Tiempo de despedidas - J. Gustavo Catalán - E-Book

Tiempo de despedidas E-Book

J. Gustavo Catalán

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Beschreibung

En una España profunda en plena Dictadura Franquista, al pueblo de Viladeneules empiezan a llegar los primeros turistas que trae la primavera. Los chicos del pueblo contemplan la revolución que empieza a desplegarse en la apacible vida del pueblo y que se extenderá hasta más allá del verano. Mientras, surgen los primeros amores, los desengaños y los desencuentros de la vida en el pueblo. Escrita con una prosa inigualable, tiempo de despedidas es un trozo de memoria viva hecha novela.

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Seitenzahl: 472

Veröffentlichungsjahr: 2023

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J. Gustavo Catalán

Tiempo de despedidas

 

Saga

Tiempo de despedidas

 

Copyright © 2005, 2022 J. Gustavo Catalán and SAGA Egmont

 

All rights reserved

 

ISBN: 9788728374672

 

1st ebook edition

Format: EPUB 3.0

 

No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.

 

www.sagaegmont.com

Saga is a subsidiary of Egmont. Egmont is Denmark’s largest media company and fully owned by the Egmont Foundation, which donates almost 13,4 million euros annually to children in difficult circumstances.

A las voces cuyos eco guardo.

 

Nuestros pies se alejan en vano de la

tierra donde reposan los muertos.

Apollinaire

Capítulo 1

¿Recordáis

la destreza del vuelo de las aves,

el júbilo y los juegos peligrosos,

la intensidad de cierto instante, quietos

bajo el cielo más alto que el follaje?

Si por lo menos alguien se acordase,

si alguien súbitamente acometido

se acordase... La luz usada deja

polvo de mariposa entre los dedos.

Jaime Gil de Biedma

Las golondrinas anunciaban la inminente llegada de los primeros automóviles, porque nadie en el pueblo poseía uno. Traían a los veraneantes de mejor posición y, durante los meses estivales, Viladeneules se desentumecía y extendía verdes alfombras salpicadas de flores para albergar dos mundos que coexistían sin mezclarse.

Centenares de persianas, párpados de sueño espeso durante el invierno, se abrían a la luz en cada primavera; los agrestes senderos se poblaban con acentos de la capital y las truchas del río cedían sus remansos a los bañistas. Sin embargo, era la del pueblo una ocupación provisional que no lo rendía ni debilitaba nuestro espíritu de clan porque sabíamos que, con la apertura del nuevo curso escolar, volveríamos a nuestra condición de dueños absolutos del lugar.

Viladeneules, mágica como Agua Santa, Macondo o Santa María, fingía entregarse a los invasores y aguardaría la desbandada para volver por sus fueros y abrir, ya a solas con nosotros, las esclusas de los sueños.

El pueblo, cual rémora prendida a la falda del monte, avizora el valle por el sur y, pocos metros arriba, se resguarda del aquilón en rocosas paredes o muros de verdor. La carretera que sube desde el río se ensancha a la entrada en una primera explanada, por aquellos días sin asfaltar; se convierte en adoquinada calle principal y termina en la plaza del Ayuntamiento: un excelente mirador de lontananzas por uno de sus lados, mientras que el otro adopta la forma de una hipotenusa de granito.

Se trata de un muro de altura creciente que sirve de contrafuerte a la calle, convertida desde ahí en Camino de la Iglesia. Una pendiente para saltar a la plaza desde la altura que la osadía de cada cual elegía y que, tras los primeros sesenta o setenta metros, dobla a la derecha y se pierde de vista.

Por aquel entonces la plaza centraba la vida del lugar, tan reposada en invierno que podíamos amontonar sin oposición las piedras para las porterías u ocupar enteramente la cuesta de la iglesia sin otra interrupción que la de una bicicleta ocasional, con menor probabilidad la moto con sidecar de la fonda y, excepcionalmente, un pequeño camión con materiales de construcción, porque el asno de la lechera pasaba muy de mañana y las ovejas al oscurecer.

Con las primeras nieves el tren se llenaría de esquiadores, los rebaños volvían de los altos y el golpeteo de las herraduras supliría otra vez los bocinazos. No podíamos estar en todo, pero el Sr. Bonafé, nuestro maestro, y el obligado secuestro en los bajos del Ayuntamiento donde habían instalado la escuela, no se bastaban para hurtar la calle a nuestros sentidos. En Arcadio, un condiscípulo montaraz y simplón, la inquietud del cotidiano encierro se hacía tan visible que imantaba los castigos que de no ser por él se habrían repartido entre todos, y sólo por eso gozaba de nuestras simpatías.

Pero no despertaba lástima. Arcadio tenía la entereza de quien está habituado a arrostrar las consecuencias de sus actos: miraba a los ojos, no escondía la mano al palmetazo v sonreía bajo el dolor. Quizá por su talante de Prometeo niño, recuerde todavía la primera vez que lo vi llorar.

Fue a causa del carro de Dámaso o, para precisar, por sus caballos. Acabadas las faenas propias, Dámaso y sus los caballos, trinidad indivisible, se alquilaban a destajo otra los acarreos más penosos: una simbiosis de cerebro y músculos tan lograda que hasta un centauro la envidiaría. Resulta superfluo precisar la contribución de cada cual a la sociedad que formaban, aunque la división de funciones no era absoluta. Seguramente los caballos gozaban más con la compañía del hombre que necesitados estaban de sus indicaciones, porque podían llegar al destino o dosificar el esfuerzo –todos éramos testigos– sin que Dámaso abriese la boca. Por su parte, el carrero, al menor problema, aportaba la fuerza descomunal como uno más y jamás le oí levantarles la voz.

Solía ir sentado y agarrado a los adrales cuando iban de vacío, pero no gustaba sumar su peso al de la carga y, si era pesada, caminaba a un lado. Entre broma y saludo susurraba a los animales íntimas confidencias y al enfilar las cuestas los dejaba a su aire si había espectadores; sin embargo, cuando creía que no era observado empujaba desde atrás y les gritaba frases de aliento.

De Dámaso me atraían por igual su placidez y aquel cuerpazo de titán que yo soñaba para mí. No hacía ostentación alguna y eso elevaba a categoría mítica el poder de los brazos que nos alzaban para sentarnos a lomos de Ros o de Bruix, y cuando al rato descabalgábamos, medio resbalando por el flanco, allí estaba su mano para evitar la caída.

Nuestra fascinación por él estaba cimentada en la experiencia. Lo habíamos visto cargar sacos a pares mientras dos hombres se afanaban con uno; subir la pendiente helada del Roure empujando con la espalda el carro lleno de estiércol y se decía que en la tala no conocía igual, pero la hazaña que lo aupó al pedestal que hasta ese día ocupaba mi padre en solitario, el suceso que cubrió de lagrimones las mejillas de Arcadio, tuvo lugar un sábado, en la plaza del Ayuntamiento y a la vista de todos.

Aquella tarde Dámaso bajaba con Ros una carga de pizarra para techar y, minutos antes de hacerse visible en lo alto de la cuesta, ya podía oírse el inconfundible traqueteo. El primero en mostrarse, caminando hacia atrás, fue nuestro héroe. Sujetaba con ambas manos la cabeza del caballo y se inclinaba hacia él, frente con frente, como si de aquel modo pudiera prevenir un peligroso traspié del animal.

