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Una sola noche les cambió la vida... La fotógrafa Cat McCade no tenía ningún problema en admitir que sentía debilidad por los hombres medio desnudos, una debilidad que le había valido un premio nacional por sus anuncios de lencería masculina. Y sin embargo, se esforzaba en impedir que ningún hombre se le acercara demasiado... hasta que chocó con Jesse Dane. Jesse era un solitario y le gustaba serlo. Pero desde que había compartido una fugaz aventura con aquella desconocida, de pronto necesitaba algo más. Y se sintió aliviado al conseguir un nuevo trabajo... Hasta que se enteró de que la persona a la que debía proteger era la misma con la que había dormido aquella noche...
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Seitenzahl: 212
Veröffentlichungsjahr: 2016
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2003 Sandra Chastain
© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Sólo una noche más, n.º 1301 - junio 2016
Título original: Look, But Don’t Touch
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Publicada en español en 2004
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-8247-8
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Cat McCade entró en el aparcamiento del restaurante con su reluciente Harley negra, aceleró el motor y dejó que la máquina se deslizara hasta una zona donde no se podía aparcar. Se quitó el casco negro y sacudió sobre los hombros su cascada de cabello rubio y liso. Cuando se bajó de la moto, se quitó la cazadora, se la echó al hombro y avanzó hacia la puerta con sus piernas largas enfundadas en unos pantalones de cuero.
Era viernes por la noche, y los numerosos clientes del restaurante Tex Mex de Atlanta se volvieron a mirarla como si acabara de entrar una de esas estrellas de la televisión en el local. Ella los ignoró y se puso a buscar a Bettina con la mirada. Sin duda su amiga tendría ya una mesa y un par de margaritas esperando. Siempre podía confiar en Bets.
Se habían hecho amigas cuando Bettina la había contratado para fotografiar a los modelos de su catálogo de solteros. Bettina había tenido mucho éxito ofertando a solteros imaginarios para mujeres sin pareja estable. La cliente seleccionaba una fotografía de su amante ficticio y se establecía una «relación» en la cual Bettina enviaba regalos y cartas y hacía llamadas telefónicas para que pareciera real. El único problema era que, en sus horas libres, Bettina utilizaba sus habilidades de casamentera para entablar relaciones reales para sus familiares y amigos. Y eso incluía a Cat.
–¡Cat! ¡Aquí!
Camareros y clientes se retiraron para dejar que Cat se acercara a la mesa donde la esperaba su amiga, que le hacía señas con la mano desde una esquina. Bettina estaba bebiendo algo rosa medio derretido. Al otro lado de la mesa había una jarra con el borde cubierto de sal y llena de un granizado verdoso.
Cat se sentó, levantó la jarra y dio un sorbo.
–No está mal, Bets.
–Las mejores margaritas de Atlanta; y lo sabes.
–Ah, Atlanta, nuestra ciudad natal. No hay lugar mejor. Pero el lunes estaré en San Antonio paseando por River Walk y bebiendo la variedad del sur.
Bettina la miró con incredulidad.
–¿Acabas de llegar y ya te marchas? –preguntó su amiga–. Cómo no. Nunca te quedas el tiempo suficiente para terminar de deshacer la maleta –ladeó la cabeza–. Sabes, a menudo me pregunto de qué estás huyendo.
–No es de qué –Cat se apresuró a corregirla–, sino hacia qué. Ahí fuera hay un mundo deseoso de que yo lo descubra.
–¿A qué te refieres específicamente?
Cat se quedó pensativa un momento.
–A mi trabajo –dijo–. Soy fotógrafa. Disfruté haciendo las fotos de arquitectura y las sesiones de naturaleza pero, francamente, me cansé de ser ayudante, y no me van ni los bichos ni los animales salvajes. ¿Qué puedo decir? Me gustan las comodidades, el agua y la comida calientes. Y poder dormir de noche en mi cama: sola.
–¿Entonces para eso fotografías a hombres? ¿Para dormir sola? Reconozco que eres un desafío a mis habilidades de casamentera. Pero yo doy la talla. Después de todo, le encontré a mi hermano Mitchell una esposa que está dispuesta a viajar con él.
–Repito. No estoy buscando a nadie.
–Lo sé. Y no pienses que te tengo en mi punto de mira. A ti te gusta llevar las riendas. Sólo me parece que una mujer que trabaja todo el tiempo con hombres, como haces tú, debería al menos buscarse a uno que le gustara.
