Lo que sabemos y lo que somos - Kike Ferrari - E-Book

Lo que sabemos y lo que somos E-Book

Kike Ferrari

0,0

Beschreibung

Antología realizada por Kike Ferrari con relatos breves de: Ezra Alcazar, Diego Ameixeiras, Raúl Argemí, Bruno Arpaia, Elia Barceló, Jorge Belarmino Fernández, Julián Ramón Biedma, Pino Cacucci, Imanol Caneyada, Juán Carrá, Marc Cooper, Bernardo Fernández BEF, Kike Ferrari, Fritz Glockner, Fermín Goñi, Francisco Haghenbeck, Lorenzo Lunar, Rafael Marín, Andreu Martín, Alfonso Mateo-Sagasta, Nahum Montt, Rebeca Murga, Guillermo Orsi, Rodolfo Pérez Valero, Elena Poniatowska, Alexis Ravelo, Sébastien, Rutés, Carlos Salem, Juán Sasturain y Gabriel Trujillo Muñoz. "Como en la tradición de los grandes detectives, detecta los signos de parálisis lírica que envuelven al mundo, para poder descubrir también que esos males eran sus secretos tesoros, guardados como sarcasmo dolido en su propia conciencia" (Horacio González).

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 387

Veröffentlichungsjahr: 2021

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Sobre este libro

Como en la tradición de los grandes detectives, detecta los signos de parálisis lírica que envuelven al mundo, para poder descubrir también que esos males eran sus secretos tesoros, guardados como sarcasmo dolido en su propia conciencia.

Horacio González

Índice

Sobre este libro

A modo de presentación

EZRA ALCAZAR

La araña, otra vez

DIEGO AMEIXEIRAS

Olor a siete machos

RAÚL ARGEMÍ

Para la malaria

BRUNO ARPAIA

La red patito

ELIA BARCELÓ

Universos paralelos

JORGE BELARMINO FERNÁNDEZ

El mejor personaje

JUAN RAMÓN BIEDMA

El principio de la incertidumbre

PINO CACUCCI

Recuerdos del pasado, del presente y de algún futuro también

IMANOL CANEYADA

Regreso a la ciudad sin lluvia

JUAN CARRÁ

Querida Ana

MARC COOPER

Una república de lectores

BERNARDO FERNÁNDEZ

Llamaradas vacías

KIKE FERRARI

Todo es sueño

FRITZ GLOCKNER

Cenizas de la memoria

FERMÍN GOÑI

El comandante que fumaba hojas de amor

FRANCISCO HAGHENBECK

A oídos sordos

LORENZO LUNAR

Como un arma secreta

RAFAEL MARÍN

Guadalupe, 1958

ANDREU MARTÍN

¿Será capaz?

ALFONSO MATEO-SAGASTA

El armisticio

NAHUM MONTT

Siete pedos contra la dictadura

REBECA MURGA

Chinga tu madre, dijo el abuelito

GUILLERMO ORSI

Hora de cierre

RODOLFO PÉREZ VALERO

Belascoarán me la suda

ELENA PONIATOWSKA

Un mundo poblado de dragones

ALEXIS RAVELO

Los héroes y los mártires

SÉBASTIEN RUTÉS

Alex construye un muro

CARLOS SALEM

Cuánta soledad, carajo

JUAN SASTURAIN

A las cinco de la tarde

GABRIEL TRUJILLO MUÑOZ

El lazo más fuerte de todos

Lo que sabemos y lo que somos: un festejo de la vida y la literatura

de Paco Taibo II / Ezra Alcazar ... [et al.] ; compilado por Kike Ferrari ;

editado por Carlos Zeta. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires :

Punto de Encuentro, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-4465-48-1

1. Narrativa. I. Alcazar, Ezra. II. Kike Ferrari, comp. III. Zeta, Carlos, ed.

CDD 863

© Punto de Encuentro 2021

Av. de Mayo 1110, Ciudad Autónoma de Buenos Aires

(54-11) 4382-1630

www.puntoed.com.ar

Cuidado de la edición: Carlos Zeta

Diseño: Cristina Angelini

Conversión a eBook: Daniel Maldonado

Queda hecho el depósito que establece la ley 11.723.

Libro de edición argentina.

No se permite la reproducción total o parcial, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito de la editorial.

Lo que sabemos y lo que somos

Un festejo de la vida y la literatura de Paco Taibo II

Kike Ferrari

Antologador

Lo que sabemos y lo que somos

Un festejo de la vida y la literatura de Paco Taibo II

“Me siento a la máquina con rabia, porque no sé qué otra cosa hacer. Porque cuando llueve mierda, cuando te quieren meter a la cárcel por razones políticas, cuando el mundo se oscurece, cuando los amigos se mueren, eso es lo que hago.

Escribo. Eso es lo que sé y lo que soy”.

Paco Ignacio Taibo II

A modo de presentación

¿Por qué este libro? ¿Por qué ahora?

Digamos que es un proyecto hijo de dos certezas. La primera: hay que huir de la lógica necrológica de los tributos post mortem. Tenemos que homenajear a los nuestros cuando están acá. Y la segunda: el momento de hacerlo es cuando la reacción —llamalos gusanos, gorilas, escualos, fachas, fifis— los atacan.

Eran los últimos días de diciembre. Andaba dándole vueltas a esas ideas y haciendo la última corrección de mi novela —en la que hay una reescritura de varios personajes de Paco— cuando decidí que entonces este era, es, el momento justo para que festejar —más que homenajear— su vida y su trabajo. Su amor por el oficio de escribir, su pasión militante, su guevarismo cultural. El momento para juntar esa red —una parte de esa red— que viene tejiendo hace años por el mundo, la de los que tenemos la suerte de tenerlo como amigo, camarada, colega o maestro.

