Un hombre y una mujer - Robin Nicholas - E-Book

Un hombre y una mujer E-Book

Robin Nicholas

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Beschreibung

Johnny Tremont había sido un adolescente duro y rebelde, pero tras la muerte de su hermana se había convertido en el padre de su sobrina, y estaba decidido a hacer lo que fuera mejor para ella. Y lo mejor para la p equeña era que él se casara con la que había sido su amiga de la infancia, Grace Marie Green. Casándose con Grace podría conservar la custodia de la niña, que además contaría con una buena madre… por lo menos durante algún tiempo. Pero de lo que Johnny no se había dado cuenta era del efecto que una atractiva esposa y una encantadora niña podían tener en un hombre como él.

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Seitenzahl: 207

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos 8B

Planta 18

28036 Madrid

 

© 1998 Robin Kapala

© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Un hombre y una mujer, n.º 1065- mayo 2022

Título original: Man, Wife And Little Wonder

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1105-661-8

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

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Capítulo 1

 

 

 

 

 

JOHNNY había vuelto.

Grace Marie Green se aferró con fuerza al picaporte mientras se asomaba a la puerta. La cálida brisa de agosto acariciaba su rostro mientras contemplaba a Johnny Tremont. Éste, montado sobre una moto negra y plateada, conservaba el aspecto del adolescente al que Grace había adorado en secreto años atrás.

Johnny se quitó las gafas de sol y miró a su alrededor. Grace advirtió el intenso brillo de sus ojos azules mientras él se desprendía del casco, liberando una mata de pelo oscuro y espeso. Johnny la miraba directamente a los ojos, como si estuviera intentando descubrir en sólo unos segundos los cambios que durante sus diez años de ausencia se habían operado en ella. De pronto, iluminó su rostro la seductora sonrisa que utilizaba en el pasado para que Grace le permitiera robar gasolina de la camioneta de su padre cuando se le acababa el presupuesto para el combustible de su moto.

—Gracie necesita un corte de pelo. Y yo necesito casarme contigo.

El calor del mediodía golpeó a Grace con todas sus fuerzas. Se sentía al borde del desmayo. Creía haberle oído decir a Johnny que necesitaba que se casara con él. Qué locura. Tenía que haber sido una especie de alucinación, provocada con el calor.

La sensación de sofoco aumentó al ver detrás de Johnny a una niña. Iba vestida con unos vaqueros, una camiseta y un casco de color rosa que debía de valer más de lo que Grace ganaba haciendo permanentes durante un año.

Johnny le quitó el casco a la niña, dejando al descubierto una melena negra y unos ojos tan azules como los suyos. Grace comprendió entonces que se trataba de su tocaya, la pequeña Gracie, la sobrina de Johnny.

—¿Te parece bien?

Grace tomó aire. Lo único que había dicho Johnny, pensó, era que Gracie necesitaba un corte de pelo. El resto lo había imaginado ella. Y aunque era lunes, y la peluquería estaba cerrada, contestó automáticamente:

—Sí, claro.

—Podremos hablar del matrimonio más tarde —añadió Johnny.

Y Grace volvió a sentirse al borde del desmayo. Así que no había sido una alucinación…

Johnny bajó a Gracie de la moto y con ella en brazos, atravesó la puerta de la peluquería, pasando por delante de Grace. Al sentir el roce de su cuerpo, Grace pensó en lo poco que su vida había cambiado durante aquellos años; bastaba, sin embargo, que aquel hombre apareciera, para que tuviera la sensación de que hasta el aire que respiraba era otro.

Cerró la puerta. ¿Qué estaba pasando allí? ¿Por qué Johnny, que siempre la había considerado como una hermana aparecía de pronto hablándole de matrimonio? Al oírle decir aquellas palabras con las que tantas veces había soñado cuando era una adolescente, se apoderó de ella una violenta sensación de enfado.

Grace observó a Gracie que, al lado de su tío, la miraba con atención y su mal genio se desvaneció al instante. Era una niña demasiado seria, pensó. Y muy tímida, añadió mentalmente, al verla desviar la mirada. Janelle, la hermana de Johnny, también lo era y Grace sintió renacer el mismo instinto de protección que despertaba en ella la que había sido su mejor amiga. El sentimiento crecía además al saber que un accidente había dejado a aquella criatura sin padres.

