2,99 €
Con su sonrisa fácil y sus modales relajados, Tyler Bradshaw llevaba escrito "Peligro" desde el Stetson hasta las espuelas. Y si la urbanita Skye Whitman había aprendido algo, era que no se podía confiar en los vaqueros, por encantadores o atractivos que fueran. Sin embargo, a medida que pasaban los calurosos días texanos y las noches bochornosas, Skye empezó a ver algunas cualidades de aquel amigo de la infancia que se recuperaba en su rancho. Un lado secreto que Tyler rara vez mostraba a nadie. Y un lado tierno y cariñoso que solo le mostró a ella. Pero si Skye cediera al cortejo de ese vaquero, ¿acabaría casada con él... o con el corazón roto?
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 200
Veröffentlichungsjahr: 2021
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.
www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1999 Susan Runde
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Un amor de adolescencia, n.º 1483 - abril 2021
Título original: A Cowboy Comes a Courting
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1375-549-6
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
NO ME voy a casar con un vaquero –anunció Skye Whitman con un gesto de determinación–. Me voy a casar con Ralph.
–Ya estás otra vez sacando precipitadamente las conclusiones equivocadas –replicó su padre disgustado–. ¿Acaso he dicho que tenías que casarte con un vaquero? Lo único que he dicho es que no entiendo por qué vas a hacer la estupidez de casarte con ese cuatro ojos escuchimizado sucedáneo de hombre. Ralph Breedlow ni siquiera puede mantener una conversación porque siempre tiene las narices metidas en un libro.
–Ralph es un intelectual –insistió Skye–. No tiene tiempo para esas sutilezas.
–Ralph pone su inteligencia como excusa para ser aburrido –opinó Gus Whitman sacando una caja de la parte trasera del coche de Skye.
Skye suspiró y agarró la última caja. Durante los últimos treinta minutos había estado escuchando un discurso sobre el disparate de casarse con un profesor de historia medieval. No culpaba a su padre por ser tan escéptico acerca de Ralph. No era como la mayoría de los hombres que su padre conocía. Un hombre que había sido una figura del rodeo no entendía que alguien no hubiera montado nunca a caballo y aún menos que ni siquiera hubiera estado cerca de uno.
Ralph no tenía la culpa de no ajustarse a la imagen del típico vaquero machote.
Para ella, eso era lo que le hacía más atractivo. Aunque adoraba a su padre, él no siempre había antepuesto su familia a su verdadero amor, el rodeo. Si algo había aprendido del desastroso matrimonio de sus padres era que nunca debía perder la cabeza por un vaquero.
Un hilillo de sudor le recorrió el hueco entre los pechos mientras subía las escaleras de madera del rancho familiar. Tras pasar los últimos seis años en el mundo civilizado del noreste, volver a casa y al calor húmedo del verano de Dallas para acabar su tesis de filosofía no había sido precisamente la jugada más astuta. No sólo el calor infernal le debilitaba el ánimo rápidamente sino también el carácter de su padre.
–Gus, ¿podemos posponer esa discusión para otro día? No nos hemos visto desde navidad y no quiero malgastar el tiempo que pasemos juntos discutiendo.
Gus se detuvo ante la puerta de la casa levantando una ceja en señal de interrogación.
–Si no quieres malgastar el tiempo que estemos juntos, ¿por qué no te mudas conmigo al apartamento de Dallas?
Los hombros de Skye se hundieron en señal de derrota. Su padre estaba malhumorado. Ambos sabían que no lo decía en serio, había hecho la oferta movido por la culpa más que por la verdad. Gus no quería que ella se quedara con él en el pequeño apartamento situado sobre su tienda en Dallas, ni tampoco quería verse obligado a vivir con ella en el rancho que había pertenecido a su madre. Cualquiera de las dos opciones hubiera necesitado de un compromiso por su parte, algo para lo que su padre estaba incapacitado.
Ella siguió con el juego negándose de un modo mecánico.
–Ya hemos pasado por esto otras veces, Gus. He estado viviendo por mi cuenta durante mucho tiempo. Necesito mi intimidad.