***

Al primero que le escribí con la idea fue a Bef. Misteriosas fuerzas me unen a mi alma gemela asimétrica y chilanga. Enseguida busqué complicidad en Marina, la hija de Paco, y me lancé a la convocatoria. A esa lista primitiva, Marina —y después Paco Haghenbeck— le agregaron algunos nombres. Más lo pensaba y más me entusiasmaba la idea: juntar un montón de autores de distintos lugares del mundo (finalmente fuimos una treintena, de siete países, con más de sesenta años entre una punta y otra del arco etario) con la consigna de escribir un texto con un personaje de Paco, o Paco mismo como personaje. Que se cruzaran la ciencia ficción y el policial, la crónica y la poesía, la ficción histórica y la de aventuras, el género negro con la semblanza. Ver qué teníamos para decir, decirnos, decirle.

Y, claro, había que mantener el secreto. Paco no podía enterarse hasta que fuera un hecho consumado porque las posibilidades de que nos mandara a la chingada —a mí, a todos los cómplices y al libro— eran altas. Altísimas, podríamos decir.

***

De a poco los textos fueron llegando.

El maestro Andreu Martín, que cuando lo convoqué me había contestado que no estaba seguro de poder hacerlo, fue el primero en mandar el suyo, apenas un par de semanas después. El último, apenas pasado de la fecha de cierre, Nahum Montt, inmerso en la locura de su nueva tarea en el FCE colombiano. A Elena Poniatowska le pedimos permiso para usar, levemente actualizado, un texto–semblanza de Paco que había sido prólogo de 68y a Marc Cooper una crónica que escribió para el semanario The Nation.

El libro se llenó de excepciones. Aunque la idea era que cada uno eligiera su personaje, a Fritz Glockner le sugerí que usara —¿podemos decir que lo presioné?— uno de los personajes a los que Paco les dio nombre. Carlos Salem hizo un crossover con su propio detective. Lorenzo Lunar sorprendió con un poema. Pino Cacucci hizo una crónica que también incluye una entrevista. Algunos relatos, como el bellísimo texto de Rafa Marín, necesitaron menos del mínimo que nos habíamos propuesto para decir lo que querían decir. Otros, como el de Fermín Goñi, llegaron a doblar el límite. El Belar usó apenas una carilla.

Intenté invitar a participar a Cesare Battisti quien, durante su exilio en México, se hizo escritor después de leer a Paco, pero las autoridades de la cárcel italiana en la que cumple condena no le dejaron llegar la carta, que volvió a mi casa, abierta.

Varios colegas, tapados de trabajo, no pudieron, aunque lo intentaron, terminar el texto. La última en bajarse —batallando al mismo tiempo con la editorial, una bebé y algunos problemas de salud— fue Carmen Moreno. No fue la única. Pienso en Iris y Benito, Gabriela y Carlos. En Cristina, Karla, Leo y Claudia, entre otros. Era de esperar, claro, pero no por eso deja de dar bronca. Y cuando recibí el mensaje de Juan Manuel Fajardo contándome la tonelada de tareas que se habían interpuesto entre él y el Sandokan taibolero que se había propuesto escribir, me di cuenta de que era importante decirlo. Decir que este es el libro de todos. De los que pudimos estar y de los que no. Que nadie se equivoque. De todos.

***

Imanol me acompañó de cerca y me dio una mano con las primeras lecturas. Y para todo, todo el tiempo, conté con el apoyo y la ayuda de un tipo que me enorgullece llamar mi amigo: el imprescindible José Ramón Calvo.

Y para que este festejo, que no está hecho sólo de textos, pudiera ser un artefacto completo, eran necesarios otros aportes fundamentales: Ángel de la Calle —actual director de la Semana Negra de Gijón— nos dio una acuarela para la portada y Eduardo Penagos —brigadista de Para Leer En Libertad— las fotografías que ilustran el libro.

Con el plan en marcha, había que pensar quién lo iba a editar. Porque, por supuesto en un proyecto taibolero —de base, que recorra librerías y ferias, bibliotecas y salas de lectura, buscando a sus lectores por abajo, cerca del pueblo— el lugar de enunciación es central. Así fue que, aunque es muy probable que alguna de las grandes lo hubiera publicado, una mañana —después de una charla con Fritz, frente al mar, en Acapulco— decidí que lo mejor era que lo hicieran editoriales independientes, cercanas, compañeras: Nitro en México, Punto de Encuentro —con el aporte de Sudestada en la distribución— en Argentina, Cazador de Ratas en España, la Brigada Para Leer en Libertad, el formato digital. Otra vez la idea de red, de cofradía.

***

Habrán notado que, aunque estoy hablando de un plan de muchas cabezas, se repitió hasta acá, molesta, la primera persona del singular. Es porque aunque las consulté con varios de los participan en este proyecto, todas las decisiones terminé tomándolas yo.

Es decir: los logros y los aciertos de este proyectos son colectivos; las falencias —ausencias injustificables, presencias perturbadoras, errores o tropiezos—, solo míos.

En fin.

Fueron unos meses de mucha ansiedad pero acá estamos.

Esto somos: los espartaquistas sandokanianos del subrealismo subsocialista, la red Patito, los brigadistas hammetianos y philipdickeros. La taibolera. Una internacional —la Quinta— aventurera, negra y criminal.

Alcemos nuestros vasos, camaradas, y brindemos por la vida y la literatura de uno de los mejores de los nuestros.

¡Salud!

Por el placer de seguir estando con vos, Paco.

Kike Ferrari

Buenos Aires, julio de 2019

EZRA ALCAZAR, el benjamín del libro, nació en la Ciudad de México ayer nomás: en 1993.

Es escritor, periodista, crítico pero, sobre todo, un lector voraz. Fue parte de la Brigada para Leer en Libertad y hoy trabaja con Paco en la aventura del FCE, lo que no siempre es fácil: “más de una vez he pensado en que debería morir antes de seguir haciendo esto”, dice sonriendo.

En su relato vuelve, una vez más, la araña, uno de los grandes personajes de los relatos febriles de Paco.

