Un hombre singular - James Patrick Donleavy - E-Book

Un hombre singular E-Book

James Patrick Donleavy

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Beschreibung

"Al igual que en Cuento de hadas en Nueva York, J. P. Donleavy construye en Un hombre singular una novela totalmente disparatada, divertida y oscura sobre la soledad, la inocencia y el amor en un mundo hostil. Antítesis del marginal Cornelius Christian, el antihéroe de esta historia es un extraño e intrigante millonario. Nadie sabe bien a qué se dedica ni cómo hizo su dinero, pero a pesar de tenerlo todo, George Smith está desesperadamente solo, no encuentra su lugar, simplemente no encaja. Lo único que parece importarle es conseguir el amor de Miss Tomson, su bella, desfachatada e huidiza secretaria. Mientras, a su alrededor todo parece encaminarse a un inminente apocalipsis, su ex mujer lo demanda para quedarse con su dinero, sus hijos no lo quieren, su ama de llaves lo acosa, un amigo de la juventud le pide ayuda y lo enfrenta a su propia miseria y a la de los demás. Para colmo, no deja de recibir unas enigmáticas cartas anónimas que indican que lo están observando. Amenazado por todos lados, destina una fortuna a la construcción de un mausoleo en el cementerio de la ciudad, el más grande, lujoso y extravagante que se haya erigido jamás.  Con su estilo tan característico y peculiar, extraño, caprichoso, delirante, desmesurado, pero también imaginativo, sensible y perspicaz, Donleavy logra una novela tan llena de humor como de una profunda tristeza, tan poética como lúcida. Una obra maestra de un escritor único.     "Lo que más me impresionó del libro no fue el humor o el sexo, sino la sensación de melancolía dulce y delicada que se aferra a las páginas. Pensé que era algo raro en una novela, una genuina obra de arte" (John Banville).   "Leer a Donleavy es más bien como sentarse a disfrutar de una velada de buen whisky y risas enloquecidas en una rara conversación en algún lugar al borde de la realidad" (Hunter S. Thompson).

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Seitenzahl: 559

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Sobre Un hombre singular

Al igual que en Cuento de hadas en Nueva York, J. P. Donleavy construye en Un hombre singular una novela totalmente disparatada, divertida y oscura sobre la soledad, la inocencia y el amor en un mundo hostil.

Antítesis del marginal Cornelius Christian, el antihéroe de esta historia es un extraño e intrigante millonario. Nadie sabe bien a qué se dedica ni cómo hizo su dinero, pero a pesar de tenerlo todo, George Smith está desesperadamente solo, no encuentra su lugar, simplemente no encaja. Lo único que parece importarle es conseguir el amor de Miss Tomson, su bella, desfachatada y huidiza secretaria. Mientras, a su alrededor todo parece encaminarse a un inminente apocalipsis, su ex mujer lo demanda para quedarse con su dinero, sus hijos no lo quieren, su ama de llaves lo acosa, un amigo de la juventud le pide ayuda y lo enfrenta a su propia miseria y a la de los demás. Para colmo, no deja de recibir unas enigmáticas cartas anónimas que indican que lo están observando. Amenazado por todos lados, destina una fortuna a la construcción de un mausoleo en el cementerio de la ciudad, el más grande, lujoso y extravagante que se haya erigido jamás.

Con su estilo tan característico y peculiar, extraño, caprichoso, delirante, desmesurado, pero también imaginativo, sensible y perspicaz, Donleavy logra una novela tan llena de humor como de una profunda tristeza, tan poética como lúcida. Una obra maestra de un escritor único.

James Patrick Donleavy

Nació en Brooklyn en 1926, hijo de inmigrantes irlandeses. Creció en el Bronx y luego de servir en la Marina durante la Segunda Guerra Mundial, estudió microbiología en la Trinity College en Dublín. En 1969, luego de vivir unos años en Londres, se convirtió en ciudadano irlandés. Vivió en County Westmeath, Irlanda, hasta su muerte en 2017, a los 91 años. Es autor de más de una docena de novelas, entre ellas, Cuento de hadas en Nueva York (Compañía Naviera Ilimitada, 2018), The Ginger Man, The Beastly Beatitudes of Balthazar B, además de obras de teatro y ensayos.

COMPAÑÍA NAVIERA ILIMITADA es una editorial que apuesta por la buena literatura, por las buenas historias bien contadas. Con la convicción de que los libros nos vuelven mejores y nos ayudan a soñar, a ver el mundo, y todos los mundos dentro de él, de otra manera. A pensar que un mundo diferente es posible.

Los autores, editores, diseñadores, traductores, correctores, diagramadores, programadores, imprenteros, comerciales, administrativos y todos los demás que de alguna manera colaboramos para que los libros de Naviera lleguen a los lectores de la mejor forma ponemos mucho trabajo y amor.

Tu apoyo es imprescindible.

Seamos compañeros de viaje.

Un hombre singular

J. P. Donleavy

Traducción del inglés de Jorge Fondebrider

Donleavy, J.P.

Un hombre singular / J.P. Donleavy.

1a ed.- Ciudad Autónoma de Buenos Aires :

Compañía Naviera Ilimitada, 2023.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

Traducción de: Jorge Fondebrider.

ISBN 978-631-90100-1-5

1. Literatura Contemporánea. 2. Literatura Estadounidense. 3. Novelas. I. Fondebrider, Jorge, trad. II. Título.

CDD 813

Título original: A Singular Man

© 1963 by J. P. Donleavy

© Compañía Naviera Ilimitada editores, 2023

© De la traducción: Jorge Fondebrider, 2023

Diseño de tapa: Santiago Palazzesi / gostostudio.com

Primera edición impresa: agosto de 2023

Primera edición digital: agosto de 2024

ISBN de edición impresa: 978-631-90100-0-8

ISBN de edición digital: 978-631-90100-1-5

Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin la autorización por escrito del editor.

Compañía Naviera Ilimitada editores

Pje. Enrique Santos Discépolo 1862, 2º A

(C1051AAB), Ciudad de Buenos Aires, Argentina

[email protected]

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Índice

Un hombre singular

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Un hombre singular

1

Me llamo George Smith. Cada mañana me levanto del lado derecho de la cama porque arrimé el izquierdo contra la pared. Soy un hombre de negocios. Duermo desnudo. Y en estos días, salvo encuentros accidentales, solo.

Descalzo en el baño. De pie sobre las baldosas tibias, donde hice que la administración contratara a un artista para hacer un mosaico con un pavo sin plumas. Pisar eso de mañana temprano siempre me ha hecho sentir un poco descortés. Me afeito, ducho y visto. Uso talco en mis partes íntimas, evitando que me llegue a los pulmones. Porque le da un gusto raro al primer cigarrillo del día.

Matilda trae el desayuno. Viene anadeando y acalorada, con su robusta y campechana humanidad. La contraté en la calle, cuando se me cayó una bolsa de papel madera con dos cabezas de ajo. La recogió y me la trajo, se negó a recibir recompensa y le pregunté si quería trabajo. Con una cuchara me sirve el huevo revuelto.

Le echo un vistazo a la correspondencia. Temblando un poco. Mes de aguanieve, con hielo en los alféizares. Me sirvo del cortapapeles y deslizo su punta plateada por debajo del pliegue del sobre.

Casilla 0006, El Edificio

13 de diciembre

Sabe bien de qué año

Mr. George Smith

Departamento 14, Merry Mansions1

2 Eagle Street

Estimado:

Solo por el momento no decimos nada.

Atentamente, etc.

Socios Actuales

Me demoro en el café para pensar. Ja, ja. Tomo distancia de este estremecimiento de divertido temor. Solo un golpe de estoque aproximadamente al tubo digestivo, apenas oculto donde Smith espera que las cosas al final salgan bien. No da gusto ser confrontado sabiendo el año. A las nueve y cuarto de la mañana de este viernes en el lado este de la ciudad.

Notas

1 N. del T.: Mansiones Alegres.

2

La figura encorvada de George Smith apareció debajo del toldo naranja del número 2 de Eagle Street. Hugo, el portero, lo saludó con la cabeza. No hay sol. Mañana fresca con gorriones resistentes que pían en ese undécimo día previo a la Navidad.

