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eLit 386 Ella soñaba con ser una chica más sofisticada. Eleanor había trabajado muy duro para dejar atrás a la adolescente solitaria que había sido. Se había quitado los brackets para lucir una sonrisa radiante, había cambiado la ropa sin estilo por unos trajes fabulosos, y el dolor de un corazón roto por un frívolo coqueteo. Pero había un hombre que podía ver a la auténtica mujer que era. El multimillonario Jake Donner nunca había olvidado a Eleanor, y le asombraba ver cuánto había cambiado. Las chispas empezaron a surgir mientras los viejos recuerdos les asaltaban...
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Seitenzahl: 232
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Avenida de Burgos 8B
Planta 18
28036 Madrid
© 2013 Leah Ashton
© 2023 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Una mujer del pasado, n.º 386 - agosto 2023
Título original: A Girl Less Ordinary
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com.
I.S.B.N.: 9788411803595
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Fremantle, Australia del Oeste
Trece años atrás
Ni cuando estuvo al lado de la ventana del dormitorio de Jake Donner viendo cómo las flexibles persianas de aluminio golpeaban rítmicamente contra el cristal por la suave brisa se echó Eleanor Cartwright para atrás.
Aunque eso no significaba que no estuviera nerviosa. Claro que lo estaba. En su opinión, las declaraciones de amor siempre provocaban algo de nervios.
Pero aquella noche los nervios no importaban. Tenía que hacerlo.
«Deberías decírselo, cariño. El amor no tiene que ser un secreto».
No había prestado excesiva atención a su madre cuando le dijo aquello un par de meses atrás. Incluso se rio.
«No digas tonterías mamá, no estoy enamorada de él. Solo somos amigos».
Su madre sacudió entonces la cabeza con gesto de incredulidad, lo que hizo que Eleanor se sintiera como si tuviera doce años, no dieciséis.
«Da lo mismo, mamá. De todas maneras se va a ir. No tiene sentido».
Y tal vez siguiera sin tenerlo. Pero ya daba igual. Desde hacía exactamente veintinueve días había muchas cosas que ya no importaban.
Eleanor aspiró con fuerza el aire. Podía hacerlo. Dejar que Jake se marchara de Fremantle y de su lado sin saber lo que sentía ya no era una opción.
La brisa fresca de antes del amanecer hizo que Eleanor se estremeciera. La ráfaga se coló por la ventana entreabierta de Jake y provocó que las persianas repiquetearan ruidosamente.
No salió ningún sonido del dormitorio. Lo que no le resultó sorprendente, teniendo en cuenta que eran las tres de la madrugada. Además, Jake siempre dormía como un tronco.
Se acercó un poco más a la ventana. El rocío que cubría la larga hierba sin cortar que rodeaba su casa le humedeció las piernas. La cama de Jake estaba justo debajo de la ventana, así que se puso de puntillas y la abrió. La ventana, igual que el resto de la casa, era vieja y soltó su habitual chirrido de protesta.
—¿Jake? —preguntó con la esperanza de que el ruido le hubiera despertado.
Pero no tuvo tanta suerte.
Así que continuó con su plan. Se agarró a los bordes de la ventana y se levantó a pulso. La idea era apoyarse en el quicio de la ventana, estirar la mano y despertar suavemente a Jake.
Pero las cosas no sucedieron así.
El movimiento la propulsó hacia delante… y hacia dentro. En medio del ruido de las persianas, su grito de sorpresa y el de Jake, Eleanor rebotó en la cama y cayó al suelo. El cuerpo de Jake se apretó contra el suyo desde el pecho hasta la cadera. A ella se le habían caído las gafas, pero la confusión de Jake quedaba patente en su rostro tenuemente iluminado por la luna.
—¿Qué diablos pasa? ¿Eleanor?
Ella asintió, incapaz de hablar momentáneamente por dos razones: el golpe que se había dado contra la desgastada moqueta y el darse cuenta de que Jake estaba en calzoncillos bóxer.
