Su Veneno Perfecto - Lee Savino - E-Book

Su Veneno Perfecto E-Book

Lee Savino

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Beschreibung

Será mi cautiva, mi esposa, mi posesión perfecta. 


Desde el momento en que la vi, supe que sería mía.


Parece tan dulce e inocente, justo mi tipo.


Su padre tiene una deuda con la Fraternitas, y es ella quien la pagará. 


Y entonces me envenena, y me doy cuenta de que… esto no va a ser tan fácil. Esta hada maniática y asesina no es la posesión de nadie. No va a someterse sin luchar.


He estado luchando toda mi vida. Se suponía que ella era mi recompensa.


Tendré a Belladonna Bosco como esposa o moriré en el intento. Y mi psicópata esposa deja claro que le encantaría acabar conmigo. 


Esta es una lucha que no puedo perder. 


Pero ella es mi veneno perfecto. Un solo sorbo y ya solo quiero más.


Segundo libro de la serie Fraternitas de Lee Savino, un romance de mafia con matrimonio concertado protagonizado por Kaiser y Belladonna Bosco. ¡Libro autoconclusivo y con final feliz garantizado!


Advertencias de contenido:


Acoso, juego al límite, muerte de un progenitor (en el pasado), esclavitud (en el pasado), enfermedad

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Veröffentlichungsjahr: 2026

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SU VENENO PERFECTO

FRATERNITAS

LIBRO 2

LEE SAVINO

ÍNDICE

Relato gratuito

Sinopsis

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Epílogo

Relato gratuito

Otros libros de Lee Savino

Acerca de la autora

A la mujer salvaje que todas llevamos dentro. Que nunca olvidemos que es imparable.

RELATO GRATUITO

He escrito un divertido relato extra en el que Fraternitas invita a cenar a Belladonna. Suscríbete a mi newsletter para conseguirlo aquí:https://geni.us/PoisonFreebieSP

Escucha la playlist de Belladonna aquí: https://geni.us/perfectpoisonplaylist

SINOPSIS

Será mi cautiva, mi esposa, mi posesión perfecta.

Desde el momento en que la vi, supe que sería mía.

Parece tan dulce e inocente, justo mi tipo.

Su padre tiene una deuda con la Fraternitas, y es ella quien la pagará.

Y entonces me envenena, y me doy cuenta de que… esto no va a ser tan fácil. Esta hada maniática y asesina no es la posesión de nadie. No va a someterse sin luchar.

He estado luchando toda mi vida. Se suponía que ella era mi recompensa.

Tendré a Belladonna Bosco como esposa o moriré en el intento. Y mi psicópata esposa deja claro que le encantaría acabar conmigo.

Esta es una lucha que no puedo perder.

Pero ella es mi veneno perfecto. Un solo sorbo y ya solo quiero más.

Segundo libro de la serie Fraternitas de Lee Savino, un romance de mafia con matrimonio concertado protagonizado por Kaiser y Belladonna Bosco. ¡Libro autoconclusivo y con final feliz garantizado!

Advertencias de contenido:

Acoso, juego al límite, muerte de un progenitor (en el pasado), esclavitud (en el pasado), enfermedad

PRÓLOGO

Bella

Subo dando saltitos por el camino de entrada de la gran mansión de ladrillo a la que ahora llamo hogar. El Rolls-Royce negro de papá está aparcado delante de la puerta. No sabía que iba a venir de visita; debe de estar aquí para ver cómo me estoy adaptando a la universidad.

Me detengo en los escalones de la entrada para echarme un vistazo. Estoy cubierta de azúcar glas de mi visita a la pastelería. Papá dice que no debería cenar dónuts, pero me encanta el subidón de azúcar.

Me sacudo el polvo del bonito top blanco y de la falda de cuadros rosa. Mis zapatos son blancos, así que el azúcar se camufla perfectamente. Me aseguro de que la bolsa de la pastelería con el resto de los dónuts esté bien escondida en el fondo de mi mochila antes de entrar como una tromba en la casa.

—Cariño, ya estoy en casa. —Mi voz resuena en el pulido suelo de madera. Papá compró esta casa porque está cerca de la universidad. Estaba parcialmente amueblada, pero de verdad que deberíamos comprar algunas alfombras.

Bajo la mochila de un tirón y la lanzo al sofá, luego atravieso el comedor en dirección al despacho de mi padre.

Y me detengo en seco cuando veo a tres hombres enmascarados rodeando a papá; llevan unas máscaras aterradoras que les cubren el rostro.

—No pasa nada, Bella —dice mi padre antes de que pueda gritar. Está de pie junto a su escritorio, con dos de los tres hombres cerniéndose sobre él.

Me trago el grito. El corazón me late con fuerza.

—¿Papá? —Debería estar muerta de miedo por que estos hombres de aspecto siniestro estén aquí. Y lo estoy, pero he conocido a gente que da mucho miedo en mi vida por los negocios que mi padre hace con ellos, así que estoy un poco más acostumbrada.

O, al menos, se me da mejor disimular la conmoción.

Así que, en una escala del uno al diez, siendo el uno estar tranquila y el diez «tan asustada que me desmayo y me meo encima», estoy más o menos en un cinco.

Quizá un seis.

Vale, un siete.

¡CONCÉNTRATE, BELLA!

Papá es un hombre pequeño. Parece dócil y apacible, pero es un tipo duro a su manera. Sin embargo, ahora mismo parece derrotado. Su expresión seria hace que salten todas las alarmas en mi cabeza.

—¿Qué está pasando? —Mi padre es la única familia que me queda y parece que le acaban de decir que solo le quedan tres meses de vida.

Los hombres que se ciernen sobre él parecen verdugos. Uno es alto y delgado, lleva un traje gris y una máscara de calavera, pero no puedo distinguir los detalles porque se ha colocado delante de la ventana, justo donde la luz entra con fuerza y me ciega.

Mi vista se desvía hacia el hombre del medio. Su máscara, negra y brillante, con unos cuernos de diablo cortos, le cubre toda la cara. Está sentado detrás del escritorio de mi padre, y eso es casi peor que el disfraz aterrador. Actúa como si el despacho de mi padre le perteneciera. Es una demostración de poder que me deja sin aliento. —Teníamos que tratar unos asuntos con su padre —dice el hombre con la máscara de diablo—. Y ahora con usted.

—¿Conmigo? —reprimo un escalofrío.

Definitivamente, estoy en un siete.

—No pasa nada, Bella —dice papá, pero su voz es suave. Un poco triste.

ALERTA ROJA.

—Mientes —digo con un hilo de voz. Porque que papá me mienta… es lo más aterrador de todo.

No dice nada. No se retracta ni intenta tranquilizarme. Nada.

El subidón de azúcar se me está volviendo en contra. Voy a vomitar.

El tercer hombre se coloca delante de mí y se me revuelve el estómago. Es más grande que todos ellos. Enorme y con unos músculos abultados. Levanto la vista hacia él y me fijo en su pelo rubio y ondulado y en el oscuro mapa de sus tatuajes.