Había caído el habitual chaparrón que en cada ocaso abrillantaba las piedras. Ruedas y cascos se deslizaban a trompicones y las chispas se ahogaban al nacer. Ros frenaba el descenso doblando los cuartos traseros: extendía las manos y parecía que iba a sentarse para escuchar a Dámaso que, en ángulo agudo con el camino, le hablaba quedo, sin que sus zuecos encontrasen tampoco ranura lo bastante honda ni aspereza en que afianzarse. Por vez primera desde que lo conocía, tuve la impresión de que estaba en apuros.

Pero no pidió ayuda. En el silencio de la plaza eran audibles el monólogo de Dámaso y los jadeos del caballo.

—Tranquilo... Despacio... Tranquilo, Ros...

Avanzaban sin dar un paso. Se escurrían, patinaban llantas y zuecos pero ya llegaban al punto en que la pendiente se suavizaba. Quedaban sólo unos metros para alcanzar la plaza, para soltar el freno y Dámaso se enderezó, confiado. El paredón podía saltarlo un niño y entonces sobrevino el percance: una última resbaladura y Ros que para en seco, el carro se ladea, la rueda derecha que sale fuera del camino y el eje golpea el borde del muro.

Así ocurrió. En segundos eternos. Apenas dos palmos de altura pero suficientes para que se rompiera la vara derecha y el astillado extremo penetrara el costillar del animal. Ros hincó la rodilla con un relincho y luego la otra, frente a Dámaso.

Varios hombres acudieron a la carrera y por única vez aquella aciaga tarde, Dámaso, sin volver la cabeza para mirarlos, habló para alguien más que su compañero:

—¡No os acerquéis!

Y de nuevo al caballo, como se haría con un amigo:

—Ros, valiente... ahora lo arreglaremos... No te muevas... Respira despacio... No te preocupes. Sé que duele pero escucha lo que vamos a hacer...

Se miraban a los ojos. Durante toda la bajada lo habían hecho, pero el esfuerzo veló una ternura que ahora, arrodillados ambos, inundaba el aire. Dámaso acariciaba el cuello de Ros mientras éste, sin un quejido, aguardaba.

—Yo levantaré el carro, ¿me entiendes? Lo levantaré y entonces te pones en pie. Cuando diga ¡Ya!, te alzas y das un paso. Un solo paso, Ros, y nos vamos a casa. Te desclavaré eso y nos iremos a casa, ¿eh, compañero? A nuestra casa, Ros...

Así lo hizo. A pie de muro pateó el vacío para deshacerse de los zuecos y se diría que los culpaba de la desgracia por no haberle anclado al suelo. Con la camisa arremangada y descalzo, Dámaso llenaba la plaza y el corro se ensanchó. Como haría un levantador de pesas, el atlas asió dos radios y lentamente, abiertas las piernas para aguantar su mundo, solevó el carro sosteniendo la rueda en el aire: el eje a la altura de su pecho.

—Ros... ¡Ya!

Obediente, el animal se enderezó y dio el tirón ordenado. La rueda volvió al camino y el flanco mostró la lanzada, el astil de madera enrojecida y un borbotón de sangre. Dámaso corrió a su lado, arrancó la vara y hundió el pañuelo en la herida. A continuación se quitó la camisa e hizo con ella un apósito que al instante pasó del azul al granate.

—Se acabó, Ros... –el hombre pasó un brazo sobre el lomo para sujetar la improvisada compresa con su cuerpo. La sangre les manaba por igual–. Vamos a descansar. A casa, Ros...

Emparejados, se marcharon despacio por el pasillo que formaba la gente y, aun después de idos, nadie emborronó el rojo del rastro que dejaban sus costados y la nariz del caballo al respirar.

Tanto Arcadio como yo, supimos que no debíamos seguirlos. Recogimos los zuecos y fuimos a sentarnos en un rincón. Arcadio estaba llorando y tal vez por eso, por haberme tomado la delantera, me correspondió hablar.

—No te preocupes. Dámaso lo va a curar. Tú puedes guardarle los zuecos para que no se pierdan.

—Sangraba mucho...

—¿Pero has visto cómo ha levantado el carro? Lo salvará. Ya lo verás.

Pero no fue así, y al día siguiente nos enteramos de que Ros murió aquella misma noche. Dijeron que lo hizo en brazos de Dámaso; que éste le cerró los ojos como si fuera un pariente y, de madrugada, cavó junto a su casa la fosa que lo albergó.

De los zuecos no volvimos a hablar. Es posible que Arcadio los haya conservado.

 

Mi corta edad contribuyó a mitigar al poco la aflicción por el desenlace. Creo que fue así porque las expectativas frustradas me han dolido más al crecer y Arcadio, tres años mayor, anduvo muchos días cariacontecido. Quizá suceda también que el desconsuelo encuentre mejor acomodo en los huérfanos de padre como él, mientras que yo, por aquellos años, forjaba una leyenda con el mío.

La radio de casa captaba a media noche “La Pirenaica”, una emisora que suponía servida por siniestros personajes –a juzgar por los comentarios de mi padre– escondidos en alguna recóndita cueva y, antes de sintonizar, la aguja se movía tras el dial señalando nombres tan misteriosos como evocadores: Rabat, Brno, Bratislava... De la escucha furtiva me estaba prohibido hablar, lo cual multiplicaba su trascendencia. Súmese a ello el uniforme de mi padre, sus reuniones con los guardias para “el sorteo” en una habitación asimismo vetada, o las patrullas que duraban semanas, para explicar que lo considerase un Marco Polo sin parangón.

Aunque los amigos no entrásemos en comparaciones sobre los méritos de sus respectivos progenitores, cada uno de nosotros se apropiaba de ellos en alguna medida y la pandilla, en un plagio del mundo adulto, también se jerarquizaba para lo que podría llamarse una diferenciación funcional.

Cuando se trataba de construir o demoler era Francisco, hijo del albañil, quien dirigía los trabajos y proveía del cemento que obtenía agujereando las esquinas menos visibles de los sacos que el padre almacenaba en su portal. Para cortar, pulir o enderezar las ramas que después serían arcos y tirabeques, estaba el Quicu; yo era el llamado a organizar las guerras y mi hermano Alejandro, por su corta edad todavía falto de azogue para el reflejo paterno, no pasaba de asistente.

Queda por mencionar al coloradote Arcadio, que compensaba su orfandad con el protagonismo en el colegio y tanto más si la estación le era propicia.

Desde la primavera hasta el otoño el pueblo le aventajaba: salíamos de la escuela aún con luz y a Viladeneules, engañosa de lejos por su aspecto de anodina rebaba en la ladera, le sobraban recursos para subyugarnos. Quería de nuestra niñez lo que cualquier mujer anhela del amante: mostraba encantos y exhalaba aromas para sujetarnos cuando nos tenía, o incitantes sonidos para rescatarnos. La pesca de tritones en las charcas o cualquier plan para explorar la abandonada mina un trecho más, eran los murmullos de las horas lectivas y Arcadio menguaba en la provisionalidad de la espera.

Por contra, con los primeros fríos el chaval se crecía. El maestro Bonafé debía disputar nuestra atención a los carámbanos que goteaban en los aleros o traernos desde los arcoiris que brotaban del hielo, pero las tardes morían pronto y, condenados a pasar de la escuela a casa sin transición de tritones o mina, terminábamos por buscar en la propia clase los bálsamos del tedio.

