THE END: EL NUEVO MUNDO - G. Michael Hopf - E-Book

THE END: EL NUEVO MUNDO E-Book

G. Michael Hopf

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Beschreibung

"Una historia repleta de giros de lo más sorprendentes. Una mirada profunda a la verdadera —tenebrosa— alma de una nación egocéntrica al borde del abismo de su propia existencia". ¡El superventas n.º 1 de Estados Unidos! Para Gordon Van Zandt, la lealtad y el deber para con su patria eran tan evidentes que, tras el 11 de septiembre, dejó la universidad y se alistó al Cuerpo de Marines de los Estados Unidos; sin embargo, no tardó en abandonar este idealismo juvenil en una ciudad iraquí devastada por la guerra. Diez años más tarde, Gordon Van Zandt continúa luchando contra los fantasmas de su pasado cuando, de repente, él y su familia deben enfrentarse a una nueva realidad. América del Norte, Europa y el Lejano Oriente sufren un superataque de pulso electromagnético con consecuencias devastadoras que afectan las redes de electricidad y todos los dispositivos eléctricos. Tras el colapso total de toda la infraestructura económica —sin automóvil y sin teléfono—, Gordon sabe que deberá luchar por unos recursos cada vez más limitados y escasos. Junto con otros vecinos amigos, Gordon decide tomar todas las medidas que sean necesarias, y entre las cuales no se incluye el respeto por los demás. Gordon debe tomar todos los días decisiones que en el "viejo mundo" hubieran parecido extremas y sumamente brutales, pero que ahora son vitales para la supervivencia. ________________________________________ "El libro de Michael Hopf describe escenarios que podrían hacerse realidad en un par de años, o de los que ya podrían haberse producido algunas estribaciones. Precisamente por eso, este libro resulta fascinante para el lector de principio a fin, un lector que no querrá apartarse de él por miedo a perderse algo importante en las próximas líneas" [Testmania].

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Contenido

The End - El Nuevo Mundo
Agradecimientos
15 de octubre de 2066
16 de noviembre de 2004
17 de marzo de 2014
4 de diciembre de 2014
5 de diciembre de 2014
6 de diciembre de 2014
7 de diciembre de 2014
11 de diciembre de 2014
12 de diciembre de 2014
13 de diciembre de 2014
16 de diciembre de 2014
18 de diciembre de 2014
25 de diciembre de 2014
3 de enero de 2015
4 de enero de 2015
5 de enero de 2015
15 de octubre de 2066
Autor

THE END

El Nuevo Mundo

G. Michael Hopf

Copyright © 2013 G. Michael Hopf Ninguna parte de este libro puede reproducirse de ninguna manera sin la autorización previa, exceptuando citas breves incorporadas a artículos críticos o revisiones. Para más información, póngase en contacto a través de la siguiente dirección de correo electrónico:[email protected] Todos los derechos reservados.

 

Primera edición: deciembre, 2016 Publicado por: © Luzifer, 2016 Traducción: Juan Manuel Baquero Vázquez eISBN: 978-3-95835-180-6

A Tahnee

Agradecimientos

Todo en la vida empieza con una idea; sin embargo, estas ideas solamente se materializan en la realidad tras invertir una ingente cantidad de energía. El trayecto que va de la idea a la realidad es una parte del proceso y, por lo general, requiere de la ayuda y el apoyo de otras personas. Este libro no es ninguna excepción; todo empezó un día en mi cabeza, después me tomé un tiempo para sentarme y comenzar a escribir lo que usted está leyendo ahora. No hubiera podido hacerlo sin el amor y el apoyo de las siguientes personas:

Tahnee, tu amor, apoyo y orientación me han ayudado desde el primer día y lo siguen haciendo hoy. Siempre estás ahí para mí con una palabra de aliento y buenos consejos. Te amo. Desde el día en que entraste en mi vida, esta estuvo destinada a ser una vida rica y de bendición. Gracias.

Judy, nunca dudas en ofrecer tu apoyo; siempre estás ahí para ayudarme en todo lo que hago. Has colmado mi vida de gracia con tu espíritu generoso y con tu amor. Gracias.

Mike Smith, tú has dado a este libro el lustre y el toque que requieren todos los libros. Gracias por tu valioso tiempo y tus esfuerzos. ¡Ahora a por el guión!

Scott Wilson, tu visión profesional hizo que las palabras de un manuscrito se transformaran en una novela. Gracias, ¡eres el mejor!

Mamá, Papá, John, Becky, Billy, Neal, tío Rod, tía Jeri, Travis, Steve, Nicole, Nick y Wags, gracias por vuestro amor y apoyo a lo largo de este viaje.

15 de octubre de 2066

Olympia, Washington, República de Cascadia

Haley se levantó y miró a través del fino panel de vidrio que separaba la fresca brisa marina del Estrecho de Puget y la calidez del salón de su casa. Miró a lo lejos el edificio del Capitolio; la cúpula de gres se imponía sobre los demás edificios de la ciudad tal y como había hecho durante los últimos 138 años. Hubo un tiempo en el que fue el capitolio de todo un estado; ahora, era el capitolio de su país, un país nacido del caos y la destrucción.

Apartó la mirada de lo lejos para posarla en la foto que tenía en la mano. Tocó los rostros de una familia retratada. Los ojos comenzaron a llenárseles de lágrimas a medida que iba pasando los dedos por la foto, en la que se apreciaban cuatro rostros sonrientes; un retrato de una familia que alguna vez fue feliz, la suya propia. Le vinieron más lágrimas cuando pensó en el día en que se tomó aquella foto: lo recordaba vívidamente como si hubiera sido aquella misma mañana. Haley cerró los ojos y presionó la foto contra su pecho; las lágrimas le cayeron por las mejillas y se le quedaron colgando en la barbilla. Recordó a su padre abrazándola mientras estaba sentaba en su regazo; él le daba muchos besos en la cabeza y le decía lo orgulloso que estaba de que aquel día ella se hubiera atado los cordones de los zapatos por sí sola. Ella anhelaba aquel momento inocente en el que no tenía problemas ni preocupaciones; anhelaba los días en los que su familia estaba unida y feliz. No mucho tiempo después del día en que se tomó aquella foto, su inocente mundo colisionó contra las crudas realidades de los asesinatos masivos y el apocalipsis. Esta nueva realidad separó a toda su familia, y lo que quedó no volvió nunca a ser lo mismo.

Un golpe de nudillo en la puerta delantera de su casa volvió a sacudirla hasta el presente. Se limpió las lágrimas rápidamente y se metió la foto en el bolsillo de su sudadera. Después, fue hacia la puerta delantera, pero antes de que pudiera abrirla, se volvió hacia el espejo que había en la pared del vestíbulo y se miró a sí misma. Se aseguró de que se había limpiado todas las lágrimas y se retocó un cabello entrecano.

—Puedes hacerlo, Haley —se dijo intentando tranquilizarse a sí misma ante la difícil tarea que le esperaba.

Se volvió y abrió la puerta. En el porche que había ante ella aparecieron tres personas. La primera era un hombre de unos treinta años, John, el reportero principal del periódico Cascadian Times. Estaba acompañado de dos fotógrafos, de los cuales ninguno sobrepasaba los 25 años. Todos habían nacido después de la guerra, por lo que ninguno de ellos había conocido el horror y la barbarie de la Gran Guerra Civil.

—¿Señorita Rutledge? —preguntó John al extenderle la mano.

—Sí, pero llámame Haley —. Ella le agarró la mano con firmeza y se la estrechó.

Después saludó a los otros dos hombres y los invitó a todos a entrar en su casa. Mantuvieron una pequeña charla mientras los fotógrafos montaban el equipo para la toma de fotos después de la entrevista.

—Señorita Rutledge, cuando estés lista para empezar, avísame —dijo John.

—Por favor, John, llámame Haley.

—Sí, Haley —contestó él con una mueca de vergüenza en su rostro.

Haley se sentó nerviosa con las manos rígidamente entrelazadas sobre su regazo. Se frotó los dedos anticipándose a la primera pregunta.

