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Los pilares de la filosofía: tres maestros que forjaron el pensamiento occidental Sócrates, Platón y Aristóteles establecieron en apenas un siglo las preguntas fundamentales de la filosofía y las principales vías para abordarlos. Sócrates fue un filósofo callejero. No escribió una sola línea pero convirtió las plazas de Atenas en aulas de pensamiento crítico. Murió bebiendo la cicuta antes que traicionar sus principios. Platón, su discípulo más célebre, fundó la Academia. Inmortalizó a su maestro en diálogos filosóficos que son también obras maestras literarias. Su teoría de las Ideas marcaría para siempre nuestra aspiración a encontrar verdades trascendentes. Aristóteles, el más enciclopédico de los antiguos, sistematizó todo el conocimiento de su época —de la lógica hasta la ética, pasando por la política y la metafísica—. Su osadía en esta empresa intelectual lo convertiría durante siglos en «el Filósofo» por antonomasia. Este libro ofrece una introducción accesible y rigurosa a estos tres gigantes que representan el nacimiento de la filosofía occidental, acercando al lector a sus ideas esenciales y a su legado perdurable.
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Seitenzahl: 476
Veröffentlichungsjahr: 2026
Índice
Prólogo por Marcos Jaén Sánchez
Sócrates
La secta de los pitagóricos
Un método basado en el diálogo
La ética como examen de uno mismo
Glosario
Platón
Platón, una vida marcada por la política
En defensa de Sócrates
Las Ideas, camino del saber
La ascensión del amor al Bien
El alma y la Ciudad
El valor del arte
La Ciudad que nace de la razón
Glosario
Aristóteles
Del diálogo platónico al tratado aristotélico
Una nueva ética basada en la virtud como término medio
La felicidad, premio de la vida virtuosa
De la ética a la política
Más allá de la ética: la Física y la Metafísica
Aristóteles, el primer lógico y teórico del lenguaje
Glosario
Bibliografía
© del prólogo: Marcos Jaén Sánchez, 2026.
© del texto de Sócrates: Ramon Vilà Vernis.
© del texto de Platón: Ramon Alcoberro Pericay.
© del texto de Aristóteles: Oriol Ponsatí-Murlà.
© de las fotografías de Sócrates: Album: 19, 31, 39, 75, 87, 99, 113, 125, 168-169; Shutterstock; 57; Foto
Scala, Florencia: 68-69; Age Fotostock: 93.
© de las fotografías de Platón: 149 (Album); 160-161 (Akg Images); 168-169 (Album); 177 (arriba izq.:
Age Fotostock; arriba dcha.: Album; abajo izq.: Akg Images; abajo dcha.: Archivo RBA); 194-195 (Archivo RBA); 226-227 (Album); 256 (Album).
© de las fotografías de Aristóteles: Album: 283, 286-287, 306-307, 311, 333, 352-353, 360, 370-371, 378-379; Photoainsa: 328-329, 385; Errance: 346-347.
Diseño del interior y de las infografías: Tactilestudio.
Realización: Editec.
Composición del ómnibus: El Taller del Llibre, S. L.
© RBA Coleccionables, S.A.U.
© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S. L. U., 2026.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
Primera edición en libro electrónico: abril de 2026
REF.: OBEO069
ISBN: 979-13-7031-183-4
Composición digital: www.acatia.es
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En el alba del pensamiento occidental, tres figuras emergen como los arquitectos fundamentales de la filosofía: Sócrates, Platón y Aristóteles. Maestro, discípulo y discípulo del discípulo, estos tres atenienses forjaron en apenas un siglo las preguntas, los métodos y las respuestas que aún hoy estructuran nuestra manera de entender el mundo, la ética, la política y el conocimiento mismo.
«Toda la filosofía occidental no es sino una serie de notas al pie de los textos de Platón», afirmó el filósofo Alfred North Whitehead. Pero antes de Platón estuvo Sócrates, el hombre que convirtió las calles de Atenas en aulas de pensamiento crítico. Y después de Platón vino Aristóteles, quien organizó el conocimiento humano en un sistema que dominaría el pensamiento durante milenios. Comprender a estos tres pensadores es comprender los cimientos de nuestra civilización, comprender quienes somos.
Sócrates: el arte de la pregunta
La primera parte de este libro está dedicada a Sócrates (470399 a.C.), el filósofo en mayúsculas, la idea misma de filósofo. Este hombre singular no escribió una sola línea, pero cambió para siempre el curso del pensamiento humano. En las plazas y gimnasios de Atenas, interpelaba a sus conciudadanos con preguntas aparentemente simples que revelaban las contradicciones de sus creencias: ¿qué es la justicia?, ¿qué es la virtud?, ¿cómo debemos vivir? Mediante este método —la famosa mayéutica socrática—, concitaba diálogos que demostraban que el verdadero conocimiento comienza reconociendo la propia ignorancia.
Su máxima solo sé que no sé nada no era falsa modestia, sino el punto de partida de toda búsqueda genuina de sabiduría. Quien cree que sabe, no tiene nada más que aprender. Quien nunca cree saber lo suficiente, no dejará de aprender jamás. Para Sócrates, la vida no examinada no merece ser vivida, y el autoconocimiento constituye el fundamento de toda virtud. Su muerte, bebiendo la cicuta tras ser condenado por «corromper a la juventud», lo convirtió en el mártir de la filosofía y en el símbolo eterno del pensador que prefiere morir antes que traicionar sus principios.
Platón: el mundo de las Ideas
La segunda parte del libro explora la figura de Platón (427347 a.C.), quien inmortalizó las enseñanzas de su maestro Sócrates y las expandió en un sistema filosófico de extraordinaria ambición. Fundador de la Academia —la primera universidad de Occidente—, Platón desarrolló la teoría de las Ideas, según la cual el mundo visible es apenas una sombra imperfecta de una realidad superior, eterna e inmutable.
Su célebre alegoría de la caverna nos muestra a prisioneros que confunden sombras proyectadas en la pared con la realidad misma, ilustrando así la condición humana: vivimos encadenados a nuestros sentidos, ignorantes de las verdades eternas que solo la razón puede alcanzar. Los diálogos platónicos —obras maestras literarias, además de filosóficas— abordan cuestiones que siguen siendo urgentes: ¿qué es un Estado justo?, ¿existe el alma?, ¿qué es el amor?, ¿cómo podemos conocer la verdad?
La influencia de Platón es tan vasta que resulta invisible: cuando distinguimos entre apariencia y realidad, cuando buscamos la esencia de las cosas más allá de sus manifestaciones concretas, cuando aspiramos a ideales trascendentes, estamos pensando platónicamente.
Aristóteles: el maestro del saber
La tercera parte del volumen está dedicada a Aristóteles (384-322 a.C.), el más enciclopédico de los pensadores antiguos. Discípulo de Platón durante veinte años, Aristóteles fundó su propia escuela, el Liceo, y emprendió la tarea monumental de organizar todo el conocimiento humano: lógica, física, biología, ética, política, poética, metafísica. Ningún aspecto de la realidad escapó a su análisis metódico.