Remolcadores forzudos que arrastran barcazas oscuras, tut tut en el río. Proas anegadas con agua amarilla que gotea de las cuerdas. En el parque, ramas duras y grises en los árboles de invierno. Y niños con mamis muy jóvenes, jugando en la arena.

Smith vestido de oscuro va señorial por la avenida hablándose sin mover los labios. Se dice cosas como no diciendo mucho, muéstrales a las personas quién manda en esta situación, no dejes que se te acerquen, mantén a todos a raya, deja de sonreír amablemente.

Anoche, en el 2 de Eagle Street hubo una fiesta. Gente que llegaba despreocupada mientras Hugo, de guantes blancos y uniforme gris, recibía ceremoniosamente junto a las puertas de vidrio. Smith había subido las escaleras alfombradas de azul hasta el departamento de Goldminer, un piso más arriba. George se quedó brevemente con otros invitados ante el resplandor de un fuego vivo, entre las plantas marchitas del departamento subtropical. Una mujer del grupo que andaba por los cuarenta largos, con un vestido negro ajustado, perlas entre los pechos, cabello recogido como un casco brillante, señalando a Smith, a tres metros, le dijo apuesto a que sabe mucho. Saludó a George ofreciéndole la mano extendida y suave, con pulseras en todo el brazo de piel curtida. Teniendo apenas poco más de treinta, pero aparentando ser mayor porque dirigía su propio negocio y firmaba contratos, Smith se sintió halagado. Habría sido agradable invitarla a la cama cinco metros más abajo.

Tres kilómetros al sur de Eagle Street, a lo largo del río y de la autopista, pasando los altos muros blancos de un hospital para personas. Más allá, debajo de un gran puente oscuro y después del Animal Medical Center, George Smith se desvió de la avenida de los porteros que acechan y tomó una calle comercial. A la izquierda una entrada y un piso más arriba una amplia ventana con vista al constante y extraño taconeo de la gente y los amplios coches como escarabajos que pasan bulliciosos. En la esquina, los semáforos como chupetines le daban a todo el día gusto a rojo y a verde con limón en el medio.

Aquí, en el 33 de Golf Street, George Smith se levantó enfurecido y se hundió en la depresión. A veces simplemente destrozando la cortina como lo hizo una tarde después de haber leído una carta llena de indirectas. La persona de la cigarrería del otro lado de la calle se rio abiertamente al advertir el momentáneo caos desenfrenado. Cuando Miss Tomson llegó corriendo para ver qué estaba pasando. Era muy nueva entonces. Y Smith dijo: por Dios, una sinvergüenza mosca invernal, creo que la agarré, Miss Tomson. Mientras Miss Tomson asomaba la cabeza.

–¿Tiene suficiente goma de mascar, Mr. Smith?

–Sí, Miss Tomson. ¿Está libre esta noche?

–Qué pregunta, Mr. Smith.

–Disculpe, Miss Tomson.

–Debería preguntarme si puedo hacer horas extras. ¿O me está invitando a ir a un club nocturno?

George Smith saca una inconsistente lapicera fuente recientemente comprada en una máquina expendedora. Miss Tomson levanta cejas y párpados.

–Herí sus sentimientos, Smith.

–Para nada.

–Sí, lo hice. Dios, Smith. Es tan vulnerable.

–Miss Tomson, le voy a hacer saber cuando precise que me atiendan en el loquero.

–Hágalo.

–¿Puede venir a mi departamento con papel y lápices esta noche?

–Claro.

La esbelta blancura de Miss Tomson sonríe. Sus pantorrillas fuertes y largas, a menudo girando muy animadamente de aquí para allá, una vena azul y nítida temblando en el hueso del tobillo. Sería la clase de ama de casa en cuyas manos los platos podrían derretirse. Rostro enmarcado por la ventana, mirando por sobre la pileta de la cocina el césped, cada exquisito mechón de cabello dorado e invalorable.

–¿A qué hora, Mr. Smith?

–Siete. Me estoy yendo a las cuatro para entrenar temprano en el club.

–¿Cómo anda eso? ¿Sigue aprendiendo a pelear?

–Me las arreglo, Miss Tomson. ¿Pondría esta carta en el archivo?

–Ey, qué bueno. No dice nada. Por ahora. Muy buena táctica.

Smith ve a esa criatura alta difuminarse del otro lado del vidrio esmerilado. No tiene ningún músculo en los brazos. Sosteniendo la carta y golpeándola tres veces con el dedo índice, dijo que era una prueba de la calidad del papel troquelado. Su naturaleza intrínseca cambiaba a diario. La primera vez la vi entrar a la oficina pavoneándose con la garganta un tanto azul de frío, con un vestido fino y sin cuello, como de primavera. Traía un diario y con ese dedo se quedó delante de mi escritorio señalándolo.

–¿Usted es el Smith que puso el aviso?

–Sí.

–Quiero el trabajo.

–¿Por qué no se sienta?

–Claro.

–Bueno, Miss…

–Tomson. Sally Tomson.

–Miss Tomson, supongo que usted hace todo lo habitual.

–Puedo tipear. Y puedo trabajar. Mucho, eh. Aunque vengo del sur. Tengo un hermano que es de la alta sociedad. Su foto sale en los diarios, si eso ayuda. Puedo hacer lo que quiera que haga. Con reservas, por supuesto.

–Por supuesto.

–El sueldo no está mal. Solo haría este trabajo por ese sueldo.

–Ya veo.

–¿Me quiere?

–Es la primera candidata que veo.

–¿Me quiere?

–¿Puedo pensarlo un momento?

–Claro, salgo un minuto.

–Mire, Miss Tomson, antes de salir, ¿le molestaría responderme una pregunta?

–Claro, diga.

–Si fuera a emplearla, esa conducta natural que tiene usted ahora, es la que espero que tenga aquí en la oficina todos los días.

–Va a variar. Pero voy a ser una chica de oficina. Para lo que sea que me contrate.

–Está bien, no hay necesidad de que salga por un minuto. Está contratada. Me parece una persona simpática.

–No se equivoque. Así como hoy estoy, mañana no. Aunque…

Y esa mañana, Smith recogió la voz que siguiendo el escalofrío culpable se había tragado, llevándola de vuelta a la garganta seca con un ruido para aclarársela.

–Empieza el lunes. De diez a cinco. No me gusta andar a las corridas. Una hora para almorzar. Su escritorio es el que está al otro lado de la puerta. Y voy a presentarle a Miss Martin. Perdone la pregunta, pero, ¿esas uñas son de verdad?

–Sip. Me las dejé crecer. Y, de paso, mejor le digo ya mismo que sí, digo sip. Lo digo así desde que empecé a decirlo. Hay gente que se imagina que estoy tratando de hacerme la coqueta.

–O.K., Miss Tomson, a mí no me molesta. Espero verla el lunes.

–Sip.

Así que, cuando llegó el lunes, llegó Miss Tomson. Pero con un perro cazador de alces noruego, al que ató al escritorio. Entré. Vi el animal. De seguro, un asesino de hombres. Miss Tomson dijo buenos días como lo dicen las secretarias y yo, sencillamente, no encontré las palabras apropiadas para lidiar con la situación. Especialmente, con el gruñido inhumano y los desplazamientos del escritorio de la señorita Tomson al que estaba atada la enorme criatura en dirección a mí. Fui corriendo al otro lado del vidrio esmerilado de mi oficina para recuperarme un momento, recogí una carta que estaba esperando y que me aflojó aún más las tripas y llevé la mano a lo que pensé que pronto sería calvicie. Volví a salir con cautela como para hacer algo así como un comentario tonto. ¿Ladra? ¿Y qué come, Miss Tomson? Chasquido de la correa. Clac. Esos fueron los dientes. Nuevamente, ese animal trató de agarrarme. Cuando la cortesía falló, volví de nuevo detrás del vidrio, vulnerable. Desde allí aventuré solo la voz.

–Miss Tomson, el perro.

–Sip.

–¿Vamos a tenerlo aquí todos los días?

–Si usted quiere. Tiene un nombre muy bonito. Goliath. Para abreviar, Goli. Es como un león. Lamento que haya querido morderlo. Pero es porque todavía no lo conoce. Goliath, dile buen día a Mr. Smith, esa sombra detrás del vidrio, vamos, Goli, Mr. Smith no va a morderte.