—Haley, ante todo permíteme que te dé las gracias por habernos dejado entrar en tu casa. Es un honor poder hablar contigo y conocer tu historia personal así como tu punto de vista.

—Eres muy bienvenido, John. Tengo que admitir que estoy un poco nerviosa. Como sabes, no me gusta el protagonismo ni tampoco he sido la típica persona de conceder entrevistas. Si no fuera por tu relación de parentesco no estarías aquí. Yo conocía a tu padre; él era amigo y colega del mío. Accedí cuando me enteré de que serías tú quien dirigiría esta entrevista —dijo Haley—. Luego se sentó con la espalda muy derecha y miró directamente a John.

—Sé que nuestras familias habían tenido algún vínculo en el pasado y, de nuevo, gracias. Ahora vayamos directos al grano.

Haley asintió con la cabeza en señal de aprobación.

—La semana que viene se cumple el 50.º aniversario del Tratado de Salt Lake. Este tratado fue el que dio a nuestra joven república la victoria formal sobre nuestros oponentes y el que vio nacer a nuestro país. Tu padre estaba en Salt Lake cuando se produjo la firma del tratado. ¿Qué puedes decirme sobre él?

Haley soltó una sonrisita antes de contestar.

—Vaya, así que esa es la pregunta. ¿Qué puedo decirte de mi padre? ¿Por dónde empiezo? —hizo una pausa durante un momento antes de continuar—. ¿Me estás preguntando cómo era él?

—Lo siento, veo que esta pregunta puede ser un poco vaga. Empecemos de nuevo. Tu padre fue un elemento clave para la fundación de este país; él es uno de nuestros padres fundadores, como dirían algunos. Aunque muchos lo alaban por su sacrificio, ahora hay personas que cuestionan algunas de sus acciones durante la Gran Guerra Civil. ¿Cómo describirías a tu padre?

—He escuchado a algunos de esos revisionistas que ahora, bajo la protección de nuestra libertad por la que tanto hemos luchado, cuestionan los medios por los que la alcanzamos. A ellos les digo «no lo vivisteis, no estuvisteis allí». Es fácil quedarse sentando en la comodidad de la libertad que se le ha entregado a uno, envuelto entre los trapos ensangrentados de nuestra revolución —dijo Haley con firmeza—. Si has venido para cuestionar las acciones de mi padre, creo que deberíamos comenzar hablando de quién era mi padre y de dónde venía. El hombre que yo conocí era un hombre cariñoso y protector, que me cuidaba a mí y al resto de mi familia y que estaba dispuesto a hacer todo lo que hiciera falta para garantizar nuestra supervivencia. Muchas personas contemplan la historia sin tener en cuenta el contexto. Hay que haber vivido una situación para comprender verdaderamente por qué alguien hizo lo que hizo. Mi padre era un hombre pragmático que adoptaba medidas directas cuando beneficiaba a quienes él había jurado proteger, aunque no siempre era pragmático—Haley hizo una pausa, cambió de postura y continuó con un tono más dulce en su voz—. Papá tenía un enfoque muy abierto respecto a esta vida; me contaba historias de su pasado. Muchas veces, me decía que la vida se revelaría y cambiaría la forma en la que miramos el mundo; que habría incidentes que nos estremecerían el corazón y nos harían cambiar nuestra forma de pensar. Mi papá me lo contó varias veces; la primera vez que recuerdo que lo hizo fue cuando era un infante de Marina en Irak. Lo que ocurrió allí lo cambió como persona y lo puso en el camino que hoy nos trae hasta este salón. Espero que tengas planeado quedarte un tiempo, porque quiero dejar las cosas bien claras.

16 de noviembre de 2004

«Sé educado, sé profesional, pero ten un plan para matar a todo el que te encuentres». – Gen. de Marina James Mattis a sus marines en Irak

Faluya, Irak

—¡Objetivo localizado! —gritó el Sgt. Gordon Van Zandt con su rostro pegado firmemente al visor diurno del sistema TOW de misiles antitanque.

A su alrededor, Gordon podía oír el traqueteo de los disparos. Se concentró en el objetivo que había localizado: una pequeña ventana. Dentro, un francotirador iraquí estaba apuntando a un escuadrón de marines que iba un poco más adelante por la carretera. El reflejo de su objetivo y el destello ocasional del cañón de su arma le revelaron la posición del francotirador.

Después de que el escuadrón al que apuntaba recibiera el aviso de que no había apoyo aéreo disponible, el escuadrón TOW de Gordon recibió la orden de atacar el escondite del francotirador. En un principio, el sistema TOW se había diseñado para destruir vehículos acorazados, y la anterior Guerra del Golfo había puesto de manifiesto su gran alcance de aplicación en el campo de batalla para la destrucción de búnkeres.

Gordon mantuvo la respiración y el punto de mira en el objetivo mientras su conductor, el cabo segundo Bivens, iba agachado fuera del vehículo junto a la parte trasera del conductor con su ametralladora SAW apretada contra el hombro.

—¡Retaguardia despejada! —gritó Bivens, quien no compartía el físico propio de un marine. Era de complexión bajita, flaco y solo medía alrededor de un metro sesenta y cinco centímetros. Pero su apodo, «Pitbull», decía de él mucho más que cualquier otra cosa: era un luchador ferviente y había demostrado ser un oponente de gran valía en el combate cuerpo a cuerpo.

En cuestión de un instante, Gordon hizo un rápido movimiento con la mano derecha y levantó la palanca de su arma. «¡Arma preparada!», gritó.

Luego volvió a colocar suavemente las manos en las perillas de control de la unidad de desplazamiento y levantó el seguro del gatillo con su pulgar derecho.

Justo entonces, vio cómo emergía de entre las tinieblas de la pequeña habitación el cañón del fusil que portaba el francotirador. Sin querer perder ni un segundo más, Gordon gritó.

—¡Bomba va!

Entonces apretó el gatillo.

Un ruidoso estallido acompañado de un silbido salió del equipo TOW. En un par de segundos, el estridente estallido del misil saliendo del tubo en su camino hacia el objetivo hizo repiquetear los oídos de Gordon, quien siguió la trayectoria del misil hasta que impactó contra su objetivo. Solo unos momentos después pudo ver una ráfaga de luz. El misil había dado en el blanco. Lo único que Gordon podía ver era una oscura nube de humo saliendo de la habitación.

—¡Impacto, objetivo destruido! —gritó—. Se levantó, soltó la abrazadera de puente, liberó el misil y dejó caer al suelo el tubo vacío.

Bivens arrojó su SAW y abrió rápidamente el portón trasero del todoterreno Hummer. Tomó un nuevo misil y se lo pasó a Gordon, quien lo cargó en el tubo de lanzamiento con precisión y rapidez y cerró hacia abajo la abrazadera de puente. Luego se puso a mirar a través de la mira, valoró el daño y siguió buscando más objetivos que atacar.

Cuando se sintió seguro, miró hacia arriba a través del arma y gritó a Bivens: «Ahí está ese jodido muyahidín, métete dentro y vayamos a ayudar a los soldados».

Bivens se metió de un salto en el asiento del conductor y se dirigió hacia el escuadrón de marines.

—Bivens, llama por radio al Batallón Avanzado HQ y pide una ambulancia de evacuación.

—Entendido —respondió Bivens mientras cogía la radio.

Bivens y Gordon pusieron rumbo hacia los marines.

Tras agarrar su fusil M-4, Gordon saltó de lo alto del Hummer. Luego, volvió a mirar a Bivens y dijo: «Haz guardia mientras ayudo a esos muchachos».

—Entendido —respondió Bivens mientras se introducía por la ventanilla del vehículo.

Ante él, Gordon vio trozos de edificios, equipos de combate y armas abandonadas. Entre los escombros vio a 11 marines, algunos de ellos magullados y ensangrentados. Algunos soldados estaban sentados con la espalda apoyada sobre la pared de un edificio situado en un callejón, pero otros yacían simplemente inmóviles en el suelo. No podía distinguir si estaban muertos o no. Gordon podía recordar la primera vez que disparó; por aquel entonces, las escenas de destrucción y muerte le resultaban surrealistas, pero ahora se habían convertido en algo habitual.

