Tardes de Año Nuevo -  - E-Book

Tardes de Año Nuevo E-Book

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Beschreibung

Siguiendo la línea iniciada en La noche de Navidad (2021), Francisco José Gómez incorpora en Tardes de Año Nuevo hasta seis nuevos relatos elaborados para este volumen por algunos de nuestros mejores autores de narrativa breve: Emilio Gavilanes, Pablo Andrés Escapa, Alberto de Frutos, Óscar Esquivias y Ángel García Galiano, que se suman a otros de nuestros clásicos. Un elenco de creadores, en su conjunto, que aúna la tradición y la modernidad de las solemnidades navideñas, la problemática y la vida de la España de antaño y de nuestro tiempo, las alegrías, las virtudes y la devoción profunda que las Pascuas de Navidad atesoran. A los relatos, de ayer y de hoy, se une un retablillo poético para celebrar unas fiestas tan nuestras con el encanto y la fuerza de poetas clásicos y actuales como María Jesús Jabato, Antolín Iglesias o José Matesanz. Tardes de Año Nuevo es una obra cargada de tradiciones, vida y espiritualidad, de la mano de algunos de nuestros escritores con mayor y mejor oficio.

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VV.AA.

Tardes de Año Nuevo

Cuentos de Navidad III

Selección y edición de Francisco José Gómez Fernández

© De la presente edición: Francisco José Gómez Fernández y Ediciones Encuentro S.A., Madrid, 2023

De los relatos correspondientes: © Pablo Andrés Escapa, Óscar Esquivias, Alberto de Frutos, Ángel García Galiano, Emilio Gavilanes, María Jesús Jabato, Antolín Iglesias y José Matesanz

© Herederos de Sánchez Silva y Gómez de la Serna

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

Fotocomposición: Encuentro-Madrid

ISBN: 978-84-1339-168-7

ISBN EPUB: 978-84-1339-501-2

Depósito Legal: M-30956-2023

Printed in Spain

Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:

Redacción de Ediciones Encuentro

Conde de Aranda 20, Bajo B - 28001 Madrid - Tel. 915322607

www.edicionesencuentro.com

He aquí que un ángel del Señor se le apareció en sueños a José, diciendo: Levántate, y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y quédate allá hasta que yo te lo diga, porque acontecerá que Herodes buscará al niño para matarlo. Y él, despertando, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto; y estuvo allá hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliese lo que el señor declaró por medio del profeta, cuando dijo: De Egipto llamé a mi Hijo.

Mt 2,13-15

Mira, mira

el clavel entre pajas y espigas;

mira, mira

en la nieve la rosa encendida;

mira, mira

que el amor entre rayos tirita;

mira, mira

que la aurora del yanto hace risa.

Esta es la noche,

éste es el día

que sale de madre

la gracia y la dicha.

Lope de Vega

Más, no en vano, en esa noche se conmemora el nacimiento de Cristo. No es una fiesta sólo de boca; lo es también de corazón. El espíritu se vuelve al pasado, y recuerda seres queridos, y, tal vez, lejanos. En el pecho más estéril para la caridad, retoñan ciertas blanduras que, extendiéndose hacia los ojos, amagan resolverse en lágrimas. Como un ángel enviado del cielo, la piedad abre sus alas, penetra en los hogares, inspira, en todos los ánimos, dulces sentimientos. (…) Nadie olvida que se celebra un hermoso suceso. Allá, en Judea, muchos siglos ha, vino al mundo, teniendo por cuna un pesebre, el Redentor de los hombres.

José de Siles, «La cena de Navidad», Nuevo Mundo, 21 de diciembre de 1898

Presentación

Un libro diferente de cuentos de Navidad

Ante un nuevo libro de cuentos españoles de Navidad, y ya es el tercero, cabe preguntarse si se trata de proseguir con la labor de recuperación de relatos de nuestros mayores, o si, por el contrario, es algo más. En esta ocasión, podemos decir que ambas cosas.