Donde Platón miraba hacia un mundo ideal más allá de los sentidos, Aristóteles dirigía su atención al mundo concreto que nos rodea. Para él, la realidad que percibimos no es una ilusión, sino el punto de partida legítimo del conocimiento. Desarrolló la lógica formal, estableció el método basado en la observación y la clasificación, y ofreció análisis penetrantes sobre la naturaleza de la felicidad, la amistad, el coraje y la vida buena.
Su influencia fue tan profunda que durante la Edad Media se le conocía simplemente como el Filósofo. Cuando pensamos en términos de causas y efectos, cuando clasificamos fenómenos en categorías, cuando buscamos el término medio entre extremos, estamos utilizando herramientas aristotélicas.
Un legado vivo
Sócrates, Platón y Aristóteles representan tres momentos complementarios en el desarrollo del pensamiento: el cuestionamiento crítico, la aspiración a verdades trascendentes y la sistematización del conocimiento empírico. Juntos, establecieron los problemas fundamentales de la filosofía y las principales vías para abordarlos. Casi todo debate filosófico posterior puede rastrearse hasta las preguntas que ellos formularon y las respuestas que propusieron.
Este libro ofrece una introducción accesible y rigurosa a estos tres gigantes de la filosofía. A través de sus páginas, es posible descubrir no solo qué pensaron estas mentes brillantes, sino cómo pensaban, y por qué sus ideas siguen siendo relevantes para comprender el mundo y nuestra existencia. Es un viaje al origen de nuestra tradición filosófica, un viaje que, como enseñó Sócrates, comienza con una pregunta y conduce, si tenemos suerte, a una vida bien examinada y más plena.
Sócrates no escribió nada, pero a su muerte surgió todo un género literario dedicado a su persona y su filosofía, conocido con el nombre de «diálogo socrático». La lista de autores de diálogos socráticos es amplia y podría extenderse hasta nombres contemporáneos como André Gide, pero solo se incluyen aquí aquellos que cabe considerar discípulos directos suyos. Se trata de Antístenes, Aristipo de Cirene, Esquines, Euclides de Megara, Fedón de Elis, Jenofonte y Platón. Solo los diálogos de estos dos últimos se han conservado.
Diálogos socráticos de Jenofonte: Tanto la Apología como las Memorables giran en torno a la defensa de Sócrates en relación con su juicio del año 399 a.C. Otros diálogos en los que presenta a Sócrates hablando sobre diversos temas son el Banquete y el Económico.
Diálogos socráticos de Platón: Cabe distinguir un primer grupo de diálogos escritos durante su juventud y que reproducen con mayor fidelidad los temas y los métodos propios de su maestro Sócrates. Se trata de la Apología (monólogo que inspira el género de los diálogos), el Critón, el Laques, el Eutifrón, el Ion, el Lisis, el Cármides, el Gorgias, el Hipias menor, el Hipiasmayor, y el Protágoras. Algunos incluyen también el libro I de la República. Un segundo grupo de diálogos, escritos durante la madurez de Platón, realizan una transición hacia temas y metodologías más propias de este que de Sócrates. Se trata del Menón, el Fedón, la República (libros II a X), el Banquete, el Fedro, el Eutidemo, el Menéxeno y el Crátilo. En un último grupo de diálogos platónicos, que se suponen escritos en su vejez, la propia figura de Sócrates va perdiendo importancia. Se trata del Parménides, el Teeteto, el Sofista, el Político, el Timeo, el Critias, el Filebo y finalmente las Leyes, donde Sócrates ya no toma parte.
El primer texto conservado que habla de Sócrates es una pieza teatral titulada Las nubes, escrita por Aristófanes y estrenada en el año 423 a.C. en Atenas. El filósofo realiza su primera aparición en escena con los pies metidos en un cesto y suspendido de una cuerda en el aire; ante la pregunta de qué hace allí arriba, explica que pretende observar mejor el Sol y los demás astros, y que para ello debe alejarse tanto como le sea posible de la Tierra, pues esta tiene la capacidad de absorber el jugo del pensamiento. Unas cuantas preguntas más nos permiten saber por boca de este estrafalario Sócrates que los dioses no existen y que en su lugar es preciso adorar a las Nubes y, por encima de ellas, al Aire.
No es muy probable que los asistentes a la obra se tomaran demasiado en serio lo que veían. Las nubes es una comedia, y los atenienses eran un público experto que conocía perfectamente las convenciones del género. De hecho, la aparición de Sócrates como tal no debe considerarse un hecho fuera de lo común, pues el género de la comedia buscaba de forma habitual sus personajes y sus historias en la realidad más inmediata de la polis, entre sus militares, magistrados, literatos y, también, filósofos, todos ellos retratados en sus ocupaciones características, o algo parecido, como veremos a continuación.
De acuerdo con el espíritu competitivo característico de la época, el estreno de las comedias tomaba la forma de un concurso que resolvía un jurado elegido entre los ciudadanos, en el marco de unos grandes festivales religiosos conocidos como Grandes Dionisias que se celebraban al término del invierno. Aquel año, Las nubes quedó en tercera posición. La versión que ha llegado hasta nosotros es una redacción posterior, revisada por el autor, que incluye una queja por este mal resultado. La pieza que ocupó el segundo lugar —Konnos, de Ameipsias— se ha perdido, pero sabemos que también tomaba a Sócrates como blanco de sus burlas. La coincidencia resulta sorprendente, si tenemos en cuenta que Sócrates debía de ser todavía un ciudadano relativamente anónimo por entonces.
Se ha especulado con la posibilidad de que Sócrates hiciera algo aquel año para ganarse toda esta publicidad; una de las hipótesis usuales consiste en señalar su participación en la batalla de Delion del año anterior, en la que Sócrates se distinguió por su valor durante la retirada —la batalla terminó en derrota para Atenas—, según el testimonio de varios diálogos. No parece, sin embargo, que este dato guarde demasiada relación con el contenido de la comedia. De haber otro motivo, es probable que la propia comedia aluda a él de alguna manera, aunque en ese caso la referencia es tan indirecta que resulta invisible para el lector actual. También puede ser que Sócrates no hiciera nada especial aquel año; es decir, nada más allá de ser un notorio representante de las últimas tendencias intelectuales en Atenas y deambular a menudo por el ágora interpelando a quienes se prestaran a ello. Su ventaja respecto a los otros sabios y maestros que llegaban cada año a la ciudad —algunos de ellos precedidos por una fama mucho mayor que la suya— sería justamente el hecho de que él había nacido en Atenas y casi no se había ausentado nunca de ella, por lo que debía de ser un personaje familiar para los atenienses. Y ya se sabe que la caricatura gana mucho cuando se conoce al caricaturizado.
Este dibujo del poeta Wilhelm Müller representa el momento de la comedia Las nubes en el que Estrepsíades ve por primera vez a Sócrates. El filósofo se encuentra suspendido de un cesto en el aire: desde allí pretende estudiar los astros y los fenómenos celestes.
