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La Zacualpa es una localidad ubicada en Chiapas en la que habitan Los Urbina, propietarios de una finca con el mismo nombre; Sobre esta tierra es la historia de ésta familia en sus distintas generaciones y enmarcada en las cambiantes situaciones políticas que atravesaba el país (guerra de reforma, porfirismo y revolución). Se trata, pues, de la historia de una familia que ve llegar la gloria y el prestigio a su suelo y de igual manera lo ve irse más rápido de cómo llegó.
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Seitenzahl: 265
Veröffentlichungsjahr: 2012
Primera edición, 2012
Primera edición electrónica, 2012
El autor agradece el apoyo del FONCA
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ISBN 978-607-16-1089-8
Hecho en México - Made in Mexico
Eraclio Zepeda (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 1937) formó parte del grupo de poetas La Espiga Amotinada. Durante el comienzo de su vida política —que lo llevó a ser líder obrero, miembro activo del Partido Comunista Mexicano y corresponsal de prensa en Moscú— también dio inicio a su carrera literaria al publicar su primer libro de relatos, Benzulul. En él, como en la mayoría de su obra, se ve reflejada la historia y la vida social de Chiapas. Ha sido galardonado con el Premio Nacional de Cuento del INBA, el Premio Xavier Villaurrutia, el Premio Chiapas de Arte y la distinción de autor de la IBBY (International Board on Books for Young People). Es miembro del Sistema Nacional de Creadores. En el FCE ha sido incluido en los volúmenes colectivos de poesía La espiga amotinada y Ocupación de la palabra, y ha publicado los libros de cuentos Benzulul y Asalto nocturno, y las novelas Las grandes lluvias y Tocar el fuego.
A la memoria de Amado, Manuel Eraclio, Luz, Enrique, Rafael y Margarita, hijosde doña Juana Zepeda, quienes vivieron y trabajaron la hacienda La Zacualpa
Muy temprano salió al corredor. Contempló el mundo. Regresó a su alcoba, tendió la cama y se acostó a morir.
Nadie en la finca advirtió síntomas que indicaran deterioro en la salud de la anciana patrona. Juana Urbina atendió hasta el último día las tareas en el cuidado de su finca La Zacualpa: el mantenimiento de la casa o mejoras que involucraban albañiles, pintores o carpinteros, y la contabilidad que ella personalmente llevaba para apoyar a su hijo Ezequiel, responsable de la administración. Una vez terminadas las tareas de los habitantes de la casa grande, a la hora de la cena conversaban los asuntos del día con destellos de humor. Esperaba a que sus hijas y sus hijos, entre ellos el joven César Contreras, que creció en la casa huérfano por un enfrentamiento entre familias, y Amado, el hijo mayor que creció en Guatemala secuestrado por su propio abuelo, se levantaran del comedor, para que ella y Ezequiel, su hijo segundo, ampliaran comentarios sobre las tareas en el campo.
Solamente Luz, la hija casada, en esos días de visita en la casa materna, había advertido la pérdida de fuerza en los pasos de su madre y en las búsquedas de reposo en la cama durante la tarde. Entró a la recámara para darle los buenos días. Sobre el lecho tendido reposaba de costado. Al besarla advirtió la desgracia. Descansa en paz, mamita. La acomodó al centro de su cama, le cruzó las manos sobre el pecho y salió a dar la triste nueva a la familia.
Nació Juana en Ciudad Real junto con el triunfo de la Independencia en 1821 y falleció el tres de octubre de 1887 en La Zacualpa. Su vida transcurrió en medio del muy difícil acomodo de Chiapas a la República Mexicana. Con la victoria de la ley al mando de Benito Juárez y el partido liberal, las condiciones para la convivencia mejoraron. A la muerte del presidente Juárez en Palacio Nacional, Porfirio Díaz reunió sus fuerzas para llegar al gobierno de la República al que no pudo acceder mientras vivió su paisano, el indio victorioso. Al inicio de su poder declaró: “Si cesan las ambiciones de los gobernantes, nunca volverá a existir una dictadura en México”. Permaneció treinta años en la presidencia del país.
