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Una novela en la que se exponen los muy distintos problemas que pueden sufrir los jóvenes, que se reconocerán en los distintos personajes que aparecen en sus páginas. Incluye un código QR para escuchar en Spotify la lista de canciones que aparecen en el texto. Libro recomendado en los Premios Cuatrogatos 2026 Sandra es una profesora del instituto que ha decidido organizar un coro con algunos de sus estudiantes. Todos los que se ofrecen a participar tienen su hueco en la formación, porque todos tienen algo que aportar. Aunque Marina crea que ella es la única que vale para estar allí, que tiene la mejor voz y este será el primer paso para convertirse en una gran cantante; que Eva lo vea como el único momento en que no la juzguen por su físico; que Luis considere que sus gustos musicales están por encima de los de los demás; que a Roberto solo le produzca más dudas sobre sí mismo... Y es que esta coral no va solo de cantar, sino que servirá a sus jóvenes miembros a conocerse un poco mejor y a enfrentarse al hostil momento de la adolescencia.
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Seitenzahl: 192
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Índice
1. Marina
2. Eva
3. Luis
4. Sandra
5. Roberto
6. Ludwig
7. Rafa
8. Toni
9. Laura
10. Schroeder
11. Beethoven
12. Marta
13. Elvira
14. Do, de dolor (y no en el cuerpo)
15. Re, de regalo (a modo de canción)
16. Mi, de milagro (aunque sea pequeño)
17. Fa, de fácil (eso parece)
18. Sol, de solución (casi todo la tiene)
19. La, de latido (compartido)
20. Si, de sinceridad (de ida y vuelta)
21. Do, de dominar (la situación)
22. Re, de recordar (aunque no se quiera)
23. Mi, de misterio (por resolver)
24. Fa, de favor (por favor)
25. Sol, de soledad (deseada o no)
26. La, de laberintos (más de uno)
27. Si, de silencios (elocuentes)
28. Do, de domingo (por la tarde)
29. Re, de reconocerse (en los otros)
30. Mi, de miradas (cómplices o no)
31. Fa, de famoso (todavía no)
32. Sol, de soltar (lo que sientes)
33. La, de lágrimas
34. Si, de sí (afirmativo)
35. Do, de dominar (el tema y la situación)
36. Re, de revelar (la verdad)
37. Mi, de misión (posible)
38. Fa, de familia (aunque no sea la propia)
39. Sol, el que sale para todos
40. La, de lazos (musicales) para siempre
Música de La música del corazón
Créditos
A Sandra, en quien está inspirada esta historia,y a los jóvenes cantantes de nuestro coro.A mis compañeros de En Clave de Barrio.Gracias por enseñarme la música del corazón.
En cuanto Marina entró en el aula de música se dio cuenta de que a ese coro no se iba a cantar, precisamente. En demasiadas ocasiones, nada es lo que parece.
Sandra, la profesora, se desgañitaba para que la escuchasen: unos cuantos alumnos, con cara de perdidos, parloteaban sin hacerle demasiado caso. Lo habitual, si se convoca a un grupo de chavales un viernes después de las clases.
—Llegas tarde, Marina —advirtió Sandra.
Ella se encogió de hombros y se sentó en la primera silla que vio. A su lado, Eva, la Bolita, como la llamaban en clase, ocupaba el doble de espacio que ella y miraba a la profe con arrobo, como si viese a Dios.
—¿Podemos empezar ya? —dijo Sandra—. Si no hay silencio, no hay coro.
Las palabras hicieron el efecto deseado, poco a poco se fueron callando, mientras Marina observaba a aquella pandilla extraña que se había reunido en el aula de música. ¿Alguno cantaría bien? Lo dudaba.
Marina poseía una hermosa voz, al menos eso pensaba ella. Soñaba con ser cantante, acudir a uno de esos concursos de la tele y resultar ganadora. Así se haría rica y famosa enseguida y podría huir de su casa, de su madre, de los gritos y de los golpes en la pared.
