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Nunca estoy sola, ni siquiera cuando estoy sola. Veo a los muertos inquietos, las almas que vagan por el Barrio Francés. No consiguen avanzar ni yo dejar de verlos. Llevo un colgante de malaquita como protección y así controlar qué o a quién dejo entrar. Es la única manera de conservar la cordura. Sin embargo, todo cambia el día que Cassien Winslow se une a la visita fantasmal que dirijo y mi mundo estalla en mil pedazos cuando me mira con sus ojos verdes del mismo color que la piedra que llevo en el cuello. Un mal indescriptible anda suelto por Nueva Orleans. Se lleva a las mujeres jóvenes y deja un baño de sangre a su paso. Más sombras me acechan; más muertos infelices. Quizás haya una manera de detenerlo. Abrirme a Cassien. si lo hago, podría significar su muerte. pero si no, será la mía.
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Seitenzahl: 266
Veröffentlichungsjahr: 2021
A ti, que me lees:
Si ya conoces mis libros, sabrás que me encantan las historias de amor. Contarlas es lo que más me apasiona. En los últimos dos años, he querido sumergirme un poco en el suspense, en el romance paranormal. Es un género que me fascina y me pareció divertido escribirlo. Ya tonteé con la idea en la historia de Mallory en Easy Magic y creo que te alegrará volver a verla, aunque sea unos instantes, también en estas páginas.
Shadows tardó dos años en ver la luz. Otras fechas de entrega se metían de por medio y siempre había otras historias que contar primero. Por eso, cuando por fin llegó el momento de trazar Shadows y me senté a escribir, me sentí eufórica.
Y, la verdad, no me decepcionó.
Me gustaría señalar que esta historia es un poco más oscura de lo que suelo escribir. Por supuesto, hay una historia de amor, pero también una aventura de las que te mantienen en vilo hasta el final. Algunas de las cosas aquí incluidas podrían llegar a perturbarte, y deberían. A fin de cuentas, hablamos de un asesino en serie.
Espero que disfrutes de estas hermanas, de sus dones y de los hombres que las aman. Este es el primero de tres libros.
Acomódate, asegúrate de que las luces estén encendidas y deja que te cuente una historia.
Kristen
Brielle
—¡No la toques!
Daphne, la más pequeña de mis hermanas, se aparta de la mecedora de la esquina. Aunque debajo de las escaleras está oscuro, sé que está ahí; distingo la sombra sentada en ella. Están por todas partes.
—Venid aquí —las llamo y les indico con gestos que se refugien conmigo en el fuerte de mantas.
Nos separa de las sombras. De los ruidos. De la casa.
—No me gusta estar aquí —protesta Millie, la mediana.
Apunta la linterna lejos de su cara e ilumina el pequeño refugio. La luz se refleja en la colcha que nos cubre y lo tiñe todo con un brillo rojizo. Nos las hemos apañado para colar un montón de almohadas y mantas viejas y raídas aquí debajo. Esta noche habrá tormenta; es cuando se pone peor.
Para todas.
Somos lo que se denomina «sensibles».
He leído libros que guardo en la escuela para que papá no los vea porque se enfada muchísimo y, cuando papá se enfada, nos castiga.
Soy la mayor. Con trece años, soy la única que protege a mis hermanas de la casa y de todas las cosas malas que nos rodean. Siempre ha sido así. Nuestros padres no lo saben y, aunque lo supieran, dudo que les importase. No me creen cuando les hablo de las sombras que hay en casa, ni creen a Daphne cuando les dice que ve cosas al tocar los muebles antiguos.
Un trueno sacude las paredes y mi hermana pequeña apoya la cabeza en mi regazo con un gemido.
—Espero que no nos pillen —susurra Millie—. La última vez…
—No lo harán —aseguro—. Papá no está y mamá duerme.
Sin embargo, de repente, se oye une estridente golpe en la puerta trasera y todas nos miramos con horror. Esa entrada está a solo unos metros de nuestro escondite en el hueco de la escalera.
—No se despertará —susurro y abrazo a Millie—. Por favor, que no se despierte.
Unos segundos después, unos fuertes pasos retumban por la casa.
—¡Ya voy! —le grita mamá a quien sea que haya llamado a la puerta.