La araña, otra vez

La evocación es un archivo saqueado, leyendas desvanecidas, insistencias ópticas

Carlos Monsiváis

--

Naciste como todos, y como todos fuiste condenado a repetir la historia que no conocías. Creciste en el más o menos que es mantra de los tuyos, en el más o menos estudias mientras más o menos te alcanza para comer, te dieron un trabajo más o menos que pagaba igual, conseguiste la propuesta del sindicato para más o menos salir adelante. Vives en el país del más o menos y sin embargo no dejas de pensar todo el tiempo en esa nota:

El pasado está vivo y en entenderlo radica la verdadera transformación

La transformación empezó hace mucho —o eso decían—, cuando tú apenas estabas en la secundaria diurna número 79. Ahí estabas con tu suéter verde y pantalón Príncipe de Gales comprado en Soriana cuando llegó el cambio. Pero nunca entendiste cuál era ese cambio. Nunca te hiciste esa pregunta hasta ahora; ahora que el cambio se ha generado, que vives en los frutos de eso y dejaste tu segundo suéter verde para regresar a un pantalón —también comprado en el Soriana— que usas en tu chamba de office boy. Fue ahí donde viste aquel mensaje. Un post it cualquiera con aquella nota y una pequeña araña dibujada debajo de él. Algo parecido habías escuchado decir a Roberto, aquel hombre viejo del sindicato, tan harto del trabajo pero que por ancas o por ranas le tocó una Ley Federal del Trabajo que según él nunca lo dejaría jubilarse. Y dicho y hecho, Roberto se murió en el hospital, pero no interno sino limpiando los pisos. “El pasado está vivo y ahí radica la verdadera transformación”, al principio creíste que era una frase un tanto poética, caminabas por Palacio viendo las placas que conmemoraban a los héroes. Pero los héroes eran estatuas y placas olvidadas, que miraban todo y que todos miraban sin entender realmente, como tú también hacías.

Los funcionarios son pinches, pero los funcionarios mexicanos son pinchísimos, son como corchos que siempre logran flotar

Y ahí estaba otra vez, ahora lo entendías bien. El mensaje no fue poético, era real. Tocaba entender que el pasado viciado seguía ahí, enraizado al “cambio”, a un cambio que fue más o menos cuando las viejas voces se callaron. ¿Pero cuáles eran esas voces? ¿Cómo se callaron?

Antes de dejar el hospital te enamoraste más o menos de una enfermera a la que dejabas poemas de Ángel González en su tarjeta del checador. Cuando dejaste el hospital y viniste aquí, también la dejaste a ella. Así eran las cosas aquí, no había tiempo para los poemas pero sí para los discursos y las ceremonias, para el protocolo. Vives en una velocidad que apenas te deja entrever lo que haces, meditarlo un poco, y cuando lo haces ya cayó un nuevo golpe y sigues. ¿De eso se trataba el cambio?

Ayer te tocó recoger las cartas de renuncia, llegó una nueva administración que barre con lo que existía y como tú eres de esta misma que entró no te queda más que seguir y tragar tus sentimientos. La justicia no existe para los justos, la justicia no existe cuando estás de este lado ni cuando estás del otro. Te toca exigirla a veces o callarte cuando te la exigen a ti. ¿Cómo empezó esto? ¿O es que nunca empezó?

Al salir del Palacio una nota más:

Las horas extra se pagan doble

Ahí vuelves a soñar. Recuerdas las primeras marchas, los días de lucha agarrado de tu madre. Caminar sobre Reforma al lado de un gordito bigotón que logra atraer a las masas como el flautista de Hamelín. Habla de otros tiempos, de la lucha de los trabajadores, de los villistas, de Zarco, de la libertad que tanto buscamos y que cuando parece que más nos acercamos alguien nos jala de regreso y nos deja fuera de su alcance. Pero la libertad nunca la conociste como la pintaban, la libertad estuvo cuando te enamoraste de aquella enfermera, cuando leíste ese libro, cuando bailaste. La libertad nunca estuvo en los cuadros de formación ni en la transformación nacional. La libertad estuvo en escribir los poemas para tu novia, en combatir con el palillo de dientes que es la palabra a los abusos sistemáticos del poder. En el hospital aprendiste que la lucha sindical había desaparecido para convertirse en el paraíso del charrismo. Intercambios de favores entre los miembros, tira y afloja de sobornos entre patrón y dirigentes ¿quién pediría horas extra cuando sabes que tu mismo secretario general te mandará a madrear?

Siempre creíste que la política era lo tuyo, pero la política no eran los discursos ni las ideologías, la política eran los favores y los compadrazgos. Eso iba a cambiar, eso te dijeron. Pero no fue así. Poco a poco quienes lo gritaban a los cuatro vientos, quienes se partieron la vida por eso, se fueron yendo, y quedó este cúmulo de funcionarios sin militancia ni ideología. Nuevos herederos del sistema contra el que tanto se había luchado.

Al entrar al sindicato el futuro se veía prometedor. Tus estudios en Ciencias Políticas auguraban que sabrías moverte dentro del aparato, y podías hacerlo. Poco a poco fuiste escalando y no fue la conciencia la que te alejó de tomar el poder sino la posibilidad de seguir escalando en otro aparato. Subiste —más o menos— en otro escalón. En tu nuevo aparato los lugares ya estaban tomados, moldear la conciencia de muchos para seguir a un sindicato charro no era suficiente. ¿Es eso, el que no puedas escalar o verdadera conciencia lo que ahora te mueve? ¿Esas notas de la araña funcionan en verdad?

Al día siguiente te mandaron con el de Recursos Humanos, una de las despedidas no aceptaba firmar su renuncia. Antes de que terminara la administración anterior la habían hecho firmar una renuncia y la recontrataron, con lo cual perdía inmediatamente la antigüedad de haber trabajado durante 25 años. La jubilación no estaba lejos, pero a nadie le importó. La señora estaba a cargo de sus nietos y ahora había perdido el trabajo. Saliste corriendo de ahí. Estabas enojado, decepcionado y con ganas de lanzar todo al vacío. Olvidar el trabajo y limpiarte de las manchas que se te quedaban pegadas por tener que cumplir con tu trabajo que prometía realizar un cambio que en su época no llegó más que al más o menos de costumbre y que ahora veías caer por completo.

Nos meteremos en sus sueños. Seremos su peor pesadilla.