Tardes de Año Nuevo continúa y amplía la línea de trabajo iniciada en La noche de Navidad (2021), donde ya incluimos dos obras, totalmente inéditas, escritas por autores contemporáneos para aquel volumen. La buena acogida de los lectores , los comentarios favorables y el deseo de seguir enriqueciendo nuestro rico patrimonio literario navideño, nos ha empujado a aumentar el número de autores en activo que elaborasen narraciones para este libro. El resultado lo habrá de juzgar cada cual, baste decir que, para los que hemos participado en su creación, nuestra satisfacción es grande. Por ello, hemos de agradecer, muy de veras, a estos autores su generosidad y entrega a este proyecto que, por otra parte, ha resultado complejo de abordar, en algunos casos. De aquí nuestro agradecimiento sentido a Pablo Andrés Escapa, Óscar Esquivias, Alberto de Frutos, Ángel García Galiano y Emilio Gavilanes. De su calidad y oficio bien aprendido dan buena cuenta las páginas del libro.

Pero nuestro reconocimiento no es menor para los tres poetas que han cedido y elaborado, con largueza e ilusión, sus versos para este proyecto: María Jesús Jabato (1959), poetisa infantil, autora de varios libros de poemas, algunos de los cuales le han supuesto premios como el de Poesía Infantil Luna de Aire (2019); Antolín Iglesias Páramo (1934), poeta de larguísima trayectoria y fuerte sensibilidad espiritual; creador y mecenas del Premio Urbel de literatura y José Matesanz del Barrio (1962), historiador del arte, profesor de la Universidad de Burgos, que a su labor investigadora y docente une su creación poética desde hace ya largo tiempo. A todos ellos nuestro agradecimiento reiterado.

Estas presencias, las del conjunto de nuevos autores, han aportado algo que pretendíamos en este nuevo volumen, la visión de las Navidades presentes, caracterizadas por sus nuevas problemáticas y por las virtudes de siempre. Esto es, deseábamos renovar el cuento de Navidad español, muy olvidado desde hace varias décadas, y ponerlo en contraste con el sentido que siempre han tenido y siguen teniendo estas pascuas de la Natividad. Sentidos y significados que se exponen en las introducciones a cada capítulo a través de las vivencias de los católicos, devotos o culturales de hoy, y de la experiencia, que tuvieron el agrado de compartir con nosotros, las religiosas dominicas del Convento de San Blas de Lerma (Burgos). A ellas también nuestra gratitud por su generosidad y apertura de corazón.

Por último, hay que señalar que el título tiene por fin destacar un momento que suele pasar desapercibido como tal, el ecuador de las fiestas de Navidad. Pues, el cansancio de la noche pasada y la reunión familiar suelen bloquear otras actividades o reflexiones. Nos ha parecido que esas tardes son un estupendo momento para aislarse del entorno y entrar en uno mismo, a fin de recuperar los sentidos de los que habla este libro y, por qué no, calentar el corazón leyendo cuentos españoles de Navidad.

Torrelara, 2023

I. Cuentos de adviento y loterías

¡Preparaos pues ya llega, pero todavía no!

Ciertamente, el Adviento, el tiempo de la «venida», si nos ceñimos al latín, pasa muy desapercibido en lo público y mediático. Las prisas ante el final del año, que se agotará en pocas semanas, o la preparación de las cercanas festividades, ocupan las cabezas del común, acreciendo la ansiedad, las labores y preocupaciones, pero también los propósitos de enmienda para la nueva añada, los recuerdos diversos y algo de la ilusión que a menudo conservamos, aún de adultos. En sus primeros tiempos, las décadas finales del siglo IV, el Adviento era una cuaresma, cuarenta días de penitencia y preparación, como lo sigue siendo hoy para la iglesia ortodoxa, que conserva la integridad no sólo del sentido, sino también de la duración. No obstante, en esta España de hoy, el problema, como en casi tantas cuestiones, está en los significados y no en los tiempos.

Y no es que hoy no se den los sentidos adecuados a los tiempos litúrgicos, sino que a menudo se ignoran en las agencias de comunicación pues no resultan noticiables, más allá del dulce o comida del momento, o de la anécdota frívola o tontorrona. En una sociedad que ya no es abrumadoramente practicante, aunque se declara en su mayoría creyente, la gente puede fácilmente ignorar las vivencias profundas y valiosas de algunos de sus prójimos, pues no se emiten por televisión o se cuelgan en las redes sociales. Ahora bien, vale el esfuerzo traer hasta aquí los hábitos espirituales y materiales de aquellos que siguen queriendo dar, a este tiempo de espera, el significado que siempre ha tenido, dando así una hondura a su vida, coherencia a su credo y continuidad a la mejor tradición.

