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"... Con esta idea, organizamos el libro del siguiente modo: lo ordenamos, en primer lugar, de manera cronológica, comenzando por la forma en que se plantea el problema de la eternidad del cosmos en Proclo (410-485), un autor fundamental para comprender el paso de esta preocupación de la Antigüedad tardía a la Edad Media y el Renacimiento, y terminando con Giordano Bruno (1548-1600), el autor con el que se suele cerrar la filosofía del Renacimiento… … Con esta selección creemos haber cubierto de manera razonable y equilibrada las formas con que a lo largo de 13 siglos la cuestión de la eternidad del mundo fue debatida por los filósofos, desde las perspectivas más diversas y con consecuencias distintas. Del mismo modo, a través de ella, esperamos abrir la puerta para conocer una era, que se estudia a menudo de manera fragmentaria, de una forma integral, pues se trata de un periodo que comparte no solo temas e inquietudes, sino ciertos principios comunes dentro de su mirada filosófica". -Ernesto Priani Saisó (coordinador). "La eternidad del mundo". Con artículos de: José Manuel Redondo, Edgar Morales Flores, Luis Xavier López Farjeat, Oscar Salvador Santana, Ernesto Priani Saisó, Alejandro Flores, María Teresa Rodríguez, Rocío Muñoz Peralta y Alejandro Flores.
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Veröffentlichungsjahr: 2015
Esta colección bifronte ofrece, en una de sus caras, una serie de textos fundadores del pensamiento renacentista (correspondientes a la Antigüedad Tardía, el Medioevo y al propio Renacimiento) en su traducción al castellano.
Su segundo rostro se conforma por estudios especializados sobre los textos, temas y problemas del pensamiento renacentista que abarcan la historia de la filosofía, el humanismo, la dignidad del hombre, la unidad del bien y la belleza, el pensamiento mágico-astrológico y el pensamiento poético, entre otros muchos.
Jano se propone, con ello, poner a disposición del lector las fuentes y las herramientas para adentrarse, desde un enfoque plural, en el conocimiento y el estudio de las tradiciones que se cultivan en el Renacimiento.
Comité editorial Colección Jano
Massimo Riva. Brown University
Marie-Elisabeth Boutroue. Centre national de la recherche scientifique
Laura Benitez Grobet. Instituto de Investigaciones Filosóficas,UNAM
Ernesto Priani Saisó. Facultad de Filosofía y Letras,UNAM
María Teresa Rodriguez. Instituto de Investigaciones Filosóficas,UNAM
Silva Magnavacca. Universidad de Buenos Aires
Títulos de la Colección
Sobre el Sol y Sobre el Lumen Por Marsilio Ficino
Traducción de Alejandro Flores Jiménez
Presentación de Ernesto Priani Saisó
En viaje al Renacimiento
Silvia Magnavacca
Sobre la eternidad del mundo
Ernesto Priani Saisó, coordinador
Epistolario
Marsilio Ficino, Pico della Mirandola
Comentario a una canción de amor de Bieniviene
Pico della Mirandola
Sobre la eternidad del mundo
Ernesto Priani Saisó
(Coordinador)
Los derechos exclusivos de la edición quedan reservados para todos los países de habla hispana. Prohibida la reproducción parcial o total, por cualquier medio conocido o por conocerse, sin el consentimiento por escrito de los legítimos titulares de los derechos.
© Universidad Nacional Autónoma de México, 2015
Ciudad Universitaria, Delegación Coyoacán, C. P. 04510, México, D. F.
Proyecto PAPIME PE400711
Primera edición: noviembre de 2015
De la presente edición:
© Bonilla Artigas Editores, S.A. de C.V.
Cerro Tres Marías número 354
Col. Campestre Churubusco, C.P. 04200
México, D. F.
