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La dama de honor estaba enamorada... del padrino. Jenna estaba muy contenta de ser la dama de honor de su prima, pero le habría gustado que alguien la hubiera avisado de que el padrino era el fotógrafo Ross Grantham, el hombre con el que una vez había intercambiado los votos matrimoniales... en esa misma iglesia. Habían pasado dos años desde la última vez que lo vio, dos años desde que Ross traicionó los votos. ¿Podrían firmar una tregua durante la boda? Pero, ¿qué pasaría con su matrimonio... y con el increíble deseo sexual que seguían sintiendo el uno por el otro?
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Seitenzahl: 403
Veröffentlichungsjahr: 2012
Editados por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2002 Sara Craven. Todos los derechos reservados.
TREGUA MATRIMONIAL, Nº 131 - octubre 2012
Título original: The Marriage Truce
Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.
© 2003 Sara Craven. Todos los derechos reservados.
INTERCAMBIO DE PAREJAS, Nº 131 - octubre 2012
Título original: The Token Wife
Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.
Publicados en español en 2003
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción,total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
® Harlequin, logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
I.S.B.N.: 978-84-687-1112-6
Editor responsable: Luis Pugni
Imagen de cubierta: CZALEWSKY/DREAMSTIME.COM
Conversión ebook: MT Color & Diseño
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Quieres decir que Ross está en el pueblo? ¿Que ha venido y no me has avisado? –Jenna Lang estaba pálida y los ojos le echaban chispas–. Tía Grace... ¿cómo has podido...?
–Porque no estuvimos seguros hasta hace un par de días –el amable rostro de la señora Penloe mostraba unas arrugas de preocupación –. Yo pensé... esperé... que sólo fuera un cotilleo del pueblo y que Betty Fox lo hubiera entendido todo mal. No habría sido la primera vez... –sacudió la cabeza–. Nunca se me habría ocurrido pensar que Thirza pudiera ser tan insensible.
–La madrastra de Ross está ciega. Para ella, él no puede hacer ningún mal –la voz de Jenna destilaba amargura–. Ella me culpó de la ruptura de nuestro matrimonio. No puedo creérmelo.
–Supongo que le debe lealtad –justificó la señora Penloe en un intento de ser ecuánime–. Al fin y al cabo, Ross tenía siete años cuando ella se casó con su padre; otro con demasiado atractivo... –añadió severamente–. Seguro que eso crea unos lazos. Aunque no sea excusa para lo que ha hecho.
–En cualquier caso, ¿qué hace Thirza en Polcarrow? Yo creía que iba a pasar todo el año en Australia.
–Hace demasiado calor y hay demasiados insectos –contestó su tía poco convencida–. Al menos eso dice. Le impiden inspirarse. Volvió hace unas tres semanas.
–En el momento adecuado –Jenna dejó escapar una risa forzada–. Siempre sabe elegir el mejor momento.
–Ella asegura que no tuvo alternativa –la señora Penloe dudó–. Al parecer, Ross ha estado bastante enfermo; pilló un virus espantoso en el último viaje. Cuando le dieron de alta en el hospital, necesitaba un sitio donde descansar –suspiró–. Conociendo a Thirza, no creo que diera mayor importancia a la boda de Christy ni a tu papel en ella.
–No –replicó cáusticamente Jenna–. Soy yo quien tendría que reconsiderarlo seriamente.
–Jenna, querida... no irás a marcharte... no irás a volver a Londres.... Christy se moriría y todo es culpa mía. Sé que tendría que haber dicho algo. Supongo que esperaba que todo... desaparecería sin más.
–O que yo no me enteraría –puntualizó irónicamente Jenna–. Lo cual es muy improbable porque es casi seguro que lo lleve a la boda.
–Oh, Jenna... ni si quiera Thirza...
Jenna se encogió de hombros.
–¿Por qué no? Es capaz de cualquier cosa y supongo que está invitada...
–Bueno, sí, pero nunca pensamos que vendría.–la señora se pasó los dedos por los rizos que empezaban a mostrar canas–. ¡Qué lío! ¿Por qué no se habrá casado Christy en junio? Para entonces, Ross estaría lejos y el tiempo habría sido mejor –añadió momentáneamente distraída por las amenazadoras nubes que se veían a través de las ventanas de la sala–. Claro, que eso no tiene importancia si se compara con la actitud tan absolutamente irritante de Thirza. Seguro que podría haber encontrado un sitio donde lo cuidaran, y que no me cuente que Ross no puede permitírselo porque gana un dineral y seguramente tenga el mejor seguro médico que haya en el mercado.
–Quizá no sea demasiado tarde –dijo Jenna lentamente–. ¿Crees que el tío Henry podría hablar con ella y convencerla?
–Querida, eso es lo primero que pensé. Dijo que Thirza sería su prima, pero que siempre había campado por sus respetos –resopló–. También dijo que ya tenía bastante con la factura de la boda, que Ross y tú lleváis divorciados dos años y que ya deberíais haberlo superado –se detuvo un instante y miró otra vez a su sobrina–. Creo que tiene cierta razón.
–Estoy segura de que tiene razón, pero, desgraciadamente, no lo he conseguido. No se trata sólo del divorcio... –se calló y se mordió el labio.
–Lo sé, querida, lo sé –la señora Penloe sacó un pañuelo y se sonó la nariz–. Fue demasiado triste y nadie espera que lo olvides...
–Ni que lo perdone –el tono era implacable. Se levantó y fue por la chaqueta de ante–. Voy a dar un paseo, tía Grace. Tengo que pensar y me vendrá bien un poco de aire fresco.
–¿Aire fresco? Hay un temporal.
Jenna salió de la habitación y al cabo de unos segundos la señora Penloe oyó que se cerraba la puerta principal.
Se hundió en los almohadones del sofá y se permitió un leve sollozo. Comprendía perfectamente a Jenna, pero su querida hija iba a casarse dentro de tres días y podía encontrarse con que tendría que recorrer el pasillo de la iglesia sin que la siguiera su única prima.
Grace Penloe no era una mujer violenta, pero sentía que, si hubiera podido agarrar de la garganta a Thirza Grantham, seguramente la habría estrangulado.
Entretanto, Jenna paseaba por el jardín con el rostro serio y pálido y la mirada perdida en el infinito.