Bettina Dane nunca se daba por vencida. Ella opinaba que no podría ser feliz hasta que tuviera un marido o una pareja estable.
–Me gustan muchos… a través de la lente de la cámara –respondió Cat–. Me gusta mi vida tal y como es. Y así es como pienso continuar. He visto a demasiadas mujeres desesperadas, dispuestas a renunciar a todo sólo por estar con un hombre.
–Cat. Mira tus hermanas. Son felices, ¿no?
–Hace mucho tiempo que sé que no soy como mis hermanas. Cuando se casaron echaron unas raíces tan profundas que apenas se toman unas vacaciones. Ellas dicen que son felices –Cat se encogió de hombros–, pero mi madre también dice serlo, inexplicablemente.
–¿Y qué te hace pensar que no lo es?
–Porque no tiene vida propia. Las esposas de los militares son como una extensión de su marido. Y ahora él está jubilado y ella ha pasado a cuidar de los nietos. Nunca ha tenido su propia identidad –dijo Cat con voz trémula–. Eso a mí nunca me va a ocurrir.
–Sé lo mucho que te preocupas por ella, pero te estás trazando un camino muy solitario –dijo Bettina–. ¿A quién estás esperando exactamente?
–Lo reconoceré cuando lo vea. Pero, de momento, me gusta mi vida tal y como es. ¿Además, dónde está tu media naranja, amiga mía?
Bettina suspiró.
–Tienes razón. O te casas a los dieciocho y te divorcias a los veinte, o bien llegas a los treinta y te das cuenta de que no hay hombres disponibles interesados. Pero la diferencia entre tú y yo es que yo no me he dado por vencida. Me gustan los hombres. Solamente soy selectiva.
–Cada una tiene su estilo. Tú eres selectiva. Mis relaciones son impersonales.
–Eso fue lo que me dijiste cuando hiciste las primeras fotografías de esos macizos para mi proyecto. Tal vez tu trabajo sea impersonal para ti, Cat, pero que sepas que a esos pobres tíos que fotografiaste vuestra relación de trabajo les afectó de un modo distinto. Me dijeron que fuiste una vampiresa.
Cat sonrió. En cierto modo Bettina tenía razón. Podría haber utilizado modelos profesionales para aquella sesión, pero había preferido a hombres de verdad.
–¿Y bien? Cualquier fotógrafa buena desarrolla sus propias técnicas, y si coquetear un poco me da lo que quiero conseguir en las fotos, que siga así. Los hombres se sienten importantes y nadie sale perjudicado. Y de vez en cuando… Bueno, no tiene nada de malo disfrutar del trabajo mientras sepas avanzar. Esa parte de la vida militar me gustaba.
–No parece que ser la hija de un militar sea algo que te moleste –concedió Bettina.
–Detestaba las normas; pero viajar me encantaba –respondió Cat.
Bettina miró por el escaparate y vio la moto de Cat.
–Ya lo veo. Conque una moto, ¿eh? No sé por qué me sorprende. ¿Tienes la intención de irte con la moto hasta Texas?
Cat se echó a reír.
–Me gustaría. Pero no; voy a llevarme El Camino.
Bettina volteó los ojos.
–¿La camioneta? No lo entiendo; tienes una belleza de diosa, todos los hombres que te conocen caen rendidos a tus pies, ¿y conduces una camioneta?
–El Camino no es una camioneta –contestó Cat–. Es un vehículo clásico restaurado muy elegante, un cruce entre camioneta y descapotable. Tal vez no sea tu estilo, pero a mí me encanta. ¿Dime, qué coche conduces tú ahora?
–Un Honda Civic blanco, y sólo se fijan en él si lo aparco en zonas prohibidas.
–Bettina, tal vez suministres amantes imaginarios a algunas mujeres que se quedan satisfechas con una foto, unas cuantas llamadas de teléfono y unos regalos. Pero tú tienes la oportunidad de ver a esos tipos de cerca. Creo que deberías comprarte un descapotable rojo e ir con él a entrevistar personalmente a tus solteros.
–No tengo interés –dijo Bettina–. No mezclo los negocios con el placer.
–Tú no experimentas ningún placer. Mi profesión es mi placer y me conviene que sea así.
Bettina asintió.
–Tal vez. Pero, a diferencia de ti, creo que es importante echar raíces. Tal vez tus hermanas hayan echado raíces formando una familia. Yo lo estoy haciendo con mi negocio. ¿No te has parado a pensar dónde vas a estar dentro de diez años?
