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Danielle Kent está convencida de que tiene lo que necesita para ser feliz: una carrera profesional exitosa, un hermoso apartamento y el amor de un hombre atractivo, pero en un solo instante todo cambia… Después de una inesperada desilusión amorosa busca refugio lejos de la ciudad y de su vida pasada, en la playa de Ville. En este pequeño poblado encuentra paz y nuevas amistades que le devuelven la esperanza que creía perdida. Sin embargo, allí también le espera la prueba más cruda de su historia. Se dice que el mar lo trae todo de vuelta … ¿Encontrará Danielle la felicidad entre las olas?
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Veröffentlichungsjahr: 2018
© Thea Gatti
© Tomville
ISBN formato epub: 978-84-685-2255-5
Impreso en España
Editado por Bubok Publishing S.L.
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Para la familia Gatti que tanto amo.
ÍNDICE
Preludio
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
Capítulo XIII
Capítulo XIV
Capítulo XV
Capítulo XVI
Epílogo
Preludio
Danielle se contemplaba pensativa en el espejo. Para aquella noche especial había elegido un vestido negro, entallado, que acentuaba su figura. Sonrió, mientras se acomodaba el cabello detrás de la oreja, al observar en su rostro el entusiasmo que había estado extrañando desde hacía meses. La última vez que había estudiado, detenidamente, su propia imagen, se encontró con una mujer que reflejaba desconsuelo y tristeza. Ahora, parecía que por fin la quietud había regresado a su vida.
Con lágrimas en los ojos recordó qué circunstancia la había orillado a empezar esta travesía. Esa desilusión, que había derrumbado con brutalidad su perfecta existencia, le había dejado momentos amargos para recordar, al mismo tiempo le dio el valor de enfrentar su pasado y explorar los sentimientos guardados por años.
Ville, aquel lugar que escogió como su refugio, era ahora su paraíso. Y aunque este pueblo fue en algunos momentos su campo de batalla, le dio también la oportunidad de conocer lo que todos llaman la «verdadera amistad». Aquellos seres, parte de su historia en Ville, estarían por siempre presentes en su mente y en su corazón, pues sin ellos este crecimiento personal no hubiera sido posible. Gracias a su amor y sus consejos, los rencores, miedos e inseguridades habían desaparecido. Los demonios internos también enmudecieron.
Esa reciente fortaleza que invadía su ser la convenció de que la vida que creía perfecta era una ilusión, ahora sabía que la perfección no existe y, si existía, no era lo que ella necesitaba.
Antes de emprender el camino a esa cita misteriosa se tomó unos minutos para dejar que el sonido de las olas guiara sus pensamientos. Cerró los ojos y respiró profundo, sabía que su vida estaba a punto de cambiar, lo que hacía algunos meses parecía imposible estaba por suceder. Los acontecimientos de esa noche serían decisivos en la dirección de su destino.
Después de un largo trayecto recorrido, Danielle estaba lista para empezar con una nueva vida y ahora solo debía decidir si su misión en ese lugar había llegado a su fin. ¿Sería esta noche el final de Tomville…?
Capítulo I
Danielle vivía lo que ella solía llamar «la vida perfecta». Desde hacía seis años gozaba de un trabajo seguro en el departamento de Ventas de una renombrada empresa, así como de una relación estable con uno de los jóvenes talentos del área de Finanzas. Este hombre, quien era venerado por todos los colegas, le daba el toque perfecto a la existencia que ella siempre había soñado.
Fue en la cafetería donde por primera vez las miradas de Oliver y Danielle se cruzaron. Ella iba acompañada de su jefe y, mientras escuchaba cómo él se quejaba del menú de los jueves, se distrajo mirando a su alrededor, estudiando así a sus nuevos compañeros de trabajo. Sin quererlo, sus ojos se clavaron en aquel hombre atractivo con un bronceado envidiable; ese era Oliver, un encantador.
Durante los primeros ocho meses, ella se conformó con observarlo. Día a día percibía lo admirado que era por los demás, lo que hacía que su interés fuera creciendo.