–No vas a tener mucha intimidad si te casas con Ralph –señaló confirmando que era tan testarudo como ella le recordaba.
Negándose a entrar en otra discusión, dejó pasar el comentario sin contestar. Abrió la puerta empujando con la cadera. La casa era antigua, estaba llena de polvo y tenía el mismo aspecto que cuando murió su abuela hacía diez años.
–Mi tesis me exige mucha concentración. Voy a pasar la mayor parte del tiempo trabajando. Sabes tan bien como yo que no serías capaz de quedarte sentado mirando cómo trabajo sin interrumpirme.
–Estaré en la tienda casi todo el día –contestó entrando tras ella.
–Es un proyecto muy complicado –insistió entrando en el salón y dejando la caja en el suelo–. Le dedicaré muchas horas, día y noche.
–¿Para qué vuelves a casa si vas a estar trabajando todo el tiempo? Podrías haberte quedado en el norte con Ralph.
–Ralph no estará allí –replicó sin pensar. Gruñendo de arrepentimiento desvió su mirada. Sintió un repentino interés por una caja que decía «varios», sabiendo que su padre no tardaría en advertir su decepción porque Ralph no quisiera pasar el verano junto a ella.
–¿Ah no? –preguntó Gus cazándolo al vuelo.
–No, no estará –respondió levantándose para mirar a su padre. Skye se estremeció ante el brillo de curiosidad en los ojos azules de su padre–. Estará en Europa todo el verano trabajando en un artículo que piensa publicar.
–¿Y no te llevó con él?
–No, no lo hizo –contestó apartándose un rizo oscuro de la frente esperando distraer a su padre–. Hace calor. ¿Quieres tomar algo frío?
–Sí, voy a beber algo –asintió. Se quitó el sombrero blanco y se rascó el cabello gris, un gesto que hacía cuando intentaba concentrarse–. Desde que eras una niña has estado soñando con ir a Europa para ver esos castillos donde viven los príncipes y las princesas. No puedo creer que hayas desperdiciado la oportunidad de ir ahora.
Ella entró en la cocina y sacó dos botellas de refresco de la nevera. Abrió una y se la ofreció a su padre.
–Como te dije antes, tengo mucho que hacer. Y Ralph también. Le distraería…
–O sea, que el imbécil ni te preguntó… –concluyó su padre aceptando la bebida con una sonrisa, y se bebió la mitad de un trago.
Skye luchó por no suspirar otra vez. Ya había tenido bastante. Era uno de los inconvenientes de estar con su padre demasiado rato. Dirigiéndose a la encimera de la cocina mientras bebía intentó encontrar una manera de echar a su padre.
–Gracias por ayudarme a traer mis cosas, Gus. Te lo agradezco de veras.
–Y ahora quieres que me largue, ¿no es así?
–Es que tengo mucho que hacer.
–Ya me lo has dicho –recordó con acritud. Pasó por el salón observando las cajas, los libros esparcidos por todas partes y el ordenador debajo de la mesa–. ¿Por qué no haces novillos una noche antes de empezar fuerte? –preguntó levantando las cejas como Groucho Marx–. Hay un rodeo esta noche en la ciudad. Y conozco a unos muchachos que están impacientes por verte otra vez.
Esos muchachos eran los amigos de su padre, sus tíos adoptivos desde que tenía cinco años. Fue a esa tierna edad cuando su madre murió de repente lo que la dejó al cuidado de su padre durante toda su infancia. Divorciado desde hacía casi cuatro años y sin haberla visto a menudo, Gus no estaba preparado para cuidar de ella. Al principio había delegado su responsabilidad en sus compañeros del rodeo.
Pero incluso con los sabios consejos de sus colegas, las cosas no habían sido fáciles. Gus había intentado llevársela con él de viaje, aunque pronto ambos se dieron cuenta de que el circuito no era vida para una niña, pero era la única que Gus conocía. Así que la dejó en el rancho familiar con su abuela. Aunque la abuela Whitman la quería y la cuidaba sin quejarse, eso nunca le compensó el abandono de su padre.
