Ser e infinitud - Vidal Fernando Peñaranda Galvis - E-Book

Ser e infinitud E-Book

Vidal Fernando Peñaranda Galvis

0,0

Beschreibung

Hablar de narrativa y ficción en Ser e infinitud, lo determina el construir un ritmo ágil que sintetiza leyes e interpreta múltiples pensamientos. Su voz es indivisible, potencia transformadora que supera fronteras en unidad de criterios donde concurren diferentes significaciones en el complejo universo vivencial. Desentraña experiencias, en expresiones de valores y sentimientos afectivos con interlocuciones que recrean las vicisitudes del ser en sus expresiones y juicios. Ser e infinitud es el dueño de sí mismo que al formarse debe resolver inequidades, pensar en la razón experimentada y semejante. La importancia de las ideas y abstraer la verdad que distingue la voluntad plena. Es reflexionar, crear fundamentos en lo paradójico de épocas determinadas; afirmar las condiciones de cada existencia: un examen de causas e ideas atrapadas en aventuras que dilucidan a la sociedad. Cómo interpretar al adolescente que enfrenta la realidad en que se debate la suma de factores socio-culturales, político-dogmáticos que constituyen al mundo. Las facultades humanas y su percepción, el sentido de la verdad y el saber, la sensibilidad para entender la unidad familiar y las presiones externas. Una visión humanística para quien ahonda en lo cognitivo y para el profesional que inicia su derrotero. Incluye: - Contextos filosóficos y éticos. - Ficción y analogías con acciones de actos comunes que inspiran valores. - Aventura, historia, dilemas, encrucijadas e idiosincrasia global. - El ser y sus relaciones. Los obstáculos por superar y sobrevivir, entre la dispersa sociedad definida por razones trascendentes en significativo lugar.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 1057

Veröffentlichungsjahr: 2024

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



SER E INFINITUD

VIDAL FERNANDO PEÑARANDA GALVIS

Catalogación en la publicación - Biblioteca Nacional de Colombia

Peñaranda Galvis, Vidal Fernando, autor

Ser e infinitud / Vidal Fernando Peñaranda Galvis. -- Primera edición. -- Bogotá : Universidad Distrital Francisco José de Caldas : Ecoe Ediciones, 2023.

348 páginas. -- (Literatura colombiana. Ficción. Temas narrativos)

Incluye datos curriculares del autor

ISBN 978-958-503-845-5 -- 978-958-503-846-2 (e-book)

1. Cuentos colombianos - Siglo XXI

CDD: Co863.5 ed. 23 CO-BoBN– a1132937

Área:Literatura colombianaSubárea:Ficción: temas narrativos

© Vidal Fernando Peñaranda Galvis

Universidad Distrital Francisco José de Caldas Facultad del Medio Ambiente y Recursos Naturales

© Ecoe Ediciones S.A.S.  [email protected]  www.ecoeediciones.com  Carrera 19 # 63 C 32  Teléfono: (+57) 321 226 46 09  Bogotá, Colombia

Primera edición: Bogotá, enero del 2024

ISBN: 978-958-503-845-5e–ISBN: 978-958-503-846-2

Coordinadora de servicios editoriales: Rocío Cely Herrera Coordinadora editorial: Paula Bermúdez B. Corrección de estilo: Vidal Fernando Peñaranda Galvis Diagramación: Yolanda Madero Carátula: Magda Rocío Barrero Impresión: Carvajal Soluciones de Comunicación S.A.S. Carrera 69 #15-24

Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio sin la autorización escrita del titular de los derechos patrimoniales.

__________

Impreso y hecho en Colombia - Todos los derechos reservados

Mis ancestros, la esencia familiar, Lucy, Daniel, Liliana y mis hermanos. La singular razón experimental de recrear fundamentos e ideas en las raíces y huellas del ser. Como la música y el buen vino, polisemia anímica de verdades melódicas o notas sonoras, el gusto por la vida.

Vidal Fernando Peñaranda Galvis

Profesor del área humanística, asignaturas Producción y comprensión de textos, Sociedad y ambiente, Organización comunitaria, Ética, Cátedra Democracia y ciudadanía.

CONTENIDO

PRESENTACIÓN

CAPÍTULO 1. UMBRAL, ¿NADA?, INDIVISIBLE

CAPÍTULO 2. ENCLAVES DE ELEVACIÓN Y REALIDAD

CAPÍTULO 3. TRINCHERA DEL NIDO EN UNA VENTANA DE DIMENSIONES

CAPÍTULO 4. EL ÚLTIMO Y GLORIOSO CLAN DE LAS ROMERÍAS

CAPÍTULO 5. PREVISIÓN DE UN RUMBO, FESTEJOS Y NOCHEBUENA

CAPÍTULO 6. UNA CITA OFICIAL Y OTRA CLANDESTINA

CAPÍTULO 7 EXISTENCIA, GRACIA, DESCONCIERTO Y SABIDURÍA

CAPÍTULO 8. ENTRE INHÓSPITAS MONTAÑAS LAS FAMILIAS BULLEN

CAPÍTULO 9. HURACÁN DE CONCESIONES LIBRES PARA UNA MAGNA PROLE

CAPÍTULO 10. REVOLUCIONARIOS SISTEMAS DEJAN EL LÁPIZ

CAPÍTULO 11. LIBERTAD PARA DISCERNIR MOTIVOS

CAPÍTULO 12. LA ACERADA SENSIBILIDAD SE APAGA EN UN CONFÍN VACÍO

PRESENTACIÓN

Para el diligente lector y su tiempo. Las dimensiones valorativas del ser dentro de un núcleo generacional. La sencillez eficaz y el precio de los verdaderos e indivisos valores, comprender los juicios en el arduo ejercicio de construir ideas y consolidarlas.

El marco social adecuado en contextos conceptuales de equidad y respeto, no obstante, el agitado entorno familiar inmerso en acciones fascinantes o desdichas de intereses comunes. Asumir exige crecer y establecer convenciones, incorporar conocimientos, conductas para poder explicar el diverso actuar de las acciones humanas y las dimensiones que cada uno elige, cómo cambian o se integran en la inestabilidad actual.

Lejos de modelos normativos, se interpreta el significativo ejercicio de recrear escenarios en que giran variados sucesos atractivos. Lo franco y universal requieren enriquecer o influenciar al mundo de posibles vivencias personales y externas, los sentimientos y paisajes naturales dan inicio a la imaginación para deleitarse y solazar comportamientos futuros.

CAPÍTULO 1UMBRAL, ¿NADA?, INDIVISIBLE

Las campanadas en el reloj de la iglesia marcan las siete de la noche. El poblado adormece, inmerso en una agradable brisa suave acompañada de luciérnagas. Brillos y viento escurridizos, penetran por las ventanas del viejo hospital como escudriñando los lugares recónditos, provienen de los cerros orientales y pastizales de gramalote.

El apacible frío agita el único velo que cuelga de las cristaleras. Alegre y ágil se esparce agudo por entre la penumbra de un pequeño pasillo oscuro. El universo estelar se enseñorea, es otro ocaso que engulle la noche, pero allí una vida se disipa. Otra existencia, de unos treinta y tres años, angustiada y cabizbaja emite sus plegarias, reposa en una desvencijada banca de madera.

En la sala de operaciones, Juan Francisco agoniza y un escalofrío recorre todo su cuerpo. No quiere desvanecerse y su esfuerzo lo lleva al borde del vértigo.

–¡Todopoderoso no me abandones! –Los dos desesperados, claman desde sus propios tormentos. La sensible mística decanta sus espíritus y el resignado dolor los purifica–.

El rendido e indefenso Juan está cubierto por una desleída sábana. Siente que la muerte lo acosa, asume un sopor similar a cuando lo hostiga el mareo y lucha por no dormirse. Su mirada lánguida es como la de un niño regañado. Desamparado mueve su cabeza y sus ojos parpadean, se tornan llorosos, como buscando a alguien entre la asepsia del recinto.

Ya no percibe dolor, pero exánime y sin fundamentos se deja llevar. Las escenas de su vida se atropellan, los instantes se esfuman en difusas evocaciones de su esposa Inés, de los pequeños hijos Zamara y Pablo José. Su mente entra en insondable letargo. Sabe que está lejos de su casa, sufre. Aspira en un suspiro sus remembranzas desdibujadas y decanta en su boca parte de las diluidas lágrimas que se van evaporando. Una dual y serena palidez recubre su rostro.

