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¿Es posible SANAR las heridas de un pasado todavía presente? Gimena tiene un espíritu libre y, aunque lleva consigo sus propias tristezas, lucha para que nada la detenga. Amenazas, traiciones y ecos del pasado le harán trampa en su camino al amor. ¿Podrá el perdón tender un puente hacia el futuro?
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Seitenzahl: 677
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Tropezar y caer en un pozo profundo.
Levantarse y enfrentar la adversidad.
Desafiar con firmeza a los miedos internos.
Amar con entrega aunque el pasado duela.
Atreverse a vivir es lo más importante.
Todo lo demás, a tiempo llegará.
vera.romantica
vera.romantica
Lo importante está en mi esencia,
en siempre saber quién soy.
Que el tiempo enriquezca mi alma,
que el hombre descubra mi don.
MAR DEL PLATA, ENERO DE 2008.
Ingresó a la discoteca con paso seguro y cara de pocos amigos. Mirko Milosevic era un hombre alto y delgado, de hombros anchos y caderas estrechas. El cabello castaño claro, lacio, aunque siempre despeinado, le rozaba los hombros, y tenía unos ojos de un celeste luminoso que difícilmente pasaban desapercibidos. El conjunto ofrecía una apariencia peligrosamente sensual, que atraía con facilidad a las mujeres, proporcionándole una ventaja que sabía aprovechar. Era como un gato seductor, que se movía con sigilo, envolviendo a sus presas hasta ganarles la voluntad y obtener de ellas lo que deseaba.
En Mar del Plata, la temporada estival se encontraba en su apogeo. Durante el día, sus atractivas playas congregaban multitudes, mientras que la vida nocturna parecía no tener fin. Ese verano, la ciudad vibraba.
Tal era el caso de Extasius, la discoteca en la que estaba Mirko. Allí una importante cantidad de jóvenes se contorsionaba al ritmo de la música, ajenos a mucho de lo que entre esas paredes sucedía.
Con actitud firme y segura, se mezcló entre los presentes; un solo objetivo gobernaba su mente: cumplir con su parte y saldar, de una buena vez por todas, la deuda que lo acosaba. A medida que avanzaba, recorría el lugar con la mirada sin detenerse en nada en particular. No se vanagloriaba de su proceder, hacía ya mucho tiempo que había dejado de cuestionarse. Lo suyo, por donde se lo mirase, era pura necesidad; y subsistir, la única preocupación en su vida.
Eludiendo a quienes se cruzaban en su camino, se las ingenió para alcanzar la barra principal; una vez que llegó, se sentó en el único taburete que quedaba vacío. Volvió a repasar el lugar con la vista, ahora con cierto hastío. No veía lo que había ido a buscar. La chica con la que necesitaba dar no se hallaba a simple vista, y eso era algo que siempre lo frustraba. Masticando fastidio, se volvió hacia la barra.
–¿Cómo estás, Mirko? –dijo Lalo, el barman–. Pensé que te vería más temprano.
Se saludaron con un intercambio de golpes de puños, propios entre camaradas. Lalo era su único amigo; se conocían de niños. De hecho, era Mirko quien le había conseguido el trabajo cuando Lalo obtuvo su libertad luego de ocho meses de encierro por un delito menor.
–Todo bien –respondió sin mucho entusiasmo.
Lalo lo miró con cierta aprensión; comprendía perfectamente qué le estaba sucedía, por eso no agregó comentarios.
–¿Lo viste a Candado? –preguntó Mirko.
–Sí, debe andar por el fondo –respondió el barman, introduciendo la mano en el bolsillo trasero de su pantalón, de donde extrajo una llave que le extendió–. Me dijo que te la entregara, que tú entenderías y que debes estar listo para las tres y media.
Mirko asintió y estiró su mano para tomar la llave, pero Lalo cerró el puño negándosela. Lo miró directo a los ojos.
–Fue categórico cuando ordenó que te limites a cumplir con tu parte –agregó, incómodo, sintiendo algo de culpa. Mirko lo fulminó con la mirada–. No me mires así. Solo soy el mensajero. En el lugar de siempre tienes la primera parte.
Le entregó la llave a Mirko y lo contempló detenidamente.
–Tienes que encontrar la manera de salir de este lío –dijo con evidente preocupación–. Esto no va a terminar bien.
–Lo sé –accedió con renuencia–. Pero no es tan sencillo.
Si no fuera porque debía reunir la cuantiosa suma de diez mil dólares, ya habría resuelto esa situación. Pero estaba atado de pies y manos, y lo sabía. ¡Qué pies y manos!, pensó Mirko. Ese maldito me tiene sujetado del cuello. Casi en un gruñido, le pidió a Lalo que le sirviera su trago preferido: vodka con soda y hielo.
–Aquí tienes, campeón –dijo Lalo al colocar el trago frente a él–. Espirituoso como a ti te gusta…
Dedicó varios minutos a observar el lugar. La música electrónica se había adueñado de la pista y los presentes se contorsionaban rítmicamente. La oscuridad reinante, salpicada por el juego de luces blancas que enorgullecía a los dueños de la discoteca, por momentos envolvía a los presentes en un manto de sensualidad del que Mirko pensaba aprovecharse.
Bebió un poco de vodka, y sintió cómo el aguardiente bajaba por su garganta. Entonces dio con lo que estaba esperando encontrar. Entre la dicotomía de los claroscuros, detectó una figura que llamó su atención. Agudizó la vista concentrándose en una muchacha que bailaba desinhibida sobre una tarima y, a simple vista, su falda, ligera y corta, dejaba al descubierto unas largas y delgadas piernas. Tenía el cabello oscuro, busto atractivo y cintura pequeña. Muy bien, pensó al verla moverse al ritmo de la música. No se molestó en apreciar los rasgos de su rostro, a su entender era lo que menos importaba. Sonrió jactancioso. Objetivo detectado.
La música cambió y poco a poco los ritmos de los años ochenta se adueñaron del lugar. Mirko terminó su trago sin apartar la vista de la muchacha que, en ese momento, bajaba de la tarima. Prestó atención al notar que ahora bailaba con una mujer. Esperaba que le gustaran los hombres. Miró su reloj y comprobó que eran pasadas las dos de la madrugada; tenía poco menos de una hora y media para lograr seducirla y convencerla de que lo acompañase al fondo del local. No creía que fuera difícil lograrlo.
Antes de comenzar su cacería, Mirko Milosevic decidió estimular sus sentidos. Con la mente focalizada en su objetivo, se abrió paso entre los presentes hasta alcanzar los baños públicos. Ingresó al de caballeros y, pasando de largo los retretes, se dirigió a la última puerta. Se deslizó dentro y, sin demora, buscó el hueco en la pared, oculto tras un cubo de basura. De allí tomó un pequeño sobre con varios gramos de cocaína; la primera parte de su paga. Tembló un poco al sentirlo en su mano y, luego de dejar todo como lo había encontrado, se apresuró a bajar la tapa del retrete. Con suma precisión dibujó un par de líneas de polvo blanco, para luego esnifarlas; primero por un orificio nasal, después el otro. Por unos segundos permaneció de pie con los ojos cerrados, entregándose al efecto que se iba adueñando de sus sentidos.
Ya más a gusto, animado y predispuesto, regresó a la barra.
–Dame otro espirituoso, Lalo –deslizó al ubicarse en el asiento, desde donde trató de dar con su presa.
Recorrió una vez más la pista de baile con la mirada y sonrió afanosamente al detectarla; había regresado a la tarima. Bebió un poco de vodka, estudiándola con disimulo. Ella lo observó y él advirtió el impacto que había causado en la mujer. Ocultó la sonrisa tras su trago al ver que descendía y se dirigía hacia la barra. Picó, pensó y se volvió hacia Lalo, a quien guiñó un ojo con complicidad.
