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Para Juana, las respuestas nunca estuvieron a su alcance. Por eso busca. Busca y se enreda, busca y padece el entorno silencioso que la acecha ignorándola. Como en una película que se desenvuelve hacia atrás, ella indagará en cada fotograma para desvelar el misterioso presente que no le permite soñar con esa libertad que tan solo nos puede dar el conocimiento. Un dolor sin nombre nos sumerge en un mundo tenazmente vivo, que la autora pone a merced del lector, y lo invita a convertirse en parte de la trama.
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Seitenzahl: 210
Veröffentlichungsjahr: 2021
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.
Bernatene, María
Un dolor sin nombre / María Bernatene. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2021.
200 p. ; 21 x 14 cm.
ISBN 978-987-708-904-2
1. Novelas. 2. Psicología. 3. Novelas de Misterio. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2021. Bernatene, María
© 2021. Tinta Libre Ediciones
A mi sobrino,por la vida que nos esperay lo inexplicable de este amor que ya te tengo.
La soledad no es estar parada en el muelle, a la madrugada, mirando el agua con avidez.
La soledad es no poder decirla por no poder circundarla por no poder darle un rostro por no poder hacerla sinónimo de un paisaje.
La soledad sería esta melodía rota de mis frases.
Alejandra Pizzarnik
Un dolor sin nombreMaría Bernatene
Capítulo 1
—Tengo siete manzanas y quito estas dos. ¿Cuántas manzanas me quedan?
La señorita Luisa, mi maestra particular, con una habilidad nefasta y la absoluta incapacidad de engañar a nadie, me quería hacer pensar que dos de las manzanas, que sostenía con torpeza en sus manos apoyadas contra la espalda, habían desaparecido. Por un momento dudé de si se trataba de una clase de matemáticas o estaba ante una maga frustrada que intentaba hacer sus trucos frente a los niños para ver si alguno le aplaudía.
—Siete —digo con los ojos entornados y sin la más mínima intención de ocultar mi desinterés. Cuando hago esto, ella parece salirse de las casillas. Su cara se transforma rápidamente, el rosado de sus mejillas se enciende en un rojo furioso. Intenta mantener la calma, pero puedo percibir cómo aprieta los dientes, también las manos. Sé que no puede decirme nada de todo lo que está pasando por su mente, primero, porque es un poco cobarde, y, segundo, porque perdería el trabajo. Continúa ahorcando las frutas con sus dedos, como si apretarlas con fuerza me fuera a hacer entrar en razón.
Estábamos en un pequeño salón de clases que habían montado en el segundo piso con el objeto de instruirme. Era una habitación de paso. Un día colocaron un escritorio, dos sillas, una pizarra y, ¡zas!, colegio en casa. Había dos ventanas circulares y en una esquina, al nivel del suelo, se abría lugar una pequeña escalera de servicio con forma de caracol. A nuestro alrededor, caminaba de un lado al otro, medio enclenque, el perro diminuto que solía ocupar la cartera de mi madre.
El asunto es que Luisa estrujaba con tanto énfasis las manzanas, buscando canalizar su ira, que una de las que sostenía en su espalda se le fue al piso y rodó por toda la habitación hasta caer por el agujero de la escalera. Yo seguí con concentración ese desplazamiento: la fruta desapareció de mi vista, rápidamente. El perro, por su parte, pensó que se trataba de algún tipo de desafío para él, así que se arrojó por la escalera en su búsqueda. Un segundo más tarde, sentí un tímido quejido.
En ese momento, me volteé para mirar a la señorita Luisa que estaba temblando de odio y solté: —Ahora te quedan seis —apenas terminé de decir eso, un grito agudo me hizo volver a girar la vista hacia la escalera. Era la inconfundible voz chillona de Elsa, mi madre. —¡Pelusa se suicidó! ¡Pelusa está muerto! —sentenció.
Por fin el día se teñía de colores. Estaba cansada de la monotonía, de las clases particulares, de la vida encerrada en casa y lejos de los demás niños. Lo único que lograba mantenerme entretenida era la soledad. Detestaba estar rodeada de las personas con las que convivía. La señorita Luisa, que estaba a cargo ella sola de mi doble escolaridad; Elsa y el espectro de mi padre, que estaba preso en una de las habitaciones de arriba, lleno de cables y sábanas blancas con las enfermeras como sus principales visitas. Y ni hablar de ese perro histérico que no hacía más que mear y pedir comida
—Vamos a charlar de esto más tarde —sentenció Luisa mientras se esforzaba en despegar sus nalgas hinchadas y acaloradas de la cuerina de la silla. Subí y bajé los hombros, indiferente y, antes de que pudiera verme, Elsa lanzó otro silbido agudísimo reclamando una explicación ante el aparentemente trágico deceso de su perro.