Al advertir que Johnny la estaba observando, Grace se adentró en el salón de peluquería. Poco a poco, iba cobrando conciencia de que las palabras de Johnny no eran otra cosa que una de sus bromas. Sí, cuando le había dicho que necesitaba casarse con ella, estaba sonriendo de oreja a oreja. Al fin y al cabo, él no tenía forma de saber el efecto que podía provocar con sus palabras. Y ella, como tantas veces le había ocurrido, no había sabido captar una de sus bromas.

Probablemente, Johnny había llevado hasta allí a su sobrina para que conociera el lugar en el que había vivido su madre.

Johnny se agachó y le susurró algo al oído a la niña. Entonces, Gracie corrió hacia uno de los asientos de la peluquería y trepó hasta él. Apoyó una mano en el mostrador y comenzó a girar divertida.

Grace miró a Johnny con el ceño fruncido.

—No creo que una niña de su edad deba de hacer recorridos tan largos en moto.

—Venimos en moto desde el hotel —le aseguró Johnny imperturbable—. Un amigo nos trajo ayer por la noche desde Chicago. A nosotros y a la Harley.

—Así que quieres casarte conmigo —comentó Grace con sarcasmo, haciéndole ver que no había conseguido engañarla. Tenía ya veinticinco años, no quince. Y, afortunadamente, hacía ya mucho tiempo que se había quitado la venda de los ojos.

Pero su sarcasmo no pareció afectar a Johnny en lo más mínimo.

—Es cierto —se acercó hacia ella con paso decidido—. En su testamento, Janelle y Grant me nombraron tutor de Gracie. Pero ahora mis padres pretenden hacerse con la custodia, porque creen que no soy la persona más adecuada para cuidarla. Yo quiero quedarme con Gracie, pero me hace falta una esposa. Por eso necesito casarme contigo.

Grace tomó aire antes de susurrar una reflexión que años atrás compartía todo Ashville.

—Estás completamente loco, Johnny.

—No he estado más cuerdo ni he hablado más en serio en toda mi vida —respondió él sin vacilar.

¿Johnny como padre adoptivo? Aquella idea era un desafío para la imaginación. Pero al parecer, lo estaba siendo desde la muerte de Janelle y de Grant, el padre de la niña.

—Mi madre utiliza a la niña para impresionar a sus amigas y mi padre la mima constantemente —había amargura en su voz—. Pero en realidad, ninguno de ellos quiere a Gracie.

Grace recordó entonces el año en el que los Tremont habían comprado una enorme propiedad cerca de la granja en la que ella vivía. Albergaban la esperanza de que la tranquilidad del campo impidiera que su hijo Johnny, un inquieto adolescente de quince años, se metiera en problemas. También consideraban que podía ser un buen remedio para que Janelle venciera su timidez. Pero sus atareadas vidas les impedían dedicarle tiempo a sus hijos. Se limitaban a pagar todos los desperfectos que Johnny causaba con sus trastadas y a felicitarse porque Janelle había encontrado una amiga.

Gracie comprendió entonces que Johnny tenía razón. Si sus padres jamás habían querido a sus hijos, ¿por qué iban a querer a Gracie?

—Quiero que Gracie crezca en Ashville —continuó explicándole Johnny—. Pero los tribunales no lo permitirán a no ser que demuestre que puedo ofrecerle una vida mejor que la que le prometen mis padres.

—Eso no quiere decir que tengas que casarte —insistió Grace, azuzada por un poderoso instinto de supervivencia.

—Según mi abogado, sí —contestó Johnny con una mueca. Probablemente tampoco a él debía gustarle que el matrimonio fuera la solución a sus problemas, pero era evidente que pretendía seguir el consejo de su abogado—. Comprendo que es mucho lo que te pido, pero estoy dispuesto a recompensarte pagando la hipoteca de tu granja, sentencien lo que sentencien los tribunales.

Grace se sonrojó intensamente. Iba a pagarle para que se casara con él. De ninguna otra manera podría haber dejado más claro que no la consideraba una mujer deseable.