La tradición pretende que en el estreno de Las nubes el propio Sócrates, que estaba en las gradas, se puso de pie para que el público pudiera apreciar su parecido con la máscara que llevaba el actor que lo representaba en escena. Más allá del físico, por supuesto, los atenienses también podían comparar el carácter y las ideas de ambos. Y salvo que todo lo demás que nos ha llegado acerca de Sócrates esté profundamente desencaminado —hipótesis que muy pocos han defendido—, se daban perfecta cuenta de las diferencias que existían entre el personaje de ficción y el Sócrates que se sentaba entre el público. El Sócrates que describe Aristófanes es una mezcla de elementos tomados de los físicos y de los sofistas, dos escuelas filosóficas que incluyen a su vez a figuras tremendamente dispares entre sí. La mezcla ni siquiera es consistente: su Sócrates cobra caro por sus enseñanzas como un sofista astuto y codicioso, pero es pobre como corresponde a un hombre que entrega todo su tiempo a cuestiones tales como por qué parte del cuerpo zumba un mosquito. Naturalmente, la licencia artística puede cubrir eso y mucho más, a condición de que toque una fibra sensible. Y la reacción que producían entre los atenienses todas estas nuevas enseñanzas debió de serlo sin duda. Casi una cuarta parte de los chistes que nos han llegado de la Atenas de la época la toman con los filósofos, y la lista de apariciones de Sócrates en las comedias no termina siquiera en las dos que hemos citado. El público de las comedias dedicadas a Sócrates reía porque a la vez reconocía y no reconocía en escena a uno de esos nuevos maestros y sabios que encontraba a menudo por las calles —aquí la diferencia entre unos y otros no era muy relevante—, y porque todos ellos le suscitaban desconfianza y fascinación a partes similares. En este sentido, podría decirse que el Sócrates de la comedia corresponde a la idea que se hacía de él el ciudadano medio de Atenas, que apenas lo conocía de vista u oídas, o a lo sumo de un trato muy ocasional.
Lo primero que destaca la comedia de Aristófanes de estos nuevos filósofos son sus tendencias sectarias, algo que probablemente inquietaba de un modo especial en la politizada Atenas. Antes de encontrarnos con Sócrates suspendido en su cesto, hemos tenido que esperar a que un discípulo suyo abriera la puerta de su «pensatorio» y nos llevase con gran ceremonia hasta la presencia del maestro. En este punto, Aristófanes tenía en la cabeza sin duda a Pitágoras y su célebre sociedad filosófica, que imponía un código completo de conducta y pensamiento —así como un programa político— a sus miembros. Por el camino, el discípulo pasa revista a algunas de las materias que se estudian allí: la primera de todas es establecer cuántas veces puede saltar una pulga la longitud de sus patas; otras son la astronomía, la geometría o la cartografía. En conjunto, está claro que el papel que le toca desempeñar a Sócrates en esta parte de la obra es el de filósofo natural o físico, y también está claro que Aristófanes no cree demasiado en la utilidad de las investigaciones de estos pensadores.
La filosofía natural surge en las colonias griegas de las costas de Jonia, en la actual Turquía, a principios del siglo VI a.C. y se extiende posteriormente a las costas de la Italia meridional. Sin duda, las colonias ofrecían un entorno más adecuado para el desarrollo de nuevas ideas, tanto por el contacto con otras culturas como por su mayor distancia de los centros de la ortodoxia religiosa y cultural. La burla cargada de intención de Las nubes tiene que ver precisamente con la reacción que suscitaba en Atenas la llegada de algunos de estos sabios de las colonias.
Según algunas fuentes, el primero de estos sabios jonios en llegar a Atenas fue Anaxágoras, que es probablemente a quien tiene en mente Aristófanes en todo este pasaje. Se ha dicho que pudo ser el maestro de Sócrates, aunque no aparece en los diálogos de Platón más que de un modo muy indirecto: en el Fedón, Sócrates dice que en cierta ocasión escuchó a alguien leer en voz alta un libro de Anaxágoras. Algunos han interpretado —a partir de las referencias de otros autores— que este lector era otro filósofo llamado Arquelao y que todo el pasaje era una forma muy condensada y literaria de explicar que Anaxágoras fue maestro de Arquelao, y este a su vez de Sócrates. Más allá de cómo realizara su aprendizaje, las fuentes coinciden de manera mucho más clara en que Sócrates estaba familiarizado con la filosofía natural, aunque su afición por ella pronto dejó paso a otros intereses.
Según la exposición clásica de Aristóteles acerca del origen de la filosofía, el objetivo fundamental de los primeros filósofos era la búsqueda de un principio material para todas las cosas. Aristóteles pasa revista rápidamente a diversas opciones que se propusieron de forma sucesiva: el agua (Tales); el aire (Anaxímenes y Diógenes); el fuego (Heráclito); los tres anteriores más la tierra (Empédocles). Cuando llega a Anaxágoras la tradición ha evolucionado hasta el punto de proponer una pluralidad infinita de ingredientes que en un origen se hallaban en porciones tan pequeñas que resultaban indistinguibles del aire que los unía. Esta masa primigenia habría empezado a rotar y de este modo todo lo pesado, lo húmedo, lo frío y lo oscuro se fue quedando en el centro —ahí estaría la Tierra con todo lo que contiene—, mientras que lo ligero, lo cálido, lo seco y lo brillante se fue dispersando —ahí estarían los astros y por último el aire—. No cabe duda de que la física de Las nubes encaja perfectamente en esta versión del origen del universo, que Aristófanes presenta con una mezcla bien visible de incredulidad y sorna. De hecho, el aura de especulación poco útil acompaña a los filósofos naturales no solo en las comedias de este autor sino también en muchos otros textos de la época. Se trataba ya entonces de un lugar común, que ha perdurado en buena medida hasta la actualidad. Lo curioso del caso es que si una escuela de filósofos no merece esta fama es precisamente la suya.
Los griegos fueron los inventores del alfabeto, un sistema de escritura que reduce al mínimo el número de caracteres necesarios para expresar cualquier idea, y que permite sacar esta técnica de los palacios y los templos para ponerla al alcance de un número mucho mayor de individuos. La invención, no obstante, debe ponerse en el contexto de una evolución gradual de toda la región y ni siquiera causó el impacto que uno esperaría en su momento: el uso del alfabeto no se generaliza hasta el siglo VI a.C. más de dos siglos después del invento propiamente dicho. La razón es que aprovechar las ventajas del alfabeto requería en buena medida una transformación completa de la sociedad, a falta de la cual podían convertirse incluso en inconvenientes. En una de sus obras, Eurípides puso en escena a un inventor imaginario del alfabeto para explicar cuáles eran estas ventajas: su lista incluye usos legales como la otorgación de testamentos, y comerciales como la fijación de deudores contractuales. También la de «enterarse en sus casas de todas las cosas que sucedían al otro lado del mar».
