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Madrid, 1835. Eugenia, una joven de buena familia madrileña, desaparece tras un baile de máscaras. Teresa, su gran amiga, empieza a sospechar y decide buscar información por su cuenta; pero una mujer que hace demasiadas preguntas no está bien visto. Con ayuda de su hermano decide disfrazarse de hombre y continuar sus pesquisas. Conocerá a Lucas, amigo de su hermano, que no descubrirá su secreto, y la tratará como a otro camarada. Juntos recorrerán la ciudad buscando a Eugenia, y gracias, entre otros, al escritor Mariano José de Larra irán encajando las piezas del puzle.
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Seitenzahl: 250
Veröffentlichungsjahr: 2016
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Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
Capítulo XIII
Capítulo XIV
Capítulo XV
Capítulo XVI
Capítulo XVII
Capítulo XVIII
Capítulo XIX
Capítulo XX
Capítulo XXI
Capítulo XXII
Capítulo XXIII
Capítulo XXIV
Capítulo XXV
Capítulo XXVI
Capítulo XXVII
Capítulo XXVIII
Capítulo XXIX
Capítulo XXX
Capítulo XXXI
Capítulo XXXII
Capítulo XXXIII
Capítulo XXXIV
Capítulo XXXV
Capítulo XXXVI
Capítulo XXXVII
Créditos
A mi sobrina Conchi, para que no pierdasel amor por la literatura ni tu rebeldía femenina.
Febrero de 1835
El mundo, todo es máscara.
Madrid bullía, alegre y despreocupada, como una bella incauta que olvida, irresponsable, la verdad de su destino aciago. Todavía continuaban abiertas las heridas de una guerra devastadora y de un nefasto reinado absolutista, que la habían dejado llena de escombros, de pobreza y de hambre atroz.
Pero la noche de carnaval, los madrileños, cómplices de su insensata ciudad, se escondían tras las máscaras y el brillo para ocultar sus miserias y su miedo.
Una fina capa de hielo hacía resbalar los cascos de los caballos en la plaza del Ángel. El carruaje se detuvo ante la puerta del palacio en el que se celebraba el baile más solicitado de la ciudad, aquel al que todos querían acudir pero que solo unos pocos privilegiados gozarían: el precio del billete sobrepasaba la cantidad de dinero que la mayoría de sus habitantes ganaba en todo un año. La recaudación, eso sí, iría en parte a la beneficencia: la inclusa de la Puerta del Sol o San Bernardino.
Un chapín de tela rosada descendió lentamente del carruaje; un abultado vestido dieciochesco del mismo tono precedía a la aparición de su dueña: una jovencita de largos tirabuzones cuyo rostro se escondía tras una máscara veneciana auténtica. Su padre, un acaudalado comerciante de sedas, había mandado traerla de la ciudad de los canales.
Eugenia, que así se llamaba la joven, puso su delicado pie en el suelo al tiempo que un solícito lacayo la ayudaba a alcanzar la cercana puerta del palacio de Santoña, en el número nueve de la calle de las Huertas. La entrada rebosaba de damas ataviadas con sus mejores galas y caballeros impecables, todos ellos escondidos tras las máscaras, a cual más vistosa y original. Pero ella permanecía ajena al bullicio y parecía buscar entre el gentío a una persona en particular. El padre, don Onofre, la seguía a poca distancia y no quitaba los ojos del vuelo de su vestido.
Sería fácil escabullirse de la vigilancia paterna en medio de tamaño gentío, pensó Eugenia, y dirigió sus pasos al centro del salón de baile, tropezando con unos y con otros y riendo a carcajadas ante cualquier encontronazo. Se sentía feliz, incauta y despreocupada, como la ciudad que albergaba sus sueños de adolescente. Eugenia buscaba a aquel hombre, misterioso y arrolladoramente atractivo que llevaba meses siguiéndola, entre las máscaras y los disfraces. Días antes, él le había dado una pista sobre su atuendo: «Me verás entonando cantares dirigidos a tu belleza, mi deseada Eugenia». Aquellas palabras provocaron que su corazón se alterase hasta sentirse mareada, era osado el caballero expresando su deseo con tal claridad, y no fue capaz de contestar ni un monosílabo. Solo pudo imaginarlo disfrazado de cantaor de flamenco provisto de una guitarra española. Pero no veía a nadie con sombrero cordobés ni instrumento de cuerda, que no fuesen los músicos de la orquesta que tocaban en ese momento los acordes de un rigodón.
