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Marc Spice, un reconocido psiquiatra de Portland, lidia con la culpa por el suicidio de un joven paciente. No encuentra consuelo, hasta que descubre un programa de radio, Hasta la Medianoche, dedicado a los insomnes como él. Durante dos horas, se entrega a la voz envolvente y seductora de la periodista. Una tarde, una nueva paciente toca a su puerta. Su nombre es Marion Bryce; algo de su pasado la persigue, pero no puede recordar de qué se trata. Alguien la acosa, le manda mensajes misteriosos a la radio donde trabaja. El que los escribe parece conocerla bien. Y Marion teme haber hecho algo muy malo. Marc reconoce esa voz: es la conductora de su programa favorito. Quiere ayudarla a enfrentar los miedos y descubrir la verdad de su pasado, pero entra en conflicto con su profesión porque está totalmente enamorado. Un psiquiatra a punto de romper las reglas. Una mujer que tiene miedo de sí misma. Una familia aristocrática que no quiere que la verdad salga a la luz. Y el amor, ese puente que ayuda a atravesar todas las tempestades. Con su talento para navegar en distintos géneros literarios, María Laura Gambero ofrece un thriller psicológico atrapante, que combina acción, intriga y misterio con el romance más apasionado.
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Seitenzahl: 507
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Marc Spice, un reconocido psiquiatra de Portland, lidia con la culpa por el suicidio de un joven paciente. No encuentra consuelo, hasta que descubre un programa de radio, Hasta la Medianoche, dedicado a los insomnes como él. Durante dos horas, se entrega a la voz envolvente y seductora de la periodista.
Una tarde, una nueva paciente toca a su puerta. Su nombre es Marion Bryce; algo de su pasado la persigue, pero no puede recordar de qué se trata. Alguien la acosa, le manda mensajes misteriosos a la radio donde trabaja. El que los escribe parece conocerla bien. Y Marion teme haber hecho algo muy malo.
Marc reconoce esa voz: es la conductora de su programa favorito. Quiere ayudarla a enfrentar los miedos y descubrir la verdad de su pasado, pero entra en conflicto con su profesión porque está totalmente enamorado.
Un psiquiatra a punto de romper las reglas. Una mujer que tiene miedo de sí misma. Una familia aristocrática que no quiere que la verdad salga a la luz.
Y el amor, ese puente que ayuda a atravesar todas las tempestades.
Con su talento para navegar en distintos géneros literarios, María Laura Gambero ofrece un thriller psicológico atrapante, que combina acción, intriga y misterio con el romance más apasionado.
María Laura Gambero es escritora y relacionista pública especializada en protocolo gubernamental.
En 2003, obtuvo una mención de honor por su cuento “Cuando vuelvas por mí”, en el concurso Narradores Urbanos y Suburbanos, de Ediciones Baobab.
Diez años más tarde, incursionó en la novela contemporánea. Entre sus obras más destacadas encontramos El instante en que te vi, Devuélveme la vida, Te quiero conmigo y Hasta que decidas regresar. En 2020, llegó a VeRa con Salvar un corazón, novela en la que ya queda de manifiesto su talento para el thriller romántico. En 2023, bajo el mismo sello, apareció El dominio de las flores. María Laura vive en Buenos Aires con su esposo e hijos.
Devonshire, Inglaterra, julio, 1988
Las primeras luces del día se filtraban perezosas a través de los postigos. El amanecer anunciaba el comienzo de un nuevo día y, principalmente, lo tarde que se había hecho. Dejó la caballeriza con preocupación. Se suponía que no debía estar allí; si se sabía, recibiría una gran reprimenda.
Sobre la copa de los árboles que bordeaban la propiedad asomaba el resplandor de los primeros rayos de sol. El parque estaba sumido en la penumbra que a la distancia tenía una apariencia casi fantasmagórica colmada de sombras y ecos de la naturaleza. La brisa que llegaba desde el acantilado se sentía pegajosa, húmeda. Sería una mañana calurosa.
Asomó el rostro con cautela y algo de temor. No se veía un alma por los alrededores, lo agradeció y alzó al cielo una plegaria para que siguiera igual. No sería nada bueno cruzarse con ojos indiscretos que terminarían generando problemas.
Respiró hondo y reuniendo coraje, se aventuró a la amplitud del parque. Las sombras fueron su cobijo y apuró el paso para escabullirse entre los setos bajos que marcaban los caminos laterales que delimitaban el jardín. Procuró caminar en cuclillas, para no sobresalir.
No había llegado ni a mitad de camino cuando un sonido alteró la paz reinante. Miró a ambos lados, a simple vista no vio a nadie, pero segundos más tarde, una mujer apareció corriendo desde el bosque quebrando la armonía perfecta. Parecía asustada. La reconoció en el acto.
Se parapetó primero contra los setos y desde allí observó la escena que ante sus ojos cobraba vida al notar que otra persona la alcanzaba. El silencio fue invadido por un siseo suave que no tardó en convertirse en susurro y rápidamente cobró la forma de un murmullo sostenido. Reconoció las voces y al asomarse para ver qué sucedía, confirmó sus sospechas. Estaban teniendo una discusión.
No quería saber más. Lo que estaba escuchando era demasiado revelador. La angustia se arremolinó en su estómago. Mejor se apuraba a salir de allí. Era peligroso arriesgarse. Casi a la rastra, fue poniendo distancia. Se detuvo solo cuando se sintió a salvo. Antes de desaparecer, miró por sobre su hombro para corroborar que nadie había notado su presencia. Entonces se deslizó dentro. Al cerrar la puerta que dividía el exterior del interior creyó oír un grito ahogado que devolvió el silencio.
Devonshire, Inglaterra, abril, 1999
La primavera se había instalado en todo su esplendor. Desde el mirador mayor del castillo Bryce se apreciaba la vasta extensión de tierras verdes que rodeaban la añeja construcción. Delimitaba la propiedad un tupido bosque al norte y, al sur, un acantilado rocoso y empinado que lo separaba del océano.
Era una mañana templada. El cielo se mostraba salpicado de nubes y una brisa fresca llegaba desde el mar. Será un día maravilloso, pensó Clarisse Bryce al dejar la terraza para dirigirse al invernadero que había mandado a construir junto a las caballerizas. Por mucho era su lugar favorito de la casa. Allí ella se abandonaba a sus pensamientos y recuperaba su esencia lejos de las responsabilidades del rol que ocupaba.
Clarisse Clayton Bryce era la segunda esposa de Alphonse Bryce, vizconde de Devon. Siendo ambos viudos, habían contraído matrimonio una fresca mañana de septiembre hacía más de treinta años. No tenían hijos en común.
Acomodó la cesta que llevaba para recolectar flores y se concentró en sus orquídeas. Eran legendarias. Las cuidaba con mucha dedicación, eran su orgullo. Con dos de los ejemplares participó del concurso regional y obtuvo el primer puesto.
Colocó una maceta sobre la mesa de trabajo. Debía abonar la tierra y prepararla para realizar un injerto. Mientras recolectaba los materiales que necesitaba, espió el exterior. Sonrió al ver a su esposo que avanzaba por el jardín acompañado por uno de sus lebreles.
Lo contempló a la distancia. Su Alphonse era un hombre espléndido, de porte distinguido, que aún conservaba el temple de su juventud. Pero ella no se engañaba, no sería eterno. Bajó la vista a la orquídea que tenía en sus manos y trabajó la tierra pensando en su esposo y en el asunto que desde hacía años lo mortificaba. Ella más que nadie sabía que no se atrevía a manifestarlo por miedo a que toda esa desdicha se tornase incontrolable y lo afectara más todavía. Pero no hablar del tema no hacía que el problema desapareciese y con cada día que pasaba, la resolución del caso quedaba en manos del destino.
