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El filósofo francés nos insta a romper la tendencia a la autocompasión y al victimismo, algo que va contra el progreso que implica la modernidad, y que se acentúa en las nuevas generaciones. A la humanidad victoriosa de la modernidad le sucede hoy una sociedad victimista. La promesa de un mundo mejor, liberado del fatalismo y el fanatismo, que inspiró a la Ilustración y a la Revolución francesa, ha engendrado ciudadanos lastimeros y autocomplacientes. Bruckner afirma en este libro que la civilización actual identifica la grandeza con la preocupación por los humillados; en la otra cara de esta tendencia sitúa a la victimización —como chantaje al prójimo— y una obsesión patológica por el reconocimiento. Paradójicamente, el sufrimiento se erige como nuevo valor sagrado en el Occidente hedonista. El filósofo francés explica por qué todos, ricos y pobres, hombres y mujeres, hacen alarde de sus propios certificados de sufrimiento, que los elevan por encima de sus semejantes; y cómo, en detrimento de los verdaderamente desgraciados, «por un curioso vuelco, los felices y los poderosos también quieren pertenecer a la aristocracia de los márgenes, formar nuevas castas de derrotados». Finalmente, aborda el culto al dolor, que, impregnado de amargura, ensalza la figura del mártir y alimenta las dos grandes pasiones contemporáneas: el resentimiento y la venganza. La pose de la exclusión, el narcisismo de la segregación y la competencia victimista prosperan por todas partes. Y cabe preguntarse si las generaciones jóvenes, consentidas y criadas en el miedo y la susceptibilidad, serán capaces de afrontar el caos del mundo en el que vivimos, marcado por la violencia y las catástrofes naturales. «Hay una constante en la obra de Pascal Bruckner que roza la profecía. Su último ensayo sobre la victimización y la complacencia en el sufrimiento, real o imaginario, es una lectura imprescindible». Le Point
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Seitenzahl: 369
Veröffentlichungsjahr: 2026
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Edición en formato digital: enero de 2026
Título original: Je souffre donc je suis. Portrait de la victime en héros
En cubierta: © fotografía © Kozlik_Mozlik / iStock
© Éditions Grasset & Fasquelle, 2024
© De la traducción, María Belmonte
Diseño gráfico: Gloria Gauger
© Ediciones Siruela, S. A., 2026
Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Ediciones Siruela, S. A.
c/ Almagro 25, ppal. dcha.
www.siruela.com
ISBN: 979-13-88032-80-6
Conversión a formato digital: María Belloso
Prólogo: El Panteón invertido
Introducción: Tucídides y Jesucristo
Primera parte: Frente a la desgracia
Capítulo 1: «Un día todo estará bien, esa es nuestra esperanza»
Capítulo 2: La confusión de las contrariedades
Capítulo 3: El sufrimiento produce derechos
Capítulo 4: Las exageraciones del mártir
Segunda parte: Las competencias victimistas
Capítulo 5: Los ladrones de sufrimientos
Capítulo 6: Putin o el pequeño funcionario del crimen
Capítulo 7: ¿Hacia un «ginocidio» generalizado?
Capítulo 8: ¿Descolonizar a los descolonizadores?
Tercera parte: ¿Cómo vivir con nuestras heridas?
Capítulo 9: ¿De la barbarie como ocultación?
Capítulo 10: ¿Sanar el pasado?
Capítulo 11: El héroe, antítesis ambigua
Capítulo 12: ¿Así es como viven los hombres? (Louis Aragon)
Conclusión
Para Caroline Thompson, obviamente
Para Patrice Champion,
en recuerdo de Belgrado y Cracovia
Para Olivier Nora, que no ha flaqueado
«No te pregunto cuál es tu raza, tu nacionalidad o tu religión, solo quiero saber de qué sufres».
LOUIS PASTEUR
«El hombre es un aprendiz, el dolor es su maestro y nadie se conoce hasta haber sufrido».
ALFRED DE MUSSET, Lorenzaccio
El 8 de diciembre de 2015, el Elíseo comunicó que el presidente François Hollande estaba considerando conceder la Legión de Honor a título póstumo a las ciento treinta víctimas de los atentados del 13 de noviembre en el Bataclan y en las calles adyacentes. El gran canciller expresó su desacuerdo. La Legión de Honor recompensa desde su creación (19 de mayo de 1802 por Napoleón Bonaparte) a los militares y civiles que han prestado servicios eminentes a la nación. Los ciento treinta inocentes abatidos por la barbarie yihadista, que tuvieron la desgracia de encontrarse en el momento y en el lugar inadecuado, merecían el homenaje de la nación, pero de una manera diferente.
En España se creó en 1999 una condecoración específica para las personas muertas en atentados terroristas. En Estados Unidos se levantó un monumento a los asesinados el 11 de septiembre. Pero la Legión de Honor no es una recompensa a la tragedia ni al duelo: se supone que premia el mérito. Una cosa es proclamar el homenaje del país a las víctimas, y otra, atribuirles una recompensa reservada a los actos heroicos. Como si se hubiera querido exorcizar la tragedia adjudicando condecoraciones republicanas a esos hombres y mujeres desafortunados. Para ser condecorado hay que haber combatido valientemente y no solo haber sido abatido al azar.
Finalmente, el Elíseo renunció a ese proyecto y el 12 de julio de 2016 creó la Medalla Nacional al Reconocimiento de las Víctimas del Terrorismo, quinta condecoración por importancia en el orden protocolario, por delante de la Medalla de la Resistencia y la Cruz de Guerra. Pero esta decisión fue recibida con frialdad por ciertos segmentos de la opinión pública, así como por el Ejército. ¿El hecho de sufrir un ultraje o ser asesinado por individuos fanatizados era más relevante que homenajear a los combatientes? La nación incluía a todos sus hijos, pero hacía distinciones entre unos y otros. Los condecorados como víctimas del terrorismo son considerados como «víctimas civiles de guerra» desde 1990 y sus hijos pueden optar al tutelaje del Estado. Como un síntoma significativo de una confusión muy contemporánea que ya había suscitado un debate después de la Segunda Guerra Mundial entre miembros de la Resistencia y deportados, ¿la tortura infligida merece más reconocimiento que la hazaña realizada? ¿El desgraciado es más heroico que el valeroso?