No eran muchos alumnos, escasos para formar un coro decente, y casi todo chicas, aunque se trataba de la primera reunión. Confiaba en que se apuntara más gente y, desde luego, más interesante que los diez o doce que habían acudido ese día. Conocía a algunos: a Roberto, el rarito; a Rafa, su amigo, que era antipático como él solo; a Marta, que nunca paraba de moverse, y a Eva la Boli. Los demás no eran de su clase, los había visto por el instituto, pero no parecían divertidos: ningún chico guapo, ninguna chica popular.
Sandra había empezado a hablar, pero ella no la escuchaba, hasta que de pronto elevó la voz.
—Quiero presentaros a alguien que va a ser muy importante para nuestro coro, se llama Luis y es pianista. Se ha ofrecido a acompañarnos y yo se lo agradezco mucho —dijo sonriéndole—. Vamos a darle un aplauso.
El chico se puso en pie. Marina no se había percatado de su presencia y no le había visto antes por el instituto. Era un chaval alto y delgado, con el cabello largo hasta los hombros y aspecto tímido. Miraba hacia abajo y los aplausos le provocaban más vergüenza que alegría. Los ojos, ocultos detrás de unas gafas redondas, seguían fijos en el suelo. Era mayor que el resto, casi todos cursaban segundo o tercero de ESO, como Marina.
—¿Nos vas a hacer una prueba de voz para ver quién vale para el coro y quién no? —interrumpió Marina.
Sandra la miró muy seria, los demás permanecieron en un tenso silencio.
—Aquí valéis todos. Cada uno tiene algo que aportar, no hace falta tener una voz estupenda, basta con un poco de oído musical, y yo sé que todos lo tenéis. Y también sé que os he dado conocimientos básicos de lectura musical en mis clases. Lo más importante es la responsabilidad, el compromiso para realizar los ensayos y las actuaciones, y que os sintáis miembros del grupo.
—¿No se puede faltar a ningún ensayo? —preguntó Marina, a quien casi todo le daba pereza.
—Será mejor que no.
La chica bufó con descaro y Sandra la miró mal.
—Es una actividad voluntaria, si no te interesa, ya sabes… —dijo señalando la puerta.
Marina se encogió en el asiento. Presintió que aquel coro sería un fracaso: si Sandra se arriesgaba a prescindir de ella, que era sin duda la mejor cantante, el nivel sería desastroso.
—Quiero escucharos solo para ver en qué voz os sitúo: sopranos, contraltos, bajos… Aunque a casi todos os conozco y sé cómo cantáis.
—Yo no quiero cantar sola delante de tanta gente —se atrevió a decir Eva.
—¡Si solo somos diez o doce! ¿Y cuando tengamos que cantar ante un público? ¿Te vas a esconder? —le replicó Marina.
—Está bien —habló la profe, conciliadora—. Vamos con unas notas en escala, todos a la vez, yo pasaré por vuestro lado a escucharos. Cuando veáis que no llegáis al tono, os calláis. Luis nos dará la nota inicial con el piano.
Marina se desgañitó para llegar al tono más alto, quería demostrar quién era: sin duda, la mejor cantante de ese patético grupo.
—Bien, serás soprano —se limitó a decirle Sandra, que parecía poco impresionada por su esfuerzo vocal.
Se oían muchas voces desafinadas, otras excesivamente bajas, como susurros tímidos que apenas alcanzaban a entonar.
—¡Vaya desastre! —musitó Marina, aunque Eva sí la escuchó.
—Y tanto —respondió—. Yo pensaba que era soprano y Sandra me ha colocado con las contraltos —se quejó.
Marina la miró inexpresiva, le importaba un bledo el disgusto de Eva. Cuando salieron del aula, la empujó sin querer y ni siquiera se disculpó.
—Yo quería ser soprano —refunfuñaba Eva camino a casa.
Iba desilusionada, cantar en ese coro era el único aliciente del curso. Apenas tenía amigas ni tiempo para salir con ellas. En casa eran cinco hermanos, ella la mayor y la que debía ayudar con todas las tareas. Mamá no daba abasto con el trabajo y los cuatro pequeños; papá llegaba demasiado tarde. Cantar era lo más apetecible de la semana, cantar con otros para que su voz se diluyera con la de más gente, como si de verdad formase parte de algo que no fuera una familia numerosa.
