Sin escándalos - Tara Pammi - E-Book

Sin escándalos E-Book

Tara Pammi

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Beschreibung

Juntos en el altar... ¡para evitar el escándalo!   Cuando Mimi Shah aceptó ser madre de alquiler de su hermanastra, no se imaginó que un trágico accidente la dejaría sola y embarazada. Además, guardaba un secreto impactante: ¡el bebé que esperaba en realidad era suyo! Y el futuro tío, Renzo DiCarlo, estaba llamando a su puerta. El multimillonario Renzo tenía una noticia que le cambiaría la vida: él era el padre biológico de su bebé. Y lo que iban a hacer no era negociable: se casarían para que el niño fuera legítimo. Y aunque la boda era una farsa, el deseo que su esposa despertaba en él era muy real.

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Seitenzahl: 184

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Portadilla

Créditos

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

www.harlequiniberica.com

 

© 2025 Tara Pammi

© 2026 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Sin escándalos, n.º 3225 - abril 2026

Título original: Baby Before Vows

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

Sin limitar los derechos exclusivos del autor, editor y colaboradores de esta publicación, queda expresamente prohibido cualquier uso no autorizado de esta publicación para entrenar tecnologías de inteligencia artificial (IA).

HarperCollins Ibérica S.A. puede ejercer sus derechos bajo el Artículo 4 (3) de la Directiva (UE) 2019/790 sobre los derechos de autor en el mercado único digital y prohíbe expresamente el uso de esta publicación para actividades de minería de textos y datos.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 9791370174156

 

Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

 

 

Portadilla

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

Renzo DiCarlo se hallaba en su Maserati contemplando con furia a las ocupantes de la casa, mujeres de distinta edad que volvían del trabajo, de una cita o de donde fuera, al final del día.

El edificio victoriano de dos pisos, situado en un pueblo cerca de Londres, no era el lugar donde esperaba encontrar lo que buscaba.

La casa era hermosa y sólida, con fachada de ladrillo, barandillas de hierro forjado y una puerta de color azul oscuro. El jardín estaba lleno de flores y arbustos bien cuidados.

Al menos, ella había elegido un pueblecito tranquilo, en vez de una ciudad como Londres o Nueva York, por lo que estaba agradecido.

Teniendo en cuenta que el investigador privado que había contratado para localizarla le había hablado, emocionado, de la historia y el folklore locales, no debería haberlo sorprendido.

A Mimi Shah le gustaban los libros, era reservada y le interesaba documentar las vidas ajenas, pero no le interesaba la vida pública de su madre, una actriz de fama mundial.

A Renzo lo molestaba que prefiriera compartir la vivienda con un grupo de mujeres trabajadoras en vez de contarle a su familia que esperaba un hijo.

Pero todo lo referente a Mimi Shah siempre lo irritaba, aunque era lo puesto a Pia, su hermanastra y cuñada de Renzo. Él no entendía la intensidad de su reacción ante Mimi.

En ese momento, una mujer embarazada salió de un coche que había entrado en el patio de la casa. Se inclinó a agarrar las bolsas y sonrió forzadamente al dar las gracias al conductor.

Renzo asió con fuerza el volante al verla dirigirse a los gastados escalones de la entrada principal y comenzó a subirlos respirando hondo. Renzo apretó los dientes.

Mimi estaba muy delgada, por lo que su vientre destacaba aún más. Pero lo que le llamó la atención fue el rostro, anguloso y de ojos serios, como si su obstinada naturaleza se le hubiera grabado en los rasgos.

Comparada con su hermanastra Pia, Mimi no sobresalía, especialmente desde que, ahora Renzo se percataba, había decidido pasar desapercibida.

Pia era impresionante. Poseía una belleza que llamaba la atención de inmediato. Y quedabas atrapado momentáneamente, como le había sucedido a él, al conocerla.

Sin embargo, después, día tras día, su belleza comenzaba a marchitarse bajo las garras de su personalidad. La mujer consentida, inmadura y acaparadora de la atención de los demás que surgía a los pocos minutos de conocerla lo había desanimado.

Pia era insulsa, superficial, manipuladora y agotadora, pero Santo, el hermano de Renzo, se había enamorado de ella.

Renzo apoyó la cabeza en el respaldo del asiento. ¡Ojalá Santo no la hubiera conocido!

¡Ojalá hubiera sido más fuerte y se hubiera hecho valer ante Pia, de modo que ella no hubiera jugado con su corazón!¡Ojalá Santo hubiera roto con ella la primera vez que descubrió que lo engañaba!