Clarisse no se resignaba. No había abandonado la idea que guardaba desde hacía años. Para ella, más allá de las tradiciones, había un sucesor conveniente por encima de todos los demás. Pero Alphonse se resistía y Clarisse sentía que debía tomar cartas en el asunto. Después de todo, acomodar las piezas en la dirección correcta requería de cierta intervención.
Desde el exterior le llegaron los ladridos del lebrel. Sonrió al ver cómo Alphonse le arrojaba una pelota que el perro se desesperaba por atrapar. En tan solo dos meses, cumpliría noventa y dos años. Y esta vez Clarisse estaba empecinada en organizar un gran festejo para celebrarlo.
A Alphonse no lo entusiasmaba la idea. Últimamente, las reuniones familiares ya no eran lo mismo: habían surgido grandes diferencias, grietas, abismos que por momentos parecían insondables. Mientras le daba vueltas al asunto para encontrar una solución, Clarisse tomó el frasco de nutrientes y comenzó a echar la medida adecuada en las distintas macetas.
Pero eso tenía que cambiar. Ya había transcurrido demasiado tiempo, era hora de que los roles se acomodaran y que cada uno ocupase el lugar que le correspondía. Sí, se dijo, ya es momento. Las desavenencias entre padre e hijo habían enturbiado el aire. Si hasta las Navidades se habían visto afectadas por las ausencias y las rispideces familiares.
Esta Navidad va a ser diferente, resolvió Clarisse. Las situaciones adversas debían ser atacadas con firmeza y determinación. Era un año especial y así de especial debía ser el festejo. El cambio de milenio debía jugar a su favor. Sonrió, orgullosa de haber encontrado una solución.
La entusiasmó la idea de devolverle al castillo su esplendor y reunir a toda la familia como antes. Cuanto más lo pensaba, más se convencía de que era una idea brillante y de que no todo estaba perdido. Si lo planificaba correctamente, no tenía por qué salir mal.
Tomó la cesta para las flores y fue en busca de algunas para decorar los floreros de los salones. Le agradaba ocuparse de eso.
Una hora más tarde regresó a la residencia con la cesta colmada, pero no tenía cabeza para organizar los arreglos florales, su mente estaba en otra parte: ya había comenzado a confeccionar la lista de invitados.
Ingresó a su despacho personal y se dirigió al escritorio. Antes de compartir sus planes con Alphonse, quería asegurarse de no sufrir sobresaltos y, para eso, debía realizar algunas averiguaciones sobre un tema que hacía rato la inquietaba.
Del segundo cajón lateral extrajo una pequeña caja donde guardaba algunas tarjetas. Buscó la que necesitaba. Sin demora tomó el teléfono y marcó.
Portland, Oregon, agosto, 1999
Esa templada noche de agosto, Brad Monroe limpiaba un vaso de whisky hasta sacarle lustre. De paso echaba un vistazo al salón principal apenas salpicado de clientes, en su mayoría habitués.
El bar Sunset estaba ubicado sobre la carretera que conectaba el centro de Portland con la zona de los altos. Para muchos era un lugar de paso; para otros, el sitio donde terminar el día; para Brad Monroe, el dueño, ese local era su lugar en el mundo.
Como la mayoría de los martes, el local se hallaba envuelto en un clima cadencioso, propio del final del día, empujado por la suave música de Crowded House.
En una de las mesas centrales, dos amigos compartían un par de cervezas mientras conversaban sobre un partido de béisbol; una vez por semana o cada quince días a más tardar, se presentaban. Un poco más alejado, un hombre de mediana edad cenaba en soledad; era el sereno de una fábrica de muebles ubicada no muy lejos de allí. Se marcharía en media hora.
De reojo, Brad miró el extremo opuesto de la gran barra, donde su amigo Marc Spice terminaba su cena con aire melancólico. Era número fijo últimamente, y eso no era algo que le agradara. Lo conocía desde hacía años. Era un hombre alegre, de sonrisa fácil y conversación amena. Sin embargo, desde hacía varios meses se lo veía sombrío y apesadumbrado.
El dueño de Sunset estaba preocupado. Al parecer, Marc atravesaba una situación complicada que parecía haberlo sacado de eje. Terminó de limpiar el vaso. Lo estudió una última vez y, al quedar satisfecho, lo colocó en el estante junto a los demás. Tomó otro y comenzó una vez más con el procedimiento. Se acercó a su amigo, lo había dejado demasiado tiempo solo esa noche.
–¿Algo más? –preguntó al retirar el plato que hacía rato había terminado.
–No, mejor no –respondió el hombre lacónico.
Brad volvió a recorrer el bar con la mirada. En uno de los privados, una pareja compartía arrumacos, mientras tres hombres en mesas separadas bebían con calma y en silencio.
–Creo que iré a casa –anunció Marc al ponerse de pie. Dejó caer unos dólares sobre la barra para luego estirar la mano para saludar a su amigo–. Nos vemos mañana –agregó a modo de despedida.
–Aquí estaré –respondió Brad. Lo observó dirigirse a la salida con paso abatido y por primera vez en mucho tiempo decidió intervenir–. ¡Oye! –lo llamó antes que dejara el establecimiento. Marc se detuvo y lo miró–. Sabes que esto no puedes seguir así mucho tiempo más, ¿verdad?
–Lo sé –respondió, con una sonrisa tenue de agradecimiento.
–Estamos preocupados, Marc –agregó.
–También lo sé, Brad. Pero no tienen por qué, estoy trabajando en ello –reconoció–. Gracias, amigo. Hasta mañana.
Y se fue.
Afuera lo recibió una brisa fresca. Se acercaba el otoño y aunque todavía no había llegado lo peor, era evidente que el verano se debilitaba. Apuró el paso hacia su camioneta estacionada a pocos metros de la entrada del bar.
El trayecto hasta su hogar era lo suficientemente largo como para prepararlo para lo que vendría. Ya en la camioneta encontró un poco de confort. Condujo con tranquilidad. Las luces de la ciudad se alineaban como estrellas gracias a la humedad tan característica de Portland. No había ni un alma a esa hora en las carreteras.
Como todas las noches, encendió la radio y dejó que la música lo guiara a otros derroteros. No quería pensar; mucho menos anticiparse. Rogaba en silencio que esa noche no sucediera nada.
Ya hacía más de diez años que vivía en las afueras de Portland. El clima y el paisaje le recordaban a su Chicago natal donde habían quedado sus padres y sus tres hermanos, todos médicos, a excepción de su madre. Entre su padre, sus dos hermanos varones –mayores que él– y su hermana menor, el clan Spice cubría especialidades como cirugía general, cardiología, neurología y pediatría. Marc, era psiquiatra. Hubo un tiempo en que estuvo muy orgulloso de eso y también de haberse instalado en Portland y construir su vida ahí, en la Costa Oeste, lejos del paraguas de su familia.
Ingresó a su hogar y se dirigió directamente al cuarto de baño. Encendió la luz y sus ojos chocaron con su propia imagen en el espejo. Vio mucho más allá del hombre de tez blanca, ojos azules, barba castaña y hombros anchos. Ante él se presentaba la imagen del fracaso, el débil reflejo del profesional que, recostado en la soberbia del conocimiento, no supo detectar las señales ocultas en un comportamiento errático.