Luz, la hermana casada de los Urbina, recibió una carta de Macuspana escrita por su prima Ángela Santana de Urbina en la que expresaba el dolor que la muerte de Juana había sembrado en la familia y las amistades. Luz respondió con otra fechada en La Zacualpa el 16 de octubre de 1887.
Amable y querida prima Angelita,
Es en mi poder tu gratísima de fecha 13 de octubre, en la que veo con satisfacción tus finos sentimientos hacia nosotros, lo que te agradezco con toda mi alma, y sobre todo la parte que tú y tus amables niñas toman en el pesar que nos ocupa por la irreparable pérdida de nuestra adorada madre. ¡Cuánto siento que no la hayas conocido! Era el principal ornato de esta pobre familia. Murió anciana y sin embargo era la animación, la inteligencia y la vida de todos nosotros. Lo que voy a decirte no lo atribuyas a vanidad ni a un amor filial desmesurado, es verdad. Y si me tomo la libertad de hacer el elogio de mi amada madre es porque me dirijo a la familia, a la que juzgo con deseos de conocer a una persona tan allegada aun cuando ya no exista.
Era de mediana estatura, bastante hermosa, blanca y de un color rosado muy bello en su juventud; dotada de una inteligencia clara, de imaginación muy viva y de genio travieso. Nunca estaba triste. Tenía una gracia especial para imitar los gestos, la voz y el accionado de las personas, sobre todo de aquellas que tenían alguna rareza. Ponía nombres tan acordes a la fisonomía y figura de algunas personas, tan graciosos, que era imposible dejar de celebrarlos. Siempre tenía a la mano algún comentario ingenioso, aun en los momentos de incomodidad o de pena; apenas pasaba el conflicto, ya la tenías refiriendo una graciosa escena sacada de los mismos acontecimientos, porque su inventiva era prodigiosa.
Buena y caritativa como pocas, nadie acudía a ella en vano; para todos era providencia, no sólo de la familia, sino de sus vecinos y de los viajeros y de cuantos tenían necesidad alguna. Muy inteligente en medicina, era la médica de todos y en particular de los niños.
Como ama de casa era aseada y cuidadosa hasta el extremo, económica y previsora, pendiente de las necesidades de todos los que dependían de ella, no se olvidaba ni del último criado. La casa estaba en un orden total.Infatigable en el trabajo, no descansó sino breves días antes de abandonar este valle de lágrimas, porque a pesar de sus años y enfermedades, conservó hasta su último suspiro una energía privilegiada. Murió sin haber perdido un ápice de su inteligencia y casi nada de su fuerza física. No dejó de hacer todas las operaciones de la vida, necesitó muy pocodenuestra ayuda; tanto que Gabriel se fue el día que murió, porque creyó tener tiempo de viajar y volver a verla. ¡Pobre madre de mi alma!: dejó su cama tan limpia y arreglada como si se hubiera acostado en plena salud.
Era muy aficionada a la música y al canto, tenía muy buena voz, todavía cantaba cuando le suplicábamos y enseñaba a las muchachas a no desentonarse.
No perdió estas cualidades a pesar de la fatalidad que la perseguía desde la cuna. Su vida fue una cadena de adversidades y desdichas. Niños aún, ella y sus hermanos perdieron a la madre. La infancia de estas criaturas fue confiada a gente de buen corazón, pero luego siguieron una senda muy escabrosa.
Tal era mi madre; mucho más quisiera decirte pero he abusado de tu indulgencia y espero me perdonarás en gracia del sentimiento que me inspira.