Ese año, la primavera había llegado suavemente a Cornualles para más tarde, de improviso y perversamente, volver al invierno con chaparrones, granizadas y vendavales que batían el mar con toda su furia contra la costa.
Los Penloe, que construyeron Trevarne House en un promontorio que entraba en el Atlántico, habían levantado unos grandes muros para proteger su terreno de los vientos dominantes, pero Jenna había preferido no buscar su refugio.
Al contrario, tras un breve forcejeo con el pestillo de la verja de hierro que había al fondo del jardín, se encaminó hacia al promontorio.
Al volverse para cerrar la verja, el viento le deshizo el moño de cabello castaño.
Estaba sola. Las nubes y el azote del viento habían disuadido a las demás personas, pero para Jenna esa desolación era un reflejo de su estado de ánimo.
Mucho antes de llegar al pequeño mirador, ya notaba en el rostro las gélidas gotas de agua que le llegaban del mar. Se detuvo para tomar aliento.
Decidió no acercarse más al borde. No estaba preparada para enfrentarse a las imprevisibles ráfagas de viento que podían arrastrarla contra las rocas y el embravecido mar que rompía abajo.
Podía estar trastornada, sin duda, estaba enfadada, pero también estaba completamente segura de que no era una suicida.
Se agarró al respaldo del banco que estaba fijado al mirador y miró el impresionante espectáculo que tenía delante.
El mar, de un color verde hierba con pinceladas añil, se precipitaba sobre el promontorio de granito con una furia animal. Podía oír sus rugidos y silbidos mientras ascendía por el brazo de mar que separaba Trevarne de los acantilados de Polcarrow y cómo se retiraba impotente.
Levantó la cabeza para mirar a las aves marinas que planeaban y se zambullían en las olas.
Llevadas por el destino, se dijo irónicamente, como ella misma.
No lo había previsto, aunque tampoco podía decir que no le hubieran avisado.
–¿Estás segura de que es lo que quieres? –le había preguntado Natasha, su socia, con el ceño fruncido por la preocupación–. ¿No te parece que es una provocación?
Ella se había encogido de hombros.
–Hace años, Christy y yo nos prometimos que seríamos damas de honor de nuestras respectivas bodas. Ella cumplió su parte de la promesa. Ahora me toca a mí y no puedo dejarla en la estacada –se detuvo un instante–. Ni tampoco quiero hacerlo.
Natasha la había mirado con el gesto torcido.
–¿Ni siquiera cuando es la misma iglesia en la que te casaste? Te traerá muchos recuerdos...
Ella se había mordido el labio.
–Es una iglesia muy antigua –contestó tranquilamente–. Seguro que se han celebrado muchos matrimonios felices, de modo que también tendrá buenas vibraciones.
–De acuerdo, es una decisión tuya, pero recuerda que te ayudé a recomponer los pedazos de tu corazón destrozado y no quiero que vuelvas al punto de partida por una boda familiar.
–Todo forma parte del pasado, te lo prometo. Ahora sólo me preocupa el presente y el futuro.
Unas palabras muy valientes, se dijo con la mirada perdida en el horizonte gris. Podría haberlas cumplido si Ross no hubiera vuelto.
Todavía no podía creerse el dolor que la había atenazado, que la había desgarrado, cuando se enteró de su regreso, ni lo fácilmente que se había desmoronado la coraza de seguridad y dominio de sí misma que había construido con tanto cuidado.
Siempre había sabido que algún día volvería a encontrarse con su ex marido, pero había esperado con toda su alma que el encuentro se produjera mucho más tarde, cuando ella quizá hubiera conseguido asimilar la traición.
Sin embargo, al parecer, iba a ocurrir allí y en aquel momento; en aquella remota península de Cornualles que ella siempre había considerado su refugio personal.
Había llegado a Trevarne House cuando era una niña de diez años asustada por la muerte de su madre. Sus tíos se habían ocupado de ella y habían permitido que su padre, para mitigar su dolor, abandonara el trabajo de oficina que odiaba y recorriera el mundo como negociador de la empresa petrolera para la que trabajaba.
Allí, en la tierra de su madre, había echado raíces en la encantadora y tranquila casa de los Penloe, y Christy y ella, entonces unas niñas, habían encontrado cada una en la otra a la hermana que siempre quisieron.
Cuando un par de años más tarde su padre murió en un accidente de coche, la familia la adoptó sin distinciones como a una hija más.
A pesar de todo y a pesar de la promesa de infancia, lo meditó mucho antes de aceptar la invitación a la boda de Christy. Al final, la idea de que Thirza Grantham estuviera en el otro lado del mundo hizo que se decidiera.
El paradero de Ross era motivo de conjeturas para todo el mundo, pero ella había conseguido mantenerse al margen de todos los retazos de información que se filtraban. Naturalmente, había comprendido que era imposible arrancarlo completamente de su existencia y olvidar que había existido. Además, estaba presente en todos lados. Las fotos que mandaba a su agencia desde cualquier punto conflictivo del mundo seguían proporcionándole premios con una regularidad implacable.
–No puede ser una guerra verdadera –había bromeado alguien–. Ross Grantham no está allí todavía.
No, su figura era demasiado pública como para que ella pudiera llevar a cabo una amnesia selectiva y tenía que resignarse a vivir con ello.
Era raro, pensó, que no se lo hubiera encontrado en Londres. Una docena de veces había tenido la sensación de que lo había vislumbrado entre el bullicio de una calle o un restaurante y el pánico se había adueñado de sus entrañas hasta que se daba cuenta, demasiado tarde, de que huía aterrada de un completo desconocido.
¿Acaso no era eso lo que había sido siempre Ross?, se preguntó con cierta ironía amarga. Un desconocido encantador que le susurraba palabras de amor, que se acostaba con ella, que durante un par de semanas gloriosas le había ofrecido la esperanza de ser madre para luego tener una aventura pasajera mientras ella se recuperaba del trauma de la pérdida.
Se clavó los dientes en el labio inferior hasta que notó el sabor de la sangre. En ese momento, eso era un terreno vedado para ella y no entraría allí.
Se había convencido de que Polcarrow sería un lugar suficientemente seguro si Thirza estaba lejos, y que Ross no aparecería mientras su madrastra no estuviera allí, y no lo había hecho desde el divorcio.
Sin embargo, Thirza había vuelto, de improviso, como siempre... y su vida volvía a ser un torbellino de confusión y miedo.