Gordon se acercó al primer marine, se arrodilló y le preguntó: «¿Cuál es tu estado?».

—Me han disparado en la barriga. Es una puta mierda—balbuceó el marine cabo segundo.

—Escucha. Te sacaremos pronto de aquí —le garantizó Gordon mientras levantaba el vendaje que cubría el estómago del marine.

—¿Médico? ¿Qué pinta tiene esto? —gritó Gordon al Médico de la Marina, quien atendía a otro marine herido.

—Sería mucho más fácil sin ese jodido iraquí disparándonos —respondió el médico mientras vendaba a otro marine.

—Gracias por aniquilar a ese muyahidín. Fuiste un regalo de Dios —le dijo a Gordon un segundo marine al pasar por su lado.

Gordon miró al segundo marine y se dio cuenta de que le sangraban la pierna y todo el brazo izquierdo.

—¿Cómo puedes resistir? —preguntó Gordon.

—Joder, Sargento, he tenido días mejores, pero viviré.

—Bien, muchacho. ¿Quién está al mando?

—Bueno, mandaba el Cabo Davies, pero el francotirador lo abatió primero. Un tiro en la cabeza —le explicó el segundo marine gesticulando hacia el cuerpo sin vida del líder de su escuadrón, el cual yacía en el callejón.

—¿Cuál es tu unidad? —preguntó Gordon.

—1.er escuadrón, 3.er pelotón, Compañía India, 3/1, Sargento, y soy el Cabo Segundo Smith. Puedes llamarme Smitty.

—Yo soy el Sargento Van Zandt, Armamento, 3/1, encantado de conocerte, Perro Diablo —dijo Gordon dándole a Smitty una palmadita en su hombro bueno.

Gordon continuó revisando a todos los marines heridos. Los marines del 3.er batallón del 1.er Regimiento de Infantería Marina llevaban luchando contra su objetivo durante al menos diez días. La lucha era dura, pero estos hombres eran marines; mostraban una conducta resuelta y decidida aun tras haber sufrido bajas. El Tercero Tronador, sobrenombre de este batallón, alcanzaría su objetivo o moriría en el intento. Sin embargo, ninguno de estos marines contemplaba la muerte entre sus opciones; tenían la tarea de asegurarse de que fuera el enemigo el que muriese por su causa.

Gordon se encontró con un marine que estaba gravemente herido; hincó una rodilla en el suelo y examinó las heridas de aquel hombre. Por las marcas de su ensangrentado uniforme Gordon supo que aquel hombre era soldado de primera clase y que no podía tener más de 20 años. Gordon no pudo evitar hacer la macabra predicción de que probablemente aquel joven marine no llegaría a su 21.er cumpleaños. Gordon tomó la mano del marine y le preguntó: «¿Qué tal estás, marine?».

Sin abrir los ojos, aquel soldado de primera clase habló entre susurros.

—Tengo frío… mucho frío.

Gordon podía ver el enorme charco de sangre que se estaba formando debajo del marine herido. Se agachó hasta su oído y le susurró: «Tenemos al hijo de perra que te ha hecho esto y te sacaremos pronto de aquí, te lo prometo».

Un todoterreno Hummer se acercó y paró delante del escuadrón. De las puertas traseras salieron dos marines que se dirigieron hacia los marines heridos portando una camilla. Uno a uno, fueron cargando en el vehículo a los más graves.

Justo cuando empezaban a retirarse del lugar, una mancha negra llegada del sur se elevó por encima del Hummer e impactó contra la cabina. Gordon cayó al suelo inconsciente a causa de la explosión.

Abrió los ojos. No estaba seguro de cuánto tiempo había estado inconsciente. Curiosamente, los gritos, los chillidos y los disparos parecían distantes y remotos. Le escocían los ojos, y lo único que podía ver era una intensa nube de humo negro sobre sí mismo. Intentó levantarse, pero sintió un fuerte dolor en la espalda.

—¡Maldita sea! —gritó—. Respiró hondo y se esforzó por adoptar una postura erguida. Sus movimientos eran lentos, pero sabía que tenía que levantarse y hacer algo. Miró a su alrededor y vio a Bivens escaneando la zona detrás del TOW. Tanto el chasis incandescente como los cuatro neumáticos en llamas de la ambulancia seguían allí, pero no mucho más. Todo lo que había a bordo estaba definitivamente perdido; pudo identificar dos cadáveres ardiendo en los asientos delanteros. Ambos cuerpos carbonizados estaban desparramados y por las bocas, abiertas, les salían unas llamas danzantes.

Vio a los marines que quedaban del escuadrón protegiéndose y tramando algo calle abajo. Gordon se puso de pie, mantuvo el equilibrio y fue hasta su Hummer.

—Bivens, si localizas algo, ¡dispara! —le recomendó.

—Nada, Sargento. La visibilidad no es tan buena con todo este humo. Espera un segundo… Veo al hijo de perra. ¡Objetivo localizado!

Gordon miró a la parte trasera del TOW. No vio a nadie y gritó.

—¡Retaguardia despejada!

—Arma preparada —gritó Bivens y, ni un segundo después, volvió a gritar.

—¡Bomba va!

Tras el familiar estallido acompañado de un silbido, el misil salió impulsado por el tubo. Su objetivo, el minarete de una mezquita, fue alcanzado casi al instante. El misil impactó directamente contra el minarete, que cayó al suelo hecho pedazos.

Los marines se alegraron, pero el combate no había terminado. Habían eliminado al insurgente que estaba en el minarete, pero seguían recibiendo disparos desde la mezquita.

Gordon y Bivens se afanaron en volver a activar el TOW mientras que los soldados que quedaban del 1.er Escuadrón seguían combatiendo y eliminando lentamente a los iraquíes hostiles que estaban escondidos en la mezquita.

Cuando Gordon y Bivens terminaron de preparar el TOW para continuar con las acciones, se paró ante ellos el segundo vehículo de su equipo. Gordon levantó la mirada y vio al Cabo Nellis a cargo de la ametralladora «Ma Deuce» del calibre .50, colocada sobre el todoterreno Hummer.

—Hay algunos muyahidines en la mezquita por la izquierda aproximadamente a una manzana y media más abajo. Ayuda con la .50 al escuadrón de soldados —dijo Gordon dando instrucciones a Nellis antes de volver corriendo a su vehículo para coger una radio.

Gordon contactó con el Cuartel del Batallón Avanzado para pedir más refuerzos y otro equipo de evacuación médica.

Gordon empezaba a sentir los estragos de la explosión. Después de comunicarse por radio con el cuartel, se dio cuenta de que había sangre en el auricular. Se comprobó las manos y descubrió que también las tenía cubiertas de sangre. Miró hacia abajo y se las limpió en el pantalón, entonces vio que de la barbilla le caían gotas de sangre sobre una de sus botas. Se limpió la cara con la mano y se la miró. De nuevo, su mano se cubrió de una espesa capa de sangre. Se examinó todo el cuerpo en el retrovisor de su Hummer y descubrió que tenía la cara cubierta de puntos ensangrentados como si hubiera tenido viruela. Era metralla de la explosión, y utilizó una de sus mangas para limpiarse más sangre. Sabía que no podía perder más tiempo limpiándose la cara y volvió a la acción.

Con ayuda de algunas granadas M203, la ametralladora .50 hizo un trabajo perfecto en la mezquita. La zona quedó en silencio, salvo por el ruido de algunos disparos que se oían en la lejanía.

—¿Qué ves, Bivens? —preguntó Gordon.

—No hay movimiento, pero ya conoces a estos hijos de puta.

La mezquita permaneció inmersa en un silencio inquietante; en su interior no se veía ningún movimiento ni se escuchaba ningún disparo. Al mirar a la calle, Gordon pudo ver lo que alguna vez fue un floreciente mercado. Ahora, la calle estaba llena de escombros, los edificios plagados de disparos y en la acera desierta ardían algunos fuegos. Gordon quería asegurarse de que la mezquita era segura, pero la única forma de hacerlo era tomándola.