En la comedia de Aristófanes, quien sigue al ceremonioso discípulo hacia el interior del pensatorio es un viejo llamado Estrepsíades, que está empeñado en convertirse también en discípulo de Sócrates. Ya desde el principio queda claro que su vocación filosófica real es más bien escasa, pues apenas sabe reaccionar ante las sutilezas que le desvela su guía de otro modo que no sea preguntar una y otra vez: «¿para qué sirve?». Pero lo cierto es que, si exceptuamos la cuestión de la distancia que salta una pulga, que es obviamente una broma, su guía no tendría muchos problemas para justificar la utilidad de las demás investigaciones practicadas en el pensatorio. Ya en la Antigüedad, la fama de los primeros filósofos se basaba sobre todo en sus aportaciones en campos como la astronomía, la meteorología, la fisiología, la medicina, la geometría, la cartografía y un largo etcétera. En este sentido, se ha dicho con razón que pueden situarse tan cómodamente en el origen de la ciencia como de la filosofía. Es más: si algo los distingue de los filósofos y los científicos posteriores es que apenas se reconoce ningún programa de investigación —no digamos ya una metodología clara de observación y argumentación— en su variada actividad más allá de la resolución de los problemas que van encontrando. Y lo mismo puede decirse, en el fondo, de la pregunta que más comúnmente se asocia con ellos, la más especulativa de todas las que pueden plantearse: la pregunta por el principio de todas las cosas.
Aristóteles se refiere a los primeros filósofos como «aquellos que hablan de la naturaleza», por oposición a «aquellos que hablan de los dioses». Debe tenerse en cuenta que la novedad consistía en el propio concepto de naturaleza, no solo en la importancia que se le diera. Tal como se ha señalado, la palabra «naturaleza» aparece mencionada una sola vez en toda la obra de Homero, que constituía casi una enciclopedia del saber griego en los inicios de la escritura. Dicha mención es, de hecho, bastante significativa: en uno de los fragmentos más conocidos de la Odisea, la diosa Circe ha transformado a la tripulación de Ulises en una piara de cerdos, y el dios Hermes interviene para asistir al héroe. Su ayuda toma la forma de indicarle las propiedades —la «naturaleza»— de una hierba que le volverá inmune a las artes de Circe. Vemos pues que la naturaleza realiza su aparición en la cultura griega como una forma de defenderse del poder de los dioses. Es más, en el relato de Homero parece que la ventaja de los dioses frente a los hombres se reduce tan solo a que aquellos conocen la hierba en cuestión y pueden conseguirla con mayor facilidad que estos. Pero esas son circunstancias que un hombre astuto y viajado como Ulises debería poder superar si se lo propone, aunque en Homero esta victoria no se consiga aún sin la intervención de otro dios.
Aristóteles otorga el papel de primer filósofo a Tales de Mileto. En las escasas líneas que le dedica, le señala como el primer practicante de un tipo de reflexión que busca un sustrato de carácter material para el mundo, pesquisa a la que posteriormente se dedicaron otros filósofos presocráticos, como Anaxímenes, Heráclito o Anaxágoras. Según el testimonio de Aristóteles, Tales habría encontrado la respuesta a esta pregunta en el agua. Es decir: el mundo tendría en el agua su origen, final y componente último, y por ende reposa sobre ella como un madero. Aristóteles observa que de este modo no se resuelve nada, pues no queda claro sobre qué reposa el agua en cuestión. Es improbable, no obstante, que Tales diera a esta teoría la misma relevancia que le atribuye Aristóteles dentro de su exposición. Tal como el propio Aristóteles observa, las ideas de Tales entroncan con las concepciones míticas más próximas, donde el agua es el origen de la tierra (tradición babilónica); se encuentra debajo de la tierra (tradición semita); la envuelve por debajo y por encima (tradición egipcia). Es razonable suponer por tanto que las referencias de Tales al agua son un intento más bien práctico de armonizar estas distintas tradiciones.
Antes de Aristóteles, lo que Heródoto había destacado de Tales fueron sus consejos al rey Creso sobre la mejor organización administrativa de su reino; su propuesta de cavar una zanja para desviar el curso de un río y permitir el paso de su ejército; así como su predicción de un eclipse que al parecer cambió la suerte de una batalla. No parece que esta hoja de servicios encaje en el perfil de lo que hoy llamaríamos un sabio despistado. En efecto, Tales no se encerraba en ninguna disciplina propiamente teórica como la teología, la ciencia o la filosofía, es más, ni siquiera seguía ningún método sistemático de observación, experimentación o demostración, sino que su interés se guiaba siempre por la resolución de problemas concretos. Y sin embargo, el tópico del sabio despistado nace en esta misma época, e incluso se podría decir que a propósito de Tales: según Platón, hasta las esclavas se reían de él porque cierta noche estrellada dio con sus huesos en el fondo de un pozo mientras iba observando los cielos. El nacimiento de la teoría va inmediatamente acompañado de una reacción burlona a su alrededor, aun cuando esta teoría incipiente fuera extraordinariamente práctica a ojos de alguien más moderno. Y aunque los demás filósofos pudieran sumarse ocasionalmente a la burla —siempre que se tratara de otro filósofo, claro está—, no tarda en surgir también el espíritu gremial. Así, Aristóteles compensa la anécdota de Platón con otra de signo contrario: harto de oír como tachaban de inútil la filosofía, Tales demostró su utilidad en el terreno que más podía convencer a sus detractores, a saber, ganando una fortuna con el alquiler de presas de aceite después de prever cuándo sería la mejor cosecha de aceitunas.
Los filósofos naturales recurren a la naturaleza con unos fines no muy distintos a los de Ulises. También ellos son miem - bros destacados, a menudo aristocráticos, de sus comunida-
des —por lo general colonias griegas alejadas de sus comunidades de origen—, que mantienen un estrecho contacto con distintas culturas a través de la escritura, de la navegación, del comercio, de la guerra. La pregunta por el principio de todas las cosas es una de las primeras con las que podía encontrarse una persona así, en un contexto de contacto creciente entre culturas míticas y religiosas diversas. Su intento de dar una respuesta única obedece, por un lado, a la necesidad de dar solución al conflicto entre tradiciones dispares, y, de hecho, las respuestas que proponen son en buena medida reelaboraciones y armonizaciones de las propias explicaciones míticas que pueden encontrarse en su entorno geográfico. En este sentido, sus teorías forman parte del mismo impulso racionalizador que las cosmogonías de pensadores religiosos como Hesíodo, que se esfuerzan por poner orden en el panteón de los dioses, cada vez más abigarrado.
No obstante, lo que distingue a estos pensadores de los que se mantienen aún en la esfera de la reflexión religiosa tradicional es el empeño por formular la solución a estos conflictos en términos «naturales». A pesar de las frecuentes acusaciones de impiedad que se dirigieron contra los filósofos naturales, no está claro que ninguno se declarara ateo. El asunto para ellos no era tanto la existencia de los dioses como la capacidad de intervención que pudieran tener es tos en los asuntos humanos. Se trataba de buscar explicaciones para las cosas que no pasaran por una decisión de los dioses y de ganar así un espacio de autonomía frente a ellos. En este sentido, la naturaleza —tal como ellos la entienden— se define casi enteramente por ser aquello que no está al arbitrio de los dioses. Es fácil ver el potencial subversivo de este punto de vista en unas sociedades donde cada decisión y cada evento estaba totalmente imbricado en prácticas e instituciones religiosas: ¿para qué perder el tiempo participando en todas esas liturgias y preguntando a los oráculos, si los dioses no intervienen en los asuntos humanos?