—En cuanto yo tenga la custodia de Gracie y mi madre haya vuelto a entretenerse con sus fiestas, podremos divorciarnos.

Grace ardía de indignación. Peor aún, volvía a sentirse como si continuara siendo aquella adolescente de quince años que vivía desesperada porque Johnny la viera como una mujer. Una mujer enamorada de él…

El pánico estaba a punto de paralizarle el corazón. No, no podía hacer una cosa así.

Iba a decírselo a Johnny cuando éste miró a su sobrina. Grace advirtió en sus ojos la indefensión y la desesperación. Se mordió el labio. Johnny, que jamás había necesitado otra cosa que sus motocicletas y el éxito del taller que había montado en Chicago, necesitaba que lo ayudara con Gracie.

Repentinamente consciente del silencio que reinaba en la habitación, comprendió que la niña había dejado de dar vueltas en la silla. Se volvió hacia ella y la descubrió observándolos con una inmensa tristeza en la mirada.

Envuelta en una cada vez más nítida sensación de fatalidad, le susurró a Johnny:

—No sé qué decirte. Necesito tiempo para pensarlo.

Pero no era posible pensar con claridad estando tan cerca de Johnny. Se acercó hacia el asiento en el que estaba Gracie, le dirigió una sonrisa radiante a la niña, y comenzó a subirlo para comenzar a cortarle el pelo.

—Sólo quiero que le cortes un poco las puntas… —empezó a decir Johnny, pero Grace lo fulminó con la mirada, impidiendo que continuara y giró la silla de la niña para que pudiera verse en el espejo.

—¿Cómo quieres que te lo corte, Gracie?

Gracie clavó la mirada en sus zapatos. Johnny pareció tensarse, pero Grace le advirtió con un gesto que no dijera una sola palabra.

—Como tú —musitó Gracie por fin.

—Excelente opción —Grace sonrió, conmovida, mientras le colocaba un delantal de plástico y comenzaba a trabajar.

Johnny merodeaba mientras tanto por la habitación. Se detuvo cerca de la caja registradora; tras ella, Grace había colgado una fotografía de Elvis.

—Recuerdo esa fotografía —le dijo.

Por supuesto que la recordaba. Los padres de Grace eran admiradores de Elvis cuando se habían conocido y enamorado. El vestíbulo de la casa en la que Grace había crecido y en la que continuaba viviendo, estaba decorado con fotografías de Elvis cuando ella, Janelle y Johnny eran adolescentes. La única vez que había bailado con Johnny había sido en el salón de su casa, y la pieza era una de las baladas de Elvis.

Grace sacudió la cabeza para apartar aquellos recuerdos de su mente y miró a Johnny con ojo crítico. Estaba muy atractivo con aquel flequillo cayendo rebelde por su frente

Johnny se volvió y la sorprendió mirándolo. Disimulando, como siempre había hecho, la atracción que sentía hacia él, Grace comentó con cierta altivez:

—No te vendrían mal un poco de champú y un corte de pelo.

Johnny la miró abiertamente.

—Ya tengo mi propio peluquero en la ciudad. Y no he venido aquí para que me des consejos sobre estética.

Grace se volvió, intentando disimular una sonrisa. Había echado de menos sus discusiones con Johnny. Había echado de menos a Johnny. Incapaz de contener el rumbo que llevaban sus pensamientos, intentó imaginarse, como tantas veces había hecho, lo que sentiría si Johnny realmente quisiera casarse con ella.

Pero había ido a buscarla por el bien de Gracie.

Y sobre ello tenían que hablar. Así que haría mejor en darse prisa con el corte de pelo de la niña. Johnny, como demostraba con su constante jugueteo con las llaves de la moto, estaba empezando a perder la paciencia.

 

 

Johnny tuvo que hacer un esfuerzo para no llevarse la mano a la cabeza. Sabía que necesitaba un buen corte de pelo, pero se negaba a terminar sentado en una de esas sillas, con un enorme babero rosa alrededor del cuello.

