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Desde su cama de hospital en Cuernavaca, México, B, fundador de Médicos Sin Fronteras, agoniza, víctima del Síndrome de Korsakoff, una extraña encelopatía que lo arrastra al olvido, contra el que B lucha con desesperación tratando de llenar los vacíos de su mente con historias que está convencido sucedieron. Ha olvidado hasta su nombre, pero recuerda su participación, como médico, en conflictos que marcaron el siglo, desde la Segunda Guerra Mundial, en la que reconstruye la participación del conde sueco Karl von Rosen, a quien conoció, así como a su amigo K, durante sangrienta Guerra de Biafra. Con K, reconstruye, desde el bar Siva's Heaven, en la Phnom Penh de los meses previos al golpe de Pol Pot, las aventuras del combatiente Von Rosen, sobrino político del criminal de guerra Göring, a quien conoce durante su infancia en su castillo de Suecia. En Siva's Heaven conoce también a una antigua miembro de los famosos corps de ballet del príncipe Norodom Sihanouk, Siap Nip, con quien mantiene una profunda relación que no se atreve a llamar amor. Los escenarios de la guerra se hacen presentes en el curso de la novela con el seguimiento de las batallas que libra el conde sueco, Von Rosen, un personaje real y uno de los combatientes por la libertad más ignorados del siglo XX, y que la novela trata de reivindicar. En el centro de esta historia lo que vemos es la crueldad de las guerras y las maneras en que afecta a los seres que alcanza, como K o como el mismo B.
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Seitenzahl: 268
Veröffentlichungsjahr: 2023
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Gilberto Meza
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 978-84-1181-871-1
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«He olvidado los hombres que antes fui».
Borges
DILUSIÓN
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Phnom Penh, 1973. Abril
—Me hubiera gustado que el barón conociera El Cielo de Siva —dijo K.
Apenas sonreí.
Cuernavaca, 1989
Me pregunto si habré recibido carta tuya.
Me temo que me las niegan, las ocultan tal vez. Ya no recuerdo cuándo recibí la última.
Tal vez, en realidad, jamás he recibido cartas tuyas, y es el deseo el que habla a través del recuerdo.
Cuernavaca, 1989
Tip, tap, tip, tap.
Las palomas picotean los tiestos de begonias, geranios y violetas. ¿Se llamarán así, serán como la rosa de Shakespeare? En realidad, no importa, pues, como siempre, la cita no es textual y las palomas me ignoran. Lo agradezco. Me pregunto si ella también sería tan fragante con otro nombre.
Uyo, Biafra, 1968. Noviembre
Los MiniCoin vuelan bajo, rozando la selva. Evitan los radares.
Ratatatatá, rugen cuando encuentran su presa. Ratatatatá, el barón sonríe otra vez cuando por fin baja de su pequeña nave artillada. Les llama sus Biafra Babie’s, sus consentidos.
Phnom Penh, 1973. Abril
—Era conde, no barón —corrijo otra vez a K.
—Cierto —me dice—, aunque era claro que quería emular, superar incluso, las hazañas del Barón Rojo sobre el valle de Somme o el mar del Norte. Solo que aquello era Biafra, y los enemigos a derribar eran los temibles Migs soviéticos y sus bombarderos Ilyushin. Como su tío.
»Le gustaba decir que su vida inició —¿recuerdas?— en los Escuadrones de la Libertad, en la guerra de España, donde combatió bajo las órdenes de Malraux, quien no era piloto pero dirigía el escuadrón de la República, con sus vetustos Potez y Bréguet, que enfrentaban a los Messerschmitt, los novísimos cazas alemanes, la estrella de la gran guerra que se ensayaba en España, justo antes de pilotear contra los fascistas italianos en Abisinia, como le gustaba llamar a la Etiopía de Haile Selassie.
»Lo más curioso, solía decir, es que aquello parecía un pleito familiar, una especie de aclaración de viejas cuentas. Malraux no era parte de ese malentendido, dijo: Malraux peleaba su propia guerra, una muy personal.
»Porque el líder de la Legión Cóndor y el mariscal preferido del jefe de la Lüftwaffe, la que combatía en España, era nada menos que Wolfram von Richthofen, su primo, y que el jefe de la Lüftwaffe no era otro que Göring, su tío. Tío político, cierto, pero tío al fin.
»Quizás lo hubiéramos podido arreglar en casa, decía. Nos hubiéramos ahorrado la destrucción de Guernica.