En este tiempo Danielle empezó a integrarse en el grupo de los jóvenes colegas que se reunían con frecuencia en un bar. En cierta ocasión tuvo la oportunidad de confirmar sus sospechas: Oliver era lo más cercano a la perfección. Después de algunas semanas de convivencia, él la invitó a salir. «¿Cómo puede fijarse en mí?», pensó ella muchas veces; Oliver parecía ser el hombre perfecto y no únicamente para ella.
Esta inseguridad la había acompañado desde la adolescencia. A pesar de ser una mujer atractiva, con tiernos ojos color café y gran sonrisa, ella misma no se consideraba sensual. No le interesaba tener el mejor maquillaje o cremas para cada parte del cuerpo. Se consideraba una mujer natural que no necesitaba más que el ejercicio recomendado y una buena alimentación. Sin embargo, aun dejando la inseguridad atrás, se sentía halagada por la invitación: Oliver era uno de los solteros más codiciados de la empresa.
Desde la primera cita ambos sintieron una profunda conexión, tenían más en común de lo que se podían imaginar. Las horas pasaban y siempre surgían nuevos temas de conversación que terminaban en carcajadas. Ambos disfrutaban cada minuto compartido.
El amor creció rápidamente, tanto que después de un año de relación decidieron vivir juntos. Esta decisión, aparte de suponer beneficios económicos, era para Danielle el principio de lo que siempre había deseado: una familia. Desde pequeña había visualizado un esposo con todas las cualidades de Oliver. Deseaba recorrer el mundo con él y en el momento correcto complementar la felicidad con hijos.
Esta noticia no solo formaba parte de los sueños de Danielle, sino de los de su madre. Para la señora Ingrid cumplir con los estatutos sociales era de gran importancia y rezaba día a día para que su hija, finalmente, se casara y le diese nietos. Esta era una de las numerosas razones por las cuales Danielle no tenía una relación cercana con ella: lo único que recibía de su parte eran críticas y reproches.
Para mala suerte de la señora Ingrid, sus deseos no se hicieron realidad. Durante los siguientes años la relación de Danielle y Oliver evolucionaría lentamente y se vería afectada por la monotonía. Lo que había comenzado como un cuento de hadas se convirtió en rutina. Los días consistían en desayunar juntos, trabajar, comer en casa y dormir. El sexo también había menguado en los últimos meses. Danielle estaba decidida a revivir la pasión, pensaba que este era el proceso normal de una relación. Sabía que ese hombre detallista y espontáneo aún estaba ahí y haría todo lo posible por recuperarlo.
Como parte del plan de conquista, Danielle organizaba cenas románticas y este día no sería la excepción. Sin albergar la menor sospecha de que estaba a punto de ocurrir algo que le cambiaría la vida para siempre se dirigió a la oficina de Oliver. Había tratado de localizarlo para recordarle la cena planeada, pero no había tenido éxito en ninguno de los intentos.
Al llegar allí se dio cuenta de que la secretaria ya no estaba y decidió entrar sin tocar. Al acercarse a la puerta escuchó ruidos extraños provenientes de la oficina. La imagen con la que se encontró al abrir no era la que esperaba. Ahí no la aguardaba el hombre perfecto que siempre la recibía con una sonrisa; lo que la recibió fue la imagen de Agnes gozando de las caricias y la pasión de Oliver. Los observó sin poderse mover y sintiendo cada respiro como una puñalada. No podía creer que ese hombre fuese el mismo que tiernamente le había dicho que la amaba. En estos largos segundos los amantes no notaron su presencia hasta que Danielle respiró agitada.
—¡Danielle! –exclamó Oliver.
La secretaria miró al piso avergonzada, a su vez su rostro mostraba una sonrisa maliciosa. A Danielle se le llenaron los ojos de lágrimas, por unos segundos los miró con la boca entreabierta. Intentó disimular el dolor, al mismo tiempo sentía como la sangre le hervía por dentro hasta que de la nada liberó un grito de rabia. Los ofendió con todos los insultos que conocía y, mientras gritaba, arrasó la oficina como un huracán. Volaron desde un florero hasta fotos y su más valiosa escultura. Para la suerte de todos, ninguno de los objetos alcanzó a sus víctimas.
Oliver veía horrorizado la reacción de su novia, en ese momento no la reconocía. Cuando Danielle volvió en sí y se tranquilizó se dio cuenta de que Agnes ya había escapado de la oficina. Oliver se encontraba parado junto a la puerta, mirándola con horror.
