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Kike Ferrari

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Un revólver como protagonista. El subsuelo de la Biblioteca Nacional. Adrián y Paula, detectives aficionados. Lectores. Una aventura en ciernes detrás de cada palabra. Desde el policial al western, pasando por el terror y el fantástico, Si estás leyendo esto reflexiona sobre las letras argentinas y aborda una diversidad de géneros literarios puestos en diálogo con las obsesiones de sus creadores.  En su última novela, Kike Ferrari construye un artefacto literario en el que cada nota al pie, cada título, cada recurso y hasta cada personaje secundario invitan a un viaje a través de la narrativa argentina, interpelando clásicos y modernos, autores canónicos y marginales.  Si estás leyendo esto es un desafío para los sentidos: el ojo lector tiene que permanecer despierto a los laberintos que se abren página a página. Solo así llegará a destino.  "Las bibliotecas no son infinitas, pero la búsqueda sí puede serlo." 

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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KIKE FERRARI

SI ESTÁS LEYENDO ESTO

 

Un revólver como protagonista. El subsuelo de la Biblioteca Nacional. Adrián y Paula, detectives aficionados. Lectores. Una aventura en ciernes detrás de cada palabra. Desde el policial al western, pasando por el terror y el fantástico, Si estás leyendo esto reflexiona sobre las letras argentinas y aborda una diversidad de géneros literarios puestos en diálogo con las obsesiones de sus creadores.

En su última novela, Kike Ferrari construye un artefacto literario en el que cada nota al pie, cada título, cada recurso y hasta cada personaje secundario invitan a un viaje a través de la narrativa argentina, interpelando clásicos y modernos, autores canónicos y marginales. Si estás leyendo esto es un desafío para los sentidos: el ojo lector tiene que permanecer despierto a los laberintos que se abren página a página. Solo así llegará a destino.

 

“Las bibliotecas no son infinitas, pero la búsqueda sí puede serlo.”

KIKE FERRARI (Buenos Aires, 1972)

Es escritor, hincha de River y papá de Oli, Seve y Matu. Fue traducido a numerosas lenguas y ha recibido premios en Argentina, México, España, Cuba y Francia.

Entre sus obras, se cuentan: las novelas Operación Bukowski (2004), Lo que no fue (2009), Que de lejos parecen moscas (2014), Y es probable que no quede ninguno (bajo el heterónimo Hank McPherrar, 2015), Punto ciego (con Juan Mattio, 2015), Todos nosotros (2019), y El significado del fuego (2022); las novelas gráficas Uno de los murciélagos (con Cristian Navarro, 2021), y Cazador de ratas (con Cristian Navarro, 2023); las antologías de cuentos Entonces solo la noche (2008), Nadie es inocente (2015), y Territorios sin cartografiar (2021); la nouvelle El oficio de narrar (2018); los ensayos Postales rabiosas y otros juguetes ligeramente literarios (2010), y Un mundo negro (2017).

Índice

CubiertaPortadaSobre este libroSobre el autorDedicatoriaSi vas a leer estoEpígrafePrimera parte. El hallazgoSegunda parte. La investigaciónTercera parte. En acciónNotasSi ya leíste estoCréditos

A la memoria de Emilio Renzi, nuestro antepenúltimo lector y el que este libro hubiera querido tener; de quien aprendimos, también, que siempre se escribe contra alguien.

 

 

Y a los trabajadores de la Biblioteca Nacional, en esta hora oscura que espero ilumine el fuego de la lucha de clases.

Si vas a leer esto

ESTE TEXTO cuenta la historia de un revólver y de una búsqueda. Y así puede leerse: como una novela de aventuras noir. Si lo hacés de esta manera tanto las líneas que siguen como las notas del final serán irrelevantes.

Pero...

También hay ahí —agazapada entre los pliegues de la aventura noir— otra lectura.

Una que puede transformar esta novela en un artefacto distinto, capaz de reflexionar desde el interior de una ficción y con sus herramientas sobre las letras argentinas y del Río de la Plata a partir de los géneros populares —el policial, la ciencia ficción, el noir, el fantástico, la crónica, el western, el terror—, en especial los nacidos acá —desde la gauchesca y la ficción calculada de Mármol hasta el realismo atolondrado de Cucurto, pasando por el tango, la ficción paranoica de Piglia, el neobarroco de Perlongher, el realismo incierto de Cohen, la literatura amotinada de Libertella, el policial tramontina de Ferro y el realismo delirante de Laiseca—, y de qué manera estos orbitan y se relacionan con el trabajo del mayor escritor argentino.