Y también decía que si él no hubiera dado el paso a un lado, no dudaba que él, y no su primo Wolfram, hubiera sido el preferido de Göring, como lo fue en su niñez en Suecia, en la casa familiar, en el castillo de Rockelstadt, donde lo conoció. Hasta donde entiendo era broma, pero ilustraba perfectamente su propia consideración como un gran piloto.
—A K le gustaba que le contara del Barón Rojo, historias de la Gran Guerra. Pero no, te equivocas —me decía el conde, recuerda K—. Yo no lo conocí —al Barón Rojo, se entiende—. Quien sí lo conoció fue Göring, quien era el segundo al mando del escuadrón, el mítico Circo Volador, y a su muerte lo sustituyó al mando y logró obtener, como el barón, las mismas envidiadas condecoraciones por valor: la Cruz al Mérito y la Cruz de Hierro. Richthofen era su nombre, y al igual que yo o que mi primo Wolfram, pertenecía a la realeza; el Barón Rojo a la alemana y nosotros (mi primo y yo) a la sueca, pero Göring también fue parte de la nobleza sueca, por matrimonio, pues casó con la baronesa Carin von Rosen, mi tía. Muy tarde, cuando Alemania fue derrotada, la nobleza sueca reculó de ese honor. Eso parecía un destino, murmuraba en secreto. Pero Göring no parece haber recurrido al título nobiliario que luego le escamoteó la realeza sueca. Mucho antes de la guerra se convirtió en el segundo hombre más poderoso de Alemania durante el nazismo, solo detrás de Hitler. Como verás, una familia bien avenida, aunque con poco roce social.
Cuernavaca, 1989
Miro la fecha de un calendario muy visible sobre el escritorio, pero ese tiempo no me dice nada. El mío, siento, se relaja. Pone orden en mis ideas revueltas. Mi cerebro no me permite descansar, así que me asomo otra vez a ese fondo cenagoso donde a veces rescato antiguas formas, redomas olvidadas, ya sin aroma; perlas que el deseo arrojó allí, y una que otra palabra que a veces busca mi nombre. Sé que nadie me escucha, pero ya tampoco importa.
Algunas ocasiones podría jurarte que estuviste allí, pero quizás mentiría, cómo podría saberlo. Puedo, sin embargo, ajustar los hechos a mis deseos. No es una novedad, lo hacemos siempre. Y a nadie le importará.
Cuernavaca, 1989
Pocos sobrevivieron. Hoy recobré una parte de esa memoria colectiva que buscaba sentido en palabras, acciones, deseo (horizonte que cada día se aleja más de mis pasos).
Fue en ese entonces, imagino, que la memoria se hizo colectiva, que dejamos de ser individuos para ser humanidad. Así era como lo sentía. K y el conde solo me miraban cuando les confiaba mi teoría.
—El hombre es un animal solitario —decía K.
—Y cruel —secundaba el conde.
—Un animal que no descansará hasta acabar consigo mismo —insistía K.
—Y nosotros contribuimos —secundaba el conde. Porque eso es lo que hacemos aquí —agregaba convencido, aunque todos sentíamos que actuábamos para acabar con la guerra.
Era una sátira cruel, sentía yo, que entendía sus razones, pero pensaba que lo que hacíamos en Biafra tenía que ver con la convicción de atender las necesidades humanas como un todo.
Pero eso también lo perdí, lo extravié en alguna vuelta olvidada, y con ello se perdió lo que nos daba sentido, ese dejo de esperanza, ese titilar de las estrellas que nos permitía imaginar un universo más allá de nuestra falibilidad. Hoy sabemos que nos agotamos en un esfuerzo vano. Con nosotros, el siglo habrá dado fin a la utopía, agotada en sí misma, agostada porque los seres humanos no estuvimos jamás a su altura. Tal vez sea mejor así. He visto lo que hacen los hombres. Lo que hace el poder.
Me atraviesan los sueños de otros hombres. Me aterra pensar cuántos murieron persiguiéndolos porque, a fin de cuentas, eran los sueños de otros. Unos soñaban y millones morían. Nuestro siglo es eso, un largo sueño donde la muerte se enseñoreó por sobre la utopía de un puñado de iluminados.
