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Contra una visión puramente materialista del hombre, y en un mundo carente de modelos de vida de referencia, Sócrates, Jesús y Buda pueden inspirar a cualquier persona, creyente o no creyente, para enriquecerse humana y espiritualmente. Un libro del que ya se han vendido más de 300.000 ejemplares en Francia.
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Seitenzahl: 369
Veröffentlichungsjahr: 2013
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FRÉDÉRIC LENOIR
SÓCRATES, JESÚS, BUDA
Tres maestros de vida
Lo importante no es vivir,
sino vivir según el bien.
SÓCRATES
Hay más alegría en dar
que en recibir.
JESÚS
Que todos los seres sean felices.
Ya en esta vida o aun al renacer,
que sean todos
PRÓLOGO
La pregunta es tan antigua como la historia del pensamiento, pero se plantea hoy con acuciante intensidad. Ciertamente, estamos inmersos en una crisis económica de inusuales proporciones, que debería poner en tela de juicio nuestro modelo de desarrollo basado en un crecimiento permanente de la producción y el consumo. Por no ser yo economista, no sabría atar convenientemente todos los cabos de la situación actual, pero, desde el punto de vista filosófico, presiento que esta puede tener un efecto positivo, y eso a pesar de las dramáticas consecuencias sociales que muchos padecen y que todos observamos.
La palabra «crisis» significa en griego «decisión», «juicio», y nos remite a la idea de un momento bisagra en que «toca tomar la decisión». Atravesamos un período crucial que nos impele a tomar opciones fundamentales, si no queremos que todo empeore, cíclicamente quizá, pero con seguridad. Estas opciones han de ser políticas, empezando por un saneamiento necesario y un control más eficaz y justo del aberrante sistema financiero en el que nos movemos hoy. También le competen estas decisiones al conjunto de la ciudadanía, que puede reorientar la demanda hacia la compra de bienes más ecológicos y solidarios. La salida sostenible y duradera de la crisis dependerá desde luego de si estamos verdaderamente determinados a cambiar las reglas del juego financiero y nuestros hábitos de consumo. Pero con esto, ciertamente, no será suficiente. Lo que tendremos que cambiar serán nuestros estilos de vida, basados en un crecimiento constante del consumo.
Desde la revolución industrial, y más todavía desde los años sesenta del siglo pasado, vivimos en una civilización que hace del consumo el motor del progreso. Un motor no solo económico, sino también ideológico: el progreso es poseer más. La publicidad, omnipresente en nuestras vidas, no se cansa de declinar esta creencia bajo todas sus formas. ¿Acaso se puede ser feliz sin poseer el último modelo de automóvil, el lector de DVD o teléfono móvil de última generación, un televisor y un ordenador en cada cuarto de la casa? Esta ideología, en la práctica, casi nunca se cuestiona: si puede ser, ¿por qué privarse? Y una mayoría de individuos por todo el planeta tienen la vista puesta en ese modelo occidental, que hace de la posesión, de la acumulación y del cambio permanente de los bienes materiales el sentido último de la vida. Cuando este modelo se agarrota, el sistema descarrila; cuando quede evidente que ya no se puede seguir consumiendo indefinidamente a este ritmo desenfrenado, que los recursos del planeta son limitados y que urge compartirlos; cuando quede claro que esta lógica no solo es reversible, sino que produce efectos negativos a corto y largo plazo, al fin podremos hacernos las preguntas correctas. Podremos interrogarnos sobre el sentido de la economía, sobre el valor del dinero, sobre las condiciones reales para el equilibrio de una sociedad y la felicidad individual.
Ahí es donde creo que la crisis puede y debe tener un impacto positivo. Puede ayudarnos a refundar nuestra civilización –planetaria por primera vez– asentándola sobre otros criterios que no sean el dinero y el consumo. Esta crisis no es meramente económica y financiera, sino también filosófica y espiritual. Hace que nos planteemos los interrogantes universales: ¿qué hace feliz al ser humano?, ¿qué se puede considerar como auténtico progreso?, ¿qué condiciones requiere una vida social armónica?
Las tradiciones religiosas intentaron aportar respuestas a estas preguntas fundamentales. Mas, porque se encerraron en posturas teológicas y morales demasiado rígidas, porque no siempre fueron modelos de virtud y de respeto del ser humano, las religiones, en especial los monoteísmos, ya no les dicen nada a muchos de nuestros contemporáneos. No queda más remedio que constatar que hoy un gran número de conflictos y numerosos actos violentos son debidos, directa o indirectamente, a las religiones. La inquisición medieval o el gobierno islámico del actual Irán son ejemplos de la imposible reconciliación entre el humanismo y la teocracia. Y, dejando a un lado el modelo teocrático, a las instituciones religiosas les cuesta responder a la demanda de sentido de los individuos, ofreciéndoles dogmas y normas en su lugar.
La cuestión de la verdadera felicidad, de la vida justa, del sentido de la existencia, se me planteó a una edad temprana, cuando era todavía un adolescente. La lectura de los diálogos de Platón fue una auténtica revelación. En ellos, Sócrates hablaba del conocimiento de sí, de la búsqueda de lo verdadero, de lo bello, del bien, de la inmortalidad del alma. Afrontaba sin rodeos esas preguntas que me atormentaban. Y lo hacía de un modo que me parecía convincente, a la inversa de todas las respuestas prefabricadas e insatisfactorias del catecismo de mi infancia. Unos año más tarde, cuando ya andaba por mis dieciséis años, descubrí la India, y en especial a Buda1. Diferentes obras iniciáticas y noveladas –Siddharta, de Hermann Hesse, o El Tercer Ojo, de Lobsang Rampa– me condujeron a una obra pequeña pero admirable: Lo que el Buddha enseñó, de Walpola Rahula. Nuevamente se me encendió la luz: percibía el mensaje de Buda tan bien como el de Sócrates por su exactitud, su profunda coherencia, su racionalidad, su exigencia llena de mansedumbre. Podía haberme conformado con ellos por la abundancia de alimento que aportaban a mi mente, pero no tardaría en hacer un tercer encuentro decisivo: con diecinueve años abrí los evangelios por primera vez. Por casualidad me topé con el evangelio de Juan, que me causó una profunda conmoción. No solo las palabras de Jesús hablaban a mi inteligencia, sino que me llegaban al corazón. Pude comprobar entonces la existencia del desfase, a veces abismal, que separa sus palabras increíblemente audaces, que liberan al individuo haciéndolo responsable, del discurso moralizante de tantos cristianos y cristianas que paralizan al individuo cargándolo de culpas.