Esa lectura propone, además, un recorrido para el que tomé prestados personajes secundarios —van a notar la cantidad de nombres propios que la novela contiene—, situaciones, escenas de lectura y lugares de algunos de los textos que componen los ciento ochenta años de historia de nuestra literatura (y demás formas narrativas).

Las notas del final —y su orden— serán, si decidís seguir este camino, parte fundamental del texto.

Eso por ahora; nos vemos al final del viaje.

 

KIKE FERRARI

Buenos Aires, 27 de julio de 2024

Empuñé un arma porque busco la palabra justa.

PACO URONDO

 

El bibliotecario no está y no saben adónde ha ido.

ANGÉLICA GORODISCHER

 

¿Cómo se escribe esta historia?

JUAN MATTIO

PRIMERA PARTE EL HALLAZGO

No tengo ideas. Jamás he tenido una idea. Lo único que tengo son obsesiones.

C. E. FEILING

1. Los papeles. 13 de mayo de 2022

AFUERA puede ser julio o enero. Puede ser diciembre. Abril. Ser media mañana o tarde en la noche. Afuera. Puede diluviar, arreciar el sol. La luna puede brillar en cuarto menguante. O no. Pero afuera. Acá, como siempre, el quinto subsuelo de la Biblioteca Nacional, es —la luz blanca y un poco enfermiza de los tubos fluorescentes, los interminables anaqueles de metal en que se amontonan los libros, las ráfagas de aire fresco que mantienen la temperatura necesaria para conservarlos sanos, el piso de cemento gris, el enrarecido aroma del encierro— un inframundo de papel y tinta.

Adrián mordisquea un lápiz negro. Una vuelta más, piensa. No quiere resignarse a terminar la jornada. Puede ser hoy. Siempre está esa idea. Y si justo ahí, en ese estante o en el de arriba, hay un manuscrito escondido, una anotación perdida en los márgenes de cualquier libro —ese, aquel— que, por no quedarme un poco más, por irme ahora, dejo de encontrar. ¿Irme a qué?, se pregunta Adrián, ¿a la cena recalentada y un par de whiskys, acompañado por Susy, mi amada perra extraterrestre, tan parecida a un cerdo?379 ¿A ver un capítulo de esa serie policial que el cagón de Damián debe estar mirando con Julia,404 su mujercita? ¿A ceder a la tentación del mensaje, tardío, a Nicolás, a ver si quiere traerme un rato sus 27 años, su espalda ancha, su piel oscura?336 ¿A Roque,387 a ver si anda repartiendo en el taxi?

No.

Consulta el celular.

Puede ser cualquier día de cualquier mes a cualquier hora y con cualquier clima. Pero son las ocho y cuarto de la noche del viernes negro de este mayo desangelado, y afuera, según San Google, la temperatura ronda los quince grados. Cielo despejado toda la noche, anuncia el Servicio Meteorológico Nacional.

Le molesta el pelo sobre los ojos, a Adrián. Se hace un rodete y lo sostiene con el lápiz negro. Encara uno de los pasillos que conoce de memoria con la repetida sensación —hay algo que no vi— y los dedos rozando los lomos de los libros.

Hay días en que el desasosiego puede más. Mal que le pesara al Viejo, las bibliotecas no son infinitas y la tarea que Adrián se propuso ahí tiende a agotarse. Cada mínima anotación que encuentra —como las últimas pepitas de oro en una mina en la que ya nadie excava— lo acerca un paso más al final de su búsqueda. De su búsqueda ahí. La que empezó hace tantos años y tantas maravillas le trajo. Porque, como canta su amado Horacio Holmes,429 las estrellas tienen su momento y luego mueren.

Se consuela pensando que el cielo está lleno de estrellas.

Siempre habrá praderas vírgenes, piensa, estantes en los que nadie haya mirado. Pero para llegar a ellas necesitamos otro milagro. Pasa al plural el pensamiento de Adrián, aunque está solo ahí abajo, en el quinto subsuelo de la Biblioteca Nacional, porque en esto, y solo en esto, él no es una individualidad sino la mitad de ese equipo que completa Paula; es una de las cabezas de un monstruo bicéfalo donde no hay uno sin el otro.

Un milagro, piensa.

Que María —le decimos por el nombre de pila, se sorprende como si fuera algo nuevo— nos dé acceso a la Babel guardada en la Fundación. O conseguir los mecenas que pongan el dinero para comprar algunas de las pocas colecciones que no se llevó alguna universidad gringa.

Un milagro, se repite.

