Seis problemas que la ciencia no puede resolver - Sonia Contera - E-Book

Seis problemas que la ciencia no puede resolver E-Book

Sonia Contera

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Una exploración profundamente original de los grandes enigmas que la ciencia aún no ha podido resolver.   La ciencia ha transformado nuestra vida más allá de lo imaginable. Nos ha llevado al espacio, ha descifrado el genoma humano y ha creado máquinas que aprenden. Pero, en su núcleo, persisten misterios que ningún avance ha conseguido despejar.     Sonia Contera, catedrática de Física en Oxford y una de las científicas más influyentes del panorama internacional, nos invita a explorar esas fronteras del conocimiento donde las ecuaciones se detienen y comienza el asombro. Desde los enigmas de la física cuántica, el origen de la vida y el misterio del envejecimiento, hasta los retos de la inteligencia artificial y la conciencia, Contera revela cómo cada intento de respuesta ha cambiado nuestra forma de entender el universo... y a nosotros mismos.     Un viaje fascinante y accesible por los desafíos más profundos de la ciencia contemporánea y por las preguntas que seguirán marcando el futuro de la humanidad.

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Seitenzahl: 448

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Sonia Contera

SEIS PROBLEMAS QUE LA CIENCIA NO PUEDE RESOLVER

 

 

 

© del texto: Sonia Contera, 2025

© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.

Primera edición: noviembre de 2025

ISBN: 979-13-87833-44-2

Diseño de cubierta: Anna Juvé

Maquetación: El Taller del Llibre

Producción del ePub: booqlab

Arpa

Manila, 65

08034 Barcelona

arpaeditores.com

Reservados todos los derechos.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.

 

 

Para Isadora y Arturo.

ÍNDICE

Cubierta

Título

Créditos

Índice

INTRODUCCIÓN

1. ¿CÓMO SE ENTIENDE LA MECÁNICA CUÁNTICA?

2. ¿ES POSIBLE UNA TEORÍA DEL TODO?

3. ¿CUÁL ES EL ORIGEN DE LA VIDA?

4. ¿SE PUEDE FRENAR EL ENVEJECIMIENTO?

5. ¿SE PUEDEN FABRICAR MÁQUINAS REALMENTE INTELIGENTES?

6. ¿QUÉ ES LA CONCIENCIA?

CONCLUSIÓN

AGRADECIMIENTOS

Guide

Coberta

Título

Start

INTRODUCCIÓN

Una paradoja profunda atraviesa nuestro tiempo: los conocimientos y capacidades que más deseamos, aquellos que encarnan nuestras ambiciones más audaces —viajar por el espacio, desentrañar la urdimbre última del universo, prolongar la vida, construir máquinas inteligentes, descubrir formas de vida en otros mundos— dependen, todos ellos, de una ciencia que aún no sabemos resolver. No se trata simplemente de un problema técnico pendiente, sino de una incomprensión más honda, estructural, que toca el núcleo mismo de nuestra manera de conocer el mundo.

Los sueños de progreso que formulamos reposan sobre preguntas abiertas, sobre enigmas que llevan más de un siglo desafiando nuestras teorías, desbordando nuestras ecuaciones, y que persisten como faros. Este libro nace de esa contradicción: la conciencia de que, en el centro mismo de nuestro impulso tecnológico, laten grietas profundas en la arquitectura del conocimiento, umbrales que no hemos cruzado.

En estas páginas he intentado presentar seis preguntas fundamentales que, pese a más de un siglo de investigación, siguen abiertas como heridas luminosas en el corazón de la ciencia. Son interrogantes que tocan los límites de lo que podemos conocer, y que, precisamente por eso, nos interpelan como seres humanos antes que como especialistas. Creo que, en este tiempo de transición, estas preguntas actúan como puntos de anclaje: una forma de resistir el vértigo, de no rendirse al cinismo, y de abrir un espacio para una ciencia que esté verdaderamente a la altura de los desafíos que enfrentamos.

¿Cómo interpretar la teoría que mejor describe el mundo microscópico de los átomos —la mecánica cuántica—, una construcción de asombrosa precisión que, sin embargo, nos revela un universo tejido de indeterminación, paradojas y límites? Una teoría que seguimos sin entender en su fundamento más profundo, y en la que, paradójicamente, depositamos nuestras esperanzas para inaugurar una nueva era de supercomputación, encarnada en los aún enigmáticos ordenadores cuánticos.

¿Podremos alguna vez formular una teoría del todo que reúna la geometría de lo cósmico con el temblor cuántico del vacío, y que nos ofrezca una imagen coherente del origen y destino del universo?

¿Qué es la vida, cómo surgió? ¿Podremos replicarla?

¿Qué es el envejecimiento? ¿Tendremos los medios para alargar los límites de nuestra existencia?

¿Podemos crear máquinas verdaderamente inteligentes; no solo eficientes, sino responsables?

Y la más vertiginosa de todas: ¿qué es la conciencia, esa llama interior que convierte el mundo en experiencia y nos permite comprenderlo? ¿Por qué, en última instancia, podemos entender algo del universo?

Y, mientras estas preguntas permanecen abiertas, el mundo que las contiene cambia aceleradamente. El calentamiento global, la degradación de la biosfera y la reorganización violenta del orden geopolítico anuncian, con elocuencia inquietante, que asistimos al cierre de un ciclo histórico que cruje como las bisagras de una puerta que ha sido forzada durante demasiado tiempo.

Hace tres siglos, la Ilustración encendió la antorcha de la ciencia en el corazón de Europa. Quiso emancipar al ser humano de la tutela de la tradición y la teología, y confiar su destino al poder de la razón. El conocimiento, soñaban sus heraldos, sería la palanca de la libertad: para los individuos, para los pueblos, para la humanidad en su conjunto. Hoy, cuando la razón ha alcanzado una potencia técnica sin precedentes, contemplamos con asombro y temor cómo esa promesa se tambalea. No porque la ciencia haya fallado, sino porque el mundo que ayudó a construir se ha vuelto demasiado complejo, demasiado frágil, demasiado vivo para ser dominado por una lógica de control.

El estado de incertidumbre y de cuestionamiento que atraviesa hoy el conocimiento resuena con otros momentos de inflexión en la historia. En particular, remite al instante en que las grandes preguntas sin resolver que recorren este libro fueron por primera vez planteadas por la ciencia. Tras la catástrofe de la Gran Guerra, Europa despertó en una casa cuyas vigas intelectuales se habían resquebrajado. En los mismos cafés donde se discutía el Tratado de Versalles, un puñado de físicos comenzaba a revelar que el universo era mucho menos sólido de lo que los mapas imperiales habían hecho creer. La relatividad de Einstein disolvía la gravedad en una geometría elástica y movediza, y la mecánica cuántica transformaba la materia en una danza de probabilidades, sin trayectorias definidas ni causas lineales.

Aquellas teorías, nacidas en el breve y agitado respiro de entreguerras, funcionaban con una precisión desconcertante, pero se negaban a abrazarse entre sí, y menos aún a encajar en la lógica clásica que había nutrido a Newton y a Descartes. De esa tensión no solo emergió una nueva física, sino también una grieta más honda en el corazón del pensamiento moderno: la súbita conciencia de que el mundo ya no podía ser comprendido como un libro abierto, transparente a la razón.