En La guerra del Peloponeso, relato del conflicto que enfrentó a Atenas, Esparta y las ciudades griegas, el historiador ateniense Tucídides (460-395 a. C.) enuncia la ley siguiente: «La justicia solamente es tenida en cuenta en el razonamiento de los hombres si las fuerzas son iguales en ambas partes; en caso contrario, los fuertes ejercen su poder y los débiles deben cedérselo». Tal es la ley inmemorial: los poderosos reinan, los miserables doblan el espinazo. Fue la revelación cristiana, anunciada por el judaísmo, la que invirtió ese paradigma para gran disgusto de los paganos, espantados por la exaltación de un Dios que se deja crucificar como un esclavo para salvar a la humanidad. «¿Era propio de un Dios dejarse prender y ser tratado como un criminal? Menos adecuado aún era que fuera abandonado, traicionado por los suyos que lo seguían como a un mesías, como Hijo y enviado de Dios»,1 exclama el filósofo romano Celso en el siglo II. Lo que era absurdo para un hombre de la Antigüedad, es que Jesús proclamase el mandamiento de amar a los enemigos y se diera preeminencia a los lisiados, a los pobres, a los desposeídos. Es un cambio antropológico radical que sitúa arriba lo que está abajo, lo innoble por encima de lo noble, y contra el cual Friedrich Nietzsche, gran adorador de la fuerza y de la aristocracia, no dejó de vituperar.
En el relato de la Pasión, Jesús comparte su sufrimiento con todos los humillados de la Tierra y les ofrece el consuelo de la cruz. Es el golpe de genio del cristianismo y su singularidad absoluta, el nuevo concordato propuesto al género humano: la invención de un hombre dios que tiene las debilidades del primero y la transcendencia del segundo. Los contemporáneos están estupefactos por esta secta oscura que ha triunfado entre la cohorte de fanáticos, zelotes y sanadores que poblaban Galilea en aquella época. El Hijo del Hombre no predica ni a los ricos ni a los justos, sino a los pecadores, las mujeres de mala vida, los ladrones, los desposeídos. Se hace humilde entre los humildes. Su intransigencia no es de este mundo y dinamita todas las instituciones, incluso las de las Iglesias. Con esa mezcla de dulzura y agresividad que caracteriza a los Evangelios, llama a la insurrección contra los poderosos que moldeará al conjunto del mundo occidental, incluidas las grandes doctrinas seculares de la modernidad. ¿Qué es la clase obrera en el marxismo sino el cuerpo de Cristo constituido en bloque revolucionario para transformar la historia e instaurar la sociedad perfecta? ¿Qué son las minorías en el «wokismo» sino un montón de efigies cristianas que hay que venerar de forma prioritaria? Lo que las legitima es su desgracia, sobre todo cuando esta desgracia se escribe en plural a través de la «interseccionalidad» (Kimberlé Crenshaw),2 cruce de varias opresiones. El cristianismo invierte las jerarquías y da preeminencia a los vencidos sobre los abusones. El lenguaje del vencedor consiste en decir: tengo razón porque soy el más fuerte. El lenguaje de la víctima tiene el enunciado contrario: mi debilidad es mi arma y mi derecho. Hay en ella una transcendencia y casi una santidad: su herida es la mía, su situación me ordena acudir en su ayuda.
Sabemos que esta cuasi divinidad del vulnerable constituye la prerrogativa de la civilización. Somos los herederos de esta revolución cristiana, para lo mejor y para lo peor. Es la que ha dado consistencia, durante los dos últimos milenios, y a menudo contra el parecer de las Iglesias, a los derechos de las mujeres, de los niños, de los explotados, de los esclavos, de los colonizados. Pero sobre esta invención planea una estrategia resultante: la postura de víctima que encontramos tanto a escala de Estados como de particulares. Parece más fuerte en los países ricos, entregados a los disfrutes materiales y estructuralmente insatisfechos con su suerte. Nuestro panteón no está compuesto más que de atribulados y desafortunados. Solo ellos son merecedores de nuestra simpatía y detectamos otros nuevos cada día. Es nuestra gran pasión democrática: incluso los privilegiados quieren jugar a los malditos. La libertad, la capacidad propia de cada uno de conducir su vida a su manera, es sobre todo el permiso concedido a todos de lamentarse sobre su suerte.
La palabra «víctima» es polisémica: ser blanco de un robo o de una violación, de un accidente o de torturas no es lo mismo. Pero en este campo el ascenso a los extremos es rápido y favorece la confusión. Cada uno alinea su condición con la del más afectado. «Respete mi sufrimiento», piden los individuos. «Demuéstreme que usted sufre», exigen el Estado, los seguros, la opinión pública, los medios. ¿Qué hacer con los que no sufren ni demasiado ni demasiado poco, es decir, la mayoría? Tradicionalmente, el estatuto de víctima se obtenía del historiador o de la justicia: el primero describía la realidad de una masacre, los tribunales componían esta realidad y extraían las consecuencias. Era el largo periodo del reconocimiento, a menudo consagrado por los Estados o los Gobiernos en las ceremonias oficiales. Pero en nuestros días, en una época de impaciencia amplificada por las redes sociales, hay un deseo de autocoronarse como mártir acelerando el proceso: veamos por ejemplo los «estudios del agravio»3 en Estados Unidos, esos departamentos universitarios que presentan reclamaciones de todo tipo de categorías —los obesos, las mujeres, las minorías, los queer, las lesbianas, los trans, etc.— y que se aplican ese título a modo de carta de presentación. Armenios, deportados, esclavos, colonizados, harkis, homosexuales han tenido que patalear largo tiempo para ser reconocidos. Ya no tenemos el valor de esperar, queremos acceder de inmediato al título de censurados. ¿Qué es la victimización? Una identidad narrativa que nosotros nos atribuimos y que esperamos que los otros nos confirmen. Constituye una patología del reconocimiento, la voluntad de ser identificado sin tener que presentarse.
La intensa ensoñación heroica de los siglos XIX y XX ha sido reemplazada por la intensa ensoñación victimista del siglo XXI. Esta nace de tres alteraciones: la búsqueda frenética de la felicidad se convierte en obsesión frenética por la desgracia. El sufrimiento anexiona a su imperio territorios cada vez más extensos, incluyendo aquellos que no entraban en su jurisdicción. Por último, la promesa democrática, siempre frustrada, exacerba la insatisfacción e instala la queja en el centro del psiquismo contemporáneo. Se puede decir que la ideología victimista peca tres veces: desacredita el estoicismo espontáneo de cada uno frente al mal. Invierte las prioridades: con la excusa de proteger a los vulnerables, multiplica en cambio a las falsas víctimas, que eliminan a los auténticos damnificados. Y, por último, se convierte en coartada de asesinos, que se envuelven en esos hábitos para cometer sus fechorías.
Antaño la víctima, hombre o mujer, era sacrificada, a través del fuego, la horca, el linchamiento, para recomponer una comunidad desgarrada. Era inmolada y a veces santificada. En nuestros días es a la inversa: se santifica primero y se inmola después. Después de 1945 y del Holocausto, la figura del judío fue elevada sobre un pedestal y luego derribada cuando se convirtió en la del israelita y fue acusado de todos los males: colonialismo, racismo, imperialismo. Lo que fue bendecido se convirtió en maldición: de ser modélico, el judío ha pasado a ser el rival que se quiere eliminar para ocupar su lugar.
A escala mundial, la competencia entre desgracias las obliga a gritar más fuerte para hacerse oír. A la fraternidad de los destituidos responde la cacofonía de los lamentadores que valorizan la figura del mártir y alimentan esas dos grandes pasiones que son la venganza y el resentimiento. Supremacistas blancos o negros, islamistas radicales, masculinistas amargados, neofeministas rabiosas, ecologistas furiosos, eslavófilos revanchistas, neootomanos vengativos, cada grupo se jacta de una gloria o de un desastre pasado para acusar a sus enemigos. ¿Cuántos imperios deshechos, Rusia, Turquía, Irán, China, se adornan con el atuendo del condenado para abandonarse sin freno a la arrogancia de la conquista? ¿Cuántos Estados independientes invocan a la antigua metrópolis colonial para seguir explotando a sus pueblos? La inclinación natural de todo perseguido, una vez llegado al poder, es metamorfosearse en perseguidor. El victimismo es un belicismo: cuanto más se compadece uno por su caso, más justificado se siente para castigar a quienes se designa como enemigos. Las lágrimas están cargadas de rabia y animosidad.
La preocupación por los humillados, tal es la grandeza del humanismo. Mientras que su anverso es la victimización como chantaje al otro. Su estadio último es la desaparición de los auténticos desgraciados a favor de los parias de carnaval cuya única particularidad es poseer las redes y la notoriedad que les permiten imponerse. Se apoderan de la lengua de los oprimidos para usurpar una posición. Entran en una guerra de palabras, las toman como rehenes, las secuestran. De un extremo al otro de la escala social, cada uno esgrime su patente de maldición que lo eleva por encima de sus semejantes. Extraña figura la del miserable profesional que pulula por nuestros países y atraviesa todas las clases sociales. ¿Cómo distinguir entonces del resto a los falsificadores, a los tramposos?
Este ensayo se compone de tres partes: en la primera estudiamos cómo el mensaje de la Ilustración y la Revolución, el de un mundo mejor liberado del fatalismo y del fanatismo, desemboca en una sociedad del sollozo y de la fragilidad, es decir, de la renuncia. En la segunda, cómo el estatus de paria permite poseer potencialmente todos los derechos, sobre todo el de acusar y oprimir en nombre de su herida. En la última parte consideramos dos figuras, la del verdugo y la del héroe. El héroe y la víctima crean unanimidad, cada uno a su manera: el primero tranquiliza a las sociedades presas de la duda, la segunda refunda el contrato social a través de sus desgarros. Uno y otra tienen necesidad de un público que los aclame. Nos llenamos la cabeza de desgraciados y exaltamos a los valientes que nos reafirman en nuestra imagen. Pero nos llenamos también la cabeza, horrorizados y fascinados al mismo tiempo, con los monstruos que matan por sadismo o se disfrazan de mártires para perpetrar sus abominaciones.
¿Por qué es tan fecundo el terreno victimista? El sufrimiento se ha convertido paradójicamente, en el Occidente hedonista, en una nueva sacralidad que fascina. Antaño era el destino común de la condición humana; ahora se trata de un pasaporte que se exhibe para impresionar a los contemporáneos. Te provee de una nueva identidad, te transforma en un ser excepcional que puede hacerse notar sin grandes esfuerzos en la escena pública. Ese es el mensaje de nuestra época: todos sois desheredados con derecho a llorar por vosotros. El sueño supremo sería convertirse en mártir sin haber sufrido otra desgracia que la de haber nacido un día.
1 Citado en Jean-François Braunstein, La religion woke, Grasset, 2022, p. 25 [La religión woke, La Esfera de los Libros, 2024].
2 Kimberlé Crenshaw (1959), jurista y militante, inventó el concepto de interseccionalidad en 1989.
3 Peter Boghossian, James Lindsay y Helen Pluckrose forjaron este término en 2017-2018 para criticar lo que consideraban un empobrecimiento del trabajo académico en torno a la etnia, el género, la sexualidad y la obesidad.
«Nadie sufre inútilmente».
SAN AGUSTÍN
El mundo clásico es duro con la pena, al menos si creemos las enseñanzas de sus élites. En el siglo XVI, en el XVII, las miserias abundaban y en lo que había que esforzarse era en soportarlas e incluso en mostrarlas. El objetivo de toda existencia, que era breve en aquella época —treinta y cinco años para los príncipes y la nobleza de toga, veintisiete para el resto de la población con notables excepciones según los individuos (Luis XIV vivirá cerca de setenta y siete años)—, consistía en prepararse para la muerte. Es decir, enfrentarse al Juez supremo y arrepentirse de los pecados. Cuando Europa era mayoritariamente cristiana, el miedo a la condenación debía prevalecer sobre el miedo a morir: la muerte debía ser un paso hacia la felicidad divina o hacia las llamas del infierno. El siglo XVII abunda en textos admirables sobre la necesidad del creyente de aceptar el infortunio, prueba de purificación interna y de prepararse para el Gran Viaje. Mientras que para griegos y latinos era una fatalidad inevitable, el sufrimiento es para los primeros cristianos el precio a pagar por la Caída, el salario del pecado original. La fortuna es injusta, el mal golpea al azar a niños e inocentes, pero, como en el libro de Job, Dios se encargará de la felicidad de quienes lo merezcan.5 La muerte no es el fin, sino un puente hacia lo desconocido del juicio final.
Afortunadamente, Dios entregó a su único hijo para librar a la humanidad del mal y de la muerte. La pasión de Cristo se convierte en el relato fundador de la fe: cada creyente que sufre participa a su vez de esta epopeya y encuentra en Jesús un guía y un amigo que le ayuda. Clavado como un ladrón en la cruz, el hijo de Dios contempla la muerte de cara y la derrota con la esperanza de la Resurrección. En esta situación, el sufrimiento se vuelve un aliado, se convierte en el fracaso que conduce a la victoria, dice Martín Lutero, y es lo que caracteriza nuestra decadencia y nuestra posible elevación.
Lo que el cristianismo rechaza es el heroísmo aristocrático, despreciativo con los pobres, y la moral estoica que recomienda aceptar duelos y enfermedades sin una queja. Esta última llega incluso a invitar al sabio a que se someta a la tortura y al desmembramiento con una sonrisa: en el toro de Fálaris, de Agrigento, Sicilia, una escultura hueca de bronce y calentada al rojo, se encerraba a los torturados y se suponía que el sabio permanecería dichoso y soportaría las penas más atroces. Blaise Pascal arremeterá contra la insolencia de Epicteto o de Marco Aurelio, en los que encontrará un crimen capital: la afirmación de una libertad humana inconsciente de su desenlace final. Según él, es preciso reconocer su calvario y, desde el fondo de este envilecimiento, ascender hasta el Creador. «Nadie está libre de pecado frente a Dios, ni siquiera un niño que no tenga más que un día de vida en la tierra», escribe san Agustín en Las confesiones. Las Iglesias desarrollarán una preocupación muy real por los desgraciados, acompañada de la glotonería por la desgracia, que queda probada por la estética de los suplicios y de la sangre en cierto catolicismo, especialmente español, la complacencia con el cuerpo desmembrado y esa facultad propia del monoteísmo de ser una de las mayores fábricas de mártires (ha quedado sobrepasada en nuestros días por el islam, que produce en serie los chahid,6 también bautizados como terroristas).
Pero la desgracia pierde en el relato evangélico lo que tiene de peor: la gratuidad. Tiene un sentido y todas las religiones están saturadas de sentido, no existen más que para hacer soportables el dolor, el duelo, la desaparición, inscribiéndolas en un propósito superior. El budismo, por su parte, mediante el concepto del karma, hace del infortunio presente el resultado de faltas cometidas en vidas anteriores. Según la fórmula establecida, las flechas que disparamos antaño vuelven a nosotros como una justa retribución de nuestros pecados anteriores. Concepto cruel (cada uno de nosotros merece su suerte, sobre todos los más pobres), pero eminentemente consolador. Una justicia inmanente sanciona el reparto, desde el nacimiento, entre desposeídos y favorecidos, aunque en el hinduismo y el budismo, por otro lado muy diferentes (el segundo no reconoce las castas), hay dos especies de salvación: una salvación intramundana, que se gana a medida que se van produciendo reencarnaciones y que permite mejorar de generación en generación, y una salvación extramundana en la que se escapa del ciclo maldito de los renacimientos. Con el cristianismo, el sufrimiento se convierte en misterio a plena luz que es preciso descifrar sufriendo uno mismo. Y los teólogos rivalizarán en casuística para legitimar la existencia del dolor, de las enfermedades, de la muerte de los niños sin atentar contra la bondad de Dios.
Parece ser que este dispositivo de justificación de la desgracia no era tan convincente, puesto que se ha revelado, con el tiempo, como el breviario de la resignación. Los adelantos de la agricultura, la diversificación alimentaria, incluso entre los más pobres, el descubrimiento de los alcaloides y de los opiáceos para aliviar los tormentos físicos, que dieron lugar a las primeras controversias sobre el opio entre los médicos,7 han desbaratado las fabulaciones del sacerdote sobre el dolor como necesario castigo divino. Al final de la Edad Media se hizo visible en Europa una feroz voluntad de vivir y de escapar a la fatalidad del tormento. Si mediante unas gotas de láudano se volvía posible acabar con una punzada de dolor o experimentar una benéfica lasitud, entonces los sermones sobre la justa pena resonaban en el vacío. La algofilia cristiana es rechazada con actos. El mayor benefactor de la humanidad sigue siendo John Collins Warren, que en 1846 inventó en Estados Unidos la anestesia con éter.
Al comienzo del siglo XVIII la Ilustración se propone una sencilla ambición: reemplazar la obsesión de la salvación por la preocupación por la felicidad, librarse de la inagotable lepra de la desgracia y de lo arbitrario que caracteriza al Antiguo Régimen. La vida no es solo un valle de lágrimas, es posible transformar este mundo en un jardín fértil y sonriente. Si el Mal persiste, nos está permitido abolir muchos de los males inútiles que han asolado a los hombres durante siglos. La idea de progreso reemplaza a la de eternidad, el porvenir se convierte en el refugio de la esperanza, el lugar de la reconciliación del hombre consigo mismo. «Un día todo estará bien, esa es nuestra esperanza; hoy todo está bien, esa es nuestra ilusión» (Voltaire). Esta mutación de las sensibilidades se ampliará también al sufrimiento animal en el debate público con la teoría de «la cadena de los seres», que postula un parentesco entre todos los seres vivos. La filosofía sensualista de Condillac instala a las bestias en una comunidad de destino con los hombres: «Concluimos que, si las bestias sienten, sienten como nosotros».8 Los suplicios producidos por las luchas de animales, la castración de los caballos, la brutalidad de los mataderos y de la caza, los animales enjaulados en los zoológicos han ido despertando poco a poco una auténtica religión de la compasión hacia nuestros hermanos inferiores, sobre todo porque los humanos se encariñan con algunas especies domésticas y les profesan un auténtico afecto, similar al de otros miembros de la familia.
En el concepto de progreso convergen las felicidades individuales y colectivas de las que es testigo el utilitarismo anglosajón, que pretende poner la felicidad al servicio del género humano. Las calamidades que nos asuelan desaparecerán mañana si empeñamos en ello nuestra energía. La marcha del espíritu humano puede ser lenta o acelerada, aunque siempre es infalible. Pero la tierra prometida del futuro sigue siendo indefinidamente una tierra comprometida con el viejo mundo al que se asemeja extrañamente. El progreso es una ambición equívoca: mantiene la esperanza de lograrlo allí donde las generaciones anteriores han fracasado, pero vuelve a situar el edén para más adelante. El infortunio no desaparece, cambia de sitio. El mañana se convierte en la eterna categoría de la esperanza. Ya no se tienen en cuenta las doctrinas seculares que recomiendan la paciencia ante el advenimiento de la sociedad perfecta. No hay triunfo del espíritu con Hegel, no hay revolución proletaria con Marx sin un largo periodo de tribulaciones sangrientas, de guerras de toda clase. Lo mejor surgió en la historia a través del caos, la violencia es la gran partera del porvenir. Nietzsche no se quedó atrás exaltando la crueldad y las hordas salvajes para mejorar la especie humana por selección de los más fuertes. Hay muchas doctrinas para las que el mal es un momento necesario del bien: en cada calamidad hay una razón secreta actuando. Los peores horrores que se infligen los hombres deberían contribuir a la plenitud de todos. Los herederos laicos del catolicismo participan con estruendo en el altar del dolor. Nuestras sociedades se creen descristianizadas, pero nuestras pasiones siguen siendo las del cristianismo: el religioso no vuelve porque nunca ha desaparecido. Se mantiene como una brasa bajo nuestras proclamas laicas.
El comienzo del siglo XXI en Europa vio multiplicarse las promesas atronadoras. Cada época fanfarronea sobre sus capacidades para resolver las crisis de la época anterior. La era digital, con sus profetas multimillonarios, sus grandes sacerdotes de la inmortalidad y de la inteligencia artificial, no se queda atrás al respecto. Es una humanidad regenerada y purificada la que debería abordar el tercer milenio, segura de haber acorralado los últimos gérmenes del infierno. La muerte, las enfermedades, la vejez deberían ser barridas como arcaísmos. Pero a la ebriedad del transhumanismo se opuso la resaca de la covid, y el exceso de mortalidad de este periodo ha puesto de manifiesto los límites de la medicina. El fin de la historia, conjugado con los progresos de la democracia y los beneficios del mercado, debería propulsar la aventura humana hacia nuevas cimas. Europa sería el único lugar donde la tragedia ya no tendría lugar, según la palabra profunda de Susan Sontag enunciada en el momento de la guerra en la antigua Yugoslavia. En cada decenio son los mismos juramentos de beodos, las mismas esperanzas que se repiten, una y otra vez, desde el comienzo del siglo XXI, con los anuncios apocalípticos de los grupos milenaristas del fin del mundo. La ebriedad de los utopistas solo se corresponde con el pánico de los catastrofistas.
El optimismo de las grandes filosofías de la historia ha sido barrido, al menos en Occidente, por la acumulación de conflictos, genocidios y exterminaciones masivas que han vuelto al hombre más titubeante frente a los fines últimos de la historia. La humanidad siente animosidad tras tantos crímenes abominables y ha dejado de tener confianza en sus propios recursos. Parece querer evolucionar simultáneamente hacia lo peor y hacia lo mejor. La fe en el porvenir se vuelve vacilante, al menos en Occidente. Particularmente, porque la democracia constituye por excelencia el régimen de la insaciabilidad legal: alimenta una sed que no puede saciar, agudiza las fiebres, exacerba las rivalidades. Sus alimentos son la indignación, la revuelta, pero también la envidia y los celos. Hace de cada uno de nosotros un ciudadano más atormentado por los bienes que no tiene que por los que ya ha adquirido. La prosperidad de unos alimenta una envidia permanente basada en la comparación, incluso entre los favorecidos. Marx escribía: «Que una casa sea grande o pequeña, mientras las casas de los alrededores tengan el mismo tamaño, satisface todo lo que, socialmente, se pide a un lugar de habitación. Pero si se alzara un palacio junto a ella, la casa pequeña se contraerá hasta no ser más que una cabaña». La frustración será tanto más fuerte cuanto más se haya asegurado cierto confort a las naciones acomodadas, ventaja que se teme perder en todo momento. Aquello que se creía eliminado continúa desafiándonos: nos diezman nuevas epidemias, las guerras reaparecen, los fenómenos climáticos extremos asuelan los campos, el ensañamiento de los ciudadanos resurge en sociedades que se creía pacificadas.
Los europeos y americanos del siglo XXI nos hemos vuelto hipersensibles a la menor contrariedad. Estamos colectivamente atacados por el síndrome de la princesa del guisante,9 esa heroína de Andersen que pasa una noche en blanco por una bola minúscula que se ha deslizado bajo su colchón. Nuestra emotividad se acrecienta a medida que la medicina hace más llevaderas nuestras condiciones de existencia. En general, se explica la mitología victimista por el desfase entre las promesas de la modernidad y sus resultados. ¿Y si fuera a la inversa? ¿Si fueran los éxitos incontestables de la ciencia y de la industria los que hubieran exasperado nuestra impaciencia? Se han vencido tantos males, se han abolido tantas injusticias que uno se extraña de que no puedan serlo todos de inmediato. El estado de civilización crea a su pesar tantos sufrimientos como los que alivia: produce una colisión entre las aspiraciones y las realidades que puede generar el desencantamiento. Al erigir el bienestar y la salud como norma básica, hace que su falta resulte mucho más intolerable. Entonces, se convierte en malestar todo lo que obstaculice nuestros apetitos: anhelamos una suerte cada vez mejor, a riesgo de alzar nuestras pequeñas miserias al nivel de las privaciones intolerables. La alergia a los inconvenientes se acrecienta a medida que la perspectiva de superarlos aumenta.
Contrariamente al cristianismo, que no se ha propuesto nunca erradicar el mal de la tierra —«Oh, hombres, es en vano que busquéis en vosotros el remedio a vuestras miserias», decía Pascal—, las dos revoluciones, la americana y la francesa, ambicionaban regenerar la especie humana mediante el concurso combinado del saber, la industria y la emancipación. Debía ser posible con el tiempo acabar con casi todos los males, el hambre, la pobreza, la superstición. Pero, ay, no hay un progreso, sino progresos localizados, a su vez equívocos, productores de regresión, de daños mayores. ¿Cómo sentirse en sintonía todavía con la reunión solemne del productivismo y del cientificismo cuyos estragos son evidentes, por no mencionar los «accidentes» que han sido las crisis de las vacas locas, del amianto, de la sangre contaminada, de la levotiroxina, del fentanilo? Nuestros avances incontestables desde hace tres siglos se pagan con retrocesos aterradores: cada conquista es también una derrota; cada demostración de fuerza, una confesión de debilidad.
Sin embargo, sería un error creer muerta o enterrada nuestra fe en el progreso. Hasta el opositor más feroz a esta idea se traga un analgésico en cuanto siente dolor, o se somete al bisturí del cirujano si su vida corre peligro. El mejor remedio a los males del progreso es otro progreso que corregirá los efectos del precedente. Al hombre sumiso del cristianismo, arrogante con la modernidad, sucede el hombre perplejo de hoy. Nos hemos convertido en creyentes desengañados que aspiramos a avances controlados o localizados.
Los Modernos han acariciado a veces la voluntad loca de abolir los problemas de cualquier clase, de considerar el sufrimiento como algo nulo y sin efecto o pasarlo por alto. El filósofo Alain, en sus Propos sur le bonheur [Sobre la felicidad] (1925), veía en la higiene y la gimnasia los mejores remedios al dolor. Se burlaba de Pascal por sentir terror ante el silencio de los espacios infinitos, asegurando que sin duda se había enfriado junto a su ventana.10 En su opinión, las enfermedades mortales, e incluso las guerras, provienen de un fallo pedagógico: hay que aprender a ser felices, es un deber de la educación. La serenidad es una obligación perturbada a veces por genios malvados: como la hostilidad entre Francia y Alemania, «dos robustos niños atormentados y sacados de quicio por un puñado de críos malvados».11 En cuanto al que va a la guillotina en una carreta, no tiene más que contar los baches del camino para distraerse del destino fatal. El historiador Philippe Ariès observaba que el duelo y el dolor se han convertido en Occidente, después de la guerra, en actividades solitarias como la masturbación.12 Aunque la desaparición de nuestros seres queridos continúa produciendo en nosotros un inmenso dolor, las costumbres funerarias que acogían a los supervivientes han desaparecido. La muerte ya no es un acontecimiento de la vida salvo cuando afecta a un gran personaje como Isabel de Inglaterra (septiembre de 2022), que conmocionó al mundo entero, incluida Francia; durante tres semanas pedimos literalmente prestada a su reina a Gran Bretaña para recuperar los fastos monárquicos. Las noticias necrológicas en las revistas son especialmente devoradas porque tratan de algo casi prohibido. Ya no se lleva luto ni se viste con ropa oscura, se puede seguir el funeral online, la pena es un asunto privado, el fallecimiento de alguien cercano o de un pariente no debe perturbar la marcha triunfal de la existencia. Ahora se quiere instaurar la «muerte positiva», reencantarla, acabar con las caras lúgubres,13 eclipsarse tras una sonrisa, e incluso los cuidados paliativos, si damos crédito a la publicidad, deben ser simpáticos y amistosos.14 ¿Y por qué no hacerse compostar para reducir la huella de carbono, como propone la asociación Humo Sapiens?15
El hedonismo dominante, con todos sus esfuerzos por escamotear lo negativo, refuerza lo que querría disimular: el terror omnipresente del dolor, físico y moral. La sociedad de la felicidad obligatoria es también la que habla continuamente el lenguaje del sufrimiento. Mediante un giro perverso, favorece la extensión de la desgracia que prolifera a la manera de la mala hierba. Aunque no es verdad que todos los hombres buscan la felicidad, es exacto que todos quieren huir del infortunio. En la Antigüedad, a través de las escuelas epicúreas o estoicas, se trataba de limitar el sufrimiento por la inteligencia de su mecanismo y el cristianismo lo exaltaba para redimir a la criatura; nosotros vivimos en la negación con la loca esperanza de que se disipe si se le priva de toda expresión pública. Resultado: los grupos de afligidos se multiplican de forma exponencial, las recriminaciones públicas o privadas no han sido nunca tan numerosas. La juventud de los países ricos occidentales ha sido calificada de «generación copo de nieve»16 para traducir su extrema fragilidad. Muchedumbres de «vulnerables» se agrupan en fila para compartir su desolación o sus miedos.
¿Nos hemos convertido colectivamente en blandengues? Es lo que pensaban numerosos nostálgicos de los tiempos antiguos. Nietzsche, horrorizado por el humanitarismo de su época, llevó muy lejos la esperanza de un ser humano modelado a martillo como la arcilla por la dureza:
La disciplina del sufrimiento, del gran sufrimiento —¿no sabéis que únicamente esa disciplina es la que ha creado hasta ahora todas las elevaciones del hombre?—. Aquella tensión del alma en la infelicidad, que es la que le inculca su fortaleza a los estremecimientos del alma ante el espectáculo de la gran ruina, su inventiva y valentía en el soportar, perseverar, interpretar, aprovechar la desgracia, así como toda la profundidad, misterio, máscara, espíritu, argucia, grandeza que le han sido donados al alma ¿no le han sido donados, bajo sufrimientos, bajo la disciplina del gran sufrimiento?17
Se diría estar leyendo el reglamento de un centro de rehabilitación de chicos malos. En la misma óptica, el sociólogo británico de origen húngaro Frank Furedi se burla de la instalación de celdas de urgencia médico-psicológicas ante el menor accidente o acontecimiento difícil y señala que las poblaciones del sudoeste asiático, víctimas del tsunami en 2004, no tuvieron necesidad de los expertos enviados de urgencia por los estamentos internacionales.18 También cuestiona la nueva entidad nosológica de síndrome de estrés postraumático, elaborado por la psiquiatría americana con ocasión del regreso de los veteranos de Vietnam y que se aplica desde entonces tanto a los descendientes del Holocausto como a los de la antigua Yugoslavia o de Ruanda.19 En los años treinta del siglo XX ya vio la luz un manifiesto dolorista que protestaba contra «la tiranía de los sanos» y la suavización de los cuidados médicos. Sin embargo, en Francia el ámbito médico ha sido reacio durante mucho tiempo a prescribir morfina incluso en caso de enfermedad grave. Hubo que esperar a 2001 para que este remedio se volviera obligatorio. Este debate es absurdo: se puede detestar al mismo tiempo el dolor inútil y celebrar la fuerza de espíritu de los individuos frente a la adversidad. Entre los bravucones y los cobardes hay otros comportamientos menos extremos.
Pero en nuestros días muchos consideran el endurecimiento, el silencio, la solidez como una actitud retrógrada: hay que compadecerse y apiadarse. Al menor accidente, sobre todo si se trata de niños, convocamos multitudes de psicólogos por miedo a las secuelas irreversibles. La emoción prevalece sobre el análisis, así como la identificación con los afligidos. Lo que ha cambiado con relación a los siglos anteriores no es la suma de las calamidades que padecemos, sino nuestra disposición de espíritu frente a ellas. La edad clásica en Europa podía ser pesimista, se contentaba con confirmar el dogma del pecado original: crímenes, horrores, atrocidades se sucedían como prueba de nuestra maldad redimida por Dios. La tragedia comienza desde el Renacimiento, con la esperanza de un mundo mejor, bajo la responsabilidad única del hombre que se hace responsable de sus fracasos. Esta promesa de construir un Edén razonable con las armas del Estado-providencia, de la educación y del derecho permanece por naturaleza inacabada y, por lo tanto, decepcionante. Se haga lo que se haga por apoyarnos, nunca es suficiente, siempre quedan obstáculos, impedimentos. Cuanto más se intenta hacernos fácil la vida, más se asemejan a muros infranqueables las dificultades residuales. Vivimos, en Francia sobre todo, donde el Estado-providencia es tan obeso como ineficaz, en una espera constantemente renovada y desengañada. Nunca nos sentimos lo bastante satisfechos, amados, gratificados: «Sufrimos cada vez más los efectos de la protección generalizada».20
Nuestras sociedades se encuentran con un dilema permanente: para eliminar las injusticias, comienzan por nombrarlas a riesgo de concederles una consistencia indebida. Nuestros grandes desafíos —la promoción de las categorías desfavorecidas, la preocupación por el bienestar— deben partir de manera permanente de un estado de imperfección que recordamos para poder superarlo mejor. Oponemos mentalmente el estado de ayer, deplorable, a las posibilidades de hoy, preferibles. Y miramos a los países pobres o subdesarrollados como lo que encarna aquellos arcaísmos que ya no queremos. Antaño había una aceptación colectiva del mal, puesto que las ayudas eran más toscas, la medicina rudimentaria. Los remedios de los que nos beneficiamos hoy no existían, el umbral de tolerancia ha cambiado. Toda la prudencia del mundo desaparece ante un dolor lancinante: el mal que nos desgarra exige un alivio inmediato. Saber que el medicamento existe, pero que nosotros no nos beneficiaremos de él, es indigno. Un niño que muere por no haber recibido cuidados provoca un escándalo absoluto. Los hombres han odiado siempre el dolor, y muchos, nos dice la historiadora Roselyne Rey, preferían en el siglo XVI esperar la muerte que sufrir una amputación o una extirpación (la anestesia no existía todavía). Ante cualquier dolor, lo que debe tenerse en cuenta es la escala íntima de lo inadmisible. A uno le da un soponcio por un análisis de sangre, otro se deja hacer una carnicería sin pestañear. El valor físico varía de una persona a otra y en cada uno de nosotros según las épocas de la vida. A pesar de las atrocidades de la guerra y las epidemias, nada indica que las sociedades de antaño fueran más aguerridas: eran más resignadas y se moría muy joven.21
Siempre ha habido ejemplos de resistencia inhumana que han llamado la atención en todas las épocas: como el muchachito de Esparta, citado por Montaigne, que prefirió dejar que un zorro le devorase el hígado que confesar su robo (la educación de los jóvenes implicaba el dominio del robo), o ese alpinista estadounidense, Aron Ralston, que en 2003, al quedar atrapado por una roca en Utah, se amputó el brazo derecho para liberarse y se salvó in extremis (regresó al lugar de los hechos seis meses después para dispersar las cenizas de su brazo incinerado). Es preciso distinguir las pruebas que uno se impone a sí mismo de las que hay que soportar a nuestro pesar. Los soldados de Napoleón tras la derrota de Moscú, los deportados de la Alemania nazi o los presos del Gulag sufrieron abominaciones que nos dejan estupefactos, con toda la razón.
A diferencia de esos calvarios, en las democracias liberales el Estado vela por nosotros, toma a los ciudadanos bajo su cuidado y les asegura que el país no se olvidará de ellos. La sociedad de la solicitud nos protege desde el nacimiento hasta la muerte, de la mañana a la noche, nos lleva de la mano, nos aleja de los peligros, nos muestra el camino recto. Hay que reducir al máximo para cada uno, sobre todo en Francia, donde prevalece el principio de precaución, la exposición a la adversidad. Dicho de otro modo, el riesgo, «la posibilidad de exponerse a un mal con la esperanza, si escapamos de él, de obtener de ello un bien» (Condillac), resulta sospechoso en nuestros días o está restringido a actividades específicas. Pero el miedo aumenta a medida que se pretende protegernos de todos los peligros. En el ámbito educativo, ya se sabe, los niños demasiados mimados son incapaces de afrontar el caos del mundo. A la primera contrariedad, buscan la ayuda del padre o de la madre y se encuentran perdidos, incapaces de autonomía. La sobreprotección los vuelve más vulnerables. Los pequeños pánicos del alma infantil son normales y el deber de los educadores es apoyar a chicos y chicas para acompañarlos hacia la madurez. El niño va de la sumisión a la separación, de la obediencia a la emancipación progresiva. Se convierte en dueño de sí mismo mediante el aprendizaje de su libertad recién estrenada. No hay nada más emocionante a cualquier edad que superar las aprensiones y rebasar los propios límites.
Por antítesis, esa pusilanimidad erigida en principio político produce estajanovistas del esfuerzo o locos del abismo. Algunas personas se someten a suplicios inhumanos, atraviesan los polos, el Atlántico o el Pacífico en una cáscara de nuez, se someten a ascensiones imposibles en paredes verticales, franquean cañones o calles de nuestras ciudades sobre un cable suspendido por encima del vacío. Por no hablar de los cursillos de empresa para «endurecer a los empleados», a los que se somete a la prueba de caminar sobre brasas, a hacer puenting o a actividades tan delirantes que a veces recuerdan a las utilizadas por la policía para su entrenamiento. O esos programas de telerrealidad en los que se ve a un hombre y una mujer desnudos sobrevivir en una selva hostil armados solamente con un cuchillo, a merced de serpientes, arañas venenosas y cocodrilos.22
Se elige un «buen sufrimiento» frente a un mal sufrimiento experimentado como si uno fuera a anular al otro, se imponen libremente mortificaciones, desafíos que procuran la ilusión de ser dueño y poseedor de su destino. Las únicas coacciones que nos gustan son las que nos imponemos a nosotros mismos, con vistas a un fin superior, como un desafío lanzado a nuestra finitud. La fragilidad de una mayoría de ciudadanos mimada por los poderes públicos es respondida por la cabezonería de una minoría de intrépidos. Entre ambos, el individuo normal, hombre o mujer, joven o viejo, elige riesgos a su medida sin caer en los excesos de los cabezas locas. Pero la desgracia golpea siempre de improviso y nos impone sus leyes: incluso un temerario puede matarse tontamente desde una escalera, después de haber desafiado la muerte durante toda la vida. La desgracia solo se admite si podemos darle un sentido. Que tenga o no la última palabra importa poco, al menos nos habremos rebelado contra ella hasta el final.
PEQUEÑOS CONSUELOS
En caso de problemas, siempre nos queda un consuelo: la comparación. El accidente del que me acabo de librar podría haber sido más grave. Habría podido perder las dos piernas o la vida. El cáncer que me afecta es afortunadamente curable si se coge a tiempo, etc. Establezco un paralelo entre los ataques sufridos y los temidos y me encuentro casi satisfecho de mi suerte. He escapado de lo peor. Es lo que intentan decirnos con pudor los que nos quieren para tranquilizarnos, lo que nosotros les explicamos cuando son ellos los que están enfermos. La palabra tranquilizadora es la que devuelve el equilibrio.
Los medios son otro vector de consuelo: a través de los relatos de catástrofes, de guerras e inundaciones, verificamos con un sentimiento de vergüenza que otros tienen más motivos para lamentarse que nosotros. Aquellos a quienes las noticias les deprimen ignoran esta función tranquilizadora de los telediarios: tenemos necesidad de la desesperación del prójimo para verificar que nuestra suerte no es tan cruel después de todo. Sentimiento mezquino pero apaciguador. Como esas personas desgraciadas que buscan el contacto con otros desafortunados para sentirse menos solos. Vuestra felicidad los ofuscaría. Este paralelo puede llegar hasta el mal gusto absoluto: como esa película india, Bawaal, de Nitesh Tiwari (2023), en la que una joven pareja en crisis viaja a Europa siguiendo las huellas de la Segunda Guerra Mundial y se reconcilia en Auschwitz imaginándose gaseados bajo las duchas. «Cada relación pasa por su Auschwitz», dice la actriz en plena iluminación.
