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¿Qué haríamos si supiéramos cuándo vamos a morir? Benvenuto Franco, un zapatero y emigrante italiano que ha americanizado su nombre por el de Ben Frank, amargado por las deudas y la pérdida de su esposa, mata en una pelea de bar al único hijo de Tonio Lupo, un temido capo de la mafia neoyorquina. De nada le sirve el ser condenado, Lupo le lanza una "maledizione": sus tres hijos serán asesinados cuando cumplan la edad de cuarenta y dos años, la que tenía el suyo al morir. Le encomienda su venganza a un sicario, Peppe Terranova. Los hijos de Frank, como los tres cerditos del cuento, construyen sus defensas para evitar ser asesinados: acumulando una fortuna para pagarse la seguridad, refugiándose como artista en el glamour de Hollywood para hacerse invulnerable, cambiando de identidad... Pero, ¿podrán sobrevivir a la maldición? ¿Podrán evitar su cita fatal con el destino? Situada en la primera mitad del siglo XX, con notas de jazz de fondo y referencias históricas a la ley seca, el cine mudo, el colonialismo, el fascismo..., Apostolos Doxiadis construye en "Tres cerditos" una absorbente novela de intriga y de aventuras, que es además una original reflexión con tintes de tragedia griega sobre el destino, la suerte y la libre elección. Una fábula en clave moderna sobre la eterna cuestión de cómo poder engañar a la muerte.
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Seitenzahl: 484
Veröffentlichungsjahr: 2017
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Apostolos Doxiadis
Tres cerditos
Traducido del inglés porM.ª del Puerto Barruetabeña Diez
Primera noche
Segunda noche
Las noches siguientes
Créditos
4 de enero de 1974En una institución benéfica situada en los Alpes
ME PREGUNTÓ ANTES, amable signore, mientras nos tomábamos esa horrible zuppa di cipolle, si en mi dilatada experiencia (con esa expresión ha querido referirse, muy diplomáticamente, al hecho de que estoy aquí, en esta casa di riposo per anziani, porque soy justo eso, un anciano)... Sí, eso ha dicho: si en mi dilatada experiencia he llegado a la conclusión de que una mala persona puede llegar a volverse buena... Sí, sí, ya lo sé, joven, no se altere. Sé que no han sido sus palabras exactas. Pero esa era la esencia de la pregunta, ¿no es así?... Ah, verá, no es fácil engañar a un anziano, si la cabeza no se le ha convertido en zabaglione a estas alturas, claro.
Le aconsejo que se ponga cómodo. Mi respuesta a su pregunta no va a ser breve, pero no se preocupe: aquí, por la noche, no hay nada que hacer aparte de dormir, tener pesadillas o morir por causas naturales. Pero primero asegúrese de que su aparato funciona y de que la cinta se mueve... ¿Todo bien? ¿Quiere comprobarlo otra vez?... ¿No? ¿Está seguro?... Va bene.
Pues ahora escuche.
HABÍA UNA VEZ, hace mucho, mucho tiempo, tres hermanos.
Su padre había llegado a esta vida en un pueblo, dejado de la mano de Dios, en las montañas de Lucania, es decir, en medio del arco del pie de esa bota que es la bella Italia. Era un niño pobre, pobre de verdad. Pero era bueno con las manos y por eso de pequeño, en el pueblo, aprendió de un primo el oficio de la zapatería. El problema era que allí no tenía forma de ganarse la vida, así que, en cuanto creció un poco, se fue al norte, a la ciudad de Salerno. Allí encontró trabajo en una zapatería que hacía reparaciones y también zapatos a medida.
Era un buen artesano y trabajaba mucho. Con el tiempo su jefe consintió que se casara con su única hija, que se llamaba Consolata. Y pasados los años, cuando el jefe pasó a mejor vida, Benvenuto Franco no-sé-qué-más se hizo cargo del negocio.
Fue más o menos en esa época, en 1897, cuando nació el mayor de sus tres hijos, los tres hermanos que van a protagonizar esta historia. Lo llamaron Alessandro, aunque en nuestra historia será solo «Al». Pero sus padres no pudieron disfrutar de la alegría de la llegada de su bebé mucho tiempo, porque pronto se produjo el primer desastre que tuvo que sufrir la familia. Fue un accidente, un incendio. La zapatería y el taller se quemaron por culpa de un rescoldo mal apagado. Entonces Benvenuto decidió dejar Salerno y viajar hacia el oeste, siguiendo la ruta descubierta por un italiano famoso, Cristoforo Colombo, en dirección a ese trozo de tierra que recibió su nombre de otro ilustre italiano, Americo Vespuccio. ¡Ah, signore, los italianos deberían haber patentado América y no dejar que los británicos, los alemanes y los polacos la utilizaran gratis!
Pero bueno... Antes de subirse al barco que los llevaría allí, Benvenuto había dejado a Consolata embarazada otra vez, así que unos cuantos meses después, cuando llegaron a Nueva York en 1901, ella dio a luz al segundo hermano, Nicola, al que en esta historia llamaremos «Nick» (y también de otras maneras, pero todavía tendrá que esperar un poco hasta que lleguemos a eso).
Seguro que ha oído, signore, que en esos tiempos los pobres de Europa pensaban que América era la Tierra Prometida. Creían que los ríos arrastraban desde las montañas pedruscos de oro puro y que las aceras de las grandes ciudades estaban cubiertas de diamantes que nadie se molestaba en recoger porque ya tenían demasiados (sí, ¡creían también que hasta los malditos perros nacían con cucharas de plata en la boca!). Por supuesto, todo eso no era más que, como dicen los americanos, «pura mierda» (disculpe a este pobre anziano por utilizar ese lenguaje). No había pedruscos de oro, ni aceras de diamantes. Pero sí había oportunidades. Y si trabajabas mucho o eras listo (o ambas cosas, claro), podías sacarles partido.
Benvenuto Franco no-sé-qué-más se puso a trabajar con un zapatero muy elegante de Manhattan. Ganaba un sueldo decente y pronto consiguió un aumento y después otro. Y Consolata era una esposa con recursos que sabía aprovechar al máximo cada dólar. Poco a poco ahorraron lo suficiente para que Benvenuto, con la ayuda de un crédito de un banco, pusiera su propio negocio. Abrió un local pequeño en Brooklyn, que era tienda y taller. Pero como Benvenuto Franco no-sé-qué-más era demasiado largo para la gente de por allí, decidió hacerlo más corto. Así fue como el cartel que había encima de su tienda acabó diciendo: «Ben Frank, zapatos de lujo». Muy fino, ¿eh?
Durante los años siguientes la familia de Frank disfrutó de una vida cómoda.
El negocio iba cada vez mejor, tanto que Ben volvió al banco y pidió una hipoteca para comprar una casita cerca de la tienda. Los niños crecían fuertes y sanos y su esposa estaba feliz. Pero en 1912 llegó el segundo desastre de sus vidas, y esta vez fue mucho más grave que el incendio de Salerno. Al dar a luz a su tercer hijo, Consolata murió por culpa de una hemorragia. El bebé sobrevivió. Lo llamaron Leonardo, que en nuestra historia será «Leo».
