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La precarización laboral y de la vida es un rasgo del capitalismo contemporáneo a nivel global. Marca el presente de nuestro país y es una de las principales causas que incidieron en la rebelión de Octubre de 2019. En esta obra, distintos autores y autoras comparten un diagnóstico colectivo sobre la transversalidad, profundidad, interseccionalidad y gravedad de la precariedad en la sociedad chilena. Este libro da cuenta de un problema estructural, exhibiendo múltiples expresiones, rostros y lugares de la precarización laboral y social en el Chile neoliberal. A través de sus páginas y desde distintos enfoques y aristas, se visibiliza cómo diversos sujetos viven la precariedad, la enfrentan y persisten, así como sus acciones de resistencia y reivindicaciones de dignidad que recrean para subvertir esta situación. La intención de este libro es ofrecer evidencia científica que alerta sobre la incidencia y consecuencias de una sociedad basada en la proliferación y normalización de la precariedad laboral y del trabajo. Por ello, pretende colaborar en el debate político y público, enfocando la urgencia de la regulación, intervención y transformación de las condiciones y situaciones de precariedad desde un enfoque integral, solidario y fundado en derechos.
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Seitenzahl: 636
Veröffentlichungsjahr: 2022
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© LOM ediciones Primera edición, julio de 2022 Impreso en 1000 ejemplares ISBN impreso: 9789560015945 ISBN digital: 9789560016393 Motivo de portada: «Perros anarquistas» de Héctor González de Cunco. Todas las publicaciones del área de Ciencias Sociales y Humanas de LOM ediciones han sido sometidas a referato externo. Edición, diseño y diagramación LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 2860 6800 [email protected] | www.lom.cl Diseño de Colección Estudio Navaja Tipografía: Karmina Registro N°: 307.022 Impreso en los talleres de gráfica LOM Miguel de Atero 2888, Quinta NormalImpreso en Santiago de Chile
En la materialización de este libro, Sociedad precaria: rumores, latidos y manifestaciones, hemos buscado crear un espacio a varias voces para aunar conocimientos emanados desde distintas sensibilidades de autores y autoras, situados/as en diferentes instituciones, estudiando este proceso de precarización laboral que marca nuestro presente y en el cual, posiblemente, se encuentren no pocas de las raíces de la rebelión de Octubre de 2019, entendida como una respuesta al abuso, la impunidad y la obscenidad del poder.
En primer lugar, se define el problema de la precarización junto a los debates contemporáneos en el apartado inicial. En un segundo apartado «Escenas, ruidos y susurros» dos artículos abren perspectivas novedosas para mostrar cómo los sujetos viven la precariedad, la enfrentan y persisten, y cómo esta misma precariedad crea episodios de consolidación, resistencia y dignidad, lo cual se ve reflejado en la imagen de la «olla». En un tercer apartado, «Mitigaciones, manifestaciones, y mediciones», se presentan resultados de análisis, mediciones y dispositivos de mitigación del problema de la precarización que encaran las poblaciones en Chile, relevando las intersecciones y entronques en sus expresiones. Por último, distintos artículos en un cuarto y último apartado, «Lugares y territorios», ubican la expoliación de los trabajadores y las trabajadoras, hombres y mujeres a medio empleo, temporarios, subcontratados, maltratados, discriminados por su género, etnia o nacionalidad, en distintos valles y situaciones en la agricultura, la agroindustria y la silvicultura globalizadas, y otros lugares de trabajo como las casas particulares, la minería, el retail, las escuelas y los puertos.
Dasten Julián V. - Ximena Valdés S.Valdivia, Santiago, diciembre 2021
Dasten Julián-Véjar1
En las últimas décadas, el campo de las ciencias sociales a nivel internacional ha reconocido que la precariedad y sus diversas manifestaciones constituyen un importante fenómeno de las sociedades contemporáneas (Castel, 2010; Federici, 2013; Dörre, 2014; Lorey, 2014; Kalleberg, 2018). La conclusión de diversas investigaciones es que nos encontramos en presencia de un problema constitutivo y constituyente de la arquitectura, reproducción y producción de las sociedades contemporáneas. Su importancia estaría fijada en múltiples espacios de la vida social, lo cual ha hecho necesario adentrarse en el conocimiento de sus manifestaciones, causas y consecuencias, así como también de actuar, colaborar y generar incidencia social y política para resistirla.
Lejos de resultar un diagnóstico aislado, es posible rastrear, en distintas referencias teóricas y en diversos andamiajes metodológicos, una serie de precisiones y definiciones en torno a la condición y situación de la precariedad (Dörre, 2014). Es innegable que son varios los esfuerzos orientados a caracterizar y comprender su incidencia en las sociedades contemporáneas, así como las acciones y los proyectos emprendidos por los movimientos y actores sociales a nivel global para superarla. Considerando una serie de diversidades y particularidades geográficas, culturales e históricas, la precariedad se ha abierto paso como un síntoma compartido en la fase actual de la globalización y el capitalismo.
Sin embargo, es claro también que la precariedad no ha sido necesariamente un punto de partida de dichas investigaciones, ni tampoco un lema o un tema hegemónico en el campo de las resistencias y de las luchas sociales, sino que más bien se ha incrustado como un punto de llegada y de referencia compartido por muchas y muchos investigadores, organizaciones, movimientos y actores, lo que les ha hecho relevarla como una condición del presente, y como una referencia en sus disputas, conclusiones, demandas y resultados. La precariedad ha sido identificada como una de las grietas estructurales del modelo neoliberal y de sus posibilidades de reproducción social.
Sin hacer distinciones en sus nacionalidades, lugar de procedencia y los marcos de referencia estudiados, trabajos tan dispares como Expulsiones de Saskia Sassen (2015) o La doctrina del shock de Naomi Klein (2008), la Breve historia del neoliberalismo de David Harvey (2007), Vidas precarias de Judith Butler (2004), o Un nuevo mundo feliz de Ulrich Beck (2007), encuentran en la precarización una intersección común en sus diagnósticos. Esto lo comprueban las y los autores en campos tan variados como lo son el estudio de las relaciones intersubjetivas, los procesos de ofensiva del capital a nivel global, los cambios ecológicos y la reconfiguración del espacio, el hábitat, el trabajo y la vida social en el capitalismo contemporáneo.
Es claro que la lista puede ampliarse a Richard Sennett (2006), Zygmunt Bauman (2007), Pierre Bourdieu (1999), Silvia Federici (2013), entre otros autores y autoras contemporáneos que, en la complejidad y diversidad de sus enfoques, han puesto a la precariedad como un tópico importante en los diagnósticos de las sociedades en el capitalismo global-tardío. Muchos de los diagnósticos actuales hacen hincapié en el reforzamiento de la flexibilidad (Standing, 2011), el emprendimiento (Boltanski y Chiapello, 2002) y el riesgo (Beck, 2007), los cuales configuran tendencias que apuntan a una actualización tecnológica de los modelos y dispositivos de dominación (antes nacionales) a la escena transnacional. Este proceso se conjuga con la erosión de los marcos de seguridad, estabilidad e integración social (Dörre, 2014; Kalleberg, 2018; Sullivan y Weber, 2019), lo cual supone un desafío para los proyectos políticos fundados en el bienestar social solidario.