Desde hace más de veinticinco años, Buda, Sócrates y Jesús son mis maestros de vida. Aprendí a codearme con ellos, a convivir con sus pensamientos, a meditar sus hechos, sus diferencias y convergencias. Al final, estas me parecían más importantes. Porque, a pesar de la distancia geográfica, temporal y cultural que los separa, sus vidas y enseñanzas coinciden en puntos esenciales. Este testimonio y mensaje, que me ayudan a vivir desde hace tantos años, quiero compartirlos. Estoy convencido de que responden a las preguntas y a las necesidades más profundas planteadas por la crisis planetaria que estamos atravesando.
Porque la verdadera pregunta que nos hacemos es la siguiente: ¿puede el ser humano ser feliz y vivir en armonía con los demás en una civilización edificada por completo en torno a un ideal del «tener»? No, responden con rotundidad Buda, Sócrates y Jesús. El dinero y la adquisición de bienes materiales no son más que medios, valiosos desde luego, pero nunca un fin en sí. El deseo de posesión es, por naturaleza, insaciable. Y engendra frustración y violencia. El ser humano está hecho de tal manera que desea constantemente poseer lo que no tiene, aun cuando tenga que arrebatarlo por la fuerza en la casa de su vecino. Pero, una vez atendidas sus necesidades materiales básicas –alimentarse, tener un techo y los medios para vivir decentemente–, la persona necesita entrar en otra lógica que no sea la del «tener» para estar plenamente satisfecha y llegar a ser plenamente humana: la del «ser». Debe aprender a conocerse y a dominarse, a hacerse consciente del mundo que le rodea y respetarlo. Debe descubrir cómo amar, cómo convivir con los demás, manejar sus frustraciones, adquirir la serenidad, sobreponerse a los sufrimientos inevitables de la vida, y también a prepararse para morir con los ojos abiertos. Porque si la existencia es un hecho, vivir es un arte. Un arte que se aprende interrogando a los sabios y trabajando en uno mismo.
Sócrates, Jesús y Buda nos enseñan a vivir. El testimonio de sus vidas y la enseñanza que proponen es, a mi juicio, universal y de sorprendente modernidad. Su mensaje está centrado en el ser individual y su crecimiento, sin negar jamás su necesaria inclusión dentro del cuerpo social. Propone una fórmula doctamente dosificada de libertad y amor, de conocimiento de sí y respeto ajeno. Aunque sus raíces se hunden en diversos acervos de creencias religiosas, nunca es fríamente dogmática: siempre aporta sentido y apela a la razón. También llega al corazón.
Esta obra se divide en dos partes. La primera propone una biografía cruzada de los tres maestros de vida. La escribí de manera didáctica, más como historiador que como discípulo, distanciándome y haciendo acopio de los conocimientos más fidedignos. En efecto, me parece fundamental no transmitir vidas legendarias, idealizadas, sino existencias muy reales –tanto como se pueda, dependiendo de las fuentes de que dispongamos–, ¡y tendremos ocasión de comprobar que no es tarea fácil! En una segunda parte propongo cinco grandes capítulos temáticos que resumen los puntos clave de sus enseñanzas: la creencia en la inmortalidad del alma, la búsqueda de la verdad, de la libertad, de la justicia y del amor. Podía haber transmitido muchos más elementos de sus respectivas enseñanzas. Realicé una selección, arbitraria por consiguiente, pero respetuosa con sus pensamientos, lo cual me llevó a menudo a concretar las divergencias de concepto sobre un mismo tema. Porque un sincretismo fácil no es más iluminador que la negativa a asociar, por escrúpulo religioso o universitario, tres pensamientos que se hacen eco unos a otros sobre cuestiones esenciales, comenzando por su constante preocupación por dirigirse a todo ser humano dotado de corazón y razón, que pregunta por el enigma y el sentido de la existencia.
Entre los puntos comunes de sus vidas destaco uno lo suficientemente singular para ser mencionado: Buda, Sócrates y Jesús no dejaron ninguna huella escrita. Y, sin embargo, los tres sabían, con toda probabilidad, leer y escribir, como era lo usual entre los jóvenes de sus épocas y medios, aunque en la India de Buda, en el siglo V antes de nuestra era, el uso de la escritura fuera muy escaso y estuviera reservado a los intercambios comerciales y administrativos. Su deseo de limitarse a una enseñanza oral no es anodino, sin duda. La enseñanza que transmiten es una sabiduría de vida. Esta se comunica ante todo dentro de un círculo estrecho de discípulos, aunque Jesús gustaba también de hablar con las multitudes; a hombres y mujeres que en ocasiones lo dejaban todo para caminar siguiendo las huellas de quienes consideraban como maestros de sabiduría, y que luego pondrán todo su empeño en transmitir su vida y su palabra. Algunos de estos discípulos escribieron, otros continuaron difundiendo una enseñanza oral antes de que lejanos discípulos consignaran por escrito sus testimonios.
