Viento del siglo - Eraclio Zepeda - E-Book

Viento del siglo E-Book

Eraclio Zepeda

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Con esta cuarta entrega de la tetralogía de los elementos de Eraclio Zepeda llega a su fin una de las más comentadas, leídas y analizadas secuencias de novelas mexicanas. Zepeda, miembro número de la Academia Mexicana de la Lengua, ha logrado en estas historias intercaladas que los personajes cobren vida en el entorno chiapaneco histórico y contemporáneo.

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Seitenzahl: 280

Veröffentlichungsjahr: 2014

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© Fotografía de Rogelio Cuéllar

Eraclio Zepeda (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 1937) cursó estudios de antropología social en la Universidad Veracruzana. Líder obrero, miembro activo del Partido Comunista Mexicano, profesor universitario en Cuba y en la República Popular China y corresponsal de prensa en la antigua URSS. Fue galardonado con el Premio Nacional de Cuento del INBA, el premio Xavier Villaurrutia, el premio Chiapas y la distinción de autor de IBBY (International Board on Books for Young People). Actualmente es miembro del Sistema Nacional de Creadores. En el FCE ha sido incluido en los volúmenes colectivos de poesía La espiga amotinada y Ocupación de la palabra, y ha publicado los libros de cuentos Benzulul y Asalto nocturno.

LETRAS MEXICANAS

Viento del siglo

ERACLIO ZEPEDA

Viento del siglo

 

Primera edición, 2013 Primera edición electrónica, 2014

El autor agradece el apoyo del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes.

Diseño de portada: Paola Álvarez Baldit

Fotografía: Eraclio y Manuel Zepeda Lara © Archivo de la familia Zepeda

D. R. © 2013, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F. Empresa certificada ISO 9001:2008

Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-1941-9 (ePub)

Hecho en México - Made in Mexico

A la memoria de ERACLIO ZEPEDA LARA, mi padre, quien inspiró esta historia

I

SOBRE su cama, en Tuxtla Gutiérrez, el viejo coronel Ezequiel Urbina reposaba su cuerpo envejecido. Tres años atrás viajó de Pichucalco para residir en la capital de Chiapas invitado por el general Carlos Vidal, gobernador del estado. Llegó con su familia, como se movió toda su vida, a caballo. Le acompañaron su esposa Lola y sus dos hijas, Luchi y Juana María, a quien en la casa apodaban de cariño la Chata, a pesar de tener la nariz más prominente de la familia. Los hijos varones anticiparon su viaje en fechas diferentes para prestar servicios en el gobierno. En la cabalgata venían, como si fueran parte de su familia, la nana Julia, su hija Pila y Crisanto Cacho, su más antiguo colaborador en campañas de guerra y de trabajo. El viaje fue lento. Con frecuentes escalas para recuperar las fuerzas. Ezequiel sufría la pertinaz fatiga de los ancianos. En una acémila que transportaba las cosas de valor o más apreciadas, protegida por su estuche de cuero, venía la guitarra que el coronel hacía sonar en las noches acompañando su voz todavía concertada. Ahora el instrumento colgaba de un clavo afianzado en la pared, a un lado de su cabecera. En las noches pedía a sus hijas que se la acercaran para pulsarla. La familia rodeaba la cama del viejo con sillas del comedor para escucharlo, hasta que un día ya no tuvo fuerzas para pedir el instrumento.

La noche del veintisiete de julio de 1927, a los ochenta y cuatro años de edad, el anciano, héroe de tantas batallas, se apagó tranquilamente. Nunca imaginó morir en su casa con la cabeza en la almohada. Su viuda y sus hijos, en medio del dolor, permanecieron en silencio. Únicamente la nana Julia llenó de alaridos y rezos la cocina. Crisanto Cacho, el viejo corneta, con los ojos in­yectados, hacía guardia en el corredor para lo que se ofreciera.