Sin hacer ningún ruido, apagamos las linternas. Estar a oscuras es una tortura, pero si nos pillan… No quiero ni pensarlo.
—¿Qué haces aquí? —pregunta mamá después de abrir la puerta. El silbido del aire se desliza por debajo de la fina entrada de nuestro fuerte.
—Quería ver cómo estabais —dice un hombre—. La tormenta es terrible.
—Estamos bien —responde mamá—. Me has despertado de un sueño profundo.
—¿Dónde está? —pregunta el hombre. Estoy bastante segura de que es Horace. Vive cerca y a veces ayuda a mis padres con la casa.
—Se ha ido, y no va a volver.
Dafne se pone rígida.
«¿No va a volver?».
—Significa eso que tú y yo…
—No significa nada —lo interrumpe—. Ahora, largo. Márchate antes de que llame a la policía.
No se oyen más voces, solo un portazo y los pasos de mamá por el pasillo y subiendo las escaleras hasta el dormitorio. Las tablas del suelo crujen cuando se mete en la cama.
—¿Podemos encender ya la luz? —susurra Millie.
—Todavía no —respondo entre dientes.
Quiero asegurarme de que está dormida antes de encender las linternas o hacer algún ruido. Se supone que no deberíamos estar aquí, pero es el lugar más seguro de la casa.
Pasamos un buen rato en silencio. Le acaricio el pelo a Daphne, que está tumbada en mi regazo, y Millie apoya la cabeza en mi hombro. Las tres nos abrazamos mientras la tormenta ruge y la casa se estremece, más viva que nunca.
—¿Lo oís? —dice Millie.
La silla se mece en la esquina y chirría con cada balanceo. Hay pasos en el piso de arriba, y no son de mamá.
—¿Sabes si está dormida? —le pregunto.
—No quiero acercarme —reconoce. Las habilidades psíquicas de Millie son espectaculares, sobre todo, para una niña de diez años.
—Hazlo muy rápido y, después, cortas.
Suspira a mi lado y entonces se queda callada mientras registra la casa.
—Está dormida —susurra—. Él está aquí.
—¿Quién?
Gime. Daphne se agita y se incorpora.
—Lo he visto —dice—. En mi sueño.
—¿A quién? —vuelvo a preguntar y enciendo la linterna. No me hace falta preguntar por tercera vez, porque hay una sombra nueva sentada a nuestro lado—. Papá.
Brielle
—¡Hola a todo el mundo! Os doy la bienvenida a esta visita. Soy Brielle Landry y seré vuestra guía. Sé que hay unos diez mil recorridos fantasmales en el Barrio Francés, así que os agradezco que hayáis elegido el mío.
Sonrío a la multitud que se ha congregado en la acera delante de mí. Esta noche ha venido un grupo de todas las edades, desde adolescentes hasta adultos de mediana edad. Hay quienes se mueren por estar en primera fila y me escuchan, absortos. Por supuesto, también hay algunos borrachos, que serán seguro los que armarán jaleo.
—Pero, antes de empezar, un par de normas. Nada de caminar por la carretera. Si lleváis aquí al menos veinte minutos, os habréis dado cuenta de que los conductores no frenan y no tengo intención de perder a nadie en un atropello.
El grupo se ríe y continúo hablando mientras repaso a la multitud con la mirada y hago balance.
—No vamos a entrar en los preciosos edificios de los que hablaremos esta noche, pero, a mitad camino, pararemos en un bar para disfrutar del aire acondicionado y tomar algo.
—O cinco algos —dice el primer liante y le da un codazo a su amigo.
—Estaré encantada de responder a todas las preguntas, así que nada de vergüenza, ¿de acuerdo? Pues empecemos.
Señalo el gran edificio gris que tengo detrás. Muchas visitas lo dejan para el final, pero yo no. Es el más embrujado de todos y prefiero quitármelo de encima cuanto antes. No es que el resto no lo estén; hay fantasmas por todas partes, pero ¿este? Es siniestro. Lo odio, y a los turistas les encanta.
—El edificio que tengo detrás es la mansión LaLaurie —explico—. Bueno, una reconstrucción de la casa original, en realidad. Como la mayoría de los edificios del Barrio Francés, sufrió un desagradable incendio. Delphine LaLaurie vivió aquí con su tercer marido, Louis. Tenía dos hijas de matrimonios anteriores, sus dos primeros maridos murieron de forma prematura.
