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¡La carrera había comenzado! La bella Sunny Morgan debía acudir a una boda... la de sus padres, ni más ni menos. En el mismo avión viajaba Rory Temple, que debía llegar a tiempo para cerrar un importante trato. Los problemas comenzaron cuando el vuelo fue desviado a una pequeña ciudad de Michigan... ¡y eso solo era el comienzo! Cuando se encontraron a solas en el coche que debía llevarlos a Chicago, empezaron a saltar chispas entre ellos... ¿Sería amor, o quizás después de aquel viaje todo volvería a la normalidad?
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Seitenzahl: 200
Veröffentlichungsjahr: 2015
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2001 Sharon Edwin
© 2015 Harlequin Ibérica, S.A.
Tormenta en abril, n.º 1293 - abril 2015
Título original: A Snowball’s Chance
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Publicada en español en 2002
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-6356-9
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro…
Sunny Morgan se ajustó el ala del sombrero de gasa y suspiró, con una sonrisa satisfecha, arrellanándose en el asiento del avión. La vida era dulce, a pesar de que tuviera que viajar con aquel sombrero puesto desde San Francisco hasta Chicago. La tía-abuela Tilly, por parte de su padre, lo había confeccionado especialmente para la boda del día siguiente. Midiendo un metro setenta y ocho, y calzando un número treinta y nueve, Sunny estaba acostumbrada a destacar. Sin embargo nunca se había sentido tan llamativa como con aquel sombrero de boda de tía Tilly. No eran de extrañar los silbidos y las bocas abiertas. Era imposible no reaccionar ante una mujer como tía Tilly, el cabeza de familia del matriarcado de los Morgan en California, en medio del aeropuerto, con un sombrero con el que hubiera podido ir a tomar el té con Scarlett O’Hara.
El transbordo entre avión y avión, atravesando el aeropuerto de Minneapolis, había sido toda una prueba de paciencia. Cada vez que alguien tropezaba de tanto mirarla con la boca abierta, Sunny sonreía y se repetía en silencio que solo llevaba puesto el rocambolesco sombrero, salpicado de lilas de seda, porque la maleta iba llena de… cosas maravillosas.
Hubiera podido soportar una mirada o dos, en justo castigo por la rana de flores estilo Art Deco que había comprado en una subasta pública, por diez dólares, en San Francisco. En la misma caja de trastos viejos, había también un mechero de mesa muy prometedor. No obstante, aquello no eran sino menudencias. El mejor de sus descubrimientos sería un éxito. De hecho, salir de viaje en busca de objetos Art Deco para saciar la obsesiva fijación de Cordelia Gordon y, de paso, visitar a la tía-abuela Tilly, había sido como disfrutar de unas vacaciones pagadas. Sunny había gozado inmensamente con las cenas de tía Tilly, a base de roast beef en salsa con montañas de puré de patata, de sus donuts rellenos, y de las maravillosas vistas desde la terraza de la casa, en Pacific Heights. ¿Quién había oído hablar de los kilos de más? Además, había encontrado muchísimas cosas espléndidas que mostrar en el escaparate de A Sunny Touch, el estudio de diseño de interiores que regentaba en la zona de River North, en Chicago. ¿Qué más se podía pedir?
Engordar, por supuesto, pensó mientras se tiraba del sencillo vestido negro. Sunny era alta, pero estaba lejos de ser delgada. Sus curvas eran las de una mujer de otros tiempos, y eran directamente responsables, recordó tratando de estirar los estrujados dedos de los pies, de la desastrosa elección de los zapatos. «Cuanto más altos sean los tacones, más delgada parecerás y te sentirás», se repetía Sunny mentalmente mientras soñaba con descalzarse en cuanto recogiera el coche, en el aparcamiento del aeropuerto de O’Hare, en Chicago.
Sunny alzó el ala del sombrero para mirar la hora. Las dos en punto. Aterrizarían en el aeropuerto de O’Hare en una hora. Tenía tiempo de sobra de recoger el coche, llevar la caja de Cordelia que había facturado en el aeropuerto de Minneapolis hasta Lake Forest, y dirigirse al centro de Chicago para el ensayo de boda de las siete en punto de aquella tarde. Tras el ensayo, se celebraría una cena en el restaurante vegetariano favorito de sus padres, en Wrigleyville. Wrigleyville era el barrio de Chicago donde habían vivido siempre, sobre una tienda de flores propiedad de la familia. Sunny bostezó, dejó que el ala del sombrero le tapara los ojos y se quedó dormida, antes incluso de que el avión despegara.
