Selección automática - Yukiko Motoya - E-Book

Selección automática E-Book

Yukiko Motoya

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Beschreibung

Selección automática En una distopía futurista, Oshiko está feliz de poder delegar la mayoría de sus decisiones en la tecnología gracias a los chips que lleva insertados en el cuerpo, así no tiene que preocuparse de organizar sus días, sus comidas o su ocio: el algoritmo lo elige todo en su lugar. Sin embargo, un encuentro casual despierta en ella nuevas preguntas sobre la tecnología y las comodidades que nos ofrece. Mis eventos Se acerca un brutal tifón y los ríos están a punto de desbordarse, amenazando con inundarlo todo. Katsuyuki está tranquilo porque vive en una de las últimas plantas del edificio y, por lo tanto, su casa no sufrirá ningún desperfecto, no como la de los vecinos de abajo, unos pobretones que viven todos hacinados. Sin embargo, la mujer de Katsuyuki tiene otros planes para cuando llegue el temporal.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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Yukiko Motoya

Selección automáticaMis eventos

Traducido del japonés por Emilio Masiá

Selección automática

Uno de los mejores barrios residenciales de la ciudad, bien conectado y relativamente céntrico. Las arboledas, ahora apenas sin hojas, en primavera y verano lucen con tonos verdosos en torno a los espacios ajardinados de casas y viviendas bajas; un barrio, según dicen, en armonía perfecta con su entorno natural. Es donde vive Oshiko Banji.

Aquel día, tras ponerse el abrigo, salió de casa, preparada para atravesar una de las pendientes más abruptas del barrio en su bici eléctrica y recoger a su hija del colegio.

Oshiko dejó la bicicleta con sillita infantil en el aparcamiento. Colocó el caballete y a paso ligero se dirigió a la entrada.

Con un gesto rápido quitó la cubierta del lector de datos en la entrada del colegio. Acto seguido, deslizó la mano derecha por él y el dispositivo leyó los datos de su microchip subcutáneo. Años atrás, los padres tenían que deletrear el código de seguridad 4188888 para entrar.

Oshiko pasó junto a un parterre de azaleas seleccionadas genéticamente y un espacio para dejar los carricoches. Tras la puerta automática, se accedía al interior luminoso y limpio del edificio. Después de desinfectarse las manos con un pulverizador ubicado sobre el zapatero, recorrió el pasillo que conducía al espacioso vestíbulo central del colegio. En momentos como aquél, al llevar o recoger a su hija, Oshiko, por alguna razón desconocida, se sentía contenta.

Desde el principio, tuvo mucho interés en matricular a sus dos hijas en este colegio de preescolar con muy buena reputación en el barrio.

Para poder matricularse allí se tenía en cuenta la puntuación más alta obtenida a partir de la situación personal y laboral del núcleo familiar; por eso Oshiko decidió tramitar su divorcio, sólo a efectos legales, sobre el papel. El objetivo era obtener más puntuación que otras familias al matricular a su hija mayor, Tsumu.

Puestos a decir cuál era el mérito de este colegio, en primer lugar cabía mencionar el diseño del edificio. El vestíbulo principal de techos altos e interiores en madera natural lucía impecable, casi podría decirse que parecía más una cafetería de diseño que un simple colegio. Las claraboyas ovales de la sala principal contribuían a crear un espacio circular abierto, alrededor del cual se extendían radialmente las clases de niños desde los cero hasta los cinco años. Los dibujos de los críos decoraban las paredes como en una sala de exposiciones de museo. En las estanterías, antaño a rebosar de álbumes ilustrados, se alineaban de forma ordenada numerosos libros digitales de cuentos.

Las puertas de las clases todavía estaban cerradas. Sólo a través de las ventanas ovaladas se veía el interior de las aulas; con todo, Oshiko distinguió los acordes musicales del organillo eléctrico emitiendo la canción que entonaban los niños al concluir la jornada escolar.

Al mismo tiempo, escuchaba un vídeo en su smartphone a través de unos diminutos auriculares implantados en el lóbulo de las orejas.

Oshiko pasó el dorso de la mano por un lector digital instalado sobre la estantería de libros ilustrados. Una vez confirmada la hora de recogida de su hija, como no tenía nada que hacer, aceleró la reproducción del vídeo; por lo visto, todavía faltaba bastante para que acabase la última reunión de los niños antes de volver a casa. Se puso a ojear los dibujos colgados en la pared. Se percibía algo diferente en el vestíbulo entero, un ambiente escolar típico del mes de enero.

Oshiko solía fijarse primero en los dibujos lejanos de los niños más pequeños. La libertad de trazos dificultaba catalogarlos de cuadros sin más; sobre aquellas cuartillas de dibujo afloraba con total libertad su creatividad.

En los dibujos de los críos de tres años se apreciaba un cambio que le llamaba la atención: «Con sólo un año de diferencia realmente crecen mucho…». Cada uno de aquellos dibujos dejaba entrever en sus pinceladas, de estilo más bien descriptivo, una peculiar indiferencia hacia la fuerza expresiva de la vida.