He partido de esos textos más antiguos para intentar reescribir aquí la vida y el pensamiento de nuestros tres sabios. He procurado citar tanto como fuera posible esos textos que permiten oír la voz lejana de Sócrates, de Jesús y de Buda. El lector que todavía no haya tenido ocasión de leer los sutras budistas, los diálogos de Platón o los evangelios podrá encontrarse, de esta manera, con los propios textos y, por ellos, con las palabras que se les atribuyen y que tan alto resuenan todavía en nuestros oídos, por poco que sepamos escucharlos.
Buda, Sócrates y Jesús son los fundadores de lo que yo llamaría un «humanismo espiritual». Añadiendo a Confucio, el filósofo Karl Jaspers les dedicó el primer tomo de su historia de la filosofía y los considera como los que han dado la medida de lo humano2. ¿Qué puede haber que sea más necesario y actual ante la urgente refundación de una civilización que ya es planetaria? Un planeta que se debate excesivamente entre una visión puramente mercantil y materialista por una parte y el fanatismo y el dogmatismo por otra. Dos tendencias contrarias en apariencia y que, sin embargo, se unen para llevar al mundo al caos, manteniendo al ser humano dentro de la lógica del «tener», de la obediencia infantilizadora y de la dominación. Estoy convencido de que solo la búsqueda del «ser» y de la responsabilidad –individual y colectiva– puede salvarnos de nosotros mismos. Esto es lo que enseñan, desde hace más de dos milenios, cada uno a su manera, Sócrates, el filósofo ateniense, Jesús, el profeta judío palestinense, y Siddharta –llamado «el Buda»–, el sabio indio.
PRIMERA PARTE
1
¿Existieron realmente?
¿Existieron realmente Buda, Sócrates y Jesús? La pregunta puede parecer extraña y hasta chocante, teniendo en cuenta su considerable herencia. Sin embargo, esta pregunta es a la vez legítima y pertinente. Nadie cuestiona la profunda huella que estos tres personajes han dejado en la conciencia colectiva de gran parte de la humanidad. Pero, ¿tenemos la absoluta certeza de que hayan existido históricamente? No hablaremos aquí de la veracidad de sus hechos o de las palabras que se les atribuyen: es una cuestión que examinaremos más adelante. No, en primer lugar se plantea otra pregunta más radical: ¿tenemos pruebas indiscutibles de su existencia en carne y hueso? La respuesta es tan abrupta como la pregunta: no.
En realidad, no existe ninguna prueba definitiva de su existencia histórica. Aquel a quien llamamos «el Buda», título que significa «el Iluminado», habría vivido en el norte da la India hace dos mil quinientos años. El griego Sócrates habría vivido en Atenas hace unos dos mil trescientos años. Jesús habría nacido en Palestina hace poco más de dos mil años. No se conservan ni sus sepulcros ni sus osamentas. No existe ninguna moneda, ningún rastro arqueológico contemporáneos de estos personajes que pueda certificar su existencia o validar acontecimientos de su vida, como ocurrió con grandes gobernantes como Alejandro Magno o Julio César. Ellos mismos no escribieron nada y los textos que cuentan su vida son principalmente obra de sus discípulos, y fueron redactados pocos años después de su muerte en el caso de Sócrates, varios decenios después en el caso de Jesús y varios siglos en el caso de Buda. No habiendo huellas arqueológicas ni testimonios históricos variados y acordes, los historiadores no pueden afirmar con certeza absoluta la existencia de estos tres personajes. Sin embargo, todos concuerdan en reconocer como altamente probable la existencia histórica de Sócrates, Jesús y Buda. Y lo hacen, una vez más, a pesar de la carencia de pruebas tangibles de dicha existencia, de decretos firmados con su nombre y apellido, de muestras palpables que ellos mismos habrían dejado para la posteridad. ¿Por qué?
La hipótesis de su no existencia histórica plantea, desde luego, más problemas que la realidad de su existencia. Por ello los historiadores, sobre todo razonando ab absurdum, han llegado a la convicción de que estos tres personajes existieron ciertamente. Si eran mitos, ¿cómo explicar que quienes transmitieron su mensaje hayan quedado tan impregnados de su personalidad hasta el punto, a veces, de sacrificar su vida, como ocurrió con la mayor parte de los apóstoles de Jesús? Somos menos proclives a dar nuestra vida por un mito que por un personaje real con quien hemos mantenido lazos afectivos a prueba de todo. Los evangelios, que cuentan la vida de Jesús, dan fe del amor y la poderosa admiración que profesaban hacia él sus discípulos. También en los escritos de Platón, principal discípulo de Sócrates, se siente hasta qué punto amaba a su maestro. Sus escritos no son en absoluto desencarnados, sino que transmiten una emoción muy humana, una simpatía casi palpable. Las vidas de Buda, escritas varios siglos después de la muerte del maestro, poseen escasamente este sabor y aroma de autenticidad del testimonio directo, pero el historiador se hace la misma pregunta: ¿cómo explicar que generaciones de hombres y mujeres hayan dedicado su vida por entero a seguir los pasos de un hombre que no habría existido? Es indiscutible que ocurrió un gran acontecimiento que transformó por completo a Pedro, Platón, Ananda y a tantos otros después de ellos. Estos discípulos cercanos o lejanos llaman a este acontecimiento Jesús, Sócrates y Buda. Otro problema consiste en saber si transmitieron fielmente la vida y palabras de sus maestros; lo trataremos más adelante. Pero no cabe duda de que su vida quedó marcada por algo tangible, por una voz, un discurso, gestos que procedían de alguien. La memoria oral, primero, y más tarde los escritos nos legaron el nombre de ese alguien.