El sepelio se realizó al día siguiente, a las cuatro de la tarde. Sus hijos varones, el Güero Manuel y Ezequiel hijo, Cheque, se ocuparon de ordenar el ataúd, resolver el papeleo legal y las gestiones en el panteón. Sus hijas y doña Lola dispusieron la sala donde acompañarían al padre por última vez. Las flo­res se conseguían en los jardines de familias conocidas: no había florerías establecidas. En la tarde empezaron a llegar coronas de papel y ofrendas naturales de parte de las amistades y los funcionarios de gobierno. Las sillas de tijera alquiladas, siempre disponibles para fiestas y velorios, pegadas contra los muros de la sala y de los corredores, en sus respaldos tenían marcadas en pirograbado las iniciales del dueño del negocio: E. C. El primero que acudió para acompañar el duelo fue el general César Lara, presidente municipal de Tuxtla, muy afectado por la muerte de su maestro, tío y padrino. En representación del gobernador del estado llegó al velorio su hermano, el general Luis Vidal, en esos días designado por el congreso gobernador interino, en ausencia del gobernador constitucional, el general Carlos Vidal. Éste se encontraba acompañando al general Francisco Serrano, ex secretario de Guerra y ex jefe del Estado Mayor, quien había decidido lanzarse como candidato a la presidencia de la República, para evitar que Álvaro Obregón pisoteara la Constitución al reelegirse presidente. Los tres hermanos Vidal eran parte del grupo de jóvenes que años atrás visitaban la finca del coronel Ezequiel Urbina, La Zacualpa, en busca de su sabiduría, de sus consejos y del placer de oír sus conversaciones plenas de humor. Frecuentaba aquellas reuniones también el mayor de los Vidal, el ingeniero Amilcar, quien en 1917 había sido diputado en la legislatura que aprobó la nueva Constitución. Ahora Amilcar era diputado local. Junto con él se presentaron otros diputados a despedir a Ezequiel Urbina, dos veces representante al Congreso de Chiapas y combatiente en Puebla contra la invasión francesa. Entre ellos se destacaba Arturo Lara, hermano de César, ambos sobrinos del coronel por parte de su esposa Dolores Lara, también asiduos a las ahora lejanas tertulias de La Zacualpa. Arturo pasó la noche sentado al lado de su prima Juana María, la Chata, por la que sentía especial simpatía. Presentó también sus pésames a la familia el joven teniente coronel Victórico Grajales. El cortejo fúnebre sería recordado muchos años después por los habitantes de Tuxtla.

Ricardo Alfonso Paniagua, dirigente del Sindicato Central de Obreros y Campesinos del Estado, diputado local y coordinador del congreso, con ropa de ceremonia hizo la oración fúnebre. La viuda Dolores y sus hijas lloraban discretamente; Manuel, el Güero, se secó la frente con el pañuelo y aprovechó la ocasión de pasarlo sobre sus ojos. A Ezequiel hijo, quien nunca volvería a escuchar el apodo de Camarlengo con que lo llamaba su padre desde niño, le temblaba la barba. Lo rodeaban sus compañeros de redacción de Alba Roja, periódico de la Junta Local Campesina que él dirigía. En el sepelio, Crisanto Cacho, el viejo corneta, para despedir a su jefe dio un impecable y prolongado toque de silencio. Luis Vidal preguntó quién era el corneta y apuntó su nombre.

En esa noche de orfandad, el reloj de alabastro del presbítero Mariano Mejía, padre del coronel y tronco fundador de la familia, detuvo una vez más su marcha. Luego las cuerdas de la guitarra del coronel sonaron insistentemente. El sonido estaba ahí, revolviendo angustias y esperanzas. Nadie comentaba nada pero todos pensaban lo mismo. La guitarra siguió sonando aunque no podía reconocerse melodía alguna. La Chata se levantó del comedor y se dirigió a la recámara donde había muerto su padre la noche anterior. Deseaba con toda su fuerza encontrarlo, hablarle más acá de la muerte. Abrió la puerta, entró en la oscuridad de la habitación vacía. La guitarra seguía sonando.

—¿Papá? —preguntó con voz apagada; una vez acostumbrados sus ojos a la falta de luz, pudo dirigirse a la guitarra que pendía del clavo—. ¿Papá? —repitió con la ilusión de encontrarlo.

Alcanzó la guitarra, la bajó y entre las cuerdas del instrumento encontró una pequeña rana enredada. Juana liberó al animalito y lo soltó en la puerta que comunicaba con el patio. Lloró y se rio a solas antes de volver al comedor. No comentó nada.

