Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Las restricciones de carácter sanitario aplicadas durante la pandemia de la COVID-19 han afectado de pleno al turismo. Ante el riesgo de contagio por coronavirus, se impusieron medidas sanitarias para contener su expansión orientadas a reducir la movilidad y el contacto humano, lo cual altera el funcionamiento de la actividad turística. A su vez, distintas expresiones de turismo doméstico articulado en torno a la proximidad han ganado protagonismo, cuando tradicionalmente no habían gozado de visibilidad pública, ni de atención académica o de suficiente reconocimiento en las políticas públicas, aunque estaban ampliamente extendidas como práctica social. Las expresiones que puede adoptar un turismo articulado alrededor de los mercados de proximidad pueden ser muy amplias, sujetas al mismo tiempo a múltiples contradicciones y disputas. Más que una alternativa en sí mismos, los turismos de proximidad expresan un terreno de confrontación que se ve cruzado por múltiples intereses contradictorios. Lo que está en juego en esta controversia es la restricción o la ampliación de los derechos de amplias mayorías con relación a un turismo que puede ver reforzada su orientación más excluyente o bien expresarse en términos de mayor equidad, inclusión y sostenibilidad.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 259
Veröffentlichungsjahr: 2022
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Turismos de proximidad
Ernest Cañada y Carla Izcara (eds.)
Turismos de proximidad
Un plural en disputa
ECOLOGÍA
Este libro ha sido editado en papel 100 % Amigo de los bosques, proveniente de bosques sostenibles y con un proceso de producción de tcf (Total Chlorin Free), para colaborar en una gestión de los bosques respetuosa con el medio ambiente y económicamente sostenible.
Este libro es una iniciativa de Alba Sud en el marco de los proyectos: «Laboratorio de turismos de proximidad», con el apoyo del Ayuntamiento de Barcelona — Barcelona Activa — Programa Impulsem el que Fas (2020) y financiamiento de la tasa turística; y «Plataforma de investigación en turismo, derechos humanos y equidad de género», con el apoyo de la Agencia Catalana de Cooperación al Desarrollo (accd) (convocatoria 2019). También ha recibido el apoyo del proyecto de i+d+i rti2018-094844-b-c31 financiado por mcin/ aei /10.13039/501100011033/ y por “erdf A way of making Europe”.
© Ernest Cañada y Carla Izcara, como editores.
© Asunción Blanco, Macià Blázquez, Ernest Cañada, Inma Díaz–Soria, Robert Fletcher, Jordi Gascón, Carla Izcara, Nora Müller, Ivan Murray, Enrique Navarro–Jurado, José María Romero–Martínez, Yolanda Romero–Padilla, Érica Schenkel, Sergio Yanes, como co–autores.
© Fotografía de cubierta: Jim Carroll para Unsplash
© Icaria editorial, s. a. www.icariaeditorial.com
Alba Sud
www.albasud.org
Primera edición: noviembre, 2021
ISBN: 978-84-18826-31-3
Depósito legal: B 17146-2021
Fotocomposición: Marina Sanchez
Impreso por Ulzama, S.L.
Printed in Spain. Impreso en España. Prohibida la reproducción parcial o total.
I. Transformar el turismo desde la proximidad
Ernest Cañada y Carla Izcara*
Las restricciones de carácter sanitario aplicadas durante la pandemia de la covid–19 han afectado de pleno al turismo. Ante el riesgo de contagio por coronavirus, los Estados han ejecutado medidas de control para contener su expansión, orientadas fundamentalmente a reducir la movilidad y el contacto humano, lo cual altera el normal funcionamiento de la actividad turística. A su vez, distintas expresiones de turismo doméstico articulado en torno a la proximidad han ganado protagonismo, cuando tradicionalmente no habían gozado de visibilidad pública, ni de atención académica o de suficiente reconocimiento en las políticas públicas, aunque como práctica social estaban ampliamente extendidas. Así, los turismos de proximidad se han ubicado en el centro del debate público sobre el futuro inmediato del turismo. En un contexto de emergencia sanitaria, ecológica y socio–económica, la proximidad se convierte en el espacio privilegiado desde el cual abordar una posible transformación del turismo.