Recordó fugazmente a su amiga Teresa. «¡Qué boba!», pensó, «¡Lo que se está perdiendo por su cabezonería! Esa manía suya de no fiarse de ningún hombre y a la vez querer ser igual que ellos le costará cara. De momento ha conseguido discutir conmigo y quedarse sin baile».
Decidió no regalarle ni un solo pensamiento más a la arisca Teresa; sabía que no le iba a costar demasiado recuperar su amistad, porque no era la primera vez que se producía un desencuentro entre ambas y siempre lo arreglaban entre lágrimas y abrazos.
—¿Vienes dispuesta a convertirte en otra, escondida tras la máscara?
La pregunta sobresaltó a Eugenia, que sintió el aliento de aquella voz masculina desconocida en su oído como un vendaval inesperado.
—Tu belleza no se puede disimular ni ocultándola tras un rostro ficticio —insistió el hombre.
—¿Quién sois? —La chica no se atrevió a volverse.
—Soy el trovador que canta sus penas de amor en cuanto te alejas, adorada Eugenia.
—¡Eres tú! —exclamó feliz—. Déjame que te vea. ¿Cómo te has disfrazado?
Cuando Eugenia se volvió, el hombre había desaparecido. Las estancias del palacio, abarrotadas de madrileños disfrazados, se convirtieron para Eugenia en el escenario de un juego con el trovador. Le parecía entreverlo al fondo de una sala, pero cuando llegaba, él ya se había escabullido por la puerta hasta el siguiente salón.
Don Onofre había desistido de perseguirla. Rendido, se sentó en uno de los sillones en el salón menos bullicioso.
Entre tanto, Eugenia continuaba su persecución. De nuevo, la voz del trovador la sorprendió a su espalda, esta vez acompañada del tacto de unas manos que agarraron con fuerza su cintura.
—No te vuelvas —ordenó la voz—. Ya casi has llegado al final de laberinto. Cierra los ojos y cuenta hasta diez.
El hombre tomó las manos de la joven y tapó con ellos sus ojos por encima de la máscara. Antes de escabullirse de nuevo, susurró en su oído:
—No hagas trampa y cuenta.
Ella, divertida, comenzó a contar en alto: uno, dos, tres… cada vez más deprisa.
—Y diez.
Apartó las manos y abrió los ojos, justo a tiempo para descubrir que su presa se escapaba tras una pequeña puerta camuflada al fondo del salón.
Eugenia llegó hasta la puerta y la abrió, detrás reinaban un silencio y una oscuridad extrañas en medio de tanta fiesta. A punto estaba de dar media vuelta para regresar al baile cuando unas manos enguantadas la asieron por la cintura.
Luego, más silencio.
Ya amanecía cuando los últimos invitados abandonaron la fiesta, desprovistos de sus máscaras, descubriendo sus rostros al nuevo día. Don Onofre buscaba inútilmente a su hija entre aquellos pocos espectros borrachos. Para tranquilizarse quiso pensar que, al no encontrarle, ella se había marchado sola a casa. Pero el cochero seguía en la puerta, cabeceando sobre el pescante, y el carruaje vacío solo mostraba la verdad: Eugenia había desaparecido.
Amanecía cuando Teresa entreabrió los ojos. Se desperezó entre las sábanas y decidió permanecer un rato más acostada. Aún era temprano, y su único quehacer aquel día consistiría en recibir la visita de su amiga Eugenia que, sin duda, se acercaría por allí a narrarle los pormenores del baile de disfraces al que ella no había querido acudir.
