Solos en el universo - Jean-Pierre Bibring - E-Book

Solos en el universo E-Book

Jean-Pierre Bibring

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"¿Estamos solos en el universo? ¿Es posible que la Tierra, la vida, sean únicas en el cosmos? ¿Está habitado alguno de los miles de millones de planetas que pueblan el universo? En esta obra, Jean-Pierre Bibring nos advierte de que esta visión está sesgada: ningún argumento sólido nos permite afirmar que lo que llamamos «vida» exista en otro lugar que no sea esta pequeña isla cósmica y errante que es la Tierra. Muy al contrario, desde que empezamos a explorar el espacio, todo parece indicar que nuestro planeta, nacido de una larga cadena de eventos fortuitos y casualidades, es único. Y lo vivo sería, en esencia, terrícola. Jean-Pierre Bibring nos cuenta una nueva historia de la evolución de los mundos y nos invita a tomar conciencia de que la humanidad es un ejemplo único de combinación de contingencias, una forma particular y fascinante de organización de la materia."

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Seitenzahl: 307

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Akal / Astronomía

Jean-Pierre Bibring

Solos en el universo

De la diversidad de los mundos a la singularidad de la vida

Traducción: Natalia Ruiz Zelmanovitch

¿Estamos solos en el universo? ¿Es posible que la Tierra, la vida, sean únicas en el cosmos?

¿Está habitado alguno de los miles de millones de planetas que pueblan el universo?

En esta obra, Jean-Pierre Bibring nos advierte de que esta visión está sesgada: ningún argumento sólido nos permite afirmar que lo que llamamos «vida» exista en otro lugar que no sea esta pequeña isla cósmica y errante que es la Tierra.

Muy al contrario, desde que empezamos a explorar el espacio, todo parece indicar que nuestro planeta, nacido de una larga cadena de eventos fortuitos y casualidades, es único. Y lo vivo sería, en esencia, terrícola. En definitiva, Jean-Pierre Bibring narra una nueva historia de la evolución de los mundos y nos invita a tomar conciencia de que la humanidad es un ejemplo único de combinación de contingencias, una forma particular y fascinante de organización de la materia.

Jean-Pierre Bibring es astrofísico en el Instituto de Astrofísica Espacial, profesor de física en la Universidad de Paris-Sud (Orsay), especializado en el estudio del Sistema Solar. En particular, fue corresponsable de las operaciones científicas de Philae, el módulo de aterrizaje de la misión Rosetta que se posó sobre el cometa Churyumov-Gerasimenko en 2014. Ha publicado, entre otros, Mars, planète bleue? (2009) y Comet: Photographs from the Rosetta Space Probe (2019).

Colección Akal Astronomía

Director de colección: David Galadí-Enríquez

Diseño de cubierta

RAG

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.

Nota editorial:

Para la correcta visualización de este ebook se recomienda no cambiar la tipografía original.

Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

Motivo de cubierta: Cosmogarden © Aki Kuroda

Título original: Seuls dans l’univers. De la diversité des mondes à l’unicité de la vie

© Ediciones Akal, S. A., 2024

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.akal.com

ISBN: 978-84-460-5475-7

Introducción

Spútnik

Los dogmas son afortunados.

Se aprovechan del hecho de que nuestros sentidos no captan la realidad de lo que nos rodea.

Tomen como ejemplo la Tierra: no sentimos su movimiento. La concepción de una Tierra inmóvil, como centro del Cosmos y eje de todos sus movimientos, fue ampliamente promovida, casi como una evidencia, porque percibimos un cielo que gira a nuestro alrededor mientras nosotros permanecemos quietos.

Y nuestros ojos, adaptados a la luz solar, son insensibles a la radiación de aquello que no está «iluminado»: todo lo que nuestros ojos no ven, es «negro». Sin embargo, todo lo que nos rodea está lleno de radiación, una radiación en la que estamos inmersos día y noche. Pero el ser humano no está equipado para verla. Necesita instrumentos, a menudo sofisticados, para detectarla y descifrarla. Estas radiaciones, invisibles para nosotros, proporcionan un testimonio esencial: son el resultado de la evolución del universo, del cual el ser humano extrae sus raíces y su propia historia; como están ocultas, nada parece conectarnos con el cielo que contemplamos por la noche. Esto ha convertido en creíble una historia de la humanidad totalmente desligada de la del universo.

A lo largo de los siglos, siempre contemplamos el mismo cielo salpicado de estrellas: apenas ha cambiado. Por otro lado, las representaciones que se han construido del mismo han cambiado constantemente, de una época a otra, de una sociedad a otra, dependiendo de qué haya guiado las interpretaciones. La ausencia de restricciones observacionales dio rienda suelta a la más fértil de las imaginaciones y, sobre todo, supuso una potente herramienta para reforzar creencias y teologías de todo tipo: los dogmas podían y sabían cómo prosperar e imponerse.

