Enemigos Íntimos - María Bernatene - E-Book

Enemigos Íntimos E-Book

María Bernatene

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Beschreibung

Me han confiado más cosas de las que puedo manejar, esa es la verdad. También vi más de lo que quería por mi propia avaricia. Es duro seguir por la vida con esta cruz. Me siento a pensar mirando al infinito y percibo paseando entre sombras las caras que más veces he visto, a las que más he querido. Una daga clavada a la altura del pecho empuñada por alguien tan cercano es como si te arrancaran el corazón con las uñas. Pero esto somos, ponemos a prueba nuestros vínculos más íntimos porque nos reflejamos en ellos y a la vez nos conforman. Cada disputa con el entorno evidencia una verdadera lucha contra uno mismo que seremos incapaces de ganar a menos que asumamos nuestra verdadera esencia y nos congraciemos con ella. Ahora, en este camino, ¿hasta dónde seremos capaces de llegar?

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Seitenzahl: 224

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Bernatene, María

Enemigos íntimos / María Bernatene. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.

232 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-817-734-2

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Románticas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2022. Bernatene, María

© 2022. Tinta Libre Ediciones

¿Hasta dónde se puede tirar de un corazón?

¿Hasta dónde se estira y no se corta?

María Bernatene

Enemigos íntimos

María Bernatene

Capítulo 1

Nadie sabe cómo van a terminar las cosas cuando se las empieza. Uno puede hacerse una idea, racionalizar el curso de lo que acontece, estar veinticuatro pasos adelante, pero, definitivamente, nada nos asegura un desenlace determinado. A decir verdad, dudo de que estos finales ocurran en absoluto. ¿Cómo sabemos que algo se termina exactamente? ¿Podrías decir cuándo terminó la relación con aquel noviecito que tuviste a los doce años? ¿Podrías asegurar que terminó? ¿O todavía, en algún punto, te desvela el pensamiento? Apuesto a que volvés a cruzarlo y aún se siente esa tensión, habla por sí sola en la ausencia de cada palabra. La vida teje redes de manera caprichosa e intencional. Hoy, más que nunca, me animo a expresar que, al menos para mí, nada ha finalizado en relación a esta historia. Esto es así porque no dejo de repetirla una y otra vez en mi mente a través de mis recuerdos que se vuelven cada vez más difusos.

Existen algunas preguntas rebotando en mi cabeza cuando me acuesto o me levanto. Es como si la cama se encargase ella sola de hacerme saber que hay cosas que no he logrado resolver todavía por el miedo que me provoca la posibilidad de que todo, tal y como es ahora, cambie. Me aterra pensar que ese cambio pueda arrancarme lo que he estado experimentando en los últimos meses: el infierno y el cielo, una mezcla perfecta de diabólico y encantador que crea un néctar del que me hubiese gustado poder servirme impunemente para siempre. Pero los recursos se agotan y también esta pequeña charla. A continuación, iré compartiendo con ustedes, parte a parte, el mundo que creció en mi cabeza desde que empecé a trabajar con Lupe. Apenas puedo nombrarla sin que me tiemble el corazón.

Capítulo 2

Todo empezó el siete de marzo de este año, puedo recordarlo con exactitud porque ese es el día de mi cumpleaños. Yo recorría aquel lunes medio border. Siempre negociando entre cortarme las venas o dejármelas largas, como dirían los Ratones Paranoicos. Hay una tristeza perpetua en los aniversarios de vida, esa sensación de que tu pacman se va comiendo los pedacitos de camino y el final está cada vez más cerca. A veces escucho en mi cabeza esa melodía desesperante que eligen en las películas para generar suspenso: la mayoría del tiempo es solo un suave susurro muy de fondo, pero el día de mi cumpleaños se convierte en un alarido, un tambor conformado con mi cráneo cuyo ritmo se marca con el mero paso del tiempo. Es una desgracia imaginarlo, imagínense vivir con eso.