Los dibujos de los de cuatro años, de un curso superior, destacaban, en cambio, por su excepcional vulgaridad. En todos la tierra era marrón, verdes los árboles y los bosques, y el sol, naranja. Oshiko no recordaba haberlo visto jamás con aquel tono anaranjado. También le extrañaba la forma en la que los rayos solares irradiaban desde el centro de la esfera en aquellos dibujos calcados unos a los otros.

No obstante, que todos los niños colocaran simbólicamente en sus pinturas aquel sol confirmaba el éxito del enfoque pedagógico uniformador de este centro. No cabía esperar otra cosa de un colegio de preescolar como éste, que había acaparado la atención incluso de los medios de información internacionales. Oshiko se sintió satisfecha.

La buena reputación del colegio se debía, precisamente, al minucioso método pedagógico aplicado para desarrollar la uniformidad mental de los niños. Se alababa también el hecho de que el porcentaje de aprobados en las pruebas de acceso a colegios privados era muy alto sin necesidad de acudir a clases preparatorias adicionales. De hecho, Tsumu, la hija mayor, había conseguido plaza en el centro de primaria elegido como primera opción. Hara, la hermana menor, el mes pasado acababa de recibir el comunicado que confirmaba que había aprobado la prueba de ingreso en el mismo colegio.

Oshiko siguió ojeando los dibujos efectuando un barrido en el sentido de las agujas del reloj. En lo alto de la pared de la clase de los niños de último curso de preescolar, la clase de su hija Hara, se leía el lema de este mes: «A paso lento». Sobre las cuartillas proliferaban dibujos de caracoles, tan idénticos y calcados entre ellos que parecían, más bien, hechos con plantilla. Oshiko se fijó especialmente en un dibujo de estilo simbolista, donde destacaba la ausencia de naturalidad o vitalidad. Oshiko, al ver escrito en cera el nombre de su hija, «Bonji Hara», se sintió muy satisfecha; después se fijó en el dibujo justo contiguo y dijo en voz baja: «Como siempre, no es nada infantil».

En ese momento, de repente pareció abrirse una puerta. Oshiko, al darse cuenta de que era la madre de Kopi, apartó la mirada del dibujo. Ahí estaba precisamente esa mujer, la madre del niño que había pintado aquel extraño dibujo. Trató de disimular haber descubierto, entre tantos caracoles idénticos, uno que era diferente, original, con unos trazos más maduros.

Con tono alegre, le dijo:

—Hoy tenías entrevista, ¿verdad?

—Sí, sí… ¿Ya tan pronto vienes a recoger a tu hija? —contestó la madre de Kopi, esbozando media sonrisa y sorprendida por el fortuito encuentro.

—A veces salgo un poco antes del trabajo.

—Ah, ya veo. Mucho que hacer, ¿verdad? —La mujer volvió a sonreír, pero en realidad parecía agotada.

Oshiko sacó un tubo de crema para manos de su bolso, después se echó un poco en la punta de los dedos y, mientras la esparcía rápidamente, miraba de refilón a la otra madre. Era una mujer alta y atractiva; las otras madres del colegio la apodaban MC, es decir, «mujer cavernícola». A pesar del mote, también hoy, como de costumbre, destacaba por su bella presencia, el rostro de modelo y la nariz de líneas perfiladas como a cincel. El flequillo negro y rectilíneo a la altura de las pobladas cejas combinaba bien con su rostro al natural, sin maquillaje. No aparentaba treinta y cinco años. El exotismo de su belleza aunado a la originalidad de su carácter le confería un aura de mujer inaccesible, distante. Entre las otras madres circulaban toda clase de rumores sobre ella: que se había divorciado por sus crisis nerviosas o que no sabía quién era el padre de su hijo, fruto de una relación sexual esporádica.

En realidad, sólo Oshiko conocía bien los avatares de su vida. Ambas eran madres divorciadas, pero a diferencia de ella, que lo había hecho por practicidad, la otra lo hizo por desavenencias con su marido respecto a cuestiones sobre cómo abordar la educación del hijo. La madre de Kopi estaba verdaderamente sola al cargo del crío. Tras separarse se mudó con él a un piso cerca de la casa de su acaudalada familia. No tenía la menor idea de que en ese barrio hubiese un colegio tan prestigioso por su modelo de educación uniformadora y que era objeto incluso de titulares en la prensa extranjera. La única razón de matricular al niño en ese centro de preescolar fue su cercanía.

Oshiko se percató de que la madre de Kopi parecía exhausta. Se acercó prudentemente con movimientos reptilianos y le dijo:

—¿Es que te ha dicho algo el sensey Yoppoin? Si quieres, podemos hablar.

—Gracias, pero ¿no tienes que recoger a Hara chan?

—No pasa nada, he venido muy pronto, puedo hacerlo más tarde.

Oshiko se acercó a la estantería de libros infantiles y pasó la mano por el lector digital. Hace años los profesores de preescolar se enfadaban si los progenitores, una vez acabadas sus ocupaciones, no venían enseguida a recoger a sus hijos; ahora, en cambio, la educación preescolar se había convertido prácticamente en obligatoria. Se recomendaba que los niños pasasen el mayor tiempo posible con sus compañeros de clase en un entorno controlado como el del colegio. Por eso no estaba bien visto recogerlos demasiado pronto.