Me despido suplicándote disimules esta larga carta, bien sabes que es un gran consuelo para los desgraciados hablar de sus penas a quienes pueden comprenderlos y compadecerlos. Recibe, pues, de tu triste prima, muchos abrazos y besos con el más tierno cariño de
Luz Urbina de Casanova
Margarita y Luz se ocuparon de la preparación del cuerpo. Ezequiel llegó del potrero, un llanto no disimulado le hacía temblar la mandíbula y encarnaba sus ojos. Gabriel estaba fuera de la finca en busca de mercado para el azúcar y el aguardiente. Enrique llegó sereno y reservado como siempre, era imposible saber qué pensaba. El viejo Xun nunca creyó que su ama Juana podría morir. Venía de otra pena que le había lacerado el alma. Damiana, su mujer, había fallecido semanas atrás por fiebres malignas. No tuvieron hijos, la soledad del viudo era irremediable. Buscó un rincón, lloró a solas y en ocasiones declaró el dolor en su lengua de murciélago, en voz alta y sin pudor alguno. Enrique, con ayuda de Marcos Paloma, mandó propios a caballo y a pie, a las casas y fincas de los amigos avisando sobre la pena. Y luego, personalmente, salió en busca del cura de Ixtacomitán.
Ezequiel confió en Julia, una joven muchacha zoque ayudante de Juana en las tareas domésticas, los preparativos que un funeral en la finca requería, peones, cocineras y ayudantes en los preparativos de comidas y vajillas.
—Crisanto Cacho, ya extrañaba que no estuvieras de guardia. Prepara tus campanas para que doblen a duelo y no te pierdas de vista.
El zoque Sebastián, a cargo del panteón, antes de recibir órdenes ya cavaba la tumba para el ama Juana al lado de su marido el sacerdote Mariano Mejía. Ezequiel tocó la puerta de la recámara de Juana y Margarita le franqueó la entrada. Vio a su madre vestida con su mejor ropa, peinada con esmero y con un leve rubor en sus mejillas y labios, logrado por Margarita al frotar papel de china rojo sobre la piel sin vida. Hasta la habitación llegó el ahora anciano carpintero Leonardo Solórzano: —Estoy en la preparación del ataúd donde reposará para siempre el ama Juana, escogí unas tablas de caoba —dijo sin que nadie le preguntara.
A medio día se escuchó el galope de un caballo y después el golpear de sus cascos sobre las lajas. De la montura saltó Gabriel, se había enterado en una finca cercana. Entró desencajado, llevando en la mano la gorra de casimir gris con visera. Era el único en la región que no montaba con sombrero. En la habitación de la madre se arrodilló junto al lecho, rezó largamente, inclinada la calva prematura. Más tarde dispuso lo necesario para el descanso de las amistades que empezaban a llegar y para el acomodo de los animales de transporte. Con un lápiz tinta apuntó las tareas que asignó a cada uno en una libretita que llevaba en la bolsa de su camisa. A cada nuevo párrafo humedecía con la lengua la punta del lápiz. “Voy a poner todo en orden”, se dijo y calzó la gorra. Ezequiel encontró a Amado en la escribanía redactando una lista de familias lejanas a las que debían comunicar la infausta noticia. “Vos me dirás después otros nombres para enviarles la correspondencia.” Ezequiel Urbina acarició la cabeza de su hermano mayor.
El joven César Contreras, quién llegó huérfano tan niño a La Zacualpa, era ya un atleta de poco más de veinticinco años. Había construido una galera de paredes de carrizo y techo de palma donde instaló un gimnasio, como él lo llamaba. Barras de hierro con remates de latas repletas de mortero fraguado que usaba diariamente en una rígida disciplina para fortalecer sus bíceps; argollas para ejercitar los pectorales, tríceps, dorsales y todo lo demás, como alegremente comentaba, y un andamiaje para sostener su peso sobre las paralelas en las que efectuaba movimientos que le hacían volar con elegante precisión. Desde que Ezequiel le comentó que cuando don Porfirio Díaz era muchacho montó un taller de ejercicios, él hizo el suyo. Los hermanos Urbina no acudían al gimnasio. En ese día de luto César, a la cabeza de sus peones, subió a la montaña a cortar juncia.