www.libreriabonilla.com.mx
ISBN: 978-607-8450-03-9 (Bonilla Artigas Editores)
Responsables en los procesos editoriales en Bonilla Artigas Editores:
Cuidado de la edición: Nicolás Mutchinick
Coordinación editorial: Felipe Campos Gutiérrez
Diseño de portada: Teresita Love
Hecho en México
Contenido
Introducción
Proclo
José Manuel Redondo
Juan Filópono
Edgar Morales Flores
Averroes
Luis Xavier Lópex Farjeat
Maimónides
Oscar Salvador Santana
San Buenaventura
Denisse Anamilhé Hernández Saldivar
Santo Tomás de Aquino
Oscar Salvador Santana
Boecio de Dacia y Siger de Barabante
Ernesto Priani Saisó
Nicolás de Cusa
Alejandro Flores
Marsilio Ficino
María Teresa Rodríguez
Giovani Pico della Mirandolla
Rocío Muñoz Peralta
Giordano Bruno y la divina eternidad del universo
Alejandro Flores
Introducción
El tema de la eternidad del mundo difícilmente puede ser considerado como un problema de actualidad. Nuestra concepción del mundo y de la historia, las teorías físicas sobre el origen y fin del universo, entre otras cosas, lo han vuelto obsoleto. Digamos, sólo para hacer más clara la idea, que para nosotros no tiene mucho sentido preguntarnos si el mundo es eterno cuando, por ejemplo, asociamos mundo con planeta tierra pues asumimos, de acuerdo con las afirmaciones de la ciencia contemporánea, que desaparecerá en algún momento. Lo mismo sucede si asociamos mundo con universo, ya que este es un concepto completamente extraño para quienes especularon sobre la duración del mundo; es una idea compleja que implica concepciones y problemas que sólo son comprensibles en nuestro tiempo, después de varios siglos de investigaciones y reflexiones astronómicas, físicas y filosóficas.
Si bien no se trata de un problema de actualidad, sí es un tema muy rico para guiar el estudio de la filosofía en el largo periodo de la historia que abarca desde la Antigüedad tardía, cuyo inicio se fija en el siglo III de nuestra era, hasta el Renacimiento en el siglo XVI. A fin de cuentas, para comprender cómo se plantea la cuestión de la eternidad del mundo y cuáles son los elementos que llevan a los filósofos a ocuparse de ella, es necesario conocer, si no la totalidad, sí buena parte de la forma como se estructuró el pensamiento de ese tiempo, así como la naturaleza de los instrumentos conceptuales y reflexivos de los que se valieron entonces los pensadores, tanto al formular el problema como al encontrarle solución. De hecho, alrededor de la discusión sobre la eternidad del mundo gravitan inquietudes metafísicas, epistemológicas, éticas, políticas, religiosas que son la expresión más acabada de la reflexión de esa era.
Esta fue la razón por la que un grupo de profesores que impartimos diversos cursos sobre la historia de la filosofía medieval y renacentista en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México decidimos elegirlo para desarrollar el presente libro, bajo un proyecto de investigación financiado por el Programa de Apoyo a Proyectos para la Innovación y Mejoramiento de la Enseñanza, (Proyecto PE-400711), en el que también participan estudiantes de posgrado y de licenciatura. Su propósito consiste en recorrer la historia de ese problema en 12 autores claves de la Antigüedad tardía, el Medievo y el Renacimiento.
En síntesis, nuestra intención fue construir una herramienta para apoyar la enseñanza de la historia de la filosofía, que estuviera dirigida además hacia la comprensión de un periodo para el que existen muy pocas obras de carácter didáctico que expliquen su desarrollo. Pensamos que no queríamos un nuevo recuento de lo que los autores piensan, sino la exposición de cómo un mismo problema se va mostrando a lo largo de todo ese tiempo, de tal forma que se pueda ver cómo una preocupación permea diversos lugares y distintas formulaciones, dependiendo del modo en que es tratada.
Con esta idea, organizamos el libro del siguiente modo: lo ordenamos, en primer lugar, de manera cronológica, comenzando por la forma en que se plantea el problema de la eternidad del cosmos en Proclo (410-485), un autor fundamental para comprender el paso de esta preocupación de la Antigüedad tardía a la Edad Media y el Renacimiento, y terminando con Giordano Bruno (1548-1600), el autor con el que se suele cerrar la filosofía del Renacimiento.
Cada capítulo está construido como una aproximación al problema de la eternidad del mundo en el contexto de un pensador y su filosofía. Así, cada uno comienza con una breve presentación del autor y su vida, el contexto general en que se produce su filosofía (así como las ideas centrales que explican su postura frente a la problema) y una exposición de sus argumentos e ideas a favor o en contra de la eternidad del mundo.
Sobre la base de este esquema general, los colaboradores de este libro han tenido la libertad de escoger el estilo y la estrategia para desarrollarlo. Algunos han hecho uso de esquemas y de resúmenes, y otros han preferido más bien la exposición detallada. Decidimos respetar estas diferencias porque se corresponden con las posibilidades y necesidades de presentación del tema en cada autor.
