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eLit 387 Necesitaba el acompañante perfecto para la boda. Después de que su novio la dejara, Sophie Morgan tenía que encontrar un acompañante para la boda de su mejor amiga… ¡y deprisa! ¿Y qué mejor manera de encontrar un hombre que con un servicio de citas rápidas? Pero fue Dan Halliday quien llamó su atención. Dan no podía resistirse a ayudar a una damisela en apuros, así que le ofreció un trato; unos cuantos turnos en su bar a cambio de acompañarla a la boda. Sin ataduras. Pero cuando el engaño les llevó a la pasión, ambos obtuvieron más de lo que esperaban. Y ya era demasiado tarde para tener secretos entre ellos…
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Seitenzahl: 223
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Avenida de Burgos 8B
Planta 18
28036 Madrid
© 2013 Leah Ashton
© 2023 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Secretos y citas, n.º 387 - agosto 2023
Título original: Secrets and Speed Dating
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com.
I.S.B.N.: 9788411803601
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Si te ha gustado este libro…
Proyecto Sophie (Directora de proyecto: S. Morgan).
Primera misión: Encontrar un novio.
—Para que lo sepas, no puedo tener hijos.
Sophie Morgan vio como su cita dejaba de sonreír y se quedaba con la boca abierta al oír sus palabras. Dio un sorbo a su martini de vainilla y se quedó mirándolo a los ojos antes de seguir hablando.
—De verdad que no puedo. Daría igual que «dejara de intentarlo» o que «me fuera de vacaciones» o que «simplemente me relajara» —se encogió de hombros—. Es algo que no sucederá.
Su cita apenas había parpadeado, así que Sophie se señaló brevemente el vientre plano.
—Las cosas no funcionan muy bien por ahí abajo… hablando en términos reproductivos, claro. Quiero decir que sí que puedo tener sexo. Eso está todo bien.
El pobre chico se atragantó con su cerveza.
—¿No te parece un poco prematura esta conversación? Nos conocemos desde hace cinco minutos.
Hablaba literalmente. Segundos más tarde, el tintineo de una pequeña campana de plata silenció la habitación.
La anfitriona de aquella velada de citas rápidas, una mujer increíblemente atractiva que, Sophie estaba segura, no necesitaría asistir a un evento así, esperó hasta que tuvo la atención de todos. Al contrario que Sophie, la anfitriona parecía encontrarse muy cómoda en aquel bar ultra moderno, con su suelo de granito negro, los muebles de cromo y cristal y los sofás de cuero. En Sídney aquel tipo de bares habían sido el dominio de Sophie. Pero allí, en Perth, con su antigua vida a tres mil kilómetros, se sentía como una impostora.
—Muy bien, caballeros, es hora de despedirse y pasar a la siguiente cita.
La cita de Sophie aún parecía asombrada, así que intentó explicarse rápidamente con la esperanza de no parecer una auténtica lunática. Sabía que hablar sin previo aviso de su infertilidad no era un comportamiento muy normal.
—Mira, todos aquí buscan una relación, ¿no?
Él asintió. De hecho aquel evento de citas rápidas estaba específicamente dirigido a personas que buscaban relaciones a largo plazo.
—Así que, cuando la mayoría de la gente se imagina una relación, se imagina el paquete completo, con esposa e hijos. Conmigo eso no es posible. Pensaba que lo justo era que lo supieras.
Él negó con la cabeza.
—No todo el mundo quiere eso. Yo no sé si quiero tener hijos.
Sophie sonrió, pero se encogió de hombros.
—Aun así creo que es mejor ser directa y hablarlo claramente. Lo que deseas ahora puede cambiar mucho en el futuro.
La gente cambiaba de opinión. Ella lo sabía demasiado bien.
Su cita sonrió. Por suerte ahora parecía más entretenido que deseoso de salir huyendo de ella.
—¿Quién sabe nada sobre el futuro? —preguntó mientras se ponía en pie—. ¿Por qué no dejar que una nueva relación fluya sin más? ¿Por qué preocuparse por eso ahora?
Lo vio sentarse en la mesa de al lado, con la atención ya puesta en su siguiente cita. Sophie envidiaba su ingenuidad. La habilidad de llevar una relación disfrutando del momento, de fingir que lo único que se necesitaba era a la otra persona. Pero ella no volvería a hacer eso. No podía.