Respiró hondo y se apartó. Ya no quería ver. Mortificarse no serviría de nada, lo sabía. El cansancio comenzaba a adueñarse de su mente y de su cuerpo. Necesitaba aprovecharlo para alimentar al sueño que empezaba a asomar. Con la lentitud de un autómata, se desvistió, demorando lo que estaba por venir. El nudo que fue lentamente cobrando forma en su garganta era una confirmación de que estaba lejos de dominar la situación. Apagó la luz con fastidio y fue a su habitación donde enfrentó la cama sabiéndose derrotado.
Llevaba meses sin dormir. Últimamente, solo le robaba apenas un puñado de horas a la noche hasta que una pesadilla tan aterradora como recurrente lo arrojaba al vacío. Se negaba a tomar pastillas para dormir. Como psiquiatra que era, sabía cómo ayudar a los que atravesaban ese tipo de situaciones y cómo aplacar los fantasmas. Pero no deseaba hacerlo para sí. En el fondo se sentía merecedor del tormento que lo acosaba.
El silencio era total, absoluto. La oscuridad completa, inescrutable. Tenía los ojos abiertos, clavados en el cielorraso que no alcanzaba a distinguir. Cada noche era igual, casi un rito. No había forma de eludirlo.
Cerró los ojos, el cansancio empezaba a ganar la partida empujándolo al borde del precipicio. Las voces llegaban desde el más allá como un susurro envolvente que lentamente se convertía en murmullo y cobraba forma. Los interrogantes relampagueaban en su mente agobiada anunciando la tempestad que traía frustraciones y la certeza de no haber estado a la altura. Una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla. No supo si había logrado limpiarla porque finalmente se durmió.
“Dr. Spice, usted dijo que se irían… Usted dijo que ya no me perseguirán y que podría sentirme mejor. Usted lo dijo… ¿Por qué no me dijo la verdad? ¿Por qué me mintió? Yo le creí, pero terminó siendo como los demás. A nadie le importa”.
Marc estiró la mano para alcanzarlo. Quería decir algo. Quería explicarle, tal vez justificarse, pero las palabras no salían de su boca, ni siquiera lograban atravesar su garganta. En cambio, el miedo estaba allí. El dolor era insoportable y le presionaba el pecho impidiéndole respirar con normalidad. Le faltaba el aire.
“Usted sabe que se equivocó, ¿verdad?”. Le hablaba sin apartar la mirada, como si no hubiese nadie más a su alrededor. “¿Usted comprende que nunca estuvo siguiera cerca de entender lo que me sucedía?”
Los gritos del chico eran como puñetazos contra su pecho. Podía palpar las palabras, podía oler la desesperación hasta que la boca se le llenó del sabor metálico de la sangre. Lo miraba de modo penetrante, acusatorio, lo atravesaba. Había tanto dolor en sus ojos, tanto cansancio. “Usted lo dijo, doctor Spice, usted dijo que, si le hacía caso, todo iría mejor. ¿Por qué me mintió? ¿Por qué me defraudó así?”.
Despertó abruptamente, necesitado de una bocanada de aire. Se sentó en la cama y, respirando con agitación, recorrió el oscuro ambiente con la mirada. Sentía la presencia del chico. Giró hacia la mesa de noche donde estaba el reloj. Marcaba las once y dos minutos de la noche. Ya no dormiría.
Portland, Oregon, agosto, 1999
Llevaba horas conduciendo. Esa mañana, con las primeras luces del alba, había dejado San Francisco. Le costaba creer que había recuperado el rastro. De reojo consultó el mapa que descansaba en el asiento del acompañante. Un gran círculo marcaba la zona de la dirección que había conseguido. Entrecerró los ojos y recorrió los alrededores con la mirada. La tarde moría tras la tupida vegetación de Oregón y ese detalle dificultaría la búsqueda.
Lo habían contratado para descubrir más sobre su vida. Principalmente, quien le pagaba deseaba saber cómo eran sus días y con quién los compartía. También si la aquejaba alguna contrariedad o si algo la amenazaba. Para facilitar su trabajo, le habían suministrado el nombre completo de su objetivo, como así también su dirección en San Francisco, su trabajo al frente de un programa televisivo, entre informativo y de variedades, muy popular en la Costa Oeste.
El primer mes estuvo plagado de días de mucha introspección, de estudiarla y conocerla a la distancia. La muchacha era mucho más hermosa de lo que le habían informado. Durante semanas siguió el programa Mañanas Estelares, del que ella formaba parte. No se lo perdía por nada del mundo. Su objetivo era una mujer con una vida agitada pero bien llevada; además de su trabajo, asistía a la universidad, clases de yoga, gimnasio y encuentros con amigos. No tenía ninguna relación estable, como tampoco detectó amenazas o contratiempos de ningún tipo. A simple vista, nada fuera de lo normal. Toda la situación parecía una pérdida de tiempo.
Al cumplirse el tiempo previsto para la investigación, se ocupó de informar a quien lo había contratado que había dado con el objetivo de su interés y que se la veía feliz, satisfecha con su vida que parecía interesante.
“Algo tiene que haber”, había sido la respuesta que obtuvo del otro lado de la línea. La afirmación escapó de su boca sin que lo advirtiese y en ella el detective percibió la desolación que la falta de información le provocaba.
–¿Eso qué se supone que quiere decir? –preguntó el detective–. Tengo la sensación de que esperaba escuchar otra respuesta. Deje que le diga que, si hay algo que deba saber, este es el momento de decirlo…
Lo descolocó que dudara y al mismo tiempo, esa reacción incrementó su curiosidad. No tuvo ni tiempo a replicar, antes de que pudiera sumar comentarios, le informaron que ese mismo día se acreditaría la primera parte de lo acordado en su cuenta bancaria. La investigación debía continuar.
El pedido le parecía innecesario e improductivo. ¿Qué quería que encontrara? Había investigado los antecedentes de la mujer sin dar con nada llamativo; lo más probable era que se negase a regresar a Inglaterra porque no le agradaba el clima. Pero le pagaban bien y por el momento no tenía otro caso entre manos, así que continuaría observándola y siguiéndola. Eso no lo disgustaba en lo más mínimo. La mujer le atraía. Pero ese sería su secreto.
Como todas las mañanas, se acercó a un bar cercano a la televisora donde desayunaba mientras miraba el programa. Desde allí sentía tener todo controlado, si hasta en tres oportunidades, la había visto aparecer con sus compañeros.
Quizás por aburrimiento o por la necesidad de acercarse a ella, una mañana decidió enviarle un mensaje al programa. En algún punto lo divirtió pensar que ella no sabría que él estaba allí, observándola, atento a cada movimiento; a esa altura sabía mucho de ella. No exageró, apenas unos cinco mensajes en donde le decía que le agradaba su manera de abordar los temas, que era lo mejor del programa, que tenía una voz magnífica, que su sonrisa estaba colmada de luz. De pronto, enviarle mensajes se volvió una forma de intimidad: empezaba a sentir que tenía un vínculo con ella.
La pasividad de su trabajo se vio inesperadamente alterada dos semanas más tarde. Ante la atenta mirada de un millón de espectadores, la conductora estrella comenzó a temblar sin poder contenerse hasta, para horror de la audiencia, desvanecerse frente a las cámaras. Nadie sabía qué había sucedido.
A partir de entonces, todo fue una locura. Necesitado de entender qué sucedía, se había acercado a la entrada de la televisora donde, además de gran cantidad de admiradores, había una ambulancia. El secretismo era extremo.
Siguieron días de desconcierto y confusión que terminaron por enfurecerlo. Nadie decía nada. Ella no iba al programa y tampoco a su departamento. Al quinto día de ausencia, sus compañeros de Mañanas Estelares anunciaron que un problema de salud la había alejado por un tiempo. Al chequear en su domicilio, un vecino le informó que la muchacha se había marchado. Le había perdido el rastro.