Gracie, sin embargo, parecía estar disfrutando. Y su sonrisa llegó directamente al corazón de su tío. Johnny era consciente de lo que sufría aquella niña. Sabía que Gracie lloraba por las noches y le conmovía la fuerza con la que le abrazaba cada vez que tenía que dejarla, temiendo que, al igual que sus padres, no volviera.

Johnny no volvería a dejar a Gracie nunca más. Atendería su negocio por teléfono. Dejaría de ir a fiestas, lo dejaría todo por Gracie. Estaba dispuesto a cambiar su vida entera para hacerla feliz. Y no iba a perderla por culpa de sus padres.

Eso significaba, según su abogado, que tendría que emplearse a fondo y demostrar que podía proporcionarle a la niña una vida hogareña capaz de rivalizar con la que podían ofrecerle sus padres.

Qué ironía.

Pero, afortunadamente, Gracie no iba a crecer en el mismo ambiente frío en el que Janelle y él se habían educado. No si podía evitarlo. Y para ello era imprescindible que Grace se casara con él.

Contempló a la joven con el ceño fruncido. Ella y Janelle se escribían de vez en cuando. Y a través de Janelle se había enterado de que una hipoteca amenazaba la granja de Grace y de que no había ningún hombre en su vida. Quizá su proposición de matrimonio había sido un poco precipitada, pero sabía que Grace quería ayudar a Gracie. Y no podía imaginarse qué le había impedido aceptar inmediatamente su propuesta.

Pero Grace siempre había sido tan independiente… La recorrió lentamente con la mirada, contemplando las suaves curvas con las que el tiempo había moldeado su cuerpo de adolescente. Diez años atrás, Grace era para él como una hermana, pero en ese momento…

Grace sorprendió su mirada mientras le estaba quitando a la niña las pinzas con las que le había recogido el pelo.

—¿Qué pasa? —le preguntó Grace.

—Me imaginaba que te habrías casado —mintió Johnny, un poco sorprendido al descubrirse imaginando a Grace con menos ropa que la que ese momento llevaba.

—Y yo te imaginaba a ti casado con una rubia teñida… y rebosante de silicona.

Johnny soltó una carcajada. A Grace nunca le había faltado el humor, ni siquiera cuando el Alzheimer de su madre y los problemas financieros la habían obligado a convertirse en una persona seria y responsable. Se le ocurrió entonces pensar que Grace no se merecía casarse con un hombre como él. Ni siquiera temporalmente. Se merecía una vida feliz con un hombre que creyera en la familia y en el matrimonio. Con un hombre que creyera en el amor.

Pero Grace era precisamente el tipo de mujer con el que él necesitaba casarse. Y sabía que su compañía sería muy buena para Gracie, al igual que lo había sido para la tímida Janelle.

Grace se inclinó sobre Gracie. Al hacerlo, se alzó ligeramente su vestido, dejando al descubierto sus piernas. Johnny la miró con los ojos entrecerrados. Era posible que, durante los meses que habían pasado desde la última vez que había tenido noticias de ella, Grace se hubiera comprometido con otro tipo. Miró sus manos, en busca de un anillo, pero las movía tan rápido mientras trabajaba, que no era capaz de decir si lo llevaba o no. Se tensó. Empezaba a perder la paciencia.

Gracie, mientras tanto, continuaba sentada como una reina, alzando la barbilla con un gesto que imitaba claramente al de Grace. Johnny confiaba en que Grace fuera capaz de hacer salir a Gracie de su escondrijo, al igual que lo había hecho con Janelle. Pero no esperaba que el efecto fuera tan rápido. Y eso le confirmaba que Grace sería la compañía perfecta para su sobrina, y que había hecho bien en regresar a Ashville.

Gracie sentía el escrutinio de Johnny sobre ella. Y también su impaciencia. Terminó de peinar a la niña y sonrió.

—En el cajón de la caja registradora, hay una bolsa llena de lazos y pasadores. Elige el que más te guste.

Gracie asintió, bajó de la silla y corrió hacia el cajón. Grace no apartaba la mirada de la niña mientras Johnny se acercaba caminando hasta ella.