Pero ellos no creen en milagros.

Creen en el empecinamiento del trabajo, el agua que horada la piedra.

Así que, pese a todo, esta noche, como casi siempre, gana la idea de que más importante que encontrar es buscar. Que es ahí, en el laburo, donde reside el sentido. Un juego de repetición. Recorrer una estantería, que pasen las horas, dos, cuatro, seis, y ante el cansancio o la desazón repetir, como una letanía: una vuelta más.

Una búsqueda frenética vestida con las ropas de la paciencia.

Se detiene frente a un estante y saca uno de los ejemplares a los que siempre regresa.

Pertinax Libris, los llama.

Este, por ejemplo, tiene algunas de las características —primera edición, en alemán, tipografía gótica— de los libros en los que el Viejo anotaba. Pero no hay nada. Lo revisa de nuevo, como ya lo hizo cientos de veces, convencido de que algo se le tiene que haber pasado por alto en las anteriores oportunidades y, al mismo tiempo, seguro de que no. Y es por esa certeza contradictoria que vuelve a este —y a otra docena de libros— cada unos pocos días, como si se tratara de un ritual, a pasar las hojas buscando el subrayado, la anotación, la marca que lo desmienta y le dé sentido a la búsqueda.

Unos pasos más allá hay otro. Adventures of Tom Sawyer, de 1886, edición en rústica de American Publishing Company. Hay apenas cuatro marcas en todo el libro. Cuatro líneas verticales a un lado de cuatro párrafos sin más anotación que un signo de admiración junto a la tercera de ellas. Pueden ser del Viejo o de cualquiera. Adrián cree que son de él. No sabe —en verdad no sabe— si reconoce el trazo en esas líneas verticales y el signo o solo imagina reconocerlo.

Vuelve a los párrafos marcados, como cada vez que toma el libro.

When Tom awoke in the morning, he wondered where he was. He sat up and rubbed his eyes and looked around. Then he comprehended. It was the cool gray dawn, and there was a delicious sense of repose and peace in the deep pervading calm and silence of the woods. Not a leaf stirred; not a sound obtruded upon great Nature’s meditation. Beaded dewdrops stood upon the leaves and grasses. A white layer of ashes covered the fire, and a thin blue breath of smoke rose straight into the air.

 

Gradually the cool dim gray of the morning whitened, and as gradually sounds multiplied and life manifested itself. The marvel of Nature shaking off sleep and going to work unfolded itself to the musing boy. A little green worm came crawling over a dewy leaf, lifting two-thirds of his body into the air from time to time.

 

They gradually wandered apart, dropped into the dumps, and fell to gazing longingly across the wide river to where the village lay drowsing in the sun.

 

They had paddled over to the Missouri shore on a log, at dusk on Saturday, landing five or six miles below the village; they had slept in the woods at the edge of the town till nearly daylight, and had then crept through back lanes and alleys and finished their sleep in the gallery of the church among a chaos of invalided benches.

 

Puede no querer decir nada. Alguien más puede haber hecho esas marcas. No es claro qué señalan exactamente. Pero Adrián no puede dejar de relacionar los cuatro párrafos con la semblanza de Twain: “Este gran libro abunda en admirables evocaciones de la mañana y de los atardeceres”.

Deja a Tom Sawyer en su estante y avanza un poco más, hasta otro de sus Pertinax Libris. Una primera edición, de 1934, en inglés, de tapa blanda y en bastante mal estado, de A Question of Revenge de Félix Lane, seudónimo del poeta Frank Cairnes. En la primera página todavía se lee el sello azul que dice Cirene Book Store,413 una librería del barrio sur de la que el Viejo era habitué en aquella época. La tapa, de un azul lavado, muestra una mano escribiendo el título y el nombre del autor, más abajo se ven siete redondelitos decrecientes, uno dentro del otro. La novela trata de la búsqueda de venganza de un hombre al que le mataron al hijo.

Adrián pasa las páginas, una a una, como tantas otras veces. Pero, a diferencia de todas esas otras, esta vez al llegar a la página 34, se detiene. Algo. Vuelve a la anterior y lee: 31. Nunca había reparado en esa página pegada. Palpa el grosor y la intuición hace el resto: abre el libro un poco más, separando las páginas pegadas, y mira a trasluz.

Adrián reconoce la sensación. ¿Qué es ese rectángulo opaco entre las páginas?, piensa. La misma sensación que tuvo cuando, seis años atrás, halló el ejemplar de tapas anaranjadas del número 122 de la revista Sur con el cuento corregido. ¿Algo que me estaba esperando? Una corriente eléctrica ataca su cuerpo pequeño. Y, ¿desde cuándo me espera? ¿Cuántas veces tuve este mismo ejemplar en mis manos?