La crítica de Aristófanes a los filósofos naturales tiene más que ver con esta pérdida del referente moral de los dioses que con la falta de utilidad práctica e inmediata de sus investigaciones. Para los atenienses que se preocupaban por el abandono de las prácticas religiosas y las tradiciones ancestrales de la ciudad —una tensión que era naturalmente mucho más fuerte en Atenas que en las colonias—, la orientación geográfica que obtenía el navegante gracias al conocimiento de los astros no podía compensar la pérdida de orientación moral que llevaba asociada si los dioses dejaban de tener parte en todo ello. Anaxágoras, precisamente, había tenido que huir de Atenas pocos años antes del estreno de Las nubes por haber dicho que la luna no era más que una piedra.
En este sentido, la burla de Aristófanes corta en las dos direcciones cuando describe la entrada de Estrepsíades en el pensatorio. Lejos de ser muestra de una mayor sensatez, la fijación del viejo con la utilidad de cada cosa le vuelve incapaz de entender nada que vaya más allá de sus intereses más estrechos. Cuando el discípulo le explica que la geometría sirve para medir la tierra y elaborar mapas, Estrepsíades solo es capaz de entender que están hablando de parcelación de terrenos para su venta. Pero en el fondo —viene a decir Aristófanes—, hacer un mapa de la tierra y hacer negocios dudosos con ella no son cosas que estén tan lejos entre sí. A ojos de muchos atenienses, el nuevo saber va de la mano de una pérdida de orientación moral. En este sentido, el aprendiz de físico y el viejo avaricioso son tal para cual.
El personaje de Estrepsíades de Las nubes es un arribista, un nuevo rico acuciado por las deudas que ha contraído por culpa de su hijo, que ha desarrollado una afición muy cara y aristocrática por las carreras de caballos. En la segunda mitad del siglo V a.C., Atenas era en buena medida una ciudad de nuevos ricos. La victoria final frente a los persas en la tercera guerra médica (479-449 a.C.) le había entregado la hegemonía naval en el Mediterráneo, lo que se tradujo en una gran expansión comercial, en un contexto donde el comercio, la explotación colonial y la piratería no resultaban siempre fáciles de distinguir. La moneda, inventada hacía poco más de un siglo, había facilitado además la disolución de los antiguos lazos clientelares en beneficio de las relaciones mucho más anónimas y cambiantes propias del mercado.
En una estampa que debía de ser habitual, este nuevo rico es acosado por sus propios vecinos para cobrar los intereses de los préstamos que ha contraído con ellos. Se trataba de un mercado financiero donde los préstamos se daban entre particulares y se asentaban a menudo en lazos ancestrales de clan y tribu, unos lazos que pronto se revelaron impotentes para controlar la situación. El resultado fue una extraordinaria proliferación de litigios de toda índole, aunque la mayoría relacionados con el nuevo invento de la moneda. Uno de los acreedores de Estrepsíades se lamenta por tener que llevar a un miembro de su propio demos ante los tribunales, a pesar de lo cual asegura al público reunido que no piensa «deshonrar a la patria» faltando al deber de denunciar a sus vecinos.
En los grandes imperios administrativos de Babilonia o Egipto, los materiales de más valor como la plata o el oro no salían de los templos y los palacios; lo único que se movía eran representaciones simbólicas de ese valor, emitidas y gestionadas por una burocracia centralizada. La unión del material valioso y el signo que así lo representa en un mismo objeto fácilmente transportable revolucionó la relación del individuo con las autoridades. Las primeras monedas (arriba) comenzaron a circular en la región de Lidia, en Asia Menor, alrededor del año 600 a.C. Estaban hechas de electro, una aleación natural de oro y plata, y su valor era elevado, lo que indica que servían ante todo para el almacenamiento y el transporte de valor. No obstante, el valor de las monedas no dejaría de bajar en los siglos siguientes, al tiempo que aumentaba su presencia en las transacciones cotidianas, así como el número y la variedad de estas mismas transacciones. Es difícil exagerar el impacto que tuvo este proceso sobre las estructuras sociales tradicionales.
Se trata de una broma, claro está, pero una que expresa bien el conflicto de lealtades que vivía la ciudad.
El litigio constituía pues un destino casi inevitable para el ateniense, y el nuevo rico se presentaba ante los tribunales con un claro sentimiento de inferioridad respecto al aristócrata, que gozaba de una educación muy superior. Lo mismo le ocurría en las otras grandes instituciones de la democracia ateniense, sobre todo en la Asamblea, donde todos tenían el mismo derecho a tomar la palabra y someter propuestas a votación. De hecho, si uno examina el sistema de democracia directa —y extraordinariamente celosa de la igualdad política de los ciudadanos— que imperaba en Atenas, casi se puede decir que el gobierno de la ciudad no era más que el orador que aquel día había logrado convencer a la Asamblea. En este contexto debe entenderse la figura del sofista, que es otro de los papeles que le toca desempeñar a Sócrates en esta obra.
Cuando, en Las nubes, Sócrates le pregunta a Estrepsíades por qué se presenta ante él, su respuesta no puede ser más clara: quiere aprender a hablar. Concretamente, quiere poder ir a juicio y convencer al jurado de que no debe nada a nadie, aunque por supuesto no sea esa la verdad. La cosa no va tan en broma como podría parecer. El buen uso de las palabras para convencer a una audiencia era, en efecto, la pieza central de la oferta educativa de los sofistas, una nueva especie de filósofos itinerantes que llegaban a la ciudad desde los más diversos lugares. Su actividad era totalmente profesional, y al parecer muy lucrativa: se decía que Protágoras, uno de los primeros y más famosos sofistas, había amasado una fortuna enseñando a hablar a los hijos de los nuevos ricos.
Las enseñanzas que le ofrecen a Estrepsíades en el pensatorio incluyen asuntos relacionados con la flexión y el sentido correctos de las palabras, con la versificación poética y, sobre todo, con el arte de la composición de discursos contrapuestos en disputas modeladas a imagen del escenario judicial. Esta lista da una idea bastante aproximada del tipo de enseñanzas que impartían sofistas reales como Gorgias o Protágoras, aunque había grandes variaciones; Protágoras, por ejemplo, extendía sus intereses a lo que hoy llamaríamos las ciencias sociales, y algunos, como Hipias, se mostraban dispuestos a enseñar cualquier materia a cambio de un precio. En todo caso puede reconocerse un desplazamiento general del objeto de estudio desde la naturaleza hacia asuntos más próximos al hombre. Pero este desplazamiento va estrechamente ligado, a su vez, a otro cambio que afecta a la función misma del conocimiento. Ya no se trata de una noble aportación del sabio a la comunidad, sino que el sabio se pone expresamente al servicio de los intereses particulares de un cliente y cobra por ello. En este sentido, es preciso poner la evolución de la filosofía en Grecia en el contexto de la transferencia del saber de las clases aristocráticas tradicionales a las nuevas clases pudientes nacidas del comercio y de la movilidad social propiciada por el creciente uso de la moneda.