Sandra había contado con ella desde el primer momento, sabía que le ilusionaría la propuesta. ¡Cantar en un coro! Mientras la gente no se metiera con ella, no estaría mal. A lo de Bolita ya se había acostumbrado. Le molestaba, mucho, pero procuraba no manifestarlo. «Oye, Boli, déjame un boli». Le soltó en tono de broma una compañera el día anterior. Media clase estalló en carcajadas. La miraban de arriba abajo, susurraban, sonreían. Sí, estaba gorda, no hacía falta que se lo repitieran, que se lo recordaran a todas horas. Dolía mirarse al espejo, los evitaba, pero la gente de clase era el espejo más doloroso. Se empeñaba en convencerse de que le daba igual. Total, nadie se iba a fijar en ella. No merecía la pena hacer el esfuerzo; comer le calmaba la ansiedad, comer cuanta más cantidad y menos saludable, mejor. En la nevera de casa no faltaban los refrescos y la comida no era la más adecuada para adelgazar, en una familia donde todos estaban rollizos. «Será la genética», se decía. Pensaba que su vida era un callejón sin salida, aunque en realidad tenía poco tiempo para pensar. No era consciente de que, cuando tienes catorce años, la vida entera y sus posibilidades están por delante.
—¿Qué tal en el coro? —le preguntó su madre nada más llegar.
—Yo quería ser soprano. Y resulta que soy contralto.
—¿Y qué más da? Vas a cantar, da igual una voz que otra.
—¡No es lo mismo! Las sopranos son solistas. Las demás voces, solo acompañamos.
—Habla con la profe. Seguro que ella sabrá solucionarlo.
Hablar con Sandra. Ella sí la entendía bien, era la única persona adulta con la que se podía hablar. Estaba convencida de que había montado el coro por ella, para que no se sintiera sola, para que hiciese algo más que engordar y cuidar de niños pequeños. «Una tarde a la semana seguro que puedes». ¡Claro que podía! Sería el mejor día, desearía desde el lunes que llegase el viernes. Y luego, en casa, se encerraría en su cuarto a ensayar las canciones, una y otra vez hasta sabérselas de memoria, mejor que nadie… ¡Pero no ser soprano…!
—Ayúdame con la merienda de tus hermanos.
La orden de su madre la sacó de sus elucubraciones. Lo haría cantando con el pensamiento ese tema de Sting versionado por Puff Daddy que tanto le gustaba y que Sandra le había prometido incluir en el repertorio de coro. Soñaría que era capaz de subir una montaña sin esfuerzo, que su cuerpo liviano le pesaba poco, que los espejos no eran sus enemigos, que la imagen que le devolvían era agradable. Parecía un sueño imposible. En ese sueño también aparecía Laura, su antítesis, esa chica frágil y escuálida a la que deseaba proteger del mundo y de sí misma. ¿Y si también se apuntara al coro? No se sentía capaz de proponérselo, se lo diría a Sandra, solo ella podría convencerla de que cantar en grupo era una buena terapia para todo, incluso para esa enfermedad que Laura no nombraba pero que se veía en sus huesos y en su rostro afilado. Imaginaba que la abrazaba y que el cuerpo delgado de Laura se deshacía entre sus brazos.
El siguiente viernes la pereza pudo más que ella, y Marina prefirió irse a comer a casa de Claudia, antes que quedarse una hora más en el coro aguantando la indiferencia de Sandra y luego marcharse a casa a soportar los gritos de su madre, que cada vez estaba más desquiciada. Mario, su hermano mayor, huía tanto como ella y apenas lo veían antes de las once de la noche. Nadie le decía nada. Nadie se preocupaba por el resto, eran una familia desastrosa donde reinaba un caos que amenazaba con engullirlos. Mejor en otra parte, lejos. Al menos en casa de Claudia se respiraba paz, comerían bien y luego se tumbarían a escuchar música sin que nadie les hiciera bajar el volumen. Últimamente había perdido a algunas amigas, no la soportaban, acababa peleándose por nimiedades, se volvió intransigente, la adolescencia la hacía sentirse incomprendida. Siempre quería salirse con la suya, cantar sin partitura o hacerlo a voz en grito en casa con la música a todo volumen.