He visto de cerca a algunos de ellos. O por lo menos sus acciones, los estropicios en el patio del vecino. Miro de lejos los millones de cadáveres sembrados en los campos de Camboya, los niños famélicos de Biafra; imagino los gulags de Siberia, la crueldad de tantos que se creyeron Hermano Número Uno.
Pienso en Siap Ni. Su imagen me envuelve en esta pesadilla donde me aferro a un par de recuerdos mientras yo mismo me hundo en el olvido de mí.
Mismo día. Horas después
¿Se puede corregir el pasado? ¿No es lo que hacemos todo el tiempo? No porque me avergüence o por resultarme desagradable en algunas partes, que ya sería razón suficiente para hacerlo, sino porque sería más bien molesto explicar las razones que me llevaron a actuar de ese y no de otro modo. En fin, que ya no existirá ese inconveniente. Corregimos el pasado a nuestra conveniencia porque la vida solo tiene sentido si los hechos que vivimos tienen sentido para nosotros. Y estos, en su crudeza y cercanía, no lo tienen. No vemos la vida como un camino que nos lleva a un destino, sino como campo abierto donde nos desplazamos a tientas. Solo el tiempo nos brinda la perspectiva que buscábamos, y entonces los hechos cobran sentido. Necesitamos ver el final, como en una película donde las distintas líneas narrativas se cierran e iluminan. Entonces comprendemos. Y podemos continuar, satisfechos de entender al menos un instante de lo que vivimos, con sus porqués y sus objetivos, con sus tramas de misterio, con su deseo manifiesto. La vida, nos decimos en esos momentos, tiene un objetivo, un sentido. Nos gusta engañarnos.
Quizás solo personas como el conde pudieron decidir la vida que vivieron, una especie de destino abierto pero certero, es decir, uno que podía aceptar cambios ligeros de dirección pero que se mantenía siempre cierto en su función. Como las veletas, que sirven para indicar la dirección del viento, y no para ninguna otra cosa.
El conde deseaba la guerra, la buscaba, dondequiera que estuviera, y luego decidía desde qué bando combatiría. Era lo que entonces se llamaba un soldado de fortuna. Algunos le llamaban también mercenario, lo que no le molestaba pues no peleaba por dinero, solía decirnos, sino por la justicia, como los personajes de las historietas.
Él tuvo la suerte de vivir el tiempo correcto, el siglo de las guerras que lo llevaron de uno al otro lado. Nosotros también fuimos afortunados.
Aunque a mí me faltó esa ambición.
Mi vida está llena de huecos que es imposible llenar. No sé por qué hacía tal o cuál cosa, no sé si imaginaba la justicia, el sufrimiento. No sé si yo era capaz de sentirlo porque miraba la vida pasar sin conmoverme. Era un observador anónimo pero activo. Alguien a quién era difícil justificar, justificarse. Un observador sin objeto. Miraba la vida pasar. Y no aprendía nada de ella.
¿Pensaba que lo que vivía era histórico? ¿Que tenía sentido? No lo sé. Solo miraba, escuchaba a los demás justificarse sin aceptar sus derrotas, sin reconocerlas, mientras colocaba cánulas, administraba quinina, suturaba heridas, atendía alumbramientos. Pensaban que había que triunfar a cualquier costa. No sabían lo que yo aprendí muy pronto: que nadie gana en realidad una guerra. Que en una guerra todos pierden.
Debo confesar que nunca tuve tan claro como ahora que no se trataba de triunfos o derrotas, sino de algo más profundo, algo que apenas puedo balbucir.
Saigón, 1973. Enero
Su nombre aparece de la nada, y con su nombre la sensación de que con ella podría entender el significado, el sentido de estar en la tierra. Sarouen. Siap Ni.
K me escribió a mi refugio de Saigón.
«Tienes que venir», decía el telegrama. Y yo entendí justo eso, que tenía que ir.
Crucé como pude por el delta del Mekong y pude llegar a Phnom Penh luego de tres días de piquetes de mosquitos en las barcazas de los marineros que comercian por las riberas de ese río desconcertante. Los caminos eran inseguros, me advirtieron las autoridades vietnamitas, que eran las que controlaban las fronteras.
No me constó trabajo encontrarlo. Había estado allí dos meses antes, en la inauguración, muy cerca del viejo Club de Corresponsales, y sí, ahí estaba, a apenas unas cuadras del palacio del príncipe, resguardado por un enorme castaño rojo y grandes macetones de plantas locales entre las que apenas se adivinaba la palabra Siva’s Hea… Pero era ahí, no cabía duda: Siva’s Heaven, El Cielo de Siva.