Una de las principales manifestaciones a través de las cuales ha sido posible registrar el avance de la precariedad ha sido el empleo y el trabajo. Reconociendo el contexto detallado por los autores y autoras antes señalados, la precariedad se ha presentado como un debate global respecto al presente y futuro del bienestar y la seguridad social. La precarización del trabajo sería un fenómeno global que va de la mano del «debilitamiento del mundo del trabajo» (Alves, 2009), consolidando un proceso de fragilización de esta «esfera privada de la vida», por medio de la flexibilización laboral, la externalización, el desempleo, el miedo al reemplazo, el desecho y la subocupación (Castel, 2010; Julián, 2017).
Estos procesos se han intercalado con profundos cambios en las políticas de empleo, en los regímenes y en los procesos de trabajo, así como en los sistemas de seguridad social. A la par, se ha producido la emergencia de una cuarta revolución industrial –la cual ha traído aparejado un proceso de digitalización, automatización y robotización del trabajo–, la introducción de nuevos modelos de organización y gestión del trabajo, y la proliferación de nuevas ocupaciones. Todas estas tendencias han dinamizado las formas de comprender el desempleo y la desocupación, así como también han llamado a reconsiderar la informalidad, el emprendimiento y el subempleo, ya que van conformando grupos con carencias estructurales en materia de seguridad y protección social.
En la actualidad, la precariedad ha sido centrada especialmente en la relación del trabajo con el futuro de las «sociedades modernas» y su cohesión, ya que estas últimas comienzan a sufrir procesos de ajuste y disminución de los derechos sociales, mientras las medidas de fragilización del trabajo inducen la debilidad de los salarios y la seguridad social (Castel, 2006). Este enfoque «moderno» de la precariedad ha sido parte de una discusión por las instituciones, por las normas y el bienestar social, entendido desde las políticas y fundamentos del Estado como agente clave en la protección social de la población. Esto iba de la mano de un Estado que depositaba en el contrato de trabajo la llave de entrada a sistemas de seguridad y protección social (Castel, 2010), y también un ejercicio de legitimidad y gobierno en el plano de la integración social (Castel, 2006).
Por su parte, las organizaciones de trabajadoras y trabajadores, y los movimientos sociales, han tratado de responder a estos procesos de precarización, generando alternativas, propuestas, acciones y protestas que apuntan a la protección de las garantías anteriormente alcanzadas, a su profundización en un nuevo marco de derechos y/o a la defensa de su ejercicio. La clase trabajadora, en su heterogénea composición ocupacional, racial, sexual, etaria, religiosa, nacional, etcétera, ha entendido la precariedad como una amenaza a sus condiciones de vida, al estatus de su trabajo y a la salud de las relaciones sociales. Sin embargo, la radicalidad de las políticas de la precarización ha continuado su marcha alrededor del globo como parte de un proyecto-mundo de conquista, gobierno y desposesión.
Y es que la precariedad es una cuestión social que obedece a un momento histórico del capitalismo y también al proyecto de una clase social a nivel global. Su primera expresión, en tanto estrategia de precarización global, se puede constatar en las políticas neoliberales impulsadas desde la década del setenta y ochenta (Harvey, 2007), consolidando las bases estructurales de la desigualdad social, la individuación, el consumismo, el endeudamiento y la carencia de marcos de derechos sociales. Supuso la institucionalización y reforzamiento de una política de indefensión del sujeto frente al Estado y el capital, la llamada desregulación, la cual ha ido cobrando expresiones múltiples a través del sistema-mundo.
En estas múltiples expresiones es donde creemos que podemos identificar las raíces de la conformación de las «sociedades precarias». En este capítulo quisiéramos compartir una breve presentación de algunos de los principales rasgos de estas sociedades, las cuales han emergido en base a la sincronización de las políticas de desregulación y mercantilización social a nivel transnacional, junto con la introducción de una serie de mecanismos de coordinación entre los sistemas judiciales, políticos, económicos y culturales de carácter global.
Luego de décadas de políticas de ajuste, dictaduras militares, guerras y represiones policiales, la expresión que ha cobrado el capitalismo, como proyecto de colonización global, es la del neoliberalismo. Si bien el neoliberalismo puede ser identificado y considerado como una expresión vinculada a un conjunto de instituciones, discursos y actores transnacionales, también es parte importante de las formas culturales y sociales que reproducen la sociedad contemporánea. Sus líneas de interconexión, reproducción y expansión, así como sus contradicciones, límites y particularidades, han sido parte de un arduo debate a nivel internacional por parte de diversos autores y autoras.
Lo que podemos desprender, a modo de síntesis, de esta fructífera discusión es que la intervención del neoliberalismo en diversos contextos espacio-temporales fija ciertas coordenadas para entender la homologación instituyente de la desregulación como principio arquitectónico fundamental de las relaciones sociales: el imperativo de la eliminación de barreras, fronteras, instituciones y normas como mecanismos de compresión del espacio-tiempo (Sader, 2008; Rosa, 2010; Harvey, 2008; Mezzadra y Neilson, 2016). En ello se instituye en el sujeto el discurso de la eficiencia, la productividad y el crecimiento económico como un acoplamiento necesario para la fluidez de las prácticas y redes de coordinación que van aparejadas a la acumulación de capital.
Para estos acoplamientos los principales obstáculos, por lo general, lo constituyen las regulaciones y las conquistas sociales traducidas en regímenes de derecho. Todos los espacios que se encuentran fuera de la competitividad y la ganancia, así como las barreras que limitan el ejercicio de las empresas, monopolios, carteles, etcétera, son límites que requieren ser revisados y ajustados por políticos ad-hoc. El financiamiento público, los derechos, leyes e instituciones que supongan un control o un freno al poder del capital, serán algunos de los focos con los que las políticas neoliberales propenderán al desmantelamiento, la desregulación y la flexibilización.
Este es un complejo proceso, pero lo resumimos aquí para darle mayor inteligibilidad y flujo a este capítulo. Aun así, cabe mencionar que esta neoliberalización de las sociedades posee una permanente adecuación y extensión en cada formación social. Supone un constante reforzamiento de las redes de poder y expansión del capital en diversas escalas geográficas (Harvey, 2008) y poblaciones (Butler, 2004), mientras avanza dinamitando elementos de seguridad y protección social fundados en procesos históricos de luchas sociales y una cultura de derechos. Esta ofensiva es central para entender la precarización de las sociedades, ya que a través de ella es posible también comprender la capacidad con que cuenta el neoliberalismo como proyecto sistémico de aprender de sus experiencias y transferir sus resultados a diversas escalas, impulsando un sentido global de gobierno.