Entre los fieles cristianos, llegado el Adviento, se instala en los espíritus una alegría, contenida en muchos momentos, y una expectación, o se procura porque así sea. Y es que, en ese primer domingo de la «venida» se inicia el año cristiano, sin esperar al 31 de diciembre, lo que encierra algo hondo y valioso: la idea de que los tiempos del mundo no son los tiempos de Dios, la oportunidad de penetrar una vez más en el misterio de la Encarnación y la conciencia de que, a cada golpe anual del calendario, estamos más cerca del hogar definitivo y eterno, la casa del Padre.

La liturgia, por su parte, silencia el canto del Gloria para que en la Misa del Gallo se interprete con mayor estímulo y fuerza, junto a los ángeles que lo entonaron aquella primera noche de Dios entre nosotros. Con cada vela encendida de la Corona de Adviento, que se coloca en las casas e iglesias, se anticipa la luz que habrá de traer el Niño en la medianoche santa del 24. Las oraciones, salmos y lecturas propias del tiempo proclaman, al modo del Bautista, que el que ha de llenar al mundo de esperanza y sostener sus fuerzas, está cerca: «Voz que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas» (Lc 3,4).

Sé de muchos cristianos que hacen ayunos y penitencias en estos días intensos e incrementan sus oraciones y actos de caridad, aunque en lo secreto y lo escondido, como mandaba el Maestro. Muy frecuentemente es suficiente con renunciar al café de media mañana, al dulce en esas cuatro semanas, a cuatro cigarrillos al día, o a aquello que supone un sacrificio y nos recuerda que es el alma la que domina y debe ordenar los deseos del cuerpo. Hay hogares en los que, junto con los pequeños, se acude a la despensa y se decide a qué capricho se va a renunciar hasta la cena de Nochebuena: las galletas de chocolate, el cacao soluble, las populares chuches y patatas fritas, o la bollería habitual. En otros, algunos de los adultos pasan los viernes tan sólo con pan y agua, como hizo el Nazareno en el desierto. El dinero ahorrado en esas renuncias se destina a las misiones, a una cuenta de Caritas parroquial, o a otro fin valioso y olvidado muchas veces. Y se acompaña a los niños a una juguetería, para que, con parte de sus ahorros, compren un juego, una muñeca o un balón que entregar en las campañas de recogida de estos días, pensando en aquellos que no han tenido tanta suerte como ellos.

Las religiosas dominicas del Monasterio de San Blas de Lerma, al igual que el resto de las congregaciones, también se preparan con cuidado y esmero. La liturgia, el rezo de la oración de las horas y el tiempo de plegaria personal, que tan esencial y tanto tiempo ocupa en su vida contemplativa, les introduce con fuerza en el deseo de la llegada, en la preparación y en el sentido de la espera. La música litúrgica juega un papel especial por su capacidad para solemnizar y despertar el espíritu. Una de las hermanas, experta ya en trabajos cotidianos y vida contemplativa, decía en una conversación: «Nuestra vida es siempre igual, por eso es importante renovar el sentido, que el contenido sea siempre nuevo», y eso sólo se logra con la cercanía a Dios. Sus ayunos, más severos que los de los laicos, consisten en retirar los dulces de la comida de los domingos y festivos, y en un ejercicio sencillo pero exigente: en todas las cenas de Adviento el menú siempre es el mismo, patatas estofadas. Lo repetitivo de su vida precisa de un verdadero ahondamiento en el sentido.

También se suprimen posibles distracciones, se suspenden las visitas de fuera, la comunidad se reconcentra en el cuidado del alma, la oración y la meditación creyente. Es el momento de sacar las prendas que se han ido tejiendo durante el año para las imágenes del Niño Jesús, la canastilla preparada para el que va a nacer; así como los numerosos belenes, realizados en diversos materiales, que se colocan en el convento. La costumbre manda en España que se monten a partir de la fiesta de nuestra patrona, la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre, aunque el Niño no se colocará en su pesebre hasta después de la Misa del Gallo, y así se hace en muchas de las casas y parroquias. Y en esas semanas, las dominicas de Lerma, pese a su recogimiento, no se olvidan del mundo, escribiendo postales de felicitación elaboradas por ellas mismas a los allegados, a cuantos han pedido oraciones, visitado a la comunidad…, pero con esmero, sin acudir a frases hechas, con deseos verdaderos y cristianos. También las familias lo hacen, aunque el recurso al mensaje de turno que circula por las redes o a la foto familiar con un abeto de fondo, acaso un Belén si cabe, es demasiado frecuente y poco personal.