Su corazón es un caballo desbocado mientras las manos se le transforman en las de un cirujano. Con la pequeña navaja que lleva en el bolsillo del saco de pana negro separa las hojas. Precisión y cuidado. Hay un papel, doblado a la mitad, que continúa pegado a la página 33. Repite la operación, el cirujano Adrián. Cuando libera el papel, este se trae adheridas del reverso parte de las letras de molde de la página. Tiene también algunas manchas de tinta, otras de humedad, un tachón. Y cuatro palabras manuscritas.

Cuatro palabras.

Cuatro palabras en una letra que Adrián conoce muy bien.

Las lee una y otra vez. No quiere llegar a ninguna conclusión todavía, pero le cae una lágrima que seca rápido con la manga del saco.

Oro puro en una mina casi abandonada, piensa.

Respira profundo una, dos, tres veces.

Después hace una pausa.

Y abre el papel.

2. El revólver.1900 - Rostros y antifaces

NOS CONOCIMOS en Ranchos, antes de que se modernizara el pueblo cambiando su nombre, lo que equivale a decir que, por lo menos, nos separan del tiempo aquel en que yo, que recién entraba a la soldadesca, y él, que ya llevaba galones, simpatizamos desde el primer saludo, al menos dos décadas. Unos pocos años después, cuando decidí hacerme policía, quedó el respeto y el afecto, y de tanto en tanto, nos vemos.20

Hace unos días, al llegar a Buenos Aires, tenía un recado suyo convidándome a participar de una reunión en su casa solariega de la avenida Quintana para comer e intercambiar los saludos por haber presenciado, yo, él, sus amigos, cualquiera, la agonía y la muerte del siglo XIX y el trabajoso nacimiento de su sucesor, el cual tendremos que vivir todavía, sabe Dios en qué forma y de qué manera.21

En fin. Me hice llevar por un auto y pasé todo el viaje secándome con un pañuelo, ya que el bochorno de los primeros días de enero ardiente, como lágrima callada, torcido, desolado, borrascoso,24 lo cubría todo.

—¡Cómo le va, comisario Carrizo!20

—Excomisario, querido general Las Tejas... ¡Qué alegría volver a verlo! ¿Dónde anda Laurita?43 Ah, sí, allá la veo, leyendo bajo aquel árbol en lugar de potrear... Debe andar por los doce años ya, ¿verdá?

—Diez, mi querido Carrizo. Y sí, se pasa el día leyendo. Está muy entusiasmada con las desventuras del unitario herido y la viudita tucumana en el Año del Terror3 que le regaló la tía.

—Está muy parecidísima a su madre, la señora esposa de usté.

—Ha de ser cierto si lo dice usted. Venga, venga que le presento a los demás invitados.

* * *

Con la llegada del comisario de investigaciones la mesa está completa. Excomisario, insiste en aclarar el tal Fabio Carrizo, aunque sin especificar a qué se dedica en este momento. Imagino periodismo u otra tarea centrada en la investigación y la observación de los otros, lo que, por supuesto, dado mi pasado, me intranquiliza. Pero sonrío con mi sonrisa de Luis Vernengo,18 trabajador y ciudadano ejemplar, y lo saludo como los demás.

El excomisario Carrizo se sienta al lado de Rafael Meris,8 un hombre de unos cincuenta y pocos años, con una barba rubia y encanecida que rodea su rostro y dos grandes ojos azules que prestan armonía y dulzura a aquella fisonomía, aunque yo, que conozco a los hombres y sus suplicios, me dé cuenta de que lleva por el mundo un alma helada dentro de una cárcel llena de fuego. Junto a él, Juan Bautista Capdebosq,14 un eximio jaranero de más o menos la misma edad, ancho de pies a cabeza, con una voz clara y sonora, oriundo de la ciudad francesa de Pau, quien llegó a la República unos quince años atrás y, empezando como peón de saladero, es ahora un rico cañero en una provincia azucarera, donde tiene un grande ingenio. Y sigue, según deja saber con su acento fuertemente bearnés matizado con voces y giros españoles, comprando, vendiendo, braceando diez negocios a la vez.

Del otro lado de la mesa nos ubicamos el ingeniero Zolé,17 un tipo de cabeza matemática y cómica gravedad cuyo único tema de conversación parecen ser las operaciones bursátiles; el doctor Manuel de Oliveira Cézar,15 que es, me vine a enterar, un reputado y eminente frenólogo; míster James Gray, un científico británico que llegó a nuestro país para hacer unas excavaciones en una estancia de La Pampa,33 y quien les habla.