La falta de huellas arqueológicas directas de la existencia de estos tres personajes se explica por el hecho de que ninguno ostentaba poder político. En aquella remota antigüedad, solo los monarcas y gobernantes podían dejar una huella para la posteridad acuñando monedas con su efigie, mandando grabar sus decretos en piedra o edificando imponentes monumentos funerarios. La historia inmediata era la de los poderosos de este mundo; pues bien, ni Buda, ni Sócrates, ni Jesús fueron poderosos, ni mucho menos. Vivieron con sencillez, en vida disfrutaron de una proyección relativamente limitada y no dejaron ninguna obra escrita de su puño y letra. Las autoridades públicas de la época no tenían ninguna razón para transcribir en los anales oficiales el nombre y la vida de aquel asceta que predica la extinción del deseo, de aquel filósofo provocador y de aquel joven judío que anunciaba el advenimiento del Reino de Dios. Los tres enseñaban la renuncia a las ilusiones de este mundo, y tenían un papel secundario en la polis. Debido a sus escasos medios económicos y a su irrisoria influencia política, sus discípulos, aun convencidos de la grandeza moral y espiritual de su maestro, poca capacidad tenían para edificar monumentos en su memoria. El único modo de transmitir su recuerdo fue el relato oral, escrito más adelante. Esos testimonios, que no dejaron de extenderse a círculos cada vez más amplios, labraron con el paso de los siglos la fama increíble de Sócrates, Jesús y Buda. Podríamos decir que su éxito, como ocurre hoy con una película, no se logró con un gran lanzamiento mediático, sino con la fuerza lenta y eficaz del boca a boca. Porque su vida y sus palabras impactaron poderosamente a los que convivieron con ellos, nunca dejaron de comunicarse con fervor hasta llegar a nosotros. A la postre, ese es el mejor indicio de que fue real su existencia.
Desde qué fuentes y testimonios pasaron a la posteridad su vida y su mensaje, esto es lo que tenemos que ver ahora.
Las fuentes
Lo esencial que sabemos de ellos fue relatado por testigos de sus vidas. Sobre todo por discípulos que, pese al carácter elogioso del retrato que realizaron, parecen haber tenido intención de transmitir un testimonio fiel, que a veces muestra a su maestro con sus virtudes y sus defectos, sus humores y también su carácter a veces desigual. La mayor parte de los trabajos de investigación y de exégesis posteriores fueron realizados a partir de los materiales transmitidos por esos discípulos, testigos directos o indirectos de su recorrido vital. Sin embargo, también existen algunos indicios fuera de estos círculos de fieles que, si bien muy tenues, confirman la historicidad de los personajes y su presencia en la historia.
Durante los últimos cincuenta años, los trabajos de los historiadores y exegetas han progresado considerablemente. Las vidas de Sócrates, Jesús y Buda, o más exactamente algunos tramos de su vida, han podido ser reconstruidos desde una óptica crítica, superando los aspectos legendarios y elementos de fe que dificultaban la aplicación de criterios científicos de autenticidad. Esta observación es especialmente válida respecto a Buda y Jesús, fundadores de corrientes espirituales que se convirtieron en religiones. También se plantea la cuestión de la fiabilidad de los testimonios sobre los que trabajamos hoy. Los discípulos, por quienes conocemos estos maestros, ¿fueron fieles traductores del pensamiento que nos han transmitido? Es obvio que nunca lo sabremos con certeza, aunque las concordancias confirmen esa coherencia.
– Buda vivió en un tiempo remoto y en una sociedad en la que la escritura no era común, de modo que de él es de quien nos quedan menos huellas históricas cercanas y fiables. Con toda probabilidad, Buda nació y vivió en la India, en el siglo VI antes de nuestra era. Las primeras huellas escritas, que se refieren no tanto a él cuanto a su enseñanza, datan aproximadamente de dos siglos y medio después de su muerte. No se trata de textos, sino de las estelas del rey Asoka, que reinó sobre una gran parte del subcontinente indio, que comprendía desde el actual Afganistán hasta Bengala, entre aproximadamente el año 269 y el 232 antes de nuestra era. Asoka fue primero un soberano tiránico, hasta que se convirtió al dharma (ley) budista con apenas veinte años de edad. En ese momento mandó grabar en estelas, en paredes de grutas, en columnas y bloques de granito, sentencias que proclamaban su aversión a la violencia y su adhesión a las enseñanzas del dharma. Estas sentencias a menudo están acompañadas por un dibujo: una rueda que simboliza la rueda del dharma, la ley que Buda puso en movimiento. En estos edictos, grabados y proclamados en todo su reino, llama a adoptar reglas morales inspiradas en los preceptos de Buda:
La Ley Sagrada [dharma] es esta: para los esclavos y siervos, amabilidad; para la madre y el padre, obediencia; para los amigos, compañeros y parientes ascetas y brahmanes, generosidad; para los vivientes, renuncia a darles muerte3.
En uno de sus edictos, el soberano expresa muy claramente su intención de dejar para la posteridad la ley budista:
En verdad, durante largo tiempo en el pasado no existieron ministros de la Ley Sagrada; en verdad, al decimotercer año de ser ungido yo fueron instituidos los ministros de la Ley Sagrada. Estos, ahora, en medio de los pueblos de todas las religiones, están atareados en el establecimiento de la Ley Sagrada, en el crecimiento de la Ley Sagrada, en el bien y la felicidad de todo hombre fiel a la Ley Sagrada entre los griegos, los kambojas y los gamdhara, entre los lathika y los pitinika y demás pueblos de la frontera occidental. Entre siervos y señores, entre brahmanes y hombres del pueblo, entre los miserables y entre los viejos, están atareados para su bien y para la remoción de las ataduras de los fieles a la Ley Sagrada... Este edicto de la Ley Sagrada ha sido grabado con este fin: que sea largamente duradero y lo siga mi descendencia4...
Como más tarde lo fue el emperador romano Constantino para el cristianismo, Asoka fue una pieza clave para el desarrollo del budismo en toda Asia.