Sin embargo, para los ojos nocturnos más agudos, la concepción de una Tierra en el centro de todos los movimientos se topó con observaciones cada vez más regulares y meticulosas de la posición de las estrellas y los planetas hechas a simple vista: la escuela copernicana destronó a la Tierra de su singular estatus y de su posición central en beneficio del Sol, alrededor del cual «giraría», como todos los planetas. De hecho, esto convertiría a la Tierra en un planeta más.

En el momento en que se formulaba, este cambio de paradigma, que data de la publicación de la obra fundamental de Copérnico[1], no podía explicar las causas del movimiento de los planetas: hizo falta un siglo para que, desde Giordano Bruno y Tycho Brahe a Kepler, desde Galileo hasta Newton, pudieran concebirse y describirse como movimientos que respondían a una «fuerza» de atracción a distancia. La física ha continuado estableciendo y extendiendo la realidad hasta lo que constituye hoy uno de sus pilares: hay un número muy pequeño de fuerzas en acción, las suficientes como para dar cuenta de todas las observaciones del universo, desde escalas interestelares hasta partículas y objetos microscópicos, pasando por todo lo que nos rodea y nos constituye.

Por lo tanto, si las mismas fuerzas operan en todas partes de la misma manera, el dicho popular que afirma que las mismas causas producen los mismos efectos nos ofrece una consecuencia inmediata: lo que ha dado forma a la Tierra y la vida no puede ser excepcional; la Tierra y la vida no pueden ser únicas.

Todo parece haber conspirado para reforzar este tenaz y ancestral dogma que ninguna observación ha validado jamás: el de la pluralidad de los mundos, entendiendo por mundos los mundos habitados. Epicuro ya lo propuso mucho antes de que fuera reintroducido por Giordano Bruno, sacudiendo seriamente las Escrituras (una tesis de la que se negó a abjurar, a costa de su vida). En un universo postulado como infinito, existen otras Tierras… ¡habitadas!

En ausencia de una observación que confirme o invalide esta proposición, por sí sola sigue siendo tan sólo una creencia. No es fruto de un enfoque científico, que requiere de predicciones y verificación. Normalmente, la ciencia no suele inmiscuirse en la validación de las creencias. Sin embargo, la física y la propia astrofísica, han dado una especie de garantía de autenticidad a este dogma particular, que despoja a la Tierra y a la vida de su singularidad para conferirles una «generalidad» cósmica, no sólo caracterizando estas pocas fuerzas como acciones universales y de esencia determinista, sino también ofreciendo al universo una dimensión inmensa, que lo adorna con las virtudes del infinito hasta el punto de fusionarse con él. Billones de galaxias, formadas por billones de estrellas, tal vez rodeadas de otros tantos planetas: ¿no es eso suficiente para imaginar que existen otras Tierras?

En términos de probabilidad, esta creencia ha recibido muy recientemente lo que algunos han aplaudido como un importante refuerzo de carácter científico. La simple hipótesis según la cual las estrellas estarían rodeadas de planetas ha sido validada por observaciones de cientos de estrellas en nuestra galaxia. Muchas de ellas «poseerían», al menos, un planeta, y es el caso de muchas estrellas cercanas a la nuestra. ¿Acaso esto no justifica, aún más, la posibilidad de imaginar que algunos de ellos también podrían estar «habitados»?

Por supuesto, llegados a este punto ya no se trata de ir en busca de «seres inteligentes», o ni siquiera de «seres», por un impulso antropocéntrico unido a una visión que ofrece a la humanidad el escalafón superior de una escala evolutiva jerárquica. ¡La «simple» presencia de «vida», en otro lugar, en cualquier «forma», ya constituiría un descubrimiento con inmensas consecuencias! Esto explica por qué muchos programas de investigación científica tienen el objetivo explícito de identificar y caracterizar, a través de la observación, otras Tierras y otras «formas de vida» en otros lugares: si es posible, en nuestro Sistema Solar, porque serían potencialmente accesibles para nosotros, con Marte como candidato soñado; o alrededor de otras estrellas cercanas, en nuestra Galaxia, o incluso más allá: qué más da, siempre y cuando surja una pista.

Forjada por siglos de creencias y convicciones estrechamente mezcladas y profundamente arraigadas, la antigua pregunta «¿Estamos solos en el universo?» nunca se ha visto amenazada por una respuesta científica negativa, algo que habría resultado perturbador, rompedor e, incluso, abrumador. Por el contrario, la fuerza de las certezas es tan robusta que se han construido rigurosas disciplinas que se dedican a actividades extremadamente fructíferas, calificadas como «astrobiología» tanto en el mundo hispano como en el anglosajón, y como «exobiología» en Francia[2], estos últimos incluso dotados de una sociedad científica[3]. Buscan, a través de programas de investigación especialmente diseñados para ello, establecer la base científica de la existencia de, al menos, una biología extraterrestre.