En la cabecera, el dueño de casa.

—¿Gustan una copa, antes de que nos sirvan la comida?

Todos aceptamos encantados. El ingeniero enciende un cigarro y nos convida. Solo Meris declina el ofrecimiento.

—Casi lo olvido —dice, entre el humo de los tabacos, el doctor Oliveira Cézar—, le he traído, en agradecimiento por tantas veces que me honró con sus favores y como prenda de nuestra amistad en este nuevo año, un presente.

Y saca de su maletín una caja de madera lustrosa que lleva en la tapa labrado: S&W – MDCCCXCIX.

—No debió molestarse, Manuel. Se lo agradezco muchísimo desde ya.

Todos aguardamos expectantes mientras el general Las Tejas abre la cerradura plateada de la caja que dentro es de terciopelo púrpura.

—Pero ¡qué belleza! ¡Cuánto se lo agradezco! ¡Un objeto soberbio! ¿Dónde consiguió esta maravilla? —exclama el general al tiempo que saca un revólver de tambor, negro bruñido, con la culata de madera en la que aparecen grabadas las iniciales de la marca.

—Realmente no sabría decirle, ya ve usted que el lugar de fabricación que figura en el arma es imposible. Me lo trajo un gran amigo mío, que desde muy joven hace maravillosos viajes a lugares extraordinarios, al que se lo encargué para usted.

* * *

El amigo en cuestión, lo sabrían después, lo sabríamos todos, había publicado un libro de viajes en la década del setenta que, pese a su relativo éxito —hubo quien lo comparó con la Excursión del sobrino del Tirano,4 los recuerdos de su hermana, la que se hacía llamar Daniel,10 e incluso con las crónicas de Hudson sobre la Banda Oriental—,12 no lo salvó de pasar un tiempo en un manicomio.

Una vez recompuesta su salud mental y convencido como seguía de que nada es más admirable que el mecanismo de los cielos y nada más lastimoso que la ignorancia humana, el hombre volvió a viajar. Su vida adulta era una borrasca y su espíritu anhelaba toda la vaguedad del infinito.7

¿Quién puede negar que en virtud de fuerzas desconocidas sea posible emprender viajes extraordinarios?, repetía a quien quisiera oírlo.

Así, cuando en los últimos meses del 1899, se supo que con 63 años a cuestas intentaría repetir el viaje que documentaba su libro y que lo había llevado al frenopático, el doctor Oliveira Cézar imaginó que era una oportunidad única para hacerle un regalo único a su amigo y único favorecedor, el general Las Tejas.

—Le ruego que, no importa lo que gaste, me traiga la mejor arma de fuego que encuentre allá, donde tan pocos hombres han llegado.

Esa arma es la que tenían frente a ellos: aquel imponente revólver negro de caño largo con espacio para cinco balas en el tambor, bajo el cual se leía, de un lado la marca y el número de serie, y del otro:

 

.38 SPECIAL - ®

MADE IN THEOCITY

EAST COAST - MRS

3. Los papeles. 13 de mayo de 2022

INCREÍBLE, eh. Y eso que no hace ni una hora que apagué la computadora, piensa Paula. Y se mira.

Suficiente de revisar y corregir por hoy, se dijo apenas pasadas las nueve. Por esta semana.

Menos de una hora desde entonces. Cincuenta minutos. Cuarenta y cinco, capaz. Eso piensa Paula frente al espejo: ni una hora pasó todavía y ya soy otra.

Ahora se pone las medias y las ajusta al liguero. Se mira al espejo. Le tira un beso a la mujer en el espejo. Tiene 52 años, la mujer en el espejo, y casi cincuenta kilos menos de los que tuvo toda su vida adulta. Mira el reloj en el celular. Su señor Brau326 dijo a las diez. Van a estar las cámaras listas, le dijo. A las diez en punto, ordenó, por esa puerta. Y las órdenes de Alejo Brau son órdenes. Sonríe la Paula del espejo a la Paula de carne y ropa interior de encaje. Años de defender con ferocidad su independencia, de pelear para tener cada cosa bajo control, y ahora, vuelve a sonreír y su sonrisa es lúbrica y violenta, este placer tan grande en ceder, en dejarse ir.

Está por apoyar el teléfono en la cómoda junto a la pieza que completará su transformación de viernes a la noche, cuando entra un mensaje.