Ese lunes, George Smith estuvo distante y espantado. Vacilante. Susurrando a Dios que no hay justicia. Mientras tanto, Miss Tomson sentía lo triste que estaba la sombra avergonzada.

–Mr. Smith, no creyó que fuera a traer a Goli al trabajo conmigo todos los días, ¿no?

–Miss Tomson, tengo una imaginación vívida, es probable que me crea cualquier cosa.

–Bueno, ¿por qué no lo dijo, Mr. Smith? Goli iba camino a la residencia canina. No había sitio esta mañana. Come bife crudo. Cuadril. Creí que no le iba a molestar. Va a ser la primera vez que te separas de mí, Goli, y no debes comerte a Mr. Smith. Nuestro nuevo jefe.

Nuevamente espantado aquel lunes. Mayormente porque la tierna alusión de Miss Tomson me dio en el corazón. El martes Goliath estaba encadenado en la residencia canina, esperemos que con su plato de cuadril. El miércoles tuvo su chequeo en el Animal Medical Center y, cuando pasé por ese lugar a la mañana, fantaseé que podía oír sus gruñidos mientras se masticaba a los otros perritos. Y confieso que me reí de esa suculenta visión. Más adelante fui yo el que gruñó histéricamente cuando pisé de lleno un sorete de perro. Media hora en el banco del parque sacándolo de las suelas corrugadas que uso para agilidad antideslizante.

Aquella mañana de mediados de semana, Miss Tomson advirtió rápidamente el persistente mal olor. Olió y se abanicó con una hoja de papel, y se aclaró la garganta. Cuando llegó el sábado a la tarde, me senté solo, colapsado y sin futuro, el personal ya en casa, la cigarrería de enfrente con rejas y a oscuras. Fui a mirar el escritorio de Miss Tomson. El espacio desolador. Levanté sus lápices y memoricé la marca una y otra vez. Arreglé la ficha de su lámpara, apretando los cables con un destornillador, pensando en el fluido que pasaría a través de esos filamentos de cobre para que ella tuviera luz. Dios me perdone el pensamiento pasajero y atrevido al deslizar el enchufe macho en el tomacorriente.

Y un lunes más tarde, después de haber hecho el sábado anterior algunas compras en la mercería de la vuelta, entré con un sombrero de ala estrecha.

–Ese está mejor.

–¿A qué se refiere, Miss Tomson?

–Al sombrero. Es una leve mejora. No vuelva a ponerse aquel otro de nuevo, Mr. Smith. No va con usted ni con nada que esté intentando ser.

–Oh.

–Y si no le importa, déjeme darle un consejo. No lo tome a mal. Pero no se ponga esa corbata verde con la camisa verde, aunque no está mal como se viste, no está mal.

–Gracias.

–No hay de qué.

Incontrolablemente me precipité dentro de mi oficina. Me quedé ahí, detrás de la puerta. Respirando hondo. Incapaz de recobrarme. Luego me senté al escritorio con el sombrero puesto mientras llegaban las primeras cartas y papeles.

–Eh, Mr. Smith, ese sombrero. ¿Es en serio? ¿O una prueba?

–Podríamos discutirlo más tarde, Miss Tomson.

–Oh, claro.

Cuando salió, cerré la puerta. Que me maltraten por el buen gusto no es exactamente lo mío. Cuando nos conozcamos mejor, veamos los calzoncillos, Smith. El sombrero era únicamente para sacármelo en una situación en la que no hubiera otra cosa que hacer. El tipo del negocio dijo que es lo que estaban usando. ¿Quiénes? Incómodo decir que no soy ellos. Pero qué palabras hirientes: lo que esté intentando ser.

Tomé la tijera de papel y asombrado por mi propia destreza, reduje el sombrero a fragmentos y trozos. Empaquetado cuidadosamente. Mandándolo a otra parte. Y tuve que volver a llamar a Miss Tomson para despacharlo.

–Algo más, Mr. Smith, si no le importa. Estoy interesada en usted, quiero que tenga éxito. No vaya a pensar que estoy metiéndome en sus cosas, pero los zapatos. El color es decididamente demasiado claro.

Pero, al mismo tiempo, durante esas primeras semanas, la señorita Tomson tranquilizó a George Smith sobre algunas de las cartas intimidantes que lo estremecían. Miss Tomson les echaba una mirada y decía que estaban tomándole el pelo.

–Además, Mr. Smith, no podrían hacerle eso aunque lo intentaran. Usted tiene que darse cuenta cuando la gente trata de embaucarlo, no se haga la idea de que porque usted dice la verdad ellos también. De paso, ¿tiene licencia para portar armas?

Y, por la tarde, un día, en el 33 de Golf Street, cuando el hombre de la cigarrería estaba entrando la estatua de su piel roja encadenado afuera del negocio, y las luces parpadeaban en lo alto, Smith, con una sensación cálida como el gusto triste del adiós, miró a Miss Tomson cuando ella salía de la oficina.

–Miss Tomson.

–Sip.

–Miss Tomson, ¿no le molesta si le hago una pregunta?

–No.

–Es sobre usted.

–Claro, ¿qué pasa conmigo?

–¿Por qué estaba buscando trabajo cuando vino a verme?

–Me dejaron plantada.

–No quiero entrometerme en nada tan personal como eso.

–Entrométase si quiere.

–Bueno, si no la incomoda, tal vez le preguntaría si eso le dolió mucho.

–Digamos que me sorprendió.

–Oh.

–Yo fui la emoción más barata que ese hombre probablemente iba a tener en su vida.

–Le ruego, no sienta que debe decirme más. Me sorprende que la hayan dejado.

–Bueno, no fue tan así. Un tipo empezó a escribirme poemas y pensé que eran lindos. Así que el tipo al que le estaba dando la emoción más barata que probablemente conseguiría y al que le estaba costando una fortuna, lo admito, se enteró y me dijo que me deshiciera de esa curiosidad poética y yo le dije que no. Y luego pidió que le devolviera la llave de oro.

–Supongo, Miss Tomson, que esa llave de oro era la de un nido en algún lado.

–Linda manera de decirlo, Mr. Smith, pero no era muy acogedor.

–Perdóneme por usar los términos del que la plantó, pero, ¿qué pasó con la curiosidad poética?

–Se fue. Solía darle de comer y llevarlo por ahí en el auto que el que me plantó me había dado como regalo. Cuando devolví el auto, la curiosidad poética enfiló para el sur, donde, según dijo, hacía más calor.

–Aunque no quiero sugerirlo si es que usted piensa de otra forma, el que la plantó fue la curiosidad poética.

–Sip, digámoslo así. Pero solía hacerme reír.

–Entiendo.

–Hacía chifladuras, como agarrar una naranja y atarla a la cola de un gato. También tenía muchas ideas sobre cómo ganar mucho dinero, pero dijo que no tenía tiempo para pensar si yo no era capaz de mantenerlo. En cierta forma, era como usted: carecía de gusto.

Y el George Smith sin sombrero se fue a casa. De las sombras oscuras de Golf Street a la autopista iluminada llena de autos. Un pequeño puente peatonal para pararse y verlos pasar zumbando por debajo.

3

A las cuatro de ese viernes, George Smith caminó por Golf Street y atravesó la ciudad hacia el oeste por el frío pavimento nocturno. Los altos edificios encendían sus luces, joyas colgantes y alargadas. Abrirse paso entre el presuroso gentío de las compras y el río de autos. Debajo del enrejado sucio del tren elevado, por una calle de librerías polvorientas. Y más allá de una fuente que salpica y del gran oasis oscuro de árboles de invierno en el parque.

El lobby de mármol de The Game Club hervía de apretones de manos cordiales y palmadas de los miembros. Las luces brillaban con la Navidad, el mostrador de regalos estaba lleno de ositos de peluche blancos y de cajas de dulces adornados con cintas. Miss Tomson dijo que le gustaba abrazar cosas suaves y saborear dulces. Y cuando salí del número 33, le dije la veo en mi departamento a las siete.

Smith, al cabo de unos rápidos rounds cortos con el entrenador, seguidos por una clase de lucha libre para principiantes, se retiró al cuarto de fumadores, donde se zampó un gran vaso de cerveza, mirando desde lo alto el parque oscurecido. Paró un taxi para volver a Merry Mansions. El portero y un rápido saludo. Entrega de un sobre.