—Tenemos que hablar —le dijo. Estaba tan cerca que Grace podía advertir su aroma, mezclado todavía con el olor de la gasolina. Continuaba tan delgado como cuando tenía dieciocho años, y parecía incluso más fuerte. Su mirada continuaba siendo inquebrantable; de hecho, a Grace todavía le parecía imposible que pudiera necesitarla para algo.

Pero de pronto, la luz de su mirada cambió; y los latidos del corazón de Grace cambiaron con ella. La oscura promesa que leía en los ojos de Johnny tenía muy poco que ver con un sentimiento fraternal.

Pero antes de que hubiera podido asegurarse de lo que creía estar viendo, Gracie se acercó corriendo hasta ellos. Ondeando un lazo rosa en cada mano, exclamó:

—Tengo hambre.

Johnny miró a Grace con una sonrisa de culpabilidad y, como si realmente ya estuvieran casados, preguntó:

—¿Qué hay para comer?

Tras dirigirle a Johnny una mirada fugaz, Grace le acarició el pelo a Gracie.

—¿Te gustaría comer en una granja, Gracie?

—¿Con una vaca de verdad?

Grace soltó una carcajada.

—No, no tengo vacas. Pero sí gatitos, y si quieres, después puedes ir a buscar flores.

La sonrisa de Gracie era idéntica a la de Janelle. Grace se volvió, intentando disimular su emoción, tomó un frasco de laca y dijo rápidamente:

—Pero antes tendremos que colocarte esos lazos.

Gracie miró con nostalgia aquel frasco de laca, tan parecido a los que usaba su madre.

—¿Puedo, Johnny?

No lo llamaba «tío», advirtió Grace. Era muy propio de Johnny el renunciar a todo tipo de formalidades.

Johnny dio su consentimiento encogiéndose de hombros. Minutos después, salían los tres juntos del establecimiento.

Gracie era una niña adorable y Grace se sentía orgullosa de que fuera la hija de Janelle. Un orgullo que seguramente Janelle había sentido multiplicado por diez. Se imaginó a sí misma peinando a aquella niña cada mañana, y arropándola en la cama cada noche…

Y se imaginó también arropando a Johnny, y…

—Eh, ¿todavía sigue abierta la tienda del viejo Henry? —preguntó Johnny, señalando un desvencijado cartel—. Podemos ir a comprar algo de comida.

Grace miró a Johnny intranquila.

—Tengo comida más que suficiente en casa.

—Pero estoy seguro de que no tienes mantequilla de cacahuete. Vamos, quiero que Gracie conozca esa tienda. Me recuerdo merodeando por aquí, bebiendo refrescos y mirando a las chicas.

—Y yo recuerdo que te prohibieron la entrada en la tienda —musitó Grace, esperando que Johnny estuviera dispuesto a pagar la comida que pretendía sacar de allí. Cuando era adolescente, sus padres habían tenido que pagar muchas veces las cosas que Johnny se llevaba de allí.

Grace caminaba tras Johnny, segura de que Henry Gold no compartiría el entusiasmo de Johnny si supiera que estaba a punto de entrar en su establecimiento.

Mientras andaban, Gracie iba saltando delante de ellos. Grace se dijo que todo Ashville debía de estar mirándolos y preguntándose a qué se debía la vuelta de Johnny. Lo último que cualquier habitante del pueblo podría imaginarse era que había vuelto para casarse con ella.

En cualquier caso, se dijo, entendía perfectamente que Johnny hubiera decidido educar a su sobrina en un lugar tranquilo como Ashville, en vez de en una gran ciudad. Apretó los labios con gesto irónico. Entendía también que el abogado de Johnny pensara que mediante un matrimonio tenía más posibilidades de conservar la custodia de su sobrina.

Johnny estaba tan cerca de Grace que al caminar sus brazos se tocaban y la joven podía sentir el roce de sus vaqueros en la falda. Grace deseaba alzar la mirada, admirar el brillo azulado de su pelo negro bajo el sol, pero ignoró aquel impulso. Intentó entonces imaginar cómo iba a arreglárselas Johnny, un hombre con una infancia tan difícil, para educar a Gracie.

Ella también quería ayudar a Gracie. Pero la verdad era que sabía tan poco de niños como el mismo Johnny. Y casarse con él, algo con lo que tantas veces había soñado, podía convertirse en la peor de las torturas sabiendo que no la amaba.