La precarización de las sociedades, en el plano de las instituciones sociales, es identificable como una tendencia global que se basa en hacer vulnerables y dependientes los soportes de aseguramiento social (trabajo, salud, educación, etcétera) de las contingencias y necesidades del mercado, introduciéndolos en la esfera de comercialización y consumo privado (Dörre, 2014; Lorey, 2015). En este sentido, la precariedad ha configurado un nuevo horizonte para entender las lógicas y mutaciones globales en el capitalismo, así como una posibilidad para diagnosticar algunos de los principales problemas societarios de las relaciones humanas en la actualidad.
Por ejemplo, para Robert Castel (2006), la precariedad es parte de la conmoción de la condición salarial que quiebra las posiciones establecidas en la división social del trabajo. Esta conmoción desvincula a los individuos de los sistemas de protección característicos del Estado de Bienestar, con lo cual se constituye una zona de vulnerabilidad en la cual gran parte de la población comienza a transitar. Una flexibilización de los marcos de regulación y estabilidad del empleo, con la multiplicación del «trabajo a-típico», el subempleo, la subocupación y el desempleo.
Sin embargo, esta tesis de homologación de «lo flexible» a «lo precario» no comporta la profundidad del sentido medular de la precariedad en la anatomía de las sociedades contemporáneas. La flexibilidad es una inscripción múltiple en el empleo (salarial, temporal, funcional y contractual) y sus normativas, mientras que la precariedad recorre las relaciones sociales de vida, trabajo, hábitat, derechos, etcétera. Su densidad va de la mano de un proceso de cercamiento y segregación orientado hacia la expulsión social (Sassen, 2015) y al riesgo (Beck, 2007) de un gran conjunto de la población mundial (Balibar, 2013). Este proceso no se encuentra necesariamente inscrito en los discursos, memorias y textos oficiales de gobierno, sino que más bien se deposita en las biografías, los cuerpos, las resistencias y las prácticas de quienes lo padecen, lo cual involucra una forma interseccional de entender el significado de la precariedad (Lugones, 2008; Collins, 2015; Viveros, 2016).
Aquí es donde la precarización se inscribe como una práctica de resonancia e intersección de formas de dominación y opresión de más larga data, las cuales no pueden solo reducirse al empleo asalariado como homologación o sinónimo del trabajo. Con las prácticas sofisticadas de despojo y expulsión, la estigmatización, criminalización, persecución y castigo a poblaciones específicas, como es el caso de migrantes, jóvenes, niños/as pobres, disidencias sexuales, mujeres, etcétera (Butler, 2004; Federici, 2013; Viveros, 2016), la precariedad se ejerce en trabajos y economías que transgreden la visión androcéntrica del salario (Federici, 2018), por lo cual invitan a no reducir e invisibilizar la red de ejercicios de poder que le dan forma.
De la misma manera encontramos los problemas de hábitat/vida. Los territorios son mercantilizados, el control de grandes monopolios en la construcción se acompaña de las carencias estatales en la regulación del precio de la tierra y las arbitrariedades en los procesos de planificación territorial. Emergen nuevos guetos, se acrecienta la expulsión y gentrificación de las poblaciones, el hacinamiento, etcétera, las cuales son tendencias que van dando cuenta de una nueva dimensión de la vida precaria: una vida sujeta a lo inmediato, en donde se inscriben nuevas disposiciones y posiciones frente a la violencia (racial, de género, etcétera). La segregación y la miseria urbana, el extractivismo y el colonialismo, y la depredación ecológica planetaria, han alimentado una serie de resistencias y alternativas contra un sentido espacial de la precariedad2.
Quienes se comportan respetando las nuevas normas de precarización de la vida reciben de recompensa el acceso al endeudamiento en tanto medida disciplinaria y como estrategia de sobrevivencia (Lazzarato, 2015). De la misma forma, el pauperismo, la violencia, la enfermedad, el desempleo y la indefensión se van edificando como las principales fortalezas del miedo y su efecto disciplinario en la subjetividad. Aquellas y aquellos sujetos que desafían la precariedad se convierten en parte de la estrategia de «nueva seguridad»: la de la persecución penal, la de la normalización de las asimetrías de poder y la represión policial/militar. La vigilancia, el castigo, la policía y la cárcel son los dispositivos necesarios para quienes incumplen el mandato de acatar la precarización y desposesión, lo cual expone a la vez el amplio sentido de la precariedad.
Es una incertidumbre de la vida, en la que el sujeto se comporta frente a una exigencia constante, sobre demandante, en la cual el dinero es el único código y mecanismo de seguridad, tranquilidad, acceso, salud, cobertura, protección, integración y calidad. Si bien la insuficiencia de dinero no es un sinónimo de la precariedad, sí representa una de las dimensiones para comprender su incidencia y ramificación (Blanco y Julián, 2019), especialmente cuando pensamos en una sociedad neoliberal. Es en el neoliberalismo donde el dinero juega un rol significativo e impositivo en el plano del consumo y el endeudamiento. Allí donde de parte del Estado se ha dado forma a las tecnologías del acceso, a las subvenciones condicionadas y a la pobreza, el capital ha definido desvalorización, créditos, desregulación de precios y aumento en el costo de la vida.
Como bien señala Isabel Lorey (2015: 13), «precarización gubernamental quiere decir, no solo la desestabilización a través del empleo, sino que también la desestabilización de la conducta de la vida y de los cuerpos y modos de subjetivación». En dicho sentido, en las sociedades precarias, se alientan y promueven comportamientos orientados a la flexibilidad de los cuerpos, la competencia y eficiencia como principios racionalizadores de la vida social, y un proceso de conquista de los espacios de subjetivación que redefinen los marcos de la explotación en la producción de uno mismo y con-los-demás. Es una extensión de la precariedad hacia la gestión de uno-mismo (Boltanski y Chiapello, 2002), hasta la ausencia-del-otro (Wright, 2012) en sociedad.
Esta extensión de la precariedad involucra necesariamente una práctica de subjetivación, la cual no aparece necesariamente como un proceso coherente, racional y fácil para el sujeto, sino más bien una necesidad hecha virtud (Bourdieu, 2000). Por ello, la identidad en precariedad y la identificación precaria (Julián, 2013) son diversas, a la vez que constituyen nodos de imbricaciones históricas, contextuales y societarias que dan fluidez a la reproducción de estrategias de subversión, persistencia, resistencia y disciplina en precariedad. En este campo de subjetivación, tanto las emociones, el sentido y el significado de la vida en precariedad, o las precariedades en su ejercicio, pueden dar forma a habitus precarios, así como a subversiones y procesos que definen al sujeto.