—Cálmate —dice, y su voz me resulta familiar.

Lentamente, se inclina. Su máscara solo le cubre la mitad inferior de la cara. No es lisa y brillante como las otras; es solo un pañuelo negro con un dibujo de calavera.

Unos ojos de un azul oscuro se encuentran con los míos. Lleva el pelo recogido en una coleta, dejando al descubierto sus orejas deformes. Orejas de coliflor, así he aprendido que se llaman.

—Tú —jadeo.

—Yo —su voz es tan grave como la recordaba. Su forma de mirarme es extrañamente íntima. Un hormigueo se extiende por mi cuerpo.

—¿Qué haces aquí? —pregunto. Sigo alucinando, pero me inclino más hacia él.

Huele a hamburguesas y patatas fritas. Porque esta mañana ha comido en la cafetería.

Sentado frente a mí en una mesa.

Ahora está aquí. ¿Para amenazarme? Sé que papá y yo estamos en peligro, pero mi atención se centra por completo en el hombre que tengo delante y en la extraña atracción que hay entre nosotros. Este momento me resulta familiar. Inevitable.

Extiendo la mano lentamente. Mis dedos flotan hacia su cara, lo bastante despacio como para que pudiera detenerme. Podría agarrarme la muñeca y dominarme fácilmente.

Pero no lo hace.

Me deja que me acerque. Sus ojos tormentosos se clavan en los míos mientras le bajo el pañuelo y le dejo la cara al descubierto.

Su cara familiar.

Es él. Míster Músculos. El hombre de la cafetería. El hombre que me ayudó en el jardín la semana pasada.

El que me ha estado acosando.

—Estoy aquí para firmar esto. —Levanta un fajo de papeles que no había visto que tenía en las manos—. Un contrato de matrimonio entre tú y yo.

¿Qué?

Miro fijamente los papeles. Las palabras impresas se vuelven borrosas. Estoy demasiado conmocionada como para concentrarme lo suficiente y leer lo que me está enseñando.

Pero puedo leer la satisfacción que irradia mientras continúa—: El trato está cerrado. Vas a ser mi esposa.

1

Dos semanas antes…

Bella

En el año de nuestro Señor de 2025, decidí abrazar mi destino y convertirme en una supervillana.

Primer paso: matricularme en la Universidad Unitas. Estos hermosos y sagrados pasillos engendran a lo peor de lo peor. Y estoy deseando convertirme en una de las mejores.

La mejor de entre los peores. Ja.

La Universidad Unitas es la universidad más exclusiva de la que nunca has oído hablar. La mayor parte del mundo no sabe lo que ocurre entre estas paredes. Sus exalumnos guardan sus secretos a buen recaudo.

La universidad no hace proselitismo. No le hace falta. En ciertos círculos de New Rome y Metropolis, es la única universidad a la que merece la pena asistir. Todas las grandes familias de la mafia envían a sus hijos aquí, y llevan haciéndolo desde hace más de cinco generaciones.

La mayoría de los estudiantes vienen por tradición familiar, pero unos pocos que no, como yo, nos colamos por las grietas.

Soy una de ellos. Una de las que se cuela. O lo que sea. Muy de supervillana por mi parte infiltrarme en una cuna de criminales, ¿a que sí?

Me río a carcajadas mientras paso con saltitos junto a la preciosa fuente de la entrada de la universidad, de camino a la jornada de orientación. Es finales de verano y el aire está cargado de calor y humedad. En los parterres soleados que hay frente al edificio principal de administración, las abejas curiosean entre las equináceas y la bergamota. Las saludo con la mano y subo las escaleras.

Según he investigado, la mayoría de las universidades tienen una semana de bienvenida. Unitas es un poco diferente. A los alumnos de primer año sin tradición familiar se les invita a mudarse a principios de junio para asistir a un curso de orientación de un semestre que les enseñará el entorno académico único de Unitas.

Es perfecto, ya que me han educado en casa durante los últimos dos años. Mi única experiencia de instituto viene de un maratón de Vampire Varsity, mi serie favorita. Papá y yo decidimos que esta orientación me ayudaría a aclimatarme, así que me mudé de nuestra casa de la ciudad a una casa cubierta de hiedra a poca distancia del campus.

Así que aquí estoy, bien temprano para la orientación, con una caja de cronuts recién salidos de la pastelería. Me detengo ante las columnas blancas del edificio de estilo neogriego. Es tan majestuoso que me siento transportada a otra época.

¡Este sitio es una pasada!

Pero también siento como si alguien me estuviera observando. Me doy la vuelta y escudriño la hilera de robles centenarios, pero aparte de unos pocos estudiantes y profesores con túnicas que se apresuran por los senderos, no hay nadie. Todo el mundo está concentrado en su destino o en sus móviles. Nadie me mira.

Deben de ser imaginaciones mías.

Entro en el edificio de administración, donde se está de maravilla, y mis zapatillas chirrían sobre el suelo de mármol.

Aminoro el paso e intento reprimir mi emoción. La sala está llena de estudiantes como yo, lo cual es perfecto para mis planes. No, no voy a sacar mi lado supervillano con estos pobres e indefensos alumnos de primero. Hoy, desbloquear mi estatus de villana con todas las de la ley tendrá que esperar porque tengo otro objetivo en mente.

Voy a hacer una amiga.

Recojo mi paquete de bienvenida, busco un asiento para dejarlo junto con mi mochila rosa y examino la sala. ¿Cuáles son mis posibles candidatas?

Hay un grupo de chicas en una esquina. Son un poco pijas, con sus faldas de tenis blancas y sus tops rosas.

Me gusta el rosa. Yo no combinaría ropa deportiva con un collar de perlas como hacen todas estas chicas, pero estoy dispuesta a pasar por alto algunos defectos en una posible amiga.

Cojo mi caja de cronuts y me dirijo hacia allí, usando los dulces como cebo.

—Hola —le digo a la más cercana. Es alta y delgada, con una cálida piel morena y un pelo negro perfectamente brillante. Una enorme pulsera de tenis reluce en su muñeca. Me mira de reojo mientras lanzo mi discurso.

—Soy Bella. Voy a empezar a estudiar aquí en otoño. ¿Quieres un cronut?

—Puaj, no —arruga la nariz como si le ofreciera una caja de caca de perro—. He dejado los carbohidratos.

—Yo también —añade una morena pálida frente a ella. El resto de las chicas me miran con asco. Entonces, la belleza de pelo oscuro me da la espalda, excluyéndome.

Las oigo murmurar sobre mí. Al cabo de un momento, se echan a reír. Se me calientan las puntas de las orejas, pero mantengo la calma. Supongo que acabo de conocer a unas chicas malas, como las animadoras necrófagas de Vampire Varsity.

No pasa nada. ¡Adelante!

Me alejo, en dirección al fondo de la sala. Hay algo más allá que se parece un poco a una biblioteca. Antes de que pueda entrar, un empleado de la universidad me bloquea el paso y niega con la cabeza. «No se puede entrar comida en la sala de lectura». Vale, rechazada de nuevo.