Gracie se detuvo en la puerta de la tienda, interrumpiendo el curso de los pensamientos de Grace.

Johnny sonrió.

—Cada vez que paso por aquí, me entran ganas de comer un perrito caliente y un refresco de cola.

—No me parece una comida muy apropiada para una niña —señaló Grace, temiendo lo que Johnny pudiera tener en mente.

—Quiero mantequilla de cacahuete —dijo Grace.

—Con apio —añadió Johnny—. Vamos, entremos.

Aquel establecimiento era un lugar frío, sombrío y silencioso. Henry salió de detrás del mostrador, vestido con un delantal blanco sobre un overol. Su constante ceño fruncido había llenado su rostro de arrugas y las canas cubrían completamente sus cejas y su pelo.

—Caramba —exclamó al verlos—, si es el mismísimo Johnny Tremont. He oído todo tipo de cosas sobre ti. Unos dicen que estás en la cárcel, y otros que ahora eres un hombre rico. ¿Cuál de las dos es cierta?

—Bueno, no parece que esté en la cárcel.

—Humm. Ahora tengo espejos por la tienda —Henry apuntó con la cabeza hacia la puerta—. Y alarmas —señaló a Gracie—. ¿Y quién es esta niña que has traído contigo?

Johnny posó la mano en el hombro de Gracie.

—Es mi sobrina, Gracie.

El rostro de Henry se suavizó de forma notable.

—Sentí mucho lo de Janelle —se lamentó, y añadió pensativo—. Era una buena chica —miró a la niña con el ceño fruncido—. ¿Tú también eres buena?

Gracie asintió con vigor.

—Johnny dice que sí.

—Mmm. No rompas nada de la tienda. Si no rompes nada, te regalaré un caramelo —Henry se alejó tras el mostrador arrastrando los pies y musitando algo sobre los árboles que crecían derechos.

Johnny, tras soltar un sonoro suspiro, se dirigió hacia el pasillo en el que estaba la mantequilla de cacahuete.

—Continúa siendo un viejo gruñón —comentó Grace.

—Sí, en eso no ha cambiado nada.

—Es como el enanito gruñon —explicó Gracie—. Siempre está enfadado.

Grace soltó una carcajada.

—¿Te refieres al de Blancanieves?

—Johnny me lee ese cuento muchas veces —dijo Gracie mientras tomaba un bote de mantequilla.

Grace se quedó boquiabierta. Durante todos los años que había pasado soñando con Johnny, jamás se lo había imaginado leyéndole un cuento a una niña.

La presencia de su sobrina parecía tener un efecto tranquilizador en aquel hombre. Años atrás, Johnny y Henry hubieran terminado peleando. Pero en ese momento, a Johnny hasta parecía molestarle su reputación, probablemente a causa de Gracie.

Además de la mantequilla de cacahuete, compraron naranjas, apio y jamón. Grace insistió en que no hacía falta que compraran nada más, pero cuando llegaron al mostrador, Gracie pidió bizcochos y Johnny fue con ella a buscarlos.

A los pocos segundos, se oyó un terrible estruendo en la tienda, seguido por el retumbar de cientos de latas rodando.

Grace cerró los ojos con gesto de resignación. Quizá Johnny no había cambiado tanto como ella pensaba.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

GRACIE.

Grace dejó las compras en el mostrador e, ignorando a Henry, que acababa de asomarse para ver lo que ocurría, corrió hacia la pirámide de latas de sopa que había visto al entrar.

Encontró a Johnny sosteniendo a su sobrina en brazos, mientras las latas continuaban rodando a su alrededor.

—No le ha pasado nada —le explicó Johnny al advertir la ansiedad de su rostro.

Grace suspiró aliviada y cuando vio que Henry se acercaba para supervisar los daños, como tantas veces había hecho en el pasado, tuvo que morderse el labio para no echarse a reír.

—Supongo que has sido tú —acusó Henry a Johnny, fulminándolo con la mirada.

Gracie se aferró al cuello de su tío.

—No ha sido Johnny.

—Mmm. Eso ya lo he oído antes.