–Para usted, señor.

–Gracias, Hugo.

A salvo en Merry Mansions. No le gusta el aspecto de ese sobre. Calma. Miss Tomson pronto estará acá. Sírvete otro vasito.

–Matilda.

–Buenas noches, Mr. Smith.

–Tráeme un whisky. Y dos omelettes. Miss Tomson pronto vendrá para comer conmigo.

–Sin ajo, Mr. Smith.

–Déjalo.

–Si así lo quiere.

–La bebida, por favor.

Tan pronto como se mencionó a la señorita Tomson, la grasa afable de Matilda se puso a crepitar. Apenas la vio, hubo media hora de respiración pesada que venía desde la cocina, mientras yo intentaba ser un anfitrión atento. Retirarle el abrigo de piel de los hombros a Miss Tomson. Atar a Goliath a una pata de la mesa de mármol del vestíbulo. Después, un estruendo en la cocina. Matilda pisoteando furiosa la porcelana. Miss Tomson mirando todo y diciendo no está mal, no está mal, no está para nada mal, no es estrictamente lo que esperaba, Mr. Smith. Y en ese agradable intervalo, la mesa del vestíbulo se estrella con mi jarrón Tang. Miss Tomson se lleva la mano a la boca. Me levanté y llegué justo a tiempo al vestíbulo para ver. Matilda estaba arrastrando hacia la cocina una costilla de cordero atada a una cuerda. Miss Tomson dijo Matilda necesita abrirse de piernas.

–Aquí tiene, Mr. Smith, un gran whisky.

–Muchas gracias.

–De nada.

Lindo intercambio. Con la dosis justa de formalidad. Bebe un sorbo de aquella cosa de maíz.

Y abre ese sobre.

Estimado:

Estoy al tanto de la naturaleza de su negocio. Y tal vez habrá notado que está interviniendo en mi área de operaciones.

Quisiera aprovechar esta oportunidad para advertirle sobre cualquier futura intrusión. Estoy seguro de que, en este asunto, lo guiará la experiencia.

He visto que su portero le ha entregado esta carta.

Naturalmente, usted sabe quién soy.

Atentamente,

J.J.J.

Se levanta y va a la ventana. Vio que su portero se la entregaba. Eso denotaba una cierta vergonzosa vulgaridad. Un hombre ahí que vende castañas tostadas. ¿O es que el canalla que alquila el piso aquel sin agua caliente está equipado con instrumentos de espionaje con el telescopio de bronce que gira automáticamente sobre un trípode? Para ver cómo se me pone marrón el blanco de los ojos. Además, provoca esa clara punzada de dolor entre el hombro y el trasero. Miss Tomson, por favor, venga rápido. Ah, el timbre del portero.

–Señor, una joven, Miss Tomson.

–Hágala pasar de inmediato.

Mi regalo de Navidad para Hugo, rapé, que algún bromista ocioso me envió el año pasado. De mentol. Lo trato como a un igual. Sin usar esa máxima que dice que un hombre es la plata que gana y, ay, cuánto. A veces es un gesto amable para recordarle a la gente sus posibilidades de tener éxito. Sirve para caer bien.

–Miss Tomson, qué bueno verla.

–¿Qué pasa, Mr. Smith?, parece que hubiese visto un fantasma.

–Tiene frío, Miss Tomson, acérquese al fuego.

–Guau, que leños lindos y grandes. Pero, ¿no tienen miedo de que incendie el edificio?

–Eso es, póngase cómoda. La gente del piso de arriba también tiene uno. Convencimos a la administración. Al final los permitieron, pero, claro, tuvimos que pagar.

–Podría hacer un asado frente a eso con todas esas lindas brasas ardientes. ¿Me aceptaría en un campamento como chica de fogón, Mr. Smith?

–Ja, ja, Miss Tomson. ¿Qué le gustaría tomar?

–Esta noche, realmente podría ser estúpida. La chica que vive en el departamento de abajo me está volviendo loca. Siempre acechándome para saltarme encima con sus problemas. Voy a tomar lo que esté tomando usted, Mr. Smith. Qué de problemas tiene esa chica. Sale al jardín del fondo y empieza a hacerme muecas por la ventana. Contrató a un detective para que vigilara a su esposo y lo agarrase con la amante. Pero el detective lo agarró con un tipo. ¿Qué le parece eso, Mr. Smith?

–Ciertamente, irregular.

–Loco. Dígame qué fue lo que lo puso así de nervioso.

–Una carta, Miss Tomson.

–No, otra vez.

–Me temo que sí.

–¿Puedo verla, Mr. Smith?

–Claro.

Smith busca en el bolsillo de atrás. Demasiado cerca del culo como para estar cómodo. Poner ahí las cosas que lo alteran a uno y sentarse sobre ellas. Pasársela a los largos y reconfortantes dedos de ella. Un movimiento rápido de garra sobre el papel. Un mechón rubio le cae hacia adelante mientras lee.

–Esto es nuevo, Mr. Smith.

–Yo también lo pensé.

–¿Ve a alguien, Mr. Smith?

–A un vendedor de castañas en la esquina. Supongo que podría haber alguien en una azotea.

–No es un vendedor de castañas. Este tipo está orgulloso de sí mismo. Se ve como un gran e importante operador. Se las da de digno. Viene con esa mierda de la intrusión. Perro que ladra no muerde.

–No estoy particularmente ansioso por que me ladren o gruñan.

–Qué susto le dio el viejo Goli, eh, Mr. Smith, ja, ja. Pero tengo que admitir que la táctica de este tipo está funcionando muy bien.

–Precisamente por eso no lo estoy subestimando.

–Pero, Mr. Smith, si quiere que le diga la verdad, está sobrestimando la cosa. Y, además, la toma de manera personal. Mire, no se levante, déjeme servirle un trago. Se lo ve pálido.

–Gracias, Miss Tomson, supongo que me entró en la piel.

–Mr. Smith, no lo permita.

–Tiene razón, Miss Tomson. No debería permitirlo. Pero pasa.

–Ignórelo, Mr. Smith y vea qué sucede. Si se muestra preocupado, ahí es cuando lo agarran.

–Siento que es una imposición de la peor clase involucrarla así en asuntos que, francamente, son en extremo desagradables.

–Bromea.

–No.

–Así es la vida, Mr. Smith. Quiero decir que hay millones que están aplastándose y luchando por llegar a la cima. Renunciaría si no me gustara. De todos modos, no está mal trabajar para usted. Pensaba que trabajar me mataría. Además, no es a mí a quien buscan. Es a usted.

–¡Ay!

–Pero, haga lo que haga, no se deje avasallar.

–Matilda nos está preparando omelettes. ¿Le parece bien, Miss Tomson?

–¿Van a apestar?

–Oh, espero que no. Le di instrucciones para que dejara afuera los ingredientes particularmente fuertes.

–Con tal de que no salga de aquí oliendo a cosaco. ¿Cómo le va con el deporte?

–Oh, peleé algunos rounds. Dejé que el instructor me diera unos golpes en la nariz.

–Usted debe ser fuerte.

–Sé arreglármelas con los puños. Además, tomé una clase para principiantes en los rudimentos de la lucha libre. Hoy, uno nunca sabe. Había algunos especímenes físicos aterradores en esa sala de lucha.

–Vaya, cuénteme de ellos, Mr. Smith. Me encanta oír sobre esos grandes tarzanes, así es mi hermano, el que aparece en las páginas de sociales, le sale justo de abajo de los brazos, una juraría que no tiene estómago. Forma de V. En casa, entraba a la cocina en cueros y abría la heladera, sacaba la leche y se tomaba un litro entero de un trago. Su cuerpo es realmente magnífico. Nuestros padres nos criaron dejándonos que nos viéramos desnudos. Me parece que así es como debe ser. Levanta pesas. Debería verlo. Y lanza esa cosa que tienen en las carreras, esa bola redonda. Pero, Mr. Smith, ¿no le da miedo que alguno de esos tipos lo mate?

–Sé cómo cuidarme.

–Déjese de bromas, Mr. Smith. Uno de esos tipos puede partirlo por la mitad, si fuera usted, tendría cuidado. No tiene el físico.