Casi dos meses le llevó saber que había dejado la ciudad y necesitó otras dos semanas para descubrir que se había instalado en una cabaña a las afueras de Portland. Con ese dato en su poder, todo fue más sencillo. Y ese fue el comienzo de la cacería.
Paradójicamente, el repentino cambio de escenario confirmó las sospechas de su empleador. Pero ¿qué la había hecho reaccionar? Su intriga se incrementó considerablemente a partir de ese momento. Condujo desde San Francisco hasta Portland dándole vueltas a la situación, evaluando posibilidades e intentando arribar a posibles conclusiones.
Al entrar en las inmediaciones de la capital de Oregon, lo único que tenía claro era que estaba frente a un caso mucho más complejo de lo que había creído. Esta vez no se distraería. Tenía que estar atento; no podía darse el lujo de volver a perderla. Faltaba poco más de una hora para llegar a destino y su ansiedad crecía ante la posibilidad real de verla de nuevo.
Para recuperar fuerzas y organizar los próximos movimientos, se detuvo brevemente en una cafetería. Mientras bebía su café, chequeó la dirección que había marcado en un mapa de la zona. No estaba lejos, apenas a un par de millas. Estudió los alrededores para decidir cuál era la mejor forma de acercarse.
La excitación era tal que apenas pudo probar bocado. Solo el café caliente logró bajar por su garganta. Lo necesitaba, estaba cansado y debía mantenerse despierto por lo menos por unas cinco horas más. Pero debía calmarse, esta vez debía ser más inteligente. Definitivamente, intentaría acercarse y por qué no, generar algún vínculo para monitorear todos sus movimientos. Y conocerla mejor.
Media hora más tarde, dejaba la autovía para ingresar en una zona residencial, de calles serpenteantes delimitadas por arbustos y, cada tanto, entradas privadas de vehículos.
Disminuyó la velocidad a medida que se acercaba a la dirección que le interesaba. Al final, detuvo el vehículo a pocos metros de la entrada de una propiedad. ¡Aquí es!, pensó. Desde donde se encontraba, podía ver la cabaña de zócalo de piedra y madera oscura rodeada de vegetación. A través de una galería donde una luz cálida iluminaba un asiento de madera se accedía a la vivienda. El espacio para el auto estaba vacío por lo que dedujo que ella no estaba en la casa.
Te encontré, preciosa, pensó con frialdad. ¿De qué te estás escondiendo?
Las luces de un vehículo que se acercaba lo alentaron a moverse. No podía darse el lujo de llamar la atención en ese lugar tan solitario. Avanzó y por el espejo retrovisor vio que el vehículo entraba en la cabaña.
Se le aceleró el pulso al verla aparecer en una de las ventanas. Estaba igual de hermosa. Iba y venía por los ambientes con aire despreocupado. Aparecía y desaparecía de su vista. Bebía una copa de vino y en un momento se sentó frente a la televisión. El juego volvía a comenzar en su cabeza, pero esta vez no cometería ningún error. Bajó la vista al asiento del acompañante y estiró la mano para apartar el mapa. Debajo divisó los sobres que debía entregar. Esas habían sido las últimas órdenes.
Antes de retomar el camino, tomó su celular y marcó. Se llevó el aparato a la oreja y aguardó. La llamada entró directamente a la casilla de mensajes. En pocas palabras informó sobre los avances.
Estaba por poner en movimiento el vehículo cuando su celular vibró ante la entrada de una llamada.
–Perdón, pero no comprendo –dijo con algo de desconfianza–. Disculpe, pero…. –Se interrumpió ante lo que le decían. Frunció el ceño y escuchó con mayor atención–. Está bien –accedió–. No puedo responderle eso –confesó dubitativo.
Del otro lado de la línea, la persona que lo llamaba siguió hablando. El rostro del hombre continuaba tenso y alerta, no se atrevía a interrumpir. Al final asintió, más para sí que para la persona con la que hablaba.
–Está bien, accedió, deme una hora. Hablaremos entonces –concluyó.
Cerró la comunicación y puso en marcha el auto. Luego se alejó hacia la carretera más cercana. Lo que en un momento le pareció un caso simple y aburrido empezaba a tornarse interesante. El siguiente paso sería buscar un hotel donde alojarse. Tenía mucho en que pensar.
Se despertó en el preciso momento en el que el chico hacía contacto visual con él. Sobresaltado, con la respiración agitada y una importante presión en el pecho, se sentó en la cama. Otra vez el ahogo. Otra vez la sensación de que moría un poco. Tenía los ojos abiertos, como un poseído, pero no veía más que la escena con la que acababa de soñar. Con desesperación se frotó el rostro con las dos manos para borrar el recuerdo e intentar recuperar la certeza de estar en el presente, en el mundo de los vivos. Su nombre era Jimmy Swan, tenía tan solo dieciséis años, se obligó a recordar. Olvidarlo era defraudarlo una vez más.
Llevaba más de seis meses padeciendo esa pesadilla, soportando el acoso de un fantasma que se negaba a abandonarlo; sabía qué la generaba, pero no lograba erradicar la semilla que lo llenaba de culpa. Cada noche a la hora exacta en que Jimmy acabó con su sufrimiento, el mal sueño volvía con mayor intensidad. El efecto era devastador, el remordimiento le estrujaba el alma y el tormento se extendía durante todo el día contaminando su existencia. Siempre era igual.
Como escena recurrente, el espectro de Jimmy Swan se adueñó de su habitación obligándolo a revivir esa escena infernal. La culpa lo carcomía por dentro y lo arrastraba a un estado de autoflagelación emocional tan grande que hacía pedazos su autoestima. Aunque se resistía, su mente se llenó del rostro juvenil de Jimmy Swan, con sus ojos color miel vacíos y extraviados; con sus pecas infantiles y tanto por vivir.
El matrimonio Swan se había presentado por primera vez en su consultorio hacía ya más de un año para conversar con él sobre la problemática que aquejaba a su hijo. Un médico amigo había sugerido su nombre. El chico parecía haber caído en un estado de depresión del que no lograban sacarlo. Diferentes terapias no habían logrado establecer qué podía estar sucediendo en su cabeza o qué lo había llevado a ese estado. De lo único que estaban seguros era de que necesitaban ayuda profesional.
Marc aceptó el caso y por casi once meses, dos veces por semana, el muchacho de aspecto frágil y mirada escurridiza se presentó en su consultorio sin mucho entusiasmo. Mostraba un preocupante cuadro de depresión que por momentos manifestaba ribetes de bipolaridad. No fue sencillo hacer conexión con él.
Le demandó un gran esfuerzo y mucha paciencia avanzar en la terapia para generar el vínculo con él. El chico era hermético, distante y ausente. Fue un arduo y escabroso recorrido conquistar su confianza, pero al final Marc fue encontrando el camino. Para su satisfacción Jimmy terminó elevando las barreras que lo mantenían aislado. Pero ese avance, que tanto lo había alegrado, no fue más que un espejismo que lo llevó a cometer el peor error.
La quietud de la habitación pareció alterarse ante la suerte de descarga eléctrica que los recuerdos le provocaron y lo sacudieron entero. Su instinto lo empujó a huir de todo aquello. Abandonó la cama de un salto y de pasada buscó unos pantalones, un par de zapatillas y una campera. En pocos minutos estaba sentado tras el volante de su camioneta. Necesitaba respirar, salir de allí, poner distancia de todo aquello.
Marc llevaba esa escena grabada en su mente como un estigma. Una y otra vez lo revivía y siempre era igual de traumático. Todas las noches se cuestionaba su proceder, aun sabiendo que había hecho todo lo posible para comprender la mente de ese niño perturbado e inalcanzable que mostraba poco contacto con la realidad. Su único error había sido malinterpretar los síntomas; por lo menos eso era lo que la culpa lo empujaba a creer.