Pero su hermano había seguido siéndole fiel y queriéndola, siempre dispuesto a ver el lado bueno de todos, ya fuera de su esposa o de su padre, que revoloteaba alrededor de las mujeres como si fuera una abeja entre las flores. O incluso el del propio Renzo, cuando se mostraba demasiado cínico e implacable para el gusto de su hermano.

Y ojalá Renzo hubiera evitado que Santo y Pia se montaran en el coche aquella noche tormentosa y tomaran aquella peligrosa curva mientras probablemente seguían discutiendo, como lo habían hecho al subir al vehículo.

Meses después, el dolor seguía ahí y lo asaltaba en oleadas que amenazaban con ahogarlo. Y ahora una de esas oleadas lo había llenado de ira y frustración hacia la mujer que iba a tener un hijo suyo.

Un hijo de Renzo, no de Santo, como todo el mundo supondría, ya que Mimi era la madre de alquiler del hijo de Pia.

Renzo soltó una amarga carcajada. Era él el padre del hijo de Mimi Shah, un secreto que solo sabía Santo. Su hermano le había suplicado que donara su esperma para la fecundación in vitro, desesperado por dar a Pia el hijo que deseaba e intentar salvar su matrimonio.

A Renzo no le importó.

No se sentía muy paternal, tal vez por tener un padre que era la personificación del egoísmo; o tal vez porque había tenido demasiadas responsabilidades desde muy joven; o tal vez porque, tras haber sido abandonado por Rosa, la mujer a la que había amado, y haber visto muchas relaciones desequilibradas a su alrededor, no se fiaba de que ninguna mujer pudiera compartir su vida.

Donó el esperma sin problemas porque el hijo, ya fuera Pia o Mimi la que llevara adelante el embarazo, sería de Santo, lo que lo haría muy feliz y tal vez contentase a Pia.

Ahora Santo ya no estaba y Mimi, su obstinada cuñada, que había accedido a ser la madre de alquiler, estaba embarazada.

Se había quedado muy sorprendido cuando el director de la clínica del fertilidad se había puesto en contacto con él porque Santo no había realizado los pagos del tratamiento. Era típico de Santo olvidarse de que había que pagar a la gente.

Renzo pagó las diversas rondas de extracciones y el tratamiento in vitro y halló ligeras discrepancias en los registros. Cuando habló con el director de la clínica, se quedó en estado de shock al enterarse de que Pia no había pasado por la última ronda de extracciones, sino que había sido Mimi.

Así que, ahora, Mimi, una mujer que no le caía bien por razones que le resultaban incomprensibles, estaba embarazada de él.

Y ella, aún sin saber que el hijo era suyo y no de Santo, había mantenido el embarazo en secreto durante meses.

Renzo odiaba la mentira y la manipulación. Ya había tenido bastante con las de su padre y su familia. Pero lo cierto era que, tanto si quería tener un hijo como si no, iba a tenerlo.

Muy pronto.

Y no iba a consentir que las cosas siguieran como estaban.

Se bajó del coche sabiendo que la vida de ambos estaba a punto de cambiar de un modo inimaginable.

Pero no era como su padre. No eludía sus responsabilidades, aunque fueran producto de un cruel capricho del destino.

El niño era un DiCarlo.

 

 

Mimi Shah observó al hombre en el umbral, que tenía apoyado un hombro en el marco de la puerta como si esperase que le fuera a dar con ella en las narices y no quisiera correr riesgos.

Si Mimi no hubiera estado preparada para su llegada, sería lo que habría hecho.

Renzo DiCarlo, el famoso hotelero multimillonario de Venecia, por fin la había encontrado.

Siempre le había producido un hormigueo en la piel; unas veces por furia, otras, por una innegable atracción que conseguía disimular. Durante los seis años de matrimonio de Pia y Santo, Renzo había dejado muy claro que Pia, Mimi y su familia eran un incordio que soportaba por su hermano.

A Mimi se le hizo un nudo en el estómago y se llevó la mano al vientre. Él siguió el movimiento con la mirada. Y ella se dio cuenta, demasiado tarde, de que parecía que estaba a la defensiva.

No era tonta. Se había imaginado cientos de veces aquella situación en los meses anteriores y se había engañado creyendo que estaba preparada para enfrentarse a él.

Bastó con que Renzo enarcara una ceja para que perdiera la compostura y la determinación de estar tranquila. Se apartó de la puerta, sin invitarlo a entrar.