—Quédate en la ametralladora y ayúdanos si lo necesitamos. Voy a llevar a estos marines calle arriba y tomar la mezquita —dijo Gordon a Bivens—. Se metió en su Hummer y cogió algunos cargadores más y tantas granadas de alto contenido explosivo como pudo.

—Entendido —confirmó Bivens.

—En realidad, cambiamos el plan. Gira la ametralladora y vigila a nuestras seis —ordenó Gordon a Bivens—. Luego, se giró hacia Nellis y le dio una orden: «Nellis, cúbrenos mientras avanzamos por la calle».

—Entendido —respondió Nellis.

Gordon fue corriendo hasta Smitty.

—¿Es suficiente contigo y estos marines para acabar con el templo iraquí?

—Sí, es suficiente —dijo con una sonrisa.

Gordon condujo a los marines por los edificios comerciales situados a la derecha de la calle, los cuales iba despejando uno a uno. Iba de arriba abajo y de abajo arriba, cruzando de un edifico a otro por las azoteas. El cristal de la fachada de uno de los edificios había estallado en pedazos y toda la estructura estaba llena de agujeros. Agarró una de sus granadas de alto contenido explosivo y la lanzó a través del ventanal abierto. Tras la explosión se oyó un grito que salió del interior. Los marines estaban todos apiñados en el lateral del edificio esperando poder salir; Gordon se dio la vuelta, abrió la puerta de una patada y entró corriendo en el interior del edificio. Los marines lo siguieron, y cada uno de ellos fue metiéndose en habitaciones separadas.

Gordon entró e, inmediatamente, se fue hacia la izquierda, hasta lo que quedaba de una cafetería: había mesas y sillas desparramadas junto a una multitud de estuches de latón.

—¡Sargento Van Zandt, Sargento Van Zandt! —gritó Smitty desde una habitación situada más en el interior del edificio.

Gordon oía a los marines gritando y a alguien vociferando en árabe. Al entrar en la habitación, vio a Smitty, a otro marine y a dos insurgentes iraquíes. Uno estaba vivo y vestía un zaub blanco lleno de manchas de sangre. El segundo insurgente yacía inmóvil en el suelo. La habitación estaba llena de pequeñas marcas de balas y metralla, había escombros y basura por todo el suelo y sobre la pared descansaban apoyados tres fusiles AK-47. Smitty y los otros marines gritaban al insurgente herido y le pedían que permaneciera quieto con las manos en alto.

El insurgente les chillaba en árabe. Gordon no podía saberlo con certeza, pero tras haber realizado un periodo de servicio en Irak, había aprendido algunas palabras de aquella lengua, y creía que querían decir «no disparen».

Todo aquel griterío se estaba haciendo molesto; Gordon sabía que tenía que tomar el mando y controlar al prisionero lo antes posible.

—¡Silencio todo el mundo! Smitty, controla a este tío y sácale toda la información que tenga. El resto de nosotros iremos arriba —el iraquí seguía chillando; Gordon se giró y le gritó—. ¡Cierra la puta boca! ¡Ya basta! ¡Nadie te va a disparar!

El iraquí se quedó en silencio porque entendió perfectamente las palabras de Gordon. Sollozaba en silencio mientras se balanceaba de un lado para otro temblando de miedo.

Gordon salió de la habitación y subió lentamente las escaleras. Su avance se vio interrumpido por la voz de pánico de Smitty.

—¡El otro hijo puta!

Una fuerte explosión sacudió la habitación.

Gordon se volvió de repente. En la parte de abajo había estallado el caos; ahora, los dos marines que habían estado siguiendo a Gordon estaban gritando, pero no podía entender lo que decían.

Gordon se dirigió hasta la parte de abajo y entró en lo que quedaba de la habitación. El iraquí herido estaba ahora reducido a pedazos. La explosión también había destrozado a un marine, pero no podía distinguir qué marine era.

Gordon escuchó una voz que provenía del pasillo.

—¡Sargento!

Se dio media vuelta y vio a Smitty tendido en el suelo, cubierto por la sangre de cuatro personas, incluida la suya propia.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Gordon mientras se arrodillaba junto a él.

—El hijo puta que estaba en el suelo no estaba muerto. Se dio la vuelta y tenía una granada. Ha hecho estallar a Crebbs por los aires.

—Hijos de puta de mierda —dijo Gordon maldiciéndolos.

Justo en ese momento apareció por la entrada del edificio otro escuadrón de marines. Detrás de ellos iba un reportero asignado y su equipo de cámaras.

Detrás iba un médico militar que, inmediatamente, comenzó a inspeccionar a Smitty.

—Un terrorista suicida ha matado a un marine en esa habitación —informó Gordon al nuevo escuadrón de marines mientras señalaba a la habitación—. La parte de arriba aún no está despejada. Vamos.

Gordon y el nuevo escuadrón se dirigieron hacia la parte de arriba y despejaron el área. Podían ver la mezquita desde el tejado. Aparentemente seguía sin haber movimiento.

—Vamos a tomarla —dijo Gordon a los marines, quienes se apresuraron a bajar y cruzaron la calle al salir. El reportero y su equipo de cámaras los seguían muy de cerca.

Por algunas ventanas del lateral sur de la mezquita salían cortinas de humo. Los laterales sur y este estaban completamente plagados de agujeros de bala. Gordon y el escuadrón se aproximaron a la puerta delantera y se refugiaron en el lado este. Gordon le dio una patada a la puerta, pero no se abrió. Volvió a darle otra, pero seguía igual.

—Sargento, tengo un fusil —ofreció un marine del escuadrón.

—Vale, ven aquí.

El marine disparó dos veces al pomo de la puerta con su fusil del calibre 12 y se retiró. Gordon dio un paso atrás y propinó otra patada a la puerta, que esta vez sí abrió. Lanzó una granada de alto contenido explosivo por la puerta y retrocedió para refugiarse sobre la pared. La granada cayó y rodó por el estrecho pasillo hasta llegar a la gran sala de la mezquita. La explosión hizo temblar el suelo. En cumplimiento del procedimiento operativo estándar, él y los marines entraron en la mezquita tras la detonación de la granada. El reportero y el equipo de cámaras iban siguiéndolos justo detrás del último marine.

La primera habitación por la parte derecha estaba llena de municiones y armas ligeras. La habitación de la izquierda estaba vacía, excepto por algunos colchones llenos de manchas. Los hombres continuaron su camino hasta la gran sala, donde encontraron a algunos iraquíes apoyados sobre la pared. Con una fuerte voz, los marines les ordenaron que no se movieran. Todos parecían estar vivos, pero heridos.

—¡Ni se os ocurra moveros, quedaos donde estáis, maldita sea! —les gritó Gordon, quien valoró rápidamente la situación en la sala.

Al fondo, Gordon podía oír al reportero hablando ante una cámara encendida.

«Estoy con los marines dentro de una mezquita en la ciudad de Faluya. La batalla ha sido encarnizada y los iraquíes han opuesto una gran resistencia. Sin embargo, al final no han podido igualar la potencia de fuego de los marines estadounidenses. Estos iraquíes heridos han conseguido sobrevivir a este gran ataque y ahora están pidiendo ayuda…».

—¿Pidiendo ayuda? ¡No han dicho ni una puta palabra! —gritó dirigiéndose al reportero uno de los marines del escuadrón.

Con el fusil firmemente colocado sobre su hombro, Gordon siguió controlando la más de media docena de iraquíes. Por el rabillo del ojo, vio que el iraquí que estaba al final de la cola había movido la mano para coger algo del suelo.

Sin dudarlo, Gordon se dio la vuelta y le pegó un tiro en la cabeza al iraquí. El sonido del fusil de Gordon hizo eco en la gran sala.

—¿Has grabado eso? ¿Has grabado eso? —preguntó el reportero a su cámara.

—Sí —respondió el cámara apuntando la cámara hacia Gordon.

