendidos se tornaron totalmente negros y opacos. La niña otra vez tenía esa visión que la obligaba a girar la cabeza. Su presencia le daba escalofríos.

Sarah se refugió tras su madre. Oprimió contra el pecho a su querida Negra.

Elodie, con lágrimas y muy poca energía, explicó a su pequeña:

—Henry ha partido.

—¿Adónde, mami? ¿Adónde se ha ido? ¿Volveré a verlo?

—Seguramente. Algún día volverán a encontrarse y jugarán juntos como lo hacían.

Sarah lloraba. Solo sentía que extrañaría a su amigo.

Horas más tarde, en la cubierta, los navegantes se preparaban para el aparejo del buque. El aire pesado y las densas nubes dejaban ver la proximidad de una tormenta.

En tanto, Charles preguntaba a su compañero:

—¿Pudiste encontrar a la niña?

—Descuida, estaba con su madre. Ellas tienen lo que tú me diste. Pero ¿la conocías?

—No, sí, digo no, apenas la he visto una vez. Pero, es su amigo el niño que murió. Me compadecí de ella. Temo que algo así le pase. Sabes, es la falta de comida lo que está acabando con todos. No es justo que estas almas inocentes se apaguen tan tempranamente. Nadie hace nada por ellos. Se dice que, en el lugar del cual provienen, les quitaron las tierras que les pertenecían y, lo peor, allí también les negaron toda clase de alimento.

Entrada la noche, comenzó a soplar una brisa peculiar. La tripulación pudo advertir que nada bueno traería aquel aire, principio de vendaval.

Elodie, extrañada por la sorpresiva ofrenda del desconocido, ocultó los alimentos. Pero, Doris que observaba todo a su alrededor, había notado la entrega. Entonces reclamó:

—¿Quién es usted que le traen comida especial?

—¡Nunca he visto a ese hombre! Creo que se equivocó de persona. Pero usted podrá imaginar que no voy a tirar ni una migaja. —Elodie le entregó una ración.

—Agradeceré de por vida su gran gesto, mi estimada señora. ¡¿Cuánto más tendremos que soportar?! ¡Parece que nos acompaña una maldición!

Elodie la abrazó.

De pronto, se apagaron los candiles. En medio de la oscuridad, los vaivenes y azotes del viento comenzaron a sentirse. Una lluvia huracanada los sorprendió. Los bocados quedaron atragantados y, en silencio, el miedo le ganó al hambre.

VI

La marejada

El buque se hamacaba como poseído por fuerzas malignas.

—¡A estribor! ¡A babor! —gritaba el capitán a la tripulación.

Se inclinaba hacia un lado y hacia el otro. Los pasajeros de la bodega en constante vaivén se entremezclaban con los fardos y bultos.

Sarah se levantó y, en zigzag, intentó recuperar los brazos de su madre. Jason, en cambio, asustado, buscaba un lugar donde refugiarse.

Una ola de diez metros barrió la cubierta y en rápida cascada desembocó en la bodega arrasando y cubriéndolo todo. El estruendo los paralizó. Elodie nadó y se aferró a una pila de cajones que el agua amontonó. Con desesperación, buscó a Sarah. No la veía. Los demás, entre ahogos y gritos de socorro, intentaban alcanzar la superficie. Todo flotaba. Sarah había desaparecido.

El capitán luchaba con todas sus fuerzas para mantener el barco a flote, esquivándolas y navegando con habilidad. Con un movimiento firme, tomo el timón como si sujetara las riendas de un potrillo salvaje. A pesar de la furia del mar, su esfuerzo titánico había logrado mantener el barco a salvo.

Sarah se había sumergido en la profundidad de la bodega. Mientras luchaba por sobrevivir, apreció el más horrible espectáculo: personas que con los ojos abiertos se entregaban a la muerte; otras, en cambio, con desesperación trepaban entre las cajas de carga tratando de salvar sus vidas.

Algo inesperado atrajo la mirada de la pequeña: ¡era Perkins!, que, al igual que ella, buscaba salvarse. Guiándola, el animalito le marcó un camino. Subió por encima de equipajes, bultos y hasta sobre personas. Pero una mano agarró a Sarah tironeándola hacia el fondo: la madre de Henry. La niña, desesperada, observó en su cara facciones malignas que la asustaron. El ratón mordió aquella garra. A toda prisa acompañó a Sarah a la superficie. Semiinconscientes, ambos quedaron tendidos en la escalinata.