Adrián.

No, Adrián, yo te adoro, petiso, pero ahora no.

Es viernes, el cielo está despejado y aunque por la ventana entra un vientito agradable, ahí adentro hay un infierno por suceder. Da media vuelta y se mira en el espejo: ahí están las huellas de encuentros anteriores, pasa su dedo índice por el mapa en su piel. Mi cuerpo, piensa, es continente y contenido. Apoya el teléfono en la cómoda y levanta la pieza que falta.

Un escalofrío le recorre el cuerpo. Es lo mejor de todo el asunto. Que el disfrute empieza antes y se prolonga después.

La siente en su mano. El peso, la textura, las potencialidades. Después se la coloca, completa la transformación y se prepara para...

Otro mensaje.

Adrián de nuevo.

No ahora, petiso, no seas malo, la concha de tu hermana.

Pero, aun así, toma el teléfono y abre el WhatsApp.

¿te puedo llamar? tengo algo nuevo.

necesito que nos veamos.

Está escribiendo que bueno, que el lunes, que nada que haya encontrado puede ser tan urgente, cuando entra un tercer mensaje:

si no podés esta noche, mañana, capaz.

En veinte años que hace que trabajan juntos Paula y Adrián nunca se encontraron fuera de la Biblioteca salvo para algún simposio, una conferencia, algo relacionado al laburo sobre el Viejo. Veinte años mientras criaba dos hijas, piensa Paula, mientras me pasaba horas discutiendo la suspensión de un compañero. Mientras armaba la olla o preparaba la lista de delegados. Mientras juntaba horas sentada en un sofá desvencijado junto a Antonio,311 su exmarido, con el que había coleccionado y abandonado adicciones y excesos y que, muerta la pasión —a fuerza de cansancio, crianza de hijos, monotonía—, había ido convirtiéndose en un amigo.

Ni aun después, durante la separación, la pandemia, este empezar de nuevo.

Nunca.

Y ahora, piensa con algo que puede ser bronca, casi a las diez de esta primaveral noche de otoño, mientras Alejo me está esperando en el cuarto de juegos, a este enano de mierda se le da por romperme los huevos.

Mañana nos vamos a Maschwitz, a lo de Martín,439 escribe. El lunes en el bar de la esquina de la Biblioteca, a eso de las once.

Tengo algo que nos puede abrir las puertas de la Fundación, insiste Adrián.

Pero el reloj dictamina para Paula la hora que él señaló. Las veintidós. No hay nada, nada, nada, que le importe más que eso en este momento. Ni siquiera las puertas de la Fundación abiertas de par en par, se descubre pensando. Y lo piensa con asombro, pero sin dudas.

Tiene sesenta segundos. Cincuenta y nueve.

El lunes, escribe.

Cincuenta y seis.

Tira el teléfono dentro del cajón de las remeras.

Después, sale de la habitación, continente y contenido, mapa en elaboración.

Es hora de jugar.

4. El revólver.1914 - Quince minutos

FALTABAN poco más de un cuarto de hora para el cierre de la jornada del repórter de sucesos policiales, Atanasio Dorlique,26 quien terminaba, doblado sobre la Remington, ceñudo y con un pucho colgándole de la comisura del labio, un suelto de último momento cuando su amigo y colega Agapito Candilejas29 entró a la redacción de El Sonámbulo...26 Primero saludó a Graciarena,41 de Deportes, y hablaron un instante de los últimos partidos de fútbol. Luego se le acercó.

—¡Arriba los corazones, Dorlique querido! Liquidá eso de una vez que tengo algo que contarte...

Dorlique era un hombre de regular estatura, trigueño, del tipo criollo que, ahora que promediaba la treintena, había tenido el buen tino de dejarse el bigote, lo que le daba un aire mucho más masculino a sus facciones algo femeninas... Sin dejar de tipear, levantó la vista al reloj de pared que pendía sobre la puerta del jefe de redacción y siguió escribiendo.

Menos de un minuto después sacaba el suelto del rodillo de la máquina y se levantaba para pasárselo al regente de cajistas. De regreso, encendió otro cigarrillo con la colilla del que estaba terminando y se apoyó en la esquina de su escritorio.

—Ahí tenés una silla, Candilejas, sentate y contame.