—Ese marine de ahí acaba de disparar a un iraquí herido y desarmado —dijo el reportero a la cámara mientras señalaba directamente a Gordon.

17 de marzo de 2014

«Puede que otras cosas nos cambien, pero empezamos y terminamos con la familia». – Anthony Brandt

San Diego, CA (EE. UU.)

—¿Rosa o lila? —preguntó Haley, la hija de 5 años de Gordon, mientras le mostraba dos botes de pintauñas distintos.

—Me gusta el lila, pero prefiero el rosa —dijo Gordon mirando a su hija, quien empezó a agitar los botes.

—¿Puedo comer algo cuando hayamos terminado, papi? —preguntó Haley mientras aplicaba lentamente esmalte de uñas sobre las uñas de su padre.

—Sí, por supuesto, ¿qué habías pensado? —le respondió Gordon con dulzura.

—Rollitos de fruta deshidratada, ¡quiero rollitos de fruta deshidratada y luego quiero ver Los Octonautas! —gritó Haley mirando hacia arriba, quien sonrió a Gordon y apartó de su rostro algunos cabellos.

—Vale, entonces rollitos de fruta deshidratada —sonrió Gordon mirando a Haley.

Haley era pequeña para su edad, muy coqueta con cabellos largos y rubios y unas facciones muy finas. Definitivamente, todo le entusiasmaba de niña y, especialmente, aquello que tuviera que ver con las princesas.

Gordon adoraba a su familia y se sentía bendecido por tener a sus dos hijos: Hunter, su hijo de 7 años, y Haley. Ambos eran su orgullo y su alegría. Toda su vida giraba en torno a ellos y a su esposa Samantha.

Había conocido a Samantha aproximadamente un año después de esta tumultuosa misión de los marines. Se casaron después de un año y tuvieron a Hunter en el siguiente. Gordon era feliz, fiel y vivía todos los días en el presente. Nunca pensaba demasiado en su época en el Cuerpo y, cuando lo hacía, parecía como si fuera completamente otra vida distinta; casi como si no fuera su vida, sino la de otra persona.

Aunque no recordaba muy a menudo sus momentos en combate, su vida diaria seguía estando influenciada por sus dos periodos de servicio en Irak. La experiencia había cambiado sus prioridades y había determinado su perspectiva. Ya no era el idealista que creía en ayudar a todo el mundo, sino que se había vuelto más pragmático y solo deseaba cuidar de su familia. Se estaba sacrificando por quienes, según él, «no sabían nada».

—Cuando hayas terminado en el salón, ven conmigo afuera —dijo Samantha a Gordon al traspasar el portal en su camino hacia la cocina.

Gordon miró por encima de su hombro y dijo: «Vale, pero, ¿estás segura de que no necesitas una sesión de manicura y pedicura?».

Samantha gritó por el pasillo desde la cocina: «Quizás más tarde. Haley necesita estar tranquila y tú y yo necesitamos un momento para adultos».

—¿Un momento para adultos? ¿Te refieres a un «momento para adultos» o a un momento para adultos porque tienes que contarme algo y necesitas toda mi atención? —gritó Gordon mientras veía cómo Haley terminaba de pintarle la uña de su último dedo.

—Ya sabrás luego —gritó ella desde la cocina.

—Qué calientabraguetas eres —le replicó Gordon.

—Papi, ¿qué es calientabraguetas? —preguntó Haley.

—Bueno, cielo, es cuando…

—Haley, es cuando nos calentamos con las tonterías que decimos —interrumpió Samantha, que ahora estaba en la entrada de la sala de juegos.

Gordon echó la cabeza hacia atrás por encima de sus hombros.

—Dios, te mueves muy rápido y como un ladrón —. Él le guiñó un ojo y notó una mirada algo molesta en el rostro de su esposa.

Samantha se quedó allí mirando a su esposo. Lo amaba mucho; se sentía bendecida por tener a un buen hombre y a un buen padre como él para sus dos hijos. Le era difícil pensar en muchos hombres que estuvieran dispuestos a que les pintasen las uñas de color rosa. Se sentía muy orgullosa de que verdaderamente se interesara por sus hijos y le encantaba ver lo importantes que estos eran para él.

Siguió admirando a Gordon, quien se ajustaba perfectamente al prototipo de hombre que ella tenía. Era alto, robusto, guapo, con mandíbula pronunciada, de ojos claros y ancho de hombros. Haley se veía muy pequeña a su lado, empequeñecida por su complexión fuerte y musculosa. Desde el mismo momento en que se conocieron, Samantha supo que él siempre cuidaría de ella. Se sentía segura con él.

—¡Ya he terminado, papá! ¿Puedo picar algo ahora? —le preguntó dulcemente Haley cerrando el bote de pintauñas.

—Por supuesto —respondió Gordon, quien comenzó a soplarse las uñas para secárselas; sin embargo, paró cuando se dio cuenta de que Samantha seguía mirándolo. Entonces se levantó, fue hacia ella y le preguntó con tono bromista:

—¿Resalta el rosa el azul de mis ojos?

Haley dio un salto y salió de la habitación para dirigirse a la cocina pasando por el pasillo. Gordon dio otro saltito y la siguió; por supuesto, consciente de que el esmalte de sus uñas aún no se había secado.

—Bueno, ¿qué pasa? —le preguntó a Samantha antes de inclinarse hacia ella para besarla en los labios.

—Déjame que lleve a Haley a un lugar tranquilo y te veré luego en el patio en, digamos, 5 minutos —respondió Samantha, quien luego le dio otro beso.

Gordon se sentó sobre el piano y esperó a que Samantha apareciera para reunirse con él. Se recostó, estiró las piernas sobre la mesa de café y dejó que la calidez del sol del mediodía reposase sobre su rostro. Aunque por lo general mantenía una relación de amor-odio con California del Sur, definitivamente adoraba aquel tiempo. Prefería los pueblos pequeños y, sin duda, San Diego había dejado de serlo. Pero, en resumidas cuentas, la vida le sonreía. Disfrutaba de un estilo de vida cómodo, de un fantástico grupo de amigos y de la familia que lo rodeaba. El único miembro familiar al que deseaba tener con él más a menudo era su hermano pequeño, Sebastian, quien se había unido a la Marina cuatro años después de que Gordon saliera del Cuerpo. Al principio, su hermano siguió sus pasos y llegó a ser artillero TOW, pero aquello resultó ser algo aburrido para él y, siendo como era un hombre de aventuras, quería convertirse en francotirador explorador.

El letargo de Gordon a la luz del sol se vio interrumpido cuando oyó que entraba Samantha. Gordon abrió los ojos y vio que su esposa se había puesto encima de él.

—¿Estás disfrutando? —le preguntó ella mirándolo desde arriba con los brazos cruzados.

—Claro que sí, gracias por preguntar —le contestó Gordon con una sonrisa.

—¿Cuándo me ibas a decir que tu hermano viene esta noche para cenar? —preguntó Samantha, quien se sentó a su lado—. Sabes que necesito que me avises para tener la casa preparada.

—Creía que te lo había dicho, disculpa —dijo Gordon incorporándose en la silla—. No pasa nada, ¿no? No tenemos ningún otro plan.

Gordon miró a Samantha, sentada frente a él. Él se enamoró de ella en el mismo instante en que se conocieron. Le gustaba todo de ella, desde su pequeña constitución y su cabello rubio, largo y ondulado hasta sus ojos de color verde claro y sus labios carnosos. Para él, ella encajaba perfectamente en la descripción de la mujer perfecta.

—No, está todo bien; solo que la próxima vez tengo que saberlo. Si no hubiera revisado el contestador, nunca lo hubiera sabido. Prométeme que me avisarás la próxima vez.

Gordon se puso de pie, fue hasta Samantha y suavizó la voz. «Por supuesto, cariño», dijo él, quien se inclinó hacia ella, le dio un abrazo fuerte, la besó y le susurró al oído.

—¿Qué te parece si te sigo pidiendo perdón arriba?

Algo terca, Samantha lo apartó y le contestó.