La mañana empezó con algunos sobresaltos: un desayuno a domicilio, que me hizo llegar mi familia de manera remota como la gran sorpresa, me sacó de la cama. Estaba solo en un día tan especial por circunstancias que solo la Ley de Murphy podría explicar, y el sonido del timbre me indicó que alguien se encontraba en la puerta. A decir verdad, no esperaba recibir a nadie a las ocho de la mañana así que me tapé las orejas doblando los extremos de mi almohada con la intención de ignorar ese llamado, pero no alcanzó. El sonido continuaba repitiéndose con una frecuencia cada vez más alarmante, y al ring del timbre se le sumó el rang del teléfono y yo estaba que volaba de furia. Era ella, seguro llamaba para saludarme, y la atendí.

—Agustín, ¿qué haces? ¿No escuchás el timbre, tarado?

Por un momento tuve miedo de que fuera ella presionando ese horrible botón de anuncio que la mayor parte del tiempo preferiría arrancar de raíz, el estado somnoliento no me dejaba comprender que ella tiene la llave del techo que compartimos. Pero, a continuación, antes de pronunciarme un completamente soslayado “Feliz cumpleaños, amor”, me aclaró que me había enviado un desayuno sorpresa a casa, que le había costado muchísimo coordinar con la empresa que los reparte a domicilio para que llegaran antes de que me fuera al trabajo, pero luego de que estuviese levantado. Y después agregó que siempre arruino todas las sorpresas, que así no se puede conmigo, que ni siquiera soy capaz de levantarme a horario, que para qué pongo la alarma tan temprano si voy a dar en el botón “Posponer” unas doscientas veces antes de dejar la cama, haciendo que todo individuo que intente conciliar el sueño a mi alrededor al final desista y acabe despertando de mal humor cuando yo todavía duermo como un bebé, o como un oso, con la boca abierta de par en par como si estuviese gritando el gol de “nosequién”, rebalsando de hilos de baba reseca que se adhieren a mi barba dándome mayor aspecto de vagabundo aún.

Opté por dejar el teléfono a un costado, la notificación de la alarma aullaba de forma silenciosa en la pantalla para no interrumpir la conversación. Mientras ella no dejaba de insultarme, avisé por el portero que ya estaba bajando a la vez que me colocaba unos pantalones y un buzo. Abandoné el departamento olvidándome la llave adentro. Antes de abrirle la puerta al delivery, tuve que tocar varias veces el timbre en portería para que el encargado me facilitara una copia y correr a recibir mi maravillosa sorpresa, para luego encontrarme con dos tostadas casi desintegradas en una bolsita, dos saquitos de té y unas mermeladas de zapallo que sería lo último que querría untarle a algo, sobre todo después de que se inventó la manteca y el dulce de leche. Eso sí: al regalo no le faltaba un suntuoso envoltorio y una enorme taza blanca con una foto bastante pixelada de los dos.

Me acordé de cuando nos tomamos aquella imagen. Acabábamos de descender de un cerro y nos encontrábamos lo suficientemente exhaustos y felices como para pedirle a un turista que nos tomara una foto. Yo bebía el escaso líquido que salía de una botella de agua congelada que, en el momento exacto de la captura, explotó salpicándole toda la cara. Ella comenzó a reír y yo, al verla, hice lo mismo. Todavía reíamos juntos en aquella época, parece que no fue en esta vida. El puente que separa aquel instante de este se pierde entre puñados de nubes espesas que no me permiten ver cuán alto, cuán lejos, cuán largo es el camino que nos trajo a esta situación: su voz, todavía al teléfono monologando acerca de lo difícil que hago las cosas, de lo poco que me preocupo por ella y tantas otras oraciones incriminatorias.

Retomo contacto con el auricular para avisarle que ya tenía el desayuno conmigo y que le agradecía profundamente el gesto, además de pedirle perdón en treinta y dos idiomas por no haber bajado a tiempo.