Rory Temple miró impaciente el reloj. Hubieran debido despegar ya, pero aún estaban parados, esperando la autorización.
—¿Qué nos retiene? —le preguntó a la azafata que contaba cabezas una vez más, caminando por el pasillo.
—Está nevando en Chicago, señor —contestó la azafata inclinándose hacia él—. Estamos esperando a conocer el pronóstico del tiempo, antes de despegar.
—¡Vaya!, estupendo —musitó Rory—. ¿Será largo el retraso?
—Deje que le pregunte al piloto y vuelvo a comentárselo, señor.
Rory observó a la azafata dirigirse a la cabina. Era atractiva, pero él apenas se dio cuenta. Su mente estaba en Chicago. En el plazo de dos horas, firmaría un contrato de negocios cumpliendo por fin una promesa hecha hacía mucho tiempo a una persona muy especial. Una persona, una mujer, que no había vivido lo suficiente como para ser testigo de ese momento. Y, tras la reunión de negocios, tenía que ofrecer una conferencia de prensa televisada anunciando la firma de ese contrato.
—Bueno, Molly —murmuró para sí mismo—, siempre dije que lo único que evitaría que cumpliera mi promesa sería un acto divino. Y una tormenta de nieve a finales de abril, desde luego, puede considerarse voluntad de Dios.
—Despegaremos de un momento a otro, señor Temple —anunció la azafata acercándose.
Rory dio las gracias y sacó el móvil para marcar el número de su oficina en Chicago. Su secretaria, Agnes, contestó inmediatamente.
—¿Todo resuelto?
—Sí, jefe. Por quinta vez en el día de hoy, y no sé cuántas veces más esta semana, todo resuelto.
Rory apretó los labios dispuesto a contestar, ante tanta insolencia. Pero, como siempre con su secretaria, calló. Agnes era una de las pocas personas que podían tomarle el pelo a Rory Temple.
—Me alegro de resultarte tan divertido.
—Y yo. Todos necesitamos reír, de vez en cuando. Sobre todo reírnos de nosotros mismos.
—Bien, me alegraré de reírme como una hiena, en cuanto firme el contrato de compra y lo haga público.
—Pagaría por verlo —contestó Agnes—. ¿Dónde estás?
—Sigo en el aeropuerto de Minneapolis. Según parece, el retraso se debe a las condiciones meteorológicas del aeropuerto de O’Hare.
—¿En serio?
Entonces fue Rory quien se echó a reír. Agnes, tan eficiente, leal y seria, probablemente ni siquiera se hubiera dado cuenta de que estaba nevando en Chicago.
—Mira por la ventana.
—¿Pero cuándo demonios ha comenzado a nevar? —preguntó Agnes tras una breve pausa.
—Eso es lo que me gusta de ti, Agnes. Ni la lluvia, ni la nieve, ni la oscuridad de la noche…
—Creo que me confundes con un servicio de correos.
—Por fin despegamos —contestó Rory riendo—. Te veré dentro de una hora. Llévate las notas sobre la conferencia de prensa al aeropuerto de O’Hare para que pueda echarles un vistazo en la limusina. Y…
—Y comprueba de nuevo los índices, antes del cierre de la bolsa —terminó Agnes por él.
—Cuidado, Agnes, nadie es irreemplazable.
—¿Quieres apostar? —preguntó la secretaria antes de colgar.
Rory desconectó el móvil y se abrochó el cinturón de seguridad. Agnes tenía razón, nadie podía sustituirla. Tenía la cualidad que Rory estimaba más en una mujer: sentido práctico.