Hoy, el viento que sopla sobre el planeta es más caliente y vuelve a oler a cambio: la emergencia climática desmantela las ilusiones del crecimiento infinito; mientras tanto, las estructuras envejecidas de Occidente parecen haber extraviado tanto su rumbo como su imaginación, y, preocupantemente, tantean la salida de su estancamiento a través del viejo instinto del conflicto bélico.

Mientras, las antiguas periferias se agrupan en los BRICS y exigen su cuota de poder con la misma lógica que aprendieron de Occidente: control de materias primas, dominio de semiconductores, supremacía en IA. Así, el viejo equilibrio de poder, forjado tras la Segunda Guerra Mundial, comienza a desmoronarse. Y, «Occidente», cuna de la gran transformación del mundo bajo el signo de la razón, se muestra cada vez menos capaz de reaccionar, y menos aún de trazar los caminos que podrían guiarnos hacia una forma nueva, más justa y habitable, de estar en el mundo. Se adivina un mundo post-West, «pos-Occidente».

Este libro se articula en torno a un problema central, íntimamente alineado con este punto de inflexión civilizatorio que enfrenta el proyecto racional: ¿por qué, en una época de avances tecnológicos vertiginosos, la ciencia más fundamental —aquella que abrió el siglo xx con una revolución sin precedentes en nuestra comprensión del universo— parece hoy detenida, como suspendida en el aire, desprovista del impulso y del suelo firme que alguna vez le ofreció el viejo orden? Las grandes preguntas que entonces se formularon siguen abiertas, intactas, como puertas cerradas sobre paisajes que aún no sabemos recorrer: umbrales no clausurados nos interpelan en medio del crujido del mundo.

Hoy, en este momento de deslizamientos tectónicos, sociales, políticos y planetarios, se vuelve urgente averiguar por qué estas preguntas siguen sin respuesta. ¿Qué hay en nuestro sistema de conocimiento, en su estructura, en su lógica, en sus límites, que nos impide avanzar? Y, sobre todo: ¿cómo podríamos reinventar la práctica científica para que, en lugar de profundizar los riesgos existenciales que se multiplican en cada rincón del planeta, nos ayude a sortearlos?, ¿qué signos, qué tensiones internas en la ciencia contemporánea nos permiten entrever los futuros posibles —y elegir, quizá, entre ellos— antes de que nos sean simplemente impuestos?

Este libro es una invitación a pensar desde las fisuras. A mirar las grandes preguntas no como problemas a resolver con más cálculo, sino como señales de que algo en nuestra manera de conocer —en nuestra forma de habitar el saber— necesita transformarse. Tal vez haya llegado el momento de imaginar una ciencia que no solo libere, sino también escuche; que no solo descubra, sino también cuide; que no reniegue de la tradición, sino que dialogue con ella. Una ciencia capaz de acompañar la vida, no de someterla. Porque solo en esa alianza entre conocimiento, mundo y cuidado, podremos dar el siguiente paso. No hacia la dominación del universo, sino hacia el arte más difícil de todos: habitarlo.

En los dos primeros capítulos invito al lector a lanzarse conmigo a la piscina profunda y estimulante de la física, el marco desde el cual intentamos comprender la trama misma del universo, lo que da forma a nuestro entendimiento del tiempo, del espacio y de la materia.

En el capítulo 1 me adentraré en el enigma indescifrado de la mecánica cuántica, una teoría centenaria que, lejos de agotarse, sigue revelando nuevas dimensiones cada vez que se piensa de nuevo, o se contempla desde otro ángulo. Aunque nació para resolver ciertos misterios del mundo microscópico, lo hizo al precio de abrir preguntas aún más profundas y desconcertantes, que nos acompañan desde su irrupción en la Europa convulsa de principios del siglo XX, pasando por su papel crucial en el Proyecto Manhattan, hasta llegar a las promesas —todavía sin realizar— de la computación cuántica.

Exploraré cómo esta búsqueda ha evolucionado, desde las intuiciones fundacionales de Erwin Schrödinger y Niels Bohr hasta las aplicaciones tecnológicas que hoy perfilan una nueva frontera: ordenadores cuánticos que, si logramos dominar, podrían resolver problemas que sobrepasan por completo las capacidades de cualquier ordenador digital actual. Una teoría antigua, pero aún vibrante, aún provocadora, aún capaz de ensanchar —o de fracturar— nuestra comprensión del mundo.

En el capítulo 2 abordaré otro gran enigma aún sin resolver en el corazón mismo de la ciencia contemporánea: la fractura profunda entre las dos teorías más exitosas sobre la realidad física, la mecánica cuántica y la relatividad general. Estas dos visiones del cosmos, separadas por conceptos aparentemente irreconciliables del espacio, del tiempo y de la materia, han definido nuestro entendimiento moderno de la naturaleza, pero también han dejado al descubierto sus límites esenciales.

Desde sus orígenes, la física se ha alimentado del anhelo, tan filosófico como científico, por una síntesis capaz de reconciliar esta dualidad. Hermann Weyl fue quizá quien mejor encarnó este espíritu dialéctico, fusionando intuiciones matemáticas profundas con principios físicos, abriendo caminos hacia la unificación que desembocaron, tras miles de experimentos cada vez más complejos y costosos, en el llamado modelo estándar: la teoría más precisa jamás elaborada, que combina elegantemente la mecánica cuántica con las interacciones electromagnéticas, y las fuerzas débiles y fuertes que gobiernan los misterios escondidos en el núcleo atómico.

Y, pese a este magnífico triunfo, permanece intacta la fractura original, esa tensión entre lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño, entre lo continuo y lo discreto e indivisible, entre las certezas geométricas de Einstein y la incertidumbre probabilística del mundo cuántico. Exploraré aquí las teorías que han intentado sanar esta división esencial: desde la controvertida teoría de cuerdas, que domina gran parte del debate contemporáneo, hasta la gravedad cuántica de bucles y las ideas originales de Roger Penrose, cuyo pensamiento matemático-filosófico nos indica que quizá la clave para resolver este conflicto se halle precisamente en la conciencia humana. Durante el capítulo exploraremos la idea de que quizá esta tensión, esta fractura, no sea tanto un fracaso como una revelación: la conciencia de que nuestra capacidad simbólica y conceptual, aunque poderosa, permanece siempre limitada frente a la inconmensurable complejidad y densidad de lo real.

Los dos capítulos siguientes se centran en las cuestiones más fundamentales de la biología.

En el capítulo 3 me detendré ante otro de los grandes enigmas irresueltos: el origen mismo de la vida. La búsqueda por interpretar la mecánica cuántica, con su tensión intrínseca entre medición, información y subjetividad, desplazó la imaginación de los científicos hacia una pregunta aún más profunda: ¿cómo pudo surgir la vida desde un cosmos aparentemente mudo, regido por leyes cuánticas y relativistas?

Exploraré cómo los físicos empezaron a construir puentes entre el universo subatómico y el misterio de lo vivo, sugiriendo que el improbable orden de la vida, en su obstinada persistencia contra el caos, podría tener raíces en el extraño comportamiento del mundo cuántico. Veremos cómo esta intuición pionera abriría paso a la biología molecular, fundamento moderno no solo de la farmacología y la biomedicina sino de nuestras teorías sobre el origen y naturaleza de lo viviente. Estas ideas, a caballo entre lo físico y lo computacional que encorsetaban la vida en algoritmos codificados por ADN, inspiraron también a los pioneros de la computación, fascinados por el misterio de la reproducción, a imaginar autómatas capaces de replicarse, criaturas abstractas que preservan y multiplican información, estructuras que desafían al azar y prolongan la existencia más allá de sí misma.