La risa de él, a sus espaldas, le erizó el vello de la nuca y notó algo caliente circulándole por las venas. Volvió a acariciarse el vientre, esa vez para consolarse a sí misma. Lo único que le faltaba era sentirse atraída por él. Sería como arrodillarse en medio del campo de batalla e inclinar la cabeza ante el enemigo.

–Es un habitación… acogedora, señorita Shah –dijo él en un tono cruel e incrédulo a la vez–. Nada en el lujoso repertorio de los hoteles DiCarlo podría igualársele.

–Es mi casa, señor Di Carlo. Y no, nada de lo que usted posee me haría más feliz ni me haría sentirme más segura.

Él contempló la amplia habitación con una lentitud que la puso nerviosa.

Mimi tenía los suficientes ahorros, gracias a su trabajo de directora de documentales y videógrafa de eventos, para pagar la habitación más grande de la casa que alquilaba una de sus amigas. Pero estaba embarazada de siete meses, trabajaba mucho y estaba cansada.

Por eso, la habitación estaba muy desordenada, aunque ella no era una persona ordenada de por sí. Montones de libros, el equipo de cámara y objetos infantiles ocupaban la mitad del espacio. El guardarropa, básicamente leotardos negros y jerséis anchos y de colores, colgados en un perchero con ruedas, ocupaba una pared.

Numerosas cajas de objetos de bebé, ropa, juguetes y mantas usados, que ella llevaba meses recogiendo, ocupaban buena parte del suelo. Y también estaba el material para hacer punto, que era lo único que le calmaba los nervios, ya que no podía tomarse ni una copa de vino.

Aquel era su hogar, su refugio, donde se sentía a salvo. Tras meses de inyecciones de fertilidad, de los estallidos emocionales de Pia, el montón de mentiras que la había rodeado, el accidente de coche y la noticia de su embarazo, necesitaba estar sola. Aunque había accedido de buen grado a ser madre de alquiler, su hermanastra no hacía las cosas más fáciles a nadie.

Tras aquellos horribles meses, necesitaba recuperar el equilibrio, un respiro de los dogmáticos comentarios de su madre y del dolor de John, su padrastro. Aquella soleada habitación le había proporcionado una sensación de control, tras meses de estar con Pia, mientras esta hacía el tratamiento in vitro.

–Veo que ha estado ocupada preparándose para lo que la espera.

Durante unos segundos, Mimi se había olvidado de su presencia.

Se dio la vuelta justo a tiempo para contemplar las distintas emociones que expresaba su rostro al observar los objetos de las cajas. Tampoco le pasó desapercibido el tono de reticente admiración de sus palabras.

Se apoyó en la pared y examinó a Renzo, sin sentir vergüenza alguna al hacerlo.

Ella tenía veintiséis años, estaba embarazada y, aparentemente, gracias a uno de los efectos secundarios del embarazo, su aspecto era increíblemente sexy. Pero aunque ninguna de esas cosas fuera verdad, era capaz de apreciar, sobre todo siendo artista, el sensual atractivo de un hombre como Renzo DiCarlo.

Resultaba interesante que fuera menos guapo, desde una perspectiva clásica, que su hermano.

Santo era como un busto de mármol, con pronunciados pómulos, nariz recta y gruesos labios. A ella acababan de partirle el corazón cuando lo conoció como profesor de Arte en uno de los cursos de verano a los que había acudido en Italia. No tardó en percatarse de que la bella y aburrida apariencia de Santo la dejaba fría.

Santo y Massimo, el hermano menor, poseían una belleza juvenil y un temperamento arisco.

Pero Mimi había llegado a apreciar el atractivo de Renzo al hacerse mayor y comenzar a entender su propia sexualidad.

Renzo estaba compuesto de imperfecciones, un bulto en medio de la nariz, una cicatriz en la ceja, un extraño hoyuelo cerca del labio superior… Tenía los ojos grises y una constante expresión de insatisfacción, como si nada en el mundo le pareciera suficientemente bueno.

Debería pasar desapercibido, pues tenía bastantes defectos para hacerlo, pero era algo más que la suma de sus rasgos, y resultaba mucho más atractivo que su hermano Santo.

Se debía a la autoridad y la seguridad en sí mismo que emanaban de él; un aire de «me puedo enfrentar a todo aquello que me depare la vida» que excitaba a Mimi, que la había excitado incluso cuando no entendía por qué el cuñado de su hermanastra los miraba como si fueran alimañas.

Ella era una mujer competente, que se hacía cargo de cualquier situación. Por eso tampoco entendía por qué la seguridad en sí mismo que él demostraba hacía que le temblaran las rodillas.