En Alba Sud hemos concentrado esfuerzos en este sentido y a inicios del año 2021 impulsamos el programa de investigación e incidencia política «Laboratorio de turismos de proximidad», convencidos de la relevancia de esta discusión en los próximos tiempos (Cañada e Izcara, 2021). La presente publicación es fruto de este esfuerzo colectivo, y se concibe como continuidad del diagnóstico sobre los impactos de la covid–19 en el turismo y las dinámicas de cambio que estaban produciéndose, que dieron lugar al libro #TourismPostcovid19. Turistificación confinada (Cañada y Murray, 2021).
Un modelo agotado e indeseable
La incidencia de la pandemia en la crisis del turismo, sobre todo en aquel más asociado a la movilidad internacional de larga distancia, está provocando cambios en sus estructuras empresariales y en su funcionamiento. Más allá de la abrupta caída en el número de turistas, ha acentuado tendencias que empezaron a dibujarse a partir del crack financiero global de 2008. El proceso de turistificación global experimentado durante poco más de una década (Cañada y Murray, 2019), topa en el actual escenario con límites ecológicos y sociales que ponen en evidencia la vulnerabilidad de este modelo de desarrollo. La apuesta por su continuidad, algo en lo que a todas luces se empeñan las élites empresariales y políticas, con proyectos como la ampliación del Aeropuerto de Barcelona–El Prat, nos aboca a un futuro cada vez más incierto. La descripción y análisis de las distintas variables en juego en la caracterización de la actual coyuntura turística constituye el contenido del segundo capítulo de este libro, a cargo de Ivan Murray y Ernest Cañada.
Una de las principales expresiones de la actual crisis sanitaria y socioeconómica es el incremento de la desigualdad. En términos turísticos esto se expresa en una creciente dualización de las posibilidades de acceso a vacaciones y en las capacidades de gasto destinadas a este tipo de actividad. Así, dos noticias contrapuestas de inicios de verano de 2021 ilustran los extremos de esta polarización. Por un lado, asistimos atónitos a la desvergonzada competencia entre los súper ricos Jeff Bezos, fundador de Amazon, Richard Branson, cofundador de Virgin Group, y Elon Musk, impulsor de Tesla, por encabezar la carrera del turismo espacial. Los costes por viaje están por encima de los doscientos mil euros y su impacto ambiental por pasajero es enorme a causa de las emisiones de co2 que comportan el tipo de naves usadas (Marais, 2021).
Por otra parte, en las mismas fechas se hizo público un informe de la Federación Europea de Sindicatos (etuc, por sus siglas en inglés), a partir de datos de Eurostat, en la que se alertaba que un 28 % de la población de la Unión Europea no puede hacer vacaciones fuera de su domicilio durante una semana al año. Este porcentaje se eleva al 59,5 % si se toman en cuenta las personas que están en riesgo de pobreza, es decir con ingresos por debajo del 60 % de la mediana. Así, el mismo informe documenta cómo en dieciséis Estados miembros de la Unión Europea la desigualdad en las vacaciones ha aumentado entre la población con ingresos por debajo de la mediana y quienes están por encima de ella (Gil, 2021). Como es obvio, la inequidad en las posibilidades de acceso a vacaciones se amplía a escala global. Así, en América Latina, la práctica de la actividad turística disminuye drásticamente a causa de los bajos ingresos de la mayoría de su población. En países como Argentina y Brasil el porcentaje de participación turística es de un 48 % de su población, y de ahí se reduce en el resto de países: en Perú es de un 34 %, en Chile del 25 %, en Paraguay del 18 % o en Colombia del 12 %. Es decir, que para la inmensa mayoría de la población latinoamericana las posibilidades de hacer turismo son prácticamente nulas (Schenkel, 2019). El incremento de la desigualdad y el empobrecimiento de amplias capas de población, como consecuencia de la crisis de la covid–19, podría acentuar esta exclusión turística de forma aguda.