–El juego está a punto de comenzar, Lalito –informó al dejar la copa sobre la barra–. Estate atento.
Mirko la miró de reojo. Parcialmente apoyada sobre la barra, la chica pedía dos margaritas. Se dedicó a observarla con el mayor disimulo del que fue capaz. Se concentró primero en los glúteos; eran redondos y llamativos. Me gusta, pensó, cada vez más satisfecho con su elección. Fue ascendiendo, recorriendo la cintura con la mirada hasta alcanzar sus senos, apenas sostenidos por una prenda sin mangas. Perfecta, afirmó con conocimiento de causa. La chica parecía no darse cuenta de su sensualidad y eso lo divirtió porque sería mucho más sencillo convencerla. Vaya noche de suerte, se dijo al considerar que era el mejor ejemplar de los últimos cuatro que le había tocado abordar. Con ella tal vez hasta lo disfrutaría.
–¡Qué suerte que decidimos venir! –gritó la rubia al pararse al lado de él–. Me encanta este lugar.
A su amiga también le gustaba. Mirko lo supo porque ambas hablaban a los gritos y, desde su ubicación, podía escucharlas perfectamente sin esforzarse demasiado. Lalo eligió ese momento para entregar las margaritas que le habían ordenado y se ocupó de que la muchacha elegida por Mirko recibiera el trago correcto. Era su manera de ayudarlo.
–Brindemos, amiga –dijo la morena–. Voy a extrañar mucho nuestras salidas cuando esté instalada en Madrid.
–Porque un buen madrileño tome mi posta y te lleve de fiesta –deslizó la rubia, divertida, al chocar sus tragos.
–Por Madrid, entonces.
Siguieron bebiendo entre risas. De tanto en tanto se movían al ritmo de “Aserejé”, que en ese momento tenía a los presentes al borde de la locura. Al cabo de unos minutos, la rubia dejó la copa sobre la barra y se alejó dirigiéndose hacia los baños.
El momento había llegado. Hora de entrar en juego, se ordenó Mirko. No tenía más tiempo que perder.
De repente, como si un telón se hubiese elevado dejando al descubierto sus verdaderas intenciones, Mirko dejó de mirarla con disimulo para hacerlo con descaro. Deliberadamente, por varios segundos se limitó a recorrer con la vista las líneas de su rostro, procurando que ella se sintiese observada primero y deseada después. Su mirada siempre lograba debilitar la resistencia femenina, las tornaba accesibles y predispuestas.
No pasó mucho tiempo hasta que hizo contacto visual con la muchacha. Ella le sostuvo la vista con determinación, clavando sus ojos negros en los celestes de él. Mirko terminó sonriendo ante la firmeza que ella presentaba y, una vez más, reconoció que su elección no podía haber sido mejor.
–¡Lalo, otra margarita y lo de siempre para mí! –indicó Mirko sin apartar la mirada de la chica, que ahora lo contemplaba con algo de reparo–. Supongo que puedo invitarte un trago, ¿verdad?
Ella lo miró súbitamente embelesada. Hacía rato que no veía a un hombre tan atractivo, tan sensualmente peligroso. El azul de sus ojos la envolvía, la acariciaba y ella se dejó llevar. ¿Por qué no?, se dijo. ¿Qué mejor forma para disfrutar de mi última noche en Mar del Plata? En pocos días volaría a Madrid, donde pensaba establecerse. Me merezco una buena despedida, pensó, entusiasmada.
Por el rabillo del ojo vio que su amiga pasaba de largo al notar que estaba entretenida con ese apuesto hombre. Se mordió los labios para ocultar la sonrisa al ver el gesto que su amiga le hacía.
–Aquí tienen –dijo Lalo deslizando los tragos frente a ellos.
Mirko los tomó y le ofreció uno a la muchacha, que parecía encandilada. Ella sonrió y agradeció por lo bajo cuando tomó la copa.
–Mi nombre es Milo –se presentó con voz sensualmente melosa–. ¿El tuyo?
La sonrisa se amplió en el rostro de la joven, que claramente no creyó que ese fuera un nombre real. Tampoco tenía intenciones de ser demasiado sincera y dar el suyo. Bebió un poco de su trago antes de responder y decidió seguirle la corriente.
–Mile –respondió, desafiante, mostrándose divertida por el juego de palabras.
Mirko rio ante lo ocurrencia. Ingeniosa y provocadora; cada vez me gusta más. Era bueno que se mostrara dispuesta a seguirle el juego. Eso facilitaría mucho las cosas. La bebida espirituosa estaba haciendo efecto; se le notaba en la mirada, en la sonrisa y en el modo en que se sostenía de la barra para no perder el equilibrio. Ya tenía a su presa comiendo de su mano. En adelante, todo sería más sencillo. Con disimulo consultó su reloj. Faltaban cuarenta y cinco minutos para las tres y media.
Se dispuso a avanzar un poco más. Acercándose a ella, inició una conversación. Le hablaba casi al oído apoyando despreocupadamente su mano sobre el hombro desnudo, rozando su piel con ligereza. Luego se separaba y la miraba directo a los ojos a la espera de su respuesta. Por momentos, parecía que a ella le costaba hablar. En dos ocasiones se mordió los labios y en otras tres rio con nerviosismo. Pan comido, pensó Mirko, decidido a pasar a la siguiente etapa.
Terminó su vodka sin apartar la vista de la muchacha, que parecía derretirse con sus atenciones. Luego de apoyar su copa sobre la barra, estiró la mano para pasarla por la cintura de ella. La arrastró hacia él procurando que una de sus piernas se interpusiera entre las de ella.
–Así está mejor –murmuró Mirko sensualmente, y sonrió. Necesitaba tantearla, cerciorarse de que empezara a caer en sus manos. Una vez más acercó su nariz al cuello de ella. Lo recorrió con delicadeza provocándole un temblor que no pasó desapercibido para él–. Deliciosa –susurró.
Ella se estremeció cuando el aliento de Mirko le rozó el cuello primero y la nuca después. Empezaba a sentirse obnubilada por el modo en que él la abordaba. Las piernas le flaquearon y terminó sentada sobre el muslo de Mirko, quien ahora le sonreía maliciosamente.
Encandilada por sus ojos celestes, no fue consciente del momento en que él deslizaba sutilmente la mano por su pierna hasta alcanzar su intimidad.
–Bebe –le indicó ofreciéndole el trago con la mano libre. Ella accedió y bebió un largo sorbo mientras el calor crecía entre sus piernas. Se sobresaltó al sentir que el nudillo del dedo corazón de Mirko recorría, por sobre la delgada lencería, toda la abertura de su sexo, y no pudo evitar estremecerse de deseo. Él lo notó y sonrió ufanamente, y una vez más acercó su boca al oído de ella–. ¿Alguna vez has tenido un orgasmo entre tanta gente?
Ella apenas pudo negar con la cabeza. Comenzaba a sentirse mareada, algo sofocada y completamente hipnotizada por la voz de ese hombre que la seducía, la envolvía y plantaba imágenes en su mente. Se le agitó la respiración.
–Mejor bailemos un poco –sugirió él, quebrando completamente el clima que había creado. Eso la descolocó.
Lo cierto era que Mirko no deseaba que ella alcanzara el clímax que todo su cuerpo anhelaba casi con desesperación; la quería excitada y necesitada de lo que él pudiera darle. Quedaban solo veinte minutos para las tres y media y en ese tiempo volvería a llevarla hasta el límite de su necesidad para negárselo, para inundar su mente de todo lo que pensaba hacerle; pero no allí.
El baile estaba en su apogeo, y Mirko sabía que no contaba con mucho tiempo. Mientras se trasladaba hacia la pista de baile llevando a la muchacha de la mano, logró divisar a un grupo de diez personas que se dirigían a la parte trasera del local siguiendo a Candado. Buena cantidad, pensó.