En este sentido, es necesario subrayar que no se trata de estudios académicos sobre los filósofos que presentan, sino de exposiciones pedagógicas de su doctrina teniendo como eje un problema determinado. Cabe advertir también, que no hemos querido hacer un libro que se ocupe de todos y cada uno de los pensadores que en el periodo en cuestión trataron el tema, tarea por demás inconmensurable, sino de abordar a los más representativos y los que, de un modo u otro, fueron determinantes para dar forma a la historia de ese problema y de su era. Así, de la Antigüedad tardía se presentan Proclo y Juan Filópono, para después concentrarnos en autores medievales decisivos como Averroes y Maimónides entre los árabes, San Buenaventura, Santo Tomás, Boecio de Dacia y Siger de Barabante, entre los latinos. Cierran el libro los renacentistas, comenzando con Nicolás de Cusa, seguido de Marsilio Ficino, Pico della Mirandola y Giordano Bruno.
Con esta selección creemos haber cubierto de manera razonable y equilibrada las formas con que a lo largo de 13 siglos la cuestión de la eternidad del mundo fue debatida por los filósofos, desde las perspectivas más diversas y con consecuencias distintas. Del mismo modo, a través de ella, esperamos abrir la puerta para conocer una era, que se estudia a menudo de manera fragmentaria, de una forma integral, pues se trata de un periodo que comparte no solo temas e inquietudes, sino ciertos principios comunes dentro de su mirada filosófica.
Ernesto Priani Saisó, María Teresa Rodríguez, Roberto Poblete
Proclo
José Manuel Redondo
Nuestro divino maestro Proclo, sucesor de Platón y hombre que alcanzó la plena realización de la naturaleza humana dada su habilidad para interpretar las perspectivas de los antiguos así como con sus juicios científicos acerca de la naturaleza de la realidadAmonio de Alejandría, In De int. 1, 7-11
Vida y obra (412-485)
Proclo fue uno de los filósofos neoplatónicos más notables y reconocidos de la antigüedad e influyente en la posteridad bizantina, medieval, renacentista y hasta en la filosofía idealista alemana. De acuerdo con su biógrafo Marino de Neápolis (Proclo o de la felicidad),1 nace en el 412 en Constantinopla pero desde muy pequeño crece en Licia, tierra de su familia, al parecer de origen aristocrático, la cual, en una sociedad prácticamente dominada ya por el cristianismo, mantiene las prácticas tradicionales de la antigua fe helénica. Siendo aún muy joven viaja a Alejandría a estudiar Retórica y Derecho pero la diosa Atenea se le aparece en sueños y le indica ir a Atenas a estudiar Filosofía. En Atenas entra en contacto con la escuela platónica de Plutarco y Siriano quienes instruyen tanto extensa como intensamente al joven, admirados por sus cualidades intelectuales así como por su piedad religiosa. Alrededor del 437 Proclo se convertiría en el sucesor (diádoco)2 de Siriano al frente de la Academia Platónica, la escuela filosófica más prestigiosa de su tiempo. Proclo expondrá la versión más sistemática del platonismo tardío, considerada uno de los sistemas metafísicos más complejos desarrollados en occidente.