Condujo sin rumbo durante largo rato, esforzándose por liberarse de los tentáculos del pasado. Eran apenas pasadas las once de la noche de un miércoles, cuando su celular sonó quebrando el silencio de la casa. Era el padre de Jimmy que llamaba desesperado. Le pedía ayuda tras lo que, según se supo más tarde, era un brote esquizofrénico de su hijo. Desde el 911 le habían informado que la asistencia estaba en camino. Pero querían que Marc fuese a contener a Jimmy, el chico pedía por él. Jimmy estaba parado sobre un extremo del techo de la casa cuando llegó al lugar. Un policía acababa de salir de la ventana más cercana e intentaba convencerlo de regresar. Pero el chico tenía la mirada clavada en el firmamento y así permaneció por varios segundos. Luego, ante el llamado de Marc, simplemente bajó la vista y lo miró. Le dedicó una sonrisa como si quisiera decirle algo, y luego, sin más, abrió los brazos en cruz y dio un paso al frente ante el estupor de la pequeña multitud que se había congregado allí.
La escena estaba tan grabada en su mente que sintió que volvía a presenciarla. Golpeó el volante con amargura y apretó el acelerador con desesperación tal como había hecho aquella noche.
El corazón se le aceleró en su pecho cuando admitió que, sin proponérselo, condujo hasta la casa de los Swan. Detuvo su camioneta frente a la propiedad. Sabía que la familia se había trasladado a otra ciudad tras lo sucedido; a su entender, una decisión muy razonable. Tenía ganas de llorar, era el proceso natural. Lo sabía, pero nunca lo anticipaba. Desde su ubicación, clavó la mirada en el lugar exacto desde donde Jimmy lo había contemplado por última vez. Marc tragó, podía verlo y esta vez no luchó contra la lágrima solitaria que se deslizó por su mejilla, en cambio permitió que otras tantas la siguieran.
Toda la situación lo estaba destrozando. Esa misma tarde había asistido a la consulta con su propia terapeuta, quien, una vez más, lo había forzado a enfrentar el dolor, a asumirlo y a aceptarlo. Era la única manera de entregarse al proceso del duelo, atravesar la pena y superarla, para luego seguir adelante.
“Marc, tú sabes que no ha sido tu culpa”, le había dicho con firme determinación. “Deja que esa certeza salga a la luz”. La voz de Lanna Eastwood, su terapeuta, lo perseguía como la voz de la conciencia que se negaba a escuchar. Ella estaba en lo cierto, pero cómo dolía; cómo costaba aceptar que nadie tenía la culpa. Era difícil de entender. Dieciséis tenía Jimmy.
De pronto, el silencio del interior del auto, mezclado con los reclamos de Jimmy y la voz de Lanna que retumbaban en su cabeza, fue demasiado abrumador. La necesidad de que otras voces se adueñaran del espacio que lo rodeaba lo empujó a encender la radio.
Buscó frenéticamente una emisora que lo ayudara a combatir su angustia. Detuvo el dial ante la primera voz que escuchó. Era femenina, profunda, tan colmada de matices que solo bastaron un par de segundos para que el habitáculo se cargara de sensaciones. La conductora anunciaba una canción que se filtraba poco a poco y el cambio de ritmo lo fue rescatando. La canción le decía que se quedara más allá de los demonios que había ahogado, que la noche sería suficiente. Le resultó tan significativo que resopló anímicamente exhausto. Se dejó llevar.
“Tres de la mañana. Está tranquilo, no hay nadie alrededor. Solo el estallido y el ruido, como un ángel que golpea el suelo”. Le dieron ganas de llorar.
Subió el volumen lo suficiente para que nada más interfiriera y cantó a todo pulmón, liberando sus propios demonios. Entonces la mujer regresó y él se aferró a su voz casi con desesperación. Lentamente lo fue devolviendo al presente, a su realidad. Su voz era tan tranquilizadora y entusiasta que se dejó llevar por lo que transmitía sin reparar en el contenido del discurso. Entre sus matices detectó la sensualidad que lo alcanzaba como una caricia para guiarlo en la dirección opuesta a la que estaba y eso era justamente lo que necesitaba, en ese momento de tanta vulnerabilidad. Poco a poco, el efecto fue dando lugar a la comprensión de los temas y terminó prestando atención.
Ella hablaba de las emociones, de las buenas y las malas; de cómo afectaban nuestra vida y cómo podían condicionar nuestra actitud. Según sus palabras, el sentimiento no era más que la suma de una emoción y un pensamiento que nos empujaba a un estado de ánimo determinado.
La mente de Marc se colgó de esa definición. ¿Era eso lo que le estaba sucediendo? Lo que él sentía era tristeza, lisa y llana, que, acompañada de la certeza de haber hecho mal su trabajo, lo empujaba al corrosivo sentimiento de culpabilidad.
Permaneció cerca de una hora conduciendo por calles solitarias, dando vueltas entre sombras con toda su atención puesta en lo que la conductora tenía para decir. Para cuando llegó a su casa, el programa estaba entrando en la etapa final y la mujer leía algunos mensajes de los oyentes. La mayoría eran saludos o pedidos de algún tema para las siguientes emisiones; ella respondía con paciencia y cordialidad.
–Gracias a todos los que están acompañándome. Como veo que les ha gustado, propongo tomar un día de la semana para hablar de las emociones. Podemos hacer “miércoles de emociones”. ¿Qué les parece? ¿Producción? –agregó risueña–. Dicen que evaluarán la propuesta, así que ya les contaré. Que tengan una maravillosa noche de sueño. Nos encontraremos mañana. Ya saben desde las 10 p. m. hasta la medianoche aquí los espero. Que descansen. Los quiero.
Portland, 1999
La música flotaba sobre las copas de los árboles que se balanceaban al ritmo de la brisa. Un aire freso provenía desde el acantilado y les daba a los presentes un poco de alivio tras las largas tandas de baile.
Desde uno de los extremos, observaba la escena con deleite: los brazos masculinos la rodeaban por la cintura acompañándola en el movimiento oscilante y sensual. Una boca masculina recorría su cuello, erizándole la piel y provocando un hormigueo eléctrico y estimulante en sus entrañas. Le gustaba estar allí.
Cerró los ojos, no deseaba ver. Lo que no se ve no existe, dijo su mente entre risas. Se abandonó a sus sentidos. A lo que esa maravillosa boca provocaba sobre su piel. El vestido le acariciaba el cuerpo a medida que se deslizaba hacia abajo hasta alcanzar sus tobillos.
Suspiró, entregada al placer de la irresistible propuesta de esos labios expertos y esas manos suaves. La incitaban al deseo, la tentaban con más y su resistencia cedía ante la voluntad de liberarse.
Abruptamente el contacto cesó. El viento frío proveniente del mar le provocó un escalofrío. Tembló y se sobresaltó al sentir la rudeza con que la tomaban. Alguien la sacudía.
Abrió los ojos y contuvo la respiración; no podía moverse. Tampoco veía nada. Estaba desnuda; expuesta al frío de la noche. Sola. No había nadie a su alrededor, los invitados habían desaparecido. La rodeaba el silencio y la oscuridad del bosque avanzaba hacia ella empujada por un murmullo inquietante. Un segundo más tarde, ese murmullo se convirtió en voces que se superponían, hablaban, gritaban y la cercaban en una suerte de remolino ensordecedor.