A ese evento poco afortunado se le sumaron miles de cosas más, como si el mundo entero estuviese conspirando en mi contra: se cortó la luz, tuve que usar las escaleras para bajar los seis pisos que me separan de la vereda; el auto no arrancó de una (es una costumbre que le está entrando y debería ocuparme de ello); y, en el primer semáforo, me di cuenta de que había olvidado mi teléfono celular en el departamento. Seguí mi camino, sabiendo que no habría para mí ni onda verde, ni gente que respetara que venía por la derecha, ni lugares para estacionar. Todo lo que me cruzaba eran alarmas: bocinas, frenadas, puteadas, la luz del tanque vacío en el tablero. «El siete de marzo es caos», pensé.

Bajé del auto con una nube negra que se empeñaba en flotar sobre mi cabeza todo el tiempo, generando una sombra a mi alrededor, haciendo que en donde sea que estuviera, fuera de noche. Entré a la empresa tratando de disimular todo lo que me había pasado, también procurando evitar que notaran que era mi cumpleaños. Lamenté que mi novia no estuviera en la ciudad para encargarse de hacerme quedar bien, comprar algo para convidar y demás cosas que se acostumbran. Crucé el salón de ventas sin levantar la cabeza, cada tanto me cruzaba con un par de piernas y emitía un saludo apesadumbrado.

Detuvo mi caminata el encargado del lugar con la intención de presentarme a la persona que empezaría a trabajar con nosotros ese día. Frené, solo por educación.

—Él es Agustín, uno de los socios de la empresa… —soltó Guille para presentarme.

Y, luego de un momento, continuó:

—Ella es Lupe, empieza hoy a trabajar en la administración.

Ella me dijo “Mucho gusto” y me extendió la mano, y ahí es cuando caí en la cuenta de que no había podido ni respirar desde que la miré a los ojos para saludarla. No puedo decir que fuera su belleza, su olor o su sonrisa. No sé si era la forma en la que su pelo se posaba sobre los hombros, los pliegues de la blusa que llevaba puesta o el timbre de su voz. No entiendo lo que me pasó en ese momento, pero lo que sé es que hizo que me paralizara por completo.

Capítulo 3

No me quedé demasiado tiempo parado frente a ella, le di un escueto, aunque amable, saludo y seguí hacia mi oficina. Algo que he aprendido con el paso de los años es que no debo quedarme demasiado tiempo en las situaciones que no puedo controlar. Me sirve mucho eso de estar yendo a un lugar, del teléfono que no para de sonar y otras tantas excusas que uso a menudo cuando me resulta imposible dar una respuesta atinada. Luego me recluyo, pienso durante unos cuantos minutos y, cuando me encuentro seguro de lo que voy a decir, me encargo de que mis respuestas lleguen a los interesados.

En este caso no necesitaba encontrar una respuesta, sino apaciguar el torbellino que esta chica había provocado con solo pararse delante de mí. Cerré la puerta apenas entrar, en señal de que estaría agradecido si evitaban interrumpirme, necesitaba aclarar mis ideas. Me senté en la silla, apoyando todo el peso hacia atrás; no estaba relajado, sino haciendo lugar en el tórax para que me entrara el aire. Y, sin mediar, el día empezó: los teléfonos me reclamaban, los golpecitos en la puerta me anunciaban que venían a dejarme algo o a consultarme algunas cosas, un par de reuniones programadas y demás. En algún momento pensé en mi celular abandonado en casa, estallando de mensajes, con más notificaciones que cualquier otro día del año, seguramente provenientes de personas con las que me comunico una vez cada doce meses, cuyos contactos, muchas veces, no tengo agendados. Me aburre la hipocresía que crece en torno a mi cumpleaños, por suerte en la empresa nadie se había acordado todavía.