La técnica de argumentación que tratan de enseñarle a Estrepsíades en el pensatorio de Las nubes, de forma totalmente infructuosa, también es típica de la sofística. Se trata de explotar la discrepancia entre lo que hacen los dioses según los mitos y lo que se supone que encarnan como modelos morales, con el fin de exonerar al orador de su deber de cumplir con tal o cual precepto, en este caso el deber de pagar las deudas. La mitología griega ofrecía sin duda un amplio terreno de juego para esta clase de argumentación, dada la conocida tendencia de sus dioses a las riñas familiares y a los comportamientos menos que honrosos. Pero si este recurso fallaba siempre quedaba el terreno de juego aún más amplio de las disputas entre los hombres.
Los griegos usaban la palabra «convención» (nomos) para referirse a las leyes, las costumbres y demás normas que los hombres se dan a sí mismos. Se trata de una palabra que gana gran relieve en los debates filosóficos de esta época, igual que lo había hecho antes la palabra «naturaleza». En cierto modo, puede decirse que lo hacen de la mano. Como ha señalado el filósofo contemporáneo Alasdair MacIntyre, el pensamiento griego evoluciona en respuesta al contacto entre culturas y tradiciones diversas, así como a la transformación interna de sus sociedades. En la medida en que los dioses dominan totalmente el imaginario de estas culturas, este contacto se traduce en un conflicto entre divinidades. El concepto de naturaleza es una manera de suavizar y gestionar este conflicto. Pero en la medida en que este concepto logra su cometido, los protagonistas del conflicto toman cada vez más el aspecto de hombres. El concepto de convención da nombre a esta nueva situación y trata de gestionarla abriendo un nuevo diálogo con el concepto de naturaleza.
Platón nos ha legado el juicio general de que el desplazamiento del interés de la naturaleza a la convención por parte de los sofistas obedece a un abandono del interés por la verdad, es decir, a un creciente relativismo. No obstante, los propios diálogos de Platón muestran una complejidad mucho mayor en las reflexiones de los sofistas sobre la relación entre convención y naturaleza. Así, sofistas como Gorgias, Calicles o Trasímaco defienden en diversos tonos y matices que la naturaleza constituye la auténtica moral, frente a la cual la moral convencional sería una represión ilegítima. Otros, como Antifonte, Hipias o el propio Protágoras, defienden en cambio que las convenciones no se oponen, sino que tienen su fundamento en la naturaleza, ya sean todas las convenciones o bien solo una parte de ellas, las cuales tenderían a ser compartidas por todas las sociedades.
La función del sofista constituye en cierto modo una evolución del rapsoda itinerante, cuyos poemas contenían a menudo consejos sapienciales sobre cómo llevar la propia vida. En respuesta a los profundos cambios que experimentaba la sociedad, los sofistas comienzan a ofrecer estas enseñanzas de manera profesional y personalizada, y a abarcar una lista cada vez más amplia de materias, algunas de ellas desarrolladas por primera vez por ellos mismos. Parece que sus enseñanzas se ocupaban de forma especial de cuestiones de gramática, lingüística y crítica literaria, además de las técnicas de argumentación «erística», es decir, dirigida no tanto a la verdad cuanto a ganar la disputa. Es posible que alguna forma de competición oratoria del tipo que enseñaban los sofistas llegara a convertirse en un espectáculo más dentro de los grandes festivales atléticos y religiosos de Atenas, con asistencia de público y premio para el vencedor. Según Diógenes Laercio, Protágoras aseguraba que sobre toda cuestión había siempre dos argumentos contrapuestos, y que sus artes oratorias le permitían convertir el más débil en el más fuerte. Arthur Schopenhauer recogería algunas de las estrategias para lograrlo en su manual Dialéctica erística o el arte de tener razón (1864).
Como cabía esperar, Las nubes termina con el fracaso del plan de Estrepsíades de escapar a sus deudores mediante las técnicas de los sofistas, y este regresa al fin arrepentido a las prácticas y creencias tradicionales que poco antes había abandonado. En cierto modo, su ingenua creencia en el poder mágico de las palabras sugiere que no ha salido nunca del universo mental litúrgico y religioso en el que había crecido. Tal vez gracias a esta misma falta de sofisticación, Aristófanes todavía ve salvación para Estrepsíades. No parece que pueda decirse lo mismo de Sócrates y sus discípulos, a la vista del final de la obra: Estrepsíades prende fuego al pensatorio, con todos ellos dentro. La conclusión que nos ofrece el conservador Aristófanes es que el abandono del universo religioso tradicional lleva irremisiblemente a la disolución moral de la sociedad. Es preciso, por tanto, reaccionar de forma enérgica ante las nuevas corrientes de pensamiento.
A medida que progresaba la guerra del Peloponeso y los años de esplendor de Atenas tocaban a su fin, cada vez eran más los atenienses que compartían la opinión de Aristófanes. Al final se giraron contra Sócrates, convertido de nuevo en compendio y personificación de todas las nuevas enseñanzas a las que echaban la culpa de la ruina de la ciudad. Cuando llegó este momento, los discípulos de Sócrates salieron a defenderlo de las acusaciones, y nos ofrecieron un retrato muy distinto del que habían dado de él las comedias.
Hablar de los discípulos de Sócrates resulta cuestionable, pues, de acuerdo con la mayoría de versiones que nos han llegado, este evitaba en lo posible adoptar la posición de maestro con aquellos que lo acompañaban. No obstante, los jóvenes que se acercaban a él, a menudo atraídos por la fama de sus hazañas dialécticas —Sócrates acostumbraba a realizarlas en un lugar tan público y lleno de gente como el ágora, al parecer cerca de las mesas de los cambistas de moneda—, sí adoptaban en general la actitud de discípulos. Seguían a Sócrates, lo escuchaban, le hacían preguntas y trataban de imitarlo interpelando a sus conciudadanos en su mismo estilo. A la muerte del filósofo, llevaron lo que habían aprendido a la escritura y crearon un género literario que gira enteramente en torno a su figura.
Existen teorías muy dispares sobre la cronología de los diálogos socráticos, pero una versión muy extendida considera que el género debió de nacer muy poco después de la muerte del filósofo, en el 399 a.C., tal vez con la Apología de Sócrates escrita por Platón, la cual podría ser a su vez una respuesta a la Acusación contra Sócrates que escribió Polícrates apenas seis años después de la ejecución del pensador. Siempre según la cronología más usual, la Apología de Jenofonte sería, a su vez, una corrección a la de Platón. En ella se hace alusión a apologías escritas por otros autores: todo indica pues que en los diez años posteriores a la muerte de Sócrates la reelaboración de los argumentos de la acusación y la defensa en su juicio dio ocasión a una gran actividad literaria. A partir de ella se desarrolló el género que hoy conocemos como diálogo socrático, que reproduce la vida del filósofo en las más variadas circunstancias, siempre enfrascado en una peculiar forma de conversación con quienes lo rodean. En este sentido, las señas de identidad del género podrían identificarse en la presencia de Sócrates, en principio como protagonista, aunque también puede ser un contertulio más, o incluso un simple espectador; la forma dialogada, ya sea en estilo directo, indirecto —una conversación contada por alguien—, o una combinación de ambas; y una serie de temas recurrentes, centrados en la virtud y el cuidado de sí.