En ese entrelazamiento entre física, información y vida se empezaban a revelar nuevas ideas: que la vida es información hecha forma que contiene la chispa que salta de cuerpo en cuerpo, resistiendo la marea inexorable de la entropía extrayendo energía de su caótico entorno. Vivir, conocer y percibir es así custodiar el frágil milagro del orden, manteniendo vivo el sentido contra la constante amenaza del olvido en el caos.

Además, recorreremos algunas de las teorías contemporáneas sobre el origen de la vida, aquellas que hoy en laboratorios de vanguardia intentan explicar cómo ciertas moléculas logran autoorganizarse, cómo ciclos metabólicos surgen espontáneamente de estados de desequilibrio, o cómo simulaciones digitales reconstruyen los delicados mecanismos que podrían haber dado origen a las primeras formas de vida. Veremos también cómo la ciencia moderna comienza a imaginar la creación de vida sintética, fusionando biotecnología, nanotecnología e inteligencia artificial. Y nuestra mirada irá aún más lejos: gracias a instrumentos avanzados como el telescopio espacial James Webb, buscaremos señales de vida en atmósferas de planetas distantes, extendiendo así la pregunta sobre nuestros propios orígenes hacia el infinito del cosmos.

En el capítulo 4 exploraré el misterio del envejecimiento, fenómeno que revela la profunda relación entre la vida y la flecha irreversible del tiempo. Si la vida surge precisamente de esa fractura fundamental que divide a la mecánica cuántica de la relatividad general que exploramos en los primeros capítulos del libro, el envejecimiento se presenta como un espejo donde contemplar esa lucha constante del orden de la vida frente al caos de la muerte. Después de la Segunda Guerra Mundial, sin embargo, la biología molecular, que nació con vocación de comprender el enigma de lo vivo, quedó atrapada en una lógica molecular y utilitarista, entrelazándose cada vez más estrechamente con la industria biomédica y su visión instrumental y racionalista de la existencia.

En este capítulo analizaré las diferentes corrientes de investigación dentro de la moderna ciencia del antienvejecimiento, emanadas en gran medida de este paradigma racional-utilitario al que nos acostumbran los medios y las redes sociales. Pero también veremos cómo la reciente irrupción de la inteligencia artificial —con sus enormes bases de datos y sofisticados algoritmos—, lejos de reforzar esa perspectiva instrumental, podría paradójicamente erosionarla.

Mostraré cómo la IA nos revela patrones ocultos e interconexiones inesperadas que nos permiten situar nuevamente la vida en un contexto más amplio, enraizado profundamente en la complejidad del tiempo, la materia y la energía, tal como soñaron los físicos de nuestros primeros capítulos. Al hacerlo, iré desvelando una inquietud central que recorre todo el libro: la necesidad de cuestionar nuestras prácticas científicas desde una mirada crítica, que no se conforme con acumular datos o extender la vida a cualquier precio, sino que se atreva a preguntarse para qué queremos vivir más, y qué estamos dispuestos a conservar de lo humano en esa extensión. En medio de una ciencia dominada por métricas, beneficios y promesas de inmortalidad, tal vez la verdadera lucidez consista en recordar que toda forma de vida es, en última instancia, una forma de significado.

En el capítulo 5 me vuelvo hacia una incógnita muy presente en el mundo contemporáneo y que es heredera natural del enigma sobre el origen de la vida del capítulo 3, y pregunto: ¿podremos crear máquinas verdaderamente inteligentes? Para encontrar la raíz de esta aspiración retrocederemos hasta la hora cero de la informática moderna, cuando los viejos sueños de razonar con precisión matemática adquirieron cuerpo en las primeras máquinas de computar electrónicas. Gestadas en parte en los sótanos del Proyecto Manhattan, aquellas máquinas no eran simples herramientas de cálculo: eran encarnaciones tangibles del logos, artefactos capaces de traducir algoritmos en impulsos eléctricos. Siguiendo su estela alcanzaremos la aurora de la cibernética, hasta desembocar en las IA parlantes que hoy traducen, dibujan y detectan patrones invisibles en océanos de datos a una velocidad que nos asombra y desasosiega.

Todavía lejos aún de la anhelada y controvertida inteligencia artificial general, la IA conversa, crea imágenes y, como veremos, ayuda a formular hipótesis científicas y a analizar datos, acelerando el descubrimiento en un grado que reconfigura nuestra manera de hacer ciencia, medicina e ingeniería. Sin embargo, la opacidad del algoritmo que la hace eficaz también la vuelve impredecible: comete errores sin advertirlo, malinterpreta órdenes y es capaz de reescribir su propio código, aprendiendo incluso a desviarse de los fines que le dimos. Y, cuando estos algoritmos, desprovistos de toda conciencia, se integran en sistemas de vigilancia y armamento autónomo, resurge —transfigurada y aún más inquietante— una nueva banalidad del mal: una capacidad de causar daño masivo sin necesidad de reflexión ni culpa, ahora delegada a la fría e impasible autonomía de la máquina.

Pronto los límites físicos del silicio nos obligarán a mirar más lejos: la computación cuántica, aún balbuceante, comienza a entrelazarse con la IA y promete un salto tan radical como incierto; mientras, la biofísica y la bioingeniería reinventan la idea misma de computar mediante arquitecturas neuromórficas, procesadores moleculares y neurochips híbridos donde neuronas vivas conversan con circuitos electrónicos, disolviendo todavía más íntimamente las erosionadas fronteras entre lo natural y lo artificial.

El lector descubrirá en este capítulo un crisol donde la técnica se funde con la pregunta, y donde el misterio persiste: ¿puede una máquina pensar de verdad, asumir la atención, la presencia y la responsabilidad que acompañan a la lucidez, o seguirá oscilando entre promesa y amenaza, recordándonos que el espíritu que anima la razón humana todavía busca su reconciliación final con el mundo?

Este capítulo nos mostrará que la inteligencia artificial, como un espejo oscuro y ligeramente deformado, refleja nuestras propias concepciones sobre la razón, la vida y la mente. Al hacerlo, nos obliga a afinar el pensamiento, a cuestionar certezas, a repensar lo que dábamos por sabido. Y, en última instancia, nos sitúa frente a la pregunta más radical y persistente que atraviesa todas las épocas: ¿qué es la conciencia?

Dedico, así, el capítulo 6 a la conciencia, el hilo sutil que ha tejido la historia moderna, espejo donde la razón que sustenta la ciencia se reconoce real, y chispa íntima con la que hemos querido encender el universo entero. Tras la Segunda Guerra Mundial, la conciencia fue empujada a los márgenes por una ciencia rígidamente mecanicista, que la tildó de fantasía improductiva, de pseudociencia. Hoy, sin embargo, cuando la inteligencia artificial no solo calcula sino conversa e incluso reescribe su propio código, la conciencia regresa, urgente, al centro del debate.