Me encuentro cerca de un gran ventanal en arco. Una joven está de pie allí, bañada por la luz del sol. Parece estar iluminada por un foco desde arriba, como si las huestes celestiales se hubieran confabulado para ser su equipo de iluminación, con el pelo peinado en rizos perfectos que enmarcan su hermoso perfil.

Es tan guapa que, si entrara en el plató de Vampire Varsity, le darían el papel principal en el acto.

También parece un poco perdida. Hay un anhelo en su mirada mientras contempla los terrenos inmaculados.

Se sobresalta y se gira, pillándome mirándola fijamente.

—Oye —digo, intentando no ser una rarita espeluznante—. Eh, me gusta tu conjunto. Nunca he visto un traje rosa.

—Oh. Gracias. —Sus largas pestañas revolotean. Su maquillaje es impecable, resaltando sus ojos castaño claro y su piel morena dorada.

Se me encoge el corazón. Es tan guapa y arreglada que probablemente también sea una chica mala. No lleva pulsera de tenis de diamantes, pero sí unos grandes aros de plata y una cadena de plata al cuello. El collar lleva una especie de colgante en el extremo, pero no puedo verlo porque desaparece bajo su escote.

—No quería molestarte.

—No, eres muy amable —dice—. Soy Honey. Encantada de conocerte. —Extiende la mano en un gesto formal y ensayado, y luego se queda helada al darse cuenta de que tengo que hacer malabares con la caja de cronuts para estrechársela—. Ummm…

—No pasa nada. —Libero una mano y se la estrecho como puedo.

—Soy Bella. ¿Comes carbohidratos?

Parpadea. —Mmm. —Su mirada se posa en la caja de cronuts—. Sí. Definitivamente, sí. ¿Son de Pane P’s?

—¡Sí! —Probablemente ha sabido que eran de Panetteria Principessa, o Pane P’s, por la característica caja rosa.

—Son mis favoritos. —Se le iluminan los ojos, pero mantiene la voz modulada, suave y educada. Pero no pasa nada, yo ya grito por las dos—. ¿Puedo? —Señala la caja. Incluso sus manos están perfectamente cuidadas con una manicura francesa clásica. Es la mejor vestida de la sala y, ahora que lo pienso, eso podría ser una señal de que está sobrecompensando.

Está nerviosa por estar aquí.

—Sí, por favor. —Le ofrezco la caja y la observo elegir un cronut para disfrutarlo.

Me pongo a su lado y miro por la ventana. —¿Es bonito, verdad?

—Sí. —Su voz melódica está llena de asombro, pero también teñida de preocupación.

Mmm. Algo le preocupa, pero no la conozco lo suficiente para cotillear.

Así que lleno el silencio.

—El diseño de los jardines está bastante bien. —Señalo las típicas flores de temporada plantadas en bonitos patrones—. Aunque esas de allí son plantas autóctonas. —Señalo los parterres bajo los aleros de este viejo edificio—. Y eso es un jardín de lluvia. También me gusta cómo han mezclado hierbas y plantas perennes, como la lavanda y la menta de gato de ahí. —Hay plantas de sombra como helechos y hostas en parterres bajo los robles centenarios—. No es solo un césped aburrido. Se ganan puntos por su intento de biodiversidad.

—Vaya, sabes mucho de plantas.

—Son mis favoritas. Estoy aquí para estudiar botánica. Tienen un departamento increíble. ¿Has oído hablar del jardín venenoso?

—No, pero el sitio donde me alojo está cerca del laberinto.

—Oh, quiero verlo. Yo vivo fuera del campus, así que aún no lo he explorado.

—Yo te lo enseño.

¡Bieeen! Ladeo la cabeza. —¿Somos amigas ahora?

Hace una pausa. Vaya, quizá ha sido demasiado atrevido por mi parte.

—Me gustaría, Bella. Me vendría bien una amiga.

¡SÍ!

—No tengo muchos amigos —digo—. Me educaron en casa durante el instituto. Fue divertido, pero mi compañera de clase más cercana fue una Nepenthes × ventrata.

Honey parpadea. —¿Una qué?

—Es un tipo de planta carnívora. —Empiezo a contarle todo sobre mi colección del invernadero y, a diferencia de la mayoría de la gente, que se queda con la mirada perdida cuando hablo de la flora, ella parece intrigada. Al menos, escucha, asintiendo y murmurando respuestas en los momentos apropiados.

Unos gritos interrumpen mi concentración y me giro para ver que un grupo de tíos con ropa deportiva ha entrado en el vestíbulo.

En cuanto Honey los ve, suelta una maldición entre dientes y se vuelve de espaldas para mirar por la ventana. Parece nerviosa. Levanta la mano para juguetear con la larga cadena que lleva al cuello.

Observo a los tíos. Sus voces rebotan en las paredes de madera. Deben de ser de cursos superiores por la forma en que se comportan como si el lugar fuera suyo. Los estudiantes de primero se apartan de su camino a toda prisa.

—¿Quiénes son esos? —pregunto.

—El equipo de lacrosse —responde ella con rigidez.

Su líder es un tío alto, de músculos definidos, con un par de hoyuelos y el pelo alborotado. Un pijo tontorrón de manual. Se abre paso a empujones entre un grupo de novatos.

Entrecierro los ojos. —Menudo gilipollas.

Los del equipo de lacrosse se dirigen directamente hacia las chicas con faldas de tenis, que se giran con sonrisas para darles la bienvenida.

—Esas son las chicas que no comen carbohidratos. —La pija se pone de puntillas para besar al líder de los tontorrones.

—Sí… —Honey hace una mueca—. Esa es Sailor. Está saliendo con el capitán del equipo de lacrosse, Radley.

Otro de los tíos se gira, como un tiburón que huele sangre en el agua. —Deberíamos irnos —murmura Honey, manteniendo la cabeza gacha. Está incómoda. ¿Por el magreo? ¿O por esos tíos?

—Deja que coja el bolso. —La dejo con los cronuts y me apresuro a recoger el resto de mis cosas, pero tardo demasiado. Para cuando he vuelto, el tío y tres de sus colegas de lacrosse han acorralado a Honey.

—Eh, novata —dice uno de ellos—. Sabía que te encontraría aquí. Te fuiste demasiado pronto anoche. ¿Huyendo? —Se inclina, apartándole los rizos de la cara. Ella retrocede ante su mano, levantando la suya para apartársela de un manotazo, pero él se limita a reír. Los ojos de ella se mueven de un lado a otro, buscando una escapatoria y evaluando la situación, pero son más que ella.

Excepto que ahora me tiene a mí. —Déjala en paz —digo, usando mi bolso para abrirme paso entre el grupo y ponerme a su lado—. Es mi amiga.

Él se mofa. —Oye, Radley —grita—. Pinkie se ha echado una guardaespaldas.