Pero tengo que contarle algo más sobre Ben Frank: a pesar del relativo éxito que había logrado con su negocio, era un hombre débil. Cuando Consolata vivía, eso no importaba, porque ella, como suele ocurrir con muchas esposas, tenía fuerza suficiente para los dos. Pero cuando ella se fue, las grietas de su carácter quedaron al descubierto. Para buscar consuelo ante la ausencia de Consolata, Ben Frank empezó a beber. Y por si eso fuera poco, en esa época Estados Unidos decidió meterse en el lío que había en Europa, todo aquello que después se llamaría la Gran Guerra. A Ben Frank al principio le dio igual. ¿Por qué le iba a importar lo que hicieran los locos de los americanos? Pero entonces su hijo mayor, Al, que para entonces ya tenía veinte años y trabajaba en la tienda echándole a su padre una mano (muy necesaria en esos tiempos), fue llamado a filas y tuvo que irse a la guerra.
A partir de entonces los problemas crecieron. Hasta que Consolata murió, Ben Frank pagaba sus créditos regularmente. El director del banco lo llamaba «señor Frank» e iba a su tienda a comprar zapatos para él y para su mujer. Pero cuando Ben Frank se abrazó a la botella, empezó a desatender su trabajo; la mitad del tiempo estaba borracho, y sufría los efectos de la resaca durante la otra mitad. Mientras estuvo su hijo Al, este consiguió que el negocio no se viera afectado. Pero cuando tuvo que irse a la guerra, el estado de su padre se convirtió en un problema. El negocio se resintió, las ventas cayeron, y Ben Frank empezó a retrasarse en sus pagos.
¿Qué podía hacer para resolver su problema? Bueno, un hombre sensato seguramente habría decidido beber menos y trabajar más. Pero, siendo como era, Ben Frank hizo justo lo contrario: empezó a beber más y trabajar menos. Y, como muchos hombres desesperados que pasan por dificultades, se propuso resolver sus problemas... ¿Cómo cree usted? Jugando a juegos de azar. Pero ni era un buen jugador ni sabía cuándo parar, así que la mayor parte del tiempo perdía, y las pocas veces que ganaba, se dedicaba a seguir jugando con el fin de recuperar lo que había perdido el día anterior y solo acababa perdiendo todavía más. Al final no pudo hacer frente a los pagos mensuales del crédito y se quedó sin la tienda. Después el banco ejecutó la hipoteca de la casa y Ben y sus dos hijos pequeños tuvieron que irse a vivir con una tía solterona. Nick Frank, que tenía dieciséis años entonces, dejó el instituto para buscar trabajo, aunque eso no fue una gran tragedia porque tampoco es que estuviera aprovechando mucho el tiempo allí de todas formas.
Uno de los antiguos clientes de su papà conocía a alguien en el Plaza, ese hotel tan elegante junto a Central Park, y consiguió que contrataran a Nick como botones. No era un comienzo profesional muy brillante, pero al menos tenía dos comidas al día y llevaba a casa un poco de dinero para que su padre pudiera bebérselo y jugárselo.
Pero entonces, en 1919, solo una semana antes de que el hijo mayor de Ben, Al, volviera de la guerra y con él llegara tal vez la posibilidad de que mejorara un poco el futuro de la familia Frank, llegó el tercer y definitivo desastre.
Escuche bien: una noche Ben Frank está en el cuarto de atrás de un bar de Brooklyn jugando al póquer. En medio de una mano, acusa de hacer trampas a un extraño, un hombre al que no había visto nunca antes. El alcohol que tiene en el organismo le pasa factura; la discusión pronto sube de intensidad y pasa a ser una trifulca, y Ben Frank, que ganó unas cuantas peleas a puñetazos en su pueblo de Lucania cuando era pequeño, se envalentona, se levanta y le asesta al otro hombre un buen gancho. Y en ese momento, antes de que se dé cuenta de lo que está pasando realmente, ve que otro hombre, otro completo desconocido, saca una navaja. Ben Frank, actuando como un verdadero tipo duro, coge una botella de la mesa y se la estrella en la cabeza al hombre de la navaja. El culo de la botella se rompe, pero en la mano le queda el cuello y con él se lanza a por el hombre y le alcanza justo aquí, en este lado del cuello. El cristal roto de la botella corta la yugular como si fuera una judía hervida.
Cuando Ben Frank vio la sangre saliendo a borbotones de la herida, le entró pánico y salió corriendo. Corrió, corrió y corrió hasta que se quedó sin aliento y no pudo correr más. Los policías lo encontraron sentado en una acera, jadeando y llorando. Se lo llevaron a la comisaría y lo acusaron de asesinato. Fue entonces cuando se enteró del nombre del hombre al que había matado: Luigi Lupo. Al principio no le sonó de nada. Pero unas horas más tarde Ben Frank se dio cuenta de que no podría haber escogido peor víctima aunque lo hubiera intentado con ahínco. Porque no podía ser más que cosa de mala suerte, su increíble mala suerte (de hecho la increíble mala suerte de sus hijos, porque acababa de decidir su futuro), que el hombre al que había matado fuera el único hijo de Tonio Lupo, el gánster siciliano que los periódicos llamaban «el Verdugo de Brooklyn», el capo de una de las principales borgatas, es decir, uno de los grupos de la mafia de esa época.
Cuando Ben mató a su hijo, Tonio Lupo era viejo y estaba enfermo. Pero aun así, dos días después fue personalmente a visitar al asesino, que estaba en la comisaría. ¿Por qué levanta las cejas, signore? ¿Le parece raro que esa reunión pudiera producirse? Bueno, pues que no se lo parezca. Tonio Lupo era un hombre muy respetado en aquella época. Incluso por los policías.
Fuera como fuera... Condujeron a la celda de Ben Frank al viejo capo, al que acompañaba un sgarrista, algo así como un «soldado» en una borgata, que llevaba una silla para él. Cuando estuvo allí con Ben, Lupo le dijo al sgarrista que saliera y habló con el asesino de su hijo de tú a tú, de hombre a hombre. Su voz era profunda y ronca, como la de una rana con un mal resfriado.
Esto fue lo que le dijo:
«Tú, figlio di puttana, escúchame atentamente. Dios me dio un hijo, solo uno, un varón, y tú me lo quitaste cuando tenía cuarenta y dos años. Pero la puta de tu mujer te dio tres hijos y los tres están vivos y sanos. ¡Maldito hijo de puta! Ya soy viejo y estoy enfermo. No me queda mucho tiempo de vida. Pero no creas que te vas a librar por eso. La maldición que voy a pronunciar ahora, mi maledizione, permanecerá viva hasta que se haya cumplido no una, ni dos, ¡sino tres veces! Así que óyeme, cerdo: cuando tus hijos alcancen la edad de cuarenta y dos años, la edad que tenía mi Luigi cuando lo mataste, morirán, uno por uno. No antes. Pero tampoco después. Quiero que empieces a pensar en eso ahora, pedazo de mierda lucanese, y que lo sigas pensando mañana y pasado y todos los días que le queden a tu miserable vida.