Al igual que los niños en las guarderías, en la Educación Infantil o en las parroquias, antes ya del 24, se realizan obritas de teatro, en las que se representan momentos de la infancia de Jesús, o creaciones que tienen estos mismos pasajes como tema central. Así lo hacen también las dominicas de las que hablamos, la misma tarde de Nochebuena; y durante toda la Navidad muchas agrupaciones de teatro, que conservan esta hermosa costumbre que nació allá en la Edad Media, con nuestro Auto de los Reyes Magos, y brilló con especial fuerza durante nuestros Siglos de Oro.

Los cuentos recogidos en este primer bloque respiran un ambiente similar, aunque por contraste. Don Benito Pérez Galdós (1843-1920), como gran cronista que fue de la historia y vida de nuestros mayores del XIX, nos ofrece una excelente descripción periodística y una crítica a la mundanidad que veía entre las gentes, deseosas de banquetes y celebraciones, señalando hacia el final la verdadera raíz de estas solemnidades. Emilio Gavilanes (1959), por su parte, escritor de larga trayectoria y variedad de géneros (XII Premio Setenil de relato breve 2015), presenta al lector una elaborada narración de nuestros días, en la que se plasman las vivencias y aprendizajes de un niño, sorprendido por los imprevistos de la vida, durante los días previos a la Navidad. Caso diferente es el de Luis Royo Villanova (1867-1900), el que fuera periodista en varios rotativos y redactor jefe de Blanco y Negro, que nos trae una reflexión sobre el premio extraordinario de la lotería del 22 de diciembre y la afición enorme que existe entre españoles y foráneos. Dado que es una de nuestras costumbres más propias y longevas, y el «aldabonazo» mundano que anuncia la inminencia de la Navidad, he creído que valía la pena traer hasta aquí este relato.

Cuentos de Adviento y preparativos los que a partir de ahora se inician, y en los que se valora o añora lo esencial: las vivencias espirituales y las virtudes humanas, que han de sostener la vida de los fieles y de los no creyentes, ofreciendo un cimiento sólido a la existencia. Una vida ordenada por los adentros, en la que la tradición, la humanidad y la experiencia interior sitúen los jolgorios en su justo momento y medida, sabiendo que hay un tiempo para las privaciones y la oración y otro para las celebraciones, pues no hay alegría verdadera si no se lleva dentro. En todo caso, en este capítulo, el Niño todavía no ha nacido, luego, por mucho que se espere, y como decía nuestra dominica de la conversación, estamos en Adviento y «el corazón se dilata en el ¡ya!, pero todavía no». Hemos de seguir velando.

La ilusión nacional

Luis Royo Villanova

Los que atribuyen nuestras desgracias a la indiferencia de la juventud, a la pereza cerebral de lo que llaman «clases directoras» y a la falta de ideales del pueblo, no saben de la misa la media.

En nuestra tierra meridional no hay indiferentes; los sesos se nos vuelven agua de tanto discurrir, sea para hacer la ley, sea para hacer la trampa; y en cuanto a la falta de ideales…

¡Ojalá no fueran tantos ni tan ideales!

Saquen ustedes la cuenta: desde premio gordo de la lotería de Navidad al simple reintegro, pasando por los demás premios mayores, por las aproximaciones y por los premios chicos, la suma arroja una cifra de ideales pasmosa y una variedad tan grande, como ingeniosamente dispuesta.

Todos tenemos buenos propósitos y hacemos proyectos magistrales; lo que hay es que se cuenta con el gordo, y si no, no hay nada de lo dicho.

El porvenir de cada cual es claro y razonable; obedece a un silogismo perfecto en que la premisa mayor es el premio gordo. Si nos niegan la mayor, ¡adiós silogismo! pero entre tanto, el mágico castillo se sostiene en el aire.