Luz era reservada de carácter, buscaba la soledad. Su matrimonio con Gustavo Casanova le había dado una presencia que no tenía en la casa materna. Ahora era la señora de su hogar, no la hija bajo el dominio de la madre cuya autoridad se advertía en cada movimiento de la casa. La otra hija, Margarita, vivía ansiosa. Cualquier gesto la mostraba sensible en extremo. Ella fue la que advirtió angustiada que el reloj familiar de bronce y alabastro se había detenido a las cinco cuarenta y cinco de la mañana.
—Nada va a ser igual sin mi ama —comentó Xun a Ezequiel—. La casa se cayó. Hasta en la guerra nos cuidaba sin que nos diéramos cuenta. Cuando junto con otros indios de la finca peleamos contra el francés y los mexicanos enemigos del indio don Benito, la tuve en mi pensamiento, hasta cuando fui a San Juan Chamula para ver si el tal Galindo era nuestro teniente Galindo, que tanto la quiso. Pero no fue. Me encontré con que aquellos compañeros de las luchas en Puebla ahora ya eran mataindios. Hasta de nombre los conocía yo. Cómo no iba a recordar sus apellidos si se leían las listas en la ceremonia de las seis de la tarde, cada tarde, en medio de los combates. Los hubieras visto, Cheque, con qué satisfacción fusilaron al indio Cuzcat y a su mujer junto con el nuevo Galindo, ellos fueron los meros principales de esa alzada. No quería morir de viejo en mi cama. Deseaba estar en un último combate. Por eso fui a San Juan Chamula buscando a mi teniente Galindo. Quería encontrarlo y disparar mis últimos tiritos. ¡Pero no se pudo!
Ezequiel siguió con la vista el penoso caminar de Xun. Se alejaba apoyado en el bastón que talló a machete con una rama de tres gajos podados, un trípode para afianzar su paso.
Amigos cercanos a la familia que acompañaron el duelo del presbítero Mariano Mejía habían fallecido. Los tres tíos, Margarito Salvatierra, Felipe de Jesús Pastrana y Manuel Meza, solidarios siempre, faltaban ahora. Amadito, discreto, modesto, nunca se repuso de la ausencia de su esposa y una tarde de grandes lluvias buscó su cama de viudo. Allí lo encontraron muerto sus hijos y nietos. Fermín López, dueño de la finca La Punta, abuelo de Amanda, perdió la vida atropellado por un toro en el corral de su finca. Y así muchos más. La gente no se va sola, pensó Ezequiel, mientras cuatro muchachas zoques tocaban la marimba traída por los negros Gog y Magog en su visita a La Zacualpa. Sentadas en una banca, interpretaban melodías que acentuaban el tono melancólico del instrumento.
Después de la muerte del presbítero, su marido, Juana tomó la responsabilidad de la finca hasta que su hijo Ezequiel Urbina volvió de la guerra. Constaba en un acta que Mariano Mejía compró a Margarito Salvatierra la finca Dolores Zacualpa en el año de 1856. Por esos tiempos Juana y Mariano cumplían más de quince años establecidos en la selva en terrenos sin dueño llamados nacionales, alrededor de la Cueva del Arca elegida la noche del diluvio cuando se unieron como pareja. Allí plantaron la semilla de la hacienda, construyeron las primeras casas, los poblados iniciales para los mozos. Pasaron los años fundadores y fue necesario acrecentar la finca. Colindaba con ellos un terreno extenso con manantiales y el gran Río de la Sierra, lomas y montañas, llanos y tierras planas propias para la siembra y el pastoreo. Pertenecía a Margarito Salvatierra, campesino de Pichucalco. El presbítero lo buscó en el pueblo, hubo una corriente mutua de simpatía desde las palabras iniciales. Margarito invitó a Mariano a comer a su casa, conoció a la esposa y a los hijos. Antes de sentarse a la mesa cataron un buen comiteco, aguardiente de muchos años de madurez. En la sobremesa el presbítero hizo saber a Margarito el interés por sus terrenos, vecinos a los que Juana y él habían cultivado. La tierra provenía de terrenos nacionales solicitados al gobierno por su padre del mismo nombre. La finca fue llamada Dolores Zacualpa y se tasó en cuatro mil pesos. Se entregaron a la firma de la escritura mil doscientos pesos y el resto sería pagado a plazos anuales de trescientos pesos a partir del siguiente año de 1857. El trato incluía ganado vacuno y de cerda, las casas, útiles y aperos de trabajo. El terreno Dolores Zacualpa se hallaba a tres leguas de Ixhuatán y a cuatro de Ixtacomitán. En documento posterior, Mariano Mejía declaraba que la legítima propietaria era Juana Urbina, un año después del triunfo del partido liberal y la promulgación de la nueva Ley de México que establecía el carácter laico del gobierno, la separación de la Iglesia y el Estado y la recuperación de los bienes en manos de la Iglesia y otras propiedades llamadas “de manos muertas”.