Agapito Candilejas era un poco más joven que su amigo. Había empezado trabajando en El Eco de las Mercedes y ahora hacía un tiempo que, gracias a los contactos de su amigo Juan Pérez, escribía en la sección de cultura de la revista La Tachuela.16

—Después de salir de la redacción fuimos con Ataliva,43 el escritor, a tomar una copa en ese refugio de vagabundos trágicos, tristes heroínas, testas de manicomio y cuellos de guillotina25 que es el Cassouvet,16 acá nomás, en Temple y Suipacha... —arrancó con su relato—. Pero enseguida Ataliva, quien gusta andar en los bajos fondos pero también es habitué de las tertulias de las clases altas, que tanto le temen a su pluma, me dijo que tenía que encontrarse con un amigo suyo, el Payo, en la casa de la viuda del general Las Tejas...43

—¡La famosa timba de la gente bien en la avenida Quintana...!

—Eso mismo... ¡El sepulcro de las 36 tumbas...! El Payo nunca apareció, pero estaba, en cambio, toda aquella fauna que ya sabés... Perrucho Salcedo,31 Lerdo de Tejada, los doctores Magrida, Almíndola, Palomezzo, el juez...43

—¿Un juez?

—¡Claro...! ¿O creés que los jueces son ajenos a las tentaciones de la rula, la Cocó, el champagne y las niñas de sociedad...? No faltaba ninguna de aquellas coccottes: Laurita Las Tejas seduciendo a cuanto anciano con dinero pasaba cerca, Mangacha, Celita Krunisky, Dorita Medina, Nené, Mechita,43 estaban todas... incluso Alex Fussler Maura...19 Y en eso llegó la patota deliciosa de alegres muchachos comandada por Tartarín Moreira...29 Venían de armar una jarana fenomenal en el Club Progreso y, al parecer, seguían con ganas de hacer bullicio... Rápida de reflejos, se acercó la viuda del general y les dijo que si ella podía proponer un juego acorde a su salvaje espíritu...

“Les advierto —dijo— que hace falta más coraje que dinero para jugarlo.”

Eso despertó la curiosidad de Tartarín Moreira y los suyos, pero, para qué negarlo, también la de Ataliva y la mía, que nos acercamos al alegre grupo.

“Vamos al estudio que fuera de mi marido, al otro lado de la casa, para que nadie los moleste y puedan jugar a algo realmente emocionante”, siguió la viuda...

Los muchachos aceptaron encantados y sin preguntar demasiado... Y allá fuimos: Tartarín Moreira; un tal Julio Solís,28 profesor de buena familia que venía de La Rioja, donde había ido a curarse no sé qué enfermedad y de donde había tenido que salir disparado huyendo del embarazo de una maestrita; Miguel Zebolla y Zuñaterría, conocido juerguista y heredero; Julio Narciso Dillon,27 Ataliva y yo...

El estudio que perteneciera al ilustre general Las Tejas, héroe del Desierto, contaba con una ventana que daba al patio interno de la casa, dos paredes con vitrinas atestadas de libros y una tercera en la que se exhibían sables y armas de fuego. Sobre la pared restante una soberbia acuarela representaba la batalla de Cochicó. En medio de la habitación, sobre una alfombra carmesí, un imponente escritorio de caoba.

“Es un juego de origen ruso —nos informó la viuda—. Cien pesos para entrar al juego, que es lo que se queda la casa. Y, cada ronda, otros cien.”

Todos dejamos el dinero sobre el escritorio... Entonces la viuda guardó seis billetes en su escote y sacó de la repisa un revólver negro bruñido de caño largo y cachas de madera... Después, de una caja que extrajo del cajón del escritorio, una única bala.

“A su turno cada participante debe colocarla”, dijo introduciendo la bala en uno de los espacios del tambor, para que todos pudiéramos verla.

“Después hacer girar el tambor y cerrarlo así —sonrió con malicia...— Por último tendrán que apoyarse el caño en la sien y gatillar.”

Imaginate... Quedamos todos pasmados...

“El último en retirarse, se quedará el dinero... Y quien se anime más de cuatro veces, podrá llevarse el arma que fuera de mi esposo”, completó.

“Pero ¿y si alguien accidentalmente se dispara?”, preguntó con la voz quebrada Dillon...

La viuda no dudó:

“¡Pero si de eso trata el juego, querido Julio...! Ese es el momento en que el juego termina. Después el juez que está en el salón se ocupará de que mañana los diarios solo digan ‘víctima de una rápida enfermedad, falleció anoche el distinguido caballero Fulano de Tal’... No será la primera vez, créanme.”

Y dicho esto, volvió al salón principal... Julio Narciso Dillon se fue tras ella. El resto nos quedamos... a jugarnos la vida.