Se escucharon los rezos desesperados de los que lograban salvarse. Pedían ayuda, lloraban, gritaban.

Por fin, al cabo de un día de sufrimiento, como un milagro, el sol los abrigó.

VII

El remanso

Charles y otros marineros comenzaron con la dura tarea de revisar el estado de la embarcación.

En primer lugar, bajaron a la bodega para sacar el agua y ayudar a los pasajeros. Fue entonces cuando Charles vio a Sarah, como a tantos otros, tendida, boca abajo, empapada; tenía su brazo derecho arañado y las plantas de los pies heridas. De inmediato la llevó con el doctor.

Tras la tormenta, confinados en la bodega, miles de pasajeros cayeron enfermos. Otros, como Jason, murieron. Borracho, se dejó arrastrar por las aguas.

Las consecuencias de la tormenta agravaron la situación. Como en una batalla, la peste los amontonaba. El capitán daba la triste orden de arrojar los cadáveres por la borda.

Los afectados por la humedad que todavía imperaba subieron a la cubierta a secar el ropaje y las pocas pertenencias recuperables. Los marineros, mientras tanto, llenaban baldes de agua y los tiraban al mar; barrían, intentaban arreglar los destrozos. La tormenta había destruido todo: las cargas de toneles de vino, los cajones de alimento y, lo más grave, los tambores de agua se habían desamarrado y se vaciaron por completo sobre la cubierta.

Cuando Sarah abrió los ojos se encontró con Charles quien esperaba ese momento. La niña creyó que era un sueño, pero al escucharlo se dio cuenta de la realidad:

—¡Niña, calma! Has tragado mucha agua, pero estarás bien si descansas un poco más.

Llorando, Sarah clamaba por la presencia de su madre, quien también estaba enferma. Charles trató de serenarla, pero no fue posible. Debió llamar a una joven mujer, pasajera de primera, que había ofrecido al capitán su ayuda como enfermera. Apenado se alejó de aquel entorno agobiante.

Sarah permaneció el resto del día al cuidado de la dama.

El sol se ponía detrás de las nubes. La soledad de la cubierta estaba acompañada por el suave sonido del agua.

A la mañana siguiente, Sarah despertó desesperada de hambre, era buena señal. Tomó dos tazones de leche acompañados de un trozo de pan. Complacida, la pequeña se incorporó y abandonó el lecho. Buscando a alguien con quien jugar, no percibió la presencia de Cateline, la muchacha con conocimientos de enfermería, quien le dijo:

—¡No tan de prisa jovencita, vuelve a descansar!

—¡Estoy bien, estoy bien! —insistía Sarah—. ¿Dónde está mi mamá? ¡Quiero a mi mamá!

Cateline revisó cuidadosamente a Sarah y, comprobando su buen estado, decidió acompañarla en la búsqueda de su madre. Recorrieron la bodega y la entrecubierta, pero no la encontraron.

Al subir, Charles las interceptó. Con alegría, levantó a la pequeña Sarah quien, rígida como un tablón, comenzó a temblar. Aquel hombre le provocaba aprensión. Pese a su simpatía y al esfuerzo por conquistarla, ella no lograba borrar el recuerdo del primer encuentro.

—¡Te has mejorado, niña! ¡Te ves muy bien!

Sarah pataleó, así logró liberarse del gigante y de inmediato se refugió tras la falda de la enfermera, quien dijo:

—Buscamos a su madre.

—¡Y a mi papi! —dijo Sarah, mirando con recelo a Charles.

—No sé quién es el padre. Su madre está con otros enfermos —contestó el marinero que había averiguado dónde estaban los padres, dado que nadie había preguntado por ella.

Luego, se acercó al oído de Cateline y agregó:

—Su mamá está muy enferma.

Ella miró a la niña, suspiró y la llevó al encuentro con la madre.

—¿Adónde me llevas?

—Veremos a tu mami que está enferma. Pero debes prometerme que estaremos solo un rato y luego la dejaremos descansar para que mejore. ¿De acuerdo, niña?