A eso de las dos de la tarde ni siquiera yo recordaba que estaba cumpliendo años, me enfrenté en mi escritorio con un plato de milanesa con papas fritas que dominé al instante y aproveché el momento para echarle un vistazo a las cámaras, un breve repaso por los distintos sectores. Miré el salón, estaba atestado de personas, los vendedores caminaban de un lado a otro para tratar de cubrir todos los frentes. Me sentía orgulloso por el equipo que habíamos podido armar con Guille. Seguí pasando las imágenes, observé el orden de los depósitos, las filas de clientes a la altura de las cajas, la zona de expedición, hasta dar con las oficinas. Generalmente no hay demasiada información, pero me pregunté dónde habrían situado a Lupe. La encontré luego de tres o cuatro clics. Estaba sentada frente a la computadora con algunos papeles sobre el escritorio, miraba la pantalla frunciendo el ceño, como cuando uno no termina de entender lo que está haciendo, su espalda erguida denotaba la atención que le estaba prestando a la tarea que le habían encomendado. Con solo verla, el corazón empezó a latirme con fuerza, no entendía cómo podía estar generándome eso. Aún escondido atrás de la cámara, no podía dejar de mirarla y sentir los nervios recorriéndome el cuerpo entero.

Me sacó de mis cavilaciones el sonido de cierre, aquel mensaje en los altavoces que indica que estamos a punto de abandonar el lugar, ese que a todos les recarga las baterías. Hizo que Lupe girara la cabeza y, sin dejar de hacer lo que hacía, entendió que su primer día había llegado a su fin. Me preguntaba qué tal se habría sentido, si le habían explicado todo correctamente, qué especialidad le asignarían y tantas otras cosas que hacía tiempo no estaban dentro de mis ocupaciones ya que todo había empezado a funcionar de manera más o menos independiente, incluso la elección de empleados para sumarse a nuestra compañía.

Ella se puso de pie dejando en evidencia su elegancia, destacaba del resto, como si la iluminara un halo de luz. Observé cómo tomó su blazer, se lo colocó en un solo movimiento, ambos brazos se introdujeron en las mangas a la vez y, con un pequeño gesto con el hombro, terminó de calzárselo. Sus desplazamientos se veían sigilosos, su cuerpo hacía pequeñas ondulaciones para alejarse del escritorio ocupando el menor espacio posible. De pronto la imaginé durmiendo, seguro su sueño era apacible y tranquilo, se voltearía en la cama con esa delicadeza, sin despertar a su compañero. ¿Tendría pareja? Es muy probable. Envidié, en secreto, a la persona que dormía con ella.

El sonido del teléfono fijo me sacó de mi ensueño, me acerqué el auricular a la oreja y un chillido agudo acabó por despabilarme:

—¡Agustín! ¿Sos tarado? ¿Dónde tenés el teléfono? ¡Malena quería hablar con vos! ¿Sabés cómo está? ¡Desde las doce del mediodía te estamos llamando! ¿Cómo podés ser así con ella? ¿Qué hacías? Seguro trabajando, ¿no? Si es lo único que hacés todo el tiempo. —Yo no paraba de tomar pequeños sorbos de aire para hablar, para intentar explicarle que me había olvidado el teléfono, pero Paula es así, no para un segundo, no mide, no dimensiona. A veces, simplemente, no la aguanto. Es todo ruido, todo enojo, todo problema. En otras ocasiones es tan cariñosa, tan divertida, pero desde que nació Malena está muy irritable y sus exigencias para conmigo se han multiplicado.

Hizo un pequeño silencio y yo, antes de decir lo que quería decirle, emití un dudoso “¿Hola?” para corroborar que aún estaba al otro lado de la línea. Ella, enojadísima confirmó:

—Sí, ¡hola! —Antes de que empezara nuevamente con quién sabe qué reclamos, solté—: Malena tiene dos años y medio, dudo que entienda siquiera lo que significa mi cumpleaños. Y me olvidé el teléfono en casa. La verdad, no arranqué demasiado bien el día.

Ella pudo notar el hastío en mis palabras, hizo una pequeña pausa, tomó aire algunas veces para decir algo, pero se detuvo. Ante la falta de respuestas continué:

—¿Lo tuyo? ¿Cómo va?