Dedicó dos canciones a seducirla, a tentarla masajeándole los glúteos con descaro, rozando la piel de su cintura con la yema de los dedos; provocándola, esquivando su boca, que desinhibidamente buscaba la de él. Ese juego estimulaba a Mirko, quien también empezaba a prepararse, y la enloquecía a ella, que a esas alturas hubiera sido capaz de desvestirse allí mismo si él se lo hubiese insinuado.
Ella sentía que algo extraño sucedía con su cuerpo y con su mente; fue consciente de ello en un atisbo de lucidez, pero no tenía ni fuerzas ni intenciones de resistirse. Él la tenía envuelta en sus brazos. Balanceándola al ritmo de la música, le susurraba al oído todo lo que pensaba hacer con ella. Un estremecimiento le recorrió el cuerpo a medida que su mente visualizaba cada palabra que escuchaba. Las piernas le flaqueaban, por momentos la vista se le nublaba, y la música, los gritos y los cantos de la gente que la rodeaba se amortiguaban. El deseo corría raudo por sus venas, quemando los pocos resabios de consciencia que perduraban en ella. Fuego desmedido, ardiente y desbocado era lo que sentía en su interior; se sentía sofocada y desbordada. Lo deseaba de un modo desesperante, a tal punto que la piel le ardía.
Mirko eludió una vez más la boca de la chica, que en un descuido casi lo alcanza. Lamentablemente, eso era algo que nunca le daría, pues él no besaba; nunca besaba en los labios a las mujeres con las que se acostaba por dinero, ni a las que pagaban por sus servicios, ni a las que cazaba para cancelar su deuda con Candado, como era el caso de esa noche. Le revolvía el estómago pensar en besar a esas mujeres que no significaban absolutamente nada para él; lo suyo era netamente comercial.
Sin romper el contacto y alimentando aún más el hechizo, Mirko la fue guiando hacia el fondo del local donde, tras un oscuro cortinado, se encontraba una puerta que conducía a un sector privado. La abrió con la llave que Lalo le había entregado y, con sigilo, arrastró a la joven hacia adentro. Era un lugar pequeño, de paredes cubiertas por cortinados negros y luces tenues pero puntuales que enfocaban una cama circular, y tenía una silla que enfrentaba un amplio espejo rectangular empotrado en la pared y una mampara opaca.
A estas alturas, la chica no era dueña de ninguno de sus movimientos, solo accedía a lo que Mirko propusiera. La detuvo frente a un espejo y allí, de pie, comenzó a desvestirla sin dejar de besar su cuerpo, sosteniéndola con los brazos, rozando sus pechos, susurrándole al oído dulces palabras y suaves. Ella temblaba y, ya despojada de sus prendas, se recostó contra el cuerpo de él completamente entregada a la propuesta.
Con sus manos le dio lo que deseaba; casi un premio por su buena predisposición. Entonces la penetró enérgicamente. Miró su rostro reflejado en el espejo y sonrió con arrogancia al notar que sus rasgos transmitían tanto placer como gozo y lujuria. Bien, eso es algo que gusta y paga, pensó. Todo se desarrollaba según lo planeado. La muchacha estaba a punto de alcanzar una vez más lo único que todo su cuerpo deseaba. Sus gemidos podrían haber despertado hasta a un muerto, y cuando se sumergió en el espiral que la condujo a la cima, el grito de liberación fue tan agudo como extraordinariamente sensual.
Con un movimiento preciso, Mirko la giró para alzarla y obligarla a rodearlo con sus piernas. Pero entonces ella lo tomó desprevenido y, enroscando sus brazos al cuello de él, se apoderó de su boca de un modo tan salvaje que Mirko no tuvo cómo contrarrestar el embate. Su boca era fresca, era suave a pesar de la fuerza que el beso imponía. El beso era profundo, hambriento y tan ardiente que lo sacudió. Esta vez fue él quien sucumbió al estímulo. ¿Cuánto hacía que no recibía un beso, uno deseado, uno genuino y sincero? No halló en todo su cuerpo resabios para neutralizarlo y se encontró respondiéndolo con igual intensidad hasta sentir que empezaba a perder el control. Agitado, se separó y por un momento se mareó al sentir que la oscuridad de los ojos de ella contagiaba de bruma los suyos. Entonces, la recostó sobre la cama y ya no fue dueño de nada. El estremecimiento fue poco a poco gestándose en su entrepierna primero hasta propagarse por sus muslos, por su vientre y apoderarse de su voluntad.
La muchacha, que en un principio se había mostrado sumisa y doblegada, volvía a besarlo con avidez y descaro, generando sensaciones que Mirko no había experimentado en muchísimo tiempo. Una batalla de voluntades se instaló en sus bocas. Un intercambio casi violento que por momentos tuvo mucho de necesidad animal. El sexo se tornó primitivo, lujurioso y desenfrenado, casi salvaje. Ninguno de los dos tenía el control; ninguno podía imponer su voluntad.
Cuando todo terminó, cayeron rendidos sobre las sedosas sábanas de la cama circular, con la respiración agitada y los cuerpos exhaustos. Mirko entreabrió los ojos procurando recuperarse. Sentía el cuerpo de la chica pegado al suyo y le resultó tan extraño como tranquilizador. Ella estaba acurrucada contra él; una de sus piernas cruzaba las suyas, y una mano reposaba serenamente sobre su pecho. La miró con cierta aprensión, considerando lo inusual de toda la situación; no entendía qué demonios había sucedido. A pesar del desconcierto, se encontró recorriendo el rostro de ella con la yema de los dedos; admirándola, develándola. Un gesto cargado de una ternura desubicada en él. Se descubrió pensando en la cálida profundidad de esa muchacha a quien no conocía y, sin embargo, había movilizado fibras que nunca nadie había alcanzado. ¿Por qué? ¿Cuál era la diferencia con las otras mujeres? No lo sabía, tampoco lo entendía, pero se sentía extraño y el deseo de volver a saborear su boca lo abordó y no se privó de hacerlo. Ella respondió como lo había hecho durante toda la noche, pero en esta ocasión sus labios transmitían plenitud, y la mano que acariciaba su pecho, ternura. Fueron besos dulces, reconfortantes, que inundaron su cuerpo de un calor inusual y reparador. Se dejó llevar.
Al cabo de media hora, Mirko consideró que era suficiente sentimentalismo. Esa noche, Candado podía considerarse más que pagado; no tenía recuerdos de haber atravesado una actuación semejante. Se puso de pie y, luego de estirarse, buscó su ropa. Necesitaba un trago y verificar que Candado hubiera dejado lo prometido en el baño. Una vez vestido dejó la habitación. La chica dormiría un poco más.
El silencio que la rodeaba se quebró por un estruendo que duró unos segundos. Se irguió, frunciendo el ceño. Un dolor punzante le atravesaba la cabeza; le dolía todo el cuerpo, principalmente la entrepierna. Agradeció la luz tenue, tenía la visión difusa, pero la intensidad del silencio lejos de relajarla, la alarmó. No recordaba cómo había llegado allí, mucho menos en qué circunstancias se había desnudado.
Poco a poco sus ojos fueron focalizando y comenzó a ver con mayor nitidez. Un escalofrío la estremeció al percibir los recuerdos que, como relámpagos, llegaban a ella. Sin embargo, no podía recordar con precisión el rostro del hombre con quien había estado. Se puso de pie y su imagen quedó reflejada en el espejo. Tembló, asustada por no tener mucha consciencia de lo que había hecho. Estaba mareada, sentía las piernas débiles y le costaba mantenerse en pie. Se sentía mal, pésimo. Sin poder controlarlo, se le revolvió el estómago y vomitó sin remedio. Con cierta debilidad logró erguirse. Tenía que salir de allí a como diera lugar. Recogió su ropa, que se hallaba desparramada por el suelo, y se vistió con premura.