Pero entonces él se levantó al instante y se apartó de ella. La luz se encendió un segundo después. Eleanor se quedó mirando la bombilla desnuda e hizo un esfuerzo por tratar de respirar y pensar al mismo tiempo.
—Eleanor, ¿qué estás haciendo aquí? —preguntó Jake acercándose y ayudándola a levantarse del suelo—. ¿Por qué estás todavía en uniforme?
Ella bajó entonces la vista hacia la arrugada camisa blanca y la falda de cuadros escoceses que le llegaba hasta la rodilla. No se había fijado en cómo iba vestida. Aquel día, toda la semana, el mes entero, habían transcurrido en una nebulosa.
—No podía dormir.
—¿Y decidiste saltar por mi ventana?
Eleanor se limitó a quedarse mirándole.
Jake suspiró y se rascó el vientre con gesto distraído. Aquel vientre había cambiado mucho desde sus muchas salidas a la playa el verano anterior. Ahora estaba más firme, más delgado. Podía ver la juntura de sus caderas justo por encima de los calzoncillos que le colgaban bajos. Jake siguió la dirección de su mirada y tiró un poco hacia arriba de la banda de los bóxer. Pero no parecía estar en absoluto avergonzado. Nunca lo estaba. Tenía el pelo completamente revuelto y estaba tan guapo como siempre.
Eleanor sabía que ella no estaba guapa. Pero al menos se le habían secado las lágrimas de las mejillas. Además, su madre siempre le decía que el aspecto no importaba, que lo importante era el interior.
—Quería hablar contigo —dijo en voz baja.
Jake apartó la mirada.
—¿Sobre tu madre?
—No —respondió ella. Y le dio la sensación de que Jake parecía aliviado.
Había pasado casi un mes desde que su madre olvidó mirar antes de cruzar una de las calles llenas de tráfico de Fremantle. Desde entonces, Eleanor apenas había visto a Jake.
Ella lo había querido así. Durante los primeros días no salió de casa excepto para ir al funeral. El olvido que le proporcionaba el sueño era el único alivio para el indescriptible dolor de aquella pérdida. Y cuando finalmente volvió al colegio lo hizo sola. Jake ya había terminado los exámenes finales y por primera vez en cuatro años fue y regresó del colegio sin él.
No quería compañía. Ni siquiera la de Jake.
Pero ahora sí. Ahora le necesitaba. Y sin embargo él estaba cambiando el peso de un pie a otro como un atleta olímpico en el cajón de salida a punto de echarse a correr.
No. Eso no podía ser. Jake siempre había estado ahí para ella. Tenía que sentarse, y lo hizo en el borde de la cama. Encontró las gafas entre las sábanas arrugadas y se las puso con manos ligeramente temblorosas.
Jake la miró con recelo. Así no era como ella esperaba que salieran las cosas.
—Quería hablar contigo antes de que te fueras.
—Mi vuelo no sale hasta el lunes, Eleanor. Eso supone dos días en los que podrías haber venido a llamar a mi puerta en un momento en el que no estuviera durmiendo.
Ella entornó los ojos.
—No pensé que te importara.
Pero estaba claro que le había molestado. Tres semanas atrás había estado tomándola de la mano en el cementerio con el bolsillo lleno de pañuelos de papel para ella… ¿y ahora no podía ni siquiera mirarla?
Jake se cruzó de brazos. No era precisamente el lenguaje corporal de alguien abierto a una declaración de amor.
Pero eso no iba a detenerla ahora que había llegado hasta allí. El hecho de que Jake actuara de un modo extraño no suponía ninguna diferencia.
Además, ella entendía lo extraño. Apenas podía recordar lo que era sentirse normal, ser ella misma. Solo encontraba algún que otro destello de normalidad en medio de un abismo de dolor.
Y respecto al asunto de Jake… bueno, no era tonta. Había visto el modo en que la miraba a veces. No se lo había imaginado. Algo había cambiado, de eso estaba segura.
Tal vez solo necesitara un plan de ataque distinto.