En un escenario contradictorio, en el que el modelo hegemónico de desarrollo turístico provoca crecientes impactos socioeconómicos y ambientales, malestar social, conflictos de diverso tipo e incrementa la vulnerabilidad de los territorios más turistificados, a la par de excluir a un mayor número de personas. Por ello, es imprescindible apostar por su transformación en un sentido emancipatorio, es decir con el propósito moral de eliminar cualquier forma de opresión o dominación y, a su vez, favorecer una expansión de las capacidades humanas que permitan una vida digna en una sociedad justa en paz con el planeta (Goulet, 1995; Wright, 2014). La situación actual, lejos de ser un problema coyuntural, más bien parece la antesala de un escenario con múltiples crisis superpuestas —de carácter sanitario, socioeconómico, ecológico, así como de recursos minerales y energéticos, e incluso de seguridad—, que ponen en jaque el crecimiento turístico tal como lo hemos conocido. El modelo de desarrollo turístico basado en la movilidad internacional y de grandes distancias está cada vez más en entredicho. Insistir en su reactivación en los mismos términos que hasta ahora solo puede tener como consecuencia aumentar el riesgo de colapso. En este contexto, conviene explorar las potencialidades, límites y contradicciones de un turismo organizado desde la proximidad.
¿Cómo entendemos el turismo de proximidad?
Usamos el concepto de «turismos de proximidad» en un sentido conscientemente limitado, definido por la cercanía geográfica entre una determinada oferta turística y el lugar de residencia de sus visitantes. La proximidad o cercanía son inevitablemente categorías ambiguas y relativas, pero en nuestro caso las usamos para identificar distancias de hasta unas tres horas en transporte terrestre, que permitirían ir y volver al lugar de salida en un mismo día si así se considerara necesario. Hacemos una lectura restrictiva de los turismos de proximidad con el fin de hacer más operativa la intervención en un debate que es fundamentalmente político, centrado en la necesidad de abordar una transición socioecológica.
Esto implica que se limita su uso a otras dimensiones de la proximidad aplicadas al turismo, que ponen en evidencia múltiples dinámicas de movilidad turística (Díaz–Sora y Llurdés, 2013). Por ejemplo, en este caso, y a efectos del presente debate, no tomaríamos en cuenta una proximidad de carácter cultural, referida al retorno a lugares de origen cuando estos implican desplazamientos de ida y vuelta que no puedan hacerse en un mismo día, o cuanto mucho en un fin de semana, y sobre todo evitando el uso del avión. Tampoco podrían ser necesariamente considerados como términos equivalentes un turismo nacional o doméstico, por cuanto en función de sus dimensiones los movimientos dentro del mismo país no necesariamente implican proximidad geográfica. O, aún menos, podríamos incluir en los turismos de proximidad los desplazamientos de turistas de otros lugares, más allá de las tres horas mencionadas, que, alojados en un determinado emplazamiento, realicen visitas a diferentes territorios cercanos. Por supuesto, lo que no tendría ningún sentido sería impulsar campañas promocionando este tipo de prácticas orientadas a turistas internacionales. El capítulo de Inma Díaz Soria en este libro ahonda en la distinción teórica entre las diferentes formas de concebir un turismo de proximidad.
Desde esta perspectiva, el turismo de proximidad haría hincapié en los destinos locales, distancias cortas y el uso de medios de transporte con menos emisiones de carbono (Rantala et al., 2021). Esta concepción geográfica del turismo de proximidad pone en cuestión las visiones tradicionales que diferencian turistas y residentes, y permite que se abran nuevas posibilidades para explorar comportamientos de la población local que actúa como turista en su propio territorio, en una transgresión de los esquemas establecidos (Díaz–Soria, 2017).
Modos de hacer turismo de proximidad
Las expresiones que puede adoptar un turismo articulado en torno a mercados de proximidad pueden ser muy amplias, sujetas a su vez a múltiples contradicciones y disputas. Las prácticas turísticas de proximidad no son algo reciente, lo novedoso está en que ahora llaman la atención, cuando hasta el momento no han sido priorizadas en el debate público o académico ni, sobre todo, en las políticas turísticas, que han estado esencialmente centradas en captar inversiones, atraer visitantes extranjeros y apoyar al sector empresarial.