Radley y Sailor miran brevemente en nuestra dirección. Me doy cuenta de que sus ojos van directos a los grandes pechos de Honey. No lleva escote, pero el traje resalta sus curvas de reloj de arena.

Sailor se da cuenta de que su novio le está mirando el pecho a Honey y tuerce el gesto. Tira de su hombro y le grita al tío que nos está acosando—. Penn, deja de rebajarte al nivel de los becados.

—Pero si son muy divertidas —protesta Penn. Me mira de arriba abajo—. Oye, enana, ¿cuándo te has escapado de la guardería? ¿A quién ha tenido que chupársela tu papi para que te matricularan?

Todos los del equipo de lacrosse se ríen. Soy bajita y parezco más joven, pero da igual que estos tíos me saquen una cabeza. No hacen falta muchos mordiscos de una oronja mortal para destrozarles el hígado y hacer que empiecen a convulsionar.

—Que te jodan. —Le enseño los dientes, canalizando a Duffy, la reina del baile, mujer lobo en Vampire Varsity.

—Jodida salvaje —murmura él, pero retrocede.

Los otros tíos saludan a Honey con la mano, mirándola con lascivia. —Nos vemos, Pinkie —dice uno de ellos.

—Gilipollas —mascullo lo bastante alto para que me oiga.

—Gracias por defenderme.

—Por supuesto.

—Salgamos de aquí —susurra. Se aferra al colgante de su collar, con los nudillos blancos.

Está realmente asustada. Creo que escapar es nuestra mejor opción, así que dejo que me guíe fuera del vestíbulo. Por desgracia, tenemos que pasar justo por delante de las de las faldas de tenis para llegar a una puerta lateral.

—Zorra —le sisea Sailor a Honey.

Estoy tentada de pararme y meterle un cronut en la boca, pero sigo andando. ¿Por qué es tan mala con mi nueva amiga? Algo pasa, y no quiero empeorar las cosas para Honey.

Espero a que estemos en un pasillo tranquilo para preguntar: —¿Estás bien?

—Sí. Por aquí. —Nos colamos por otra puerta lateral y cruzamos a toda prisa un suelo de baldosas blancas y negras hasta una puerta cerrada con llave.

—Esto es un secreto —me dice Honey, y se saca el collar del escote. Me enseña el colgante: una vieja llave de bronce. Introduce la llave en la cerradura de la pesada puerta de madera y un escalofrío me recorre cuando oigo el clic de la cerradura.

La puerta se abre con una ráfaga de aire viciado. Detrás hay una pequeña escalera de madera, del tipo que podría llevar a un desván. También huele a antigüedades, a madera vieja y a limpiamuebles con olor a limón.

—Por aquí. —Honey me guía escaleras arriba y llegamos a una galería que da a una sala de lectura. El lugar está silencioso y vacío, salvo por algún que otro empleado. En una esquina hay un hombre que estudia un gran libro que está en una vitrina. Lleva una toga. Negra con una franja de terciopelo de color canela.

—Un profesor —susurra ella—. Catedrático de historia. Se sabe por los colores de la muceta.

Oímos las risas del equipo de lacrosse resonando por el edificio. Son jodidamente ruidosos. El profesor levanta la vista y frunce el ceño, pero no hace ningún movimiento para hacer nada al respecto.

Sigo el ejemplo de Honey y me hundo en un gastado sillón de cuero frente a ella.

Ella exhala. —Perdona por eso.

—No tienes nada por lo que disculparte. Ha sido todo culpa suya. Son como los necrófagos de Vampire Varsity.

Honey sigue pareciendo estresada, pero sus labios se contraen como si estuviera a punto de sonreír. —Me encanta esa serie.

—A mí también.

Se pone seria. —Debería explicarlo.

—No tienes por qué. —Hago una pausa, por si quiere hacerlo.

—No, no pasa nada. Anoche fui a una fiesta en la residencia de los deportistas. Pensé que el aire acondicionado haría que refrescara, así que me puse un jersey fino. —Ahora se frota los brazos, en un gesto casi inconscientemente tranquilizador—. Debí de beber demasiado, o el ponche estaba más fuerte de lo que pensaba, porque acabé en una habitación con un montón de esos tíos y… me entró mucho calor. Uno de ellos me sugirió que me quitara el jersey, y se me olvidó que solo llevaba un sujetador debajo. —Vuelve a fruncir el ceño y mira al suelo, triste y avergonzada.

Se me hiela el cuerpo. Se han aprovechado de mi amiga. De eso va a ir esta historia. Y no es como la trama de la segunda temporada de Vampire Varsity con el demonio súcubo. Esto ha pasado de verdad.

—De alguna manera, acabé en el regazo de Radley. Sailor entró y se cabreó porque le estaba «quitando a su hombre» y me echó. Probablemente fue lo mejor. No sé qué habrían hecho esos tíos. Y yo estaba demasiado ida para decir que no.

No sé qué decir. Me devano los sesos y finalmente decido qué es lo primero que quiero saber. —¿Estás bien?

Suspira antes de responder. —Estoy bien.

No está bien. Joder. Se me hace un nudo en la garganta. Quiero hacer algo más que lanzar cronuts. —¿Crees que echaron algo en el ponche?

—¿Tal vez? No lo sé. Era mi primera fiesta universitaria. Para que aprenda.

—No fue culpa tuya. —Poso brevemente los dedos en su brazo. Puede que sea un atrevimiento, pero me he dado cuenta de que el contacto físico consuela a algunas personas.

—Gracias.

—Gracias a ti por contármelo —digo solemnemente. Confía en mí. Es mi amiga de verdad. Una amiga humana de carne y hueso, no una planta carnívora.

Se ha sincerado y me ha contado algo doloroso. Como haría una amiga de verdad. Siento una conexión con ella, y eso significa mucho. También significa que la cubriré las espaldas.

Quienquiera que haga daño a mi amiga es mi enemigo.

Y lo pagarán.

—Alguien debería darles una lección —digo, tanteando el terreno. Honey todavía no conoce mis tendencias de supervillana. Parece una persona amable y sensible, pero estoy segura de que puedo convencerla para que se una a mí en el lado oscuro.

Tenemos cronuts.

—Solo quiero que me dejen en paz.

—Te han asustado.

—Dan miedo. No puedo creer que te hayas enfrentado así a Penn. —Me encojo de hombros. Yo no me asusto. Me enfado.

Honey suelta un suspiro. —El karma se encargará de ellos. Es verano, así que pueden fingir que son los reyes del campus. Ahora mismo están borrachos de poder. Pero su reinado acabará pronto.

—¿Ah, sí?

—Sí. —Su rostro se ensombrece con una mezcla de la preocupación y el asombro que vi en su cara antes. Pero entonces inclina la cabeza, y esa expresión perdida adquiere un toque de malicia—. Cuando empiece el semestre de otoño y lleguen los de la mafia, no serán los matones más grandes del campus. Ni de lejos.

