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Paco es el nuevo tutor de 5.º A, un grupo algo conflictivo y con alumnos con dificultades de aprendizaje por distintos motivos. El novato profesor no sabe muy bien cómo afrontar la tarea de estimular a sus alumnos y alumnas en las clases. La respuesta se la darán ellos, cuando se muestran muy interesados en todo lo relacionado con la naturaleza y su protección, desde un punto de vista práctico. Esto hará que se embarquen en un singular proyecto para defender el ecosistema del mar Menor.
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Seitenzahl: 120
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Siempre quise ser maestra. Cuando era niña jugaba a dar clases a las muñecas. Cumplí mi sueño durante años de docencia en los que aprendí mucho de mis alumnos. Por eso me gusta tanto escribir para niños y jóvenes.
Los mejores veranos de mi vida los pasé en el Mar Menor, una laguna salada de la Región de Murcia, junto al Mediterráneo. Ese mar pequeñito era un paraíso para niños y mayores: sus aguas, transparentes y cálidas, estaban llenas de vida. Se podían ver multitud de peces y caballitos de mar, mi animal favorito.
Ahora ese mar está en peligro, la contaminación está acabando con él, y quiero darle voz a través de estas páginas. Un día conocí a un maestro vocacional, como yo, que me contó la historia de sus alumnos: unos niños de 5.º de Primaria que deseaban salvar su mar. Y he querido contarla, a mi manera, en este libro que tienes en tus manos.
A Paco Ruiz y sus alumnosdel colegio La Asomada,verdaderos protagonistas de esta historia,con mi enorme agradecimiento.
A Esther y Mauro, que también se han colado en estas páginas.
Aunque esta historiaestá basada en hechos reales,los personajes de los niñosson totalmente ficticios.
QUE ESE curso iba a ser especial ya lo sabía Paco antes de entrar en el colegio. Era su primer destino como maestro, una vocación tardía, pues decidió estudiar la carrera después de fracasar en otros oficios. Con dos hijas había que buscar un trabajo seguro que permitiera llegar a fin de mes. Aunque no aprobó las oposiciones, consiguió entrar en la lista de interinos. Y ahí estaba él, ante la puerta del colegio La Asomada, en Cartagena, a pocos kilómetros de su domicilio. Respiró con fuerza y traspasó el umbral. «Vamos allá», se dijo en voz baja para animarse.
El conserje, un hombre alto y delgado, con una calva reluciente, le preguntó a dónde iba y él se identificó como nuevo profesor del centro.
—¡Ah, eres tú! —dijo como si ya hubiera oído hablar de él—. La directora te está esperando como agua de mayo. Yo me llamo Tomás. Encantado —soltó tendiéndole la mano.
Paco se la estrechó sonriente y Tomás no pudo evitar uno de sus clásicos comentarios.
—Espero que sigas sonriendo el resto del curso, aunque lo dudo.
El conserje era un hombre estupendo, responsable y eficiente, pero tenía fama de gruñón con los chavales y de pesimista, pues siempre veía el vaso medio vacío y auguraba días nublados aunque hiciera sol. Pero eso, Paco aún no lo sabía.
—El despacho está ahí, en el pasillo, a la derecha —señaló.
El maestro nuevo se dirigió a conocer a la directora un tanto inquieto. Eso de que lo esperaran «como agua de mayo» se podía interpretar de muchas maneras. ¿Para qué lo esperaban exactamente? ¿Y por qué el conserje dudaba de que siguiera sonriendo todo el curso? En fin, solo había una manera de saberlo.
Dio un par de golpes en la puerta del despacho, que estaba entreabierta.
—Adelante —oyó que decía una voz femenina.
Luisa, la directora, una mujer algo mayor que él, bajita y con el cabello corto y rubio, se puso en pie para recibirlo.
—Eres Paco, ¿verdad? Te estábamos esperando…
—Como agua de mayo —completó él la frase.
—La verdad es que sí —sonrió—. Me llamo Luisa, espero que…
—Que siga sonriendo el resto del curso.
—¿Por qué dices eso? —preguntó extrañada.
—Es lo que me ha dicho el conserje. Supongo que será una broma.
—¡Ah! No hagas mucho caso a Tomás —rio—. Es pesimista por naturaleza, pero te ayudará en lo que necesites.
—Te advierto que es mi primer destino como profesor —confesó—. Nunca antes he dado clase, bueno, en las prácticas de Magisterio. Pero me gusta mucho la enseñanza, he sido entrenador de equipos infantiles, me llevo bien con los chavales y vengo con muchas ganas.
—Me alegra oírte decir eso. Eres la persona que necesitamos.
Luisa se levantó y cerró la puerta con aire misterioso, como si fuese a desvelar un inquietante secreto.
—Verás —habló en voz baja—. Hay un grupo de 5.º que ha tenido problemas.
—¿Problemas?
—Sí. ¿No tendrás pensado darte de baja a mitad de curso?
—¿De baja? No entiendo por qué me preguntas eso.