Eso le hizo pensar. El futuro siempre estaba ahí; se dijo que lo sabría cuando llegara. Lo que no tenía era un plan fijo.
–En algún sitio divertido. Pero de momento me basta con pensar en el futuro más inmediato.
–¿Y cuál es tu trabajo nuevo?
–Me voy a Texas a hacer un catálogo para Sterling Szachon. Has oído hablar de él, ¿verdad? Es la versión tejana de Donald Trump; es un magnate caprichoso que quiere abrir una cadena de establecimientos de ropa interior masculina.
–He oído hablar de él –dijo Bettina–. Parece peligroso. Será mejor que mantengas las distancias y te limites a esos modelos tan macizos.
Cat plantó la mano en la mesa.
–Ya lo tengo. ¿Por qué no te vienes conmigo y me ayudas a buscar a los hombres?
De momento Bettina se quedó sorprendida, pero enseguida reaccionó y miró a Cat pensativamente.
–Ni hablar; pero sé quién podría echarte una mano: mi hermano Jesse. Él vive en San Antonio.
–¿Jesse? Siempre contrato a un ayudante local, de modo que si está buscando trabajo, hablaré con él.
–¿Jesse, ayudante de fotografía? –Bettina se echó a reír–. No lo creo. Jesse es ranger del estado de Texas.
–Supongo entonces que entonces no querrá posar para mi catálogo. Si le dijera que me has dicho que lo busque para mi proyecto, seguramente saldría corriendo en dirección opuesta.
Bettina se echó a reír.
–En eso no te equivocas. No sé por qué se me ha ocurrido tal tontería. Olvídalo. Además, nunca os llevaríais bien, vosotros dos; tú no eres una persona a la que te convengan las reglas. Además los rangers sólo operan en Texas –terminó de decir Bettina.
Cambiaron de tema y empezaron a hablar del nuevo servicio de la empresa de Bettina, Rendezvous. La idea había surgido después de que un ejecutivo muy ocupado le hubiera pedido que le organizara un fin de semana exótico con una mujer de verdad. Por el momento tenía muchos clientes que le pedían mujeres con características especiales. Y lo mejor era que todo quedaba en el anonimato.
–Eso es estupendo, pero no sé para qué te necesitan los hombres, Bettina –dijo Cat–. Hay agencias de viajes que se especializan en ese tipo de cosas.
–No para los hombres con los que yo trato. Son individuos con un nivel adquisitivo muy alto y que quieren intimidad total. Como esa parte de mi servicio atiende a las necesidades personales del cliente, es muy caro; y el negocio no para de crecer –miró a Cat–. Sabes, me vendría bien tener una socia si alguna vez decides dejar de fotografiar el mundo y te buscas a un hombre con quien compartir tu vida.
Cat se echó a reír.
–No necesito un trabajo de nueve a cinco y no necesito a ningún hombre. Eso ya lo sabes, amiga mía.
Terminaron sus bebidas y se marcharon, cada una para un lado: Bettina hacia su Honda y Cat hacia su Harley. Justo antes de llegar al coche; Bettina se dio la vuelta.
–Sabes, Cat, tal vez me haya equivocado acerca de ti y de Jesse. Sois muy distintos, pero tenéis muchas cosas en común. Él también tiene una moto. Y creo que, como tú, es un experto en relaciones de una noche.
–Olvídalo. En primer lugar, no me interesa tener ningún lío con un conocido –dijo Cat–. En segundo lugar, Jesse ya tiene un empleo, y con las normas de mi padre ya tengo suficientes. Y en tercer lugar, a no ser que tu hermano quiera posar para mí, no podría incluirle en el catálogo. ¿Así que qué sentido tiene ponerme en contacto con él? –dejó caer los brazos a los lados–. Tendré que buscar a otros que posen para mí.
–Es un trabajo duro… –Bettina se echó a reír–. ¿Por cierto, cómo sabes cómo le queda el tanga a un modelo? –le preguntó intrigada.
–Sencillo. Le pido a todos mis modelos que se desnuden.
Jesse estaba cansado y llegaba más tarde de lo planeado. Las nubes se transformaban en masas informes en movimiento que ahogaban la luz mortecina de la luna de octubre. Soplaba un viento fuerte y amenazaba tormenta.
Mientras Jesse aumentaba la velocidad y aprovechaba el empujón del viento, pensó en por qué le gustaba su motocicleta. Él controlaba su potencia sin discusión; tan sólo había docilidad. Pero cuando uno conducía en Texas con una tormenta las reglas cambiaban. Los elementos no obedecían a ninguna regla. Y sin orden, había caos. Necesitaba tener cuidado.