Conocí a K a mediados de 1968, pocas semanas antes que a Von Rosen. Era miembro de una partida de ingenieros que exploraban las riquezas petroleras en esa pobrísima región, donde batallábamos contra la malaria. Yo había llegado a Biafra como parte del grupo del doctor Kourchner. Fue una de nuestras primeras misiones, si mal no recuerdo. De hecho, la primera. Y él trabajaba para una petrolera holandesa, una de las Siete Hermanas que empezaban a saquear el continente.
Y Otto se interesó en nuestro trabajo, tanto que abandonó a sus compañeros cuando empezó el conflicto armado. Se puso una casaca de enfermero y a trazar mapas y planos, a interesarse en ayudar contra la hambruna. Y entonces apareció, como de la nada, el conde Von Rosen, quien empezó como solía hacer siempre, es decir, transportando suministros y medicinas.
Nos habíamos visto en el campamento que improvisó la Cruz Roja en Uyo, en la ribera del río Cross; nos habíamos saludado y simpatizamos desde el primer momento.
Le pregunté a K qué lo había llevado a abandonar una vida que le prometía más que comodidad, si no es que hasta riqueza, como petrolero.
—Debe ser el hartazgo —me dijo—, la uniformidad, la monotonía.
Y creí entender. Era un poco lo mismo que yo había experimentado al unirme a la Cruz Roja y al proyecto de Kourchner, Médicos Sin Fronteras. La búsqueda de un motivo que diera sentido a mi vida. Como si se tratara de una tierra prometida.
—Claro que esto no se parece al Jardín del Edén —ironizaba K.
Otto nació en marzo de 1925, en Viena. Tenía 42 años cuando la guerra de Biafra lo alcanzó. Había logrado escapar de la Gran Guerra, y de las que vinieron después, lo que no quiere decir que no las sufriera. Esta tampoco la había buscado, pero aseguraba: «Esta será mi única guerra», a sabiendas de que tal vez mentía. Me recitaba entonces La isla del lago, un poema del viejo Ezra:
Oh, Dios, oh, Venus, oh, Mercurio, patrón de los ladrones,
dame a su debido tiempo, te lo ruego, una pequeña tabaquería,
con las pequeñas cajas brillantes
apiladas en los estantes con cuidado
y el suelto fragante tabaco
y el picado,
y el brillante Virginia
suelto en las cajas de brillante vidrio,
y un par de pesas no muy grasientas,
y las putas cayendo para una palabra o dos al paso,
para un chiste picante y arreglarse un poquito el pelo…
Solo que lo que él pedía no era una tabaquería, sino más bien un bar. Sí, El Cielo de Siva, ya había decidido el nombre, desde entonces. Un hombre persistente si los hay. Tenía ahorros, me decía, de sus años de ingeniero. Solo le faltaba decidir dónde, es decir, el lugar donde quería vivir. No lo sabía aún.
Se lo recordé a K justo cuando nos encontramos en Phnom Penh.
—Decidí corregir el pasado —le dije entonces.
Él me miro, no dijo nada. Esperó a que continuara.
—Porque no quiero dar más explicaciones.
—Todos lo hacemos —dijo K, seguro de sus palabras.
—De paso, llenaré los huecos.
—Eso será lo mejor de todo —siguió.
—Chateaubriand decía que para triunfar en la vida hacen falta dos cosas de las que ambos carecemos —sentenció K—: la ambición por el dinero y por la vida eterna.
Me pregunté si la cita era exacta, pero no dije nada.
—En realidad —continué—, pienso ahora que la vida no se trata de triunfos o derrotas. No sé de qué sí, pero estoy seguro de que de eso no.
—Una vez dijiste que del amor deben tomarse solo los frutos maduros, los sin esperanza de redención. Solo hay que estar seguros de que no es demasiado tarde para llevarlos a la boca; de otra manera amargan.
—Es la mejor manera de protegernos del desamor, y de la decepción.
—Ya hace tiempo me di cuenta de que me había convertido en un cedazo que ya no retenía nada, que se limitaba a filtrar todo lo que pasaba a través suyo.
—Es el tono del cinismo, lo sabes —dijo—, en el que mejor ajustamos.
La memoria es una enorme bodega oscura donde tropiezo con algunos objetos sin sentido, o que la luz oblicua que se filtra por las claraboyas ilumina apenas un momento.