Llegas a tu casa, más o menos cansado, pero con la terrible necesidad de hacer algo. Le das vuelta y renunciar no sirve de nada. Contratarán a otro, y a otro que siga haciendo el trabajo, que tal vez se dé cuenta de lo mismo que tú y renuncie, y así vendrán más. O no, se quedarán, callados, conservando su empleo y más o menos olvidando su conciencia y todo tipo de moral. Entonces vas a tu escritorio, levantas los papeles, tiras todo de un lado a otro buscando con impaciencia. Ya está, tienes el bloc, y un paquete nuevo de post it; y así empiezas a hacer dibujos, bocetos apenas de una aparente araña morada. Cuando tienes el dibujo perfecto empiezas a llenar el bloc, las hojitas amarillas, una con cada consigna y el dibujo de la araña, que ahora sí pueden estar todos seguros, ha vuelto.

Al día siguiente sales más temprano que nunca. Cuando la gente llega a la oficina tú ya vas por el segundo café y has terminado todas tus tareas. Dejaste la evocación a los héroes del cambio y pasaste a la acción, esa es la transformación. No hay baño, elevador, checador ni computadora que no tenga al menos uno de los mensajes de la araña.

DIEGO AMEIXEIRAS es gallego pese a haber nacido en una ciudad suiza, Lausana, en 1976. Guionista, periodista y escritor, es uno de los grandes narradores —y el más goodisiano— de nuestra generación. Algunos de sus libros son Conduce rápido, La crueldad de abril y esa novela perfecta que es Dime algo sucio.

En su relato —que toma su título de un capítulo de La vida misma—, plagado de referencias literarias y cinematográficas, se cruzan un José Daniel Fierro retirado en una filmoteca de Galicia con el inmortal Terry Lennox y una Margarita Miller fatal.

Olor a siete machos

José Daniel Fierro se atusó el bigotazo mientras seguía revisando aquel libro con fotografías de John Garfield. La decisión estaba tomada. Ese mes programaría El cartero siempre llama dos veces y Cuerpo y alma. Tay Garnett no había sido muy hábil con la novela de James Cain en el último tramo de la película, pero las piernas de Lana Turner compensaban los despistes del guion. A Robert Rossen, gracias a El buscavidas, le había perdonado su debilidad durante el macarthismo, pero a los chavales les hablaría más de Abraham Polonsky, el guionista, que sí se había negado a declarar. Cuerpo y alma era la perfecta combinación entre boxeo y lucha de clases. En eso seguía pensando JD cuando levantó la vista e invitó a sentar a aquel tipo que había entrado en su despacho.

—Así que ahora se ha metido a dirigir una filmoteca, Fierro.

El extraño era alto y espigado, con estilo. Vestía un traje de color beige y también lucía bigote, aunque más perfilado que el suyo. Tenía cicatrices de arma blanca a ambos lados del rostro. Había pasado por varias operaciones de cirugía estética. JD apretó la mandíbula como Lino Ventura en El clan de los sicilianos y lo miró de arriba a abajo.

—Es menos peligroso que dirigir la policía de Santa Ana. No se acaba en la cárcel por poner películas de Fritz Lang o John Huston. Creo que no se ha presentado.

—Disculpe. Soy Terry Lennox.

JD se quedó frío. Hizo memoria. Lennox tenía la cara de un tal Jim Bouton en la adaptación de Robert Altman de El largo adiós. Unpájaro insustancial, como aquellas vecinas hippies de Marlowe. ¿Habrían sido idea de Leigh Brackett?Qué importaba aquello ahora.El gringo venía directamente de la novela de Raymond Chandler. Era el Terry Lennox de primera generación. El borracho de la terraza de The Dancers, no el muñeco de la United Artists.

—¿No querrá que lo lleve a Tijuana? Conmigo no cuente, amigo. No soy tan incauto como Marlowe. Váyase de aquí antes de que se me ponga la sonrisa de Richard Widmark en El beso de la muerte.

—Necesito que convenza a Margarita Miller para que me incluya en su novela. Quiero recuperar a Marlowe. Éramos amigos.

Fierro sabía que Margarita Miller, autora de insulsos procedimentales, trabajaba en una casa cerca de la playa. La odiaba secretamente. Cuando JD había escrito Muerte al atardecer, al poco de morir Rafael Bernal, hubiese dado su gorra beisbolera por continuar la serie de Filiberto García, el detective de El complot Mongolque nunca lograba acostarse con Martita. Margarita Miller era la elegida para la segunda parte de El largo adiós. A JD nunca le habían ofrecido revivir a nadie. Ni siquiera a un secundario como Dick Foley, al que Hammett había hecho pensar que el agente de la Continental había matado a Dinah Brand en Cosecha roja.

—¿Por qué yo, Lennox? Organizo ciclos de cine, no asesoro a imitadoras de Ed McBain.

—Fue un escritor de primera, Fierro. Su dominio del diálogo en La cabeza de Pancho Villa influyó a Margarita en Desórdenes bajo la luna. Lo supe la noche que me alojé en su inspiración, antes de que desechase mi reencuentro con Marlowe.

Dejó de odiar a Margarita. Era muy sensible al elogio, aunque no recordaba virtud alguna en La cabeza de Pancho Villa. Se estremeció al ver a Lennox transparentándose ante sus ojos, como una pintura perdiendo su color. Desterrado de la inventiva de Margarita Miller, estaba a punto de desaparecer sin poder tomarse un útimo gimlet con Marlowe para limar asperezas. JD tuvo que contener el aliento cuando le estrechó la mano y notó un tacto de filete crudo. Entendió la zozobra de aquel perdedor. La inspiración de JD se había esfumado después de los sucesos de Santa Ana, y con ella la vida de personajes que ya nunca se le aparecerían en sueños con peores modales que los de Terry Lennox.