Marino relata el arduo ritmo de trabajo y disciplina a la que Proclo se somete todos los días, enseñando y escribiendo, así como administrando la escuela. También participa como consejero político de diversas comunidades e igualmente realiza todos los días diversos servicios divinos, de acuerdo con las costumbres de diferentes pueblos, interpretadas filosóficamente en clave de metafísica platónica. Estas prácticas contemplativas y rituales —o teúrgia— eran actividades consideradas como legítimamente filosóficas, siendo comprendidas conforme a una teología poética o hermenéutica de mitos y una concepción de la imaginación muy sofisticada. Proclo pertenece a una corriente de platonismo inaugurada por Jámblico y desarrollada por Siriano, que hasta cierto punto diverge del platonismo de Plotino y Porfirio en algunas cuestiones fundamentales, principalmente, respecto a cuál es el estatuto ontológico del alma. Para Jámblico la teúrgia es un medio de conocimiento superior a la filosofía, si es entendida ésta solamente como un ejercicio discursivo y teórico. Se trata de una interpretación del platonismo, la cual, consciente de la limitación esencial del razonamiento demostrativo y proposicional, así como de los límites del lenguaje y la discursividad, propone prácticas simbólicas —performancefilosóficos— que propicien lo que ha sido llamado pensamiento no-discursivo.3 Se realizan complejos ejercicios de interpretación metafórica y exégesis simbólica, los cuales, como métodos hermenéuticos, no son únicamente métodos teóricos sino un modo de vida (biós), una vida filosófica (philosophos zoé) que es una “forma de vida y práctica espiritual”.4
El llamado Neoplatonismo5 concibe la filosofía de Platón como una síntesis y reforma de sabiduría antigua que adapta y transmite el conocimiento de Orfeo y de Pitágoras, en consonancia (symphonían) con la sabiduría de los egipcios y los caldeos así como de Homero y Hesíodo. La filosofía es presentada como análoga a las tradiciones mistéricas y Platón considerado como un mistagogo quien se expresa de manera multimodal: científica, teológica y poéticamente. Esto se refleja en la extensa obra de Proclo que aún se conserva e incluye desde comentarios a diálogos platónicos, obras de hermenéutica teológica-filosófica, composiciones de himnos a los dioses, hasta obras notoriamente sistemáticas y complejas que implican un intrincado sistema unitario y coordinado de metafísica y teología, lógica, ética, epistemología, filosofía de la naturaleza (cosmología, física y matemáticas) y estética.
Entre la obra conservada del diádoco destacan títulos como los Elementos de Teología y la Teología Platónica, así como sus extensos comentarios a diálogos platónicos como el Timeo y el Parménides; sus Elementos de Física o su Exposición de hipótesis astronómicas así como sus Comentarios a Euclides que reflejan su filosofía natural así como su filosofía de las matemáticas respectivamente. También relevantes y más accesibles son sus trabajos más breves, monografías sobre diversos temas: Diez cuestiones sobre la providencia, Sobre la Providencia, el destino y lo que depende de nosotros, Sobre la existencia de males (considerado el análisis preservado sobre el mal más exhaustivo de la Antigüedad) y los Dieciocho argumentos sobre la eternidad del mundo. Es evidente y reconocida la adaptación de la filosofía del diádoco por su contemporáneo, el autor anónimo que escribiera bajo el seudónimo de Dionisio Aeropagita, uno de los filósofos cristianos más influyentes hasta la actualidad. Igualmente sus Elementos de Teología, adaptados por la tradición árabe en el siglo IX y posteriormente traducidos en el siglo XII al latín como el Liber de Causis (Libro de las causas) —atribuido a Aristóteles—, ejercieron una tremenda influencia durante varios siglos en el desarrollo de la metafísica medieval. En el Renacimiento, Marsilio Ficino encontrará en Proclo una de las principales influencias para el desarrollo de su proyecto teológico-filosófico (particularmente evidente en la composición del florentino de su Comentario al Timeo y su propia Teología Platónica). Gracias a Ficino, durante varios siglos Proclo será considerado una de las principales autoridades como comentador de los diálogos platónicos. Sus textos exegéticos son una fuente invaluable para quien desee conocer cómo es que los diálogos platónicos eran leídos y discutidos en la antigüedad.
La metafísica de Proclo: unidad, hénades y ontología