La madre de Kopi, aunque por un momento dudó, al ver que Oshiko cancelaba la hora de recogida en el dispositivo digital, se dispuso a hacer lo mismo en el otro terminal. Tras sacar parsimoniosamente el móvil del bolsillo de su abrigo, lo pasó por el lector. Oshiko se sorprendió al ver su smartphone.

—¿Todavía sigues con el mismo móvil? ¿Por qué no quieres uno nuevo?

La madre de Kopi se quedó en silencio, observando su viejo teléfono.

Hacía años se había puesto de moda un smartphone de nueva generación, usado por casi todo el mundo, que destacaba por su buen manejo y unas prestaciones y una capacidad muy mejoradas tecnológicamente. Oshiko, por supuesto, adquirió el nuevo aparato nada más ponerse a la venta; la madre de Kopi, en cambio, fue a contracorriente y siguió usando un modelo ya casi obsoleto.

—¿Y el chip? ¿No crees que va siendo hora de insertarte un implante? Creo que debes de ser la única que sigue utilizando la aplicación del colegio.

—No me gustan esos aparatitos.

—¿Por qué? Se trata de un simple implante.

—Me parece que no hace falta llegar a tanto.

La madre de Kopi, reacia, dio por acabada la conversación. Oshiko, hasta el día de hoy, había recomendado este práctico implante a muchas madres y no acababa de entender el porqué de su oposición. Hasta los niños se insertaban microchips o diminutos dispositivos electrónicos. Al parecer, mejoraban la calidad de vida, ya que con ellos se podían hacer muchas cosas a la vez sin esfuerzo. Ella ni siquiera podía imaginar volver a vivir como antes. Todas las madres a quienes Oshiko había recomendado implantarse el dispositivo le estaban muy agradecidas. La constante oposición a los avances de la sociedad por parte de la madre de Kopi no hacía más que aislarla de su entorno.

Esta al principio se extrañó de que Oshiko fuese tan amigable simplemente por coincidir a la hora de recoger a los niños. Ya habían pasado tres meses desde que cambió a su hijo de colegio. En días como hoy, cuando Oshiko le hablaba tanto e incluso la invitaba a tomar un té, las demás madres le preguntaban, extrañadas: «¿Cómo te llevas tan bien con la rara? ¿De qué hablas con MC?». En esas ocasiones, ella dejaba caer, como al descuido, un comentario ambiguo: «Bueno, es que fíjate en su hijo… Vaya papeleta…», o, sin pensárselo mucho, contestaba: «Somos madres divorciadas, tenemos que ayudarnos, ¿no?». Por supuesto, ni siquiera ella pensaba que llegaran a ser algún día amigas de verdad.

Oshiko, a pesar de su gran afición por consumir todo tipo de contenidos de entretenimiento y servicios de internet, no acababa de sentirse satisfecha cuando dichos contenidos eran productos artificiales. Consciente de ello, trató de buscar otros más diversos y complejos. Se interesó por hechos imprevisibles, por ejemplo, temas de naturaleza o emisiones en vivo. En una palabra, fueron captando cada vez más su interés los hechos naturales de la vida, y, desde el momento en que empezó a desear esos contenidos no manipulados por el hombre, la madre de Kopi y su hijo, aquella pareja tan «cavernícola», empezaron a captar su interés. Al principio Oshiko no se hizo muchas ilusiones, no era más que un entretenimiento. Sin embargo, cada vez le parecía más atrayente todo lo suscitado por las cosas más sencillas y naturales de la vida. El tiempo que pasaba escuchando las preocupaciones en cuanto a la educación de Kopi de aquella atractiva madre empezó a parecerle más placentero que cualquier aplicación de móvil.

Aquel día Oshiko había invitado a la madre de Kopi a una cafetería de productos ecológicos. La mujer usó la tableta de pedidos para comprar un café de cultivo orgánico:

—Entonces, ¿qué te dijo el sensey Yoppoin? —preguntó Oshiko, inclinándose hacia delante.

La madre de Kopi suspiró un poco, ya algo más tranquila que antes.

—Me dijo que antes de empezar la primaria convendría llevar a Kopi al médico.

Seguidamente, sacó un folleto del bolso.

—¿El departamento de psiquiatría del hospital universitario? —dijo Oshiko levantando la voz al ver en el folleto el nombre y las fotos del prestigioso hospital—. ¿Te ha dicho que lleves allí a Kopi?

—Sí, me recomendó ese hospital para que lo examinen cuanto antes en la consulta para trastornos de desconexión a la red.

—¿Eso te dijo? Entonces, ¿Kopi sufre desconexión a la red?

Al ver que Oshiko arqueaba las cejas, la madre de Kopi miró alrededor para cerciorarse de que no había nadie conocido.

—No, todavía no; no lo podemos saber hasta que lo diagnostiquen —contestó, enfatizando su respuesta.

—Ya, pero el profesor no lo habría dicho si no estuviese seguro, ¿no crees?