POCO DESPUÉS ENVIARON a Ben Frank por el río... Ah, veo que no sabe lo que significa «por el río», Signore. Claro, un hombre educado y que respeta la ley como usted no tiene por qué saberlo. Se lo explicaré: es una forma de decir que lo enviaron a Sing Sing, no sé si le sonará ese nombre... Ah, lo ha visto en una película, qué curioso. Bueno, no sé qué vería en la película, pero en aquellos días Sing Sing era un verdadero agujero, una prisión en toda regla, nada que ver con el parque recreativo en que se convirtió después, con sus equipos de voleibol y los presos aprendiendo a coser, a tejer, y yo qué sé qué más. Pero a lo que iba... Ben Frank en un principio tenía que permanecer allí hasta el juicio y su posterior ejecución, porque ¿qué otra sentencia podía esperar un pobre hombre como él después de lo que había hecho? Pero le privaron del placer de acabar asado vivo con el culo atado a la vieja Chispas. Un día, mientras hacía la cola para el rancho, otro preso, un tío gordo de piel oscura (no negro, solo de piel oscura normal), se acercó a él y le susurró al oído: «Tonio Lupo te envía saludos». Después le cortó la yugular, como Ben Frank se la había cortado a Luigi, solo que esta vez fue con una hoja de acero. Ben Frank se desplomó; nadie fue en su ayuda ni llamó a los guardias. Se quedó allí, en el suelo, sangrando como un cerdo, estremeciéndose y sacudiéndose mientras se le iba la vida. Tal vez entonces soñó con volver a ver a Consolata en el cielo o algo así.
Qué cosas... Pero Tonio Lupo se había asegurado de que sus «saludos» no le llegaran a Ben Frank hasta después de haber recibido la visita de alguno de sus hijos; para que su venganza fuera total, Lupo quería que los tres hermanos Frank supieran lo que les esperaba y que fueran desgraciados durante el resto de sus vidas hasta que cumplieran los cuarenta y dos años. Resultó que fue Al Frank, el mayor, el que fue a ver a su padre a Sing Sing. El pobre acababa de volver de Europa y ni siquiera le había dado tiempo a quitarse el uniforme militar. Fue él quien oyó de boca de Ben Frank lo de la maledizione de Tonio Lupo, la sentencia de muerte que el viejo capo había dictado y que se cumpliría cuando sus hermanos y él tuvieran cuarenta y dos años.
Dadas las circunstancias, cuando dos días después llegó la noticia de que a su padre le habían cortado la garganta en nombre de ese capo, Al Frank no se sorprendió. Tampoco fue algo que consiguiera ponerle aún más triste. Más bien al contrario: se sintió aliviado, porque el hecho de que a Ben Frank lo hubieran matado en la cárcel salvaba a Al y a sus hermanos de la agonía de un juicio, de la sentencia de un jurado y de la terrible espera hasta la ejecución. De hecho, la muerte de su viejo permitió a Al centrarse completamente en el problema que tenían sus hermanos y él.
Debo dejar claro algo desde el principio, signore, aunque va a ver pruebas más que suficientes de ello en lo que le voy a contar después: Al Frank era un tipo muy inteligente. Y, como toda la gente inteligente, también era práctico, es decir, vivía en el mundo real y no en un mundo de fantasía que solo existiera en su cabeza. Así que, cuando Ben Frank le contó lo de la maledizione de Lupo, en vez de sentarse a lloriquear, gemir y maldecir su destino, lo que hizo Al fue poner su mente a funcionar.
Sus hermanos y él tenían que enfrentarse a una terrible amenaza, de esas que consiguen que incluso la gente más poderosa caiga de rodillas, llore como un bebé y se ponga a rezar a la Madonna. Al no era poderoso, claro, pero sí era listo y sabía que rezando no conseguiría que el problema desapareciera. Tampoco se quedó tranquilo cuando, un par de meses después de que a su papà lo mataran en Sing Sing, leyó en la primera página de uno de los periódicos de Nueva York: «TONIO LUPO, EL VERDUGO DE BROOKLYN, MUERE MIENTRAS DORMÍA». Al sabía que la muerte de Lupo no resolvía sus problemas, porque estaba seguro de que el capo habría hecho sus planes teniendo en cuenta que, para cuando el mayor de los tres hermanos Frank tuviera cuarenta y dos, él haría mucho que habría dejado este mundo... Y, como era tan listo, tampoco pensó ni por un momento que a lo que Lupo se refería con esa palabra, maledizione, era a una maldición en el sentido espiritual. No. Supo desde el principio lo que era en realidad: una venganza anunciada que seguro que Lupo no había dejado en manos de Dios. Quiero decir que, aunque Al Frank no era especialmente religioso, sí que sabía por lo que le había dicho el padre en la catequesis que aunque el Todopoderoso era duro y vengativo, nunca concedería un deseo como el de Lupo. Ojo por ojo tal vez, incluso ojo por diente. Pero siempre sería el ojo del pecador, no el de sus hijos. Después de todo, Dios no era siciliano, y por eso no era partidario de la vendetta. El ajuste de cuentas del viejo mafioso con los hijos del asesino de su primogénito seguro que iba a ser un asunto cien por cien humano, no divino. Y quien tuviera que llevarlo a cabo cuando llegara el momento no había muerto con Lupo.
Entonces Al tomó una decisión basándose en lo más importante que había aprendido sobre la vida en los pocos años que llevaba en este mundo: que el combustible que mueve a los hombres (y también a las mujeres, aunque ellas no siempre tengan un papel decisivo a la hora de ganarlo) es el dinero, y que cuanto más combustible se tiene, mejor se es, es decir, se puede llegar más lejos y más rápido. Recordó un dicho romano que solía citar en el colegio su profesor de latín, un tipo viejo y desagradable: homo sine pecunia est imago mortis. Si Al Frank se hubiera hecho un escudo de armas, en él, bajo la imagen de una moneda de oro, de un cofre o algo parecido, habría hecho escribir en una faja ondeante esas palabras: «Un hombre sin dinero es la viva imagen de la muerte». Ya había visto como ese principio se hacía realidad en el caso de su padre. Cuando tenía dinero, era alguien; cuando no, se quedó en un pobre saco de huesos. Por eso Al concluyó que si había alguna forma de protegerse a sí mismo y a sus hermanos de la maledizione, seguro que tendría que ver con el dinero. No sabía cuál acabaría siendo la solución a su problema, pero estaba convencido de que implicaría algún tipo de acuerdo de negocios, un quid pro quo, un dar y tomar. Todo en esta vida tiene un precio, y estaba seguro de que las vidas de sus hermanos y la suya lo tenían también. Pero dedujo que no sería barato.
Entonces Al no tenía dinero, claro. Esas eran las malas noticias. Las buenas eran que tenía mucho tiempo por delante antes de llegar a los cuarenta y dos, veinte años sin ir más lejos. Y fue en ese momento cuando decidió convertirse en millonario... ¿Eso es una sonrisa, joven amigo? Ah, seguro que está pensando que convertirse en millonario es más fácil de desear que de conseguir. ¡Pues tiene razón! Pero debe tener en cuenta que Al Frank tenía muchas cosas a su favor. No solo era listo, todo lo listo que se puede ser, sino que también era muy trabajador y ambicioso; se trataba de un hombre que estaba constantemente poniéndose objetivos y que no paraba hasta conseguirlos. Y además de esas cualidades tenía otra que tal vez era incluso más importante: un talento natural para no permitir que la suerte pasara por su lado sin aprovecharla.