Aunque no había ningún motivo para que temiera ningún enfrentamiento, se dijo desafiantemente. Al fin y al cabo, ella no había sido la culpable del hundimiento de su breve y desventurado matrimonio. Ross había sido el culpable, el embustero, el traidor.
Él, se dijo con una firmeza repentina, era quien tendría que temer enfrentarse con ella.
Quizá fuera así. Quizá también estuviera alterado por saber que ella estaba cerca. Quizá estuviera igual de reticente a que se produjera ese encuentro. Un encuentro que se produciría antes o después, porque Polcarrow era un lugar demasiado pequeño como para evitarse el uno al otro.
Sin embargo, la tía Grace había dicho que estaba enfermo. Quizá estuviera demasiado enfermo como para salir de la casa de Thirza.
Jenna sacudió la cabeza con un gesto casi burlón. No, se dijo. Eso no ocurriría. Era imposible imaginarse a Ross enfermo. Era imposible imaginarse que ese cuerpo fuerte y ágil fuera vulnerable y que repentinamente tomara conciencia de su carácter humano. Era imposible que él tuviera que reconocer su debilidad cuando ni siquiera conocía el significado de esa palabra; cuando despreciaba a las personas que se dejaban llevar por las emociones, fuera cual fuese el motivo.
Tampoco era concebible que fingiera estar enfermo para esquivar un encuentro.
Ross, pensó con una mueca, siempre había pecado de una franqueza brutal, como ella había podido comprobar. Nada de mentiras piadosas ni coartadas. Sencillamente la verdad sin tapujos, al precio que fuera.
Ella debería haberse dado cuenta, se dijo. Debería haberse dado cuenta de que una vez que hubiera desaparecido la capa de encanto, inteligencia y carisma sexual, se encontraría con un corazón de hielo.
Lo sospechó hacía años cuando lo conoció. ¿Cómo era posible que hubiera sido más perceptiva de niña que de mujer?
La verdad era que sabía la respuesta. De niña no estaba ofuscada por las artimañas del amor y por el embrujo del deseo sexual. Aun así...
Ella tenía trece años cuando Thirza enviudó y volvió para vivir en el pueblo. Unos meses más tarde, su hijastro Ross la visitó por primera vez. Él tenía veintiún años y ya se había embarcado en su brillante carrera como fotógrafo de prensa.
Era un joven alto, reservado, bronceado, con pelo negro y unos ojos oscuros como una noche sin luna e igual de impenetrables. No era de una belleza convencional. La nariz era recta, pero un poco larga y los párpados demasiado pesados, sin embargo, los pómulos altos y firmes y la boca carnosa estaban maravillosamente cincelados y, cuando le sonrió, ella notó que el corazón le daba un vuelco.
–Parece un ángel caído –le había comentado la tía Grace con una mueca en los labios–. Un problema de pies a cabeza.
Sin embargo, Christy y ella no lo habían considerado un problema en absoluto. Desde el primer momento se quedaron boquiabiertas al verlo, se habían rendido al aura de confianza y sofisticación que lo rodeaba. Se habían quedado embelesadas ante esa respuesta a todos su sueños de adolescentes y, además, era una especie de primo lejano. No podían creerse que durante todo ese tiempo apenas hubieran sabido que existía, pero hasta la propia Thirza era poco más que un nombre para ellas.
Sin embargo, él no mostró el mismo interés. Las saludó con una educación fría que se acercaba a la indiferencia y durante el resto de su estancia pareció olvidarse de que ellas existían.
A pesar del tiempo transcurrido y de las cosas que habían pasado, todavía notaba una punzada de dolor al recordar lo lejos que habían llegado para intentar captar su atención.
Christy, que había estado leyendo Emma de Jane Austen, se había lamentado de que sus zapatos no tuvieran cordones y no poder propiciar un encuentro con él al atárselos delante de la casa de Thirza.
Ella había llegado a pensar en adiestrar a uno de los mansos caballos del establo de pueblo para que la tirara un día cuando se cruzara con Ross y que de esa forma él no tuviera más remedio que socorrerla.
Sin embargo, Ross se fue antes de que pudiera poner en práctica ese plan tan temerario. Había ido a Trevarne House para despedirse, pero ellas estaban de compras y no pudieron hablar con él. Él tampoco dejó un mensaje para ellas.
–Imbécil –había dicho Christy congestionada por la indignación–. ¡Perfecto, que se vaya con viento fresco!
Ella no había dicho nada, tan sólo se había dado cuenta de que notaba una extraña mezcla de sensaciones en el estómago. La decepción casi desesperante por su repentina marcha se había debatido con una extraña sensación de alivio por la desaparición de aquella presencia perturbadora, lo que le permitiría recuperar el plácido sendero de su vida.
Sin embargo, visto desde la distancia, se daba cuenta de que aquello no había ocurrido nunca. Ross había permanecido como una sombra en una esquina de su mente y nunca lo había desterrado del todo, aunque hubieran pasado siete años hasta que volvió a verlo en Londres.
Naturalmente, durante todo aquel tiempo él había ido a Cornualles. Había visitado regularmente a Thirza. Nunca lo había hecho solo y rara era la vez que llevaba a la misma chica, lo que provocó todo tipo de rumores en el pueblo. Sin embargo, aquellas visitas se daban siempre cuando Christy y ella estaban fuera, primero en el colegio y más tarde en la universidad.
Ella había sospechado que lo había hecho deliberadamente por el ridículo que ellas habían hecho la primera vez, pero Ross había insistido siempre en que había sido una mera coincidencia.
Ella le había creído, e igualmente se había convencido de que alguien a quien le gustaba coquetear con todas las mujeres podía ser fiel y dedicarse a una sola.
Ross había conseguido hacerle creer que durante todo aquel tiempo había estado esperando a que la mujer adecuada apareciera en su vida y que ella era aquella mujer.
También había llegado a creer que Ross podría dominar su pasión viajera, su necesidad de estar donde hubiera acción, que podría adaptarse a un trabajo en un despacho para dirigir la agencia, aunque ella contaba con el ejemplo de su padre para saber lo poco probable que eso era. Quizá si su padre hubiera vivido le habría advertido de lo difícil que hacer que un hombre que amaba el tipo de libertad que amaba Ross sentara la cabeza.