–¿Hacer novillos? –contestó mordiéndose el labio e intentando no parecer demasiado nerviosa. Lo cierto era que hacía demasiado calor para trabajar y la casa no tenía aire acondicionado. Hasta que no se pusiera el sol la temperatura sería sofocante. Nada le gustaría más que escapar del calor y de la llamada del deber durante unas horas más–. Siempre has sido una mala influencia para mí, Gus.
–Hago lo que puedo –dijo pellizcándole la nariz–. Cariño, naciste muy formal. Mi trabajo es hacer que te diviertas un poco.
–Si lo dices así… ¿cómo voy a negarme? Dame unos minutos para encontrar unos vaqueros en este lío. Después, caballero, puede acompañarme al baile.
El toro bufando pateó el suelo polvoriento. Moviendo la cabeza, empujó la puerta del toril embistiendo la valla de hierro con fuerza. Su movimiento incesante provocó una nube de polvo y lanzó un olor apestoso a sudor al aire.
Tyler Bradshaw se bajó de un salto de la puerta. En menos de una hora se esperaba que montara en aquella criatura incansable. Pero no era necesario que perdiera ningún miembro de su cuerpo innecesariamente mientras esperaba su turno.
–Diablo está de buen humor está noche –murmuró Joey Witherspoon.
–Sí que lo está –afirmó Tyler con calma ocultando su inquietud. Se estaba haciendo viejo para el rodeo. Llegaba el momento de pensar en retirarse. Al menos, eso era lo que le decían sus amigos. Pero él no se sentía viejo en absoluto. Aunque a los treinta y dos años la mayoría de los jinetes de rodeo han finalizado su carrera, han encontrado unas bonitas esposas y formado una familia disfrutando de su retiro. Pero él no, no señor. Para que colgara sus espuelas tendría que estar muerto.
–¿Cómo tienes la espalda? –preguntó Joey.
–Está bien.
–¿No tienes calambres ni contracturas?
–Nada de nada.
Tyler lo observó. Aparte de la altura no tenían nada más en común. Joey era moreno, y Tyler rubio. Él era musculoso y Tyler muy delgado. Y Joey era más atractivo. Pocos años antes su amigo había tenido el sentido común de retirarse del circuito. Joey tenía un terreno no lejos de Dallas y había encontrado una esposa. Juntos estaban criando a un montón de pequeños Witherspoon, cinco para ser exactos.
–No tienes por qué montar esta noche –sugirió Joey en voz baja–. A nadie le va a importar si pasas.
–Estoy bien, Joey –aseguró Tyler con irritación creciente.
No necesitaba que le recordaran sus numerosas lesiones. Un buen jinete no llegaba a ser campeón a no ser que se llevara unas cuantas caídas. Él tendía a caerse sobre la espalda golpeándose la médula espinal en más de una ocasión. Nadie dijo que el camino a la gloria fuera fácil.
–Tyler Bradshaw, dime que no estás tan loco como para subirte a la espalda de ese toro devora hombres –gritó una voz familiar.
Tyler sonrió aliviado por la interrupción. El asunto se había puesto demasiado serio para su gusto. Se giró para saludar al recién llegado, Gus Whitman. Tyler le debía mucho a Gus. El veterano del circuito había tomado a un chico de diecisiete años bajo su tutela y le entrenó para convertirlo en un campeón. Gus era su mentor, su amigo y más padre que el suyo propio.
La alegría se convirtió en sorpresa cuando vio que su amigo rodeaba con el brazo los hombros de una jovencita preciosa. Tyler movió la cabeza. Gus estaba aquella noche o de ligue o atravesando la crisis de los cincuenta.
Echó otro vistazo a aquella lolita. Tenía el pelo muy oscuro, casi negro, brillante y corto. Sus ojos azules eran del color del cielo de Texas. Tenía la nariz pequeña y respingona. Era bajita pero bien formada. Tyler no podía culpar a Gus por perder la cabeza por una mujer así incluso si era tan joven como para ser su…
–¿Qué te pasa, chico? ¿No te acuerdas de mi hija? –exclamó Gus dándole una palmada en la espalda mientras reía–. Es Skye, tonto.