—Sabes que tengo cosas que hacer.

—Todo puede esperar —dijo Gordon, quien, conociendo bien a su esposa, suavizó aún más el tono de su voz. Luego le hizo una propuesta—. ¿Qué te parece si luego te ayudo con tus cosas si ahora tú me ayudas con las mías?

Samantha arqueó las cejas y le sonrió pícaramente.

—¡Trato hecho!

Ella le cogió la mano y se apresuraron a subir arriba.

—¡Hay alguien en la puerta! —exclamó Hunter con entusiasmo.

—Ve y abre, ¡debe ser tu tío Sebastian! —dijo Samantha desde la cocina. Estaba demasiado ocupada preparando una ensalada como para ir hasta la puerta.

—Gordon, ¡creo que tu hermano está aquí! —le dijo a su esposo, quien estaba trabajando en la oficina. Samantha adoraba a Sebastian, pero no siempre le gustaban sus visitas. No era culpa de Sebastian, pero el simple hecho de tenerlo cerca hacía que Gordon actuara de forma distinta. Sabía que Gordon había estado muy distante desde los días en los que partió Sebastian.

—¡Tío Sebastian! —gritó Hunter al abrir la puerta. A Hunter y Haley le encantaban sus visitas pues siempre se lo pasaban genial cuando estaba él.

—¡Tío Sebastian, tío Sebastian! —gritó Haley mientras bajaba las escaleras.

Sebastian entró y cogió a Hunter. Entretanto, Haley llegó hasta la planta de abajo y lo agarró por la pierna.

—Hola, chicos, ¿cómo están mi sobrina y mi sobrino favoritos? —preguntó Sebastian, quien se puso en cuchillas para coger a Haley con su otro brazo. Luego fue andando hasta la cocina, donde Samantha corría de un lado para otro preparando la cena.

Sebastian era alto y, como dicen en el Cuerpo, «ágil y eficiente». Él y Gordon se parecían mucho; no cabía duda de que eran hermanos. Las diferencias más importantes eran fruto de la diferencia de edad de siete años que los separaba: con el tiempo, Gordon fue adquiriendo una barbilla prominente y le aparecieron algunas canas. Sebastian tenía un espeso cabello castaño y no tenía ninguna cana. Aunque era infante de Marina, no solía cortarse el pelo dejándose la parte de arriba plana ni rapándose por los lados; le gustaba su pelo e intentaba tenerlo normal o un poco más largo que corto siempre que eso no le supusiese ningún problema. Sebastian tenía siempre una sonrisa dibujada en su rostro y se tomaba la vida más a la ligera que su hermano, quien tenía una personalidad más seria y estoica.

Sebastian quería tener hijos algún día, pero por ahora disfrutaba de la vida de marine soltero. Seguía picándole el gusanillo de las aventuras y, puesto que el Cuerpo ya era bastante duro sin familia, pensaba que no sería buena idea formar una. Así que, por el momento, Sebastian se conformaba con disfrutar de la vida familiar que le ofrecía la familia de su hermano.

—¡Hola, Samantha!

—Hola, Sebastian, ¿cómo estás? —le contestó Samantha, quien parecía algo nerviosa intentando tenerlo todo terminado. Samantha era perfeccionista y todo tenía que estar perfecto para los invitados. Sin embargo, se detuvo por unos segundos para abrazar a Sebastian y darle un rápido beso en la mejilla—. Gordon está en su oficina terminando un proyecto. Corre y ve.

—Creo que lo haré —miró a los niños que tenía entre los brazos y levantó las cejas—. Pero antes tengo aquí un par de monitos que tienen que ver lo que les ha traído el tío Sebastian.

Los dos niños gritaron.

—¡Regalos!

Puso a los niños en el suelo y se puso en cuchillas para poder mirarlos a los ojos.

—Id enfrente y veréis dos bolsas puestas en la mesa. La verde es la de Hunter y la rosa es…

—¡La mía! —gritó Haley comenzando a correr hacia la puerta principal. Hunter no lo dudó y también se puso en marcha.

Sebastian se levantó y se aproximó a la isla de la cocina.

—Vaya, ¡algo huele muy bien! ¡Estoy hambriento!

—Espero que lo estés, tenemos muchísima comida y Gordon salió hace un momento a comprar tu asado Tri-Tip favorito.

—Sois geniales, chicos, gracias —dijo Sebastian mirando a Samantha, feliz de que su hermano hubiera encontrado a una esposa tan maravillosa. Se rio cuando pensó en lo mucho que su hermano se merecía a esa mujer, especialmente después de todos los problemas por los que había pasado.

Mientras cocinaba, Samantha tenía la televisión encendida; en realidad, aquel era el único momento en que podía ponerse al día con las noticias. Sus dos hijos le ocupaban todo el tiempo y requerían la mayor parte de su atención a lo largo de la jornada.

En la televisión, Bill O’Reilly estaba entrevistando a Brad Conner, el presidente republicano de la Cámara de Representantes, y a la representante democrática de California, Shelly Gómez.

«El Presidente está claramente fracasando a la hora de garantizar la seguridad de nuestro país. El hecho de permitir que Irán fabrique combustible nuclear y simplemente darle palmaditas en la espalda no nos mantendrá seguros. No se puede confiar en el régimen iraní. Necesitamos…»

«… ¿Qué necesitamos, Sr. Presidente, otra guerra?», replicó la Sra. Gómez.

«Tenemos que poner todas las cartas sobre la mesa y tenemos que proyectar fortaleza, no dar el mensaje de que no haremos uso de la fuerza».

«Presidente Conner, usted se opone a los ataques preventivos. ¿Estaría a favor de atacar las centrales nucleares iraníes si tuviéramos información sólida de que está fabricando armas nucleares o vendiendo combustible apto para armas a los terroristas?», preguntó O’Reilly.

«Bill, Irán es un estado terrorista. Para contestar a tu pregunta de manera más directa, sí, lo estaría».

«Sra. Gómez, ¿qué dice usted?», preguntó rápidamente O’Reilly.

«Sr. O’Reilly, debemos mantener siempre todas las opciones sobre la mesa. Sin embargo, no podemos saltarnos la diplomacia y debemos asegurarnos de que hemos agotado todas las posibilidades de alcanzar una solución pacífica».

«Entonces, ¿estaría a favor de un ataque militar?», le preguntó O’Reilly de manera directa.

«Lo que estoy diciendo es que no debemos encorsetarnos en una única solución».

«Es una simple pregunta de sí o no, Sra. Gómez», le replicó O’Reilly.

«Sr. O’Reilly, la diplomacia es más dinámica que una simple respuesta de sí o no», le respondió desafiante la representante Gómez, quien parecía algo nerviosa.

«Entiendo, Sra. Gómez. Permítame hacerle la pregunta de una forma más clara. Si agotase todas las vías diplomáticas y tuviese información de que Irán está desarrollando un arma o que está preparándose para vender combustible apto para armas a un grupo terrorista conocido que después la usaría como arma sucia o, aún peor, si quisiera venderles algún arma nuclear, ¿estaría a favor de un ataque militar?».

«Creo que debe definir eso de “agotar todas las vías diplomáticas”», contestó la Sra. Gómez.

«¿De verdad, Sra. Gómez? ¿De verdad no puede contestar a esa pregunta?», siguió presionándola O’Reilly algo indignado.

El presidente Conner los interrumpió.

«Yo puedo contestar a esa pregunta, Bill. Sí, yo los atacaría y los atacaría de forma severa. Bill, la Sra. Gómez es consciente de las amenazas, las verdaderas amenazas a las que se enfrenta nuestro país. Ella conoce los informes, pero, ¿qué hacen ella y sus colegas? Votan todo el tiempo para debilitar nuestras defensas o para no financiar proyectos que pueden ayudarnos a fortalecerlas».

«Sr. Presidente, ¿a qué amenazas se enfrenta nuestra nación de las que no son conscientes los estadounidenses?», O’Reilly preguntó intentando resumir las cosas.