Cuernavaca, 4 de julio de 1989
Büchenwald, lo recuerdo muy bien, está a escasos 15, 16 kilómetros de Weimar. Es una ciudad maravillosa, llena de hermosos palacios y plazas bien trazadas. Era el hogar de Goethe, una ciudad culta que sin embargo calló la tragedia que se desarrollaba frente a sus ojos, dijo K.
En Biafra no había a quién culpar, pensé. Es decir, no a un pueblo, no a un tirano, aunque tal vez sí al poder que entonces se enseñoreaba, daba sus primeros pasos, en un continente en pleno proceso anticolonial; sí a la Shell, a la Exxon, a las llamadas transnacionales que se adueñaban, con el beneplácito de los nuevos gobiernos anticoloniales, de las riquezas petroleras. Era lo que pasaba en Nigeria. Lo que sucedía en esa pequeña región donde los nacionalistas se resistían y donde todo parecía ocurrir al revés. Los soviéticos, es decir, los buenos entre la izquierda internacional, enfrentados en sus respectivos apoyos al gobierno de Lagos contra las fuerzas colonialistas lideradas por Francia, que favorecían la independencia de Biafra. Esta contradicción costó un millón de muertos a los biafranos.
La mayor parte, cierto, víctimas de la malaria, la meningitis y el cólera; la otra, del hambre y el exterminio que trajo consigo la guerra de Lagos y sus aliados. Todo en silencio cómplice de la comunidad internacional, que observó desde primera fila el exterminio.
—El silencio cuesta millones de muertos. Los que callan pareciera que están de acuerdo.
—Yo estoy contra el silencio —sentenció.
K conoció a Siap Ni casi dos años antes de que la ciudad fuera abandonada a su suerte por las hordas de Saloth Sar, o Pol Pot, como el mundo llegó a conocerlo. El Siva’s Heaven, ubicado en el sector oriental de la ciudad, conservaba ese halo de magia oriental que tanto buscaban los turistas occidentales que quieren resarcirse de la pérdida de sus posesiones en la Cochinchina. Phnom Penh tenía un toque milenario que parecía levantado para durar toda la eternidad.
—Camboya me recordaba las aventuras de La Voie Royale, y a ese enorme sinvergüenza y ladrón de Malraux.
—El conde combatió con él en España —le recordé.
—Cierto. ¿Eso fue antes o después de Etiopía?
—Antes, claro, en el 36, si mal no recuerdo.
—¿En las Brigadas?
—Como mercenario, le gusta decir a él, aunque en realidad acudió como el resto de los brigadistas.
—Es parte de su propia leyenda.
Cuernavaca, 1989
Entre las dificultades para entender la realidad, recuerdo que le dije a K una mañana que paseábamos junto al Mekong, es que esta no se presenta como un todo, sino en capas que se hacen evidentes conforme las percibimos. Así, está la personal, que comprendería también la familiar, y luego la social. Hasta ahí todo funciona más o menos bien, pero conforme nos vamos alejando de la superficie y nos alejamos de esa primera perspectiva las cosas se complican. Quizás porque, como me dijo K entonces, cuando se avanza en esa introspección no se entiende cuál es nuestra ubicación en todo el conjunto. Habría que desarmar todo el artefacto, pieza por pieza, e intentar armarlo de nuevo. Dándole quizás un nuevo orden que nos permitiera observarlo como un todo donde pudiéramos ubicarnos, entonces le encontraríamos sentido.
Vemos apenas los hechos aislados, los que nos ocurren, en los que participamos. Nunca el conjunto. Tampoco logramos apreciar allí la dimensión de nuestras propias batallas. Si el deseo, el amor, el interés en una relación puede llenarnos, satisfacernos hasta el punto de dejar de ver dónde nos encontramos en ese entramado de la realidad en la que vivimos, tendemos a creer que esa es la realidad, cuando en los hechos es apenas una pequeña parcela. Si pudiéramos mirar todas las piezas, como en un tablero, sabríamos qué ficha mover, diseñaríamos una estrategia, dejaríamos algunas torres y caballos para defender nuestra posición y sí, seguramente también sacrificaríamos los peones, pero al menos sabríamos para qué.