Trago saliva mientras miro la fachada y más sombras de las que puedo contar me devuelven la mirada.
—Delphine y Louis sentían debilidad por la tortura. —Con un marcado acento de Nueva Orleans, relato el profundo drama plagado de historias de tormento y las terribles atrocidades infligidas a los cientos de esclavos que una vez vivieron en el edificio—. Y estas historias que acabo de compartir no son las peores.
Varios pares de ojos me miran con sorpresa, incluidos dos orbes verdes del mismo color que el colgante de malaquita que llevo en el cuello como protección. De manera instintiva, levanto la mano y jugueteo con la piedra antes de seguir.
—¿Qué fantasmas lo rondan? —pregunta alguien.
«Qué fantasmas no».
—Un día, Delphine persiguió con un látigo a una niña esclava de doce años hasta el tejado. La chiquilla le estaba cepillando el pelo y se topó con un nudo, así que corrió para huir del látigo y saltó al vacío por miedo. Leah, la niña, está enterrada en los jardines de la mansión, junto con muchos otros.
Cuando la casa se renovó años después de que Delphine y Louis huyeran a París, encontraron esqueletos en las paredes. Había habido muchísima muerte en esa casa, por lo que no me sorprendería que docenas de espíritus la rondaran.
—Perteneció a Nicolas Cage una temporada, pero ahora tiene un dueño diferente y no ofrecen visitas.
Le indico al grupo con un gesto que me siga y bajamos por Royal Street. La ruta que sigo por el Barrio Francés es premeditada y hago el mismo recorrido todos los días para evitar sorpresas porque, para mí, las sorpresas nunca son divertidas.
Al final, resulta que los liantes son simpáticos y no le arruinan la visita a los demás. Poco después, nos detenemos para tomar algo y compro dos botellas de agua; una para beber ahora, la otra la guardo en la bolsa para más tarde.
—¿Por qué sabes todas esas historias?
Me doy la vuelta y me encuentro con los ojos verdes de antes sonriéndome.
—Las he estudiado —respondo con otra sonrisa. El hombre es guapo a rabiar y tiene un hoyuelo en una mejilla cubierta por una oscura e incipiente barba; pero son esos ojos los que me atraen—. Me especialicé en Historia en la universidad y, como soy de la zona, siempre me ha fascinado la historia local.
—Cuentas unos relatos fascinantes.
—Gracias. —Doy un sorbo de agua sin dejar de mirarlo—. ¿De dónde eres?
—Nací en Savannah.
—Otra ciudad embrujada.
—Dicen que es la más embrujada del país.
Menguo un poco la sonrisa.
—Nunca he estado y seguro que es una ciudad preciosa, pero en Nueva Orleans hay más muertos que vivos. Y, aunque no es una competición, no me cabe duda de que le ganaría a Savannah sin pestañear en cualquier momento. Al menos, en lo que a fantasmas se refiere.
—A lo mejor deberías visitarla.
«Ni en un millón de años».
—Tal vez algún día.
—Soy Cash. —Levanta la mano para estrechar la mía. Tiene la palma caliente y su apretón es fuerte.
—Brielle, pero ya lo sabías.
—Eres una mujer preciosa, Brielle.
—Y complicada. —Le guiño un ojo, aparto la mano y reúno a las tropas—. Nos vamos, gente. Sigamos con el recorrido fantasmal.
Cuando volvemos a estar en la acera, señalo el edificio que tengo detrás.
—Antes era una escuela masculina. El edificio original se quemó en el siglo dieciocho, los estudiantes murieron dentro y se dice que siguen ahí. —Miro hacia atrás, a las decenas de sombras pequeñitas que observan desde las ventanas—. Ahora es un hotel y los huéspedes han afirmado oír risas y a niños jugando. ¿Os acordáis cuando teníamos cámaras de carrete? —Los más mayores del grupo sonríen y asienten—. Pues antes la gente se sacaba fotos durante las vacaciones y, cuando volvían a casa, revelaban el carrete. Muchos visitantes aseguraron que, mientras revisaban sus recuerdos, encontraron fotos de los niños. Dormidos. En el techo.