Desesperada, recorrió la habitación con la mirada; no había puertas ni ventanas, solo oscuros cortinados. ¿La habían encerrado allí? ¿Dónde estaba? No lograba recordar. Casi corriendo, con el rostro arrasado por las lágrimas y la visión empañada, llegó a uno de los cortinados. Lo recorrió hasta dar con una abertura. Salió de esa habitación y vio una puerta. Esperanzada por haber encontrado una vía de escape, se dirigió hacia allí. Para su desconcierto, descubrió que no se trataba de una salida, sino de una habitación que apestaba a tabaco y cigarros.
Cada vez más aterrorizada, repasó el lugar con la mirada y el corazón casi se le detiene de azoro al contemplar la gran cantidad de sillas que, desordenadas, enfrentaban un amplio ventanal. Se acercó y se espantó aún más al comprobar que desde allí se tenía una visión óptima de la habitación donde ella había estado. Comenzó a temblar sin control. El terror gobernaba cada uno de sus sentidos y, a los tumbos, regresó al oscuro corredor desde donde milagrosamente divisó una salida de emergencia camuflada con el color oscuro de la pared. Estaba a punto de alcanzar la salida cuando escuchó las voces que se acercaban a ella. La abordó una ola de pánico que casi logra paralizarla, pero con la poca fuerza que le quedaba empujó la puerta de salida y salió de allí desesperada.
–Siéntete más que pagado –dijo Mirko con cierto cansancio–. La de esta noche cancela mi deuda, Candado.
–Puede ser, pero no creo que sea así –le aseguró con voz áspera. Lo miró con sorna y algo de malicia–. Te conozco de sobra, Croata, en una semana volverás a estar en deuda conmigo. ¿Dónde piensas conseguir?
Mirko no dijo nada, pues era cierto. La única manera de que Candado lo proveyera era que él cumpliera con su parte. Pero estaba harto. No quería más de eso; tenía que encontrar la manera de abrirse.
–Ahora es mi turno –sentenció Candado palmeándole la mejilla–. Quiero que tomes unas buenas fotos.
–No… no me parece.
Mirko desvió la vista preguntándose a qué venía tanto escrúpulo con esa mujer; no lo entendía, pero no quería que Candado la tocase.
–Me importa una mierda lo que a ti te parezca –aclaró, riéndose como si hubiese escuchado una buena broma–. Acá las órdenes las doy yo, Croata, no te hagas el estúpido conmigo. ¿Dónde está esa perra? –chilló, enajenado. Furioso, se volvió hacia Mirko–. ¡¿Dónde está?!
–Estaba aquí hace un momento –le respondió casi en un murmullo.
–Dime que tomaste las fotografías –demandó Candado. Mirko desvió la vista sin atreverse a decir que no–. Estás en problemas, Croata. No debiste dejarla ir.
Mirko permaneció en el centro de la habitación tratando de pensar. En un rincón debajo del espejo creyó ver algo. Ofuscado, se acercó y lo tomó. Era una cédula de identidad. Frunció el ceño y se acercó al foco de luz. Sonrió con malicia. Tenía un nombre y una dirección por donde comenzar a buscar.
Gimena Rauch, leyó con rabia. ¿Dónde te metiste? Te voy a encontrar.
Con paso rápido, dejó el recinto y salió a la parte trasera de la discoteca. Estaba amaneciendo, pero lo que más llamó su atención fueron las sirenas de las patrullas que se acercaban al lugar. Entonces hizo lo único que podía hacer: correr.
MADRID, LUNES 25 DE MAYO DE 2015.
–No fue así, Étienne –protestó al ingresar a la terminal 4 del aeropuerto de Barajas–. No fue así y lo sabes.
Con fastidio bufó y se detuvo a un costado para evitar que la atropellara la gente que iba y venía arrastrando sus maletas sin perder de vista los letreros indicadores. En su oído, Étienne seguía protestando, como si al hacerlo tuviera la más leve posibilidad de convencerla de no viajar. Retomó su camino hacia el sector de Iberia, donde los pasajeros comenzaban a congregarse.
–No entiendo porqué no quieres comprenderlo, te lo expliqué no una sino mil veces –remarcó subiendo el tono de voz sin importarle las personas que se acumulaban a su alrededor–. Basta. No tiene ningún sentido seguir hablando. Se terminó.
Sin prestar la debida atención a lo que su pareja de los últimos cinco años le decía, Gimena se acomodó en la larga fila que antecedía los mostradores donde despacharía su equipaje.
–No me importa si se modificó la fecha de una exposición o si el mismísimo rey de España estará presente en tu galería –protestó, interrumpiéndolo–. Hace más de un año que estamos programando este viaje. Me aseguraste que me acompañarías al casamiento de mis amigos. Dijiste que nada ni nadie lo impediría. Fueron tus palabras. Eso es lo que me disgusta.
Llegó al mostrador sin apartar el celular de su oreja y, con cara de pocos amigos, entregó su pasaporte y la tarjeta para que le cargaran las millas acumuladas.
–¡No me vengas con eso! –explotó Gimena golpeando el mostrador–. Habíamos acordado visitar juntos mi país. No lo puedo creer… esta fue la gota que colmó mi vaso, Étienne. Hasta acá llegué.
La empleada de la aerolínea la observó con mala cara. Gimena se forzó a sonreírle e intentó prestar atención a sus palabras por sobre la voz ronca de Étienne que retumbaba en su oído. Tomó nota mental del horario de embarque y guardó la documentación luego de alejarse del mostrador.
–Lo que sea, Étienne –sentenció, categórica; estaba cansada de escucharlo–. Mira, como ya te he dicho, no pienso modificar mis planes. Por lo pronto, estaré unos seis meses en Buenos Aires. ¿No te parece?, pues qué pena. Te llamo a mi regreso; si es que regreso. Adiós.
Sin segundas consideraciones, Gimena cortó la comunicación y arrojó el celular al fondo de su bolso. Respiró hondo tratando de despojarse de la contrariedad que la conversación había dejado en ella. Se sentía tan desilusionada.
Hacía más de cinco años que estaban juntos; aunque usar la palabra “juntos” era una forma de decir, porque Étienne Ducrot, dueño de una prestigiosa galería de arte ubicada sobre la rue Saint-Honoré a pocos metros de rue de Castiglione, vivía en la bella Ciudad de la Luz, al igual que su exesposa y sus cuatro hijos, algo que no perturbaba el espíritu de Gimena. Ella no era una mujer celosa del pasado, y como los hijos de Étienne siempre ocuparían un lugar importante en su vida, había aprendido a aceptarlos. Con él había disfrutado de veladas maravillosas, tanto en París como en Madrid y también bellísimas vacaciones cargadas de romance. Oh, sí, ella había disfrutado muchísimo de su relación con él porque, más allá de todo, ambos tenían sus espacios y vivían a una distancia adecuada; quizás por eso había funcionado por tanto tiempo.
Pero el idilio se había acabado. Gimena adoraba la relación libre y sin ataduras que compartían. Por años, el amor fluyó con naturalidad hasta que él empezó a no conformarse con solo verse una o dos veces al mes. De buenas a primeras, las demandas de Étienne se intensificaron y la presión se incrementó. La quería en París. El problema era que Gimena no deseaba mudarse, ni atarse a él tiempo completo; su insistencia la agobiaba.
A los treinta y siete años, Gimena Rauch tenía claro qué deseaba de su vida y qué no. Perder su libertad por un puñado de palabras dulces era algo a lo que no estaba dispuesta. Su vida no estaba en Francia, y no tenía dudas de que su camino se dirigía hacia nuevas fronteras. Había puesto toda su energía en su profesión y eso sí era un aspecto de su vida que la gratificaba. Gimena era feliz ocupándose de lo que le gustaba; sintiéndose libre de cuerpo y alma.