Haciendo acopio de todas sus fuerzas, logró ponerse de pie y pudo correr. De pronto se detuvo al llegar al borde del acantilado. Le dolían las piernas y los brazos, el cuerpo entero. Podía sentir la intimidante presencia de un espectro malicioso.
“Entrometida, todo es tu culpa”. El grito llegó a ella desde todos los costados, como si una fuerza sobrenatural la abordara. Quiso gritar, pero no lo logró.
Despertó en el momento en que unas manos la empujaban al precipicio. Permaneció varios segundos inhalando y exhalando, con la mente clavada en el techo de la habitación, hasta que la respiración se volvió más regular. Todavía luchando con el temor que la pesadilla dejaba en ella, logró sentarse. Casi por inercia giró su cabeza hacia la mesa de noche. Sus ojos se clavaron en la hora que marcaba el despertador. Era casi mediodía. Se envolvió entre las mantas y sintió que los ojos se le llenaron de lágrimas. No otra vez, pensó.
Dos horas más tarde terminaba su segunda taza de café, mientras contemplaba el exterior con aire ausente. No puede estar pasando, no otra vez, se dijo intentando convencerse. Se había visto obligada a lidiar con el insomnio, pero jamás con pesadillas.
Dejó la taza en el fregadero, junto a la copa de vino y a la botella vacía que había consumido la noche anterior. Por un breve instante su mirada vagó por el jardín delantero de la cabaña donde vivía hacía poco más de tres meses. Jamás hubiese imaginado que un lugar diametralmente opuesto a su Santa Mónica natal, o a la imponente bahía de San Francisco, le agradaría tanto, pero así era. Le gustaba la serenidad del entorno, la frescura del aire y el silencio que permitía disfrutar de los sonidos de la naturaleza. En algún punto sentía que allí renacía.
La elección de Portland como lugar de residencia no había sido azarosa. En algún lado había leído que era una ciudad llena de oportunidades y esa última palabra, tan cargada de significado para ella, la guio en esa dirección. Para sentirse segura e interesada por el cambio, había elegido una zona del país que nunca antes había visitado. Y para diferenciarse de su vida pasada, adquirió una bella cabaña en una zona de frondosa arboleda y caminos sinuosos que vio en un portal de internet. Ese había sido el primer paso y lo dio convencida de que había hallado el refugio perfecto.
El reflejo de su propia imagen en la ventana la obligó a recordar quién era en realidad. Se había graduado con honores en la diplomatura en ciencias de la comunicación en la Universidad de Stanford. A poco de conseguirlo, la habían contratado para formar parte del equipo de producción de uno de los programas matutinos de mayor audiencia televisiva de la Costa Oeste. Tan solo medio año más tarde le propusieron colocarse frente a las cámaras y ser una de las presentadoras de Mañanas Estelares.
La sensación de haber tocado el cielo con las manos la recorrió entera. Todo el mundo la adoraba. En muy poco tiempo se había convertido en una profesional de renombre. Pero el éxito fue efímero.
Aún la descolocaba sentir que no vivía la vida que había soñado. Mucho menos la vida para la que se había preparado. Pero ya no le pesaba haber tomado la decisión de alejarse, tampoco se cuestionaba su proceder; había hecho lo que debía para resguardarse y preservarse. Su bienestar y su paz mental estaba por encima de todo. Punto y aparte.
No sigas por ese camino, Marion, se amonestó al tiempo que se abrazaba para enfrentar los recuerdos. ¿Qué sentido tenía seguir torturándose con todo aquello? Al fin y al cabo, a conciencia había huido del estrellato para resguardarse en la seguridad del anonimato.
Justamente porque había sido una decisión tomada a conciencia era que debía buscar la manera de dejar de caer sistemáticamente en los mismos planteos. Lo que debió haber sido no fue y punto. No sigas por ahí, volvió a recriminarse. Era mejor no pensar en todo aquello.
Se alejó de la ventana como si de ese modo lograse dejar fuera los malos recuerdos y regresar al presente.
Llevaba dos meses al frente de Hasta la Medianoche, un programa radial nocturno que, para su satisfacción, incrementaba su audiencia a paso sostenido. El mundo de la radio resultó un maravilloso descubrimiento para Marion. La propuesta había llegado de la mano de una excompañera de Stanford, June Ambrush, quien al enterarse de que ella estaba instalada en la ciudad, la contactó para sumarla a su proyecto. Congeniaban y se complementaban. Así como June no tenía pasta para ubicarse frente al micrófono y prefería enfocarse en la tarea de producción, Marion poseía magnetismo para tratar con la audiencia. Tal como le había sucedido en televisión, en la radio su voz transmitía una sensualidad cadenciosa, envolvente, que se adueñaba con facilidad de la voluntad de sus oyentes. Era una excelente compañía para las almas solitaria.
Lentamente Marion recuperaba el control, algo clave para ella y que sostenía a través de una rutina rígida de la que no se apartaba por nada del mundo. Durante el día trabajaba desde su casa y, cuando el sol caía, se trasladaba a la emisora para conducir el programa de radio Hasta la Medianoche.
Prefería no salir. No le interesaba hacer nuevas amistades. Su amiga June le insistía para que se sumara a sus salidas, conocía a varios jóvenes que deseaba presentarle. Pero Marion no se mostraba interesada; la paralizaba la sola idea de que alguien pudiera reconocerla.
Una vez en la sala, se ubicó tras su computadora y recogió el rubio cabello en una cola de caballo. Debía terminar de perfilar el programa del lunes y buscar material para los días siguientes. Le gustaba plantear los temas y elegir las canciones para acompañarlos.
Pero ese día estaba dispersa y le costó concentrarse. Tenía la cabeza en otro lugar. Era muy consciente de que el tema que debía tratar esa noche la condicionaba, pero no podía rehusarse si deseaba conservar su trabajo.
Desde un comienzo, June se encargaba de definir los temas a desarrollar basándose en la repercusión que tendría en la audiencia. De tanto en tanto, Marion proponía algo y su amiga solía acceder. Pero eso se había alterado sutilmente desde hacía poco más de un mes.
De la noche a la mañana, Hasta la Medianoche pasó a contar con un nuevo anunciante y uno de los requisitos para cerrar el acuerdo era sugerir temas de discusión según su propio interés. June se había ocupado de especificar que no abordarían temáticas ofensivas, racistas u obscenas. El auspiciante estuvo de acuerdo y el trato se cerró.
Hasta ese día, los planteos habían sido interesantes, pero el de esa noche inquietaba a Marion. En dos oportunidades había hablado con June para salteárselo o reemplazarlo por otro, pero su amiga le dijo que no tenía forma de hacerlo. El dinero del nuevo auspiciante era importante para el programa.
Tienes que aceptar que este tipo de temas son los que más audiencia generan, se dijo Marion tratando de quitarle dramatismo. Estaba parada frente al espejo de su habitación contemplando su imagen. Quítale connotación. Apégate a la entrevista, a las canciones y a todo lo que pueda provocar. No pienses en ti. No lo asocies contigo. No tiene nada que ver con tu vida. Es solo un programa que busca atraer a otros oyentes. Tú puedes, Marion. Has pasado por cosas peores. No permitas que vuelvan a asustarte.
Últimamente sus días parecían cada vez más largos, interminables. Cada mañana tras el primer parpadeo se decía que tenía que cambiar algunos horarios, por lo menos hasta solucionar su insomnio, pero el pensamiento moría a los pocos segundos. No podía hacerlo, tenía compromisos. Eran muchas las personas que dependían de él. Además, más allá de su padecimiento, amaba su profesión y no toleraba la idea de defraudar a más personas.