El coronel Ezequiel Urbina abandonó Pichucalco después de una visita del general Carlos Vidal. Lo había buscado, como varias veces antes, en la modesta casa que alquilaba después del derrumbe de su finca La Zacualpa. En esa visita Carlos Vidal le informó que sería el próximo gobernador de Chiapas y lo necesitaba en Tuxtla como su asesor y consejero.

—Sus muchachos, Manuelito y Ezequiel, como usted lo sabe, ya están trabajando conmigo. Pero me falta lo principal: la experiencia, los consejos y las opiniones de usted.

Ezequiel agradeció la invitación y fijó una fecha para su traslado a la capital. Satisfecho con la aceptación del coronel, Carlos Vidal se puso a conversar, como de costumbre, sobre acontecimientos interesantes para ellos, que se habían forjado en la guerra.

—¿Se acuerda, padrino, del general norteamericano Pershing, John Joseph Pershing, que con permiso de Carranza entró con sus tropas buscando a Pancho Villa?

—¡Claro que sí!, me lo contaste en una larga carta en la que me avisabas que habías participado en un combate en El Carrizal contra aquella unidad gringa que traspasó los límites que México les había señalado para sus ope­raciones.

—Quiero informarle que Pershing, después de fracasar en su asedio y búsqueda del general Villa, regresó a Estados Unidos y su gobierno lo mandó a Europa con rango de general, comandante en jefe de las fuerzas norteamericanas que pelearon en la gran Guerra Mundial.

—Menudo jefazo nos habían mandado —comentó Ezequiel.

Prendió uno de los puros de Simojovel que su ahijado le había traído de regalo, ordenó a la nana Julia que pusiera la mesa y despidió a su ahijado con un sencillo almuerzo porque todo traslado en esos rumbos, pensó él, era lejano y fatigoso.

La vida en Pichucalco había sido difícil para la familia. Los ingleses que explotaban la mina de La Zacualpa le entregaron al coronel un finiquito en oro. Ezequiel no quiso aceptar papel moneda del gobierno en esa época tan insegura por las distintas y constantes emisiones de billetes. El monto entregado no cubrió sus expectativas pero la familia recuperó la posesión de las minas, ahora abandonadas. Con ese poco de oro sobrevivieron modestamente.

Juana María, como sus hermanos, fue educada por un profesor cubano contratado por su padre para instruir a sus hijos y a los niños en la finca. Nunca asistieron a una escuela; no sabían lo que era estudiar en grupo, en una aula. Y por lo mismo, aceptó gustosa y emocionada la invitación que le hicieron para ser profesora de la escuela municipal de Pichucalco. Ahí enseñó a leer a varios sobrinos de César Contreras, aquel muchacho huérfano de guerra que Ezequiel recogió del campo de combate y lo llevó a vivir a La Zacualpa bajo el cuidado de su madre, Juana Urbina. Entre ellos se destacaban dos por razones opuestas: Gregorio Pastrana, inquieto y nervioso, quien gozaba maltratando a los animales, y Julio César, su hermano, niño estudioso que tenía un gran interés por la naturaleza y amor por los animales. Juana María, a su vez, tomaba clases de mecanografía por las tardes con una de sus colegas.

