Tres buenas razones - Susan Meier - E-Book

Tres buenas razones E-Book

Susan Meier

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Beschreibung

¿Que quieres que haga... qué? A Claire Wilson le dio un vuelco el corazón cuando Evan Brewster le hizo aquella proposición. Siempre había admirado a aquel poderoso empresario, pero él nunca se había fijado en ella hasta que tuvo que hacerse cargo de aquellos trillizos. Y entonces se prometió demostrarle qué tipo de mujer era.

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Seitenzahl: 195

Veröffentlichungsjahr: 2016

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2000 Linda Susan Meier

© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Tres buenas razones, n.º 1410 - agosto 2016

Título original: The Baby Bequest

Publicada originalmente por Silhouette® Books.

Publicada en español en 2003

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-687-8690-2

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Portadilla

Créditos

Índice

Carta de papá

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Si te ha gustado este libro…

Querido Evan,

No hay día que no piense en ti y en tus hermanos, y en la desafortunada separación de nuestra familia.

A pesar de todo, si algo me ocurriera, sean cuales sean vuestros sentimientos, tus hermanos y tú tendréis que ocuparos de vuestras medio hermanas y hermano. Confío en que los tres hagáis lo correcto.

Pero tú, además, tendrás que hacerte cargo del aserradero. Puede que Grant sea el más estable, y Chas el más hábil, pero tú tienes una sensibilidad especial y por eso te he elegido para dirigir el negocio. No hace falta que te recuerde que el valor de un hombre no se mide necesariamente por lo obvio. Aunque hayamos construido esta comunidad, creando puestos de trabajo y dando un motivo de orgullo a la gente del condado, lo cierto es que esta comunidad nos ha hecho a nosotros. Tenemos una deuda con ellos. Son tan parte del negocio como nosotros mismos; deseo que te ocupes de ellos.

También deseo que trates bien a mi asistente, Claire. Si la mantienes en su cargo, no solo te enseñará las claves del negocio y trabajará con eficacia día a día; es posible que te enseñe un par de cosas sobre ti mismo.

Con todo mi cariño,

Papá

Capítulo 1

CLAIRE Wilson abrió la puerta del despacho del abogado Arnie Garrett; una campanilla anunció su llegada.

—Buenas tardes, Claire —saludó Jennifer Raymond, la secretaria de Arnie, desde detrás de una esquina—. Sé que eres tú porque los demás ya están en la sala de reuniones. El señor Garrett aún no ha regresado del funeral. Puedes elegir entre esperar en recepción o reunirte con el resto de los interesados.

Claire chasqueó los labios resecos. Sabía que los interesados en la lectura del testamento de Norm Brewer eran sus hijos: Evan, Chas y Grant. En ese pequeño rincón del mundo no eran simplemente miembros de la familia fundadora del condado de Brewster, Pensilvania, eran notorios. Tras años de derrochar el dinero familiar como agua, causar estragos en la virtud de las jovencitas de la zona y defender sus ideas a base de puñetazos, los tres habían abandonado el condado, jurándose no regresar… Los rumores decían que llevaban dos años sumidos en una orgía de pecado y corrupción.

—No estarás haciendo juicios de valor apresurados, ¿verdad? —la voz de Jennifer sobresaltó a Claire, que giró en redondo.

—No estoy haciendo juicios de ningún tipo —mintió.

—Oh, tonterías —rechazó la secretaria de Arnie con un gesto de la mano. Era una mujer alta, medía al menos un metro setenta y cinco, llevaba el pelo gris recogido en la nuca y sus ojos azules brillaban de excitación—. Todo el mundo está haciendo juicios y especulando —dijo en voz queda, acercándose a Claire—. Nadie entendió que Norm se casara con una mujer a la que doblaba en edad tan solo dos meses después del fallecimiento de su esposa. Cuando se fueron de aquí, esos chicos estaban demostrando su lealtad hacia su madre.