Ramael, desencajado como su escaño, se parece a su hermano Juan. A pesar de sentirse exhausto, se incorpora. Desliza constante su mano derecha por su frente amplia y se pasea nervioso por el pasillo. Es fornido y de regular estatura, porta un sombrero alón de paño gris en la mano, una camisa blanca manga corta que deja ver sus brazos bronceados y velludos. Su pantalón color caqui alcanza a tapar las gastadas botas de cuero media caña color café, muestran los rigores de varias jornadas. Se nota jadeante y ansioso al observar que las puertas del quirófano se abren. Está petrificado y no puede caminar al encuentro, mientras dos enfermeras y el médico se acercan, sin ocultar su cara de compungidos.

Al siguiente día, en Ríos, las campanas tañen y el sacerdote bambolea el incensario a diestra y siniestra. Ostenta sus arreos dogmáticos y, con el artificio en prolongación del brazo, se abre camino al clamor de sus oraciones en latín. Sus veinte años de ministerio le dan la seguridad imperial de su huracanado paso.

A manera de un autómata marcha prepotente e intrépido, seguro y sin miramientos de grupo continúa su derrotero en línea recta, ondea el braserillo como caiga el azar, por si acaso atina a dar un golpe. Sin importarle la gente, avanza solemne y seguido de dos burlones y graciosos monaguillos que lo imitan como inquietas zarigüeyas.

Los vivarachos, sofocados por sus ropones religiosos y sus cachetes colorados, sonríen entre sí la loca picardía. Cuando perciben las penetrantes miradas, se tornan ceremoniosos, parecen dos gallitos de roca y de vez en cuando rompen el protocolo. Le remedan los ademanes cadenciosos por saltarines pasos de baile interpolado y, como saltimbanquis, rematan alegres su andar al cerrar su sendero.

Todos los beatos se desparpajan y abren camino ante la insolencia del reverendo, temerosos ante la amenaza o contundencia del mazazo. El lustroso artefacto sobresale por las relumbrantes cadenillas de plata y de acero, también lanza chispas al viento y nutridos destellos de fumarada. Sudan al fragor del reverberante sol que se refleja en los lustrosos utensilios, atizados por ardientes brasas de carbón mineral que emite efluvios de fragante bálsamo, como le gustan al párroco para reforzar su ceremonial de distinción y membresía.

Mientras esto sucede en la población de Ríos, la extenuada esposa Inés de Montemayor trata de comunicarse por teléfono con sus dos hijos Zamara y Pablo José, para notificarles la muerte de su padre. Los adolescentes estudian en la ciudad de Pamplona. No es posible la información, por las constantes interferencias que generan el viento y el ramaje de los árboles sobre las añosas redes. También por el desgaste de la colmena de ocelos y enjambre de clavijas que maneja la operadora. Semejan sanguijuelas bien unidas al artefacto del cableado, lo cual hace difícil la conexión para poder contactar la voz hasta el separado paraje receptor de la línea. Aló…aló. ¡Qué vaina! El inventor debe estar que se retuerce en la tumba.

Meucci. Disculpe señora Inés –replica la operaria–, pero es que siempre me enardezco al no poder comunicarme. No tenga prevención. Comprendo las dificultades. Una de mis hermanas se quedará pendiente, por si logra contactarlos. No, no se vaya mi señora. Sé que hay línea. Esto solo amerita un poco de paciencia, sé mucho de aguante y añoradas riquezas por tener. Excúseme, hablo sola y me entiendo a sí misma.

Muy cerca, los confusos curiosos y allegados al muerto, observan en el exorcismo y ritual religioso la potencia de una celestial y peligrosa arma contundente. Al sacerdote se le nota una mirada y sonrisa placenteras, prefiere el incensario al hisopo que porta el menor de los monaguillos; es su respetable pensar de arcaica contrición y de recelosa data. Sus otros menesteres los acarrea el acólito mayor, sobrepuestos en un almohadón de satín cárdeno de cordón amarillo y borlas. Los ademanes semejan suricatos y, como bufones ministeriales, muestran sus lechuguinos guiños para los asistentes. En su mordaz travesura de imitación a mayores, tratan de seguirle el paso al superior en su arrogante andar que manifiesta llevar prisa.

Por fin, después de tres horas, Inés contacta a uno de los clérigos del seminario. Apenas alcanza a dar el mensaje y se cae la llamada.

–Por favor, comuníquenles que su papá Juan Francisco ha muerto. –Otra vez el chirriante ruido ensordecedor que determina el fin de la notificación. No puede contener su llanto y sus lágrimas. El mensaje está dado–.

La extensa ceremonia persiste y el solazado clérigo aporta su ritual de bendiciones al exánime patriarca. Además, parece disfrutar su místico y categórico artilugio que dispara rescoldos, apéndice cañón de chispazos que vomita aromas angelicales de represado fuego tártaro, pero también teme que se suelte y desnuque a alguien. Por eso, de su mano izquierda incrusta el dedo índice mofletudo en la argolla. En los amoratados forcejeos armonizan su estola y el cojín. A duras penas, la primera falange cabe engarzada en el aro del collar, contrafuerte de la cadenilla que conduce a la celda de las efervescentes emisiones.

La información de su padre muerto ha llegado de inmediato a Pablo José. Él ya se ha labrado un lugar académico y de respeto entre sus compañeros y la institución, así mismo, pide cortés a los sacerdotes del seminario enviar un emisario a Zamara en el colegio de señoritas.

Pablo piensa en detalles de su niñez. No olvida la mordacidad ajena que ha influenciado sus sentidos: ‘¡Se va de seminarista el potencial pichón!’. No es cierto, tiene la energía analítica de su juventud y un noble poder que le dan sus conocimientos. Es sensible al control y fundamentos filosóficos, su razón no excluye la recurrente alucinación de una luz celestial inmensa que lo protege. Soporta y distingue la fuerza invisible que lo blinda de todos los males, son manifestaciones oníricas que le traen mensajes reales del más allá. En sus sueños repetidos, aparece un pequeño animal silvestre que va creciendo fuerte, les sigue a todas partes. Ahora, el cervatillo mutante se les adelanta a sus pensamientos, es inseparable en último término. Fortalecido e instruido por su yo, desaparece de una quimérica fantasía a otra. Evoca a su padre en lo básico de la lógica.

–Papá, me siento sin sentido en este mundo.

–Nunca repitas esas palabras tan necias. Todos al nacer tenemos una estrella. Durante tu existencia, la formación y los buenos hechos engendrados, te colmarán de pléyades.

Frente a las sensoriales visiones juveniles externas, su tierno espíritu de sensaciones reales lloriquea en lo más profundo de su alma. Sus fuerzas y su punto cero están en ascuas, sufre impotente, recuerda cuando determinaron matricularlo tan lejos en el seminario. Experimenta un sinnúmero de vacíos en su mente y entrañas, malestares raros que nunca había sentido. Ahora regresan más punzantes e invaden su cuerpo, como devoradoras colonias de alimañas carcomiendo su ser. Trata de sobreponerse, pero también recuerda cuando le preguntó a su papá, por una tarea que le prescribieron en la escuela.

–Papá, la maestra nos dejó como labor definir ¿cuál es la diferencia entre Nación y Estado?

–Muy fácil. La Nación somos todos más sus regiones, en lo supuesto nos protege, porque le aportamos impuestos para su solidez. El Estado es la organización política y legislativa que mantiene los preceptos en cabeza de un elegido ordenador; pero el poder, el ego y la avaricia lo enceguecen y se torna arrasador, dueño hasta de las profundidades terrenas, devora como huracán y no redistribuye la inversión. Después, sagaz como órgano dominante, impregna todo de intereses.

Pero bien, esta es una definición nuestra. Sonrió y agregó.

–La versión oficial, para determinar e incluir, en el concreto quehacer exigente de la escuela, es que la Nación es todo el territorio físico delimitado por fronteras; lo componen sociedad y vida económica, sus ecosistemas, flora y fauna. El Estado es la institucionalidad indivisible, determinada por sus leyes para proteger y desarrollar a la Nación.

Juan, ante todo, muestra su carácter y claridad. Su suave voz precisa el talante abierto de las personas, por encima de las mil facetas ansiosas que confunde a las comunidades.

–Serás mi protector y huracanado guardián de fuego celeste. –José no desaprovecha el momento y agrega–. Si pierdo el año, ¿puedo tener otra oportunidad?

Su papá lo mira a los ojos, se le nota su desconcierto y responde.

– Es tu libre decisión y responsabilidad. Debes hablar directo y sin rodeos. Ten fe en ti y prepárate, ama, disfruta, sé fuerte y humilde. Claro, si deseas ser una persona de bien y exitoso en la vida. –Al unísono ríen la suspicacia y ocasión–.

José piensa que cada día su existencia se hará más difícil. Se vive y disfruta un universo convulso donde parte de la humanidad no respeta ni tiene límites. Las garantías parecen funcionar para los poderes privados, a sus anchas dentro de los Estados confusos.

–Papá, ¿cómo podemos jugar de tú a tú?