Luchi, consecuente con sus intereses, se convirtió en consejera de modas para señoras y señoritas ricas a quienes diseñaba vestidos y confeccionaba trajes para fiestas y bailes. Tenía un pequeño taller con cuatro costureras. Ejemplares de El Correo de Ultramar, revista que leía en La Zacualpa y ahora pedía por correo, eran los figurines consultados. Un buen día apareció en la casa el primo sastre, Benito García Urbina, acompañado de sus hijos que crecieron en la finca. Ya eran oficiales de su oficio, la sastrería. Luchi se alió con ellos para acrecentar su taller de modas que ahora ofrecía la confección de pantalones y trajes para caballeros. Luchi no podía contenerse de hablar con sus clientes y clientas de las abundancias de La Zacualpa, sus minas de oro, sus campos donde manaba el chapopote y todas las riquezas de su fantasía. A sus espaldas le habían colocado un apodo que ella nunca escuchó, la Petrolera. Manuel el Güero y Ezequiel hijo compraron mulas y organizaron un negocio de arriería al servicio de los comerciantes de Pichucalco hasta que el general Carlos Vidal los invitó a trabajar con él en la capital del estado. Manuel fue contratado en las oficinas administrativas en tareas de contabilidad y Ezequiel se dio de alta en el Ejército Constitucionalista. Después de diversos combates ascendió a capitán. En sus actividades militares Cheque tuvo el apoyo de los hermanos Vidal como combatiente. El general César Lara completó su instrucción militar. Compartía con César el gusto por la práctica de tiro sobre siluetas o animales vivos a gran distancia. Cheque había aprendido el uso de armas con su padre. En los concursos de tiro de precisión con fusil Ezequiel no quedaba lejos de César en la puntuación y a veces lo igualaba. Los jóvenes primos disfrutaban la ceremonia de calcular la distancia del blanco, ajustar el alza de la mira con la corredera para que al momento del disparo el proyectil describiera un viaje ascendente para después bajar al punto exacto donde esperaba el objetivo. César, si andaba de civil, vestía de blanco. En los salones de fiesta bailaba con elegancia; las muchachas disfrutaban si eran elegidas como sus parejas de baile. Se hacía acom­pañar por Cheque, quien pronto alcanzó también fama como bailador. César tocaba la guitarra y tenía voz de tenor. Componía canciones dedicadas a una novia, una ciudad, una región. Llegó con los años a componer una geografía musical con sus canciones, lirismos que le confirieron años después, cuando fue gobernador del estado, el calificativo de “letra y espada de Chiapas”. Ezequiel, en cambio, no heredó la voz ni el gusto musical de su padre; tampoco sus hermanos.

Cuando Manuel y Ezequiel hijo dejaron Pichucalco, César Pastrana y su familia estaban pendientes del viejo Ezequiel, su esposa y sus hijas. Los invitaban a comer o se presentaban con sus criados llevando viandas y buenos vinos para la mesa del coronel. Si notaba alguna penuria la resolvía con discreción. Durante una visita César Pastrana se dio cuenta de que el coronel estaba escribiendo una suerte de memorias en una libreta con forros de cuero, con su elegante y cuidadosa caligrafía en tinta sepia. Días después se presentó con un regalo, una máquina de escribir Smith Premier fabricada en Estados Unidos con grafía propia del idioma español. Tenía dos teclados, uno para mayúsculas y otro para minúsculas. El papel se surtía por el carro. Para consultar lo escrito era menester darle una vuelta hacia arriba. César le enseñó a usar la máquina y Ezequiel quedó encantado. Cuando Juana María volvió de la escuela y se encontró con el regalo de César Contreras, feliz, tomó asiento frente a la máquina y la hizo funcionar con habilidad. En las noches ayudaba a su papá pasando en limpio sus escritos. Ezequiel y su familia en compañía de la nana Julia y Crisanto Cacho paseaban los domingos por la tarde en el tranvía de un solo carro que circulaba por la calle principal del pueblo sobre rieles tirado por mulitas. La diversión se prolongaba recorriendo la ruta varias veces. El propietario del transporte, un tal don Ponciano, cuando se dio cuenta de que los usuarios lo tomaban por placer y no por la necesidad de transportarse, decidió subir el costo de los boletos los domingos.

A Ezequiel le molestaba la excesiva avidez de ganancias de los comerciantes de Pichucalco. Él, acostumbrado a la vida de holgura en La Zacualpa, odiaba tener que acudir en días de crisis a las tiendas en busca de crédito que liquidaba puntualmente. Le parecían despreciables las caras de suficiencia y poderío que mostraban en su avaricia desbordada. Una tarde, particularmente molesto escribió unas rimas que multiplicó en copias mecanográficas realizadas por él mismo, sin que Juanita, la Chata, se enterara. En la oscuridad de la noche, a solas, con engrudo pegó sus versos en las esquinas más frecuentadas del pueblo. Al día siguiente se comentaban, entre carcajadas, los retratos rimados que describían el poder detrás del mostrador. Algunos copiaron a mano los textos fijados en las paredes, los reprodujeron en manuscritos, los repartieron de casa en casa deslizándolos por debajo de las puertas. Otros se atrevían a mostrar la burla a los comerciantes que inspiraron los versos y éstos reaccionaban de maneras diversas: celebraban la nominación de otros, disimulaban la suya o rompían los versos con rabia. El escrito tenía un largo título.

REPARTO PARA LOS COMERCIANTES DE PICHUCALCO

De aceite tomé un purgante

por tener indigestión,

y ya dispuesto a cagón,

me cago en todo cabrón

del oficio comerciante.