Ella pasó frente a él y, sin mirarlo o decir ninguna palabra, se marchó. Apresurada y, sin inmutarse por la presencia de algunos compañeros, se dirigió a su oficina. Cerró la puerta y se sentó frente al ordenador. Las lágrimas parecían no tener fin.
Los empleados que aún estaban en la empresa se habían percatado de lo ocurrido, entre ellos el señor Ortega, jefe de Danielle y Jenny, vecina y amiga de la ex feliz pareja.
—¿Estás bien? ¿Qué pasó? –preguntó Jenny asustada.
—No, no sé… Oliver… solamente quiero ir a casa –contestó.
El estado emocional en el que se encontraba no le permitiría llegar segura a su domicilio, así que Jenny se apresuró a llevarla. Sentada en el sofá, en estado de shock y con la mirada perdida, Danielle le agradeció a su amiga su apoyo y con cortesía le pidió que la dejara sola, necesitaba asimilar lo ocurrido.
Aquel lugar al que solía llamar hogar parecía desconocido. Tenía la impresión de que todo lo que la rodeaba había perdido su significado. Cada objeto y cada foto le provocaban solamente desprecio: desde esa tarde representaban la desilusión más grande que había experimentado.
Sentía tal rabia que podría repetir la escena de la oficina y romper en mil pedazos los objetos que le pertenecían a aquel villano. Sin embargo, Danielle simplemente se quedó ahí, observando cada detalle de aquel lugar, ¿qué pecado habría cometido en otra vida para tener que pagar de esta manera?
Se paró frente a la pared decorada con fotografías que ilustraban los momentos más felices que habían compartido en esos cinco años: Navidades, cumpleaños y un sinfín de acontecimientos que para ella habían sido un tesoro y ahora no tenían valor alguno.
Desde pequeña, Danielle siempre había mostrado fortaleza en los momentos de desesperación y esta no sería ninguna excepción. Lo que a su juicio necesitaba era solamente tiempo. «El tiempo lo cura todo», pensó.
Mientras trataba de convencerse de que el tiempo sedaría aquel intenso dolor escuchó el sonido de la llave que se deslizaba por la cerradura. Sabía que solamente podía tratarse de Oliver. Gran nerviosismo y enojo crecieron dentro de ella. Había decidido esperarlo y hablar con él; al escuchar su llegada se arrepintió de su decisión. Tratando de contener las lágrimas se atrevió a mirarlo. Oliver lucía, al igual que ella, triste y desconcertado.
Sigiloso se arrodilló frente a su amada y colocó las manos en sus rodillas.
—¡No me toques! –exclamó.
—Danielle, por favor, déjame explicarte. ¡No es lo que tú piensas!
—¿Qué quieres decir? ¿Qué no estabas teniendo sexo con tu secretaria?
Oliver la miró sabiendo que ni él podía explicar lo ocurrido; titubeó.
—Por favor... No me odies; no quiero que me odies. Fui un tonto, perdóname.
—No te preocupes; no puedo odiar a alguien que no conozco. Tontamente creí que quería escuchar y ver lo arrepentido que estás de lo que hiciste, de la desilusión que me causaste, pero no puedo. Y, si quieres lo mejor para mí, desaparece de mi vida. Por favor empaca lo que necesites y lárgate.
La frialdad de Danielle sorprendió una vez más a Oliver. Sin darle la oportunidad de decir otra palabra, ella abandonó el apartamento y buscó refugio en casa Jenny, quien ya la esperaba en el pasillo. Él salió detrás de ella llamándola una y otra vez por su nombre. Danielle lo miró con desprecio y, en silencio, se adentró en la vivienda de su amiga.
Después de algunas horas de profundo sueño, Danielle regresó a su apartamento. Al darse cuenta de la ausencia de su pareja suspiró aliviada, otro encuentro sería demasiado doloroso y quizás esta vez no podría contener sus emociones. Oliver se había marchado, no sin antes dejar una nota para ella, la cual rompió y tiró a la basura sin haberla leído. Su corazón estaba roto y no permitiría que pasara lo mismo con su orgullo.