Y para avivarnos, Arcadio se las pintaba solo. Disponíamos de una sola aula, y las diferencias en edad o saber (condiciones no siempre parejas) determinaban el emplazamiento de cada cual con excepción de Arcadio. Era el único que ocupaba siempre el mismo pupitre merced a una bula ganada por su irreductible resistencia al aprendizaje impuesto. Llevaba tantos años centrando las traslaciones del alumnado que era el astro de referencia, e incluso los más pequeños de entre nosotros sabían con seguridad –quizá Bonafé pensara que cualquier individuo merece otra certeza que la de su muerte– que un día serían sus vecinos y, al año siguiente, Arcadio quedaría atrás y seguiría concitando a sus espaldas las iras de nuestro carcelero, un buen hombre que gozará sin duda la paz de los santos, vista la escasa recompensa que obtuvo de su magisterio terrenal.

Para la mayoría de mis compañeros, la escuela de Bonafé representaba lo que la jaula a un pollo: una jaula de engorde que abandonarían para ayudar y después relevar a sus padres como pastores o campesinos y nadie, ni siquiera el maestro, esperaba de aquel periodo otra cosa que su final. Otros –comprendidos mi hermano Alejandro y yo mismo–, de porvenir más incierto, no teníamos el menor interés por afianzarlo con el estudio, y el sufrido Bonafé echaba en saco roto sus terribles admoniciones y la esperanza de hacerse un día con nuestras voluntades.

Pero, hasta donde puedo recordar, apechugaba con todo. Únicamente Arcadio lo exasperaba. Su contumacia (favorecida por una percepción estática del tiempo, vista su asignación al mismo pupitre año tras año) soportaba las crisis nerviosas del gordo Bonafé con la misma indiferencia que cualquier otra cosa proveniente de él, fuese magisterio o dicterio, y sólo en la ocasión que referiré abandonó su impavidez para brindar una lección que provocó más comentarios que todas las que podría impartir el maestro hasta la jubilación.

Una de las habituales trifulcas que Arcadio atizaba con su silencio terminó en expulsión, con expresa indicación de no volver hasta pasados dos días. El chico recogió parsimoniosamente sus bártulos y se dirigió hacia la puerta: la abrió, dejó la cartera en el suelo, se bajó los pantalones y, agachándose para mostrar el culo en todo su esplendor, liberó un sonoro pedo que, si bien agredía a toda la audiencia, para la mayoría sonó a música celestial.

Bonafé fue tras él pero todos sabíamos que tenía perdida la partida. Durante el invierno era Arcadiet, adalid frente al tirano, el único capaz de sacudirnos la modorra. Envidiábamos el tesón que ponía en mantenerse en los aledaños del analfabetismo y aunque su renuncia a la esclavitud escolar tenía un precio, cualquiera de nosotros, de atreverse, lo habría pagado para no enfermar de excesiva docilidad.

Tal era el caso de Bartolomé, a quien sus padres y el maestro tenían prohibido tocarse las orejas: una manipulación a la que no podía resistirse por el enorme placer que le producía. El cuitado esperaba las distracciones de Bonafé, con los nervios a flor de piel, o frecuentaba el lavabo alegando incontinencia y sin más apremio que tirar de los lóbulos, de todo lo cual su carácter se resentía a tal extremo que el deseo reprimido acabó por afectar gravemente su comportamiento. Las repetidas visitas al excusado amenazaban con dejarlo sin amigos porque hubo quien llegó a orinar en el tintero mientras esperaba turno, y algún otro no tuvo más remedio que hacérselo encima cuando Bartolo agotaba el cupo de permisos y la paciencia del verdugo Bonafé.

En cambio, el Arcadiet hacía de su capa un sayo y lo que sería de él por ese camino –el recurrente sermón del maestro–, era extensivo a muchos otros que además expiarían un purgatorio con la vejiga llena para acabar en lo mismo que el eterno zote si no peor.

Sin embargo, no todo lo debía el díscolo Arcadio a sus merecimientos. Quedó sin padre cuando aún mamaba y la viuda, a quien el óbito retiró la leche, fió a sucedáneos la salud de un hijo que convirtió en eje de su existencia. Cuando al muchacho le apuntaba el bozo (por la época del pedo) la madre, que era cartera, seguía tan pendiente de la evolución morfológica –la mental era pesadilla para Bonafé– de su retoño que, en un pueblo de quinientos habitantes, la correspondencia que ella repartía podía tardar, desde el tren hasta los buzones, sus buenos ocho días. Y eso de no mediar una indisposición del Arcadiet porque, en tal caso, el Servicio de Correos dependía de él: ora de las anginas, ora de su barriga.

A nosotros nos traían sin cuidado las prioridades de la funcionaria y lo que nos encorajinaba, pura envidia, era constatar que entre pitos y flautas, el Arcadiet pasaba por la clase como de visita e imaginarlo finalmente heredero de un oficio convertido en recreo: una hora diaria en la bicicleta de su madre suponiendo el reparto regular del correo.

Las profecías de Bonafé no cambiarían la canongía que le aguardaba y, entretanto, el Arcadiet volvía de sus achaques como un pimpollo. La expulsión se traduciría esta vez en asueto que acabaría en olor de multitud como efectivamente ocurrió y es que, hiciera lo que hiciese, el chico tenía una flor en el culo y tal vez por eso lo mostró

—¡Pues el Arcadio tampoco los ha hecho! –podría decir cualquiera respecto a los deberes.

—Bueno –contestaría invariablemente el maestro al empezar la jornada, cuando todavía mantenía incólumes sus buenos propósitos respecto al susodicho–: Arcadio es distinto. Sólo tiene a su madre.

Pero el supuesto desamparo era una excusa bastante endeble porque, después de tantos años, la orfandad significaba para el Arcadiet lo mismo que compadecerle por no contar entre su parentela, pongamos por caso, con un armadillo. La frase de Bonafé era un bordón, una muletilla que repetíamos cuando queríamos fastidiar al muchacho, pero nadie se habría cambiado por él porque una cosa era el deseo unánime de zafarse del control paterno y otra bien distinta conseguirlo a través de la pérdida.

“Menuda suerte tiene...”, pero era, repito, un decir sin convicción. Cuando la Cartera lo trajo por enésima vez de vuelta al colegio y aquel internuncio con faldas instó a que Bonafé tuviera en cuenta su situación, sin un padre en casa para respaldarla y meter al hijo en vereda, recordé que el mío volvía al día siguiente y, para celebrarlo, le pasé un regaliz de palo al Arcadiet.

 

El anuncio del regreso de mi padre ponía fin al periodo de matriarcado y cambiaba la actitud filial. Mientras él no estaba, las riendas que nos sujetaban se aflojaban a expensas de tirones y cabezonadas: era la ocasión de transgredir horarios y acumular desobediencias y avisos, pero la amenaza del “Ya veréis cuando vuestro padre se entere” empezaba a surtir efecto en cuanto sabíamos que las nocturnas Avemarías que rezábamos para preservarlo de todo mal habían funcionado. Desde ese instante, la inminente delación de nuestra madre pasaba a ser un asunto mayor y el punto de zozobra nos convertía en mansos corderos que buscaban su amnesia, aunque la llegada haría finalmente tabla rasa con todo.