Sin embargo, este campo es imposible sin un sentido y un contenido simbólico, sin una apropiación y un ejercicio dinámico, activo y múltiple de significación político (y) cotidiano de parte de los sujetos. La subjetividad se ve atravesada y, a la vez, instituye formas de apropiarse de lo precario. Por ello, es posible comprobar que las experiencias de precariedad, en el sentido de las carencias, faltas e indefensiones, pueden ser sobrellevadas de manera diversa, inscribirse en construcciones de sentido contradictorias, dar vida a narrativas situadas y en ejercicios de justificación complejos. La precariedad no es sinónimo de malestar, ni su análisis debería circunscribirse a este sentido, sino que, más bien, podría entenderse como un vergel de posibilidades de subjetivación.
Pese a todas sus consecuencias en la vida de las personas y la salud de las sociedades, la precariedad no es una condición eminentemente negativa para los sujetos/as, sino que, muchas veces, la precariedad puede transportarnos a entender ejercicios extensos y biográficos de dar sentido a la vida en sociedad. Estos ejercicios no necesariamente se inscriben en la exigencia de un Estado de Bienestar, solidario, etcétera, sino que más bien en la capacidad individual y el mérito de las acciones. Aquí es donde descansa un sentido importante de la producción de un sujeto del esfuerzo, que emprende, que persiste y que lucha en la adversidad, el padecimiento y el sacrificio.
Esto queda expresado en que, como es posible comprobar en los rasgos psicosociales del trabajo, los intentos de los sujetos por racionalizar la precariedad terminan permanentemente en fracasos, crisis, enfermedades y malestar (Dejours, 2009), pese a que se vuelve una condición de vida, una normalidad de indefensión frente al poder. La carga psicosocial de este proceso de indefensión involucra un desplazamiento en la subjetivación que se materializa en una sobrecarga en la «esfera individual» (uno-mismo), en donde «la salud», el cuidado y las emociones se sujetan a la necesidad de sobrevivir en lo precario y de sobrellevar su carga simbólica, económica y física.
Por su parte, los mecanismos psíquicos de defensa afloran ante el estrés, las presiones, competencia, sobrevivencia, etcétera, mientras que en el cuerpo los efectos de las condiciones de precariedad y vulnerabilidad se reflejan en un deterioro de la salud física y la proliferación de diversas enfermedades. El enfoque de Richard Sennett (2000) plantea que el fenómeno de la precariedad laboral parece ser parte de una cadena en la que el sujeto es conducido a observarse y reconocerse en una temporalidad inestable y cambiante, con ausencia de contratos laborales, explosión de los contratos temporales, dando como resultado la conformación de una población que no reúne las condiciones necesarias para los nuevos requerimientos de un empleo formal.
Este hecho introduce una espiral en la necesidad de una red de aseguramiento y protección que choca con los cercamientos de la expulsión y la fragilidad de la institucionalidad de seguridad, garantizando la reproducción de un nuevo ciclo de precariedades (Neffa, 2010). Para Pierre Bourdieu (1999: 125-126), «la precariedad laboral se inscribe en un modo de dominación de nuevo cuño, basado en un estado generalizado y permanente de inseguridad, que tiende a obligar a los trabajadores a la sumisión y a la aceptación de la explotación». Es el efecto de este poder simbólico el que presiona a los trabajadores a la inacción, al disciplinamiento y a un permanente sentido de incertidumbre.
Como hemos señalado en otros trabajos (Julián-Véjar, 2017, 2018), las seguridades y protecciones creadas colectivamente muchas veces se interconectan con asociatividades horizontales ligadas a arraigos territoriales, familiares y ocupacionales, las cuales son formas de enfrentar la precariedad, y que, en muchas oportunidades, van más allá de los marcos institucionales de entender la protección frente a la indefensión. Estas situaciones exhiben la elasticidad de la subjetivación y acción de «lo precario», a la vez que las mismas marcas de identificación e identidades que habitan y reproducen el trabajo en América Latina y el Caribe.
Si bien las expresiones acá señaladas son propias de la esfera del trabajo, pese a que tienen sentidos expansivos y consecuencias que rebasan las definiciones clásicas y esquemáticas de delimitar el trabajo, creemos que nos proveen de un interesante ejemplo sobre la convergencia de diversas estrategias de dominación en la inscripción del trabajo y el empleo. De allí que hablamos de las expansiones de la precariedad en las intersecciones sociales del poder con el objetivo de colaborar en la comprensión, subversión y superación de las sociedades precarias en la actualidad.
Entendemos por una sociedad precaria, una sociedad que instituye, norma, reproduce, segmenta, clasifica e induce la precariedad como una condición estructural para su delimitación y gobierno. Sus métodos, estrategias, instituciones y dispositivos son producto de una convergencia que debe ser entendida de manera situada para dar cuenta de sus múltiples intersecciones en las relaciones de poder. Estas relaciones se encuentran fundadas y acrecientan una serie de violencias estructurales (raciales, coloniales, de género, generacionales, religiosas, etcétera) en las sociedades contemporáneas, en las cuales la precariedad asume un estatus relevante.
Las sociedades precarias se inscriben con una serie de objetivos de gobierno, los cuales siempre se encuentran situados en la perspectiva espacial e histórica de la reproducción social. Las formas que asume el discurso de gobierno se basan en la optimización de recursos, la exigencia a un esfuerzo infinito y sacrificial, la promesa de inserción y ascenso en la pirámide social, el lema de la valoración del mérito y las calificaciones, el consumo y las tarjetas de crédito, etcétera. Las políticas son formuladas en términos de la gobernabilidad de la población, abriendo paso a la protección y subvención de un sector privado privilegiado que corporaliza los intereses del mercado.
Estas sociedades se caracterizan por la presencia y gobierno de grandes conglomerados económicos y un conjunto limitado de familias (élites) en el poder. Esto es parte de una tradición histórica, especialmente en América Latina y en los países del Sur Global. Esta condición asume un carácter híbrido a través del rol del Estado en el marco de las políticas de pro-empleo, de bonos, políticas de emprendimiento (de sobrevivencia) y un frágil e insuficiente sector público. Por su parte, las garantías de derechos sociales se ven constreñidas por las posibilidades reales de ofrecer cuidado de la población en regímenes que se caracterizan por la exención tributaria a grandes capitales, la desigualdad socioeconómica y la fuerza militar/policial como garante de la conservación del statu quo.
El Estado introduce la desregulación e induce los procesos de concentración económica, lo cual involucra un olvido y proyección de la fragilidad de las personas frente al poder. La transferencia de recursos estatales al sector privado asume la forma de la corrupción o de legalización de procedimientos de licitaciones con escasa fiscalización. Las escuelas, los puentes, puertos, termoeléctricas, los hospitales y las cárceles son monumentos de esta sociedad precaria. Es un monumentalismo ingenieril que se entreteje con la carencia, la incompletitud y el capital, trasladando a la mayoría de la población al reino de la incertidumbre, la exclusión y el castigo.