De hecho, la suerte ya se había puesto de su parte durante la guerra, porque gracias a ella inició su amistad con Wilbur Worthington Junior, o «Willie», como le llamaban sus amigos, el único heredero de la poderosa familia propietaria de Worthington’s, los grandes almacenes más importantes de Nueva York en esa época. A pesar de pertenecer a esa importante familia (o tal vez justo por ello, ya que eso le permitía no tener que preocuparse por ganarse la vida), Willie era un aventurero. Así que cuando Estados Unidos se implicó en la guerra en Europa, pensó que sería divertido ir a luchar al frente. A él debió de parecerle una actividad emocionante, igual que una cacería o que volar en uno de sus aviones, los flamantes juguetes con los que le gustaba entretenerse entonces. Willie se alistó como voluntario porque era un idiota, se convirtió en oficial porque era rico y fue al frente porque creía que allí era donde estaba la verdadera juerga. Como era de esperar, cuando se encontró metido hasta las rodillas en el barro de una trinchera de Flandes, se dio cuenta de que aquello no era tan divertido como parecía, después de todo. Pero para entonces ya era demasiado tarde.
Fue la suerte la que hizo que Willie Worthington acabara siendo el oficial al mando de la compañía de Al, pero a partir de ahí fue él quien tomó las riendas. Todo empezó el día que llevó a Willie a lugar seguro cuando quedó inconsciente durante un ataque con gas de los alemanes. No fue un acto de valentía por su parte, sino más bien la consecuencia directa de su inteligencia: Al siguió el procedimiento y se puso la máscara de gas antes de que empezaran a caer los proyectiles, mientras que su oficial se quedó de pie en la trinchera, con la cara descubierta, seguramente disfrutando de la vista. Cuando vio que Willie caía, Al se acercó, le colocó una máscara y lo llevó arrastrando hasta su tienda, que parecía más bien una madriguera. Y así consiguió salvarlo por partida doble, porque momentos después un mortero cayó justo en el sitio donde Worthington había estado tirado segundos antes. Con esa acción Al se ganó, justamente, el título de «el hombre que salvó la vida del teniente».
Cuando, tras un par de semanas en el hospital, Willie volvió al frente, nombró a Al su ordenanza. Y eso no fue todo. Como Al era un chico de buen carácter y comportamiento, pronto se convirtió en su mejor amigo, y ambos mantuvieron esa amistad durante el resto de la guerra. Cuando la contienda lo permitía, los dos se quedaban despiertos hasta tarde en esa especie de madriguera que era su tienda, bebiéndose el brandy de Willie y jugando a las cartas, al gin rummy normalmente. Cuando llegó la paz, en noviembre de 1918, Willie le dio a Al la dirección de su casa de Nueva York y le dijo que fuera a visitarle cuando estuviera de vuelta en casa.
Como ya le he contado, Al pasó los primeros días tras su regreso atrapado por la desagradable situación de su padre: la visita a la cárcel, la noticia de su muerte, etc. Pero justo después de enterrarlo, Al fue directo a ver a Willie a su casa, una grandiosa mansión de ladrillo marrón con cuatro plantas en la calle Sesenta y Uno Este. «¿Cómo está tu familia?» fue lo primero que le preguntó Willie nada más verlo. «Bien, ¿y la tuya?», contestó Al (no tenía intención de contarle a Willie Worthington que su padre era un asesino).
Ni siquiera le hizo falta pedirle trabajo. Ese mismo día, antes de salir de la casa, ya habían contratado a Al para trabajar en las oficinas centrales de Worthington’s, en el piso más alto del edificio, donde estaba la tienda de la Quinta Avenida.
Como Al no había ido a la universidad y no tenía experiencia previa, su primer puesto fue modesto, un trabajo de oficina. Allí todo el mundo sabía que le habían contratado porque era amigo del hijo del jefe. Pero pronto fue evidente que, fuera cual fuera la razón de su contratación, Al no era ni un imbécil ni un holgazán. De hecho, era justo lo opuesto. Trabajaba mucho... ¡Oh, no se hace una idea de cuánto trabajaba, signore! Estaba en la oficina de sol a sol, siempre más allá del deber, y nunca pedía días libres ni vacaciones; incluso pasaba los fines de semana en su mesa. Y siempre estaba proponiendo ideas. Pronto le confiaron una responsabilidad mayor y no pasó mucho tiempo antes de que llegara a asumir más y más.
Dos años después de que contrataran a Al, cuando solo tenía veinticuatro años, Wilbur Worthington Senior pasó a mejor vida y Willie se convirtió en el jefe, el capo de la tienda. Una de las primeras cosas que hizo fue integrar a Al en su equipo personal, el grupo de gente que movía los hilos. Y como Al era tan trabajador y tan capaz, Willie empezó a asignarle cada vez más trabajo, tareas que debería estar haciendo él. A Willie le gustaba dar fiestas salvajes por las noches, levantarse tarde por las mañanas, jugar al tenis y al polo y salir a volar con su avión los fines de semana. Pero nada de eso suponía un problema, porque Al estaba ahí para encargarse de todo en su ausencia.
Cuando Al tenía veintiséis (y por tanto, según lo estipulado por la maledizione de Lupo, todavía le quedaban otros dieciséis años de vida), Willie le nombró director del departamento de compras. Tal vez haya oído eso de que en los negocios el éxito se basa en comprar barato y vender caro. Bueno, pues a partir de entonces lo de comprar barato empezó a ser cosa de Al. «Por fin estoy en la senda que me llevará a hacerme rico de verdad», pensó Al. Pero cuando se enteró del salario que cobraría en su nuevo puesto, dejó escapar un suspiro: era un buen dinero, claro, mucho más de lo que el hijo de un inmigrante italiano pobre habría soñado con estar ganando antes de los treinta. Pero no era bastante para el objetivo que se había impuesto: el de pagarles a los asesinos que hubieran recibido el encargo de Lupo el precio de las vidas de sus hermanos y de la suya. Fue entonces cuando Al se dio cuenta de que para ser tan rico como quería ser, no podía seguir trabajando para otro, sino que debía convertirse en su propio jefe.
Ya he comentado antes que a Al se le daba bien aprovechar las oportunidades. Y sin duda cogió al vuelo la siguiente que se le presentó. Un brillante y prometedor empresario francés que se llamaba Armand Luthier quiso que fuera Worthington’s quien vendiera sus fabulosos tejidos de lujo en exclusiva en Estados Unidos. A Al le gustó mucho su producto e intuyó que sería popular entre los ricos que compraban en los grandes almacenes, así que le pidió a Willie que diera su visto bueno para firmar un contrato con Luthier. Pero Willie estaba demasiado ocupado pasándoselo bien para considerar el asunto como merecía y Luthier se enfadó, porque tuvo la impresión de que ese americano estúpido le estaba haciendo un desaire. Al vio la oportunidad inmediatamente y le hizo una oferta a Luthier a título particular: si él le confiaba sus tejidos, Al crearía una empresa nueva con una tienda para venderlos en exclusiva, ofreció. Luthier y él compartieron una comida agradable seguida de unos puros habanos (Al adquirió la costumbre de fumarlos tras haberlos disfrutado en esa ocasión) e hicieron el trato. Poco después Al dejó su trabajo en Worthington’s (lo que provocó que el tonto de Willie montara en cólera) y, con algo de dinero que había ahorrado y un préstamo del banco, abrió una tienda Luthier en la Quinta Avenida, a dos manzanas al norte de los almacenes de su exjefe.