Claire, que había visto como Norm Brewster añoraba a sus hijos, tenía su propia opinión al respecto, pero no pensaba compartirla con la cotilla oficial del condado. Rodeó a Jennifer y fue hacia la puerta.

—Están en la sala de reuniones, ¿no? Me reuniré con ellos.

Mientras recorría el pasillo, oyó un murmullo de voces masculinas cada vez más cercano y se le encogió el estómago. Los hombres eran mucho mayores que ella, y solo los conocía de oídas, pero los rumores eran suficientes para asustar a cualquiera. Además, habían hecho daño a Norm, un hombre por el que había llegado a sentir cariño y admiración.

Inspiró con fuerza antes de enfrentarse a su primer encuentro con los hermanos Brewster. Tenía que ocurrir antes o después; si sus sospechas eran correctas, la lectura del testamento desvelaría que esos tres hombres eran sus nuevos jefes.

—Caballeros —dijo, entrando y dirigiéndose hacia una silla que había en un extremo de la mesa. Los tres dejaron de hablar de inmediato—. Soy Claire Wilson —dijo, intentando controlar el temblor de su voz. El corazón se le desbocó en el pecho. Los Brewster eran grandes, más de lo que esperaba, y muy guapos. Vestidos con traje oscuro, camisa blanca y corbata, tenían un aspecto sofisticado y respetable, pero emanaban un aire duro y peligroso. Cualquier chica de más de quince años entendería por qué las mujeres se rendían a sus pies.

Uno de ellos tenía los ojos casi negros y el cabello oscuro. Los otros dos eran muy distintos, de pelo color arena y ojos claros. Ambos la escrutaron con sospecha, casi hostilidad, por invadir su intimidad.

—Soy… era… la asistente de vuestro padre en Astillero Brewster —explicó Claire con un hilo de voz.

—Es un placer saludarla, señorita Wilson —dijo finalmente uno de los hombres de pelo claro, tras lo que pareció un siglo de silencio.

—Gracias —aceptó ella. Tragó saliva. No sabía si los hombres le daban miedo, si la atraían, o si sentía las dos cosas al mismo tiempo. Sin duda tenían mucha presencia. Los rumores e historias que había oído de adolescente cobraron un nuevo sentido.

—Yo soy Evan —dijo el hombre, acercándose y ofreciéndole la mano.

—Lamento mucho vuestra pérdida —musitó Claire, permitiendo que su mano se perdiera en la de él. De cerca era más grande de lo que le había parecido, y aún más imponente. Percibió el aroma fresco y especiado de su loción para después del afeitado y vio que sus ojos eran verdes.

—Veo que os estáis presentando, Claire —exclamó Arnie Garrett, entrando de repente en la sala. Fue hacia la cabecera de la mesa, con los brazos llenos de archivadores repletos de documentos. Tenía revuelto el cabello corto y gris, y el traje algo arrugado—. Estás saludando a Evan —continuó Arnie—. El caballero de pelo oscuro es Grant, y este es Chas —hizo una pausa y sonrió a los hombres, que asumieron un aspecto dócil—. Por favor, sentaos alrededor de la mesa —dijo, abriendo un archivador—. Claire, ¿recuerdas que el verano pasado fuiste testigo del testamento del señor Brewster?

—Sí —replicó ella, aunque no creía que esa fuera la razón de que la hubieran convocado. Norm se lo había pedido como favor a los dos días de incorporarse al trabajo, y no había leído el documento.

—Bien, se ha añadido un codicilo —dijo Arnie, llevándole el documento a Claire y pidiéndole que identificara su firma.

Claire miró el papel y asintió con la cabeza.

—El codicilo no cambia nada, solo amplía —explicó él, regresando a su silla—. Cuando el testamento se declare auténtico legalmente, tú, Jennifer y yo tendremos que ir al registro para firmar los papeles. De momento, esto no es más que una lectura informal.