La abuela de Rory, Molly Temple, también había sido una mujer práctica. Siempre hacía cuanto era necesario. Por ejemplo, trabajar en una fábrica de hilos para mantener a Rory cuando su padre, viudo, lo abandonó. Además lo hacía sin quejarse, sin lamentarse, con sentido del humor. Rory jamás había conocido a una mujer tan valiosa como Molly Temple. A menos, por supuesto, que contara a Agnes. De no haber tenido su secretaria casi sesenta años, Rory la habría secuestrado. Rory Temple, a sus treinta y cinco años, propietario de un imperio financiero, era uno de los solteros más codiciados del Medio Oeste. Y aunque no le faltaran atenciones femeninas, lo más probable era que siguiera siéndolo durante mucho tiempo.
Rory miró por la ventana. El avión llegaba al final de la pista y despegaba. A menos que ahí fuera hubiera una mujer que combinara los rasgos de Molly Temple y Agnes Johnson, y le produjera además la misma emoción que le producía poner su nombre a otro edificio, Rory Temple permanecería soltero.
El avión se ladeó y sacudió de pronto, y Sunny se despertó sobresaltada.
—¿Qué ocurre? —preguntó en voz alta, olvidando por un momento dónde estaba.
Al mirar a su alrededor y darse cuenta, se ruborizó. Al menos el asiento de al lado estaba vacío. Había dormido como un tronco.
Miró el reloj. Las cuatro en punto. Era imposible porque, de ser así, eso significaba que llevaba horas durmiendo. Dos, para ser exactos. ¡Vaya siesta! El único problema era que, supuestamente, el avión debía haber aterrizado en O’Hare hacía una hora. Sunny miró a su alrededor y vio a la azafata salir de la cabina del piloto.
—Disculpe…
—¿Sí?
—¿Qué hora tiene?
—Las cuatro pasadas.
—Eso no es posible —alegó Sunny—, deberíamos haber llegado a Chicago hace una hora.
—Señorita, no debe usted haber oído el anuncio del piloto —contestó la azafata extrañada—. Hemos sido desviados de nuestro rumbo a causa de una tormenta de nieve.
—¿Qué? Disculpe, debo haberla oído mal —continuó Sunny—. ¿Ha dicho que nieva?
—Es más que nevar, me temo. El aeropuerto de O’Hare está cerrado debido a una fuerte tormenta.
—Bueno, ¿y dónde vamos a aterrizar?
—En Escanaba, Michigan. Dentro de unos minutos. Y ahora, si me disculpa, hay un caballero allí que desea hacerme una pregunta.
—¡Pero… pero…! ¡No podemos aterrizar en Michigan! —exclamó Sunny mientras desaparecía la azafata, poniéndose en pie para seguirla—. ¿A qué distancia está Escanaba de Chicago?
—Según me han asegurado está a unas seis horas en coche. Y ahora, por favor, ¿quiere usted…? —¡seis horas! Entonces llegaría a Chicago hacia la medianoche. Demasiado tarde para asistir al ensayo y a la cena—. Señorita, por favor, ¿querría usted volver a su asiento y abrocharse el cinturón de seguridad?
—¡Ah, sí, claro!
Sunny se dirigió hacia su asiento distraída, pensando en las seis horas de camino en coche. Perderse la cena no sería para tanto. Sin duda, su madre habría organizado el menú a base de tofu y arroz. Personalmente, Sunny habría preferido una hamburguesa con queso. Y además, ¿qué necesidad había de ensayar la ceremonia? Era perfectamente capaz de caminar hacia el altar llevando las flores sin tomar lecciones. Lo importante era no perderse la ceremonia de la boda, que se celebraría al día siguiente, a mediodía. Había esperado ese momento toda su vida, desde que era pequeña. Y ningún obstáculo le impediría asistir. El avión volvió a sacudirse debido a las turbulencias, y Sunny se mordió el labio inferior sin querer.
—¡Ouch! —exclamó alzando la mano para pellizcárselo.
Sunny miró por la ventana, buscando vestigios de la nieve. El aterrizaje no sería fácil. De pronto recordó. ¿Aterrizaje turbulento, con dos platos de porcelana Cowan Pottery Jazz Age a bordo, comprados en una subasta pública de San Francisco? De inmediato se puso el sombrero, se desabrochó el cinturón y se levantó del asiento. Se dirigió hacia la azafata mientras el avión se sacudía y ladeaba con las turbulencias. No era tarea fácil, con aquellos tacones.
—Disculpe —dijo a la mujer sentada junto al pasillo, a quien casi le saca un ojo con el dedo—. Oh, lo siento —añadió dirigiéndose al hombre sobre cuya cabeza aterrizó el sombrero de tía Tilly.