La ontología de Proclo es expresada por medio de una reflexión rigurosa y muy minuciosa que sigue el modo matemático demostrativo para pensar la estructura inteligible de la realidad, la cual es concebida como una jerarquía descendente y en cierto sentido en movimiento, una estructura dinámica concebida como actividad cíclica o dinámica causal que permita explicar tanto la trascendencia como al mismo tiempo la inmanencia de las formas inteligibles. Este es un problema que ocupa al platonismo de la antigüedad tardía, el cual, para poder afirmar tanto la participación de las formas en lo sensible, como al mismo tiempo su independencia respecto de las realidades corporales, expone un modelo de lo inteligible cuya dinámica causal y creativa ocurre en tres tiempos: un primer momento o permanencia del efecto en la causa (moné), un permanecer en sí mismo del principio; un segundo momento o partida del efecto desde la causa (próodos), una procesión desde el principio (que habría que entenderse como multiplicación, no como división), y un tercer momento de conversión hacia el principio (que también ha de ser entendida como transvaloración), el regreso o reversión del efecto a la causa (epistrophé). Se establece así un circuito cerrado de actividad inteligible cíclica, dicho ciclo, a su vez, implica sub-ciclos menores que vinculan los diferentes grados ontológicos así como aseguran la autonomía de cada uno de ellos. La independencia de estas realidades auto-constituidas o auto-idénticas es contrastada con la dependencia de realidades inferiores, aquellas causadas por otro.6
En gran medida Proclo continuará basando su metafísica en una jerarquía de principios que, en lo básico, es la misma que las hipóstasis de Plotino. Característico del Platonismo post-plotiniano, cada principio es concebido como una tríada o analizado en tres aspectos —y luego a su vez cada uno de estos aspectos es nuevamente concebido como triádico—,7 multiplicándose así los principios y niveles ontológicos en lo que podríamos describir como un análisis metafísico microscópico, a diferencia de la llamada exposición telescópica, como hace Porfirio de las hipóstasis plotinianas que parecen colapsarse unas en otras.8 Tenemos entonces un primer principio o primera realidad que trasciende toda causalidad en su auto-identidad independiente y perfecta. A continuación se halla un segundo principio, la realidad inteligible, causada por sí, auto-constituida o auto-idéntica, causa del tercer principio o realidad dependiente o causada por otro. Del primer principio, que dijimos trasciende toda causalidad, se puede decir en todo caso que es la causa de la causalidad. La dinámica causal así concebida implica un principio de continuidad metafísica entre todos los entes relacionados causalmente por un principio de semejanza operado a partir de la llamada ley de términos medios: entre dos distintos tipos de realidad hay un estado intermedio que comparte características de ambos.9 No es posible extendernos aquí respecto a lo que por otro lado es un modelo mucho muy complejo de niveles y sub-niveles ontológicos, pero cabe decir que para Proclo, si bien no utiliza sólo un modelo, este consta básicamente de seis niveles, del mismo modo que su modelo causal implica tanto seis momentos en la dinámica causal como seis tipos de causas.10 Sin embargo, a pesar de la gran complejidad que la caracteriza, esta ontología reconoce que su primer principio, llamado el Uno-Bien, se halla más allá de lo ontológico.11 Al polemizar con las exposiciones de Plotino y Porfirio, la tradición posterior a partir de Jámblico, por un lado afirma de diversos modos una mayor trascendencia y radical inefabilidad del Uno, pero por otro lado y al mismo tiempo afirma una mayor inmanencia y radical presencia viva y cercanía del Uno para con todas las cosas, en particular en relación con la materia y lo sensible.
Proclo llevará la reflexión acerca de la unidad hasta sus últimas y radicales consecuencias. Es muy probable que fuera Jámblico quien formulara la concepción metafísica de las hénades o unidades, especie de aspectos del Uno en relación con todo lo demás, el Uno en sí mismo siendo absolutamente trascendente. El platonismo post-plotiniano llegará a sugerir que al primer principio no hay que llamarlo Uno como tal, o bien que por encima del Uno hay otra especie de Uno solamente llamado Inefable. Quizás podríamos pensar el Uno en términos matemáticos ya sea como cero o como uno: ambos son principios o primeros, el cero como principio, pero anterior e independiente a toda numeración, en cierto sentido, conteniendo en sí potencialmente toda la numeración; el uno como primero de una serie donde si bien es relativamente independiente del resto de la mencionada serie, la presupone como su principio. “Toda multiplicidad participa de alguna manera de la unidad”, siendo así toda multiplicidad a la vez una y no una; esto es, las múltiples unidades —que como tales no son una sino muchas— al mismo tiempo forman un solo conjunto, la multiplicidad como tal que es una sola.12