Sus tíos se habían preocupado por otras cuestiones cuando les dio la noticia.
–¿Estás segura de que es un hombre indicado para ti, cariño? –la señora Penloe frunció la frente–. ¿No será una prolongación de aquel tonto enamoriscamiento que tuviste?
–No me lo recuerdes... –ella sintió un escalofrío y se ruborizó ligeramente–. Es algo completamente distinto. Lo supe... en cuanto volví a verlo. Era el mismo Ross, como si nos hubiéramos estado esperando el uno al otro.
Su tía había fruncido los labios pensativamente mientras intercambiaba una mirada con su marido. Ellos habían disfrutado de un matrimonio feliz y tranquilo sobre la base del afecto, el respeto y los intereses comunes y Grace Penloe creía firmemente que aquel era el fundamento para una relación sólida.
–Bueno, suena muy romántico –dijo por fin su tía–, pero tengo que decirte, Jenna, querida, que el matrimonio de Thirza con Gerald Grantham fue inestable, por decirlo suavemente.
Ella había asentido con la cabeza.
–Ross me lo ha contado. Por eso ha esperado hasta sentar la cabeza. No quería que a él le pasara lo mismo. Tenía que estar seguro –empezó a hablar más deprisa–. Ahora nos hemos encontrado y estamos...
Su tía parecía haber querido decir algo más, pero el brillo de felicidad que se reflejaba en los ojos color avellana de su sobrina se lo impedía, así que suspiró ruidosamente y no dijo nada.
Una buena lección, pensó mientras se mordía el labio inferior al recordar la conversación. No debería pensar que ella lo sabía todo y haría mejor en escuchar lo que le decía la gente que la quería; como el tío Henry, la tía Grace y Christy. Y Natasha, naturalmente, quien había tenido sus reservas desde el principio. Quizá a Natasha a la que más porque le debía mucho.
Se conocieron por el trabajo. Al terminar los estudios de arte, Jenna encontró trabajo en una galería de arte de Londres donde trabajaba Natasha. Era algo mayor que Jenna, alta y llamativa y con la melena negra escrupulosamente apartada de la cara. Al principio, a Jenna le había parecido francamente gélida y no le gustó, pero con el tiempo el hielo se rompió y se hicieron amigas. Hasta el punto que, descontentas con sus pisos compartidos, se fueron a vivir juntas.
Había sido una galería que iba muy bien. El propietario, Raymond Haville, había tenido muy buen ojo para descubrir talentos y un buen sentido comercial, pero estaba cerca de la jubilación y la indolencia hacía que prefiriera que sus ayudantes se ocuparan de los asuntos cotidianos. En muchos aspectos, había sido un bautismo de fuego para Jenna, pero enseguida ganó confianza y disfrutó con la empresa.
–Formamos un buen equipo –le dijo exultantemente una vez a Natasha, quien movió pensativamente la cabeza.
–Algo que quizá deberíamos tener presente para el futuro –replicó.
Poco después, Ross volvió a presentarse en la vida de Jenna y fue como si su futuro fuera real y hubiera olvidado lo demás.
Hasta que su nuevo mundo se derrumbó a su alrededor y entonces, de improviso, apareció Natasha, fuerte y alentadora, para ofrecerle una esperanza nueva.
Raymond Haville había tirado definitivamente la toalla, le había contado Natasha, y el abuelo de ella había muerto, dejándole una tienda de antigüedades que estaba de capa caída pero que estaba en un sitio muy bueno.
–¿Por qué no nos lanzamos? –le animó–. Podemos juntar nuestros ahorros y abrir una galería propia. Raymond nos dejará utilizar sus contactos y sabemos más que él del aspecto administrativo.
Al principio, ella se había mostrado reticente, no estaba segura de que pudiera soportar tantas agitaciones con las fuerzas que tenía en aquel momento, pero Natasha había insistido.
–Creo que es exactamente lo que necesitas –le dijo–. Algo que te distraiga de todo lo demás. Sé que todavía tienes que lamentarte, pero no tendrás tiempo para la melancolía. Vamos a dar una oportunidad a nuestro equipo.
Así fue cómo casi sin darse cuenta se había encontrado de socia de una pequeña galería, que vendía pintura, cerámica y escultura. Así fue como descubrió el triunfo.
Ross se había marchado de la casa que habían compartido y había renunciado a cualquier derecho sobre ella, de modo que la había vendido. Le resultaba imposible vivir sola allí obsesionada por los fantasmas de la felicidad. Se había comprado un sitio más pequeño y el resto lo había invertido en la galería para tener una participación igual que la de Natasha.
Dos años después tenía una casa y una profesión y estaba enormemente agradecida por las dos cosas. Su vida era plena en el aspecto profesional. En el aspecto social, también se mantenía ocupada. Iba al cine y al teatro con Natasha y otros amigos y, a medida que aumentaba el circulo de conocidos, empezó a ir a fiestas y cenas. Sonreía y charlaba con los hombres que habían invitado para acompañarla y, ante la ansiosa mirada de sus anfitriones, declinaba educadamente las inevitables propuestas que llegaban a continuación.
Estaba segura de que llegaría un momento en el que también necesitaría tener una vida personal plena, pero ese momento no había llegado todavía. El celibato le parecía una alternativa más segura.
Sin embargo, en ese preciso momento tenía que tomar otra decisión. ¿Debía quedarse o marcharse? Su instinto más primario le decía que debía salir corriendo a toda velocidad.
Sin embargo, la razón le aconsejaba prudencia. Quizá ese encuentro tan temido consiguiera que por fin pasara esa página definitivamente y que le proporcionara un punto final para una relación que nunca debería haber existido.
Además, había otros factores a tener en cuenta. Entre ellos, y no el menos importante, la decepción de Christy por quedarse sin su dama de honor. Otro factor importante era que con toda seguridad Ross esperaría que ella se esfumara y se fuera a Londres, que huyera como una cobarde. ¿Por qué iba a darle el placer de ser tan predecible?
Al fin y al cabo, sólo quedaban tres días para la boda y luego podría volver tranquilamente a Londres, aunque sabía que sus tíos esperaban que se quedara algunos días más.
Podía sobrevivir tres días, se dijo.
–Jenna.
Oyó su nombre por encima del bramido del mar y los aullidos del viento.