Me cago en don Catarino,

que es un coleto infeliz.

Me cago en Roberto Ortiz

y en el maestro Florentino.

Me cago en todos los Bris,

con Soler sigo el avance.

Luego me cago en Constandse

y en el chaparro Solís.

Me cago en Jesús García,

que abrió su tienda el pendejo;

también me cago en Montejo

y en Vicens y Compañía.

Con mucha prudencia y celo,

que es lo que tengo de bienes,

me cago en Pedro Jiménez

y en don Higinio Ravelo.

Me cago en todo cabrón

que robe a la pobre gente,

en los hermanos Clemente

y en Juan Ramos el Pelón.

Me cago con mucho esmero

en los hermanos Galán;

después sobre los Quintero

y en Mincho que vende pan.

En Damián Brindis me cago

por ser de la gente guapa,

quiero decir que es de Teapa

pero a mí me limpia el nabo.

Y ya que me encuentro en guerra

contra los estrafalarios

me cago en los boticarios

Lara, Jiménez y Serra.

Me cago en las compañías

donde exista algún tirano,

y me cago en don Ponciano,

que explota con sus tranvías.

Al que proteste lo chingo,

me cago en Santo Domingo

y en todo pichucalqueño

que me ponga duro el ceño.

               Firma                Santiago Pujar

Al día siguiente el viejo coronel, muy serio, recorrió los comercios mencionados en las rimas. Había furor en las caras de los propietarios afectados.

—¿Qué le parece esta grosería, coronel Urbina? —le preguntaban.

—La gente, de pronto, suele ser artera —respondía consternado.

En la calle un joven le dio una copia de su propio escrito.

—Para que se ría, don Ezequiel.

II

EL CORONEL URBINA recibió las noticias de la toma de posesión del gobernador Carlos Vidal y se dispuso a preparar su viaje. Con ayuda de su hermano Amado Everardo, César Contreras y sus sobrinos, se reunió una tropilla de caballos y mulas para el traslado de la familia a Tuxtla. Doña Lola y la nana Julia elegían, entre sus escasos enseres domésticos, los más útiles. En una de las maletas guardó doña Lola las filigranas tejidas a ganchillo por ella todas las tardes, mientras en las conversaciones de la familia se desgranaban los cuentos o las preocupaciones, cuellos, puños, manteles, servilletas y los escarpines que tejió cuando sus hijos eran pequeños. Luchi dejó a Benito García Urbina, el sastre, sus ejemplares de El Correo de Ultramar que recibía de la capital. La Chata protegió la máquina de escribir en su estuche, una cubierta de lámina que encajaba sobre la base de madera de encino. Lola y Ezequiel revisaron los libros adquiridos en Pichucalco, en Teapa y en San Juan Bautista, la capital de Tabasco, y eligieron los que viajarían con ellos. Eran ediciones sencillas, baratas, de textos importantes de literatura, historia y ciencias universales, el pie de cría para la nueva biblioteca.

Meses atrás el coronel había decidido evitar el paso por su antigua finca. Pero ante la inminencia del viaje, consideró que era incierto, por muchas razones, empezando por las de su edad, volver a recorrer esos parajes del norte del estado. Y sintió un apremiante deseo de pasar por la casa en que nació, creció y formó su familia, aunque enfrentara el desastre. Con un propio hizo saber a su hermano, Gabriel, que le haría una breve visita en la finca. Gabriel lo esperó ansioso, acompañado de su hijo Heriberto. El coronel sabía que la casa grande había sido saqueada, los libros destruidos y los libreros incendiados, y con recurrencia imaginaba estos desastres con mucho dolor. Ahora contemplaba el mundo en que pasó su niñez y su juventud, como quien recorre un limbo sin salida. Anteponía sus recuerdos al derrumbe en una ver­ti­ginosa sucesión de imágenes. El asesinato de su padre Mariano Mejía y la petición de su madre Juana Urbina de que vengara su muerte cuando aca­ba­ba de cumplir dieciocho años. Los días de la guerra, sus emotivos regresos. El crecimiento de sus hermanos. Y lograda la paz, la encomienda de Juana de traer de Guatemala a su primer hijo, Amado Everardo, quien recién na­cido le fue arrebatado de sus brazos por la intransigencia de su padre. La muerte de Juana, su madre, el sentimiento de orfandad que cayó sobre ellos a pesar de que eran ya adultos. La sucesión de reveses en la vida del coronel se suavizó ante otros recuerdos. La recuperación del cariño de su hijo Fiacro López, nacido de una pasión de juventud; su matrimonio con Dolores Lara y el nacimiento de sus cuatro hijos. Los recuerdos buenos y malos se entrecruzaban en su silencioso recorrido, mientras su esposa y sus hijas caminaban por los corredores y las habitaciones desvencijadas, hablando apresuradamente pero en voz muy baja para no interrumpir el mudo vocerío que atropellaba el pecho del patriarca. Sin ponerse de acuerdo, el punto final de los visitantes en su propio hogar destruido fueron las tumbas del panteón familiar. Se reencontraron con sonrisas apenas dibujadas en los labios. Gabriel, el único de los Urbina que permaneció en la finca, los miraba embelesado, en silencio. Ezequiel, casi con culpa, le comunicó a su hermano la intención de irse a vivir a la capital del estado en atención a la propuesta del gobernador Vidal.