La vida en Madrid le había enseñado mucho. Sus días en la capital española, con su ritmo y con el abanico de oportunidades que ofrecía, la ayudaron a descubrir sus verdaderos deseos, a crecer y a atreverse a conquistar aquello que anhelaba, sin ayuda de nadie. Estaba demasiado cerca de alcanzar sus sueños y ni París ni Étienne parecían entrar en el futuro que empezaba a vislumbrar.
Cuando anunciaron su vuelo, juntó sus pertenencias y encaró la larga fila que empezaba a formarse en la puerta de embarque. A medida que se acercaba, pensaba en todo lo que esperaba encontrar en Buenos Aires después de siete años de no visitar su país. Con emoción pensó en sus amigas y en los hijos de ellas. De todo el grupo de niños, solo conocía a Joaquín y Pilar, los hijos de Mariana, y a Fermín, el primogénito de Carola. Pero el número de sobrinos postizos se había incrementado considerablemente durante su ausencia. Sonrió al recordar los tres hermosos hijos de Lara y Andrés, una niña bellísima y dos varones muy guapos; Carola y Javier habían concebido dos varones más, mientras que Miguel y Mariana, además de los que ya tenían de sus matrimonios anteriores, habían tenido tres hijos. En total era un batallón de doce.
Gimena embarcó en silencio y se ubicó en su asiento sin problemas. En pocos minutos, el avión comenzó a moverse. Con algo de nostalgia, observó el exterior y aprovechó para despedirse. Extrañaría Madrid, eso era seguro. En tierra española quedaría un poco de ella. Se había sentido como en casa entre su gente, sus costumbres. Pensó en el apartamento donde había vivido los últimos años y que con tanto cariño había decorado. Pensó en la editorial, con su vorágine, sus compañeros de trabajo, los proyectos, las risas, la camaradería. Dios, cómo voy a extrañar todo aquello, se dijo, consciente de que era mucho lo que dejaba atrás.
Por otra parte, Buenos Aires la abrumaba; la ciudad en sí misma removía demasiadas fibras en su interior, y aunque se resistía a que los recuerdos la abordasen, no podía contra ellos. Lo que más la condicionaba era asumir que, adrede, no se había comunicado ni con su madre ni con su hermano; ninguno sabía de su regreso. Tampoco había resuelto cuándo o cómo se pondría en contacto con ellos. Le resultaba muy difícil dar ese paso cuando todavía no lograba perdonarlos.
Las tripulantes de cabina, distribuyendo snacks previos a la cena, interrumpieron sus pensamientos. Pidió vino tinto y no pudo evitar pensar en Étienne, que detestaba las bebidas que servían en los vuelos. No había sido del todo sincera con él respecto de su regreso a la Argentina. Lo cierto era que la cancelación de su viaje la había llenado de tal indignación que, en un arrebato, aceptó la propuesta que le habían hecho: José María Solís, su jefe, le había encargado que, una vez en Buenos Aires, visitase la editorial que los españoles subsidiaban y que, de ser posible, le echase un vistazo al lugar. No estaban conformes con el desempeño de la directora de Editorial Blooming, Antonella Mansi; de hecho, estaban convencidos de que los estaba engañando.
Después de la cena, se enfrascó en una película francesa que la terminó durmiendo. No volvió a abrir los ojos hasta que el avión comenzó a descender.
El vuelo aterrizó en horario y no le costó trabajo conseguir un auto que la llevase a la ciudad. Cerca de las diez de la mañana, llegó al hermoso edificio de la calle Suipacha, a pocos metros de la Basílica Nuestra Señora del Socorro. Ingresó al vestíbulo cargando su bolso y arrastrando su maleta. Allí encontró al encargado, quien la guio hasta el fondo de la planta baja, donde le entregó la llave que su amigo, Raúl Olazábal, había dejado para ella.
Era un apartamento sofisticado. Un amplio ambiente en forma de L apareció frente a ella en cuanto puso un pie dentro. Lo contempló, encantada. En uno de los extremos divisó la cocina con techo de vidrio y salida a un pequeño lavadero abierto; y en el opuesto, un ventanal de cuatro hojas conducía a un atractivo patio interno, colmado de plantas y una fuente de pared decorativa. La sorprendió que las ventanas estuvieran abiertas permitiendo que los tibios rayos del sol de mayo se filtraran e inundaran el ambiente de luz. La decoración era exquisita: pudo admirar tres cómodos sillones blancos salpicados de coloridos cojines, junto a la mesa baja de madera clara, colmada de revistas de viaje. Además, dos butacones enfrentaban un magnífico televisor de pantalla plana, empotrado en una biblioteca repleta de libros.
Gimena caminó admirando el apartamento. Dejó su bolso de mano sobre una mesa rústica y sonrió al ver que, al lado del fanal de hierro que decoraba el centro, había una nota doblada con su nombre escrito en una de las caras. Reconoció la letra, era de Raúl, el dueño del apartamento, quien hacía ya dos años que se había instalado en Santiago de Chile.
Este fin de semana estuve en Buenos Aires. Te esperé todo lo que pude para darte una bienvenida como te mereces, pero lamentablemente no pude cambiar el pasaje de regreso. La verdad, querida Gimena, es que no sé cuándo podré escaparme a verte. Así que, si lo deseas, bien puedes tú cruzar la cordillera para darme un abrazo como sé que me merezco. Te quiero. R.
P. D.: No le dije nada a Manuel de tu visita. Hablen, Gimena, te hará bien hacerlo.
Meditó brevemente sobre esta última línea y se obligó a eliminarla de su mente. No deseaba pensar en Manuel; tampoco sabía cuándo lo haría. Lidiando con esos pensamientos, se dirigió a la habitación principal anhelando despojarse de la ropa que llevaba puesta desde hacía una eternidad y darse una ducha caliente.
Media hora más tarde, con el cabello envuelto en una toalla y cómodamente cubierta por una bata que había encontrado en el cuarto de baño, Gimena volvió al salón principal. La ducha la había renovado en parte. Sin embargo, no había logrado descansar durante el vuelo y sentía el cansancio acumulado sobre sus hombros; solo la adrenalina la mantenía en pie. Se acercó a la cafetera y eligió la cápsula que deseaba. Necesitaba la dosis diaria de cafeína para comenzar a moverse.
Con su jarra de café en la mano, deambuló por el ambiente aceptando que el casamiento de Mariana San Martín había sido la excusa perfecta para regresar. Más allá de todo, reconocía que se sentía muy bien estar en Buenos Aires. No obstante, luego de más de siete años de ausencia, pensar en volver a saber de su familia la angustiaba. Por si fuera poco, Étienne ya no estaba para acompañarla, ahora se vería obligada a enfrentarlo sola. El rostro masculino de Étienne llegó a ella y, por primera vez, sintió su lejanía. Tal vez fue la costumbre, pero un impulso la llevó a grabar un audio.
–Hola, Ét. Hace casi tres horas que llegué. Todo perfecto. Hablamos uno de estos días. Besos.
Bebió un poco de café contemplando los ventanales, y salió al patio. Era una mañana fresca pero despejada. Sonrió al recordar lo mucho que disfrutaba los otoños en Buenos Aires. Se sentó en una banca ubicada junto a la puerta de salida y encendió un cigarrillo. Se tomaría ese día para instalarse y organizarse. Tenía mucho trabajo del cual ocuparse. Más allá de visitar la editorial, se había comprometido a entregar varios artículos en fechas determinadas para la revista en la que trabajaba desde hacía seis años.