Tratando de distraerse se dedicó a pensar de qué manera evitar que la escena tuviera consecuencias graves en su trabajo. La angustia no estaba mal fundamentada, pues se había visto obligada a tomar dos semanas de vacaciones. Esta petición de su jefe podía ser alarmante, pero trató de aprovecharla: aún no estaba lista para enfrentar la realidad.
Desde el incidente únicamente había tenido contacto con Jenny, quien la había apoyado desde el primer momento sin titubear. Oliver había intentado comunicarse con ella; aparte de él y de Jenny, nadie parecía preocuparse por su bienestar. En estos momentos de desconsuelo se dio cuenta de cuán absorbente había sido la relación; los amigos de otro tiempo ya no existían y, por primera vez en cinco años, se sintió completamente sola.
Este repentino giro en su vida le había abierto los ojos y se percató de cuántos errores había cometido. Ahora lo veía con claridad: lo que pensó que era una crisis de pareja era en realidad un amorío. Había notado algunos cambios en el comportamiento de Oliver. Muchas veces le parecía ausente, aun así su amor por él era tan profundo que nunca lo hubiera creído capaz de engañarla de esa manera. Ya solo se sorprendía de haber estado tan ciega y no haber augurado aquel trágico final.
Jenny era la única distracción que la alejaba de aquellos pensamientos. Aparte de llevarle comida o algún detalle, le proporcionaba información general sobre la oficina. Hasta ese día Oliver y el incidente no habían sido tema de conversación.
—¿Cómo te sientes hoy? –preguntó Jenny en tono inquieto.
—Bien –contestó desganada.
—Ay, Danielle, no sé cómo decirte.
—¿Qué?
—Oliver...
—¿Oliver? ¿Qué te dijo?
—Me dijo que se está quedando en un hotel y está en busca de un nuevo apartamento. Vendrá por sus cosas el día que regreses al trabajo.
—Muy bien –su voz fue quebradiza.
—Danielle, hay algo más que quisiera comentarte... No lo hice antes porque no pensé que fuera de importancia, pero creo que debes saberlo.
—Ya nada puede ser peor, Jenny; dímelo...
—Hace algunas semanas me encontré a Oliver con Agnes en el centro comercial. Yo lo saludé sin sospechar nada, luego noté cierto nerviosismo en él. Me dijo que Agnes le estaba ayudando a buscar un regalo para ti y que por favor no te lo comentara... De verdad, te soy sincera: yo no pensé que él sería capaz de algo así. Por favor, no te sientas mal por no sospecharlo; Oliver nos engañó a todos.
Danielle confirmó que era el final. Con los ojos llenos de lágrimas y sin decir una palabra más asintió con la cabeza.
Si la tragedia no había sido suficiente, las malas noticias parecían no tener fin. Una semana después del ataque de ira provocado por la infidelidad de su novio, tocaron a la puerta.
—¿Es usted Danielle Kent?
—Sí –contestó desconcertada.
El hombre le entregó un sobre con un citatorio y enseguida se marchó. Danielle no podía asimilar semejante injusticia, comprendió que debía presentarse en el juzgado: Agnes la había demandado por agresión.
—¡Esa perra! –gritó.
Justo en el momento en el que había decidido llamar a Oliver, Jenny tocó a la puerta. Todavía sin poder dar crédito al cinismo de Agnes, Danielle le contó lo ocurrido. Jenny sabía que su amiga no estaba en posición de encargarse de un tema así y, por esta razón, decidió ponerse en contacto inmediatamente con un abogado; por nada del mundo permitiría que quedara desprotegida y humillada.
Después de esperar algunos días, se encontraron con la sorpresa de que el proceso había sido corto y favorable, Agnes no consiguió lo que quería: dinero. Sin embargo, Danielle fue transferida a terapia psicológica, pues la secretaria aseguraba que se sentía amenazada por la presencia de alguien tan agresivo en el trabajo.
Pasadas las dos semanas de vacaciones, Danielle volvió a sus actividades laborales. Los días pasaban con la normalidad de siempre. Ella se dedicaba más y más al trabajo tratando de pasar el menor tiempo posible en aquel apartamento vació. Oliver había, ya, recogido todas sus pertenencias.