Obsérvese que en diciembre decae la crónica criminal, disminuyen las reyertas, cesan los temores de que se altere el orden público, y hasta la crítica es más benévola y campechana.

El optimismo nacional impera hasta el día del sorteo; creemos vivir en el mejor de los mundos y tener en nuestra cartera el mejor de los números.

La obsesión numérica nos persigue desde la mañana hasta la noche; numeración en las casas, en los billetes de los tranvías, en las butacas de los teatros, en los coches de punto, en las tarifas de los escaparates. El gobierno hace el reclamo de la lotería hasta en el cuello de los soldados y en la teresiana1 de los guardias.

Todo son tentaciones y corazonadas: la administración de loterías que se encuentra al paso, el amigo que ofrece participación, el encargo que se recibe por correo, el último billete que le queda a un revendedor jorobado.

Y yo pregunto: ¿por qué tendrá buena sombra un jorobado? ¿Será porque es el hombre más parecido a una cifra? ¿Será porque todas las interrogaciones son jorobadas?

¡Bendita contribución la de la lotería!

Se satisface con gusto, y el jugador cree a pies juntillas que el dinero que entrega será reproductivo.

Si se aparta de nosotros la suerte, no veremos satisfecho el deseo, pero sí la curiosidad.

El reporterismo averiguará la vida y milagros de los favorecidos con el premio grande, se referirán casualidades peregrinas y leeremos historias que parecerán las mismas del año pasado.

El gordo cayendo como una bomba en un establecimiento público donde juegan, con participaciones microscópicas, todas las criadas y comadres del barrio; el décimo cuyo paradero se ignora; otro premio grande que se marcha íntegro al extranjero, al Transvaal2, ¡quién sabe! porque este año la suerte es para los bóers3; y en fin, el agraciado que se vuelve demente contagiado por la suerte loca, y el desgraciado que falleció un día antes del sorteo teniendo la fortuna en el bolsillo.

—¡Pobre! ¿y de qué ha muerto?

—De un cálculo.

—Se comprende. Es la epidemia de ahora.

No hay que hacer caso del aparente desprecio con que se mira en el extranjero nuestra lotería nacional.

Los ingleses juegan como locos en La Línea4; los franceses pagan cousine5por adquirir billetes en Irún y en San Sebastián; los portugueses se juegan en Badajoz hasta la peste.

No hay que darle vueltas; las naciones serias envidian el candor de esta España que llaman caduca, cuando lo cierto es que no ha soltado las mantillas.

Vivir de ilusiones, ¿hay algo más envidiable?

No es el león el símbolo de España. Es el camaleón.

En tinieblas

Emilio Gavilanes

Las vacaciones de Navidad ya estaban a la vista. Faltaba muy poco para que se acabaran los deberes, madrugar, acostarse pronto… todas las obligaciones. Por fin iba a poder ver más tiempo la tele, salir más a la calle y pasar más tiempo con los amigos. Jugar, leer tebeos, poner el nacimiento, escribir a los Reyes... Casi se podía tocar la felicidad.

Era el final de una tarde de domingo. Yo tenía nueve años y estaba frente a los deberes que debía llevar hechos el lunes. Pero no me concentraba en ellos. Tenían razón los profesores que decían que me distraía con el vuelo de una mosca. Y con menos. Realmente no hacía falta nada para distraerme. Me pasaba el tiempo perdido en ensoñaciones, en conversaciones imaginarias, en situaciones irreales.

Mamá hacía punto. No tardaría en irse a la cocina a hacer la cena. De pronto sonó el teléfono. Entonces no había muchas llamadas. Podía ser alguno de nuestros tíos o de nuestras tías, un amigo de papá con algún recado…

—Diga. Hola, Paco. Bien, estamos bien. ¿Por qué llamas? ¿Pasa algo? ¿Qué? ¿Qué le pasa? ¿Pero le ha pasado algo? Dime la verdad. ¡Qué me dices, Paco! ¡Eso no puede ser! ¡Cómo va a haber muerto!

Yo escuchaba con curiosidad, pero no entendía nada. No sabía quién era Paco y a quién le podía haber pasado algo.

Cuando mamá colgó el teléfono estaba trastornada. No paraba de gritar y de llorar. ¡Madrica!, gritaba, ¡no!, ¡no!, ¡no puede ser!