No era que no deseara el final feliz de cuento de hadas. Claro que lo deseaba. Le encantaría envejecer con su hombre perfecto; fuera lo que fuera eso. Sin duda alguien que no deseara tener hijos. Que no lo deseara de verdad, aunque no sabía cómo podría determinar eso sin equivocarse. ¿Tal vez alguien que ya hubiera tenido hijos? ¿O alguien mayor? Aunque no le interesaban los hombres mucho mayores que ella.
Dio otro sorbo a su cóctel y sonrió amargamente. Obviamente no sabía lo que deseaba. Solo sabía que no estaba dispuesta a perder el tiempo ni a arriesgar su corazón con un tipo que pudiera plantarla cuando supiera lo que no podía darle. Hablarlo abiertamente era una buena idea. Una idea excelente, incluso.
Aun así, cuando dio la vuelta a su tarjeta de citas, se apresuró a redondear el «No» junto al nombre de su última cita. Igual que había hecho con las cuatro antes que él, y como probablemente haría con las cinco que le quedaban.
Un momento.
No. Tenía que pensar en positivo.
No estaba preparada para admitir que lo de las citas rápidas había sido un error. Al fin y al cabo era la primera misión de su lista. Si no podía hacer aquello, ¿qué probabilidad tendría de lograr el resto de su proyecto?
Y aunque sabía que lanzar aquella bomba resultaba algo extraño, estaba convencida de que la mera existencia de su proyecto la tachaba de… bueno… de un poco chiflada. Lo sabía, pero estaba decidida a seguir con ello.
Después del desastre amorfo y sin rumbo de los últimos seis meses, necesitaba un objetivo. Necesitaba un plan.
Metió la mano en el bolso, que colgaba del respaldo de la silla, y deslizó el dedo por los bordes doblados del pedazo de papel que le había llevado allí esa noche.
Un único pedazo de papel. Era muy fino, y se podría arrugar y tirar con facilidad. Pero ella no haría eso. En su lugar, aquel papel le proporcionaba un rumbo. Igual que cuando se había sentado frente a su portátil y había redactado metódicamente el documento. Listas de tareas y fechas; con una estructura familiar y, sin embargo, muy distintas en el contenido y en el objetivo a las listas de planificación de proyectos a las que estaba acostumbrada. Pues en esa ocasión Sophie Morgan, directora de proyectos, no estaba desarrollando una actualización de software, ni lanzando un nuevo hardware, ni coordinando un programa de gestión de cambios.
No, en esa ocasión el proyecto era su vida. Su nueva vida.
Sophie tomó aliento y estiró los hombros.
No importaba que no supiera qué o quién haría que marcase el «Sí». Simplemente se debía a sí misma, y al resto de sus citas, toda su atención, y al menos algo de esperanza. No marcar prematuramente el «No».
Y sobre todo, sin lugar a dudas, seguir hablando de su… situación.
Hasta el momento la reacción a sus palabras había sido bastante congruente, salvo por su última cita, que había estado a punto de atragantarse con la cerveza. Eso era nuevo, pero también lo era su descripción, bastante gráfica. Sonrió al recordarlo. Probablemente no debería haberlo hecho, incluso aunque su sentido del humor perverso siempre la había ayudado a enfrentarse a sus problemas, ya fueran de infertilidad o de cualquier otra cosa. Pensaba que aquello era más sano que la negación absoluta de su adolescencia y de la juventud: «De todas formas no quería tener hijos», solía decirse a sí misma. «No son más que unos mocosos que lloran y vomitan».
Su siguiente cita se acomodó en la silla. Estatura media, pelirrojo y con una sonrisa tan resplandeciente que ella no pudo evitar sonreír también.
—Hola —dijo él. Era evidente que estaba a punto de soltarle una frase bien ensayada—. ¿Por qué diablos una mujer increíblemente hermosa como tú necesitaría acudir a citas rápidas?
Sophie se rio de todas formas, decidida a disfrutar de los siguientes cuatro minutos y medio.
Y entonces se lo haría saber.
Tras su tercera o cuarta mirada de reojo, Dan Halliday decidió rendirse y mirar directamente. Había algo que llamaba su atención de la mujer que se había quedado mucho tiempo después de que los demás se marcharan. No era de extrañar que abrillantar las copas de vino o hacer la caja de la noche no pudieran competir con la hermosa mujer sentada a su barra.