Exceptuando los edictos grabados del emperador, los primeros escritos budistas que llegan hasta nosotros no son sino del siglo I antes de nuestra era. Están redactados en pali, la lengua hablada en el norte de la India, cercana al magadhi, que estaba en uso en la época de Buda y servían de referencia casi exclusiva a la escuela budista Theravada, también llamada «de los antiguos»; y a otras escuelas como la del Mahayana, que le adjuntaron otras enseñanzas. Estos textos, escritos casi cuatro siglos después de la muerte de Buda, son, con bastante probabilidad, fruto de una larga transmisión oral. Acostumbrados como estamos a consultar fuentes escritas –y ahora ya audiovisuales y digitales–, hemos olvidado la importancia de la memoria y la transmisión oral de las sociedades tradicionales. Se podían aprender inmensos relatos y transmitirlos fielmente de generación en generación. Hoy en día, en la India, por ejemplo, extensos relatos de miles de versos todavía se transmiten oralmente con suma fidelidad, aunque ya hayan sido consignados por escrito desde hace mucho tiempo. La vida y las enseñanzas de Buda fueron trasmitidas oralmente durante varios siglos, en unos tiempos en que la memorización era tan usual como lo es hoy lo escrito; con el apoyo de técnicas mnemotécnicas como la versificación, la reiteración, el uso de fórmulas o el canto.
La tradición afirma que el origen de dicha transmisión se remonta a los discípulos del mismo Buda; los primeros monjes que lo conocieron, convivieron con él y, ya en el momento de su muerte, hacia el año 483 antes de nuestra era, quisieron preservar su memoria y enseñanza. Medio siglo después de la muerte de Buda, estos monjes, que casi siempre llevan una vida itinerante, surcando ciudades y aldeas para contar lo que habían aprendido, celebran su primer concilio. Es posible que algunos de ellos hubieran conocido a Buda en vida. Juntos intentaron establecer un canon oral; es decir, ponerse de acuerdo sobre lo que había que transmitir y la manera de hacerlo. Ciertas reglas y fórmulas determinadas en este momento de inflexión se encontrarán también en escritos posteriores. Un segundo concilio se celebró cincuenta años después del primero; momento en que el budismo se divide en escuelas, un episodio que abordaré más adelante.
La tradición budista afirma que lo que se llama «las tres cestas» o Tripitaka, el tríptico que forma el canon pali de la escuela de los Antiguos, fue forjado entre ambos concilios. El Tripitaka es considerado por la tradición como una transcripción de las enseñanzas originales de Buda. Consta de tres partes. La primera, el Vinaya Pitaka, dicta las reglas monásticas y explicita, con referencias a la vida de Buda, las circunstancias en las que fueron establecidas. La segunda parte, el Sutta Pitaka, consta de cerca de diez mil sermones y discursos de Buda y sus discípulos más cercanos, repartidos en cinco volúmenes. Aunque se centran esencialmente en la doctrina y creencias budistas, estos discursos encierran elementos biográficos y permiten, por deducción, seguir los cuarenta y cinco años de predicación de Buda hasta su desaparición. Y, finalmente, una tercera parte, llamada Abhidhamma Pitaka, subdividida en siete capítulos, está dedicada a las enseñanzas filosóficas, y en ella destaca un profundo análisis de los principios que gobiernan los procesos físicos y mentales. La tradición cuenta que el Abhidhamma fue transmitido por Buda durante las cuatro semanas que siguieron a su iluminación; pero solo se integró en el canon en una etapa posterior, con ocasión de un tercer concilio de la escuela Theravada, lo cual infunde sospechas sobre esta filiación directa.
¿Con qué nos quedaremos de este conjunto de textos? Su objetividad –afirman relatar en su literalidad las palabras de Buda– es obviamente aleatoria. Por una parte, debido a que, pese a las capacidades mnemotécnicas hiperdesarrolladas de los monjes, es completamente natural que, con el paso de las generaciones, el relato original haya sufrido alteraciones, omisiones, añadidos, modificaciones y precisiones. Por otra parte, probablemente los monjes hayan estampado en estas enseñanzas en pali el marchamo de su escuela, el Theravada, en un momento en que aparecían las divisiones en el seno del budismo. Enunciadas estas reservas, es preciso reconocer el sustrato histórico de los textos pali. Las descripciones indirectas que hacen de la India religiosa de los siglos VI y V antes de nuestra era son corroboradas por otras fuentes no budistas, en especial por los textos del jainismo, una religión ligeramente anterior al budismo. Pero, sobre todo, las informaciones que aportan sobre el vedismo, la religión dominante de la época, constituyen en sí una prueba de que estos textos no fueron inventados de cabo a rabo en los inicios de nuestra era, ni siquiera durante los dos o tres siglos que la precedieron: en efecto, el vedismo ya había dejado paso entonces a lo que hoy llamamos hinduismo. Por otra parte, los detalles históricos que encierran los textos pali –que citan nombres de reyes que existieron realmente en esa época, como Bimbisara, soberano del Maghada; que describen también el surgimiento de la vida urbana en lugares concretos, estratos sociales, usos y costumbres–, todos son corroborados por arqueólogos e historiadores. Esta abundancia de datos históricos probados confirma la existencia de un sustrato real en las peregrinaciones, gestos y palabras de Buda tal como los relata la tradición.