Cada viaje devolvía a mi padre transformado. Más delgado, barba de días y un olor montuno que perfumaría sus relatos, aunque estos no surgirían de inmediato. Si llegaba mientras estábamos durmiendo o en la escuela, la cara de nuestra madre lo decía todo. “Ya está aquí”, pero la frase estaba de más porque lo anunciaba su mirada, ésa que la desvanecería temporalmente a nuestros ojos.

Si venía con la alborada nos esperaba para desayunar y, de caer la noche, solíamos permanecer levantados hasta muy tarde. Al llegar, un baño y la muda de ropa. Después cenaba y podía oírse el vuelo de una mosca. Sólo a los postres parecía advertir nuestra expectación.

—¿Cómo va, hijos? ¿Qué tal os habéis portado?

Bajábamos la vista. Por suerte, madre seguía absorta y él, sin esperar respuesta, proseguía:

—Anda –proponía–: vamos a vaciar la bolsa que he dejado sobre la cama.

Siempre nos traía algo: fragmentos de estalactitas o de granito veteado en oro; unas plantas de forma circular que parecían soles y, si había entrado en algún pueblo, un libro de cuentos.

A esas muestras de afecto, madre asistía sin intervenir. Supongo que se entregaban el cariño a nuestras espaldas o lo posponían a mejor ocasión, porque nunca contemplamos sus efusiones. Se diría que el reencuentro ocurría para ellos en otra dimensión, aunque podría ser que madre se mantuviera en segundo plano para cedernos las primicias de la ansiada presencia.

Con el regalo y el primer abrazo, nuestra familia recobraba un pulso que al anochecer se aceleraría en el rápido teclear de la Underbú, una máquina de escribir que nos acompañó siempre y cuyo nombre había trascendido al objeto que designaba. También eran semanas útiles para reafirmar mi prestigio porque, en la pandilla, el uniforme paterno y los de la media docena de guardias a sus órdenes me proveía de inmejorables cartas. Preso de la satisfacción con que se aprecia el poder de un aliado, me apropiaba de su notoriedad, de la seguridad en los movimientos y, en suma, de la autoridad que mi padre irradiaba.

Su relación con madre no alteraba la imagen que yo tenía de él. Nunca dudé del cariño que se profesaban, pero siempre fue tan esquivo de testigos que había que estar muy atento a los matices e inflexiones de voz, tan sutiles que yo podía a conveniencia fundir a mis padres en uno o entenderlos por separado.

Ella, más pragmática, no gustaba de bromas y trenzaba con su permanente dedicación la urdimbre del amor, mientras que en mi padre la ironía rezumaba por los poros de su mesura y aliviaba con chanzas el férreo control de las emociones. Jamás gritaba ni rechazaba el diálogo, pero la tensión de las patrullas permanecía en él y, cuando volvía, procedía esperar a que su espíritu se hiciera de nuevo a nosotros. Suavizar el tránsito era tarea compartida por todos y sin embargo, en aquella ocasión, madre cometió un error.

Desde hacía dos años, el Puesto de la Guardia civil había sido dotado con un perro: un pastor alemán que vivía en casa como uno más, dormía invariablemente junto a Alejandro y acompañaba a mi padre en sus correrías.

Ignoro sus habilidades en campaña, aunque sospecho que la convivencia con niños lo había transformado en un faldero. Pasado un tiempo lo mandaron a la escuela de adiestramiento en Madrid y, tras algún que otro informe sobre su escaso aprovechamiento, nos comunicaron que había muerto atropellado. El caso es que por entonces iba y venía junto a los guardias y se esperaban de él grandes proezas.

A la ducha ritual siguió la cena y Wolf permanecía sentado, en actitud de vigilante espera, junto a su silla.

—El perro tiene hambre. Ponle algo.

—No tengo nada para él –contestó madre–. No han quedado sobras.

Él la miró con dureza inusual:

—No son sobras lo que te pido. Ha estado conmigo y andado los mismos kilómetros que yo. Si no hay para él, comerá de lo mío.

La cena de Wolf en el plato de mi padre pasó a engrosar el anecdotario familiar, y el ayuno por compañerismo nos pareció a los hijos el colmo de la abnegación.

Ni qué decir tiene que, tras los regalos, nos fuimos a la cama haciendo causa común en la indignación por la imprevisión materna y preguntándonos qué extraordinarias misiones serían las de Wolf para merecer semejante trato. Madre pasó unos días mohína y respondía con monosílabos; en cambio, en los escasos ratos que compartíamos, él se condujo como si nada hubiera ocurrido.

 

Cuando se demoraban en el pueblo, los guardias casados empleaban el tiempo que les dejaba libre el servicio en aprovisionar a sus familias de alimento y combustible. Para esas faenas utilizaban el sótano del Ayuntamiento, bajo la escuela. Allí, Alejandro y yo asistíamos ocasionalmente a la matanza y troceo de los corderos o al aserrado de los troncos que habían talado en las laderas del Pinatar y subido en carro hasta Viladeneules.

Números y Comandante de Puesto trabajaban codo con codo, descamisados, y la camaradería soltaba sus lenguas entre broma y sudor. Mi padre, convertido en uno más, trasladaba la cordialidad a nuestra mesa y, a medio comer, pronunciaría alguno de los enigmáticos acertijos que escuchábamos con reverencia.

El té con sal

le fue tan mal,

que en más de un mes

no vio ni el sol.

Sal, sel, sil, sol.

El padecimiento del desconocido, fuese dolor de vientre u otro trastorno, lo habría encamado. Lo difícil era averiguar el trasfondo: si la mezcla fue preparada adrede o se debió a un accidente, y por qué el relato de la desgracia se seguía de las absurdas palabras finales. Cuando preguntábamos nos miraba divertido y lo repetíamos despacio, una y otra vez, hasta que madre acababa por reconvenirnos:

—¡Basta ya! ¡Qué pesadez! Y tú, Pepe, podrías dejar de enseñarles tonterías.

Entonces cruzábamos con él una mirada cómplice que nos unía más que una caricia. En ocasiones –era la plenitud del disfrute– esperaba un momento y, por toda respuesta, enunciaba un nuevo problema:

Como sé que te gusta el arroz con leche,

por debajo la puerta te meto el sable.

Pa que sepa tu padre que soy sargento

de la reserva retirao.

El despropósito era a un tiempo conjuro y profecía, porque daba a cada cual lo que necesitaba. Mientras nosotros lo retorcíamos, lo estrujábamos infructuosamente para extraer un imaginado jugo del augurio, arrancaba a mi madre la turbada sonrisa que despierta un piropo indescifrable para los hijos y ahora, ¡hala! A silbar a la vía que dan dos reales, nos dirían en las tardes festivas y comprobaríamos que Viladeneules se recreaba en cada paseo. Tal era su encanto que incluso Bonafé, de temperamento refractario al éxtasis, quedó más de una vez hecho un San Juan cuando, entrada la mañana, la niebla del valle ascendía y un rayo de sol acertaba con la ventana de la escuela como un dardo en plena diana. Por eso, no puede sorprender que los muertos del lugar quisieran exhumarse y regresar al pueblo que les vio nacer.