Para Danielle el trabajo se había convertido en un escape y lentamente la vida regresaba a lo habitual, aunque no podía ignorar las miradas prejuiciosas de algunos compañeros. Esto le causaba incomodidad y algo de enojo, creía injusto sentirse juzgada cuando ella únicamente había reaccionado a un engaño. Nadie parecía notar la traición de Oliver. Trataba de ignorar estas actitudes, ¿acaso era ella la que había fallado? Ante sus ojos habían sido una pareja sincera, la cual hablaba abiertamente y sin rodeos. ¿Qué era lo que había pasado?
Para evitar seguir analizando la relación fallida, Danielle se esforzaba en repasar su lista de pendientes o leer un libro antes de dormir; desde el incidente tenía pesadillas con Oliver y su nueva amada. A pesar del esfuerzo, el cansancio la vencía.
Dormía incómodamente en el sofá. La idea de descansar en la cama donde había pasado momentos maravillosos con Oliver y, posiblemente, él con Agnes le resultaba repugnante. Cierta noche, una de las pesadillas se hizo presente:
Paseaba cerca del café favorito, donde desayunaron muchas veces, y pedía como de costumbre un capuchino con una cucharada de azúcar y canela extra. Al acercarse a la puerta, esta se abrió y se encontró de frente con una pareja. La mujer embarazada irradiaba felicidad. Al ver semejante dicha, Danielle sonrió pensando que eso era lo que ella deseaba tener algún día. Al dirigir la mirada a los rostros de la pareja, reconoció al instante esos hermosos ojos: era Oliver acompañado de Agnes.
Danielle despertó agitada y por primera vez lloró por él sin sentir ninguna vergüenza o debilidad. Reconoció la verdad: ella amaba a ese hombre que la había traicionado y no estaba dispuesta a que esta pesadilla se hiciera realidad... al menos no estaría ahí para verlo.
Oliver parecía tener una relación paralela con Agnes. Esta idea hizo que su corazón se acelerara; sin pensarlo se levantó del sofá y se preparó para ir al trabajo. Ese día tenía que llegar antes que su jefe y conseguir, si era posible, la primera cita con él; tenía un asunto importante que discutir.
Danielle esperó impaciente fuera de la oficina del señor Ortega. Se frotaba las manos y caminaba de un lado a otro tratando de encontrar las mejores palabras para lo que estaba a punto de anunciar. Su jefe, divertido con su comportamiento, abrió la puerta y con una seña la invitó a pasar.
—Dios mío, Danielle, ¿por qué tan nerviosa? ¿Todo bien?
—Creo que sí –respondió con una sonrisa tímida. Entró y cerró la puerta. Después de mirarlo por unos segundos, finalmente, dijo:– Señor Ortega, como se puede imaginar las últimas semanas han sido difíciles para mí. Usted sabe que he tratado de concentrarme en el trabajo, pero… no puedo, no puedo más. No quiero ser de las personas que dejan que su vida personal influya en su desempeño laboral y creo que este ya no es un ambiente saludable para mí, por el momento es demasiado... Tengo… tengo demasiadas cosas en la cabeza y no estoy cumpliendo con mis metas y usted lo sabe. Los años que he pasado aquí han sido enriquecedores, pero creo que ha llegado el momento de un cambio.
El hombre la miraba un tanto desilusionado, mas no sorprendido.
Después de la larga conversación con su jefe, Danielle se dirigió a la oficina de Jenny, a quien le hizo saber su decisión. Ella, al igual que el señor Ortega, no se sorprendió y aunque trató de persuadirla para que se quedara, fue imposible. La vio más decidida que nunca.
Posteriormente bajó al almacén para recoger una caja. Mientras caminaba por el pasillo vio a Oliver, a través de la ventana de su oficina, riendo al teléfono como si nada hubiera pasado. Danielle presionó los labios; en ese instante supo que había tomado la decisión correcta.
Al desocupar su lugar de trabajo se percató de que lo único que tenía eran regalos que Oliver le había hecho en los últimos años. En un cajón encontró las fotos que antes estaban en su escritorio. Al cerciorarse de que había guardado todo, salió de la oficina sin mirar y sin decir nada a nadie.
Al llegar al estacionamiento, vació la caja en el basurero y sonrió. Estando en casa se sintió aliviada y con mejor ánimo: había dado el primer paso para empezar una nueva vida. Ahora buscaría un nuevo hogar, no podía seguir en ese lugar lleno de recuerdos que quería olvidar. También necesitaba un terapeuta, ya que pronto debía empezar a cumplir su «condena».