Una de las formas más extendidas y, a su vez menos visible e incluso denostada, tiene que ver con múltiples formas de autorganización del tiempo y los espacios de recreación, ocio y turismo de las clases populares, en las que no media la contratación de un determinado servicio a través del mercado. Esto tiene que ver con experiencias como el turismo doméstico de diáspora, que analiza Jordi Gascón en un capítulo de este libro, y que suponen el regreso periódico al lugar de procedencia, en su mayoría rural, por períodos de vacaciones o incluso en fin de semana, y que, en algunos casos, según la distancia, podrían ser considerados también turismo de proximidad. Si bien académicamente se ha analizado sobre todo la dinámica internacional de este tipo de movimientos, durante décadas el grueso de desplazamientos y actividades turísticas de una parte muy destacada de las clases populares en España, y en muchas otras partes del mundo, ha estado vinculado a este regreso al pueblo, de uno mismo o de su origen familiar. Sin este vínculo recurrente, con población flotante que reside por temporadas y participa en la vida de estas comunidades, no podría entenderse el mantenimiento de una parte de las áreas rurales.
Por otra parte, en las décadas de los años sesenta y los setenta, durante los tiempos del boom económico español, otra de las formas de organizar las actividades recreativas al aire libre de las familias trabajadoras, y en especial de las que no tenían ese pueblo de referencia al que volver, era a través de salidas a espacios naturales o de la costa que realizaban en la misma jornada, habitualmente los domingos, día oficial de descanso, con vehículo propio o en transporte público. Conocidos como «domingueros», tantas veces despreciados y ridiculizados a causa de su clase y escasa capacidad de consumo, aunque también por su autonomía, abanderaron una práctica popular de apropiación del espacio para hacer realidad momentos de ocio al aire libre. Sergi Yanes analiza y reivindica esta figura, que logra mantenerse fuera de la tutela del Estado y de los canales establecidos por el mercado. Sus prácticas coinciden, aunque ahora no se califique de este modo a sus protagonistas, con el uso que hacen numerosas personas, sobre todo de origen inmigrante, de buena parte de los parques urbanos que existen en torno a las grandes áreas metropolitanas españolas.
A partir de los años setenta, a medida que sectores de las clases trabajadoras contaron con más recursos pudieron organizar sus vacaciones con mayor estabilidad en torno a una creciente oferta de campings y segundas residencias, no limitadas a los pueblos de origen familiar. En sus inicios, los lugares donde hacer acampada se limitaban a brindar un espacio en el que poder montar una tienda de campaña en zonas de montaña o de la costa. Esto permitía reducir costes de alojamiento, construir vínculos sociales y estar en contacto con la naturaleza, algo especialmente apreciado por su clientela (Bacsi y Szenati, 2021). A pesar de esta sensibilidad ambiental, los campings no han dejado de causar impactos ecológicos, vinculados, por ejemplo, al desagüe de aguas residuales o a la alteración de la vegetación para conseguir zonas de sombra (Feo, 2003). Progresivamente fueron ampliando su oferta, a la par de acoger a personas procedentes de lugares lejanos, con el fin de poder aumentar los beneficios del negocio. La llegada de las caravanas facilitó aún más la movilidad turística y aumentó el confort, con la posibilidad de que estos vehículos adquirieran la función de segunda residencia (Blanco et al., 2020). Así, con la creación de nuevos servicios y ofertas diversas de alojamiento, el sector trató de atraer a una población de mayor poder adquisitivo. El glamping, que ofrece altos niveles de comodidad en las zonas de acampada (Brooker y Joppe, 2013), sería el ejemplo más reciente de esta evolución. Este proceso ha traído consigo un cierto desplazamiento de las personas con menos recursos, o un cambio en las formas de campismo, y la pérdida de espacios de socialización que recreaban vínculos de afinidad gracias a cierta estabilidad a lo largo del tiempo (Pérez–Gamisel, 2021).
Asimismo, fue consolidándose una oferta de segundas residencias vinculada a distintos nichos de mercados, tanto internacional como doméstico, e incluso de proximidad. De hecho, España es el país con más viviendas secundarias en Europa (Gili, 2003), más de seis millones (Sampere, 2020). Estas segundas residencias pueden agruparse de distintas maneras, en campings, casas familiares recuperadas o nuevas construcciones. A pesar de su potencialidad como espacios de recreación, estos nuevos parques urbanísticos comportaron también diversos impactos negativos, como la alteración del paisaje, la dificultad de mantener las infraestructuras y servicios de una demanda estacional o el encarecimiento del suelo, que puede acabar en un problema de acceso a la vivienda entre las personas residentes (Gili, 2003). A su vez, ha potenciado el uso del transporte privado, que ha comportado una mayor presión para la creación o mejora de las infraestructuras viarias (Muñoz, 2008). La ampliación de carreteras para facilitar las conexiones a segundas residencias ha dado lugar a procesos de fragmentación de los territorios rurales, cambios en los usos del suelo y afectación en el funcionamiento de los corredores ecológicos. Sin ser un fenómeno exclusivamente vinculado a la proximidad, las segundas residencias constituyen en la actualidad uno de los nudos más contradictorios en el desarrollo de los turismos de proximidad.