Al acertó con su previsión de que los tejidos de Luthier iban a ser muy populares; el negocio fue tan bien que un año más tarde abrió una segunda tienda en Boston, y al año siguiente dos más, una en Chicago y otra en Filadelfia. Y eso fue solo el principio. Después Al Frank viajó a Europa y firmó nuevos acuerdos para importar y vender también en sus tiendas relojes suizos, cachemir y cigarrillos ingleses, seda y cristal italianos, porcelana francesa... todo lo que se le ocurra. Con todo eso en cartera, fundó una cadena de grandes almacenes de artículos de lujo. Y esta vez el nombre que llevaban era el suyo: «Frank. Artículos de lujo». Luthier no tuvo inconveniente en que su nombre desapareciera de la denominación y solo pidió a cambio acciones de la nueva empresa de ese joven tan inteligente.
A partir de ahí, una vez que el negocio despegó, ya no hubo forma de pararlo. En octubre de 1929, momento del gran crac, muchas empresas se arruinaron. Pero la de Al no; él era demasiado listo para eso. Por el contrario, Al vio en esa situación un montón de nuevas oportunidades de hacer dinero. Fue uno de los primeros empresarios en darse cuenta de que, como de repente la gente desarrolló una inseguridad con respecto al futuro, todo el mundo dejó de comprar productos duraderos, pero no perecederos, como comida, perfumes y no sé qué más. Por eso, a principios de los treinta, empezó a comprar acciones de otros almacenes, que entonces se estaban vendiendo por precios ínfimos. En 1932, cuando Al cumplió treinta y cinco, la suerte le dedicó su mayor y mejor sonrisa. Willie Worthington (que ya no era su amigo; su amistad se había terminado después de que Al dejara su trabajo en los almacenes) tuvo la brillante idea de estrellar el avión que pilotaba. Murió en el acto.
Algunos dijeron que la muerte de Willie fue en realidad un suicidio, porque en los últimos meses las acciones de su negocio habían estado cayendo en picado. No sé, es posible. Pero lo que es seguro es que Al ya había visto la oportunidad antes y llevaba tiempo comprando acciones de Worthington’s a precios de risa. Así que, para cuando Willie estrelló su avión, su antiguo amigo poseía un buen pedazo de su empresa. La mayoría de las acciones de Willie, así como la casa de la calle Sesenta y Uno, las heredó Thelma Worthington, la que fue secretaria de Willie hasta un año antes de su muerte, cuando se convirtió en su mujer; Willie no tenía hermanos y no le había dado tiempo a engendrar un heredero.
Thelma, que tenía veintiséis años entonces y era una mujer muy atractiva, por qué no decirlo, se autonombró presidenta de Worthington’s. Al fue a verla inmediatamente, le dijo que poseía una pequeña parte de la empresa y le ofreció sus servicios como asesor. Thelma no podía haber encontrado mejor persona para asumir esa responsabilidad. Al Frank era uno de los recién llegados al mundo del comercio en Estados Unidos con más éxito y tenía una facilidad natural para hacer dinero. Un año después Worthington’s se había recuperado y dos años más tarde Thelma cayó otra vez en los brazos de un nuevo marido: Al Frank. No llevaban casados ni un año cuando Thelma dio a luz a su primogénito, un varón que se llamó Al Frank Junior, y la fortuna de los Worthington pasó a ser el legado que heredaría su propia sangre. ¡Qué grande, Al!
Entonces creó una nueva empresa, que se llamó Frank & Worthington, que no solo contaba con las tiendas de Worthington’s y las de la marca Frank de artículos de lujo, sino que sumaba además acciones de otra media docena de empresas que Al había comprado tras el crac. Los periódicos empezaron a llamarle «el rey de los grandes almacenes», y con razón. Pero eso no era suficiente para él. Al dirigió su expansión hacia el comercio internacional.
Para 1935 el mayor de los tres hermanos Frank ya era muy rico, y se hacía más rico cada día. Su fortuna era inmensa y no dejaba de aumentar. Las rutas de crecimiento de su fortuna empezaban en China, donde compraba seda y té, recorrían Asia, donde iba añadiendo hierbas aromáticas, especias, piedras preciosas, telas y mucho más, cubrían toda Europa, donde tenía acuerdos con fabricantes ingleses, alemanes, italianos y franceses, se extendían por el Mediterráneo hasta llegar a África, de donde traía cacao, cobre y diamantes, y, tras cruzar el Atlántico, continuaban hasta Sudamérica, donde incorporaban café, fruta, más cobre y Dios sabe qué más; todo eso desembocaba ordenadamente en el mercado estadounidense y, tras pasar por él, se convertía en dólares: los dólares de Al Frank. Antes de cumplir los cuarenta, las revistas de negocios ya incluían al hermano Frank número uno entre los cien hombres más ricos de Estados Unidos. Fíjese: el hijo de unos inmigrantes pobres, que vinieron de las montañas de Lucania, para entonces podía, si hubiera querido, llenar una piscina de monedas de oro y nadar en ellas, como el tío Gilito.
Al Frank había logrado lo que se había propuesto cuando se enteró de la maledizione de Tonio Lupo. Ya era millonario, más bien mucho más que eso. Sin duda era una situación agradable de por sí, pero había llegado el momento de usar su dinero para salvar las vidas de sus hermanos y la suya.
COMO AL ERA UN HOMBRE PRÁCTICO, durante todos esos años en los que había estado tan ocupado amasando su fortuna no había pensado mucho en la maledizione. Pero tampoco la había olvidado; ¡no es fácil olvidarse de algo así!
A veces tenía pesadillas y se despertaba de madrugada sudando tras ver en su sueño una figura alta y sombría, vestida con traje, con el cuerpo de un hombre y la cabeza de un lobo, que llevaba en la mano esa escopeta de cañones recortados que solían usar los mafiosos, la lupara (qué nombre tan bien puesto). Pero como en las horas que pasaba despierto Al era una persona realista, de las que tienen claro que dos más dos son cuatro, además de un gran creyente en que el dicho «el tiempo es oro» es una gran verdad, se decía que no tenía sentido perder su valioso tiempo dejándose llevar por las especulaciones. Le parecía que no le hacía falta preocuparse aún. Por mucho que temiera a esa maledizione, Al Frank estaba seguro de una cosa: la gente que Lupo hubiera contratado para matarles a sus hermanos y a él no iba a hacer ningún movimiento hasta que llegara el momento indicado.