—Verás. Estos chicos pasaron un curso difícil. Tuvieron varios tutores distintos y eso les afectó mucho en el ámbito académico y también en el personal. No acabaron de centrarse. En Matemáticas, por ejemplo, solo llegaron al tema siete. Y hay algunos alumnos especiales.
—Y crees que yo podré ayudarlos.
—Estoy convencida de que eres el maestro ideal para ellos. ¿Te atreves?
Paco dudó, ¿dónde se estaba metiendo? El reto le parecía interesante, pero solo era un novato y dudaba de que fuera suficiente con tener ilusión y ganas para sacar adelante una empresa tan complicada. Luisa lo miraba expectante y a él no le salían las palabras.
—Toma, aquí tienes información sobre el grupo —dijo ella entregándole una carpeta—. Pídele a Tomás los libros de texto de 5.º y que te lleve a la sala de profesores. Tendrás que coordinar la programación con Lidia, la tutora de 5.º B y también deberás hablar con Mati, la profe de audición y lenguaje que se encarga de los alumnos de integración…
Paco no la escuchaba, sintió una especie de mareo. No le había dicho a Luisa que estuviese dispuesto a aceptar la tutoría de ese grupo, pero ella lo daba por hecho. Sin decir una palabra, salió del despacho cargado con un montón de papeles.
—Así que tutor de 5.º A. ¡No sabes la que te ha caído! —le soltó el conserje.
RAMÓN LLEGABA tarde al cole, como siempre, y eso que era el primer día. Le daba pereza empezar el curso, el anterior había suspendido casi todas, pero ya no podía repetir más y lo habían pasado a 5.º con los mismos compañeros.
—Otra vez con esos zagales aburridos —rumiaba camino de la escuela—. Como este año sea como el pasado, me escapo todos los días y me voy al puerto.
Prefería no recordar el curso anterior. No había aprendido nada, no le interesaba lo que contaban en clase, no llegó a llevarse bien con ninguno de los maestros que desfilaron por allí y se pasaba los días peleándose con Pedro y metiéndose con las niñas. Así que todos los compañeros acabaron tomándole manía, aunque Ramón no reconocía que se lo tuviera merecido. En el cole todo el mundo lo regañaba: los maestros, la directora que se pasaba los recreos vigilándolo, los compañeros que no lo tragaban, el conserje que lo miraba mal desde que entraba por la puerta y le echaba la culpa de todo. Aunque él fue quien abrió el grifo de la manguera que inundó el patio y rompió de una pedrada la ventana del despacho de la dire, tampoco era para que lo castigaran un mes sin recreo. Pensaron en expulsarlo unos días, pero eso habría sido genial para Ramón, que se habría escapado todas las mañanas al puerto, a ver si aparecían sus padres en algún barco pesquero.
Fuera del cole, él iba a su aire. Vivía con sus abuelos, que no lo controlaban nada, y ya no les preguntaba dónde estaban sus padres. Había oído algo así como que se habían enrolado en un barco que transportaba mulas, pero él estaba convencido de que recorrían los mares capturando merluzas, bonitos y boquerones. Le gustaba esa versión de la realidad y prefería no preguntar más. Le bastaba con imaginarlos en la proa del barco, alzando redes repletas de pescados.
¿Qué le esperaba aquel curso? Prefería no hacerse ilusiones: el barco de sus padres no aparecería, los compañeros seguirían siendo un rollo y el nuevo maestro o maestra desaparecería sustituido por otro nuevo a las pocas semanas. Quizá lo que ocurría era que ninguno conseguía aguantarlo. Eso decían los alumnos de 5.º A, que le echaban la culpa de tanto trasiego de profes en su clase.
Ni siquiera llevaba la mochila ese primer día, ni un lápiz ni un cuaderno para escribir, y apareció en la puerta del cole con las manos en los bolsillos.
—¡Tarde, para variar! —saltó el conserje nada más verlo—. Si por mí fuera, no te dejaba entrar. A ver cómo te portas este año, me tienes muy harto…
Ramón pasó de largo en dirección a su clase sin hacer caso a las palabras de Tomás. Ni se molestó en responder, si le decía lo que estaba pensando se la cargaría antes de empezar el curso.
Empujó la puerta y entró sin llamar. Dentro, sus compañeros lo recibieron con un coro de protestas y algún abucheo. El maestro nuevo lo miró extrañado.
—Buenos días —dijo muy serio—. Esta no es la manera de entrar en el aula cuando se llega tarde.
Ramón bufó y se removió en la silla, pero no pidió disculpas. ¡Vaya con el maestro! Ya le había tomado manía nada más verlo.
—Ramón siempre llega tarde y se porta mal —habló Pedro señalándolo con un dedo acusador.
—Tú te callas, idiota —saltó Ramón, y se puso en pie dispuesto a soltarle un sopapo.
—¡Quieto! —gritó Paco—. Cada uno en su sitio y calladitos los dos.
Ambos obedecieron y se quedaron muy serios. El maestro estaba más tenso que ellos, pero debía disimular, era el primer día y los problemas ya saltaban a la vista.