«Lo que más temo es que una nación del mal o un grupo terrorista nos ataque con un arma de pulso electromagnético o con un arma electromagnética. No estamos preparados para esto; destruiría toda nuestra red eléctrica. Por un lado, los iraníes han demostrado ser conscientes de esta debilidad, y quieren aprovecharse de ello».

«Ahí lo ve otra vez sembrando el miedo, Sr. Presidente», acusó la Sra. Gómez con desdén.

«¿Miedo? Sra. Gómez, usted ha visto los informes relativos a esta amenaza específica. Incluso algunos miembros de su partido se han dado cuenta de la amenaza y han sacado adelante propuestas de ley que no llegan más allá del Comité. Actualmente estoy presionando al Congresista Markey para que vuelva a sacar adelante esa misma propuesta de ley. Trabajaré duro para garantizar que, por lo menos, la propuesta recibe la votación a favor o en contra que merece», replicó Conner obviamente irritado.

«Sra. Gómez, tiene usted la última palabra, responda por favor a lo que acaba de decir el presidente de la Cámara».

«Sr. O’Reilly, este gobierno está haciendo un trabajo increíble para la defensa de nuestra nación. Después de al menos 10 años de guerra, es hora de cuidar de nuestra patria y abordar los problemas domésticos. Lo tenemos todo bajo control en cuanto a la defensa respecta. Tenemos que abordar otros problemas como la educación y la sanidad».

«Bueno, tenemos que dejarlo aquí. Sra. Gómez, Presidente Conner, les doy las gracias por su tiempo. En el siguiente punto tenemos con nosotros al General retirado McCasey para hablarnos sobre los recientes ataques terroristas de París y Londres».

Samantha cogió el mando a distancia y apagó la televisión.

—Perdona, es el único momento en el que puedo escuchar lo que está pasando. Da mucho miedo con todos los ataques que se están produciendo en todo el mundo, tengo la sensación de que es solo cuestión de tiempo que ocurran aquí también.

—Sí, quizás; yo no me centraría mucho en eso, creo que aquí estamos bastante seguros. En cuanto a las charlas televisivas, simplemente no las veo. Todo me suena a un montón de palabrería hueca —dijo Sebastian.

—¿Te traigo una cerveza?

—Iré yo, sé dónde están, ¿te traigo una a ti también? —preguntó Sebastian al abrir el frigorífico.

—Sí, claro, gracias.

—¡Coge también una para mí! —Sebastian reconoció la voz de su hermano. Gordon tenía una sonrisa de oreja a oreja cuando entró en la cocina; siempre le encantaba volver a ver a su hermano pequeño.

—¡Gordon! —gritó Sebastian, quien dejó las cervezas sobre la encimera. Se acercó a su hermano y le dio un fuerte abrazo—. ¡Me alegro de verte, gracias por la invitación!

—Por supuesto, hermanito. Ojalá nos viéramos más.

Gordon se volvió hacia Samantha y le hizo una pregunta.

—¿Dónde están los niños?

—Fuera jugando con los juguetes que Sebastian les ha traído.

—Cuéntame, ¿qué tal te va? —preguntó Gordon a Sebastian tras tomar un trago de su cerveza.

—Supongo que tengo que hacerte una pregunta —respondió Sebastian señalando a los dedos de Gordon—. Ya sabes, si fue la política sobre homosexualidad del «no preguntes, no lo digas» lo que te hizo salir del Cuerpo, puedes volver sin problemas.

—¿Qué? —preguntó Gordon impresionado por los comentarios de Sebastian antes de darse cuenta de que aún tenía las uñas pintadas de color rosa.

—Los niños —explicó ignorando el comentario.

Gordon fue hasta el frigorífico para coger la carne del asado.

—Bueno, señor sabelotodo, ¿qué tal si me ayudas ahí afuera con esto?

—Entendido.

—La cena estuvo genial. Estoy lleno —dijo Sebastian recostándose en la silla.

—Me alegro de que te haya gustado. ¿Por qué no me encargo yo de todo esto y vosotros os vais a disfrutar de una cerveza mientras charláis? —dijo Samantha recogiendo los platos.

—¿Estás segura? —preguntó Gordon mirándola desde la silla. Gordon respetaba a Samantha y veía su relación y su responsabilidad como padre como una verdadera colaboración. Nunca quería dar por sentado quién debía encargarse de las tareas de la casa.

—Sí, estoy segura. Vosotros os vais a hacer cosas de chicos: tomar un par de cervezas, hablar tonterías y arreglar los problemas del mundo. Yo llevaré a los niños arriba y veremos una película —ella le dio un beso en la mejilla—. Te quiero, cari.

—Yo a ti también, cielo.

Sebastian observó la interacción de los dos y sonrió. Cuando le llegara el día de establecerse, quería exactamente lo que tenía su hermano. Por supuesto, eso no pasaría en un tiempo porque aún le quedaba un año de alistamiento y llevaba una vida de mucha diversión.

Samantha recogió los platos que quedaban y regresó a la cocina. Los dos hermanos pudieron escuchar cómo ella les hablaba a los niños. Tras un momento de chillidos y risas, la casa quedó en silencio.

—Cojamos esas cervezas y vayamos al patio trasero —Gordon se levantó y Sebastian lo siguió hasta el frigorífico antes de salir.

—Aquí tienes —Gordon le pasó a su hermano una cerveza fría y se sentó.

—Gracias, ¿y qué has estado haciendo últimamente?

—Tú sabes, lo normal. Ah, he estado yendo al campo de tiro últimamente.

—Bien, ¿alguna nueva adquisición?

—Sí, cuando estuve en Idaho me paré en una exposición de armas y compré un M-4 y otra pistola SIG.

—Siempre fuiste más coleccionista que yo, tú y papá erais iguales en ese sentido —comentó Sebastian antes de coger una cerveza.

—Bueno, cuéntame más sobre los francotiradores exploradores —le preguntó Gordon al poner los pies encima de la mesa.

—Es algo que quiero hacer de verdad, probaré en un par de semanas, así que ya veremos.

—Mientras tú lo tengas claro —dijo Gordon mirando la cerveza que tenía en la mano.

—¿Qué significa eso? —preguntó Sebastian levantando una ceja.

—Solo eso.

—Mira, no proyectes en mí tu ira contra el Cuerpo —dijo Sebastian con firmeza.

—No estoy proyectando nada. Solo quiero asegurarme de que tomas la decisión correcta. No creo que tomaras la decisión correcta cuando te alistaste desde un principio para seis años. Lo único que tenías que hacer era alistarte para cuatro y, si te gustaba, alistarte otra vez —le exhortó Gordon.

Sebastian miró fijamente a su hermano algo frustrado. Lo quería mucho, pero odiaba que Gordon actuase como un padre. Pensaba que, después de dos misiones de combate, una en Irak y otra en Afganistán, su hermano lo trataría finalmente con respeto. Sabía que todo venía de dos cosas, de las cuales una era que los padres de Gordon y Sebastian habían muerto pocos años atrás. Desde entonces, Gordon se impuso la tarea de llenar ese vacío para su hermano, mucho más pequeño que él. El otro problema era la ira que Gordon sentía hacia el Cuerpo de Marines; se sentía traicionado tras el incidente en Faluya ocurrido 10 años antes.

—Gordon, sé lo que hago. Los francotiradores exploradores son una unidad estricta, profesional y motivada. Ojalá pares de cuestionarme. Sé que me pediste que no me alistara a la Marina, pero lo hice. Luego estabas en contra de que me alistara para seis años, pero también lo hice. Tenía que asegurarme el trabajo que quería. Te pusiste en mi contra por ser artillero TOW y ahora me estás cuestionando esto. Soy un hombre, sé lo que hago —Sebastian se sentó firme en la silla y miró a su hermano directamente a los ojos.

—Vale, vale —respondió Gordon agitando su mano izquierda en el aire y volteando los ojos.

—Voy a cambiarle el agua al canario —. Sebastian dejó su cerveza y entró en la casa.