Aunque no le había hablado de la maledizione a nadie más que a su hermano Nick (ya hablaremos de él más adelante, signore), Al había invertido tiempo en hacer ciertas averiguaciones sobre el funcionamiento de la mafia. A partir de lo que aprendió, llegó a la conclusión, acertada, de que la venganza de Lupo no era uno de los negocios corrientes de un gánster; de hecho, ni siquiera se podía llamar «negocio», porque no se trataba de un mero ajuste de cuentas entre gente de los bajos fondos. No, señor. La sentencia que el capo muerto había dictado contra los tres hijos de Ben Frank era algo distinto, algo casi «religioso» podríamos decir. ¿Entiende lo que quiero decir con eso, signore? Me refiero a que el asesinato de los hermanos Frank era más bien un ritual, un sacrificio a una diosa antigua, la de la venganza, una diosa que gobernaba las almas de los devotos con más autoridad de la que tiene la Madonna sobre un buen católico. Y un ritual que no se realiza según las reglas no es un ritual. Los cristianos no ponen la Navidad un año el veintiuno de diciembre y al siguiente el veintisiete porque le viene mejor a las tiendas; ni los estadounidenses celebran el día de la independencia un año el dos, otro el cuatro y otro el seis de julio, según la fecha que le convenga al presidente. Igualmente, Al Frank entendió que su potencial asesino solo haría correr su sangre sobre el altar de la venganza cuando él tuviera cuarenta y dos años, ni un día antes.
Un hombre práctico no pierde el tiempo preocupándose prematuramente. Pero en 1973, cuando quedaban dos años para la fecha final («final» es una palabra que viene muy bien en este contexto, por cierto), Al consideró que debía empezar a estudiar el tema más seriamente. Así que, unos días después de soplar cuarenta velas en su tarta de cumpleaños, buscó el nombre del mejor abogado criminalista de Nueva York y lo invitó a comer en una suite privada del Plaza que había reservado para ese propósito. Al le contó al abogado toda la historia: los primeros tiempos de Ben Frank en Estados Unidos, los años buenos, los malos tras la muerte de su mamma, cuando su papà se dio a la bebida y luego se dedicó al juego. Y finalmente, claro, lo que ocurrió esa noche terrible en el bar, el asesinato de Luigi Lupo, y el día aún más terrible de la visita de Tonio Lupo a Ben Frank en su celda. Hasta ese momento, ese abogado pez gordo se había estado zampando un jugoso y delicioso filete con el apetito de un... mi scusi, signore. Iba a decir de «un lobo». Probablemente pensaba que todo eso eran estupideces, preocupaciones de un millonario excéntrico que a él le venían muy bien para cobrar unos buenos honorarios por nada. Pero cuando mencionó el nombre de Tonio Lupo, el abogado dejó de comer y levantó ambas cejas. Después de oír lo de la maledizione, las unió para formar un ceño y se quedó en silencio un rato.
—Mire, señor Frank —dijo el abogado—. Me estaba preparando para tranquilizarlo diciéndole que se olvidara de todo este tema, que esa supuesta «maldición» era solo la amenaza inútil de un viejo, pronunciada como consecuencia del dolor por haber perdido a su único hijo. Esa sería mi reacción si hubiera dicho otro nombre. Conozco por experiencia la forma de pensar de los sicilianos, ¿sabe? Y basándome en esa experiencia, le habría dicho que, con la muerte de su padre en Sing Sing, la sangre ya había cerrado el círculo, por así decirlo, y que no tendría que preocuparse lo más mínimo ni por usted ni por sus hermanos. Pero con el nombre de Tonio Lupo unido a esa maldición, me temo que mi conciencia profesional no me permite hacer eso. Es que Tonio Lupo era... ¡Tonio Lupo!
—¿Y qué demonios se supone que significa eso? —preguntó Al.
—Solo que a Tonio Lupo lo llamaban «el Verdugo de Brooklyn» por algo. Era tan cruel, tan malvado, que incluso hoy en día, cuando los mafiosos hablan entre sí y quieren describir a alguien con una sed de sangre especialmente insaciable, dicen: «ese hombre es un Tonio Lupo». Y créame, señor Frank, los de la mafia no son fáciles de impresionar en ese terreno, tienen el listón bien alto.
Al Frank estuvo a punto de ahogarse con su filete.
—Pero, aun así —continuó el abogado—, no creo que nuestro problema no tenga solución. —¿Qué tipo de abogado sería si no hubiera dicho eso, eh?—. Todo en este mundo tiene un precio, no hay duda.
—Eso es exactamente lo que yo pienso —contestó Al, algo aliviado.
—Bien —respondió el abogado—. Propongo entonces que intentemos recomprarles su vida y la de sus hermanos a aquellos a quienes les ordenaron... arrebatárselas.
—Claro —estuvo de acuerdo Al—. Pero, ¿cómo los encontramos?
—De la manera tradicional —dijo el abogado—. Preguntando. Discretamente, claro.
Tres días después el abogado pez gordo llamó a Al y quedaron otra vez para comer en la suite del Plaza. Le dijo que había logrado averiguar algunas cosas; la principal era que Tonio Lupo había muerto sin dejar heredero, que su borgata había acabado disolviéndose y que la mayoría de sus caporegime, es decir, sus lugartenientes, y sus sgarristi los acabó asimilando la familia de Luke Gattino, el Gordo, otro capo de Brooklyn. Pero unos cuantos años más tarde la borgata de Gattino se desintegró también, después de que Luke, el Gordo, junto con su hijo, Luke, el Flaco, fueran acribillados a balazos. Ahora se había hecho cargo de los negocios Jimmy Charlie, que era siciliano aunque por su nombre no lo pareciera. Pero Lupo y Jimmy Charlie se odiaban a muerte, aseguró el abogado, así que no había ninguna posibilidad de que el «albacea de las últimas voluntades del capo», como denominaba él al asesino, fuera ahora miembro de la borgata de Charlie.
Como primer paso para ponerse en contacto con ese «albacea», el abogado pez gordo sugirió que fueran a ver a la viuda de Tonio Lupo. Al se mostró comprensiblemente inquieto al oír su plan, pero el abogado lo tranquilizó. La signora Lupo era una mujer muy devota, una persona muy amable y buena (justo lo opuesto a su marido). Así que le dictó una carta a Al para que la escribiera, allí mismo. Por supuesto era un maestro con las palabras (no sería un abogado pez gordo si no lo fuera, ¿no?) y la carta era muy emotiva, muy conmovedora, y en ella apelaba a la naturaleza temerosa de Dios de la señora y cosas por el estilo e incluso hacía una bonita referencia a las lágrimas de la Madre de Cristo. Florituras aparte, era una petición para que accediera a verse con Al Frank, el hijo del asesino de su hijo. Al escribió la carta a mano y el abogado se la llevó e hizo que la entregaran en mano.
Como el abogado había predicho, la signora Lupo, que tenía ochenta y muchos años, accedió a reunirse con ellos. Así que los dos fueron a su casa en Seagate, Brooklyn. Al consiguió parecer relajado durante la reunión, aunque no lo bastante como para poder siquiera probar los riquísimos amaretti allo zabaglione que ella les ofreció. El abogado hizo un discurso de presentación con palabras largas, bonitos símiles y toda la parafernalia, hablando de lo buen tipo que era Al y lo rico que había llegado a ser (esto último lo mencionó indirectamente, como si estar podrido de dinero no estuviera muy bien visto en el Evangelio). Después Al dijo unas palabras que había ensayado, breves pero que no estaban mal, mencionando que «había oído un rumor», eso dijo, sobre que su difunto esposo hizo planes para que sus hermanos y él sufrieran algún daño.
La signora Lupo les escuchó con una sonrisa muy amable.