Cruzó la habitación antes de que los nervios se apoderaran completamente de ella. Jake abrió los ojos de par en par al verla acercarse pero no se movió. Eleanor se detuvo a menos de un metro de él y alzó la cabeza para mirarle a los ojos.
Consideró la opción de acariciarle. Las chicas populares del colegio lo hacían con suma facilidad. Le pasaban distraídamente el brazo por el hombro a su novio del momento en la hora de la comida o le abrazaban en la parada del autobús.
Pero Eleanor no era como ellas. Y no sabía qué hacer.
La frustración la llevó a decir precipitadamente:
—Te amo.
Sonó más bien como un murmullo, pero estaba claro que Jake lo escuchó porque se apartó de ella de un respingo. No era la reacción que Eleanor buscaba. El estómago se le detuvo de golpe.
—No, no me amas —afirmó él como si fuera un hecho.
—Sí —insistió Eleanor con más fuerza esta vez—. Sí te amo.
Jake sacudió la cabeza.
—Solo estás confusa por…
—¿Por lo de mi madre? No. Ya lo sabía antes. Fue idea suya que te lo dijera.
Jake se apartó un par de pasos más y le dio la espalda. Apoyó las manos sobre el escritorio lleno de teclados, discos duros y un montón de aparatos cuyo nombre Eleanor desconocía.
En un rincón de su mente sabía que tendría que estar llorando. Pero sentía una extraña calma. Tenía que irse de allí, dirigirse directamente a la valla que separaba sus casas y luego atravesar el estrecho hueco que habían utilizado durante años para entrar y salir. Volver a su habitación. A la mañana siguiente podría volver, fingir que no había hablado en serio, y las cosas volverían a la normalidad.
Pero Jake iba a marcharse. Las cosas no volverían nunca a la normalidad.
—He pensado que tal vez tú también me ames —dijo con el corazón latiéndole con fuerza.
Aquello hizo que Jake se diera la vuelta. De pronto lo tenía justo delante. Acorralándola.
—Tienes que irte, Eleanor. Tu padre estará preocupado.
No, no lo estaría. Su padre no se fijaría en ella ni aunque se quitara la ropa y empezara a correr en círculos.
Jake estaba demasiado cerca.
Le gustaba la anchura de sus hombros, y también su pecho. Algunas de las chicas más guapas se habían fijado en él, pero Jake no estaba interesado. Y ella se alegró de veras cuando las rechazó. De hecho se comportaba como un bicho raro, lo que provocaba que su fama de friki creciera. Y eso era precisamente lo que él quería. Pero el chico que estaba ahora delante de ella, en su dormitorio y sin camisa no era desde luego ningún tipo raro. Era su mejor amigo. El chico que la hacía reír y la ayudaba con las matemáticas mientras ella le ayudaba a él con lengua. Eran un equipo. Le amaba. Y necesitaba saber si él la amaba a ella.
—Eleanor, por favor, tienes que…
Pero antes de que pudiera acabar la frase, ella le besó.
O al menos lo intentó. Porque cuando se puso de puntillas, cerró los ojos y se inclinó hacia delante… sus labios dieron contra la mejilla de Jake.
La mejilla.
Y fue aquello lo que finalmente hizo que se diera cuenta de la realidad. Cuando alguien amaba a una persona no le apartaba la boca.
Durante un instante se quedó paralizada por el horror de la humillación. Paralizada con los labios todavía muy cerca de su piel.
—No. No puedo hacer esto. Yo…
¿Qué estaba diciendo? Eleanor apenas le oía. Solo escuchaba con claridad su propia voz en el interior de la cabeza.
«Estúpida, estúpida, estúpida».
¿Cómo podía haber llegado a creerse de verdad que Jake la amaba? ¿Por qué demonios iba a amarla? No era guapa. No era tan inteligente como él. No llevaba la ropa de moda como las chicas populares. No sabía cómo coquetear ni cómo besar a un chico. Eso estaba claro.