Estaba ligeramente girada sobre su asiento, de manera que podía mirar por la ventana que recorría la vinoteca Subiaco. Sin embargo, tenía la sensación de que no estaba observando a la gente, pues la única vez que le había preguntado si deseaba otra copa, había sentido que estaba interrumpiéndola, como si estuviera perdida en su pequeño mundo. La había dejado en paz desde entonces, sin tener en cuenta las miradas de reojo.
Si hubiera estado observando, habría visto como el torrente constante de coches y las mesas abarrotadas de los cafés de hacía unas horas se convertían en la típica clientela festiva de viernes por la noche. Los cafés y los restaurantes que daban a la calle estaban casi todos ya cerrados, y solo los pubs y los clubes permanecían abiertos. Él también tenía que cerrar su bar, y ella era la última clienta.
Tenía el pelo largo, rubio oscuro, y recogido con una coleta, como a él le gustaba. Nunca había comprendido a las mujeres que se escondían tras cortinas de pelo. De esa forma podía contemplar su perfil sin problemas: piel blanca y cremosa con algo de color en las mejillas, una nariz larga y ligeramente puntiaguda y una barbilla que le daba cierto aspecto de testaruda.
Sentada como estaba, no podía ver su altura, pero estimaba que sería alta. Llevaba una blusa roja de seda que realzaba la curva de sus pechos, y Dan podía ver la etiqueta del nombre de las citas rápidas pegada junto a su escote, aunque estaba demasiado lejos para leerla.
Y entonces la mujer giró la cabeza y lo miró directamente.
—¿Has cerrado ya? ¿Quieres que me vaya?
Incluso desde donde Dan se encontraba, a escasos metros de distancia, se vio atrapado momentáneamente por el color intenso de sus ojos. Eran azules, pero al contrario que los suyos, de un azul vulgar y aburrido, los de ella eran de un azul más oscuro. Más vivo. Más expresivo.
Se sorprendió a sí mismo. «¿Dan Halliday filosofando sobre el color de los ojos de una mujer? ¿En serio?».
Se aclaró la garganta.
—Sí a la primera pregunta, pero no a la segunda. Puedes quedarte y terminarte la copa.
—¿Estás seguro? Debo de llevar aquí… —miró el reloj— casi tres horas, y solo me he tomado la mitad del cóctel. Tendrías que esperar un buen rato.
Dan dejó la copa que fingía abrillantar mientras la miraba y se acercó a ella.
—De verdad, no me importa. Te diré una cosa. ¿Qué te parece si te pongo otro cóctel por cuenta de la casa y después podrás seguir con tus meditaciones mientras yo termino?
Ella negó con la cabeza.
—Gracias, pero no. Estoy segura de que no quieres que siga mirando por la ventana como si fuera un zombi. Mejor me voy.
—¿Entonces ya está todo resuelto?
—¿El qué? —preguntó ella con el ceño fruncido.
—Lo que fuera que estuvieras meditando. ¿Ya está resuelto?
Ella se rio, pero fue un sonido frágil.
—No. Resuelto no —suspiró—. Pero confía en mí, un cóctel más no va a resolver el caos absoluto que es mi vida.
Dan sabía que debía dejar que se marchara. Sabía que en aquel momento deberían estar sonando en su cabeza todas sus alarmas de soltero convencido. Aquella era una mujer que acababa de asistir a un evento de citas rápidas y ella misma le había confesado que tenía una vida caótica. Deberían haber saltado sus alarmas de «quiere una relación» y «tiene problemas». El ruido tendría que ser ensordecedor.
En su lugar, Dan alcanzó una copa de martini limpia y no se molestó en analizar por qué no deseaba que se fuera.
—Quédate. Mira como un zombi todo lo que quieras.
Pasaron unos segundos y finalmente ella sonrió y asintió.
—Gracias.
Dan se fijó entonces en el nombre de su etiqueta.
Sophie.
La razón por la que Sophie se había quedado en el bar era que su madre le pediría todos los detalles de su aventura con las citas rápidas, como insistía en llamarlo. Al menos esa era la razón original. Pero habían pasado horas desde que le enviara un mensaje diciendo No me esperes despierta, consciente de que solo estaba retrasando el interrogatorio, y aun así no se había ido a casa.