Oshiko hojeó el folleto del consultorio médico: fotos de ancianos y adolescentes sonrientes rodeados de teléfonos móviles y tabletas de última generación. Se leía lo siguiente: «Consultorio médico especializado en trastornos offline de desconexión a la red. Con nuestro tratamiento podrá vivir en un entorno online conectado permanentemente a la red las veinticuatro horas del día».

Siguió pasando las páginas hasta detenerse en una con información sobre el programa de asistencia familiar de diez sesiones: «El trastorno offline de desconexión a la red conlleva que el propio afectado no sea consciente de su problema, por eso el primer paso del tratamiento consiste en hacer que se percate y decida venir a consulta».

—El profesor dice que en estos tres meses a cargo de mi hijo está cada vez más convencido de que ahí puede radicar su problema. —La madre de Kopi, mirando el texto del folleto, dejó escapar un suspiro que lo decía todo sin palabras.

—Vaya, no imaginaba que fuera capaz de hablar así ese profesor —comentó espontáneamente Oshiko.

De repente le vino a la mente la apariencia del profesor en cuestión, también a cargo de su hija Hara desde abril del año pasado. Todo su cuerpo, desde la cabeza hasta la punta de los dedos, tenía un perfil redondeado semejante a un buñuelo de pulpo o takoyaki; con todo, era un profesor bastante educado.

—Este último mes mi hijo hizo todo al revés que sus compañeros de clase. ¿No te fijaste?

—Ah, sí, ¿te refieres a los dibujos sobre el tema «A paso lento»? —dijo Oshiko, entornando los ojos para aparentar acordarse casualmente.

—El profesor me dijo que tuvo muy claro que no era normal al ver el dibujo de Kopi.

—Entonces, ¿será verdad lo que se rumorea de que es una prueba para detectar a los niños que son diferentes?

—No se me ocurre otra explicación. Si los críos siempre pintan lo mismo, ¿no te parece que, en lugar de proponer un tema, sería mejor decirles que pinten, sin más, un caracol?

Oshiko asintió dándole la razón y después dijo: «Qué cierto» mientras se pasaba rápidamente un dedo por la mano. Aburrida ya del contenido reproduciéndose en su móvil, se puso a buscar otro. Acto seguido, introdujo una mano en el bolsillo del abrigo, colgado en el respaldo de la silla, sacó el smartphone y se dispuso a colocarlo a la vista sobre la mesa.

El dispositivo digital de Oshiko tenía configurado por defecto la reproducción de múltiples contenidos simultáneos; a ella le parecía lo más normal del mundo abrir diversas aplicaciones a la par que conversaba con alguien. La madre de Kopi la observaba por el rabillo del ojo mientras daba sorbitos a su taza café en silencio; daba la impresión de que el líquido, servido por un robot, le parecía insípido. En la cafetería había más clientes; la mayoría de ellos se entretenía observando el móvil colocado a la vista sobre la mesa. Sin embargo, había un cliente que mantenía fija la vista en lontananza sin más. Parecía que estaba escuchando música o viendo una película proyectada en el visualizador de retina. La operación de retina era de reciente implantación y, aunque todavía eran pocas las clínicas y los cirujanos capaces de realizarla, era una de las técnicas modernas que últimamente Oshiko pensaba probar sin falta.

La madre de Kopi miró disgustada a su alrededor y sacó un cigarrillo electrónico del bolso. En el entorno de Oshiko ella era la única que se atrevía a utilizar este objeto, tan obsoleto hoy en día.

—Si quieres fumar, sería más rápido el implante bajo la lengua. —Oshiko sacó un poco la punta para mostrarle el suyo. La madre de Kopi, al acordarse de que estaba prohibido fumar en la cafetería, guardó de nuevo el cigarrillo electrónico en su bolso—. Puedes elegir tu sabor preferido y además es ideal para hacer dieta.

A pesar de que Oshiko se refería a un tipo de dieta recientemente muy popular entre las madres, la de Kopi, nerviosa, no le hizo el menor caso.

—¿De verdad crees que es necesario un diagnóstico clínico? —dijo, enarcando las cejas.

Oshiko, mientras volvía a mirar la pantalla de su smartphone, repuso:

—¿No quieres llevarlo al médico? ¿Por qué?

—Bueno, ¿no te extraña que digan que el niño está enfermo por el simple hecho de disfrutar de hacer cosas sin necesidad de dispositivos digitales?

—¿Qué quieres decir? —Oshiko ladeó el cuello y volvió a preguntarle.

—Que si tú crees de verdad que los niños que son así están enfermos.

—Bueno, enfermos no sé, pero muy normales no me parecen —dijo Oshiko, sin andarse por las ramas—. Kopi todavía no es más que un niño de seis años de preescolar, ¿verdad? A esa edad, si un crío se queda absorto mirando el movimiento de las nubes en el cielo, no le interesan las aplicaciones y, encima, le da por observar insectos o jugar con el barro, un poco raro sí me parece. Sin ir más lejos, el otro día me sorprendió que dijeras que Kopi se baña tranquilamente y no necesita ningún dispositivo para entretenerse en el agua.