—¿Y dices que te has apuntado al coro? ¿No era los viernes a séptima hora? —quiso saber Claudia.
—No sé si volveré. No hay nadie interesante, es gente rara.
—Como tú, que estás medio chiflada —se burló la amiga.
—Es verdad, yo tampoco soy muy normal. ¿Por qué no te apuntas conmigo?
—¿Yoooo? —rio Claudia—. ¡Si desafino más que un gato!
—Da igual, tendrías que ver al resto. El único que no sobra allí es el pianista.
—¿Un pianista?
—Es un alumno nuevo, debe de ser de bachillerato, no lo había visto antes.
—¿Y está bueno? Eso de pianista suena bien.
—Pues no lo había pensado.
Entonces lo pensó. Era atractivo Luis, con ese aspecto bohemio, el cabello largo, las gafas, la timidez…
—Iré el próximo viernes y hablaré con él, a ver si es tan interesante como tú te crees.
—Y luego me lo presentas.
—De eso nada. Si me gusta, no pienso compartirlo con nadie, y menos contigo.
—¡Mala amiga!
Rieron e hicieron como si se pelearan de broma, rodaron por el suelo de la habitación y acabaron cantando a voces el último tema de Rosalía.
—Cantas fatal —dijo Marina entre risas—. Haces bien en no venir al coro, serías el remate.
Eran más de las siete cuando Marina regresó a su casa. Caminaba despacio, no tenía ganas de volver a un lugar donde no se sentía a gusto. ¿Qué les había pasado? Recordaba una infancia feliz: unos padres cariñosos, una vida plácida. ¿Cuándo se torció todo? ¿Cuando su padre empezó a desaparecer sin motivo aparente? ¿Cuando se desquició su madre y comenzó tanta violencia verbal, tantas palabras hirientes? Inútil, vaga, desagradecida. Marina se creyó todos esos adjetivos que su madre le endosaba cada tarde. «Perdón, perdón», repetía más tarde entre sollozos. Un día, en plena crisis, le lanzó una silla que esquivó por milímetros. La vida era un continuo sobresalto, una caja de sorpresas envenenadas, ¿qué le esperaría aquella tarde cuando llegase a casa?
Le pareció que era él, caminaba unos metros por delante. El cabello a la altura de los hombros, los pasos largos, la estatura. Portaba la caja de un violín en la mano derecha. Debía de ser el pianista. ¡Qué casualidad! Corrió hasta encontrarse a su altura. Era él.
—Hola, pianista.
Luis la miró como si no la conociera, era seguro que se habían visto en el coro, pero él apenas había levantado los ojos de las teclas del piano.
—Soy Marina, del coro.
—Marina —repitió él.
—¿Adónde vas?
—Vengo de clase de violín —dijo señalando la caja.
—¿No te conformas con el piano?
No contestó, se limitó a continuar caminando con la mirada fija en el suelo.
—Hoy no he ido al coro. Tenía que acompañar a mi madre al médico —mintió.
Le pareció la mentira más absurda del mundo, la menos discreta. ¿Y si le preguntaba Luis por la enfermedad de su madre? Por desgracia, se negaba a ir al médico, y no le habría venido mal un diagnóstico y una terapéutica para sus nervios desbocados.
—¿Qué tal ha estado el ensayo? —preguntó antes de que él tomara la palabra.
—Bien.
Permanecieron en silencio, no iba a ser fácil entablar una conversación con el pianista.
—Te llamas Luis, ¿verdad? Y eres nuevo en el instituto. Lo del coro lo harás para conocer gente, pero los que nos hemos apuntado somos una pandilla de frikis, yo incluida. Los demás cantan fatal, casi todos. Pero yo sí que soy cantante.
Marina hablaba de manera compulsiva, como lo hacía en casa ante su familia, y se reía entre frase y frase.
—¿Quieres que te cante algo?