–Miss Tomson, es un club para deportistas y caballeros.

–No sé, Mr. Smith, usted parece demasiado blandito para esa clase de cosa. La verdad es que no lo veo luchando con uno de esos tarzanes, no con uno como mi hermano, él es realmente hermoso. Incluso grandote como es se mueve como una pantera.

–Seguro que sí, Miss Tomson.

–Vamos, oiga, Mr. Smith, herí sus sentimientos, ¿no?

–Oh, no, no.

–Sí, yo sé cuando lo hago. Pero usted no es una de esas bestias enormes. Digo que no es un debilucho, Mr. Smith. Usted tiene cosas que ellos no tienen.

–¿Qué, Miss Tomson?

–Bueno. A lo mejor usted no es mentalmente débil, tal vez eso es lo que quiero decir. Y es amable. Tiene lindas manos. Muestra consideración. Esas cosas significan algo, Mr. Smith. Nunca, pero nunca, podría imaginarlo desnudo en la heladera, debajo de una botella de leche. Eso sería… sería…

–Me parece que la cena está servida, Miss Tomson.

–¿Ve? Ya empecé, no puedo controlar la boca. De todos modos, ¿cómo es que llegamos a esto?

–Creo que fue porque me preguntó cómo me iba con el deporte.

–Ah, sip.

Miss Tomson de negro. A la tarde estaba de verde. Y se puso zapatos sin tacos por mí. Me hace ver tres centímetros más alto. Se pone de pie y camina balanceando las caderas. Qué dos melones accesibles los que se pasean en la parte de atrás de su falda. Entonces da vuelta la cabeza y me pesca con los ojos pegados.

–¿Le parece que camino como si estuviera arriesgándome, Mr. Smith?

–No la entiendo bien, Miss Tomson.

–Usted sabe, Mr. Smith.

–No, no sé, Miss Tomson. ¿Por qué hace así con la cabeza?

–Porque usted, Mr. Smith, es uno de los tipos más inocentes que conocí. Ja, ja. ¿No ve que estoy caminando como si me la estuviera buscando?

–¿Buscándose qué?

–Buscándomela. No me obligue a decirlo porque se lo voy a decir.

–Por favor, Miss Tomson. A mí no me importa, pero está Matilda.

–Ella también se la anda buscando.

–Miss Tomson, ¿le gustan los espárragos?

Miss Tomson, alta, sentada en el otro extremo de la mesa de arce, el árbol favorito de Smith. La mano de George extendida para apartar los prósperos helechos que Matilda había colocado directamente entre los comensales para que no pudieran verse. Llegaron los espárragos. Dispuestos cocidos y muertos en los platos de color verde musgo. Naturalmente, tomé mi servilleta y la dejé caer sobre mi muslo. Miss Tomson extendió la suya sobre su regazo. Mira y espera. Los espárragos. No hay chance de que los levante flácidos con los dedos, hasta que ella lo haga. Seguramente va a usar el cuchillo. Ningún movimiento hasta ver. Busca el tenedor. ¿No hay alguna regla de no usar un tenedor cuando corresponda el cuchillo. ¡Dios mío, busca la manteca!

–Matilda, la manteca, por favor.

–Ya va. Si es lo que quiere.

Algo sencillo como la manteca. Hacer como que no tiene importancia. Simular que yo también quiero la manteca. Si levanto este pedazo de espárrago y ella corta el suyo con el tenedor. Esperar y ver. Cambiar de posición la servilleta. Y alcanzar el pan. No. Ofrecérselo.

–Miss Tomson, permítame que le corte el pan. ¿Blanco o negro?

–El negro se ve rico, Mr. Smith.

–Claro, negro. Ah, aquí está la manteca. Gracias, Matilda.

Miss Tomson es de buen comer. Y una masticadora enérgica.

–Mr. Smith, ¿le molesta que me lo zampe así?

–Claro que no, Miss Tomson, yo también me lo pienso zampar. Así es más saludable.

–Diga, Mr. Smith, ¿de veras le importa eso de la salud?

–Me interesa una cierta robustez, Miss Tomson.

–Bueno, pero, ¿por qué matarse?

–No me estoy matando. Un poco de ejercicio para mantener la figura.

–Después de los treinta, no se puede mantener. ¿Qué importa una pancita? A mí me gusta. No es chiste. ¿Por qué no prueba con una faja?

–Miss Tomson, ¿quiere que su omelette esté líquido por dentro?

–Sip.

–Matilda, los dos jugosos, por favor.

–Si así es como los quiere. Será mejor que sirva ese vino mientras cocino. Estoy muy ocupada. Nunca hay suficiente tiempo para nada.

Miss Tomson se apoya sobre la mesa. Inclina la cabeza hacia la cocina, murmurando.

–Mr. Smith, a ella, claramente, no le caigo bien. ¿Por qué una de estas noches no viene a mi departamento? Ahí tengo una máquina de escribir.

–Qué amable de su parte, Miss Tomson, pero nunca pensaría en semejante molestia. Usted tiene su propia vida personal. Ya estoy abusando demasiado de su tiempo libre.

–¿Qué tiempo libre? Ahora me vuelvo a casa, tonteo, escucho música, arreglo ropa. No hago nada.

–Tendrá algún muchacho agradable dándole vueltas.

–No me haga reír. A mi hermano le gustaba venir, me llenaba el departamento de celebridades. Un montón de muertos estirados y sosos. Le pedí que parara de traerlos, le dije que no me interesaban. Todos se la pasaban hablando. Esa gente solía encantarme. Pero un día que iban a jugar al tenis, los vi en la entrada de casa, un grupo realmente saludable de personas apuestas. Y así como así, usted sabe, les eché un vistazo. Me puse a escuchar, Mr. Smith. Por primera vez los escuché. Y ese mismo día, parada en la cancha con mi raqueta, estaba descansando cuando alguien me tocó la espalda a través de la cerca. Era un tipo que pasaba por la calle. Me doy vuelta, estoy a punto de decirle que quién carajo, perdón, de preguntarle quién era, y me pasa un pedazo de papel. Fue la primera vez que vi a la curiosidad poética. Ey, pero estoy hablando como loca. Debe ser el vino.

–Miss Tomson, tengo el mayor interés en oírla hablar.

–¿Me lo dice en broma?

–Le aseguro que no.

–Por entonces, sabe, estaba loca. Subía con esa llave de oro al nidito, el ascensor atestado de regalos que compraba con la plata de ese tipo. En el jardín de la azotea dándole a pelotas de tenis riéndome como loca, haciéndolas rebotar en los pobres, lo que ayuda a mantenerlos abajo. Les dije a todos miren esto, un tipo me pasó una nota con un poema. Empecé a leerlo. Paré justo en la mitad. Pensé Dios, este tipo podría haber querido decir esto y lo que dice es agradable y también se refiere a mí, por eso me detuve, supongo. Me puse mal. Me agarraron unas cuantas rabietas. Abrí todas las canillas del nido hasta que el agua llegó al hueco del ascensor. Pensaba qué clase de vida era esa, qué tan buena era. Era muy buena. Pero me estaba vendiendo por nada. Raro, ¿no? Ahí me empezaron a interesar las cosas verdaderas, ya sabe, cosas profundas, mientras que la curiosidad poética estaba interesado en comer gratis y pasarla bomba en el nido. Por Dios.

En un ojo de Miss Tomson había una lágrima.

–Miss Tomson, por favor, no diga más. Tome un sorbo de vino. También un buen bocado de omelette.

–¿Sabe, Mr. Smith? No merece que sea injusta con usted. Es un buen tipo.

–¿Ananá fresco? ¿O damascos?

–Damascos. Me gustan.

–Matilda, los damascos.

Smith se estira para encender las velas, perfumadas y, según dicen, afrodisíacas. Del otro lado de la ventana, en el cielo, sobre los techos, había un crepúsculo que centelleaba convertido en un resplandor negro y dorado.

–¿Sabe qué, Mr. Smith?

–¿Qué, Miss Tomson?

–Usted es un tipo extraño. No sé por qué no lo pescó alguna chica de joven. ¿No le andaban detrás?

–Lamento decir, Miss Tomson, que no, no me andaban detrás.