La madre de Kopi escuchaba en silencio las palabras de Oshiko y observaba las gotas de agua adheridas al cristal del vaso de agua.

Al poco, dijo:

—¿Por qué no entiendes que no es normal todo esto? —dijo con voz nerviosa.

—A mí no me parece nada extraño.

—Pues a mí sí. Haz un poco de memoria. Hasta hace poco el Gobierno se comprometía a proveer de educación a quienes no pudieran aprovechar la alternativa de la inteligencia artificial. ¿No decían que educarían con equidad a los niños para fomentar destrezas de tipo no exclusivamente intelectual, no medibles por la nota de un examen o un coeficiente? Sin embargo, sin mucho sentido comenzaron a revolucionar el ámbito educativo, y eso a pesar de lo mucho que habían predicado a los cuatro vientos que los niños no se dejarían vencer por la inteligencia artificial; ¿acaso de repente no cambiaron todo para que entrase a formar parte de la vida de los críos? ¿No te acuerdas?

—Ahora que lo dices, es verdad —dijo Oshiko mientras alargaba la mano hacia la taza de café sobre la mesa; después puso cara de estar muy de acuerdo y añadió—: Es horrible, la verdad.

La madre de Kopi la miró; le pareció que se mordía los labios por no decir algo. Intentó convencerla de nuevo.

—Oshiko, hasta hace poco decían que los niños que estaban conectados a la red todo el día tenían un problema que diagnosticaban como «adicción a la red», ¿te acuerdas? Entonces era habitual que los críos jugasen en la calle, ¿no?

—Sí, es verdad, hubo una época así. Qué tiempos. Pero…

—¿Pero?

—Si lo planteas así, ¿no crees que deberíamos vivir adaptándonos a los cambios de la sociedad?

—Por mucho que cambien los tiempos, ciertas cosas, como que los niños jueguen en la calle, jamás deberían dejar de ser normales, ¿no crees?

—Tal vez, pero ¿no te parece que siempre hablas de «aquellos tiempos»? Todo eso ya no vale hoy en día, ya te lo he dicho mil veces. ¿Por qué no acabas de entenderlo?

Oshiko, decepcionada, sonreía mientras ojeaba su dispositivo electrónico. No entendía por qué la madre de Kopi seguía tan apegada a los valores del pasado. Entendía que sintiese nostalgia por aquellos tiempos, pero lo cierto era que el mundo en ese punto límite de mayor caos producido por tantos cambios abruptos se había reformado y transformado por completo. Ahora había unos criterios completamente nuevos. Todas las creencias y cosas importantes del pasado carecían ya de valor; eran, incluso, objeto de risa. Ahora lo común era dar crédito a lo que antes se consideraba poco serio. Como ejemplo, las directrices sobre «crecimiento y desarrollo saludable infantil» de la Organización Mundial de la Salud Infantil.

Las recomendaciones del pasado de «jugar todo lo posible en el exterior» se transformaron en lo contrario: «Pasar en el aula el mayor tiempo posible». A su vez, de advertir sobre «el riesgo de usar demasiado tiempo dispositivos digitales», se pasó a recomendar «construir un entorno en el que estén en contacto con dichos medios el máximo tiempo posible». De esa manera se acabó de un plumazo con las tediosas discusiones sobre la edad idónea para permitirles acceder a dichos dispositivos.

Igual que en los hospitales maternoinfantiles recomiendan el método de cuidado «canguro», que mejora el vínculo afectivo entre madre y bebé cuando ésta le da el pecho y mantiene contacto físico con el bebé, ahora se recomienda algo parecido con internet: estar en contacto con la red desde edades tempranas repercute en un mayor vínculo con la realidad virtual.

De repente, casi sin saber cómo, lo que estaba en boga era que los progenitores, agobiados por el apremiante reto de los cuidados al recién nacido, estén también a cargo de poner en contacto al bebé con el mundo digital desde su mismo nacimiento; ahora los padres debían remojar a sus niños bañándolos, literalmente, en las aguas de internet.

Oshiko y la madre de Kopi, casi de la misma edad, siempre habían oído lo de que «utilizar el smartphone o conectarse a internet en demasía daña el desarrollo»; ambas habían vivido, por los pelos, en esa época. Sin embargo, al contrario que Oshiko, que se había adaptado sin más, la madre de Kopi siempre daba a entender que «el mundo entero no hace más que darle la espalda a la realidad»; por eso en los pasillos del colegio se convirtió en el hazmerreír de las madres. «Mira, por ahí va la madre cavernícola analógica», decían.

—A veces sigo lamentándome al pensar en lo que podría haber hecho si volviésemos diez años atrás —dijo la madre de Kopi con expresión triste; tenía su flequillo rectilíneo a la altura de las cejas un poco ladeado y la mirada fija en la taza de café de aromáticos granos.

—¿Y eso por qué?

—¿Que por qué? Pues porque, si entonces hubiéramos levantado la voz, tal vez el mundo sería diferente. Si pudiera, me gustaría volver a vivir en aquella época en la que todavía no teníamos todos teléfono móvil.

—¿Qué harías si pudieses volver a entonces?