Pero, ¿y si en vez de pasar el tiempo libre o de vacaciones en una segunda vivienda, se organizara en la residencia habitual? Carla Izcara y Ernest Cañada analizan en otro de los capítulos del libro el fenómeno conocido como staycation, que consiste en «quedarse en casa» en vacaciones. Igual que ocurrió durante la anterior crisis financiera global iniciada en 2008, esta expresión ha vuelto a ganar popularidad en el contexto de movilidades reducidas a causa de la pandemia de la covid–19 y de la crisis económica que ha comportado. Este tipo de experiencia pone en entredicho la diferencia entre ocio y turismo, ya que defiende que se puede practicar turismo sin pernoctar fuera de la residencia habitual. Algunas de las potencialidades de las staycations son la oportunidad de conocer y revalorizar el entorno, dinamizar la economía local y disminuir el impacto medioambiental del turismo. En este contexto, la tecnología adquiere en ocasiones un papel protagonista, en la medida que permite acceder a exposiciones, rutas guiadas, conciertos o amplias ofertas gastronómicas sin necesidad de moverse de casa. A su vez, ha crecido una amplia oferta de productos de consumo para aprovechar las posibilidades de mercantilizar este tipo de prácticas. En estas dinámicas hay un sesgo de clase, género y origen que se destacan en el capítulo en un intento de hacer visibles también sus múltiples contradicciones.
Otro fenómeno que ha ganado protagonismo en la actual coyuntura es el turismo social. Érica Schenckel y Ernest Cañada repasan su trayectoria en otro texto del libro. Con unos inicios contradictorios en los años 30 del siglo pasado, progresivamente se han ido dibujando dos grandes perspectivas en la forma en la que es concebido: una centrada en la persona, que prioriza los beneficios del disfrute del tiempo libre en términos sociales, y otra desde la oferta turística, que ve el turismo social como una oportunidad más de negocio, y que permite al empresariado vincularse con mercados hasta los que hasta ese momento le había resultado más difícil penetrar. En el contexto de crisis actual, el turismo social podría ser una herramienta de transformación del sector, al ayudar a resolver las necesidades de amplias mayorías y, de este modo, reducir situaciones de desigualdad y exclusión, así como disminuir los impactos climáticos y energéticos de los desplazamientos. De este modo, podría ser una de las principales prioridades de una política turística pública que apueste por la proximidad.
Por otra parte, un debate recurrente en la proliferación de los turismos de proximidad es el de la relación entre naturaleza y turismo. El contacto entre estos dos mundos podría describirse como conflictivo por distintas razones, aunque la más recurrente durante los últimos meses ha guardado relación con los problemas de gestión de la hiperfrecuentación de los espacios naturales en determinados momentos del año, y los riesgos que esto conlleva. En consecuencia, la discusión se ha centrado en cómo encontrar un equilibrio entre el uso social y la conservación de estas zonas naturales, y no siempre se ha resuelto en un sentido inclusivo y equitativo. Por un lado, existe un modelo tradicional de conservación que excluye a la población local de la gestión y disfrute de las áreas protegidas y que, por tanto, trata de evitar cualquier posible transformación de los ecosistemas protegidos a través de la presencia humana (Muñoz, 2017). Sin embargo, otra perspectiva, a la que por ejemplo podría adscribirse el programa de la unesco«Man and the Biosphere», es incluir los distintos actores en la toma de decisiones y gestión de estos espacios (Palomo et al., 2014), así como promover la interacción y conciencia ambiental entre las personas que viven y/o interactúan en esos espacios. Nora Müller, Macià Blázquez–Salom y Robert Fletcher presentan en su capítulo un modelo de «conservación convivencial», que desde una perspectiva poscapitalista propone acortar la distancia y separación entre del ser humano y la naturaleza. Asimismo, cuestiona los modelos conservacionistas más estrictos y excluyentes, que habrían encontrado en la protección ambiental un nuevo nicho para la reproducción del capital, y reivindican el acceso a la naturaleza por parte de amplias mayorías.