Claire se relajó, pero vio que Evan la estudiaba, con el codo apoyado en el respaldo de la silla y la mejilla apoyada entre el dedo índice y pulgar. Era un hombre bellísimo, un espécimen de lujo. El espeso cabello, color arenoso, caía sobre su frente formando una onda. Tenía un tono de piel saludable, que enfatizaba el verde de sus ojos. La nariz era del tamaño y la forma adecuados para su rostro, los labios sensuales y carnosos. Nunca había visto en persona a alguien tan perfecto.

—Primero leeré el testamento, que es breve y sin complicaciones; después comentaré el codicilo.

La intervención de Arnie hizo que Claire apartara la vista de Evan Brewster, avergonzada. Lo miró de reojo y comprobó que él seguía mirándola con una curiosidad que no consideraba necesario ocultar. Decidió no preocuparse; en las siguientes semanas toda la ciudad escrutaría a los hermanos Brewster con curiosidad y descaro, sobre todo si, como suponía, eran los nuevos propietarios del astillero.

—¿Claire?

—Perdona —se disculpó ella, mirando a Arnie—. No he oído lo que decías.

—He dicho que la primera estipulación del codicilo es que el señor Brewster te lega diez mil dólares.

—Oh —Claire se llevó una mano a la garganta.

—Eres la única beneficiaria que no pertenece a la familia —añadió Arnie, con una sonrisa benévola.

—Eso explica su presencia aquí —comentó Evan, con tono de irritación.

—Evan —advirtió Arnie—. También he invitado a Claire esta mañana para presentárosla, porque era la asistente de vuestro padre. Si os hacéis cargo del Astillero Brewster, vais a necesitarla. Tu padre no contaba con ejecutivos ni con una junta directiva. Tenía la esperanza de que algún día regresaríais a casa. Como quería que todos tuvierais un puesto, no se los ofreció a otras personas. Se ocupaba de la empresa solo, con la ayuda de Claire.

Claire observó las complejas emociones que reflejaron los tres hombres: Grant agachó la cabeza con aire culpable, Chas inhaló con fuerza y Evan miró por la ventana. A juzgar por la expresión de su rostro, parecía desear poder revivir los dos últimos años.

Si no supiera cuánto había sufrido Norm por la marcha de sus hijos, habría sentido pena por ellos. Pero su jefe se había sentido solo y abandonado; esos tres hombres eran culpables de su dolor.

—Como conozco las circunstancias que llevaron a esta situación, entiendo que no es fácil para vosotros —prosiguió Arnie con delicadeza—. Pero también sé que vuestro padre anhelaba que volvierais a haceros cargo del astillero. Estoy orgulloso de los tres por venir.

—Es un poco tarde —Evan carraspeó.

—En realidad no —Arnie negó con la cabeza—. Lo que más deseaba vuestro padre era que el astillero siguiese adelante. Aún podéis cumplir sus deseos.

Aunque Claire comprendía que Arnie le quitaba importancia al asunto para convencerlos de que se quedaran, en el fondo estaba de acuerdo con Evan. Era demasiado tarde, dos años tarde. Que hubieran tenido el «detalle» de regresar a tomar posesión del beneficioso negocio familiar no los exoneraba de su culpa.

—El resto del codicilo se centra en un tema específico —Arnie dejó el testamento sobre la mesa—. Antes de seguir, me gustaría saber si tenéis alguna pregunta sobre lo que ya he leído.

—No creo que haya nada que explicar. Incluso si no fuera abogado sabría que, dado que nuestra madrastra también murió en el accidente, somos los herederos del astillero —comentó Chas con voz suave.

—Es cierto —asintió Arnie—. De hecho, el codicilo estipula que todos los bienes familiares, incluyendo la casa, se dividan a partes iguales entre hijos e hijas.

—Hijos —corrigió Chas con aire ausente. Aunque tenía el mismo tono de piel y cabello que Evan, en realidad no se parecían. Chas tenía una cara más infantil; Evan, con su mirada directa y pómulos marcados parecía algo mayor, más sensato… y sexy.