La azafata se levantó para ver quién causaba tanto revuelo.
—¡Señorita, por favor!
—Solo quería preguntarle por la caja que he…
—Tengo que insistir en que vuelva a sentarse —la interrumpió la azafata.
El avión volvió a sacudirse y Sunny, efectivamente, perdió el equilibrio y tomó asiento. Por desgracia, el sillón ya estaba ocupado.
—¡Oh, lo siento! Trataba de…
De pronto unas manos fuertes la estrecharon por la cintura, haciendo inútil que siguiera luchando por volver a ponerse en pie.
—Lo mejor que puede hacer es quedarse donde está —dijo una voz masculina a su oído—. Estamos a punto de aterrizar.
Sunny miró a la azafata, que corría a sentarse y abrocharse el cinturón de seguridad. Estaba a punto de exigir que la soltara, cuando la voz del piloto sonó a través de los altavoces:
—Señoras y caballeros, aterrizaremos en Escanaba, Michigan, dentro de unos minutos. Ahí fuera están a dos grados sobre cero, llueve, y soplan vientos de hasta cincuenta y dos kilómetros por hora. El pronóstico para esta noche es que bajarán las temperaturas, y la lluvia se transformará en nieve…
Sunny escuchó al piloto recitar la lista de aeropuertos cerrados al tráfico en el Medio Oeste. Se habían ido cerrando progresivamente, a causa de una tormenta que había comenzado al sur de Chicago y se desplazaba hacia el norte. Tendrían suerte si aterrizaban, pensó Sunny mientras el piloto se disculpaba por las molestias. Aunque fuera en una insignificante ciudad de la península de Michigan. El avión volvió a sacudirse, empujando a Sunny contra lo que le pareció un firme y sólido torso.
—Lo siento —se disculpó tratando de enderezarse y de hacer caso omiso del hecho de que su trasero también empujaba lo que parecían un par de sólidos muslos.
Los brazos que la estrechaban se aferraron a ella con más fuerza, mientras Sunny escuchaba de nuevo esa voz masculina, que decía:
—Sería de gran ayuda si se quedara quieta.
—Lo siento —repitió ella, sonriendo.
—Escuche, deje de sentirlo y quédese quieta —ordenó la voz.
—¿Sabe una cosa? —replicó Sunny—. Suélteme y volveré a mi asiento, y así…
El avión volvió a sacudirse, a levantarse y a caer, igual que un ascensor que no supiera en qué planta detenerse. Y cada vez que descendía el trasero de Sunny hacía contacto con el hombre que tenía debajo, que aprovechó para sujetarla con fuerza.
—Usted no va a ninguna parte —dijo la voz profunda, segura.
—¿Cómo dice usted? —preguntó Sunny alzando la barbilla desafiante.
Bajo ella, la carcajada de aquel hombre fue breve, pero Sunny sintió temblores por todo el cuerpo.
—Tranquila, está usted perfectamente segura donde está. No es necesario que se muestre tan frívola. En un aterrizaje turbulento como este, lo último que hace falta es que se dé de bruces contra la cabina. Bastante peligroso es ya ese ridículo sombrero que lleva en la cabeza.
—¿Frívola? —repitió Sunny perdiendo la paciencia—. ¡Tendrá valor! ¿Pero qué es esto? —preguntó tratando de volver la cabeza para ver el rostro del hombre—, ¿un vuelo chárter para antipáticos?
—No —contestó el hombre sonoramente, mientras su aliento calentaba la nuca de Sunny, por un lado—, es un vuelo chárter para mujeres con zapatos absurdos y sombreros ridículos.
—¿Zapatos absurdos? —repitió Sunny, ofendida ante la idea de que alguien pudiera considerar absurdas sus zapatillas de deporte abiertas por delante. Cierto, tenían tacones, pero de esa forma su pie de la talla treinta y nueve podía pasar por una talla treinta y ocho, y sus piernas parecían más largas y esbeltas a pesar de los kilos ganados en casa de tía Tilly—. ¿Qué tienen de malo mis zapatillas?
—Bueno, si no tuvieran ese tacón ahora mismo no estaría usted sentada encima de mí.