Desvío la mirada y Cash levanta una ceja oscura. Su hoyuelo me hace un guiño mientras cruza los brazos sobre un impresionante pecho y me escucha con atención. Me distraería menos si se pusiera en la parte de atrás del grupo.
—Aunque son inofensivos, los chiquillos son algo traviesos. Les gusta cambiar el canal de la tele.
—Es nuestro hotel. —Una mujer mira a su marido—. No vamos a pegar ojo.
Me rio y, cuando me giro para dirigir al grupo al siguiente punto de interés, vacilo y me detengo de golpe. Una sombra nueva.
Hay una sombra nueva, más o menos de mi altura, en mitad de la acera. Nunca distingo las caras, pero estoy segura de que me observa y de que es el espíritu de una mujer. Parpadeo deprisa y trato de recuperarme para que el grupo no sospeche que ocurre algo.
Una sombra nueva. Es raro, incluso en el Barrio Francés, pero me aclaro la garganta y paso de largo hacia la siguiente parada.
—Ha sido una pasada. —Una chica en edad universitaria me sonríe de oreja a oreja y rebota sobre los talones. El recorrido ha terminado hace quince minutos, pero siempre me quedo un rato para responder preguntas—. Me llamo Tammy. Me han encantado todas las historias. Son muy interesantes.
—Me alegro de que lo hayas disfrutado.
—Me gustaría saber más sobre la casa Laurie.
—¿La casa LaLaurie?
—Sí, esa. ¿Dónde puedo buscar más información? Sé que suena raro, pero me fascinan estas cosas.
—¿La tortura?
Se sonroja.
—La historia. Supongo que suena horrible, ¿verdad?
—Hay muchos artículos sobre Delphine en Internet. Busca el nombre en Google y te saldrán páginas y páginas de información. Aunque te advierto que es bastante gráfico.
—Gracias. —Me sonríe y luego se apresura a reunirse con su amiga.
—La gente tiene una curiosidad morbosa —dice Cash al acercarse. Ha esperado a que todo el mundo terminase de hacerme preguntas y ahora solo quedamos los dos.
—Siempre. —Me encojo de hombros. Sé exactamente qué les ocurrió a aquellos esclavos porque, a veces, las sombras hablan—. ¿Tienes más preguntas, Cash?
—Una.
Empiezo a andar por la acera y me acompaña. Espero que me pregunte por los lugares que no he incluido en la visita o por los cementerios. A todo el mundo le interesan, pero no hago recorridos por ellos. Son demasiado para mí, aunque conozco algunas empresas que podría recomendarle.
—¿Qué has visto?
Me detengo y frunzo el ceño. Es alto, mucho más alto que yo, que mido uno setenta.
—¿Perdona?
—Después de contar la historia de los niños que murieron en el incendio, que da mucho mal rollo, por cierto, te has dado la vuelta y te has quedado parada. Te has puesto blanca, como si hubieras visto un fantasma.
«Es que he visto un fantasma, Cash, pero no puedo decirte eso».
—Ha sido un placer que nos hayas acompañado en el recorrido de hoy. —Le sonrío y le doy una palmadita en el hombro—. Que pases unas bonitas vacaciones. Y ten cuidado.
Después acelero y me dirijo al único lugar de la ciudad en el que me siento segura de verdad.
—¿Me ayudas a recoger?
Millie revolotea por la coqueta cafetería y apila las sillas en las mesas para que el personal nocturno pueda limpiar el suelo.
Pociones de Bruja cumplirá tres años esta primavera y, hasta ahora, ha sido todo un éxito para mi hermana pequeña, como era de esperar. La cafetería es el negocio perfecto para el Barrio Francés, tanto por el ocurrente nombre como por la extravagante decoración y la deliciosa carta. ¿Café servido en un caldero? Por supuesto. ¿Quieres una poción de amor? Sin problema. También te leerá las cartas del tarot si se lo pides de buenas maneras. Sé que los turistas vienen y piensan que solo es una cafetería rara y divertida, pero todo es real.
Millie es una bruja prodigiosa y una psíquica asombrosa. ¿Y las pociones de amor? Son de verdad. Es una bruja botanista o, en términos más simples, una bruja de cocina. También es bastante atolondrada, muy divertida y un poco asustadiza. La quiero con locura.