Volvió a servirse café en la taza y regresó a la habitación dispuesta a desarmar la maleta. Fue entonces cuando vio los obsequios que había comprado para los hijos de sus amigas. Con renovado entusiasmo, se sentó al borde de la cama y tomó su celular para dar señales de vida. “Lleguéééé”, escribió en el grupo de WhatsApp que compartían.
No tardaron en aparecer las respuestas de Carola, Mariana y Lara, que ya habían hecho planes para festejar el reencuentro. Se reunirían a cenar esa noche; solo faltaba que Gimena confirmara si estaba de acuerdo. Por supuesto que lo estaba.
BUENOS AIRES, MAYO DE 2015.
Abrió los ojos abruptamente como si una alarma interior lo forzase a recordar que debía ocuparse de algo importante. La habitación estaba en penumbras, pero faltaba poco para que la claridad de un nuevo día se filtrara entre los cortinados.
Miró de reojo miró a la mujer que dormía a su lado. Suspiró con desgano y estiró la mano hacia la mesa de noche donde se encontraba su celular. Verificó la hora. Eran cerca de las seis; tenía tiempo de sobra. Se dejó caer contra la almohada y clavó la vista en el cielorraso pensando en las órdenes que tenía.
A sus treinta y siete años, Mirko Milosevic cargaba sobre sus hombros unos nutridos antecedentes penales que iban desde delitos de hurto menor hasta posesión y tráfico de drogas. Tenía varias entradas y salidas de distintos penales y reformatorios que no hicieron más que curtirlo y acrecentar su fama. Así y todo, lejos estaba de sentirse orgulloso de su vida, pero no tenía tiempo para pensar en ello. Durante un tiempo, había considerado que lo mejor que podría haberle sucedido era haber muerto el mismo día que nació. Luego ese pensamiento se transformó en una convicción. Odiaba su vida. Odiaba cada maldito día vivido porque en ninguno había nada bueno para rescatar o recordar.
Pero gracias a la misión en la que se encontraba, toda esa época parecía haber quedado atrás. El futuro se mostraba prometedor. Pensando en todo lo que había transcurrido en los últimos años, su mente se trasladó a aquella mañana de 2013 en la que todo su mundo pareció dar un giro inesperado. De tanto en tanto, necesitaba apelar a esa situación para recordarse por qué estaba donde estaba, por qué hacía lo que hacía y, principalmente, cuál era el objetivo final.
En ese año, el 2013, el mes de octubre se había presentado inusualmente caluroso. El clima no era mejor en el interior de la cárcel de Batán, en la provincia de Buenos Aires. Allí se respiraba un aire enrarecido, y un movimiento extraño parecía cernirse sobre su persona.
De los cinco años que llevaba encerrado, esa última semana había sido, por mucho, la peor, y el último mes, una constante pesadilla. Antes del amanecer, luego de casi seis días encerrado en la celda de aislamiento, dos guardias del servicio penitenciario provincial fueron por él. Lo levantaron a bastonazos para conducirlo a una oscura celda en la que nunca había estado. Lo dejaron allí, sin agua ni comida, acompañado solo por la incertidumbre. Le temblaba todo el cuerpo. Pasó hambre y frío.
–Vamos, Croata –había gritado con aspereza el guardia tras abrir la puerta de la celda–. Una bella dama vino a visitarte –anunció, impaciente, dejando que el sarcasmo se filtrara–. Estás teniendo muchas visitas últimamente –agregó con cierto desdén y tono amenazador–. No estarás contando cosas que no deberías contar, ¿no, Croata?
Con cierta dificultad, Mirko se puso de pie y, renuente, miró al guardia. Le sostuvo la mirada, consciente de que lo contemplaba con ganas de asestarle un golpe. Toda la escena lo llevó a pensar en los hombres de la Fiscalía Federal que, tiempo atrás, ya no recordaba cuando, se habían presentado de imprevisto para entrevistarlo. Le mostraron fotografías esperando que reconociera algún rostro. La respuesta de Milosevic fue contundente: no tenía idea de quiénes eran. Pero lo cierto era que conocía a cada uno de los fotografiados y podía apostar a que los de la Fiscalía lo sabían.
La misma situación tuvo lugar unas semanas más tarde. A esas alturas, Mirko se sentía por demás intranquilo. Sin embargo, lo más preocupante no era saber que no le creían ni una palabra, sino entender qué pretendían con sus visitas.
–Apresúrate, que debes ponerte presentable –ladró el guardia dándole un empujón.
Le permitieron asearse, cambiar sus ropas y ponerse en condiciones para la entrevista. Media hora más tarde lo condujeron por un pasillo que atravesaba el penal.
Un grupo de hombres dedicados a ejercitarse lo observaron alejarse e intercambiaron miradas recelosas. Los ignoró y, con desgano, pasó junto al guardia, quien de un empujón lo instó a apresurarse. Por sobre su hombro, Mirko lo miró con actitud altiva y sonrió con un dejo de soberbia. Se había ganado la reputación de duro e incisivo a base de soportar golpes y asestar con precisión. Nadie dudaba de su rudeza y eso era lo único que lo mantenía con vida.
–Cuidado, Croata, que un día de estos se te puede acabar la suerte –amenazó finalmente el guardia antes de volver a empujarlo–. Camina y mira para delante. Ya te vas a sosegar.
Preguntándose de qué se trataría en esa oportunidad, se dejó guiar por el largo pasillo que comunicaba con otro pabellón. Le llamó la atención que no lo condujeran a través del patio interno, que era el camino directo hacia las salas de visitas. En cambio, se sumergieron en un corredor que él nunca había transitado. Eso lo puso alerta, pero no dijo nada. Al cabo de unos metros, el guardia lo obligó a detenerse frente a una puerta.
Una vez que les habilitaron la entrada, ingresaron a una sala cerrada y sin ventanas. Solo se veía un escritorio, detrás del cual una mujer, escoltada por un uniformado fuertemente armado, leía unos papeles.
–Por favor, póngase cómodo que hoy tenemos mucho de que hablar –dijo sin levantar la vista de la carpeta que tenía frente a ella.
El guardia lo acercó al escritorio de un empujón y se apresuró a esposarlo a la mesa.
–No hace falta –sentenció la mujer.
El oficial la observó ceñudo para luego mirar a Mirko, quien le dedicó una sonrisa displicente. Maldiciendo, el penitenciario lo liberó y se retiró sin emitir palabra.
Con algo de desconfianza, Mirko la observó con todos los sentidos atentos a cada movimiento o palabra que de ella proviniese. No tenía idea de quién era; nunca la había visto. Su mente procuraba repasar cada una de las conversaciones mantenidas con los distintos agentes que se habían acercado a interrogarlo durante los últimos seis meses. La abstinencia le jugaba en contra, llevaba días sin consumir y no lograba concentrarse; se sentía confundido y desorientado.
La mujer estaba elegantemente vestida con un traje color petróleo e inmaculada blusa blanca de pronunciado escote. Llevaba el cabello oscuro recogido en una coleta y unos lentes de marco negro y cuadrado que le concedían un aspecto severo. Enfrentándolo con firmeza, se presentó como la fiscal Claudia Garrido y, según sus palabras, actuaba como enlace entre la Fiscalía Federal y la Secretaría de Lucha contra el Narcotráfico. Pero más allá de la dureza que su cargo le confería, era bonita, de rasgos femeninos y labios por demás sensuales.
–¿Cómo se encuentra esta mañana? –preguntó más por romper el hielo que por verdadero interés.
–He tenido días mejores –fue la rápida y seca respuesta de Mirko.
La mujer se irguió y, cruzándose de brazos, lo observó con determinación. Endureció el gesto al notar el hematoma que bordeaba el ojo izquierdo.
–¿Qué le sucedió en el rostro? –quiso saber.