La exploración espacial estuvo y sigue estando íntimamente implicada. Tan pronto como el ser humano adquirió el dominio tecnológico de misiones robóticas que escapaban de la gravedad de la Tierra para ir al encuentro de otros objetos del Sistema Solar[4], ese fue uno de los objetivos de la observación de los planetas: profundizar en la comprensión de lo que caracteriza a lo vivo y buscar su presencia a gran escala en el cosmos. Esto constituiría la validación del dogma aceptado de la pluralidad de mundos habitados…

Sorprendentemente, lo que emerge de estas misiones es una visión totalmente opuesta.

Las propiedades comparadas de la Tierra y los planetas, tal y como se han ido revelando paulatinamente gracias a estas observaciones in situ, son todas, de diferentes maneras, extraordinaria y profundamente singulares.

Mientras la Tierra fue el único planeta cuyas propiedades podíamos caracterizar hasta el punto de construir una historia, era tentador extrapolar lo que entendíamos a todos los mundos planetarios, cuya observación, incluso con telescopios, mostraba muy poco: ¡especialmente porque favorecía la creencia dominante de que habría fuertes similitudes entre los planetas! Tan pronto como las primeras misiones planetarias mostraron la realidad de otros objetos del Sistema Solar, lo que se pensaba, y que muchos esperaban descubrir, ¡no existía! Empezando por la presencia de grandes extensiones de agua líquida…

Lo importante ya no es la pluralidad, sino, por el contrario: ¡la diversidad de mundos!

Hablando sólo de lo que envuelve a la Tierra, sus océanos, nubes y atmósfera, todos son esencialmente únicos en sus propiedades. En ningún otro lugar se han observado otros similares en abundancia, composición, proceso de formación y evolución… Excepcionales, han desempeñado un papel esencial en la biosfera, siendo todos profundamente interdependientes.

Ahora que entendemos que la Tierra no es en absoluto un modelo generalizable dentro del Sistema Solar, los descubrimientos de «exoplanetas», que son planetas alrededor de otras estrellas, conducen a una observación muy similar: estos «sistemas exoplanetarios» presentan una diversidad extraordinaria y totalmente sin precedentes, lo cual cuestiona los orígenes que han dado lugar a su estructura. El Sistema Solar tampoco es ya un modelo común.

Cuanto más sabemos sobre planetas y exoplanetas, más destaca la diversidad como su característica principal.

Por lo tanto, está surgiendo un importante cambio de paradigma relacionado con el hecho de que la observación de los objetos del Sistema Solar va acompañada de la comprensión de lo que ha forjado las diferencias. Sus evoluciones han sido moldeadas por distintas secuencias de eventos que antes eran desconocidos y que apenas están comenzando a ser identificados y caracterizados. Tienen una particularidad esencial: los parámetros que les han influido parecen profundamente fortuitos. Cualquier minucia los habría hecho diferentes y habría llevado a evoluciones completamente distintas: no existiríamos.

Los descubrimientos de estos eventos y de los procesos aparentemente fortuitos que han marcado y dado forma a la historia cósmica son verdaderamente fabulosos, incluso para quienes los han originado: efectivamente, su narrativa, plagada del concepto de azar como matriz de toda evolución, puede hacernos creer en fábulas. Este libro quiere contar algunas de las que han dado forma a la Tierra y su biosfera.

Lo que rodea al azar del que hablamos no requiere ni diseño ni arquitecto. Refleja la inmensidad de las posibilidades abiertas en cada una de las transiciones, de las bifurcaciones abiertas a lo largo de la evolución: al haber orientado la elección en todas y cada una de ellas, lo importante es el papel de las contingencias. La teoría darwiniana nos ha enseñado el papel del contexto en la orientación, en cada etapa, de la evolución del mundo viviente. Esto parece aplicarse a una escala mucho mayor, tanto para el mundo inerte como para el vivo, incluso si nos remontamos a la propia formación planetaria. La sucesión de situaciones específicas que han dado forma tanto a la historia de la Tierra como a la de cada planeta hace de cada uno de ellos un objeto verdaderamente único.

La evolución de la Tierra constituye una secuencia increíblemente particular, construida bajo la influencia de condiciones dadas por el contexto que se han presentado, en cierto orden, para construir su historia; endógenas, como eventos geológicos, o exógenas, como impactos de cometas y asteroides. Un sinnúmero de otras secuencias, relacionadas con diferentes situaciones, no sólo han sido posibles, sino que han ocurrido en otros lugares: han dado origen a las distintas evoluciones de otros objetos en el Sistema Solar y en sistemas exoplanetarios.

El conocimiento profundo que se adquiere de las causas de la diversidad planetaria pone en evidencia el carácter profundamente excepcional, infinitamente improbable, de los eventos impulsores de la evolución.

La secuencia terrestre explica lo que se ha construido como único en las propiedades de la Tierra: a través de ella la singularidad de la Tierra se ha convertido en una realidad. Este libro presenta algunos ejemplos.