Cada vez se le hacía más cuesta arriba cumplir con los compromisos y con el papel que la sociedad madrileña esperaba que representase. Comenzaba a estar harta de tanto fingimiento, de tanto teatro fuera de las tablas. Sentía que aún no había hallado su lugar en el círculo cerrado de los salones de la capital. Por el momento, solo quería huir del espacio que el mundo le había reservado.
Teresa poseía una figura un tanto desgarbada: alta y delgada, destacaba por encima de las otras jóvenes que frecuentaban los salones madrileños. Ella renegaba de su condición femenina, mas albergaba la secreta esperanza de ser reconocida y amada, algún día, por otros valores personales que no fuesen sus meros atributos físicos. Ardua tarea en un siglo como el XIX y en una ciudad como Madrid, que despertaba lentamente del letargo provocado por el yugo absolutista y comenzaba a aceptar ciertos cambios liberales que, en cualquier caso, solo beneficiaban a los ciudadanos varones.
La fragilidad y el conformismo, rasgos tan apreciados en una mujer de aquellos tiempos, no se encontraban entre los atributos de Teresa, que se presentaba inconformista para espanto de su círculo más cercano.
Daba igual el liberalismo o el absolutismo, Teresa era consciente de que para una mujer los avances políticos y sociales resultaban indiferentes; había que continuar adoptando un aire de fingida sumisión y no traspasar los límites de la prudencia. Nada había cambiado para las mujeres por el hecho de que fuese una dama quien reinase en España. Daba igual. Jamás podría decidir su destino.
—¿Puedo pasar? —Una voz interrumpió sus agitados pensamientos.
Mateo, su hermano, se asomaba por una rendija de la puerta, demasiado espabilado para aquellas tempranas horas. No esperó la contestación de la joven y entró cerrando tras de sí.
—He visto luz y venía a contarte…
—Acabas de llegar del baile de máscaras, ¿no? —cortó Teresa.
El joven se acomodó a los pies de la cama de su hermana dispuesto a contarle la fiesta a la que ella había renunciado por voluntad propia.
—No sé por qué eres tan cabezota. —El tono de voz de Mateo cambió. Adoraba a su hermana e intentaba comprenderla, pero en ocasiones como aquella se le hacía enormemente difícil.
—No deseaba ir, no hay más que hablar.
—Y no entiendo tus motivos. Sabes que el carnaval es una fiesta distinta, nos permite escaparnos de quienes somos, convertirnos en otros. ¿No es eso lo que deseas tú, que nunca te muestras conforme con nada?
—No insistas, Mateo. No quiero importunarte con mis lamentaciones. Así que cuéntame el baile de anoche para que pueda verlo a través de tus palabras. Seguro que te has divertido mil veces más que yo, en el caso de haber asistido.
—Si pusieras de tu parte… En la casa Trespalacios había más caballeros en busca de dama que jovencitas solteras. Sin embargo, he escuchado comentar que en el palacio de Santoña la fiesta ha sido sonada, la mejor de Madrid. Tenías que haber aceptado la invitación de Eugenia.
—Jamás —soltó irritada—. ¿Para qué? ¿Para presenciar sus escarceos amorosos con el primer aprovechado que le suelta palabras lindas? No sé por qué ese empeño en arrastrarme con ella, si luego se desentiende de mí durante toda la velada para escuchar embelesada a cualquier calavera.
—Es lo que hacen todas —afirmó él, tajante.
—A veces me gustaría ser como las demás. Conformarme con una vida superficial y marcada. No, Mateo, creo que no valgo para eso. ¿Por qué no podré ser como Eugenia, que es feliz vistiéndose para acudir a un baile?
—¿Quizá porque tienes un padre que no te educó como don Onofre a su hija? —le respondió Mateo—. Reconocerás, mi querida hermanita, que aprender esgrima, equitación y matemáticas no te ayudará demasiado a encontrar marido. ¿No podías haberte conformado con el piano y el francés?
—No te burles —soltó enfadada—. Sabes perfectamente que no es marido lo que busco.
—¿Y qué buscas, Teresa?
—Aún no lo sé, Mateo.
Ambos se fundieron en un abrazo.