–¿Skye? –repitió Tyler como un bobo.
No podía ser, ¿o sí?
La última vez que la había visto era una adolescente plana que solía seguirlo por el rodeo como un perrillo enfermo de amor. Él había tolerado su arrebato juvenil por respeto a Gus. Pero había mantenido las distancias para no darle motivos para que esperara algo más que amistad. Entonces ya era bastante bonita pero no tenía nada que ver con aquella versión adulta.
Se había ido como una colegiala y había regresado hecha una mujer.
–Hola Tyler –saludó Skye sonriendo–. Ha pasado mucho tiempo.
Aunque su voz sonaba diferente la reconoció. Le recordaba al sabor del chocolate derritiéndose en su boca en un día caluroso de verano.
–Skye, no puedo creer que seas tú.
–No ha pasado tanto tiempo. Calculo que unos seis años, ¿no es así?
–Sí, eso creo –afirmó advirtiendo que seis pares de ojos lo miraban. Sus amigos estaban formando un grupo y los observaban.
Inexplicablemente Tyler sintió resentimiento. Le hubiera gustado tener un momento a solas con la nueva Skye. Su mirada se posó en la curva exuberante de sus senos, en su delgada cintura y en sus caderas delgadas. Podría enamorarse de ella en poco tiempo.
–Skye ha vuelto a casa para trabajar en su tesis durante el verano –informó Gus con orgullo paternal–. Una licenciatura no es suficiente para mi niña, quiere sacarse el doctorado.
Como un puñetazo, esas palabras devolvieron a Tyler a la realidad. Desvió sus pensamientos lascivos sobre Skye hacia otra dirección. Skye Whitman estaba tan fuera de su alcance en aquel momento como lo había estado seis años atrás. Era la hija de Gus, no una fan del rodeo. No importaba lo adulta que pudiera parecer.
Jugar con su corazón sería jugar con fuego.
Tyler Bradshaw había cambiado un poco. Las arrugas alrededor de sus ojos eran más profundas. Los rasgos de su cara eran más duros. Y seguía siendo delgado aunque parecía más fornido. Pero seguía siendo el rompecorazones que ella recordaba.
Era uno de esos vaqueros a los que ella se había jurado evitar.
Lo que resultó diferente aquella vez fue que había sido el objeto de una de sus escrutadoras miradas. Tyler Bradshaw era un hombre que amaba a las mujeres. Las muescas en su revólver lo atestiguaban. No podía negar sentir una cierta excitación por haber captado la atención de Tyler después de tantos años.
Seis años atrás hubiera matado por conseguir que se fijara en ella. En aquel momento sólo la hacía desconfiar.
–Me voy a casar –soltó Skye.
Un silencio siguió a su declaración. Tyler parpadeó sorprendido.
Gus movió la cabeza disgustado.
–Enhorabuena, Skye –felicitó Joey Witherspoon–. ¿Quién es el afortunado?
–Ralph Breedlow –respondió Skye–. Es un profesor adjunto de la universidad en la que he estudiado.
–Un profesor de historia medieval –añadió Gus sin ocultar su desdén.
–Gus, no es el momento de discutir… –le advirtió.
–¿Cuándo es la boda? –interrumpió Tyler mientras su voz profunda le provocaba un escalofrío en la espalda.
–Aún no hemos fijado la fecha.
–Ralph está muy ocupado –explicó Gus–. Está en Europa leyendo libros viejos y polvorientos.
–¿Y te ha dejado sola? –preguntó Tyler con incredulidad.
–Ralph confía en mí –afirmó con orgullo.
–No debería preocuparse sólo de ti –dijo Tyler enseñando una sonrisa de dentífrico–. Sino también de nosotros, hombres decepcionados, y de nuestros corazones destrozados que vas a dejar atrás.
Skye sintió que se ruborizaba. Había lanzado la noticia de su matrimonio para avisar a Tyler de que mantuviera las distancias. Y en su lugar, él lo había tomado como un reto. Parecía decidido a hacerla admitir que no iba en serio con Ralph.