Teniendo que ausentarme de esta villa, otorgo el presente a la señora doña Juana Urbina, ante los señores don Felipe de Jesús Pastrana, don Margarito Salvatierra y don Manuel Meza, en descargo de mi conciencia, porque soy mortal, y en cumplimiento de uno de los más sagrados deberes que la humanidad me impone como cristiano y como hombre honrado, declaro que la hacienda Dolores Zacualpa que compré a mi compadre don Margarito Salvatierra, en cuya escritura de venta aparece ser yo el comprador, es legítima propiedad de la referida señora doña Juana Urbina porque esta compra la hice con dinero de esta señora por encargo especial, únicamente por deferencia a mi persona o porque ella creyera que así convenía mejor a sus intereses. Y no teniendo yo derecho alguno sobre la tal finca creo de mi deber y de justicia hacer la presente declaración para que en ningún tiempo por la circunstancia referida pueda alguien intentar removerla de sus derechos de propiedad, porque pudiere ser que después de mis días alguno de mis herederos o interesado en mis bienes creyera de buena fe que tengo algún derecho a la tal finca, hago constar, por el presente documento, que no tengo ninguno. Para guardia y seguridad de la propietaria y para que éste tenga la validez necesaria y pueda hacer fe en cualquier tiempo y en cualquier caso, firmo y firman conmigo los señores testigos que para el efecto están citados.
Villa de Ixtacomitán , junio primero de 1858
Margarito Salvatierra, nombrado juez de primera instancia del departamento, continuó el juicio que habría de asegurar a Juana Urbina la propiedad de Dolores Zacualpa. Contrataron un agrimensor y se levantó el plano de la propiedad en agosto de 1866. La finca tenía una superficie de 162 hectáreas, 96 áreas y 60 centiáreas, equivalentes a tres caballerías, 196 cuerdas y 2 422 varas de la medida agraria mexicana. El agrimensor entregó el primer documento que señalaba el Pie de la cuesta, el Cerro de la troja, el Arrozal, el Arroyo de la montañita, el Chivero y la ubicación de la casa grande, el caserío de los peones y el Río de la Sierra. Otro asunto legal fue solicitado por Amado Everardo al mismo juez y amigo, para asegurar en derecho las superficies procedentes de terrenos nacionales que habrían de sumarse a la finca, amparados por las nuevas Leyes de Reforma, enfocadas no a terrenos de la Iglesia sino ahora a las comunidades indias, que habían sido protegidas por el rey durante el tiempo de la Colonia.
Entre el dolor de la pérdida y las acciones legales para asegurar la propiedad de las nuevas tierras, se realizó el sepelio en el cementerio de la finca, con música de marimba y el tañido de la corneta de Crisanto Cacho. Cuando el ataúd bajaba a la fosa Crisanto hizo vibrar en su corneta el toque de Silencio. La tierra, primero a puñados y después con la ayuda de la pala, fue cubriendo el féretro de Juana Urbina hasta conformar su tumba. Crisanto Cacho entonó en su corneta los aires del toque La generala, de su creación. Los cinco hermanos despidieron a las familias amigas. Una larga caravana se formó camino a Tapilula y otra se organizó rumbo a Pichucalco. Las muchachas zoques hicieron sonar las teclas de la marimba hasta que los últimos grupos abandonaron La Zacualpa.