Tras una ducha rápida y la primera taza de café del día, se sintió mejor. Esa mañana su actividad comenzaba visitando el consultorio de su terapeuta. Lanna Eastwood era una amiga que cuando toda la situación de Jimmy Swan estalló en la cabeza de Marc, fue la primera en llamarlo para ofrecer su ayuda y conocimiento. No dudó en aceptar.
Se habían conocido durante un encuentro de especialistas en psiquiatría en Seattle, cinco años atrás. La mujer era una destacada psiquiatra de la zona, con quien Marc congenió de inmediato y con quien redactó muchos artículos sobre salud mental.
Durante el trayecto a lo de Lanna, pensó en cómo tomaría ella lo sucedido la noche en que se acercó a lo de Jimmy. Nunca había dejado la casa en plena noche, tampoco se había acercado antes a la casa de los Swan. No lograba decir si debía encuadrar lo sucedido como un avance o una especie de regresión.
Lanna lo recibió con una sonrisa.
–¿Cómo has estado? –preguntó la psiquiatra una vez ubicados en el consultorio–. Pareces cansado.
–Lo estoy –reconoció Marc–. Anoche sucedió nuevamente, pero al final volví a dormirme y fueron como cinco horas de corrido. En total descansé las ocho que todo médico indica.
Lanna asintió y se acomodó en su asiento enfrentando a Marc. Más allá de que notaba que una vez más su relato se tornaba circular, advirtió un cambio sutil en él.
–Noto algo diferente –dijo empujándolo a hablar.
Marc esbozó una sonrisa de resignación y terminó asintiendo.
–Nada se te escapa, Lanna –dijo entre divertido e incómodo por cómo ella lo leía–. Hace unos días algo cambió –terminó reconociendo. Se sintió muy bien decirlo y reconoció que ese era un buen síntoma–. Desperté como todas las noches, pero no me quedé dando vueltas en la cama o en la sala. Tomé las llaves de la camioneta y hui.
–¿Cómo que huiste? –preguntó tratando de entender–. ¿A dónde fuiste?
Marc bajó la vista sin entender muy bien por qué se sentía avergonzado. De pronto, lo que en un principio consideró un cambio sustancial le recordó sus propias miserias. La palabra “huir” no había sido una buena elección.
–Fui hasta la casa de Jimmy –confesó con voz apesadumbrada–. Estuve allí un buen rato. Fue raro. –Respiró hondo, meditando lo que estaba por decir y continuó–. No se movía una hoja en ese lugar. Durante los casi cincuenta minutos que estuve allí estacionado, no pasó un auto. Parecía un lugar muerto, congelado. –Una pausa lo ayudó a elegir mejor la siguiente oración–. Lo envolvía la quietud de lo vacío –concluyó finalmente–. Es un lugar abandonado, Lanna, y no me gustó verlo así… Sentí como si hubieran abandonado a Jimmy. Me sentí parte de ese abandono. Entonces, todo ese silencio, toda esa quietud, me llenó de enojo.
Hizo una pausa prolongada, inseguro de cómo continuar. No se había dado cuenta de lo mucho que sus emociones habían mutado. Por primera vez no se reconoció triste al pensar en Jimmy, la tristeza había sido absorbida por un enojo, crudo, descarnado e incontenible. Lo sucedido lo enfurecía. Era injusto. Comprendía que ese no era el camino, pero asumía que el cambio era parte del proceso.
–¿Qué te enoja?
Marc se acomodó en su asiento y procuró ordenar sus pensamientos. Uno de los problemas que muchas veces tenía con Lanna era que él, conociendo la mecánica del encuentro, sentía que hacía trampa. Pero esta vez su propia frustración lo había tomado por sorpresa. En el fondo sabía qué era lo que necesitaba enfrentar.
–Supongo que me enojó no haber sido capaz de ayudarlo; me enojó que la familia se marchara, como si lo hubiesen dejado atrás. Tal vez no por Jimmy, sino por mí. –Hizo una pausa conteniendo la catarata de pensamientos y emociones que se arremolinaban en su cuerpo–. Creo que lo que más me enoja es aceptar que no puedo seguir así, que no es sano y que no traerá de vuelta a Jimmy. –Por unos segundos reinó el silencio. Marc parecía repasar los hechos–. Mientras contemplaba la casa, el silencio se volvió asfixiante. Contradictoriamente, me abrumaban las voces, los recuerdos y hasta tus comentarios relampaguearon en mi mente. Aunque los reconozco como bien intencionados, se volvieron abrumadores. Toda la situación parecía asfixiarme. Entonces encendí la radio, buscando algo que me ayudara a combatirlo. De casualidad, descubrí ese programa.
–¿Programa?
–Sí, un programa que, al parecer, apunta a aquellas personas que, como yo, no pueden dormir bien. Creo que se llama Hasta la Medianoche. No sé, en la radio sonaba “Quédate”, de U2, y me pareció significativo. La conductora hablaba de las emociones, de lo que representaban y de lo que provocaban. De pronto, mi mente asoció lo que ella decía con lo sucedido con Jimmy y me fui relajando.
Lanna lo dejó hablar. Mientras, analizaba cómo la tensión de la voz de Marc cedía. La reconfortó reconocer que comenzaba a transitar el camino de regreso. Era una buena señal. Al igual que muchos otros, ella se había preocupado por su reacción ante el desenlace del caso Swan. Por eso se había ofrecido a ayudarlo, aunque no había hecho más que acompañarlo en el proceso. Estaba sentada frente a él más como amiga que como especialista; ambos lo sabían.
–¿Sabes qué creo? –dijo Lanna ante la primera pausa de Marc–. Creo que algo así podría ayudarte a superar el horario de la llamada. Digo, y estoy pensando en voz alta, tal vez encender la radio permite que otras voces te acompañen.
–Puede ser –reconoció–. Cuando regresé a casa, fui directo a acostarme y me dormí pensando en lo importante y en lo traicioneras que las emociones pueden ser.
Hablaron un poco más del tema y media hora más tarde se despedían hasta la semana siguiente.
La jornada transcurrió sin sobresaltos. La sensación que le había dejado lo sucedido la noche anterior fue diluyéndose y para mediodía, Marc se sentía envuelto en un halo de optimismo reconfortante. Enfrentó el resto del día con renovado entusiasmo.
Hacía ya varios años que coordinaba el departamento de psiquiatría del centro St. Paul, especializado en adultos mayores. Diariamente, a media mañana, se presentaba para echar un vistazo a sus pacientes. Era una actividad que disfrutaba. Le agradaba conversar con ellos, jugar a las cartas, damas o ajedrez.
Su rutina continuaba por la tarde, en el consultorio que había montado en la planta baja de su propia casa, donde recibía a pacientes particulares. Cerraba el día en Sunset, donde su amigo Brad lo esperaba con el plato del día.
Brad atendía una de las mesas cuando entró al bar. Lo saludó a la distancia y se dirigió al centro de la barra, frente al televisor, que era donde le gustaba sentarse. Esa noche había partido de baloncesto. Si bien era un orgulloso fan de los Chicago Bulls, había aprendido a querer a los Blazers de Portland y no se perdía ni un partido.
–¿Qué tal, Marc? –lo saludó Brad al colocar la pinta de cerveza y el plato con la cena de Marc–. Hoy hay demasiada gente. Lo pedí con tiempo. Tuve miedo de que cuando llegaras ya no quedase.
Cenó disfrutando del encuentro entre los Portland Blazers y el equipo representativo de Vancouver. Durante poco más de una hora, solo el juego ocupó su mente. El equipo local ganó para alegría de muchos de los que, como Marc, estaban allí siguiendo el encuentro.
–¿Ya te vas? Hoy no pudimos hablar –preguntó Brad al verlo ponerse de pie–. ¿Cómo te encuentras?