Estos materiales fueron el punto de partida fundamental para la elaboración de vidas de Buda; un género literario con entidad propia que fue floreciente a partir de los siglos II o III de nuestra era, pero que no está integrado en el canon de ninguna escuela del budismo, como lo están los evangelios en el cristianismo. Esta carencia, que no se da en ninguna otra tradición religiosa, es fruto de la advertencia reiterada por parte de Buda contra el culto a la personalidad. Las anécdotas sobre su vida narradas en el canon budista lo están como ejemplos, pero, desde el punto de vista cronológico, se citan desordenadamente. Los primeros biógrafos que reconstruyeron la vida de Buda a partir de estas fuentes dispersas, ¿lo hicieron basándose en un relato establecido en el segundo concilio, del que habríamos perdido todo rastro, como afirma la tradición? De esto no tenemos prueba alguna. Dedicadas en un primer momento al recorrido de Buda hasta su Iluminación y su primer sermón, las vidas de Buda evocaron, a lo largo de los siglos, los cuarenta y cinco años de su vida de predicador. Resulta obvio que también estas integraron sistemáticamente una dosis de género fantástico entremezclando los milagros y las proezas sobrehumanas con el relato de la vida de un hombre que un buen día decidió dejarlo todo para marchar en busca de la verdad.
– La fuente más antigua sobre Sócrates es más de fiar, puesto que es contemporánea suya... ¡y hostil! Estamos en Atenas, Grecia, en el siglo V antes de nuestra era. Todavía vive Sócrates, tiene casi cincuenta años de edad cuando sale la primera obra que se refiere explícitamente a él. ¡Y dista mucho de ser laudatoria! En efecto, en Las nubes, una comedia escrita hacia el año 425 antes de nuestra era, el poeta cómico Aristófanes arremete insidiosamente contra este filósofo, en quien ve una personificación de todos los sofistas, los maestros de la retórica que recorrían Grecia enseñando el arte de discurrir en público y de defender con sutilezas todas las tesis, hasta las más contradictorias. En su obra teatral, Aristófanes acusa a Sócrates de «charlatanería», lo califica de «pordiosero», caricaturiza sus enseñanzas y denuncia su vacuidad. Le hace decir a Estrepsíades, que llama a su puerta para unirse a sus discípulos: «A ver, tú, descríbeme tu carácter, para que, conociendo cómo es, sobre esa base pueda yo aplicar contra ti nuevos ingenios... Lo que quiero es enterarme de algunos detalles sobre tu persona». La última observación muestra que el padre de la filosofía moral ha forjado ya el método que le es propio, basado en la interrogación de su interlocutor, a la que llamará mayéutica o el arte de parir. La comedia de Aristófanes nos deja entrever muy poco de su pensamiento y de su vida. Sin embargo, da fe de la existencia del maestro y muestra que este ya gozaba de cierta notoriedad en Atenas, puesto que se le elige como figura emblemática para encarnar a los sofistas, aborrecidos por Aristófanes.
Pero la mayor parte de lo que sabemos de Sócrates procede de quienes fueron sus discípulos; entre los que destaca la prominente figura de Platón. Ignoramos a qué fecha exacta se remonta el encuentro entre ambos hombres, pero Platón era joven, de unos veinte años de edad, cuando Sócrates tenía más de sesenta. La fascinación de Platón por su maestro, junto al que permanecerá al menos ocho años, fue tal que le dedicó la mayoría de sus escritos; hasta el punto de que hoy es bastante difícil separar lo que es el pensamiento propiamente platónico de las enseñanzas socráticas. De modo general se considera que el verdadero Sócrates es el que se expresa en los diálogos siguientes: Ión, Protágoras, Gorgias, Cármides, Menón, Fedón, Critón... En estos textos, Platón le da vida y palabra a su maestro; por la vivacidad de su estilo consigue hacerlo revivir ante nosotros. Ahí es donde vemos a Sócrates en todo su esplendor, atendiendo una pregunta tras otra, determinado a hacer brotar la verdad gracias al arte del diálogo. Aun cuando esté probablemente algo idealizado, también es Sócrates quien habla en Teeteto, Parménides o El banquete. Pero, ¿también es él quien defiende las ideas en La República? Parece poco probable. Sabemos que, después de la muerte de su maestro, Platón huyó un tiempo a Mégara, antes de volver a Atenas para fundar su Academia. Desde ese momento, en sus escritos hace de Sócrates el portavoz del pensamiento y la doctrina de su propia escuela. «Al hacer esto, Platón no reproduce el discurso filosófico de Sócrates, lo produce»5, considera uno de los mayores especialistas del pensamiento socrático, Gregory Vlastos. Sin duda, Platón no reprodujo de manera totalmente fiel las palabras de Sócrates; en algunas ocasiones las habrá mejorado o completado, sin por ello traicionar el fondo del pensamiento de su maestro.
La segunda fuente abundante de la que disponemos reside en las obras de otro discípulo más alejado de este: Jenofonte. A la vez filósofo, historiador y guerrero, no frecuentó a Sócrates durante los dos últimos años de su vida; participaba entonces en una expedición con Ciro el Joven. Además, parece que nunca formó parte de su círculo más cercano; sin embargo, cuando, hacia el año 390 antes de nuestra era, unos nueve años antes de la muerte del filósofo, el sofista Polícrates de Samos escribió una cruel Acusación de Sócrates, retomando el proceso que se le había hecho en Atenas, y que había desembocado en su condena a muerte, Jenofonte responde con las Memorias; esta obra se presenta a la vez como un tratado filosófico y como un relato histórico de la vida de Sócrates6. Jenofonte reconsidera la acusación a contrapelo y presenta a Sócrates como un hombre honrado, respetuoso de los ritos y de los dioses; lo mismo que en su Apología de Sócrates7(no confundir con la Apología firmada por Platón), dedicada a la muerte del maestro. Aunque no tenga la brillantez y la profundidad de los libros de Platón, la obra de Jenofonte no deja de ser una herramienta importante para el conocimiento de Sócrates, ya que permite confirmar, por deducciones, determinadas informaciones reveladas por Platón.