Tomó la iniciativa Ataliva... Después, por no ser menos, Tartarín... El profesor Solís... Yo fui el cuarto... Terminó la primera ronda Zebolla y Zuñaterría.

Todos temblábamos, aunque tratando de disimular. Pero, tras de un instante de alivio y zozobra, Tartarín, que necesitaba demostrar coraje después de que Ataliva lo primeriara, propuso una segunda vuelta...

Así, los cinco volvimos a poner cien pesos sobre el escritorio de caoba del general...

Candilejas hizo una pausa. La pausa se extendió tanto que parecía dar por terminada la historia.

—¿Y...? Terminá, contame... ¿Qué pasó?

—No, no, no... No lo sé —dijo Candilejas entre carcajadas—, antes de que me tocara de nuevo pudo más la sensatez y me fui, perdiendo mis trescientos pesos, pero conservando la vida... Lo que puedo decirte es que cuando volvía al salón escuché un ruido que puede haber sido un disparo... Y que fue tanto el julepe que me dio, que decidí que había pasado mi cuarto de hora y ni a la rula volví... Salí a la calle y me vine directo para acá...

—Bueno —respondió Dorlique encendiendo un nuevo cigarrillo con la colilla del anterior—. Habrá que esperar hasta mañana para saber si alguno de los invitados falleció de una rápida enfermedad...

5. Los papeles. 16 de mayo de 2022

—MIRÁ —dice Adrián.

No la saluda. No le da tiempo a sentarse, para que se saque el saquito de hilo gris, que descuelgue la cartera de su hombro. No le da tiempo de comentar qué fiaca los lunes a la mañana. Dice mirá y apoya en la mesa, dentro de un folio de plástico transparente, el papel que encontró el viernes entre las páginas de A Case of Revenge.

—Mirá —repite cuando, después de saludarlo, sacarse el saquito de hilo gris, descolgarse la cartera y ponerla en el respaldo de la silla, después de sentarse, comentar la fiaca de los lunes a la mañana, de buscar a la mesera, Martina —una chica nerviosa cuyo mayor secreto es que un novio la dejó en una cama manchada de caca—,396 y con un gesto cómplice terminado en un guiño de ojo, pedirle un café, Paula se sienta frente a él.

Está ansiosa, pero no quiere demostrarlo.

Sabe, Paula, que el llamado del viernes y esta temprana impaciencia tienen que querer decir que Adrián encontró algo importante. Pero también sabe, lo aprendió con años de peleas y reconciliaciones, que su sociedad está construida sobre un permanente tira y afloje entre las obcecaciones de él y la disciplina de ella. Una batalla de posiciones en la que Adrián está siempre a la ofensiva y ganando espacio.

Mi tarea en este equipo, piensa Paula, es bajarle los decibeles, parar la pelota.

Y, dependiendo del caso, decidir: cuándo ceder terreno, cuándo plantarse.

—A ver —responde, entonces, con un desgano aparente y falso como el poema “Instantes”.

Dentro del sobre, una factura de compra, amarillenta y quebradiza, viejísimas manchas de humedad y tinta entre las que asoman algunas de molde que transparentan del reverso y bajo las que todavía se lee: Armería “Luba” de Saul Kostia. Al costado: Av. Entre Ríos y un número que comienza con uno y del que no se entiende más. Debajo la fecha, desdibujada y borrosa pero aún legible —15/2/35—, y un antiguo número de teléfono: 30-437.

En el cuerpo de la factura, en tinta azul, escrito con una letra clara, aunque despareja, de comerciante:

 

1 (un) revólver

S —ilegible— & Wa —ilegible—s

# de serie R-100 V-ni2//dos

12 (doce) proyectiles calibre .38

 

Después una línea cruza el resto del papel en diagonal hasta el precio, que tampoco puede leerse.

En el rostro de Paula empieza a dibujarse un gesto de desconcierto, pero Adrián no le da tiempo ni para terminar el dibujo.

—Ahora del otro lado. Mirá del otro lado —le indica. En el reverso las manchas son más nítidas. Hay un párrafo escrito al revés. Los ojos de Paula se achinan hasta convertirse en dos cicatrices tratando de descifrarlo.

Pero no es eso lo que Adrián quiere mostrarle.

—En el costado —le señala, impaciente—, ahí.

Paula gira el papel.

En tinta negra, lo que parece ser un nombre tachado y cuatro palabras. La letra es distinta a la del otro lado del papel. Más pequeña y regular.

Mira, Paula. Es una letra que conoce muy bien, que los dos conocen muy bien. Una letra que llevan veinte años persiguiendo.

Y Paula lee.