Se quedó inmóvil un instante mientras se decía con espanto que lo que había oído no era posible, que era un producto de su imaginación por haberse permitido pensar en Ross, por haber conjurado recuerdos que era preferible desechar.
–Jenna.
Volvió a oírlo y supo que no podía ser un error. Había llegado el momento que tanto había temido.
Nadie decía su nombre con esa entonación, con la primera sílaba más suave y con un énfasis especial.
Hubo un tiempo en el que sus huesos se habrían derretido sólo de oírlo, como si notara la caricia de su mano y el roce de sus labios sobre la piel desnuda.
Esa vez le pareció como si tuviera una piedra en la boca del estómago. Se agarró con fuerza al respaldo del banco y le pareció que el rugido del mar era como un leve maullido comparado con el tronar de los latidos de su corazón. Se dio la vuelta lentamente.
Jenna, atónita, comprobó que Ross estaba a pocos metros de ella. ¿Cómo era posible que no hubiera notado, percibido, su cercanía? Su radar emocional debía de estar viciado por las falsas alarmas del pasado.
Cerró los puños y los metió en los bolsillos de la chaqueta para intentar mantener la compostura. Pensó que era mejor no mostrar el temblor de las manos e hizo un esfuerzo por mirarlo a los ojos. Aunque no le resultó fácil.
Él la miró lentamente de arriba abajo con las cejas ligeramente fruncidas.
Ella sabía perfectamente lo que él veía. La chaqueta de ante marrón cubría un jersey rojizo. Llevaba un fular de seda anudado al cuello, unas botas hasta la rodilla y una falda corta de tweed.
Un aspecto que indicaba triunfo, incluso una buena situación económica; informal pero segura de sí misma. Y ella necesitaba toda la seguridad que pudiera conseguir.
Él iba vestido de negro. Llevaba unos pantalones ajustados que realzaban la longitud de las piernas, un jersey de cuello alto y una chaqueta de cuero.
¿Sería un luto tardío? Se preguntó con amargura mientras la piedra del estómago la torturaba lentamente.
–Estás más delgada –comentó Ross bruscamente.
Jenna pensó que era muy típico de él y casi dejó escapar una carcajada. Ross no era de los que se andaban con formalidades ni halagos. No rompía el hielo entre dos personas que se habían separado en muy malos términos y no habían vuelto a verse.
De acuerdo, si quería plantearlo de esa forma...
Jenna se encogió de hombros.
–Entonces, iré con la moda –lo dijo con un tono frío que se acercaba a la indiferencia.
Ross sonrió con ese gesto irónico que ella conocía tan bien.
–¿Desde cuándo te preocupas por esas cosas?
–A lo mejor he cambiado –contestó ella–. Suele pasar.
Ross sacudió lentamente la cabeza sin apartar los ojos de los de ella.
–No has cambiado tanto. Si no, ¿cómo iba a haber sabido dónde encontrarte? –señaló al mar–. Este ha sido siempre tu sitio favorito.
–¿Has venido... a buscarme? –no pudo evitar un tono de incredulidad, pero soltó una leve risa para disimularlo–. Yo creía que había sido una terrible coincidencia.
–He pensado que quizá... tuviéramos que hablar un poco.
–La verdad es que no creo que haya mucho de qué hablar –replicó irónicamente–. Hace tiempo que nuestros abogados dijeron todo lo que había que decir.
–Sin embargo, ellos no están aquí –dijo Ross delicadamente–, pero nosotros sí y eso es un problema.
–¿Hay algún problema? No sabía...
Ross suspiró.
–Jenna... ¿Quieres jugar al ratón y al gato o hablar con sensatez? –Ross hizo una pausa y continuó al comprobar que ella no contestaba–. ¿Por lo menos estaremos de acuerdo en que es una situación que ninguno de los dos habría elegido?
–Es evidente que tu madrastra no piensa lo mismo.
–Thirza es una mujer amable, pero, a veces, su amabilidad la lleva en una dirección imprevisible –se encogió de hombros–. ¿Qué puedo decir? –volvió a callarse un instante–. Por favor, créeme si te digo que no le pareció conveniente decirme que Christy iba a casarse y que tú irías a la boda. Si lo hubiera hecho, yo no estaría aquí.
–Vaya. A mí tampoco me habían dicho nada de ti. Es como si nos hubieran gastado una inocentada.
–Creo que si no tenemos cuidado, podríamos llegar a parecer algo peor que unos inocentes. Así que si estás pensando en largarte a Londres, te recomiendo que lo olvides.
Jenna carraspeó.
–Te recuerdo que ya no tienes derecho a decir lo que tengo que hacer.
–Y yo te recuerdo que, en cualquier caso, nunca he ejercido ese derecho –objetó Ross con delicadeza.
Jenna se mordió el labio
–¿Te das cuenta de que, si nos quedamos, las cotillas del pueblo van a pasarlo en grande?
–Se lo pasarán mejor si nos vamos –objetó Ross.
–¿Por qué?
–Porque decidirán que eso quiere decir que todavía queda algo entre nosotros... y no es el caso.
–Por lo menos, en eso estamos de acuerdo.
–Perfecto. Vamos avanzando –Ross hizo una pausa–. Por desgracia, sería igual de perjudicial fingir que el otro no existe... por el mismo motivo.
–Ya... –concedió Jenna lentamente y a regañadientes–. Supongo que tienes razón.
–Por eso propongo que mientras duren las celebraciones de la boda mantengamos una actitud civilizada –lo dijo vigorosamente–. No lo digo por mí, naturalmente, ni siquiera por ti, sino por Christy. No quiero que su gran día se estropee porque nosotros hagamos el ridículo, ni porque seamos el objeto de las conjeturas de todo el pueblo –añadió inflexiblemente–. Estoy seguro de que tú también compartes esta opinión.
–Haces que parezca muy juicioso –dijo Jenna con cierta mordacidad.
–Muy bien –replicó Ross con el mismo tono–. Entonces, vete a Londres. Permite que piensen que todavía sientes algo que te impide estar cerca de mí, incluso en público.
–Empiezas a resultar verdaderamente ridículo –le espetó Jenna con frialdad–. La verdad es que ya había decidido quedarme, pero tengo que reconocer que esperaba que tuvieras la decencia de mantenerte al margen
–La decencia nunca ha sido una de mis virtudes y supongo que Thirza ya habrá dicho a los Penloe que yo la acompañaré a la boda. De modo que me parece que vamos a tener que poner al mal tiempo buena cara.