—Algún día te enamorarás, y cambiará tu visión del mundo —sentenció el muchacho.
—Dios quiera que el amor no llegue a nublarme la vista.
—¿Acaso no sabes, querida, que el amor es ciego?
Teresa esperó inútilmente toda la mañana a que su amiga Eugenia hiciese acto de presencia en la casa. Las horas pasaban, y le extrañaba la ausencia de noticias. La discusión del día anterior, que acabó con las fingidas lágrimas de su amiga ante su negativa a acudir al baile, parecían haberle calado más hondo de lo previsible. Sus enfados nunca duraban más de un día, y menos si había ocasión de narrar lances amorosos y bailes de carnaval.
Pensó que quizá debería ser ella quien se acercase a visitar a su amiga para pedirle disculpas por sus desplantes.
Sus respectivos padres se extrañaban de que las hijas congeniasen hasta el punto de no poder pasar más de un día la una sin la otra, considerando que la una era una damita presumida que adoraba verse rodeada de pretendientes y la otra los despachaba displicente sin darles la más mínima oportunidad. Mas no cabía duda de que se adoraban; las dos perdieron a sus madres siendo aún unas niñas y no contaban con hermanas con las que compartir desvelos e ilusiones. Se dispuso a salir de casa bien abrigada con su mantilla y su basquiña, febrero en Madrid asusta con el aire frío de la sierra doblando las esquinas. Antes debía anunciárselo a don Ramón, su padre.
Don Ramón, boticario presidente del Colegio de Farmacéuticos, era un caballero distinguido, padre afectuoso y ciudadano honrado, que gozaba de los parabienes de la sociedad madrileña. Conservaba un cabello abundante y cano; poseía una inconfundible nariz aguileña sobre la que bailaban sus lentes, y sus ojillos entornados siempre miraban con ternura a su hija.
—Padre, voy a salir un momento. —Teresa irrumpió en la habitación sin llamar a la puerta.
—¿Adónde vas? —preguntó, levantando los ojos de los papeles que poblaban la mesa.
—A ver a Eugenia, solo estaré una hora.
—Que te acompañe Soledad, no quiero que te importune algún beodo rezagado del carnaval de anoche.
—Descuida, a estas horas ya estarán todos durmiendo en sus casas. Incluido mi hermano —replicó Teresa.
—Ya le oí llegar esta madrugada. Bien que me alegro de que declinases la invitación de tu amiga para acudir a ese baile de máscaras, no habría dormido bien sin ti en casa.
—Pero no te molesta que Mateo aparezca cuando le place —soltó ella algo molesta, al tiempo que se acercaba a su padre.
—Mi querida niña —dijo él tomándola de las manos—, una jovencita como tú es una delicada flor que hay que proteger, no eres consciente de los peligros de esta ciudad.
—¿Y para Mateo? ¿No hay peligros para él? No es justo, padre, yo también deseo llevar la vida que él disfruta: estudiar fuera de casa, acudir donde me venga en gana, elegir cuándo y con quién...
—Siempre olvidas que eres una mujer —suspiró el boticario—. ¿No te he dado la misma educación que a tu hermano sin escatimar gastos ni atender a prejuicios? Quizá haya sido un error, y por eso ahora crees que puedes seguir sus mismos pasos. No, Teresa, ya tienes una edad, y a partir de ahora vuestros caminos han de bifurcarse. Él es un hombre y sus obligaciones serán otras.
—Yo también deseo esas obligaciones...
—Basta, Teresa —cortó—. Si quieres ir a casa de Eugenia hazlo antes de que se haga más tarde y, por supuesto, acompañada de Soledad.
La joven dio por zanjada la discusión, abrazó a su padre y salió en busca de la anciana que ejercía de criada, cocinera y ama de llaves en su casa. Soledad, tía Sole, como la llamaban los hijos de don Ramón, era una mujer menuda e inquieta, cuyo rostro diminuto irradiaba confianza y bondad. Tras la muerte de la esposa del boticario, ella se encargó del cuidado de los niños y de la organización de los asuntos domésticos.