Sunny trató una vez más de volver la cabeza para ver el rostro del desconocido y decirle que la causa de que estuviera sentada encima de él no eran las zapatillas, sino el aterrizaje turbulento. Sin embargo un nuevo y brusco descenso del avión se lo impidió. Resultaba realmente peligroso hablar en esas circunstancias, siempre acababa mordiéndose la lengua, así que optó por callar. Hasta que escuchó un gemido.
—¿Se encuentra usted bien?
—Digamos que no estoy mal —dijo la voz, secamente—. ¿Le importaría quitarse esa cosa de la cabeza antes de que pierda un ojo? Estoy convencido de que hay normas de vuelo que prohiben llevar sombreros de ese tamaño a bordo de un avión.
—Bueno, en realidad no es que quiera llevarlo —contestó Sunny a la defensiva, quitándoselo.
—Me alegro mucho de oírlo.
—Es solo que no me cabía en la maleta.
—Deje que adivine… la lleva llena de pares de zapatos absurdos.
Sunny abrió la boca para protestar, pero de pronto su mente se quedó en blanco. Resultaba desconcertante aquel contacto constante con el cuerpo de un completo extraño del sexo opuesto. Le impedía pensar con claridad. Hubiera debido levantarse y volver a su asiento, por mucho que tuviera que arrastrarse para conseguirlo. Pero antes de que pudiera hacer el más mínimo movimiento, y tras un descenso brusco del avión, los pasajeros respiraron aliviados al unísono. Sunny se mordió el labio inferior, cerró los ojos y se reclinó sobre aquel sólido pecho, agradecida de no estar sola, si es que aquellos eran los últimos instantes de su vida. Quizá su cinturón de seguridad humano fuera un gruñón, pero al menos olía bien. Su fragancia la envolvía con mucha mayor delicadeza que sus brazos. Olía como el viento y como el agua. Como las olas del mar azotando la arena. Podía sentir el aire entrar y salir de su pecho contra la espalda. Quizá no fuera un hombre agradable, pero desde luego era confortable.
Bueno, cierto, era más que confortable, admitió en silencio Sunny. Tenía algo de erótico, eso de ser estrechada por los brazos de un desconocido, mientras el avión hacía su aterrizaje turbulento. Un hombre al que ni siquiera había visto el rostro, un hombre del que solo conocía la voz, en realidad. Y parecía fuerte, además de tener una fragancia personal intensa, y…
El avión tocó tierra por fin con un bamboleo, y Sunny sintió lo que creyó un dedo rozar la parte baja de su pecho. Se trataba de un accidente, por supuesto, pero su pecho no pareció caer en ello. La sensación se incrementó al rodar el avión por la pista de aterrizaje. Sunny se ruborizó. Por supuesto, él no podía saberlo. ¿Cómo iba a saberlo? El desconocido se movió bajo ella y de pronto Sunny sintió algo duro contra sus piernas. ¿Qué estaba ocurriendo? Jamás se había sentido tan violenta en su vida.
En cuanto el avión se detuvo, Sunny saltó y se puso de nuevo el sombrero. Los pasajeros se dispersaron inmediatamente. Sunny recogió su bolso y salió disparada del avión, como si desembarcar fuera la cosa más emocionante que hubiera hecho en la vida. Y, mientras lo hacía, se cuidó mucho de no volver la vista atrás.
Fuera, la lluvia caía sobre el rostro de Sunny como agujas de hielo, mientras bajaba las escaleras metálicas del avión luchando contra el viento. Por fin comenzaba a preguntarse si sus zapatillas eran realmente absurdas. Para cuando llegó a la cinta mecánica por la que salían las maletas, la gente se arremolinaba alrededor con la misma ferocidad que el viento. Sunny se quedó atrás, tenía que proteger el sombrero de tía Tilly. Ella esperaba con ansiedad recibir las fotos de la boda y, naturalmente, esperaba que Sunny llevara en ellas el sombrero que tanto le había costado confeccionar, con sus dedos artríticos. Y Sunny no le habría decepcionado por nada del mundo.
—Disculpe —repetía Sunny una y otra vez, tratando de acercarse a la cinta, dando un rodeo cuando creía reconocer la voz de su desconocido asiento humano.