Luisa abandonó la habitación y encaró la escalera con una velocidad que me dio vértigo. No pude evitar seguirla, pero me quedé asomada, desde arriba, viendo cómo sus enormes glúteos hacían una pequeña danza al descender por los escalones. El de la derecha subía cuando el otro bajaba, luego el de la izquierda subía y el otro, casi como en una coreografía, se dirigía hacia abajo. Me asombraba el movimiento que tenía su cuerpo, tenía las carnes muy crecidas y también grandes pechos. Por el contrario, mi madre era un palo de escoba, un tenedor, un pincel… como los que Luisa usaba para pintar en sus ratos libres. Al parecer, mi suerte sería la de Elsa, no tenía una sola carne saliendo de mi cuerpo, la piel estaba prácticamente adherida a mis huesos y, aunque hubiese practicado todo el día, ese movimiento de glúteos me habría resultado imposible porque directamente no tenía. Yo era lo más parecido a una pared, planísima. A veces Luisa se basaba en mi figura cuando tenía que hacer una línea vertical en sus cuadros. Yo me convertía en una especie de regla viviente. Y creo que eso también es una habilidad, al fin y al cabo.
Volviendo a lo que les contaba, cuando Luisa logró llegar al primer piso, mi madre la esperaba con Pelusa flotando en el aire, agarrado desde la patita con dos larguísimos dedos de uñas filosas en color carmín.
Luisa lloró antes de que lo hiciera la mismísima Elsa. De hecho y habiendo pasado un tiempo, puedo decirles que ella lloró en total más tiempo que Elsa. Mi madre solo lloró quince segundos y sacó una lágrima. Luego hizo mucha fuerza con la cara para que se le cayera otra, pero esto no pasó y seguramente desistió del intento para que no se le arrugara el entrecejo. Luisa, por su parte, lloró cinco horas y cuarenta y tres minutos sin parar, con lo cual humilló por completo a mi madre y dueña del difunto. Esa batalla que Luisa había ganado al segundo dieciséis, le traería grandes consecuencias.
—¿Intentabas atacarme con una manzana? ¿Golpearme con mi pobre bebé? ¿O fue la otra inútil? —eso fue lo que mamá le dijo a Luisa.
—Por favor, Elsa, discúlpame, yo le estaba enseñando a tu hija la clase de mat… y… la manz… —le temblaba la lengua a la pobre, pero continuó—. Y fue mi culpa… Por favor, no le digas así a Juana, podría escucharte…
¡Ah! “La otra inútil”, aparentemente, soy yo.
Capítulo 2
—I have seven apples and I hide two, how many apples do I have now? —suelta Luisa, todavía conmocionada. Yo, sinceramente, no podía concebir el profesionalismo con el que se desenvolvía esta mujer, lo obstinada que era con su trabajo. Porque mi madre le había dicho de todo, menos que era bonita, lo cual es una forma de decir, porque no lo era particularmente; y ella seguía haciendo lo suyo. Hasta respetaba lo de la doble escolaridad. Yo hubiera cerrado por duelo, pero Elsa ya estaba en el jacuzzi mientras el cuerpo de Pelusa todavía estaba caliente. Esto último lo comprobé yo misma.
Ahora, ¿era realmente necesario seguir con el ejemplo de las manzanas después de todo lo que nos había tocado vivir más temprano? Para Luisa, evidentemente, lo era. Por otro lado, las frutas seguían siendo siete, ¿la que mató a Pelusa estaría aún entre ellas? Really, Luisa?
Estaba dispuesta a responder “seven” cuando le vi la boca temblando. Se la notaba a punto de volver a llorar, esto la convertiría en una especie de récord mundial, o al menos en el mundo que yo conocía. Nunca había visto llorar a alguien tanto tiempo. Incluso yo lloraba mucho menos, y eso que lo hacía casi todas las noches. Hubo algo en sus ojos vidriosos que me llegó al corazón y me conmovió. Entonces, sentí una imperiosa necesidad de tranquilizarla, de hacer que se calmara, pero no tenía muy en claro cómo funcionaba eso. Las veces que yo me ponía mal, mi madre cerraba la puerta de mi habitación para no escucharme. Pero yo no podía hacer eso con Luisa, porque la habitación no tenía puerta. Entonces recordé eso de los abrazos que me había mencionado ella misma una vez para cuando algo malo le ocurre a alguien, pero no tenía bien en claro si esta era una de esas ocasiones, así que le di la respuesta más cálida que pude esbozar:
—Cinco.