Oshiko ladeó ligeramente el cuello. La madre de Kopi lanzó una mirada de disgusto hacia el smartphone de aquélla, colocado a la vista sobre la mesa, y dijo:

—Es evidente. ¿No te das cuenta de que este aparato de mierda tiene la culpa del cambio y el caos de nuestra vida actual? ¿Acaso no ha transformado nuestra manera de pensar y de ser? En aquel entonces debimos hacer algo para evitar que se pusiese de moda este maldito artilugio. Nosotros tenemos que utilizar las herramientas, no ellas a nosotros; debimos levantar la voz y advertir a la gente: no podemos vivir dando la espalda a la realidad.

Tras esas palabras, se mordió un poco los labios y se le humedecieron los ojos. Mientras, Oshiko borraba aplicaciones de la pantalla principal de su smartphone a la vez que miraba por el rabillo del ojo a la madre de Kopi.

—¿No crees que convendría no mirar todo tan directamente?

—¿Qué quieres decir?

—A veces creo que lo mejor es observar con una mirada vaga, como difuminada. Con demasiada resolución hasta una actriz hermosa pierde encanto. —Oshiko soltó una carcajada, apuró la taza de café y, tras levantarse, añadió—: Ya es hora de recoger a los niños, ¿pagamos?

Pasó la mano por el lector digital de la entrada y pagó enseguida. La madre de Kopi, en cambio, empezó a buscar en el bolso su monedero de piel. Después, mientras se demoraba rebuscando la calderilla, observaba con recelo el dispositivo digital que invadía de vez en cuando su campo de visión. Hasta hace poco estuvieron de moda los dependientes digitalizados con forma de androide, pero ahora apenas se veían más que sencillos dispositivos con forma de caja. Al parecer, su popularidad residía en lo compacta que resultaba al colocarla; además, por sus características evitaba que la gente se aburriese de su diseño. La «caja», desarrollada por una prestigiosa multinacional tecnológica, se comercializaba de forma casi monopolística y todos los dependientes robotizados lucían una línea idéntica que simbolizaba una nariz humana. Ahora, no sería exagerado decir que no había lugar en el que no hubiese una de las referidas cajas.

Se oyó como un tintineo; al dirigir la mirada en dirección al sonido, la madre de Kopi, arrodillada sobre el pulido suelo, alargaba con ahínco la mano por una rendija abierta bajo el mostrador.

—Vaya, me comprometo a no aburrirte tanto la próxima vez —dijo Oshiko en voz baja, mirando con interés, como si apreciara una obra de entretenimiento, el vaivén rápido de su retaguardia sobre el suelo.

Pasadas las seis de la tarde el vestíbulo del colegio comenzaba a llenarse de progenitores que acudían a recoger a los niños.

Oshiko pasaba entre las demás madres hablando casi con cada una de ellas, mientras que la otra fruncía el entrecejo y trataba de evitar las miradas.

Tras marcar en el dispositivo la recogida, las dos se dirigieron al aula donde esperaban sus hijos. Normalmente, siempre iban a Zupopo, la clase de niños de cinco a seis años, pero en esta época, como el aula se dejaba libre para las entrevistas, tenían que ir a Zepepe, la clase del curso de alumnos un año menor, en la que se juntaban todos los críos.

Cuando su hija mayor, Tsumu, iba al colegio, a cada curso le ponían nombres graciosos de fruta. La clase Manzana, Melocotón, Cereza… Sin embargo, desde hacía algunos años, con el fin de fomentar la uniformidad según la directriz educativa del centro, decidieron utilizar nombres sin ningún significado para denominar cada clase. Desde entonces, a Oshiko le costaba mucho recordar cómo se llamaba cada aula.

En el momento en que llegaban a Zepopo, una de las profesoras, al verlas, se asomó a la clase y dijo:

—¡Ha chan y Kopi, ya están aquí vuestras mamás!

Mientras esperaban a los niños, Oshiko se puso a escuchar un vídeo a través de sus auriculares a la par que echaba una ojeada a la clase Zepepe, en la que había estado su hija el curso anterior. Había un pequeño lavabo como de miniatura para lavarse las manos y, junto a la ventana, un animal acuático digital que casi parecía real se bañaba en una pecera igualmente digital.

Unos lemas impregnaban como un aroma de saliva infantil empalagosa toda la clase: «¡Seamos buenos amigos!», «¡Lávate bien las manos con jabón!», «¡Hacer de vientre por la mañana es muy saludable!», «¡Seamos iguales entre nosotros!», «¡Convirtámonos en niños y niñas iguales a los demás!»; Oshiko recorrió con la vista los caracteres desparramados por todas las paredes como si los coleccionase y juntase de nuevo; después se fijó en los nombres.

Al parecer estuvo de moda ese año llamarlos así. Muchos niños y niñas del curso de cinco años tenían nombres exóticos de origen extranjero: Glass, Wood, Shower, etcétera. En cambio, en Zupopo, la clase de seis años de su hija, proliferaban los pictogramas referentes al cuerpo: nombres de niño tales como Ashiya, Zetsurō o Memi y de niña tales como Natsume. Oshiko, por su parte, no recordaba otra razón para ponerle a su hija Hara aparte del hecho de que estuviese de moda. Ciertamente, en la actualidad dicha costumbre era habitual para las familias de la generación de Oshiko; solía decirse que la facilidad con que se interiorizaba cada nueva moda se debía a la difusión de los recursos digitales de comunicación.