–Me tropecé –respondió, tajante.
Garrido lo estudió comprobando que era tan filoso y áspero como le habían informado; respondía con rapidez, sin bajar la guardia, en actitud agazapada. El que tenía enfrente era un hombre curtido por la vida, peligroso, difícil de abordar. Por todo lo que había averiguado sobre él, que era mucho a esas alturas, podría asegurar que era una persona que había recibido muchos golpes. Pero eso no la ablandaría, necesitaba ser dueña de la operación.
–Un tropiezo que le valió una semana en la celda de aislamiento, según tengo entendido –agregó, displicente, recuperando por completo la actitud altiva–. ¿Cuántas van? Las reclusiones en la zona de buzones, digo. Muchas. Demasiadas en estos años, ¿no?
Mirko no respondió este último comentario. Simplemente desvió la vista y eludió la mirada de la mujer.
–Ya lo creo que han sido muchas. Pero no estoy aquí para hablar de su comportamiento –aclaró ella volviendo una vez más su atención a los papeles desplegados sobre la mesa–. Me gustaría cotejar cierta información primero para luego avanzar a lo verdaderamente importante –prosiguió con firmeza–. Su nombre es Mirko Milosevic; alias Milo o Croata. Nació en la ciudad de Rovinj, península Istría, Croacia. Un lugar bellísimo, aunque usted no haya tenido la oportunidad de conocerlo. Llegó a la República Argentina al año de vida, con su madre adoptiva, que en realidad más que madre adoptiva, podríamos llamarla usurpadora ya que lo sacó ilegalmente de Croacia, porque no hay un solo documento que indique que usted fue legalmente adoptado, o que su madre biológica muriera. ¿Nunca lo investigó? Tal vez usted es solo un chico robado; uno más de tantos.
La mujer bajó la vista buscando cotejar la información, y luego volvió a alzarla para estudiar al recluso una vez más. Él la miraba con odio helado; ahora sí había despertado su atención y su animosidad. Milosevic era un hombre peligrosamente apuesto, su encanto y sensualidad no pasaban desapercibidos para nadie, mucho menos para una mujer; ella lo comprendía. Podía sentir la atracción que generaba; el poder oscuro que su cuerpo emanaba. Lo había apreciado desde el instante en que puso un pie dentro de esa sala de reuniones; era difícil desentenderse de su magnetismo. Volvió su atención a los papeles.
–Prosigamos. Tiene un expediente interesante, Milosevic –dijo recobrando la postura fría y distante–. Aquí tengo todos sus antecedentes. Una verdadera joyita. Solo por recordarlo: a los doce tuvo su primera visita a una comisaría. Lo detuvieron por disturbios en la vía pública y posesión de droga. Empezó de chico, por lo que veo. A los catorce dejó la escuela, y volvieron a detenerlo al poco tiempo; otra vez por posesión. Pasó seis meses en un reformatorio del que se escapó. Lo atraparon un mes más tarde y esto le valió seis meses más a la sombra.
La mujer hizo una pausa y cotejó ciertos datos. Por sobre el marco de los lentes, clavó la mirada en el rostro de Mirko, que ahora tenía la vista fija en ella. Garrido sintió su desprecio y se recordó andar con cuidado.
–¡Qué vida de mierda, Milosevic! Te la has pasado entrando y saliendo de los penales –sentenció, pasando deliberadamente al tuteo–. Lamento lo de Soraya. Por lo que dice aquí, cuando finalmente dejaste del reformatorio, ella había muerto. Nadie se tomó la molestia de avisarte que ya nada quedaba. Tenías dieciocho años. Ahora entiendo por qué a partir de ese momento comenzó tu maratónica carrera. Aunque tengo que reconocer que te fuiste puliendo, terminaste como todos los de tu condición, cambiando reformatorio por penales; preso por tu adicción.
Esta vez la fiscal lo miró directo a los ojos, y eso en parte la debilitó. En esta ocasión, Mirko detectó cierta conmiseración. Lo percibió primero y lo notó después. Esa mujer tan elegante y dueña de sí había tambaleado. Displicente y soberbio, bajó lentamente la vista hacia sus senos y una ceja se alzó jactanciosa al tiempo que sonreía, reconociendo el efecto que podría tener sobre ella.
–¿De qué se trata todo esto? –dijo inclinándose levemente sobre el escritorio para acercar su rostro al de la mujer que lo interrogaba.
–Aquí las preguntas las hago yo, Milosevic –respondió sin poder apartar la mirada de esos ojos cautivantes y luminosos que la envolvieron–. Estoy en condiciones de hacerle una propuesta que puede interesarle –agregó, volviendo al trato inicial.
–¿Busca diversión a cambio de reducirme la condena? –susurró con una voz tan sensual como desafiante.
Una carcajada quebró el clima, pero no amedrentó a Mirko, que creía haber encontrado una veta en la rígida armadura de la mujer. Tomó nota mental de su talón de Aquiles.
–Mucho le gustaría a usted, ¿no? –replicó ella sosteniéndole la mirada–. Reconozco que la suya es una propuesta tentadora –agregó dispensándole una sonrisa ancha y arrebatadora–. Otro día, si quiere, jugamos un poquito a eso –continuó–. Ahora volvamos a lo verdaderamente importante.
Bajó la vista hacia una segunda carpeta y la abrió. Con rapidez colocó cinco fotografías delante de Mirko y sonrió. En todas aparecía él rodeado de muchas de las personas que meses atrás había negado conocer. Gente de la noche de dudosa reputación; personajes asociados al tráfico de drogas y de personas. Todos amigos de Candado, el traficante a quien le debía su situación actual. Mirko se arrellanó en su duro asiento; ese era el mundo del que no sabía cómo despegarse.
–Es usted un hombre con muchos contactos, señor Milosevic –prosiguió Garrido, volviendo a estudiar la información con la que contaba–. Por otra parte, tengo entendido que durante estos cinco años aprovechó para superarse –destacó alzando la vista para ver su reacción–. Sé que terminó sus estudios secundarios y tomó varios cursos; eso está muy bien –continuó, bajando la vista a la ficha que tenía frente a sus ojos–. Veo que le interesa la fotografía. Genial. Habla de una persona que busca regenerarse, que busca progresar –Garrido alzó la vista y estudió al recluso con cuidadosa intención–. ¿Quiere sinceramente darle un sentido a su vida? ¿Está dispuesto a hacer el esfuerzo? –continuó enfatizando cada una de las preguntas. Hizo una pequeña pausa mientras evaluaba otros documentos–. Porque si bien usted ha cometido muchos delitos, creo comprender que mayormente fue empujado por su adicción. No me parece que sea un hombre violento. No hay un solo registro de agresión física, pero sabe defenderse –hizo una pausa un poco más prolongada que la anterior–. ¿Le gustaría salir de aquí y entrar en un programa de reinserción laboral? –deslizó con suavidad.
Mirko no respondió. La propuesta era por demás tentadora, pero él hacía rato que había descubierto que nada era gratis en esta vida, de modo que permaneció expectante a las siguientes palabras de la fiscal.
Deliberadamente, interrumpiendo los pensamientos de Mirko, Garrido colocó dos fotografías más delante de él. Lo miró con suficiencia y aguardó permitiendo que las contemplara. En una de ellas, Mirko reía despreocupadamente junto a un reconocido traficante, Patricio Coronel, exsocio de Candado; en la otra se lo mostraba inclinado sobre una línea blanca.
–¿La extraña? –deslizó la mujer con malevolencia–. Imagino que sí; no debe haber de esta por aquí, ¿verdad?
No le gustaba el rumbo que estaba tomando la conversación. En un abrir y cerrar de ojos se sintió entre la espada y la pared. Las pruebas que esa mujer tenía eran tan incriminatorias que bien podían aumentar su condena. La expresión del rostro de Mirko se tensó y las palmas de sus manos se humedecieron.