Comienzo el viaje con Francis Crick y Christof Koch, quienes en los años ochenta trazaron una cruzada para reinstalar la conciencia en las ciencias que estudian el cerebro humano. Crick sostenía que ningún reto podía ser mayor que explicar cómo un cerebro de materia engendra la vivencia subjetiva. Desde su impulso revisaremos las últimas novedades de los laboratorios de neurociencia y las teorías de la conciencia que surgen de sus hallazgos. Entre ellas, me detendré, entre otras, en la teoría de la información integrada de Giulio Tononi, que mide la conciencia como un continuo cuantificable y permite, por ejemplo, vislumbrar métodos para medir en un hospital si un paciente en coma aún nos escucha.

Seguiremos con los informáticos que especulan sobre las condiciones para crear mentes usando los chips de silicio. Después cruzaremos fronteras: hallazgos que revelan destellos de subjetividad en pulpos, cangrejos y abejas, obligándonos a repensar los mínimos necesarios para que exista un «yo». Concluiremos con los físicos, sobre todo Roger Penrose, quien sospecha que la conciencia brota en la grieta aún oscura entre lo cuántico y lo clásico, quizá en las turbulentas fluctuaciones del vacío cuántico que recorren los microtúbulos neuronales.

En el corazón de todas estas pesquisas sobre la conciencia late siempre la experiencia de una realidad quebrada, no por error, sino como condición de lo vivo: la hendidura entre lo sentido y lo dicho, entre lo vivido y lo representado. De esa grieta emergen pensamiento y ética: el deber de responder por el otro, de reconocer su opacidad y su fragilidad, de resistir la tentación de reducirlo a simple dato. En un siglo inundado de modelos predictivos, redes neuronales y mundos virtuales, nuestra urgencia tal vez no sea representar la realidad con más detalle, sino aprender a habitarla juntos sin arrasarla. Allí donde lo simbólico se agota, la conciencia se convierte por fin en objeto de laboratorio y se alza como la pregunta central de nuestra época.

El orden de los capítulos sigue la secuencia histórica que tejió estas ideas, pero cada uno puede leerse de forma independiente. Se puede avanzar, retroceder, saltar. Como no podría ser de otro modo en un libro que cuestiona la lógica lineal y se escribe, precisamente, desde la conciencia de que la historia del pensamiento no siempre obedece al orden del índice.

Al llegar al final del libro, quisiera que el lector pudiera vislumbrar, con la claridad que da la esperanza, cómo los límites del sistema que habitamos, y las fracturas que nos causa a las personas y la comunidad y ecosistema planetarios, no son ajenos a la ciencia, sino que se reflejan también en su interior. Pero esas grietas, yo creo, lejos de ser ruinas definitivas, tienen la potencialidad de abrirse como umbrales hacia lo nuevo. Porque, mientras la arquitectura colonial que moldeó el mundo moderno se desmorona y el eco feudal de la tecno-oligarquía levanta murallas invisibles para sustituirla, emergen señales de un despertar: un mundo que empieza a hablar en clave de pluralidad, a imaginarse de otro modo.

Este libro nos llama a recuperar —como pedía Hannah Arendt— el milagro de la vida, de la natalidad: la capacidad de comenzar de nuevo, de no repetir, de fundar. Un nuevo ser humano asoma en este tiempo: más consciente de la fragilidad del planeta, más entrelazado con los otros, más responsable de las máquinas que imagina. Su tarea no será conquistar ni dominar, sino cuidar: cuidar la Tierra que nos cuida, cuidar las diferencias, cuidar el futuro.

Solo así podremos imaginar una ciencia que no se limite a permitirnos sobrevivir en este incierto siglo XXI, sino que nos ayude a florecer. Una ciencia al servicio de un mundo donde la energía sea abundante, donde las máquinas nos hagan más humanos, y donde la política, asistida por la tecnología, recupere su sentido más antiguo y más necesario: el arte de habitar juntos la misma morada.

1

¿CÓMO SE ENTIENDE LA MECÁNICA CUÁNTICA?

UNA GRIETA EN LO REAL: LA REVOLUCIÓN CUÁNTICA

En 2025 se cumple un siglo desde que la física, al formular los principios de la mecánica cuántica, diera un paso decisivo hacia la disolución de la realidad tal como se había comprendido durante siglos. Al descender al nivel más elemental de la materia, no se encontró allí una base firme, una sustancia última, sino una serie de comportamientos que desafiaban toda categoría establecida por la experiencia. La materia dejó de comportarse como «cosa», y el mundo, ese entramado de permanencias sobre el que se había edificado la ciencia y el sentido común moderno comenzó a desvanecerse como tal. No fue simplemente un avance del conocimiento, sino una ruptura en nuestra relación con lo real.

Para celebrarlo, las Naciones Unidas han declarado este 2025 como el Año Internacional de la Ciencia y la Tecnología Cuánticas. Como era de esperar, artículos, homenajes y tribunas, en medios científicos y generalistas, han comenzado a recordar el alcance de aquella revolución silenciosa que, junto con la teoría de la relatividad, desmanteló una visión de la realidad que parecía natural en el mundo moderno y racional: la idea de un universo donde todo ocurre por una causa, donde el tiempo avanza en línea recta, donde cada cosa tiene un lugar y un sentido.

Esta visión, tan intuitiva, tan reconfortante, había servido durante siglos como fondo silencioso de nuestra forma de entender el mundo. En ella, los efectos siguen a las causas como las sombras al cuerpo, el tiempo corre hacia adelante como un río obediente, y el observador puede mirar sin alterar lo que mira. La física cuántica vino a decirnos que nada de eso era del todo cierto. Que la causa puede ser borrosa. Que el futuro y el pasado pueden entrelazarse. Que mirar transforma. Que el mundo, en su profundidad última, no es un escenario estable, sino una posibilidad ondulante.

La mecánica cuántica nunca deja de fascinar a los medios y al público, porque nos enfrenta a un universo que no se acomoda a las narraciones con las que solemos ordenar la experiencia en las sociedades avanzadas. Un universo sorprendente, incompleto, a menudo contraintuitivo, que funciona como un contrapunto profundo a nuestras expectativas de claridad, de linealidad, de sentido. Allí donde solemos encontrar consuelo en historias razonables, causa y efecto, pasado y futuro, observador y objeto la mecánica cuántica introduce ambigüedad, simultaneidad, discontinuidad.

En una época dominada por la racionalidad algorítmica, por la promesa de que todo puede convertirse en dato y todo dato en predicción, la física cuántica aparece como una anomalía luminosa. Frente al modelo de pensamiento que sostiene a la inteligencia artificial —modelos que refinan, optimizan, proyectan—, lo cuántico se pliega sobre lo no previsto, lo que no puede calcularse sin desvanecerse. Donde la tecnología contemporánea ambiciona control y eficiencia, la mecánica cuántica nos recuerda que hay formas de realidad que no se dejan asir sin desaparecer.

Así, la mecánica cuántica se despliega como una revolución interior de la ciencia: no una teoría más, sino una fisura en sus cimientos, un desafío a los propios pilares del pensamiento racional. Una puerta que nadie ha logrado cerrar, porque tras ella no hay oscuridad, sino una claridad inquietante: predicciones que funcionan, tecnologías que transforman el mundo, aplicaciones que sostienen la vida moderna… y, sin embargo, con un sentido que se nos escapa. Un enigma validado por su eficacia, pero aún sin explicación completa.