Bajo el nexo turismo y naturaleza existen múltiples expresiones ligadas al mundo rural. Una de ellas es el agroturismo, que se caracteriza principalmente por complementar las actividades de campo con una oferta turística. En estas ocasiones el turismo puede ser una herramienta de dinamización local o reactivación de la economía de zonas rurales deprimidas, entre otras potencialidades que recoge Carla Izcara en otro capítulo. En él se describen también los riesgos y malos usos que pueden derivarse de este tipo de prácticas, en el que más que diversificar actividades generadoras de ingresos, el turismo termine siendo un sustituto de la agricultura y la ganadería, lo que incrementaría la dependencia y vulnerabilidad de estas explotaciones.
Todas las expresiones que se han ido nombrando favorecen la promoción de ideas y propuestas sobre cómo transformar el turismo. En este debate, las aportaciones del slow tourism, conectado con un movimiento slow más amplio, han sido también especialmente relevantes, ya que defienden un turismo más respetuoso con el medioambiente que prioriza los desplazamientos por tierra, así como una mayor conexión con el territorio y un consumo «lento». Aunque el slow tourism ha contribuido notablemente a cuestionar las dinámicas turísticas actuales, Carla Izcara y Ernest Cañada exponen en su capítulo las limitaciones de esta corriente. Suelen ser propuestas pensadas únicamente desde la demanda, asociadas a una progresiva elitización de la actividad turística.
Finalmente, otra de las posibilidades de los turismos de proximidad es su vinculación con expresiones de carácter político, que responden a las necesidades y las demandas de ciertos grupos de la población local. Desde esta perspectiva el turismo se convierte en un instrumento al servicio de la información, la sensibilización e incluso la reivindicación en torno a distintas problemáticas sobre las cuáles socialmente hay heridas abiertas. Una de las formas que puede adoptar es el turismo de memoria, entendido como un intento de recuperar y dar a conocer lo sucedido en un momento o un período histórico determinado con el objetivo de educar y conservar su recuerdo por cuanto es relevante para el momento presente, y que en algunos casos puede estar asociado a una reivindicación de reparación del daño sufrido. Carla Izcara, a través de un ejemplo sobre rutas temáticas vinculadas a la memoria de los maquis, grupo guerrillero opositor al régimen franquista que actuó en la comarca catalana de la Garrotxa, expone las potencialidades del turismo como altavoz para estos movimientos de recuperación de la memoria colectiva. Aunque la oferta de turismo de memoria no se limita a un público local, se desarrolla de un modo especialmente fecundo a partir de necesidades de la población que vive en un territorio y se muestra preocupada o interesada por lo que ahí ha ocurrido.
La experiencia de Mutantur, o Turismo Mutante, paseos recreativos pensados por y para personas sin hogar en Buenos Aires, que explica en su capítulo Érica Schenkel, responde también a esta lógica de un turismo vinculado a una demanda política. En este caso, el proceso de apropiación es aún mayor, por cuanto las personas sin hogar participan como guías del grupo y al mismo tiempo como asistentes. A la vez, su visibilización como sujeto colectivo organizado, presente en las calles de una ciudad en la que se ven excluidos, se convierte en un acto público de afirmación y reivindicación.