—No, Chas —intervino Arnie—. No me he confundido. Ni lo hizo tu padre cuando añadió este codicilo. Mencionó hijos e hijas intencionadamente.

—Pero somos todos varones —comentó Evan, taladrando a Arnie con la mirada.

—En realidad, no —dijo Arnie. Se levantó de la silla, presionó una tecla del teléfono y le pidió a Jennifer que fuera al despacho.

A Claire se le encogió el estómago. Nunca había pensado que los hijos de Norm no sabían que su padre había tenido trillizos.

Jennifer, sonriendo de oreja a oreja, entró con dos niñas adorables, una en cada brazo. Tenían alrededor de seis meses y llevaban vestidos color rosa, medias blancas y zapatos de pulsera.

—¡Dios mío, gemelas! —gimió Grant.

—No. ¡Trillizos! —canturreó Jennifer, apartándose para dejar paso a Judy, la esposa de Arnie, que entró en la habitación con un niño que llevaba un trajecito y corbata, y era tan guapo como sus hermanas. Los tres eran adorables; además, eran copias perfectas de sus hermanos mayores. Una de las niñas tenía el pelo negro y ojos oscuros. La otra niña y el niño tenían el pelo castaño claro y ojos verdes.

Durante los treinta segundos siguientes, Evan se sintió como si no hubiera suficiente oxígeno en la habitación, mientras intentaba hacerse a la idea de que tenía un hermano más, y dos hermanas. Se tapó el rostro con las manos, preguntándose qué había hecho su padre.

—Angela no estaría embarazada cuando papá se casó con ella, ¿verdad? —preguntó Grant con enojo. Evan alzó la cabeza con interés.

—No, solo tienen seis meses.

—¿Y ya son así de grandes? —gimió Chas.

—Son de tamaño normal —replicó Jennifer alegremente. Rodeó la mesa, dejó a la niña de pelo oscuro sobre el regazo de Grant y entregó la otra a Evan. Judy le dio el niño a Chas.

Atónito y confuso, Evan miró a la nena, que alzó la vista y soltó un aullido. Instintivamente, la sujetó por las axilas y la apartó de sí.

—Os juro que no le he hecho nada.

—Solo está asustada —lo tranquilizó Judy, volviendo a poner a la nena en el regazo de Evan—. Tiene que acostumbrarse a ti. Dale unos minutos, dejará de llorar.

Al oír esas palabras, la realidad golpeó a Evan como un puñetazo. Echó un vistazo a Chas y a Grant; los dos tenían los ojos abiertos de par en par, como si también hubieran entendido.

—Estos niños son responsabilidad nuestra, ¿no? —preguntó Evan, mirando a su hermanita. Tres bebés.

—Eso me temo —asintió Arnie.

—Dios, ¡se ha hecho pis encima de mí! —gritó Chas, levantándose de un salto y apartando al niño de sí, como si eso fuera a proteger sus pantalones, ya húmedos. Su brusco movimiento hizo que los tres bebés empezaran a llorar y gritar.

—Por desgracia, aún no se me dan bien estos pañales desechables —confesó Judy, gritando para hacerse oír—. Mis hijos utilizaron pañales de gasa y braguitas de plástico. He hecho lo que he podido.

—Desde el accidente, mi mujer y yo nos hemos ocupado de los niños —explicó Arnie—. Pero he revisado las leyes y lo cierto es que los trillizos son vuestros.

Aunque Grant y Chas parecían totalmente confusos y fuera de su elemento, Evan sintió oleada tras oleada de una emoción que no podía identificar. Durante toda su vida había deseado tener hijos, pero varios médicos le habían asegurado que era imposible. Había perdido toda esperanza, pero su padre le había dado lo que nunca podría tener. Una familia. Bebés. Y no uno o dos… tres. Tres criaturas preciosas. Tragó saliva ruidosamente.

—¿Qué significa eso de que has revisado las leyes? —preguntó quedamente, comprendiendo que lo dicho por Arnie no encajaba con el resto de la conversación.