***

Hacía seis meses que Fierro no fumaba. Se había convertido en un fundamentalista de los ambientes oxigenados, y por eso pensó que aquella nube de tabaco podría provocarle un enfisema. Ya solo bebía agua con gas y refrescos sin azúcar, así que el olor a whisky casi le hizo perder el equilibrio. Tomó asiento. Margarita lo había recibido en su cuarto de trabajo sin dejar de golpear las teclas del ordenador, pero ahora se permitía una pausa y un nuevo lingotazo de Johnnie Walker. Tenía la voz humeante de Lizabeth Scott, la altivez felina de Lauren Bacall y el mechón de pelo que cubría el ojo derecho de Veronica Lake. Fierro tuvo que contener el entusiasmo. Margarita le contó que había dejado su viejo apartamento en Brooklyn buscando soledad y concentración en una casa como aquella, a orillas de la playa de Mortovia, el mismo municipio gallego en el que Fierro había recalado tras su divorcio. En seis meses debía entregar su novela. Margarita quiso saber la historia de JD.

—Es un drama, señora Miller. Dejé de escribir cuando me nombraron jefe de policía en Santa Ana. Me enredaron en un lío de narices y acabé en la cárcel con Canales, Fritz Glockner y el subjefe Barrientos. Cuando salí, mi mujer me pidió el divorcio y mi vida en Ciudad de México me llenó de amargura. Tuve que huir de tanta tristeza.

—Algo me contaron en una Semana Negra de Gijón, antes de ventilarme una botella de JW en el Hotel Don Manuel con unos argentinos, cuando estuve presentando Los cuchillos del miedo.

—Entonces me vine a Galicia buscando la pista de mi tío paterno, un carpintero anarquista al que los fascistas mataron en la guerra. Me gusta este pueblo, aunque con tanta lluvia se me está poniendo la cara de James Cagney en El enemigo público. Tengo a unos arqueólogos de la Brigada por la Memoria excavando cerca del cementerio. Pero todavía no he encontrado nada.

—Me han dicho que van a organizar un ciclo dedicado a John Garfield. Qué lástima de hombre. Tenía el atractivo del proletario con aspiraciones. Me encantaba. Murió demasiado joven. Adoro su química con Patricia Neal en Punto de ruptura.

JD se mordió la lengua. Para química, Bogart y Bacall en Tener y no tener. La versión de la novela de Hemingway, dirigida por Howard Hawks, era más popular que la de Michael Curtiz. Pero le dolió no haber programado Punto de ruptura, más oscura y pesimista. A Margarita le atraían los precipicios. Su odio por ella no solo había desaparecido. Se había vuelto una ambición soñadora.

—¿Puedo saber a qué se debe esta visita, Fierro?

Su voz resultaba ahora más cálida. Tampoco quedaba rastro de su altivez. JD entendió que Lizabeth Scott y Lauren Bacall habían bajado la guardia, pero todavía quedaba el mechón de pelo sobre el ojo derecho de Veronica Lake.

—Tiene que darle una oportunidad a Lennox, señora Miller. Necesita redimirse. Marlowe fue demasiado severo con él.

Margarita se dio la vuelta y pareció encararse con una estantería en la que JD pudo adivinar unas cuantas novelas de Jean-Patrick Manchette. Se enamoró definitivamente de ella. Margarita desveló el perfil de un llanto reprimido y JD se imaginó en el centro de un hard-boiled situacionista.

—Imposible, Fierro. Lennox es como una puta de cincuenta dólares.

—Es un simple derrotista moral. Ya lo dijo Marlowe. Le afectó la guerra. Ahora merece una oportunidad. Introduzca una sub trama o un simple apunte. Lennox y Marlowe en The Dancers o en Victor’s. Unos diálogos reconciliadores y ya está. Después podrá seguir con su plan establecido.

Margarita suspiró. El llanto contenido se había convertido en rabia.

—Mi problema no es Lennox, Fierro. No habrá segunda parte de El largo adiós. Sufro un bloqueo terrible. Se me ha secado la imaginación.

Fierro acudió a un par de indicaciones infalibles, aunque a él ya no le funcionasen.

—Acuérdese del consejo de Chandler. Haga entrar a alguien por una puerta con una pistola y así avanzará la historia. O tenga presente aquella carta que le escribió Marcel Duhamel a Chester Himes. Agarre una idea. Empiece con acción, con alguien que hace algo; con un hombre que saca una mano y abre una puerta, una luz que brilla en sus ojos, un cuerpo que yace en el suelo. Siempre el retrato de la acción. Haga como en el cine. Las escenas, siempre visuales. El flujo de conciencia es de mal gusto. Esta última consideración es mía.

—¿Qué gana usted con esto, Fierro? ¿Para qué quiere que siga escribiendo?

—Quizá porque sé que aprecia La cabeza de Pancho Villa. O porque yo he fracasado como escritor y no quisiera que una mujer con su talento, aunque en alguna ocasión se le haya ido la mano imitando a Ed McBain, conozca esos infiernos. La escritura de una novela siempre nos reserva una niebla por disipar. Lo dijo Patricia Highsmith, que desalojaba tantas botellas de whisky como usted.

Margarita Miller buscó los brazos de JD con pasión y su cabeza de Veronica Lake se hundió en su hombro. El cuerpo de Fierro se electrificó. Sobre su coronilla afloró el sombrero de Alan Ladd en Contratado para matar y su autoexilio gallego cobró sentido.Pensó en su tío de la CNT y en sus pastillas para la tensión. Margarita notó el perfume de un cloroformo exquisito y se quedó dormida. Roncaba en los brazos de Fierro como un tubo de escape roto.

***

Un año más tarde, JD se desvió en su paseo matinal por la playa para detenerse ante la casa en la que había vivido Margarita Miller. Seguía cerrada. Tras aquel encuentro en el que habían hablado de Terry Lennox y los demonios de la escritura, la mujer había regresado a Nueva York de forma abrupta, sin despedirse. Fierro suspiró y se encaminó hacia su despacho en la filmoteca. Había un bulto sospechoso sentado ante su mesa.

—Esto se nos está yendo esto de las manos, Fierro. Necesitamos un golpe de timón.