Matilda trajo un ananá abierto empapado de azúcar, y un bol de vidrio lleno de deliciosos damascos. Miss Tomson y Mr. Smith comen de rodillas frente al fuego. Más íntimo así. Miss Tomson se desabrocha una hebilla gigantesca para que no le apriete tanto. Dándose una palmadita en la diminuta redondez.

–También me está saliendo pancita. Necesito más relleno. Me vendría bien tener un poco más en estas.

–Está bien así, Miss Tomson.

–¿Cómo sabe que son de verdad?

–Vamos, vamos, Miss Tomson.

–Ja, ja, casi lo pesco tratando de adivinar, ¿no es así, Mr. Smith? Vamos, admítalo.

–Tal vez por un instante.

–Mr. Smith, me hace reír. La cara que puso el día que llevé a Goliath a la oficina. Qué pálido estaba.

–¿Brandy, Miss Tomson?

–Esa cosa hecha con damascos, Mr. Smith.

–Fermentados.

–Me estoy poniendo en pedo.

–Vamos a tomar un poco de café bien fuerte.

–Me olvido todo el tiempo de que estoy aquí para que trabajemos un poco. Vamos, trabajemos. Saque las cartas. Estoy lista. Vamos a poner todas desplegadas, una al lado de la otra. Tengo elegidas las respuestas para cada una. Estimado Tarado, en algún lugar del centro de la ciudad están organizando una gran venta, llena de malditas ofertas. Está invitado. ¿Qué tal eso, Mr. Smith? Veo que no le gusta. Ahora, explíqueme cómo ese tal J.J.J. podría estar enterado de la naturaleza de su negocio, cuando ni siquiera yo la sé. Si él aprovecha la oportunidad para hacerle una advertencia, por qué no decir Estimado Pajero, mejor raje o le vamos a meter un hierro caliente por el orto. Usted perdone, Mr. Smith, pero lo que quiero decir es por qué este hombre no le dice de una vez lo que quiere. Ja, ja, realmente podría darle un buen susto.

–Sírvase más brandy, Miss Tomson.

–Claro. Curioso que en su casa me sienta tranquila. Mr. Smith, no quiero ser curiosa, pero, por qué un hombre como usted no tiene esposa e hijos… No es de mi incumbencia, olvídese de que se lo pregunté.

Débilmente desde la calle, voces de niños que en distintos registros cantan una canción navideña. Miss Tomson yendo a la ventana.

–Ey, venga, Mr. Smith, mire esto, ¿no son lindos?, un grupo de mocosos, están cantando. ¿Cómo se hace para abrir la ventana?

–Me temo que está sellada.

–Les tiraría algo de dinero. Pobrecitos, cantando allí, solitos, en el frío. Supongo que nadie los escucha. ¿Qué podríamos hacer por ellos? Tal vez ir hasta allá con una bandeja de algo. Hagamos eso.

–Miss Tomson, preferiría que no lo hiciera.

–¡Eh! ¿Por qué?

–Se va a helar.

–Yo no. Tengo una salud de hierro. Salgo a caminar descalza por el vestíbulo de mi edificio.

–Sigo prefiriendo que no lo haga.

–¿Qué le pasa, Mr. Smith? ¿Me está diciendo que no quiere que les dé comida a esos pobres chicos? ¿Eso es lo que me dice?

–Miss Tomson, por favor, me malinterpreta.

–Me pregunto si es así. Por otra parte, ¿por qué no debería bajar? Mire el frío que tienen y lo hambrientos que están allí. Si yo fuera uno de esos chicos, querría que alguien saliera de una casa de rico como esta y me diera algo, aunque más no fuera solo comida.

–Tengo mis razones.

–Supongo que las tiene, Mr. Smith. Pero para mí son un misterio. Si yo tuviera chicos y estuvieran cantando por ahí, me gustaría saber que alguien fuera a reaccionar. Tengo mi bloc, si quiere dictarme.

–Miss Tomson, está bien, Matilda le va a dar pollo frío de la cocina. Tómelo y déselos.

–No, está bien.

–Por favor, hágalo.

–No, no. No importa.

–Miss Tomson, sí importa. Ahora me importa a mí.

–No, deje.

–Matilda va a poner todo en una gran bandeja. Hay una de plata en el rincón.

–No importa en qué lo lleve.

–Le dará una bandeja.

–Ya no importa.

Miss Tomson, sentada, inclina la cabeza hacia adelante. El bloc abierto con las páginas dobladas, garabatea con el lápiz. Mundo desdichado. No podía contarle. Y no puedo decirle ahora. Está herida. Ahora me culpará por odiar a los niños. No me gustan, pero no los odio. Miss Tomson, recuerde lo que dijo, no es a usted a quien persiguen. No espero que usted examine cada cosa buscando signos de hostilidad. Pero, ¿cómo sé que ese malnacido que me espía y que me vio recibir la carta del portero no fue el que mandó a esos chicos como señuelo? Si se lo digo, me consideraría ridículo por imaginar tales cosas. Por estar asustado más allá de toda proporción por la amenaza. Agarre la maldita bandeja, vacíe las alacenas, cárguelo todo. Que Hugo suba para ayudarla. Vamos a bajar todos juntos.

–Le gustaría volverse a su casa, ¿no, Miss Tomson?

–Tengo listo el bloc y el lápiz preparado.

–Está molesta.

–Espero el dictado.

–Bueno, estoy tan molesto que no puedo dictar.

–Bien, entonces mejor dejémoslo para otro día, Mr. Smith.

–Miss Tomson, me disculpo por no haberla dejado que les llevara una bandeja de pollo a esos chicos.

–Olvidémoslo.

–Y verla sentada ahí, triste. Miss Tomson, no es mi costumbre andar preguntándole a la gente sus opiniones sobre mí, pero, por esto, ¿cree que odio el canto?

–Mr. Smith, está haciendo una montaña de la cuestión. Era un capricho. Apenas un capricho liso y llano.

–Está bien.

Smith gira bruscamente y cruza hacia ese espacio que a la administración le gusta llamar el vestíbulo del comedor. Ruido de Matilda saliendo de la cocina. Smith poniéndose una capa sobre los hombros. Abriendo la puerta automática. Voz de Matilda en la sala, hablándole a Miss Tomson.

–¿Por qué hizo enojar a Mr. Smith?

–No es asunto tuyo.

–No me hable así.

–Mira, Gertrude…

–No me diga Gertrude, tampoco me diga Matilda.

–Fuera.

–A mí no me hable así. Le voy a arrancar ese estropajo rubio de la cabeza.

–Vamos, acércate, negra puta. Atrévete.

George saliendo ágilmente por la puerta. Deja que la situación hierva a fuego lento. Esperando el ascensor. Bajando rápido por las escaleras en lugar de seguir esperando. Pasa al lado de Hugo que está afuera de las puertas de entrada de vidrio.

–¿Algún problema, Mr. Smith?

–Voy a buscar a alguien.

–¿Puedo ayudar?

–No, gracias. Por esta calle. Es un segundo.

George avanzando, los codos pegados al cuerpo, tobillos flexibles, barbilla levantada, dedos que se mueven y bien relajado. Pasar a toda velocidad ante las escaleras de las casas y los tachos de basura al otro lado de la calle. Pulmones jadeando cuando Smith inteligentemente cambió a poder mental para darle un descanso a los músculos. Parar para preguntarle a un peatón que se mueve despacio.

–Disculpe, vio a unos chicos por acá.

–¿Busca pelea, amigo?

–No, gracias.

George apura el paso. Buena y evidente camaradería en todas partes. Curiosear en la cervecería de la esquina. Tengo que agarrarlos. Si se suben a un bus, soné. Calma, corazón, oigo las voces de los chicos. Sonidos breves y débiles. Llegan desde lejos de corazones jóvenes y cálidos.

Más adelante, en la avenida, entre los restos de dos edificios abandonados, los chicos están juntos, de pie sobre una pila de escombros. Rescoldos de un fuego que brilla entre los hierros. George va de un ladrillo a otro y se sube a un tablón inseguro. Uno dos tres cuatro cinco seis de ellos. Dos niñas grandes y una pequeña. Tres chicos de aspecto más bien rudo.

–Perdón, chicos, ¿eran ustedes los que estaban cantando aquí a la vuelta?