—Seamos claros, Evan —replicó Arnie—. Sois tres hombres solteros. No creo que seáis la mejor opción como tutores. Quería asegurarme de que legalmente podéis asumir esa obligación. Y la ley dice que estos niños son vuestros, a no ser que queráis…

—Que queramos, ¿qué? —preguntó Chas con voz fría.

—Ceder la custodia —aclaró Arnie con calma—. Tengo los papeles aquí mismo. Solo tenéis que firmarlos y Judy y yo seguiremos ocupándonos de los bebés.

Evan sabía que debía dejar el tema en manos de Chas, que era abogado, pero algo en él estalló. ¡Eran sus bebés! Eran Brewster y serían educados por la familia Brewster.

Aunque su hermanita se retorcía y gritaba en sus brazos, o precisamente por eso, Evan tuvo la sensación de que el mejor amigo y abogado de su padre les había tendido una encerrona. No le parecía casual que Arnie les pidiera que cedieran la custodia dos minutos después de informarles de la existencia de los niños, y precisamente cuando los tres se desgañitaban gritando.

—¿Por qué íbamos a estar dispuestos a ceder la custodia? —preguntó, esforzándose por controlar su ira.

—Miraos —se burló Arnie con voz amable—. No estáis preparados para ser padres, y menos de trillizos.

—¿Por eso nadie se molestó en mencionar a los bebes cuando llegamos esta mañana? —inquirió Chas con enfado.

—Bueno … El impacto de la muerte de vuestro padre era demasiado —razonó Arnie—. No quise deciros que, además, teníais dos hermanas y un hermano.

—Que también son herederos del astillero —apuntó Grant, poniéndose en pie—. Supongo que no pensaste en eso cuando decidiste que querías su custodia.

Evan se alegró de que sus hermanos pensaran con tanta claridad, pero comprendió que estaban a punto de perder el control. Tres bebés llorando y dos hermanos furiosos: lo mejor era salir de allí, antes de que alguien dijera algo de lo que todos tuvieran que arrepentirse. Sus propias ideas sobre la motivación de Arnie lo enfurecían tanto como a sus hermanos, pero lo que más le dolía era la insinuación de que quizá su padre no habría deseado que se hicieran cargo de los niños. No podía creer eso, se negaba a creerlo. Su padre era la única persona, aparte de los médicos, que sabía que Evan era estéril; no lo creía tan cruel como para negarle el privilegio de ocuparse de esos tres niños.

En ese momento, perdonó a su padre e intentó entenderlo. El que hubiera estipulado en el codicilo que ellos tres fueran los tutores de los bebés significaba que los había perdonado y que quería que la familia siguiera unida. La sugerencia de Arnie era incomprensible.

—¿Hay pañales o biberones o alguna otra cosa que vayamos a necesitar? —preguntó Evan, levantándose.

—Tengo una bolsa de pañales en el despacho —respondió Judy dubitativa.

—Bien, tráela, por favor. Chas, Grant, vámonos.

—Espera un momento —dijo Arnie.

—No, espera tú —Evan, ya en la puerta, giró en redondo—. Me da igual lo que opines de mis hermanos y de mí, pero no tienes ningún derecho a cuestionar los deseos de mi padre. Te guste o no, los Brewster se ocupan de los suyos. Y eso mismo te diría mi padre si estuviera vivo.

Judy regresó y le entregó una enorme bolsa de pañales. Él se la colgó del hombro.

—Evan, espera —llamó Arnie, pero Evan siguió andando. Apretó a su hermanita contra el pecho y, aunque eso no la calmó, al menos sus gritos se redujeron a sollozos. Recorrió el pasillo, cruzó la recepción y salió al exterior, seguido por sus hermanos.

—¡Evan, espera!

Esa vez la llamada fue de Claire. Eso era otra cosa a tener en cuenta. Su padre había legado diez mil dólares a una persona que solo había sido su asistente durante un año. Evan no le negaba el derecho a hacer lo que quisiera con su dinero, pero Arnie había intentado quitarle a los niños y todo le parecía sospechoso.