–¿Qué quiere? –ladró, rabioso. Sentía la cuerda que se ajustaba en torno a su cuello. Estaba en manos de esa mujer.
–Parece que nos vamos entendiendo –dijo Garrido con suficiencia–. Como bien decía, creo que tiene posibilidades. Colaborar conmigo puede ser un buen comienzo –afirmó convencida–. Sería muy sensato de su parte que lo considerara.
Mirko sacudió la cabeza sin poder creer lo que acababa de escuchar. Era una locura, un suicidio. Todo el mundo sabía que trabajar para la Fiscalía, la Policía o la Secretaría de Lucha contra el Narcotráfico era colocarse un blanco en medio de la frente. No era estúpido. También sabía que la fiscal no tenía el poder de reducirle la condena por el solo hecho de ponerse bajo sus órdenes.
Su mente trabajaba a toda velocidad, pero la imagen de él consumiendo no lo estaba ayudando. Aunque el deseo se despertó, en todo momento fue consciente de que la propuesta bien podía ser una trampa. Alzó la vista y miró a la mujer que lo estudiaba a la distancia.
–No voy a aceptar sin saber de qué se trata –balbuceó Mirko algo desconcertado.
–Milosevic, usted no está en condiciones de hacer ningún tipo de reclamo –dijo la fiscal poniéndose de pie y, bordeando la mesa, se le acercó–. Lo que sí puedo asegurarle es que, de aceptar, alguien de mi equipo se ocupará de gestionar la autorización para que empiece a salir en libertad condicional. Tal vez se pueda apelar al sistema dos por uno. Después de todo, lo sentenciaron a once años y lleva casi seis encerrado.
La mujer reunió todos los documentos en silencio, claramente dando por terminada la entrevista.
–Piénselo. Analice bien lo que le dije –sugirió–. Le doy una semana para que considere minuciosamente lo que conversamos –insistió. Una nueva pausa logró poner un poco de suspenso a su discurso–. Lo digo en serio. Si se decide, puedo ocuparme de que el juez de ejecución agilice su salida. Al aceptar mi propuesta le quedaran menos de seis meses de encierro, Mirko, y cumpliría su condena en libertad condicional. Yo, en su lugar, comenzaría a pensar en el futuro. Nos vemos en siete días, Milosevic.
La fiscal no le había mentido esa vez. Tan solo una semana más tarde volvió con una propuesta formal en la que se veía tanto el sello de la Fiscalía como la firma de un juez. Eso lo tranquilizó un poco. Tras un ida y vuelta de palabras, y ante la condición de que trabajaría bajo las órdenes directas de la fiscal, Mirko terminó firmando. Luego hablarían de los años pendientes de condena.
Seis meses más tarde, llegó la notificación de que le habían otorgado el beneficio de la libertad condicional. Su vida parecía estar encauzándose, eso fue lo que pensó al contemplar consternado el papel firmado por el juez Máximo Ramírez Orión. Saldría, finalmente pondría un pie fuera de ese agujero. Le costaba creer que fuera cierto.
Llevaba grabado en su mente el instante en que cruzó el portal pensando que todo sería más sencillo desde ese momento en adelante. El sol lo encandiló al poner un pie fuera del penal, y cerró los ojos disfrutando de la sensación. Lo primero que vio al abrirlos fue a la fiscal Garrido conversando a pocos metros del estacionamiento con un hombre a quien no conocía.
Sin mucha explicación lo subieron a un vehículo y lo trasladaron a la Ciudad de Buenos Aires para instalarlo en una vivienda céntrica. En la casa de tránsito, como Garrido la llamó, encontraron a un hombre bajo, de hombros anchos y mirada dura y penetrante, que la fiscal presentó como Gonzalo Ibáñez, un colaborador suyo que también formaba parte de la misión.
Mirko apenas lo saludó y bajó la vista hacia las tres fotografías que Ibáñez colocaba sobre la mesa. En todas se veía a un individuo de mediana edad al cual Mirko nunca había visto. En la primera, el hombre caminaba por la calle hablando por celular. Era atractivo, de cabello oscuro y tupido, tez trigueña y rostro cuadrado de rasgos duros. En la segunda fotografía se lo veía conduciendo un BMW negro último modelo. En la última, en una pasarela rodeado de bellas y jóvenes mujeres.
–¿Quién es? –preguntó Mirko, intrigado–. Sinceramente no lo conozco.
–Ya sé que no lo conoces. Tampoco él te conoce –le aclaró Garrido–. Ese es uno de los motivos por los cuales fuiste elegido.
–Su nombre es Alejandro de la Cruz –informó Ibáñez con sequedad–. Aunque es hijo de argentinos, nació en Perú y vivió la mayor parte de su vida en Miami, donde se relacionó muy bien y logró abrir una agencia de modelos. Hace ya tres años que se instaló en Buenos Aires.
–De la Cruz es el principal accionista de una agencia de modelos que tiene su casa matriz en Miami y dos subsidiarias, una en Buenos Aires y la otra en la provincia de Misiones –prosiguió la mujer, ahora adueñándose de la conversación en una clara actitud de superioridad que divirtió a Mirko–. Estamos tras la desaparición de estas tres chicas –agregó colocando frente a él la fotografía de cada una de ellas–. Sabemos que pasaron por esa agencia. Pero todas las investigaciones llegan a punto muerto porque las tres chicas, muchos meses antes de sus desapariciones, habían rescindido sus contratos.
Ibáñez volvió a hablar de De la Cruz, mientras la fiscal colocaba otras fotografías sobre la mesa para avanzar en la información que debían suministrarle. Mirko concentró entonces su atención en las imágenes de una atractiva rubia de voluminosos senos y figura curvilínea.
–En dos meses comenzarás a trabajar para esta mujer. Su nombre es Antonella Mansi, es la esposa de De la Cruz.
Mirko alzó la vista y clavó su mirada azulada en los ojos de la fiscal. Una vez más, notó en la pupila de la letrada el solapado interés que ella intentaba doblegar. Sonrió vanidoso y, ya más seguro, se atrevió a preguntar:
–¿Qué quieren que haga con esa mujer? –trataba de entender–. ¿Quieren que la seduzca para molestar al esposo?
–No, hombre, no sea básico –protestó Ibáñez. Miró a Garrido–. No va a servir. Te lo dije.
–Es la directora de una revista de moda. Creemos que ella es la principal pantalla para las operaciones de su esposo –informó la fiscal–. Tengo entendido que sabes manejar una cámara. Hasta donde sé, te defendías tomando fotografías para Candado y, por lo que averigüé, en tus años de encierro leíste bastante sobre el tema.
Mirko asintió preguntándose si sabrían qué tipo de fotografías tomaba. Seguramente.
–En unas semanas esa mujer necesitará un fotógrafo –prosiguió Ibáñez sin abandonar el tono áspero–. Alguien deslizará su currículum con una recomendación, y lo llamarán. Para entonces, deberá estar preparado.
–¿Y qué se supone que haré mientras tanto?
–Mientras tanto te quedarás aquí –retomó Garrido, que había seguido la conversación en silencio–. Hasta que el momento de entrar en acción llegue, estudiarás toda esta carpeta. Aquí está toda la información que necesitas; teléfonos, procedimientos y el modo en el que necesitamos que te desenvuelvas.
Se hizo un silencio. Mirko tomó la carpeta y hojeó su contenido.
–Hay algo que aún no te he dicho –deslizó Garrido sabiendo el impacto que tendría la información que estaba a punto de suministrar–. Tu viejo amigo Candado está involucrado en toda esta operación. También a él lo queremos atrapar. Supongo que sigues pensando en vengarte del maldito desgraciado que te mandó a prisión.