Sin esperar respuesta, comenzó a entonar una canción que le gustaba. Sonaba bien, quienes se cruzaban con ellos la miraban un tanto sorprendidos, los adolescentes no suelen ir cantando por la calle, ¿o sí? Al menos, Luis no parecía avergonzado.
—¿Qué? ¿Te ha gustado? —le preguntó al acabar.
—No está mal. Eres divertida, Marina. Me recuerdas a una amiga. —Su voz adquirió un tono triste.
—¿Era tu novia?
Marina enseguida se arrepintió de la pregunta.
—No, nunca he tenido novias. —Luis se arrepintió de la respuesta.
Iba a preguntar que si acaso había tenido novios, pero le pareció el colmo de la indiscreción.
—Ni yo novios —siguió ella—. En este instituto no hay casi nadie interesante, entre los empollones y los frikis. Oye, tú debes de ser un poco friki también con eso del piano y el violín.
Luis rio, por primera vez, mostrando unos dientes blanquísimos.
—¡Vaya! ¡Si sabes reírte! —exclamó Marina.
—No soy un tío tan raro ni tan serio como tú crees… O quizá sí.
—¿Por qué has llegado tan tarde al insti, en primero de bachillerato?
—Verás… —Permaneció unos segundos en silencio, pensando la respuesta—. Necesitaba salir de allí. Pasaron cosas que deseaba olvidar.
—¡Te hicieron bulling!
—No. Prefiero no contarlo.
—Está bien, no insistiré a cambio de que me cuentes algo tuyo que no sepa.
Luis se detuvo y la miró fijamente, tenía gracia aquella chica, ¿podría hacerla depositaria de alguno de sus secretos? La desconfianza era una parte importante de su personalidad. Cuando escoges poner un candado en tu vida, es complicado de romper. En el fondo, vivía encadenado a sí mismo y a los recuerdos.
—Me gusta que me llamen Ludwig.
—¿Ludwig? ¿Por qué?
—Es mi nombre en alemán.
—Eres alemán.
—No, ni nadie de mi familia.
—¿Entonces?
—Eso sería contarte dos secretos y es demasiado para un solo día. Ahora te toca a ti.
—Yo no he dicho que vaya a contarte nada de mí. —Ella se puso a la defensiva.
—Me lo debes, ya te he contado algo. Ahora te toca a ti. Y no vale mentir.
Pensó en soltar la primera mentira que se le pasara por la cabeza, pero no se le ocurría nada original y, mucho menos, creíble. La verdad siempre es la mejor respuesta y la que menos problemas da a la larga.
—Soy un desastre. Muchos días no iré al coro por pereza y llegaré tarde casi siempre.
—Eso ya lo he comprobado.
—¿Si voy el próximo viernes me explicarás lo de Ludwig?
—Pero tendrás que llegar a la hora, nada de retrasos.
—Prometido.
Era un proyecto loco, eso le dijo la directora cuando lo propuso. Sandra lo sabía: convencer a los chicos para que se quedaran los viernes una hora más a cantar parecía una propuesta difícil. Pero lo más complicado era conseguir que vinieran ellos, quienes de verdad lo necesitaban. No valía que aparecieran por el aula de música los buenos cantantes, ni aquellos que tenían otras cosas mejores que hacer, como regresar a sus vidas perfectas. No esperaba a esos. Quería a los otros, por eso fue en busca de los raros, de los que veía solos o perdidos. No era complicado darse cuenta, bastaba con observarlos en clase, en los recreos, en los silencios. Quería decirles que no se rindieran, a pesar de que sufrían los efectos secundarios de la vida, aquellos de los que nadie nos avisa. Necesitaban el coro para los días en los que nada brilla, todo es gris y sombrío. Esos días que se van entre la niebla para siempre. Por eso habló con Eva, quien siempre confió en ella, para que se apuntara a cantar y así se desahogara fuera de su familia numerosa, para que olvidara lo poco que se gustaba, los kilos que le sobraban.
—Deberías convencer a Laura —le dijo la propia Eva—. Me gustaría verla aquí. Ha tenido problemas de…
—Ya —cortó Sandra.