—Les estaba diciendo a tus compañeros, antes de que nos interrumpieras, que voy a ser vuestro tutor este curso y que me llamo Paco —dijo dirigiéndose a Ramón.
—¿Vas a aguantar hasta el final? —interrumpió el chaval.
—Eso espero. Ya sé que el año pasado tuvisteis varios tutores…
—Se fueron por culpa de Ramón; cogieron la baja porque no lo aguantaban —contó Pedro.
—¡Que te calles! —chilló el aludido.
La tensión en la clase aumentaba, otros chavales se unieron a los gritos, algunos se pusieron de pie. Un niño y una niña empezaron a llorar, muchos se taparon los oídos y hasta hubo quienes se liaron a dar golpes en la mesa. Paco no sabía qué hacer, aquello superaba sus peores presagios, se sentía como un marinero novato a punto de naufragar.
—Calma, calma —intentaba apaciguarlos—. Ramón no tiene la culpa, los demás tampoco, son cosas que pasan. Os prometo que este curso no os voy a abandonar.
De pronto se callaron y lo miraron fijamente.
—¿Lo prometes? —preguntó Javi, el niño que lloraba.
—Lo prometo —aseguró llevándose la mano al pecho de forma teatral.
—¡No me lo creo! —chilló Ramón, y el jaleo regresó a la clase.
Paco se llevó las manos a la cabeza y a duras penas logró que su voz se oyera por encima de aquella algarabía.
—Vamos, chicos, sacad el libro de Matemáticas.
—¿Qué libro? —preguntó uno.
—Yo todavía no lo tengo, mi madre lo ha encargado en la librería pero…
—A mí me lo tiene que dar el colegio…
—Me lo iba a prestar mi prima que está en sexto pero no lo encuentra…
—Yo me lo he dejado en casa, no sabía que había que traerlo hoy, el primer día de clase nunca se hace nada…
Todos hablaban a la vez y el maestro deseó salir corriendo de aquella clase. Si se paraba a pensar que le quedaba un curso entero con ellos, se echaría a llorar como Javi.
—¡Está bien! —alzó la voz—. Os pondré unas cuentas en la pizarra.
—¡Noooo! —fue la exclamación general, que no cesó mientras él escribía los números con la tiza
Tuvo que insistir para que sacasen cuaderno y lápiz y copiaran la multiplicación. Ramón no era el único que no había traído material y el profe pidió a los compañeros que les dejasen algún papel. Muchos se negaron a prestar sus lápices.
—Es que luego lo rompe —se quejó Fátima, quien entregó de mala gana un lápiz azul a Ramón.
Por fin, todos copiaron la cuenta, pero solo unos pocos parecían dispuestos a realizarla. La mayoría se dedicaron a hablar con el de al lado, a levantarse sin motivo o a mirar por la ventana. A Paco le costó que se sentaran y se pusieran a ello.
De pronto, Javi se echó a llorar. El maestro pensó que algún compañero lo había molestado, pero nadie se había acercado a él.
—No me acuerdo de cómo se hace —gimió el chaval.
Paco intentó calmarlo y empezó a explicar en la pizarra cómo se hacía la multiplicación.
—No pasa nada, enseguida lo vas a recordar. Primero se multiplica esto….
—No me sé las tablas. —Lloró aún más fuerte.
—¡Ni yo! —confesaron varios más entre risas.
—¡No tiene gracia! —El maestro estaba a punto de perder los nervios—. De momento vamos a corregirla y luego iremos repasando las tablas. ¿Alguien la ha hecho ya?
Nadie respondió, se quedaron en silencio por primera vez desde que empezó la clase. Paco se paseó entre las mesas y comprobó que la mayoría no había resuelto la cuenta, algunos la habían hecho mal y solo una niña había dado con la solución correcta.
—¡Muy bien! ¿Cómo te llamas?
La niña bajó la cabeza avergonzada y permaneció en silencio.
—Se llama Celia —respondió Fátima por ella.
—Es la muda de la clase —saltó Pedro, algunos le rieron la gracia—. No habla casi nada.
—Cállate, tonto —lo regañó Fátima—. Lo que pasa es que es muy tímida, maestro. Pero es muy lista, la mejor de la clase.
—Lo dice porque es su amiguita —contó Pedro.
—¡Basta! —volvió a gritar Paco, que se estaba quedando sin voz—. ¿Quieres salir a la pizarra a resolver la cuenta? —preguntó a Celia, pero la niña ni se movió.
—¡Salgo yo! —saltó Fátima, dispuesta a sacar a su amiga del apuro.
Aquello fue un desastre porque no sabía bien cómo hacerla, no se acordaba de las tablas y los demás, con sus risas, ayudaban poco. Por fin sonó el timbre del recreo y todos salieron huyendo, incluido el propio Paco, que habría deseado marcharse a su casa y no regresar a aquella aula de locos, nunca más.
POR EL pasillo, en dirección al patio, se encontró con la directora, quien, nada más verle la cara, imaginó que no había tenido un buen comienzo.