–¿Quién pregunta?

–Los oí. ¿Para qué están cantando aquí?, no hay nadie para oírlos.

–No queremos que nos oigan.

–Miren, tengo una propuesta. Tú, ¿eres el mayor?

–Sí, soy el mayor.

–Mira, ¿quieren venir a mi departamento y cantar para mí?

–Eh, ¿qué es lo que quiere? ¿Es un pervertido?

–Allí está mi amiga.

–Leímos en un libro que eso no significa nada.

–Entiendo. Bueno, ella cree que son un grupo de cantantes geniales. Solo quiere oírlos de cerca. Y hay pollo frío y limonada.

–Lo que queremos es plata.

–Bien. Les daré dinero y, además, pollo frío y limonada.

–¿Usted vive en ese edificio de lujo de aquí a la vuelta?

–Sí.

–Eh, debe ser rico. Queremos un montón de plata. ¿Seguro que no nos está tomando el pelo?

–Vengan y vean.

–Bueno. Vamos. Ordeno que sigamos a este tipo.

Smith lidera la fila juvenil. Pasan por la cervecería, donde los parroquianos sacuden el pulgar ante el desfile. Hacia el departamento que puede estar entregado al caos. Miss Tomson y Matilda, ¡qué par! La oscura peso pesado contra la sílfide alta y blanca. O sea, una cierta cantidad de golpes de cabeza contra el parquet, un hall de entrada vivo con mechones de cabello y corpiños rotos. Ninguna varilla en el de Miss Tomson, pero quizás un montón en el de Matilda.

Smith avanza con porte militar, ordena flanco izquierdo bajo el toldo naranja de Merry Mansions.

–Eh, nos está realmente metiendo en su casa.

–Sí.

–Vamos entrando.

Hugo se adelanta. La cabeza un tanto torcida. La boca apretada.

–Mr. Smith, no sé qué decirle de esto.

–¿A qué se refiere, Hugo?

–Bueno, creo que quizás sería mejor que usara la entrada de servicio.

–Estos jóvenes son mis invitados.

–Tuve que echarlos de aquí hace apenas un cuarto de hora.

–En este momento, son mis invitados.

–Lo lamento, pero, si usted trae a estos vagos acá, voy a informar a la administración.

–Vengan, chicos, síganme.

–Se lo advierto, Mr. Smith.

–Ya me lo advirtió, adentro, chicos.

–No están permitidos en las instalaciones. Es una regla de la administración.

El pelotón se abrió paso hasta el vestíbulo azul. Dos niños hacen una pausa para examinarse en el gran espejo. Smith ordena instantáneamente a esos rezagados que vigilen la retaguardia. Cuando el vocero le advirtió a Smith que cuidara el lenguaje obsceno, su hermano pequeño estaba con ellos.

Pelotón, alto. En la parte superior del rellano, el comandante militar frente a los rostros blancos y fríos del lado de afuera de la gruesa puerta blindada del departamento 14.

–Tu nombre, hijo.

–Snake.

–Bien. Mira, aquí está el dinero, divídelo más tarde.

–Guau, es un montonazo.

–Bueno, ustedes son buenos cantantes.

–Denos más, entonces.

–Momento, chicos. No me llamo dinero. Esto es todo lo que tengo. Ahora, cuando abra la puerta, se juntan en el vestíbulo en dos filas y cantan.

–¿Qué quiere que cantemos?

–Lo que cantaban en la calle.

–Si nos da un poco más de dinero, le podemos cantar una canción sucia.

–No esta noche, chicos y chicas.

–¿Quiere decir que volvamos alguna otra vez para cantar canciones realmente sucias?

–Gracias, chicos, pero, por ahora, entren por esta puerta. Y canten un villancico o dos. Preferiría, por mi amiga, que no canten cosas sucias.

–Sí, claro.

George introduce la llave. Tranquilamente, hace entrar a aquellos buenos chicos. Snake practica escalas. Más bien como lo haría una rana. Chica que parpadea y respira profundamente. Niños, les ruego que no sea algo sucio.

Miss Tomson de pie con su abrigo puesto para irse. Ruido de Matilda rompiendo porcelana. El precio de mantener la felicidad. No puedo arrodillarme frente a todos estos chicos y rogarle que se quede. Y el barullo en la cocina.

–Chicos, canten.

Todos en fila. No es un mal grupo de niños y niñas. Podría conseguirles algo de publicidad y mandarlos de gira a algún lado. Los pobres cantantes. Matilda acaba de quebrar algo grande.

Noche de paz

Noche de amor

–Por favor, Miss Tomson, no se vaya. Por favor, quédese y escuche, va a decepcionar a los niños.

–Estoy muy, muy enojada. Debería conseguirse a alguien civilizado que trabaje para usted.

–Miss Tomson, ¿no va a verlos comer el pollo?

El portazo produjo una clara grieta en zigzag hasta el techo. Entre las fiestas que Goldminer hace arriba y Miss Tomson, este nidito que armé con un gasto considerable no va a durar mucho. Mr. Stone, el representante de la administración, sin duda mencionará esto a su debido tiempo. Tengo que detenerla.

–Ey, chicos, sigan cantando.

–Sí, sí.

–Smith le echa una rápida ojeada a la grieta que va desde arriba de la puerta hasta el techo. Baja a toda velocidad las escaleras, en mangas de camisa. Capta de reojo su apariencia innoble mientras llega a la acera para ver cómo la señorita Tomson desaparece en un taxi a la vuelta de la cervecería de la esquina.

George Smith delante de Merry Mansions. Hugo espiándolo detrás de la puerta. Viento frío de la noche que arrastra polvo y trozos de periódico que flotan. Miss Tomson se ofendió. Bien, vete para siempre. Hay un montón de buenas secretarias. Te crees especial. Inteligente y dada.

George camina hacia el río. Temblando de frío. Negro con destellos de verde, amarillo y rojo sobre el agua. Miss Tomson no quería que la alcanzara. Ella podría haber dudado. Podría haber holgazaneado unos pocos segundos en el vestíbulo. El tiempo suficiente como para una reconciliación. Podría significar que nunca la volveré a ver. Nadie para hacerme sentir orgulloso de mi apariencia. Ni para reírse de mí. Dios mío, qué culo tiene.

El parque completamente cerrado, con cerrojo. Salvo donde hay unos escaloncitos que llevan a una terraza sobre el río. Las manos en los bolsillos, hombros encorvados. Neumonía gestándose. Planeé la ocasión de una cena para acercarnos más. Para mirarnos a los ojos, nuestros codos apoyados en la mesa de arce. Sabía que le encantarían los espárragos. Y los damascos, y la continuación con el delicado destilado de su fermentación.

Remolcadores, barcazas. Luces de coches que cruzan el puente. Los barcos siempre me han animado. Y la cálida luz de los camarotes abriéndose camino hacia el mar. Algún día tomaré un barco.

Y en esa terraza, George, apoyado sobre la baranda de hierro, refunfuñando, mientras hundía ambos codos en mierda de gaviota. Una mujer con tres perritos miserables de cierta variedad, diminutos y resoplando. Sombrero rosado, envuelta en un abrigo de piel y con un par de botas peludas. George, mientras, se congelaba las pelotas y allí, de pie, con los codos manchados de mierda blanca, parecía indigente.

Mujer mira a George a los ojos. A él solo le queda la fuerza suficiente como para sostener por un instante la mirada. ¿Cómo le va, doña? ¿Anda buscando un polvo? Le ruego me perdone, pero es una desconocida. Ella a punto de gritar. Y el brazo de la ley extendería su mano gorda y cobarde para agarrarme de las bolas. Siempre y cuando pudieran hacerse un tiempo dejando de lado sus chanchullos.

George sale del parque rápidamente, considerando el comportamiento nocturno en esos lugares con arbustos. Volver a su propia y acogedora chimenea. Y a los chicos. A quienes, Dios mío, dejé cantando.

La velocidad ahora es esencial. Smith a las zancadas por la acera hacia Merry. Subir los escalones, de a tres. No hay tiempo para ascensores. Ahora. Adentro de la puerta blindada del departamento 14 había vergüenza. Cada chico tratando de ponerse detrás de otro y uno tratando de escabullirse por la puerta cuando entré. Ninguna señal de Matilda. Y ese chico, Snake, intentando escaparse.