Las hénades o unidades primarias, al igual que el Uno, se hallan más allá de la esencia y la existencia originando a las mismas; en sí incognoscibles, mas cognoscibles a partir de sus participaciones correspondientes en los niveles inferiores, siendo la unidad la característica estructurante más básica de toda la realidad, desde la unidad primera hasta las unidades sensibles. Así pues la henología procleana más allá de lo ontológico supone un sistema paralelo y continuo con lo ontológico tanto como inconmensurable con el mismo, pues propiamente, más que ser otro sistema, las hénades se hallan fuera del sistema. La unidad puede ser concebida como la hiper-realidad que origina a la realidad (inteligible) de lo real (sensible) o donde ésta se da. Las hénades serán para Proclo la interfase entre lo ontológico y lo teológico suponiéndose así una continuidad entre el discurso filosófico, que concibe al Uno como hipóstasis, el primer principio que sostiene su sistema ontológico,13 y el discurso teológico que, de acuerdo con su hermenéutica poética, interpreta cada hénade como análoga a una de las diosas o dioses del panteón helénico. La peculiaridad individual de cada hénade es la característica que se expresa en la individualidad única de cada divinidad en los mitos y cultos locales, así como en la individualidad peculiar de cada unidad sensible, que conforme con este sistema paralelo se convierte entonces en símbolo vivo de una determinada divinidad de acuerdo con una serie de correspondencias tradicionales, afirmándose así la inmediata presencia y cercanía divina. En cierto sentido el Uno es la causa primera y única del cosmos. Aquello que inmediatamente procede del primer principio es la materia, la cual si bien puede ser concebida como el polo extremo del Uno, al mismo tiempo es lo más cercano a éste haciendo participar misteriosamente a lo sensible con el Uno. Dicho de otra manera, se concibe una relación dialéctica entre la unidad y la multiplicidad o unidades en donde en cierto sentido pareciera que la unidad necesita de la multiplicidad convirtiéndose así en la primera unidad de la multiplicidad, la cual es perfecta en su imperfección. La realidad no sería perfecta, no estaría completa sin la imperfección de la multiplicidad. La perfección de la unidad se expresa en su analogía creativa, las unidades o multiplicidad; siendo plenitud total, aquello completo y perfecto como el Uno-Bien es productivo por naturaleza.14 Podemos concebir la metafísica de Proclo como una monadología donde la realidad toda está estructurada a partir de la unidad, un sistema de unidades dentro de unidades dentro de unidades; cada principio superior, causa de uno inferior, le da a éste unidad, integrándolo al mismo tiempo que le supera. De la unidad de unidades surgen como dos primeros aspectos o diferenciaciones de la misma el Límite y lo Ilimitado, cuya interacción conforma toda realidad subsiguiente.15 Imaginemos un sistema binario (como el 0, 1 que habíamos mencionado), un código metafísico que estructura dinámicamente la realidad entera, un código binario que en su dinamismo se vuelve triádico, siendo el tercer término la relación misma o participación. Una consecuencia importante de este tipo de planteamientos es que por un lado la divinidad no es entitativa y al mismo tiempo permea todos los niveles ontológicos, dándoles unidad, incluido el sensible. “Todo está lleno de dioses” dirá Proclo haciendo eco —hermenéutico— de las tradiciones helénicas más antiguas.
La cosmología de Proclo y los dieciocho argumentos sobre la eternidad del cosmos
Así como observamos una continuidad entre metafísica y teología, igualmente encontraremos en Proclo una continuidad entre teología y cosmología.16 Ambas tienen como objeto el mismo tema, pero lo abordan con diferentes tratamientos: uno es mítico y el otro, racional. Es importante tomar en cuenta que para Proclo, en general, cosmos refiere a la suma total de todo lo que existe o tiene realidad alguna; pero también a veces puede usar el término cosmos para referirse al mundo sensible, espacio-temporal, más comúnmente llamado génesis, generación. Tómese en cuenta que el diálogo platónico del Timeo, donde Platón expone cómo se realizó la creación del cosmos, ya desde la época de la Academia generó numerosas polémicas de interpretación las cuales continuarían por siglos hasta la época de Proclo. Este criticará sobre todo a una minoría, particularmente a Plutarco y Ático, quienes interpretan la narración de la creación en el Timeo como suponiendo un primer principio creativo en el tiempo, del cosmos, a partir del cual este se mantiene vivo eternamente. La mayoría de los intérpretes platónicos, más o menos, acordarán que Timeo presenta una narración lógica del cosmos que expone relaciones causales siempre activas. La narración sólo parece cronológica pues por motivos didácticos es presentada como mito, y además —en tanto narración— se presenta necesariamente una cosa primero, otra después y así sucesivamente, pero no es que literalmente haya habido un primer momento creativo en el tiempo y luego otro y luego otro, sino que la narración expone secuencialmente procesos simultáneos y eternos. Proclo irá más allá de la mayoría de los platónicos componiendo el comentario —conservado— del Timeo más amplio, complejo y riguroso que conocemos. Así en cierto sentido podemos entender los dieciocho logoi sobre la eternidad del cosmos en parte como consecuencia de las polémicas interpretativas inter-académicas acerca del problema literal de la eternidad del cosmos en el Timeo platónico, pero también en parte como consecuencia de un clima intelectual muy hostil y polémico entre cristianos y helenos, quienes también debaten acerca de la eternidad del cosmos.17