Tal vez fuera la novedad de un multimillonario italiano, alto y moreno; tal vez fuera el hecho de no haber conocido a su padre. Su padrastro John no se hacía valer, como tampoco Santo; o tal vez fuera el viejo instinto de desear al hombre más inteligente, sexy y fuerte para satisfacer el arraigado instinto de supervivencia.

Renzo Di Carlo era todo eso.

Mimi había dejado de intentar entenderlo hacía mucho tiempo. De todos modos, no iba a suceder nada entre ellos. Además, estaba el hecho de que, en cuanto empezaban a interactuar, la atracción retrocedía, ya que él poseía la extraña habilidad de irritarla.

Así que se limitó a admirar sus anchos hombros, cómo se le ajustaba la camisa a la estrecha cintura y, cuando él se agachó para abrir algunas de las cajas, la dureza de los muslos. La habitación olía a su aroma de bergamota y limón.

Cuando él acabó de mirar las cajas y dirigió la atención hacia ella, cada poro de la piel de Mimi se encendió ante su detenido examen. Él observó sus ojeras, ya que no dormía bien a causa del vientre, las arrugas alrededor de la boca, a causa del estrés, y el pulso irregular en el cuello.

Renzo se apoyó en la pared cercana a la puerta, imitando a Mimi. Pero, mientras ella estaba tensa, él parecía despreocupado, con las manos metidas en los bolsillos.

–Basta de tanto teatro, señor DiCarlo. ¿A qué ha venido?

Él volvió a enarcar una ceja.

Ella suspiró.

–Estoy cansada y no estoy de humor para jugar a la buena anfitriona.

–Vamos a sentarnos.

–No creo que sea necesario. No será tan largo lo que me vaya a decir –contestó ella, aunque los riñones la estaban matando.

–Estoy dispuesto a dejarme de rodeos e ir directamente a la ronda de preguntas y respuestas, si me promete que me dirá la verdad.

Su tono condescendiente la encrespó.

–No tengo interés alguno en mentirle.

–Salvo por la enorme mentira por omisión que ambos intentamos evadir.

–No voy a insultarlo presentándole excusas. Volvería a hacer lo mismo.

–¿El qué, exactamente?

–Ocultar el hecho de que el último intento de fecundación in vitro funcionó y de que estoy embarazada del hijo de Pia y Santo, así como alejarme de todos y escapar a este tranquilo pueblo.

–¿Quiere decir que ni siquiera sus padres están al corriente?

–Así es. Se fueron a Australia, tras el velatorio de Santo y Pia, porque mi madre rodaba una nueva película.

–¿Puedo preguntarle por qué es necesario tanto secretismo?

Mimi lo miró, agradablemente sorprendida por la genuina curiosidad de la pregunta.

–Al final, no podía más. Mi hermanastra no estaba… –vaciló, presa del dolor y el sentimiento de culpa.

Entendía el dolor, porque, a pesar de la problemática relación con Pia, la quería, pero el sentimiento de culpa no era bueno ni sano para el bebé, algo que no dejaba de repetirle el ginecólogo. Que Pia hubiera muerto, mientras ella seguía viva y esperaba el hijo que su hermanastra tanto deseaba, era un peso del que no se podía desprender.

–¿Señorita Shaw? –De repente, Renzo estaba a su lado y la agarraba del codo–. Se ha puesto muy pálida.

Mimi se soltó. Notó que deseaba caer en sus brazos, dejar que otro cargara con el peso de sus problemas durante unos segundos.

–Estoy bien.

Él masculló una maldición, agarró la silla del escritorio y la colocó frente a ella.

–No voy a pensar mal de usted si se sienta.

–Me da exactamente igual lo que piense de mí.

–¿En serio? Entonces, ¿por qué es tan obstinada? Su embarazo está muy avanzado, así que, ¿por qué voy a tener mejor opinión de usted que de Pia?

Su tono de frustración y el hecho de que mencionara a su hermanastra hizo una brecha en las defensas de Mimi. En cuanto se sentó, sintió alivio en los riñones al tiempo que se notaba avergonzada. Él tenía razón. Y ella odiaba que la provocara para que se comportara como una niña. Cuando él se puso en cuclillas frente a ella para mirarle el rostro, se alarmó.

Lo último que se esperaba era que él se agachara frente a alguien, y mucho menos ante ella.

«Que no se te suba a la cabeza. Solo lo hace porque el hijo será miembro de la familia DiCarlo», le susurró una vocecita interior.

–Estoy contemplando un milagro.

–¿Cuál?

–No pensé que su inmenso ego le permitiera doblar las rodillas de ese modo.