2

Bella

Adoro a mi nueva mejor amiga. Salir con ella es mejor que asistir a las jornadas de orientación. En las clases de primero estamos aprendiendo algunos datos interesantes sobre la Universidad Unitas, pero Honey sabe un montón de datos adicionales sobre la historia de la universidad y las cuatro familias mafiosas que ayudaron a fundarla. Y tiene una llave que puede abrir cualquier puerta del campus. —Todas las puertas menos una.

Después de que me contara su noche de pesadilla con el equipo de lacrosse, no quiso hablar más del tema. Así que no he vuelto a sacarlo. Es mejor mantenerla al margen de mi plan de venganza para que no recaigan tantas sospechas sobre ella.

Por eso, cuando vuelvo al campus el sábado, voy sola. Llevo una cesta grande llena de una sorpresa especial para Penn, Radley y todos sus amigos. También me he puesto un sexi traje de animadora con mucho maquillaje para ocultar mi rostro. Además, me he hecho mechas rosas en el pelo a juego con mis pompones rosas y negros y me lo he recogido en dos coletas altas a cada lado de la cabeza.

Parezco lista para Halloween, aunque falten varios meses. Y un poco desquiciada.

¡YOLO!

La cuestión es que nadie me va a reconocer.

Regla número 1 de los supervillanos: tu mejor ataque es un buen disfraz.

El anonimato es un arma. Cualquiera que haya sufrido quemaduras de segundo grado tras confundir una flor de perejil gigante con una de zanahoria silvestre lo sabe. La naturaleza esconde el veneno más letal en la flor más bonita.

Estoy casi en la residencia de deportistas donde vive el equipo de lacrosse cuando siento que alguien me sigue. Me giro y no hay nadie. Pero puedo sentir que me observan.

Qué raro. Quizá solo sea paranoia. Estoy a punto de llevar a cabo un plan malvado. Es bueno ser precavida, pero no creo que el equipo de lacrosse tenga ni idea de lo que se le viene encima.

—Mwahahahaha —pruebo mi risa malvada. Tengo que practicarla.

Todavía siento que alguien me observa cuando llego a la residencia, pero ignoro la sensación y me centro en los dos tíos que holgazanean junto a la puerta. Abren los ojos como platos al ver mi disfraz. —Eh —dice uno mientras su amigo me mira las tetas—. ¿Vienes a la fiesta?

—Sí —miento.

—Llegas un poco pronto.

Levanto la pesada cesta. —Tengo estos regalos del departamento de deportes.

Aperitivos y una bebida energética con una sorpresa especial. —¡Mucha suerte en el partido de mañana! —les doy a cada uno su regalo y les doy las gracias cuando me sujetan la puerta para que entre—. ¡Nos vemos en la fiesta!

—¿Le decimos que no es una fiesta de disfraces? —pregunta uno, y el otro le manda callar y dice algo soez sobre que mis coletas serían unos buenos agarres.

Sonrío para mis adentros y sigo por el pasillo. Dos jugadores menos, quedan dieciocho. El domingo estaré mucho más cerca de alcanzar el estatus de supervillana.

Y el equipo de lacrosse aprenderá a no volver a joder a mi amiga en su puta vida.

3

Kaiser

Era un trabajo sencillo: seguir a la hija del Envenenador. Vigilar cada uno de sus movimientos. No intervenir, a menos que uno de los enemigos del Envenenador intentase hacerle daño. Entonces, proteger el activo.

Debería haber sido fácil. Tiene dieciocho y acaba de matricularse en la Unitas University.

Sí, su padre tiene enemigos poderosos, pero ninguno ha movido ficha todavía.

Acechar a alguien que no lo espera es pan comido. La mayoría de la gente lleva vidas cómodas. Nunca han tenido que dormir con un ojo abierto por si alguien intentaba acuchillarlos mientras duermen. Avanzan por la vida, ajenos a todo.

Esta chica está más en Babia que la mayoría. No solo la han protegido y sobreprotegido casi toda su vida; la han tenido en una burbuja. A cal y canto. Lleva años estudiando en casa y apenas tiene amigos. Casi ningún contacto con nadie que no sea su padre. Y ahora vive en una casa grande cerca del campus, completamente sola.

Cree que tiene más libertad, pero es una ilusión.

La estoy observando. La sigo de casa al campus y de vuelta. Lo hago desde la primavera.

Al final del primer día, quedó claro que esta chica iba a volverme puto loco.

No ayuda que parezca diseñada en un laboratorio para tentarme. Labios carnosos, ojos grandes y marrones, menudita con tetas firmes. Se tiñe el pelo de rubio blanco, y no dejo de imaginar que enredo los dedos en esas hebras sedosas, las aferro y le echo la cabeza hacia atrás. Dominarla.

Pero ese no es el trabajo. No se supone que deba acercarme. Aunque cuanto más la miro, más lo deseo.

Está todo el rato comiendo chucherías, galletas o pastel, y me dan ganas de sentarla y alimentarla como es debido.

Habla con las flores y los árboles. También abraza los árboles. Muchos pensarían que es rara, pero a mí me fascina. La he estudiado como estudiaría a un rival peligroso. En el ring, tenía apenas segundos para leer a mi oponente y encontrar sus debilidades. El rival más peligroso era el impredecible. No entender el comportamiento de alguien podía matarme.

No entiendo a esta chica en absoluto. Vive en su propio mundillo. Al principio pensé que no sabía cómo comportarse, pero ahora creo que sí lo sabe y simplemente elige romper las reglas. Es medio salvaje.

Ahora mismo, va dando saltitos por el campus con una gran cesta y llevando un conjunto que solo he visto en porno. ¿Por qué? ¿Qué está haciendo?

Está tramando algo.

En un momento dado, se para y mira alrededor. Me recorre un escalofrío al saber que me está buscando.

Quiero acercarme. Quiero que se fije en mí.

Nunca había querido eso antes.

La observo hablar con unos estudiantes fuera de su residencia. La devoran con la mirada, babeando por sus tetas y su culo. Quiero sacarles los ojos solo por mirarla.

¿Y para qué? No tengo motivo para hacerles daño; no la están amenazando. Pero quiero matarlos igual.

Solo es un encargo.

Ella desaparece dentro de la residencia y yo aprieto los dientes, con ganas de seguirla.

En cambio, me obligo a quedarme donde estoy. Miro el móvil y veo que mi hermano ha escrito.

Jaeger: Noche de cine.

Es su invitación semanal para ver una película en su casa. A él y a su mujer les encantan las pelis navideñas, cuanto más cursis, mejor.

Debería odiar ver ese tipo de películas, pero voy igualmente. Quiero que me gusten. Quiero entenderlas. ¿Cómo sería ser una de esas personas alegres de la pantalla? ¿Sentir cosas básicas como el amor y la conexión?

Lo más duro es ver a la mujer de mi hermano acurrucarse contra él. Él la mira como si fuera su mundo. La quiere tanto que moriría por ella, y ella le corresponde.