Al parecer, no fue una buena decisión porque ella hizo una cara de sorpresa de un segundo y los ojos inmediatamente se le empaparon y empezó a sonreír y a largar lágrimas al mismo tiempo (esto, definitivamente, era algo que no había visto jamás). No sabía cómo reaccionar ante tantos estímulos, me quedé en silencio hasta que ella se compuso y, poniendo cara seria, soltó: —In English, please.
Tenía miedo de volver a hablar porque realmente no sabía cómo podría reaccionar esta vez, quizás se pondría tan feliz que ella misma se arrojaría por la escalera junto con las manzanas y harían un desastre.
Opté por quedarme en silencio y me distraje viendo cómo mis dedos se enlazaban unos con otros en una especie de danza.
—No te preocupes, pasaron demasiadas cosas hoy, ¿no? —me dijo mientras abandonaba las manzanas en una pequeña caja y se sentaba junto a mí. Pude verlo con el rabillo del ojo, pero no levanté la mirada.
—Mirá, Juana, hay algo que tenés que saber, aunque seas chica. Esta casa no es el mejor entorno para que una niña crezca, ni siquiera mis clases son las adecuadas. A mí me parece que deberías tener contacto con otras personas, con otros niños, sobre todo —frenaba para mirar hacia arriba, como si en el techo se proyectaran todas las palabras entre las que ella podría elegir y, cuando halló la correcta, continuó—. ¿Qué te parece si un día de estos vamos a la plaza?
¿Acaso me estaba hablando como si yo fuera una trastornada o algo así? Iba a quedarme callada, pero, en lugar de eso, comencé a hablar:
—Señorita Luisa, a usted mi mamá le paga para que me enseñe las cosas que se aprenden en el colegio, incluso más. No creo que ir a la plaza sea lo correcto —a medida que yo hablaba, su cara se transformaba y su cuerpo se encogía, sin llegar a ser chiquito, pero sí mucho más pequeño de lo normal. La tenía en mis manos, estaba a punto de pedirme perdón por su propuesta descabellada, entonces aproveché a decirle lo que de verdad quería que me enseñara:
—Sin embargo, y ya que es usted testigo del suplicio que significa para mí haber crecido en este lugar, voy a pedirle que me enseñe aquello que definitivamente no sería capaz de aprender por otros medios que no fueran los que usted misma pudiera llegar a brindarme … —los ojos de Luisa se iluminaron y, en consecuencia, también los míos. Era hora de empezar a tejer el fin de todo esto, de encontrar las respuestas que tanto estaba esperando, de quitarle el velo a los restos de vida que me rodeaban.
Miré para todos lados para corroborar que no viniera nadie, y, desprendiéndome de toda esa formalidad absurda a la que me veía sometida por Elsa, le dije, como si fuera un preso que amenaza a uno de sus guardias:
—Quiero saber quién sos, para qué vivís y qué te mantiene encerrada en esta especie de torre. Quiero saber también si estás esperando algo y qué es eso. Quiero entenderte y, en algún punto, desmenuzarte. Y esto es así porque presiento, muy en el fondo, que algo debés tener para aportarme porque nada es tan condenadamente cruel como mi vida. Ni siquiera en la película más triste que he visto en secreto las personas se quieren tan poco. Ni siquiera en mis pesadillas más oscuras me rodea tanta materia inerte. Y cuando te miro, cuando veo lo que hacés cuando no estás haciendo lo que te mandan a hacer… observo cosas que me sorprenden y me confunden.
Ella me miraba con los ojos encendidos.
—Juana, no sé de qué… ¿estás bien? Nunca hablás tanto… —decía intentando desviar la conversación. Pero ese día, en ese momento, yo no deseaba callarme. Y fui por más, empuñando todas las armas que traía: —Yo sé que vos sos algo más que las otras personas que conozco, sé que sos más que Elsa por ejemplo, incluso más que las enfermeras que suben y bajan las escaleras, más que el que viene a cortar el pasto todos los días, más que la pedicura, la manicura y todas esas curas que no conducen a absolutamente nada —hice una pausa para ordenar las ideas, quizás el discurso se me estaba yendo un poco de las manos, pero realmente había esperado durante mucho tiempo.
—¿Qué es exactamente lo que querés saber? —dijo temeraria, pero decidida.
—¿Qué haces con los cuadros que pintás? ¿Qué dice tu cuaderno de notas? ¿Qué es lo que te hace llorar tanto tiempo a la noche? ¿Por qué todavía entrás a la habitación de mi padre? Si él no tiene nada que aprender. Él ya tiene todo lo que necesita de este mundo y por eso se está yendo. Y cuando tenga que irse por completo, jamás se habrá ido porque su obra lo sobrevivirá por siempre. ¿Vos no entendiste eso?
Luisa dio un pequeño salto de la silla y me abrazó con fuerza.
—Juana, ¡te escucho y no puedo creerlo! Juana, Juana, mi Juana, ¡qué sorpresa! ¡Qué maravilla! ¡Elsa! ¡Elsa!
Entonces, entre tanta euforia, yo también pude notar lo que estaba pasando. ¡Había vuelto a comunicarme con ellos! Cuando juré y recontra juré dejar de hacerlo para siempre. ¿Qué era lo que me había pasado? ¿Acaso estaba poseída por algún tipo de espíritu?
La curiosidad mató al gato, dicen. Creo que la curiosidad hizo que tuviera que abandonar mi silencio. Necesitaba poner manos a la obra para entender lo que me pasaba, porque si no lo hacía, entonces jamás sería capaz de cambiarlo.
—¡Elsa! ¡Elsa! ¡Es Juana, por favor, vení! —continuaba diciendo mientras saltaba como una demente.
Por un momento tuve ganas de callarla o hasta de darle un golpe, pero después comprendí.
—A Elsa no le importo —solté. Luego, para mis adentros pensé: «Dejaremos que esto solo ocurra entre nosotras».
Luisa, claro, no pudo contradecir esa afirmación y cambió los saltos y gritos por una pequeña sonrisa. Era como un minúsculo triunfo abriéndose paso entre sus labios.
¿Quién era esta mujer y por qué hacía propia la causa que yo protagonizaba? ¿Tan enorme podía ser su vocación? ¿Tanta generosidad puede habitar en una persona?
Capítulo 3
Una mañana de sol, caminábamos en círculos por el parque de casa. Yo representaba una especie de notero que sigue a una celebridad, y Luisa empezó a hablar:
—Lo primero que deberías saber, lo que, en realidad, cualquier persona debería notar… es que yo era una artista.
—Como mi padre.
—Nunca tan grande como él. O al menos él así lo determinó.
—¿A qué te referís con eso?
—Bueno, ya firmamos el contrato de franqueza y no tenemos nada que perder así que, supongo que puedo serte franca.
—Absolutamente. Si no…
—… se rompería para siempre nuestro pacto y jamás volverías a dirigirme la palabra —completó resignada, pero divertida.
—Bueno, y qué, ¿eras pintora?
—¿Esos garabatos? No, jamás podría ser una pintora. Yo solo era una artista y un artista es alguien que está creando continuamente, esto es así, independientemente de las herramientas que pueda tener a mano.
—No entiendo.
—Un verdadero artista crea el todo con la nada. Con sus manos, con su voz, con su cuerpo… con las imágenes que se proyectan en su mente…
—Estimo, entonces, que no habrás dejado de serlo. ¿Por qué dijiste que habías sido una artista en lugar de afirmar que lo seguís siendo?
—Porque siento que me apagué.
—¿Que te apagaste? ¿Cómo es eso?
Entonces Luisa, que venía disertando con soltura, se detuvo un momento. Miró hacia el piso, como buscando entre el pasto su propio ánimo para recogerlo y vestirlo nuevamente.
—¿Qué estoy diciendo? Quizás nunca jamás pude llamarme artista. Perdoname… no puedo… —soltó mientras huía de mi lado como si hubiera visto un fantasma.
Me apuré a sacar de la pequeña mochila que llevaba en los hombros mi cuaderno de notas y una lapicera. De rodillas sobre el pasto, escribí todo lo que había logrado sonsacarle a Luisa en nuestra primera lección de vida (como había decidido llamar a nuestras clases). Y entonces transcribí con velocidad, y procurando la mayor precisión que me fuera posible, todo lo que ella había llegado a decirme hasta ese momento en que algo le impidió seguir.
Luisa decía haber sido una artista, no tan grande como mi padre, porque él, aparentemente, así lo había querido… ¿Qué tenía que ver mi padre en todo esto? ¿Qué tipo de injerencia puede tener una persona sobre la calidad de artista de otra? ¿Y eso de que se apagó? ¿Acaso es siquiera posible? Quizás, y a pesar del dolor que le había causado entenderlo, Luisa no era ninguna artista. Entonces posiblemente había vivido siempre engañada. Luciendo una cualidad que no le pertenecía, que le quedaba grande.
Tuve ganas, después de tanto tiempo, de ir a ver a mi padre.
Guardé mis cosas en la mochila y corrí hacia la casa, pero en el medio, tuve la enorme desgracia de cruzarme con Elsa que estaba con otras momias a las que llamaba “sus amigas”, aunque lo único que hacía era criticarlas y envidiar sus peluqueros. Elsa usaba peluca, hacía años que estaba calva. Nunca pude verla por completo, pero sí había corroborado que jamás de los jamases hizo un movimiento brusco con la cabeza ni utilizó shampoo. Además, una vez entré sin tocar a su habitación y me arrojó su propio perro para que no la viera. Pelusa voló por los aires como un samurái, pero no tan rápido como yo cerrando la puerta, así que, en lugar de impactar contra mi cara, lo hizo contra la madera. Nunca hablamos de eso, pero ella gritaba: —¡No tengo el pelo! ¡No tengo el pelo!
Elsa adoraba recibir a sus amigas en casa y armar toda una escena de película, contrataba cuatro o cinco sirvientes más para hacer todavía más ostentosa su hora del té. Y se reía a carcajadas de sus propios chistes, y hablaba de la vida como si tuviera una y un montón de comportamientos que bien podría reflejar el National Geographic bajo el título: “Miremos con detenimiento a estas cuatro cacatúas inservibles masticando alpiste con el culo apoyado en una rama”.
—¡Juana, nena, vení! (a sus amigas) Dice Luisa que habló esta. Y que al final parece que no es tan retrasada como pensábamos. Lástima que el padre no va a verla hablar nunca, pobre su padre. ¡Qué vida cruel! Pero qué buenos negocios que hizo. Me enteré de que su colega Mario, con lo buen mozo que era, no está del todo bien. Es decir, la salud sí, impecable, pero el bolsillo… una miseria. ¡Ja, ja, ja!
Me acerqué ante su llamado, pero luego ella siguió hablando como si yo no estuviera. Y sus amigas, que me habían arrojado una fútil mirada, abandonaron mi imagen para enfocarse en apuntalar la dureza y elongación de los meñiques mientras sostenían la taza de té.
Elsa era un caso perdido.
Abandoné la sala, invisible, caminando entre piernas que iban y venían a la vez que sostenían bandejas con comestibles que nunca comerían las invitadas porque esas mujeres no comían. Nunca. No sé cómo podía ser que estuvieran tan gordas, si nunca probaban bocado.
Subí las escaleras raudamente para ir hacia la habitación donde se encontraba mi padre. Hacía años que no me acercaba. La última vez que lo intenté, Elsa me había dicho que él no quería que lo viera de esa forma. Y lo siguiente que sé son movimientos que entran y salen de esa puerta. Enfermeras, doctores, Luisa.
Por alguna extraña razón había respetado lo que Elsa me había dicho y no había vuelto a entrar. No sé si era obediencia o miedo.
Creo que sí sabía. Me daba miedo ver a mi padre muriendo.
Prefería, aunque suene extraño, fingir que eso ya había pasado. Que lo que se encontraba en esa habitación no era mi padre, sino sus prendas. Eso acallaba mi dolor.
¿Acaso eso mismo le pasaba a Elsa? Ella hacía mucho tiempo que no lo visitaba, viviendo bajo el mismo techo.
Bah, ¿tendría alguna idea ella de lo que era el dolor?
Cuando él estaba, yo vivía diferente. Me lo comentaron varias veces y yo no quise escucharlos, porque solo la ignorancia podía mantenerme a salvo. Recordaba muy poco. Y si alguna vez una imagen me visitaba, cerraba los ojos con fuerza para olvidarlo, porque él ya no estaba con nosotros, solo quedaba su cuerpo inerte.
¿De verdad iba a abrir esa puerta?
¿Podría soportarlo?
La angustia se coló en mi garganta y tuve que correr hacia mi habitación para que nadie me viera llorar.
Como si alguien acaso me viera, en absoluto.
Podía pasar con un cargamento de explosivos junto a Elsa y sus invitados y nadie me notaría.
Y supuestamente si uno llora, alguien le da un abrazo.
¿Qué cosa tan horrible había hecho yo para merecer esto?
¿Qué daño tan grande hice en estos tímidos once años? Y ni siquiera son once, si estoy muerta en vida hace cuatro.
Quizás si lograba entrar a la habitación de mi padre, entonces me iba con él a esa suspensión en la que se encontraba. Pero él sí había vivido y había creado. Y todavía hablaban de su obra en todos lados. Pero yo… yo no era nada, era peor que Elsa porque nada podía satisfacerme y me rehusaba, por ahora, a recurrir a las falsas amistades, el alcohol y las pastillas.
Tenía una vida inútil e inerte, más inerte que lo que quedaba de mi padre.
Capítulo 4
La tarde se esfumaba y yo no había tenido noticias de Luisa, entonces fue inevitable ponerme a pensar: ¿y si ella se iba? ¿Si el único hilo de vida que corría por mis días desaparecía? Mi ventana al exterior, mi maestra…
Al caer la noche, abandoné mi cuarto y salí en su búsqueda. Lo primero que corroboré fue que no estuviera en su habitación, era una posibilidad que se hallara ahí en silencio, en realidad yo misma lo hubiera hecho, porque no tenía a dónde ir… ¿Pero ella? ¿Ella tenía a dónde ir? Hacía ya cuatro años que la veía a diario y sabía muy poco de su vida. En eso me parecía un poco a Elsa, esa falta de interés para conocer y reconocer el mundo que nos rodea. Eso, definitivamente, tenía que terminar, y la única manera de hacerlo era buscando las respuestas: ¿quién es Luisa?
Toqué la puerta, esperé unos momentos y, al no escuchar movimiento alguno, entré. Jamás había pisado su habitación, aun compartiendo la misma casa desde hacía tanto. Al encender la luz, sentí como si un viento se me hubiese metido en el cuerpo hasta hincharme y hacerme flotar. Los colores, los adornos, sus pinturas, las luces navideñas que se encendían y apagaban para crear un mundo mágico, a tan solo unos pocos metros de donde yo dormía cada noche. Si cerraba los ojos un momento, podía sentir cómo las luces iban mutando de color y latiendo, se apoyaban en mis párpados, luego en mis mejillas, podía abrir las manos y sentirlas en las puntas de los dedos, como un roce tibio, parecido a una caricia. Me quedé unos instantes sumida en esa danza muda y me cargué los pulmones de aire. El perfume de la habitación me caló hondo.
No sabía cuánto tiempo tenía, así que abandoné el ensueño y empecé a mirar hacia todos lados con gran velocidad tratando de retener los detalles en mi mente. No era mi intención tocar nada, pero no pude contener las ganas de dirigirme hacia un escritorio que estaba a mi derecha, abrí el único cajón que tenía y encontré, entre algunos papeles, algo que cambiaría el curso de las cosas para siempre: un sobre de papel madera ajado que contenía una foto de Luisa con mi padre. Fue como haber visto un fantasma, me quedé helada. Era algo completamente impensado. Me costó un momento reconocerla, como si mis ojos no dieran crédito de lo que veían. Lo extraño, además de tenerlos a los dos juntos en la misma imagen, era que había sido tomada sin que se dieran cuenta. Ella estaba sentada sobre una silla con el pelo suelto y una camisa de hombre como su única vestimenta, observaba a mi padre con una mirada pacífica y los labios apenas sonriendo. Se la veía radiante, su cabello largo y abundante le abrazaba la espalda por completo. En frente de ella, a tan solo dos pasos de distancia se hallaba él, sentado en su silla de director. No hacía falta escucharlos para saber que él estaba en medio de una carcajada. Acaricié la cara de mi padre, parecía tanto más joven de lo que yo lo recordaba, tan lleno de vida. La foto consignaba en una esquina la fecha en la que había sido tomada, yo tendría entre cinco y seis años. Miré el resto del lugar en el que se encontraban y parecía un set de filmación, a juzgar por las luces y micrófonos, había también globos que cubrían gran parte del suelo, como si se tratara de una fiesta.