Era fácil de adivinar el problema de Laura, esa delgadez, ese rostro eternamente triste y pálido. Dudaba de que quisiera unirse al grupo, aunque retrasar la hora de la comida tal vez fuese un aliciente para alguien como ella.
—Lo intentaré.
Después de la clase de Música, se acercó a Laura y le pidió que le dedicara unos minutos. La chica aferraba una carpeta contra su pecho y escuchaba en silencio.
—¿Te apetecería unirte al coro? No es necesario que seas una buena cantante, lo pasaremos bien, formaremos un grupo divertido, actuaremos en el instituto y en más sitios. Necesitamos una voz dulce como la tuya.
—Bueno —dijo sin convicción—. ¿Cuándo serían los ensayos?
—Los viernes después de las clases. En principio. Quizá alguna tarde más cuando tengamos una actuación.
—No me comprometo a ir todos los días, puede que desaparezca de golpe. No te fíes de mí.
A Sandra le pareció una respuesta muy triste, propia de alguien que anda perdido.
—¡Claro que confío en ti! Sé que lo harás bien.
—Gracias por contar conmigo…
«A pesar de mi problema, a pesar de lo insignificante que soy», le faltó decir.
A Eva le dio un vuelco el corazón cuando vio a Laura ese viernes, dispuesta a ensayar, en el aula de música. Intercambió una mirada cómplice con Sandra, le daría las gracias luego. La profe estaba contenta: Laura había aceptado incorporarse al grupo; Marina, a pesar de ser una alumna incómoda, había regresado porque lo necesitaba tanto como los demás; Ricardo no se había rendido, y Rafa y Marta lo acompañaban con más o menos ganas. En total, ya eran casi veinte, podían empezar a trabajar. Decidió encargarle a Marta que formara un grupo de WhatsApp con todos los miembros del coro; aunque no era la mejor cantante, esa chica era una buena líder, y era una forma de asegurarse de que continuaría.
Sandra necesitaba ese coro tanto como sus propios alumnos, necesitaba sentirse útil, desarrollar la parte artística de sí misma que más le gustaba, olvidar por un rato las obligaciones: las clases, sus padres, el niño que tanto la reclamaba, la soledad.
—¿Qué vamos a cantar? —preguntó Rafa con tono desafiante—. No queremos rollos clásicos.
—Será un repertorio variado —respondió la profe—. Habrá un poco de todo, espero que os guste…
—¿Y rap? ¿Cantaremos rap?
—¿Rap? —saltó Luis, molesto—. Esto es un coro, no estamos en medio de la calle soltando tonterías, esto es un piano, ¿sabes lo que es un piano?
—No me interesa tu piano, ¡muermo! —replicó Rafa.
—¡Eh, ya está bien! —interrumpió Sandra—. Nada de insultos ni de discusiones. Se tendrá en cuenta lo del rap.
—Entonces no me necesitáis al piano —dijo Luis, cada vez más enfadado.
—Un coro necesita un pianista como tú, cante lo que cante —intervino Marina y los demás aprobaron sus palabras.
La cuestión parecía zanjada y Sandra aprovechó para empezar con el calentamiento de voces. Debería vigilar a esos dos, no quería más peleas durante los ensayos.
—Nuestra misión consiste en utilizar la voz para expresar ideas y sentimientos. Cantaremos obras de distintos estilos, géneros y tendencias musicales que no conocéis. Hay que tener respeto y superar los estereotipos.
—¿Y cantar? Porque yo quiero aprender a cantar mejor —habló Marina.
—Eso también. Aprenderemos técnica vocal, la respiración diafragmática, la posición correcta de la boca, la proyección del sonido… Y a escucharnos unos a otros.
—¿Y habrá que cantar delante de mucha gente? —preguntó Roberto—. ¡Qué vergüenza!
—Si te parece, vamos a perder el tiempo ensayando para nada —le respondió Marina, que estaba deseando verse en un escenario ante un público entregado. Adoraba los aplausos.
La respuesta no convenció a Roberto, que no dejó de darle vueltas durante todo el ensayo. ¿Sería capaz de enfrentarse a ese miedo escénico?