Un espacio en disputa
¿Por qué nos interesa tanto en estos momentos poner sobre la mesa la discusión política en torno a los turismos de proximidad? Hay una primera razón obvia: la actualidad del debate. La pandemia de la covid–19, con movilidades reducidas y restricciones de la interacción social, ha sacudido al turismo internacional. En este contexto, el turismo doméstico, y en particular el de mayor cercanía a los respectivos lugares de residencia, ha sido lo que ha mantenido a flote parte de la actividad. Diversos factores podrían favorecer esta orientación: la incertidumbre ante la evolución de la pandemia a corto y medio plazo, que comporta miedo a un mayor riesgo de contagio o a la afectación por las variables medidas de restricción; su menor coste en relación a otros viajes internacionales; o incluso una mayor concienciación de una parte de la población (Lebrun et al., 2021a; Romagosa, 2020). Esto ha generado una atención renovada por estos mercados. La misma Organización del Turismo (omt) ha señalado la relevancia del turismo interno y ha reclamado políticas públicas proactivas para potenciarlo (unwto, 2020), en un claro intento por defender los intereses empresariales con recursos públicos en un momento de riesgo. Desde perspectivas opuestas, se ha apreciado un cierto «giro local» en los análisis y propuestas políticas sobre el desarrollo turístico. En este caso lo local no se percibe meramente como el espacio que usa el turismo, sino el lugar desde el que repensar el bienestar, la seguridad y la protección de la misma población residente (Tomassi y Cavagnaro, 2020). Así, un turismo disfrutado y producido localmente podría ofrecer una nueva perspectiva de mayor justicia y sostenibilidad (Higgins–Desbiolles y Bigby, 2021). Por otra parte, algunas de las consecuencias del crecimiento de turismo doméstico o incluso de proximidad, que han favorecido en especial las zonas naturales (Donaire et al., 2021), y que han dado lugar a situaciones de masificación, han abierto nuevos retos para la gestión pública. Es obvio, por tanto, que, en torno a un problema de actualidad, creamos necesario intervenir políticamente.
Sin embargo, más allá de esta razón de coyuntura, ¿qué hay en los turismos de proximidad que suscite una atención especial? Distinguimos la respuesta en dos ejes, potencialidades y riesgos, los cuales delimitan un nuevo campo de disputa en términos de acción social, investigación y políticas públicas. Más que una alternativa en sí mismos, los turismos de proximidad expresan un terreno de confrontación que se ve cruzado por múltiples intereses contradictorios. Lo que está en juego en torno a esta controversia es la restricción o la ampliación de los derechos de amplias mayorías en torno a un turismo que puede ver reforzada su orientación más excluyente o bien expresarse en términos de mayor equidad, inclusión y sostenibilidad.
Potencialidades
¿Cuáles son, por tanto, las oportunidades emancipatorias de los turismos de proximidad? En primer lugar, reorganizar el turismo con una reducción de las distancias y de los desplazamientos, en especial a larga distancia, ayuda a rebajar la presión ecológica de esta actividad. En tiempos de crisis climática, con efectos cada vez más dramáticos, como pone de manifiesto el último informe de situación del Intergovernmental Panel on Climate Change (ipcc) de agosto de 2021 (ipcc, 2021), es vital reducir drásticamente la emisión de Gases de Efecto Invernadero (gei) del transporte aéreo y marítimo vinculado al turismo. Esta es una de las actividades que globalmente más contribuye a la actual crisis climática, además de verse fuertemente afectada por ella (Scott et al., 2019).
Por otra parte, la apuesta política por limitar los efectos de la crisis climática, en particular con el objetivo anunciado en julio de 2021 por parte de la Comisión Europea de reducir las emisiones de gei en un 55 % para el 2030, podría tener efectos directos en la movilidad. A pesar de sus insuficiencias, que ponen en evidencia la «ceguera energética» de nuestras sociedades, en palabras de Jorge Riechmann (2021), este paquete de medidas podría cambiar, aunque fuera tímidamente, las dinámicas en una industria que durante décadas no ha tenido prácticamente limitaciones. Al contrario, su expansión ha sido ampliamente subvencionada con recursos públicos, en términos de combustible, infraestructura, promoción, baja fiscalidad o mano de obra precarizada estructuralmente. A todo esto, la crisis energética por reducción y encarecimiento de los combustibles fósiles, sin alternativas equiparables con otras fuentes energéticas renovables, obliga a un replanteamiento de la movilidad. La perspectiva de un encarecimiento de los costes de transporte puede suponer limitar de forma drástica el volumen de desplazamientos con la consecuente exclusión de amplios sectores de la posibilidad de hacer turismo por razones de capacidad de gasto. Ante una dinámica de cambios inevitables por la crisis climática, energética y de recursos minerales del planeta, que puede reforzar la desigualdad y la exclusión, hay que repensar cómo reorganizar la producción y el consumo turístico. Hacerlo en torno a la proximidad sea probablemente la mejor opción que tengamos.