En la autopista Katy entre Houston y San Antonio alternaban los grupos de tiendas atestados de gente, los restaurantes de comida rápida y las extensiones de terreno llano en las que no había nada. Lo habían llamado para que se citara en San Antonio con el director general a la mañana siguiente, y Jesse James Dane nunca llegaba tarde. Se dijo que un poco de cafeína lo ayudaría y que se pararía en el siguiente café.
En la oscuridad vio delante de él las luces traseras de un camión de dieciocho ruedas junto a otra camioneta más pequeña.
Cuando estuvo un poco más cerca vio que el camión comenzaba a zigzaguear, obligando a la camioneta a regresar a su carril.
Hacía mucho tiempo que no presenciaba ningún accidente en la carretera, pero parecía que estaba a punto. Para colmo de males, empezó a caer una lluvia muy fina. Estando un poco más cerca, notó que el camión grande aumentaba la velocidad y se mudaba al carril de adelantamiento para pasar a la camioneta.
Para evitar pegarse con la parte de atrás del camión, la camioneta se mudó al carril por donde iba Jesse, obligándolo a frenar. En condiciones normales la moto habría respondido, pero como el asfalto estaba húmedo empezó a patinar hacia el carril lateral. Por un momento Jesse pensó que la tenía controlada, pero entonces la rueda trasera perdió tracción y la motocicleta se tumbó de costado. Jesse maldijo entre dientes. Su motocicleta se deslizó por la autopista y acabó en la cuneta.
Jesse maldijo de nuevo mientras se levantaba despacio. Aspiró hondo, se quitó el casco y, al levantar la vista, vio que la camioneta daba marcha atrás por la autopista vacía. No sabía por qué los conductores habían hecho eso, pero no le pareció que el conductor de la camioneta pudiera ser un buen samaritano. Había sido ranger el tiempo suficiente como para saber que incluso el suceso más inocente podría tener consecuencias desastrosas. Sacó el móvil de la mochila y marcó el número de emergencias. No funcionaba. ¡Demonios! Jesse se agachó para recoger uno de los retrovisores que se había arrancado con el golpe.
Aunque estaba oscuro se dio cuenta de que el vehículo que estaba a punto de detenerse junto a él no era una camioneta cualquiera. Para ser más exactos, era un Ford El Camino clásico. Cuando se abrió la puerta, un rayo de luna se coló entre dos nubes e iluminó al conductor como un foco: unas piernas largas enfundadas en pantalones tejanos, una cazadora vaquera y el ombligo que una camiseta corta dejaba al descubierto.
–Una mujer –murmuró Jesse.
La mujer se quitó la gorra de béisbol que llevaba puesta, e inmediatamente una ráfaga de viento alborotó su melena larga y rubia. No. No sólo era una mujer, sino un verdadero sueño. Esa mujer que se parecía a Cameron Díaz se acercó a él.
–Hola –le dijo la extraña–. ¿Está usted bien?
Por un instante no fue capaz de contestar. Estaba experimentando algo muy físico; como una energía que le subía por los brazos desde las puntas de los dedos y hasta la zona de la nuca. Sólo se le ocurrió que debía de tratarse de algún tipo de fenómeno atmosférico anómalo causado por la incipiente tormenta. Siendo ranger se había ganado el apodo de «hombre de hielo» por su frialdad ante los problemas. Así uno no sufría. Sin embargo, en esa ocasión ese control pareció eludirlo totalmente.
–Estoy bien, pero podría no haberlo estado –le soltó, pagando con esa mujer que no lo merecía la incertidumbre que sentía de pronto.
No se veía ningún relámpago, pero estaba seguro de que había electricidad en el ambiente.
–¿Debería haberle dado? –le preguntó ella con cierto tono de fastidio.
Jesse se preguntó si ella también habría sentido esa tensión entre ellos dos.
–No lo creo –continuó ella–. Mi camioneta no pudo hacer nada con ese camión tan enorme.
Le echó otra mirada a El Camino con matrícula de Georgia.
–No hay mucha gente que conduzca este tipo de vehículos restaurados por la carretera.
–Yo sí –respondió ella.
–Ya lo veo –resopló–. ¿Y qué hace una mujer de Georgia sola en plena noche?
–¿En Texas no admiten a mujeres de otros estados?