Paula se había ido de viaje a nuestra ciudad natal, había atravesado muchísimas contradicciones porque era consciente de que se perdería mi cumpleaños, pero su madre estaba complicada de salud y debía acompañarla a hacerse unos estudios. Además, Malena crecía mucho en poco tiempo y su abuela quería estar al tanto de cada cambio; cada cosa nueva que ella aprendía era digna de un festejo.

Podía comprender que toda esa situación la tuviera especialmente alterada. Pero estaba cansado, con el día encima, y lo único que deseaba era llegar al silencio de mi casa, darme un buen baño y acostarme a dormir hasta que dejara de ser siete de marzo.

Antes de que Paula me respondiera, Guille irrumpió en mi oficina para preguntarme si cerraba o ya me iba yo también. Apuré una despedida y corté el llamado con mi mujer, me puse de pie rápidamente y me coloqué la campera para salir junto con él.

Marzo se abría camino fuera, parecía mentira que habíamos estado asoleándonos apenas unas semanas antes. El día de mi cumpleaños nos recibió con un viento helado, anunciando que la temporada había terminado, obligándonos a sacar del fondo de los placares la ropa de media estación.

Me acercaba a la puerta de salida cuando la vi nuevamente. Lupe. Inmediatamente me invadió una risa zonza. Una alegría sin justificativo aparente, un “para afuera”. De pronto estaba parado distinto, sonriendo como si estuviera en medio de alguna conversación, sin estarlo en absoluto.

Su mirada se cruzó conmigo creando un espacio separado del resto. Nuestros cuerpos realizaron una pequeña rotación sincronizada para ponernos frente a frente. Todo era en cámara lenta, la forma en la que un mechón de su pelo se le cruzaba por los ojos, su mano blanquísima de uñas color arena se elevaba silenciosa para despejar la vista. La forma en la que ondulaba la tela de su remera en respuesta al viento. Su estatura, la blancura de sus dientes, cómo se entrelazaban sus pestañas entre sí cuando entornaba los párpados. Su belleza me extasiaba. Sentí ganas de bebérmela, de hacerla mía.

Quería decir algo interesante, una frase que le llamara la atención, algo que me dotara de la unicidad que ella tenía y que, seguramente, esperaba de los demás. Pero me resultaba imposible, no sabía quién era, no conocía siquiera su apellido. Además, ¿Lupe? ¿Eso era un nombre o un apodo? Me sentí repentinamente ridículo. Volví la mirada hacia el piso, de donde jamás tendría que haberse ido, y me despedí de todos con un escueto “Hasta mañana”.

***

El primer día de la semana había arrasado conmigo. Primer día de mis treinta y cuatro años, de la cama sola y de silencio en la casa. Me pregunté qué estaría haciendo Malena si estuviera aquí. Supuse que lío. ¿Y Paula? No podía predecirla ya, no era capaz de comprender la linealidad de su pensamiento. Creo que, en el fondo, le tenía miedo. Hacía muchísimos años que estábamos juntos y no podía imaginar su ausencia. Era parte de mí, como mis piernas y mis manos. Tampoco podía tolerar su presencia, todos los momentos a su lado me generaban determinada incomodidad, sentía que todo el tiempo estaba esperando algo de mí, que dijera o hiciese algo nuevo o adecuado dentro de su sistema de valores.

Capítulo 4

Permanecí en el departamento completamente abstraído de todo. Al llegar tomé mi teléfono un momento, pero la cantidad de notificaciones sin leer hizo que me abrumara un poco y decidí encargarme de él más tarde, no sin antes enviarle un mensaje a Paula aclarándole que iba a dejar el móvil a un lado por unas horas, pero que estaba bien, con vida, que no pensaba salir de casa y que no iba a festejar, sino dormir una siesta o aprovechar a mirar alguna serie hasta quedarme dormido. Ella se pone muy nerviosa si me llama y no la atiendo o si dejo de dar señales de vida.