En segundo lugar, permite asociar las perspectivas de transformación del turismo con propuestas de dinamización de la actividad económica y de generación de empleo. La debacle del turismo comporta una destrucción de puestos de trabajo que no es fácilmente recuperable a través de otras actividades productivas, o como mínimo no de forma inmediata ni en las mismas dimensiones. En un contexto de crisis económica y precariedad al alza, tomar en cuenta el impacto social de la caída de la actividad turística es también esencial. Además, proponer el mantenimiento de la actividad, relocalizada y con otros públicos prioritarios, ofrece una posibilidad de alianza con sectores de trabajadores y trabajadoras del turismo para los que la perspectiva de un simple decrecimiento les genera inquietud o la rechazan, por la falta de garantías sobre su futuro. La amenaza que la extrema derecha se extienda entre amplios sectores de las clases populares europeas, en una interpretación excluyente y xenófoba de la respuesta a las múltiples crisis en curso, es una posibilidad que no debe minusvalorarse. De igual modo, un turismo pensado para satisfacer las necesidades de amplias mayorías agranda los consensos sociales que facilitarían una eventual transición en la organización de este sector.
En tercer lugar, puede contribuir a reequilibrar el desarrollo geográfico desigual que genera el capitalismo. El modelo turístico hegemónico da lugar a una contraposición en las dinámicas territoriales. Por una parte, hay territorios intensamente turistificados, que sufren las consecuencias de lo que en los últimos tiempos se ha denominado como «overtourism» (Milano et al., 2019), y otros, sin aparentemente presencia turística. En realidad, en muchos casos estos territorios no turistificados son usados para suministrar los recursos necesarios para el desarrollo turístico en otros espacios, ya sea en términos de extracción de materias primas, recursos energéticos, producción de recursos y bienes de uso turístico o como proveedores de mano de obra. Relocalizar la actividad turística implica salir de las lógicas globales de especialización productiva y promover una mayor capacidad de autoabastecimiento con la diversificación y complementariedad entre actividades productivas (Gascón y Cañada, 2005). Esto implica decrecer turísticamente en algunos territorios, pero en otros puede suponer la posibilidad de incrementar su presencia. Así lo proponen Asunción Blanco y Macià Blázquez en un capítulo centrado en esta cuestión. Reequilibrar las dinámicas turísticas es una propuesta no exenta de riesgos, sino se asume en términos globales, es decir, crecer ahí donde haga falta, pero decrecer también donde sea necesario hacerlo. Sin esta compensación, que implica asumir el paradigma del decrecimiento, aumentar la presencia de turismo en territorios en los cuáles hasta el momento no ha sido relevante, puede ser un ejercicio tramposo, que extienda los problemas de la turistificación a cada vez más territorios.
En cuarto lugar, supone también una oportunidad para provocar un debate político sobre cómo transformar el turismo en un sentido emancipatorio, más allá de las recurrentes llamadas a la responsabilidad individual de los distintos actores involucrados en el turismo. Así, abordar en serio esta discusión obliga a tomar en cuenta perspectivas que han sido consideradas tabú en las políticas turísticas. En este sentido, por ejemplo, los mercados locales no pueden sustituir en sus mismas dimensiones al turismo internacional y, por tanto, su transformación implica también asumir la necesidad de un decrecimiento voluntario de la actividad en determinados territorios que eran dependientes en exceso de este tipo de actividades. Supone, por tanto, poner en cuestión la lógica subyacente en el desarrollo capitalista, basada en un crecimiento supuestamente sin límite (Fletcher et al., 2021). Pero, sobre todo ayuda a situar el análisis sobre la transformación del turismo en términos de necesidades y derechos de amplias mayorías en torno al ocio, la recreación y el acceso a espacios naturales. En la resolución de estas disyuntivas entran en juego la orientación y contenidos de las políticas y de las prioridades en el gasto público. Esto permite identificar actores y espacios clave sobre los que sostener este proceso y repensar políticas públicas a su servicio. Supone, por tanto, politizar el debate en torno al turismo social, los espacios naturales protegidos, los parques urbanos, las empresas de la economía social y solidaria, las pequeñas y medianas empresas arraigadas en el territorio o las infraestructuras y redes de transporte. De algún modo, esta perspectiva desplaza el debate de las reiteradas llamadas a la responsabilidad individual, que históricamente han evidenciado fuertes limitaciones, a la revaloración de la regulación pública como forma de ordenar la producción y el consumo turístico.