–Tan pronto como fijemos la fecha, me aseguraré de invitarte a la boda –aseguró con dulzura–. Una comida gratis es lo mínimo que puedo ofrecerte para reparar ese corazón partido.
El grupo estalló en una carcajada.
–No tengo el corazón partido pero me gustaría ser el primero en besar a la novia –intervino uno de los amigos de su padre. Un hombre alto y delgado la envolvió con un abrazo.–. Enhorabuena, Skye –murmuró tras darle un sonoro beso en la mejilla.
Uno tras otro, sus tíos se agruparon para esperar su turno.
Gus sufrió las palmadas en la espalda y las felicitaciones con su habitual sentido del humor. Movió la cabeza y se quejó todo el tiempo.
Mientras esperaba a que el último vaquero le diera un beso, Tyler la miraba con malicia.
Un pánico repentino la sobrecogió dificultando su respiración. Buscó en su mente una excusa razonable para abandonar el ceremonial. Desgraciadamente no se le ocurrió ninguna razón lógica para negarle a Tyler el beso con el que había complacido a los demás.
Cuando él sintió su rechazo una sonrisa se dibujó en sus labios tentadores. Se le encogió el estómago de emoción.
Los participantes del último espectáculo de la noche fueron avisados. Skye respiró aliviada al oír el nombre de Tyler.
–Alguien te está llamando –señaló con una amplia sonrisa.
–¿Quieres que me marche sin dar un beso a la novia?
–Creo que sobreviviré sin él –le contestó. Él se acercó a ella–. Creo que no hay tiempo… –tartamudeó luchando contra el deseo de echarse hacia atrás–. Además, es una tradición absurda, ¿no crees? Una excusa para que los hombres se aprovechen.
–No sé si hablo por los demás pero a mí me gustan las tradiciones. Pero si prefieres olvidarlo me parece bien –dijo lentamente–. Aunque agradecería un beso de buena suerte antes de empezar.
Skye tragó saliva mirando alrededor para comprobar si alguien estaba observando.
Todos los vaqueros estaban esperando su respuesta. Todos sonreían divertidos. Y su padre más que ninguno. Esperaba que ella le dijera que no.
–Qué diablos –murmuró–. No quiero que me acusen de dar mala suerte a un vaquero.
Se puso de puntillas poniendo los brazos en los hombros de Tyler para no perder el equilibrio mientras sentía el calor de su piel y la fuerza de sus músculos. El roce hizo que sus manos y su cuerpo se acaloraran. Desde tan cerca resultaba muy masculino. Los olores se mezclaban, loción de afeitado, cuero y sudor, y la mareaban. Antes de que otros pensamientos la detuvieran se acercó para darle un inocente beso en la mejilla.
Nunca sabría si fue un accidente o fue premeditado pero en lugar del casto beso que quería darle, Tyler bajó la cabeza y se giró a tiempo para recibir el beso en la boca.
Para ser una mujer tan menuda le había dado un beso de primera división. Su boca suave y cálida parecía estar hecha para encajar con la suya. Los labios de Tyler chisporrotearon con el contacto. Sintió cómo respiraba contra su boca. Ella se balanceó ligeramente. Antes de que pudiera escapar la agarró de la delgada cintura y la apretó contra sí.
El beso, a su modo de ver, fue bastante inocente, tan sólo una leve presión de sus labios contra los de ella. Pero por la manera en que se le estaba calentando la sangre pensó que iba camino de una noche en el paraíso. Aunque el paraíso tendría que esperar.
Percibió el empuje de sus manos contra sus hombros y se dio cuenta de que Skye estaba intentando apartarlo. En contra de sus deseos hizo lo que se le pedía. Liberó la presión de la mano sobre su cintura perdiendo al instante el dulce calor de su cuerpo mientras ella se apartaba.
Si no hubieran estado en medio de un lugar tan abarrotado, convirtiéndose rápidamente en el centro de atención, hubiera insistido una vez más. Pero valoraba demasiado su vida como para arriesgarla en un arranque de ira de Gus Whitman. Antes se enfrentaría a un toro bravo que a un padre furioso.