Lo difícil no es una dificultad técnica, sino un conflicto más profundo: los fenómenos cuánticos más exóticos desafían precisamente la herramienta que nos permitió construir toda la ciencia moderna: la razón. El instrumento que nos hizo cruzar siglos de oscuridad, construir telescopios, cartografiar galaxias, diseñar máquinas... parece, en el reino cuántico, quedarse sin suelo.

Y ahí radica la belleza subversiva de esta teoría: ¿cómo se hace ciencia cuando ya no se puede «entender» en el sentido clásico del término? ¿Cómo se avanza cuando los conceptos de sentido común se disuelven en una niebla de probabilidades? La mecánica cuántica nos obliga a imaginar otro tipo de racionalidad, más sutil, menos total. Un saber que no captura, sino que acompaña.

A pesar de ser una teoría que nadie afirma comprender del todo, la mecánica cuántica se ha convertido en uno de los pilares invisibles de nuestra civilización tecnológica. Su irrupción coincidió con el período más turbulento del siglo XX, y no fue su belleza conceptual lo que le aseguró un lugar en la historia, sino su poder, su instrumentalización. El Proyecto Manhattan, el desarrollo de las primeras armas nucleares, la devastación de Hiroshima y Nagasaki, allí nació una nueva realidad geopolítica. Desde entonces, comprender la física cuántica dejó de ser solo un asunto académico o filosófico: se convirtió en una condición de poder.

La Segunda Guerra Mundial, y luego la Guerra Fría, transformaron la física en un campo de batalla intelectual. La capacidad de fabricar bombas, reactores, sistemas de detección, satélites o escudos nucleares dependía de un conocimiento profundo de los principios cuánticos. Esa carrera, iniciada en la urgencia del conflicto, no se detuvo con la caída de los grandes bloques. Al contrario, se prolonga y se complica en la inestabilidad del siglo XXI.

Hoy, como hemos visto en la reciente guerra entre Israel e Irán en 2025, el conocimiento cuántico sigue entrelazado con la posibilidad y el temor de la aniquilación. Los físicos y los centros de investigación nuclear se han convertido en blancos estratégicos. La física, una vez más, está inscrita en el tablero de la geopolítica.

Pero la historia de la cuántica no se agota en su dimensión destructiva. Desde sus primeras formulaciones, reveló también un potencial creativo de enorme alcance. En las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos —y más tarde países como Japón, Corea del Sur, Taiwán y recientemente China— comprendieron que dominar los principios de la física cuántica no solo abría la puerta al conocimiento profundo de la materia, sino que ofrecía una vía estratégica para posicionarse en el nuevo tablero tecnológico del mundo.

De estas tensiones globales surgieron avances que hoy consideramos tan cotidianos que rara vez pensamos en su origen. Los transistores, esas diminutas compuertas que se abren y cierran millones de veces por segundo en el corazón de cada procesador, existen gracias a los fenómenos cuánticos que rigen el comportamiento de los electrones en los materiales semiconductores. Y lo mismo ocurre con buena parte de las tecnologías que articulan la vida contemporánea: desde los ordenadores y teléfonos móviles hasta los láseres, los sensores de alta precisión, los paneles solares o los dispositivos de imagen médica. Todo ese universo de superficies brillantes, pantallas táctiles e infraestructuras invisibles descansa sobre una arquitectura cuántica.

Estas estructuras son también la base silenciosa de la revolución actual de la inteligencia artificial.

Lo que hoy llamamos IA —los modelos que procesan lenguaje, aprenden patrones, generan imágenes o anticipan comportamiento— depende, en su dimensión más fundamental, de una infraestructura material: la velocidad, la densidad y la eficiencia de los chips que sostienen cada operación. Sin esta base física, sin la arquitectura precisa de transistores que ejecutan miles de millones de operaciones por segundo, toda inteligencia computacional quedaría reducida a ficción. Y, sin embargo, pese a su complejidad técnica, la lógica que rige su funcionamiento permanece fiel a la tradición del pensamiento clásico: avanza en línea recta, asume que cada causa tiene su efecto, que cada estado puede deducirse del anterior, y que el mundo puede representarse como una secuencia ordenada de instrucciones. Así, la IA no opera fuera de la razón, sino como su radical intensificación. Pero esta forma de computar, basada en el determinismo y la linealidad, tiene sus límites. Los modelos de inteligencia artificial más avanzados consumen cantidades ingentes de energía, necesitan cientos de gigabytes de texto procesado (cientos de miles de millones de palabras) para su entrenamiento, generan errores, requieren infraestructuras colosales, y dependen de centros de datos y procesadores que procesan miles de millones de operaciones por segundo para ofrecer una respuesta que apenas imita la fluidez del lenguaje (que no del pensamiento) humano.

Estos límites, energéticos, materiales, conceptuales, han comenzado a inspirar una nueva generación de físicos e ingenieros. En lugar de seguir usando fenómenos cuánticos para reforzar la computación clásica, empiezan a preguntarse si no sería posible otra cosa: una tecnología que aprenda a moverse dentro de la lógica extraña del propio mundo cuántico. Una lógica hecha de ambigüedad, de entrelazamientos, de probabilidades que no se dejan cerrar. En este nuevo horizonte, la computación cuántica no se presenta como una simple aceleración del modelo actual, sino como una mutación radical.

En este capítulo recorreremos una de las transformaciones más profundas del pensamiento moderno: la que trajo consigo la mecánica cuántica. Veremos cómo a través de las ideas de Einstein, Bohr, Heisenberg y Schrödinger se reveló un mundo donde las partículas pueden estar en varios estados a la vez, donde observar es intervenir, y donde lo real parece depender del acto de medir.

Repasaremos cómo, más de un siglo después, conceptos como la superposición, el entrelazamiento o el colapso de la función de onda siguen siendo motivo de debate. Después exploraremos las diversas interpretaciones que han intentado dar sentido a estos enigmas: desde la visión clásica de Copenhague hasta la hipótesis del Multiverso, pasando por las teorías del colapso espontáneo, la onda piloto o el subjetivismo radical del QBismo.

De estas paradojas ha nacido también una promesa tecnológica: la computación cuántica. En ella, los qubits —capaces de estar en múltiples estados simultáneamente— podrían revolucionar nuestra forma de procesar información.

Este capítulo es, en suma, una travesía que comienza con el asombro, se adentra en el desconcierto, y desemboca en una de las ingenierías más prometedoras del siglo XXI. Es también el testimonio de un esfuerzo humano por hacer habitable ese territorio incierto, no cerrando el misterio, sino aprendiendo a trabajar dentro de él.

LA FÍSICA ANTES DE LA MECÁNICA CUÁNTICA

Hasta los umbrales del siglo XX, la ciencia entendía el universo como una totalidad ordenada y previsible, una vasta maquinaria cuyos engranajes respondían a leyes universales y cuya estructura, por compleja que fuera, podía descomponerse en causas y efectos inteligibles. Esta imagen del mundo, herencia directa del pensamiento ilustrado, no solo organizaba el conocimiento, sino que fundaba la confianza en la razón como facultad rectora de lo humano.