Era Ramiro Vilas, el concejal de cultura. Su rostro aunaba la papada de Edward G. Robinson y los ojos de Peter Lorre. A los pocos meses de su llegada a Mortovia, el Frente Municipalista había nombrado a JD director de la filmoteca. Vilas admiraba su talla intelectual, pero no su obsesión por el noir y su rechazo por toda expresión fílmica posterior a 1949. Lo más moderno que habían visto los cinéfilos de Mortovia, desde la designación de Fierro, había sido Al rojo vivo, de Raoul Walsh.

—Habla claro, Vilas. No te entiendo.

—El portavoz del Municipalismo Frentista pedirá tu cabeza si sigues programando crímenes en callejones sombríos y angustia existencial. Recuerda que no tenemos mayoría. Si esa gente nos retira su apoyo, estamos jodidos. Hay que buscar consensos.

Fierro se ajustó su gorra beisbolera y se sacó la cera de los oídos con una cerilla. Luego la prendió, pero no hizo fuego. Era una de sus manías, como mear sentado y hacer el zumo de naranja en el exprimidor eléctrico, pero sin enchufarlo.

—¿Qué es lo que quieren? ¿New Queer Cinema? ¿Documentalismo de vanguardia?

—Variedad, Fierro. No hace falta un salto tan radical. Una evolución hacia el melodrama en Technicolor es suficiente. Pero no más ciclos con Veronica Lake. Si volvemos a programar La llave de cristal, nos tumban los presupuestos.

—La verdadera oposición es el Municipalismo Frentista. Siempre lo dije. Ahora desprecian al mejor Hammett y les gusta llorar con Douglas Sirk. Son peores que la Unión Conservadora.

—No exageres. Si gobierna la derecha nos machacarán con ciclos de Charles Bronson. Piénsalo. El mes que viene quiero unos cuantos folletines con Rock Hudson haciendo de millonario desgraciado.

Vilas cerró la puerta sin despedirse. JD se quedó pensando en la posibilidad de llegar a un acuerdo con el Municipalismo Frentista sugiriéndoles un par de comedias románticas. Me casé con una bruja y Detengan a esa rubia podían servir para tender puentes con aquellos reformistas. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que alguien había dejado un paquete sobre su mesa. Intuyó el tacto de un libro. Al abrirlo se quedó de piedra. El título, La piscina vacía, era inequívocamente chandleriano. El texto de la contraportada anunciaba el reencuentro entre Terry Lennox y Philip Marlowe tras El largo adiós.

La persuasión deJD, aquella tarde en la que Margarita Miller se había balanceado en sus brazos, había salvado su carrera literaria. Por un instante barajó la posibilidad de dirigir unos cursos de escritura creativa, pero su obligación era la filmoteca. Se lanzó a devorar la novela. La tarde se volvió noche, llegó la madrugada con su silencio compacto y el amanecer, en el último capítulo, se escurrió por la ventana hasta lanzar sobre su rostro el primer rayo de sol de la mañana. Fierro se frotó los ojos y notó una bola de plomo en el estómago. La piscina vacía le quemó las manos. Arrojó la novela al suelo, lleno de rabia, y se lanzó a las calles con la desesperación de Paul Muni en Soy un fugitivo. Una furgoneta de reparto estuvo a punto de llevárselo por delante. En la cúspide de su cólera le pareció ver a Terry Lennox con una risa burlona en el camino que llevaba a la playa. No era una visión. Su transparencia era un físico real y compacto a lo Robert Mitchum. A Lennox le sorprendió la irrupción de JD con aquella pachorra. No había burla en su sonrisa. Era una suave complacencia.

—¿Cómo ha sido capaz, Lennox?

—No me culpe. Intenté evitarlo, pero no fue posible. De todos modos, estoy en deuda con usted, Fierro. Fue maravilloso reencontrarme con Marlowe.

—Pero ahora está herido. Tiene una bala en el pecho.

—Quise detener el impulso de Margarita Miller en el último capítulo, pero no me hizo caso. La novela tenía un final redondo en Victor’s, cuando Marlowe sacaba a bailar a la hija de Preston Farrell, el nuevo director del Journal. Pero a Margarita, tras una noche en blanco, se le ocurrió que era buena idea hacer aparecer a Mendy Menéndez por una puerta, armado con una pistola.

Fierro maldijo el día en el que le recordó a Margarita el consejo chandleriano. La piscina vacía acababa con Marlowe con un agujero en el pecho y Glenda Farrell rota en lágrimas.

—Es un ser detestable, Lennox. Transparéntese de mi vista.

—La imaginación de Margarita Miller es un animal extraño. En el penúltimo borrador de la novela me obligó a arrojarme al vacío desde la terraza de un hotel. Por suerte, acabó por reescribir esa parte y me mandó a una casa de reposo para quitarme los pensamientos suicidas.

—Compró una gran parte de mí, Terry. Con una sonrisa, un gesto con la cabeza, un ademán cómplice, una conversación en mi despacho. Hasta otra, amigo. No le diré adiós. Se lo dije cuando tenía un significado. Se lo dije cuando era triste, solitario y final.

El Gordo Soriano sí que había hecho un buen trabajo con Marlowe, juntándolo con el Flaco de Laurel y Hardy. JD se estremeció al pronunciar aquellos adjetivos maestros. Triste, solitario y final. Fue entonces cuando un Rolls Royce Silver Wraith salió de la nada, como por arte de magia, y se detuvo ante Lennox. Un chófer le abrió la puerta y el gringo se despidió con un suave ademán. Fierro no se inmutó. Se volvió, apesadumbrado por el dolor, y a su espalda rugió el motor del Rolls hasta desaparecer.

***

Mientras volaba a Ciudad de México, JD pensaba en el triste espectáculo de sus últimos días como director de la filmoteca de Mortovia. La proyección de Me casé con una bruja había desatado las hostilidades definitivas entre los socios del gobierno municipal, con reproches y enfrentamientos hasta los puños. Se había visto obligado a dimitir. Vilas le censuró la estrategia de deslizar una comedia romántica en el programa mensual, buscando acercar posturas entre su enferma devoción por el noir y la insistencia de los reformistas por el melodrama. Además, la protagonista de aquella película, cuyo título entusiasmaba a Fierro, era de nuevo la dichosa Veronica Lake. JD pensó en lo que le parecería a su tío tener un nieto al que había hecho dimitir una alianza entre unos marxistas y unos reformistas pusilánimes, y el hecho de haber sido alabado después por la Unión Conservadora, a cuyo secretario le parecía una excelente medida la exaltación de la comedia romántica y el olvido de los muertos por el franquismo.