De repente, ahí estaba Hara, con su uniforme blanco, de pie al otro lado de la mampara, que llegaba a la altura de la cintura de un adulto.

—Mamá.

Hara miraba fijamente a Oshiko, su madre, con sus ojos ya de por sí grandes abiertos de par en par y despidiendo un brillo húmedo, tras la mampara de la clase; al poco repitió la llamada, «Mamá, mamá», en tono rápido. Llevaba en las manos una tableta que le habían dado en el colegio.

—Ah, Hara, ¿ya estás lista?

Oshiko por fin se percató de la presencia de su hija, que levantó la tableta y mostró, orgullosa, el dibujo calcado de lo que parecía ser un gato de tonos coloridos; ésta dijo con voz algo ronca:

—Mira lo que he pintado, mamá.

—¡Guau! ¡Qué bonito! ¿De verdad que lo has pintado tú sola? —la alabó Oshiko con interés.

—Sí, ¿a que pinto bien? —contestó la niña—. Mamá de Kopi, mira, ¿a que sí? —dijo Hara, mostrando la tableta digital también a la madre de Kopi, que estaba junto a la suya—. Casi parece un dibujo hecho digitalmente, ¿a que sí?

Cada parte del gato, la cola, la cabeza, el tronco, los ojos y la nariz, estaba pintada de un color diferente. La madre de Kopi observó con fijeza y cierto desagrado aquella animación tan realista; parecía que el animal estaba a punto de saltar maullando desde la tableta. Entonces preguntó a la niña:

—Ha chan, ¿te gusta que te digan que parece un dibujo digital? Dime, ¿de mayor te gustaría convertirte en un dispositivo inteligente?

Hara abrió un instante sus grandes ojos y, sorprendida, contestó con alegría:

—¡Sí, de mayor seguro que seré como una de esas máquinas, sí!

Recientemente, la inteligencia artificial, con la que todo el mundo parecía estar familiarizado, había entrado de lleno en la vida cotidiana de los niños, entre los que goza de gran popularidad. El sueño inalcanzable de convertirse en un receptáculo cuadrado digitalizado ya no era nada raro entre los críos; cada año ocupaba el lugar más alto en la clasificación de aspiraciones para el futuro entre los alumnos de primaria; su sueño era convertirse en un ente inteligente de forma artificial. Entre los adolescentes menores de veinte años cada vez eran más los que se sometían a intervenciones quirúrgicas para quitarse el vello corporal con el fin de borrar todo cuanto sugiriese corporalidad humana; no se sabía hasta qué punto era cierto o no, pero, por lo visto, existían incluso sospechosos tratamientos para moldear rectangularmente los huesos; también se oía con frecuencia que los universitarios se implantaban glándulas lacrimales de última generación para reducir al mínimo el pestañeo ocular.

Ser funcionario era una de las profesiones más populares cuando Oshiko era pequeña. Se valoraba la «estabilidad de futuro» que ofrecía, pero, como recientemente los dispositivos inteligentes ya podían realizar casi todas las labores del funcionario público, dicho oficio ya ni ocupaba los últimos escalafones de popularidad. Los niños de la generación actual no tenían el menor interés en seguir la carrera de deportistas, ídolos o personajes famosos por el estilo que fuesen objeto de interés público o considerados personas diferentes al común de los mortales. La tendencia global convertía, hoy en día, las profesiones uniformes y carentes de individualidad en las de mayor atractivo.

Diez años atrás, la iniciativa política que abogaba por «una inteligencia artificial más cercana y apreciada» se transformó en un lema habitual muy del gusto de los medios de comunicación: la inteligencia artificial o IA pasó a denominarse «enamorados de la inteligencia artificial» o, en su versión abreviada, «enamorados de la IA».

Al principio, la expresión sonaba mal, pero, poco a poco, como si tal cosa el término acabó por fijarse de tanto que lo usaban en los medios. De repente surgió una generación, como la de Hara, en la que desde que eran bebés lo normal era hablarles de inteligencia artificial utilizando la expresión «enamorados de la IA».

—Hara, Kopi tarda mucho, ¿puedes decirle que venga?

La niña, ya preparada para volver a casa, con la boina blanca del uniforme escolar y la mochila reglamentaria a la espalda, se volvió hacia la clase, desde la mampara, y gritó con voz ronca:

—¡Kopi!

A aquella hora, aunque los niños podían jugar libremente hasta la llegada de sus padres, reinaba el silencio en la clase. Sentados en sillas infantiles todos los críos manipulaban sus terminales digitales en silencio.

Entre ellos destacaba la figura de un niño sentado en el suelo, con la espalda recta y vuelto hacia la pared. Hara, detrás de él, insistió —«Kopi, Kopi»—, pero éste ni se inmutó. Se acercó entonces una profesora y se dio cuenta de que al niño le temblaban los hombros.