—¿Qué tal todo? —me pregunta mientras colocamos las sillas sobre las mesitas redondas.
—Acabo de terminar una visita. Me apetecía venir y ver qué tal iba el negocio.
—Fuera de peligro —dice y se limpia el sudor de la frente con un trapo—. Y todavía no estamos en plena temporada turística.
—Yo igual. —Le sonrío. No nos parecemos en nada. Yo soy morena y de ojos azules, mientras que Millie es rubia, alta y tiene los ojos de color marrón chocolate. Es despampanante—. ¿A cuántos hombres has tenido que echar hoy?
—Solo a uno —responde con una sonrisa—. Si dejaran de pedir la poción de amor, no tendría que hacerlo.
—Sabes que no tienes por qué darles siempre la poción auténtica, ¿verdad? Nadie se daría cuenta.
—Cobro tres dólares extra por esa poción —dice y levanta la barbilla—. Además, yo me daría cuenta. Solo tengo que acordarme de decirles que no se la beban hasta que hayan salido.
Me río y me meto detrás de la barra recorrida por taburetes para ayudarla a rellenar los dispensadores de servilletas.
—¿No estás cansada? —pregunta—. ¿Por qué no te vas a casa?
«Porque he visto una sombra nueva y me ha puesto los pelos de punta».
—Porque me apetecía ver a mi hermanita.
—Ya. —Me observa con atención—. ¿Recuerdas que soy psíquica?
—No puedes leerme.
Es cierto. No puede. Tengo los escudos levantados y mantengo la mente tan cerrada que es imposible que la lea. Si no me protejo, los espíritus me abruman. Hace un tiempo creía que podría escapar si me mudaba a otro sitio, pero dos meses en Colorado Springs me demostraron que me equivocaba, así que volví a casa, aprendí a levantar mis escudos para protegerme y Millie me dio la malaquita. Hasta ahora, funciona, aunque todavía los veo.
—He conocido a un tío —suelto como si nada.
—Desembucha.
—Se llama Cash. —Arrugo la nariz—. ¿Quién llama a su hijo «Cash»?
—¿Está bueno?
—Sí. Es alto, moreno y guapo. De ojos verdes.
—No está mal. ¿Te ha pedido el teléfono?
—No.
Hace un puchero, decepcionada.
—Lo habría hecho, pero lo he espantado antes de que pudiera.
—A ver, espera. —Levanta la mano y sus brazaletes tintinean—. ¿Por qué lo has hecho?
Respiro hondo y rodeo la barra para sentarme en un taburete.
—Porque se ha dado cuenta de algo. —Alza una ceja—. Acababa de terminar en el Hotel Andrew Jackson. —Asiente—. Cuando estaba a punto de continuar con la visita, me he girado y me he encontrado con una sombra. No la había visto nunca.
—¿La?
—Sí. Era más o menos de mi altura y muy femenina.
—¿Te ha dicho algo?
—No. Al menos, yo no la he escuchado. Me ha desconcertado, porque ya sabes que tengo mucho cuidado con la ruta que sigo. No me gustan las sorpresas y menos las de esta clase. Da mal rollo. Sí, sé que debería estar acostumbrada, pero…
—Pero, como has dicho, da mal rollo. —Se apoya en la barra y se muerde el labio, pensativa—. Supongo que alguien habrá muerto allí hace poco.
—Lo sé.
—Ahora hay un espíritu nuevo en tu recorrido. Qué pena que no te haya dicho nada. Si lo hubiera hecho, podrías añadirla al espectáculo. Tendría gracia. «A Lucy la mataron en este edificio hace tres días y ahora su espíritu vaga por la acera frente a su antigua casa».
—Hablando de malos rollos. —Suspiro y me paso los dedos por el pelo—. ¿Has barrido esta zona recientemente?
—¿Te parece que el suelo está sucio?
La miro como si se hiciera la tonta a propósito.
—Sabes a qué me refiero.
—Hará una semana.
—Deberías volver a hacerlo.
Frunce el ceño y mira alrededor. Sus escudos son tan fuertes como los míos, quizá más, porque Millie no solo ve a los muertos, también los siente, y eso es mucho más peligroso. Juguetea con la amatista que lleva en el cuello.