—Escuchen, signori —dijo a continuación—. Mi pobre Tonio murió arrepintiéndose profundamente de sus pecados. Y había cometido unos cuantos, para qué negarlo; al fin y al cabo era humano. Pero, como le dijo san Pablo a los efesios en su epístola, Dios es generoso en su misericordia. Y por ello, en sus últimos meses, Él le envió un gran sufrimiento físico a mi Tonio, que el padre que lo acompañó en esos momentos le animó a ver como lo que realmente era: un regalo de nuestro Señor, en su infinita caridad, para que Tonio hiciera su penitencia. Y mi pobre Tonio hizo caso de su consejo. Confesó todos sus pecados al padre, uno por uno, y tomó la comunión.
—¿Y qué padre era ese? —preguntó el abogado.
—Hace mucho que murió ya —contestó la signora Lupo con una sonrisa—. Dios lo tenga en su gloria. Murió poco después que Tonio. —Entonces cogió la mano de Al, le miró a los ojos y dijo—: Mi querido signor Frank, si hubiera visto a mi pobre marido en sus últimos días en el hospital, no temería usted por su vida ni por la de sus hermanos. Era como un bebé, llorando sin parar, pidiéndole a la Madonna, llena de gracia, que se apiadara de él y suplicándoles a las enfermeras que le dieran morfina.
La anciana señora concluyó que, en su opinión, era imposible que el «pobre Tonio» hubiera ido a encontrarse con el Creador sin haber zanjado primero un asunto tan grave como el que el señor Frank le acababa de contar. No habría muerto con un peso como el de ese pecado lastrando su alma sin intentar redimirse. Incluso en el caso muy poco probable de que el «pobre Tonio» hubiera dado una orden para que alguien les «hiciera algún daño» a los hijos de Ben Frank tras la trágica muerte de su Luigi (la signora Lupo no descartó esa posibilidad completamente), ella estaba del todo segura de que se habría echado atrás en sus últimos días.
La respuesta del abogado pez gordo fue muy diplomática. Dijo que la creía al cien por cien, pero que seguía teniendo curiosidad sobre algo: «en el caso muy poco probable» (usó la misma expresión que había usado ella, para agradarla) de que el difunto y muy extrañado don Tonio hubiera considerado la posibilidad de hacerle algo a los hermanos Frank, ¿se le ocurría a la signora a quién podría haberle asignado la... consecución de algo así? ¿Le venía a la mente algún nombre? El abogado incluso dejó caer que el señor Frank estaría encantado de donar, a cambio de esa información, una suma de dinero muy generosa a cualquier institución religiosa de su elección: un orfanato para los bambini, una residencia para los anziani o cualquier otra que ella prefiriera. La anciana sonrió con dulzura y respondió que cualquier donación que el señor Frank quisiera hacer a una causa relacionada con la Santa Madre Iglesia sería una gran bendición para él por ser el benefactor, pero que no podía darle ninguna información sobre ese asunto, porque no la tenía. Les aseguró de nuevo que no sabía nada, y añadió que estaba demasiado cerca de la tumba para ensuciar su alma con una mentira. Esa era la verdad, simple y clara. O al menos eso fue lo que dijo la signora Lupo.
Así que se fueron de su casa sabiendo exactamente lo mismo que cuando llegaron. Por supuesto, como cualquier hombre en una posición complicada, Al Frank necesitaba desesperadamente que lo tranquilizaran. Y las afirmaciones de la viuda lo dejaron un poco más tranquilo. Pero era demasiado listo para pensar que esas palabras eran garantía de nada. El abogado pez gordo le dijo que buscaría canales alternativos para obtener la información. Unos días después llamó para darle el nombre de un pariente de Lupo, un sobrino lejano que se llamaba Umberto no sé qué más. El abogado se había enterado de que no era precisamente un ciudadano modelo, aunque tampoco era un uomo d’onore, es decir, un integrante de la mafia. Cuando lo conocieron, entendieron por qué. Ese Umberto era un imbécil, un inútil (no era raro que un gánster lo hubiera llamado ante el abogado Babbazzu, o sea, «idiota»). No... Era imposible que Lupo le hubiera encomendado algo tan importante como vengar a su hijo a un bobo como ese.
Entonces Al sugirió que recurrieran a un detective privado, pero el abogado dijo que no tenía sentido: si los mafiosos no hablaban de sus negocios con la policía ni con los jueces, ni bajo amenaza de pasar una larga temporada en la cárcel o incluso de acabar muertos, seguro que no le iban a contar nada tampoco a un sabueso privado. Así que pasaron a la fase siguiente. Aunque sabía que se estaba acercando a terreno peligroso, Al accedió a la sugerencia del abogado de reunirse con ciertos capi de la mafia, unos que, según el abogado, «no entrañaban peligro». A Al no le gustó nada la idea, pero no le quedaban muchas más opciones.
Los tres capi que propuso el abogado habían sido enemigos mortales de Lupo cuando estaba vivo y por ello no había ninguna posibilidad de que tuvieran algo que ver con la ejecución de las últimas voluntades de aquel. El primero era Jimmy Charlie, de Brooklyn, que ya he mencionado, el hombre que dirigía entonces lo que quedaba de la borgata Gattino, que había heredado el territorio de Lupo; el segundo fuera Bob Iacca, el Silenciador, de Chicago, y el tercero, el supercerebro financiero del crimen organizado, Jake Lowski. Las reuniones se llevaron a cabo en una casa bien vigilada del Bronx, propiedad de un cliente del abogado pez gordo, que prometió que la seguridad de Al estaba garantizada mientras estuviera en su propiedad (bueno, si es que se podía «garantizar» algo en este caso).
Al principio de cada reunión, el abogado le explicaba la situación al capo allí presente y le daba un sobre con diez mil dólares en nombre del señor Frank, en calidad de «donación», para expresarle su gratitud por estar robándole su tiempo. Todos aceptaron el sobre encantados, naturalmente, aunque Bob Iacca, el Silenciador, dijo que «no era necesario».
A Al le sorprendió gratamente que Jimmy Charlie, el primero de los capi, le contara más o menos la misma historia que la viuda (dejando a un lado los elementos religiosos, claro): en sus últimos días, Lupo parecía un pitbull al que le hubieran arrancado todos los dientes, una sombra de lo que había sido, un bebé llorón, dijo Charlie. Su historia se volvió aún más convincente cuando aseguró que podría haber aceptado un buen fajo de dinero del señor Frank y decirle que él se ocuparía de todo, pero que sinceramente creía que no había nada de lo que ocuparse. A él le parecía que esa maledizione no era más que un montón de humo, la amenaza vacía de un hombre roto. No solo por el estado de Lupo entonces, sino porque la sola idea le parecía una estupidez.
—Piénselo con lógica, señor Frank —explicó Jimmy Charlie—. ¿Podría alguien como Tonio Lupo creer que un tipo, cualquiera, por muy leal que fuera, se iba a cargar a tres personas en su nombre, pero no en su momento, sino veinte o más años después, cuando ese tipo supiera perfectamente, y Lupo supiera que él lo sabía, que el capo no iba a estar en este mundo para comprobar que se cumple su encargo? ¡Imposible! Odiaba a ese cabrón, y espero que su alma se esté pudriendo en el infierno, pero Tonio Lupo no tenía un pelo de tonto. No, señor. Si se le hubiera ocurrido algo como lo que usted describe, esa maledizione, habría sabido que sería malgastar el dinero. Y no era el tipo de hombre que hace eso.