Por nada del mundo quería volver a tropezar con él, sobre todo con la ropa mojada y pegada al cuerpo. Para cuando por fin consiguió acceder a la cinta, el sombrero de tía Tilly había perdido bastante lustre. Pero allí estaba, finalmente, el embalaje con los platos de porcelana. Sunny sonrió y lo recogió. En la terminal del aeropuerto había dos largas colas de gente esperando ante los dos únicos mostradores de alquiler de vehículos. Sunny miró anhelante la puerta del servicio de señoras, y optó por ponerse en la fila más corta. Entonces, delante a ella, escuchó:
—Lo sé, yo tampoco puedo creerlo, Agnes. Tendremos que volver a fijar la agenda…
Sunny abrió enormemente los ojos. Era él, el hombre de la voz. Sunny dio media vuelta y se cambió de cola. Era más larga, y además parecía progresar más lentamente. Pero no importaba, mientras consiguiera un coche cualquiera con una buena calefacción. Por fin llegó su turno.
—Lo siento —dijo la mujer de detrás del mostrador—, se nos han acabado los coches disponibles.
—¿Qué?
—Se nos han acabado los coches —repitió amablemente.
—¿Pero cómo puede ser? Es decir…
—Quizá quiera usted probar en el otro mostrador —sugirió la mujer colgando el cartel de «cerrado».
Sunny recogió sus cosas y se dirigió al otro puesto.
—Lo siento, acabo de alquilarle el último coche a un señor que se dirigía a Chicago —explicó el hombre del segundo mostrador.
—¡A Chicago!, ¡pero si yo también voy a Chicago! —exclamó Sunny—. ¿Dónde está ese señor?, ¿cuál es?
—Ese de allí —señaló el dependiente hacia un hombre alto, con traje de ejecutivo, que salía en ese momento en dirección al aparcamiento.
—¡Espere! —gritó Sunny corriendo tras él, con la caja y el sombrero en la mano—. Disculpe —añadió ya fuera, en el aparcamiento. El desconocido no parecía oírla. Sunny lo siguió—. ¡Por favor! ¿Quiere detenerse un momento?
Por fin el hombre se detuvo. Esperó a que ella llegara a su lado y entonces se volvió de frente. Nada más ver sus ojos, Sunny pensó que eran los de un lobo. Verdes y ligeramente rasgados hacia arriba, brillaban intensamente, mientras la miraba sin parpadear. E igualmente fría y dura era su mandíbula. Entonces Sunny observó sus labios. Bien formados, en aquel instante esbozaban una expresión de desaprobación e impaciencia.
—¿Puedo hacer algo más por usted? —preguntó el hombre.
Sunny abrió la boca perpleja. ¡Otra vez aquella voz! ¡Era él, el hombre que la había sujetado al aterrizar, el hombre que la había llamado frívola! El hombre que, inadvertida y brevemente, la había hecho sentir…
Pero era mejor no seguir pensando en esas cosas. Lo importante era que tenía que convencer precisamente a ese hombre de que la llevara a Chicago.
Sunny trató de sonreír, pero la mueca pareció falsa en sus labios.
—¡Usted!
—Sí, su cinturón de seguridad humano —comentó él mientras la lluvia caía sobre su rostro, haciendo difícil averiguar si el brillo de sus ojos verdes se debía al buen humor o a la ira.
—Gracias por el… feliz aterrizaje —repuso Sunny buscando el modo de mostrarse agradecida por utilizar su regazo como asiento y sus brazos como cinturón de seguridad.
Sus brazos. Sunny desvió la vista hacia ellos. La chaqueta sastre negra que vestía no podía ocultar los fuertes músculos. Y los hombros. No era de extrañar que se hubiera sentido cómoda contra ellos. Llevaba una camisa negra abierta por el escote, al que asomaba el comienzo del vello. Igual que un lobo, volvió a pensar Sunny tratando de disimular el efecto que le causaba.
—De nada —contestó él dándose la vuelta para continuar caminando hacia el único coche de alquiler que quedaba aparcado.
—¡Espere! —gritó Sunny desesperada, como si se tratara del último bote salvavidas que pudiera rescatarla.
—Si no le importa, tengo mucha prisa —contestó él dándose la vuelta brevemente.