–Por ahora muéstrame tus básicas razones, mientras maduras. Observa, aprende. Al final aportarás sin discriminar y llegarás a la cima digno de actos honorables. En lo independiente e intelectual, en la resistencia económica, sin codicia, para que puedas obtener un porvenir brillante.

Revivió unas vacaciones, cuando llegó a visitarlos un veterano conocido amigo de la familia e hizo cábalas, de cómo sería él cuando fuera grande y arcaico. Carlos Parrado, hacendado, quien tenía reservada una pequeña habitación en la casa contigua, para sus movimientos y operaciones administrativas. A pesar de poseer tres haciendas y caudales, él lo concebía como un hombre pobre y solitario de afecto. Entre sus ricas prendas porta una leontina de oro y saborea el silencio en constatar las horas; quizá perdido en verter ilusiones y penas que lo acercan a una profunda somnolencia, entre enmarañadas tinieblas de sueños intranquilos y en una infinita dualidad de alternativas. Entonces le preguntó a su progenitor.

–Papá, a partir de ahora, ¿le puedo llevar café por las mañanas a don Carlos?

–Es tu afectiva elección de compartir. ¿Cuál es el valor al que aspiras?

–¿En esta circunstancia común, en la vida o en el más allá? –Sonríe suspicaz, mientras su papá lo observa serio y le responde–.

–En su realidad de ser humanista, los hechos determinan y abren caminos.

–Mi precio va más allá. Me siento inmerso en una burbuja de átomos, propenso a estallar.

–Egos e idealismos, sin soporte, se acercan al sol. Pensar y estados dependen de contextos, aptitudes y atmósferas que inciden.

Mientras, se acerca Inés que los saluda e invita a almorzar. Juan Francisco y Carlos sonríen, por las iniciativas conjuntas y la proposición benefactora de su hijo Pepe; es su nombre familiar, así lo llaman a veces. Agradados, asienten las propuestas e inferencias, de paso lo instruyen a solas en algunos pormenores de la existencia.

–Sí hijo, Carlos siempre manifestó ser un espíritu libre. Es difícil llegar a una edad avanzada, tener patrimonio y encontrarse en esas circunstancias desguarnecido por la vida.

El prestigio lo determinan sus dehesas y su don de gente, podría estar también inmerso en unas noches de intemperancia y soliloquios. Amanecer desposeído dando vueltas en su lecho para digerir y apaciguar sus culpas y sensaciones de soledad.

–Mi querido pariente cercano, Pepe representa mis más codiciados recuerdos de infancia. Hoy déjenmelo como acompañante en las correrías. Consagraré este día como una generosa luz en mis memorias.

Pablo José siente agrado en sus evocaciones. Fue el principio de una gran amistad correspondida, sentir otra realidad que duraría unos pocos años, complementada entre mayores y un chiquillo que aprende. Se siente grande y orgulloso de su acto, obtiene sabiduría, don de gentes, dádivas en dinero y consejos ilustrados de subsistencia natural e intelectiva. Es un selectivo consolidar de acciones nobles y voluntades abiertas, en consonancia exhortativa de vivencias lugareñas y conocimiento. También, para entender el significado de los sentimientos en un lazo de unión, la simpatía, la vida externa y la muerte. El temple fortalecedor como objeto, que en símil necesitan las esencias de ilusionadas almas, la serenidad bravía para afrontar los duros aconteceres que le esperan en los altibajos de la existencia.

Carlos Parrado perteneció al inquieto mundo de los trashumantes. Fue cabeza de una familia estable, pero sus heredades las asumió como un pretexto, su aptitud y tiempos fueron las variantes para disiparse entre Cúcuta y Ríos. Tal vez su corazón y mente impacientes le aconsejaban que a su felicidad le imprimían picante y fuerza sus vaivenes, en ese constante huir sin poder escapar de la realidad; como a todos los mortales, la providencia le canceló sus horas. Pablo José sufre, sabe qué es sentir la muerte tan cerca, continúa pensando en espera de Zamara, para partir de Pamplona y enterrar a su querido padre.

Por esa vía de la mente, de ventilación sosegada en su monólogo espiritual, continúa la bifurcación del otro escenario en Ríos. Como extasiado y en trance Divino, el canónigo persiste refundido en su papel de vieja data y táctica, quizá pensando en civilizar a un puñado de bárbaros. Los réquiems, la aglomeración, el sopor lo enardecen entre los simbólicos hábitos.

En la mano derecha aún mantiene aferrada la armazón, está sostenida por otro enlace suelto, atrapado en el siniestro puño sudoroso que amenaza deslizarla y proyectarla como meteoro; por eso la resiste, su soterrado malabarismo y singular pertenencia mística, obedece a que ya ha chamuscado faldas y camisas. La revelación gentil son sus mismos monaguillos, no los feligreses, quienes aún no experimentan escarmiento al acercarse. Aparecen más moniciones de entrada en la solemnidad litúrgica. El sacerdote es precavido y evita las soflamas.

–Queridos hermanos, Dios se encargará de cumplir las promesas y misiones en favor de ustedes. Hoy sus espíritus sentirán la gentil revelación de sus designios sagrados en la aceptación del Evangelio. –Al fondo de la fumarola, retumban los coros y cánticos de alabanza y aleluyas, las simbólicas palabras rinden homenaje al Señor y a Juan–.

No obstante, para sus suspicaces parroquianos, no pasa inadvertido que, por fuera del ceremonial sagrado, en su cuenta retrospectiva y elemental, el religioso representa el exprofeso orgullo del hombre celestial que posee la gloria, la altura y la conducta ética de explorar el alma sin cesar. El episodio y las aptitudes en deferencia, son la prueba inequívoca del acto canónico, pero en él no están exentos de cierta mordacidad; malician la sevicia que imparte en la sin igual fuerza proveniente del espectro religioso.

El singular elemento, sostenido por la efusividad del portador, en cada acto se transforma en meteoro, a veces choca contra la cabeza de feligreses arrepentidos. La última le correspondió a un humilde trabajador beodo. Él, exhala el denso humo de su tabaquera, todavía recuerda del superior sus reacciones inesperadas de conjura, no expresivas de cariño y gratitud, solo acarician la venganza que alimenta su humillación. Pugnaz, simple, el precio y castigo de las semejanzas confusas por haberse atrevido a interrumpirlo achispado, en una ceremonia de la Semana mayor.

–¡Ese cura parece formado en los inframundos, es un hijo ultra de los avernos! –Inhala de su pitillera y las sonoras palabras del religioso le martillan su cerebro–.

–¡Te maldigo, impío! –Su inesperada furia arremete, picotea como pájaro carpintero, no mide consecuencias–.

Para los episodios luctuosos del momento, se puntualizan los sentimientos experimentados al advertir los ramilletes de coronas de flores y gente. Los olores ceremoniales y efluvios de la algarada impregnan el ambiente. En contraste, el revelado y poseído armatoste reluciente, recobra protagonismo en cada ceremonia, sus abolladuras y descalabros son sus reliquias de guerra.

–Los ministerios y reinos deben ser de fidelidad y devoción. Esta liturgia es invitación abierta a espiar sus vidas. –Las palabras concretas de consagración y demás admoniciones, las deposita en reconocer a cada laico y, si es el caso, avergonzarlos–.

No son infundadas las sospechas y se tornan riesgosos los cachiporrazos. Lo incisivo y patológico del caso, se convirtió en atracción y expectativa primordial, al ir y venir como un sunami en acción. Sugestión y afinidad, generan las ceremonias y el pernicioso movimiento de su balanceo, las fuertes sacudidas dejan esparcida su estela y los heridos. En sus elipses, no solo emite los descritos chispazos y chirridos que asaltan al desprevenido y ahuyentan al sabedor que ha creado la estrategia para evitar su encuentro peligroso.

También, en lo litúrgico se halla lo mágico, la vaporosa gomorresina escurridiza, con su penetrante fumarola. La fragancia maquilla los intensos olores del tumulto, exorciza la iniquidad, sofoca sin rubor, se esparce por entre la gente para afianzar su energía o el estado psicológico y emocional. Quizá ahuyenta a los malos espíritus, o los ahoga con su esencia, en afección piadosa del tumulto. Sin embargo, entre los vientos encontrados, se perciben las emanaciones de los multicolores nimbos de flores. Concepción ideal de exhalaciones, densas irradiaciones de la alegórica mirra, transferidas en una espesa y agradable estela de humo, transporta las mezclas del dulzón olor a incienso y el perfumado aroma de los capullos en flor. Testimonio de los honrosos linajes, sentir el ritual de la humilde muchedumbre, aferrada a la mística que, a su vez, desea aspirarlo todo junto con la esencia Divina, para quedar en espiritual gracia de Dios.