A veces me pregunto cómo se sentiría querer a alguien así. Pero no está hecho para mí. Mi corazón está demasiado lleno de cicatrices para sentir mucho más que odio o algún que otro arrebato de sed de sangre. Incluso cuando estoy con una mujer a la que he contratado por una noche, no siento nada. Solo me recuerda que estoy insensible a todas las emociones humanas decentes y que siempre lo estaré.

Excepto que ahora siento algo nuevo. Algo que nunca había sentido.

Kaiser: no puedo esta noche

Jaeger: ¿Sigues vigilando a la chica?

No contesto. No hay razón para que haya sido yo el único vigilándola todo este tiempo. Puedo pasarle el relevo a otro en cualquier momento.

Pero no quiero. ¿Cómo explicar que quiero ser el único que la siga? ¿Que la observe?

¿Que la convierta en mi presa?

Mi obsesión va a más. Y eso es peligroso. Un buen luchador no puede fascinarse demasiado con un oponente; así es como se cometen errores.

Ella sale de la residencia y yo guardo el móvil.

Está igual —la ropa no la tiene arrugada y el maquillaje no se le ha corrido⁠—.

No ha sido un polvo, aunque sí parece satisfecha. Y su cesta está vacía.

Viene por el sendero, directa hacia mí. Imagino apartarme del camino, agarrarla por la nuca y obligarla a mirarme de frente.

La mano empieza a hormiguearme; los largos nervios muertos despiertan. Ha pasado mucho tiempo desde que he sentido tanta sensación en la piel. Perdí la capacidad de sentir cualquier cosa hace mucho. En los rings de pelea fue una ventaja. Sentía dolor, pero lejano. Como si mi piel se hubiera convertido en una armadura y solo pudiera registrar cualquier golpe brutal como calor o presión.

Ha pasado mucho tiempo desde que he querido tocar a alguien. Por lo general odio cómo se siente—o cómo no se siente. La falta de sensación me recuerda que soy la cáscara de un hombre.

Me hace sentir medio muerto.

Pero desde que puse los ojos en ella, me he imaginado tocándola.

Probablemente sea porque no he follado con nadie desde que empecé este trabajo. Debería ir a casa de Camille y contratar a una mujer para la noche. Pero no quiero apartarme del lado de esta chica.

Últimamente, cada vez que voy a hacerme una paja, me imagino su cara. La polla se me hincha cada vez que la veo, y cada vez me cuesta más ignorarlo. Me hace desear cosas que no puedo tener.

Pasa a mi lado mientras estoy oculto en las sombras bajo un árbol. Ella no puede verme, pero se detiene y mira alrededor, como si sintiera que alguien la acecha.

La satisfacción ruge dentro de mí. Estoy tan cerca que puedo oler su perfume. O, al menos, creo que ese olor intenso es su perfume. Huele a rosas y no hay rosales cerca.

Estoy muy tentado de salir de detrás del árbol. Dos pasos y se dará cuenta de que estoy ahí.

¿Y entonces qué?

Solo mi lealtad a mis hermanos me impide cogerla ahora mismo y llevarla a algún lugar donde podamos estar solos. Donde pueda tocarla por todas partes y averiguar por qué se me ha metido bajo la piel.

La sigo hasta su casa, manteniendo distancia entre nosotros. No puedo hacer otra cosa.

Entonces detecto a un enemigo, una sombra deslizándose por la acera al otro lado de la calle.

Es un hombre con gorra de béisbol, hablando por el móvil. Ya lo he visto antes en el campus, pero nunca tan cerca de su casa. Es como yo en este barrio de ricos. No pinta nada.

La observa brincar por la acera y desaparecer en su casa, luego termina la llamada y se apoya en el muro de ladrillo frente a su puerta. Vigilándola, como la vigilo yo. Alza la mano para encender un cigarrillo, y el fogonazo ilumina el tatuaje de un pentáculo en su mano. El símbolo de la familia mafiosa Vesuvio.

Hora de actuar.

Me ajusto la máscara—un pañuelo con calavera que me cubre media cara. Cruzo la calle en silencio y le salto encima antes de que dé la segunda calada al cigarrillo. Le clavo la mano en la garganta, y él se atraganta y deja caer el teléfono, alzando las manos para defenderse.

Demasiado tarde. Le meto un puñetazo en el estómago, obligándole a doblarse con un jadeo.

Lo empujo hacia las sombras para poder interrogarlo. —¿Quién te ha enviado?

Ataca sin avisar, lanzando los puños. Le dejo que me meta un golpe solo por las risas; su puñetazo resbala por mi bíceps. Siento el impacto y sé que debe de doler, pero no lo siento. Ya no siento nada. Le suelto un derechazo y cae al suelo. El olor de su sangre se eleva en el aire.

El tipo forcejea para levantarse, pero es demasiado estúpido para saber que está vencido. Es un soldadito raso, demasiado tonto para decirme nada. Ya sé que lo han enviado los Vesuvio, los enemigos jurados del Poisoner. No hay motivo para que esté vigilando a mi objetivo salvo que trame algo malo. Siento un gran placer al estamparle la cabeza contra la acera hasta que su cuerpo queda inerte.

Recojo su teléfono y doy a rellamar. Es un móvil desechable, así que no hay números guardados, pero a quien sea que llamo tiene un prefijo de Metropolis.

—¿Joey? —responde una voz áspera.

—Joey no puede ponerse al teléfono. Está demasiado ocupado desangrándose a mis pies.

—¿Cómo? ¿Quién es?

—Tengo un mensaje para Don Vesuvio.—No creo que esté hablando con el pez gordo, pero puede que sea uno de sus hijos.—Dile que la hija del Poisoner está fuera de límites.

Me suelta una sarta de insultos. —¿Quién lo dice?

—Fraternitas.

Aspira una bocanada y se queda callado, como suelen hacer los hombres peligrosos cuando invoco el nombre de la hermandad. Los Vesuvio son una familia poderosa con un bastión en esta ciudad, pero nadie se mete con Fraternitas.

En lugar de discutir conmigo, cuelga. Probablemente para llamar a sus jefes y contarles lo que ha pasado. Para que todos sepan que, si los Vesuvio quieren a la hija del Poisoner, tendrán que ir a la guerra con Fraternitas. El miedo se propagará entre ellos, y se lo pensarán dos veces antes de atacar a mi objetivo.

Estará a salvo otra noche.

El hombre a mis pies vuelve en sí. Me agacho y le rompo el cuello, sintiendo una punzada de decepción porque la pelea haya terminado tan rápido. La sangre me bombea caliente por las venas. Quiero un oponente digno, más pelea, más sangre derramada.

Para esto es para lo único que valgo. Matar y pelear solían ser los únicos momentos en los que me sentía vivo.

Al menos, hasta que la vi. No sé por qué ella me hace sentir cosas. No lo entiendo, no me gusta, pero no puedo mantenerme alejado. Quiero más.

Sigo oliendo a rosas. El aroma floral es incluso más fuerte que el hedor de la sangre y los despojos de un cuerpo recién muerto.