Después se vio con Bob Iacca, el Silenciador. Ese hombre no era tan honrado como Jimmy Charlie, o al menos no tenía la misma opinión que él. Oyó lo que contó el abogado y después dijo que quería preguntar por ahí antes de darles su opinión y tal vez presentarles una propuesta. Al le dijo que le estaría muy agradecido por todo el tiempo que invirtiera en buscar una solución para su problema y que su gratitud no sería... eh... platónica (probablemente Bob Iacca no sabía lo que significaba «platónica», pero entendió por dónde iba la cosa). El Silenciador volvió un par días después y le dijo a Al que se había ocupado del tema y que ya podía dormir en paz. Le pidió cincuenta de los grandes por «haberse ocupado»; no para él, dijo, sino «para cubrir los gastos, señor Frank, seguro que lo comprende». No sé si Al lo comprendió o no, pero le dio el dinero. Después el abogado le dijo que la palabra que un mafioso le da a alguien de fuera de la organización no es exactamente un contrato vinculante, y además, como la expresión «dormir en paz», que había utilizado el Silenciador, solo se diferenciaba en una palabra de «descansar en paz», Al no se quedó satisfecho.
La reunión más corta fue la que tuvo Al con Jake Lowski.
—Mire, señor Frank —le dijo el hombre—, no voy a aceptar su dinero por decirle algo que ya sabe. Su situación no es muy original. Vale, es posible que ese hijo de puta de Lupo dejara órdenes para que se cargaran a sus hermanos y a usted. ¡Menuda cosa! ¿Cree que no hay tipos por ahí que ahora mismo, mientras hablamos, quieren acabar conmigo? ¡No lo dude! Y puede preguntarles también a sus amigos, sean los que sean los ricachones con los que anda: pregúnteles a los Rockefeller, a los Guggenheim... ¿Cree que esa gente no tiene detrás a otros que quieren librarse de ellos? Todos los ricos y poderosos tienen a alguien detrás. Es un riesgo laboral, por así decirlo. Así que haga lo que haría cualquier hombre sensato en su posición: cúbrase las espaldas.
Lo que le habían dicho la viuda de Lupo y Jimmy Charlie había tenido un cierto efecto tranquilizador sobre Al. Si tuviera que apostar, en ese momento lo haría por la opción de que no había gran cosa de la que preocuparse; fuera por lo que dijo la viuda o por lo que manifestó Charlie, empezó a creer que ya no debería haber un contrato en vigor que pusiera en riesgo su vida y la de sus hermanos. Porque incluso aunque lo hubiera habido en un principio, se dijo Al, incluso aunque Lupo no se retractara en sus últimos días durante su «penitencia», dieciocho años después de la muerte de Lupo podría haberle pasado cualquier cosa al tipo que aceptó cumplir sus órdenes: podía haber cambiado de idea, podía haber despilfarrado el dinero o, muy posiblemente, podían habérselo cargado a él por alguna razón; los periódicos estaban llenos de historias de gánsteres que se mataban entre sí. Y, en cualquier caso, también le daba cierta tranquilidad, aunque fuera poca, que Iacca, el Silenciador, le hubiera dicho que había resuelto el problema. Había aceptado cincuenta mil por ello, después de todo, una cantidad nada despreciable. Si quiere saber a cuánto dinero equivale eso hoy en día, signore, multiplíquelo por diez para hacerse una idea.
Todo eso tranquilizaba a Al lo bastante para ayudarle a conciliar el sueño en una noche de insomnio. Pero era demasiado listo para desentenderse del asunto. Y por eso, aunque pensaba que era poco probable que existiera (al menos ya no) el hombre de Lupo, la encarnación real del hombre-lobo con lupara de sus pesadillas, decidió hacer lo que Lowski le había sugerido y cubrirse las espaldas. Y lo que no eran las espaldas también.
Lo primero que hizo fue proteger sus dos casas, tanto la mansión de ladrillo de la calle Sesenta y Uno como la que se acababa de construir en una enorme finca de Long Island. Puso rejas en las ventanas de los dos pisos inferiores de la casa de la ciudad y construyó alrededor del terreno de Long Island un muro alto detrás del cual puso una valla con alambre de espino. Contrató guardias armados, policías jubilados en su mayoría, dos con perros guardianes adiestrados. Apostó unos cuantos delante de sus dos casas y puso más en las oficinas del nuevo edificio de Frank & Worthington de la Quinta Avenida, justo al lado de los grandes almacenes Worthinton’s, algunos en la calle, controlando a cualquiera que entrara en el edificio, y otros que cacheaban a la gente que llegaba al piso superior en el ascensor (Al hizo que bloquearan la escalera). Los que entraban en el despacho privado de Al eran cacheados una vez más.
Tiempo después Al contrató a un agente jubilado del FBI, en teoría un experto en la mafia, para dirigir su equipo de seguridad. Ese hombre le dijo que le preocupaba especialmente el riesgo potencial que corría Al cuando se desplazaba de un lugar a otro y lo convenció para que no fuera a pie a ninguna parte. Le buscó un coche blindado, un enorme Mercedes Benz traído especialmente de Alemania, y Al empezó a usarlo para todo, hasta para recorrer solo dos manzanas. Fuera adonde fuera, Al llevaba consigo media docena de hombres armados: dos en el Mercedes y cuatro en un coche que iba delante.
La única persona que sabía la verdad sobre lo que había llevado a Al a tomar todas esas precauciones, aparte del abogado pez gordo y la gente con la que se habían reunido, era el hermano Frank número dos, Nick, que era conocedor de lo de la maledizione desde el principio. Los demás, incluyendo su hermano menor, Leo, su mujer, Thelma, y sus principales socios, recibieron la explicación oficial: que Al había estado recibiendo amenazas, nada serio en realidad, pero mejor prevenir que curar.
Aun así, como a Thelma el cambio de hábitos impuesto por las nuevas medidas de seguridad le parecía especialmente molesto, Al tuvo que contarle algo más. Al ver que ella no dejaba de preguntar, decidió mentirle diciéndole «confidencialmente» que le había llamado el mismísimo director del FBI, el señor J. Edgar Hoover, para advertirle de que un grupo de la mafia estaba intentando montar un tinglado de protección a las importaciones y que era posible que intentaran algo contra él. A Thelma eso no le impresionó mucho y solo le contestó que le parecía que estaba yendo demasiado lejos con lo de la seguridad. ¡Pobre Al Frank, tan rico...! ¿Sabe, signore? La razón por la que no quería decirle a Thelma la verdad era que creía que ella se moriría de preocupación si se enteraba de que un mafioso tan temible como el Verdugo de Brooklyn había amenazado con acabar con la vida de su marido. Pero él no tenía ni idea de que a Thelma le importaba un comino el bienestar de su marido (siempre y cuando ella fuera su heredera, claro está) y que además ella tenía «otros compromisos». Sus intereses estaban centrados en otros asuntos, o más bien en el «asuntillo» que tenía con otro hombre. Pero ya le daré más detalles sobre eso a su debido tiempo.