Nuestra creencia (que compartíamos con algunos vecinos) en el empecinamiento que mostraban algunos difuntos por resucitar antes del Juicio, se fundaba en el aspecto de ciertas lápidas sepulcrales que, todavía hoy, enlosan el pórtico de la iglesia: una construcción bajo la que podíamos fomentar nuestros miedos. A la iglesia, de un románico primitivo, se asciende por la empinada cuesta que hirió de muerte a Ros. A la fachada sur se añadió, alrededor del siglo XII, una galería de seis arcos y cinco columnas de mármol azulado con capiteles historiados. Hay un banco de piedra adosado a cada uno de los tres lados ciegos mientras que en el cuarto, sobre el murete, los arcos se abren al mediodía.

Los amigos podíamos elegir para sentarnos cualquier lado del rectángulo, aunque solíamos hacerlo todos juntos y apretujados entre dos fustes. Era la disposición idónea para retener un valor que a cada uno por separado se le achicaba, observar los mármoles del piso, estimar en voz baja las distintas hipótesis y asegurarnos por último una retirada veloz.

El pórtico techado ofrecía frescura, reposo y la penumbra que requerían las consejas para tomar cuerpo de historia oficial. Para entrar en materia bastaba con oler el incienso, sentir la humedad y pasear la vista por los capiteles: allí estaban el héroe solar abrazado al cuello de las águilas, barbados reyes, leones de abiertas fauces y monstruos fabulosos, terribles en sus muecas. Desconocíamos los simbolismos o ciertas semejanzas con relieves asirios. No habíamos oído hablar de Nínive y Khorsabad pero, en nuestras aprensiones, estábamos más cerca de aquellos pueblos primitivos que los estudiosos e inspeccionábamos el suelo convencidos de que había en el mundo evidencias que Bonafé nunca nos enseñó.

Las lápidas estaban tan pulidas por pisadas de siglos que sus inscripciones resultaban ilegibles. Hasta ahí, nada fuera de lo común. Lo llamativo era la forma convexa de unas cuantas, tres o cuatro, aunque no de toda la superficie. Tampoco sus bordes sobresalían: eran abombamientos circunscritos, incipientes burbujas a las que hubiera faltado energía para reventar pero, incluso para nuestra desbocada fantasía, se hacía imposible relacionar el fenómeno con la lava. Y la ebullición del enlosado no era plausible.

Intranquilos, reacomodábamos las entumecidas posaderas y, balanceando sin cesar las piernas para evitar que se durmieran –pronto las necesitaríamos para correr–, hacíamos cábalas sobre la contundencia de los porrazos que debieron dar los enterrados para conseguir deformar las piedras. Discutíamos si los testarazos repetidos durante varios días con sus respectivas noches –nunca dejábamos de considerar el golpeteo nocturno como la mejor alternativa para evitar ser oídos– podían lograr eso. La falta de oxígeno no era una pega porque la fosa podía ser grande y el aire entraría por las ranuras. Seguramente los enterraron sin ataúd, pero, ¿y los huesos del cráneo? ¿Soportarían el martilleo?

Llegábamos a la conclusión de que, por tratarse de muertos notables (lo confirmaba su privilegiada situación en el atrio, lejos del común de los mortales), eran sepultados con armadura, yelmo incluido, lo cual descartaba a niños, ancianos, mujeres y obispos. En esta fase de la discusión solíamos recurrir a los libros, en concreto a las imágenes de Sancho el Fuerte o Wifredo el Velloso por citar sólo algunos de férrea textura y, por el cognomento, muy capaces de tal hombrada. Seguía un animado debate sobre la postura –boca arriba, único modo de cabecear con eficacia– y los gritos que darían antes de quedar exhaustos. Alaridos sin oyentes porque al despertar de su catalepsia la comitiva estaría lejos y, entre losa y argamasa, las voces se oirían muy pero que muy debilitadas, lo que demostrábamos aullando con el jersey sobre la boca.

El calor de la polémica no cedía por su reiteración en cada visita a la iglesia sino por la posición del sol. En cuanto se ocultaba, las pausas se alargaban, el frío acallaba las lenguas y era llegado el turno de Bartolomé, el de las orejas. Su colofón desmentía nuestras deducciones sobre ocupación y sexo de los enterrados, aunque el próximo conciliábulo sería un calco del anterior.

Bartolomé relataba los hechos sin variar un ápice la versión que conocíamos de memoria, prueba de su veracidad. Hacía muchos años, levantaron una de las lápidas y encontraron a una vieja que pasó los días postreros, antes de asfixiarse, entre chillidos y arañazos al techo. Se coligió de la postura ovillada, impropia de un muerto normal, y sus mandíbulas desencajadas. Además, había rastros de sangre y las uñas, que no se pudren y pueden aguantar cientos de años como si nada –aclaraba–, se le habían desprendido a fuerza de rascar y estaban clavadas en las grietas que tienen todas las piedras aunque parezcan lisas.

Nuestro Bartolomé, de suyo introvertido, rebasaba el papel de mero relator con ese par de dogmas de cosecha propia: sempiterna naturaleza de las uñas y obligada rugosidad de las losas. Desconozco si lo hacía por avalar la credibilidad de la historia o para atajar preguntas y poder abandonar el pórtico antes del ocaso, pero en ambos casos era innecesario porque nos marchábamos, arracimados, en cuanto decía “lisas”.

Lo pavoroso de la narración no estribaba en los detalles sobre la agonía de la vieja de marras, sino en poner en solfa nuestra teoría del yelmo. Si éste no era imprescindible, entonces las marmóreas burbujas no eran obra exclusiva de los guerreros medievales, los entierros de muertos vivientes daban un salto de siglos y se acercaban tanto a nuestros días que cualquiera de los presentes podría ser el próximo candidato a perder las uñas. El finado más reciente del cementerio plebeyo podía estar, en ese preciso instante, a punto de levantar la tapa del ataúd, y el pensamiento prestaba alas a una carrera colectiva –de competición, para salvar las formas– con meta en la plaza.

 

Morbosidad, emulación y, sobre todo, inconstancia. Cadáveres en feliz amalgama con futbolistas de nombradía: Ramallets Seguer Biosca Segarra, Flotats y Bosch, Basora... Un plantel donde elegir y del que adoptar camiseta y maneras:

—¡Pásala, Biosca!

Era una buena alternativa para Arcadio u otros que no tenían a quien mejor parecerse, porque los padres carismáticos no abundaban. Todos chutábamos, pero algunos nos jugábamos menos. Individuos como Bonafé, el estanquero o el Secretario del Ayuntamiento, por ejemplo, no interesaban a nadie; tener a uno de ellos por padre equivaldría a partir en desventaja y estar obligado a un esfuerzo suplementario para ganarse el respeto ajeno.

En cualquier caso, lo mejor que podía ocurrir era que un tercero sacase a colación el mérito paterno y entonces se establecía un pacto de mutuo beneficio: el hijo del aludido cobraba cierto ascendiente sobre el pelotillero, que a su vez sería ensalzado para así aumentar el valor del halago.

—Ayer vi a tu padre. ¿Lleva siempre la pistola?

—Sí. Y cuando duerme la pone bajo la almohada.

—¿Tú la has cogido alguna vez?

—¡Claro! Miles de veces. Si quieres, un día vienes a casa y verás otra que tiene guardada, con culata de nácar.

—¿De verdad?