A cada paso de los hijos de Juana por la casa grande asomaban los constantes recuerdos y la insoportable melancolía. Como si eso menguara su ausencia, los hijos de Juana se esmeraban en aquellos objetos a los que ella prestaba atención, para no descuidarlos. Sus libros más amados, los que escogía para leer en voz alta, permanecían ordenados en los libreros, el reloj familiar caminaba de nuevo en coordinación con las sombras del reloj de sol en el jardín, los muebles labrados en caoba y cedro de los bosques de La Zacualpa eran frotados con cera y en sus gavetas se depositaban, como Juana acostumbraba, trocitos de madera para reforzar su aroma; el Cristo de Mariano lucía ahora custodiado con flores que Julia, la muchacha zoque, cultivaba en el jardín. Un año antes de su muerte Juana recibió de San Juan Bautista un envío protegido con cartones y costales, eran vidrios para la casa, material novedoso en la finca. Juana recordaba que las ventanas de la biblioteca de don Manuel Larrainzar en Ciudad Real tenían cristales. Se destaparon los bultos y aparecieron las transparencias frías y los diamantes, como llamaban a las herramientas para cortar el vidrio. El carpintero Leonardo Solórzano tomó las medidas de las ventanas de la biblioteca, el comedor y su recámara y procedió a la colocación de los cristales. Ahora, con Juana muerta, la luz del día alumbraba la casa a pesar de la tristeza que oscurecía los afanes del sol. Era la penumbra de un atardecer prolongado.
Luz regresó a su casa para acompañar a su esposo. El joven César Contreras hizo saber a Ezequiel que deseaba instalarse en Pichucalco, donde había nacido, sin cortar los lazos familiares que había construido en la finca entre él y los Urbina. Ezequiel le dijo que La Zacualpa siempre sería su casa y pidió que aceptara una bolsa con monedas de oro para iniciar un negocio en Pichucalco. Los equipos que había instalado en la finca para el desarrollo, el fortalecimiento y la constitución de su cuerpo le fueron enviados a su nueva casa.
El hermano mayor, Amado Everardo, primer hijo de Juana, vivió largos años en Guatemala por la violenta decisión de Desiderio Urbina, su abuelo. Vuelto a Chiapas a instancias de Juana, conoció La Zacualpa, construyó el amor entre él, su madre y sus hermanos durante meses y años. En la familia sólo Juana y él hablaban con el voseo centroamericano, habla de Ciudad Real y de Guatemala. Esta variante del castellano conformó una cultura compartida sólo por ellos y se transformó en el andamio central para edificar su amor y sus alegrías. El humor guatemalteco hacía reír a Juana cuando Amado relataba cuentos y sucedidos en aquellas tierras en un lenguaje compartido. Un día Amado, junto al antiguo reloj familiar de alabastro, preguntó a su madre: “¿Qué horas tenés?”, “Diez menos diez”, contestó Juana. “¡Entonces no tenés nada!” Amado conservó el apellido de la familia que le cuidó hasta el inicio de su juventud, Everardo. En La Zacualpa maduró, era agradable en sus relatos, bien parecido, alto y esbelto. Tenía pecas en la nariz y los pómulos que le daban un aspecto de niño eterno. Las pecas confirmaban su pertenencia a la familia de Juana, era jolote, el apodo de los Urbina heredado y vuelto a heredar, que aludía a las pintas de los huevos de la guajolota, la pava. Destacaba la serenidad en su carácter, la paciencia y la atención despierta para comprender las intenciones de su interlocutor. Desarrolló talento para los negocios, llevaba