Tenía que salir de allí. No tendría que haber ido nunca. Sin decir una palabra, le rodeó, se subió a la cama y cuando estaba saliendo por la ventana se dio cuenta de que Jake no había dicho ni una palabra.
Vaya. Lo cierto era que pensaba que iba a pedirle que se quedara. Miró hacia atrás mientras sacaba las piernas hacia fuera con la falda enredada en la cintura. Pero no le importaba. Jake no iba a darse cuenta. La estaba mirando con una expresión de… ¿remordimiento? No. Ahora se estaba engañando a sí misma. En realidad la miraba con compasión. Sin duda.
Y no tenía ninguna intención de quedarse a verlo. Así que saltó al jardín y se acercó caminando a su casa aunque en realidad lo que quería era ir corriendo. Y no miró atrás.
Más tarde, mientras miraba fijamente el techo incapaz de derramar ya más lágrimas, se las arregló para sacar algo positivo de aquel terrible desastre.
Aquella era otra de las ideas de su madre, la creencia absoluta en que siempre se podía encontrar algo bueno en absolutamente todas las situaciones. Y sí, había algo bueno en el asunto de Jake.
No tendría que volver a verle jamás.
Sídney, Nueva Gales del Sur
En la actualidad
Era una emboscada. Así de simple. Jake Donner lo sabía. Y todos los miembros de la junta directiva que ahora le miraban con idéntica cara de póquer también lo sabían.
¿Cuánto tiempo llevaba cociéndose aquello? ¿Horas? ¿Días? ¿Semanas?
—No —Jake pensó que aquello era lo único que necesitaba decir.
—No hay otra opción, Jake —aseguró Cynthia George, una ejecutiva de cabello gris retirada que había trabajado en uno de los bancos más importantes de Australia y que ahora ocupaba su tiempo libre formando parte de la junta directiva de algunas corporaciones.
Mientras le observaba con expresión feroz, Jake recordó por qué había apoyado su candidatura a aquella junta directiva. No es que fuera intimidante, es que resultaba aterradora.
Pero él se encogió de hombros.
—Buscaos a otro.
Jake forzó a su cuerpo a reclinarse en el asiento de cuero de su silla y trató de fingir una actitud de despreocupación. Pero tenía los músculos tensos y tuvo que hacer un esfuerzo por no levantarse y ponerse a recorrer arriba y abajo la sala de juntas de Armada Software.
Aquello no era representativo de sus habituales reuniones con la junta directiva. Normalmente pasaba el tiempo escuchando con atención cuando se hablaba de temas que le interesaban, desconectando cuando no era así y felicitándose ocasionalmente por la decisión que tomó años atrás de salirse del aburrido mundo del negocio que él mismo había fundado. Ahora tenía el veintiocho por ciento de la empresa, un joven y prometedor director general que también le observaba ahora con gesto serio y una junta directiva formada por la élite empresarial de Sídney, todos ellos con intereses financieros en Armada. Todo aquello suponía la excusa perfecta para prestar la mínima atención posible al día a día de la empresa y dejar que los expertos se preocuparan mientras él hacía lo que se le daba bien: la programación informática.
Hasta hacía un minuto, aquel acuerdo había funcionado a la perfección.
El director financiero deslizó sobre la mesa unos papeles unidos por un clip en su dirección.
—Esta es una opción, Jake. Reducir un veinte por ciento la plantilla de empleados fijos.
En una empresa en la que trabajaban más de dos mil personas solo en aquel edificio, eso suponía mucha gente.
—Recortar personal es la última opción.
El director financiero asintió.
—Estoy de acuerdo —señaló hacia el pantalla de plasma en la que todavía se mostraba el final de la última presentación—. De ahí la proposición de la junta.
Jake ni siquiera se molestó en mirar las cifras y los gráficos multicolores que tenía delante. Estaba familiarizado con ellos. Tal vez no dijera mucho en aquellas reuniones, pero leía todos y cada uno de los documentos de la junta al detalle.