A la posterior jornada, de la primera ceremonia protocolar para difuntos, la afluencia se ha triplicado, comienzan a llegar más familiares y amigos. Mientras tanto, la estirpe desfila sus ceremoniales trajes, saben del importante momento luctuoso, en guarda del recato y clase que merece el ser querido. Por eso, la cofradía de religiosas aporta los mejores elementos en su honra, candelabros lustrosos y la meticulosa estética, en la postura de los cuatro cirios. En cada ángulo del féretro le organizaron un oasis de flores y dos calles para el desfile. Pronto se congestionó, por la continua aparición de allegadas alcurnias, saludos de amigos y ofrecimientos diversos que se agolpan, en señal de cariño y sentida condolencia.

Por otro lado, el sonido del bronce ahoga los murmullos. El compungido y entrañable sacristán toca a somaten las nítidas y artísticas campanas repujadas de excelente timbre. La previsiva comunidad de antaño, no escatimó en ahorrar para encargar las sonajas italianas; distinguidas por sus hermosos grabados en relieve, con atractivas figuras espirituales que terminaron en una fundición. Ese día, los tristes dobles de rigor suenan diferentes y a rebato; el emocionado misario amigo les infunde diversas resonancias que provienen de su arrítmico corazón agobiado en sollozos. El lugar sagrado es confluencia de abrazos, benevolentes palabras, algunas lágrimas y oraciones para los allegados de la rama de la señora Anatolia Inés y sus hijos Juana Zamara y Pablo José.

–¡Qué falta nos va hacer don Juan Francisco! –Es la frase sincera más repetida y cómoda–.

Discurre mucha gente de ascendencia, variada edad e introspectivos semblantes. Sin falta están los curiosos que siempre desean saberlo todo, para no contrariarse y, por si acaso, tener en vida el apoyo espiritual del muerto y las bondades del más allá. Se reúnen según empatía y buscan el mejor puesto. Otros, en señal de respeto hacen vía de honor, entre ellos el alcalde Elio Gonzálvez, para custodiar y ver el aún joven y yerto despojo de don Juan Francisco Montealto, un frondoso tronco que en pleno esplendor se derrumbó. Honra para el gentil vencido, poseedor de latifundios, eslabón de fundadores provenientes de Salazar. Desde los trece años hacia parte icónica de algunos oficios litúrgicos, agregado superior de cámara y de los pormenores administrativos de la misma Iglesia.

Elio y su esposa Ana son parientes de Juan Francisco, comparten luctuoso palco de honor. Recuerdan tristes las galas de la tarde anterior de domingo, a esa misma hora estuvieron disfrutando la ceremonia oficial del empotramiento de la placa conmemorativa; una losa labrada de mármol de Carrara, en homenaje a la perfeccionada efigie del fundador, el reverendo Jácome. Los acuciosos escudriñadores dicen que era hijo del libertador. Elio hace memoria de su última conversación.

–Querido pariente Elio, ¿cómo será cuando tú tengas tu escultura y tu mirada arrogante quede congelada en lontananza, para que las nuevas generaciones te rindan singular homenaje?

–Ja, ja… Por lo menos ya inicié mi nombre en la placa. –La picaresca sonrisa y ojeada la trasladó a la inaugurada obra–.

La emblemática imagen del fundador es escultural, se entronizó en el centro del parque, ensamblada en imponente pedestal. Altivo e impertérrito en su mirada, observa los sucesos resguardados en su inmaterialidad. Porta orgulloso su sotana y un sombrero alón, en emulación de su época presbiteriana.

–Te imaginas Elio, tú cabalgante en una colosal escultura, como héroe blandiendo una espada, soberbio como un egregio paladín.

–Ja…Te cedo el honor ilustre, pues eres más cercano a los colonos.

–¿Ves esa cómoda paloma, posada en el sombrero? Amodorrada en su ancho y artificioso nido. Es la sublime condecoración escatológica de ciernes para los más insignes. –Juan sonríe y Elio le corresponde por el jocoso apunte–.

Años después suplantarían el epígrafe, para de un plumazo enlodar lo fidedigno, en una de las frecuentes alcaldadas de las regiones, común a lo largo y ancho de la Nación. Las iniquidades hacen figurar sus propias parentelas, lección de la memoria histórica para las cándidas o ilusas sociedades que no quieren aprender. Ajenos a lo artístico, prolifera el mal gusto, primarias comunidades aún en ciernes de erradicar la apología. Los aplausos se acercan e inundan la plazoleta, para dar paso a las memorables palabras del apreciado alcalde.

–Copartidarios coterráneos, sin duda han oído cómo desde los dones terrenales y las bondades del más allá, se ha designado en mi investidura el encargarme de esta misión. Insigne deseo y revelación de rendir deferencia a un íntegro hombre de vislumbrada época, para honor de todos los gentiles, imperecedera y noble memoria hasta cuando falten el sol y la luna. Su floreciente promesa hasta hoy, no fue otra que erigir y dar ejemplo virtuoso en la población de Ríos.

Tus hijos alzamos la vista a la inmensidad de los sueños y a la irradiante luz que nos impregnará el mañana. Dejará ver tras el velo de los tiempos el brillo de auroras y ángelus, que en radiante tropel de saberes el municipio seguirá ensanchando de verdad los corazones y tesoros. Que el buen juicio y la justicia rijan nuestro pueblo.

Pasada la inauguración y las exaltadas convicciones de los protocolarios discursos, combinados de algunas magistrales y divertidas leyendas, al final del acto apareció la sobriedad familiar en la conversación de los dos amigos.

–Mi estimado Juan Francisco, el miércoles nos encontramos para ir a la hacienda.

–Estando investidos de tanta autoridad, señor alcalde, ¿cómo puedo poner en palabras la luz o parvedad, en el cometido de no acompañarlo pasado mañana?

–Hacia el ocaso de nuestra dura jornada, celebraremos acompañados de una buena cena y un casero vino de piña.

Las últimas soflamas de Juan cotejan las anécdotas del día, emitidas en el atrio del templo al salir del tedeum, sin presentir su pronta ausencia representada en el insoslayable triunfo e imperiosas ruinas lindantes del destino. Fue la breve y póstuma concertación de una visita a la finca del amistoso y familiar alcalde hornero, quien le compite la rica hogaza aliñada y quesadillas a las mejores panaderías de familia.

La cita no se cumpliría, estaba convenida para el día siguiente de su merodeadora muerte. En su frustrado encuentro departirían los fundamentados proyectos de Ríos; cosecharían algunas frutas, vacunarían las reses, y expondrían sus orientaciones en el posible acrecentamiento de ganado de ordeño y cultivos para las productivas tierras de San Jerónimo, cercanas a Lourdes.

Los actos fúnebres continúan su distinción. Acaparan el esmero de reconocer la pertenencia digna, comprender que la solidaridad e ingenio no son refugio monasterial y deben compartir la gloria de hacerse partícipes. Las expresiones de celebración elevada y sonriente dan inicio. Es un improvisado ateneo, que imita la idoneidad de la pequeña población que surge.

–Se ha marchado una columna, se escapó su esplendor. Donde esté continuará su protectora misión. –Expresa una espontánea admiradora de las legiones religiosas–.

Muy acuciosas, en emisión de sus oraciones y coral se encuentran alineadas las hijas de María. Serias y contemplativas muestran su rictus, blanden a la brisa sus característicos rebozos brocados de fino velo. Se distinguen por las medallas que cuelgan de sus cintas de seda azul y roja, tienen bordados sus nombres y también llevan sus escarapelas e íconos. Discurren por entre las coronas o se amontonan al saludar.

Parte de los señores lucen sus distinguidos vestidos completos de dril y lino color beige. Los provenientes de tierra fría, están enfundados en sus paños oscuros, otros portan abrigos de cachemir e impecables camisas blancas almidonadas, sudan a chorros por el intolerable calor.

Están presentes las familias Ramírez, Mantilla, Peñaranda, Torres, entre otras influyentes generaciones. Para honor de la región, varios son fundadores y algunos se preparan para el sacerdocio. Hay amigos de marras como los Tolosa, Rojas, Rolón, amarradores, comerciantes de ganado, tablajeros, tenderos y distribuidores de cerveza; los Moncada, Carrero, Ortiz, Pérez, Villamil y Baca, mayoristas, poseedores de latifundio y vacada; los Osorio, Ordóñez, Sandoval y los Sánchez como amanuenses, aportantes de dentistería y almacenes de telas. Interminable lista de apellidos que de poco en tanto irían aflorando en Ríos, caracterizados por sus hechos y transformadores matices.