—Con las armas no hay que hacer bromas, pero a ti te la enseñaré porque sé que no tienes miedo.

Esas artimañas no son exclusivas de la niñez porque después he conocido a muchos, ya talludos, profesar de adulador con tal éxito, que quizá se orientaría acertadamente a muchos jóvenes talentos a través de esta salida profesional: cobista y con las tutorías que hagan falta, porque lo nuestro, en aquellos años, tenía las deficiencias propias del autodidacta.

Bartolomé buscaba la admiración aludiendo a la trilladora que venía al pueblo una vez al año y faenaba jornadas enteras en los campos de su familia, pero nos atraía más el conductor de la máquina que la anodina vida del padre terrateniente. Por su parte, Manel Torelló adulaba a Francisco, el hijo del albañil, porque ¿quién no necesita una casa? Decía Manel que con las reparaciones se ganaba un buen dinero, pero Francisco no quería ser paleta, a Manel le faltaba habilidad para la persuasión y sus lisonjas se desleían junto al cemento mal fraguado que se desprendía, terroso, del agujero que intentábamos tapar.

En cuanto a Arcadio, futuro cartero por parte de madre, de uvas a peras recordaba a su tío el pastor, pero la trashumancia que lo llevaba en invierno al Ampurdán hacía de él casi un desconocido: un fantasma de nulo ascendiente. Además, aunque el Arcadiet hubiera sido –que no lo era– maestro de la semblanza costumbrista, ni el andar de ovejero formaba parte de nuestras aspiraciones, ni –a la vista de los que conocíamos– habría conseguido una estampa bucólica digna de imitación.

NIÑO 1: ¿Qué podemos hacer? NIÑO 2: ¿Vamos a coger capgrossos?NIÑO 3: Ya fuimos la semana pasada. ¿Buscamos nidos? NIÑO 2: ¡Qué aburrido! Además, no encontraremos. NIÑO 4: Mi padre ha dicho que mañana vendrá la máquina de batre.NIÑO 2: Sí, pero es mañana. NIÑO 4: Pues bajemos a la estación a ver llegar el tren. NIÑO 1: Todavía falta mucho, pero nos podemos parar en el Prat del Roure y nos enseñamos los culos un rato. NIÑO 2: ¡Fíjate qué divertido sin niñas! ¿Por qué no llamas a tu hermana? NIÑO 5: No querrá. Me ha dicho que ya no vendrá más con nosotros. NIÑO 6: ¡Una idea! ¿Vamos a ver a la bruixa?

Un recurso in extremis pero siempre a mano aquel de la anciana, a quien colgamos el sambenito por contarse entre las más viejas de Viladeneules.

La zona es rica en duendes y otras supersticiones. Por el Pas dels Lladres, a unos kilómetros monte arriba, se esconde la cueva de Las Encantadas donde habitan bellísimas mujeres de agua que peinan su rubia cabellera junto a los riachuelos. También cantan de noche en ignotas cavernas de cristal, pero cuesta dar con ellas porque evitan a los humanos y las exploraciones nocturnas nos estaban vetadas, mientras que la vieja vivía en el barrio bajo, junto al derruido castillo y, para que saliera de su escondrijo, bastaba con gritar.

La casa estaba al fondo de una calleja estrecha donde no entraba el sol ni más sonido que el de nuestra ruidosa hostilidad:

—¡Bruixa!¡Bruixa!¡Bruuuuixa!

Suponíamos, necesitábamos suponer, que se colaba en los hogares al amparo de la noche y, tras anestesiarlos con su aliento, clavaba agujas en el cuerpo de los niños dormidos.

—¡Bruixa! ¡Mala puuuta! ¡Bruuuixa!

Continuaríamos hasta que asomara. Nos atemorizaba su andar renqueante, a pasitos cortos para no caer, y la forma en que agitaba la mano, dirigiendo sus amenazas al suelo en vez de a nosotros porque no podía enderezar el tronco. Apostábamos a que, de acabar en el suelo, quedaría doblada sin variar el ángulo que formaba el pecho con sus muslos: apoyada en rodillas y cabeza como un compás abierto y oxidado. Luego se desplomaría hacia un lado y no podría volver a levantarse.

Siempre las mismas bromas hasta la desbandada en cuanto aparecía, aun a sabiendas de que no pretendía ni estaba en condiciones de alcanzarnos. Pero seguíamos riendo mucho después. Quiero creer que también la compadecíamos aunque ninguno se atrevería a ser el primero en confesarlo y, con la misma ambivalencia de sentimientos, habríamos podido lapidarla si alguno hubiera lanzado la primera piedra, llevarle a diario el pan o regalarle uno de los gatitos que metíamos en un saco y ahogábamos en el río. No obstante son conjeturas gratuitas porque el impulso que llevaba a chillar como el que más o a no quedar rezagado en el ensañamiento, también actuaba anulando cualquier iniciativa que no fuera avalada por consenso.

No existen hazañas más obligadas, gregarismo más impuesto ni conductas tan pautadas como las de la infancia. ¡Ay del gordo, enclenque, tartamudo, de quien no mea largo...! Pullas y risas pesarán en el alma más allá de los días que llamamos felices; días añorados porque los anhelos, de tan inconcretos, parecían factibles. Soñábamos con ser maquinistas de tren y al poco leñadores cuando los troncos rodaban hasta el río y sus retumbos sonaban a aventura. Cazadores de oficio, esquiadores o indios de unas Rocosas vestidas con parecidas nieves que las de Viladeneules. Todos cambiando al unísono los planes: del hacha al reno y de la pista al riel, y cada quién con otra alternativa para sí.

Yo, cazador de hombres. De los maquis que mi padre perseguía y cuyos torvos perfiles formaban la pinacoteca de su despacho: el Sabater, el Massana, el Caraquemada... Nombres tintos en sangre, partidas de asesinos salidos del infierno y en consecuencia un dudoso resultado si, ya de adulto, me enfrentaba a ellos. Necesitaría la fuerza de Dámaso junto a la agilidad que mostró el Quim de cal Furós cuando lo contrataron como extra en la película.

La rodaron en L’Estret del Forn, un barranco donde florecía el acónito, la tora, que nos estaba prohibido siquiera tocar. “No toquéis nunca las flores moradas”, pero seguro que al Caraquemada no le pasaría nada aunque las comiera a falta de cosa mejor, y al Quim tampoco le importaba apartarlas de un manotazo mientras corría descalzo y subía una y otra vez la pared de L’Estret con la soltura de una lagartija. Fuimos a verle actuar en varias ocasiones y el chico –un mocetón fibroso y espigado al que no se le conocía trabajo definido pero que en las fiestas ganaba siempre las carreras de sacos– reveló en aquellas semanas sus cualidades de artista, y saludaba cuando nos uníamos a su hermana (una inasequible hermosura para nosotros) en el entusiasta aplauso.

 

Aquel inolvidable periodo de mi vida terminó el día que nuestro padre ascendió de grado. Nos llevaron muy lejos de Viladeneules y, a causa del primer desarraigo, me uní más si cabe a mi hermano Alejandro para afrontar en compañía lo que el destino quisiera depararnos.