—Vete tranquilo. Yo me quedo para evitar, si es posible, más destrucción. La tierra es nuestra todavía. Desde el retiro de mi cabaña en la que me he refugiado tantos años para estudiar plantas y animales, escuchaba los ofensivos ruidos del saqueo. Y en ocasiones, curiosamente, bajo las melancólicas notas de la marimba.

—¿Marimba, hermano?

—Sí, como lo oyes. En la tropa carrancista, entre la infantería, venían soldados chiapanecos que sabían tocar marimba y en ocasiones se les oía, en sus horas de asueto, sacando melodías en el instrumento que nos vendió el maestro Nandayapa. Cuando evacuaron la casa grande cargaron con ella. Otros miembros de la soldadesca quemaron nuestros muebles como leña, los arcones y las maletas se las llevaron. Saquearon sobre todo las bodegas de vino y de cerveza. Unos oficiales se robaron las patas y la cabeza del águila disecada gracias a la inolvidable hazaña de nuestro querido Marcos Paloma, el único que me acompaña en la parcela que le cediste cerca de mi casa —dijo señalando al trabajador que permanecía a unos pasos del grupo familiar—. Eso sí, nadie pudo quitarme la frazada de lana que me tejió nuestra madre.

—Te felicito, hermano, has sido muy valiente —le respondió Ezequiel pasando el brazo por la espalda de su hermano.

Gabriel lucía sumamente delgado y ojeroso, aunque el pelo que rodeaba su calvicie, como la tonsura natural de san Antonio, permanecía negro gracias a las hojas de hibisco con que se enjuagaba la cabeza cada tercer día. El coronel le comentó que antes de poner a salvo a su familia, en la Cueva del Chiflido, hizo enterrar, ahí mismo, en el panteón de la finca, reliquias de la casa para ocultarlas de la soldadesca. Era el momento de recuperarlas.

Marcos Paloma se había acercado al grupo cuando oyó el recuerdo de su cacería. Junto con el viejo corneta Crisanto Cacho desenterró los resguardos. Sacaron el reloj de alabastro y bronce enviado de España al presbítero Mariano Mejía, padre de los Urbina, quienes llevaron el apellido de su madre; aparecieron, envueltas en cuero, pinturas y esculturas religiosas y libros de cabecera del presbítero, la Biblia, El libro de buen amor, la Odisea y tres más que salieron ilegibles y destruidos por la humedad, únicos sobrevivientes de la biblioteca familiar; cuatro lingotes de oro de la mina, y en un pequeño estuche un par de marcuernillas de oro y esmalte del coronel con sus iniciales entrelazadas como joya mudéjar. Ezequiel, contemplando sus tesoros esparcidos sobre la losa de piedra de una tumba, le recordó a su hermano:

—Tú conoces la disposición de mamá en cuanto al reloj: éste debe conservarlo el primogénito de cada generación; me corresponde conservarlo. A mi muerte pasará a manos de Juana María. Elige las imágenes y las esculturas que desees y toma dos lingotes de oro.