Pero para eso se necesitaría un esfuerzo que no siempre podemos hacer, porque las distintas capas de esa realidad, traslapadas unas con otras, parecieran no guardar ninguna relación, y porque a fin de cuentas acabamos aviniéndonos al modelo. Uno que parece, solo lo parece, bien pensado, integrado, lógico, coherente, una imagen que desaparece conforme lo vamos desarmando y observando una a una las piezas que la integran. Descubrimos entonces que la realidad es producto de mentes enfermas.
Phnom Penh, 1973
Me asomo con cuidado, casi con parsimonia entre las mesas dispersas del jardín, resguardadas con enormes parasoles, y creo descubrirla en un rincón con una bebida de color verde entre las manos, mirando hacia la nada. Hermosa, el cuerpo bronceado, lustroso por la primavera, y las manos de dedos largos y finos, con las uñas cuidadas, pintadas de rojo pálido.
Solía usar trajes como de diosa oriental que acentuaban su cintura y realzaban su cuello. Casi una garza, elegante y sinuosa, las piernas cubiertas hasta la mitad de la pantorrilla y el calzado plano. Su caminar era altivo. Apenas se notaba el leve balanceo de sus caderas. Cuando la conocí pensé que era una mujer educada para el placer. No me equivoqué.
Biafra, 1968
—Nos pasamos la vida persiguiendo guerras —dijo K.
—En realidad las guerras nos encuentran —se justificó el conde, quien ya no imaginaba que hubiera una vida distinta.
—Yo ni siquiera pienso en ellas. Ya no las peleo, solo las sufro —replicó K.
Nadie hubiera pensado entonces que otras guerras nos alcanzarían, que todos seríamos sus víctimas. Confiábamos en que un día perdieran interés.
Phnom Penh, 1973
Camino por las calles empedradas de Phnom Penh. Mis pasos resuenan en el recuerdo, cuando por estas mismas calles me encaminaba sin pudor y buscaba la sombra perpendicular de los cocoteros hacia mi lugar favorito. K me espera a la sombra de los grandes árboles que abrían sus brazos para protegernos. Siempre listo a compartir sus elíxires de vida con el tenue bouquet de los frutos locales mezclados con el exótico gin o los licores encerrados, como el mago del cuento, en brillantes envases de colores.
Me veía llegar y ordenar uno de sus famosos cocteles fríos y rigurosos. Me abrazaba, brindaba conmigo y me abría paso hacia la mesa del fondo, siempre reservada para mí, donde ella me esperaba.
Saroeun se buscaba la vida, una vida. Desde que había escapado de palacio tras el exilio del príncipe, buscaba en sitios para turistas y no pocas veces aceptaba su compañía. Era dura la vida en Camboya. Por lo demás, para ella era como ofrecer un regalo, pero sin culpa. Así había sido educada.
Cuando el príncipe la requería, le confesó a K una mañana mientras tomaban el té, se sentía afortunada. Muy pequeña había sido elegida para integrarse al palacio, como tantas otras. Pero no todas lograban quedarse.
Había nacido en una zona agrícola cerca de la capital, le dijo a K, no para satisfacer su curiosidad, me dijo él, sino para reforzar su misterio. Su familia tenía tierras de cultivo, y orgullo del pasado, pero ya entonces dudaba del futuro. Habían gozado del favor de la realeza, fantaseaba padre, pero ella no supo nunca nada de esas historias. Lo que sí sabía es que en uno de los giros del destino su padre se arruinó, pero algo había quedado. Mucho, en realidad, pues la familia pasaba por terrateniente. No miraban mal a las autoridades coloniales, pero veían con resquemor cómo hacían a un lado sus antiguas tradiciones para imponer las propias. Phnom Penh parecía cada vez más un barrio francés. Cada nuevo edificio semejaba algún otro que uno podría encontrar en París. Por eso la familia tomaba de los franceses solo lo que creían conveniente, sin comprometerse demasiado. Por eso sí, se habían abierto a la cultura, y a la lengua, y a algunas costumbres, y a alguno que otro proceso innovador que ayudara al cultivo de sus tierras, como los fertilizantes. Pero hacía ya tiempo que habían pasado las buenas épocas y sus cosechas de arroz menguaban año con año, en la misma proporción que el hambre aumentaba.