Los lozanos hijos ya hicieron su arribo, se ven sonrosados por la canícula y la confinada atmósfera. Pablo José, es muy posible que encarne el nuevo sostén en el aparente orden que oscila. La urgente interrupción de sus estudios lo ha conmovido y perfila su agudeza en no omitir detalle. Observa, es perceptivo en comprender las debilidades de los asistentes. En silencio y breves pausas acentúa la selecta filigrana de sus sentidos, para enterarse de cómo y quienes los aprecian. Recién tiene los 15 años cumplidos y en contraprestación recuerda a sus amigos del seminario por los impetuosos hechos.

Años después, sus aliados compañeros de estudio serían los artífices de la política y dirigirían altos cargos de importancia en el país y en el departamento. Compartiría anécdotas y estrategias con los Quintero, Gómez, Failache, Ramírez, Escalante, Contreras. Su sin par e incondicional amigo Cote Lamus, el promisorio poeta gobernador que le obsequió un ingenioso poema de su filón paradisiaco y oficial. Se distinguen los Carrillo, Serrano, Corzo, Reyes y varios primos, más diez amigos que celebraron en libertad su adiós a la tímida pubertad. Se sonroja al recordar la odiosa y después añorada adolescencia, el tedioso e inquieto período de la irreverencia juvenil. Evoca sus épocas, le parece que demoró más. Contradicciones y ambigüedades de las inexorables primaveras añejas de suspiros y remembranzas, que después al reunirse las extrañarían.

–Mira pepe. –Le dice Cote–. Me vas a organizar un recital cuando te visite en Ríos.

–No escatimes la confianza, en las fiestas de julio o diciembre, cuando quieras puedes llegar a mi casa. Estaré orgulloso de atenderte.

Entre quienes los oyen, en las improvisadas tertulias, están los hermanos religiosos, sienten sus propias añoranzas, la candidez y energía de su lejana pubertad. Sobresalen al mostrarse austeros en su dureza y deber de dejar una huella de formación académica. Los jóvenes sonríen, piensan en ellos y en sus ideas abstractas del círculo palaciego.

Los viejos, dispersos entre sus oportunidades perdidas de la realidad propicia u hostil, en su trascendencia arrullan sus buenas noches de esperanza. La angustia, escollos, sombras y cimientos al borde de la meditación y la nostalgia en su previsión y parsimonia de querer retroceder y ser lozanos. La entrañable paradoja, por ser la época y la mocedad más timoratas, algunos la retrasan en el desdén de no desviar ni hacer estragos.

La fortuna y dichas vagas pasan sin guiño de los no elegidos o arriban en el vacío de las lisonjas, es la tarde, el ocaso para ser tentados por las féminas posesivas de ojos zalameros, migrantes de diversas regiones venezolanas y colombianas. Así, sin más preámbulos que el desbordante apremio ansioso, Pablo José lidera y sus amigos anclan la bienvenida a los nuevos y beligerantes caballeros de armas tomar.

–Me encargaré de una misión en favor de ustedes, la revelación de mi espíritu es que ha llegado la hora de rendirnos homenaje. Hoy es el día de los enamorados, una simbiosis de asuetos para la mente, la voluntad y el alma.

Todos los jóvenes de su cofradía se levantan sonrientes y partícipes. Instinto, impulso, exitación y fuerza los rige.

–¡Infrinjamos las reglas! –Intuitivos se dedican a pactar el sitio–.

Gritan de alegría, al unísono ofrecen sus anhelados dones que emanan de su corazón y aceptan compartir sus sueños represados. Significativos de regocijo, se ponen en camino, descubren su vida y ya no averiguan, porque tienen exactitud en la interna esencia que los guía.

–El cierre de año será nuestra fecha, y enviaré comisionados para contactar las señoritas del colegio.

Escudriña en su memoria lejana. Los acontecimientos e inoportunos avatares de la vida, amenazan con truncar en Pablo sus triunfos y estudios de bachillerato en el seminario. Los sentimientos merodean, son riesgosos y no pueden ser superiores a su defensa del complejo supervivir más libertario. Como edicto realizan su secreta lista, los nuevos hechos tejerán efemérides inesperadas. Las frescas ilusiones explorarán elementales pasajes y los hábitos extraídos de la racionalidad darán los argumentos. La intelectualidad, aún es ajena a ser trasladada y continuar otros caminos, gozar de otros conocimientos y adquirir la experiencia natural fundamentada en la tierra, ampliar su saber de cultivos y ganadería. Su mente cruza el reciente pasado y el presente. Motivación y humor se exaltan.

–¡Hoy es el día! ¡Ha llegado como diáspora híbrida, el sol al frío, la noche al descanso y el agua a la sed! –El grupo de amigos está sintonizado y no disimulan su ansiedad y contento–.

En Pablo José, guardados los sentimientos y la tristeza del funeral, cavila mientras corresponde a los saludos de condolencia; los fragmentos historiales se trasponen. En sus compañeros de estudio el eje de sus voluntades oscila, constituyen legítimos y arrojados moceríos en conquista, esclarecidos por la índole de ser protagonistas. En el estudio hay un factor de librepensadores que en su núcleo no pueden ignorar, inherente a la obtención de sus propias concesiones, porque le atañe a su victorioso poder interno de enamorados en asedio de pelar la corte y pava en obtener trofeos.

Muy pronto, por los pasillos del claustro, entre la euforia de la ceremonia, se filtra la información y surgen las tramoyas. Se rumora que habrá una fiesta en grande de despedida.

–¡Son ellos! Sabemos que traman algo grandioso. Se rumora que es Pepe –Pablo José– el cabecilla. ¡Hola Pepe, ¿dónde es el cortejo?

Los compañeros de otros grupos los interpelan y señalan. José no se inmuta, les corresponde sonriente para no ser descortés. En el ambiente se registra la emergencia pasajera calculada y retórica del sentimiento magnánimo; la personalidad y la grandeza evolutiva que pretende descargar la energía de sus polos.

Inminente es el derroche para todos, como también lo fueron sus ardorosas ideas en remesón de neuronas y testosterona frescas. Se creían cada uno invencibles, bullían su ardor y bríos como potenciales átomos explosivos, acechando la oportunidad de las delicias. Valió la pena y, en diamante la espera del día, la hora y el lugar apropiados. Llegó lujuriante su aventura de requiebros y amoríos, infiltrada en el seminario los llevó hasta los arrabales y calles de la ciudad mitrada. El mundo mediato ha cambiado y los complace, bailan alicorados y se les unen las delicadas jovencitas que provienen de diferentes puntos convergentes de la región y del pujante país vecino, aletargado en su poder petrolero y sus eternas dictaduras.

–Allá van lujuriosos los muy zorros. –Los apertrechados de envidia pasan saliva–.

José jamás olvidaría a sus contertulios, su fuerza es un torrente de armonía. Emblemática certeza de imágenes y bien amadas peripecias, los reviviría en sus historias sacadas de la nada y de su dotada invención, como inagotables cascadas de fuentes frescas que trajina cuentos. Se inicia con sus amigos en bruñir su título de incomparable narrador de anécdotas. Enérgica cantera inquieta que absorbe la fluidez de los hechos fortuitos y cultos de su época.

Pule y repuja cada hecho. Todos sus personajes surgen renovados, mágicos, tienen vida propia o les imprime su aliento, son valiosos y hasta insolentes. Sinceros a semejanza y, como nunca quizá persona o grupo alguno lo ha hecho, determina el equilibrio, los cambios y maniobras para justificar su visión afectuosa y válida de sus estudios. La educación se antepone a las juergas por los bailaderos y escondrijos de la querida villa fría e inquisidora; calificativo por antonomasia de la gente siempre culta y del añorado emporio colonial prelado de Pamplona.

Noviembre es el cierre de estudio. Chicas y jóvenes se muestran felices, lucen sus mejores trajes, en las viejas calles y almacenes se nota el bullicio. El año anterior había surgido un cambio de rutina en la parroquial localidad, de improviso apareció el desfogue del alma y del viento. Semeja un pequeño carnaval, preámbulo de diciembre, en el que la celosa brisa fría cala en las entrañas y amenaza congelar hasta las esencias del alma, el céfiro y los cupidos silban su furor en liberación de sus mismos espíritus impasibles.

Bien, ya está conquistado el círculo e inicia el desfogue de los acorazados gustos para su clausura. Como accesorios manejan las fanfarrias y la satisfacción del coraje, así celebran la febril faena y dan vuelta al ruedo, del mismo foso y de las empinadas calles, amenizados por la tuna de cantantes en atractivo cortejo de provincianas y venezolanas. Apoteósicos y desinhibidos blanden como semidiosas y héroes las colorinas prendas íntimas de su reciente conquista. Como vasallos, miden su bizarría y no hacen caso a las reglas sociales del seminario y de la ciudad.

De vez en cuando, aparecen las palabras entrañables, resguardadas para los momentos recurrentes de su oculta correspondencia y pacifismo. La aventurera cofradía arenga, gritan de júbilo y el coro es un escudo de su revolución sexual, que no pasa de ser impulso timorato en romper prejuicios culturales, para los revolucionarios años venideros. Los más avezados manifiestan:

–¡Que ninguna humillación de tirano conspire contra nuestra felicidad!

