Susurros en la alcoba - Trish Wylie - E-Book
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Susurros en la alcoba E-Book

TRISH WYLIE

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Beschreibung

Era un hombre duro... y demasiado encantador como para resistirse a él. El magnate de negocios Rory Flanaghan era alto, atractivo y muy, muy sexy. Cuando Cara Sheehan empezó las sesiones con Rory como entrenador personal, el ejercicio cobró para ella un significado totalmente distinto. Pero, aunque era bastante inexperta en cuestiones de sexo, lo que sí sabía era que el corazón de Rory tenía echado el cerrojo. Él quería demostrarle lo que se estaba perdiendo. Con una caricia, con un beso, con una noche de pasión, la tendría rendida. Y una sola noche no sería suficiente…

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Editados por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2007 Trish Wylie. Todos los derechos reservados.

SUSURROS EN LA ALCOBA, Nº 11 - junio 2012

Título original: Breathless!

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.

Publicada en español en 2009

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin, logotipo Harlequin y Bianca son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-687-0156-1

Editor responsable: Luis Pugni

Imágenes de cubierta:

Piernas: IOFOTO/DREAMSTIME.COM

Pétalos: ALENKASM/DREAMSTIME.COM

Conversion ebook: MT Color & Diseño

www.mtcolor.es

Capítulo 1

—¿En qué puedo ayudarla?

Cara se fijó en los ojos más oscuros que había visto en su vida, mientras su subconsciente producía una nutrida lista de respuestas clasificadas X a su pregunta.

Él tenía unos ojos de diablo, negros como el carbón y brillantes como dos diamantes. ¡Y qué voz! Poseía una profunda voz de barítono que reverberó dentro de ella y despertó sus deseos. No era justo que existieran hombres así .

Él no había estado allí antes. Cara sabía que se habría acordado. ¡Si sólo de verlo empezaba a balbucear!

—Esto... hola...

Frunció el ceño brevemente, compensando la ridícula falta de elocuencia ante la presencia de aquel potente animal sexual con una verborrea imparable.

—Me llamo Cara Sheehan y necesito que me ayuden a perder un poco de peso.

Estupendo. Seguramente habría terminado de impresionarlo. Menos mal que no había ido allí en busca de algo que no fuera ayuda profesional. Dominó el pánico del que se pone de pie y confiesa un secreto en una de esas reuniones para gente con sobrepeso, y se fijó en el hombre que tenía delante.

Si hubiera estado detrás del mostrador cualquiera de la media docena de veces que en las últimas dos semanas había pasado delante del gimnasio, a lo mejor habría ido antes; o a lo mejor ni se habría acercado. No dudaba que se habría fijado en él mucho antes que en las pesas y las bicicletas estáticas.

Como tampoco dudaba de que ese hombre tuviera dificultad alguna para conseguir que las mujeres perdieran la cabeza por él. Cara se sintió un poquito mejor al decirse que no era la única que sucumbía a sus encantos.

Se pasó la lengua por los labios resecos.

—Y lo más rápidamente posible, por cierto —añadió por si acaso.

—Aquí no hacemos dietas milagrosas.

Cara trató de ahogar el sofoco que le calentó las mejillas y se fijó en sus ojos oscuros. Aquel hombre haría una fortuna jugando al póquer, porque la miró sin pestañear, esperando en silencio.

Él no tenía manera de saber cómo se ganaba ella la vida. Un hombre así no tendría ninguna necesidad de saber quién era la autora con más éxito de lo que algunos llamarían libros de dietas milagrosas en Irlanda. Ni tampoco que la tenía delante en ese momento.

Aunque no podía decirse que ella predicara con el ejemplo. Aun así, Cara levantó la cabeza con gesto rebelde.

—Si quisiera algo así de rápido, me habría hecho una liposucción. No me importa que cueste tiempo.

—También supondrá esfuerzo.

—Sí, lo sé, y esfuerzo.