Durante unos segundos, los ojos de él reflejaron admiración.

–Le recomiendo que lo tome como una advertencia, más que como un milagro, señorita Shah. Vienen tiempos difíciles.

Le lanzó una mirada dolorida al tiempo que tragaba saliva.

–Reconozco el sentimiento de culpa en su rostro como si me estuviera mirando a mí mismo en un espejo. Ni usted ni yo somos responsables del accidente.

Mimi asintió. De repente, él había dejado de ser un enemigo para convertirse en un afligido espectador.

–¿Ha empezado a creérselo?

Él esbozó una leve sonrisa.

–Sigo esperando el día, pero usted…

–Sí, ya lo sé: tengo que pensar en el bebé.

–Iba a decir que usted ni siquiera estaba allí cuando ocurrió. Pero yo los vi irse. Se estaban peleando, para variar. Llovía a cántaros. Agradecí el silencio cuando se fueron. Hasta que recibí la llamada.

–Lo siento mucho –susurró ella.

–Yo también. –Él la agarró de las manos y ella tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no retirarlas, sobresaltada como si fuera un gatito ante un gran lobo malvado–. Quisiera saber por qué ha ocultado el embarazo a todo el mundo.

–No era muy fácil tratar a Pia.

–Eso es quedarse muy corto.

–Los meses previos al accidente, el problema creció de manera exponencial. Como ha dicho usted, Santo y Pia discutían constantemente, pero ella creía que el bebé lo solucionaría todo, a pesar de que cada vez había más mentiras entre ambos. En el funeral, la situación me superó: John, mi madre, usted y su familia… Me di cuenta de que debía pensar en mí. Llevaba meses apoyando emocionalmente a Pia, a pesar de que era yo la que se ponía las inyecciones de fertilidad. Necesitaba tranquilidad, no contemplar la pena de John ni soportar las ordenes de usted. Necesitaba un respiro y tiempo para mí.

–Me parece justo.

–Me alegro –contestó ella en tono de superioridad, como reacción al suyo de condescendencia.

–Las cosas van a ser mucho más difíciles para ambos. Si reacciona de ese modo a todo lo que le diga.

–Pues no me hable en ese tono, como si validara mis decisiones con su consentimiento.

–Es usted dura, por debajo de esa máscara de razonable suavidad.

Mimi se sonrojó esperando que él no se diera cuenta de lo mucho que le había gustado el cumplido, que notara su fuerza por debajo de su docilidad, lo desesperada que llevaba toda la vida por ser vista, sobre todo frente a la belleza de su hermana. Que fuera él quien se hubiera dado cuenta era muy alarmante.

–Solo tengo otra pregunta –dijo él incorporándose–. ¿Por qué ha decidido quedarse con el bebé?

–¿Cómo?

–¿Ha sido porque es de Santo?

–No sabe lo que dice –contestó ella sonrojándose de nuevo.

–Sé que sentía cariño por él. Fue usted quien lo conoció y se hizo su amiga aquel verano en Milán. Después apareció Pia y se lo robó.

–¿Cree que he decidido quedarme con el bebé porque estaba enamorada de él? Así que, ¿no solo estaba enamorada del esposo de mi hermanastra, sino que acepté complacida entregar mi cuerpo y mi libertad durante nueve meses para tener este hijo? ¿No le parece un poco retorcido?

–Aceptó ser madre de alquiler para una mujer que era incapaz de pensar en nadie, salvo en sí misma.

–Era mi hermana y la quería –afirmó ella enfurecida, aunque le gustó que él se hubiera percatado de lo agotadora que podía ser Pia con su incesante competitividad y sus celos–. Y yo no estaba enamorada de Santo. No tardé en darme cuenta de que no era mi tipo.

–¿Qué «tipo» era Santo?

–¿Quiere que enumere los defectos de mi cuñado?

–Yo he hablado de los de Pia. Mi familia lo ha elevado a los altares. Prefiero recordar al hombre de verdad, con todos su defectos.

–Santo era un irresponsable. No, no es eso. No se hacía responsable de nada porque tenía una visión romántica de la vida totalmente alejada de la realidad. No defendía lo que estaba bien. Con el paso de los años me di cuenta de que Pia y él vivían por encima de sus posibilidades, por culpa de usted. Es un milagro que el matrimonio durara tanto.

Al alzar la vista observó que Renzo tenía la boca abierta de la sorpresa. Mimi suspiró.

–No pretendía…

–Me parece que sabe usted calar a las personas. Lo que ha dicho de Santo es verdad.