En algún momento había dejado de inventarse historias sobre los restaurantes que podía ver a través de la ventana. Había dejado de imaginarse qué parejas estarían en una primera cita, quién habría salido a cenar por su cumpleaños o quién era turista. Las historias eran una costumbre que había adquirido durante los últimos meses, una distracción efectiva para no tener que pensar. Era mucho más fácil analizar y reconstruir la vida de un extraño que la suya propia. Incluso su plan funesto había estado orientado a seguir hacia delante. No había sido lo suficientemente valiente para mirar hacia atrás.
Pero aquella noche había dejado que su mirada se nublase y, por primera vez en lo que parecía una eternidad, había permitido que irrumpieran los recuerdos.
Sídney.
Rick.
La nueva novia de Rick.
La nueva novia embarazada de Rick.
Perdida en sus pensamientos, o en sus meditaciones, como había dicho el camarero, no se había dado cuenta de que los demás clientes ya se habían marchado. Y, por alguna razón, tampoco se había dado cuenta de que el camarero en cuestión era increíblemente guapo.
Había notado que se quedaba mirándola, pero al levantar la cabeza se esperaba el tipo de mirada que decía «termínate la copa y vete». Pero le había sorprendido. No era una mirada impaciente. Parecía verdaderamente interesado.
Se llevó el nuevo martini a los labios y observó al camarero por encima del borde de la copa mientras este contaba el dinero de la caja. Tenía la cadera apoyada contra el mostrador de acero inoxidable, con unos vaqueros grises y una camisa ajustada de color negro que enfatizaba el ancho de sus hombros. Llevaba la camisa remangada, lo que dejaba ver una piel bronceada y unos brazos que parecían fuertes, como si se dedicara a hacer algo más que poner copas.
Con el pelo negro y muy corto y los ojos azules, era mucho más guapo que cualquiera de sus citas de aquella noche. Aunque, por supuesto, el problema no era el aspecto, la inteligencia ni el encanto de sus citas; ni siquiera su reacción ante el inesperado diagnóstico médico.
Se giró en su taburete para mirar de nuevo por la ventana y darle la espalda al camarero. Vio a un grupo de mujeres jóvenes salir riéndose de un restaurante situado al otro lado de la calle. Tal vez estuviesen de despedida de soltera. O quizá trabajaran juntas y hubieran salido a tomar unas copas de viernes por la noche.
«No. Concéntrate», se dijo a sí misma. Su copa gratis era para meditar, no para fantasear.
De acuerdo. El problema era que se había equivocado. No estaba preparada para tener una relación.
A su corazón magullado no le importaba que tuviese un plan estructurado de cinco semanas quemándole en el bolso. Resultaba que, por mucho que lo intentara, era incapaz de autoimponerse una fecha límite para superarlo y seguir con su vida.
Así que, con camarero sexy o sin él, aceptaría su ofrecimiento al pie de la letra, seguiría mirando por la ventana como un zombi, se terminaría la copa y se iría.
—¿Qué tal va la meditación?
Sophie dio un respingo, sorprendida al oírlo tan cerca. Miró por encima del hombro y vio que estaba limpiando la barra.
—¡Bien, gracias! Además ya casi me he terminado la copa, así que estoy a punto de dejarte en paz —levantó su copa casi vacía para demostrárselo y se giró de nuevo hacia la ventana.
—¿Hay algo de lo que quieras hablar?
Se dio la vuelta otra vez e ignoró la preocupación que vio en sus ojos.
—No.
Se terminó el martini y dejó la copa sobre la barra con demasiada fuerza.
El camarero arqueó las cejas.
—Hace diez años que tengo este bar. Confía en mí, sé cuando alguien necesita hablar.
Sophie se bajó del taburete, se colgó el bolso al hombro y se dirigió hacia la salida. El sonido de sus tacones resonaba en la habitación casi vacía. Había un limpiador barriendo junto a la puerta, pero se detuvo para abrírsela.
No estaba segura de lo que había imaginado. ¿Esperaba que la siguiera? ¿Que le dijera que parase?
El hecho de que no hiciera ninguna de ambas cosas, ya que ella era una completa desconocida, hizo que se detuviera.
No podía contárselo a su madre y a su hermana. Ellas se apresuraban a interrumpir, a juzgar. Estaban demasiado desesperadas por darle una solución cuando lo único que deseaba era alguien que la escuchara.
Le resultaba muy difícil ignorar la tentación de hablar con el camarero, un hombre que no la conocía y al que probablemente no volvería a ver.