Gordon echó la cabeza sobre el respaldo de la silla y contempló las estrellas. Recordó el día en la mezquita de Faluya. En los años inmediatamente después, él había reproducido mentalmente el incidente una y otra vez. Sin embargo, cada vez que lo hacía, concluía que lo haría todo de la misma forma. El ridículo y el odio que recibió lo frustraron infinitamente. La investigación del equipo del NCIS comprobó que había tomado la decisión correcta, pero aquellas historias no son interesantes y siempre terminan en las páginas de cotilleos de los periódicos. En cambio, las historias de marines que disparan a prisioneros «heridos y desarmados» ocupan la primera página y son una piltrafa política. Lo que más odiaba era la política. Toda la situación cambió la manera en que veía a su país y a sus conciudadanos. Cuando llegó la hora de su realistamiento, Gordon optó por salir del Cuerpo. Ya no podía arriesgar su vida por defender a un país en el que la mitad de los ciudadanos lo odiaba o, solo algo mejor, no sabían nada de él.

Gordon se había alistado al Cuerpo de Marines justo después de los ataques del 11 de septiembre. Dejó la Universidad George Mason cuando cursaba su tercer año y abandonó una beca académica porque sintió que su generación estaba llamada a servir a su país. En ese momento, esto le pareció ser lo correcto, pero ahora las cosas habían cambiado.

A veces, se preguntaba por qué había sacrificado tantas cosas. ¿Para qué? ¿Para que las personas lo odiasen? ¿Para que dieran por hecho su libertad? ¿Por todos los vagos y todos los imbéciles que solo quieren cruzarse de brazos y no hacer nada? Que les den, pensaba… Nunca jamás volvería a sacrificarse por nadie, salvo por su familia y sus amigos. Ahora su hermano estaba arriesgando su vida para que estos mismos inútiles pudieran quedarse cruzados de brazos dando por hecho sus libertades y abusando de sus derechos.

Sebastian sabía cómo se sentía, pero él no fue nunca el idealista que Gordon fue alguna vez. Sebastian amaba su país, por supuesto, pero él estaba allí en busca de aventuras. Amaba la acción y se sentía afortunado de que le pagasen por hacer explotar cosas por los aires. Nunca pensaba mucho en política porque la consideraba una pérdida de tiempo. A Gordon le hubiera encantado compartir la visión de su hermano, pero, ¿cómo puede sobrevivir nuestro país si lo único que hacemos es mirar por nosotros mismos? Libraba un conflicto ideológico, pero, en la práctica, hasta que no desapareciera su ira no volvería a poner a nadie más por encima de sí mismo ni de su familia.

El regreso de Sebastian interrumpió los pensamientos de Gordon.

—Aquí tienes, hermano —le dijo Sebastian pasándole otra cerveza.

—Gracias. Mira, lo siento si te di la impresión de que dudaba de ti. Te respeto y la única visión que tengo de ti es la de un hombre. Sabes cómo me siento en relación con el Cuerpo y todo lo demás. De verdad que no quiero volver a entrar, y no quiero que te ocurra nada a ti —le dijo Gordon incorporándose y cogiendo la cerveza.

—Lo sé, lo sé. Mira, estaré en buenas manos. Por cierto, me olvidé de decírtelo. Acaba de llegarnos un nuevo comandante —dijo Sebastian tras beber un buen trago de cerveza con una gran sonrisa en su rostro.

—¿Quién es? —preguntó Gordon interesado.

—¡Barone!

—¿El comandante Barone? —a Gordon se le agrandaron los ojos.

—Sí, pero ahora es Teniente Coronel.

Una vez más, la memoria de Gordon viajó hasta el momento posterior al incidente de Faluya. El comandante Barone fue uno de sus defensores más convencidos. Él estuvo a su lado cuando los demás estaban dispuestos a entregarlo para acallar a los políticos y a los medios de comunicación. La prensa experimentó un gran auge con esta historia e informó del tiroteo de forma cruel y sanguinaria. A todos los efectos, Gordon había sido condenado públicamente antes de que las investigaciones ni siquiera hubieran terminado.

Gordon habló consolado por el recuerdo de un amigo fiel.

—Qué buena noticia. Es un gran hombre. Definitivamente, con él estás en buenas manos.

—Sabía que te alegrarías de volver a escuchar su nombre. Yo no he tenido la oportunidad de conocerlo en persona, pero he oído que adora a sus francotiradores. Estoy emocionado. Ahora, lo único que tengo que hacer es mentalizarme y hacer las cosas bien.

—En realidad me alegra mucho que él esté al mando y que sea él quien os lleve de vuelta al cotarro en vuestra próxima misión —Gordon se sintió aliviado de que su hermano estuviera rodeado por una compañía tan fiable.

Gordon estaba muy contento de haber oído aquellas noticias. Independientemente de la seguridad de su hermano, él siempre se preocuparía por él y lo cuidaría. Sebastian era su hermano pequeño y, como hermano mayor, Gordon se sentía responsable de él aun cuando ello significara ser acusado de actuar como un padre. Gordon también estaba preocupado por el aumento de ataques terroristas en todo el mundo contra las instalaciones militares. En los últimos meses, también habían aumentado los ataques contra objetivos civiles en Europa. Él y Samantha habían hablado en ocasiones de lo raro que les parecía que ese tipo de ataques nunca se hubieran producido en los Estados Unidos. Con una frontera tan porosa en el sur, Gordon tenía la sensación de que EE. UU. no siempre tendría tanta suerte. Sabía que los terroristas volverían en cualquier momento y que el próximo gran ataque podría ser tan nefasto que podría poner al país en jaque.

Gordon dejó de lado los pensamientos sobre la crueldad del mundo y se concentró en pasarlo bien con su hermano. Después de unas cuantas cervezas más, algunas risas y un breve viaje por sus recuerdos, los dos hermanos se despidieron.

Tras acompañarlo a la puerta principal, Gordon le dio a Sebastian un abrazo y le dijo lo siguiente:

—Si alguna vez necesitas algo, llámame; no lo dudes. Estamos aquí para lo que necesites.

—Lo haré, Gordon. Te quiero, hermano —Sebastian siempre se sentía mal cuando llegaba la hora de irse; odiaba las despedidas.

Cuando Sebastian caminaba ya por la acera, Gordon le gritó.

—¡Estate al tanto, marine!

4 de diciembre de 2014

«El miedo es un sufrimiento que produce la espera de un mal».– Aristóteles

San Diego, California (EE. UU.)

«Esto es una Alerta de Noticias CNN. Se han producido una serie de explosiones en el centro de Seattle, dentro del CenturyLink Field, estadio de los Halcones Marines de Seattle. Por el momento se desconoce el número de víctimas. Damos paso a nuestra filial local que está informando mientras sobrevuela el estadio en helicóptero».

—Dios mío —jadeó Samantha conmocionada al taparse la boca con la mano.

—Mami, ¿dónde está Hunter? — preguntó Haley.

—Está arriba jugando en su habitación; ahora tranquilízate un momento —dijo Samantha sin mirar a Haley.

—Mami, mami, quiero zumo —dijo Haley agarrándose a los pantalones de Samantha.

—Un segundo, Haley —respondió Samantha a su hija.

—¡Mami! —gritó Haley ignorando la desestimación de su madre.

—Haley, por favor, cielo, ¡un segundo! —respondió Samantha levantando la voz—. Mami está viendo algo muy importante.

Samantha no podía apartar la mirada de las escenas del televisor. Del estadio salían columnas de humo. Por desgracia, ahora estas imágenes se estaban convirtiendo en algo muy común.

Desde el 6 de septiembre se habían producido reiterados ataques por todo el país. Desde coches bomba y terroristas suicidas a hombres armados que entraban en centros comerciales… la violencia se había convertido en un hecho casi cotidiano. Desde Miami a, como ahora, Seattle, parecía como si no hubiese ningún lugar seguro en los Estados Unidos. La noche anterior, el Presidente había intentado calmar a la nación con un discurso televisado a nivel nacional en el que prometía que estaba haciendo uso de todos los recursos disponibles para frenar futuros ataques.