En su Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, el historiador Diógenes Laercio (que escribía en el siglo III d.C.) da una lista de hasta doce nombres de discípulos destacados de Sócrates, aunque la crítica actual duda de la historicidad de algunos de ellos. Se dan por reales al menos cuatro discípulos atenienses —Antístenes, Esquines, Platón y Jenofonte— más otros tres llegados de otros puntos del universo griego —Euclides de Megara, Aristipo de Cirene y Fedón de Elis—. De todos ellos, Aristipo fue el único que no escribió diálogos socráticos; los demás se lanzaron activamente a la composición de esta clase de libros, en lo que se convirtió por momentos en una especie de diálogo de diálogos a través del cual los discípulos competían, se respondían, se peleaban, se plagiaban, eran personajes en los diálogos del otro, y en general ponían a Sócrates en conversación con medio mundo. El género creció más tarde con las aportaciones de pretendidos discípulos —los pseudoplatónicos—, de tal modo que más de cien años después de la muerte del filósofo todavía se seguían escribiendo diálogos socráticos. De la mayoría de estos diálogos solo se conserva el título y citas dispersas en las obras de comentaristas posteriores, como el propio Diógenes Laercio. Entre los diálogos escritos por quienes conocieron personalmente a Sócrates, solo los de Platón y Jenofonte se han conservado, por lo que nuestra imagen de Sócrates se basa ante todo en su testimonio.
La cuestión de cuál de los dos merece más crédito ha ocupado a los historiadores de las ideas durante casi dos siglos, desde que el filósofo alemán Friedrich Schleiermacher pusiera en cuestión el crédito del que Jenofonte había gozado desde la Antigüedad hasta el siglo XVIII. La crítica de Schleiermacher se basaba en considerar que Jenofonte se excede en su defensa de Sócrates, hasta el punto de convertirle en un pensador totalmente convencional. Por otro lado, hacía hincapié en que Jenofonte era un político y un soldado antes que un filósofo, por lo que no podía ser el mejor testigo de las ideas de aquel. De acuerdo con este argumento, si Sócrates era un moralista tan afín a las posiciones del ateniense medio como lo representa Jenofonte, ciertamente no debería haber sido ejecutado, pero tal vez tampoco habría razón para leerlo ahora. Estos argumentos fueron calando entre la crítica, y en poco más de cien años todo el crédito que antaño tenía Jenofonte había pasado a Platón.
Este fresco romano del siglo I d.C. representa a Sócrates sentado en un banco. Se trata de una obra hallada en una casa privada de Éfeso, en la actual Turquía, y hoy en día conservado en la sala dedicada al filósofo griego del museo de la misma ciudad.
En los últimos tiempos, el debate ha girado más bien en torno a cuáles de los diálogos platónicos representan con mayor fidelidad al Sócrates real y su pensamiento, en la medida en que muchos lectores perciben diferencias importantes entre las ideas y actitudes que manifiesta en distintos diálogos. Jenofonte y Aristóteles —y, en menor medida, el propio Aristófanes— juegan a menudo el papel de árbitros en esta clase de debates académicos, de tal modo que una determinada idea o rasgo se considerará más atribuible a Sócrates si ellos también se lo atribuyen.
Una de las contribuciones más influyentes que se han hecho recientemente a este debate ha sido la del filósofo Gregory Vlastos. Según este especialista, cabe distinguir, por un lado, un primer grupo de diálogos escritos por Platón mientras aún era joven y la influencia de Sócrates conservaba su ascendente sobre él, en los que ofrece un retrato básicamente fiel del Sócrates histórico. Con el tiempo, dicho ascendente habría perdido fuerza y Platón tendería cada vez más a desarrollar el pensamiento de Sócrates en direcciones totalmente nuevas, en respuesta tal vez a ciertas lagunas y problemas que encontraba en sus planteamientos. A partir de cierto punto, Sócrates se habría convertido en un mero portavoz de Platón. La lista de diálogos socráticos de juventud ha sido y sigue siendo motivo de disputa entre especialistas, pero hay cierto consenso en incluir la Apología de Sócrates, el Cármides, el Critón, el Eutifrón, el Gorgias, el Hipias menor, el Ion, el Laques y el Protágoras. Un caso especial sería la República, que parece haber sido redactado en dos fases y contiene partes asignables a una y otra etapa.
Al margen de este debate se sitúan aquellos que subrayan el carácter fundamentalmente ficcional de los diálogos socráticos como género, y por tanto la imposibilidad de reconstruir a partir de ellos la figura de un Sócrates histórico. Desde esta perspectiva, se insiste en que muchas decisiones interpretativas se toman en base a las preferencias filosóficas del propio intérprete, como por ejemplo el giro radical en el crédito asignado a Platón y a Jenofonte, que obedecería en el fondo al poco gusto de nuestra época por el moralismo de Jenofonte. Del mismo modo, se llama la atención sobre la circularidad de muchas argumentaciones usadas para justificar el carácter más o menos socrático de un determinado diálogo de Platón. Así, la ordenación cronológica de los diálogos que se emplea para justificar su mayor o menor proximidad histórica a Sócrates se basa en parte en las propias ideas expresadas en el diálogo y, por tanto, en la visión previa del historiador acerca de qué ideas son más socráticas y qué ideas son más platónicas.
Diógenes Laercio recoge la anécdota de que, al oír a Platón leer uno de sus diálogos en voz alta, Sócrates habría exclamado: «Por Heracles, ¡cuántas mentiras dice este joven sobre mí!». La anécdota es casi con toda certeza una invención de este autor, pero sugiere que en la Antigüedad la falta de rigor histórico de los diálogos podría ser algo generalmente aceptado, sin que nadie viera en ello el problema que ha visto la crítica moderna. Hoy se admite en general que probablemente se ha exagerado la importancia y sobre todo la viabilidad de encontrar soluciones objetivas al problema del Sócrates histórico. Como resultado, cada cual es más libre de elaborar su propia interpretación de Sócrates, sin tener que justificar el empleo de tal o cual fuente, como también de realizar estudios comparados, sin tener que preocuparse de construir a un Sócrates unitario. Tampoco parece que haya razón, no obstante, para abandonar la idea de un Sócrates histórico como horizonte de trabajo, así como de muchas de las valiosas hipótesis interpretativas adelantadas, puedan o no considerarse concluyentes a fecha de hoy o esperarse que lo sean algún día.
En lo que sigue nos mantendremos fieles a la idea de un Sócrates histórico y daremos prioridad a la visión que ofrece Platón sobre él, y de manera muy especial a los diálogos platónicos que la mayoría de los especialistas ha considerado más «socráticos». Dentro de estos, daremos también un protagonismo muy superior al diálogo que menos controversia ha suscitado como testimonio sobre Sócrates: la Apología de Platón. Siendo la obra con la que arranca el género y la que marca las claves de todos los diálogos posteriores, la Apología es curiosamente el menos dialogado de todos ellos, y en este sentido el menos representativo. En efecto, el libro consiste en una serie de discursos de defensa que realiza el propio Sócrates el día de su juicio, y en los que explica en primera persona su proyecto filosófico. El diálogo sigue recogiendo hoy la visión fundamental que la mayoría de personas tiene sobre Sócrates, y todos los demás diálogos se leen en cierto modo desde él.