No le veía la cara. Era tan sólo una silueta, una silueta esbelta y oscura con un espejo retrovisor en la mano. Sólo le hacía falta una capa y un caballo negro para parecer un malhechor. Se estremeció. Todo su ser estaba respondiendo ante él de un modo que no lograba entender.
Un círculo de luz se coló entre las nubes e iluminó el rostro de aquel hombre. Se quedó sorprendida. Su barba de dos días le daba el aspecto siniestro de un viejo forajido del oeste. Un par de ojos oscuros parecieron penetrarla, y Cat sintió como si estuviera en el ojo de un huracán. Mientras no se moviera, estaría a salvo.
Cuando Bettina le había preguntado a quién estaba esperando, ella había contestado que lo sabría cuando llegara el momento. Nada más ver a aquel hombre a la luz de la luna supo que él sería el primero de la lista. Hacía mucho tiempo que no sentía un deseo tan potente e intenso. Sin saber por qué deseaba a aquel hombre desnudo, en su cama, dentro de ella; y cuanto antes, mejor.
El viento empezó a soplar con más fuerza, y Cat se puso la gorra con distracción.
–Me he parado para ayudarlo –le dijo ella.
–Gracias, pero puedo arreglármelas solo –contestó él con brusquedad.
Ella retrocedió un paso.
–Vale. Siento haberme parado –respondió, molesta y confundida ante su mal humor.
Él sacudió la cabeza.
–No, yo soy el que lo siento. Esto no es culpa suya.
De haber sido otra persona, se habría obligado a ser más agradable, pero algo que no podía explicar le impedía respirar bien. Entre ellos se palpaba la tensión.
–¿Está seguro de que se encuentra bien? –le preguntó otra vez, y esas palabras se repitieron en su mente mientras se quedaba pensativo…
¿Bien? Cuando era niño, mucho después de la muerte de su padre, le había hecho esa misma pregunta a su madre. Su hermano mayor, Mitchell, se había visto obligado a convertirse en el cabeza de familia. Mitchell y Ran, el hermano mediano, habían establecido una conspiración de silencio que dejaba a Jesse al margen, y éste nunca había entendido por qué. La primera regla había sido que mamá estaba enferma y que Jesse no podía entrar en su dormitorio.
Sin embargo, cuando ellos salían de casa, se metía en su cuarto y ella lo abrazaba. Cuando él le preguntaba si estaba bien, su madre sólo lloraba y le decía que lo quería.
Después habían llegado los días malos en los que ella ya ni lo reconocía. Pero él había continuado desobedeciendo las reglas de Mitchell porque ella lo necesitaba. Hasta que la habían enviado a un asilo. Jesse había terminado sus estudios de secundaria y al día siguiente se había alistado al cuerpo de marines. Pero jamás se había repuesto de la sensación de haber abandonado a su madre.
Hacía mucho tiempo que se había impuesto dos cosas: no dejar que nadie dependiera jamás de él y no volver a desobedecer las reglas.
–Escuche, me siento mal por lo que ha pasado –le dijo la mujer que tenía delante–. Está empezando a llover. Si quiere montar su motocicleta en la parte trasera de mi camioneta lo llevaré donde quiera.
–No, gracias.
–Bien –dejó caer las manos y fue a darse la vuelta–. Como no quiere que lo ayude, me marcharé –dijo ella.
–¿Hacia dónde se dirige? –preguntó él.
Su pregunta la sorprendió; claro que él mismo se quedó también sorprendido. Cuando el rugir del trueno se hizo más intenso, también lo fue la respuesta de su cuerpo.
–Voy a San Antonio. Si no he leído mal el último cartel, creo que voy bien –respondió ella.
–Está a unos treinta kilómetros de aquí –comentó Jesse con formalidad–. No es asunto mío, pero no debería proporcionar información. En realidad, no debería haberse detenido a ayudarme. ¿Y si yo fuera un asesino?
Una mujer inteligente saldría pitando de allí. Estaba seguro de que era lista. Y valiente. No sabía lo que sentía en ese momento, pero desde luego no parecía tenerle miedo. En realidad, le dio la sensación de que lo miraba con una mezcla de cinismo y burla.
Ella no se amedrentó.
–Siento curiosidad –le respondió la mujer–. ¿Es usted el asesino del hacha, o mata a sus víctimas con el retrovisor de una moto?
Él bajó la visa y la fijó en el espejo que había recogido del suelo.
–Improviso. ¿Y usted? –le preguntó, con la sensación de que era otra persona la que hablaba.