Que la Tierra sea única genera otra pregunta en torno a esa singularidad: ¿y si lo vivo fuera una de las propiedades de la Tierra, íntimamente ligada a su evolución, algo exclusivo? ¿Y si, en esencia, lo vivo fuera sólo terrestre?

Cuestionar la singularidad de la vida abre una caja que no tiene de Pandora más que lo radical de las potenciales consecuencias (sin las catástrofes que se asociaron a ella); por el contrario, estas cuestiones constituyen un fértil vivero de investigaciones y repercusiones. ¿Qué queremos decir con «vivo»?

¿Qué relevancia tiene oponer lo vivo a lo inerte, en un binarismo simplista que da por hecha la existencia y la definición de «principio vital» del cual, en su conjunto, estaría dotado lo vivo, y desprovisto lo inerte?

¿Qué propiedades, o incluso qué propiedad única, calificaría un sistema como vivo, permitiendo que las estructuras dotadas de la misma se llamaran también vivientes, bajo «otras formas» y en lugares distintos a la Tierra? ¿Podemos hablar de un «origen de la vida», que dataría la aparición de tal propiedad dentro de una cadena evolutiva? ¿Podemos imaginar el proceso por el cual esta propiedad habría «emergido» de un mundo no vivo, sin recurrir a la generación espontánea o al acto de creación? ¿De dónde viene que mantengamos la oposición entre lo inerte y lo vivo, como algo demostrado y estructurante? ¿La «naturaleza» con la que el ser humano establece relaciones (como mínimo, distanciadas y sujetas a profundos debates), integra lo inerte en lo vivo? ¿Por qué sería importante para nosotros la existencia o no de vida fuera de la Tierra?

¿No sería apropiado cuestionarnos tales preguntas?

* * *

De hecho, se está produciendo un cambio importante. El acceso al espacio modifica profundamente certezas, a veces ancestrales, sobre nuestra visión de lo que somos, de lo que son los mundos planetarios, en sus dimensiones históricas y… espaciales.

Hasta la era espacial, debido a que sólo tenemos un caso de estudio detallado (la Tierra), nuestras representaciones de otros mundos se construían esencialmente por extrapolación, guiadas por un enfoque más dogmático que científico: estas representaciones requerían de una validación observacional de la cual carecíamos.

4 de octubre de 1957: ¿cuántos se dieron cuenta entonces de hasta qué punto el lanzamiento del Spútnik 1 inauguró para la humanidad una nueva era, modificando sus fundamentos sociales más anclados y abriendo el campo a preguntas sin precedentes, si no fundamentales? ¿Cuántos saben hoy apreciar la deuda que tenemos con nuestra capacidad de dominar el espacio, tanto en nuestros comportamientos más cotidianos como para triunfar ante los retos que se presentan?

La posibilidad de explorar de cerca otros objetos del Sistema Solar, utilizando sondas espaciales equipadas con instrumentos de medición, ofrece una visión bastante diferente de la que dominaba hasta entonces. El resultado ha sido una revolución en nuestra comprensión de lo que impulsa la evolución de la Tierra y los planetas, sacudiendo el concepto de pluralidad de los mundos, nacido hace varios milenios y mantenido hasta hoy. Marginado por los dogmas monoteístas de creación de una Tierra central, única e inmóvil, este mito fue reactivado por las ideas copernicanas de una Tierra que, una vez más, se convirtió en un planeta banal y en movimiento, albergando vida como en otras partes del universo; hasta llegar a hoy, cuando, participando a través de estas páginas, nos proponemos poner este mito en cuestión. Es una revolución más general dentro de un conjunto de certezas, referidas a grandes construcciones de nuestros sistemas de pensamiento, que se ven sacudidas; esas certezas, llenas de binarismo y atracción por la unificación de «leyes», que a menudo no son suficientes ni para dar cuenta de la realidad tal como se revela.

Las repercusiones de la exploración espacial, de la que todos se benefician a través del uso diario de sistemas orbitales, van mucho más allá de la esfera individual: tienen un alcance verdaderamente global. Nunca la Tierra nos ha parecido tan pequeña: ya no hay ningún país que una vez fuera remoto que todavía nos parezca extraño; si acaso, extranjero. La información, la comunicación, nos hacen «cercanos» a lo que concebimos, no hace mucho tiempo, como si fuera inaccesible para siempre, fuera de nuestro alcance. Las «mundializaciones» de todo tipo se han convertido en un símbolo, a menudo rechazado, que despierta apetitos de proximidad que invaden franjas enteras de la actividad social, como algo asumido. Al hacerlo, el contraste de los problemas que surgen a escala global se amplifica.

Aquí es donde la exploración espacial participa en las realidades que sacuden a todas las sociedades de nuestro planeta hoy en día. Nos permite ver y comprender la Tierra, una entidad global, en su evolución cósmica, integrando el papel de lo vivo, y particularmente el de la humanidad, dentro de una biosfera propia. Ofrece afrontar los inmensos desafíos mediante una representación totalmente nueva del marco, global, aunque limitado, de sus manifestaciones: el planeta Tierra, en sus vertiginosas singularidades planetarias. Por último, pero no menos importante, a través de sus prácticas de amplia cooperación que sustentan el ejercicio mismo de su investigación, propone vías de ejemplaridad en las relaciones e intercambios que deben promoverse mucho más allá del marco científico: romper con los reflejos de repliegue, confrontación o dominación por la fuerza haciendo ley y liberarse tanto de las rivalidades como de las desigualdades que la historia ha construido.

En este contexto, se puede esperar mucho de la introducción de una nueva percepción de lo vivo en sí mismo, asumiendo una doble singularidad: única para integrar a la humanidad y a la naturaleza en la misma realidad, y única en su singularidad cósmica de ser tan sólo terrestre.

¡Solos en el universo!

¿Y ahora qué?

[1]De Revolutionibus Orbium Coelestium (Sobre los giros de los cuerpos celestes), publicado en 1543, el mismo año de su muerte.

[2] En rigor, en castellano y en otras lenguas cabe plantear una diferencia de matiz entre astrobiología y exobiología. La primera palabra hace referencia al estudio de la vida en un contexto cósmico o universal general e incluye, por tanto, la vida en la Tierra. La segunda, en cambio, corresponde a la investigación de la vida extraterrestre. Por tanto, la exobiología estaría incluida en la astrobiología [N. de la T.].

[3] La SFE (Société française d’exobiologie, Sociedad Francesa de Exobiología). España cuenta con el Centro de Astrobiología, en Madrid, asociado al Nasa Astrobiology Program desde el año 2000 [N. de la T.].

[4] Insistamos (contra la expresión sesgada y, lamentablemente, demasiado utilizada de «conquista espacial»), en que no se trata de ir a su encuentro para «conquistarlos» o explotarlos, ¡sino para explorarlos!

PRIMERA PARTE

De la diversidad de los mundos

Capítulo 1

De la infinidad a la pluralidad de los mundos

¿Cree que hay vida fuera de la Tierra?

Cuando surge esta cuestión ante cualquier audiencia, la respuesta dominante es sí. Lo curioso es que, hasta la fecha, ninguna observación apoya tal afirmación… ¡ni la desmiente!

Por lo tanto, la respuesta no se refiere a un enfoque científico ni a datos observacionales validados tras hacer predicciones y proceder a su confirmación. De hecho, es una creencia (¿cree que hay…). Refleja una convicción basada, en gran medida, a menudo no explícitamente, en dogmas construidos a lo largo de siglos, incluso cuando se viste con expectativas científicas, generalmente relacionadas con la inmensidad del universo: sólo en nuestra Galaxia hay miles de millones de estrellas, por lo que tal vez también haya planetas; y hay miles de millones de galaxias en el universo. Miles de millones de miles de millones: en lenguaje cotidiano, ¿no es esto infinito? A este cálculo se suma un reflejo de humildad: cómo atrevernos a pensar en nosotros mismos como en únicos…

Desde la Antigüedad, estas creencias han seguido la evolución de las formas de pensar, a veces marcadas por rupturas. ¡Uno de los textos más explícitos se atribuye a Epicuro, en sus cartas a Heródoto[1], fechadas en el 301 a.C.! El siguiente extracto es un ejemplo:

No es sólo el número de átomos, es el número de mundos lo que es infinito en el universo. Hay un número infinito de mundos similares al nuestro y un número infinito de mundos diferentes. De hecho, dado que los átomos son infinitos en número, como dijimos antes, los hay en todas partes, su movimiento los lleva incluso a los lugares más distantes. Y, por otro lado, siempre en virtud de esta infinidad en número, la cantidad de átomos adecuados para servir como elementos, o, en otras palabras, como causas, a un mundo, no puede agotarse por la constitución de un solo mundo, ni por la de un número finito de mundos, ya sean todos mundos similares al nuestro o todos mundos diferentes. Así que no hay nada que impida la existencia de una infinidad de mundos…

Había nacido la «pluralidad de los mundos».

Obviamente, la formulación de «mundos» conlleva una confusión entre el estatus de planeta y el de planeta habitado, o incluso con el de planeta habitado por humanos. ¿Qué infinito concibió Epicuro? La afirmación en su contexto no deja lugar a dudas: obviamente no es cosmogonía pura, ya que no propone que las estrellas estén rodeadas de planetas, sino de planetas habitados, por lo tanto, plantea la existencia de vida a gran escala en el cosmos.

En resumen, Epicuro basa esta propuesta en la hipótesis de un universo infinito, sobre todo si tenemos en cuenta que, a simple vista, apenas se pueden detectar unas 2 000 estrellas, ¡incluso en cielos perfectamente claros y despejados! En este marco de un cosmos infinito, no sólo no se puede excluir que exista, en otro lugar, un mundo similar al nuestro, sino que sugiere que existe un número infinito, y proclama que serían tanto similares como diferentes. ¡Hermosa definición de infinito!

Esta correlación entre la infinidad de posibilidades y la pluralidad de mundos similares deriva de un enfoque convincente. No apela a los procesos responsables de la evolución, que han hecho de la Tierra lo que es hoy; ni a la probabilidad de que estos procesos tuvieran lugar de forma favorable, ya que, si el número de posibilidades es infinito, podrían haber ocurrido del modo deseado, aunque fueran muy improbables.

Estas tesis, ya criticadas en la propia Grecia, no han sobrevivido a la dominación espiritual de los monoteísmos, que impusieron una visión creacionista, aboliendo la extensión infinita del universo: Dios ocupa el espacio más allá de la esfera de las estrellas fijas, limitando desde ese punto lo que quedaba libre para sus propias creaciones, en cuyo centro ubicó la Tierra, única e inmóvil.

La «esfera de las estrellas fijas», cuya calificación de «esfera» supone que todas las estrellas están a la misma distancia de nosotros, refleja el hecho de que la posición relativa de las estrellas, tal y como las observamos desde la Tierra, no cambia durante la noche: se mueven «en bloque», lo cual sería una prueba de que se trata de objetos estáticos[2], arrastrados por un cuerpo único, sólido y en rotación. De hecho, esta esfera, a la que las estrellas estarían unidas, limitaba el universo. Esta visión fue ampliamente aceptada, incluso por Copérnico. Las primeras medidas que muestran distancias a estrellas distintas fueron realizadas por Friedrich Wilhelm Bessel en 1834.

Si este dogma ha podido perdurar, es porque se basaba en evidencias experimentadas por nosotros mismos que le daban una base sólida: no nos sentimos en movimiento y vemos el Sol girar sobre nosotros (lo cual todavía se traduce en lenguaje cotidiano cuando hablamos de que el Sol sale y se pone, de este a oeste). Fue necesario esperar al siglo xvii y a Galileo para que los principios de la inercia, ya propuestos por Giordano Bruno, fueran explicados y consolidados científicamente: no se siente el movimiento si es uniforme, como en el caso de un automóvil, un tren o un avión que avanza en línea recta a velocidad constante. ¡Aún hoy nos sorprende y nos desconcierta el hecho de descubrir que cada segundo nos movemos 30 kilómetros en la carrera anual de la Tierra alrededor del Sol, y 200 kilómetros en nuestro viaje alrededor del centro de la Galaxia!

Como corolario dentro de la visión bíblica, la creación de la especie humana, en el sexto día del Génesis, después de la creación de la «Naturaleza», sentó las bases, aún hoy profundamente arraigadas, para la ruptura radical entre esta y el hombre. Ciento cincuenta años después de la publicación de El origen de las especies de Darwin, el ser humano todavía escapa a su integración en la naturaleza…

Los panteísmos incluían al ser humano en la naturaleza. Los monoteísmos lo aislaron de ella. La noción misma de «naturaleza», por otra parte, no surge de ninguna definición científica real. Es una de esas construcciones íntimamente acopladas a una visión particular del mundo, ligada a un tiempo de la historia y con una marca cultural, puesta hoy en cuestión de manera firme.

El texto fundacional de Copérnico, esencialmente herético y publicado el mismo año de su muerte (1543), rompe este dogma de centralidad e inmovilidad que no podía explicar de manera adecuada los movimientos del Sol, la Luna y los planetas.

Estas ideas ya se habían propuesto en la Antigüedad, en particular por Aristarco de Samos, en el siglo iii a.C. y, más recientemente, por Nicolás de Suze (1401-1464). Sin embargo, privadas de validación, no lograron ser aceptadas.

Como todos sus predecesores, Copérnico estaba convencido de la necesidad de que las órbitas planetarias fueran circulares. Su carácter elíptico (que no fue identificado y demostrado por Johannes Kepler hasta décadas más tarde) llevó a Copérnico a abandonar una visión de la Tierra como el centro de las órbitas y a sustituirla por el heliocentrismo. De revolutionibus orbium coelestium(Sobre los giros de los cuerpos celestes) sentó las bases de una auténtica revolución[3] en nuestra percepción de los movimientos de los objetos cósmicos que se amplificó en el siglo xvii, lo que estimuló el auge de la física como herramienta para explicar sus causas. En 1616, debido a la expansión de estas ideas (especialmente a través de las obras de Galileo) y a los riesgos que representaban para la confianza popular en los relatos bíblicos, este texto fue incluido en la lista negra del Vaticano; es cierto que este periodo político en la Iglesia fue especialmente turbulento debido a la Reforma, la Contrarreforma, y a la Guerra de los Treinta Años. En conclusión, ¡no vio la luz hasta más de dos siglos después, en 1835! El canónigo Copérnico, al reemplazar la Tierra por el Sol en su centralidad, no había abolido a Dios y a su espacio consagrado más allá de la esfera de las estrellas fijas. La Tierra, un planeta banal desde el punto de vista de su movimiento, del cual el Sol es el principal responsable, podía conservar perfectamente su carácter único, producto singular de una creación divina, y el ser humano podía seguir sin tener otro hábitat cósmico.