Teresa la encontró en la cocina, preparando un puchero.
—Sole, acompáñame a un recado, por favor —le rogó.
—Pero, niña, tengo que hacer la comida de hoy...
—Por favor, mi padre no me deja salir sin ti. Cree que me van a asaltar los borrachos enmascarados —se burló—. Y quiero hacer las paces con Eugenia, que debe de estar enfadada conmigo. Anda, vente...
—Está bien, zalamera —dijo—. Aprovecharé para comprar en la Plaza Mayor mientras habláis, pero te doy una hora escasa. Debemos volver a tiempo de disponer la comida de tu padre.
Poco después salieron ambas del portal de la calle Santa Clara para dirigirse hasta la calle Mayor. En la plaza de Santiago se cruzaron con un hombre que parecía tambalearse levemente, envuelto en una capa negra bajo la que asomaba un chaleco amarillo. Al llegar a su altura, Teresa lo reconoció, era Larra, el escritor al que admiraba tanto por sus artículos periodísticos como por su obra teatral Macías, a cuyo estreno en el teatro del Príncipe había acudido unos meses atrás.
Un impulso irrefrenable la llevó a acercarse al hombre, con el que ya había hablado en anteriores ocasiones, interrumpiendo así su andar caviloso y reconcentrado.
—Don Mariano, me alegro de verlo.
El aludido siguió caminando como si no se dirigiesen a él, pero ella no se rindió:
—¡Señor Fígaro! —exclamó.
Esta vez el hombre se detuvo y salió de golpe de su ensimismamiento. Le costó reconocer a la joven, quizá había trasnochado más de la cuenta y las figuras se volvían borrosas también durante el día.
—Señorita... —balbució.
—Teresa —aclaró ella—. Teresa de Aliaga.
—Ah, cierto —asintió—. La hija de don Ramón. Disculpe, voy un tanto apresurado.
A Teresa le pareció que, más que apresurado, iba algo sobrado de alcohol y que le incomodaba que ella le hubiese detenido.
—¿Viene de algún baile de máscaras, señor Fígaro?
—Desprecio ese apetito desordenado de hallarse donde se hallan todos. No me divierte perderme entre un enjambre de máscaras, me cansa observar y oír sandeces.
—¿Y de dónde viene, entonces, a estas horas? —Teresa se arrepintió enseguida de su inoportuna pregunta. Reconoció al instante la mirada alterada de Fígaro clavada en sus ojos.
—No creo que le incumba a usted, señorita.
Soledad, que se había mantenido en un discreto segundo plano, tiró de la manga del vestido de la chica.
—Señorita Teresa —interrumpió la anciana—, nos están esperando.
—Lo siento, señor —reaccionó la joven—. Espero encontrar una mejor ocasión para hablar con usted.
Larra se despidió con una inclinación de cabeza, intentando recuperar la compostura, y se alejó tan deprisa como pudo. Respiró aliviado cuando alcanzó la calle Santa Clara, donde se encontraban los Baños de la Estrella.
—¡Qué hombre tan desagradable! —exclamó Soledad.
—No creas, tendrá un mal día. Seguro que le ha ocurrido algo indeseado. Ahí donde lo ves, es el mayor defensor de la libertad, la razón y la verdad que hay en este país. Un incomprendido, como yo —musitó para sí.
—Yo no entiendo esas cosas que escribe en los periódicos y que tanto te gustan. Solo sé lo que se cuenta en los mentideros.
—¿Y qué se cuenta? —preguntó Teresa, intrigada.
—Que Pepita, su mujer, lo ha abandonado porque anda en amoríos con otra que, además, está casada.
—No creas todo lo que se cuenta, tía Sole. Ojalá hubiese más hombres como él.
—No te fíes, niña. Yo sé lo que digo.
Las palabras de la anciana y, sobre todo, la actitud esquiva de Larra trazaron un borrón en la imagen que Teresa tenía de su idolatrado escritor. Había leído todos los artículos que Fígaro había publicado en La revista española y en El correo de las damas; había llorado con las desventuras de Macías en la obra teatral que se estrenó en septiembre y disfrutaba en ese momento de la lectura de El doncel de don Enrique el Doliente, novela recientemente publicada por el insigne autor.