–Mejor –respondió evasivo. Brad asintió y se despidieron hasta el día siguiente.
Como siempre sucedía, encaró el regreso a su casa con cierta resignación. En cuanto tomó la carretera, el rostro de Jimmy relampagueó en su mente, recordándole que no se había marchado. No lo abandonaría así de fácil. Respiró hondo y liberó el aire con fastidio. Empezaba a cansarse de batallar contra eso.
Veinte minutos más tarde detenía la camioneta en la cochera lateral de la casa. Un nudo cobraba forma en su garganta, mientras el estómago iba revolviéndose. Ingresó a la vivienda por la puerta del consultorio y allí se quedó. Eran las ocho de la noche. Tenía trabajo pendiente. Se abocó a la redacción de varios informes sobre sus pacientes del centro de jubilados que debía presentar a los directivos. No quería volver a soñarlo, no quería atravesar una vez más esa pesadilla.
Sus ojos se toparon con el dossier de Jimmy Swan que permanecía en el extremo del escritorio. Solo contemplarlo le tensaba todo el cuerpo y le comprimía el alma. Lo siento tanto, pensó angustiado.
Abrumado, se sirvió una copa de bourbon. Le dio un trago y se dejó caer en el sillón que solía usar en las consultas. Los ventanales ofrecían una magnífica vista del firmamento salpicado de estrellas. Pensó que en alguna de ellas estaría Jimmy, observándolo, noche tras noche, para recriminarle.
Una bruma de tristeza comenzaba a contaminarlo. Consultó su reloj, faltaban apenas unos minutos para que el programa comenzara. Se acercó a la biblioteca donde se encontraba el equipo. Encendió la radio y buscó el dial correspondiente.
La cortina musical le provocó una sonrisa.
Marion solía llegar a la emisora cuarenta y cinco minutos antes de la hora del programa. Era tiempo suficiente para ultimar detalles con June y el resto del equipo antes de ingresar a la cabina desde donde conducía el programa.
Esa noche atravesó la entrada de la emisora diciéndose una y otra vez que no tenía sentido discutir con June los tópicos propuestos por el anunciante. Ella tenía que aceptarlo y comportarse de un modo profesional. Era trabajo. Nada tenía que ver con ella. Solo debía cumplir con la pauta.
Era la segunda vez que un tema planteado por el anunciante lograba sacarla de su eje. Tenía que encontrar la manera de contrarrestar el efecto. La última vez había podido dominarse, pero ese tópico había despertado la pesadilla que llevaba años dormida.
Encontró a June terminando una conversación telefónica. Con un gesto, le indicó que se acercara. Tenía algo que decirle. Era una muchacha de estatura baja, con cabello oscuro y corto y unos ojos negros como dos aceitunas, algo rasgados. En sus venas corría sangre latina por parte de madre y oriental por parte de padre. Era dueña de una belleza peculiar.
–Hola, Marion –le dijo una vez que la llamada concluyó–. ¿Cómo estás? Acabo de hablar con el señor Lewis, el apoderado del nuevo anunciante. Dijo que estaba muy contento por cómo manejaste el tema la última vez. Espera que hoy pase algo parecido.
Marion se encogió de hombros restándole importancia, pero no sumó comentarios. Abrió su agenda y buscó las anotaciones que había hecho para el programa de esa noche.
–Oye –dijo June, buscando captar su atención–. Tengo una propuesta para hacerte.
–¿De qué se trata? –respondió Marion y bajó la vista hacia la agenda que acababa de extraer de su bolso. Luego volvió su atención a su amiga–. Algo me dice que no va a gustarme.
–No seas huraña –la amonestó–. Desde ya te digo que no tienes excusas. No admito negativas. El sábado a la noche te espero en Aberdeen. Va a tocar un grupo súper… Además, habrá line dance.
–No sé, June –deslizó Marion y comenzó a reunir sus pertenencias para dirigirse a la cabina, más por evitar la conversación que porque fuera tarde.
–Vamos, amiga, voy a terminar creyendo que no quieres que te vean conmigo –insistió June–. Nunca aceptas mis invitaciones. Te vendrá bien salir un poco. Divertirte. Un par de copas, buena comida, música y un rato de risas. No estoy segura de que lo hayas hecho desde que te instalaste aquí. Seremos nosotros.
Marion la miró de soslayo. Era la cuarta vez que June intentaba que ella aceptara una salida. La propuesta, aunque con intenciones solapadas, era de manual. Podía apostar que su novio sería de la partida y, por ende, entendía que este llevaría a un amigo. Esa era la parte que no le agradaba, no se sentía con humor para hacer sociales. No quería conocer a nadie, mucho menos exponerse a que alguien la reconociera.
Por otra parte, era muy cierto lo que June decía, pero no pensaba aceptarlo. Desde su llegada a la región, salvo cosa de extrema necesidad, no salía de su cabaña durante el día. Si hasta hacía ejercicio en una cinta que había mandado traer de San Francisco. Se decía que así era mejor, que entendía que tenía que salir, pero se le pasaban las horas trabajando. Prefirió no considerar por qué su rutina había llegado a esos extremos.
Tampoco recordaba cuándo había sido la última vez que había disfrutado de un momento de ocio real. Una parte de su ser la tentaba a aceptar y hasta contemplar la posibilidad de estar con alguien. Esa parte necesitaba y deseaba recuperar su libertad. Pero estaba el miedo que siempre la condicionaba, que coartaba su accionar. Se sentía tremendamente contradictoria.
–Vamos, Marion. Te va a hacer bien. No entiendo de dónde viene esa fobia por salir y conocer gente –dijo June mostrando su preocupación–. La Marion que recuerdo de la universidad no era así.
Por supuesto que no era así. Ella adoraba las fiestas, los tragos y bailar. De solo evocar las fiestas a las que había asistido durante sus años de universitaria se estremecía. Había momentos en los que le costaba reconocerse. ¡Qué remedio!, pensó antes de aceptar. No podía vivir encerrada de por vida, tal vez, una salida le devolvería la seguridad y la certeza de que nada sucedería. Ya vería cómo lo manejaba.
–Está bien, está bien. Acepto –terminó accediendo. June aplaudió satisfecha con el logro. Le dio un abrazo rápido–. Te prometo que allí estaré. Ahora deja que vaya a lo mío o terminaré entrando tarde.
Ya ubicada en su sitio. Se colocó los auriculares y desplegó frente a ella su agenda, su cuaderno de anotaciones y otros elementos que solía usar durante la transmisión. A un costado ya le habían dejado un café, una botella de agua, múltiples lapiceras de colores y una pila de papeles en blanco. Un minuto antes de la hora de inicio, miró hacia el control y con pulgar en alto, les indicó que estaba lista.
La cortina musical perdió volumen paulatinamente hasta desaparecer por completo para dar comienzo a Hasta la Medianoche. Marion se acomodó en su sillón y acercó el rostro al micrófono. Alzó la vista y miró hacia la cabina desde donde June le indicaba cuándo estaba en el aire.
–Buenas noches, gente linda de Portland –dijo con el entusiasmo que la caracterizaba.
A varias millas de la emisora, Marc Spice se acomodó mejor contra el sillón y bebió un poco de bourbon, completamente entregado a lo que escuchaba. Esa noche ella hablaría de los miedos, de cómo se manifiestan y cómo se los puede combatir. De lo que representan y de por qué hay que prestarles atención. La última afirmación captó la atención de Marc.
El primer corte llegó acompañado de los acordes de “Fearless”, de Pink Floyd. Marc sonrió, era uno de sus grupos favoritos. Cerró los ojos y disfrutó de la canción.