Se sentó frente al ordenador y empezó la búsqueda. Al no encontrar nada en la ciudad pensó en ampliar su búsqueda hacía los alrededores. En ese momento se dio cuenta de que no había absolutamente nada que la atara a su vida anterior.
Este esclarecimiento la llevó a tomar una decisión importante y con casi treinta y cuatro años decidió arriesgarse por primera vez. Estaba dispuesta a darle un giro radical a su vida. Si iba a cambiar de casa… ¿por qué no de ciudad?
En los siguientes días de búsqueda, también se encargó de empacar y seleccionar cosas; en algún libro había leído que era importante desprenderse y no aferrarse a nada. Así que decidió llevar consigo lo indispensable. Una rosa seca, que Danielle había guardado entre las hojas de un libro, cayó de pronto, lo cual le hizo apretar los labios para retener las lágrimas, la levantó del piso y sonrió al recordar su procedencia. Después de haber pasado la primera noche juntos, Oliver había preparado para ella un tierno desayuno: un plato con cereal y un café, pues la cocina no era una de sus muchas cualidades. Transcurrida una mañana romántica, llegaron juntos al trabajo y se despidieron con un beso. Horas más tarde Danielle recibió en su oficina un hermoso ramo de rosas. En la tarjeta él le daba las gracias por aquella magnífica noche que habían compartido.
Regresando a la realidad, tomó un profundo respiro y apretó la flor en su puño destruyéndola por completo.
Durante esos días pasaba algunas horas frente al ordenador buscando el lugar perfecto para mudarse. Finalmente, encontró una pequeña casa que cumplía con todos los requerimientos: pequeña, bonita, a la orilla del mar y a un precio accesible en Ville, un pueblo prometedor en la costa este de los Estados Unidos. Ahora lo único que faltaba era encontrar un terapeuta. En la pequeña ciudad había cuatro psicólogos. Todos tenían una página web donde Danielle pudo obtener una primera impresión que facilitaría su decisión.
—¡Ajá! –exclamó mirando la foto de la doctora Lillian Andrews.
Enseguida supo que era la indicada para ella. Tomó el teléfono para pedir informes y pactó una cita para la segunda semana después de su llegada al pintoresco Ville. Confiaba en que tenía el plan perfecto: pasaría un año en ese hermoso lugar, donde haría terapia y se encontraría con ella misma. Sus ahorros le alcanzarían para vivir cómodamente durante ese lapso y después empezaría nuevamente con la vida laboral y, a lo mejor, amorosa; por el momento soledad y tranquilidad eran su mayor anhelo.
Finalmente, el día de la mudanza llegó. Antes de irse tocó a la puerta de Jenny para despedirse y agradecerle su apoyo incondicional. Tomaron un café y, después de una larga conversación, le recordó enviar los documentos requeridos al abogado para terminar así el tema de Agnes, legal y personalmente. Cuando llegó el momento de decir adiós, se abrazaron. Prometió mantenerla al tanto de la vida en Ville.
Hasta ese instante había tratado de concentrarse en otras cosas y no pensar en Oliver, pero no pudo evitar sentir nostalgia. Las llamadas constantes habían cesado, al parecer él había entendido que ella lo quería fuera de su vida.
Con un nudo en la garganta le entregó las llaves al conserje. Salió del edificio y se sentó unos minutos en las escaleras. La opresión en su pecho apareció de nuevo. Lo que más le atormentaba era que Oliver no había tenido piedad con ella y le había causado una de las desilusiones más grandes. Este cruel comportamiento le hacía pensar que nunca había sido algo importante para él y que esa relación había sido una pérdida de tiempo. Lo único que le daba algo de consuelo era la certeza de que, después del ataque de ira, le tenía más miedo que respeto y no volvería a saber de él.
Estaba decidida: Oliver era parte de su pasado y no dejaría que le causara más daño; ahora la única persona que importaba era Danielle Kent.
Con la mirada fija en el edificio se puso los lentes de sol, subió al auto y arrancó. Sin mirar atrás, emprendió el camino hacía el pequeño lugar que le cambiaría la vida para siempre.