–Normalmente ya me habría marchado; pero como también tuve mi parte de culpa en su accidente, me sentí obligada a ayudarlo. Decídase, motorista. Podemos poner su moto en la parte trasera de El Camino y salir de aquí, o bien, si lo prefiere, le enviaré a alguien del próximo garaje que vea.
Él negó con la cabeza.
–Si pensara que entre los dos podríamos levantar esta máquina de doscientos cincuenta kilos en su camioneta, tal vez diría que sí –declaró Jesse, sabiendo que no tenía otra alternativa; tendría que arriesgarse y dejar que lo ayudara–. Envíeme una grúa cuando vea un garaje.
–Bueno, podría, pero resulta que tengo rampas, una lona impermeabilizada y una caja de herramientas detrás. Como viajo sola, siempre voy preparada. Y por cierto, desde aquí su motocicleta me parece una Road King, que más bien pesará unos trescientos sesenta kilos.
Jesse estaba anonadado. Tenía razón en cuanto a la moto. Era una Harley Road King y pesaba trescientos sesenta kilos. Antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, se oyó a sí mismo decir:
–Acepto su oferta. ¿Lleva rampas?
–Resultan útiles para meter y sacar cosas de la camioneta. Nunca sé lo que voy a necesitar cuando empiezo un trabajo nuevo –contestó ella.
Como el compartimento de herramientas abultaba mucho, no les fue fácil meter la moto en la parte trasera de la camioneta. Cuando terminaron y recogieron los pedazos de metal de la carretera, los dos estaban totalmente empapados.
–De acuerdo, móntese –lo invitó la mujer–. A no ser que prefiera viajar detrás con la moto. Tenga cuidado con las cosas del suelo.
Jesse se metió, con cuidado de no pisar los paquetes que había en el suelo del vehículo, mientras se preguntaba cómo había acabado en aquella situación.
Cuando ella se sentó, él se volvió a darle las gracias y oyó que aspiraba hondo. Allí, tan cerca el uno del otro, se vieron bien por primera vez. Se miraron de tal modo que si un termómetro pudiera medir la tensión, habría estallado allí.
A la luz de la luna, tan sólo había podido atisbar a su ángel de la guarda. De cerca, la chica parecía haber salido directamente de un cómic de fantasía. Tenía el pelo largo y rubio, todo empapado; la camiseta pegada a sus pechos grandes y turgentes. Sin duda, si se subiera a un escenario con Madonna o Britney Spears, éstas pasarían a un segundo plano.
Mientras continuaban mirándose, él aspiró hondo y soltó el aire.
–¿Ocurre algo? –preguntó él.
¿Que si ocurría algo? Si se hiciera a sí mismo esa pregunta, tendría que contestar afirmativamente.
Ella se quedó mirándolo, alargando el silencio entre ellos. Le contestó en tono seco.
–Tal vez sí. O tal vez no. Creo que aún estoy algo intranquila. El accidente ha sido un shock.
–Eso me sorprende. Esperaría que la mujer media se sintiera intranquila después de lo que ha pasado; pero la mujer media no conduce una camioneta bien equipada.
–Las mujeres tienen juguetes. No siempre son lo que uno espera –le dijo ella, y entonces cerró la puerta; momentos después arrancó el motor y se incorporó de nuevo a la carretera–. No es el accidente lo que me ha trastornado. Es usted –añadió ella.
–¿Yo la trastorno? ¿Y eso por qué? –le preguntó él.
–No lo sé. Los hombres son parte de mi negocio. Los he visto de todo tipo y he aprendido a distinguirlos y a entenderlos. En usted todo lo que percibo me advierte que hay peligro.
No sabría decir qué comentario lo fastidió más, si su referencia al peligro o que los hombres eran parte de su negocio. Movió los pies mientras se preguntaba qué podría llevar en aquellas cajas. Aunque de un modo u otro, aquella mujer era una complicación, y eso era lo que menos falta le hacía en ese momento. Ya surgirían bastantes en la reunión con su jefe a la mañana siguiente.
–Es usted muy directa para ser mujer –dijo finalmente–. Aunque lo mismo diría si fuera un hombre.
–Creo en plantarle cara a las cosas, sí –le respondió ella mirándolo a la cara–. Siento curiosidad. No parece usted del tipo de hombre que acepta pedir ayuda, sobre todo a una mujer. Y le puedo asegurar que desde que lo he visto no me siento normal. ¿No cree que aquí está ocurriendo algo extraño?
–Sí, supongo que sí –reconoció él.