Las ventas bajaban. Los costes subían. Armada no había salido indemne de la crisis mundial. Los hechos eran indiscutibles. Pero la solución que se estaba proponiendo sí podía discutirse.
—Estoy convencido de que el lanzamiento del primer teléfono inteligente de Armada aumentará significativamente los ingresos —aseguró Jake.
Y lo estaba. Aunque un poco menos desde la noche anterior, cuando leyó el sorprendente informe financiero. Esperaba que la junta tuviera una solución brillante para lo que estaba seguro que era un problema temporal. Pero su incomodidad resultaba poco tranquilizadora, y la solución que ofrecían, imposible.
¿Jake Donner la nueva cara de Armada? No. Eso no iba a suceder.
—No es necesario tomar una medida tan drástica —aseguró.
Cynthia sonrió sin asomo de alegría.
—Unas cuantas apariciones en radio y televisión acompañadas de una nota de prensa no es una medida drástica, Jake. Armada necesita una cara conocida, y tú la tienes.
Jake sacudió la cabeza.
—Durante una década, la calidad de nuestros productos ha hablado por sí misma. Sinceramente, dudo mucho que sacar a un obseso de la informática vaya a ayudar en algo.
Cynthia emitió un sonoro sonido de desagrado con la nariz.
—¿Un obseso de la informática? Yo más bien diría un famoso multimillonario introvertido. El número dos en la lista de los australianos más misteriosos. El número uno de los solteros más codiciados. La publicidad del nuevo teléfono será mucho mayor si tú eres la cara del producto.
Jake se hundió todavía más en la silla y estiró sus largas piernas embutidas en unos vaqueros por debajo de la mesa. Él no pidió salir en las listas de aquellas estúpidas revistas del corazón. No pidió tener que molestar constantemente a la policía para lidiar con los fotógrafos que se atrevían a entrar en su finca de Blue Mountains.
Todo era absurdo. Basura. No había ninguna historia que buscar. Ninguna exclusiva.
¿Tan extraño era que despreciara la jungla de asfalto de Sídney? ¿Que no quisiera llevar traje ni asistir a reuniones interminables?
Al parecer sí.
¿A quién le importaba que prefiriera trabajar desde el confortable sofá de su salón? ¿O que prefiriera clavarse agujas en los ojos antes que asistir a alguna fiesta de la satisfecha élite de botox de Sídney? ¿A quién le importaba que creyera firmemente que su vida privada era privada y que una política de no declaraciones ni entrevistas le facilitara significativamente la vida?
Bueno, pues teniendo en cuenta los diez pares de ojos que tenía clavados en él en aquel momento, había mucha gente a la que sí le importaba.
Jake renunció a la idea de parecer despreocupado. Apoyó los mocasines en el suelo de parqué y echó la silla hacia atrás, levantándose con un movimiento firme para acercarse a los ventanales de la sala.
—Jake, en un mercado tan saturado no basta con tener un gran producto —aseguró la vicepresidenta de marketing y comunicación, una mujer elegante y delgada de cabello negro—. Por desgracia, las primeras investigaciones de mercado muestran que el teléfono Armada está despertando poco interés en los consumidores. Nuestros competidores americanos y japoneses tienen el mercado copado. La gente quiere las marcas conocidas aunque nuestro teléfono sea superior.
Jake se detuvo en seco.
—¿Y qué crees que puedo hacer yo al respecto? ¿Acaso ver mi cara en la portada de una revista va a ayudar a vender teléfonos?
La vicepresidenta sonrió.
—Los resultados de nuestras encuestas de grupo son alentadoras. Un anuncio que incluía tu nombre y tu foto cuadriplicaba el interés en el producto.
Jake se frotó la frente en un esfuerzo inútil por borrar las arrugas de preocupación. Tenía las mandíbulas apretadas.
—La recomendación de la junta directiva es que procedamos con la campaña Jake Donner —intervino Cynthia.
—Si te niegas, nos veremos obligados a recomendar la implantación de medidas de reestructuración de personal —añadió el director financiero.