Los criterios que acabamos de apuntar permiten dar ya una primera respuesta a la pregunta de quién es Sócrates. Recurriremos para ello a una serie de datos biográficos que aparecen de forma dispersa en los diálogos y fuentes conexas, prefiriendo en cada caso aquellos a los que la crítica ha tendido a dar más credibilidad. Así, sobre la base de la declaración de Sócrates de que tenía setenta años en su discurso inicial de la Apología, se ha concluido que Sócrates nació en el 469-468 a.C. Algunas fuentes antiguas llegan a situar la fecha exacta en el 6 del mes de Thargelion —en torno al mes de mayo—, aunque la sintonía de esta fecha con la del nacimiento de Platón, el día siguiente, sumada a otras coincidencias con el calendario religioso, sugieren que se trata de una reelaboración posterior.
Sócrates era hijo de Sofronisco, escultor de taller, y Fenarete, que a la muerte de su esposo trabajó como partera. Su familia era del demo de Alopece, un suburbio de Atenas próximo al monte Pentélico, donde se hallaban las canteras de las que salía la materia prima para muchas esculturas destinadas a la Acrópolis y a innumerables casas privadas. Sus orígenes artesanos le atribuyen un nivel social comparativamente bajo en relación con la mayoría de los filósofos que le precedieron. No obstante, la Atenas de aquella época ponía al alcance de todos sus ciudadanos libres una educación básica en la lectura, la escritura y el cálculo, y, según parece, Sócrates también tuvo acceso a los estudios más tradicionales —y más aristocráticos— de la gimnasia y la música. Algunas fuentes le atribuyen incluso gran afición por ambas, y se especula con la posibilidad de que tocara la lira. Por lo demás, la familiaridad que demuestra Sócrates en los diálogos con la literatura y el pensamiento del momento se ha atribuido a la propia vida cultural de Atenas, a sus numerosos festivales y concursos literarios, además de la presencia habitual de sabios procedentes de todo el Mediterráneo. Mención aparte merece la creciente circulación de libros y las oportunidades sin precedentes que estos ofrecían para el contacto con nuevas ideas. Los diálogos presentan a Sócrates como un buen lector, pero crítico con lo que leía hasta el punto de advertir en el Eutidemo contra los libros mismos como un acceso engañoso al saber.
El esplendor de Atenas se sitúa a caballo entre la victoria contra los persas en las guerras médicas (499-449 a.C.), y la derrota ante los espartanos en la guerra del Peloponeso (431-404 a.C.). Se trata de un período marcado de manera casi constante por la guerra, y esto es cierto no solo del siglo V a.C. sino de unos cuantos siglos antes y después, y no solo de Grecia sino del conjunto del Mediterráneo. Antropólogos e historiadores sitúan el elevado nivel de violencia de este período en el marco de un proceso de socavamiento de las estructuras sociales tradicionales, a raíz de una combinación de cambios tecnológicos, sociales, económicos o culturales, cuyo resultado es la progre-siva emergencia de un individuo autó-nomo frente a la comunidad, así como de una lógica social marcada por la inestabilidad y la tendencia expan-siva. Sócrates es uno de los primeros en criticar el creciente individualismo de Atenas, así como su necesidad de crecer y expandirse a cualquier precio. No obstante, él mismo encarna mejor que nadie al nuevo individuo que ha emergido en la historia.
La nueva sociedad urbana, artesana y comerciante de Atenas permite la aparición de un nuevo tipo de guerrero: el hoplita. Se trata de un soldado de infantería pesada (hoplon viene de «equipamiento») armado con coraza, cnémidas (espinilleras), casco, escudo, lanza y espada corta, todo ello pagado por él mismo. Estos soldados eran ciudadanos libres, que habían dispuesto del tiempo y los medios necesarios para entrenarse. Luchaban en formación y de manera disciplinada, y no tenían rival en los anárquicos ejércitos de esclavos y campesinos de los persas y demás pueblos «bárbaros», por más que delante fueran los nobles a caballo. Pronto habría hoplitas griegos batallando como mercenarios en las guerras de todo el mundo, y enseñando a los demás a luchar. Detrás de ellos, irán los sabios griegos a explicar cómo vivir en el nuevo mundo de individuos que aquellos acababan de imponer.
A la edad de dieciocho años, los jóvenes atenienses eran presentados a la ciudad para su pleno reconocimiento como ciudadanos, lo que implicaba también su participación en algunos de los deberes cívicos que conllevaba la ciudadanía. El primero era un servicio de dos años en la milicia ateniense para su formación de cara al combate. Parece que Sofronisco murió alrededor de esta época, lo que convirtió a Sócrates en el responsable legal de su madre hasta que esta se casó otra vez. Por los mismos años en que Sócrates debía de estar dedicado a su formación militar, en torno al 450 a.C., Platón lo sitúa hablando con dos grandes filósofos de visita en la ciudad: Parménides y Zenón. Atenas era una ciudad de gran actividad cultural y a la que asistían visitantes de todo el Mediterráneo. Por citar solo los festivales más espléndidos, anualmente se celebraban las Panateneas, las Dionisíacas y las Eleusinas, dedicadas respectivamente —de acuerdo con el celo religioso que conservaba la ciudad— a Atenea, Dionisio y Démeter, y que combinaban las ceremonias litúrgicas con concursos y exhibiciones atléticas, musicales, poéticas y teatrales. Platón no da más referencias sobre Sócrates hasta el año 433 a.C., cuando menciona sus visitas en la casa del rico Calias, donde se reunían los sofistas más célebres del momento.
Como correspondía al hijo de un artesano, Sócrates debió aprender el oficio de su padre en el taller. Cierta tradición le atribuye la autoría de uno de los dos relieves de las Gracias halladas en la Acrópolis. Se trata de una obra relativamente tosca y poco original, de acuerdo con la modesta categoría que se atribuye a la producción paterna. Fuera cual fuera su participación en esta escultura, lo cierto es que Sócrates no prosiguió el oficio familiar sino que optó por dedicar su vida a la filosofía. Puesto que siempre se negó a cobrar por esta actividad, se ha supuesto que debió de heredar de su padre un patrimonio suficiente para mantenerse. Algunas fuentes antiguas cifraban este patrimonio en una casa y una cantidad de dinero en torno a las setenta minas, por las cuales su rico amigo Critón —que le habría hecho de banquero— le pagaba intereses. Si tenemos en cuenta que un 12% anual era un porcentaje de intereses usual por entonces, es bien posible que Sócrates pudiera permitirse el ocio imprescindible para sus ocupaciones filosóficas. Tal como dice en uno de los diálogos escritos por Jenofonte: «El ocio es el mayor bien que se puede tener». Cuestión distinta es si con el tiempo este patrimonio fue menguando hasta ponerlo en dificultades económicas. Algunas fuentes le echan la culpa de esta situación a la gestión financiera de Critón. En su discurso de la Apología, Sócrates reconoce haber descuidado sus asuntos y arruinado su patrimonio para dedicar su vida a la filosofía.