Al cabo de un rato, la profesora volvió a la mampara de la entrada de clase acompañada por Kopi. Como de costumbre, tenía un aire inocente, como si estuviera medio dormido, entre despistado y soñador. Saltaba a la vista que, con el flequillo corto calcado al de su madre, no era como los demás. Irguió la espalda para alargar la mano desde el otro lado de la mampara y, con una manera de hablar peculiarmente lenta, dijo:

—Ah, mamá, mira, mira lo que he hecho, ¿a que está muy bien?

—Guau, es la cabina de un astrónomo.

La admiración de la madre le llamó la atención a Oshiko; sin embargo, al fijarse en la mano de Kopi, sonriendo sin cesar, vio que no había nada.

La mujer le miraba sin parar la mano pegajosa por el sudor a su hijo.

—¡Genial, de verdad!

—Sí, ¿a que sí? —repuso él—. Lo he hecho yo solo preguntándole al sabio. Éste es el asiento para manejar la nave. Éste, el botón lanzamisiles. Como es peligroso, sólo podemos tocarlo el sabio o yo. Nadie más. —Kopi, dejándose llevar por la imaginación, comenzó a dar explicaciones señalándose la palma de su mano.

Oshiko se percató de la mirada compasiva, como apenada, de la profesora que estaba junto a ellos escuchando al niño. El resto de los críos apenas se interesaba por los libros de cuentos ilustrados; tampoco jugaban a las cocinitas, los bloques de construcción ni simulaban perseguir monstruos. Ahora, con las aplicaciones digitales, se divertían de la misma manera; por eso debía de resultar digno de compasión un niño incapaz de aficionarse más que a juegos imaginarios. La madre de Kopi, al apercibirse de la mirada de la profesora, abrió la puertecita de la mampara y se llevó a su hijo, que no paraba de hablar.

—Vale, sí, sí, entendido, pero me lo sigues contando por el camino, ¿vale?

El característico uniforme colegial blanco inmaculado, confeccionado por un famoso diseñador, Kopi lo llevaba embadurnado de restos de comida y pintura. La madre de Oshiko acostumbrada a que su hija volviese cada día con el uniforme impecable; dijo sin pensárselo, como con lástima:

—Vaya, se ha puesto perdido.

La madre de Kopi, tras ponerle enseguida el abrigo a su hijo, se puso en pie y repuso:

—Siempre se pone así, no es nada del otro mundo.

Kopi anduvo en silencio hasta la entrada de la clase para recoger su mochila. Tenía una mano en una posición extraña, como si se tratara de un cuenco. Cuando Oshiko se preguntó qué pretendería con dicho movimiento, el niño abrió el bolsillo delantero de la mochila con sigilo y seguidamente inclinó la palma de la mano de esa guisa, como si fuera a coger algo con cuidado, con una sonrisa de oreja a oreja.

En medio de aquel enjambre de chiquillería que correteaba alocada y parecía una reproducción acelerada, destacaba como una imagen retocada la figura tranquila del pequeño Kopi, que se movía sin prisa y gesticulaba pausadamente con un aire casi elegante.

Nada más salir del colegio, cuyos interiores mantenían una temperatura constante regulada durante todo el año, el viento frío se coló entre las solapas de su abrigo y le arrebató todo el calor corporal.

Oshiko se enfundó rápidamente unos guantes de seda y después se subió el cuello del abrigo.

Sobre la bicicleta, al recibir el viento de cara sintió más el frío. Al principio llevaba a Hara en la silleta infantil delantera colocada ante el manillar, pero en cuanto sobrepasó los diez kilos la cambió a la parte trasera de la bici. Ahora la niña se subía sola en el asiento. Por fin, tras medio año de espera, había conseguido comprar por internet una nueva funda protectora para niños que van en bicicleta muy popular entre las madres, dicha funda era de un material especial, fresco en verano y caliente en invierno.

Hara, desde el asiento trasero, totalmente resguardada bajo ella, como si estuviese en su habitación, manipulaba con habilidad el dispositivo que le regalaron al cumplir un año. El halo caliente de su respiración empañaba la superficie de vinilo de la funda. Oshiko comprobó que la bicicleta de la madre de Kopi ya no estaba en el aparcamiento del colegio. Quitó el pesado caballete y subió a la bici. Nada más empezar a circular, liberó a sus piernas del esfuerzo de pedalear. Ahora, por supuesto, ya se había acostumbrado del todo al sistema de asistencia eléctrico de la bicicleta; era como si formase parte de su cuerpo, pero recordaba que la primera vez que probó a montarse en una de estas bicicletas se sorprendió del peso y de la dureza del pedal antes de echar a rodar. Una vez en marcha, el paisaje ante sus ojos se inclinaba velozmente. Sentía que el peso de la gravedad le empujaba los hombros hacia el suelo. Asustada, tensaba los músculos de brazos y piernas y probaba, de nuevo, a pedalear con cuidado. Entonces eran las piernas las que parecían absorbidas o hundidas en el pedal y la bicicleta avanzaba con ligereza; desde entonces, cada vez que había una cuesta activaba el asistente y la remontaba sin esfuerzo.