Se dio la vuelta y volvió a la barra.
Él estaba abrillantando una copa de vino.
Sophie tomó aliento antes de empezar.
—Mi prometido me dejó dos meses antes de la boda.
Él no dijo nada durante unos segundos. Simplemente la miró como si estuviera reflexionando sobre algo.
—Vaya —respondió finalmente—. Deja que te ponga otra copa.
Proyecto Sophie (Directora de proyecto: S. Morgan).
Primera misión: ¿Encontrar una cita?
Las palabras no habían salido de manera tentativa. En absoluto. En vez de eso habían saltado de su boca apresuradamente, ansiosas por ser escuchadas.
Sophie no sabía cuánto tiempo había estado hablando, pero había hablado mucho. Más que en los últimos seis meses; probablemente más de lo que se había esperado el camarero. Pobre hombre. Estaba sentado en un taburete junto a ella, bebiendo todavía su primer bourbon con coca cola, con la rodilla a escasos centímetros de la suya. Ya había apagado casi todas las luces antes, así que la sala estaba iluminada solo por el brillo suave y multicolor de las luces situadas tras las botellas de licor alineadas en la pared detrás de la barra.
El camarero ya sabía que Rick la había dejado por otra mujer; una compañera de trabajo de ambos, nada menos. Sabía también que ella había tenido que dejar su trabajo, pues trabajar con su ex y su nueva novia todos los días no era una opción, obviamente. Sabía que le había vendido su parte de la casa a Rick y que se había gastado todo su dinero viajando de mochilera por Asia. Y sabía que, sin un centavo a su nombre y sin trabajo ni hogar al que regresar, había tenido que volver al oeste de Australia, a vivir con su maravillosa madre, que tenía muy buenas intenciones, pero que resultaba agobiante.
Pero no se lo había contado todo. De todas las cosas que le había contado, se había guardado justo lo que les había contado a todos los demás hombres aquella noche. ¿Por qué?
Eso era fácil. Ya había tenido suficientes miradas de sorpresa por una noche. La combinación del desastre con Rick y de su infertilidad era demasiado. Demasiado patética. No quería la compasión del camarero.
Y tampoco le había contado lo peor; lo que Rick le había dicho para hacer que se sintiese vacía y al mismo tiempo llena de plomo. Una emoción imposible que salía a la superficie con demasiada frecuencia y que no estaba segura de querer compartir. Ni siquiera con su camarero desconocido.
Un momento. ¿Su camarero?
Daba igual. Lo importante era que con él había abierto las compuertas. Había dado voz a todos esos recuerdos y a toda esa rabia en la que no se había permitido pensar, y mucho menos hablar de ello. Y había podido hacerlo porque no volvería a verlo.
Ahora que había terminado de contar su triste historia, era como si volviera a enfocar lentamente al camarero. Mientras hablaba no había prestado atención a nada salvo al hecho de que estaba escuchándola, y eso era lo único que le había importado. Pero ahora le resultaba difícil ignorar su realidad; los ángulos afilados de su cara, su estatura, la evidente fuerza muscular de sus muslos, tan cerca de los de ella.
—¿Por qué has venido a las citas rápidas esta noche? —le preguntó, y su voz aterciopelada le resultó sorprendente después de unas dos horas de monólogo ebrio por su parte. Le había hecho algunas preguntas al principio, cuando ella aún se sentía un poco incómoda, pero, después de que se lanzara a hablar, había dejado que continuase.
Sophie dio un buen trago a su cóctel en un intento por controlar un ataque de vergüenza. Ya tendría tiempo al día siguiente de avergonzarse de todo lo que le había contado.
—Por lo típico, supongo. Quería conocer a alguien.
Él arqueó las cejas.
—¿Estás segura? Después de todo lo que acabas de contarme, no pareces el tipo de mujer que esté preparada para meterse en una relación.
—Lo sé —dijo ella con los hombros caídos—. Ha sido una idea estúpida. Pero en su momento me pareció buena —agachó la mirada—. Y tenía ganas de poner en marcha mi proyec…
En aquel momento su cerebro alcanzó a su boca traidora y le hizo cerrar los labios. Su camarero ya había oído más que suficiente por una noche; no era necesario añadir «trastornada» a su lista de defectos.
—¿Proyecto? —preguntó él.
Demasiado tarde.
—No es nada —dijo ella negando apresuradamente con la cabeza, y sintió el rubor en las mejillas.