—No necesito pedirte —dijo Gabriel— que cuides este maravilloso mecanismo para medir el tiempo y nuestras vidas. Desde Cádiz llegó como tantas reliquias del abuelo, a quien nunca conocimos. Sin duda así será y lo mismo hará Juanita y los que vengan. Yo conservaré la virgen que mamá trajo de San Cristóbal; el crucifijo guatemalteco lo recuerdo siempre en tu despacho. Que lo conserves contigo es mi deseo. En cuanto a los dos lingotes que me corresponden, conservaré uno en recuerdo de nuestros afanes de juventud, cuando empezamos la explotación de la mina, y el otro lo cambiaré en moneda corriente de plata.

—En estos tiempos, el oro no ha de ser un símbolo, un recuerdo; es conveniente que el poderoso caballero cubra con su fuerza tus necesidades más acuciantes.

Se acercaron dos jinetes; eran Fiacro López y su hermanito Genaro. Descabalgaron, se descubrieron ante su padre, el coronel, y le besaron la mano. Fiacro le ofreció mozos de su finca para acompañarlos en el viaje.

—Con mucho gusto, hijo, acepto tu ayuda y que tus peones regresen las bestias que me dieron en préstamo en Pichucalco.

El encuentro con su hermano y los hijos que no vivían con él fue un bálsamo contra tantas pérdidas y añoranzas. Abrazos prolongados, buenos deseos y lágrimas discretas presidieron la despedida. Los bienes recuperados se sumaron a la impedimenta del último viaje que el coronel hizo a su amada Zacualpa.

El grupo familiar reanudó la marcha hacia la capital del estado. Como siempre, Ezequiel la encabezaba. Conocía el camino, señalaba los descansos. No podía dejar de comparar este viaje con los atropellados recorridos en su juventud, durante la guerra, cuando el objetivo era cumplir la ruta en el menor tiempo posible. Detrás del viejo Ezequiel cabalgaba Juana María, la Chata, la única de las damas que no montaba a la mujeriega: iba en silla charra, llevaba pantalones de montar, botas federicas y un sombrero de palma. La seguían doña Lola y Luchi. La madre protegida contra el sol y el polvo del camino con traje de batista para soportar los calores. Luchi iba ataviada con volantes y encajes como para desmontar en París o como ella imaginaba que se vestían en París. La nana Julia y su hija Pila marcaban el rumbo a sus caballos pareados con los de doña Lola y la niña Luchi, como ellas la llamaban. Los peones de Fiacro, a pie, arriaban las mulas de carga. Y en la retaguardia Crisanto Cacho, con su vieja corneta colgada al pecho, iba armado, al igual que Ezequiel y la Chata. Eligieron fincas de familias amigas para el descanso. Y como lo imponía la costumbre, los finqueros daban posada a los caminantes según los merecimientos de los mismos. Preparaban abundantes comidas ofrecidas con aguardiente para el coronel, temperante para las damas, y no faltaba una anciana que les ofreciera una copita de vino cordial para mejor soportar las fatigas del camino. La nana Julia y su hija se acomedían en las ta­reas de la cocina, donde tomaban sus alimentos con Crisanto Cacho. Los arrieros compartían alimento y descanso en los barracones de los trabaja­dores. En una de las fincas la cena fue acompañada con música de marimba tocada por tres hermanos recién llegados de San Bartolomé de los Llanos.

—¿De allá trajeron su marimba? —preguntó la Chata.

—No. Nos la vendieron hace poco unos carrancistas que iban de regreso a Tuxtla.

Ninguno de los Urbina continuó con el tema.