–Pasión, ‘génovas’ y salchichón, licor, arepa y orgullo hoy dirigirán nuestra noción. El frío y las bellas montañas se sonrojarán, al ver a nuestras lindas chicas y hazañas, los mentideros gritarán.

–El trofeo también nos sonríe de ganas, felicidad, baile, sancocho y tamal, para las damas que hoy virtuosas rompan la moral. –La riposta del gesto lo acreditan las discípulas al blandir sus prendas–.

Se fusionan como inolvidables elegidos entre la concentrada corriente glacial que proviene de los cerros y desafían a todo el universo que arremete por sus costados y las alamedas. Flanquean las arboledas. No hay secretos, la atmósfera gélida transmutó en sus cuerpos ardientes. Huracanados e irreverentes se infiltran por las estribaciones de las erguidas avenidas arcaicas, reconstruidas en 1875, sembradas de historias antiguas y de la pequeña piedra redondeada que han extraído del río Pamplonita después del terremoto. Poseen el espectro fantasmal de la neblina y sus leyendas, refugiados en la diversión y la oportunidad, resisten a su empuje enérgico para llevar el regocijo musical de coros y los clamores alegres por toda la comarca.

–¡Viva nuestra emancipación! –Los instrumentos musicales prorrumpen sus efusivos acordes y rimas de algarabía–.

En su cortejo de ventarrón y aurora en brazos, concertaron bajar las pesadas cargas de dos burros distribuidores de bebidas embriagantes y colas; mimosos portadores del preciado líquido y de la explosiva emisión de gases, acompañados de graciosos respingos sin bochorno en las forzadas subidas; folklor que parecía celebrar la pequeña industria pamplonesa. El natural transporte comprende toda la mercadería diaria de la deliciosa gaseosa Cola local y la cerveza. Solidarios, acuerdan una espontánea contribución para el curtido arriero. Sopesan su mancomunado tributo de ahorros y compran en su totalidad la valiosa carga del día, además, alquilan a los dos vivarachos asnos y en sus cabezales les cuelgan florones. Adornan sus arreos y orejas, el trofeo son las libertinas prendas de íntima garantía.

Los rucios corcovean, calientan cabezas y levantan cascos, altaneros al sentir amarrado a sus rabos los latones y, después congraciados, como si entendieran de jolgorio, revestidos de saber aceptan a sus nuevos jinetes. En turnos de maestrantes chalanes, la comparsa de físicos efluvios recorre a su ritmo los recovecos de la ciudad, en paseo amenizado por la dócil fuerza bruta.

Desfilan y el escándalo es irreflexivo. Su artillería pesada es émula aspereza de los vivarachos guerreros celtas en posesión de féminas como fortín de guerra, por cuanto rincón encuentran en las serpenteadas calles adoquinadas de la fidedigna urbe. Su libreto es un tema de convención prematura, teatro de los coqueteos exóticos previos a la pasión. Su insubordinación es simple alegoría, horada a la antiquísima ruta obligada de conquistadores como Alfínger, memoria histórica de 1533, registros de despojos y riquezas para la casa Welser.

Felices rayan el alba mientras hacen de las suyas, en la colonial población que albergó a emancipadores, en la que pernoctaron las no tan recatadas señoritas Ibáñez, provenientes de la ciudad despensera de cebolla y piña, Ocaña. Las enigmáticas decepcionadas, remontan para Bogotá y en sus seres resguardan los secretos de episodios y crónicas de candela. En contraprestación, emulan a las afamadas Hinojosa de Carora; sus alcances y apetitos aún se escuchan atrapados en el tiempo, son sus historias de aquelarres y fantasmas que perturban y desbordan límites.

Entrado el crepúsculo matutino, interviene el orden lugareño y la aurora de diana es la naturaleza en desquite. Al canto glorioso del gallo y sus aleteos triunfantes de amo del gallinero, esta vez no para redimir al apóstol Pedro, sino para despertar a los soliviantados nuevos hospederos de las rejas, vencidos y enclaustrados en la cama dura. Así comienza el desfile más preocupante y vergonzante de la nueva historia por la estación policial. Aparecen alarmadas, las más acendradas familias provenientes de Cúcuta y otras comarcas aledañas a la culta ciudad mitrada. Sus preguntas están entre mientes y ciernes, cala el frío de la madrugada y como resguardándose entre la neblina, posan de bajo perfil y humilladas, casi de incógnitas, pero no su sangrante espíritu. –Pablo se mantiene lúcido en diferentes espacios de tiempo y contexto, piensa en sus memorias, saluda y acepta las condolencias–.

La fiesta de cierre llegó y trasmutó como el mismo viento en la clausura de las seducidas damitas y amigos. El bochinche ha viajado presto a oídos de los inflexibles hermanos religiosos franceses y españoles, quienes como educadores y prefectos se sienten heridos en su orgullo. Las condiciones, para aceptarlos al siguiente año, se endurecen. Argumentan el deshonroso escándalo suscitado en la pequeña urbe cultural y no necesita de emisarios, pero tampoco está exenta de las comadronas rasga vestiduras ni de ciertos saca micas ya identificados que no fueron invitados a la fiesta, chismosos que sin más oficio que el de ganar prebendas enteraron a la dirección del seminario. Los enardecidos y desairados aseveraron, que, si así eran los desparpajados estudiantes, a quienes la cofradía de educadores formaba, qué se podía esperar de la sociedad y cómo serían los legos. Las tempraneras llamadas locales alertan al alcalde y avanzan hasta el canciller.

Pablo José se siente sosegado al recordar nostálgico ciertos pormenores alegres de sus estudios. Suda y piensa en sus dualidades, una nueva relación de poder antagónico, esfuerzo y coraje para obtener sus frutos, sin arrebatarlos. Fatigado, continúa los saludos, uno tras otro a los conocidos y afectuosos parientes que siguen llegando. Entre ellos, a los Santaella, Carrero, Galvis, Meza, Rangel, Yanes, Yáñez, Anselmy, Mrad, Calderón, Reyes, Montealto, Álvarez. Mientras los personajes repiten sus consignas, él trata de recordarlos a todos en su hablar refulgente, campechanos, sencillos y confianzudos.

Escucha de las familias sus variados saberes y filosofía. El poder dividido representa historias de sometimiento y barbarie, de hecho, permite lo indiviso, unos tienen lógica de garantía para defender sus franquicias, hasta pueden ser excluyentes dentro de las pasiones humanas. Allí, algunas camarillas tejen pírricas cadenas de potestad envilecidas, conspiran en causa propia y externa, aparentan idoneidad obnubilados en el martirio y la utopía del que osa sus desafíos. Las personas por displicencia y privilegio, en su perdida contravención pueden rodar al abismo, al deglutir se atragantan embelesados de su propia cocina lugareña y sus modismos criollos.

La sangre de algunos es la angustia removida en la mezcla de los antiguos exploradores, bulle y amenaza salir en el aleteo casi imperceptible de su nasalidad y sus ojos desorbitados; muestran prontitud en su expresión lapidaria. Por lo general, constituyen voluntad y compromiso, son valientes luchadores dueños de fincas como Abejales, La Banqueada, Lomaseca, Sanjuana, La Ceiba, Las Juntas, Las Magdalenas, Betania, San Miguel, Canoeros, La Esperanza, La Pita, La Pedregosa y otras grandes extensiones que van desde Ríos hasta Bucarasica y Ocaña. Parte de Aguachica, Las Mercedes, Tibú, la frontera venezolana y territorios en confluencia cucuteña.

Pablo José aún confunde a cuantiosos acaudalados y sus posesiones, adquiridas por ser el solidarizado trabajo de sus antepasados cofundadores. Facciones y modales son de aguerridos exploradores, ahora convertidos en una cariñosa congregación de herederos y hacendados que crecen humildes o henchidos de su linaje e ingenio. Fortalecen sus vidas, conmovidos unos por su luz de ojos y labios expresivos que inundan y anegan, otros ensimismados en su borrascoso silencio sensato de trabajo y coraje.

Los concurrentes están abstraídos, cuando de pronto dos niñas llaman la atención. La menor se expresa sin titubeos.

–¡Buenas tardes para todos y condolencias para la familia!

Sobresale por su desparpajo. Es una fresca y donairosa princesita, porta una meticulosa diadema de flores, cintas de satín, vestido de seda y borlas rosa, zapatillas de cuero del mismo color con vetas y medias jaspeadas de blanco. Por su porte, liderazgo y lozanía capta las miradas.