Sin embargo, una sombra de sospecha oscurecía el brillo de su admiración.
Cuando llegaron a la entrada de la Plaza Mayor, muy cerca de la casa de Eugenia, Soledad se detuvo y conminó a la joven a encontrarse con ella en el portal apenas una hora después.
—No te entretengas demasiado.
Teresa advirtió un movimiento extraño en el portal: varios carruajes desconocidos ocupaban la calle, y una pareja de guardias salió de la casa al tiempo que ella entraba. Uno de ellos le cortó el paso:
—¿Dónde va usted, señorita?
—Al principal, a ver a una amiga.
Los guardias se miraron inquietos, como si no supiesen bien qué hacer. El más joven de ellos tomó la iniciativa:
—Por favor, ¿cuál es su nombre?
—Me llamo Teresa de Aliaga —contestó desconcertada—. Mi padre es don Ramón, el presidente del Colegio de Farmacéuticos.
—Está bien, acompáñenos, por favor —le ordenó.
Teresa se sintió una prisionera flanqueada por los dos guardias, como los detenidos a los que encerraban en la Cárcel de Corte para después llevarlos al cadalso de la plaza de la Cebada.
Una desconocida agitación reinaba en la casa de su amiga. Le alarmó ver a Luisa, la mujer que cuidaba a Eugenia desde hacía casi un año, hecha un mar de lágrimas, mas no tuvo tiempo ni de preguntarle qué ocurría. Los guardias la llevaron al despacho de don Onofre, el padre de Eugenia. Al entrar comenzaron a temblarle las piernas, no cabía duda de que ocurría algo grave, muy grave.
—¡Hija! —exclamó don Onofre.
El hombre se abalanzó sobre ella y la abrazó entre sollozos.
—Eugenia ha desaparecido —pronunció entre lágrimas—. Nadie la ha visto desde anoche. No sabemos si está viva o muerta.
Teresa se resistía a creer lo que acababa de escuchar. Sintió un vértigo incontrolable, le faltaba el aire y las piernas no la sostenían. Tomó asiento para evitar caerse al suelo.
—La perdí durante el baile —siguió hablando el padre—. Con tantas máscaras era difícil seguirla. Me senté en un butacón y me quedé dormido. Maldigo ese momento.
—La encontraremos, señor. Déjelo en nuestras manos —dijo el guardia joven—. Ahora procure tranquilizarse, nosotros le haremos unas preguntas a esta jovencita que pueden resultarnos de gran ayuda. ¿Está usted dispuesta? —preguntó dirigiéndose a Teresa.
Ella procuró recuperar la compostura, a pesar del desconcierto. Poco podía contar, ignoraba qué había ocurrido, no sabía nada de Eugenia desde el día anterior, cuando discutieron.
—Pregúnteme lo que quiera.
—¿Por qué no acompañó a Eugenia al baile de máscaras?
No esperaba aquella pregunta a bocajarro. Miró al guardia, estupefacta, era un joven moreno que lucía un poblado bigote y un llamativo lunar en la frente. Sus ojos no pestañeaban.
—No me gustan los bailes de carnaval —contestó bajando la vista para esquivar aquella mirada inquisitiva.
—No me lo creo —su voz sonó arrogante—. Me extraña que una jovencita casadera como usted no aproveche una circunstancia como esta para buscar pareja. Todos sabemos lo que divierten las fiestas de disfraces a las jóvenes como usted.
«Pero yo no soy una joven como las demás», quiso responder Teresa. Ante el mutismo de ella, el policía insistió:
—¿Qué motivos poderosos tuvo para no asistir con su mejor amiga al baile de carnaval más solicitado de Madrid?
La chica se sintió desfallecer ¿Qué absurda broma era aquella? ¿Acaso todos se habían vuelto locos? ¿Cómo era posible que Eugenia, su Eugenia, se hubiese evaporado ante los ojos de los cientos de invitados a ese baile maldito? ¿Y qué insinuaba ese tipo arrogante?