–¿Ateniéndonos a los formalismos?
–Haciendo lo que haya que hacer –volvió a hacer una pausa y ella percibió con intranquilidad la intensidad de la mirada–. ¿Podemos respirar hondo y declarar una tregua... mientras dure la boda?
–Me parece que no hay otra alternativa.
–¿Nos estrechamos la mano?
Ross se dirigió hacia ella; Jenna no podía retroceder porque se lo impedía el maldito banco. No pudo evitar tenerlo a su lado.
Ross alargó la mano con una mirada hipnotizadora. En ese momento, una ráfaga de viento agitó la melena de Jenna y la llevó sobre la cara de él.
Ross dio un paso atrás mientras intentaba librarse desesperadamente de los mechones.
Jenna, durante un instante enloquecedor, se preguntó si estaría recordando, como lo hacía ella, cómo jugaba con su pelo cuando estaban en la cama después de hacer el amor, cómo lo tomaba entre los dedos y se lo pasaba por los labios y el cuello, cómo ella ponía la cara sobre su hombro y aspiraba lujuriosamente su aroma...
Sintió que el dolor la atenazaba sin control. La sangre le bramaba en los oídos. Las manos le temblaban. Se apartó el pelo de la cara y se lo anudó en la nuca.
–Me parece... que está empeorando el tiempo... –dijo Jenna con la voz ronca–. Ya te veré por ahí... supongo...
Se apartó de él obligándose a no correr.
Una vez en la seguridad del jardín, empezó a correr.
Entró en la casa sin aliento y se encontró con Christy, que bajaba las escaleras después de haber pasado el día de compras en Truro.
–Jenna –los ojos azules de Christy la miraban con intensidad–. ¿Te pasa algo? Mamá estaba preocupada...
–Estoy bien –contestó Jenna con chispas en los ojos y las mejillas congestionadas–. Para bien o para mal, voy a quedarme, pero con una condición.
–Claro, Jenna –Christy la abrazó–. Lo que quieras, ya lo sabes...
–Mañana voy a ir a Polcarrow y voy a cortarme el pelo –se detuvo–. Al cero.
El viento amainó a primeras horas de la mañana. Jenna podría haber dicho el minuto exacto en que empezó a amainar porque desde que se metió en la cama había hecho poco más que mirar la oscuridad y escuchar el reloj de pie que había en el vestíbulo.
Si no se dormía pronto, por la mañana tendría un aspecto espantoso, se dijo mientras se daba la vuelta.
Aun así, no tendría un aspecto tan malo como el que tenía Ross el día anterior, se recordó con una punzada de preocupación. Con sólo mirarlo, se había desvanecido cualquier duda sobre la gravedad de su supuesta enfermedad.
Él le había dicho que ella estaba más delgada, pero él también había perdido bastante peso y su rostro estaba pálido y cetrino con profundas ojeras. También parecía mayor, más calmado y extrañamente cansado. Por un momento le pareció estar delante de un desconocido.
En ese momento, podía entender que Thirza hubiera estado tan preocupada, aunque no la enojara el resultado de esa preocupación.
Suspiró y hundió la cara en la almohada. Por un rato, estuvo tentada de no decir nada sobre el encuentro en el acantilado, pero pronto se dio cuenta de que no habría servido de nada. Además, el pacto que había alcanzado con Ross tendría consecuencias directas durante los próximos días y afectaría a su familia, de modo que seguramente tenían derecho a saberlo.
Contó las noticias durante la cena con un tono despreocupado y pragmático.
–No queremos que la situación sea más incómoda de lo que ya es –intentó sonreír–. Así que hemos decidido ser... civilizados.
Se había hecho un silencio.
–Querida niña... qué triste te veo –dijo la tía Grace mientras dirigía una mirada fulminante a su marido, que seguía comiendo tranquilamente el guiso de pollo–. Henry... ¿desde cuándo sabías que Ross iba a venir a la boda con Thirza y por qué lo consentiste?
–Ella me llamó esta mañana –el señor Penloe sonrió a su mujer– y no me pidió permiso –añadió lacónicamente.
–Muy propio de ella –afirmo enérgicamente Grace Penloe–. Muy propio. Si hubiera tenido la más mínima consideración por nosotros, se habría mantenido al margen.
Jenna puso la mano sobre la de su tía para calmarla.
–No te preocupes, de verdad. Reconozco que me molestó cuando me enteré, pero fue una tontería mía –sonrió animadamente–. A lo mejor resulta que es lo mejor –añadió con una mirada de soslayo a su tío–. Al fin y al cabo, algún día teníamos que encontrarnos.
–Seguramente –puntualizó la señora Penloe–, pero habría sido preferible que no ocurriera aquí. Va ser un festín para Betty Fox –añadió mientras pinchaba un champiñón como si fuera la señora en cuestión.
–Betty Fox ya tendrá bastante con criticar cómo vamos vestidos y encontrar defectos a la decoración de la iglesia y al servicio de comidas –dijo Christy con una mueca–. Ni siquiera ella puede sacar mucho jugo de una pareja divorciada que se comporta educadamente.
–Eso es lo que tú te crees –objetó su madre cáusticamente–. Maldita Thirza –hizo una pausa poco halagüeña–. Por cierto, Jenna, ¿qué es eso que me ha contado Christy de que vas cortarte todo el pelo?
Jenna se encogió de hombros.
–Una imagen nueva. He tenido el pelo largo toda mi vida. Ha llegado el momento de cambiar.
La señora Penloe miró con angustia los rizos castaños de su sobrina.
–Jenna... No lo hagas. Por lo menos espera a que haya pasado la boda, por favor.
Jenna la miró fijamente.
–Tía Grace, voy a llevar unas flores en el pelo. No importará.
–No estaba pensando en el peinado –la señora Penloe sacudió la cabeza–. Cariño...
–Parecía como si fuera a cortarme la cabeza –dijo Jenna más tarde mientras se cepillaba la maldita melena antes de acostarse.
Christy, que estaba tumbada en la cama ojeando una revista de decoración, frunció el ceño.