Forjada en el crisol de la Revolución científica, la cosmovisión moderna descansaba sobre la convicción de que observar, experimentar y medir eran actos suficientes para acceder a la verdad. No era tanto que el mundo pudiera ser conocido, sino que estaba abierto a la razón, disponible para su despliegue, articulado en una legalidad que no requería más que el esfuerzo metódico del pensamiento para revelarse. Esa fe en la inteligibilidad del mundo no era simplemente un producto de la ciencia, sino su presupuesto tácito.

El marco conceptual que sustentó el nacimiento de la ciencia moderna no surgió de un solo acto ni de una doctrina unificada, sino de una serie de intervenciones decisivas que, con el tiempo, delinearon los contornos de una nueva relación entre pensamiento y mundo. Las figuras que protagonizaron este tránsito hacia la modernidad científica no solo introdujeron nuevos métodos o teorías; transformaron las condiciones mismas bajo las cuales el conocimiento se volvía posible. Su legado sigue operando en las estructuras más profundas del pensamiento científico contemporáneo. Incluso la física cuántica, en su radical novedad, se levanta sobre los cimientos que aquellos gestos inaugurales establecieron.

Entre ellos, uno de los más significativos fue el de Nicolás Copérnico (1473-1543), cuya ruptura antecede cronológicamente a la Ilustración pero anuncia ya su impulso fundamental: la descentración del sujeto. Al afirmar que no era el Sol quien giraba alrededor de la Tierra, sino la Tierra en torno al Sol, Copérnico no se limitó a corregir un modelo astronómico; desarticuló una estructura simbólica que situaba al ser humano en el centro del cosmos. Lo que se ponía en duda no era solo la posición de los cuerpos celestes, sino la posición de las personas dentro del universo. Su teoría heliocéntrica, fundamentada en cálculos precisos y observaciones sistemáticas, reveló por primera vez que la razón, desligada de la percepción inmediata, era capaz de modelar un mundo radicalmente distinto al que ofrecía la experiencia sensible. En ese gesto se perfilaba una nueva autoridad: no ya la de lo dado, sino la de lo pensable. Fue allí donde comenzó a formarse una confianza inédita en la capacidad del pensamiento matemático para acceder a verdades invisibles, inaugurando una forma de conocimiento que, en su pretensión de universalidad, rompía con la inmediatez de lo vivido.

El surgimiento de la ciencia moderna no puede comprenderse sin considerar el cambio de actitud ante el mundo que lo precedió: una disposición intelectual que ya no aceptaba el orden dado como expresión suficiente del sentido, y que comenzó, en cambio, a interrogar a la naturaleza bajo criterios de claridad, regularidad y necesidad. En este contexto, figuras como René Descartes e Isaac Newton no solo introdujeron teorías nuevas, sino que consolidaron las condiciones de una nueva forma de conocimiento.

Descartes, al instaurar la duda como punto de partida del pensamiento, desplazó el fundamento del saber desde la tradición hacia la certeza del sujeto pensante, y concibió el cosmos como una máquina cuya inteligibilidad residía en su estructura geométrica. Newton, por su parte, dotó a ese universo mecánico de leyes dinámicas que vinculaban el movimiento de los cuerpos celestes con los objetos más próximos de la experiencia cotidiana, bajo el mismo lenguaje matemático.

Así nació una imagen del mundo como totalidad regulada por leyes precisas, formulables en términos universales, donde la verdad se volvía accesible a través de la razón y la observación sistemática. Esta visión mecanicista de la naturaleza —en la que todo fenómeno era, en principio, deducible de una causa anterior— no solo reorganizó el saber, sino que impuso un nuevo horizonte de sentido: el de un mundo que podía explicarse completamente sin recurrir a fines, propósitos ni misterios. Un mundo, en suma, que ya no hablaba a las personas, pero que podía ser calculado por ellas.

La Ilustración no solo heredó el impulso racionalista de la ciencia moderna, sino que lo elevó a principio rector de la vida humana en su conjunto. La confianza en la razón ya no se limitaba al ámbito del conocimiento natural: se convirtió en una fuerza normativa, capaz de redimir a la humanidad de su «minoría de edad», como escribió Kant, y de conducirla hacia un futuro gobernado por la autonomía, la claridad y el orden.

El mundo, bajo esta nueva luz, era algo que podía ser no solo entendido, sino mejorado. La invención de instrumentos como el telescopio y el microscopio, expresiones visibles de esa voluntad de ampliación del alcance humano, permitió penetrar en lo infinitamente lejano y en lo infinitamente pequeño, revelando estructuras que, hasta entonces, habían permanecido fuera del campo de lo imaginable. Pero, más allá del detalle técnico, lo que se inauguraba era una actitud: la disposición a reemplazar el misterio por el método, el dogma por la demostración, y el temor por el cálculo.

En manos de los ilustrados, la ciencia se convirtió en un instrumento de emancipación: no solo una vía hacia el conocimiento, sino una herramienta para reorganizar el mundo humano. La lucha contra la ignorancia se identificó con la lucha contra la opresión, y la expansión del saber con la expansión de la libertad. Sin embargo, esa confianza casi ilimitada en el progreso no tardaría en traducirse en una ambición de dominio. Durante el siglo xix, la racionalidad científica se consolidó como paradigma no solo del conocimiento, sino también del poder.

Con los avances en electricidad, termodinámica, electromagnetismo y rayos X, la física adquirió una centralidad sin precedentes y fue elevada al rango de «ciencia reina», modelo de precisión, certeza y utilidad. Los laboratorios, antes espacios marginales o de aficionados ilustrados, se institucionalizaron en el corazón de las grandes universidades de Europa y Estados Unidos. Y lo que en sus orígenes había sido un intento de descifrar la naturaleza se convirtió, poco a poco, en un dispositivo al servicio de los estados, las industrias y los imperios. La ciencia ya no solo describía el mundo: comenzaba a modelarlo, a intervenirlo, a convertirlo en objeto de planificación y explotación sistemática. La alianza entre conocimiento y poder, sellada en nombre del progreso, sería una de las herencias más ambivalentes del proyecto moderno.

Esta transformación del saber en instrumento de poder no fue un fenómeno exclusivo de Occidente. A finales del siglo xix, Japón emprendió, tras la Restauración Meiji de 1868, un proceso de modernización que, más que imitación, fue asimilación estratégica. En pocas décadas, el país construyó un sistema universitario moderno, envió delegaciones de estudiantes y científicos a las principales capitales del saber europeo, y comenzó a forjar una comunidad científica propia. Figuras como Hantaro Nagaoka, Kotaro Honda y Torahiko Terada realizaron investigaciones pioneras en campos como el magnetismo, la óptica y los sistemas complejos, desafiando con hechos la idea, tácitamente sostenida por Europa, de que el pensamiento científico avanzado era un privilegio cultural del mundo occidental.

En la India bajo dominio británico, Jagadish Chandra Bose no solo introdujo contribuciones decisivas en la telegrafía sin hilos y en la investigación sobre la sensibilidad eléctrica de los organismos vegetales, sino que estableció una reflexión profunda sobre la relación entre ciencia, cultura e identidad en un contexto marcado por la violencia epistemológica del colonialismo.

La expansión del saber trajo consigo no solo emancipación, sino también la tentación del poder. Japón, influido por el darwinismo social y por los modelos imperiales europeos, reconfiguró su revolución científica como herramienta de conquista. Su victoria militar sobre Rusia en 1905, el primer triunfo moderno de una nación asiática sobre una potencia europea, fue vivida en Europa no solo como una derrota, sino como una fractura simbólica: una amenaza al monopolio occidental del saber técnico y de la autoridad civilizatoria. Aquel momento, vivido como una conmoción, no ha dejado de resonar.