Una semana después de iniciado el viaje vieron el río Grande de Chiapa; sus canoas parecían alargadas hojas sobre la poderosa corriente. Entraron a la ciudad y se hospedaron en el único hotel, propiedad del entonces presidente municipal, don Manuel de Jesús Grajales, constitucionalista y seguidor del ge­neral Carlos Vidal. Después de un descanso, el viejo coronel salió del hotel acompañado de Crisanto Cacho. Cuantas veces llegaba a esa ciudad, Ezequiel iba al panteón a visitar la tumba de Alejandrina, aquella hermosa señora que con sus ojos verdes prendió el fuego inicial de sus experiencias amorosas, apenas pasada su adolescencia. El viejo, en esta ocasión, volvió a rendir tributo a su memoria. Don Manuel de Jesús Grajales, al enterarse de quién era su huésped, telegrafió al general César Lara, presidente municipal de Tuxtla Gutiérrez, sobre la presencia del coronel Urbina acompañado de su familia. A la mañana siguiente la caravana cruzó el imponente puente colgante que don Ezequiel veía por primera vez. Cerca del cerro El Divisadero, desde donde se podía contemplar la ciudad capital, los esperaban sus sobrinos, el general César Lara Ramos y el diputado Arturo Lara Ramos, el teniente coronel Victórico Grajales, hijo del dueño del hotel de Chiapa, quienes acompañaban a los hijos varones de don Ezequiel Urbina, Manuelito el Güero, y Cheque, Ezequiel hijo. Este último lucía las insignias de capitán en su sombrero tejano. El grupo familiar se apeó de sus cabalgaduras para saludar a la comitiva que los esperaba. La Chata estaba feliz de abrazar nuevamente a su primo Arturo, como en los días de la finca. César Lara llegó en un automóvil descapotable, uno de los primeros que circulaban en Tuxtla. Él mismo lo conducía. Invitó a sus ancianos tíos y a sus primas a que abordaran el auto. La Chata, Luchi y doña Lola se acomodaron en el asiento trasero y el coronel al lado del conductor, en el lugar del copiloto. Luchi celebró la elección de su elegante vestuario de opalina y encajes color albaricoque; sus volantes se agitaban y acariciaban su rostro iluminado por la afortunada circunstancia de entrar a la capital en el automóvil de su bello primo, quien manejaba con soltura, cubriendo sus ojos azules con gafas de piloto y su rubio cabello con una gorra de lino. Tras la veloz desaparición del automóvil, los demás montaron sus caballos y reanudaron su marcha.

III

ALEGRES fueron los días del acomodo en la nueva casa a dos cuadras del parque central de Tuxtla. Tenía varias habitaciones para la familia y su servicio. Un carpintero armó alacenas y libreros donde se acomodaron primero los libros del curato de don Mariano Mejía, luego los ejemplares adquiridos fuera de la finca. Así nació la nueva biblioteca. En una repisa de cedro instalaron el reloj de bronce y alabastro después de un minucioso ajuste en el taller del maestro Ovalle, quien tenía a su cargo el reloj del Palacio de Gobierno. En las habitaciones fueron tomando su lugar objetos pequeños que evocaban los viejos tiempos: un costurero de bambú y la polvera verde tornasol de Luchi en su mesa de noche; las imágenes religiosas en la sala, sobre una camilla cubierta con los delicados tejidos de doña Lola; la máquina de escribir del coronel en una rústica mesa de trabajo, y su guitarra colgada en la pared, cerca de su cama. Se reanudaron las tertulias, las tardes de canciones que culminaban invariablemente con las estrofas de La bella Lola.

Luchi conoció en Tuxtla a Carlos Rabasa, sobrino de don Emilio Rabasa, hombre de letras, y de don Ramón Rabasa, ambos ex gobernadores del estado. Carlos, aún soltero, peinaba sus primeras canas. Había combatido junto al dirigente mapache Tiburcio Fernández Ruiz, con quien alcanzó el grado de coronel. Enamorado a primera vista de Luchi, la Petrolera, se dio de baja en el ejército y estaba en busca de un trabajo estable, apartado de las campañas militares. Pidió permiso al coronel y a doña Lola para visitar a Luchi y ellos aceptaron el noviazgo. La casa de los Urbina fue punto de reunión de aquellos jóvenes que antes visitaban La Zacualpa. Eran ahora funcionarios, ex combatientes que narraban historias fascinantes, relatos dramáticos mezclados con el humor punzante. Siempre al día en los temas de la vida política, se comentaban las noticias sociales o los nuevos combates y sus incidentes desconocidos. Carlos Rabasa tenía que escuchar, no siempre divertido, relatos en los que no salían bien parados “los mapaches”, cuando el gobernador, general Carlos Vidal, llegaba a conversar con su padrino, y se retiraban a la recámara del coronel. El gobernador se recostaba en la cama sobre las almohadas mientras el anciano lo escuchaba y respondía desde su mecedora. Una vez a la semana el viejo Ezequiel iba al Palacio de Gobierno a tener acuerdos con él. Cada quince días recibía los honorarios en su propia casa. Junto a los asuntos de Estado, urgentes y variados, aparecían relatos de otros tiempos, lejanos los de Ezequiel, recientes los de Carlos Vidal.