Recojo el cadáver y lo meto en un cubo de basura, que luego empujo calle abajo hasta la mansión vacía donde estoy de ocupa. Meto el conjunto entero en el sótano, donde he guardado unas lonas y una piscinita infantil por si se daba precisamente esta situación. Lavaré cualquier rastro de sangre de la acera y llamaré a mis hermanos de Fraternitas para que me ayuden a deshacerme del cuerpo esta noche.

Pero antes, quiero comprobar cómo está ella.

Las luces de su dormitorio están encendidas, así que escalo un muro, trepo a un árbol y me acomodo para verla seguir su rutina antes de acostarse. Si mirase por la ventana, me vería sentado en el árbol, con mi máscara de calavera.

Pero no lo hace, y no sé por qué eso me llena de decepción. No sé por qué quiero que se fije en mí.

Últimamente, ha dejado de ver la horrible serie de vampiros adolescentes que le gusta y se ha estado haciendo correrse cada noche. Primero, coge el libro de bolsillo ajado que guarda junto a su vibrador. Tras releer sus páginas favoritas, se toca hasta que mueve las caderas en el aire. Jadea como si no le entrara el aire y se sube la camiseta para acariciarse las tetas. Luego arquea la espalda y gime, largo y grave. El sonido más sexy que he oído nunca. Se corre hasta quedar laxa en la cama.

La primera vez que la vi hacerlo, casi me caigo del árbol.

Lee el mismo libro una y otra vez. Estoy tentado de entrar y leerlo yo también. Estudiarlo para ver si me ayuda a entenderla.

No, no puedo acercarme a ella.

Pero eso no significa que vaya a dejar que nadie le toque ni un pelo.

4

Bella

El lunes tenemos un día libre de la orientación, pero voy al campus para quedar con Honey en la biblioteca principal a mediodía. Todavía no le he contado lo que le hice al equipo de lacrosse, pero ayer por la noche me mandó un mensaje con una actualización: «¡Todo el equipo de lacrosse de la UU se ha puesto enfermo y ha tenido que renunciar al campeonato de verano! Todo el campus está hablando de ello. ¿Te has enterado?».

—No —le respondí—. Qué trágico. —Añadí un emoticón de un demonio sonriente para dejar claro que lo decía con sarcasmo, pero probablemente no sea suficiente para que se dé cuenta de que estoy detrás del envenenamiento. Debería decírselo en persona.

Me pregunto cómo se lo tomará. No todo el mundo es capaz de tener una supervillana como amiga. Honey es una persona de buen corazón, se nota. Es pronto, pero ya es una amiga increíble. No quiero asustarla. Pero al final me oirá carcajearme triunfante y tendré que decirle que estoy practicando mi risa malvada.

A lo mejor le parece bien. ¡Quizá hasta me ayude a practicar!

Pero tengo tiempo para pensar en qué le voy a decir. Las campanas acaban de dar las once, lo que significa que tengo tiempo para un pequeño desvío.

El jardín de plantas venenosas de aquí es famoso. Conozco bien las plantas venenosas; tengo mi propio invernadero tanto en la casa de papá en Nueva Roma como en la de aquí. Pero siempre he querido ver la colección de la universidad.

El jardín está apartado, entre dos edificios académicos. La verja de hierro negro está decorada con dos serpientes con aspecto de dragón que sostienen una copa en una mano y una espada en la otra, y cada una de ellas tiene un pentáculo grabado en la frente. Estoy aprendiendo sobre estos símbolos en la orientación y ahora los veo por todo el campus.

A la Universidad Unitas le encanta ceñirse a un tema.

También he aprendido que el jardín de plantas venenosas está abierto a todo el mundo. Me acerco sigilosamente a la verja y, efectivamente, está cerrada, pero sin llave. Seguro que nadie se molesta en venir en verano. La universidad es muy privada y no permite visitas de turistas. Solo se permite la entrada al profesorado, a los estudiantes y a invitados selectos.

Lo que significa que no hay nadie para admirar estas plantas en su apogeo. Solo yo.

Siento un cosquilleo en la nuca, la ya familiar sensación de que me observan. He tenido esa sensación cada vez más a menudo cuando estoy en el campus.

Pero cuando me giro de repente, no hay nadie. Vaya.

Quizá mis sentidos de supervillana se estén activando porque están volviendo más estudiantes al campus. Algunos serán de los Vesuvio, los enemigos jurados de mi familia. Tengo planes para ellos, planes malvados que van en contra de los principios fundacionales de la Universidad Unitas.

La UU se fundó para fomentar la paz entre las cuatro familias mafiosas de Metropolis. Estamos aprendiendo un poco sobre esto en la orientación de verano, pero Honey me contó todo el salseo sobre esas cuatro familias o Casas, y sobre cuáles de sus descendientes asistirán a clase en otoño. El campus se considera territorio neutral, lo que significa que no puede haber guerra de bandas declarada. Sin embargo, se fomentan las rivalidades entre Casas.

Pero no se permiten los asesinatos. O, al menos, está mal visto, así que tendré que tener cuidado con mis planes malvados.

Y tampoco es que quiera matar a los novatos de los Vesuvio. No, mi objetivo final son los peces gordos: el don y sus hijos. Son poderosos y están bien protegidos, pero nada como un buen reto, ¿verdad?

Primero, necesito sobrevivir a la Universidad de la Mafia. Para ello, necesitaré todos los recursos que pueda conseguir.

Jardín de plantas venenosas, allá voy.

Abro la verja de hierro y entro en el silencioso espacio. Un cartel me da la bienvenida al principio del sendero. «Bienvenido al jardín de plantas venenosas», reza la estilizada caligrafía. «Entre bajo su propia responsabilidad».

Si pusieran este cartel fuera, la gente probablemente tendría más curiosidad. En lugar de eso, lo esconden tras la entrada para que nadie sepa lo que hay aquí.

Miro más allá de la advertencia, hacia las oscuras profundidades del jardín. Hay zonas de sol, pero la mayoría de las plantas crecen en la profunda sombra que proyectan los tejos y los acebos.

Me gustan más las plantas que las personas. No bromeaba cuando le dije a Honey que mi mejor amigo era una planta carnívora. Pero nunca había visto nada parecido a este jardín letal.

El embriagador aroma a tierra húmeda y vegetación amarga resulta intoxicante. Pensaba que mi olor favorito era el de un invernadero, pero esto es mejor. Toda esta vegetación al aire libre, salvaje. Los secretos más oscuros de la naturaleza, al descubierto.

El sendero está bordeado de flores que parecen sacadas de un jardín de casa de campo. Tan bonitas, tan recatadas. Tan letales precisamente porque nadie sospecharía que algo tan encantador pudiera matarlos.

Si mi madre siguiera viva, querría pintarlas.

Los tejos son los más altos que he visto nunca: unos preciosos árboles de hoja perenne con acículas brillantes y las bayas rojas más perfectas y lustrosas. Una infusión hecha con esas acículas de color verde oscuro puede dejar a un hombre en coma en pocas horas. Pero los investigadores aislaron un compuesto de la corteza de ese mismo árbol que ahora se utiliza en tratamientos de quimioterapia. Este árbol mortal salva vidas.