Pero no fue eso lo que los llevó a entregarla a palacio. No fue la pobreza, razón que sí lo era para la mayoría de las chiquillas que llegaban con la esperanza de convertirse en bailarinas, y con suerte en parte del séquito del rey, sino el orgullo, la ambición de, tal vez, con suerte, llegar a contar con un descendiente de la familia real, aunque nadie quisiera admitirlo. Era una esperanza sin fundamento, pensaba Siap Ni, pero a ellos secretamente les hacía feliz; entonces su suerte cambiaría, soñaba padre. Pero para ello tendrían que pasar muchas cosas, como que el propio rey, o mejor aun el príncipe, la escogieran como una de las favoritas de su harén, y que en un descuido pudiera embarazarla, y luego la dejaran tener al niño, todo ello más bien improbable, aunque posible.
—En realidad —le dijo Siap Ni a K—, no era más que una fantasía que me inculcaron mis padres, y por lo menos la mitad de ella se cumplió. No el hijo, claro, pero sí lo demás. No es que una estuviera pensando en el harén, sino en los corps de dance, que era lo que se pedía: ingresar para educarnos como bailarinas. Pero todos sabían que la verdad era otra.
Ella había sido una niña de ojos grandes y mirada distraída, que se soñaba siempre vistiendo trajes elegantes, sus pies calzados con zapatillas de seda, y cuello y muñecas aderezados de joyas, con su cabello perfumado y peinado a la usanza antigua, cubierto de tiaras y coronas de flores. Sí, justo como cuando la conoció, como una princesa extraviada, perdida en la barra del Siva’s Heaven.
—No había ni una pizca de vergüenza en ello —dijo K—. Ser entregadas al palacio para esparcimiento, o deleite, del rey, era algo que enaltecía a las familias, algo que podían presumir a sus vecinos, a sus amigos y parientes. Era la tradición.
Hay que entender que el reino se adaptaba sin sobresaltos a la metrópoli, y que esta, sabiamente, respetaba las costumbres locales. La simbiosis perfecta.
Saroeun, como se hacía llamar cuando la conoció, había sido educada para complacer. Y los hombres la amaban por eso, porque parecía dúctil, sumisa, casi como una esposa. Pero se equivocaban. Todos se equivocaban con ella. No sabían de su fuerza, que disimulaba, ni de su voluntad, que iba más, mucho más allá de lo que podía presumir una esposa. Ser esposa de alguien, para ella, era algo incluso detestable, aborrecible. Ella era, para sí misma, un símbolo de la feminidad, como las figuras de Angkor Wat. Se le podía admirar, adorar, pero no someter, no poseer, apenas mirar. Una forma extraña de feminismo. Un culto a Eros.
Cuernavaca, 1989
Podía reconocer el nombre de cada flor, de cada árbol. Sabía cómo se formaban, su composición química; conocía cada molécula, las cuerdas que soportaban su composición.
Pero eso no era suficiente, o pronto dejó de serlo, porque en el fondo la vida era distinta de esa sabiduría. Saber era apenas un principio de aquello que solo tenía sentido cuando nos encontrábamos con alguien, con el desconocido, con ese misterio que significaba otro ser que era como nosotros, pero, al mismo tiempo, distinto, extraño. La anatomía, por decir algo, no nos servía en el amor; tampoco reconocer las estrellas ni gustar la ópera. Y apenas servía en la amistad, y nada en nuestra relación con los demás. El saber era algo personal, y era claro que la sabiduría que necesitábamos no tenía mucho que ver con la ciencia. Dicen que llega demasiado tarde, si es que llega. No es mi caso.
Yo no sé nada de esas cosas, ni de unas ni de otras. Vivo perdido en el tiempo. No sé, por ejemplo, qué día es hoy. Quise fechar un recuerdo y me di cuenta de que ignoro incluso el tiempo que vivo; tampoco si eso importa. Si cambiaría algo.
Vivir es reinventarse; la memoria, un recuerdo falso, una escena hecha y rehecha cada vez que se la invoca. ¿Mentimos? Creo que sí, pero no porque queramos, no conscientemente. Recordamos solo aquello que queremos, nuestra mente selecciona solo lo que le permite reinventarse, y olvida estratégicamente los malos recuerdos. Los guarda, los fija y los olvida. Es un mecanismo protector, de otra forma seríamos incapaces de soportar la vida.
¿Quién soy yo? Es decir, lo que queda después de eliminar lo que no soy, lo que creo o quiero ser; lo que los demás creen que soy, lo que aparento. Lo ignoro. Las palabras son incapaces de describirme, han perdido su antiguo significado, me han dejado en medio del camino, en la noche estrellada, donde intento fijar mi lugar en el universo.