Cara se cruzó de brazos con ánimo defensivo, haciéndolo bajo sus pechos grandes y turgentes, e inmediatamente percibió el interés en él, a quien se le fueron los ojos en esa dirección. Descruzó los brazos porque no había ido allí a distraerlo. Además, detestaba que los hombres acabaran conversando con sus pechos.

Aunque, bien mirado, hacía tiempo que nadie se los miraba de ese modo que, sin saber por qué, le hizo sentir algo especial. Rezó para que no se le pusieran duros los pezones; porque además allí no hacía nada de frío. Para distraerse pensó en una liposucción, algo en lo que había pensado en algún momento de desesperación.

Él la miró de arriba abajo con su mirada intensa, y a Cara se le encogió un poco el estómago: nunca se había sentido tan expuesta, tan consciente de sí misma, de su físico, tan consciente de que no poseía lo necesario para sentirse más segura de sí misma, más confiada.

Debería estar acostumbrada a eso; pero cuando un hombre como él la miraba así...

Se aclaró la voz, no sin cierto fastidio, y esbozó una sonrisita sarcástica justo cuando él volvió a mirarla a los ojos.

—Tal vez debería quedarme en paños menores para que pudiera usted estudiarme mejor.

Algo brilló en la mirada de aquel hombre.

—Eso depende de usted. Pero por favor por mí no lo deje.

A Cara nunca le había convencido una actitud arrogante. Al menos hasta ese momento.

—Me gustaría hablar con alguien que piense con la cabeza, si fuera posible. Con su jefe, tal vez.

Él se encogió de hombros. La camiseta negra que llevaba puesta le ceñía el torso y los brazos musculosos. Desde luego no parecía tener problema alguno con el peso.

A Cara le irritaba que aquel hombre tan viril y atractivo le provocara sensaciones eróticas. ¡Malditas hormonas!

—Yo soy el jefe.

Cómo no. Estupendo. Le había costado casi dos semanas armarse de valor para cruzar aquella puerta, y de pronto tenía que hablar con un hombre como aquél. En algún lugar había alguien que la detestaba.

—Bueno, si ésta es su manera de captar clientes, será mejor que ponga el cartel de «se vende».

Se dio la vuelta con la cabeza bien alta.

Había otros gimnasios en la ciudad; no había necesidad de quedarse en aquél. Era el que más cerca estaba de su casa, pero tampoco eso resultaba muy prometedor a la hora de ampliar sus horizontes, como ella deseaba hacer. Un gimnasio más lejos de casa le habría dado pie a hacer más esfuerzo...

¡Menudo comienzo a su maravilloso plan!

—Espere un momento —se oyó una voz profunda detrás de ella.

Aunque la sensatez le instaba a salir por la puerta con aire indignado, Cara se detuvo, suspiró cansinamente y se volvió hacia él.

Se había levantado y había salido del mostrador, dándole la oportunidad de mirarlo bien. Y vaya si se dejaba mirar.

Mediría fácilmente más de un metro ochenta. De su cabello negro azabache, ondulado y lustroso se escapaban algunos mechones finos que le caían sobre la frente, fruncida en ese momento por algún sentimiento de contrariedad.

Unas cejas oscuras enmarcaban aquellos fascinantes ojos. La nariz, que parecía como si se la hubiera roto en alguna ocasión, le daba un toque más humano. Algunas arrugas de gesto en las comisuras de los labios sugerían que se reía de vez en cuando; aunque de momento Cara no había visto nada de eso.

Era un hombre guapo, pero tenía un aire de mal genio; y precisamente por eso a Cara le costaba mucho más aceptar que su presencia pudiera afectarle tanto.

Fue al dar un paso hacia ella cuando se dio cuenta de la causa de su mala cara. El hombre cojeaba; y por el gesto parecía como si además tuviera dolor.

Cara bajó la mirada por la pierna, esperando ver un pie escayolado. Pero sólo vio unos pies grandes calzados con unas botas igualmente enormes.

Debería haber sentido lástima; sin embargo, como de costumbre, ella iba por otro lado.

—La última clienta que entró aquí le dio un par de patadas en la espinilla, ¿no?

Él dejó de caminar y la miró con expresión interrogante.

—¿Cómo?

—Me refería a la última clienta con la que fue usted grosero. ¿Le dio una patada? ¿Lo atropelló con el coche cuando trataba de escapar?

El hombre pestañeó repetidamente, antes de esbozar una sonrisa tan sexy que Cara no daba crédito.

—No tanto.

Cara fue a cruzarse de brazos otra vez, pero optó por no hacerlo; el tipo ya la había mirado bastante.

—No creerá que su cojera hará que los demás sientan lástima por usted.

—No busco la compasión de los demás.

—Menos mal que yo tampoco quiero ofrecérsela.

Él se aceró un poco más, sin dejar de sonreír con aquel aire de seguridad en sí mismo que lo caracterizaba. Entonces le tendió la mano y entrecerró los ojos imperceptiblemente.

—¿Lo intentamos otra vez? —sugirió el hombre.

—¿Quiere disculparse entonces por ser tan pésimo en la atención al cliente?

—A lo mejor hemos empezado con mal pie, lo reconozco.

—¿Ah, quiere decir eso que es usted menos imbécil cuando se apoya sobre la pierna que no cojea?

El hombre dejó de sonreír, frunció el ceño y de inmediato dejó caer la mano a un lado.

—¿Quiere que la ayude o no? Aunque no creo que lo necesite.

Cara soltó una risotada.

—Sí, claro. ¿Dónde se ha dejado al perro guía? ¿Detrás del mostrador?

—No. Veo perfectamente. ¿Qué tienen de malo unas cuantas curvas? Hoy en día muchas mujeres tienen la obsesión de estar como el palo de una escoba, y no es eso lo que hacemos aquí.

Ella lo miraba con los ojos como platos, sin dar crédito a lo que oía.

—Caramba, debe de hacer una fortuna en este sitio si anima así a todo el mundo a apuntarse. Ahora me dirá que la mitad de la población del planeta no cree que las mujeres delgadas son más sexys.

De inmediato le pesó haber dicho la palabra «sexy». Sobre todo porque al hacerlo había bajado la voz, aleteado las pestañas y alzado la barbilla con salero. ¿Por qué era tan bocazas?

Los ojos de aquel hombre, de por sí oscuros, parecieron oscurecerse aún más. Una mirada de curiosidad acompañó a su voz grave.

—A algunas personas las curvas nos parecen... —la miró de arriba abajo— mucho más sexys.

Cara se quedó asombrada mientras sentía los fuertes latidos del pulso. Aquel hombre no podía ser de carne y hueso. Porque por muchas tonterías que estuviera diciendo, su virilidad parecía envolverla y afectar a su estado de ánimo como no le había ocurrido jamás.

¿Y acaso era justo?

Un tipo como él no perdería el tiempo en fijarse en ella salvo como una clienta que necesitaba perder peso.

Ningún hombre que poseyera su físico y su sensualidad la había mirado jamás de esa manera. Y si aquél lo había hecho, tampoco serviría de nada; porque no se atrevía a disfrutar de un par de noches de pasión y lujuria, por muchas ganas que tuviera.

Cara se dijo que, si tuviera la oportunidad, no le importaría en absoluto despojarle un poco de esa cargante seguridad en sí mismo. A ella le haría mucho bien para sentirse más confiada.

Pero eso era una fantasía; y como Cara era una persona realista, se limitó a lo único que podía hacer: a saborearlo con la mirada como habría hecho con un helado.

Ella nunca había tenido fama de tener buen ojo para los hombres, ni de oportuna, ni de ser capaz de detectar en los demás un comportamiento anómalo.

—Usted es de esa clase de dementes que disfrutan viendo carne fresca cruzar las puertas de su negocio cada día, ¿verdad?

—Lo cierto es que no estoy aquí a diario.

—Eso explica por qué su negocio sigue abierto —ladeó la cabeza y le sonrió con sarcasmo.

—¿Siempre es tan arrolladoramente simpática cuando una persona intenta ser agradable con usted?

—¿Es eso lo que está haciendo usted?

Cuando él juntó las manos a la espalda y se encogió de hombros, la tela de la camiseta le ciñó el torso.

De ese modo Cara se fijó en el 69 impreso en la camiseta. ¿Sería un mensaje subliminal?

Tragó saliva y trató de calmarse, mientras hacía un esfuerzo por mirarlo a los ojos de nuevo.

—Ésa era la idea, sí. Reconozco que a lo mejor he sido un poco seco. Llevo fuera del país una temporada y no estoy acostumbrado a charlar tanto. Tendrá que disculparme por ello.

—Evitando al marido de alguien, supongo.

Cara se recriminó a sí misma de inmediato. Tenía la mala costumbre de hablar más de la cuenta, y siempre la había tenido. Sin embargo, a sus veintisiete años, bien podría empezar a controlarla un poco.

Él cambió de postura y se cruzó de brazos otra vez. Y Cara, que tanto lo había criticado con el pensamiento por mirarle los pechos cuando ella se había cruzado de brazos, hizo exactamente lo mismo y se fijó en los músculos de sus brazos y de su torso. Inmediatamente sintió un calor que la recorrió de arriba abajo. Sin duda tenía que empezar a salir más de casa, a divertirse.

Una risa masculina la sacó de su ensimismamiento. El inesperado sonido le pareció demasiado alegre para provenir del hombre que tenía delante. Así que se volvió algo aturdida para ver de dónde provenía, y de nuevo se encontró con aquellos ojos negros y brillantes.

—¿Siempre se muestra tan a la defensiva, señorita Sheehan?

Era cierto. Su naturaleza excesivamente sarcástica siempre acababa metiéndola en líos.

Después de lo que había sufrido los últimos cinco años, había tenido que aprender a defenderse, a afilar las armas que mejor conocía: las del lenguaje. Era el instinto de supervivencia.

Pero no pensaba explicarle todo eso a un extraño, por muy tentadora que le resultara su persona.

Así que Cara levantó la cabeza, como si lo desafiara a reírse de ella otra vez.

Al momento él bajó un poco la cabeza, se aclaró la voz y trató de contener la risa. La miraba con los ojos ligeramente entrecerrados, como si la invitara a devorarlo, y sin dejar de sonreír le tendió la mano de nuevo.

—Prometo portarme bien si usted también lo hace. Vamos. ¿Quién sabe lo que puede salir de aquí?

Cara ignoró su sugerente tono de voz y se fijó en su mano; era grande y muy masculina, de dedos largos, capaces de agarrarle de la muñeca con fuerza, por mucho que tratara ella de liberarse.

Esa idea le hizo sentirse en parte intimidada, aunque de algún lugar más recóndito de su ser, de algún lugar secreto, surgió una intensa emoción erótica.

—No he venido aquí a hacer un pacto con el diablo.

—Ya lo sé... Usted ha venido a tonificar su cuerpo. Yo puedo ayudarla a eso —sonrió otra vez—, aunque en realidad no lo necesite.

Ella tenía otra opinión. No sólo lo haría por su estima, ni porque fuera parte de un gran plan. Muy pronto tendría que superar además una situación emocional fuerte; y por una vez quería enfrentarse a ello con todas las armas posibles. Y como no se había convertido en la rolliza de su grupo de amistades de la noche a la mañana, entendía que para mejorar su físico necesitaba la ayuda de un profesional...

—¿Es que no hay nadie más?

Se agarró a esa idea como a un clavo ardiendo y para sus adentros suplicó para que fuera así. Incluso una versión en femenino de Atila y los hunos sería preferible a ese tipo de ojos brillantes que rezumaba testosterona.

Cara llevaba toda la vida siendo una profesional de las dietas rápidas. Si lo que pretendía era corregir un mal hábito con el que llevaba media vida, entonces lo que menos falta le hacía era distraerse; ni nada que pudiera animarla a salir corriendo en dirección a la nevera para compensar otras sensaciones que no estaban a su alcance.

—Mi hermano está de vacaciones una temporada, así que en este momento yo soy el mejor.

—¿Eso quiere decir que hay alguien mejor que usted?

Él la miró con picardía.

—En algunas cosas, sí.

Cara levantó la mano y meneó los dedos delante de él.

—Adiós.

Pero cuando se dio la vuelta, él hizo exactamente lo que ella había estado pensando momentos antes. Se adelantó y le asió de la muñeca con sus dedos largos y firmes, dominándola con su fuerza masculina.

Cara sintió como si sus dedos le quemaran la piel. Sin embargo la sensación no se limitó a la piel, sino que pareció empaparla por entero. Sorprendida, bajó la vista a la mano que le asía la muñeca.

¿Qué demonios era eso?

Él se acercó y bajó un poco la voz, asemejándola al susurro de un amante al amanecer, desnudo y excitado.

—Si dejo que cruce esa puerta, a mi hermano le dará un ataque, y acabará dándome una patada en la pierna mala. No querrás que luego te remuerda la conciencia, ¿verdad, Cara?

Cara estaba bastante segura de que eso no sería para ella ningún problema. Pero lo que él le dijo después sí le llamó la atención.

—Conmigo se obtienen buenos resultados. Siempre. El sarcasmo no me afecta, la testarudez tampoco y la motivación es mi lema. Así que, si de verdad quieres hacerlo, soy tu hombre. Eso si crees que puedes aguantarme.

La sugerencia quedó en el aire. Mientras, él le pasaba la yema callosa del pulgar por la cara interna de la muñeca, donde el pulso latía irregularmente.

Tratar con él sería lo más difícil, pero él acababa de enumerarle todas las cosas que haría para trabajar con ella. En lo de obtener resultados había dado en el clavo, porque eso era verdaderamente lo que a Cara le interesaba.

No podía ir a otra boda siendo la dama de honor gorda, la joven de la que todos opinaban que tenía una cara bonita, un elogio de doble sentido para cualquiera que tuviera sobrepeso. A cualquiera le gustaba que le dijeran que tenía una cara bonita, pero al final, cuando la gente lo decía porque no sabía qué más decir, cansaba un poco.

Y Cara no podía volver a pasar por eso jamás.

Por una vez en su vida quería que todos se quedaran estupefactos con su físico en lugar de compadecerse de ella; quería que la vieran feliz, contenta con su vida, aunque de momento estuviera sola. Aparte de eso, el que Niall la viera y se diera cuenta de que estaba mejor sin él era un extra demasiado bueno como para dejarlo pasar.

En general, era una situación redonda.

Sólo tendría que tratar con aquel payaso un tiempo, nada más.

—Bueno —dijo ella.

Después se volvió con gesto firme y delicado y lo miró con indiferencia. Pero cuando él la soltó sin discutir, ella se sintió algo desinflada, aunque lo disimuló de inmediato.

—Eso quiere decir que me devuelven el dinero si no obtengo resultados, ¿no?

Él sonrió de nuevo y le guiñó el ojo.

—Hasta ahora jamás he decepcionado a ninguna mujer.

Estupendo. Mientras siguiera con aquella porquería machista no tendría problema alguno a la hora de tratarlo. Así que Cara asintió con una sonrisita de suficiencia.

—Bueno, siempre hay una primera vez para todo.

—Soy Rory.

Lo miró confundida.

—Me llamo Rory. Rory Flanaghan. Imagino que lo habrás pensando; así que consigue un muñeco donde clavar las agujas durante una temporada.

—Bien, Rory Flanaghan. Será mejor que seas tan bueno como dices ser.

Él sólo dudó un instante antes de acercarse a ella.

—Pensé que tendríamos que comportarnos correctamente.

Se produjo una marcada pausa antes de que ella le respondiera.

—Quiero por escrito la parte de la devolución en caso de no obtener los resultados prometidos.

Capítulo 2

Cara dio un respingo. ¡Pero qué manos tenía ese hombre!

—Cuidado, grandullón.

Él la miró sorprendido.

—Sólo estoy colocándote bien —sonrió sin poder evitarlo.

—Estoy segura de que se lo dirás a todas las chicas.

Rory se reía, mientras le pasaba la palma de la mano por la espalda para que la estirara.

—Cara, si vas a empezar a coquetear conmigo, dejaré de controlarme. Y no querrás que acabe siendo un sinvergüenza, ¿verdad? Porque se echaría a perder mi buena fama de entrenador personal y todo eso...

Ella frunció el ceño al sentir un dolor en la parte superior del brazo, pensando que aquellos músculos no los debía de haber utilizado en la vida.

Por otra parte, si estaba coqueteando con él, era sin querer. Si su intención hubiera sido tratar de encandilarlo, tampoco le hubiera servido de nada: desde que había empezado en el gimnasio, las demás mujeres, todas delgadas como palillos, no habían dejado de hacerle ojitos.

Rory era un hombre muy popular en el local.

Si embargo, si quería ser justa debía reconocer que él no le había seguido el juego a ninguna de ellas.

—No estoy coqueteando, sólo soy ingeniosa. El ingenio y el sarcasmo son mis puntos fuertes; también me encanta comer.

Rory le retiró la mano de la espalda cuando estuvo seguro de que la tenía bien colocada, y fijó la mirada en los brazos del aparato de pesas.

—¿Y qué más cosas se te dan bien?

Cara lo miró de reojo.

—Pensé que no querías parecer un tipo lascivo.

—No me refería a eso —dijo él.

—Claro que no.

De nuevo él le estudió el rostro con sus ojos oscuros al tiempo que estiraba un brazo para apoyarse en el aparato y se inclinaba hacia delante con una sonrisa en los labios.

—A lo mejor lo he dicho para entablar conversación.

—¿Entonces por qué no me hablas del tiempo?

—Porque eso lo puedo ver asomándome a la puerta o a la ventana.

—¿Y de la paz en el mundo? ¿O del medio ambiente?

—Hacemos dos más aquí y continuamos —le miró brevemente los brazos y respiró hondo—. ¿No hablas nunca de cosas normales? —preguntó—. La mayoría de los hombres lo prefiere.

Cara sonrió por eso, y también porque Rory Flanaghan no se parecía en nada a la mayoría de los hombres que ella había conocido, aunque, en lo de la conversación tenía algo de razón.

—¿Quieres decir que la mayoría de los hombres son simples?

Un brillo de humor asomó a los ojos de Rory.

—Sigamos.

Cara soltó las pesas, se puso de pie y avanzó junto a él hasta la cinta de correr. Lo observó por el rabillo del ojo, y vio que él controlaba con la mirada todo lo que acontecía en ese momento en la sala, antes de volverse de nuevo hacia ella.

Cara se centraba en la conversación con él porque era el único terreno donde se sentía segura. Incluso cuando tenían que dejar un aparato y pasar a otro, le ponía muy nerviosa su proximidad.

Él se mostraba tan fastidiosamente sereno, tan profesional todo el tiempo, que a Cara le entraban ganas de gritar. Era imposible que la afectara tanto, y que no se diera cuenta de ello además; claro que Cara no quería que se diera cuenta de nada.

Se dijo que a lo mejor estaba acostumbrado a esa reacción por parte de las mujeres...

—Hoy haremos veinte minutos —dijo él.

Cara lo observó mientras ajustaba los tiempos en la cinta de correr.

—Lo dices en plural, como si lo estuvieras haciendo también; pero la que corre soy yo, tú te quedas ahí...

—Observando lo que haces.

Ahí precisamente radicaba el problema. Cara empleaba el mismo esfuerzo para mantener una postura erguida, con los hombros hacia atrás y el estómago metido, que el que empleaba en hacer el ejercicio en sí. La matemática simple le decía que estaba trabajando el doble. Sin embargo...

—Te sentirías mejor si hicieras el mismo ejercicio a la vez que yo —dijo Cara al tiempo que tocaba repetidamente la barandilla de la cinta de correr contigua a la suya.

Ella frunció la boca y aprovechó el momento para mirarle las piernas; pero sin darse cuenta se quedó mirando el cordón de la cinturilla del pantalón del chándal unos segundos más de lo decoroso. Al percatarse, bajó la mirada rápidamente para fijarla en las enormes zapatillas de deporte que calzaba.

Cuando levantó la vista un poco azorada, él la miraba con expresión interrogante.

—No puedes usar la cinta de correr por la pierna mala, ¿no? —preguntó ella.

—Tampoco estoy en silla de ruedas —Rory se apoyó sobre la barandilla y presionó unos botones—. Mientras tú corres cuesta arriba, yo puedo hacerlo con tranquilidad.

—Y dicen que la caballerosidad ya no existe...

Empezaron a trabajar en las cintas al mismo tiempo. Cara trataba de no mirarlo muy descaradamente, pero seguía sintiendo su presencia muy cerca. Para empezar veía de reojo su pelo negro y era tan consciente de sus pasos rítmicos como de la mano grande que se agarraba a la barandilla junto a la suya.

No recordaba haberse sentido antes tan consciente de la presencia de otra persona a su lado, o de su olor. Porque él olía de maravilla. Cada vez que se acercaba a ella para colocar algo, o pasaban junto a una ventana abierta, su aroma la rodeaba. Era un aroma muy masculino, con un toque de canela; un olor que le recordaría a él en cualquier sitio.

Lógicamente, a Cara le fastidiaba notar ese tipo de cosas.

—Yo estoy a favor de la conservación de la selva amazónica.

Cara sonrió sin dejar de caminar.

—Y yo.

—Y la paz en el mundo no estaría mal tampoco.

—Sí, yo soy de la misma opinión.

Charlaron un rato más, y después él se quedó callado un momento.

—Y a qué hombre no le gustaría decir que ha llevado a la gloria a una mujer.

Ella se echó a reír y volvió la cabeza para mirarlo en el mismo momento en que él le guiñaba un ojo y le echaba una sonrisa. Rory Flanaghan era un coqueto irremediable.

Su comportamiento resultaba encantador, como el de un adolescente. Se lo imaginó como uno de esos adolescentes a quien su madre le habría dado un buen tirón de orejas por descarado.

Cara frunció el ceño, empeñada en centrarse en el ejercicio nada más.

No quería pensar más en él, ni tampoco que él le gustara tanto. ¡Mira que pensar que su sentido del humor era algo encantador! Era de esos tipos de quien las madres siempre le advertían a una; uno de ésos que embaucaban a las chicas para llevárselas a las cama sin casi darse cuenta. Ni hablar.

De todos modos no tendría sentido. Con mirar alrededor vería al menos a tres candidatas dispuestas a dejarse mimar por él durante una hora al día, en los distintos aparatos del gimnasio.

Una cosa era fijarse en alguien con un físico como el que poseía Rory, y otra muy distinta que su picardía le pareciera encantadora.

Claro que más vergüenza le daría que él se enterara de lo que pensaba ella.

Seguramente él sentiría lo mismo que había sentido la rubia de la película de King Kong cuando se había enterado de que el mono la amaba.

Cara respiró hondo. Había que echar mano del sarcasmo.

—Hay veces en las que las mujeres estamos en la gloria sin vosotros —sonrió de medio lado y lo miró fijamente, mientras le ardían los gemelos del esfuerzo de tener que avanzar por el ángulo empinado de la cinta de correr. Aunque con tal de olvidarse un momento de que Rory estaba a su lado, habría subido el Everest.

—¿Eres así de engreída con todo el mundo, o sólo conmigo porque te estoy haciendo trabajar los músculos?

¿Engreída? Cara lo miró con humor.

—¿Dónde te has dejado el caballo esta mañana, John Wayne?

Su intento de imitar el acento de una vaquera hizo reír a Rory.

—Muy graciosa.

—Soy graciosa —lo miró con gesto garboso—. Es otra de las cosas que se me dan bien, además de tratar con los niños y los animales y mantener a raya a los hombres gallitos.

—Detestas trabajar los músculos y hacer ejercicio, ¿verdad?

Ella suspiró cansinamente.

—Sí, es cierto.

—¿Entonces por qué lo haces?

Cara lo miró de reojo.

—Voy a tener que preguntarte de nuevo si estás bien de la vista.

—Sí, sí, no dejas de decírmelo —apagó la cinta de correr y se volvió hacia ella cuando la máquina se paró—. ¿Acaso te gusta despreciarte a ti misma? ¿O eres de esas mujeres a quienes les gusta que les echen flores?

Cara respondió con un resoplido desgarbado.

—Sí, claro.

—Pues yo no veo dónde está el problema. Eres inteligente, eso está claro, un poco cómica y exagerada, pero estás a favor de la conservación de la selva amazónica y deseas la paz mundial. Yo te veo bien.

A Cara no se le pasó por alto que él no había mencionado ni un solo atributo físico. Ni siquiera su cara bonita, que solía ser su punto fuerte. ¿Por qué se sentía decepcionada, si en realidad no pretendía que él la encontrara atractiva de ese modo?

—De acuerdo. Está claro que acabo de decir algo que no debería haber dicho —adivinó él.

Cara negó con la cabeza, con la vista al frente.

—Entonces, si no te gusta hacer ejercicio, no te interesa charlar de temas triviales ni puedes ponerme en mi sitio, ¿de qué podemos hablar cada día durante una hora?

—¿Acaso tenemos que hablar?

—Es un poco aburrido si no lo hacemos.

—¿No podrías imaginar que ésta es tu oportunidad de hacerte pasar por bibliotecario?

Él soltó otra risotada.

—Para ser sinceros, no es una profesión que me haya atraído nunca.

—Pero es que no tenemos nada de qué hablar, ¿no te parece?

—Tú eso no lo sabes.

Rory se bajó de la cinta, dio la vuelta a la barandilla y se agachó delante de ella para inclinar más el ángulo de su cinta.

Entonces la estudió unos instantes con la mirada.

Cara tragó saliva mientras su perfume le embriagaba los sentidos. Sintió el pulso más acelerado, aunque sabía que no tenía que ver con la empinada subida.

—¿Es necesario que sepas lo que pienso de la vida, del universo o del medio ambiente? Sólo tienes que asegurarte de que no me parta el cuello con ninguno de estos instrumentos de tortura —inquirió ella.

—A lo mejor es que quiero saber esas cosas.

Ah, Dios mío, era bueno, muy bueno. Lo había dicho con la dosis correcta de suavidad en la mirada e intimidad en el tono de voz, como si ella le importara de verdad.

La cinta de correr empezó a pararse, pero Rory seguía mirándola con aquellos ojos tan intensos, esperando su respuesta.

Cara se pasó la lengua por los labios y notó que él seguía el movimiento con la mirada.

—¿Eres así de pesado con todos tus clientes?

Él esbozó una sonrisa pausada.

—No. Te lo he dicho. No suelo estar mucho por aquí.

—Y no será porque te falten candidatas deseosas de dejarse conocer —Cara ladeó un poco la cabeza y bajó la voz—. A lo mejor deberías dedicarte más a ellas y dejar que sea yo quien te ponga los pies en la tierra durante una hora cada día.

—Nunca me han gustado las cosas fáciles.

Cara volteó los ojos, y él se echó a reír.

—Podremos trabajar juntos mucho mejor cuando reconozcas que no soy tan malo como crees.

—No tengo pruebas de eso.

—Bueno, entonces sólo necesitas conocerme mejor, ¿verdad?

¿Querría convencerla para llevarla a su terreno?

Cara sospechó que no se equivocaba. Definitivamente, Rory Flanaghan era bueno, muy bueno.

—Nada de acecharme.

—Palabra de honor —él se llevó la mano al corazón con una sonrisa en los labios.

Cuando la máquina se detuvo, Cara movió el dedo con gesto de advertencia.

—No creas que voy a dejarme embaucar por esas frases que dirás a todas las mujeres.

—Creo que eso ya se sabe.

Rory sonrió de oreja a oreja, consiguiendo que Cara sonriera también.

—Y nada de sonrisas.

Rory estaba muerto de risa.