Enseguida la casa se llenó de vecinos, todos con gestos sombríos. Miraban a mamá en silencio. Amada la abrazaba. Por fin comprendí que había muerto su madre, en el pueblo, pero aún tardé en darme cuenta de que su madre era mi abuela.

Llegó papá. No sé si le avisaron o se volvió por la hora.

Todos hablaban en voz baja. Por encima de todos los susurros se oía la voz de mamá, gritando, angustiada, llorando.

Nunca la había visto tan vulnerable, tan vencida, tan en peligro. Parecía que en cualquier momento le iba a pasar algo. Ese pensamiento me tenía aterrado.

Cada vez había más gente en casa. Todo eran caras serias, graves. Muchos no se atrevían a acercarse a mamá, que seguía gritando enloquecida.

Llegó tío Juan, el único hermano de mamá, y se abrazaron llorando, como dos niños huérfanos.

—Te has quedado sin madre —le dijo mamá, entre convulsiones.

No tardó en aparecer Urbano, un taxista del pueblo, amigo de la familia.

—Vamos —le dijo a mamá—. Coged lo indispensable. Salimos ya. Dejamos al chico en casa de tu tía y seguimos camino.

El chico comprendí que era yo. Y la tía de mamá era Lalá, realmente más una abuela que una tía abuela, pues la veía durante todo el año, mientras que a abuela apenas en verano. Lalá vivía en Ópera, en el centro de Madrid.

Por el camino nadie dijo una palabra. Solo se oía el llanto ahora ahogado de mamá.

Muchas veces, cuando durante el día surgía algún problema, yo siempre pensaba: Bah, no es nada. Esta noche estaremos todos juntos, tranquilos, durmiendo en nuestras camas.

Lalá salió a recogerme a la calle, para que no perdieran tiempo. Ellos siguieron viaje hacia el pueblo. Hacía muchísimo frío. Lalá también lloraba, aunque hacía lo posible para que yo no la viera. Abuela era la hermana de Lalá. Mientras subíamos las escaleras, me di cuenta de que mamá no se había despedido de mí, tan concentrada estaba en su dolor. Entonces pensé que posiblemente no volvería a verla. Era imposible sobrevivir a tanto sufrimiento.

Lalá me metió en la cama enseguida. Tardé en dormirme. Oía cómo Lalá lloraba sola en el comedor. Pensé que era la primera noche en que no íbamos a dormir todos juntos, en la misma casa, tranquilos, como siempre.

Toda la noche tuve pesadillas.

Cuando me desperté no se oía nada. Me levanté y encontré a Lalá sentada en el salón. Serena. Quizá rezaba en silencio. Había una estufa, pero hacía mucho frío. Lalá siempre había vivido sola. Como la casa era enorme y la pensión que cobraba era pequeña, alquilaba habitaciones. En aquellos momentos vivían en la casa cuatro hombres. Cuatro hombres solitarios, cada uno en un cuarto independiente: don Demetrio, un militar retirado y separado de su mujer, con la que no tenía trato (Lalá decía que ella le había echado de casa) y de la que hablaba sin resentimiento; el señor Miranda, un oficinista que trabajaba en la fábrica de gaseosa La Pitusa, siempre impecablemente vestido, atento, muy educado; don Alfonso, que había estudiado de joven para jesuita, pero al que los jesuitas habían rechazado; y el señor Martínez, chófer de un conde y al que se le habían pegado unas maneras aristocráticas. Por qué a unos los trataba de «señor» y a otros de «don», eso es algo que nunca llegué a entender ni averiguar.

He dicho que la casa era enorme, pero siendo enorme era mucho más que una casa. Era un organismo, casi un ser vivo. Y más que habitaciones sin fin y pasillos misteriosos, lo que tenía eran miembros, órganos, extremidades, partes que parecían tener voluntad y personalidades diferenciadas. Como siempre estaba en penumbra, apenas alcanzabas a ver los altísimos techos. Y fueses en la dirección que fueses surgían recodos, estancias desconocidas, que habrías jurado que no estaban un momento antes, moradas de seres invisibles, dispuestos a saltar sobre ti apenas hubieses pasado. Aunque había muchas ventanas y balcones, grandes y pesadas cortinas se oponían a que la luz se adentrase en la casa.