—Yo no sé nada —sollozó.
—Veo que ahora recurre usted a sus armas femeninas. ¡Llorar! No saben hacer otra cosa las mujeres —masculló el guardia.
La tristeza de Teresa se trocó de golpe en indignación y una rabia feroz empezó a subirle a la garganta.
—Creo que ya es suficiente —intervino don Onofre—. Su afirmación ha resultado grosera —lo recriminó.
—Disculpe —soltó más disgustado que azorado—. Quizá sea mejor que la interroguemos en otra ocasión.
—Retírense, por favor—rogó don Onofre.
—Está bien —concedió el guardia—. Pero nos veremos pronto, señorita. Muy pronto.
Sonaba a amenaza, y Teresa no comprendía ni el tono ni las palabras del hombre, como tampoco entendía qué había podido ocurrir con Eugenia.
—Debería haberla acompañado —se lamentó en voz alta en cuanto se quedó a solas con don Onofre.
—No te culpes, mi niña. —La voz del hombre sonaba tremendamente triste—. Tú no eres responsable de nada.
Teresa comprobó que parecía haber envejecido una década en unas pocas horas y que se había convertido en un hombrecillo minúsculo y encogido.
—Aparecerá, ya lo verá usted —intentó animarle.
—Será mejor que vuelvas a tu casa, los guardias querrán seguir interrogándome, y no deseo que te importunen más por hoy. Ya lo harán —suspiró—. No te quepa duda. Lo que deben hacer es encontrarla y no molestarte a ti.
Se abrazaron, unidos en el desconcierto. Solo deseaba el calor de los brazos de tía Sole para soltar su llanto y su pena sin tener que avergonzarse por ello. Quizá, si los hombres también llorasen, el mundo sería menos gris y las distancia entre unos y otras menos insalvables.
Soledad la esperaba en el portal, el rostro espantado revelaba que acababa de enterarse de la noticia y los brazos abiertos guardaban el abrazo que Teresa necesitaba. No precisaron decirse nada: unidas en un llanto mudo, emprendieron el camino de regreso a casa, ajenas al deambular de la gente, incluso al frío que parecía no proceder de fuera, sino que se había instalado sin permiso dentro de sus corazones.
No se percataron, al pasar ante la iglesia de Santiago, que un niño mendigo las seguía con la mirada.
El tiempo volaba sin noticias de Eugenia.
El vacío que la desaparición había dejado en la vida de Teresa era un páramo inmenso que la retenía inmóvil en casa, ajena a los acontecimientos que se sucedían en la ciudad.
Sin Eugenia, se dio cuenta de que le importaban poco las fiestas, las tertulias y los bailes; que los paseos por el Salón del Prado carecían de interés y que el teatro se volvía un lánguido espectáculo si después no podía comentarlo con su amiga.
Apenas salía a la calle, solo para acudir a los oficios religiosos y para interesarse por el desconsolado don Onofre, que seguía sin noticias alentadoras. «Siguen buscándola» era su única y constante retahíla, que pronunciaba con voz cada vez más sombría. Teresa siempre salía de aquella casa vacía más angustiada aún de lo que había entrado, con lo que sus visitas se fueron haciendo cada vez más esporádicas.
Lo único que la unía con el mundo era la lectura de los periódicos que, misteriosamente, no daban cuenta de la desaparición de su amiga.
Teresa ojeaba la Revista Mensajero en busca del último artículo de Fígaro. Larra era el único que lograba hacerle olvidar por unos minutos su soledad.
El álbum, se titulaba el artículo de ese día, en el que Fígaro hablaba de esa nueva moda recién llegada de Europa, hasta la palabra era un neologismo. Todas las señoritas distinguidas de Madrid poseían uno, ella también: se lo había regalado don Onofre meses atrás. El padre de Eugenia había encargado dos directamente a Londres, uno para su hija y otro para Teresa. Era una especie de cuaderno grande, ricamente encuadernado y con las hojas en blanco. En el artículo, Larra decía que, en eso, los álbumes eran como los hombres: «Por fuera encuadernado con un lujo asiático, y por dentro en blanco». Teresa sonrió, por primera vez en mucho tiempo, con la ironía del periodista porque ella también habría firmado tal afirmación.