—¿De verdad? —insistió el camarero mientras se inclinaba hacia delante con curiosidad en la mirada—. Has dicho que eras directora de proyectos. ¿Qué tipo de proyectos diriges habitualmente?
—Informáticos —respondió Sophie con la esperanza de distraerlo—. Contratos para grandes empresas. Por ejemplo, mi último proyecto fue para un banco de Sídney, con el lanzamiento de un nuevo software. Y antes de eso trabajé en una universidad durante unos seis meses. Y… eh…
Se quedó sin palabras bajo el peso de su mirada.
—¿Y alguno de esos proyectos exigía lo de las citas rápidas? —preguntó él con una sonrisa perversa.
Se quedó mirándolo con rabia. Bien, así que, ¿quería saberlo?
Sophie dejó su copa sobre la barra con una deliberación calculada y se agachó a recoger el bolso del suelo. Sin mirarlo a los ojos, sacó el papel A3 doblado y lo extendió sobre la barra.
—Saqué la idea después de planificar mi boda —dijo—. Si tenía un plan para eso, ¿por qué no tenerlo para la vida en general? —mantuvo la vista fija en la lista de tareas y en las barras horizontales que indicaban sus fechas límite y sus plazos, preparándose para las carcajadas que sin duda vendrían después—. Siempre me ha gustado hacer listas y ser organizada, así que me parecía un paso lógico.
Al ver que él no decía nada, levantó la cabeza y vio que estaba mirándola. Le sorprendió ver que no sonreía. Más bien sus preciosos ojos azules parecían poder ver en su interior.
Genial. Sentía pena por ella.
¿En qué estaba pensando? Ni siquiera le había enseñado a su madre el proyecto, sabiendo que ella no lo comprendería. Nadie lo comprendería. Y menos un guapo camarero que ni siquiera sabía su nombre.
Se apresuró entonces a doblar de nuevo la hoja de papel.
—Olvídalo. No es más que una idea estúpida que tuve…
Él le agarró la mano y detuvo al instante sus movimientos.
—No es una idea estúpida —dijo.
Su mano era cálida, mucho más grande que la suya, y su piel bronceada resaltaba sobre la suya pálida. Blanco leche, como decía su madre. Poco práctica para el clima australiano y se quemaba con rapidez, esa había sido siempre la opinión de Sophie al respecto. Pero en aquel momento le gustaba el contraste de su piel con la del camarero. Parecía delicada… algo que con uno setenta y ocho de altura pocas veces sentía.
Lo miró a los ojos.
—Tiene sentido —continuó él—. Eres una directora de proyectos que desea encarrilar su vida, así que empleas lo que conoces. Si eso te funciona, ¿por qué no?
Sophie se sorprendió al notar que empezaba a temblarle el labio inferior. Había logrado no echarse a llorar mientras contaba su triste historia; no iba a empezar a llorar ahora por una simple hoja de cálculo.
Tragó saliva, apartó la mano e inmediatamente echó de menos su tacto.
—No has estudiado bien el plan —dijo sin que le temblara la voz—. Puede que cambies de opinión.
En la parte superior de la página aparecían claramente detalladas las siguientes cinco semanas, cada una llena de objetivos. Muchos de ellos eran realizables: Actualizar el currículum, mudarse. Otros, tras el fracaso de las citas rápidas de esa noche, parecían hilarantemente optimistas: Encontrar novio. Eso era lo peor de todo, y por supuesto de eso dependía el resto del plan. Incluyendo lo más importante: la tarea que había dado pie a todo aquello, la invitación que había aparecido en el buzón de su madre una semana antes, como si de una bomba a punto de explotar se tratase.
Aparecía al final de su lista de tareas, y la había resaltado con letras rojas en negrita.
Boda de Karen.
Tres palabras. Un acontecimiento muy feliz; la boda de una buena amiga. Y, sin embargo, la idea le daba miedo. De hecho, ahora que sabía que iría sola, podría cambiar la palabra «miedo» por «terror».
—¿Las citas rápidas eran parte de la primera misión? —preguntó él.
Sophie asintió.
—¿Y has tenido suerte? Con las citas, quiero decir.
Ella negó vehementemente con la cabeza.
—No. En absoluto. Estoy tan poco preparada para una relación que da risa. Todos eran tipos majos. No merecían perder su tiempo conmigo.