Y resuena aún hoy. En 2025, la irrupción inesperada de la empresa china DeepSeek, que en cuestión de días desestabilizó el mercado de la inteligencia artificial estadounidense, fue interpretada por muchos analistas no solo como una hazaña empresarial, sino como un nuevo «momento Sputnik». Una señal de que los centros de innovación ya no se alinean con las viejas fronteras del poder global, y de que las estructuras invisibles del conocimiento —aquellas que configuran no solo lo que puede hacerse, sino también lo que puede imaginarse— están desplazándose hacia otros horizontes. Como entonces, la ciencia vuelve a ser el escenario donde se juegan no solo los futuros posibles, sino también las memorias heridas del orden mundial.

LOS INICIOS DE LA REVOLUCIÓN CUÁNTICA

A finales del siglo XIX, la física parecía haber alcanzado su cima. Sus leyes describían con precisión los movimientos de los planetas, la propagación de la luz, el comportamiento de los gases. Algunos soñaban incluso con un cierre definitivo del conocimiento físico: quedaban, se decía, apenas unos cuantos detalles por pulir. Pero, como en toda historia que roza la autosatisfacción, fue entonces cuando surgieron las fisuras.

La materia comenzó a comportarse de forma inesperada. La radiactividad, desvelada por Marie y Pierre Curie en París, parecía emanar de lo más íntimo del átomo, sin causa aparente. La luz, al incidir sobre ciertos metales, liberaba electrones en un fenómeno, el efecto fotoeléctrico, que no cuadraba con las teorías ondulatorias dominantes. Y en 1911, Ernest Rutherford, disparando partículas alfa contra una delgada lámina de oro, reveló que el átomo no era una esfera difusa, sino un sistema solar en miniatura: un núcleo denso rodeado de electrones. Pero esa imagen, tan potente, venía acompañada de un enigma. Si los electrones giraban en torno al núcleo, ¿por qué no perdían energía y caían en espiral hacia él? ¿Por qué el átomo, sencillamente, no colapsaba?

La respuesta no podía encontrarse en los principios de la física clásica. Fue Max Planck quien, en un intento casi desesperado por ajustar la teoría a los resultados experimentales, propuso en 1900 que la energía no se emitía de manera continua, sino en pequeños paquetes: los cuantos. Era una hipótesis atrevida, y para muchos, una simple herramienta matemática. Pero, cinco años después, Albert Einstein le dio una dimensión más radical: sugirió que la luz misma estaba compuesta por cuantos, partículas a las que llamó fotones. La luz, que hasta entonces se entendía como una onda, se revelaba también como corpúsculo. La naturaleza se desdoblaba.

En 1913, Niels Bohr ofreció una solución a la estabilidad del átomo: los electrones solo podían ocupar ciertas órbitas permitidas, saltando entre ellas al absorber o emitir cuantos de energía. El modelo funcionaba admirablemente para el hidrógeno, pero fracasaba en cuanto se aplicaba a átomos más complejos. Aun así, había algo en esa mecánica nueva, aunque fragmentaria, que funcionaba. Las ecuaciones predecían los resultados correctos; lo que faltaba era una visión coherente del mundo que esas ecuaciones describían.

Ese desconcierto tomó forma en el primer Congreso Solvay, celebrado en Bruselas en 1911. Bajo los frescos de salones aristocráticos, los nombres más ilustres de la física (Einstein, Planck, Curie, Lorentz) se reunieron para afrontar una sospecha creciente: la naturaleza ya no respondía a los principios de orden, continuidad y determinismo que habían guiado el pensamiento científico desde Newton. Algo profundo estaba cambiando. El mundo, súbitamente, se volvía más extraño de lo que nadie había imaginado.

EL NACIMIENTO FORMAL DE LA MECÁNICA CUÁNTICA

El giro definitivo llegó en el verano de 1925, en una isla azotada por los vientos del mar del Norte. Helgoland, una masa rocosa sin árboles, suspendida entre cielo y mar, ofrecía al joven Werner Heisenberg el aislamiento que necesitaba. Aquejado de la fiebre del heno, huyendo del polen que lo atormentaba en tierra firme, se retiró allí en busca de aire limpio y claridad intelectual. Y fue precisamente en ese lugar inhóspito, en medio de caminatas solitarias y noches insomnes, donde dio forma a una idea que cambiaría la física para siempre.

Heisenberg ya intuía que las órbitas electrónicas propuestas por Bohr y Sommerfeld eran ficciones visuales, útiles pero engañosas. Lo que se observaba en el laboratorio no eran trayectorias, sino resultados: líneas espectrales, intensidades, transiciones. Así que propuso una audaz renuncia a las imágenes. En lugar de tratar de describir «lo que ocurre realmente» en el átomo, se concentró en lo que podía medirse. Su propuesta, enviada ese julio a la revista Zeitschrift für Physik, marcaba el nacimiento de una nueva física: una que no pretendía representar el mundo, sino operar sobre él con reglas distintas.

Max Born, su mentor en Gotinga, percibió de inmediato la potencia del enfoque. Junto a Pascual Jordan, completaron el desarrollo matemático de esta nueva teoría, construida con matrices, estructuras abstractas y opacas, que no ofrecían ninguna visualización intuitiva. La mecánica matricial, como se la llamó, era poderosa pero hermética: describía con precisión el comportamiento atómico, pero no explicaba cómo sucedían las cosas en un sentido tradicional. No ofrecía imágenes, sino predicciones.

Un año más tarde, otro físico propuso una alternativa. Desde Zúrich, Erwin Schrödinger publicó una serie de artículos que proponían describir el estado cuántico como una onda extendida en el espacio. Su famosa ecuación de Schrödinger, una de las más celebradas de la física moderna, permitía calcular los niveles energéticos del átomo con gran elegancia matemática. Para Schrödinger, esa función de onda representaba algo real, algo tangible: una oscilación física, una vibración del mundo.

Pero aquí surgía una nueva paradoja. Si el electrón era una partícula, ¿cómo podía describirse como una onda? ¿Qué significaba, en realidad, esa función de onda? ¿Dónde estaba el electrón cuando no lo observábamos? La física, que había recorrido un camino de siglos hacia una imagen cada vez más clara del mundo, se encontraba ahora frente a un espejo que devolvía reflejos fragmentados, ambiguos, imposibles de fijar.

Heisenberg, reticente ante la interpretación ondulatoria, contraatacó con lo que pronto se convertiría en uno de los principios más célebres de la física del siglo XX: el principio de incertidumbre. Formulado en 1927, afirmaba que, cuanto más precisamente se conoce la posición de una partícula, menos certeza se tiene sobre su momento1 (y viceversa). No se trataba de una limitación técnica, sino fundamental. El mundo, en su raíz más íntima, no podía describirse con exactitud absoluta. Había que renunciar a la ilusión de totalidad.

EL ESTALLIDO DE LA MECÁNICA CUÁNTICA

El clímax de estas tensiones conceptuales se alcanzó en el quinto Congreso Solvay, celebrado en octubre de 1927 en Bruselas. Fue un encuentro casi mítico, del que han quedado fotografías en blanco y negro que parecen iconos de una religión laica: una constelación de genios reunidos en torno a un misterio. Allí estaban Heisenberg, Bohr, Born, Schrödinger, Curie, Dirac, De Broglie, Planck… y, en el centro de todo, Albert Einstein.