Continuó leyendo, y la sonrisa se le fue helando porque la referencia al álbum le hacía recordar, cada vez con más intensidad, a su añorada Eugenia. Fígaro parecía retratarla en su artículo: «Hemos reparado que todas las dueñas de álbum son hermosas, graciosas, de gran virtud y talento y amabilísimas».
«Ese álbum es, como el abanico, como la sombrilla, como la tarjetera, un mueble enteramente de uso de señora, y una elegante sin álbum sería ya en el día un cuerpo sin alma, un río sin agua, en una palabra, una especie de Manzanares».
Las últimas palabras la golpearon de improviso. Ella había escuchado esa frase en los labios del propio Fígaro, e iban dirigidas a la desaparecida Eugenia. Se esforzó en recordar en medio del desconcierto. Sí, fue unos meses atrás, en una de las fiestas a las que acudió empujada por Eugenia. Su amiga había llevado su recién estrenado álbum y requirió al escritor que le estampase su dedicatoria. Recordaba cómo había sentido una cierta envidia ante la amabilidad que el periodista desplegó ante Eugenia, que ni siquiera leía sus artículos, mientras que ella, que se sabía de memoria algunos párrafos de su obra Macías, no recibió más que una mirada indiferente cuando le confesó su admiración. Estaba acostumbrada a volverse invisible para los caballeros cuando se encontraba al lado de su amiga, pero en aquella ocasión le resultó más doloroso: ni Larra era capaz de mirar lo que se ocultaba bajo el barniz de la belleza. Fue entonces cuando le escuchó decir lo mismo que acababa de leer: «una elegante sin álbum es como un río sin agua, como el Manzanares», y ella rio la gracia a pesar de que los ojos fijos de él miraban en otra dirección. ¿Pensaba Fígaro en Eugenia cuando escribió su artículo? ¿Conocería el periodista la misteriosa desaparición de su amiga o tenía algo que ver en ello? Llegó a sospechar que las palabras de Larra iban dirigidas a ella misma, la única persona que se las escuchó pronunciar. ¿Con qué propósito?
Se dio cuenta de que en el álbum de Eugenia se encontraban los nombres de sus pretendientes, de los caballeros que la rondaban. Entre todos ellos estaría la firma de su secuestrador o, quizá, y se estremeció al pensarlo, de su asesino. El álbum de Eugenia poseía las pistas, y solo ella sabía dónde se encontraba. Debía comprobarlo cuanto antes, así que saltó de la cama como un resorte dispuesta a hacer, por fin, algo por Eugenia que no fuese llorar y lamentarse escondida en su cuarto.
—¿Se puede saber a dónde vas?
La aparición repentina de tía Sole le hizo dar un respingo.
Teresa suspiró, sería irremediable la compañía de Sole.
—¿Estás ya lista? —apremió la chica—. Quiero acercarme a ver a don Onofre y pedirle algo.
Sin contestar, la anciana desapareció unos instantes para regresar tocada con su habitual velo y dispuesta a acompañar a la niña de sus ojos donde hiciera falta.
Teresa caminaba del brazo de Soledad con pasos de sonámbula, con la mente bullendo de ideas y sospechas, sin apenas mirar el suelo que pisaba, zarandeada por los vaivenes de la anciana que la ayudaban a esquivar las inmundicias que poblaban las calles madrileñas. Empezaba a arrepentirse de haber desperdiciado tanto tiempo, acobardada en casa sin decidirse a buscar a su amiga, mientras quienes debieran quizá no lo estuviesen haciendo. Sole permaneció callada y ambas continuaron silenciosas hasta el domicilio de la desaparecida Eugenia, en la calle Mayor.
—Por favor, don Onofre, me gustaría estar un rato sola en la habitación de ella.