–Mamá se excedió un poco –concedió–. No puedo decir que yo esté encantada con la idea, pero es tu pelo –puso una cara seria–. Quizá la boda empiece a alterarla. Hasta el momento había estado asombrosamente tranquila y organizada, hasta que Thirza ha lanzado el bombazo. Le he dicho a papá que, cuando todo pase, tiene que llevarse a mamá de vacaciones.
Una ráfaga de viento hizo vibrar los cristales de la ventana y las chicas se miraron.
–A ser posible a algún sitio cálido y tranquilo –dijo Jenna mientras dejaba el cepillo.
–Menos mal que hemos decidido hacer el banquete en el salón de la iglesia en vez... –Christy se paró en seco.
Jenna le dirigió una sonrisa forzada.
–¿En vez de en una carpa en el jardín como hice yo? No pasa nada, puedes mencionarlo sin que me ponga histérica.
Christy cerró la revista y se sentó.
–Jenna... siento muchísimo que tengas que pasar por esto –se detuvo–. Los rumores del pueblo decían que Ross estaba en cama y que lo alimentaban por vía intravenosa. Así que difícilmente podías esperar que apareciera por Trevarne Head –miró a Jenna con ojos expectantes–. Verlo... ¿fue tan horrible como esperabas?
–Por Dios, no –respondió despreocupadamente Jenna.
«Fue peor, mucho peor», se dijo para sus adentros.
–Bueno, es un alivio –Christy sacudió la cabeza–. Aunque eso no disculpa a Thirza. Es única para contribuir a la unidad y respeto del tejido familiar.
–Al fin y al cabo, es diseñadora textil ¿no? La verdad es que me he planteado alguna vez hacer una exposición de su obra en la galería.
–Puedes proponérselo.
Jenna sacudió la cabeza.
–Lo rechazaría. Nunca me ha tenido mucha simpatía, ni siquiera antes del divorcio.
–No me lo habría imaginado –dijo Christy pensativamente–. Después de lo que pasó con su marido, yo habría dicho que te comprendería perfectamente –se detuvo apesadumbrada–. Vaya, soy una bocazas, Jenna, lo siento...
–No lo sientas –dijo Jenna con desenfado mientras se ponía crema hidratante–. Háblame del padrino del novio, se supone que es el encargado de ocuparse de mí, ¿no?
–Tim es encantador –Christy se animó apreciablemente–. También trabaja en un banco de Londres y Adrian y él son amigos desde la universidad. Llegan mañana para comer –bajó la voz en tono de confidencia–. Además, me he enterado de que no sale con nadie en este momento.
–Christy... –le dijo amablemente Jenna–, confórmate con tu encantador Adrian y no hagas de casamentera. Yo pensaba en bailar una vez con Tim y nada más.
–También puedes bailar dos o tres veces –sugirió Christy imperturbable y mirando de reojo a Jenna–. Es una coartada perfecta, aunque sólo sea eso.
–Lo pensaré –Jenna se levantó del tocador–. Ahora lárgate, tienes que dormir para estar muy guapa.
–Todavía faltan tres días –protestó Christy mientras Jenna la empujaba hacia la puerta.
–Es verdad, pero necesitas toda la ayuda que puedas conseguir –replicó burlonamente Jenna antes de cerrar la puerta y reírse ante la furia de su prima.
En ese momento era ella la que necesitaba ayuda, se dijo Jenna sin conseguir pegar ojo.
Seguro que Christy le había hecho un sortilegio para que tuviera insomnio.
Sin embargo, sabía que no era tan sencillo. Sabía que la inquietud y el desasosiego eran por la reaparición de Ross en su vida y por nada más.
Una vez más, tan cerca y tan lejos, pensó. Lo cual era como un resumen de su breve matrimonio.
Ya una vez, la noche antes de su boda, mientras estaba en vela por los nervios y la felicidad, intentó calcular la distancia exacta que los separaba, contó mentalmente los pasos que la llevaban de Trevarne House al camino que discurría entre los altos setos y acababa en la pendiente que conducía a Polcarrow. Imaginó que él le abría la puerta y la abrazaba.
Repentinamente, Jenna se sentó dando bocanadas para respirar. Estaba temblando y tenía el camisón pegado al cuerpo por el sudor. Encendió la lámpara que había en la mesilla de noche, se sirvió agua de la jarra y la bebió ansiosamente para refrescar la sequedad de la garganta.
–Eres tonta –se susurró a sí misma–. Das pena.
No podía permitirse esos recuerdos porque eran demasiado dolorosos.
El fin del matrimonio había sido una batalla campal y ella todavía estaba herida. Además, la tregua que había pactado con Ross no tenía sentido porque nunca llevaría a una paz definitiva.
Era imposible, pensó. Habían pasado demasiadas cosas.
Había conseguido dominar la mayoría de esas cosas durante los últimos meses a base de ocupar sus horas de ocio y dejar poco espacio para la introspección, pero se había abierto una grieta en el dique y le espantaba pensar en lo que podía suceder.
Apagó la luz y volvió a tumbarse consciente de que tenía el estómago revuelto y que la mente le daba vueltas en un revoltijo de pensamientos y recuerdos afilados como cuchillos.
–¿Estás segura? –le preguntó Stella con la melena de Jenna entre las manos.
Era baja, nervuda y vivaracha y con un pelo que esa semana tenía el color del estaño.
El sábado iría a Trevarne House con dos ayudantes, una manicura y una maquilladora, para atender a la novia y a su familia.
Hasta entonces, había aceptado hacer un hueco para Jenna, pero era evidente que no le gustaba la idea.
–¿Qué pasará si empiezo y te arrepientes? –le preguntó apremiantemente con los brazos en jarras–. Sabrás que no puedo volver a pegártelo –cambió a un tono más zalamero–. Puedo cortarte un poco las puntas.
–Lo digo en serio –dijo escuetamente Jenna–. Lo quiero corto –abrió el libro de modelos y señaló uno–. Como ese.
–¡Por los clavos de Cristo! –exclamó Stella parpadeando–. De acuerdo, cariño, pero es tu entierro en vida.
Tres cuartos de hora después, Jenna se encontró con una desconocida que la miraba desde el espejo. Su melena castaña había quedado reducida a poco más que un casquete suave y lustroso hábilmente escalonado que resaltaba la forma de la cabeza.
–La verdad es que funciona –concedió Stella a regañadientes–. Realza tus pómulos y todo eso. Además, el sábado podré colocarte las flores... así –le hizo una demostración.
Jenna le sonrió.