Charles esperaba la vuelta de la pequeña. Recorría el pasillo pensando cómo podía ayudarla. Fue entonces, cuando las vio. La señorita Cateline, con una preocupada expresión, negaba el buen estado de la madre. Sarah, en cambio, tenía la mirada perdida, cierto grado de ingenuidad la resguardaba. De inmediato, el marinero se acercó y ofreció colaboración para encontrar al padre. Pero Sarah se resistió. No quería su compañía. Entonces, el marinero se propuso convencerla.

—Dime, niña, ¿cómo te llamas?

—Sarah —respondió seria y casi ignorándolo.

—¿Con qué juegas?

—Contigo no —aseguró de mal modo.

—¡Ya sé! Te llevaré a lo alto del palo mayor y allí podrás tocar las estrellas.

A Sarah le brillaron los ojos, pero su cara mostraba disgusto.

—Señorita, ¿se anima usted a subir conmigo? —preguntó el marinero a Cateline.

Sarah, entonces, recordó a su muñeca. La había perdido durante la tormenta.

—¡Debo encontrar mi muñeca, la Negra! —le dijo a la enfermera, tironeándole la pollera.

—¡Otra vez se perdió! ¡La encontraremos! —Con una enorme sonrisa, Charles subió a la niña sobre sus hombros y fue rumbo a la bodega.

Sarah llevaba el ceño fruncido.

En la bodega, la humedad, la mugre, el desamparo revelaban las consecuencias del temporal. Charles comenzó a moverlo todo. Corrió cajas, bultos, movilizó a la gente… De repente Sarah gritó: “¡ahí está!” El aspecto de la muñeca era lamentable. Descolorida y pesada, perdía agua a chorros.

Fue en ese instante, mientras veía el rincón preferido de su padre, que lo recordó: “¡Papi!”, lo llamó suavemente.

Con un gesto apacible, Jason levantó la mano derecha y se despidió. La niña respondió del mismo modo, lo saludó y sonrió. Luego, la imagen desapareció. Tres de los hijos de la señora Doris —Áine, Brian y Tomás— se encontraban allí, justo en el sitio donde Sarah lo había visto. Extrañados, respondieron al saludo de Sarah.

Charles le propuso salir de allí.

VIII

Buenos amigos

Horas más tarde, en la cubierta, los tres estaban en lo alto del palo mayor. Mientras la Negra se escurría y absorbía el calor del sol, Sarah observaba cómo la quilla cortaba las olas. Charles, cuidadoso, la sostenía, se jugaba el pellejo. Sabía que podía estar en problemas.

La niña nunca olvidó aquel día. Así nació una gran amistad entre Sarah y el navegante.

El capitán le había concedido la responsabilidad sobre la niña, dado el infortunio de sus padres. La madre agonizaba y del padre se sospechaba que había muerto durante la tormenta.

El marinero se había propuesto que la alegría no faltara en la vida de Sarah. Le enseñó, entre otras cosas, a jugar a los naipes. También a bailar y a cantar a dúo. Con Perkins se llevaron la mejor parte. Lo entrenaron aún más, como a una estrella de circo; le enseñaron a saltar por pequeñas rampas, a meterse por túneles de botellas y a zigzaguear entre pernos de madera. Sus espectáculos eran aclamados por los niños que se reunían sin importar las diferencias. Había logrado que Sarah sonriera a pesar del dolor, la tripulación la adoraba. La pequeña pelirroja descubrió en aquel marinero una fraternal amistad.

Charles era un joven solitario. La familia había sido víctima de un terrible naufragio. Su lugar era el barco, aunque siempre surgían problemas. Dentro de la tripulación se diferenciaban dos grupos: los que perseguían a Charles con burlas, insultos y todo tipo de hostilidades; y los que lo defendían.

Durante un mediodía, mientras Sarah comía de un tazón pedazos de pan flotando en un tibio caldo, observó a unos marineros que, sentados en cajas de madera, barajaban cartas sobre un tonel. El juego comenzó sin sobresaltos. La niña reía a carcajadas al ver las señas que Charles hacía a su compañero de partida. Casi al terminar una mano, vio como uno de los oponentes le tiraba a su amigo el mazo en la cara: