Un corazón débil - Fiódor Dostoyevski - E-Book

Un corazón débil E-Book

Fiódor Dostoyevski

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Beschreibung

Un corazón débil es un relato intenso y profundamente humano sobre la fragilidad moral, la culpa y el miedo a no estar a la altura de las expectativas propias y ajenas. Ambientada en la Rusia urbana del siglo XIX, la historia sigue a un joven funcionario de sensibilidad extrema cuya felicidad repentina —el amor, el reconocimiento, la promesa de un futuro mejor— se convierte en una carga insoportable para su conciencia. Dostoyevski explora con una lucidez inquietante los abismos de la mente: la ansiedad paralizante, el autoexamen obsesivo y el colapso interior de quien posee un alma demasiado frágil para un mundo regido por la razón, el deber y la norma social. Con una prosa contenida y penetrante, el autor retrata el drama silencioso de un hombre vencido no por la maldad, sino por la debilidad del corazón.

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Seitenzahl: 85

Veröffentlichungsjahr: 2026

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La Colección Clásicos Libres está destinada a la difusión de traducciones inéditas de grandes títulos de la literatura universal, con libros que han marcado la historia del pensamiento, el arte y la narrativa.

Entre sus publicaciones más recientes destacan: Meditaciones, de Marco Aurelio; La ciudad de las damas, de Christine de Pizan; Fouché: el genio tenebroso, de Stefan Zweig; El Gatopardo, de Giuseppe di Lampedusa; El diario de Ana Frank; El arte de amar, de Ovidio; Analectas, de Confucio; El Gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald; El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, entre otras...

Fiódor Dostoyevski

UN CORAZÓN DÉBIL

© Del texto: Fiódor Dostoyevski

© De la traducción: Alexis Padrón Alfonso

© Ed. Perelló, SL, 2026

Carrer de les Amèriques, 27

46420 - Sueca, Valencia, España

Tlf. (+34) 644 79 79 83

[email protected]

http://edperello.es

I.S.B.N.: 979-13-70194-59-8

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Un corazón débil

Bajo el mismo techo, en la misma casa, en un cuarto piso, vivían dos jóvenes funcionarios, Arcadi Ivánovich Nefédevich y Vasia Shumkov… El autor, lógicamente, se ve en la obligación de explicar al lector por qué un héroe tiene el nombre completo y el otro no, aunque solo sea porque esto se pueda considerar incorrecto, si bien es normal. Pero como para ello sería necesario describir antes el grado, la edad, el tratamiento, el cargo y, finalmente, incluso los caracteres de los personajes de que se trata, y dado que hay muchos escritores que tienen esa forma de empezar, el autor del presente relato decide comenzar directamente desde la acción, para no parecerse a ellos (pues, como dicen algunos, lo hacen por su ilimitado amor propio). Y, dando por finalizada la presente introducción, comienza así el relato:

Al atardecer, en la víspera de Año Nuevo, hacia las seis de la tarde, Shumkov regresó a casa. Arcadi Ivánovich, que estaba en la cama, se despertó, entreabrió los ojos y miró a su compañero. Observó que llevaba puesto su magnífico traje y una impecable pechera. Al parecer, aquello le impactó. «¿Adónde habrá ido Vasia con este aspecto? ¡Y encima, sin haber almorzado en casa!». Mientras tanto, Shumkov encendió una vela, y Arcadi Ivánovich enseguida se dio cuenta de que su compañero se disponía a despertarle como por accidente. Y así ocurrió. Vasia tosió un par de veces, se dio unas vueltas por la habitación, y finalmente, de una manera casual, dejó caer al suelo su pipa, que rellenaba en un rincón, cerca de la estufa. A Arcadi Ivánovich le entró la risa.

—¡Ya está bien de picardías, Vasia! —le dijo.

—¿No estás durmiendo, Arcasha?

—Pues la verdad es que no sabría decírtelo; pero creo que no duermo.

—¡Ah, Arcasha! ¡Buenas tardes, amigo! ¡Vaya, vaya, hermano! ¡No sabes lo que tengo que contarte!

—¡Claro que no lo sé! Pues venga, acércate.

Vasia, que realmente parecía estar aguardando el momento, se acercó inmediatamente sin esperarse ni remotamente la astucia de Arcadi Ivánovich. Este le agarró sutilmente, le dio la vuelta, se colocó encima y se puso a «estrangular» a su víctima, lo que al parecer le divertía enormemente a Arcadi Ivánovich, siempre de tan buen humor.

—¡Ya te tengo! —exclamó—. ¡Ya te tengo!

—¿Arcasha, Arcasha, qué haces? ¡Suéltame, por el amor a Dios, suéltame, que se me va a manchar el frac…!

—No hace falta. ¿Para qué quieres un frac? ¿Por qué eres tan ingenuo dejándote coger? Dime: ¿dónde has estado y dónde has almorzado?

—¡Arcasha, por el amor de Dios, suéltame!

—¿Dónde almorzaste?

—Pues eso es lo que quiero contarte.

—¡Pues venga, vamos!

—¡Pero antes suéltame!

—¡Pues no! ¡No te soltaré hasta que me lo cuentes!

—¡Arcasha, Arcasha! Pero ¿acaso no comprendes que no puedo, que me es imposible? —gritaba ya sin fuerzas Vasia, intentando liberarse de las fuertes garras de su enemigo—. ¡Pues hay asuntos que…!

—¿Qué asuntos…?

—Pues aquellos que, cuando empiezas a abordarlos en una situación como esta, hasta puedes perder la dignidad. Es imposible de todo punto; quedaría ridículo, y en este caso no se trata de algo gracioso, sino muy importante.

—¡Bueno! ¡Encima se trata de algo importante! ¡Ya ves lo que se ha inventado! Tú cuéntamelo de tal modo que me entren ganas de reír; así es como me lo tienes que contar; pero no quiero escuchar nada importante; porque, si no, ¿qué tipo de compañero de piso serías? Vamos, dime: ¿qué tipo de compañero serías? ¿Eh?

—¡Arcasha, por Dios, que no puedo!

—¡No quiero ni oírlo…!

—¡Vamos, Arcasha! —dijo Vasia, tumbado de través en la cama e intentando con todas sus fuerzas poner el máximo énfasis en sus palabras—. ¡Arcasha! Puede que te lo cuente; solo que…

—¿Qué…?

—¡Pues que me he comprometido para casarme!

Arcadi Ivánovich, sin decir palabra, cogió a Vasia en brazos, como si fuera un bebé (sin reparar en que este no era del todo bajito sino, más bien al contrario, bastante alto, pero delgado), y con soltura se puso a pasear con él por la habitación, haciendo que lo mecía.

—¡Pues yo, novio, mira tú por dónde, voy a cambiarte los pañales!

Pero, al ver que Vasia permanecía inmóvil en sus brazos y sin decir nada, al instante rectificó, como si comprendiera que sus bromas habían llegado lejos. Lo soltó en medio de la habitación y con gesto amistoso y sincero le besó en la mejilla.

—Vasia, ¿no te habrás enfadado?

—Arcasha, escúchame…

—¡Por el Año Nuevo!

—Pero si estoy bien. ¿Por qué te comportas tan alocadamente? Cuántas veces te habré dicho: «¡Arcasha, por Dios, que no tiene gracia!». ¡No la tiene, en absoluto!

—Bueno, pero ¿no estarás enfadado?

—No, estoy bien. Además, ¿cuándo me he enfadado yo con alguien? Solo que me has disgustado, ¿lo entiendes?

—¿Cómo que te he disgustado? ¿Por qué?

—He venido a ti como amigo, con el corazón rebosante, deseando abrirte el alma y contarte la felicidad que me invade…

—Pero ¿de qué felicidad se trata? ¿Por qué no me lo cuentas…?

—¡Bueno, pues que me caso! —respondió enojado Vasia, ya que realmente estaba algo dolido.

—¿Tú? ¿Que te casas? ¿Es eso cierto? —exclamó blasfemando suavemente Arcasha—. ¡No, no…! Pero ¿esto qué es? ¡Y me lo dices así! ¿Sin derramar una lágrima…? —y Arcadi Ivánovich se lanzó nuevamente a abrazarle.

—Bueno, ¿ahora comprenderás mi reacción? —dijo Vasia—. Sé que eres una buena persona y un amigo; lo sé. Vine a ti lleno de alegría y entusiasmo, y, de pronto, toda esa alegría y ese entusiasmo te los he tenido que descubrir dando vueltas y atravesado sobre la cama, sin dignidad alguna… Comprendes, Arcasha —continuó Vasia riéndose—, la situación era muy cómica: y además, yo, en cierto modo, no era dueño de mi persona. No podía restarle importancia a un asunto así… ¡Solo faltaba que me preguntaras cómo se llama! ¡Te juro que conseguirías matarme antes de que te dijera cómo se llama!

—Bueno, Vasia, pero ¿por qué has estado callado? Podías habérmelo dicho antes, y no te habría gastado la broma —exclamó Arcadi Ivánovich verdaderamente arrepentido.

—¡Bueno, bueno, ya está bien! Si yo era solo… Sabes a qué se debe todo esto: pues a que tengo buen corazón. Por eso me ofendí, porque no pude hacerlo como quería, dándote una buena nueva con alegría. Quería contártelo bien, comunicándote la noticia correctamente… ¡Es verdad, Arcasha! ¡Pues te quiero tanto que, de no existir tú, creo que ni me casaría ni tampoco viviría!

Arcadi Ivánovich, que era extraordinariamente sensible, tan pronto reía como lloraba al escuchar a Vasia. A este le ocurría lo mismo. Los dos se abrazaron nuevamente, olvidándose de lo ocurrido.

—Bueno, ¿cómo ha sucedido? ¡Cuéntamelo todo, Vasia! Yo, hermano, discúlpame pero estoy sorprendido, ¡completamente sorprendido! ¡Como si me hubiera derribado un trueno! ¡Te lo juro por Dios! Pero ¡no, hermano! ¡No puede ser, te lo estás inventando, de verdad que me engañas! —exclamó Arcadi Ivánovich, echándole incluso una mirada de sospecha a Vasia; pero al ver en su semblante la resplandeciente confirmación de la inamovible decisión de casarse cuanto antes, se lanzó sobre la cama y empezó entusiasmado a darse tales revolcones que hasta las paredes temblaban.

—¡Vasia, ven aquí a contármelo! —gritó, sentándose por fin en la cama.

—Pero, hermano, ¡la verdad es que no sabría por dónde empezar!

Los dos se miraron, felices e inquietos.

—¿Quién es ella, Vasia?

—¡Es de la familia de los Artémiev…! —dijo Vasia con una voz débil de la felicidad.

—¿De veras?

—Bueno, pero si yo ya me cansé de hablarte de ellos, y por eso me callé, mientras que tú no te estabas enterando de nada. ¡Ay, Arcasha! ¡Cuánto me ha costado ocultártelo! Pero ¡tenía miedo, miedo de hablar! ¡Pensaba que la cosa podía estropearse, y yo que estaba tan enamorado, Arcasha! ¡Dios mío! ¡Has visto qué historia! —se puso nuevamente a hablar interrumpiéndose a sí mismo por lo excitado que estaba—; ella tenía un novio desde hacía ya un año, pero de pronto lo destinaron fuera; yo lo conocía, y, a decir verdad, era muy… ¡que Dios le ampare! Y, de pronto, deja de escribirle, como si se lo hubiera tragado la tierra. Y ella venga esperar. ¿Qué significaba aquello…?