Treinta y cuatro años y tenía que reportarme como si fuera un chico. La vida en pareja a veces puede resultar agotadora. Sin embargo, algo de mí no puede dejar de pensar en ellas, de contemplarlas, de quererlas. Jamás hubiese imaginado que iba a vivir con dos mujeres, está claro que no se trata de dos jóvenes candentes, son Paula y Malena, mi hija. Pero realmente estimo su compañía y me brindan momentos maravillosos.

Conocí a Paula cuando tenía seis años, hicimos juntos la primaria y la secundaria. Siempre estuve enamorado de ella, pero yo era muy tímido y pasé por un montón de cosas vergonzosas como piojos y bráquets. Me acuerdo cuando la vi por primera vez, bah, no sé si me acuerdo o reconstruí el recuerdo a partir de una foto que tomó mi mamá el primer día de clases. Yo estaba sentado junto a una ventana, el guardapolvo blanco, impecable, mirando con cara de perturbadito a una chiquita de trenzas que se hallaba sonriendo a la cámara como una mini influencer. Era ella, captó mi atención desde el primer momento. La miraba tanto que a veces me parecía que la iba a gastar, fue amor a primera vista. Paula, desde siempre, tiene una fuerza, vibra de una manera arrolladora. Siempre se llevó todo por delante, se metía a los profesores en el bolsillo, su carisma era completamente cautivador.

La miré durante los once años de colegio: primero mantuve algo de distancia, luego fui tomando coraje y cada vez me sentaba más cerca. Descubrí un patrón que ella tenía, era el de sentarse siempre en un sector del salón de clases, cerca del escritorio de los profesores, porque además de linda era inteligente. Entonces el primer día de cada año, cuando cada uno elegía dónde sentarse por el resto del período, yo me iba bien temprano al colegio y buscaba un banco cada vez más cercano al que ella podía llegar a elegir. En los últimos años estaba cada vez más certero con la presunción y, a los quince, la tuve sentada delante de mí durante un año entero. Casi trescientos días mirándole la espalda y el pelo, la falda del uniforme que usaba muy corta y dejaba ver la parte superior de sus muslos. Todo ese tiempo alerta, para no perderme ni un solo movimiento de su cuerpo, esperando ansioso a que necesitara el corrector o lo que fuera para poder alcanzárselo como el bombero de los útiles escolares apagando la llama de su equivocación en la hoja. Soñaba con ella, la deseaba infinitamente. Al principio era solo estar cerca, pero a medida que fui creciendo y entrando en la adolescencia me di cuenta de que deseaba estar dentro de ella, besarla y abrazarla. Rozar sus piernas, su espalda, su pelo con mi pene. Tomarle la cara entre mis dos manos y besarla descaradamente.

A los dieciséis, sentí una especie de conexión con ella, como que me empezó a registrar, de alguna manera. Llegaba al colegio tarde y cansada, hasta un poco desaliñada. A veces olvidaba las cosas y me pedía hojas prestadas para poder tomar nota en clase. Una vez hasta se quedó dormida sobre el escritorio. Empecé a preocuparme por su estado de salud y me dediqué durante semanas a seguir de cerca su comportamiento. Un día, había ido a comprar pan y vi que pasó caminando justo enfrente de la panadería, apuré la transacción y salí del lugar para seguirla. Guardando una distancia prudencial, pude adivinar que se dirigía a la plaza. Eran cerca de las doce del mediodía de un domingo. Cuando se detuvo, me escondí detrás de un árbol y me quedé observándola. Ella tomó asiento en un banco; nada más imaginarme solo sentado ahí, me corría un escalofrío por el cuello, pero ella era tan desenvuelta, tan segura de sí misma que soportaba la espera con una naturalidad singular.