Las sociedades precarias se caracterizan por cimentar una serie de desposesiones como normas y axiomas. Hay una serie de prácticas de gobierno en las cuales los sujetos no tienen estatus de ciudadanía, no pueden ejercer derechos o simplemente no cuentan con los mismos, mientras un sector de la sociedad concentra un poder de influencia y control de organismos públicos y privados para el ejercicio político-administrativo, la justicia y la producción. Las instituciones se encuentran entregadas y relegadas a las lógicas del mercado, expulsando y marcando a quienes no cumplan con los parámetros mercantiles de solvencia, suficiencia y rentabilidad. Las sociedades precarias dan forma a una privatización de la vida, mientras se asientan y adaptan discursivamente la legitimidad de sus operaciones a la técnica y la ciencia.
A la vez, la precariedad puede encontrarse en la mayor coacción y presión sobre las condiciones de vida de la población. Ingresos insuficientes, desempleo, jornadas de trabajo extenuantes, control del tiempo de vida y empleos mal remunerados, son algunos de los intentos de despojar de un sentido solidario y colectivo, y alimentar el individualismo y la competencia como comportamientos dominantes. El objetivo es hipertrofiar los potenciales procesos de recomposición del tejido social, y sujetar las posibilidades de subversión. Es posible constatarla en el hastío, el desánimo, la depresión, el crimen, las drogas, el suicidio, y cuantas otras expresiones que la sociología clásica definía como anomias, y que en el fondo exhiben la crudeza de las formas de poder y gobierno de la precariedad (Standing, 2011).
Sin embargo, estas anomias no deben ser entendidas desde un funcionalismo burdo, ya que más bien son sintomáticas y expresión de la ramificación de una sociedad fundada en lo precario, una sociedad con una fragilidad y cohesión precaria que incluso interrogan la coherencia y significado de la palabra «sociedad». Por ejemplo, si consideramos las relaciones que establece el Estado con las poblaciones afrodescendientes, con quienes son inmigrantes, pertenecientes a algún pueblo indígena, mujeres, jóvenes, pobres y/o ancianos/as, podemos constatar una segregación y normalización de una sociedad fragmentada y desigual, lo que exhibe un sentido problemático de unidad de la sociedad precaria.
En este sentido, las marcas precarias (Butler, 2004) introducidas en la valoración y estatus social en el ejercicio y garantía de derechos, inscriben la posibilidad de una serie de estrategias de gobierno que se orientan a la criminalización, estigmatización, discriminación y menoscabo. Su inscripción se debate entre el disciplinamiento y control, mientras la subordinación de las poblaciones a través de la falta, necesidad y fuerza se vuelve un elemento constitutivo de la subjetividad (Butler, 2019: 31-32). La precariedad se vuelve una condición interseccional en la reproducción social, se ejerce expulsando a quienes no están habilitados y dispuestos a los términos de la producción capitalista (en sus cuerpos, psiques, etcétera), y a reforzar mecanismos de segregación, estigmatización, parcelación y distinción.
A la vez, estas marcas van funcionando como dinamizadores de las grietas en las relaciones de subordinación. La desigualdad social, cultural, económica, territorial, etcétera, así como los elementos simbólicos de valoración del bienestar y dignidad, comienzan a inscribirse como cambios en el sentido de la dominación de las y los oprimidos. Por ello, la precariedad puede convertirse en un factor importante para la revitalización de las protestas sociales, así como en la organización, la lucha y la persistencia por la vida de múltiples movimientos, colectivos y comunidades. Es a lo que asistimos globalmente en la actualidad.
Si analizamos desde esta perspectiva el caso de la precariedad del trabajo, debiésemos entonces estimar una expresión ampliada del trabajo, lo cual involucra considerar dimensiones que transgreden los preceptos clásicos de su definición, relevando la vida cotidiana, las tareas del cuidado y el hábitat, así como su articulación con otras prácticas sociales, roles, estructuras, tecnologías y agencias en las cuales se encuentra inmerso el sujeto. Y es que la precariedad tiene un carácter sistémico y multidimensional, lo cual nos lleva a considerarla en un sentido social. Sus expresiones son diversas, siendo distinguibles en los procesos y mecanismos de subjetivación, en el ejercicio de los aparatos institucionales, en las realidades territoriales, en las contradicciones de las relaciones de producción y en los cambios psicosociales. A la vez, la precariedad se intercala y dinamiza las relaciones históricas y simbólicas que han dado forma a las relaciones de poder entre las clases, pueblos, géneros, cuerpos y generaciones.
Lo anterior ha sido entendido y asumido en distintas latitudes, dando forma a diversas comunidades de reflexión, investigación, discusión y acción, las cuales, desde una perspectiva espacial y sociocultural, han nutrido la actualidad de los estudios del trabajo y la comprensión de la complejidad del proceso global en curso. De todas formas, la precariedad se ha encontrado relacionada en la literatura internacional a nuevos fenómenos en el trabajo y el empleo, lo cual ha incitado a los estudios del trabajo a desarrollar investigaciones empíricas y debates teóricos referentes a este tema.
En el caso de América Latina y el Caribe, el fenómeno de la precariedad laboral y del trabajo no representa una «nueva conmoción» del estatuto del trabajo, sino que más bien se inscribe en una larga tradición de debates en referencia a las condiciones laborales y las diversas formas de trabajo/economías que predominan en el continente. Entre estos debates se pueden encontrar los estudios referidos a la marginalidad, la sobreexplotación del trabajo, la racialización y el esclavismo, el trabajo agrícola y rural, la economía feminista, las formas de trabajo informal, la nueva informalidad y el trabajo no-clásico. Por ello, entender la precariedad desde América Latina y el Caribe significa, más bien, trazar una línea de continuidad con esas tradiciones y reflexiones de los estudios del trabajo que tenían un sentido más complejo y un arraigo social-histórico en la construcción y objetivación del trabajo, más allá de las definiciones propiamente laborales.
Sin lugar a duda, estos enfoques son insuficientes y requieren de actualizaciones dialógicas frente a procesos que se consolidan ,tales como la migración, el cambio climático y el extractivismo, y frente a otros que emergen con nuevo ímpetu como la digitalización, automatización y robotización del trabajo. Pese a ello es innegable que existe una significativa contribución para entender la matriz de las sociedades precarias, así como una alerta para no caer en un supuesto descubrimiento intelectual que no es tal: la precariedad ha sido una condición histórica de la conformación de las sociedades en América Latina y el Caribe.
En este sentido latinoamericano de la precariedad (Julián-Véjar, 2019), la espacialidad es una búsqueda por entender las múltiples culturas e imágenes del trabajo que tributan y median en la formación de configuraciones sociales complejas y dinámicas, donde las necesidades y conflictos se van ajustando a la innovación y a la solución de estrategias de convivencia, supervivencia y agencia para la vida. De esta forma, los lugares de referencia y en los que se sitúan las expresiones particulares del trabajo, ofrecen una múltiple gama de posibilidades de distinciones y similitudes ante procesos que se configuran de manera global para también abrirnos a pensar, de manera situada, alternativas potenciales a la depredación social del trabajo y la vida.