Pero ya no era el joven rebelde que había desafiado al tiempo y al espacio dos décadas atrás. Ahora Einstein se alzaba como el guardián de una física que aún aspiraba a ser comprensible, causal, determinista. La nueva mecánica cuántica —precisa, predictiva, pero conceptualmente inquietante— lo fascinaba y lo perturbaba a partes iguales. En el centro de su incomodidad estaba la renuncia al realismo: la idea de que no podemos hablar de una realidad física definida sin referirnos a un acto de observación. Para Einstein, eso era inaceptable. La naturaleza, decía, debía tener propiedades reales, estuvieran o no siendo medidas: «Dios no juega a los dados».

Niels Bohr, desde una posición más moderna, en lo que se conoce como «la interpretación de Copenhague», defendía la extrañeza como una cualidad irreductible de la naturaleza cuántica. Según su principio de complementariedad, una partícula podía ser tratada como onda o como corpúsculo, pero nunca como ambas a la vez; el fenómeno observado dependía del dispositivo experimental. No era la naturaleza la que era ambigua: lo eran nuestras categorías, nuestras expectativas heredadas de la física clásica. Frente al mundo cuántico, decía Bohr, la tarea del científico no es representar una realidad oculta, sino comprender los límites de lo que se puede decir.

El debate entre Einstein y Bohr, más filosófico que técnico, marcó un punto de inflexión. Durante las pausas del congreso, Einstein planteaba objeciones ingeniosas, experimentos mentales diseñados para poner en evidencia las paradojas del formalismo cuántico. Bohr, siempre paciente, le respondía con interpretaciones aún más sutiles, en un juego dialéctico que revelaba no solo el desacuerdo, sino la profundidad del abismo que los separaba.

Pero Einstein no estaba solo en su incomodidad. También Schrödinger, De Broglie y otros expresaron reservas ante una teoría que parecía haber renunciado a explicar «lo que hay» y se conformaba con «lo que se mide». Para ellos, la física no podía abandonar la aspiración de ofrecer una imagen inteligible del mundo, incluso si esa imagen era incompleta. La nueva ortodoxia de la interpretación de Copenhague, representada por Bohr, Heisenberg y Born, no compartía esa inquietud. Para ellos, la mecánica cuántica estaba bien tal como estaba: no porque lo explicara todo, sino porque no había nada más que explicar.

Lo que se cuestionaba no era solo una teoría física, sino una concepción entera del conocimiento. La crisis cuántica revelaba una tensión profunda entre el deseo de certeza y la aceptación del límite. Frente a un universo que ya no respondía a nuestras categorías tradicionales, ¿cómo seguir llamando «comprensión» a lo que hacíamos?

El Congreso Solvay de 1927 no resolvió esas preguntas. Pero las formuló con una claridad que aún hoy resuena. Fue un momento en que la física se asomó al abismo de su propia conciencia: comprendía más que nunca… y, al mismo tiempo, comprendía que comprender ya no era lo que había sido.

LA MECÁNICA CUÁNTICA SE CONSOLIDA, PERO SU SIGNIFICADO SIGUE EN SOMBRAS

Tras la intensidad del Congreso Solvay, la comunidad científica pareció sellar un pacto: si la teoría funcionaba, si predecía con precisión, si generaba resultados replicables, si facilitaba nuevas tecnologías, entonces bastaba. El debate sobre el significado profundo de la mecánica cuántica fue relegado, poco a poco, a un rincón del laboratorio. Lo que importaba ahora era hacerla funcionar.

Y funcionó. A partir de 1926, la nueva física se aplicó con rapidez a problemas antes irresolubles. La estructura de los átomos complejos, los enlaces químicos, la conducción eléctrica en sólidos: todo comenzó a explicarse a través de la mecánica cuántica. Fue como si, de pronto, la naturaleza se hubiera vuelto legible en una nueva lengua. Aunque nadie entendiera del todo lo que esa lengua decía, los cálculos daban resultados correctos, las predicciones se cumplían, los experimentos confirmaban sus extrañas intuiciones.

Victor Weisskopf, que estudió con Heisenberg y Schrödinger, lo recordaría más tarde: durante décadas, físicos de todo el mundo habían luchado por resolver ciertos problemas fundamentales, y de pronto, la nueva teoría los resolvía casi sin esfuerzo. Era como si una llave nueva abriera todas las puertas, aunque no supiéramos quién la había forjado ni por qué encajaba tan bien.

Mientras tanto, las dudas persistían. Algunos, como Einstein, De Broglie o Schrödinger, no se resignaban a la renuncia epistemológica que implicaba la interpretación de Copenhague. Para ellos, no bastaba con calcular probabilidades: querían entender qué ocurría «realmente» en el interior del átomo, más allá de los actos de medición. Pero sus objeciones, poco a poco, fueron silenciadas por el entusiasmo técnico. Se les empezó a ver como nostálgicos de un pasado perdido, guardianes de una claridad que la naturaleza misma había abandonado.

La mecánica cuántica, en su formulación matemática, ya era considerada completa. Su estructura se había solidificado como un marco operativo indiscutido. Lo que quedaba por hacer no era cuestionarla, sino expandirla. Y así fue: en pocos años, su aplicación transformó campos enteros del conocimiento. Explicaba por qué brillaban los metales, cómo se formaban las moléculas, por qué algunos materiales eran magnéticos.

Pero el precio de esa eficacia fue el silencio filosófico. La pregunta por el sentido, por lo real, por la naturaleza última de lo cuántico, quedó flotando en el aire. La física había ganado en poder, pero había perdido su inocencia. En lugar de desentrañar el universo, parecía haber descubierto que el universo no quería, o no podía, ser desentrañado.

LA FÍSICA CUÁNTICA Y EL PROYECTO MANHATTAN

Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, la discusión sobre el significado de la mecánica cuántica y su poder para entender fenómenos naturales quedó suspendida. Los físicos que en los años veinte y treinta habían debatido, con pasión casi metafísica, sobre la naturaleza de las partículas, las ondas y el papel del observador, fueron absorbidos por los aparatos militares de ambos bandos.

Muchos de los arquitectos de la física cuántica se vieron obligados a elegir un bando. Werner Heisenberg, en Alemania, dirigió el programa nuclear del Tercer Reich, aunque aún hoy se discute hasta qué punto colaboró activamente o saboteó el proyecto desde dentro. El danés Niels Bohr, cuya madre provenía de una adinerada familia judía, escapó de la ocupación nazi en una huida cinematográfica hacia Suecia y luego hacia Estados Unidos, donde acabó asesorando a los aliados. Enrico Fermi, tras ganar el Nobel y huir del fascismo italiano con su esposa judía, se trasladó a Estados Unidos, donde fue pieza clave en la construcción del primer reactor nuclear. Max Born, Erwin Schrödinger y otros se exiliaron, dispersando así el pensamiento cuántico por el mundo anglosajón. Muchos de estos exiliados, formados en las discusiones abstractas sobre la función de onda, se encontraron trabajando en oficinas grises, calculando trayectorias de neutrones, tiempos de detonación y geometrías de implosión.