Por un momento pensé que permanecería ahí un rato y sentí ganas de acercarme, pasar como si tal cosa por delante, verla y saludarla con un beso en la mejilla. Luego fantaseé otras posibilidades, me sentía lindo esa mañana y me creía capaz de conquistarla. Repasé varias veces en mi imaginación ese proceso hasta tomar el suficiente coraje y salir de atrás del árbol, pero cuando lo hice una moto con un sonido insoportable, conducida por un chico que tenía más de veinte años, se frenó delante de ella. Cuando lo vio, se puso de pie, hizo una corridita alegre hasta al lado suyo, le sacó el casco y lo besó en los labios de manera prolongada. Él le puso una mano en la cola y la apretó con fuerza, ahí, a plena luz del día y ante la vista de todas las personas que estábamos en la calle en ese momento.

Sentí una repulsiva excitación, los observé durante varios minutos, parado en mitad de la vereda y me fui a mi casa luego de que abandonaron el lugar en la moto de él. Esa tarde me encerré en mi habitación y me masturbé unas siete veces seguidas.

El lunes Paula no fue al colegio, tampoco el martes, ni el miércoles, ni el resto de la semana. Todos se preguntaban qué podría haber pasado, yo perdía los nervios imaginando que se podría haber fugado con su noviecito y que estarían teniendo sexo como conejos en algún lugar, sobre la moto o quién sabe de cuántas maneras.

La desaparición potencial de Paula empezó a preocuparme, estuve muy atento a lo que decían sus amigas en clase. Se las veía perturbadas y cuchicheando. Dos semanas más tarde, sonó el teléfono fijo de mi casa, mi mamá atendió y al otro lado del auricular la madre de Paula le pidió si yo podía alcanzarle los apuntes de clases porque ella estaba atravesando un tema de salud y el lunes retomaría la actividad. Era el elegido: tantos años de masticar libros, practicar caligrafía y atender en clase comenzaban a dar sus frutos. Alarmado por el comunicado, preparé todas las cosas con velocidad, me puse bonito y me fui a su casa sudando y temblando como una hoja. En vano me tomé tanto tiempo para tocar el timbre y comprobé tantas veces mi aliento: Paula no me recibió, lo hizo su hermano más grande. Qué desilusión cuando lo vi y qué terror; cuando era chico, él me hacía calzón chino en la pileta municipal. Tomó mis apuntes casi sin prestarme atención y me cerró la puerta en la cara.

Volví a casa reprochándome no haber preguntado por ella, necesitaba verla, saber algo más. Lo que empezó como una furia celosa, acabó convirtiéndose en una preocupación y una incertidumbre insalvables. Estuve toda la tarde pensando en lo que debería haber hecho para poder hablar con ella o, como mínimo, de ella.

La mañana del lunes me alcanzó sin haber pegado un ojo, aun así, dejé de un salto la cama y me apeé a ir al colegio. Llegué media hora antes del horario de ingreso a clases y me quedé parado en la puerta esperando a que ella llegase.

A veces me cuesta creer lo presente que todo esto está en mi cabeza. Supongo que la deseé tanto que los momentos que tienen que ver con ella quedaron grabados a fuego en mi memoria. Cada tanto la miro y pienso que, en realidad, la persona a la que amé y deseé no existe. La abrazo, la beso, la tomo en la cama y le hago el amor aferrado a la idea que construí en mi cabeza, anhelando lo que pensé que sería compartir la vida juntos. No puedo decir que me haya desilusionado, pero, aunque me duela, entiendo que ella jamás me miró o me quiso de la forma en que lo hizo con aquel noviecito que tuvo. Y me duele saber que eso ya no pasó ni va a pasarnos.

Capítulo 5

Retomando lo que venía contando de mis experiencias infantiles, aquella mañana Paula retomó las clases tal como había anticipado su madre. Ella misma detuvo el auto en la puerta del colegio y la ayudó a bajarse. Mis ojos no acreditaban lo que estaban viendo, no era la Paula de siempre, su mirada estaba opaca; el pelo, que siempre lucía accesorios coloridos, estaba atado en una cola baja y tenía aspecto sucio; lucía visiblemente agotada y había descendido de peso. No podía imaginar lo que le habría pasado para terminar así en un par de semanas.