—Lo que planteamos es una campaña corta, Jake —aseguró la vicepresidenta—. Un mes de incomodidades para ti a cambio de diez millones de beneficios.
La totalidad de la junta soltó un murmullo de aprobación. Sí, aquello era sin duda una emboscada.
Un mes de incomodidades. ¿Sería capaz de hacerlo? ¿Podría recubrirse del oropel brillante que marketing escogiera para él? ¿Podría estar un mes posando y diciendo las frases correctas para ayudar a sacar a Armada de su agujero financiero?
Un mes de su vida a cambio de miles de puestos de trabajo y millones de dólares.
No sonaba tan sacrificado al ponerlo así. Tal vez ya no fuera el único dueño, pero seguía considerando a Armada como algo suyo. Como su responsabilidad.
Lo cierto era que no había que pensarse la decisión.
Jake gruñó a regañadientes algo que Cynthia interpretó correctamente como un sí. Algo completamente absurdo se le pasó por la cabeza: Ojalá no tuviera que ponerse traje.
Eleanor Cartwright esperó pacientemente al lado de la sala de juntas sentada pulcramente en un sofá de piel. No daba golpecitos nerviosos con los tacones contra el suelo. No se retorcía los dedos en el regazo. Y desde luego no le hizo a la asistente que la acompañó hasta el piso veintiséis ninguna de las muchas preguntas que tenía sobre Jake Donner.
Por supuesto, le resultaba posible no hacer ninguna de aquellas cosas porque podía controlarlas. No le sucedía lo mismo con las mariposas que le bailaban en el estómago. Pero daba lo mismo. Nadie tenía que saber de su existencia.
Finalmente se abrieron las puertas y una procesión de ejecutivos impecablemente vestidos salieron por ellas. Eleanor se puso de pie antes de captar un destello de la inconfundible chaqueta roja de Cynthia entre la masa de trajes negros y grises.
Eleanor sintió una punzada de orgullo al reconocer la chaqueta que ella misma había seleccionado para el guardarropa de Cynthia. Con su corte de pelo, el maquillaje perfecto y el impactante vestuario, Cynthia era un anuncio andante de Foto Perfecta, la empresa de imagen que Eleanor había fundado cinco años atrás.
Pero si la imagen de Cynthia había necesitado una revisión, su habilidad para comunicarse y negociar no. A Eleanor le había quedado demostrado cuando trató de negarse a la inesperada propuesta de Cynthia.
¿Aceptar a Jake Donner como cliente? Ni en un millón de años.
Aunque, ¿cómo decirle que no a tu mejor cliente sin tener una excusa razonable? O mejor dicho, con una excusa que no tenía ninguna intención de revelar.
Resultó que no era posible. Peor aún, Cynthia había dejado claro que consideraba aquel trabajo como un favor personal. Y teniendo en cuenta que la mitad de la clientela de Eleanor era el resultado de la recomendación de Cynthia, un favor no era mucho pedir.
Y siendo objetiva, con Jake Donner tendría un éxito que eclipsaría al de Cynthia. El negocio iba bien, pero con Jake en la lista de clientes el impacto en su cuenta de resultados sería estratosférico. El hecho de que Jake fuera el protagonista de la experiencia más humillante de su vida resultaba completamente irrelevante.
Así que allí estaba. A punto de ver a Jake Donner por primera vez desde hacía trece años.
Decir que sentía ganas de vomitar era quedarse corta.
—¡Eleanor! —exclamó Cynthia mirándola con su habitual franqueza—. Ven, le he pedido a Jake que esperara unos minutos.
A la espalda de Eleanor sonó el timbre que anunciaba la llegada del ascensor y en cuestión de segundos el resto de los miembros de la junta desapareció en su interior y las dos mujeres se quedaron solas en el vestíbulo.
—¿Qué tal ha ido la reunión? —preguntó Eleanor.