—¿Qué ves?
Entrecierro los ojos.
—No debería tener que decírtelo.
—No quiero mirar, Bri. Antes he bajado la guardia un segundo y me han asaltado los pensamientos pervertidos de un chaval de diecinueve años que no dejaba de mirarme el culo. Así que, por favor, dímelo. ¿Es la niña otra vez?
—Sí, y tiene una amiga. —Le doy la mano—. No bajes los escudos, Mill. Ni por un minuto. Nunca. Sé que vivimos y trabajamos en el Barrio Francés porque así nos ganamos la vida, pero podría hacernos mucho daño.
—Lo sé.
—No soportaría perderte a ti también.
Niega con la cabeza.
—No has perdido a Daphne.
—No me habla.
—Porque las dos sois unas cabezotas y tenéis que superarlo.
—Siempre has hecho de mediadora.
—Es lo que toca cuando eres la mediana, literalmente estás en el medio. Os quiero a las dos, así que deja de hacer el tonto y llámala.
—Lo haré.
—Mentirosa.
Me río y frunzo el ceño cuando aparece una tercera sombra. Es igual que la que he visto en la acera.
—¿Qué pasa?
—Necesitas purgar este sitio. Creo que todas las auras que entran y salen a lo largo del día dejan algo de energía residual.
—Lo haré esta noche antes de irme. También te voy a preparar algo especial, así que no te muevas.
—Mandona.
—Y buenorra. —Me guiña un ojo mientras llena una coctelera de acero inoxidable con un montón de ingredientes que no reconozco; no es mi especialidad. Lo mío es la historia de Nueva Orleans, podría pasarme el día hablando de ella. Mi hermana, sin embargo, mezcla pociones y lanza hechizos. Tiene un don y ha aprendido con algunas de las brujas más poderosas del mundo aquí mismo, en el Barrio Francés.
—¿Qué tal Miss Sophia? —pregunto y la hago sonreír.
—De maravilla. Me pidió que te saludara y que te dijera que tuvieras cuidado. —Frunce el ceño—. Se me había olvidado. También me dijo que tenías que ser fuerte para enfrentarte a lo que se viene.
—¿Qué significa eso? ¿Qué se viene?
—No me lo dijo.
—Siempre omite lo más importante.
Vierte el brebaje en un vaso y me lo pasa.
—No es una poción de amor, ¿verdad?
—No. Es una poción defensiva. Por protección.
La huelo.
—Huele a fresas. —Doy un sorbito y sonrío, sorprendida—. Vaya, es como un batido.
—Así entra mejor —dice y me guiña un ojo de nuevo—. Vuelve mañana y te haré otro.
—Voy a engordar cinco kilos. —Doy otro sorbo—. Pero creo que me da igual. ¿Y si haces un hechizo para quitarle las calorías?
—Lo siento. —Suelta una risita y se bebe el resto de la mezcla—. Si supiera hacer eso, sería millonaria.
Me termino la bebida y, después de ayudarla a fregar los vasos y recoger los restos de la preparación improvisada, me despido.
—Ten cuidado —me dice antes de cerrar la puerta.
Siempre lo tengo. Siempre sigo el mismo trayecto desde la cafetería a casa y, hasta ahora, nunca he encontrado sombras por el camino, lo que me hace feliz. Los bares y las discotecas están hasta los topes de turistas que beben y bailan, el Barrio Francés bulle de energía, sin importar la hora.
Miro a la derecha justo antes de cruzar la calle que conduce a mi piso, varias manzanas más adelante, y me sorprendo al descubrir a Cash en la acera, apoyado en un poste.
—¿Me estás siguiendo? —pregunto.
—No, señora —dice con una sonrisa encantadora—. Diría que estamos destinados a encontrarnos, lo cual no me parece mal.
Le devuelvo la sonrisa, arrepentida por cómo me he largado antes.
—Entonces, quizá volvamos a vernos.
—Eso espero. —Me guiña un ojo y me marcho a casa.
Doblo la esquina y me detengo de golpe.
—¿Quién eres?
No hay respuesta, pero sé que es la misma sombra que he visto en la calle y en la cafetería de Millie. Las sombras nunca me habían seguido. ¿Por qué ahora?
«¿A dónde te crees que vas?». Ted Bundy
Es perfecta. Ha estado buscando a la ideal; ya han pasado varias semanas desde que se llevó a una y esta mañana se ha librado por fin del último juguete. Tener un solo sujeto no es su estilo, prefiere que haya varias chicas en su guarida para que así hablen entre ellas y conspiren. Escuchar los gritos y las súplicas le produce un inmenso placer y lo excita mucho más que el sexo. Las mujeres no deberían usarse como parejas sexuales; son presas.
Creen que conseguirán escapar de él y regresar a sus patéticas vidas. ¿Por qué son tan estúpidas? ¿No entienden que lo que les tiene preparado es mucho mejor?
Sonríe y observa desde su rincón habitual bajo la farola. Apoya los hombros en el poste mientras Brielle termina el recorrido nocturno. Él va todas las noches, pero nunca lo ha visto.
Tendrá que enseñarle a ser más cuidadosa y a prestar más atención. Podrían ocurrirle cosas malas y la necesita de una pieza, sana y salva para lo que le ha planeado. Pero eso será más adelante. Ahora necesita a alguien nuevo, alguien fresco. Y la tiene justo delante.
—Me llamo Tammy. Me han encantado todas las historias. Son muy interesantes.
«Pues hola, Tammy».
Podría ser la doble de Brielle, y eso no puede ser. Terminan de hablar y Brielle pasa a responder otras preguntas mientras él se acerca a la joven.
—Te he escuchado preguntar por la mansión LaLaurie.
Se gira para mirarlo con unos enormes ojos azules. Sí, es perfecta. Los ojos y el pelo oscuro, y también tiene la estatura correcta. Será una noche divertida.
—Sí. ¿Sabes más al respecto? —pregunta.
—Sé muchísimo y tengo un amigo que nos puede hacer una visita privada —responde con amabilidad—. De hecho, podemos ir ahora mismo, si quieres.
—No sé —dice y mira alrededor—. He venido con unas amigas y se enfadarán si les doy plantón.
—Volverás antes de que se den cuenta —miente sin dificultad—. No te preocupes.
Se muerde el labio y valora sus opciones, pero, al final, la curiosidad vence a la cautela y asiente.
—De acuerdo, pero habrá que darse prisa.
—Sin problemas. Ven conmigo.
Siempre está tranquilo y esta vez no es distinto. La guía entre las multitudes del Barrio Francés y por la calle que conduce a la casa que tanto le interesa. Sin embargo, en vez de acercarse a la puerta para llamar, se vuelve hacia su coche.
—¿No vamos a entrar?
—Antes tengo que llamar, no nos esperan.
—Ah, claro —dice con una sonrisa dudosa y asiente—. Tiene sentido.
Nota que empieza a ponerse nerviosa, a preguntarse si ha tomado la decisión correcta. Antes de que le dé tiempo a escapar, saca la jeringuilla que ya tiene preparada en el portavasos del asiento delantero. Ella no ve venir cuando él se gira de repente y le clava la aguja en el brazo. En pocos segundos, se desploma sobre su hombro.
—Has bebido demasiado, cariño —dice con una sonrisa y la mete en el asiento trasero—. Vamos a despejarte. No querrás perderte la diversión.
Cash
—Voy a engordar treinta kilos mientras estoy aquí. —Me recuesto en la silla y me froto el vientre plano—. Todos los restaurantes a los que vamos son increíbles.
—¿Preferirías que te llevásemos a los cutres? —pregunta mi hermano Andrew con una sonrisa.
—Touché. —Bebo un sorbo de agua y parpadeo varias veces cuando Brielle entra por la puerta.
—¿Qué pasa? —dice Felicia, la mujer de Andy, mientras se gira para comprobar qué estoy mirando—. ¿La conoces?
—Más o menos.
Sonrío cuando Brielle recorre el local con la mirada y se encuentra con la mía. Sus ojos se iluminan al reconocerme y después esboza un gesto de agrado. Me da vergüenza reconocer que me siento aliviado, porque, si hubiera hecho una mueca de asco y se hubiera dado la vuelta para irse, habría sido un golpe muy duro para mi ego.
—¿Me estás siguiendo? —pregunto cuando se acerca a la mesa.
—Podría preguntarte lo mismo, don acosador —dice con una sonrisa y se vuelve hacia mi familia—. Hola. Soy Brielle.
—Te presento a mi hermano Andy, y su mujer, Felicia.
—Encantada —responde y asiente—. Así que has encontrado mi restaurante favorito del Barrio Francés.
—También es el nuestro —dice Felicia—. ¿Te gustaría unirte a nosotros?
—Quédate —coincido y señalo la silla vacía a mi lado.
—Gracias por la invitación, pero ya habéis terminado de comer y yo he hecho un pedido para llevar. —Me guiña un ojo y lo siento hasta en las entrañas. Lo acompaña con una palmadita en el hombro—. Que tengáis un buen día.
Se acerca a recoger su comida en la barra; después, sale del restaurante y se marcha.
—¿De qué la conoces? —pregunta Felicia. Se inclina hacia delante, ávida por conocer todos los detalles. Siempre ha sido una metomentodo.
—No la conozco mucho —explico—. Era la guía del recorrido fantasmal que hice la otra noche. Cuando me abandonasteis para tener una cita y tuve que arreglármelas solo, ¿os acordáis?
—¿Fuiste a un recorrido fantasmal? —Le brillan los ojos de emoción—. ¿Qué tal fue?
—Interesante, la verdad. —Bebo otro sorbo de agua—. Se le da muy bien contar historias.
—A riesgo de llevarme un tortazo de mi preciosa mujer, también está bastante buena —añade Andy.
—Es guapísima —coincide Felicia y asiente—. Deberías pedirle salir.
—A lo mejor no está soltera.
—No lleva anillo —asegura mi cuñada— Créeme, las mujeres nos fijamos en esos detalles.
—Eso no implica que no…
—Quizá no vuelva a verla —comenta Andy.
—Me apetece ir a un recorrido fantasmal —anuncia Felicia—. Siempre he querido ir a uno, pero nunca hemos encontrado el momento. Llevamos dos años viviendo aquí, cariño, ya es hora.
—Da la casualidad de que conozco una buena guía —digo con una sonrisa, pues la idea de ver a Brielle de nuevo me pone de buen humor al instante.
—Qué oportuno.
Los dos miramos a Andy, que, al final, suspira.
—Vale. Me apunto. Pero que conste que no creo en gilipolleces de fantasmas, casas embrujadas o vudú.
—Queda claro —digo.
—Y, después del recorrido, Cash le pedirá salir a Brielle.
—Oye, espera, ¿qué dices?
Felicia aplaude.
—Me parece perfecto. No pasa nada por preguntar y, si está con alguien, te lo dirá. No es ningún drama. Aunque tengo que decir que te miraba con interés, hermanito.
—No se va a callar hasta que hables con la tía buena —dice Andy—, así que ahórranos el sufrimiento.
—Yo también te quiero —dice su mujer.
Andy sonríe.
—Vamos a cazar fantasmas.
—Gracias por haberme acompañado hoy —dice Brielle y le sonríe al grupo, más numeroso que el de la otra noche—. Me quedaré por aquí un rato para responder cualquier pregunta. Sin presiones, claro. Que tengáis buena noche.
—Ahora —susurra Felicia—. Pregúntale ahora.
—Qué terca eres —respondo, tranquilo, mientras observo cómo varias personas se acercan a esa preciosa chica morena para que les resuelva las dudas—. Dejaré que los demás hablen con ella primero.
—Muy listo —comenta Andy con un bostezo—. Pero no voy a quedarme esperando. Vámonos a casa, cariño.
—Pero quiero ver cómo Cash le pide salir —protesta Felicia con el ceño fruncido—. Es la mejor parte, y ya es mucho decir, porque el recorrido ha sido espectacular. Me pregunto si nuestra casa estará embrujada.
—Vamos a comprobarlo —dice Andy y le guiña el ojo—. Dale un poco de espacio al chico. Es siniestro que te quedes acechando mientras mueve ficha.
—¿Es siniestro? —me pregunta.
—No me lo parece, pero marchaos. No sé cuánto tardará.
Felicia pierde la expresión esperanzada, pero asiente.
—Vale, aunque luego quiero que me lo cuentes todo.