A estas obras hay que añadir algunos fragmentos de Esquines de Esfeto, que fue un allegado de Sócrates, y de quien se dice que sus diálogos, hoy desaparecidos, fueron los más fieles a las enseñanzas del maestro; fragmentos de Antisteno, otro discípulo que fundó la tradición cínica; unos cuantos datos indirectos procedentes de Aristóteles, que no conoció a Sócrates, pero que fue discípulo de Platón durante veinte años en su Academia ateniense, antes de fundar su propia escuela, el Liceo. Citemos asimismo las menciones de Sócrates dispersas en las obras de filósofos de siglos posteriores, como Cicerón, que en el siglo I antes de nuestra era expresó con brío la hostilidad que los epicúreos le profesaban; o también el platónico Máximo de Tiro, que en el siglo II de nuestra era abrió la vía del pensamiento neoplatónico. En total disponemos de un material consecuente para desencriptar la vida y el pensamiento del principal iniciador de la filosofía occidental. ¿En qué proporciones fueron transfomadas e idealizadas por estos primeros testigos? Puede que esta pregunta jamás halle una respuesta definitiva.
– Jesús es el personaje cuya existencia, vida y palabras suscitaron más debates en Occidente tras la aparición de la Ilustración, y con ella del escepticismo que se fue expandiendo por las sociedades sometidas durante largos siglos a las verdades incuestionables transmitidas por la Iglesia. En efecto, durante dieciocho siglos, el único Jesús que conocieron los creyentes fue la figura cuidadosamente elaborada por la institución: un personaje no solo ejemplar, sino considerado como «Dios hecho hombre». Enseñadas en el catecismo y el culto dominical, su vida y sus palabras eran poco o nada cuestionadas. Aun cuando el advenimiento del humanismo y la Reforma protestante, en el siglo XVI, hizo tambalearse la autoridad del magisterio católico, no puso en tela de juicio la veracidad del testimonio evangélico. Erasmo y Lutero criticaban al papa, pero no discutían la validez de los textos fundacionales del cristianismo. En la Alemania de finales del siglo XVIII por fin se pudo desarrollar una lectura histórica y crítica de la Biblia. En Francia, a pesar de la oposición de la Iglesia católica, este movimiento, liderado por un puñado de exegetas y teólogos audaces, fue retomado a principios del siglo XIX por la escuela de Estrasburgo, cuyo objetivo era sacar a la luz la figura de un Jesús despojado de la ganga del dogma. Pero esta empresa resultó especialmente ardua, porque los evangelios son textos escritos por creyentes que se tienen como tales y no por observadores neutrales.
No se trata aquí de contar el nacimiento y el desarrollo de la exégesis cristiana. Sin embargo me parece importante destacar su originalidad: ningún otro personaje de la historia, y sobre todo ningún fundador de corriente religiosa o espiritual, ha sido objeto de semejantes investigaciones objetivas, llevadas a cabo tanto por ateos como por creyentes; estos no dudaron en dejar a un lado los dogmas en beneficio de un análisis argumentado, con el único afán de buscar la verdad histórica.
Como he explicado anteriormente, ningún especialista niega la existencia de un personaje llamado Jesús, un judío nacido en Galilea unos pocos años antes del inicio de nuestra era, crucificado en Jerusalén hacia el año 30 y cuya vida pública fue asombrosamente breve: de uno a tres años, según los primeros testimonios. Al igual que Sócrates y Buda, la mayor parte de las menciones escritas sobre Jesús proceden de sus discípulos; pero también existen indicios externos a este círculo. El más importante es el del historiador judío Flavio Josefo, que dedicó varias líneas al personaje en su obra principal, Antigüedades judías, redactada hacia finales del siglo I. Diferentes versiones de estos renglones circularon en los medios cristianos, tal vez algo retocados. Me remitiré a la que el exegeta norteamericano John P. Meier ha utilizado, tras haber comprobado estas versiones y haberlas comparado con el estilo del autor de las Antigüedades. Considera «probable» que Flavio Josefo escribiera:
Por estas fechas vivió Jesús, un hombre sabio, si es que procede llamarle hombre. Pues fue autor de hechos extraordinarios y maestro de gentes que gustaban de alcanzar la verdad. Y fueron numerosos los judíos e igualmente numerosos los griegos que ganó para su causa. Este era el Cristo. Y aunque Pilato lo condenó a morir en la cruz por denuncia presentada por las autoridades de nuestro pueblo, las gentes que le habían amado anteriormente tampoco dejaron de hacerlo después, pues se le apareció vivo de nuevo al tercer día... Y hasta el día de hoy todavía no ha desaparecido la raza de los cristianos, así llamados en honor a él8.
Josefo menciona brevemente a Jesús en un segundo fragmento de las Antigüedades, dedicado al período transitorio en Jerusalén, en el año 62, entre la muerte del procurador Festo y el nombramiento de su sucesor, Albino; un período que aprovechó el sumo sacerdote Anás, quien «instituyó un consejo de jueces, y, tras presentar ante él al hermano del llamado Jesucristo, de nombre Santiago, y a algunos otros, presentó contra ellos la falsa acusación de que habían transgredido la ley, y así los entregó a la plebe para que fueran lapidados»9.
En cuanto a las otras fuentes no cristianas, citemos los Anales del historiador romano Tácito (57, 120). La parte de estos Anales que abarca el período durante el cual Jesús ejerció su ministerio público se ha perdido. En otra parte, en su descripción del incendio de Roma en el año 64, cuya responsabilidad fue imputada por el rumor público al emperador Nerón, Tácito especifica:
Por tanto, para acallar el rumor, Nerón creó chivos expiatorios y sometió a las torturas más refinadas a aquellos que el vulgo llama cristianos. Su nombre proviene de Cristo, quien bajo el reinado de Tiberio fue ejecutado por el procurador Poncio Pilato. Sofocada momentáneamente, la nociva superstición se extendió de nuevo no solo en Judea, la tierra que originó este mal, sino también en la ciudad de Roma, donde convergen y se cultivan fervientemente prácticas horrendas y vergonzosas de todas clases y de todas partes del mundo10.