–Ey, Snake, ¿adónde crees que vas?

–Es un país libre.

–¿Qué tienes debajo de la espalda?

–El culo nomás.

–Mocoso maleducado.

–Mire, don, no lo toque. Vamos a decirle a la poli que nos trajo acá para que cantemos canciones sucias y nos quitemos la ropa.

–Pequeños chantajistas. Devuélvanme esa botella y rajen.

George arremete. Se produce el éxodo. La carrera por las escaleras. Darle a uno de esos chicos una patada en el trasero para que me recuerden. Qué manera de correr. Suben en vez de bajar. El ruido es terrible. Doblar en ese descanso. ¡Basta! La puerta de Goldminer se abre. Van a verme. Verme persiguiendo a seis chicos. Esto me va a costar una buena difamación. La primera vez que veo a Mr. Goldminer parecer serio en toda su vida.

–Dime, George, ¿qué estás haciendo?

Smith, deteniéndose en silencio, arremangándose la camisa para ocultar el excremento de la gaviota. Apoyando tranquilamente la mano en el pasamanos de vidrio. Y con una generosa exhibición de incisivos.

–Oh, nada. Es solo un club juvenil. Es noche de ejercicios. Corriendo a los chicos escaleras arriba.

–Ah.

–Nos vemos, estoy apurado. Voy a ponerlos a hacer algunas contorsiones en la azotea. Hay que hacerles tener cuerpos sanos y fuertes en estos días. Detiene la delincuencia.

–Ah.

A Mr. Goldminer, con el ceño fruncido en su puerta, le causó gracia ese último comentario. Por lo general, se ríe de todo. De manera descontrolada. Y después le palmea la espalda desnuda a la mujer y le da un breve codazo debajo de la teta. Hábito de mal gusto.

Muy abajo, la voz de Hugo gritando desde el pozo de la escalera. George va saltando los escalones de cuatro en cuatro, agarrándose con la mano izquierda y volando al doblar cada descanso. Bien arriba, un portazo. Esas sabandijas ya están en la azotea. Si llego hasta arriba vivo y sin aliento, se pueden volver todos contra mí a la vez y apenas podré con seis. Adelante. Nunca les muestres cobardía a los niños.

La azotea. Cruzando la puerta a la oscuridad. Sobre los tragaluces y alrededor de las chimeneas. A lo lejos, a la distancia, el eje del reflector parpadea. Podría usarlo aquí, en lo oscuro. ¿Dónde se metieron? Cruzar corriendo por las piedras. Saltar al siguiente techo, que, sé con certeza, está más de seis metros abajo. Con un paracaídas, yo también podría saltar y atraparlos, tullidos, con los tobillos rotos y rogando misericordia.

Smith saltando por la medianera de Merry Mansions, cuando Snake, el mayor y último de los chicos vuela de un salto. Con un resultado oscuramente crujiente abajo. Si el techo de alguien es de yeso... Ay, ya no estará allí. Retirada. Con un grito dejarlos seguir viaje.

–Ya los voy a agarrar. Mocosos miserables.

–Eh, don, qué whisky barato el que toma.

El espectro silencioso de George, la mano derecha colocada debajo de la camisa para calmar un corazón palpitante. Este pequeño grupo de la generación más joven a los gritos por el interior del número 4 de Eagle Street. Noche plagada de faltas de respeto. Para no hablar de la descarada insolencia. Abandonado en una azotea, probablemente sin mucama, sin secretaria, sin mi reputación, sin botella de whisky y Dios sabe qué más. Seguro que Goldminer está en la puerta. Cuando casi siempre están desnudos y borrachos en el suelo, armando escándalo en cueros, en una indiscriminada exhibición de carne desnuda entre las flores tropicales que crecen en ese manicomio.

George Smith cruza la azotea de piedra. Las manos en los bolsillos, los hombros encorvados. Mirando por el borde hacia Eagle Street. Desde una puerta, dos toldos más allá, los chicos salen disparados. Snake esgrime una botella. Viento como un cuchillo. Cielo enorme de luz y tenue de estrellas. Volutas de humo del río. Luces rojas y verdes, remolcadores ululando. Ahí arriba, solo, puedo pensar en qué época del año es. Regalos. Y de oro en algún trópico. Mi propia prole creciendo sin papá. Yo siendo apenas yo caminando por la calle, deseando que alguien me mire, se detenga, vuelva, me mire a los ojos y me diga te quiero.

Sin volverse

Después

Un absoluto

Traidor.

4

¡Qué noche de viernes! El lunes a la mañana, en el 33 de Golf Street, no hubo ninguna Sally Tomson tipeando en su máquina. Ni el martes, ni el miércoles. Y Matilda encerrada en su cuarto desde hace ya cinco días. Smith se compró un aparato para preparar el desayuno, que lo despierta a uno con música suave y descarga gota a gota el café en una taza. Una vez se activó en medio de la noche sobre el brazo de Smith, mientras este yacía indefenso soñando algo perturbadoramente objetable.

El caos se congrega en Merry Mansions. Espirales de polvo y piezas de porcelana rotas. Smith desliza notas por debajo de la puerta del dormitorio de la silenciosa Matilda. Quien el lunes resopló una vez. Y la cual, el martes, cuando se le preguntó si estaba viva, gruñó. Smith se abre paso como de costumbre a lo largo del río, desesperado por entrar a una de esas instituciones psiquiátricas para que le hagan un chequeo mental.

Tres días de escritorio vacío de Miss Tompson. Y Miss Martin que vino y dijo: Mr. Smith, ¿embalo las cosas de Miss Tomson y se las mando? George grita que nadie toque ese escritorio, déjelo tal como está. Y el resto del día se manejó con una torpe cortesía hacia la señorita Martin quien volvió con una carta que le entregó a Smith, diciendo, Mr. Smith, me temo que ha cometido un error.

–Miss Martin, estoy terriblemente ocupado, ¿no puede corregirlo usted misma? ¿Dónde está? ¿Qué pasa con usted? ¿Para qué le pago?

Y Miss Martin con su dedo blanco y silencioso, con una uña gorda y rosada, tocó la parte inferior de la página donde George había firmado con el nombre de Sally Tomson en lugar del suyo.

Cuando las luces comienzan a parpadear durante las tardes rápidamente oscuras, llegan los peores momentos al 33 de Golf Street. George sale a dar un paseo. Y el lunes por la noche, en una excavación, contempla un montón iluminado de cabrestantes, de mezcladoras de cemento y de cucharones para el concreto que se balanceaban en el aire. Todo estrépito, polvo y ausencia de tristeza. Un hombre, cerca de George, sobre la plataforma, lo reconoce de los años de la preparatoria, sigue a Smith mientras este retrocede la breve distancia que hay hasta la esquina. Y le dice desde atrás, eh, George. Y Smith que sale corriendo. Para un taxi. Lo toma hasta The Game Club, donde sentado en la biblioteca, en profunda quietud y con el carillón de un reloj de pie, examina el propio comportamiento, que se estaba siendo demasiado extraño para las palabras. ¿Qué tenía de malo decir hola, eh, qué bueno verte, por Dios, qué bien te ves, recordar las grandes cosas que hicimos de chicos y adolescentes, las serpientes que metimos por la ventana en las cocinas de los vecinos? Pero corrí. Ya no puedo enfrentarme a las cosas que pasaron años atrás, cuando ambos creíamos en el mismo Dios, cuando metíamos las manos debajo de los mismos vestidos.

Jueves, el sexto día del encarcelamiento de Matilda. Amanecer. George estira la mano para darle vida al aparato de café al que le falta la mano amorosa, el jugo de la vida. Y con un ojo soñoliento despierto, el pensamiento súbito de que Matilda se murió. Sirvienta muere de hambre en Merry Mansions. Crucifixión policial y pública en las primeras páginas. ¿Por qué lo hizo, Mr. Smith, asesinarla de esta manera lenta y despiadada? En lugar de dejarla marchitarse, ¿por qué no el cuchillo o la pistola si tiene licencia para portar armas? ¿Por qué no le disparó? Miembros del jurado, este asesino no solo es un asesino, sino una persona retorcida e insensible.