Se hace sentir por su desenfado, más su cierta ingenuidad y galanura. Entona su agudo timbre y agraciada voz pueril. Manifiesta portar un mensaje. Se empina cadenciosa, como pretendiendo saborear el momento del destino y sobrepasar a todos. Mueve en abanico sus brazos y así mismo su adornada cabeza acompasada por sus ojos color miel. Cada mirada escrutadora la fija segura, mediante un suave y giratorio recorrido de contemplaciones. A continuación, encauza la picardía, mira a su hermana Adriana Yare y a las demás niñas, como buscando entre las concurrentes si se encuentra la recelosa Verónica Montealegre, quien le tiende su penetrante descortesía y le guiña el ojo a su prima Zamara.

Los más jovencitos no escatiman detalles básicos, están atentos a los significados semiológicos experimentales de sus tiernas y expresivas miradas que merodean al rabillo del ojo. En su juego inquieto de voluntad y drama, no quedan ajenos al retozo perspicaz de sus profundos contenidos y de sus primeros devaneos. Más ceremonial, segura y enérgica a su anterior presentación, balancea su grácil cuerpo. El preeminente coqueteo es un calculado soplillo abanicado del aferrado sobre que refresca su sonrosada y fina tez.

Así es Amalia Yare, desparpajada y coqueta, aún pequeña pero desenvuelta pizpireta. Hace apenas un año cumplió los 14 y en esos días recopila méritos para los 15. Sabe que es espigada y hermosa, por eso camina acompasada y emite con premeditación sofisticada tres ligeras inclinaciones de cabeza hacia los dolientes. En franca conjetura de su gracia y dosificada inocencia, va desatando la cinta púrpura y abre a la vez la cubierta, en cuyo contenido porta una fina esquela repujada y un acróstico.

Su calculada picardía expectante va más allá, retener en la mano izquierda el contenido del deseoso sobre simbólico. Mira de reojo a Verónica que está prendada de Pablo, y vuelve a esparcir su céfiro. En secuencia de su guion trazado, ligada a su impulso de parsimonia y naturalidad, serena sostiene en su mano derecha la tarjeta y lee las rimas entonando cada palabra. El exordio va dirigido a la viuda y sus hijos, pero en especial a nombre del abnegado y querido maestro de cámara Juan Francisco, quien por 20 años acreditó sus títulos para diferentes prelados de marras. Sentimiento profundo para el fiel y constante amigo desinteresado en el resguardo de bienes de la iglesia.

Se siente un ambiente de desamparo en la región de Ríos, no había otro confiable como él. Desprendido benefactor que se triplicaba como si tuviera el don de la ubicuidad, su progresiva actitud sentimental se concentraba en quehaceres habituales e invaluables aportes a la feligresía. Por la mañana estaba en la región de Astilleros, pasaba hasta San Roque y por la tarde ya se encontraba en La Victoria o Bucarasica. Falleció de cólicos ‘miserere’. Grafía del argot común, como si fuera el salmo 50; lo cierto es que el malestar sobrevino al sentir agudos espasmos y fiebre, durante una correría por sus fincas y un negocio de ganado en cercanías del Zulia.

Llegó agónico y en improvisados guandos a Ríos, zarandeado dentro una rústica hamaca de lona y amarres bruscos, asida a dos largos listones de guadua. Lo soportan cuatro valiosos y fuertes lugareños que lo conocían y lo querían, casi a la par de su hermano Ramael. En su época, el dolor se diagnosticaba como retortijones de lombrices y no diferenciaban la apendicitis que se estrangula y da paso a la peritonitis. Prescripción de una improvisada y mediocre prestación de primeros auxilios, como en desconfiables policlínicas y grandes hospitales de la Nación.

–¡El dolor es intenso hermano! Siento que ahora sí me llegó la pelona.

En la honrada imaginación de lo único sensato y práctico, se imparte el urgente traslado para su intervención estomacal en el consultorio más cercano y conveniente por su tradición. Es un básico hospital que se encuentra a cuatro horas, ubicado en un caprichoso punto de amasijos de vegetación y pastos naturales que le obsequian el centenario nombre a la desaparecida población del 2012. Montañas dibujadas de infinitud de paisajes naturales, penumbras y precipicios de clima diverso y suave que se esparce por la esplendorosa Cordillera Oriental. Entre sus canjilones están inmersas varias poblaciones como Lourdes y las tropicales veredas, cruzadas por quebrados ramales de carretera, para llegar en sus estribaciones a la ancestral fundación de Gramalote, parte de la fragmentada cuna de colonos.

Allí, desolados en el frío hospital, inician su despedida sin retorno. Ramael aguarda sentado e inclinado en su banca, mientras Juan sentía que los graves acontecimientos en su interior y su mente lo invadían. No resiste, se va. Es obvio que en Ríos homenajean la vida de las familias y ofrendan la muerte de sus personajes, por eso el gesto auténtico de la niña Amalia en su calculada travesura de los versos y acróstico: Jubiloso y dadivoso en lo terrenal/ Único en su palabra/ Amado por todos/Nadie magnánimo como él. La mayoría se conocen y son afectuosos. Los halagos lúgubres y exaltados no dan espera y se prolongan. Cercanos parientes aparecen en conjunto, generosos en sus palabras apremian su encuentro.

–¡Dios mío, pero si acá está Pepito, todo un hombre, el hijo que florece para los confines de la tierra, el cosmos y el mar! Llamaré a mis hijas, para que te saluden y vean lo guapo que estás. –Abrazos de Juana y le siguen en suspiros las demás hijas y sobrinas, besos y delicadezas, miradas y guiños de las hermosas lozanas–.

Le expresa poética y cariñosa la especial allegada que lo colmó de caricias y arrumacos, madre de Antonia, quien muchos años después, el destino la hará tomar protagonismo. Él es respetuoso y les corresponde a sus afectos. Saluda complaciente. Queda pensativo, ¿qué va a ser de su vida? Los recuerda a todos desde su infancia, piensa en los momentos mejores, reconoce aquellos días inocentes, pues ha sentido el añorado cobijo de su hogar en los diversos viajes.

A pesar del momento luctuoso, aplauden las sentidas palabras de la niña. Responde rebosante de venias como una diva, sonriente e incisiva en su mirada penetrante para Verónica que empieza a sentirse incómoda.

A las seis de la tarde llegan las comadronas, las plañideras expresan sus lamentaciones. Se unen los representativos rezanderos para informar o recordar, como verdaderos beatos, que no es completo el funeral si no se le vela al difunto desde lo más profundo y espiritual de los ritos, provenientes en directo de lo celestial. Aparece la local concesión de oraciones y parafernalias durante toda la noche. Difícil es para los dolientes si no se tienen condiciones y medios económicos para hacer los preparativos. En la familia, este no es el caso, tienen cómo sufragar los refrigerios, diversas bebidas y comidas según la solicitud explícita del espontáneo conglomerado acompañante.

Las somnolientas letanías elementales cambian, los concurrentes se pasean, ingresan en borbotones y estilos de boca en boca. Los murmullos parten y regresan, su trascender escala cumbres hegemónicas que simbolizan la importancia del acto, como ecos se quedan bulliciosas, perseverantes en el calor y hastío del rigor compasivo que determina el temple humano; es el sentido de la pena y retener la esencia amenazante de la desaparición y el olvido. A excepción de las oraciones, entre consanguíneos, la mayoría son retahílas memorizadas de poco sentir y asonantes.

–Celebremos, imploremos. Brille para ella la luz perpetua.

En realidad, algunas veces en la sucesiva emisión sin cadencia, irrumpen los imperativos coros. Parece más una conspiración, para evitar los frecuentes cabeceos que desenmascaran, en su escudriñadora crítica y afecto, si en realidad lo articulado se concibe desde el alma y el dolor del momento. Describen escépticas valoraciones de moralidad emocional.

En los pequeños espacios que permite el refrigerio, aparece el mundano cotorreo que procura evitar la familia de más jerarquía. En voz baja, se hace gala de los comentarios del muerto, sus siempre bien intencionados deslices, sobre todo que el finado era muy bueno. Y en la especial congratulación familiar, expresan lisonjas y leyendas que quizá, en rescate, pertenecían a la gélida alma.

–La bienaventurada ánima ya está en el paraíso compartiendo la luz y el triunfo, junto a los serafines y toda su cofradía de mártires. Dios lo llamó para que le organice el cielo, ahora descansa y tiene prebendas en su verdadera morada. En vida era casi un santo.

Amén de las graciosas anécdotas y cuchicheos mordaces que enuncian sus tenues legitimidades, picardías y desaciertos. Su gracia e inteligencia, en las estimaciones morales, le quitan el tinte riguroso para estos circunspectos casos. También se realizan cábalas de quiénes más vendrán al sepelio, ¿no hemos visto a zutano y a mengano?