En ese sentido, América Latina y el Caribe ofrecen su propia historia y sus expresiones culturales, institucionales, económicas, etcétera, para configurar las características de la realidad contemporánea del mundo del trabajo. Existen articulaciones entre economías y prácticas culturales, modelos tradicionales y sectores productivos modernos con sentidos y significados locales, convergencias espaciales en la conjunción entre lo urbano y rural, entre la ciudad y el campo, entre los barrios y calles, fábricas y talleres, etcétera. Esta heterogeneidad de articulaciones, a la vez, debe ser entendida a la luz de regímenes políticos, luchas sociales, las estructuras coloniales, la construcción de fronteras, la imbricación de formas de dominación y su materialización en los llamados «modelos de desarrollo» (Svampa, 2012).
Esta densa y compleja red de articulaciones permite comprender algunas de las características de las fisonomías que asumen las sociedades latinoamericanas. En ellas se intercalan y entretejen una serie de imbricaciones y relaciones de poder que atraviesan pueblos, territorios, poblaciones, naciones, lenguas y culturas. Estas imbricaciones son huellas rastreables en el capitalismo contemporáneo a partir de la latencia de las condiciones de expoliación, despojo y cercamiento que han caracterizado la historia de América Latina y el Caribe (Zibechi, 2008), a través de la expansión de las fronteras siempre dinámicas y plásticas de la acumulación de capital. Las prácticas y relaciones sociales se ven medidas e insertas en este crisol de posibilidades, agencias y persistencias que fijan la precariedad en Latinoamérica.
De acuerdo con esto último, hay que considerar cuatro imposibilidades:
Reconocerle una autonomía propia al estatuto del trabajo. Ello involucra considerar que el trabajo se inscribe de manera relacional en el campo social. La relacionalidad de la precariedad asume una heterogénea expresión en el territorio, en los cuerpos y vidas, y que, a través de ello, llama a entender el trabajo por medio de un enfoque que articule el espacio y el tiempo histórico en la complejidad de la experiencia, del poder y de las prácticas sociales sin proveer de una centralidad apriorística al trabajo. Asumir un estatuto precario uniforme y único para una serie de variables ligadas a la seguridad, estabilidad y protección del trabajo, ya que existen patrones históricos y culturales, así como matrices de dominación y de opresión, las cuales se encuentran en relación de significación con el trabajo. Ello involucra reconocer que la precariedad va más allá de cualquier normativa, institución y política estatal que pueda normar e instituir de manera unidireccional los sentidos y significados de la seguridad y el bienestar.Considerar la precariedad como una definición estática y, a la vez, novedosa: la precariedad se mueve en el campo de las luchas por el poder, el reconocimiento, la política, las clases, la violencia, etcétera, por lo cual es parte de una construcción constante en el plano de lo social. No puede aprehenderse su significado, ni sus efectos de poder, sin comprender las contradicciones, superposiciones y actores que se intersectan en la conformación de las sociedades latinoamericanas. Este proceso tiene una memoria y se encuentra presente en las formas que cobra la precarización hoy en día.Entender la precariedad como un campo de subjetivación excepto de contradicciones: para ser más precisos con lo señalado anteriormente, es necesario aclarar que la precariedad no es solo un campo de construcción de la subalternidad contra el poder hegemónico, sino que más bien es parte de una lucha de superposición en la dominación. Estas luchas en el espacio de la dominación entre trabajadores/as a partir de una serie de marcas (nacionalidad, lugar de residencia, edad, etcétera), deben ser consideradas, ya que ofrecen también una perspectiva reconstructiva de las formas de subjetivación y nos alertan sobre las consecuencias políticas en la convivencia en sociedad.En síntesis, América Latina y el Caribe cuentan con una historia marcada por el colonialismo, la inserción dependiente y de subordinación en la economía mundo-capitalista, una estructura de relaciones patriarcales transfigurada en normalidad, una profunda y múltiple presencia cultural de herencia religiosa, la persistente intervención imperial, las rebeliones populares y la emergencia de dictaduras militares, y la concentración y desigualdad socioeconómica como telón de fondo de siglos de despojo y desposesión. En este mapa de coordenadas, las formas que ha asumido la precariedad a través de la historia, la geografía y la política son múltiples y no pueden reducirse al presente del trabajo, sino que más bien contienen las fuerzas de un diálogo en potencia que va más allá del plano intelectual o académico, para sostenerse en el desafío y alternativas a la precarización de las sociedades latinoamericanas, sus pueblos, ecosistemas y formas de vida.
Entendemos que el estudio de la precariedad del trabajo se asienta en comprender cómo el trabajo involucra territorios, historias productivas, trayectorias y biografías, modelos de producción y una alta gama de interconexiones cotidianas a nivel intersubjetivo expresado en prácticas, instituciones, símbolos e interacciones concretas propias del acto de producir socialmente la vida. En este conjunto de significaciones, la pregunta por Latinoamérica supone interrogar por la emergencia de la precariedad como posibilidad enunciativa y nominativa, en lugar de asumirla como una tendencia que homogeneiza, uniformiza y aplana la cartografía del trabajo.