Fue a Giordano Bruno, nacido tres años después de la publicación de De revolutionibus orbium coelestium y convertido pronto en copernicano convencido, a quien se le ocurrió proponer una concepción que cuestionaba la finitud del universo. Para él, como para Epicuro y muchos otros pensadores de la Antigüedad, el universo no tenía límite. Puso a Dios, presente en todas las cosas, al nivel de los átomos mismos, liberando así todo el espacio al cosmos… Además, su propuesta central y profundamente pionera fue considerar que el Sol y las estrellas eran de la misma naturaleza: el Sol sería una estrella y las estrellas serían soles. Tan pronto como la Tierra había sido «banalizada» por Copérnico, el Sol mismo lo fue por Giordano Bruno[4].

Una propuesta de una fecundidad extraordinaria que no fue sustentada científicamente hasta varios siglos después. Giordano Bruno no invocó para ello ninguna deducción «razonada», ¡e incluso llegó a afirmar que nunca se podría verificar su exactitud! Sin embargo, formuló, y muy rápidamente, una consecuencia importante: en un universo que propuso infinito, donde las estrellas son soles, y en una visión copernicana donde el Sol está rodeado de planetas, el número de estos es infinito. La pluralidad de los mundos, que formuló ya en 1583, se convirtió, una vez más, en una hipótesis seria: consolidada en los siglos posteriores, adquirió el estatus de un dogma ampliamente aceptado.

La exploración espacial, que se esperaba que validara esta representación, es la que, sin embargo, la cuestiona seriamente.

Las numerosas tesis presentadas por Giordano Bruno, a veces en oposición directa a los preceptos de la Iglesia, le valieron la excomunión. En particular, su visión de un universo infinito, que a la vez excluye la existencia de cualquier centro y abre la posibilidad de multiplicidades de mundos habitados. Al tratarse de una de las principales justificaciones para la creación de la Tierra y el hombre, sus afirmaciones socavaron violentamente estos preceptos. Refugiado en Venecia, donde encontró un puesto como preceptor, fue denunciado por el mismo hombre que lo había invitado, Giovanni Mocenigo, y posteriormente arrestado por la Inquisición en 1593. Durante los juicios que siguieron, en Venecia y luego en Roma, se le aconsejó encarecidamente que renunciara a sus declaraciones y escritos. Aceptó hacerlo con una excepción: la relacionada, precisamente, con la pluralidad de los mundos, dado que para él la infinitud del universo era tan obvia, natural y fundamental que no creía estar poniendo en tela de juicio la existencia de Dios. Fue quemado vivo en el Campo dei Fiori (Roma), el 17 de febrero de 1600, ¡treinta y tres años antes de la abjuración de Galileo!

Debido a que no se consideraba a sí mismo un científico, Giordano Bruno fue poco reconocido como precursor de estas ideas por las grandes mentes del siglo que comenzaba, ni siquiera por Galileo. Sin embargo, ofreció la base sobre la que Galileo, Kepler, Descartes y Newton construyeron los cimientos de la física que, durante cuatro siglos, ha enseñado la ruptura iniciada por Copérnico, traducida en la banalidad de la Tierra como planeta.

La gravitación, en primer lugar, y luego gradualmente todas las «fuerzas» y leyes que describen los efectos (y permiten explicar las propiedades observadas), se han caracterizado como «universales»: operan de manera idéntica en todas las escalas, desde la microscópica hasta la del universo en su conjunto.

Este deseo de unificación, que consiste en buscar o reconocer una causa única, estructurante, responsable de múltiples efectos, atraviesa muchas áreas de pensamiento en nuestras sociedades, mucho más allá de la «esfera» de la ciencia. Nos recuerda un asunto profundamente debatido en la Francia del siglo xvii, las tres unidades aristotélicas de la tragedia teatral: lugar, tiempo y acción.

En física, la necesidad de «unificar» las interacciones fundamentales ha marcado de manera duradera a generaciones de científicos, incluso a los más creativos, ¡hasta nuestros días! En biología, muy al contrario, las enseñanzas de Darwin, para quien la evolución resulta en una extraordinaria diversidad de especies (cada una «seleccionada» como la mejor adaptada a la diversidad de los ambientes de la superficie de la Tierra, que a su vez está en proceso de transformación), no tardaron en ofrecer argumentos contra una visión que era demasiado unificadora.