–Stella, eres un genio.
–Ya –reconoció Stella que no contaba con la modestia entre sus virtudes–, pero sigo diciendo que es una pena. Todo ese pelo maravilloso... –hizo una pausa–. ¿Quieres conservar un poco como recuerdo de las glorias del pasado?
–No –contestó Jenna con calma–. Creo que no, gracias.
Notaba la cabeza increíblemente ligera cuando salió a la calle. El sol había salido, sin duda en honor a su nueva imagen.
Había aparcado el coche junto al puerto y le costó bastante llegar hasta él. Cada pocos metros alguien la paraba para darle la bienvenida, decirle que estaba muy guapa y que parecía que el tiempo iba a mejorar para la boda.
Ella les sonreía, les daba las gracias y les decía que los vería el sábado.
Entre la euforia general de la bienvenida, tuvo un instante para darse cuenta de que también la observaban con menos cariño desde la acera de enfrente. Levantó la mirada y vio a Ross en la puerta de la tienda de Betty Fox. Estaba completamente inmóvil y la miraba fijamente con el ceño fruncido.
La primera reacción fue salir corriendo hacia el coche, pero en vez de hacerlo sonrió débilmente y levantó la mano para saludarlo.
Entonces, él se movió y cruzó la calle esquivando dos camionetas y una bicicleta con las zancadas largas y ágiles que ella conocía tan bien.
La agarró con cierta brusquedad del brazo.
–Por todos los santos –dijo con tono crispado–. ¿Qué te has hecho?
–Me he cortado el pelo –intentó en vano soltarse el brazo–. No es un delito.
–Eso –objetó abrumadoramente Ross–, es una cuestión de opiniones.
–Además –Jenna empezaba a irritarse–, lo que yo haga no es de tu incumbencia.
–Es decir, que si veo que se comete un acto vandálico y se destroza una obra de arte, ¿no puedo decir nada? ¿Tengo que aplaudir?
–No seas ridículo. No es lo mismo y lo sabes perfectamente.
–No. Es mucho peor. Es un atentado, un sacrilegio.
Ross le aguantó la mirada. Era como si se hubiera desvanecido el ruido que los rodeaba y se encontraran encerrados en un silencio extraño y poderoso.
Entonces, Jenna vio por encima del hombro de Ross que Betty Fox salía de la tienda para simular que ordenaba los periódicos del revistero que había en la calle y le dirigía una mirada voraz. El hechizo se rompió bruscamente.
–Creía que habíamos hecho una tregua –dijo Jenna con un tono tenso–. Sin embargo, ya estamos discutiendo en público para que todo el mundo lo vea. ¿Serías tan amable de dejar que me vaya?
–No –contestó él–. Todavía no.
Se dirigió calle abajo agarrando a Jenna del brazo y arrastrándola quisiera o no hasta doblar la esquina hacia el puerto.
–¿Qué demonios te crees que vas a hacer?
Estaba congestionada y sin aliento por la indignación que le producía verse arrastrada de una forma tan impropia.
Siempre hacía lo mismo, se dijo Jenna. Empezó la noche que volvieron a encontrarse en Londres...
–Ven –le había dicho aquella vez mientras la agarraba del brazo y la arrastraba fuera de la habitación y del edificio con tantas prisas, que ella tuvo que correr para seguirlo.
–¿Dónde me llevas? –ella había estado abrumada por el cúmulo de sentimientos hacia él: estaba asustada, contenta y anhelante al mismo tiempo.
Ross se había detenido, se había vuelto hacia ella y le había tomado la cara entre las manos con una dulzura estremecedora.
–¿Tiene importancia?
En ese momento, si bien el contacto no era amoroso en absoluto, Jenna se quedó impresionada de comprobar que todavía podía alterarla profundamente, ¿o sería el recuerdo?
–Vamos a aclarar algunas cosas, cariño –le replicó él–. Vamos a ser increíblemente civilizados.
Ross abrió la puerta del café Quayside y entró con ella. Las conversaciones cesaron por un instante y volvieron a iniciarse con un tono más alto todavía mientras Ross la llevaba a una mesa junto a la ventana y pedía dos cafés a la nerviosa propietaria.
–¿Quieres comer algo? –le preguntó a Jenna.
–No, gracias –le contestó ella gélidamente.
El rostro de Ross se tranquilizó con una repentina sonrisa.
–¿Porque podrías atragantarte?
A Jenna no le hizo gracia comprobar que había estado a punto de sonreír.
–Te parece todo muy divertido, ¿verdad? –dijo Jenna con una furia reprimida.
Ross arqueó las cejas.
–Ni mucho menos, corazón –Ross arrastró las palabras–. Más bien, me parece una tragedia –se detuvo–. Tal vez debiéramos encontrar un tema de conversación inofensivo para evitar el conflicto hasta que llegue el café.
–Piensa en algo. Yo no tengo ganas de charlar.
–Muy bien –Ross pensó un segundo–. ¿Vas a irte de vacaciones este año?
–No lo he decidido todavía –Jenna bajó la mirada al mantel de cuadros–. Quizá me vaya a última hora a una isla griega.
–¿Sola?
Jenna se encogió de hombros.
–Difícilmente podría irme con Natasha. Una de las dos tiene que ocuparse de la galería.
–Claro –admitió suavemente Ross–. Thirza me ha comentado que trabajáis juntas.
El tono de voz le recordó a Jenna que la mala opinión que Natasha tenía sobre Ross era recíproca.
Jenna levantó la cara.
–Qué amable es tu madrastra por interesarse sobre mis asuntos.
–Tampoco es para tanto –le brillaron los ojos oscuros–. Lo mencionó de pasada.
–Entiendo –Jenna dudó–. ¿Y tú? ¿Tienes pensado irte de vacaciones?
Ross sonrió débilmente.
–Para mí, como siempre, las vacaciones son dejar de viajar.
«Pero dejaste de viajar cuando te casaste conmigo. Dijiste que abandonarías esa forma de vida», Jenna no pudo evitar recordar aquello.
–Pero me imagino que volveré a la casa de Bretaña –continuó Ross–. Al parecer los últimos inquilinos no era muy cuidadosos y necesita algún repaso.
–¿Has estado alquilando Les Roches? –«la casa donde pasamos la luna de miel»– No... no lo sabía.
Ross se encogió de hombros.