Phnom Penh, 1973
Me asomo con cuidado, hasta con parsimonia, entre las mesas dispersas del jardín y la descubro en un rincón, con su infaltable bebida de compañía, que apenas prueba, pero sabe que tener una copa al lado es como una invitación para el que se acerca.
La vi desde la entrada, desde donde K me abrazaba y ofrecía una copa que amenazaba calentarse en su mano; apenas dijo nada y me indicó con la mirada el fondo del jardín, una especie de huerto abierto con mesas distribuidas entre los árboles. Ella parecía protegida por un castaño que se extendía como un abrazo tibio en medio de la noche iluminada por las farolas japonesas.
K nunca me habla de Joanna, a quien conoció en Biafra, pero dice que me he vuelto arisco, que necesito una mujer. Tal vez pensó que Soraeun era la indicada, y me hizo venir desde Saigón.
Cuando la vi, me pareció descubrir una especie de contrariedad en su mirada, fue apenas un segundo, pero se grabó en mi mente. Fue como si esperara a alguien más, pero compuso de inmediato su mirada y esbozó una especie de sonrisa tímida. Su cuerpo irradiaba frescura. Había llegado a El Cielo de Siva como cliente, me contó K. Noche tras noche se aparecía en la barra y pedía un martini y luego otro, hasta que alguien se acercaba. Luego de un rato la veía marcharse con su acompañante y no podía dejar de admirar su elegancia, su porte. Vestía de manera impecable. Era fácil imaginarla como parte del séquito del príncipe, nuevamente exiliado y lejos de un palacio que acababa como motivo turístico.
Biafra, 1973
En los hechos, le dije a K, él está creándose su propia historia, una distinta a la de su familia, que le avergüenza, aunque jamás lo admitiera.
La desgracia consistía en que esa justificación la encontraba en lo que consideraba eran las víctimas de la injustica, dice K. Así que había que bregar con el viento en contra, con la seguridad de que el esfuerzo no dudaría mucho porque, y eso lo teníamos todos claro, la historia no se inclinaba por la justicia, sino por la fuerza.
Las guerras eran un instante capaz de revelar la grandeza o la miseria de los pueblos, justifican algunos esa historia. Pero la guerra todo lo interrumpe y nos deja suspendidos en un tiempo en el que no nos reconocemos. Sí, la vida se suspende, queda como en un interregno, y otras urgencias toman su lugar: sobrevivir a cualquier costo, así haya que matar. Solo al final vuelve a haber espacio para la vida, entonces se puede pensar en las pequeñas cosas que componen el universo de lo cotidiano, lo no heroico, lo que nos define. Volver a tener tiempo y espacio para pensar en la pitanza, en construirse una vida, en las rivalidades y conquistas amorosas. La vida, como el agua, recobra su cauce, su intrascendencia. Pero entonces nada es igual, porque se queda en la memoria, nos perturba su recuerdo, su crueldad, su banalidad.
Y todos parecían querer la intrascendencia, ese calmo fluir del tiempo que nos esconde de nosotros mismos y nos hace pasar desapercibidos.
El conde, por el contrario, buscaba pretextos para escapar de la vida cotidiana. Por eso estaba allí, en Biafra, en el Congo, en Etiopía o Finlandia, donde se le requiriera o necesitara. Incluso cuando no se le llamaba, durmiendo en tiendas de campaña junto al arroyo más cercano, a un costado de alguna selva o incluso en el desierto entre la arena que no lograba cubrir su ansiedad; a cielo abierto para mirar esas constelaciones que lo ignoraban, lo desdeñaban, se olvidaban de su existencia porque el destino humano, lo sabía bien, era tan insignificante como una mota de polvo y solo podía ser fijado por la persistencia humana.
En Biafra tampoco le importábamos a los nativos, quienes se abrían espacio a golpe de machete a donde sembraban sus cultivos. Un poco de arroz, mandioca, alguna verdura; lo que se pudiera para calmar esa hambre ancestral, esa necesidad de sobrevivir a cualquier costo. Ocultos de los cazas rusos, de los bombarderos Ilyushin que oleada tras oleada buscaban impedir las cosechas, matar de hambre a los rebeldes. No podían entender que ellos habían vivido siempre al límite, que nos los harían retroceder. Para ello habría que matarlos. Cuando por fin lo comprendieron sellaron su destino.
Saigón, 1974