Los corredores enclaustrados y el patio interno se unen al extensivo solar de la casa y están atestados de gente. En la cocina el servicio no da abasto en sus recorridos para repartir los tentempiés, mientras en grandes ollas se hierven las aguas aromáticas y el tinto. Los fogones y la hornilla permanecen prendidos durante doce días y noches continuos, así se completan los rezos y las honras al alma. Iniciado el funeral, de nuevo aparecen las conjeturas y preguntas compasivas.

–¿A qué horas llegarán sus demás familiares, sus hijos seguirán estudiando internos, en el seminario y colegio de Pamplona? ¿Qué triste, cómo les va a hacer falta don Juan Francisco? ¿Cómo irán a repartir la herencia y qué le dejarán a la señora Inesita?

En el vaivén ritual, del dolor de los parientes y de los amigos, están los curiosos y los nada que ver con el muerto. Aparecen los beodos, desalojados de las tabernas, dormitan entre rezos, comen, no escatiman el café tinto y las aromáticas. Entre el cotejo transicional de la vida y el más allá hubo dos auroras. El último amanecer de su morada gélida, el sol despliega sus rayos y filtra su luz directo a la ventanilla de vidrio que muestra el macilento rostro sosegado; por instantes, uno o dos minutos, el resplandor deja ver diferentes tonalidades sobre la cadavérica cara del despojado. Quienes se acercan a la urna, en esa representativa luminiscencia, no pierden de vista la serena palidez en el circunspecto rostro del oficial de cámara del Templo; los más fervorosos afirman que ha sonreído. Lo cierto es que la muerte y las explicaciones de imperturbabilidad yerta, siempre dan vuelo y rienda suelta a la fantasía y los imaginarios espirituales.

La natural y caprichosa manifestación cromática de la naturaleza se infiltra para dejar observar el reflejo de los fulgores refractados en el recinto. Es deslumbrante la claridad y sorpresa para el desparpajo de los presentes, en quienes se permite ver las ojeras y la fatiga de los lívidos rostros que deja el trasnocho. Están más demacrados que el muerto, pues muchos han ingerido licor a escondidas.

–Es El Todopoderoso que lo está saludando y despidiendo. –Expresan los más creyentes y piadosos–. Oremos más Padrenuestros y rosarios en descanso del alma, para que Dios lo ilumine en el camino y esté siempre presente en la gloriosa guía a la vida eterna.

Así, de nuevo, reanudan los maratónicos rezos que sobrevienen después de la inhumación. Concluyen en jornadas de nueve rosarios seguidos y en reversa, durante nueve noches de homenaje, después de los tres días del sepelio. Se sacrificaron cinco cerdos de sesenta libras, treinta gallinas, tres terneras y se utilizaron tres cargas de leña y veinticuatro bultos de carbón. Dos cargas en pergamino de café tostado y siete garrafas de vino para refrescar las resecas gargantas y paliar los bostezos de la apetencia, en la sostenida competencia de abigarradas oraciones y rebuscados cánticos de arraigo popular.

En su pasado y, recientes recuerdos de funerales, de parcas y barqueros en el inframundo de Caronte, las exequias, participantes y réquiems les pareció novedosos. José se imagina el sublime transporte al Hades y la navegación por Estigia, entre la tierra y el mundo de los muertos. Muy pocos conocían de antífonas o de pasajes enrevesadas de raíces en latín y griego, casi o jamás escuchados por el común de los mortales. A su vez, José recuerda un hermoso grabado de Gustave Doré, ‘La travesía’; a Dante y el quinto círculo en La divina comedia, intuye ligeras impresiones de los imaginarios y lo que instauran sus límites.

A las siete de la mañana llegan los demás amigos y familiares de Bogotá; de varias regiones del Norte y Sur de Santander. Es inmanente la tristeza y sollozos, en el ir y venir de los tiernos y apesadumbrados abrazos. Inés y la hija, a esa hora ya están de nuevo ordenando atenciones y recibiendo cariñosos estrujones de condolencia.

Zamara es menuda, una esbelta y cándido botón en flor, quien se propone terminar su cuarto año de bachillerato. El mozuelo Pablo, al igual que su mamá y hermana son de estatura baja, estuvieron despiertos desde las tres de la madrugada; sabe llevar el hilo de las conversaciones, interviene bien en las tramas de sus historias y no termina de dar agradecimientos. Inquieto, suspicaz, observador e inteligente, está pendiente de valorar y revelar condiciones y conductas, todo aquello que tendría que asumir. Y, en lo particular, ahonda en su cognición, quiere extraer y entender lo indiviso de la lógica en las pequeñas y grandes circunstancias de la vida.

Se le presenta un nuevo panorama y rompecabezas, el cómo asimilar los hechos. Para él, existen prioridades afines, ¿quiénes son los reales amigos que en lo posible lo acompañarán y lo asistirán? Cursa el tercer año de bachillerato y ya todos sus contemporáneos de estudio le conocen. Posee la valentía e impertinencia juvenil. En lo social tiene el apoyo de sus amigos de disertación para sus disimulados subterfugios y, también en lo académico, para no dejarse doblegar en las calculadas patrañas sociales o de algunos hermanos religiosos mimetizados entre su antigua formulación metodológica de competencias educativas, aprender ser–hacer y callar cuando conviene.

Piensa en sus amigos, en las tramoyas de unirse para las amorosas conquistas de fin de semana. En especial no descansaban hasta convencer, mediante urdidas lisonjas y argucias, a las engreídas damitas bolivarianas que les exaltaba el ánimo. Son ciclos rápidos de sentires diversos, presunciones y aprendizaje espiritual. Pronto tendrá que dejar los sublimes hechos de su juventud y academia. La tristeza de las pasadas vacaciones cambia, al ver llegar las despampanantes meninas de otras provincias y departamentos. Sus amigos se acercan, preguntan y flirtean ansiosos. Ellas les devuelven sus coqueteos y contonean sus caderas.

–La felicidad nos inunda cuando las vemos. ¿¡Cuánto nos alegrarían si nos dieran el despertar de diana y el ángelus en el hermético monasterio!? –Distingue causas mutuas–.

Goza al recordar sus ilusiones en conjunto, al percibir alineado el camino del cordón que le une a diversas estructuras. Entre sus divinizaciones y amorosos astros residen las exquisitas venezolanas fuera de concurso, sabedoras de arrumacos y pasarelas, se destacan por su diferente porte y donaire. Sus amigas ya saben de sus proezas, también de sus torpes lisonjas y rodeos para cortejar, de su pasión, de sus juveniles amoríos y galanteos. Es otra gran fiesta de preámbulo al estudio, quizá el premio a lo mejor de las recién transitadas bienvenidas.

En su silogismo y comedia real estaba el matricularse temprano, para evitar obstáculos y poder sentirse agraciado en sus primeras estrategias. Seleccionar y demarcar las zonas álgidas o para apagar incendios que les estremecía la psique de su libido. Perfeccionaban el ojo y el alma, al proveniente arribo de las nuevas galanuras y así poder armonizar sus piropos y la empatía de competencia en escoger a la más bonita e inteligente. Asumir en los aprietos la agilidad del águila al vuelo y, apremiantes, sorprender con buen gusto a su llegada, si lo permitían los recelosos padres extranjeros.

Ellas lo saben y también son lisonjeras, escudriñan, observan su galanteo varonil y posturas. Como aves en cortejo despliegan sus alas y plumones, por eso emulan como preciosas divas del cine y las novelas; cautivan, mueven cadenciosas sus cinturas al bajar de sus lujosas limosinas. Sin salirse del guion practicado en las vacaciones, del libreto expreso de sus amigas o en su intimidad, saben del garbo y desenvoltura en la gente pudiente. También acentúan su desinencia de voz cantada, emplean la dicción que los caracteriza del ‘mira chico, vale hermano’.

Todos se prodigan fraternales afectos y se retribuyen protección, en las buenas o aciagas horas cargantes, que la vida le cobra a la ingenuidad en busca de la razón; momentos en que el destino es suspicaz y restringe, no suelta prenda, da poco o nada y no es caritativo. Ahora, su mente y cuerpo fatigados están afiebrados, embotados.

Cómo olvidar a las amistades de la pasajera juventud, serían ellos mismos quienes más tarde asirían el timón del departamento, parte de la justicia, la medicina y se encumbrarían por altas entidades de la Nación. También están los hermanos profesores de planta, sabe a ciencia cierta que no solo lo estiman, lo quieren por su camaradería, su desprendimiento y elocuencia. A todos los extrañará y siente el inmanente nudo en la garganta, pero se sobrepone y no se desquebraja, seca su frente, pasa saliva. Buscará otras relaciones acordes, sin los prejuicios del adulto, pues en su mayoría demostraron ser sus coadjutores en el Seminario Mayor de Pamplona.