Aunque fuera tres años menor que yo y la diferencia marque distancias en la niñez, el aluvión de novedades forzó la alianza: nos afectaban por un igual y contribuyeron a mantenernos tan pegados y en sintonía como deben estar los mellizos. No era lazo genético sino ambiental que aprieta más y, ante la evidencia de que juntos resistíamos mejor, surgió una complicidad tenaz; tanto, que sobrevivió a las tensiones de la adolescencia.

Fueron tiempos duros en los que el reducto familiar, lo más estable entre escenarios cambiantes y vaivenes del espíritu, únicamente servía para lamerse las heridas. Cambios de colegio, nuevos en clase, disputas en el recreo, en la esquina y, tras el siguiente armisticio, ¡zas!: vuelta a empezar.

Y para guinda, los veranos.

Supeditados a una economía doméstica en permanente trance de asfixia, sólo viajábamos al completo en los traslados que decidía la jefatura de la Guardia Civil y allí quedábamos a la espera del próximo: pegados al terreno como en una incursión por zona enemiga.

Por fortuna, ya habíamos adquirido la habilidad del guerrillero cuando un mal día se decidió que Alejandro y yo debíamos cambiar de aires. A partir de esa resolución nos remitieron durante unos años, cada verano, a cualquier parte donde hubiesen familiares o conocidos dispuestos a acogernos.

Al igual que entonces, sigo pensando que lo de “hacer salud” era una excusa con poco fundamento, toda vez que no existían indicios objetivos para suponer que la nuestra se hallase quebrantada, y pudiera encubrir el interés de madre por descansar una temporada de nuestra presencia. Mi extrema delgadez sería en todo caso la única justificación porque Alejandro crecía más bien rollizo, pero la angustia que genera una adaptación forzosa excitaba mi natural ya de por sí nervioso, y así contrarrestaba cualquier hipotético beneficio que pudiese llevar aparejado el detestable veraneo.

Nunca volví más gordo de unos destierros que si algún fruto produjeron fue por imprevistos efectos colaterales, y nos parecía absurdo, por no decir cruel, aquel empeño materno por incorporar a nuestras vidas el sobresalto que suponía la ruptura con la cotidianidad. ¡Como si no tuviéramos suficientes dificultades con los traslados!, y siendo así que la mayoría de adultos rechazarían de plano ser transferidos al seno de una familia Masai –por un decir– sin conocer costumbres, las claves de su comportamiento y obligados por gente que les dobla en altura (era siempre nuestro caso) a no dejar en el plato resto alguno de sus exóticos condumios.

Merced a tales ostracismos conocimos al abuelo y también volvimos a Viladeneules un par de veces, a una aislada masía de las afueras para desintoxicarnos de quién sabe qué, aunque pueblo y amigos ya no fueran los mismos que me llevé al partir.

La familia que nos acogió constaba de cuatro miembros y no tenía ningún vínculo de parentesco con la nuestra, por lo que su compromiso debió entibiarse mucho al finalizar el calamitoso verano. Indirectamente, la libretita a que me referiré cumplió su función y, al año siguiente, nadie, madre o anfitriones, sugirió repetir la experiencia.

El padre se llamaba Juan y la pareja de hijos, de veintitantos años, Juan y Juana: un alarde imaginativo que consignamos, en la primera página de la susodicha libreta, en cuanto decidimos llevar un memorándum de agravios y no exponernos a que la memoria nos jugase una mala pasada cuando, a la vuelta, expusiéramos en casa los motivos que hacían aconsejable eliminar La Coma –así se llamaba la finca– de futuros planes que nos concerniesen.

“Aquí todos se llaman igual menos la madre, que es medio boba”.

Punto y aparte.

A continuación dejamos dos hojas en blanco para registrar eventuales observaciones sobre otros patronímicos y, cada seis, escribimos los epígrafes de los capítulos que pensábamos completar. A saber: defectos de hospedaje (los relativos a manutención y alojamiento), actividades penosas y/o humillantes a las que sin duda seríamos abocados, y un último apartado titulado “Varios”.

La maña clasificatoria tenía su origen en el reciente proyecto (yo había proyectado, como hermano mayor que era, aunque Alejandro se adhirió sin reservas) de ocupar nuestras vidas en la exploración de selvas lejanas y, para ordenar los conocimientos que precisábamos adquirir antes de pasar a la acción, habíamos estrenado recientemente otro cuaderno con parecida metodología y orden alfabético.

Animales, Flora, Insectos, Ríos, Tribus y lo que ahora llamaría “Miscelánea”: una sección que abarcaba asuntos tan dispares como los síntomas de la Fiebre Amarilla, la técnica de construcción de una Maloca o los motivos que dieron al traste con la expedición del coronel Fawcett en el Matto Grosso. Con semejante bagaje taxonómico, los juanes y la boba no podrían decir esta boca es mía o mover un dedo sin verse en aprietos.

“Nos han obligado a subir las maletas a una habitación que está en el piso de arriba y la escalera, de madera podrida, ha estado a punto de romperse. Habríamos podido matarnos”.

Los varones no paraban en casa salvo a la hora de comer, de modo que los apuntes sobre ellos fueron escasos y hacían referencia al desaliño, el olor o algunos de sus peores hábitos.

“El hijo se suelta eructos en la mesa”.

Lo cierto es que campábamos a nuestro antojo: construíamos chozas en el bosque de avellanos, cazábamos mariposas en la hondonada (bautizada “La Yunga” en honor a los valles amazónicos que visitaríamos) y, de apetecernos, podíamos acompañar a Juana hija y sus vacas hasta los prados altos. Incluso avistamos un zorro a lo lejos pero ni por esas, y en el cuadernillo se iban acumulando los infortunios.

“Pasamos más hambre que el perro un ciego” (sin el “de”).

Todavía me avergüenza recordar la mañana en que bajamos a desayunar, pasadas las diez, y la madre se quedó plantada frente a nosotros después de servirnos las consabidas rebanadas de pan con butifarra:

—Si quedáis con hambre lo decís y os traeré más, pero si lo encontráis repugnante –puso énfasis a un adjetivo que no debía formar parte de su repertorio. Quedamos anonadados– ...o tenéis ganas de vomitar –remachó–, no comáis y lo cambiaremos por otra cosa. Como en cualquier hotel.

Engullimos todo sin mirarnos ni contestar y, en cuanto se marchó, subimos disparados a buscarlo. El bloc había desaparecido.

Por tácito acuerdo, nadie en aquella casa y menos aún nosotros volvió a mencionar su existencia, aunque desde el fondo de algún cajón obró el milagro de hacer posible la contradicción y mantenernos simultáneamente abatidos y en vilo el par de semanas que tardamos en irnos.

Tampoco en las siguientes, ya en casa, salió a relucir la problemática libreta ni falta que hizo. Quizá los juanes la guarden como Arcadio o sus descendientes hayan hecho con los zuecos de Dámaso. Nunca lo sabré.

Capítulo 2

Con el favor y el desdén

tenéis condición igual,

quejándoos, si os tratan mal,

burlándoos, si os tratan bien.

Opinión, ninguna gana;

pues la que más se recata,

si no os admite, es ingrata,

y si os admite, es liviana.

Sor Juana Inés de la Cruz

Cuando nos casamos era diferente. Éramos distintos y recién se iniciaba la construcción de una convivencia que, por prolongada, por haber procurado que no quedase resquicio sin compartir, se ha hecho asfixiante. Magma de lava por vernos cada noche, día tras día y en cada despertar.