Le echó un buen vistazo a la mujer que le había impresionado tanto. A decir verdad, Skye parecía una gitana. Sus ojos azules estaban empañados por una mirada confusa y desconfiada. Separó los labios para respirar profundamente. El movimiento había ajustado la camiseta contra sus curvas generosas haciendo que se le secara la boca y le doliera el cuerpo.
Reconsideró ese segundo beso.
Pero antes de caer en la tentación, tuvo el sentido común de mirar a Gus. Su mentor, el hombre al que respetaba más que a nadie en el mundo, lo estaba observando con la expresión cautelosa de un halcón a punto de atacar.
Sonriéndole con indiferencia, Tyler se tocó el sombrero a modo de saludo.
–Gracias, señorita. Si esto no me da suerte no sé qué podría hacerlo.
Después, sin mirar atrás, se fue de prisa con el recuerdo del beso de buena suerte de Skye.
Hasta que Diablo reclamó su atención.
Sacado de los toriles al corral, el toro parecía dispuesto a patear a cualquiera que osara encaramarse encima. Y ése era él. Cuando anunciaron su turno, se subió al lomo del toro. Acallando el ruido de la arena, deslizó su mano enguantada por el asidero. Después, se enrolló la soga alrededor de la mano atándose a ochocientos kilos de energía pura.
Tyler supo que esa furia llamada Diablo estaba a punto de desatarse.
Sin querer retrasar lo inevitable Tyler dio la señal y la puerta se abrió de repente. Diablo miró medio segundo alrededor. Después arqueó la espalda y se lanzó fuera del corral.
Luchando por mantener el equilibrio, Tyler clavó las espuelas e intentó colocarse en el centro del lomo de Diablo, evitando los movimientos más bruscos del animal. Mientras el toro intentaba saltar otra vez, Tyler apretó la soga intentando no caer. El instinto de conservar su vida casi pudo con él. Pero por alguna razón recordó mantener una mano suelta como se requería.
Como el mismo demonio, Diablo intentó arrojarlo al suelo de otra manera. Giró bruscamente hacia la izquierda y empezó a dar vueltas. El mundo giraba a su alrededor cada vez más rápido hasta que Tyler sintió que estaba a punto de ser engullido en una invisible espiral de movimiento.
Después, casi tan rápido como había comenzado, Diablo paró. Empezó a patear y a saltar otra vez. Tyler sintió cada salto en sus doloridos músculos. Sintió como si su espalda crujiera.
Después justo cuando pensaba que no podría aguantar más sonó la bocina. Sus ocho segundos en el infierno habían terminado.
Tyler desenrrolló la soga de su mano. Un último salto lo derribó de lomos del animal. Cayó con fuerza y no podía respirar. Yacía mareado sobre la espalda preguntándose si podría volver a moverse otra vez.
A su lado Diablo resopló. Bajó la testuz, pateó el polvo y se preparó para la embestida final.
Tyler se esforzó en moverse. Rodó por el suelo hacia un lado, se levantó y se subió a una valla.
Dos payasos saltaron a la arena. Corriendo y silbando distrajeron a Diablo hasta que Tyler estuvo a salvo.
El público lo vitoreaba.
Tyler sabía que era el que mejor había montado aquella noche. Si al menos sus doloridos músculos le dejaran disfrutar del momento.
Una multitud lo rodeó para felicitarlo. Su mirada se perdió buscando el rostro de una mujer a la que sería mejor olvidar. Suspirando aliviado la divisó entre la multitud. Lentamente se abrió camino hacia ella.
–Has sido el mejor de la noche –lo felicitó ligeramente impresionada.
–Bueno, sí, pero esta noche sólo es la ronda de clasificación. Mañana será la final –contestó encogiéndose de hombros mientras se apoyaba en una valla y miraba sus labios–. Supongo que no puedo convencerte para que vengas mañana. No me vendría mal un poco de buena suerte.
–¿Buena suerte?
–Fue tu beso lo que me la dio.
–Tyler, no creo que…
–No critiques las supersticiones de un vaquero –la regañó riendo–. ¿Qué dices? ¿querrías acompañarme al rodeo otra noche?
Sus ojos brillaban de indecisión.