al día las cuentas de la finca. Había heredado los rasgos de su padre, Manuel Galindo, el teniente Galindo. No sólo su rostro renació en Amado, también la manera tierna de mirar que podía transformarse, al momento, en un disparo de sus pupilas ante lo desconocido o inseguro. El timbre de su voz revivió a su padre en la memoria de Juana. La relación con sus hermanos era dispar. A pesar de las diferencias de carácter con Ezequiel, el humor amarraba su relación. El don de mando que Ezequiel desarrolló en la guerra, las decisiones ante los peligros, la precaución en los tratos iniciales marcaban diferencias entre los hermanos que sólo el cariño lograba hacer llevaderas. Con su hermana Luz, Amado mantenía una armoniosa relación, acrecentada después de su matrimonio con Gustavo Casanova y su retiro de la casa materna. Los viajes que hacía Luz a La Zacualpa para presentar a sus hijos recién nacidos llenaban de alegría a Amado. A Gabriel lo trataba con amorosa paciencia por el carácter extravagante de su hermano. Su ansia por entender el mundo, sus secretos y el afán de conocimiento habían trastocado su mente a pesar de su talento como médico empírico; a veces lo admiraba y a veces le divertía. Con su hermana Margarita había un trato de protección por su debilidad. Actuaba como la más pequeña de la casa aunque era mayor que Enrique tres años. Este último era solitario, silencioso y de mal humor, era lector de textos de ética y de modernos estudios sobre la sociedad. Esquivo y cariñoso a su manera. Entusiasta del ajedrez, jugaba en solitario ante la falta de compañía para aquella disciplina. Trazó en superficies delgadas veintiún tableros y talló las fichas necesarias para el juego, negras y blancas; podía sostener combates, él solo, contra veintiún enemigos imaginarios.
Las muchachas que frecuentaban la finca para visitar a la matriarca mantenían trato cordial con Amado. Siguiendo indicaciones de su madre había cultivado el gusto por el baile que aprendió en Guatemala. “En esto también es Galindo”, reconocía Juana. Sus amigas disfrutaban su sentido del humor y caballerosidad. Solía salir de la finca a solas, al caer la tarde, recién salido del baño, con la ropa impecable y la cara bien afeitada, fresca por el masaje de alcohol perfumado con diversos aromas de menta, flores de azahar, limón, o lima. Montaba el Ruano, su caballo predilecto. Regresaba muy noche y pasaba en silencio a su recámara.
Una mañana, Amado entró con una tea al túnel de la mina, sorteando derrumbes y pasos estrechos. Llegó a un salón amplio, una caverna natural con prolongaciones calcáreas que la humedad fabricaba desde el techo o a partir del suelo. Encontró otro túnel por el que había que caminar inclinado, luego los restos de un derrumbe mezclado con la tierra y el lodo donde se distinguían minerales. Amado reunió las pepitas de oro que pudo cargar y las llevó a la casa grande, al laboratorio que había organizado junto con Ezequiel. Siguiendo las indicaciones de un libro de Mariano Mejía, los hermanos, a través del mercurio, encontraron que el oro de aquella veta era de buena ley. Desprendieron el oro de la piedra y obtuvieron una pella. Amado hizo cuentas y advirtió a Ezequiel que era menester disminuir el uso del mercurio, porque si no, el oro sería incosteable. En varias reuniones y discusiones Amado configuró una sociedad anónima que pudiera captar recursos económicos para la explotación de la mina, pero no se adelantó gran cosa.