Qué extraña era la política. Y qué tristeza constatar que los arqueólogos de la Brigada por la Memoria no habían encontrado ni rastro de su tío Emilio Fierro, el carpintero libertario que había trabajado de extra en Aurora de esperanza. ¿Por qué se la habría ocurrido marcharse de Barcelona y volver a Mortovia, en manos de los fascistas tras el estallido del golpe? Nunca lo sabría. Fierro se lo imaginó con una inquebrantable vocación actoral que excedía sus apegos anarquistas, buscando un papel en un musical de Benito Perojo.

El vuelo le dejó la espalda molida, pero sus tormentos ciáticos se acrecentaron todavía más durante el viaje en autobús hasta Santa Ana. Tenía ganas de llegar y abrazar a bocajarro a Canales, a Fritz, a Barrientos. Después volvería a Ciudad de México para comenzar una nueva vida y resistirse a la tristeza. Recordó el día que lo habían convencido para hacerse jefe de la policía. Aquella Santa Ana hostigada por los caciques y la represión sobre las organizaciones populares. Se instaló en el Hotel Florida, atravesado por la nostalgia, y durmió un par de horas. Estaba medio desnudo, a punto de darse una ducha, cuando sonó su teléfono.

—No ha sido fácil localizarlo, Fierro. En la filmoteca me dijeron que había vuelto a México, pero no supieron concretar su destino.

La voz de Margarita Miller parecía enmarcada por los violines de Max Steiner. Fierro se sobresaltó. El final de la película le había alcanzado con sus peores calzoncillos. No esperaba volver a oír aquella voz ronca y acariciante. El ronroneo de Margarita le diluyó la ciática y le disparó la tensión. Pero no aflojó. Le debía a aquella harpía unos cuantos reproches.

—¿Por qué ha dejado a Marlowe al borde de la muerte, señora Miller? Pensé que había sido cosa de Lennox. El detective más famoso de la historia de la novela negra está a punto de morir por su culpa. Estoy destrozado.

—No me acuse, Fierro. Fue asunto de mi editor, que se cree un showrunner de la HBO. Me obligó a dispararle por mediación de Mendy Menéndez. Pero Marlowe se recuperará, se lo aseguro. Estoy con la tercera parte. Marlowe se pasa diez capítulos en un hospital de Los Ángeles hasta que recibe el alta y se pone a investigar el caso de una herencia envenenada. Ya tengo el desenlace.

—Me utilizaron como a un muñeco. Mis palabras no sirvieron de nada.

—Eso no es cierto, Fierro.

—Mis consejos no alimentaron su inspiración. Tenía a su maldito editor moviendo los hilos en todo momento. Fue ese canalla quien le dijo a Terry Lennox que se presentase en mi despacho con aquellas majaderías. También jugaron con él. Estuve a punto de matarlo si no llega a marcharse en un Rolls.

—Está delirando, Fierro. Lennox estaba al tanto. Quería recuperar a Marlowe.

—Miente más que Barbara Stanwyck en Perdición. Diga la verdad. Necesitaba un estímulo de la realidad para introducir en su novela a ese cretino que dirige la filmoteca de Pasadena en el capítulo seis. Me eligieron a mí. Para construir una caricatura de mierda.

—Le juro que hubiese querido escribir La piscina vacía sin el capítulo de la filmoteca. No quería ridiculizarlo.

—¿Entonces por qué lo hizo?

—Mi editor era mi marido. Se puso muy celoso cuando le relaté nuestro encuentro.

—¿Qué pretendía esa rata utilizando a Lennox? No me diga que solo quería ablandarme.

—Quería que introdujese en la novela un escritor atormentado como Roger Wade. Se enteró de que usted se había instalado en Mortovia, incapaz de escribir una línea, y lo atrajo hasta mí por mediación de Lennox para incentivar mi imaginación. Pero José Daniel Fierro no era un alcohólico agresivo y delirante como el Roger Wade de El largo adiós. Era un antiguo jefe de policía honesto y cinéfilo, el autor de La cabeza de Pancho Villa. Un hombre maravilloso. Mi marido intuyó que habían saltado chispas entre nosotros y me obligó a ridiculizarlo. No tenía elección, Fierro. Lo hice por amor a Philip Marlowe. Si me negaba, me rescindiría el contrato y Jim Carlson se encargaría de escribir la novela.

—¿Carlson? Ese palurdo destrozó a Lew Archer en la remake de El martillo azul.

Margarita Miller soltó una risa dulce y apasionada.

—Lennox sabía desde el principio que aparecería en la novela, pero lo necesitábamos para llegar a usted. A cambio le escribí el capítulo con Marlowe en Victor’s. Mi venganza vino después. En cuanto salió el libro, le pedí el divorcio a mi marido y ahora lo han relegado a un puesto menor en la editorial. Ya no tiene influencia sobre mí. El nuevo editor, por el contrario, es encantador. Me dijo que quería enviarle a Linda Loring, la amante de Marlowe, en compensación por las molestias. ¿Vendrá a visitarme a Nueva York, Fierro? Me siento en deuda con usted.

—Tengo unos asuntos que resolver en Santa Ana. Quizá más adelante.

—La noche que me dormí en su hombro me embriagó su extraña fragancia.

—Ya estaba usted embriagada de sobra con el Johnnie Walker.

—Su olor se me quedó grabado a fuego.

JD sonrió. La vida era aun más extraña que la política y la gestión de filmotecas.

—La colonia Siete Machos es una aportación mexicana al mundo de los perfumes. Huele a violetas usadas y a alcohol de caña.

—Lo recuerdo como si fuese ahora. ¿Vendrá o no?