Simplemente un ejemplo más de cómo las plantas tienen todas las respuestas.

Paseo por el jardín, admirando los parterres de acónito y narcisos. El aire es más fresco aquí, y el silencio es casi reverencial. O quizá es así como me siento porque la fitotoxicología es mi religión y las plantas letales, mis dioses. Y son poderosas. Es fácil imaginar a las víctimas de las plantas enterradas bajo las arboledas.

Este acaba de convertirse en mi nuevo lugar favorito.

Estoy enamorada.

Algunas plantas amantes del sol, como la digital y la cicuta, crecen en una pequeña parcela soleada que consigue atravesar el dosel de las ramas. La digital tiene un tallo largo que es más alto que yo. Me acerco y estudio los capullos rosados con motas oscuras. Qué planta tan bonita para ser tan letal.

—Hola, mi tesoro —susurro.

Un movimiento por el rabillo del ojo me sobresalta y me giro de repente.

—¿Quién anda ahí?

Esta vez no me lo imagino. El tipo más grande que he visto en mi vida sale de detrás de un castaño de Indias. Mide más de un metro ochenta, es blanco, tiene la piel bronceada y tatuajes que se arremolinan por sus brazos y el dorso de sus manos. Pero se mueve con tanto sigilo que siento que me lo estoy imaginando. Se mueve con ligereza, lo que me dice que es rápido. Es ágil para alguien tan corpulento.

Se detiene junto al árbol, manteniendo la cara en la sombra.

Se me pone la piel de gallina. Se me acelera la respiración.

He tenido la sensación de que me seguían durante los últimos días, y de repente aparece este tipo acechando en el jardín de plantas venenosas.

Mis ojos se adaptan a las sombras y contengo el aliento. El hombre lleva una bandana negra que le cubre la mitad inferior de la cara con una especie de diseño: la silueta blanca de una calavera.

Holaaaa, papi psicópata enmascarado. ¿Se ha adelantado la Navidad? Y con Navidad, quiero decir Halloween.

—Es un poco pronto para pedir caramelos —digo.

Cambia de postura, pero no dice nada. Sus brazos están surcados de duros músculos. Es pura potencia contenida y algo en sus ojos me hace pensar que quiere abalanzarse sobre mí.

—¿Qué haces aquí? —suelto sin pensar. Sueno sin aliento, con el corazón acelerado, y eso me molesta.

Me niego a que me asuste. No le tengo miedo a un tipo grande con una mascarita tonta. Me preocupa más lo húmeda que me estoy poniendo. Supongo que tengo un fetiche con las máscaras.

—Lo mismo que tú. —Su voz retumba de una forma que me hace querer retorcerme—. Quería ver las flores —dice, pero no las está mirando a ellas. Me mira fijamente a mí. Estudiándome como si me conociera.

Tiene unos preciosos ojos azules. No es que me importe.

—¿A qué viene la máscara? —pregunto antes de pensármelo mejor. A lo mejor es de mala educación preguntar. Quizá tenga alguna afección médica que le obligue a llevar la cara cubierta—. En realidad, no importa. No es asunto mío. —Unitas es una universidad de la mafia, después de todo. A lo mejor es habitual que la gente oculte su identidad. Un colega supervillano merece mi respeto.

Pero ahora quiero saber qué aspecto tiene. Por lo que alcanzo a ver, es mayor que los estudiantes, más cerca de los treinta que de los veinte. ¿Es profesor? Puede ser, pero no lleva toga. Viste de forma sencilla, con vaqueros y una camiseta negra que se ciñe a sus anchos hombros, y su pelo, algo largo y rubio, le cae sobre la cara.

Se me calientan las mejillas. No sé por qué me mira así, pero en cierto modo me gusta.

Excepto que sé que no debería. Es una distracción.

—¿Te importa? —Le señalo la salida con un gesto—. Estoy en comunión con las plantas.

—En comunión —repite.

—Sí.

—¿Hablas con ellas?

—Sí.

—¿Y te responden?

—Ya te gustaría saberlo. —Quiero darme la vuelta e ignorarlo, pero sé que nunca hay que darle la espalda a una amenaza. Y, aunque solo está ahí de pie, este tipo es una amenaza.

Sin embargo, sí parece interesado en las flores, y señala la que tengo al lado. —¿Cómo se llama esa?

—Digitalis. Nombre común, digital. —Señalo el discreto cartel en el suelo junto a la planta. El nombre está ahí mismo, en el cartelito, si este tipo no estuviera tan ocupado estudiándome—. Si comes cualquier parte de ella, te pondrás muy enfermo. Pero también se usa para medicamentos para el corazón. La dosis hace el veneno, ya sabes.

Desvía la mirada hacia la flor y luego de nuevo hacia mí. ¿Cuánto tiempo va a quedarse ahí mirándome?

—Hay un laberinto al otro lado del campus —le digo—. Es famoso. ¿Por qué no vas a ver las flores de allí?

—Este sitio es más interesante.

Resoplo, porque tiene razón. —Cualquier cosa es más interesante que un montón de bojes. Esto es un jardín de plantas venenosas —digo, ya que no parece que sepa leer los carteles—. Todo lo que hay aquí puede matarte.

—¿Todo? —Sus ojos se arrugan de una forma que me hace pensar que está sonriendo bajo esa máscara. Siento cómo su mirada me recorre, y mis entrañas se estremecen en respuesta. Me encanta la atención..., pero no debería.

—Sí —le digo. No tengo que convencerlo. A lo mejor se come algo, se desmaya y me deja en paz—. Créeme o no. Pero yo tendría cuidado al tocar cualquier cosa. Como eso... —Señalo la enredadera que trepa por el tronco de la cicuta. Ha apoyado la mano en el tronco, a escasos centímetros de ella—. Eso es hiedra venenosa.

Aparta la mano bruscamente y se aleja del árbol. La luz del sol resplandece en su pelo rubio.

Estoy tensa, como si fuera a echar a correr, pero... nunca podría ganarle. Me atraparía.

Hay un torrente líquido entre mis piernas, y trago saliva, esperando que mi reacción no sea evidente. Los músculos de mi vientre se han contraído y siento el pulso latiendo entre mis piernas.

¿Por qué me pone este tipo que está al acecho en un jardín de plantas venenosas con una máscara de calavera? Debería darme repelús, pero le estoy mirando como una idiota embobada y actuando como si fuera el tío más bueno que he visto en mi vida. Claro, su pelo es bonito, pero solo le he visto la mitad de la cara.

Me acerco al tronco del árbol hasta que le miro a través de un velo de hojas venenosas.

—Eso es una mala hierba —dice él.

—Aquí no. Pertenece a este lugar. —Extiendo la mano y acaricio las hojas rojizas. Son brillantes por la resina aceitosa que causa una erupción horrible que pica mucho.

El hombre se aparta de mí. —¿No habías dicho que era venenosa?