Olegario Martínez era un comerciante de San Cristóbal, muchacho agraciado, alegre, de muy buena voz que se hacía acompañar por una guitarra. Muchas veces cantó a dúo con Ezequiel en las veladas vespertinas de la casa grande. Se hizo apreciado por la familia y Ezequiel lo invitó a abandonar la palapa de los viajeros donde dormía y a ocupar una de las recamaras aledañas a la casa grande. Olegario iba y venía de San Cristóbal a San Juan Bautista comerciando con diversos objetos, textiles en el viaje de venida y ofertas de artículos norteamericanos y franceses en sus viajes de regreso. No resultaban mal sus ganancias. Al cabo de unos meses, Margarita se enamoró en secreto del joven comerciante. En su imaginación conformó un noviazgo que la hacía muy feliz. Nada comentó con sus hermanos ni con Olegario. Cuando su hermana Luz hizo una visita a La Zacualpa, le confesó que por primera vez en su vida era feliz. Pero no ofreció detalles. Luz se fue sin entender la profundidad de lo que ocurría en el corazón de Margarita. Una tarde Olegario llegó a la finca procedente de Teapa. Venía acompañado de una bella muchacha de la familia Calcáneo. A la hora de la cena la presentó a la familia Urbina como su esposa y habló del matrimonio de ambos recién celebrado. Margarita se levantó de la mesa con los ojos incendiados, la barbilla le temblaba, se dirigió a su habitación y no volvió a salir de ella ni a probar bocado. Olegario y su esposa continuaron su camino rumbo a San Cristóbal.
La salud de Margarita empeoraba cada día, y los hermanos no encontraban la causa. Gabriel la visitaba varias veces al día, tomaba su temperatura, escuchaba el corazón y los pulmones de la misteriosa enferma y no encontraba síntoma alguno. Varias veces armó frente a su cama el teatrino que había construido para que actuaran sus títeres, en un vano intento de agradar a Margarita. Enrique, en un gesto extraño en él, llegó varias veces a la habitación para leer a su hermana poemas o fragmentos de novelas divertidas, sin lograr el interés de la enferma. Amado le contaba historias divertidas de Guatemala, pero de pronto, Margarita, ausente, se quedaba dormida. Ezequiel hacía recuerdos de su niñez, con sus padres aún jóvenes, buscando inútilmente una sonrisa en su boca. Semanas después, sin revelar las razones de su reclusión, Margarita murió de amor.
Cuando Olegario volvió a pasar, solo, a la finca, Amado le pidió que siguiera su camino y no volviera a La Zacualpa. Enrique, siempre duro, comentó: “Qué babosada de mi hermana”.
En el velorio de Margarita estuvo presente la madre de Amanda. Contó, una vez más, que a su padre, don Fermín López, lo había pisoteado un toro hasta matarlo. El abuelo de Amanda había sido un hombre muy estricto en asuntos familiares. En un momento, a solas con Ezequiel, le informó que la muchacha regresaría pronto a La Punta, la finca de la familia. En medio de su luto, Ezequiel vivió un momento de alegría. La oportunidad de verla se dio en Ixtacomitán, durante una misa a la memoria de Margarita. Estaba muy bella, segura de sí, cuando vio a Ezequiel y le comentó “La guerra se acabó”. El coronel recordaba su promesa de verla cuando la guerra terminara y de nuevo volvió a pasar montado frente a La Punta en las tardes. El reencuentro con Amanda fue luminoso. Las caricias y los tratos de tiempo atrás ahora recibían el poder del retorno. Volver al amor y encontrarlo intacto, multiplicado. Amanda era la alegría en cualquier reunión. Su belleza crecía en el baile, cuando su cuerpo iba y venía por los salones de La Zacualpa o de otras fincas. Sin importar en qué ángulo del salón bailara, el centro estaba donde ella estaba. Sus ojos claros cambiaban de tono según la luz del día. Cuando sonreía sus labios se combinaban con los ojos en sesgo y la punta de la nariz vibrando con el gesto. La muchacha fumaba puritos de Simojovel. A Ezequiel le preocupaba que fumara tan a menudo y recordaba que él también fumaba tabaco, pero en menor cantidad y no inhalaba el humo. Amanda aspiraba con vehemencia su tabaco. En su figura esbelta sorprendían sus manos extrañamente pequeñas. Aprendió ademanes para disimularlas. Cuando hacía alguna pregunta esperaba su respuesta cerrando levemente los labios, empujándolos al mundo como al inicio de un beso.