Una mención alusiva a los «cristianos» figura en una carta del procónsul Plinio el Joven, escrita hacia el año 112, al emperador Trajano para informarle de los crímenes perpetrados por estos, siendo uno destacado negarse a rendir culto al emperador y organizar reuniones en días fijos, al alba, durante las cuales dedican cantos a «Cristo como un Dios»11. Plinio añade que no consideró las acusaciones de canibalismo ni de incesto contra los cristianos, pero que, sin embargo, varios fueron ejecutados.
En fin, entre los judíos posteriores a la destrucción del templo de Jerusalén –70 de nuestra era–, momento de la ruptura con los judeocristianos, encontramos una mención del nombre de Jesús en el tratado Sanedrín del Talmudde Babilonia. El versículo 43a también hace referencia a cierto Yesú, «que fue colgado en la víspera de Pascua... como un mago que embaucó y descarrió a Israel»12.
Pero la mayor parte de lo que sabemos de Jesús y su mensaje procede de fuentes cristianas, redactadas al menos veinte años después de su muerte. Los primeros textos son las cartas –o epístolas– de Pablo, un letrado judío que persiguió a los discípulos de Jesús antes de convertirse y volverse ferviente propagador de la fe cristiana. Considerando que sus interlocutores ya conocían lo esencial de la vida y palabras de Jesús –lo cual confirma la existencia de una tradición oral–, Pablo busca sobre todo explicar la novedad de la fe cristiana con respecto de la ley judía, y sus epístolas fundan verdaderamente la doctrina cristiana. Luego vendrán otras cartas de apóstoles como Pedro o Santiago, que dirigían la primera Iglesia de Jerusalén. Pero no fue hasta su muerte, acaecida unos treinta años después de la crucifixión de Jesús, cuando los cristianos sintieron la necesidad de poner por escrito el testimonio oral de aquellos testigos oculares. Así fue como se escribieron los cuatro evangelios, de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, con la intención de narrar la vida y palabras de Jesús.
Asimismo, ciertos escritos llamados «apócrifos», es decir, no integrados en el canon oficial de las Iglesias cristianas, también aportan elementos concretos. Dichos textos apócrifos han hecho correr ríos de tinta desde el éxito planetario del Código Da Vinci, que los presenta como textos más auténticos que los cuatro evangelios canónicos. Por contra, la totalidad de los exegetas e historiadores afirman que su historicidad es menos fiable que la de los evangelios. No solo son mucho más tardíos –entre el siglo II y IV–, sino que también evidencian, y manifiestamente, bien una voluntad de embellecer la vida de Jesús, como el Protoevangelio de Santiago o el Evangelio de la infancia según Tomás, bien una perspectiva gnóstica, como el Evangelio de Judas, el Evangelio de María o el Evangelio de Felipe. Por contra, los investigadores se interesan especialmente por el Evangelio de Tomás, citado por autores cristianos del siglo III, y del que se encontró una versión copta en 1945 en Nag Hammadi, en Egipto. Consta de 114 dichos de Jesús, precedido cada uno de la mención «Jesús dijo», y la mitad de estos dichos tienen su correspondencia en los evangelios canónicos. De modo que los investigadores no excluyen que sea anterior, en su versión original, al evangelio de Marcos.
Aunque se haya realizado mucho más pronto que la de Buda, la narración escrita de la vida de Jesús, ¿acaso no es demasiado tardía para ser considerada como un documento histórico fiable? Recordemos algunas fechas. El más antiguo de los evangelios, el de Marcos, fue compuesto entre el 66 y el 70, después de la muerte de Pedro y de Pablo; pero entonces todavía vivían otros testigos de los acontecimientos. «Discípulo e intérprete de Pedro», como escribe el obispo Ireneo en el 18013, Marcos no conoció a Jesús. En el siglo IV, el historiador Eusebio de Cesarea confirma el papel de Marcos ateniéndose al testimonio de Papías, obispo de Hierápolis, en el año 120:
[Marcos] escribió con exactitud todo lo que recordaba, aunque no en orden, lo que el Señor dijo e hizo. Porque él no oyó ni siguió personalmente al Señor, sino, como dije, después a Pedro. Este llevaba a cabo sus enseñanzas de acuerdo con las necesidades, pero no como quien va ordenando las palabras del Señor; mas de modo que Marcos no se equivocó en absoluto cuando escribía ciertas cosas como las tenía en su memoria. Porque todo su empeño lo puso en no olvidar nada de lo que escuchó y no escribir nada falso14.
Los evangelios de Mateo, judío cristianizado, y de Lucas, pagano convertido de Antioquía, fueron escritos en griego entre el año 80 y el año 90, inspirándose ciertamente en Marcos. Sin embargo, no recogieron el orden cronológico del texto de Marcos y añadieron dos capítulos sobre la infancia, así como un curioso conjunto común de dichos inéditos de Jesús, conocidos –desde su identificación a finales del siglo XIX por exegetas alemanes– con el nombre de «fuente Q» (del alemán Quelle, «fuente»). Es probable que Q fuera una recopilación escrita de dichos de Jesús, desaparecida en circunstancias desconocidas antes de finales del siglo I. Finalmente, el cuarto evangelio, atribuido al apóstol Juan, redactada hacia el año 100, es muy diferente de los tres anteriores –llamados sinópticos, porque pueden ser colocados en columnas y comparados–, que utilizan las mismas expresiones para narrar, a pesar de las divergencias cronológicas, la actividad de Jesús en Galilea y un único viaje a Jerusalén, seguido de la crucifixión. Juan extiende el ministerio de Jesús hasta Judea; describe al menos en cuatro ocasiones su presencia en Jerusalén y pone en su boca largos discursos en lugar de los dichos cortos que prefieren los sinópticos.