Y dominando todo aquel mundo misterioso estaba Lalá. Lalá era una mujer muy recta. No severa. Recta, pero cercana, familiar, muy compasiva. Un día le contó a mamá por teléfono que por la mañana se le había acercado un chico que parecía algo retrasado, que le había enseñado muchos billetes de mil pesetas y que se había ofrecido a vendérselos. Enseguida había aparecido un señor de muy buena presencia que le había dicho: «Señora, vamos a comprarle los billetes, que este chico no sabe lo que son, antes de que se los compre otro». Y Lalá le había dicho: «Lo que vamos a hacer ahora mismo usted y yo es ir con el chico a un banco y abrirle una libreta para que meta ese dinero antes de que lo pierda». El hombre siguió insistiendo hasta que Lalá le dijo: «Parece que usted lo que quiere es que engañemos al muchacho». Y entonces tanto el hombre como el muchacho desaparecieron. «No sé si al final aquel hombre no acabaría engañando al chico», le contaba a mamá, que le dijo: «Ay, tía, que la han intentado timar». Lalá no se lo creía. Para ella el chico era realmente retrasado. Y el hombre era un señor educado, elegante, un poco egoísta, inconsciente, pero un señor de aspecto respetable. Cuando mamá le explicó cómo funcionaba el timo, ella no se creía que el chico y el hombre elegante solo fuesen actores, y mucho menos que hubiese gente que se prestase a engañar a un pobre muchacho.

—¿Qué tal has dormido? —me preguntó Lalá.

—Bien. ¿Y tú?

—Bien.

Creo que los dos mentimos.

Después de desayunar un tazón de pan migado en leche, Lalá me pidió que la ayudase a hacer las camas. Hicimos todas las de la casa. Ella se ponía a un lado y yo al otro. Con su seriedad y su paciencia habituales me enseñó cómo se hace bien una cama, no de cualquier manera, que era como la hacía yo, cuando la hacía.

Cuando entramos en la habitación de don Alfonso, en la que había pilas de periódicos por el suelo, y muchos libros y papeles en un escritorio, y cuadros religiosos colgados en las paredes, Lalá me señaló los dos cepos para pájaros que aquel hombre tenía puestos en el balcón. Eran como los que usaban mis amigos y los otros niños de mi barrio.

—¿Y caza alguno? —le pregunté.

—Muchos. Ahora en invierno los gorriones pasan mucha hambre y se lanzan a picotear cualquier trozo de pan.

Mientras me lo decía hizo saltar los cepos tocando las migas con un palo.

—¿No se enfadará?

—Yo creo que en el fondo se alegra de que no caigan en la trampa y de que se lleven el pan.

También me enseñó unos platos que tenía sobre el escritorio, en los que había como restos de comida, aunque parecían restos de vómito, cubiertos por una capa de moho blanco. Lalá los miraba con cara de pena.

—¿Qué es?

—Comida, que deja que se eche a perder.

—¿Y qué hace con ella?

—Se la come. Dice que esa pelusa de moho es su medicina, lo que le mantiene sano.

La habitación de don Demetrio era la más pequeña de todas. Tenía una estantería con libros y varias cajas de las que asomaban lo que parecían juegos. Me acerqué a mirarlos.

—Son de sus nietos. Cuando venga, a lo mejor te deja alguno.

Las habitaciones del señor Miranda y del señor Martínez estaban desnudas. Solo tenían la cama, un armario, una silla y una mesilla. En la mesilla, un vaso con agua y un despertador. Nada más. Ni una foto, ni un cuadro, ni un libro, ni un adorno.

Cuando acabamos la ronda, Lalá me pidió que la acompañara a hacer la compra. Fuimos a una tienda de ultramarinos que tenía más empleados que clientes, en la que el dueño la recibió con mucha ceremonia y muchos gestos de asentimiento a todo lo que decía ella. Después fuimos al mercado de San Miguel. En todas las tiendas en las que compró me presentó a los dueños, como si yo fuera un personaje interesante. Todos me sonreían e incluso algunos salían del puesto a darme la mano con mucha pompa y solemnidad.