Considerando los elementos anteriores, creemos que podemos proporcionar seis tesis que dan cuenta de la vigencia y transversalidad de la precariedad en las sociedades latinoamericanas:
La precariedad es un fenómeno que debe ser considerado en relación con cada contexto espacial y temporal. La complejidad del sistema mundo-capitalista antepone lógicas específicas de estructuración local, de división espacial del trabajo y de localizar ciertos regímenes de poder. La desigualdad global, la posición en el sistema mundo, así como el carácter histórico y combinado de los procesos de producción (capitalistas y no-capitalistas), se superponen relacionalmente a la definición y caracterización de la precariedad. Por ello se hace necesario comprender cómo se reproducen las estructuras e interrelaciones globales que inducen una forma de entender, normalizar, producir y designar la precariedad. De la misma manera hay que considerar las múltiples temporalidades sociales que median en la relación entre el trabajo, vida y sociedad, las cuales relacionalmente dan forma al mismo espacio de producción de lo precario, la precariedad y la precarización. La institucionalización del proceso de flexibilización y precarización del trabajoha configurado una nueva morfología del mundo del trabajo. La institucionalización requiere considerar la precariedad como un fenómeno político de gobierno, con una jerarquización de la población y un proceso inducido de pauperización, expulsión y vulnerabilidad social. Este proceso se traduce y se cristaliza en una nueva estructura del empleo, nuevos escenarios del trabajo, la asimetría de las relaciones laborales y la intersección de diferentes modelos de dominación y poder en su ejercicio (Curiel, 2007; Viveros, 2016; Segato, 2016). A su vez, esta institucionalización comprende un carácter sistémico que involucra el despojo, privatización y mercantilización de la salud, la seguridad social, la previsión, el espacio, el ocio y la educación, generando una red de coerciones y mecanismos de captura de la vida.La precariedad del trabajo involucra heterogéneas y situadas formas de subjetivación. La precariedad se asume e internaliza de forma diferenciada por los actores del mundo del trabajo, debido a las formaciones culturales, sociales, históricas y espaciales que les confieren su propia forma. Su subjetivación puede ser aprehendida y comprendida en la interrelación y genealogía de las formaciones de sentido, posiciones y experiencias anudadas por el sujeto. Esta complejidad convierte al fenómeno de la precariedad del trabajo en un espacio de exploración para la constitución y (re)producción de identidades y subjetividades que se encuentran producidas, y produciendo colectivamente, procesos socio-históricos. Por ello, la necesidad de estudiar estos procesos nos conduce a las trayectorias biográficas y laborales. Creemos que, desde la producción de sus narrativas, podemos localizar y situar al sujeto, a la vez que damos cuenta de una historia de los territorios. Dicho ejercicio convierte la precariedad en un tema de escalas de sociabilidad que transgrede el espacio del trabajo, pero que se retroalimenta. La precariedad laboral se vuelve una relación de tensión y reorganización para los sindicatos y sus estrategias, ya que el sindicato, al estar vinculado a un conjunto institucionalizado de prácticas de precarización del trabajo (políticas públicas, partidos políticos y cuerpos jurídicos), es interpelado de diversa manera, en su organización, en su capacidad de acción y respuesta en el escenario laboral. Esta interpelación ofrece distintos repertorios de sindicalismo y/o así como otras formas de asociatividad que rompen con la tradición. Esta es una de las características que tensionan la homogeneización de la precarización. Las fuerzas que fragmentan política y socialmente la consistencia de los repertorios de la clase trabajadora en América Latina, y en particular en el caso chileno, pueden ser observadas en este campo de disputas del presente.La precariedad del trabajo se intercepta con relaciones de poder sentadas en modelos de dominación y relaciones de poder que dinamizan la plasticidad y ejercicio de la precarización. El trabajo es una relación que configura y reproduce el conjunto de relaciones sociales, las cuales de manera compleja y articulada le infunden contenido y forma. Entender la precariedad en su carácter histórico es considerar en su estudio las dinámicas de inducción, negociación y lucha que se encuentran presentes en «hacer precarios» a sujetos, prácticas y territorios. Dicho ejercicio supone un desafío para pensar el trabajo desde las relaciones de poder que han cristalizado la precariedad como una práctica social.La precariedad es parte importante de las causas que movilizan una ola de protestas sociales a nivel global, lo cual cobra sus propias expresiones en América Latina y el Caribe. La inscripción de la precariedad como una forma de sujetar la vida, de endeudarla y llevarla al extremo de la supervivencia, se combina con prácticas de impunidad, injusticia y desigualdad social en los sistemas políticos y económicos. Estas prácticas ya no son toleradas ni normalizadas por la población. De allí también la emergencia de protestas y rebeliones sociales y populares a través del mundo que sacuden a todos los continentes. Este proceso habla de sujetos sociales que entran a disputar la vida a partir de una contraofensiva a las políticas impuestas en el capitalismo global neoliberal en las últimas cuatro décadas, y de las cuales la precariedad es una expresión.Estas tesis nos aclaran un panorama para el estudio de la precariedad del trabajo en configuraciones sociales concretas, donde la diversidad, complejidad y contradicciones internas de las formas de trabajo se interceptan y relacionan sistémicamente. Así es como, si bien constatamos que la heterogeneidad y diversificación de formas que articulan la nueva morfología de la clase trabajadora están atravesadas por el reordenamiento y subproducción de diversos segmentos de trabajadores/as en situación de precariedad, este proceso avanza a la par de la conformación de estrategias de resistencia, asociatividad y solidaridad de diversos núcleos de trabajadores/as junto con movimientos y actores sociales, lo cual posibilita hablar de algunas alternativas a este proceso.
Este carácter expresa de mejor manera la transversalidad de la precariedad en las sociedades latinoamericanas contemporáneas. En este sentido, la precariedad no puede dejar de ser entendida a partir de las fuerzas que dan vida a las transformaciones socioespaciales que han modelado históricamente al capitalismo a nivel global. Estas fuerzas son parte de tensiones y contrapuntos, que se yerguen en la asociatividad, la resistencia y la acción colectiva de los/as trabajadores/as y los movimientos sociales. Este contramovimiento es el que destaca, a nivel global, como parte de las tendencias que enfrenta el capitalismo contemporáneo.
Sin embargo, la única posibilidad de que el estudio de la precariedad del trabajo no se encuentre con la miopía de exaltar lo micro, la experiencia y la individuación –elementos propios de un momento político en la historia de las ideas en Chile–, es que integre la serie de intersecciones, violencias, opresiones y dispositivos que reproducen, producen y embeben la actividad de subjetivación, acción y sentido. Reconocer la precariedad es reconocer la multiplicidad de estas intersecciones y la diversidad de estas subjetividades. En la precariedad, el eje es no forjar apropiaciones y construcciones propias de las teorías inmovilizadoras y objetivistas del poder, sino disponerse a la actividad subversiva de luchar contra ella.
La precariedad es una realidad que ya está presente en el lenguaje cotidiano, tanto de las personas como de las organizaciones y movimientos sociales. En ciencias sociales, la precariedad del trabajo no es un concepto descriptivo, ni tampoco es una formalización y ejercicio intelectual lejano a la realidad popular, social y global de las clases trabajadoras. La precariedad en ciencias sociales es un eco de la fisonomía de una sociedad que ha sido abusada, golpeada, endeudada y empobrecida por dispositivos institucionales, por un modelo económico, estrategias, planes y agendas de gobierno, que pretenden sentar su legitimidad y éxito en logros económicos complacientes con un orden global.
Este modelo de sociedad ha olvidado el bienestar de las personas por el éxito de la acumulación de capital, y se encuentra en una crisis a partir de la actividad, movilización, disputa y resistencia de los pueblos a nivel global (Curiel, 2007; Zibechi, 2008; Rivera Cusicanqui, 2019; Sullivan y Weber, 2019). Una serie de rebeliones y revueltas comienza a desafiar los límites y los basamentos de las sociedades precarias, movilizando una compleja red de resistencias, la cual se ha manifestado en el campo de la política institucional y el de las luchas y protestas callejeras, alcanzando reformas, leyes, cambios constitucionales, cambios presidenciales, etcétera. Todas estas acciones convergen en la interpelación a la combinación de regímenes marcados por el autoritarismo, el neoliberalismo y la precarización como formas de gobierno.
Considerando lo anterior, los focos temáticos en que se ha concentrado el estudio de la precariedad del trabajo tienen la posibilidad de ser entendidos e integrados a una compresión relacional de la dinámica de reproducción de la sociedad contemporánea. Esto puede ser pensado con miras a restituir «el trabajo» como una coproducción interdependiente de estas sociedades (Dörre, 2014), así como un síntoma de las relaciones globales que dan forma a la división espacial del trabajo precario. En este sentido, la teoría social puede constituir una invitación necesaria a dialogar para los estudios del trabajo de manera de ofrecer posibilidades expansivas de adecuación a objetos epistemológicos borrados para su horizonte de comprensión por la sobreespecialización de las ciencias sociales y naturales.