—¡Espera! —Claire gritó aún más fuerte. Evan tuvo la impresión de que pensaba seguirlo, fuera donde fuera. Para evitarlo, se detuvo.

—¿Qué? —exigió con ira.

Ella inspiró con fuerza, porque lo había seguido corriendo. Evan intentó no fijarse en el rubor de sus mejillas ni en el bello contraste de su sedoso cabello negro con el azul de sus ojos.

—Sillitas para el coche —consiguió decir ella cuando recuperó el aliento.

—¿Sillitas? —Evan la miró fijamente.

—En Pensilvania es obligatorio que todos los niños menores de cuatro años utilicen asientos de bebé.

Evan miró a Chas.

—Tiene razón —afirmó Chas, meciendo al niño que tenía en brazos para que dejase de llorar.

—Solo vamos a cuatro kilómetros de distancia —dijo Evan tras un momento de duda—. Conduciré despacio. Cuando acomodemos a los niños, Grant irá a comprar los asientos —sintió un tirón en la manga—. ¿Qué?

—Eso es ridículo —dijo ella con una calma exasperante—. Solo tenemos que llevar a los niños al despacho y recoger los asientos del coche de Judy.

A Evan le dio igual que tuviera razón. Estaba indignado. Sabía que Arnie había pretendido ganar dinero, y le ponía enfermo que quisiera sacar beneficio de unos bebés. Volver a buscar las sillas era una concesión que no estaba dispuesto a hacer. Además, no sabía cuál era la postura de Claire. Quizá fuera inocente, pero quizá quería concederle a Arnie otra oportunidad para convencerlos de firmar la cesión de la custodia.

—Pararemos a comprarlas en los almacenes que hay en las afueras —dijo, mirándola con frialdad—. Eso significa que solo iremos kilómetro y medio sin asientos de bebé —abrazó a su hermanita con aire protector, sin importarle que le restregara la nariz húmeda en la solapa—. Si eso te disgusta, llama a la policía.

Se dio la vuelta y caminó hacia su jeep, que estaba aparcado junto a la acera. Grant y Chas habían ido con él, así que los tres se detuvieron con sus bebés junto al vehículo. Evan abrió las puertas.

—Por Dios santo, al menos deja que os acompañe y os ayude a organizaros —razonó Claire, mientras Evan guardaba las llaves.

—No.

—¿Qué vais a hacer con tres bebés? —le preguntó.

—¿Cuántos años tienes? —Evan se enfrentó a ella.

—Veintitrés —Claire alzó la barbilla.

—Yo tengo treinta y tres. Diez años más de experiencia que tú. Soy diez años más capaz que tú de ocuparme de unos niños.

Se subió al coche y entregó a su hermana a Grant, que colocó a los dos niños en su regazo. Cuando los brazos de Evan estuvieron libres, Claire volvió a tirarle de la manga para llamar su atención.

—En mi familia somos siete. El pequeño tiene seis años. Yo diría que tengo mucha más experiencia que tú con los niños.

Evan no tuvo que preocuparse de cerrar la puerta, porque Claire se la cerró en la cara. Enfadado, pero también excitado, arrancó el coche.

Nunca se había sentido así. Estúpido y feliz. Estúpido porque sabía que debía haber aceptado la oferta de Claire; sus hermanos y él no podían ocuparse de tres bebés. Feliz porque tenía tres niños y quizá la oportunidad de desagraviar a su padre.

Siempre y cuando Arnie Garrett no encontrara una maniobra legal para quitarles la custodia.

Capítulo 2

EVAN NO podía dejar de pensar en Claire Wilson. Su enfado con Arnie Garrett era tal que había creído que le impediría concentrarse en otra cosa pero, sin embargo, Claire Wilson ocupaba su mente y el abogado había adquirido un papel secundario.

No dejaba de preguntarse si Claire se había puesto de parte de Arnie Garrett por ingenuidad, lealtad hacia su padre o simple estupidez.