Hemos fundido en el nosotros la identidad del yo. Del tú, y ya no quedan reductos privados en esta amasadura de plurales que ahogan: nuestra casa, nuestros hijos, nuestros proyectos... veinticuatro horas de colaboración y concurrencias sin huecos ni poros para cada cual.

No hay parcelas propias ni reservas a fuerza de querer conllorar y reír juntos, pero hay dolores que exigen soledad y tu risa no es siempre de caliente jazmín. Yerma no, que desbordas posibles. Pero la lava al enfriarse rompe y hasta quiebra las rocas cuando pierde el calor. Por lo menos fracturas visibles no aparecen, aunque al pegar la oreja a nuestro mundo se escuchan crujidos. Un crepitar de nieve pisada. El peor de los días se va todo al carajo sin que entendamos qué fue lo que pasó.

—¿Me acompañas? –dirás.

—Gracias. Prefiero quedarme.

Miento. Saldría contigo si me sacas de mí, y porque sé que volverás a intentarlo es por lo que me niego.

Estaríamos en las mismas. ¿Comprendes? ¿No? La paradoja es también una espada para llegar al corazón, pero la mía es roma y el tuyo se ha alejado.

Herida por mi causa. Como de costumbre. Para no hacerte más daño me he alejado de ti; por no hacerme más daño cuando regreso de Carmen y malinterpretas mi aspecto cansado.

—¿Mucho trabajo? ¿Algún enfermo grave?

No te quiero engañar. No te puedo mirar ni te voy a contar de miserias ajenas para ocultar las mías.

—Varios. Lo de siempre. Me voy a duchar... o ceno primero. Esta mañana volví a verlo.

—¿A quién?

—Al lotero del hospital. Compré un par de cupones. Tal vez nos toque.

Noespero que contestes. Tampoco yo lo haría. Y aborrezco que estés en bata. Me produce remordimientos.

—Te pareces a tu madre.

La afirmación podría atribuirse a uno cualquiera aunque la digas tú. Aludes a las consabidas participaciones que nos mandaba la mía por Navidad. En mi boca la referencia tendría peor intención: la tiene cuando saco la suegra a colación. Podríamos recurrir siempre a las mismas frases: un repertorio de uso discrecional por uno u otro, de palabras iguales y en el que sólo cuente la intención. Un lenguaje de secta. ¿Cabe imaginar mayor comunión matrimonial?

Es interesante la relación de las emociones con los flecos del lenguaje: más que con las palabras en sí, los sentimientos que generan las pausas, el deje, los giros... Alguien se nos puede atravesar por pronunciar la “de” final como una zeta, y el de más allá caer simpático por hacer jotas de las eses. El lotero jotea como los de Albacete...

—Plato único. Los niños se han ido a dormir fuera y esto es lo que han dejado. Yo me voy a la cama.

—Me parece muy bien.

Me parece muy bien, regular o mal. Una porquería lo que pasa y lo que no pasa. Eso me parece. Me parece que hará un par de años que nos conocemos y ni siquiera sé cómo se llama, pero no hacía falta que dijera que es manchego. Se le iluminaron los ojos cuando el otro día lo invité a un café. Compartir mesa con una bata blanca... aunque más bien pudo gustarle el hecho de tener alguien a quienexplicar lo mejor de su vida. Y nada de lamentos. La clase de dignidad que me gusta y la edad de mi abuelo en Toharra, aunque por la dimensión de sus negocios se parece más bien a mi padre.

¡Qué desastre los de mi padre! Ya debía estar retirado cuando se le ocurrieron. En el grupo be, que era una especie de prejubilación, porque intentar ganar cuatro perras en activo le habría parecido un fraude al Cuerpo.

¡Y cómo sacó pecho el lotero cuando sugerí que la suya era una vida de novela! Pues si le cuento más, dijo, tendría usté que apuntar muy aprisa y no le iba a bastar una semana. Voy a transcribirlo con sus mismas palabras antes de que se me olvide, aunque pude hacerlo estando él delante y se habría sentido importante.

He hecho de tó. ¡De tó! Mire usté: con mi madre iba yo con cinco años a recoger espárragos.

—Oye, si no te vas a duchar apaga el agua caliente –grita ella desde arriba.

—Sí, ahora lo haré. ¡Haré de tó!

Salíamos de noche y al clarear estábamos en el campo. Yo soy de La Solana, provincia de Ciudad Real. Por la parte de Valdepeñas. Ahora con las máquinas eso acabó, pero en aquellos tiempos los araos no estropeaban tanto y había munchos. Hacíamos manojillos de cinco o seis y los vendíamos a veinte céntimos: seis manojos por una peseta y a los ricos más caro. Así nos aviábamos pa comer los hermanos y madre.

De tó he hecho, sí señor. Ea: cuando falta el padre, la familia espabila o espicha. Lo mataron en la guerra los falangistas. He pillao setas, caracoles, leña, he segao, sembrao, a por patatas... Me iba con una escarda a rebuscar cuando ya las habían sacao y si juntaba diez o doce quilos me las llevaba a la espalda diez kilómetros. Hasta la casa.

También he sido feriante muchos años, y he vendío juguetería, bacalao... A nosotros nos decían los Toledos. Un año se dejó caer por La Solana un madrileño con un camión de chocolate y preguntó si alguien le ayudaría a vender. ¡Bueno...! Me cogí a dos zagales y puse una mesa: ¡sesenta mil pesetas le vendí! El madrileño estaba que no se lo creía. Después me fui a Linares y allí me casé y tuve a mis dos hijas. Nos íbamos con mi señora a Puentegenil y comprábamos carne de membrillo. ¿No sabe dónde cae? ¿Le suenan los polvorones y los mantecaos de Estepa? Pues cerca.

Y a lo que estábamos: lo metíamos en cuatro maletas que poníamos bajo el asiento del tren –pa no pagar– y después lo vendíamos donde se terciaba.

No, mi señora murió hará siete años y estuvo otros tantos sin poder trabajar. En una silla con ruedas. Bien mirao yo tampoco puedo con lo que hacía en mis tiempos. A los setenta y tres cumplíos te pesa la vida, aunque he sido más fuerte que un roble y todavía aquí donde me ve, le mojaría la oreja a muchos jóvenes.

¡Hombre!, pues algo hay que trajiná porque con veinticinco mil que me caen al mes ya me contará usté. Sí, vivo solo. Un hijo que se casó el año pasao, dos hijas como le dije, nueve nietos y una biznieta... pero yo no paro. Cuando acabo de aquí me voy a comer y por la tarde veo a mi clientela: hago las quinielas y las vendo a setecientas. Seis apuestas setecientas y me saco veinte durillos... y mucho más que le contaría–toma el último sorbo y me mira orgulloso–, pero lo mío es la juguetería. De eso sí que he vendío. El año pasao me fui a Madrí a ver a mi hija y compré ranitas. Aún me quedan ochenta. ¿Sabe cuáles son? De las que saltan cuando das un golpe en la mesa:

La ranita americana

que salta de noche y por la mañana...

Eso voceo –me dice sonriendo–. Y también he mercao ratoncitos...

Bueno: se acabó. Siguió con otras cosas de parecido género que me voy a dejar en el tintero porque ya está bien por hoy. También decía...

—¡Que ya te he oído, mujer, que recojo y ahora subo!