Por su parte, la llamada «centralidad del trabajo» puede ser entendida como desafío para la investigación social, en tanto no se convierta en un imperativo unidireccional y sesgado de la comprensión de la complejidad de la (re)producción de la realidad social. En contraposición a las tesis que han descartado el trabajo como una relación social constitutiva de las sociedades contemporáneas, creemos que la centralidad de este se reafirma de manera más exacerbada, mas no de forma única, en la sujeción de la vida en condiciones y/o situaciones de precariedad. Actualmente, esta coexistencia alimenta la reproducción de un régimen global, como el capitalismo, donde equipamientos simbólicos y culturales cobran expresión en prácticas concretas de trabajar, habitar y vivir en sociedad.
Esta manera de entender el trabajo se sienta más bien en un sentido práctico de identificar lo precario como una realidad tangible que requiere acciones y prácticas concretas de codificación política (social, pública, colectiva, emancipadora, etcétera). La actualidad de la precariedad del trabajo intensifica la necesidad de ciencias sociales que se posicionen desde la condición del oprimido y oprimida, desde y con quienes padecen estas violencias estructurales y sus consecuencias (Fals Bordas, 2015: 219). Tal como lo señalaba Franz Fanon (2014: 102), esta articulación entre una ética, política, epistemología y práctica son parte de un desmontaje de los modelos coloniales que siguen expandiéndose en universidades, volviendo estéril el trabajo investigativo, el cual también se lleva a cabo en precariedad.
La sociedad precaria y precarizada exige y demanda de las y los investigadores sociales una capacidad de escucha, de ubicación y de compromiso con estas múltiples realidades (Canales, 2008), las cuales hoy en día van delimitando un marco de denuncia, un campo de luchas y una nueva esperanza para la vida en sociedad. Será responsabilidad de esta nueva camada de investigadoras e investigadores conectar estas discusiones con las transformaciones tecnológicas, ecológicas y culturales que interrogan por nuevas alternativas a los modelos de desarrollo, a las formas de vivir-la-vida en sociedad y de pensar solidariamente el futuro.
Desde la diversidad de nodos de abordaje que hemos tocado en este capítulo, también se desprende una serie de desafíos metodológicos para analizar la multiplicación e interconexión de escenarios de precarización social. Para ello, deberemos pensar en herramientas analíticas que integren un diagnóstico global y general de estas transformaciones, permitiendo perspectivas sistémicas del fenómeno. Sin embargo, estas herramientas perderán potencia reflexiva y política si no se interconectan y emergen del encuentro con las y los sujetos. Estas formas de sentir-pensar la realidad, de localizar y ubicarse en la construcción del conocimiento (con todos los límites, obstáculos y puntos-ciegos) son parte de los desafíos que debemos recoger y superar.
Captar la heterogénea vertiente de focos, relaciones y sujetos de la precariedad, generar espacios y prácticas de encuentro y reflexión participativos en la generación de saberes y conocimiento, y colaborar y apoyar en la práctica de organizaciones sociales, sindicales, territoriales, etcétera, suponen algunos de los desafíos para una sociología pública de las precariedades (Bezuidenhout, Mnwana, Von Holdt, 2021). En este proceso, las interconexiones, intercepciones y la búsqueda de puentes de colaboración y cooperación, hacen necesario generar y repensar las agendas de investigación saliendo de los marcos nacionales, especializados y compartimentados del conocimiento (Canales, 2008). Se trata de la búsqueda de un conocimiento que sea capaz de escuchar, que nos permita colaborar con humildad en las prácticas que apunten a subsanar y luchar contra la precariedad de la vida y, a la vez, invite a sentir y crear algunas nuevas alternativas al presente y futuro de las sociedades precarias.
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1 Instituto de Historia y Ciencias Sociales, Universidad Austral de Chile. Fundación Grupo de estudios del trabajo desde el Sur (GETSUR). El proyecto del libro se desarrolla bajo el marco del Fondecyt 1200990. «Precariedades del trabajo en la Macrozona sur de Chile: Intersecciones, territorios y resistencias en las regiones del Maule, Ñuble, Biobío y La Araucanía (2020-2023)».
2 En el caso de Chile, cabe mencionar la iniciativa emprendida por los movimientos de pobladores, las tomas de terreno y las ocupaciones que se revitalizaron a nivel nacional a partir de la rebelión popular del 18 de octubre de 2019.
Vicente Sisto Campos3
Escribo este capítulo en los meses finales de este extraño 2020, un año que ha estado marcado por el proceso social que se levantó desde un día de octubre de 2019, en que unos secundarios saltaron los torniquetes del Metro de Santiago, abriendo lo que sería llamado el estallido o revuelta social del Chile actual, estallido que aún no termina. Un año también moldeado por la pandemia del Covid-19 que nos ha confinado en nuestras casas, nos ha puesto mascarillas y nos ha distanciado físicamente unos de otros, contrastando con lo mucho que nos habíamos acercado luego de ese salto de torniquetes, en la calle, marchando, en cabildos y asambleas. Lo ocurrido desde octubre del 2019 sorprendió a muchos. La individualización asocial que los informes del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo Humano (PNUD, 2017), y otros análisis sociales, habían indicado como principal característica del Chile contemporáneo, no parecía presagiar la emergencia de una movilización que cuestiona frontalmente ese orden social individualizante, desplegado a fuerza de precarización y sostenido por el discurso moralizante del emprendimiento y la responsabilización individual por el propio devenir.
En efecto, mientras la mayor parte de las descripciones del Chile contemporáneo, remarcaba procesos de individualización fuertemente vinculados a un orden laboral caracterizado por la desregulación y precarización y la creciente centralidad del consumo y endeudamiento, en paralelo, y en los espacios más cotidianos, emergían fracturas por doquier en ese sueño de los jaguares de Latinoamérica: un sujeto emprendedor individualizado, sujetado al y por el consumo y el endeudamiento.
Utilizando datos producidos a lo largo de veinte años de investigación en torno a las consecuencias sociales y subjetivas de las transformaciones del trabajo, este capítulo muestra algunas de esas fisuras, intersticios que llevan abriéndose desde hace más de veinte años, los que daban cuenta de que otros modos de construir lo social y otros modos de constituirse como sujeto y actor/actriz de lo social estaban desplegándose por debajo y más allá de este orden caracterizado por la precarización y la individualización. Para ello, primero revisaremos de modo muy sucinto este relato de la individualización asocial como caracterización del Chile de las últimas décadas presente en la literatura de las ciencias sociales, citando algunos referentes relevantes, luego de lo cual recorreremos cuatro escenas distintas, cuyas descripciones emergen del análisis de datos producidos en contextos de investigación social.