El sesgo unificador suele ir acompañado de una tendencia a limitar las posibles soluciones a opciones binarias. Como cómodo criterio estratégico, opone el bien al mal, los pros y los contras, lo normal a lo anormal, lo inerte y lo vivo, divide el mundo en categorías postuladas como estructurantes a costa de evitar que se aprehenda la complejidad de muchos fenómenos sociales. Lo mismo ocurre con las llamadas ciencias exactas, donde con frecuencia se busca que las interpretaciones se relacionen con esquemas unificados, enmascarando lo que, sin embargo, debería emanar de descubrimientos que surgen de campos que nunca han estado tan abiertos: la diversidad de situaciones, de estados, de posibilidades.

El reconocimiento de que ciertos fenómenos respondían a leyes, como el movimiento de los cuerpos en un campo de gravedad, condujo a saltos espectaculares en la interpretación de observaciones comunes. Su conocimiento permitió, en particular, una vez determinadas las condiciones iniciales, predecir el comportamiento físico: ¡esto se utilizó, especialmente, para calcular el movimiento de proyectiles! El resultado, sin embargo, fue una visión excesivamente determinista, partiendo del postulado de que sería posible definir y reproducir estrictamente, y de forma idéntica, las condiciones iniciales: las mismas causas producirían entonces los mismos efectos, como afirma el sentido común, al cual se ha aferrado este tenaz silogismo. Las leyes gobernarían y guiarían la evolución.

Afirmar que las mismas causas producirían los mismos efectos está teóricamente justificado: lo que no lo estaría es imaginar que, en la práctica, puedan existir dos situaciones que presenten estrictamente las mismas causas. Las desviaciones, por pequeñas que sean, son inevitables, y sus efectos en los desarrollos posteriores pueden ser importantes, como teorizan en particular los estudios del caos, introducidos en 1902 por Henri Poincaré, matemático y físico francés.

Sin embargo, la universalidad de las leyes, en la medida en que operan en todas partes y de la misma manera, ha reforzado naturalmente las tesis que han establecido, desde Epicuro hasta Giordano Bruno, el dogma de la pluralidad de los mundos.

Ya en 1681, Fontenelle, en sus Entretiens sur la pluralité des mondes(Conversaciones acerca de la pluralidad de los mundos), describió una visión entonces concebible de nuestro Sistema Solar. En forma de diálogo entre un filósofo, inspirado en Copérnico y Descartes, y una marquesa algo intrigada, presenta la Luna y los planetas como mundos habitados. ¡Curiosamente, Marte no aparece en su descriptiva lista, pese a ser bastante exhaustiva!

Es obvio que tales consideraciones no estaban respaldadas por ninguna observación directa. Fue necesario esperar hasta el siglo xix para intentar apuntalar estos dogmas gracias a la utilización de observaciones con telescopios. Giovanni Schiaparelli, director del observatorio de Brera, al norte de Milán, observó Marte durante la «oposición» de 1877: se observa así la configuración planetaria en la que un planeta, en este caso Marte, se encuentra opuesto al Sol, en el eje Sol-Tierra-planeta. El planeta rojo estaba entonces en su punto más cercano a la Tierra y se prestaba a observaciones de mayor resolución. Schiaparelli distinguió en su superficie contrastes oscuros, vagamente rectilíneos; los llamó canali. Este término italiano se refiere tanto a los canales artificiales como a los naturales, fruto de la geología. Por lo tanto, no afirmó que los canali marcianos fueran creados por una forma de vida inteligente. ¡No importó! Muchos, incluido Camille Flammarion, se ampararon en este término para afirmar que veían en Marte lo que todos querían encontrar: ¡construcciones artificiales, obra de inteligencias extraterrestres! Uno de los más famosos fue el estadounidense Percival Lowell. Tal y como afirmó, en 1894, tras la lectura de La Planète Mars(El planeta Marte), de Flammarion, se hizo construir un observatorio en Flagstaff, Arizona, para observar Marte. Propuso la interpretación más atrevida: los canali serían canales de riego construidos por la población marciana, instalada, por razones climáticas, en las regiones ecuatoriales, más suaves, pero a veces víctimas del calor del desierto. ¡Los canales tendrían la función de conducir el agua, abundante en los hielos polares, cuya presencia había sido probada tiempo atrás por observaciones realizadas con telescopios!

Los dogmas son resistentes, ya que se arraigan a lo largo de siglos de banalización ideológica. Incluso hoy, ¿no es follow the water[5] la consigna de las misiones a Marte de la NASA (la agencia espacial estadounidense)? La idea de que Marte podría, o todavía puede, albergar vida, atormenta a los cerebros implicados en la exploración espacial, incluso a los de más alto nivel. A esta idea se suma la de que la vida se asocia, necesariamente, con la presencia de agua líquida, por tanto, todo gira en torno a encontrarla y tratar de detectar rastros de vida.