Pero Cynthia se limitó a responder alzando las cejas. ¿Qué esperaba Eleanor? Jake era el ermitaño más famoso de Sídney y estaba a punto de ponerse en la picota de todos los medios de comunicación australianos y del resto del mundo. No iba a estar de buen humor. Y cuando la viera la cosa empeoraría. No le cabía la menor duda de que Jake quería mantener su pasado tan enterrado como ella.
Eleanor aspiró con fuerza el aire, estiró los hombros y se preparó mentalmente mientras Cynthia volvía a abrir las pesadas puertas de la sala de juntas.
Podía hacerlo. Era una mujer segura de sí misma. Una triunfadora. Jake Donner no era más que otro cliente. Volvió a aspirar con fuerza el aire. Ya no era aquella niña insegura. Jake seguramente no la recordaría. No era más que otro cliente.
Eleanor repitió aquella frase una y otra vez mientras entraba en la sala sin fijarse apenas en la enorme mesa que dominaba la estancia ni en la lluvia que emborronaba las vistas de la ciudad. Estaba demasiado ocupada clavando la vista en la parte de atrás de aquella cabeza oscura con el pelo un poco largo. Era lo único que se veía de Jake, que estaba sentado de espaldas en su silla.
No se movió cuando se acercaron.
—Bien jugado, Cynthia —dijo con tono pausado pero no amigable.
Eleanor parpadeó. Necesitó un instante para absorber aquella voz familiar y al mismo tiempo completamente desconocida. Jake tenía diecisiete años la última vez que le vio y entonces ya le había cambiado la voz. Pero ahora era distinta de un modo que no podía explicar del todo. Más grave en cierto modo.
Por alguna razón que no pudo entender, Eleanor se estremeció.
—No hay ningún juego, Jake —aseguró Cynthia—. Eso implicaría que yo he ganado y tú has perdido. A menos, por supuesto, que le hayas asignado a Armada el papel de ganadora.
Jake se rio pero siguió sin darse la vuelta.
—No hay ninguna garantía de que esto vaya a funcionar, Cynthia. Creo que todo el mundo está sobrevalorando mi capacidad de influencia sobre el australiano medio.
Eleanor tragó saliva y contuvo una carcajada. Jake no podía estar hablando en serio. A pesar de los esfuerzos que hizo para evitar a Jake Donner cuando se mudó a Sídney casi una década atrás, había resultado imposible. Aunque aquella fuera la primera vez que se encontraban en el mismo espacio, Jake había penetrado en su mundo en toda clase de momentos inoportunos.
Era difícil ignorarle. Su personalidad retraída y su gran éxito atraían a los medios de comunicación. Su nombre aparecía en los artículos de la prensa económica especializada y en las revistas del corazón más amarillas. Y siempre relacionado con frases impactantes tipo: «Visionario de Internet, Evangelista de la Web», o incluso «El Bill Gates de su generación».
Eleanor cayó entonces en la cuenta de que Cynthia estaba hablando. Presentándola.
Cuando la silla empezó a girar Eleanor tragó saliva y cerró los ojos un segundo. Así cuando la mirada azul de hielo de Jake Donner se clavó en la suya ya estaba preparada.
En cierto modo.
—Buenos días —dijo—. Soy Eleanor Cartwright, la dueña de Foto Perfecta. Seré su consultora personal de imagen mientras dure la campaña.
Bien. Sonaba entera y profesional. Podía hacer aquello. Avanzó un paso hacia Jake con la mano extendida como si se tratara de un cliente más.
Y lo era.
Transcurrió un instante y no pasó nada. ¿Habría cometido un error táctico al fingir que no le conocía? Se había arriesgado. Era una decisión que había tomado tras prepararse durante el fin de semana para aquel encuentro. El plan era muy simple: armarse de valor y confiar en que todo saliera bien.
La expresión de Jake resultaba indescifrable. Eleanor mantuvo la mano extendida con obstinación y no apartó la mirado aunque lo que deseaba era salir corriendo lo más rápidamente que le permitieran los tacones.
Pero ya no haría algo así. Nunca más. La niña que Jake había conocido ya no existía.