—Dígale a su editor que no me mande a Linda Loring. No quiero líos con Marlowe.

—Sin problema. Cuénteme, Fierro. ¿Por qué acabó en la cárcel en Santa Ana?

—Pregúntele a mi colega Paco Taibo. Le dará todos los detalles.

Margarita Miller suspiró llevándose todo el oxígeno del Hotel Florida. Hasta por teléfono era capaz de esos prodigios. JD volvió a acordarse de su tío Emilio. Se le humedecieron los ojos. ¿En qué actriz inalcanzable pensaría mientras los falangistas cargaban armas, antes de fusilarlo?

—Le esperaré, Fierro. Igual que Lilian Hellmann esperaba a Dashiell Hammett.

Fierro se sonó los mocos y se le contracturó un músculo del cuello con la emoción. Estaba amaneciendo y la luz que venía del este parecía entrar lentamente por calle principal de Santa Ana, aclarando los blancos de las casas a trescientos metros y lamiendo las paredes más cercanas. JD pensó que podría volver a ser escritor junto a su querida Margarita Miller porque la vida, en efecto, es lo suficientemente extraña y crea caminos, cascadas y recodos.

RAÚL ARGEMÍ, a quien algunos de sus amigos llaman Sopeto, nació en La Plata, en 1942. Fue guerrillero y preso político. Es periodista y escritor. Después de salir de la cárcel vivió en la Patagonia y, en el año 2000, se fue a España. Es allá donde su trabajo como escritor empezó a ser publicado, traducido y premiado. Su última novela es A tumba abierta.

En el relato de Raúl, además de un Belascoarán con argentinismos, vamos a encontrar a personajes de Paco que antes fueron personajes del gran jefe de la novela de aventura: Emilio Salgari.

Para la malaria

La limusina blanca se había alejado abriéndose paso entre la selva y esperábamos sentados un termitero muerto. El vasco, que parecía tener una necesidad inagotable de tabaco, fumaba mirando de soslayo hacia lo alto de los árboles, por donde la luz del sol se escurría hacia el ocaso.

A estas alturas del trópico se pasa del día hacia la noche en un suspiro o, mejor dicho, en un aleteo de mosquito, que eso era lo que poblaba el aire.

Se levantó para estirar las piernas y dijo, como al pasar:

—Había un cuento de Roberto Arlt donde a un tipo se lo comían las hormigas de un termitero…

Tal vez para impresionarlo, diría Freud, disparé el título:

—El criador de gorilas.

Sonrió con un expresivo movimiento de bigotes, que en esas horas que pasamos juntos me acostumbraría a reconocer, y dijo:

—Te agarré, pinche güey. Eres argentino. Me lo sospechaba.

—Nadie es perfecto.

—Como los argentinos son medio gringos siempre dejan la duda.

—Y sí… cuando uno es argentino y sartreano, se puede pensar cualquier cosa. Especialmente si alguien tiene una mente estalinista.

Frunció el ceño, movió el bigote, y se tomó el tiempo de encender un cigarrillo con el pucho del que tiraba.

—Eso es un insulto —masculló— pero lo voy a dejar pasar porque, no sé cómo vas a hacer, pero espero que me saques de esta mala historieta antes de que nos coman las arañas pollito.

—No se preocupe, está todo calculado.

Rió como si se comiera la risa para agregar:

—He tenido muchas historias raras, raras de verdad, como encontrar un gladiador romano muerto, como si estuviera cagando, en el baño de mi casa; pero que me secuestre un existencialista era lo que me faltaba.

Y se sentó a seguir fumando. La nube de mosquitos chiflaba con aspiraciones de soprano gorda haciendo de valquiria. Pero, todo hay que decirlo, a mí no me picaban y al vasco Belascoarán Shayne tampoco. Es lo que tiene la mala sangre, diría mi abuela. Entreverados con los mosquitos una horda de bichitos de luz afirmaba que había caído la noche en la selva.

Lo había estado esperando junto al poste que indica la parada del único autobús que se detiene en estos andurriales, muy de tarde en tarde, camino de la capital. Mostraba, como si estuviera en un aeropuerto internacional, un cartel que reclamaba a un tal Velasco Aram, que lo convertía en armenio. El error gráfico no era casual. En ese punto perdido de Belice, al que había sido invitado como estrella de un supuesto festival de novela negra, era de esperar que los enviados de los hoteles fueran iletrados.

Bajó como quien se zambulle, manoteando sus bolsillos, y encendiendo un cigarrillo. Con la primera pitada había respirado como un buzo que sale del agua después de quedarse sin aire en los tanques.

No sé dónde habían conseguido la limusina blanca, y no quise preguntar. En estos negocios es buena política aceptar las cosas como se presentan.

Le abrí la puerta para que se acomodara y dejé su valija en el maletero. Después abrí la otra puerta y me senté a su lado.

La movida le despertó un aire de sospecha, pero lo tranquilicé diciendo:

—Soy su bareto. ¿Coca Cola con ron?

El asiento que nos separaba del chofer, un tipo que puse en marcha con un golpecito en el cogote, era el delirio de un barman. Había de todo. Y todo, estoy seguro, de contrabando. El principal atractivo de Belice.

—Coca Cola sola, y natural— reclamó.

Preparé un negroni, partes iguales de vermut rojo, gin y campari, para mí. Descubrí que, en la neverita, como un augurio de desgracias, no había hielo, y me consolé con un dicho de polacos: para el frío, vodka natural, y para “la calor”, lo mismo. A él serví esa mierda que tomaba.

—Bon profit— lo tantée en catalán.

Aceptó el brindis y, revoleando el bigote, atacó de frente, como un infighter, como Joe Frazier cuando entraba al cuerpo a cuerpo.

—Algo huele a mierda en Dinamarca. ¿Por qué no me explicas como viene esta torcida mano?

Un dedo amarillo de nicotina señalaba los árboles, la selva, que desfilaba al paso traqueteante de la limusina por un camino de herradura.

—Lo del festival es puro verso, ya se habrá dado cuenta. Acá, como los bichos del monte no lean… Mi contratante quiere verlo en plan amigable.