Desde allí me llevó a la Plaza Mayor, a ver los puestos de la Navidad, en los que se vendían figuritas para el belén y artículos de fiesta. Paradójicamente, todas aquellas muestras de alegría me hicieron acordarme de mamá, en quien no había pensado en toda la mañana. Pensé que quizá en aquel momento ya no estaba viva y Lalá me lo ocultaba y trataba de distraerme para que no lo pensase.

Después de comer, fueron llegando los cuatro huéspedes, los cuatro hombres solitarios, que ya debían de estar al corriente de la situación, porque Lalá no explicó mi presencia. Yo ya los conocía de verlos cuando íbamos a visitar a Lalá. Todos me acariciaron la cabeza, a manera de saludo.

Don Alfonso se ofreció a llevarme de paseo. Yo no tenía ganas de salir, pero Lalá me dijo que fuera con él.

Yo no quería salir a la calle, pero sobre todo no quería ir con don Alfonso, que era un hombre que me daba miedo, más después de ver en detalle su habitación, tan siniestra, por la mañana. Además tenía unos dientes enormes, como de caballería, amarillentos y muchos de ellos cariados, con unas cavernas oscuras en las que parecía vivir algún bicho.

Salimos a la plaza de Oriente y pasamos por delante de un magnolio. Se lo quedó mirando con una fijeza extraña y aunque por supuesto no tenía flores me dijo:

—Las flores del magnolio parecen vómitos de la nada que está detrás de todas las cosas.

Eso fue lo primero que me dijo, el anuncio de lo que iba a ser el paseo. No tardamos en meternos por las callejuelas del Madrid de los Austrias, por la calle del Lazo, por Espejo, por Bonetillo, por Milaneses… Fuimos a la Plaza de la Villa y seguimos por la calle del Codo, por Puñonrostro, por Sacramento, por el Cordón, por el Rollo, por el pasadizo del Panecillo… Toda la tarde estuvimos caminando por callejuelas oscuras cuyo nombre decía en voz alta, y a las que volvíamos una y otra vez.

No dejó de hablarme. Y se empeñaba en hacerlo de cosas que ni entendía ni me interesaban. Por ejemplo, me dijo que el espacio, como dimensión, es superior al tiempo. Más poderoso. Que las dimensiones del universo material existen para aumentar la variedad del mundo.

—El espacio —decía— está hecho para que los cuerpos se diferencien de los que están a su lado, por muy cerca que estén. Y el tiempo, para que esos mismos cuerpos se diferencien de sí mismos, aunque parezcan los mismos en instantes sucesivos. Pero el espacio tiene más poder. Diferencia a las cosas de una manera más contundente, más clara, que el tiempo. Tiene más fuerza.

También me dijo que cada día todos somos personas nuevas, cuando nos despertamos. Pero nuestro cerebro, en vez de ponerse a averiguar quiénes somos, como está cansado, hace lo más fácil: nos hace creer que seguimos siendo los mismos y segrega una especie de pegamento mental entre el que fuimos ayer y el que somos hoy para que creamos que somos el mismo.

Yo quería volver a casa, porque además hacía mucho frío. Pero don Alfonso se sentía inspirado y como veía que yo le escuchaba (por cortesía, o por respeto, pero más por respeto a Lalá, más que a él mismo) debía de pensar que estaba encantado con él, que me lo estaba pasando pipa.

Caminando por la calle de San Nicolás y por la travesía del Biombo y por la calle Juan de Herrera, espacios angostos y un tanto angustiosos, don Alfonso pasó a la confesión más íntima, algo desproporcionado, completamente fuera de lugar en una conversación con un niño. Me dijo:

—Yo tengo un miedo terrible a la muerte. Atroz. Por eso los jesuitas no me quisieron.

Y sin embargo, aquello lo entendí perfectamente, porque yo sentía lo mismo, sobre todo por lo que se refería a mamá. Aquel hombre vivía con miedo a todo. Todo le producía pánico. Algo tan inofensivo como un saludo, él lo veía como un peligro, como algo violento, como un duelo agresivo de fuerzas, en el que dos personas contienden y del que normalmente se salía malparado.

—¡Tengo miedo de Dios! —me dijo con toda vehemencia y me transmitió ese miedo.

Las tardes eran muy cortas y ya había caído la oscuridad. Seguíamos caminando por calles solitarias, espectrales. Había como una opresión cósmica, una angustia que estaba en el mundo, fuera de nosotros.